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viernes, 27 de julio de 2012

De la conversión de un “pastor evangélico”.


Mi nombre es Luis Miguel Boullón, y soy un ex-pastor Evangélico.

“El Demonio es protestante”, fue la primera frase que pronuncié, tras mi conversión, a quienes me escucharon por más de doce años como su pastor. El escándalo fue mayúsculo.... Algunos ya habían notado que mis vacaciones fueron demasiado precipitadas y quizá hasta exageradamente prolongadas. Fueron unas vacaciones raras incluso para mi familia, que me veía reticente a las prácticas habituales en casa, como la lectura y explicación de la Biblia. Ya habíamos tenido demasiadas rencillas a causa de mis nuevos pensamientos.

“Al principio fue el Verbo”.

Recuerdo vívidamente los primeros movimientos de rabia que tuve al leer un artículo en una revista. Yo encontraba que la nota era demasiado radical en sus afirmaciones, demasiado rotunda para lo que yo estaba acostumbrado a leer.
No me dejaba muchos ‘flancos’ descuidados por donde atacar. O refutaba el centro del asunto o no tenia sentido desmenuzar tres o cuatro aspectos como se me había enseñado a realizar de forma automática e inconsciente. Generalmente los católicos tienen como que una cierta vergüenza por mostrar todas las cartas sobre la mesa, y como no muestran todo con claridad, es muy fácil prender fuego a sus tiendas de campaña, porque dejan demasiados lados flojos.
En lo personal nunca recurrí a lo que ahora entiendo como “leyendas negras”, porque me parecía que era inconducente debatir basándome en miserias personales o grupales sin haber derribado la propia lógica de su existencia. Eso hice con algunas sectas o con temas como la evolución o algunos derechos humanos según se les entiende normalmente.
Reconozco que muchos de los que en ese momento eran mis hermanos caen en ese error, tratando de derribar moralmente al “adversario” diciéndole cosas aberrantes sobre su fe. Pero basta un buen argumento, y bien plantado, para que uno se vea obligado a retirarse a las trincheras de la Biblia y no querer salir de allí hasta que el temporal que iniciamos se calme al menos un poco. Pero no nos funciona a todos el mismo esquema. Muchos no se rigen tanto por la razón como por el placer de vencer en cualquier contienda.
El artículo en cuestión me obligaba a pensar sólo con ideas, porque de eso trataba. Mi manual con citas bíblicas para cada ocasión me servía poco. Cualquier cosa que dijera sería respondida con otra. No era ese el camino.
Creo haber estado meditando en el problema unas cinco o seis semanas. Hasta que resolví acudir a la parroquia católica que quedaba cerca de mi templo. El sacerdote del lugar se deshacía en atenciones cada vez que nos encontrábamos. La verdad es que él estuvo siempre mucho más ansioso de verme que yo de verle a él. En ocasiones nos veíamos forzados a encontrarnos en público por obligaciones propias del pueblo. Pero de ordinario no nos encontrábamos. Era lo que ahora se llama un cura nuevo, con una permanente guitarra en las manos y muchas ganas de acercarse a mí.

Con complejo de superioridad. 
Primera confesión de mala fe.

Yo aprovechaba –Dios me perdone– para sacarle afirmaciones que escandalizaban a mis feligreses. El pobre nunca entendió que el ecumenismo muchas veces sirve más para rebajar a los católicos que para acercar a los separados. Uno tiene la sensación de que si la Iglesia puede ceder en cosas tan graves y que por siglos nos separaron, entonces realmente no le importan tanto como a nosotros, que jamás cambiaríamos una sola jota de la doctrina.
Otra cosa que solía hacer –me avergüenzo al recordarla– era tirar a mis chicos a discutir con los de la parroquia. Los pobres parroquianos se veían en serios apuros en esas ocasiones.
En el fondo yo me aprovechaba de que los chicos católicos estaban muy mal formados. Como comentábamos a sus espaldas: sólo van a la parroquia a divertirse, para repartir cosas a los pobres y para hacer ‘dinámicas de vida’, pero de doctrina y de Escrituras no saben nada.
Nos gustaba vencerlos con las cosas más tontas posibles. A veces surgían temas más sabrosos, pero con los argumentos normales bastaba para al menos hacerles callar.

El viejo párroco le plantó cara con santa paz

Esa tarde no estaba el sacerdote de siempre. Había sido removido de la parroquia por una miseria humana comprensible en alguien tan “cálido” en su manera de ser. Cayó en las redes del demonio bajo la tentadora forma de una parroquiana, con la que ni siquiera se casó.
A cambio del párroco de siempre salió a atenderme, con una cara menos complacida, un sacerdote viejo y de mirada penetrante. Lo habían ‘castigado’ relegándolo dándole el cuidado de la parroquia de nuestro pequeño pueblecito. En los últimos treinta años la población había pasado de mayoritariamente católica a una mayoría evangélica o no practicante.
Yo generalmente acudía para refrescar mi memoria y cargarme de elementos que luego trabajaba como materia de mis prédicas, o para sondear la visión católica de alguna cosa.
El Padre M. no fue tan abierto. Me recibió con amabilidad, pero con distancia. Le planteé asuntos de interés común y me pidió tiempo para aclimatarse y enterarse del estado de la feligresía. Noté que habían sido arrancados varios de los afiches que nosotros les regalábamos cada cierto tiempo y que constituían verdaderos trofeos nuestros plantados en tierra enemiga.
En verdad quedé un poco desarmado, pero logramos charlar casi de todo. Casi... porque en doctrina comenzó él a morderme. Yo comencé a responder como de costumbre, citando con exactitud una cita bíblica tras otra, para probarle su error o mi postura.
En un aprieto que me puso, le dije: “Padre M... comencemos desde el principio” Y el varón de Dios, a quien supuse enojado conmigo, me dice: “De acuerdo: al principio era el Verbo y...”
Me largué a reír nerviosamente. Aparte de que me respondía con una frase utilizada en la Misa (al menos en la tradicional), ¡imitaba mi voz citando la Biblia!
“Pastor Boullón”, me dijo luego, “No avanzaremos mucho discutiendo con la Biblia en mano. Ya sabe usted que el Demonio fue el primero en todo crimen... y por eso también fue el primer Evangélico”.
Eso me cayó muy mal. ¡Me insultaba en la cara tratándome de demonio! Sin dejarme explicar lo que pensaba, se adelantó:

—Si... fue el primer evangélico. Recuerde que el Demonio intentó tentar a Cristo con ¡la Biblia en mano!
—Pero Cristo les respondió con la Biblia...
—Entonces usted me da la razón, Pastor... los dos argumentaron con la Biblia, sólo que Jesús la utilizó bien... y le tapó la boca.

Tomó su Biblia y me leyó lo que ya sabía: que cuando el Señor ayunaba el demonio le llevó a Jerusalén, y poniéndole en lo alto del templo le repitió el Salmo XC, II-12: “Porque escrito está que Dios mandó a sus ángeles que te guarden y lleven en sus manos para que no tropiece tu pie con alguna piedra”.
Pero el Señor le respondió con Deuteronomio VI, 16: Pero también está escrito “No tentarás al Señor tu Dios”. Y el demonio se alejó confundido.
Yo también me alejé, como el demonio, confundido. Me sentía rabioso por haber sido llamado demonio, y por lo que es peor: ¡ser tratado como el demonio en el desierto!
Creo que fue la plática más saludable de mi vida.

También los demonios creen pero no se salvan.
La táctica del demonio.

Llegué a casa rabioso. Me sentía humillado y triste. No era posible que la misma Biblia pruebe dos cosas distintas. Eso es una blasfemia. Forzosamente uno debe tener la razón y el otro malinterpreta. Busqué ayuda en la biblioteca que venia enriqueciendo con el tiempo. Consulté a varios autores tan ‘evangélicos’ como yo, pero de otras congregaciones. No coincidíamos en las mismas cosas, pese a que todos utilizábamos la Biblia para apoyar lo que decíamos y demostrar que los otros se equivocaban.
Me armé de fuerzas y a la primera oportunidad, caí sobre el despacho parroquial del Padre M. Me recibió tan amable como la vez pasada, sólo que esta vez su distancia la hacía menos tajante a causa de su mirada divertida y curiosa de la razón que me llevaba otra vez a su lado.
Le largué un discurso de media hora sobre la salvación por la fe y no por las obras. Concluí –creo– brillantemente con la necesidad de abandonar a la Iglesia. Y cerré tomando la Biblia del cura y le leí Hechos XVI, 31: “¿Qué debo hacer para salvarme?, preguntó el carcelero. Cree en el Señor Jesús –respondió Pablo– y te salvarás tú y toda tu casa”.
Bebí un sorbo del té que me había ofrecido y le miré desafiante, esperando su respuesta. Pasaron eternos minutos de silencio.
Cuando carraspeé, el sacerdote me dijo:

