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lunes, 20 de junio de 2011

Ni con elocuencia ni con dialéctica.


Discutir sobre religión es una cosa que ya no me gusta. Hace como treinta años que no discuto —ni siquiera con los «censores»— de mis obras. Cuando era joven era un gran discutidor.
Es cosa inútil. Al que pone objeciones religiosas, ordinariamente hay que recomendarle leer un buen Catecismo de Perseverancia. Ordinaria­mente habla de lo que no sabe. Si tiene interés en saber, sé tomará esa pe­queña molestia; si no tiene interés, habla por hablar y entonces la discu­sión es inútil y aun peligrosa.
A los que vienen a uno en un barco o en un tren con el: «Vea Reve­rendo, ¿cómo responde usted a esto?», no hay que darles la solución, sino acrecentarles la objeción, urgiría mucho más todavía, que vea que uno la sabe y aun la «siente» tanto como él, o más. Es decir, hay que agudizarle (o crearle si acaso) el hambre de saber, porque si esa hambre no existe, darle la solución es perder tiempo.
Puesto esto, hay que responder que Dios en su naturaleza divina no sufre ni con la desgracia eterna de los precitos[1] ni con los pecados que precedieron y causaron esa desgracia eterna, porque su natura eterna es inmutable y no sujeta a las pasiones propias de los hombres. Querer que sufra es querer que cambie de naturaleza y se vuelva criatura, lo cual es imposible. Es un vicio mental muy grave y muy difundido que se llama «antropomorfismo», o sea, concebir a Dios parecido o idénti­co al hombre, muy difundido hoy día entre los ignorantes como Jorge Luis Borges, por ejemplo.
Hoy día hay muchos que preguntan «cómo es Dios» con la inten­ción de aceptarlo o no aceptarlo según les guste o no les guste; quiero decir «su existencia». Pero la existencia es lo primero; y si es un hecho la existencia, con que yo no la acepte, no la destruyo como hecho. (Me destruyo a mí mismo.)
Si Dios es, hay que tragarlo como es. Muy sensatamente Jacques Rivière escribía a Paul Claudel: «Si es consolador o no, no me interesa; lo que me interesa primero de todo es saber si realmente existe o no».
Esa posición de decir: «Si Dios me gusta o me satisface, bien, en­tonces puede ser que lo acepte», es un disparate monumental. Con ése no hay que discutir. Si Dios existe y no sufre, no tengo más remedio que decir: «No me gusta, no lo comprendo; pero si es un hecho, no tengo más remedio que arreglármelas con ese hecho como pueda». Es lo que hacemos enfrente de todos los hechos' de la Naturaleza o del Mundo Humano. Que traten, por ejemplo, de no aceptar una polio­mielitis o un ciclón, a ver si va.
Pero los predicadores dicen continuamente que «ofendemos» a Dios con nuestros pecados; y «ofender» es «herir». Y los místicos dicen que Dios sufre por y con los condenados del Infierno. Y Kírkegor es­cribe que cuando Dios «abandonó» a su Hijo («Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»), Dios Padre sufrió horriblemente por tener que abandonar a su Hijo. Y Kierkegaard es todo lo más alejado del «antro­pomorfismo». ¿Cómo se entiende eso?
En cierto modo, Dios sufre por los pecados de los hombres y todas sus consecuencias. ¿De qué modo?
De dos modos: en su Hijo hecho Hombre, y en el Orden Universal, que es Él mismo.

Leonardo Castellani, “Dinámica social”, nº 81, julio de 1957. Versión reproducida en “Pluma en ristre” pág. 190.


[1] Réprobos, condenados a las penas del infierno.

viernes, 6 de mayo de 2011

Jesucristo, un personaje histórico y no mitológico.


Películas del talante de “Zeitgeist”, supuestamente documentales, han inventado algunas teorías sobre la no existencia histórica de Jesucristo. Debido a la ignorancia religiosa en la que la se encuentra inmersa la época moderna, estas ideas des-informantes, son tomadas como “reales”. Lo mismo ha pasado con novelas del talante de “El Código Da Vinci”. El Blog “Apologeticum” hace una breve y sólida respuesta basada en documentos históricos ya conocidos sobre la existencia de Jesucristo, como personaje que ha intervenido en la historia.

Jesucristo, un personaje histórico y no mitológico.

Introducción.

Este sencillo estudio pretende demostrar con bases sólidas y tangibles, la realidad de Jesucristo como personaje histórico. Y así poder contar con un elemento breve y práctico para refutar las falsedades que se dicen sobre la persona de Jesús y de la Iglesia. Podemos mencionar el documental “Zeitgeist”, que pretende -al igual que muchos gurúes y pseudo-iluminados- sin ninguna referencia seria, demostrar que la persona de Jesucristo -y consigo todo el cristianismo- provienen sencillamente de mitologías antiguas, lo cual es bastante peligroso para personas que están acostumbradas a ignorar hechos históricos y a creer la primera cosa que les dicen.
En la primera parte veremos las fuentes no cristianas que nos hablan de la existencia de Cristo, no simplemente como el fundador de una nueva creencia religiosa, sino también como personaje histórico, que es lo que nos interesa en este estudio. Las fuentes no cristianas, que nos evidencian la historicidad de Jesucristo están formadas por escritores e historiadores paganos y judíos, de los siglos I-II.
Después, revisaremos -de forma muy breve- las fuentes históricas pseudo-cristianas, que nos hablan de un Jesús que realmente existió. Estas, están conformadas por los escritos fundamentales de algunas sectas -hoy en día ya extintas- formadas por personas que no estaban de acuerdo con la doctrina oficial de la Iglesia primitiva, y que, por lo cual se separaron de esta y decidieron fundar su propio grupo religioso. Los gnósticos -por ejemplo- son un grupo ocultista muy antiguo -autor de muchos de los escritos apócrifos- que desde el principio ha perturbado a la Iglesia, por lo que muchos padres y teólogos de la Iglesia primitiva decidieron escribir refutaciones oficiales contra este grupo. También la Biblia nos evidencia como san Pablo y san Juan, no estaban -para nada- de acuerdo con la doctrina predicada por estos grupos. Pues para ellos -como para todos los cristianos de verdad- la unidad de la iglesia en Cristo, es uno de los pilares fundamentales de la fe.
Más adelante, veremos las fuentes históricas más importantes que nos presentan a Jesucristo como un personaje que realmente existió: Los Evangelios. De estos, veremos la relevancia histórica, es decir, de cómo desde el principio fueron mencionados como escritos importantes. Por tanto demostraremos que no se trata de ningún invento de la Iglesia o de los Papas. Así también veremos la veracidad de los Evangelios canónicos y por qué podemos fiarnos de su testimonio, pues corresponden realmente a lo que escribieron los Apóstoles: Mateo y Juan; y sus contemporáneos: Marcos y Lucas.

Fuentes no cristianas.

En este segmento, no pretendo demostrar que los personajes citados a continuación conocían la doctrina cristiana, sino sencillamente destacar, el hecho de que estos antiguos historiadores y escritores, hayan dedicado parte de sus escritos para hablar de Cristo, y en concreto del cristianismo, como un hecho histórico y tangible; en ningún caso como una nueva creencia religiosa basada en un personaje mitológico o misterioso.

Fuentes paganas:

Mar Bar-Sarapion (73 d.c.)

