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jueves, 29 de marzo de 2012

Algunas conversiones de intelectuales.



En todas las épocas se han registrados grandes conversiones al catolicismo de hombres de ciencia. La estulta objeción de que la ignorancia en las cosas de ciencia hacía posible la fe, siempre fue refutada por estos grandes testimonios de todos los siglos. Dejamos que el autor, Bernardo Gentilini, nos relate algunas en este pequeño pero interesante libro titulado “La ciencia y la Fe” editado por “Difusión”.

Otras conversiones.

Eugenio de Genoude fué un escritor que tomó gran parte en las controversias religiosas del siglo pasado. Su obra, La razón del Cristianismo, ha llevado a la fe a mu­chas almas que flotaban entre el error y la verdad.
Su testimonio tiene mucha autoridad por haber sido él en sus primeros años una de las víctimas del filosofis­mo del siglo XVIII.
Imbuido su espíritu en los escritos de Voltaire, ha­bíase  desarrollado  en  una  atmósfera  antirreligiosa.
Un día empero, encontró en Rousseau unas palabras sobre Jesucristo las cuales le impresionaron vivamente.
Esa pluma parecía haberse despojado, mientras traza­ba esa página, de sus asperezas, enconos y mentiras, para destilar sólo verdad,  alabanzas y adoración a Jesucristo.
Entonces Eugenio se dijo a sí mismo:
—Si Rousseau habla de tal modo de Jesucristo, a pesar de las imposturas de Voltaire, la religión cristiana, sin duda, merece ser discutida.
Y se puso a estudiarla.
El escepticismo no le parecía ya posible, y tomó en­tonces la resolución de consagrar toda su vida entera, si hubiese sido necesario, a la grande cuestión de saber lo que era Jesucristo: si Hombre enviado por Dios, o Dios.
Cumplió su promesa, y he aquí el resultado de sus estudios y el triunfo de la gracia.
Comenzó por leer las obras espirituales de Fenelón. La primera carta del Obispo de Cambray al duque de Orleáns, que parecía escrita para él mismo, lo conmo­vió hondamente.
A medida que leía, se evaporaban de su mente ciertas objeciones que los filósofos impíos habían sembrado en sus escritos contra la religión así como se evaporan las nubes ante el sol que se levanta.
Y  el sol de la verdad se levantó en el alma de Euge­nio cada día más brillante.
Después de la lectura de Fenelón, le parecía imposi­ble no creer.
Leyó después el libro Entvetiens du chevalier de Ramsay et de Fenelón [1]; esta lectura acabó de correr el velo que encubría la verdad a sus ojos.
Ese caballero de Ramsay se había encontrado en la misma situación de Eugenio, y había entablado ante Fe­nelón estas mismas cuestiones cuya resolución él, Eugenio, andaba buscando.
En esas Conversaciones, Fenelón, con una lógica irre­sistible, ataca al adversario, le atrinchera entre las vallas del raciocinio, y le rinde. Platón jamás escribió algo tan sublime.
Y   el sabio hombre iba comprendiendo que la ver­dad es tan necesaria al espíritu como el sol a la vista.
Si al leer los libros del hombre, experimentó Euge­nio tan vivas emociones, no son para descritas las que pro­bó al leer el libro de Dios, la Sagrada Escritura.
Leyó el Génesis, Job, Salomón, los Salmos, el Can­for de los Cantares, Isaías, y quedó pasmado ante el mun­do de maravillas que encontraba en cada página.
La historia de José le enternecía, las desgracias de Job le hacían derramar lágrimas, los cánticos de David le elevaban al cielo, las lamentaciones de Isaías le partían el alma...
Sobre todo, hizo viva impresión en él la lectura de este profeta.
“Cada versículo, decía él, me parecía una revelación; y yo desafío a cualquier hombre de buena fe a que lea a Isaías, sin hacerse cristiano. Jesucristo está ahí predicho a cada página.
“Entonces yo sentía la verdad de esas palabras de Rousseau: —Yo os confieso que la majestad de las Es­crituras me encanta y la santidad del Evangelio habla a mi corazón.
“La Biblia me ponía en comunicación con Dios mis­mo. Yo conocía, por medio de ella, su palabra y su cora­zón.
“El espectáculo de la naturaleza me había dado, en el más alto grado, la idea de la omnipotencia de Dios, la religión me revelaba su sabiduría, la Biblia me manifesta­ba su amor.
“En la Biblia todo tiene por objeto la Redención, y por consiguiente, la salvación del hombre. No hay un acontecimiento, un hecho, una palabra que no se refiera a Jesucristo. Se diría que Dios en el tiempo ha trazado un círculo del cual Jesucristo es el centro, y todos los si­glos son rayos que en El van a parar”.
En ese tiempo hacía frecuentes visitas a San Sulpício, donde Mr. Teysseyre, su amigo, vivía entregado a Dios.
Ese  santo sacerdote había  ganado toda  el  alma  de Eugenio: eran dos almas en un solo corazón. Hablando  de las  dificultades  que  algunos  hombres encuentran para practicar las  enseñanzas de la fe,  aquél decía a Eugenio:
“Si las verdades matemáticas obligasen en la práctica, habría muy pocos que creerían en las verdades matemáticas”. Y le repetía sin cesar:
“Es necesario arrostrar con entereza al mundo: ha­ced altamente profesión de vuestras creencias, y se os res­petará”.
Dejemos la palabra al mismo De Genoude:
“Teysseyre me hablaba de la necesidad de confesar­me y comulgar. Yo sabía todo lo que los protestantes y los filósofos habían objetado a este respecto. Pero me era imposible, después que yo reconocía la autoridad de Je­sús, dejar de ver en sus palabras dichas a los apóstoles: Todo lo que atareis o desatareis en la tierra, atado y desa­tado será en los cielos, el establecimiento del poder de ab­solver los pecados: y en aquellas palabras: Este es mi cuer­po, el establecimiento de la Comunión.
“El argumento que más ha sorprendido, respecto de la confesión auricular y de la transubstanciación, es que los griegos, los nestorianos y otras sectas separadas de la Iglesia Romana, después de más de doscientos años, pien­san sobre este particular como los latinos.
“Yo hice todo lo que Mr. Teysseyre quiso, y me encontré feliz.
“Dióme esta gran lección.
—“Haced todas vuestras acciones como si debieseis morir después de haberlas hecho.
“La comunión me hizo conocer el amor divino; yo no pensaba más que a servir a Dios, y a ser útil a los hombres.
“Todos los bienes del mundo me parecieron vani­dad, quise consagrarme al servicio de los enfermos en los hospitales, deseé entrar en el Seminario e irme a las mi­siones. No podía comprender que yo hubiese podido amar a otra cosa fuera que a Dios.
“Mi vida se puede dividir en dos etapas:
“El trabajo de la luz para echar las tinieblas de mi espíritu.
“El trabajo del amor divino para echar de mi cora­zón los amores terrenales” [2].