—¿Continuará la lectura de San Pablo?
—Ya terminé, Padre M.
—¿Cómo que ha terminado? ¡Continúe! Vaya a Corintios, XIII, 2.
—Leí en voz alta: “Aunque tanta fuera mi fe que llegare a trasladar montañas, si me falta la caridad nada soy”
—Entonces la fe...
—La fe... la fe... la fe es lo que salva.
—¡Vaya novedad! Me dice riendo. ¡No se bien quien creó la estrategia protestante de argumentar con la Biblia, pero creo que bien pudieron ser los demonios que ahora encontraron un buen medio para salvarse.
—¿Salvarse?
—Si... salvarse, amigo mío. ¿Acaso no es el apóstol Santiago quien nos dice que hasta los mismos demonios creen en Dios? Y si sólo la fe salva...
—...
—No se quede en silencio, Pastor... siéntese aquí que se aliviará un poco. Si quiere seguir como el Demonio, tentándome con la Biblia, le recuerdo que ahí mismo se nos dice que esa fe no salvará a los demonios, porque “como un cuerpo sin espíritu está muerto, la fe sin obras está muerta” (c.II) Y aún así los católicos no decimos que sea sólo fe o sólo obras. Cuando al Señor se le pregunta sobre qué debemos hacer para salvarnos, Él dice “Si quieres salvarte, guarda los mandamientos” Ahí tiene usted la respuesta completa.
Me acompañó hasta la puerta y me dijo: Le dejo con dos recomendaciones. La primera es que se cuide de sus hermanos de congregación. Ya sospechan de usted por venir tan seguido. La segunda es que vuelva usted cuando me traiga alguna cita bíblica –sólo una me basta– en que se pruebe que solo debe enseñarse lo que está en la Biblia.
Caminé a casa más preocupado por los comentarios que por el desafío. Eso sería fácil.

La Biblia no es orgullosa.
“Sólo la Biblia”.

Mientras buscaba una cita que respondiera al sacerdote, caí en cuenta de que estaba parado en el meollo del asunto que por primera vez me llevó a esa parroquia con otros ojos. “Si es sólo la Biblia”, me dije, “entonces el problema del artículo queda resuelto: se debe probar por la Biblia o no se prueba”.
Ya imaginarán ustedes el resultado. Efectivamente no encontré nada. En años de ministerio, jamás me percaté de que lo central, esto es, que sólo debe creerse y enseñarse la doctrina contenida en la Biblia, no está en la Biblia. Encontré numerosos pasajes bíblicos que le conceden la misma autoridad que a las enseñanzas escritas en la Biblia a las doctrinas transmitidas por vía oral, por tradición.
Desde este punto en adelante muchos otros cuestionamientos fueron surgiendo de la charla con el Padre M. y de la lectura de revistas y de mucha literatura escrita con fines apologéticos.

Nadando guardando la ropa y sufriendo.
El pago del mundo.

Por un momento distraeré la atención de mis incursiones a la parroquia católica. Quizás sea porque un sacerdote es esencialmente distinto a un Pastor protestante, o quizás por la experiencia de distintos ordenes (confesión, dirección espiritual, etc.), el Padre M. acertó en su advertencia sobre las miradas que me dirigían mis feligreses a causa de esas visitas no estrictamente ecuménicas.
Yo aún no me había percatado de esa desconfianza, pero observando con mayor atención notaba reticencias, censuras y reproches indirectos. Aún la guerra no se declaraba. Sólo desconfiaban.
Me decepcioné mucho, pero no me dejé vencer por la tentación. El demonio –pensaba– me estaba tentando con Roma y para eso endurecía los corazones.
Pasada una semana de angustias, me senté con mi esposa para charlar. Necesitaba desahogarme. Me encontraba en un punto tal que no quería volver a la parroquia católica pero tampoco me sentía en paz con eso.
Después de la cena, oramos con los chicos y se fueron a dormir. Me senté y abrí mi corazón a mi esposa. Ella había sido una amante confidente y mi compañera de penurias y alegrías. Me escuchó con atención.
Sus palabras fueron tan sencillas como su conclusión: debía alejarme inmediatamente del sacerdote católico y tratar de recuperar la confianza de mis feligreses. Eso era lo prioritario. Teníamos una obligación de fe y teníamos que mantener una familia. No se hablaría más. El caso estaba resuelto... para ella.
Traté de cumplir con todo. Ella siempre fue la sensatez y me refrenaba en las locuras. Dejar de ir a la parroquia fue más fácil para el cuerpo que para mi alma. Algo me atraía de ese ambiente, y por lo demás deseaba la compañía de ese sacerdote provocador y bonachón.
Más difícil fue ganarme la confianza de los feligreses. Me exigían como prenda evidente que atacase más que nunca a la Iglesia para demostrar públicamente que no les guardaba ninguna simpatía.
Esto me costó, pues tenía que predicar omitiendo aquellos puntos en los que difería ya de mi anterior pensamiento.
Con el tiempo, mi familia y mis feligreses me dieron vuelta sus espaldas y fue la gran cruz que tuve que soportar por amar a Cristo en Su Iglesia.

Entrada en la Iglesia y abandono de todos. 
Mi querido amigo se despide.

No he querido exponer aquí todas las cosas que charlé con el buen Padre M. durante semanas y semanas. Yo le visitaba furtivamente y el me acogía con amable paternalidad. Yo daba vueltas en torno al tema e intentaba responder a las sabias preguntas con las que me desafiaba. ¡Cómo detestaba tener que darle la razón!
El tiempo me fue haciendo más perceptivo a sus sutilezas e ironías. De alguna forma misteriosa este sacerdote me tenía cautivado. Me acorralaba hasta la muerte, pero me daba siempre una salida honorable. Le gustaba desmoronar todos mis argumentos.
Su estilo era único: destrozaba mis argumentos, acusaciones y refutaciones primero desde la lógica, dándome dos posibilidades... o quedar como un tonto o verificar por mi mismo esa estupidez. Luego, y sólo luego, me invitaba a revisar el punto que yo trataba –si tenía sentido– desde el punto de vista de las Sagradas Escrituras. Supongo que uno de sus mayores puntos fuertes era su sólida cultura y su gran vida de piedad.
Recuerdo perfectamente una fría mañana cuando recibí un aviso telefónico de la parroquia. Me pedía que le visitara en un hospital de los alrededores. Sin meditar en las normas de cautela que tomaba para evitar que mis feligreses se irritaran aún más conmigo, abandoné todo y partí. Ahí me enteré del doloroso cáncer que padecía –jamás dio muestras de sufrir– y del poco tiempo que le quedaba. La cabeza me daba vueltas. Sentía dolor por la partida de quien ya consideraba un amigo.
Tomé una decisión: haría pública nuestra amistad y le visitaría a diario. Pocos días después le trasladaron, a petición suya, a su residencia.
Desde ese día le acompañé a diario. Dejé muchos compromisos de lado. La tensión comenzó a crecer hasta llegar a agresiones verbales abiertas y amenazas de quitarme el cargo y el sueldo. Mi familia estaba amenazada con la pobreza.
Fueron días de mucha angustia. Sabía que caminaba por los caminos correctos. Incluso pensaba en hacerme admitir en la Iglesia. Los temores y las dudas de antes de la internación del Padre M. se disiparon. No quería arrepentirme de mis errores ni recibir el perdón y el consuelo de nadie más. Pero la situación que me rodeaba era tan compleja que me paralizaba.
Recé muchísimo y acudí a pedir el consejo del Padre M. Él me recibió con mucha amabilidad y escuchó con atención mis problemas. Él ya los conocía. Me habló de la fortaleza de esos mártires que no tuvieron en cuenta ni la carne ni la sangre ni las riquezas, sólo amaron la verdad y dieron público testimonio de su adhesión a la fe. Más vale entrar al Cielo siendo pobres que irse al infierno por comodidades, sentenció.
Como adelanté al principio, reuní a mis feligreses y les hice una declaración de mi conversión. ¡El Demonio es protestante! les dije para abrir la charla. Luego fueron abucheos y no me dejaron terminar las explicaciones.
Mas tarde reuní a mi familia y les platiqué de cada punto, y respondí a todas las objeciones de fe y de la situación. Mi esposa no discutió mucho: me expulsó de casa. Esa noche dormí acogido por el Padre M. quien me tranquilizó respecto al altercado. Desde entonces y después de pasados años de mi conversión nunca más fui admitido en casa como padre y esposo. Hoy les visito con tanta frecuencia como me permiten, pero sus corazones siguen muy endurecidos. El Padre M. tuvo muchas palabras para mí, pero las que más me llegaron fue su confesión de ofrecimiento de su vida por la salvación de mi alma... y que con gusto veía el buen negocio ya cerrado. Dios escuche las plegarias de mi buen amigo en el Cielo por mi esposa y mis seis hijos para que a su tiempo y forma vivan la vida de gracia de la santa fe.

La importancia de no tener miedo a la exigencia de la Iglesia Católica.
Roma... mi dulce hogar.