En un manuscrito siriaco del siglo VII, que se encuentra actualmente en el Museo Británico de Londres, se recoge una carta de un tal Mar Bar-Serapion. La escribe desde la cárcel a su hijo, exhortándole a buscar la sabiduría. No hay acuerdo sobre la antigüedad de la carta, pero la mayoría de los estudiosos la fechan en la primera mitad del siglo II o incluso en el último cuarto del siglo I. Otros estudiosos afirman que fue escrita en el siglo III. En la carta hay una referencia a un «rey sabio», que ha sido interpretada por varios autores como una alusión a Jesús de Nazaret [1]:

“¿Qué ventaja obtuvieron los atenienses cuando mataron a Sócrates? Carestía y destrucción les cayeron encima como un juicio por su crimen. ¿Qué ventaja obtuvieron los hombres de Samo cuando quemaron vivo a Pitágoras? En un instante su tierra fue cubierta por la arena. ¿Qué ventaja obtuvieron los judíos cuando condenaron a muerte a su rey sabio? Después de aquel hecho su reino fue abolido. Justamente Dios vengó aquellos tres hombres sabios: los atenienses murieron de hambre; los habitantes de Samo fueron arrollados por el mar; los judíos, destruidos y expulsados de su país, viven en la dispersión total. Pero Sócrates no murió definitivamente: continuó viviendo en la enseñanza de Platón. Pitágoras no murió: continuó viviendo en la estatua de Hera. Ni tampoco el rey sabio murió verdaderamente: continuó viviendo en la enseñanza que había dado” (citado desde Penna, Romano:Ambiente histórico-cultural de los orígenes del cristianismo: textos y comentarios, pág. 319, Bilbao, 1994).

Plinio el Joven (61-113)

Escritor latino. Sobrino e hijo adoptivo del erudito Plinio el Viejo, estudió retórica y leyes en Roma con Quintiliano. A los dieciocho años inició su carrera de abogado, en la que ascendió rápidamente. Tras ejercer como pretor, en el año 100 obtuvo el consulado bajo Trajano, de quien recibió múltiples honores y a quien, en agradecimiento, escribió el Panegyricus, su única obra de oratoria conservada. Posteriormente desempeñó varios cargos oficiales y publicó sus Epístolas, agrupadas en nueve libros. Aunque la posteridad ha valorado sobre todo su valor documental, estas cartas personales contienen numerosos elementos retóricos y poéticos. Cada una trata de un tema concreto, y en conjunto constituyen un lúcido retablo de las costumbres públicas y privadas de la sociedad romana de la época. [2]

“Por otra parte, estos afirmaban que toda su culpa o su error había consistido en la costumbre de reunirse determinado día antes de salir el sol, y cantar entre ellos sucesivamente un himno a Cristo, como si fuese un dios, y en obligarse bajo juramento, no a perpetuar cualquier delito, sino a no cometer robo o adulterio, a no faltar a lo prometido, a no negarse a dar lo recibido en depósito. Concluidos esos ritos, tenían la costumbre de separarse y reunirse de nuevo para tomar el alimento, por lo demás ordinario e inocente.”

Plinio el Joven, Epistolarum ad Traianum Imperatorem cum eiusdem Responsis liber X, 96.

Cayo Suetonio (70-140)

Historiador romano. Trabó amistad con Plinio el Joven, quien lo recomendó al emperador Trajano, gracias a lo cual pudo entrar a trabajar en la burocracia imperial. Bajo el mandato de Adriano se encargó de la dirección de los archivos imperiales, pero fue apartado de su puesto por «tomarse demasiadas familiaridades con la emperatriz». Gracias a la extraordinaria calidad de las fuentes que llegó a manejar durante su ejercicio en la corte, pudo dedicarse a escribir la que sería su obra más importante, Vida de los doce Césares, en la que biografió a los emperadores habidos desde Augusto a Domiciano. Esta obra ha brindado a la historiografía una gran cantidad de datos sobre la vida privada y el gobierno de los emperadores romanos, aunque se centra más en cuestiones superficiales, y en algunos casos escandalosas, que en un estudio profundo de los hechos históricos. [3]

“...Hizo expulsar de Roma a los judíos, que, excitados por un tal Cresto [Cristo], provocaban turbulencias.”

Cayo Suetonio, Vida de los doce Césares, Claudio, XXV.

“...Los cristianos, clase de hombres llenos de supersticiones nuevas y peligrosas, fueron entregados al suplicio,,,”

Cayo Suetonio, Vida de los doce Césares, Nerón, XVI.


Cornelio Tácito (55-118)

Historiador romano. Los pocos datos que se conocen de su vida indican que desarrolló una brillante carrera política, que le llevó al Senado así como a ejercer el cargo de cónsul. También es conocida su boda con una hija de Cneo Julio Agrícola, general romano que luchó en Britania, de quien Tácito escribió una biografía: Agrícola. Otra obra importante que hay que resaltar es De origine et situ germanorum, más conocida como Germania, en la cual traza una viva representación de la vida y cultura de los germanos. Con todo, sus obras más famosas son los Anales, una historia de los emperadores de la dinastía Julio-Claudia a partir de Tiberio, y las Historias, sobre la dinastía Flavia. Ambas obras representan un grandioso esfuerzo por recrear un período convulso de la historia de Roma, y en ellas ofrece un retrato implacable de los grandes personajes de la época, poniendo de relieve sus flaquezas. El tono del autor refleja también una cierta nostalgia por los tiempos de la República y de la grandeza romanas. [4]

“Y así Nerón, para divertir esta voz y descargarse, dio por culpados de él, y comenzó a castigar con exquisitos géneros de tormentos, a unos hombres aborrecidos del vulgo por sus excesos, llamados comúnmente cristianos. El autor de este nombre fue Cristo, el cual, imperando Tiberio, había sido justiciado por orden de Poncio Pilato, procurador, de la Judea y aunque por entonces se reprimió algún tanto aquella perniciosa superstición tornaba otra vez a reverdecer, no solamente en Judea, origen de este mal, pero también en Roma, donde llegan y se celebran todas las cosas atroces y vergonzosas que hay en las demás partes. Fueron, pues, castigados al principio los que profesaban públicamente esta religión, y después, por indicios de aquéllos, una multitud infinita, no tanto por el delito del incendio que se les imputaba, como por haberles convencido de general aborrecimiento a la humana generación. Añadióse a la justicia que se hizo de éstos, la burla y escarnio con que se les daba la muerte. A unos vestían de pellejos de fieras, para que de esta manera los despedazasen los perros; a otros ponían en cruces; a otros echaban sobre grandes rimeros de leña, a los que, en faltando el día, pegaban fuego, para que ardiendo con ellos sirviesen de alumbrar en las tinieblas de la noche.”

Cornelio Tácito, Anales, Libro XV, XLIV.

Fuentes judías:

Flavio Josefo (37-100)

Historiador judío-fariseo. Sus obras ofrecen la mayor información sobre la vida de los judíos del primer siglo cristiano y de la historia de Israel bajo el dominio romano. Aunque no era cristiano, Flavio Josefo es una importante fuente histórica sobre la época en que nació el cristianismo. Hace una importante referencia histórica sobre Jesucristo. Participó en los levantamientos contra Roma en Galilea en el año 66. Predijo a Vespasiano que sería emperador de Roma. Tras cumplirse la profecía se le dieron privilegios: Se le llamó en latín: Flavio Josefo, tomó ciudadanía romana, una pensión, esposa, un terreno en Judea y una casa en Roma que había sido residencia del propio Vespasiano. [5]

“Por aquel tiempo existió un hombre sabio, llamado Jesús, si es lícito llamarlo hombre, porque realizó grandes milagros y fué maestro de aquellos hombres que aceptan con placer la verdad. Atrajo a muchos judíos y muchos gentiles. Era el Cristo. Delatado por los principales de los judíos, Pilatos lo condenó a la crucifixión. Aquellos que antes lo habían amado no dejaron de hacerlo, porque se les apareció al tercer día resucitado; los profetas habían anunciado éste y mil otros hechos maravillosos acerca de él. Desde entonces hasta la actualidad existe la agrupación de los cristianos.”