Bautaín, profundo filósofo e ilustre literato, cuenta con estas palabras su conversión:
“Yo también me creí filósofo, porque he sido aman­te de la sabiduría humana y admirador de vanas doctri­nas... he golpeado a las puertas de todas las escuelas hu­manas, me he entregado a todo viento de doctrinas, y no he encontrado sino tinieblas e incertidumbres, vanidades y contradicciones.
“He raciocinado con Aristóteles, he querido rehacer mi entendimiento con Bacón, he dudado metódicamente con Descartes, he procurado determinar con Kant lo que me era imposible y lo que me era permitido conocer; y el resultado de mis raciocinios, ha sido que yo no sabía nada y que tal vez no podía saber nada.
“Me refugié con Zenón en mi fuero interior, buscan­do la felicidad en la independencia de mi voluntad, y me hice estoico. En balde.
“Me volví hacia Platón... y en medio de los sueños de virtud, yo sentía siempre en mi seno la hidra viviente del egoísmo que se reía de mis teorías y esfuerzos.
“Estaba al punto de perecer, consumido por la sed de la verdad y el hambre del bien. Un libro me ha sal­vado, un libro que por largo tiempo había despreciado y que no creía bueno sino para los crédulos e ignorantes. He leído el Evangelio de Jesucristo, y he sido sobrecogido de admiración. Las escamas han caído de mis ojos. Ahí he vis­to al hombre tal cual es y cuál debe ser; he comprendido su pasado, su presente y su porvenir, y me he sentido inun­dado de júbilo al encontrar lo que la religión me había enseñado desde la infancia y al sentir renacer en mi cora­zón la fe, la esperanza y la caridad”.
Mr. Bautain, iluminado con la luz de la verdad, es un apóstol. Maestro de gran reputación, atrae tras su ejem­plo, al buen camino a sus discípulos, entre los cuales se notaba Adolfo Carl, hijo de una de las más distinguidas y opulentas familias de Estrasburgo.
Hasta en el seno del judaísmo y en medio de la sina­goga, su mágica palabra debía suscitar cristianos y sacerdo­tes. La conversión de Teodoro Ratisbonne, Isidoro Goschler, Julio Lewel, los tres abogados israelitas, se debe a M. Bautain.
Su doctrina expuesta en sus cartas ha hecho sacerdote a Néstor Lewel y cristianos a cuatro miembros de la fami­lia de éste; y de muchos jóvenes, ha hecho otros tantos apóstoles.
Ordenado sacerdote en 1820, ocupó diversas cátedras, que honró con la santidad de su vida y la ilustración de su mente.
En 1848 dio en la iglesia de Notre Dame una serie de conferencias sobre la armonía entre la religión y la li­bertad con éxito sorprendente y frutos copiosos.
Fue escritor fecundo. Recomendamos en modo espe­cial sus obras de controversia: “La religión y la libertad consideradas en sus relaciones. Respuesta de un cristiano a las palabras de un creyente (libro de M. de Lamennais). —La moral del Evangelio comparada con la moral de los filósofos.
Y su obra moral: “Filosofía del Cristianismo”.

José Droz, miembro de la Academia francesa, después de haber empezado su carrera en la incredulidad del si­glo XVIII, la acaba en la fe de Jesucristo.
El sabio escritor nos ha dejado la historia de las luchas de su alma, los motivos y las fases sucesivas de su conver­sión, en dos escritos célebres: Pensées sur le Christianisme [3], y Aveux d'un philosophe chtétien [4].
Traduciremos algunos párrafos de este libro último:
Lector, yo he desconocido largo tiempo la verdad, la fuerza y los encantos de la religión de! Salvador...
“A la edad de la reflexión, me acostumbré a observar y reflexionar...
“Leí el Evangelio... Su moral conmovía mi corazón y cautivaba mi razón... Ese lenguaje inimitable, esas pa­rábolas que salen en abundancia de los labios del Salvador, nos trasmiten las lecciones de la más dulce e imponente sa­biduría. Los judíos decían en su admiración: Jamás hombre alguno hablaba como Este.
“El Cristo reúne cualidades que se excluyen en los hombres. Se le ve humilde de corazón y sin que pueda ima­ginar que su humildad se altere, dice: Los cielos y la tierra pasarán: pero mis palabras no pasarán jamás.
“Yo conocía a un sacerdote venerable, y en mi deseo de salir de la duda, me decidí a consultarme con él...
“Le abrí mi alma y terminé diciendo: —Yo debo a las pruebas del sentimiento, el deseo que la religión sea verda­dera. Acabad de traer a mi espíritu la entera convicción que anhela mi corazón. Mas, sí en lugar de buscar convencer mi razón, vos me mandáis creer sacrificando este noble presente del cielo que es la razón, sería imposible entendernos.
“El buen sacerdote me contestó: Si en las palabras que yo os dirigiré, encontrarais algunas que os parecieran herir los derechos de la razón, interrumpid mi discurso, pues yo no habría sabido hacerme comprender...
“Ese buen sacerdote pensaba que una sola prueba de la religión, incontestable, bastaba para abrir los ojos a un hombre de buena fe.
Me convidó a prestar toda mi atención al milagro de la Resurrección de Cristo, milagro sobre el cual San Pa­blo hace estribar la verdad de nuestra religión.
Mi excelente guía me expuso hechos, raciocinios, y me indicó lecturas útiles.
—Id —me dijo al fin— tomad tiempo para exami­nar y reflexionar, y pedid a Dios con confianza que se digne haceros conocer la verdad.
Fui a ver de nuevo al digno sacerdote y le dije que mis dudas se habían del todo disipado.
“—Demos gracias a Dios —me contestó—: vos le habéis pedido con confianza que os iluminase, y su bondad os ha escuchado”.

P. Bernardo Gentilini, “La ciencia y la Fe”, editorial Difusión, Buenos Aires, 1944. Capítulo 9 Págs. 39-46.


[1] Conversaciones  entre  el  caballero  de  Ramsay y  Fenelón.
[2] Huguet, Célebres conversions contemporaines.
[3] Pensamientos sobre el Cristianistno.
[4] Confesión de un filósofo cristiano.

martes, 27 de marzo de 2012

Ferdinand Brunetière.