Rogué al buen sacerdote me preparara para abjurar mis errores y ser admitido en la Iglesia. Dispuso de todo y una mañana de abril de 2001 fui recibido en el seno de la Esposa de Cristo. En junio de ese mismo año mi querido amigo entregó su alma al Señor, siendo muy llorado por todos cuantos le conocimos mejor. Le lloraron los enfermos y presos que visitaba, los niños y jóvenes de catequesis, los pobres y necesitados que consolaba, los fieles que acudían a él en busca de consejo y del perdón de Dios. En tributo a él escribo estas líneas. Mi querido sacerdote y Revista Cristiandad.org fueron mis dos grandes apoyos e impulsores tanto de mi conversión como de mi impulso apostólico al trabajar especialmente con los conversos y preparados para la conversión.
Tras su partida la parroquia fue administrada por un sacerdote más cercano al estilo del predecesor del Padre M. Yo sentí mucho esto porque con su prédica y actuar desmentía muchos de esos grandes principios eternos que había conocido y amado.
A veces me pregunto por la oportunidad de muchos cambios que se hacen más para contentar a los malos que para agradar a los buenos. Recuerdo que mi sacerdote amigo no era muy afecto a ceder ante nosotros, sino mas bien a mostrarnos todas las banderas, incluso las más radicales. Y éstas fueron, precisamente, las que más me indignaron pero a un mismo tiempo me atrajeron.
Pero persevero en el amor a la Iglesia de siempre, a esa doctrina de la que el Señor dijo que pasarían Cielo y Tierra pero que ni una sola jota sería cambiada.
Bien sé por experiencia propia y por la de tantos que han compartido conmigo sus testimonios de conversión, que esos coqueteos con el error no producen conversiones. Y las pocas que se producen son de un género muy distinto –por superficiales y emocionales– de las verdaderas conversiones, esas que producen santos. La realidad es la que constataba a diario como Pastor protestante, cuando la poca preparación de los católicos y la confusión que produce el falso ecumenismo llenaban las bancas de nuestras iglesias y los bolsillos de nuestras congregaciones evangélicas. La ignorancia religiosa de los fieles es la cosa más agradecida por las sectas, porque al ser muchas veces hija de la pereza espiritual se acompaña por la pereza intelectual. Basta entonces cualquier cosa que les emocione, que les haga sentir queridos, y luego viene el sermón acostumbrado para hacerles dudar primero y luego darles respuestas rotundas. Eso los desestabiliza y luego les atrae nuestra seguridad. ¡Y luego salimos a la calle a gritar contra los dogmas!
Ahora, junto con ustedes, puedo acudir a los pies de María Santísima y pedir que por amor a la Divina Sangre de Su Hijo Amado obtenga la conversión de los paganos, de los herejes y cismáticos y que haciendo triunfar a la Iglesia sobre sus enemigos instaure la Paz de Cristo en el Reino de Cristo.


jueves, 21 de abril de 2011

De Arizona a Roma.


Es admirable la insistencia con que vienen a mi casa los llamados “Testigos de Jehová”, a pesar de las respuestas contundentes que se le han dado en varias ocasiones. Lo más curioso de sus visitas es que uno, en la discusión, no puede razonar con ellos. El “sistema” que emplean –llamémosle así- es no escuchar las razones que uno puede presentarles para la discusión sea teológica, exegética o de sentido común. Son una secta y, como tal, respondan a lo “sectario”. En su pobre abanico de posibilidades de respuesta, hay algunos argumentos utilizados como “caballitos de batallas”, a saber: la supuesta “adoración de las imágenes”, o la “malvada inquisición”, o que “Constantino fundó la Iglesia y el Vaticano”. Creo que esta última es la más graciosa de todas. Decir que Constantino fundó la Iglesia católica es como decir que Maradona fundó el Club Atlético Boca Juniors. En fin, argumentos todos de un lector de “El Código Da Vinci” y no de alguien que ha estudiado lo mínimo e indispensable de una historia seria basada en hechos y documentos. Así parecen funcionar los “Testigos de Jehová”: un par de argumentos estilo Dawn Brown, nada de conocimiento en lo más básico para sostener una discusión, excesiva y afectada falta de sentido común para seguir un razonamiento en pos de una discusión que derive a buen fin y una versión adulterada de la Biblia dónde sistemáticamente se niega la Divinidad de Cristo.
Debido a estas visitas inesperadas es que publico éste pequeño testimonio de un ex-miembro del cuartel general de los “Testigos de Jehová en Brooklyn” que, junto a su esposa, han sido recibidos en la Iglesia Católica en el año 2006. Es interesante ver la trayectoria que va haciendo Tom Cabeen en búsqueda sincera y profunda de la verdad, hasta llegar a la verdadera religión.

De Arizona a Roma

Un ex-miembro del cuartel general de los Testigos de Jehová en Brooklyn y su esposa han sido recibidos en la Iglesia Católica en el 2006. Luego de una búsqueda por la verdad, Tom Cabeen, nos relata su trayectoria en la secta de los Testigos de Jehová, pasando por las diferentes corrientes cristianas del protestantismo en Estados Unidos, y sus reflexiones acerca de la verdadera Iglesia de Cristo. Esta es la historia desde el principio.


Mis padres fueron bautizados como Testigos de Jehová en la primavera de 1954, apenas pasado mi cuarto cumpleaños. Mi padre, a la sazón un ranchero—de los de antes—dedicado a la cría de ganado, creció sin asistir a ninguna iglesia. Mi madre había sido hasta entonces nominalmente metodista sin asistir a la iglesia muy regularmente. Les atrajo la versión del Cristianismo que les ofrecía la Watchtower y se adhirieron a esa creencia con mucho entusiasmo. En unos dos años, convencidos de que se avecinaba el fin del mundo (el Armagedón), vendieron su casa en Phoenix, Arizona y se ofrecieron como voluntarios para mudarse a un lugar "donde la necesidad de predicadores es mayor". En 1956 mi padre fue nombrado como superintendente en la congregación Cottonwood de Arizona, que en esos tiempos solamente consistía de nuestra familia y una testigo de edad avanzada. Para 1960 el grupo ya había crecido y era una pequeña pero muy dedicada congregación de una docena de familias. Papá remozó el idioma español aprendido en la escuela secundaria y comenzó un pequeño grupo de estudio de la Biblia entre los hispanos de Cottonwood. Luego, a petición de la Watchtower, nos mudamos a El Centro, una población del sur de California, donde mi padre sirvió como superintendente de una congregación de habla hispana.
Mi madre y yo comenzamos a estudiar español. Yo lo aprendí con bastante facilidad pero ella tuvo muchas dificultades para aprenderlo y nunca aprendió a hablarlo con fluidez. Unos años después nos pidieron nuevamente que nos mudáramos a una pequeña congregación de habla hispana en Arizona. Luego de graduarme en la escuela secundaria en 1967 me dediqué al ministerio de tiempo completo (Precursor). Como resultado, fui clasificado como Ministro Religioso ante la junta local de reclutamiento de las fuerzas armadas y fui eximido del servicio militar. En el verano de 1968, por sugerencia de mis padres, presenté mi solicitud para trabajar en la central mundial de los Testigos de Jehová en Brooklyn, Nueva York. Fui aceptado para comenzar en Noviembre 14 de 1968.

Progreso en Brooklyn.

En el Hogar Betel (como normalmente se llama a la central de Brooklyn), me apliqué con diligencia a mi trabajo. Estaba determinado a aprender tanto como fuera posible sobre las enseñanzas de la Watchtower. Mi voluntad de entregarme al trabajo y una aptitud natural para el mismo resultó en que me fueran asignadas otras responsabilidades que generalmente estaban reservadas a gente de mayor edad que yo. Poco después de mi llegada a Betel, mis padres comenzaron el ministerio de tiempo completo (precursorado). Mi padre fue invitado a ser superintendente de circuito (predicador viajero) y así se dedicó a visitar las congregaciones de habla hispana en el suroeste y el noreste de los Estados Unidos por unos diez años.
En Nueva York fui asignado como miembro del comité de servicio de mi congregación local a la edad de diecinueve años y luego como anciano, en 1971, a los veintiún años. Al año siguiente fui nombrado un “anciano betelita”. Como tal, me tocó hablar en las conferencias y asambleas públicas como representante de la Watchtower. A la edad de veintisiete años me tocó ser el discursante principal en la asamblea de distrito de Roanoke, Virginia. En Betel se me asignó a trabajar en el linotipo grande que producía la revista “La Atalaya”. Un año después fui nombrado supervisor de una serie de linotipos. A los veintisiete años fui nombrado superintendente del taller de impresión. Cultivaba amistades con miembros maduros y responsables de Betel, muchos de ellos escritores o personas que trabajaban en otras oficinas importantes a las que eran asignados los testigos más leales y mejor formados. En esos tiempos solía tener conversaciones con ellos sobre las enseñanzas de la Sociedad y el funcionamiento de la organización.
A fines de 1973, volví a encontrarme con una joven y encantadora mujer llamada Gloria, que también era betelita y a quien había conocido poco después de su llegada a Betel en el año 1971. Noviamos por un tiempo, nos enamoramos y nos casamos el 25 de mayo de 1974. Gloria, igual que yo, era una ferviente entusiasta de la Sociedad Watchtower y una persona muy trabajadora. Ambos habíamos decidido dedicar completamente nuestras vidas como miembros de la sede principal durante los pocos años que quedaban antes de que llegara el fin del mundo en el Armagedón. Los dos aprendimos francés y nos ofrecimos para trabajar con Testigos de habla francesa, en su mayoría haitianos, en Newark, New Jersey.