Flavio Josefo, Antiquitates Judaeorum, 18, III, 3.

Nota: Este texto, que algunos han querido atribuirlo a la interpolación de un amanuense cristiano, es considerado como auténtico por John P. Meier, «uno de los más relevantes investigadores bíblicos de nuestra generación», Profesor de Nuevo Testamento en Washington. [JOHN P. MEIER: Un judío marginal, III. Ed. Verbo Divino. Estella (Navarra). 1998.] [6]
El historiador judío Flavio Josefo relata también, en su libro “Antigüedades Judías”, el martirio de Santiago, llamado el hermano del Señor.

“...Siendo Anán (Ananías) de este carácter, aprovechándose de la oportunidad, pues Festo había fallecido y Albino todavía estaba en camino, reunió el sanedrín. Llamó a juicio al hermano de Jesús que se llamó Cristo; su nombre era Jacobo, y con él hizo comparecer a varios otros. Los acusó de ser infractores a la ley y los condenó a ser apedreados.”

Flavio Josefo, Antiquitates Judaeorum, 20, IX, 1.

Talmud (Siglos II - III).

El Talmud es una obra que recoge las discusiones rabínicas sobre leyes judías, tradiciones, costumbres, leyendas e historias. El Talmud se caracteriza por preservar la multiplicidad de opiniones a través de un estilo de escritura asociativo, mayormente en forma de preguntas, producto de un proceso de escritura grupal, a veces contradictorio. [7]
El Talmud, junto a la Torá escrita o Pentateuco, representan los pilares de la religión y de la tradición judía revelados por El eterno a Moisés en el Monte Sinaí. [8]
“Por lo que toca a Misnah y los otros escritos rabínicos tempranos los escasísimos pasajes que pueden referirse a Jesús no está claro que lo hagan. Ahora bien, en el caso de que aludan realmente a Jesús es patente que no aportan ninguna noticia original sobre él, ni que pueda remontarse siquiera al s. 1. Son sólo noticias tardías (siglos IV-V), no independientes de los escritos canónicos o apócrifos cristianos y con frecuencia fruto de un interés polémico por parte del judaísmo contra los cristianos. Así lo piensan estudiosos como J. Maier, (Jesús von Nazaret in der talmudischen Überlieferung, Darmstadt 1978) o J. Z. Lauterbach quien sostiene que "ni una sola noticia de las que han llegado hasta nosotros en la literatura talmúdico-midrásica se puede considerar auténtica en el sentido de que tenga su origen en el tiempo de Jesús o siquiera en la primera mitad del s. 1 de la era cristiana” (cf. “Jesus in the Talmud” en Rabbinic Essays, Cincinnati, 1951, 473-570, p. 477).
El erudito judío J. Klausner aunque admite en algunos pocos pasajes rabínicos referencias genuinas a Jesús de Nazaret, sin embargo las considera de muy escaso valor histórico “dado que tienen más carácter de vituperio y polémica contra el fundador de una facción odiada que de información objetiva y de valor histórico (Jesús of Nazareth. His Life, Times and Teaching, Nueva York 1925, p. 18-19). Klausner considera genuina la referencia de Sanedrín 43a donde se menciona a Yeshú, que fue colgado en la víspera de la Pascua, información correcta y coincidente con el evangelio de Juan, que se mezcla con una confusa noticia acerca de un heraldo buscando testigos para la defensa durante cuarenta días antes de la muerte de Jesús por lapidación sin que se lograra encontrar ninguno, lo que parece un rasgo legendario que busca legitimar la condena. En este mismo pasaje se interpretan los milagros de Jesús como actos de brujería”. [9]

Fuentes pseudo-cristianas: Apócrifos.

Los textos apócrifos son libros que, por diversos motivos, no fueron reconocidos como inspirados por Dios, y por tanto no entraron en el canon de las Sagradas Escrituras. Si bien contienen serios errores doctrinales, pues muchos de ellos fueron escritos por gnósticos (herejía muy antigua, ampliamente refutada por los primeros cristianos); nos presentan a Jesucristo como personaje histórico. Su lectura es recomendable, siempre cuando se conozca bien la fe verdadera, que nos la revelan los textos canónicos. Hoy en día, los apócrifos, se pueden encontrar en cualquier librería o biblioteca católica para ser consultados.

Fuentes cristianas: Evangelios.

Los Evangelios -para nosotros cristianos- representan las fuentes históricas más fidedignas que nos relatan la existencia de Jesucristo. Podemos destacar, especialmente a san Lucas, que se preocupa de anunciar a Cristo como un personaje histórico, pues a su nacimiento aporta datos que no encontramos en los demás evangelistas:

“En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria”.

Lucas 2,1-2.

También podemos decir que, si bien, san Lucas no fue testigo ocular de la existencia de Cristo, se preocupó de informarse cuidadosamente en todo lo referente a su persona por testigos oculares:

“Muchos han tratado de relatar ordenadamente los acontecimientos que se cumplieron entre nosotros, tal como nos fueron transmitidos por aquellos que han sido desde el comienzo testigos oculares y servidores de la Palabra. Por eso, después de informarme cuidadosamente de todo desde los orígenes, yo también he decidido escribir para ti, excelentísimo Teófilo, un relato ordenado, a fin de que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido”.

Lucas 1, 1-4.

En san Mateo encontramos datos históricos referentes a su nacimiento, precisamente para indicarnos a un Jesús que realmente existió en nuestra historia:

“Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén”

Mateo 2, 1.

San Marcos, que si bien no nos relata el nacimiento de Cristo, también nos da algunos datos históricos (Mc 6,14-22), en los cuales se presenta a Jesús, como una persona que realmente vivió en un determinado periodo histórico.
San Juan, por su parte, se preocupa de predicar a Cristo resucitado, y por ende glorioso. Por ello que, todo su Evangelio cuenta con una estructura y con un fraseo tan sublime, que al leer su evangelio, es como si una voz directamente del cielo nos hablara, como dice san Juan Crisóstomo, algo evidentemente muy difícil para un humilde pescador. Es por ello que san Juan para referirse al Cristo histórico, habla del Verbo de Dios que “se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). Y enfatiza en el hecho de que él es testigo ocular (Jn 21, 24), por tanto su predicación es verdadera. También en una de sus cartas, san Juan enfatiza el hecho de que el Señor -siendo Dios- se hizo hombre, pues fue oído por él, estuvo ante sus ojos, fue contemplado, e incluso palpado por él (1 Jn 1, 1).
Con esto podemos concluir que la historicidad de Jesucristo en los Evangelios es indiscutible.

Autenticidad de los Evangelios.

El Evangelio de San Mateo data entre el 37 y el 42. El de San Marcos, entre el 40 y el 45. El de San Lucas entre el 47 y el 56. Y finalmente, el Evangelio de San Juan, se escribió en torno al 95. [10]
Un documento es auténtico o genuino si fue escrito por la persona a quien se le atribuye. Sabemos que los autores de los evangelios son Mateo, Marcos, Lucas y Juan porque existen cerca de 4000 códices griegos y traducciones latinas, coptas y siríacas de los siglos IV al IX que atestiguan esto. Además están los testimonios de algunos escritores y Padres de la Iglesia que pudieron informarse de los autores de los Evangelios. [11]
A continuación veremos algunos de los testimonios más antiguos, que nos hablan de los Evangelios canónicos, como libros realmente escritos por sus autores, y usados desde el comienzo por la Iglesia del Señor.