Fernando Brunetière, fue el príncipe de la crítica li­teraria francesa y director de la Revista de Ambos Mundos. Después de haberse nutrido en su juventud con los estudios de Claudio Bernard, de Darwin, de Augusto Comte, Heriberto Spencer, Schopenhauer, etc., después de lento y serio examen, después de haber buscado con pro­lijos estudios la verdad, supo desligarse de las enseñanzas de esos autores, contrarías a las doctrinas de la fe, fue a llamar a las puertas de Roma, y se afirmó como apolo­gista y creyente católico.
Todo  procedió   ordenadamente,   sin  saltos  imprevis­tos. Diversas son las vías que conducen a Roma: La Bonne souffrance devuelve al catolicismo al poeta de los hu­mildes de París,  Francisco Coppée.  El estudio de las lí­neas y del arte gótico, hace entrar en el catolicismo a Huysmans. Brunetière pisó un sendero más largo y más mo­derno para llegar hasta el Vaticano. El adversario implaca­ble de la novela naturalista, el paladín de la idea de la res­ponsabilidad en el artista, el luchador de la moralidad, y ,   de una moralidad social, era   inconscientemente   cristiano, antes de decir: —Lo que yo creo, id a preguntárselo a Roma.
Su viaje al Vaticano en 1895, marca la primera etapa de su conversión.
Y en su célebre escrito Las bases de la creencia, hablando de las bancarrotas sucesivas de la ciencia, dice: “Nada más fácil que multiplicar los testimonios acerca de esto, desde quince años a esta parte[1] lo que hace en el siglo de los ferrocarriles y telégrafos un espacio de tiempo bastante largo en la historia de las ideas, algo se ha cambiado acerca de la estimación que se profesaba a la ciencia. Se la admira siempre, pero no es ya el exigente y tiránico ídolo al cual se nos pedía sacrificarlo todo. Seguimos usando de sus servicios y le quedamos agradecidos; pero ya no ponemos en ella todas nuestras esperanzas... Por todas partes vemos sus límites sin tener necesidad del microscopio o de los rayos Roentgen. La ciencia es incapaz de darnos una explicación o una interpretación aceptable del universo. Ella es incapaz de fundar una moral. Ella, por fin, es incapaz de substituir la religión en la evolución social de la humanidad”.
“Señores —hubo de decir en el Congreso de Bessançon en 1898— no he tenido otros méritos que haberme dejado hacer por la verdad”. Y la verdad fue siempre en marcha en su espíritu. Predicador laico, recorrió las principales ciudades de Francia, de Italia y de Europa. Su pensamiento científico religioso se fue robusteciendo cada vez más. Soldado de Cristo, no ocultaba ni siquiera un pliegue de su bandera.
Fue católico, católico integral, ultramontano. Léase su artículo magistral sobre el Catolicismo en los Estados Unidos y el otro no menos explícito: ¿Queremos una Iglesia Nacional? Léase su valiente conferencia sobre Calvino, pronunciada en su misma ciudadela, en Ginebra, y se verá qué sólidas raíces tenía en su alma aquel catolicismo que llevaba y defendía por doquiera, al punto que sus colegas de la Academia Francesa, le llamaban irónicamente Fernando el Católico,
Y en el fervor de la fe, abrazada después de maduro examen,  Brunetière comprendía toda la necesidad de un apostolado científico, de una apologética que respondiera a la altura del momento.
Hizo suya ¡a máxima de Bossuet: “Edifiquemos las fortalezas de Judá con las cenizas y las ruinas de Sama­ría”.
Y se dio a buscar el alma de la bondad, como decía, en las cosas malas y el alma de la verdad en las cosas fal­sas. Sobre las ruinas de la ciencia, edificó el templo de la fe.
Este Alcestes belicoso, tuvo la pluma en la mano has­ta la orilla del sepulcro.

El lº de noviembre de 1906, hacía el prefacio de las Cuestiones actuales.
La tiranía del dogma no es tiranía si nos servimos de esta palabra en materia dogmática. Y esto significa que no se sabe que ella haya jamás estorbado ni contrariado las especulaciones del geómetra o las vivisecciones del fisiologista. Ella no ha jamás contrariado ni restringido la libertad del historiador, y no hay, que yo sepa, opinión alguna católica, impuesta, ni convenida, sobre las guerras médicas o la conquista de la Galia por los Romanos. Pero si la  tiranía no se  ejerce sino en  materia dogmática —por ejemplo, sobre la cuestión de la Encarnación o de la Redención—, quién no ve que la palabra no tiene mis sentido, y que la afirmación perentoria y absoluta del dogma, en teología, equivale exactamente a lo que son en física y en fisiología,  la enunciación de ¡as leyes que do­minan la materia. ¿Es tal vez libre el geómetra de modifi­car las propiedades de la circunferencia o de la elipse? ¿Es tal vez libre el químico de definir a su talante, las del clo­ro o del alcohol? Pero las leyes del objeto, se imponen al hombre y aunque le convengan o no, está obligado a sufrir su violencia y tiranía. ¿Quién podrá por esto sostener seriamente que nuestra libertad de pensar está aherrojada? Y a este propósito, ¿no sería el caso de hablar de la banca­rrota de la ciencia? ¿Y por qué se quisiera juzgar con otro criterio en materia de religión? La pretendida tiranía del dogma no es sino una frase. El dogma para el creyente, no impone más violencia que la misma verdad. Y si se le pone afuera y como aparte de la discusión, es a la manera de esos axiomas o verdades elementales que se encuentran formando la base de todas las ciencias...[2].
La Revista de ambos mundos del 1º de diciembre de 1906, lleva todavía un artículo suyo.
Después calló esa boca de oro y se destempló esa pluma de acero. Una nube de tristeza velaba la noble fren­te del grande escritor. Sentía herida su alma por la inno­ble actitud del Estado sectario contra la Iglesia de Cristo.
A uno de sus discípulos decía, en los últimos meses, con dolor: —No nos queda más que la historia, entregué­monos a ella, hasta que también nos la prohíban.
Pero el dolor más grande que tuvo que experimentar, fue cuando vio disuelto el lazo secular del Concordato y aprobado por las dos cámaras la ley de separación de 1904.
Murió como mueren los valientes, sobre la brecha, a los 57 años, el 9 de diciembre de 1906.
Todo París rindió homenaje a la gigantesca figura del extinto, y pasó silencioso ante su féretro.
La muerte acababa de rendir a este valiente, que ba­jaba a la tumba con el fragor del roble del bosque que cae al suelo abatido por la tempestad.

P. Bernardo Gentilini, “La ciencia y la Fe”, editorial Difusión, Buenos Aires, 1944.


[1] El autor escribía su artículo en  1896.
[2] Questions actuelles, Préface.

sábado, 24 de marzo de 2012

Los enemigos de la historicidad de la aparición guadalupana.