Surgen dudas inquietantes.

Aunque había sido Testigo durante casi 10 años (me bauticé en 1959), nunca había leído la Biblia en su totalidad. Me decidí entonces a hacerlo. Esto suscitó muchas dudas que rondaban en mis pensamientos. Cuanto más leía, más contradicciones encontraba entre las sencillas explicaciones que ofrecían las Escrituras y mis creencias como Testigo. Al principio atribuí mi falta de comprensión a mi juventud e inexperiencia. Pero, con el transcurrir del tiempo, el respeto y confianza que me conferían mis pares comenzó a incrementarse. A esta altura, comencé a hablar cautelosamente de mis dudas sobre la Biblia con miembros mayores y bien respetados de la sede principal. Me sorprendió descubrir que había muchos de ellos que tenían los mismos problemas que yo y también la forma en la que abiertamente hablaban de esos asuntos. Empecé a mirar a las enseñanzas de la Watchtower desde diferentes puntos de vista a partir de la publicación del libro “Ayuda para Entender la Biblia” en 1971. Se produjeron cambios en la organización que dejaron la puerta abierta al examen de otras enseñanzas fundamentales. Me preguntaba “si nos hemos equivocado pensando que ciertas actividades estaban sólidamente basadas en las Escrituras, ¿no podríamos acaso también estar equivocados en las doctrinas?”. Yo no era el único que se preguntaba esas cosas. Durante la década de los 70, una creciente cantidad de personas sinceras de la sede principal comenzó a leer las otras traducciones bíblicas aparte de la “Traducción del Nuevo Mundo”, de Watchtower, y también comentarios bíblicos. Empezamos a reunirnos en grupos informales en los que estudiábamos y debatíamos abiertamente, sin la “asistencia” de las publicaciones de Watchtower. Para 1979, me convencí de que no había forma de reconciliar algunas enseñanzas claves de Watchtower con la Biblia. Sin embargo, todavía confiaba en que Dios estaba guiando a la organización, de modo que yo creía que se avecinaban grandes cambios. Los aguardé con ansiosa expectativa. Por otra parte, mi esposa Gloria, estaba descontenta en Betel. Sus dificultades no eran principalmente de índole doctrinaria sino que tenían que ver con la manera en que eran tratadas las personas. Deseaba abandonar Betel para tener hijos. A mi manera de ver, la cronología de la Watchtower era correcta. Por lo tanto, no lograba entender por qué todo el mundo quería irse, faltando ya poco para el fin del mundo.
Le mencioné el tema a un amigo de confianza del Cuerpo Gobernante, Ray Franz. Me dio una copia de una carta que había sido escrita a la Sociedad Watchtower por Carl Olof Jonsson, un Testigo miembro del cuerpo directivo de Suecia. Jonsson presentó pruebas irrefutables de que la cronología de Watchtower contenía serios errores. La lógica que utilizaba y la documentación que presentaba eran sólidas y de gran erudición. Leí la evidencia una y otra vez. Finalmente, me convencí. Lo que resultaba difícil de aceptar no era el error en sí mismo, sino su consecuencia: la cronología era y es absolutamente esencial para determinar la afirmación de la Sociedad Watchtower de que es el "canal de comunicación" de Dios con la humanidad en el breve período previo al fin del mundo. Comencé a considerar seriamente la posibilidad de que la Sociedad Watchtower no era lo que sostenía ser. Parecía existir la certeza de que los líderes de la Sociedad en el mejor de los casos habían sido inducidos al error, o en el peor de los casos eran hipócritas y falsos profetas. Si bien yo había disfrutado muchísimo estar a su servicio y amaba de verdad a mis hermanos y hermanas Testigos, parecía prácticamente seguro que mi partida definitiva era inevitable.
Así murió en mí el deseo de apoyar activamente algo en lo que ya no creía. Mi función en la sede principal había llegado a su fin. En medio de este período de confusión, mis padres vinieron a Nueva York desde Texas para visitarnos. A raíz de algunos comentarios que hice acerca de la excomunión de algunos de nuestros amigos íntimos, intuyeron que mi actitud incondicional anterior de apoyo a la Organización estaba cambiando. Les aseguré que nunca abandonaría a Dios, Jesucristo o la Biblia, pero que no podía negar que tenía serias dudas relacionadas con la autoridad de la Organización. Pero ya sin la fe en la cronología de la Watchtower, no existía ningún motivo para posponer nuestro deseo de formar una familia. Decidimos irnos de Betel lo más pronto posible. Nos marchamos el 15 de julio de 1980. Todavía no estaba preparado para alejarme de toda mi comunidad. Toda nuestra vida estaba ligada con los Testigos de Jehová. También tenía la impresión de que estaríamos en una situación más favorable para que nuestros padres comprendieran cómo había cambiado mi forma de pensar si aún manteníamos una relación. Las cosas no salieron como esperaba. Ese fue el comienzo de un profundo distanciamiento que duró un cuarto de siglo. Continuó incrementándose hasta que me encontré casi completamente aislado de mis padres. Nunca pude reconciliarme con mi padre antes de que falleciera en el 2002. Todavía lo amo y le echo de menos. Todo estaba por dar un vuelco total. Teníamos que recomenzar nuestras vidas. Carecíamos de dinero, pues habíamos pasado los doce años previos como voluntarios sin salario. Había estudiado mucho y tenía experiencia laboral y conocimientos técnicos, pero no tenía título universitario. Le pedí prestados 300 dólares a mi suegro para trasladarme a Lancaster, Pennsylvania, con lo poco que teníamos. Vivimos con los padres de Gloria durante diez semanas hasta que pude conseguir un empleo y encontrar un lugar donde vivir.

Expulsado (excomulgado) de la hermandad de los Testigos de Jehová.

Tuvimos que abandonar la sede principal por propia voluntad pero todavía la organización me tenía una gran estima, de modo que poco después de llegar a Pennsylvania, me nombraron miembro del cuerpo de ancianos. Tenía dudas, pero no encontraba motivos para alejarme de los Testigos de Jehová, siempre que mi relación con ellos no requiriera incumplir con lo que me dictaba la conciencia. Sin embargo, descubrí que esa meta era cada vez más difícil, ya que la tendencia general de las publicaciones de la Watchtower durante esos meses consistía en advertencias contra los que no concordaban con sus enseñanzas, a los que tildaba de “apostatas” y merecedores de la condena eterna. Después de un año, aproximadamente, renuncié a mi cargo de anciano. Para entonces, teníamos un hijo, Matthew, que había nacido el 9 de agosto de 1981. Alrededor de un año y medio después, los miembros del consejo de la congregación de Lancaster, pidieron hablar con Gloria y conmigo luego de la habitual Reunión de Servicio de los jueves a la noche. Resultó ser una sesión judicial informal. Me interrogaron (en presencia de Gloria) durante más de una hora acerca de si tenía algunas "dudas". El único tema específico por el cual fui interrogado era si creía o no que la Sociedad Watchtower era una organización de Jehová. Respondí que Dios había obrado a través de los Testigos de Jehová pero que no estaba dispuesto a limitarse a obrar exclusivamente a través de ellos. El es Dios, después de todo, manifesté, y puede hacer todo lo que quiera. La reunión finalizó sin que se tomaran medidas.
Si bien habíamos sido bastante activos con la congregación durante más de dos años y medio, pocos, si es que los había, sabían que teníamos dudas. No obstante, en menos de un par de días, muchos habían oído que éramos “escépticos”. Nos pidieron que asistiésemos a otra reunión breve un par de semanas después. Los miembros del consejo nos hicieron saber que dado que nuestras dudas en la congregación eran “vox populi”, tenían que tomar alguna medida. Mencioné que ninguna persona de la congregación sabía nada de nuestras dudas antes de que los ancianos se reunieran con nosotros. Era obvio que los mismos miembros del consejo habían difundido esa idea luego de nuestra reunión. La esposa de un anciano le había mencionado a una cuñada de Gloria algunos detalles de la reunión. Uno de los miembros del consejo respondió, “Cómo se llegó a conocer la información no es el tema que interesa. Ahora que es de dominio público, debemos tomar medidas”. Anunciaron su decisión de expulsarnos. Esto significaba que a nuestra familia y amigos se les requeriría que nos rechazaran, o, de lo contrario, serían también expulsados. Nosotros tuvimos la impresión de que la decisión de expulsarnos había sido tomada antes de que se reunieran con nosotros, sobre la base de factores que no eran ni pruebas ni nuestro propio testimonio. Resultaba evidente que no serviría para nada apelar la decisión. De esta manera terminaron casi tres décadas de nuestra relación con los Testigos de Jehová. Nuestra comunidad religiosa nos había rechazado y ahora estábamos solos.

¿Obra Dios a través de una organización?