San Ireneo de Lyon (130 – 202 d.c.)

San Ireneo, educado en Esmirna; fue discípulo de la San Policarpo, obispo de aquella ciudad, quién a su vez fue discípulo del Apóstol San Juan. En el año 177 era presbítero en Lyon (Francia), y poco después ocupó la sede episcopal de dicha ciudad. [12] Por esto, podemos considerar de suma importancia el testimonio de San Ireneo sobre la historicidad de los Evangelios canónicos.

“Mateo, (que predicó) a los Hebreos en su propia lengua, también puso por escrito el Evangelio, cuando Pedro y Pablo evangelizaban y fundaban la Iglesia. Una vez que éstos murieron, Marcos, discípulo e intérprete de Pedro, también nos transmitió por escrito la predicación de Pedro. Igualmente Lucas, seguidor de Pablo, consignó en un libro «el Evangelio que éste predicaba» (1 Tes 2,9; Gál 2,2; 2 Tim 2,8). Por fin Juan, el discípulo del Señor «que se había recostado sobre su pecho» (Jn 21,20; 13,23), redactó el Evangelio cuando residía en Efeso”.

San Ireneo, Contra las herejías, libro III, 1, 1.

Papías de Hierápolis (69 – 150 d.c.)

Papías era obispo de Hierápolis, en el Asia Menor. De él dice Ireneo que había oído predicar a San Juan y que era amigo de Policarpo, obispo de Esmirna (Contra las herejías 5, 33, 4). Eusebio, por su parte (Historia Eclesiástica. 3, 39, 3), nos informa que fue un varón de mediocre inteligencia, como lo demuestran sus libros. Las obras a que alude Eusebio no pueden ser otras que el tratado escrito por Papías en cinco libros hacia el año 130, y que se intitula “Explicación de las sentencias del Señor” (Λογίων κυριακών εξήγησες). [13]

“...En sus escritos, Papías expone otras explicaciones de las palabras del Señor procedentes de Aristión (ya mencionado) y otras tradiciones de Juan el anciano. Todos éstos se los recomendamos a cuantos deseen instruirse. Ahora debemos añadir a sus palabras ya citadas una tradición referente a Marcos, el que escribió el evangelio. Se expresa así:

«y el anciano decía lo siguiente: Marcos, que fue intérprete de Pedro, escribió con exactitud todo lo que recordaba, pero no en orden de lo que el Señor dijo e hizo. Porque él no oyó ni siguió personalmente al Señor, sino, como dije, después a Pedro. Éste llevaba a cabo sus enseñanzas de acuerdo con las necesidades, pero no como quien va ordenando las palabras del Señor, más de modo que Marcos no se equivocó en absoluto cuando escribía ciertas cosas como las tenía en su memoria. Porque todo su empeño lo puso en no olvidar nada de lo que escuchó y en no escribir nada falso».

Esto relata Papías referente a Marcos. Sobre Mateo dice así: «Mateo compuso su discurso en hebreo y cada cual lo fue traduciendo como pudo».

El mismo autor hace uso de testimonios de la I Epístola de Juan y también de la de Pedro. Refiere otro relato sobre una mujer expuesta ante el Señor con muchos pecados, el cual se halla en el Evangelio de los Hebreos. Es necesario tener esto en cuenta, además de lo que ya hemos expuesto.”

Fragmentos de Papías [Eusbio de Cesarea, Historia Eclesiástica, Libro III, XXIX]

Tertuliano (160 – 220 d.c.)

“Tertuliano nació en Cartago antes del año 160, y se dedicó desde muy joven a la retórica y al derecho. Pasó a Roma, donde parece que ganó reputación como jurista, aunque esto no acabó de satisfacer su temperamento idealista y apasionado. Hacia el año 195 se convirtió al cristianismo, y desplegó una incansable actividad literaria en defensa y explicación de su nueva fe. Sin embargo, ni aun en ella encontraba fácilmente satisfacción aquel africano ardiente a quien toda perfección parecía poca: pronto se dejó atraer por las tendencias más espiritualistas y rigoristas dentro del cristianismo, y finalmente, hacia el año 207, se adhirió abiertamente a la secta herética de Montano, que pretendía ser un cristianismo más purificado por medio de una nueva encarnación del Espíritu de Dios en sus miembros”. [14]

“Todavía tenemos más documentación, en este caso procedente de principios del siglo III; es el testimonio de Tertuliano. En su obra contra Marción, escrita hacia los años 207-208, Tertuliano distingue entre evangelios escritos por “apóstoles” (apostoli, es decir Mateo y Juan) y evangelios escritos por “contemporáneos de los apóstoles” (apostolici, es decir, Marcos y Lucas). A propóstito del tercer evangelio, escribe estas palabras: “Sin embargo, Lucas no era apóstol, sino únicamente contemporáneo de los apóstoles (apostolici); no era maestro, sino discípulo y, consiguientemente, inferior al maestro; y por lo menos, tan posterior (a los otros) como su propio maestro, es decir, el apóstol Pablo (fue posterior a los demás)” (Adversus Marcionem, 4.2, 2)...” [15]
           
Eusebio de Cesarea (263* – 339 d.c.)

Teólogo e historiador, escritor prolífico. Gran parte de nuestro conocimiento de la historia de la cristiandad de los primeros siglos proviene de su libro sobre la Historia de la Iglesia. También escribió sobre el Evangelio y sobre la vida de Constantino y otros. [16]

“Por su parte, Mateo, que en primer lugar predicó a los hebreos cuando ya estaba por dedicarse también a otros, expuso por escrito su Evangelio en su lengua materna, sustituyendo de este modo por escrito la falta de su presencia en medio de aquellos de los que se alejaba.

Y, a su vez, Marcos y Lucas ya habían procedido a la entrega de sus respectivos Evangelios cuando se dice que Juan seguía haciendo uso de la predicación oral, y que finalmente se dedicó a escribirlo por causa de la siguiente razón: Habiendo sido ya divulgados los tres Evangelios escritos con anterioridad, llegando también a sus manos, dicen que los aceptó e incluso dio testimonio de su veracidad, pero que el relato carecía de los hechos que llevó a cabo Cristo en el principio y también en el comienzo de su predicación.”

Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica, Libro III, XXIV, 6-7.

Canon de Muratori (170 d.c.)

El Canon de Muratori recoge en el siglo II los libros inspirados, según la Tradición oficial de la Iglesia. El nombre de Muratori se debe a su descubridor el historiador y arqueólogo italiano Ludovico Antonio Muratori. Se trata de un códice escrito en letras unciales. [17]

“... en éstos, sin embargo, él estaba presente, y así los anotó.

El tercer libro del evangelio: según Lucas.

Después de la ascensión de Cristo, Lucas el médico, el cual Pablo había llevado consigo como experto jurídico, escribió en su propio nombre concordando con la opinión de [Pablo]. Sin embargo, él mismo nunca vio al Señor en la carne y, por lo tanto, según pudo seguir..., empezó a contarlo desde el nacimiento de Juan.

El cuarto evangelio es de Juan, uno de los discípulos.