Fray Servando Teresa de Mier

Dice Gracián que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Yo me conformo con que éste rápido estudio sea siquiera una vez bueno: bueno por la brevedad. Y así, la vastísima materia de que hablan los títulos del programa, aparecerá apenas insinuada en esta plática somera.
¿Quiénes son los adversarios de la historicidad de las apariciones guadalupanas, que merezcan mención? El español don Juan Bautista Muñoz, el regiomontano Fray Servando Teresa de Mier que fluctuó entre una apología exorbitante y una impugnación oportunista, y don Joaquín García Icazbalceta, que reprodujo las argumentaciones de los dos precedentes, reforzó la lista de autores contemporáneos a la aparición que no hablan de ella, y adujo una información hasta entonces desconocida, hecha en 1556 por el Ilmo. Señor Montúfar, sucesor inmediato de Zumárraga, sobre un sermón antiguadalupano de P. Francisco Bustamante.
Don Juan Bautista Muñoz, cronista real de las Indias, presentó en la Academia de la Historia, de Madrid, en 1794, una Memoria -publicada hasta 1817-, impugnando la historicidad las apariciones.
Este trabajo, de excelente estilo y avalorado por el prestigio del autor, pudo deslumbrar a quienes, alejados de nosotros, apenas conocían vagamente y de oídas nuestras cosas, pero hace realmente sonreír por su debilidad y exigua documentación a quienes con conocimiento de causa lo leemos ahora.
En cuanto fue conocido en México, obtuvo refutaciones excelentes. La mejor es la del famoso Guridi y Alcocer, publicada en 1820, quien inserta integrar en su libro la Memoria de Muñoz, para que el lector vea -dice- si es más fuerte la objeción o la respuesta; iba contestando punto por punto, en un estilo sobrio, lúcido, elegante y moderno, que da gozo leer.
El caso del P. Mier es curiosísimo.
Mi paisano Fray Servando era un tipo singular, inquieto, vanidoso, combativo, amante de politiquear, atrayente en su trato, boquiflojo, megalómano, de cultura vastísima y brillante pero sin coherencia ni profundidad, amigo de la democracia pero con grandes ínfulas aristocráticas, copioso en extravagancias pintorescas y a la vez en rotundos estallidos de sentido común; en suma, un hombre contradictorio, original, dinámico, con algo y aún algos de chiflado.
Vestía el hábito dominicano y tenía 31 años, cuando pronunció en la Colegiata, el 12 de diciembre de 1794, un célebre sermón en que, llevado sin duda de su índole novelera y su prurito de notoriedad, soltó las más peregrinas especies: que la imagen de la Guadalupana había sido milagrosamente impresa en la capa de santo Tomás apóstol, el cual había venido a evangelizar a los indios; y que, muchos siglos después, en 1531, la Virgen se había aparecido a Juan Diego, dándole la antigua imagen y las rosas para que las llevara ante el obispo Zumárraga y se le edificara un templo.
Como se ve y como lo declara el P. Mier, no trataba el de negar el milagro ni la tradición, sino de darles todavía más lustre de antigüedad y grandeza; pero el arzobispo Núñez de Haro, recogiendo el escándalo que se suscitó en los oyentes y cumpliendo con su deber, abrió causa al estrambótico predicador, de la que salió privado del derecho de cátedra, púlpito y confesionario, y condenado a cumplir una reclusión de diez años en el convento de las Caldas, de España. Así aprendería el respeto que se debe a la cátedra sagrada, y como la verdad Guadalupana ni tolera ni necesita mentiras para ser grande.
¿De dónde sacó el P. Mier aquellos disparates calenturientos? De cierta plática que tuvo con un licenciado Borunda, buen hombre que se había dado a estudiar la lengua y jeroglíficos de los indios y había conjeturado algunas cosas extravagantes, las cuales Fray Servando, con su característica ligereza y fantasía, aderezó a su modo y dio por concluyentes. Hasta después de pronunciar su sermón leyó algo de la “Clavé historial” que estaba escribiendo Borunda, y “confieso -escribe- que lejos de haber hallado las pruebas incontrastables que el hombre me había asegurado tener, hallé una porción de dislates propios de un hombre que no sabía teología, y aún de todo anticuario y etimologista, que comienza por adivinanzas, sigue por visiones y concluye por delirios”. La confesión de Fray Servando no puede ser más categórica, aunque es justo advertir que el modesto Borunda no habló de pruebas incontrastables, y esto fue aditamento de Mier para deslizar hacia el otro su propia responsabilidad.
En suma: el castigo eclesiástico que se dio a Fray Servando era justificado y procedente. No había ni las intrigas, ni las envidias, ni las calumnias, ni las 10.000 cosas negras que él ha fantaseado, en su delirio de persecución y de grandeza, y que han prohijado sin análisis, algunos de sus biógrafos. Si el P. Mier parte a España y cumple sencillamente su reclusión, todo se acaba en paz. Pero tenía la sangre de azogue, y convertido en el genio de la fuga, se dedicó a evadirse de sus reclusiones sucesivas, agravando así y complicando su falta. Por cierto que de sus cinematográficas aventuras por Europa, nos ha dejado un relato vivaz, desenfadado, hiperbólico, incisivo y pintoresco, insegurísimo como historia pero divertidísimo como novela.
Estando en Burgos, supo Fray Servando de la Memoria que había presentado Muñoz contra la tradición Guadalupana, y en 1797 trabó con él correspondencia, escribiéndole seis cartas en que aparecía compartiendo la opinión de aquel, ampliando sus datos y reforzando sus razones.
Quiso, sin duda, Fray Servando, darse importancia codeándose epistolarmente con hombre de tanto viso, y congraciase con personaje a quien, por ser cronista real, suponía influyente en la corte y capacitado para brindarle algún apoyo en la infeliz conclusión de su causa pendiente; esto se conjugó con su despecho por el castigo y humillación que sufría, pues las razones para dudar “las he descubierto -le dice textualmente a Muñoz- después que la persecución me ha hecho meditar y estudiar el asunto”. Y lanzado por este camino con su vehemencia natural, llegar en 1797 a tildar abiertamente de “fábula” la tradición Guadalupana, el mismo que tres años antes protestaba -y así era la verdad- que no pretendía negar, sino robustecer y exaltar la tradición.
Pero más tarde volvería a desdecirse. Oportunista en sus cartas a Muñoz, fue oportunista de nuevo al volver a la patria; y su primer discurso en el congreso constituyente, del que formó parte como diputado por Nuevo León, olvidándose de su correspondencia con Muñoz y queriendo trocar en mérito patriótico las pesadumbres que le atrajo su sermón estrafalario, dijo con toda solemnidad el día 15 de julio de 1822: “Los mexicanos, en el año de 1794, me llenaron de imprecaciones, creyendo que en un sermón había negado la tradición de Nuestra Señora de Guadalupe. Los engañaron: tal no me había pasado por la imaginación: expresamente protesto que predicaba para defenderla y realzarla”.
Y todavía para morir, cuando, con singularidad muy propia suya, salió a convidar personalmente a sus amigos para su Viático, y antes de recibirlo pronunció un discurso, el 16 de noviembre de 1827, volvió a protestar solemnemente que él no había practicado contra la tradición Guadalupana. Ya se comprende por todo esto, la poca seriedad que puede atribuirse a la impugnación del P. Mier. Atiborrada de insegura y tumultuosa erudición, de ardientes disparates mezclados con útiles observaciones, de fantaseos etimológicos -pues el Padre gozaba con multiplicar citas aztecas aunque ignoraba la lengua Azteca-, su impugnación ha sido refutada vigorosamente por Tornel y Mendívil, por P. Antícoli y otros, y en nuestros días por Don Primo Feliciano Velázquez.