A pesar de la forma en que fuimos tratados, había muchas cosas admirables en los Testigos que yo estaba seguro que eran correctas. Había descubierto el error, pero lo que quería era la verdad. Necesitaba alguna manera confiable de saber cuáles enseñanzas de la Watchtower eran reales y cuáles eran falsas. Debido a que una vez creí que Dios empleaba a la organización de la Watchtower como un canal exclusivo para comunicarse con sus fieles, concentré mis reflexiones en ese tema. Mi esperanza era poder escribir un ensayo que ayudara a mis padres (más que nada) a entender por qué había modificado algunas de mis opiniones sobre la Sociedad Watchtower. Empleando mi concordancia y el diccionario bíblico, comencé minuciosamente a buscar en las Sagradas Escrituras evidencias en cuanto a si Dios alguna vez había usado o no alguna organización como instrumento oficial para comunicarse directamente con la humanidad.

La Casa de Betén, cuartel general de los Testigos de Jehová.

Concluí que no y publiqué mi ensayo en un artículo que titulé “¿Obra Dios a través de una organización?”. Con los años, fue traducido a varios idiomas y tuvo una circulación bastante amplia entre los Testigos que se separaban de la Organización, especialmente cuando Internet comenzó a utilizarse masivamente. Si bien en ese momento actué sin sentimiento de culpa, siento un poco de tristeza por el éxito que tuve, y debo aceptar el hecho de que mis escritos probablemente indujeron a muchos al error. Inicialmente, no entendía la diferencia entre las organizaciones humanas y la verdadera Iglesia, el Cuerpo de Cristo. Más tarde, corregí mi artículo para demostrar que Cristo estaba orgánicamente unido a Su Cuerpo, lo que no sucedía con las organizaciones humanas. Pero todavía tenía mucho que aprender sobre lo que Jesús había iniciado y preservado: una Iglesia visible; un cuerpo vivo en el que Él mora.

Una mano tendida hacia los ex Testigos.

Luego de marcharme de Betel, me mantuve en contacto con ex Testigos amigos y trabé amistad con algunos nuevos. Comenzó a formarse una red cada vez mayor, mediante la cual se intercambian palabras de consuelo y aliento. Durante el verano de 1983, mi amigo Peter Gregerson nos invitó a nosotros y a varios Testigos a una reunión, en la que se decidió dar carácter oficial al grupo en forma de un ministerio. A nuestro grupo lo llamamos “Biblical Research and Commentary Incorporated”, BRCI para abreviar. El objetivo era producir materiales y proporcionar apoyo a los Testigos que se separaban, para facilitarles la penosa transición de la Sociedad Watchtower al “mundo exterior”. El siguiente verano—en 1984—la primera de varias reuniones anuales se celebró en Gadsden, Alabama.
Muchos Testigos expulsados tienen miembros de la familia o cónyuges que aún siguen siendo leales a la Organización. Nos parecía que un nombre más bien neutral podía facilitar el envío de materiales a alguien sin alertar a los miembros de la familia que eran Testigos sobre el hecho de que el destinatario estaba hablando a un ex testigo, lo cual estaba terminantemente prohibido. Por lo que yo recuerdo, Ray Franz sugirió el nombre, aunque nunca fue miembro del directorio de BRCI.
Establecimos una línea telefónica confidencial de ayuda para confortar a las personas que se sentían dolidas por dejar la organización de la Watchtower. Poco después de su publicación, mi artículo sobre la Organización era siempre incluido en el paquete informativo que se enviaba a los que llamaban a la Línea de Ayuda de BRCI.

Experiencia eclesiástica.

Durante aproximadamente los primeros siete años, Gloria y yo leímos y estudiamos la Biblia por nuestra cuenta o con otros ex Testigos con los que nos reuníamos semana por medio en un pequeño grupo de apoyo. Formamos fuertes lazos sociales con estos queridos amigos, pero nuestro crecimiento espiritual fue lento. Generalmente, nuestros debates se centraban más en cosas en las que alguna vez creímos que eran verdad, pero que habíamos rechazado. A menudo volvíamos sobre lo mismo cada vez que nos reuníamos. Finalmente Gloria dijo, “Ya estoy cansada de examinar una y otra vez las mismas cosas de siempre. ¡Quiero aprender algo nuevo y verdadero sobre Cristo!”. También ya había llegado nuestro segundo hijo, James, nacido el 22 de noviembre de 1986. A medida que nuestros hijos comenzaban a crecer, sentíamos cada vez más la necesidad de encontrar cristianos que creyeran en la Biblia, con los que nuestros hijos pudieran relacionarse. Muchos de los niños de nuestro barrio eran educados como humanistas seculares y no compartían ni nuestros principios cristianos ni nuestros puntos de vista sobre la importancia de agradar a Dios. Probamos con una iglesia del lugar y enseguida nos hicimos amigos del pastor y su esposa. Cuando se enteró sobre mi currículum, me pidió que me hiciera cargo de una clase de escuela dominical para adultos. Me sorprendió que no me pidiera más detalles sobre mis verdaderas creencias. Ni siquiera asistió a la clase para ver lo que enseñaba. Esto me pareció extraño, pues para mí, la precisión doctrinaria era todavía importante. Pero siempre enseñaba la “ortodoxia” en el sentido de que podía respaldar mis enseñanzas tanto a partir de las Sagradas Escrituras como a partir de comentarios protestantes que gozaban de respeto. Ni Gloria ni yo jamás nos hicimos miembros de esa iglesia. No queríamos incorporarnos a ninguna organización religiosa. Después de enseñar allí durante alrededor de un año, el pastor me pidió a su pesar que dejara mi puesto de maestro, ya que opinaba que no podía tener a alguien que diera clases y que a la vez no fuera miembro de la iglesia. Creo que tenía razón. Fue una buena experiencia en términos generales. Empezamos a hacer amigos cristianos. Nos enteramos que no todos los cristianos evangélicos estaban totalmente convencidos sobre la verdad doctrinal, como sí lo estábamos nosotros. Buscábamos una comunidad de creyentes que tuvieran muchos niños y una gran cantidad de programas para ellos. Finalmente, nos fuimos adaptando poco a poco a una hermandad bautista evangélica independiente. Ahí conocimos a muchos cristianos excelentes y rápidamente nos involucramos en actividades eclesiásticas. Unos meses después de que comenzáramos a asociarnos con esa iglesia, otra vez me pidieron que diera clases bíblicas para adultos, actividad que desempeñé ininterrumpidamente durante catorce años.

Lecciones de Historia.

A fines de la década de los 90, comencé a trabajar en otro artículo con el objeto de complementar el que había escrito acerca de la Organización. Mi intención era ayudar a ex Testigos a encontrar otros creyentes y a relacionarse con ellos. Quería que se sintieran cómodos ayudándolos a comprender que muchas iglesias actuales enseñan y rinden culto en forma similar a los discípulos del siglo primero. Pensé que sería de utilidad mostrar cómo eran los primeros cristianos, cómo estaban estructuradas sus congregaciones, cómo vivía y rendían culto y en qué aspectos se diferenciaban de las enseñanzas y la práctica de los Testigos de Jehová. Quería que comprendieran que vivir como cristianos era lo que más importaba, y los alentaba a incorporarse a cualquier hermandad cristiana centrada en la Biblia.
Comencé empleando solamente las Escrituras y pronto me di cuenta que tantas cosas que se enseñan y practican en las iglesias no pueden fundamentarse directamente a partir de las Escrituras solamente. Terminé comprando libros de historia—con el tiempo obtuve docenas de ellos—además de hacer mucha investigación en Internet. Cuando terminé de escribir “¿Dónde está el Cuerpo de Cristo?”, recibí algunos lindos comentarios. Pero lo que iba descubriendo suscitaba en mi mente muchas más preguntas que respuestas.

Un cambio de visión fundamental.

Mientras investigaba, comencé a encontrar por casualidad referencias a los “Primeros Padres de la Iglesia”. Prácticamente todos los eruditos, tanto católicos como protestantes (excepto algunos eruditos modernos) demostraban un gran respeto por ellos. En ese momento, solamente tenía una muy vaga idea de quiénes eran. Cuando me enteré, a fines de los 90, que mi amigo David Bercot había publicado un Diccionario de las Creencias de los Primeros Cristianos, compré un ejemplar. Le eché una mirada pero no leí mucho. Tenía mis propias ideas sobre cómo era la Iglesia de los primeros cristianos y de qué manera creían y rendían culto. A casi veinte años de haber abandonado la Sociedad Watchtower, todavía creía que poco tiempo después del siglo primero, la fiel Iglesia Apostólica de los primeros cristianos se había transformado en la corrupta Iglesia Católica Romana. Los Reformadores, como me enteré después, tenían un punto de vista similar, excepto que establecían la fecha de “la gran apostasía” en el siglo cuarto o quinto, o aún más tarde. Sin embargo, tanto Lutero como Calvino creían que la Iglesia antenicena era realmente auténtica. Uno de los objetivos de la Reforma fue devolverle a la Iglesia su pureza original, impoluta, antenicena. Esto me hizo pensar en las consecuencias del concepto de la “gran apostasía”. El corolario de esta doctrina es que Jesús no tuvo una congregación de fieles discípulos, ninguna organización visible o Iglesia en la tierra, durante un prolongado período, posiblemente varios siglos, hasta que algún individuo (Martín Lutero, Juan Calvino, John Wesley, Joseph Smith, Charles Russell o cualquier otro), basándose solamente en los escritos de los primeros cristianos, los comprendieron correctamente y “restauraron” el verdadero Cristianismo apostólico en la tierra. Finalmente concluí que ese punto de vista era indefendible. Porque significaba que la mayoría de las personas que vivieron entre la apostasía y la “restauración”, cada vez que supuestamente ocurrió, prácticamente no tuvieron ninguna oportunidad de convertirse en verdaderos cristianos, dado que al parecer nadie era capaz de reconocer “las sencillas verdades que se enseñan en la Biblia” hasta que aparecieron los reformadores.