Cuando sus co-discípulos y obispos le animaron, dijo Juan, Ayunad junto conmigo durante tres días a partir de hoy, y, lo que nos fuera revelado, contémoslo el uno al otro”. Esta misma noche le fue revelado a Andrés, uno de los apóstoles, que Juan debería escribir todo en nombre propio, y que ellos deberían revisárselo. Por lo tanto, aunque se enseñan comienzos distintos para los varios libros del evangelio, no hace diferencia para la fe de los creyentes, ya que en cada uno de ellos todo ha sido declarado por un solo Espíritu, referente a su natividad, pasión, y resurrección, su asociación con sus discípulos, su doble advenimiento - su primero en humildad, cuando fue despreciado, el cual ya pasó; su segundo en poder real, su vuelta. No es de extrañar, por lo tanto, que Juan presentara de forma tan constante los detalles por separado en sus cartas también, diciendo de sí mismo: Lo que hemos visto con nuestros ojos y oído con nuestros oídos y hemos tocado con nuestras manos, éstas cosas hemos escrito”
. Porque de esta manera pretende ser no sólo un espectador sino uno que escuchó, y también uno que escribía de forma ordenada los hechos maravillosos acerca de nuestro Señor.”

Fragmentos del Canon de Muratori.

Una reflexión sobre la autenticidad de los Evangelios canónicos, del libro: “Para salvarte” del jesuita español P. Jorge Loring SJ:

“A nadie se le ocurre dudar de la autenticidad de las obras de los clásicos latinos César, Cicerón, Horacio y Virgilio. A pesar de que -aunque todos ellos vivieron tan sólo 50 años antes de Jesucristo - no conservamos, ni con mucho, las pruebas que conservamos de los Evangelios. El autor clásico contemporáneo de Jesucristo de quien conservamos mejores documentos es Virgilio. Pues bien, de Virgilio, sólo tenemos tres códices unciales. En cambio de los Evangelios tenemos doscientos diez. ¡Superioridad aplastante! [18].
De Platón los manuscritos que conservamos son 1500 años posteriores a él [19].
De Aristóteles que vivió 300 años antes de Cristo , cuyo «Tratado de Lógica» sigue siendo hoy día la base de todo razonamiento filosófico, el manuscrito más antiguo que conservamos es 1400 años posterior a él.
En cambio, de los Evangelios conservamos manuscritos muy próximos a ellos. El Evangelio de San Juan se escribió el año 95 [20]; pues bien, en 1935 se descubrió el papiro Rylands (P.52) sobre este Evangelio, que se conserva en Manchester. Fue adquirido en 1920 por B.P.Granfell para el librero John Rylands . Según los especialistas se escribió hacia el año 130 [21]. Tan sólo 35 años después. Esto es maravilloso! El papiro Bodmer II, que se conserva en la Biblioteca de Cologny, en Ginebra, y que contiene casi en su totalidad el Evangelio de San Juan, es 100 años posterior a él [22]. En 1956 fue publicado por V. Martín [23]. De los tres siglos posteriores a Jesucristo se conservan treinta papiros [24]. Esto es un caso único en toda la historiografía grecorromana.
En 1972 el Padre José O’Callaghan , jesuita español papirólogo, Profesor de la Universidad Gregoriana de Roma, y Decano de la Facultad Bíblica del Pontificio Instituto Bíblico de Roma, y de la Facultad Teológica de Barcelona, descifró unos fragmentos de papiros encontrados en la cueva 7 del Qumrán (Mar Muerto). Se le identifica así 7Q5. Se trata del texto de San Marcos, 6: 52s. En once cuevas aparecieron seiscientos rollos de pergaminos. En estos manuscritos, que se descubrieron en 1947, han aparecido textos del Éxodo, Isaías, Jeremías, etc. De casi todos los libros del Antiguo Testamento. El texto descifrado por el P. O’Callaghan es un fragmento del Evangelio de San Marcos enviado a Jerusalén por la cristiandad de Roma y que los esenios escondieron en esa cueva en ánforas, una de las cuales tiene el nombre de ROMA en hebreo [25].
Probablemente esto ocurrió cuando la invasión de Palestina por los romanos, antes de la ruina de Jerusalén del año 70. En concreto cuando se aproximaban las tropas de Vespasiano el año 68.
Este descubrimiento ha sido considerado como el más importante de este siglo sobre el Nuevo Testamento.
En 1991 se ha publicado una edición facsímil con 1.787 fotografías de estos manuscritos.
Esta interpretación del P. O’Callaghan ha sido recientemente confirmada por el eminente Profesor alemán de la Universidad de Oxford, Carsten Peter Thiede, en la prestigiosa revista internacional BIBLICA [26]. Thiede , dice textualmente: Conforme a las reglas del trabajo paleográfico y de la crítica textual, resulta cierto que 7Q5 es Marcos, 6: 52s . El 7Q5 es el papiro de O’Callaghan. Thiede ha publicado un estudio apoyando al P. O’Callaghan titulado «El manuscrito más antiguo de los evangelios» Son cada vez más los que aceptan esta identificación, ha dicho el P. Ignacio de La Potterie, S.I., como se ha visto en el Simposio Internacional celebrado del 18 al 20 de octubre de 1991 en Eichstät [27], donde apoyaron esta opinión los expertos en papirología Hunger, de la Universidad de Viena, y Riesenfeld, de la Universidad de Upsala (Suecia).
El texto 7Q5 ha sido estudiado en ordenador por IBICUS de Liverpool, y se ha demostrado que esa combinación de letras, en la Biblia, sólo se encuentra en Marcos 6: 52s, que es el 7Q5 [28].
El paleógrafo inglés Roberts, de la Universidad de Oxford, primera autoridad mundial en paleografía griega, antes de que se descifraran estos papiros, estudiando la grafía, afirmó que eran anteriores al año 50 después de Cristo, es decir, unos 20 años después de la muerte de Jesús, y 10 años después que Marcos escribiera su Evangelio. Sin duda es anterior al año 68 en que fueron selladas las cuevas del Qumrán, con los papiros dentro, antes de huir de las tropas de Vespasiano, que invadieron aquel territorio el año 68. Se trata, por lo tanto, del manuscrito más cercano a Jesús de todos los conocidos [29].
El descifrador de estos documentos ha manifestado que ya no puede afirmarse que el Evangelio sea una elaboración de la antigua comunidad cristiana, y que tuvo un período más o menos prolongado de difusión oral antes de ser escrito, sino que tenemos ya la comprobación de los hechos a través de fuentes inmediatas.
Este descubrimiento ha dado al traste con las teorías de Bultmann. La proximidad de este manuscrito al original echa por tierra la hipótesis de Bultmann, según a cual los Evangelios son una creación de la comunidad primitiva que transfiguró el Jesús de la historia en el Jesús de la fe.
Este descubrimiento confirma científicamente lo que la Iglesia ha enseñado durante diecinueve siglos: la historicidad de los Evangelios.