Pasemos ahora a la célebre carta que Don Joaquín García Icazbalceta escribió privadamente en 1883 al señor arzobispo Labastida, y que en 1896, muertos ya ambos personajes, se publicó sin pie de imprenta ni nombre de editor, por amigos de Icazbalceta que violaron así la voluntad que éste consigna con insistencia y decisión en la propia carta, de que no se haga publica jamás.
En prosa fuerte, limpia y concisa, agrupa, mejorándolas, las objeciones de Muñoz y de Mier, y alarga la lista de silencios. El no haber visto personalmente documentos contemporáneos originales que hablaran con toda claridad de la aparición, hizo gran fuerza en el espíritu de Icazbalceta, singularmente docto en papeles españoles del siglo XVI. Yo creo que esto decidió la convicción del ilustre escritor, y lo llevó luego a paliar o desestimar los hechos y testimonios que se oponían a su convicción, aventurándose, para explicarlos, en conjeturas notoriamente débiles.
Quien, sin preparación particular, lee la carta de Don Joaquín García Icazbalceta, la encuentra magistral y concluyente. Pero cuando se ha profundizado de veras en los estudios guadalupanos y se han analizado punto por punto las cuestiones, asombra -dada la competencia de su autor- la cantidad de errores, omisiones y deficiencias que hay en la carta acaso explicables por la menor acuciosidad que se pone en lo que no se dedica a la publicidad. Véase la respuesta que el propio año de 1896 produjo el doctísimo canónigo Don Agustín de la Rosa; véase el admirable estudio que de la carta ha publicado recientemente, en su libro sobre “La aparición de Santa María de Guadalupe”, Don Primo Feliciano Velázquez; véase otros esclarecidos autores guadalupanos, y se comprenderá que el prestigio de la objeción proviene de que se ignora la respuesta.
Y no hablo de las ediciones fraudulentas y mendaces que se han hecho de la carta, y que, si viviera Don Joaquín, le harían morir de indignación, viéndose, en manos de una bochornosa mala fe, empleado como instrumento contra la Iglesia de que fue hijo insigne y ejemplar.
Por lo que toca al sonadísimo argumento del silencio, ¿qué es lo que se dice? Esto, que de 1531 a 1548, fecha en que apareció la primera historia formal sobre el milagro guadalupano, escrita por el P. Miguel Sánchez, no existe documento alguno. ¿Y que se contesta? Sencillamente, que no hay tal silencio: y se hace la lista de documentos y testimonios anteriores a 1648, como la ha hecho recientemente el P. García Gutiérrez en su “Primer siglo Guadalupano”, y se fotocopian los papeles respectivos que han llegado a nuestras manos, como lo ha hecho el P. Cuevas en su “Álbum Histórico”.
“La fuerza del argumento negativo -dice Icazbalceta- consiste principalmente en que el silencio sea universal”. Pues bien: como no hay tal silencio universal, resulta que, de acuerdo con el sentir del propio señor Icazbalceta, el argumento negativo viene rotundamente al suelo.
Pero se juzga que hay algo más que silencio en la información que levantó en 1556 el señor arzobispo Montúfar, dominico, sucesor inmediato de Zumárraga, con motivo del sermón que predicó el provincial de los franciscanos, Fray Francisco de Bustamante, impugnando la devoción guadalupana.
Recordemos que esta devoción era muy favorecida del señor Montúfar, que estando el provincial en ruda pugna con el arzobispo por cuestiones de jurisdicción, su airada invectiva -patentemente injusta y atrabiliaria en muchos puntos- día de autoridad y crédito.
El señor Icazbalceta se sorprende y hace gran caudal de que en la información no aparezca alguna expresa mención del prodigio Guadalupano tal como nosotros lo conocemos, y de que no se haya confundido al impugnador con las pruebas del milagro.
Pero, estudiando cuidadosamente la información -que fue publicada y comentada en 1890 por el benemérito Don Fortino Hipólito Vera-, se advierte que no paró mientes Icazbalceta en varias cosas de sustancia.
En primer lugar, la información es sólo eso: información para saber lo que dijo el predicador, no acopio de razones para refutar lo que dijo: En vano, pues, buscar en ella lo que ni contiene ni debe contener. Y así, por ejemplo, no se refuta el que la imagen fuese pintada por un indio, pero es patente que se reprueba esa gratuita afirmación, pues en el interrogatorio que se hace a los testigos se les pregunta si el predicador dijo tal cosa, y ese interrogatorio contiene precisamente los conceptos vituperables y escandalosos que se atribuyeron al predicador y sobre los cuales se recoge información, para puntualizar si en efecto los vertió.
En segundo lugar, vemos que el P. Bustamante afirmaba que carecía de fundamento aquella devoción y que para “aprobarla y tenerla por buena era menester haber verificado milagros y comprobándolos con copia de testigos”; y es clarísimo que para rendir culto a cualquier imagen de la Virgen no se requieren especial fundamento ni milagros, y que el pedirlos implica reconocer la existencia de una devoción y un culto de origen y carácter perfectamente excepcionales.
En tercer lugar, en la información se alude incidentalmente y en breves frases al sermón que el Arzobispo Montúfar había predicador dos días antes que Bustamante, y aunque no se consigna explícitamente del prodigio Guadalupano, descubrimos allí la creencia en el coma pues el Arzobispo comparó a la Virgen del Tepeyac con la de los Remedios, la de Monserrate, la de Lobeto, la de Peña de Francia y otras que precisamente se veneran como aparecidas o de origen milagroso; y uno de sus oyentes, al oír que el prelado empezaba su sermón con el versículo: “Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis”, dice que comprendió desde luego que iba a hablar de la Guadalupana. ¿Qué significa esto, sino que la Guadalupana implicaba algo absolutamente extraordinario y prodigioso, pues sería absurdo decir: “Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis” a propósito de cualquier imagen común de las innumerables que existen? ¿Qué significa esto, sino que la creencia popular existía entonces como ahora, pues de otra suerte no podría un oyente, sólo al escuchar el enunciado texto evangélico, comprender que se iba a hablar de la Virgen del Tepeyac?