La iglesia: ¿visible o invisible?

También comencé a pensar seriamente acerca de cómo debe ser la verdadera Iglesia de Jesucristo. Debido a mi propia experiencia, no me costó aceptar el punto de vista de la “iglesia invisible”, en la que todos los miembros de la “única santa iglesia católica y apostólica” se encuentran diseminados por todas las confesiones cristianas del mundo y está compuesta por los hombres y mujeres de cada comunidad cristiana que realmente se toman en serio la fe e intentan vivir de acuerdo a las Sagradas Escrituras. La mayoría de las comunidades de fe que vi estaban aparentemente repletas de pecadores que no practicaban su fe. Pero mientras pensaba en eso, empecé a darme cuenta que esta perspectiva presentaba problemas insalvables. Una iglesia invisible es una “comunidad” de personas diseminadas que no se conocen ni están en contacto mutuo. En realidad, carece totalmente de características visibles (porque, después de todo, es invisible). No podemos saber nada seguro de una iglesia semejante: dónde están, en qué creen, cómo rinden culto. Concluí de que todo era asunto de imaginación. Es como queremos que sea, ya que no existe nada real con la cual la podamos comparar. Es una iglesia que interpretamos a nuestra manera. Y lo más importante es que no se parece absolutamente en nada a la Iglesia descripta en el Nuevo Testamento, que estaba llena de personas reales, de santos y de pecadores. Poseía una estructura que incluía presbíteros, diáconos y discípulos de Cristo que se sometían, en mayor o menor grado, a su liderazgo. Cada congregación de los fieles de Dios descripta en las Escrituras no es solamente visible, es humana, con todos los problemas que existen en cualquier familia, club o comunidad de seres humanos en cualquier parte. ¿De qué otra manera podría cualquier iglesia ser la sal y la luz de la comunidad? ¿De qué otra manera podrían los no creyentes ver sus buenas obras y glorificar a Dios? Hasta los reformadores, aunque rechazaban la autoridad de Roma, reconocían la existencia y la necesidad de un conjunto visible de creyentes. Seguí leyendo libros de historia, lo mismo que los escritos de los primeros cristianos. A éstos los consideraba representaciones precisas de lo que el conjunto principal de antiguos cristianos creían y practicaban. Me sorprendió de que tantos conceptos y enseñanzas que anteriormente rechazaba me las hubiesen presentado incorrecta, e inclusive, deshonestamente, en la Watchtower y en la literatura evangélica, presentándolas como si fuesen ilógicas o reñidas con las Sagradas Escrituras. Tal como las presentaban los primeros cristianos, por lo general tenían más sentido y se correspondían mejor con las Escrituras que muchas de las explicaciones que había leído en comentarios. Comencé a aceptar una cantidad cada vez mayor de enseñanzas que allí encontraba, simplemente porque eran claras, maduras, y se ajustaban a las Escrituras. Una por una, analicé estas enseñanzas comparándolas con las Sagradas Escrituras, y mientras me convencía de su validez, paulatinamente mi interpretación del Cristianismo comenzó a cambiar. La complejidad de ciertos pasajes con los que había lidiado durante años comenzó a desaparecer lentamente. Realmente todas las piezas empezaban a encajar (por primera vez en la vida). Toda mi interpretación del Cristianismo se modificó.

Sacramentos.

Los primeros cristianos creían que el pan y el vino servidos durante la comunión, cuando son consagrados por el presbítero, realmente se convierten en el cuerpo y sangre de Jesucristo. Por supuesto, esto es exactamente lo que Jesús dice claramente en Juan, capítulo 6. Sin embargo, la mayoría de los protestantes consideran que las palabras de Jesús son simbólicas. Ninguno de los primeros cristianos lo entendió así. En realidad, con poquísimas excepciones, ningún cristiano antes de la Reforma alemana ni tan siquiera puso en duda esa enseñanza. Esta fue mi introducción al concepto de “sacramentos” de la fe cristiana, objetos materiales a través de los cuales Dios transmite la Gracia a sus fieles. Nunca los oí mencionar entre Testigos o cristianos evangélicos. Todo el concepto me resultaba nuevo y extraño. Pero a medida que leía y oraba y pensaba en eso, el asunto cada vez tenía más sentido. En síntesis, el culto sacramental enseña que Dios obra a través de cosas simples como agua, pan, vino y aceite. Estos objetos materiales, cuando son consagrados y empleados en la Iglesia que Jesús fundó, se transformam en los medios por los que la Gracia de Dios se comunica a los seres humanos. Desempeñan un papel fundamental en la sanación y nos devuelven a una plena hermandad con nuestro Padre Celestial. Según esta perspectiva, Dios obra a través de su creación, y no alrededor o a pesar de la misma. Al principio, pensaba que esto estaba totalmente alejado de las Escrituras. Pero ahora, guiado por los primeros cristianos, lo empecé a encontrar en todas partes de la Biblia. Un ejemplo: Naaman, un leproso sirio, fue sanado obedeciendo la orden de Eliseo (dicho sea de paso, transmitida por un criado ávido de ganancias) de bañarse siete veces en el río Jordán. El agua no era mágica pero Naaman tuvo que obedecer la orden y bañarse en esa agua para ser sanado. (1 Reyes 5).
Los primeros cristianos creían que las aguas del Bautismo tenían el poder de lavar o eliminar el pecado de los nuevos discípulos (Hechos 22, 16), tal como había eliminado la lepra de Naaman. Otros ejemplos: Jesús sanó a un ciego haciendo barro y poniéndolo en sus ojos y ordenándole que se lavara en la piscina de Siloé (Juan 9, 6-11). Una mujer que confiaba que se sanaría si solamente tocaba el dobladillo de la vestimenta de Jesús, se curó verdaderamente. La tela no era mágica, pero en conjunción con su fe, se transformó en el medio por el que recibió el poder de Jesús (Mateo 9, 20-22). Mientras releía las Escrituras, me sorprendió ver cuántos relatos de las poderosas obras llevadas a cabo por Jesús y los Apóstoles implicaban acciones físicas como tocar o respirar sobre los receptores, u objetos usados como pan, pescado, aceite o vino. ¡Un descubrimiento impactante! Por ese tiempo, me encontraba curioseando unas rebajas de libros usados y vi un ejemplar del Catecismo Católico en venta por unos centavos. Lo compré y comencé a leer. ¡Me impactó lo que había encontrado! La explicación católica de la fe y los principios morales cristianos, inclusive la Salvación, el Bautismo, la Redención y la expiación de los pecados, se parecían mucho más a los de la Iglesia de los primeros cristianos que a los de cualquier comentario protestante que había leído. Con bastante frecuencia se refería a los primeros cristianos como una fuente de autoridad. Desde ese punto en adelante, empecé a considerar seriamente a la Iglesia Católica Romana. Me sorprendió descubrir cómo sus enseñanzas y prácticas guardaban una estrecha relación con la perspectiva de los primeros cristianos. Pero, ¿cómo podía explicar la existencia de muchos católicos que aparentemente no se tomaban en serio el Cristianismo? Al principio, con cierta dificultad con el concepto, pero mientras pensaba y oraba, recordé que Dios empleó a la antigua Israel como "recipiente" de la autorrevelación divina transmitida a través de Moisés durante más de quince siglos, aun cuando la mayoría de los israelitas y hasta sus autoridades eran infieles. ¿No pudo haber hecho lo mismo con la Iglesia Universal que Cristo fundó?

La Sagrada Tradición.