Referencias:

[1] Web: http://enciclopedia.us.es/index.php/Mara_Bar-Serapion.
[2] Web: http://www.biografiasyvidas.com/biografia/p/plinio_eljoven.htm.
[3] Web: http://www.biografiasyvidas.com/biografia/s/suetonio.htm.
[4] Web: http://www.biografiasyvidas.com/biografia/t/tacito.htm.
[5] Web: http://www.corazones.org/santos/flavio_josefo.htm.
[6] P. Jorge Loring SJ – Para Salvarte.
[7] Wikipedia.
[8] Web: www.eltalmud.com.
[9] G. THEISSEN - A. MERZ, El Jesús histórico, Salamanca 1999, esp. págs. 83-110 y J. P. MEIER, Un judío marginal, 1, Estella. Navarra 1998, esp. págs. 79-129.
[10] P. Jorge Loring – Para Salvarte.
[11] Web: http://www.es.catholic.net/temacontrovertido/609/1754/articulo.php?id=1749.
[12] Web: http://www.corazones.org/santos/ireneo.htm.
[13] Web: http://www.conoze.com/doc.php?doc=2993.
[14] Web: http://www.mercaba.org/tesoro/TERTULIANO/01.htm.
[15] P. Joseph Fitzmyer SJ – El Evangelio según Lucas, pág 78.
[16] Web: http://www.corazones.org/santos/eusebio_cesarea.htm.
[17] P. Jorge Loring SJ – Para Salvarte.
[18] Juan Leal, S.I.: El valor histórico de los Evangelios, I, 5. Ed. Escelicer. Cádiz.
[19] Vittorio MessoriI: Hipótesis sobre Jesús, VI, 11. Ed. Mensajero. Bilbao, 1978.
[20] Leon-Dufour, S.I.: Los Evangelios y la historia de Jesús, IV, 1. Ed. Estela. Barcelona.
[21] Francisco Vizmanos, S.I.: Teología fundamental para seglares, nº432. Ed. BAC. Madrid.
[22] Vicente Zaforas: Un testigo más. Revista Proyección nº12. Granada.
[23] Francisco Lambasi: El Jesús histórico, V, 1. Ed. Sal Terrae. Santander, 1985
[24] S. Bartina, S.I.: Catálogo de los Papiros Neotestamentarios. Revista CULTURA BÍBLICA, 17(1960)214-22.
[25] José O’ Callaghan, S.I.: Los papiros griegos de la cueva siete del Qumrán. Ed. BAC.Mad.
[26] Revista Bíblica, vol. 65 (1984)538-559.
[27] Revista 30 Días: 61(1992)76 y Civiltá Cattolica: II (1992) 464-473.
[28] ABC de Madrid, 1-VI-95, pg. 64.
[29] Juan Manuel Igartua, S.I.: Los Evangelios ante la Historia, I, 5. Ed. Acervo. Barcelona.

Apologeticum Blog, Tomado de http://mater-et-magistra.blogspot.com/

domingo, 24 de abril de 2011

La Resurrección de Nuestro Señor.


“Y al tercer día resucitó de entre los muertos”: no quiere decir que Cristo Nuestro Señor haya estado tres días en el sepulcro, sino que muerto el Viernes revivió y salió del sepulcro el Domingo temprano; estuvo en el sepulcro más de 30 y menos de 40 horas.
La Resurrección de Nuestro Señor es un suceso histórico, el suceso sostenido por mayor peso de testimonio histórico que ningún otro en el mundo.
Los cuatro Evangelistas narran los hechos del Domingo de Pascua en forma enteramente impersonal, lo mismo que el resto de la vida de Cristo; no hay exclamaciones, comentarios, afectos, asombros ni gritos de triunfo. Los Evangelios son cuatro crónicas enteramente excepcionales: el cronista anota una serie de hechos en forma enteramente enjuta y escueta. Aquí los hechos son las apariciones de Cristo redivivo; al cual vieron, oyeron y tocaron los que habían de dar testimonio.
Este testimonio se puede resumir brevemente en las siguientes cabezas:

Hay cuatro documentos diferentes, escritos en diferentes tiempos y sin connivencia mutua, cuyos autores no tenían el menor interés en fabricar una enorme e increíble impostura: al contrario, arriesgaban la vida contando lo que contaron.

Los Fariseos y Pilatos no hicieron nada; y tenían que haber hecho cosas, de ser una impostura; sería una impostura facilísima de reventar: bastaba exponer el cadáver, y juzgar y sentenciar a los impostores. Al contrario, hicieron trampas y violencias para hacerlos callar.

En la mañana de Pentecostés, los antes amilanados Apóstoles salieron audazmente a predicar a la multitud que Jesús era el Mesías y había resucitado. En la multitud había muchos testigos presenciales de los hechos de Cristo, incluso de su pasión y muerte. La multitud creyó a los Apóstoles.

En el espacio de una vida de hombre, en todo el vasto Imperio Romano existían grupos de hombres que creían en la Resurrección de Cristo, y se exponían por creerlo y confesarlo a los peores castigos.

Tres siglos más tarde todo el Imperio Romano, es decir, todo el mundo civilizado creía en la Resurrección de Cristo; y la religión cristiana era la Religión oficial de Roma; para llegar a eso, millares y aun millones de mártires; y entre ellos los 12 primeros Testigos, habían dado la vida en medio de tormentos atroces. “Creo a testigos que se dejan matar” -decía Pascal en el siglo XVII.
Había incrédulos en el Imperio Romano, por supuesto: siempre los habrá. Contra ellos hacía san Agustín su famoso argumento de “los Tres Increíbles”.

“INCREIBLE es que un hombre haya resucitado de entre los muertos; INCREIBLE es que todo el mundo haya creído ese increíble; INCREIBLE es que 12 hombres rústicos y sencillos y plebeyos, sin armas, sin letras y sin fama, hayan convencido al mundo, y en él a los sabios y filósofos, de aquel primer INCREIBLE.
“EL primer INCREIBLE no lo queréis creer; el segundo increíble no tenéis más re-medio que verlo; de donde tenéis que admitir el 3er. INCREIBLE. Pero ese tercer increíble es un portento tan asombroso como la Resurrección de un muerto”.
Así decía san Agustín; y esto es lo que el Concilio Vaticano llama “el milagro moral” de la Iglesia.
De san Agustín acá, ese hecho histórico asombroso que es el cristianismo siguió adelante; conquistó el mundo, modeló la Europa y después la América, creó la admirablemente adelantada raza blanca, y todas las ventajas y comodidades de lo que hoy llamamos “la civilización”. Se puede decir que la mejor parte del mundo ha creído siempre en la Resurrección; y que esa creencia ha producido los, mayores sabios, los mayores artistas, los mayores gobernantes y los mayores moralistas, que son los Santos.
Supongamos ahora que, por un imposible, todos los hombres del mundo actual dejaran de creer en la Resurrección de Cristo y la dieran como una impostura -puesto que física-mente PUEDEN arrojar la fe los que quieren: la fe es un acto libre. Si aconteciese una total apostasía (y algo deso puede suceder) ¿borraría ese hecho nuevo el otro hecho secular de la universal fe cristiana y de la existencia im-perturbable y progresiva de la Iglesia durante 20 siglos? Es imposible: ni Dios mismo puede hacer que un hecho deje de haber sido hecho. “Quod factum est, nequit fíeri infactum”, decían brevemente los filósofos antiguos. Simplemente los apóstatas tendrían qué tergiversar, como hicieron los judíos y Herodes después del Domingo de Pentecostés: tendrían que ocultar los hechos, imponer silencio por la fuerza, y dar muerte a los que hablaran; mas en el fondo de su alma tendrían conciencia de que no niegan o descreen por un acto del entendimiento sino por un acto de voluntad; no por la razón sino por un capricho.
“Sic volo, sic jubeo, sit pro ratione voluntas”. Cristo Resurrecto apareció a su Santísima Madre, después a la Magdalena, luego a san Pedro, a Santiago el Mayor, a los dos desconsolados discípulos de Emaús, y finalmente en ese mismo Domingo de Pascua a todos los Apóstoles reunidos en el Cenáculo; y después otras muchas veces en la Galilea, patria de todos ellos. Apareció humilde, sereno y gracioso, llevando en manos, pies y costado las gloriosas heridas de su Pasión, vueltas hermosas como joyas. Habló, comió, alternó con ellos; fue visto y tocado, fue interrogado y adorado. Y después hizo la gran demostración de su Ascender a los Cielos. Y desapareció de la vista de los hombres.
Si estamos engañados, OH Dios, entonces Tú mismo nos has engañado.
Con razón decía san Pablo: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe, nuestra esperanza es vana: somos los más infelices de todos los hombres”. Pero Cristo resucitó; y entonces la contraria es verdadera: somos los más felices de todos los hombres; o si quieren, los menos infelices.