En cuarto lugar, consta por la información el inmenso disgusto y el formidable escándalo que causó en el pueblo del sermón de Bustamante, fundamentalmente “por haber tocado en Nuestra Señora de Guadalupe”, no sólo ni principalmente por atacar de modo irrespetuoso al prelado, cómo interpretar con error Icazbalceta; consta que la sorpresa y el enojo fueron tales, que las gentes “decían que sería razón enviar al dicho provincial a España para que allá fuese castigado, y quien no le oirían más sermón en la Nueva España”; en fin, el fervoroso entusiasmo con qué indígenas y españoles de la ciudad y que fuera acudían al Tepeyac, “la gran devoción -dice un testigo- que toda esta ciudad ha tomado a esta bendita imagen, y los indios también, y cómo van descalzas señoras principales y muy regaladas, y a pie con sus bordones en las manos, a visitar y encomendar a Nuestra Señora, y de esto los naturales han recibido grande ejemplo y siguen lo mismo”: lo cual es luminosa comprobación histórica de cómo, desde el principio, la Virgen de Guadalupe, uniendo en un solo amor a conquistadores y conquistados, fue imán y signo de concordia nacional.
Así, la información de 1556, que se ha estimado decisiva contra la tradición, es, al contrario, un documento que la confirma. Y más aún: este documento viene a poner de relieve la inseguridad y endeblez del célebre argumento del silencio.
¿Por qué? Porque ignorábamos absolutamente lo del sermón y el escándalo causado por el P. Bustamante en 1556, hasta 1888 en que se publicó la información. A pesar de un total silencio de tres siglos, no podemos negar el hecho, en vista de un solo documento auténtico que lo comprueba. Pues bien: a pesar de algunos silencios sobre el milagro Guadalupano, no podemos negar el hecho, en vista no de uno, sino de muchos documentos auténticos que lo atestiguan.
¿Cómo es posible que ni un rumor hubiera llegado a nuestros oídos de aquel magno escándalo del sermón del P. Bustamante? ¿Cómo suponer, leyendo en los historiadores franciscanos Mendieta o Torquemada la biografía del propio Bustamante, y viendo que le llaman “prudentísimo”, que hubiera cometido la insigne imprudencia de su atrabiliario sermón, del que no nos dicen media palabra? Es evidente que callan por recato, por no revocar un incidente penoso para su orden y ocasionado a suscitar enconos.
Y es de robusta lógica inferir que exactamente por la misma razón callan sobre el milagro Guadalupano, ya que éste fue sustancia y ocasión del escándalo provocado por Bustamante. Su silencio no es ignorancia, sino discreción. Y ved aquí explicado el silencio principal y más impresionante, el de los historiadores franciscanos.
Otros mutismos han sido ya analizados y explicados por Don Primo Feliciano. Yo agregaré ésta reflexión, que me parece fecunda en aplicaciones.
El P. Cavo en sus “Tres siglos de México” nada dice, y García Icazbalceta registra ese silencio entre los significativos. No obstante, resulta de una misiva hológrafa de Cavo al P. Pichardo, fechada en Roma el 31 de agosto de 1803 y fotocopiada por el P. Cuevas en su Álbum, que aquél insigne jesuita creía macizamente en la aparición Guadalupana, tenía singular empeño en que se vindicará su verdad histórica, y juzgaba -importantísimo parecer- que “será muy fácil solución” a las objeciones presentadas por Don Juan Bautista Muñoz, que son sustancialmente las mismas que se han esgrimido mas tarde.
He aquí, pues, dos hechos evidentes: Cavo calla en su obra; Cavo cree en la verdad histórica de la aparición. ¿Consecuencia? Muy clara: El callar no implica forzosamente ignorancia, ni desprecio, ni negación del suceso.
Y cosa semejante acontece con Clavijero. ¿Por qué, entonces, no hablan Cavo y Clavijero en sus historias? Porque no lo vieron necesario, o porque no encajaba en su plan, o por omisión involuntaria, o porque no se les ocurrió, o por lo que se quiera; pero no por desconocimiento o desdén. Y lógicamente se ocurre extender la observación a otros mutismos: aunque resulten impresionantes y no les encontremos satisfactoria explicación, pueden coexistir -como positivamente coexisten en los padres Clavijero y Cavo- con el conocimiento y aprobación del hecho.
Además, los silencios se reducen a medida que estudiamos. ¿Quién será puesto a catalogar, a desempolvar siquiera las montañas de documentos que yacen en nuestros archivos? Aparte de los infinitos papeles perdidos por la humedad, por la polilla, por la incuria del agente, por el azar de los tiempos, por el estrago de las revoluciones, por la fatalidad que ha dispersado colecciones maravillosas como las de Sigüenza y Góngora o Boturini. ¿Quién se ha dedicado a inquirir seriamente en el maremagnum de legajos que tenemos todavía en archivos y bibliotecas? No un Colón ni un Cortés, sino una legión de Colones y Corteses, serían necesarios para descubrir y explorar ese incógnito mundo de papeles.
Estudiamos con tesón, e irán saliendo nuevas pruebas, como ya han salido no pocas que se ignoraban años atrás. El tiempo es el gran aliado de la verdad. Pero lo que sabemos hoy es de sobra suficiente para explicar algunos silencios de los contemporáneos, y para que el argumento negativo desfallezca y sucumba ante el argumento positivo de documentos auténticos, vigorosos y claros, que en altas voces dicen el milagro de las rosas. No, no hay silencios. Hay un vasto clamor de cuatro siglos, como un ingente océano que bate la colina del Tepeyac, con himnos de gloria, con murmullos de amor, con gemidos de catástrofe, con canciones de esperanza.
Más de cuatro siglos claman a nuestra Madre con una inmensa sinfonía. Porque la Virgen de Guadalupe es algo que está identificado con la sustancia de la patria. Ella presidió el nacimiento de nuestra nacionalidad. Quiso visitarnos -como a su prima Isabel en su gravidez- cuando estas tierras estaban “grávidas de Cristo”, y aceleró el nacimiento de El y su reinado entre nosotros de manera tan insólita desproporcionada a los medios humanos, que todos los historiadores se sorprenden, incluso Icazbalceta y el protestante Bancroft.
Ella, que consoló a los vencidos y amansó a los vencedores, no muestra fisonomía de india ni de española, sino de “mexicana”; y diríase que preludió en su dulce imagen de la fusión de las dos razas que constituyen la nuestra, por las rosas de Castilla que se absorben y pintan en el ayate del indígena.
Ella, fervorosamente amada por todos nuestros libertadores, palpito lo mismo los pendones de Hidalgo que en las proclamas de Morelos y en las insignias de Iturbide. Ella ha amparado y reverdecido nuestra fe, por sobre más de un siglo de ataques insidiosos o brutales. A ellas van nuestras lágrimas y nuestras esperanzas. Ella es emblema autóctono, negación de exotismos invasores, vínculo sumo de unidad nacional.
En los cimientos del Tepeyac, están los cimientos de la patria.