Me había enterado, principalmente de fuentes judías, que gran parte de la práctica judía había sido transmitida durante siglos en forma oral. Moisés comunicó las normas de la Ley Mosaica a los israelitas en el Sinaí. Pero no todo fue puesto por escrito. Las tradiciones verbales fueron por primera vez puestas en forma escrita (en el Talmud y la Mishnah) luego de la destrucción del segundo Templo en el siglo primero d. C. Por supuesto, Jesús dijo que los fariseos habían “invalidado la palabra de Dios con sus tradiciones”. Pero, me di cuenta que no quería decir que toda tradición era negativa, solamente aquellas que el hombre había creado y que estaban reñidas con la revelación divina. Las Sagradas Escrituras dicen claramente que Cristo reveló muchas cosas a sus discípulos que no fueron escritas (Juan 21, 25). También dice que “la iglesia” (y no las Sagradas Escrituras) es el “pilar y fundamento de la verdad”. Lo que Jesús enseñó a sus discípulos en forma oral no fue “agregado a las Escrituras” por los Apóstoles. Eran enseñadas oralmente a los nuevos discípulos que hacían. Las Escrituras eran redactadas dentro de un marco eclesiástico de funcionamiento pleno en el que cada enseñanza cristiana había sido transmitida en forma oral por décadas. Cuando el Apóstol Pablo escribía epístolas a las congregaciones, habia ya antes dedicado mucho tiempo enseñándolas en forma oral. Sus cartas podían y a menudo dejaban muchas cosas sin exponer. Las cartas de Pablo tratan mayormente de contingencias y problemas que requerían su consejo y no de las enseñanzas y prácticas que todos conocían y que habían sido enseñadas oralmente con anterioridad.

Momento decisivo: Seguimos Adelante en la Fe.

Finalmente fuimos recompensados y la evidencia resultó ser concluyente. Mis investigaciones sobre la historia de la Iglesia de los primeros cristianos me permitió adoptar una perspectiva católica sin la interferencia de mis prejuicios anteriores contra la Iglesia Católica. Lo que íbamos hallando en las enseñanzas de los católicos era increíble: enseñanzas profundas, atractivas, respaldadas por la historia y de lógica coherente, que se ajustan a las Escrituras y que resultan gratificantes no sólo para la mente sino también para el corazón. Ahora sentimos que hemos sido parte de ese camino por todos estos años. He hallado que los escritos de otros conversos al Cristianismo católico han sido de gran utilidad. Admito que había revisado el tema muy vagamente al estudiar el Cristianismo.
Muchos teólogos católicos son gigantes espirituales. Leyéndolos, he aprendido tanto sobre Dios y sus peculiaridades que ¡jamás supe que existían! Leí “The Everlasting Man” de G. K. Chesterton, que influyó en la conversión de C. S. Lewis al Cristianismo. Sus libros “Orthodoxy”, “Heresy” y “Conversion” verdaderamente me tocaron el corazón. Los apologistas católicos tienen un profundo respeto por C. S. Lewis, aunque era anglicano, ya que su teología es prácticamente ortodoxa. “A Map of Life, Theology for Beginners and Theology and Sanity” de Frank Sheed es claro y conciso. Los libros de conversos al Catolicismo contemporáneos como Jimmy Akin, Thomas Howard, Karl Keating, Scott Hahn, Dave Armstrong y Peter Kreeft son especialmente útiles para encarar las dudas que los protestantes tienen sobre la fe católica. “Catholic Christianity and his Christian Apologetics” del Dr. Kreeft y Ron Tacelli son más claros y exhaustivos que cualquier defensa protestante del Cristianismo que jamás haya leído. Estas personas están en el camino correcto, pensé al leerlos. Piensan con mucha mayor profundidad que yo acerca de la mayoría de las cuestiones y están dispuestos a arriesgar sus vidas y carreras para seguir la verdad a dondequiera que esté. Durante mucho tiempo, cometí el error de juzgar las enseñanzas católicas basándome en personas católicas, la mayoría de las cuales (como sus primos protestantes) son más bien indiferentes con respecto a la teología. Pero luego de aceptar la evidencia histórica de que la fe católica era la expresión original y más plena del Cristianismo, y que no se debía juzgar a la Iglesia entera por el comportamiento de algunos pecadores, mi perspectiva cambió. Comencé a leer escritos católicos con entusiasmo. Las explicaciones católicas del Cristianismo se ajustan a las Escrituras, al mundo real y al corazón del ser humano. Creo con toda honestidad que cualquiera que las siga fielmente se transformará en un hombre o mujer de Dios. Las enseñanzas del Catolicismo son sólidas, plenas y rectas. Llegamos a ellas lenta y cuidadosamente, siguiendo la verdad e identificando y rechazando el error. Compartí con Gloria las cosas que estaba leyendo. Ella también las leyó y reflexionó. Hablamos de algunas cosas pero no quería presionarla para que tomase una decisión sino para que decidiera por su cuenta. Siguió leyendo, luego un día simplemente dijo, "Deberíamos convertirnos al Catolicismo" (Había sido bautizada como católica al nacer). Consumamos nuestro deseo de formar parte de esta venerable Iglesia reuniéndonos con nuestro párroco, el padre James Cronin, durante varios meses, con el propósito de examinar las enseñanzas católicas. Fuimos admitidos en el seno de la Iglesia Católica Romana el viernes 9 de junio de 2006. Estamos emocionados por ser católicos y nos hace felices compartir las cosas buenas que hemos encontrado con cualquiera de nuestros ex compañeros evangélicos cristianos o con nuestros nuevos compañeros católicos. Nos sentimos completamente felices dentro de la Iglesia que Jesucristo fundó. Hemos llegado a casa.

Tom Cabeentraducción del inglés por Carlos Caso-Rosendi, realizada a partir manuscrito original en inglés. PrimeraLuz.org.

miércoles, 6 de abril de 2011

Tradición no es una palabra indigna.