Leonardo Castellani, Tomado de “El rosal de Nuestra Señora”.

lunes, 14 de marzo de 2011

¿Por qué soy Católico?


La dificultad de explicar por qué soy católico reside en que hay diez mil razones que se elevan todas a una sola razón: que el catolicismo es verdadero. Podría llenar mi espacio con frases sueltas que comenzaran con las palabras: «Es lo único que...», como, por ejemplo, es lo único que de verdad evita que un pecado sea un secreto. O es lo único en lo cual lo superior no puede estar por encima, en el sentido de ser altanero. O es lo único que libera al hombre de la degradante esclavitud de ser un producto de su época.  O es lo único que habla como si fuera cierto: como si fuera un auténtico mensajero que se negase a alterar un mensaje auténtico. O es la única forma de cristianismo que de verdad incluye a todos los tipos de hombre, incluso al hombre respetable. O es el único gran intento de cambiar el mundo desde dentro; valiéndose de voluntades y no de leyes; etcétera. O podría tratar la materia de manera personal y describir mi propia conversión, pero resulta que tengo la fuerte sensación de que este método hace que la empresa parezca mucho más pequeña de lo que en realidad es.

Grandes cantidades de hombres mucho mejores se han convertido a religiones mucho peores. Preferiría en gran medida decir aquí de la Iglesia católica precisamente las cosas que no se pueden decir de sus muy respetables rivales. En resumen, de la Iglesia católica diría principalmente que es católica. Preferiría intentar sugerir que no es sólo más grande que yo, sino más grande que cualquier cosa en el mundo, que es, de hecho, más grande que el mundo. Pero, ya que en este pequeño espacio sólo puedo centrarme en un aspecto, la contemplaré en su cualidad de guardiana de la verdad.
El otro día, un escritor conocido, por lo demás bastante bien informado, dijo que la Iglesia católica era siempre un enemigo de las ideas nuevas. Tal vez no se le ocurriera que su propio comentario no tenía exactamente la naturaleza de una idea nueva. Es un concepto que los católicos han de estar refutando de manera continua, porque es una idea muy vieja. Es más, aquellos que se quejan de que el catolicismo no puede decir nada nuevo rara vez creen necesario decir nada nuevo sobre el catolicismo. En realidad, un verdadero estudio de la historia demostrará que es curiosamente contraria a tal hecho. En la medida en que las ideas realmente son ideas y en la medida en que tales ideas pueden ser nuevas, los católicos han sufrido de manera continua por sostenerlas cuando de verdad eran nuevas, cuando eran demasiado nuevas para encontrar cualquier otro apoyo. El católico no sólo iba por delante, sino que se encontraba solo, y aún no había nadie allí que entendiese lo que había encontrado.
De este modo, por ejemplo, cerca de doscientos años antes de la Declaración de Independencia y de la Revolución Francesa, en una época consagrada al orgullo y alabanza de los príncipes, el cardenal Bellarmine y el español Suárez establecieron con lucidez toda la teoría de la auténtica democracia. Pero en aquella era del Derecho Divino ellos sólo dieron la impresión de ser unos jesuitas sofistas y sanguinarios, que merodeaban con puñales para ejecutar el asesinato de reyes. Así, de nuevo, el casuismo de las escuelas católicas dijo todo cuanto en realidad se podía decir sobre las problemáticas obras y las problemáticas novelas de nuestra propia época, doscientos años antes de que se escribiesen. Dijeron que había en verdad problemas de conducta moral, pero tuvieron el infortunio de decirlo con doscientos años de adelanto.
En un tiempo de fanatismo demagógico y de vituperio libre y fácil, ellos simplemente consiguieron que les llamaran mentirosos y evasivos por ser psicólogos antes de que la psicología estuviera de moda. Resultaría sencillo proporcionar otros muchos ejemplos hasta nuestros días, y el caso de ideas que son aún demasiado nuevas para que se entiendan. Hay pasajes en la encíclica Rerum Novarum del Papa León XIII (también conocida como «Encíclica sobre el trabajo», promulgada en 1891) que sólo ahora están comenzando a ser utilizados como consejos para movimientos sociales mucho más nuevos que el socialismo. Y cuando el señor Belloc escribió sobre el «estado servil», avanzó una teoría económica tan original que casi nadie se ha dado cuenta aún de cuál es. Dentro de unos pocos siglos, otras personas la repetirán, y la repetirán mal. Y entonces, si los católicos se oponen, su protesta se verá explicada con facilidad por el bien conocido hecho de que a los católicos nunca les importan las ideas nuevas.
No obstante, el hombre que hizo ese comentario sobre los católicos quería decir algo, y es sólo hacerle justicia el entenderlo con mayor claridad de la que empleó en afirmarlo. Lo que él quería decir era que, en el mundo moderno, la Iglesia católica es de hecho el enemigo de muchas modas influyentes, la mayoría de las cuales dicen aún ser nuevas, aunque muchas están empezando a ser un poco añejas. En otras palabras, en la medida en que quería decir que la Iglesia a menudo ataca lo que el mundo sostiene en un momento dado, tenía toda la razón. La Iglesia sí se lanza a menudo en contra de la moda de este mundo que expira, y tiene la suficiente experiencia para conocer la gran rapidez con la que expira. Pero para entender con exactitud lo que implica, es necesario adoptar una perspectiva bastante más amplia y tener en cuenta la naturaleza última de las ideas en cuestión, considerar, por así decirlo, la idea de la idea.
Nueve de cada diez ideas que llamamos nuevas son simplemente viejos errores. La Iglesia católica tiene por una de sus principales obligaciones la de impedir que la gente cometa esos viejos errores, evitar que los cometa una y otra vez de manera sucesiva, como hace en todo momento la gente si se la deja a su suerte. La verdad sobre la actitud católica hacia la herejía, o como dirían algunos, hacia la libertad, quizás se puede expresar de la mejor manera por medio de la metáfora de un mapa. La Iglesia católica porta algo parecido a un mapa de la mente que se asemeja el mapa de un laberinto, pero que en realidad es una guía del mismo. Ha sido compilado a partir de un conocimiento que, aunque se ha considerado un conocimiento humano, no tiene ningún igual humano.
No hay otro caso de una institución inteligente continua que haya estado meditando acerca del pensamiento durante dos mil años. Como es natural, su experiencia abarca prácticamente todas las experiencias, y en especial prácticamente todos los errores. El resultado es un mapa en el cual se hallan señaladas con claridad todas las calles cortadas y las carreteras en mal estado, todos los caminos cuya inutilidad ha quedado demostrada por la mejor de todas las pruebas: la prueba de aquellos que las han recorrido.
En este mapa de la mente los errores se señalan como excepciones. La mayor parte de él consiste en patios de recreo y felices cotos de caza, donde la mente puede disponer de tanta libertad como desee, por no hablar de la cantidad de campos de batalla intelectuales en los que la lucha se encuentra indefinidamente abierta y sin decidir. Pero éste sin duda carga con la responsabilidad de señalar que ciertos caminos no llevan a ninguna parte o conducen a la destrucción, a una pared vertical o a un precipicio escarpado. Por estos medios, evita que los hombres pierdan el tiempo o la vida por sendas que ya se ha descubierto que son fútiles o desastrosas una y otra vez en el pasado, pero que, de otro modo, podrían atrapar a los viajeros una y otra vez en el futuro. La Iglesia se hace responsable de prevenir a su gente contra éstas; y de éstas depende el verdadero tema de este caso.