Sr. D. Alfonso Junco, discurso pronunciado en la Asamblea Solemne del Congreso Nacional Guadalupano, el 8 de diciembre de 1931. Transcripción: Alejandro Villarreal de Biblia y Tradición, 2008.

martes, 19 de julio de 2011

“¡Oh! ¡Incrédulos, crédulos, crédulos!”. Por Leonardo Castellani.


Antiguamente se creía que un incrédulo era uno que no creía en nada; d’onde salió el chiste que dice: “—¡Yo no creo sino lo que entiendo! —¡Ah!, con razón la gente dice que Vd. no cree en nada!”.
Mas velay que subsiguientes investigaciones han demostrado que los incrédulos creen en muchas cosas; antes bien, son más dados a creer que el resto de los mortales “las cosas aptas para hacer descreer lo que los creyentes creen” —decía mi tío el Cura un poco quevedescamente.
Así, pues, se han dado incrédulos creyentes en la yetta, otros en el espiritismo, otros en el Progreso Indefinido, otros en el nú­mero 13, otros en el Dios del Vicario Saboyano, 'otros en la De­mocracia, otros en el mal de ojo, otros en la Ciencia, otros en los talismanes o mascotas, otros en las adivinas, otros en la Huma­nidad, en el curundú, en la Civilización, en la Revolución Fran­cesa, en la Santa Rusia. Ingenieros creyó en la Nueva Metafísica que iba a comenzar con él. Augusto Compte creyó en la Religión Humanitaria y en Clotilde de Vaux. Agustín Alvarez creyó en la Moral, Almafuerte en la Santa Chusma, Brunswichg cree en la Idea, Wells cree en Inglaterra, Huxley en la Democracia Pura, Freud creía firmemente en el Dios de Manes, la Venus Ultrix y la nueva Humanidad Nacidera.
Una vez encontré a mi tío leyendo una poesía larguísima en verso en un viejo “Suplemento” de un gran diario argentino.
Mi tío se restregaba las manos y se agitaba en su sillón sin pausa, como en sus momentos de gran inspiración filosófica. Me dijo que había encontrado de golpe el retrato mental del bachi­ller, del diputado y del incrédulo argentino todo en uno: que dése punto de vista, la tal poesía era una ejecución maravillosa, una obra maestra. El autor se llamaba el diputado nacional Dr. Joa­quín Castellano (hoy finado); era como poeta una especie de Olegario Andrade rebajado, es decir, una caricatura de una cariatura de Víctor Hugo. La poesía se llamaba: “el Viaje Eterno”, es decir, “La Historia Universal en síntesis” y estaba dedicada “A mi amigo querido Doctor J. H. Martínez Castro”. Empezaba de este modo:

“Como la fuente de los grandes ríos
“la cuna está del pensamiento
“en los bosques sombríos!

y concluía desta guisa:

“¡Alma del infinito,
desconocido espíritu sin nombre
cuya grandeza por doquier contemplo,
la tierra es tu ara, la creación tu templo,
y el sacerdote de ese templo, el hombre!”.

Y entre estas dos profundas aserciones, se extendían 64 párrafos rimados, ni uno más ni uno menos, acabados todos en sendos signos de admiración, y conteniendo exactamente toda la His­toria, la Geografía, la Filosofía y la Retórica que da a sus alum­nos el Bachillerato argentino, ni un punto más ni un ápice me­nos. Resumen total de nuestro Bachi, enciclopedia escolar en verso para la enseñanza media, yo no comprendo cómo algún Congreso Pedagógico no lo ha propuesto ya como TEXTO ÚNICO, complexivo, gratuito y obligatorio.
Porque como detrás la Divina Comedia está toda la Italia y el mundo y el Trasmundo del siglo XIII; como en el fondo del Quijote está la España Grande y el Hombre Sempiterno; y en la entraña de Shakespeare toda la Inglaterra Isabelina y el Mis­terio del Alma; y en Dostoievsky toda la Rusia Epiléptica y el abismo del Dolor ateo...; así aquí desentrañando verso por verso este poema romanticón y fachendoso —como hizo mi tío con sin igual gracia aquella mañana memorable— se puede hacer surgir por ensalmo todo el Universo declamatorio acara­melado y escenográfico de un buen liberal del XIX que es en el fondo el ideal latente de nuestros programas de estudios, o sea en una palabra:

“ese río inmortal de las Ideas
que por el cauce inmenso de la Vida
corre a desembocar al Infinito...

Mi tío no fue propiamente un hombre alegre; fue un hu­morista, pero su humor era más bien mordaz; era chispeante, pero sus chistes tenían un resabio acre y concentrado. Su enfer­medad y dolores físicos le vedaban la mesura y el paso manso y natural; y por ende había siempre en él algo de “pinzado”, de exagerado y premioso. “Yo estoy siempre borracho —me dijo una vez— o de alegría o de tristeza o de coraje o de ternura: yo no estoy nunca del todo vígil”. Pero aquel día que le oí disecar el cuitado poema del tal Castellano, esa sí que fue curda de alavez regocijo y saña, borrachera mental que duplicaba su ingenio siempre picante.
¡Válgame Dios, y los epigramas que halló el empecatado viejo en cada verso y en cada coma del poema! Yo creo que el rencor, que él guardaba a su primera educación laica se desahogó allí todo, pero dulcificado en cómico perdón, como en las abejas, aguijón y miel. ¡Qué criollas ironías no halló para Don Progreso Indefinido Inevitable, que es el tema del himno, para Don Pen­samiento Humano, que es el protagonista del mentado Viaje Eterno que va a parar nada menos que al Infinito, es decir a Ninguna Parte, pues el Infinito si bien se mira es Todo, y mar­char hacia Todo es marchar hacia Nada (todo el que marcha, elige) y en fin para el Amor (el amor digamos conyugal), que es la primera etapa de este viaje Eterno. ¿Con quién se imaginan Vds. se encontró el Pensamiento Humano

(“habitador del bosque primitivo”)
apenas dio el pequeño envión que lo convirtió bruscamente...