El protestantismo evangélico sostiene, en general, la visión de que la Sagrada Escritura está en absoluta oposición a la Sagrada Tradición, y para cualquier fin práctico, se excluyen mutuamente. Este es otro ejemplo de la falsa dicotomía que el protestantismo a menudo (por desgracia) tiende a crear (por ejemplo, fe vs. obras, materia vs. espíritu). La Biblia, sin embargo, presupone a la Tradición como una entidad previa y más grande que sí misma, de la que se deriva, y no como una especie de “palabra sucia o indigna”.
Una cosa es afirmar erróneamente que la Tradición católica (las creencias y los dogmas que pasaron de Cristo a los apóstoles y que la Iglesia afirma haber preservado intactos) está corrompida, desmesurada y sin fundamento en la Biblia. Y otra muy diferente el pensar que el concepto de tradición es contrario a la visión bíblica y a la esencia del cristianismo. Esto es, a grandes rasgos, una variante popular y generalizada del distintivo punto de vista protestante “Sola Scriptura” o únicamente la Biblia, y que fue una de las disconformidades de la revuelta protestante del siglo XVI. Este supremo principio de autoridad de los protestantes evangélicos permanece vigente como una regla de fe. “Sola Scriptura” por su propia naturaleza y definición, tiende a enfrentar a la Biblia en contra de la Tradición, y esta noción anti bíblica es la que examinaremos.
Antes que nada, se puede definir a la Tradición como la fuente auténtica y autorizada de la historia cristiana de las doctrinas teológicas y prácticas devocionales. La cristiandad, como el judaísmo antes que ésta, está fundamentado en la historia, en los estremecedores acontecimientos históricos de la vida de Jesucristo (la Encarnación, milagros, Crucifixión, Resurrección, Ascensión, etc.) Los testigos comunicaron estos hechos a los primeros cristianos (Lucas 1:1-2, Hechos 1:1-3, 2 Pedro 1:16-18), quienes a su vez los transmitieron a otros cristianos (guiados por la autoridad de la Iglesia) a través de los tiempos. Por consiguiente, la Tradición cristiana, que es la auténtica historia de la Iglesia, es inapelable.
Muchos protestantes leen los pasajes de los conflictos de Jesús con los fariseos y se hacen la idea de que Él se está oponiendo rotundamente a la tradición. Esto no es verdad. Una lectura minuciosa a otros pasajes como San Mateo 15:3-9 y San Marcos 7:8-13, revelarán que Jesús sólo condenaba las tradiciones corruptas, de los hombres, lo que no era estrictamente tradición. Utilizaba frases como “su tradición”, “mandamientos de hombre”, “tradiciones de hombres” en oposición a los “mandamientos de Dios”. San Pablo trata precisamente este mismo contraste en Colosenses 2:8 “Mirad que nadie os engañe con filosofías y vanas falacias, fundadas en tradiciones humanas, en los elementos del mundo y no en Cristo”
El Nuevo Testamento explícitamente enseña que las tradiciones pueden ser buenas (de Dios) o malas (cuando provienen del hombre y se oponen a las verdades divinas). Las enseñanzas farisaicas corruptas fueron una mala tradición, pero muchas de sus enseñanzas legítimas fueron reconocidas por Jesús, por ejemplo, en San Mateo 23:3. Las enseñanzas orales del Evangelio y los escritos apostólicos, que con el tiempo fueron conocidos como la Sagrada Escritura (reconocida y autorizada por la Iglesia en 397 d. C. en el Concilio de Cartago) fueron en su conjunto buenas enseñanzas: la auténtica Tradición cristiana revelada por Dios a los apóstoles.
La palabra griega para “tradición” en el Nuevo Testamento es “paradosis”. Se menciona cuatro veces en la Biblia: en Colosenses 2:8 y en los siguientes tres pasajes:
1 Corintios11:2…y retengáis las tradiciones que yo os he transmitido.*
2 Tesalonicenses 2:15… y guardad las tradiciones que recibisteis ya de palabra, ya por nuestra carta *
2 Tesalonicenses 3:6 En nombre de nuestro Señor Jesucristo os exhortamos a apartaros de todo hermano que viva desordenadamente y no según las tradiciones que de nosotros recibieron.
*Diferentes versiones de la Biblia podrían presentar otra palabra, sin embargo en notas al pié o en el glosario aclaran que se refieren a tradición.
Noten que san Pablo no hace distinción entre las tradiciones orales o escritas. No existe una dicotomía o división en la mente del apóstol considerando a la tradición oral mala o indeseable. Al contrario, esta falsa apreciación, irónicamente, es anti bíblica y constituye una “tradición de hombre”.
Cuando los primeros cristianos salieron a predicar las buenas nuevas de Jesucristo después de Pentecostés, constituyó una tradición oral transmitida oralmente. Algunas de éstas fueron escritas en la Biblia (por ejemplo Hechos 2) pero muchas otras no fueron escritas (Juan 20:30, 21:25). Fue esta tradición oral la que preponderantemente cambió al mundo, no el texto del Nuevo Testamento (de cualquier manera, la mayoría de las personas no sabía leer). Las frases “palabra de Dios” o “palabra del Señor” en los Hechos y en las epístolas, se refieren, predominantemente a la predicación oral, no a la palabra escrita en la Biblia, como los protestantes comúnmente asumen. Una lectura tomando en cuenta el contexto de la misma, la haría más clara.
Además, las palabras griegas “paradidomi” y “paralambano” son usualmente traducidas como “enviado” y “recibido” respectivamente. San Pablo en reiteradas ocasiones se refiere a este intercambio de tradición cristiana:
1 Corintios 15:1-3 Os doy a conocer, hermanos, el Evangelio que os he predicado, que habéis recibido, en el que os mantenéis firmes, 2 y por el cual sois salvos si lo retenéis tal como yo os lo anuncié, a no ser que hayáis creído en vano. 3 Pues a la verdad os he transmitido, en primer lugar, lo que yo mismo he recibido, que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras
1 Tesalonicenses 2:13…al oír la palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino como la palabra de Dios, cual en verdad es, y que obra eficazmente en vosotros, que creéis.
San Judas 3… exhortándoos a combatir por la fe, que una vez para siempre ha sido dada a los santos.
Comparar con: San Lucas 1: 1-2, Romanos 6: 17, 1 Corintios 11: 23, Gálatas 1:9, 12, 2San Pedro 2: 21)
Lejos de distinguir la tradición de las Escrituras, como los evangélicos sostienen, la Biblia asemeja la tradición con el Evangelio, y otros términos como “palabra de Dios”, “doctrina”, “santos mandamientos”, “fe”, y “lo que creemos entre nosotros”. Todas son “entregadas” y “recibidas”.
Tradiciones “entregadas” (1 Corintios 11: 2), “enseñadas por la palabra o en epístolas” (2 Tesalonicenses 2: 15) y “recibidas” (2 Tesalonicenses 3: 6)
El Evangelio “predicado” y “recibido” (1Corintios 15:1-2, Gálatas 1: 9, 12, 1Tesalonicenses 2: 9)
Palabra de Dios “escuchado y “recibido” (Hechos 8: 14, 1Tesalonicenses 2: 13)
Doctrina “enviada” (Romanos 6: 17; comparar con Hechos 2: 42)
Santo mandamiento “enviado” (2 San Pedro 2: 21; comparar con: San Mateo 15: 3-9. San Marcos 7:8-13)
La Fe “enviada” (San Judas 3)
“Lo que creemos entre nosotros” “enviado” (San Lucas 1: 1-2)
Claramente, todos estos conceptos son sinónimos en la Escritura y todos son predominantemente orales. Tan sólo en los escritos de san Pablo encontramos cuatro de estas expresiones usadas como sinónimos. Y en dos de las epístolas a los Tesalonicenses, “evangelio”, “palabra de Dios” y “tradición” son usadas para referirse a un mismo significado. Así, debemos necesariamente concluir que la tradición no es una palabra ajena a la Biblia. O bien, si alguien insiste en lo contrario, entonces “evangelio” y “palabra de Dios” también serían conceptos extraños en la Escritura. Sin embargo la Biblia no admite otra conclusión, la evidencia es demasiado sencilla y clara.
Para concluir esta exploración bíblica, citaremos de nuevo a san Pablo para enfatizar la importancia de la tradición oral:
2 Timoteo 1: 13-14 Retén la forma de los sanos discursos que de mí oíste, inspirados en la fe y en la caridad de Cristo Jesús. 14 Guarda el buen depósito por la virtud del Espíritu Santo, que mora en nosotros.
2 Timoteo 2: 2 y lo que de mí oíste ante muchos testigos, encomiéndalo a hombres fieles capaces de enseñar a otros.
Aquí, san Pablo urge a Timoteo no sólo a poner inmediatamente en práctica sus enseñanzas orales, sino de pasarlas a otros. Así nos encontramos claramente con un panorama de auténtica continuidad histórica de la doctrina cristiana. Esto es lo que precisamente la Iglesia católica llama Tradición (con T mayúscula), o cuando enfatiza en la enseñanza acerca de la sucesión apostólica de los obispos de la Iglesia. La frase “Depósito de la Fe” es usada también para describir una enseñanza del Evangelio oral transmitida a los apóstoles (ver, por ejemplo en Hechos 2: 42, San Judas 3)
La Iglesia católica se considera únicamente el custodio o guardián de esta Revelación divina. Estas doctrinas pueden y son desarrolladas, para ser mejor entendidas en todos los tiempos, por el Espíritu Santo (san Juan 14: 26, 16: 13-15). El desarrollo de la doctrina es un tema complejo, mas es suficiente decir que en el desarrollo de las doctrinas, no puede cambiar nada de su esencia natural. Doctrinas desarrolladas como las que los protestantes están de acuerdo también, por ejemplo, la Trinidad fue establecida en su forma definitiva y actual en el siglo IV, después de deliberar largamente. Siempre se creyó en su forma, en cierto sentido, pero fue la Iglesia la que la entendió en mayor profundidad y exactitud, como resultado de las disputas con los herejes, como los arrianos (similares a los testigos de Jehová) quienes disentían en este sentido.
Los protestantes que están perplejos o furiosos por la “corrupción” y “abundancia” de la doctrina “extra bíblica” en algunos aspectos distintivos del catolicismo, deben leer un extraordinario libro de John Henry Newman, un brillante converso al catolicismo del anglicanismo, escrito en 1845, llamado “Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana” (¡un nombre poco apropiado para una obra de más de 450 páginas!). No es pérdida de tiempo el indagar, imparcialmente, acerca de la filosofía del desarrollo orgánico de la Iglesia y la negación de la tradición protestante de “Sola Scriptura.”
El Nuevo Testamento es una encapsulación escrita del cristianismo primigenio y apostólico, y la revelación autorizada del Nuevo Pacto de Dios. Se trata del desarrollo, por decirlo así, tanto del Nuevo Testamento como de las primeras predicaciones cristianas y de las enseñanzas (es decir, la Tradición) El proceso de canonización del Nuevo Testamento tomó más de trescientos años y se tomaron en cuenta la opinión de muchas personas y tradiciones para dilucidar qué libros habría que considerar como Escritura. Los libros bíblicos no fueron inmediatamente obvios para todos los cristianos. Muchos Padres de la Iglesia notables reconocieron algunos libros como parte de la Escritura, y que actualmente no lo son (por ejemplo: El Pastor de Hermas, Didache (enseñanza), epístola de Bernabé, 1 Clemente). Muchas otras no se aceptaron como libros canónicos hasta mucho tiempo después (por ejemplo, Hebreos, Santiago, 2 San Pedro y Apocalipsis).
Así, la Biblia no debe separarse y aislarse de la tradición y de su proceso de desarrollo. El cristianismo no toma el punto de vista del Islam, cuya revelación, el Corán, simplemente cayó del cielo a Mahoma, sin la participación humana. Algunas formas extremistas de “Sola Scriptura” tienen una visión muy similar, pero fallan a la prueba de la Escritura misma como todas las demás manifestaciones de la mentalidad “sólo la Biblia”. Como hemos visto, la Escritura no nulifica o censura la Tradición cristiana, la cual, por el contrario, es más grande y la contiene a ésta.
En el catolicismo, Escritura y Tradición están intrínsecamente entrelazadas. Han sido descritas como “fuentes idénticas de un mismo manantial divino” (esto es, la Revelación), y no pueden ser separadas, como no se pueden separar las dos alas de un pájaro. Cualquier teología que intente separar este vínculo orgánico al final se estará derrotando a sí misma, será anti bíblica y en contradicción con el curso de la historia temprana cristiana.

Versículos tomados de la Sagrada Bíblia de Nacar – Colunga, para la traducción.

Dave Armstrong, 31 de octubre de 2006. Original en Inglés: Tradition” Is Not a Dirty Word. Traducción: Alejandro Villarreal de Biblia y Tradición, 2008. Copyright 2006 by Dave Armstrong. All rights reserved.