Defiende a la humanidad de forma dogmática de sus peores enemigos, esos monstruos devoradores, vetustos y terribles de los viejos errores. Ahora todas estas falsas cuestiones tienen una forma de parecer bastante novedosas, en especial para una generación reciente. Su primer enunciado siempre suena inofensivo y plausible. Daré sólo dos ejemplos. Suena inofensivo decir, como ha dicho la mayoría de la gente moderna: «Los actos son malos sólo si son malos para la sociedad». Llévese esto a cabo y, más tarde o más temprano se obtendrá la crueldad de una colmena o de una ciudad pagana, que establezca la esclavitud como el medio de producción más barato y más seguro, que torture a los esclavos en busca de un testimonio porque el individuo no significa nada para el Estado, que declare que un hombre inocente debe morir por el pueblo, como hicieron los asesinos de Cristo. Entonces, quizás, se retorne a las definiciones católicas, y se descubra que la Iglesia, mientras que afirma que es nuestro deber trabajar por la sociedad, dice también otras cosas que prohíben la injusticia individual. O de nuevo, suena bastante piadoso decir: «Nuestro conflicto moral debería finalizar con una victoria de lo espiritual sobre lo material». Llévese esto a cabo, y se puede acabar en la locura de los maniqueos, que dirán que un suicidio es bueno porque es un sacrificio, que una perversión sexual es buena porque no genera vida, que el diablo creó el sol y la luna porque son materiales. Entonces se podrá empezar a preguntar por qué el catolicismo insiste en que hay espíritus malvados igual que buenos, y que lo material también puede ser sagrado, como en la Encarnación o en la Misa, en el sacramento del matrimonio o la resurrección del cuerpo.
No hay ahora otra mente colectiva en el mundo que se halle así vigilando para evitar que las mentes se echen a perder. El policía llega demasiado tarde cuando intenta evitar que los hombres se descarríen. El médico llega demasiado tarde, pues viene sólo a encerrar a un loco, no a aconsejar a un cuerdo sobre cómo no volverse loco. Y todo el resto de sectas y escuelas son inapropiadas para tal propósito. Y esto no ocurre porque no contenga cada una de ellas una verdad, sino precisamente porque cada una de ellas contiene una verdad.
Ninguna de las demás afirma en realidad contener la verdad, y se contenta con albergar una verdad. Ninguna de las demás, esto es, afirma en realidad estar alerta en todas direcciones al tiempo. La Iglesia no se encuentra simplemente armada contra las herejías del pasado o incluso del presente, sino de igual forma en contra de las del futuro, que pueden ser el contrario exacto de las del presente; puede hallarse combatiendo en el futuro alguna forma de exageración supersticiosa e idólatra del ritual. El catolicismo no es ascetismo; en el pasado ha reprimido exageraciones fanáticas y crueles del ascetismo una y otra vez. El catolicismo no es simple misticismo; incluso ahora se encuentra defendiendo la razón humana frente al mero misticismo de los pragmatistas. Así, cuando el mundo se volvió puritano en el siglo XVII, se acusó a la Iglesia de llevar la caridad hasta el punto de la sofistería, de hacerlo todo fácil con la laxitud del confesionario. Ahora que el mundo no se vuelve puritano, sino pagano, es la Iglesia la que se encuentra protestando en todas partes en contra de una laxitud pagana en el vestir o en las formas. Está haciendo lo que querían hacer los puritanos, cuando realmente se requiere. Con toda probabilidad, todo lo bueno del protestantismo sobrevivirá sólo en el catolicismo; y en ese sentido, todos los católicos serán aún puritanos cuando todos los puritanos sean paganos.
De este modo, por ejemplo, el catolicismo, en un sentido poco comprendido, se queda al margen de una trifulca como la del darwinismo en Dayton. Se queda al margen porque se encuentra alrededor de ella, como una casa permanece alrededor de dos muebles que están fuera de lugar. No es una presunción sectaria el decir que se encuentra delante, detrás y más allá de todas estas cosas, en todas las direcciones. Es imparcial en una pelea entre el fundamentalista y la teoría del Origen de las especies, porque se remonta a un origen anterior a ese Origen, porque es más fundamental que el fundamentalismo. Sabe de dónde vino la Biblia. También sabe hacia dónde van la mayoría de las teorías de la evolución.
Sabe que había otros muchos  Evangelios aparte de los Cuatro Evangelios, y que los otros fueron eliminados sólo por la autoridad de la Iglesia católica. Sabe que hay otras muchas teorías evolucionistas aparte de la teoría darwiniana, y que ésta tiene muchas posibilidades de ser eliminada por la ciencia posterior. No acepta, en la expresión convencional, las conclusiones de la ciencia, por la sencilla razón de que la ciencia aún no ha concluido. Concluir es callarse; y no es desde luego probable que el hombre de ciencia se calle. No cree, en la expresión convencional, lo que dice la Biblia, por la sencilla razón de que la Biblia no dice nada. No se puede hacer subir a un libro al estrado y preguntarle por lo que en realidad quiere decir. La propia controversia fundamentalista destruye el fundamentalismo. La Biblia por sí sola no puede ser la base del acuerdo cuando es la causa del desacuerdo; no puede ser el lugar común de los cristianos cuando algunos la interpretan de forma alegórica y otros de forma literal. El católico la remite a algo que es capaz de decir algo, a la mente viva, constante y continua de la cual he hablado, la mente más elevada del hombre guiada por Dios.
A cada momento se incrementa para nosotros la necesidad moral de tal mente inmortal. Necesitamos tener algo que mantenga fijas las cuatro esquinas del mundo mientras llevamos a cabo nuestros experimentos sociales o construimos nuestras utopías. Por ejemplo, debemos alcanzar un acuerdo final, aunque sea sólo acerca del truismo de la hermandad humana, que resista cierta reacción de la brutalidad del hombre. No hay justo ahora nada más probable que el que la corrupción del gobierno representativo conduzca a los ricos a soltarse por completo y a pisotear todas las tradiciones de igualdad con simple orgullo pagano. Debemos hacer que los truismos se reconozcan ciertos en todas partes. Debemos evitar la simple reacción y la repetición monótona de los viejos errores. Debemos hacer que el mundo intelectual sea seguro para la democracia. Pero en la situación de anarquía mental moderna, ni ése ni ningún otro ideal está a salvo.
Exactamente igual que los protestantes apelaban a la Biblia en detrimento de los pastores y no se percataban de que la Biblia también se podía poner en tela de juicio, así los republicanos apelaban al pueblo en detrimento de los reyes y no se daban cuenta de que también se podía desafiar al pueblo. No hay un final para la disolución de las ideas, la destrucción de toda prueba de veracidad, que haya sido posible desde que el hombre abandonó el intento de mantener una Verdad central y civilizada, que contuviese todas las verdades y rastreara y refutara todos los errores. Desde entonces, cada grupo ha tomado una verdad cada vez y ha empleado el tiempo en convertirla en una falsedad. No hemos tenido más que movimientos; en otras palabras, monomanías. Pero la Iglesia no es un movimiento, sino un lugar de reunión; el punto de encuentro de todas las verdades del mundo.

G. K. Chesterton, Traducción Julio Hermoso, publicado por el Instituto John Henry Newman.