(“¡Es que ha brotado la primer idea!
¡Es que ha nacido el Pensamiento Humano!”) de mono antropopiteco que era, en hombre hecho y derecho?
“¿Quién lo espera con júbilo sonriente
“con guirnaldas de flores en la frente
“y caricias de luz en la mirada?
“¿Quién? la mujer...

Mi tío, que era medio bruto para hablar, decía que por lo visto los monos nuestros antepasados eran todos varones.
Pero sin seguir a mi tío y al vate en los 74 versos en que canta esta primera etapa, sin duda importantísima, del descu­brimiento del sistema reproductivo, veamos someramente los otros grandes saltos (pues este Pensamiento Humano tiene una manera de caminar a modo de canguro), que constituyen el Viaje Eterno hasta la Etapa que hoy ocupa. Pues señor, prime­ramente empieza por “ver a Dios en sus obras”, como si dijéra­mos hacer sus rezos de la mañana; pero precavido siempre,

“donde la imagen del Creador se vela...
“no en las biblias humanas
“sino en tu libro eterno
“¡Oh santa y colosal Naturaleza!!!

Esta medida de no buscar a Dios en las “Biblias Humanas”, por otra parte escasas entonces por falta de librerías, produce excelentes resultados, entre otros el siguiente:

“Aún las nubes del error no eclipsan
“al sol del Pensamiento,
“ni absurdos dogmas la razón empañan
“como al limpio cristal impuro aliento.
“No había aún los falsos sacerdotes
“que la conciencia oprimen:
“que dando formas de virtud al vicio
“de Dios invocan el sagrado nombre
“y bendicen el crimen!
“Entonces aún no había
“intermediarios  entre Dios y el hombre!

Pero por desgracia, estos fatídicos intermediarios con sus “Biblias Humanas” bajo el brazo no tardan en aparecer como traidor de melodrama después de un resumen de la Historia de la India, de Egipto y de Grecia. Como esas historias son de primer año, en la memoria del poeta están en poco desmejoradas, y eso explica que olvide en la India los Brahmas y en Egipto la Casta Sacerdotal, superior a la de los guerreros. Pero no hay mal que por bien no venga. Con eso la aparición del traidor de melodrama viene después de la muerte de Sócrates, y el autor ahorra numen repitiendo al revés los versos arriba citados (que son de lo mejorcito del poeta es cierto), poniendo un SI donde hay un NO; procedimiento económico que señalamos a nuestros escritores jóvenes:
Es que las nubes del error ya eclipsan... el Sol del Pensamiento, etc. Había ya los falsos sacerdotes… que la conciencia oprimen..., etc. Es que entonces ya había..., intermediarios entre Dios y el hombre...!
Creados así protagonista y antagonista, a saber, Pensamien­to humano y Sacerdotes, el poema como una seda se desarrolla en caídas armoniosas; no hay más que descubrir en el texto de Malet y después poner en solfa y en rima rica los avatares de cada uno de los dos. El protagonista Pensamiento, humano siem­pre más galán y simpático; el antagonista cada vuelta más feo, erre que erre en sus malas intenciones y peores instintos. Véase unos ejemplos:

“Ellos, los que al filósofo de Atenas
dieron la copa de cicuta; ellos...
Ellos darán mañana
la Cruz a Cristo y a Juan Hus la hoguera!

II

Dos poderes al mundo esclavizaban
dictándole sus leyes
los reyes a los pueblos dominaban
los papas a los pueblos y a los reyes!...
Del pueblo se hacen el sangriento azote
cuando instituyen como sacro fuero
la servidumbre física, el guerrero,
la esclavitud moral, el sacerdote!...

III

La Iglesia omnipotente
alzaba aquí un cadalso, allí una hoguera...
y castigaba con bárbaro escarmiento
el delito sublime
de pensar en su propio pensamiento! (sic).

IV

Por el cáncer del vicio corroída
la Iglesia vacilaba en desconcierto
de Jesús con túnica arropada
era un cadáver fétido cubierto
con un manto de púrpura sagrada!

V

Desmintiendo su voz con sus ejemplos
el clero oraba hipócrita de día
y de noche, a espaldas de los templos (sic)
¡en bacanales lúbricas reía!”

Y así sucesivamente, que dan ganar de citar todo; el Señor Adversario del buen Pensamiento Humano cada vuelta más malo más malo, cada vuelta más sucio más sucio. ¿Pero creen ustedes que se asusta por eso el bravo Pensamiento Humano? No señor, camina sin amainar de Oriente a Occidente, y no parará hasta llegar como Krishnamurti, a la Argentina. (“Es digna de me­ditarse la coincidencia —anota el autor al pie—, de que la civi­lización, avanzando de Oriente a Occidente, ha seguido una mar­cha paralela a la del sol en su curso diario”).
Primeramente se encarna en “Homero, en Píndaro y Esquilo y en Platón y Aristóteles razona. Con el Homero del cincel, con Fidias el gigantesco Partenón eleva esa Iliada de mármol...”. El autor escribe I-lia-da sin acento, para que conste el verso).
“Después se lonza a otra feliz ribera”. (es decir, al otro tomito de Malet), y: “Roma, Tíber, Apenino Vesubio, diosa Pa­las, Aníbal, Numancia, África, Cartago, Hércules y Anteo, Escipión, Marte, Venus, Ceres, Horacio, Virgilio, exámetro, sáfico...” (¿está o no está toda la tercera bolilla, Roma?).
Cuarta bolilla: habla de Jesucristo. Él le perdone. Saltemos esta página —dijo mi tío— es innoble. El autor, “adolescente eterno”, no tiene sombra de idea de las proporciones, ni aún de las conveniencias, y se sube al Gólgota y acomete al agonizante Crucificado ¡con una manguera de jarabe! mucho más repug­nante de tragar que la hiel que le dieron. Sigamos mejor al Pensamiento Humano en sus otras encarnaciones humanas, que no dejan de ser sorprendentes. Helas aquí, brevemente.

El grande, el inmortal Savonarola, sacerdote y tribuno-y el noble pensador Giordano Bruno!
2º Lutero, ese Jesús del Occidente!
3º Galileo y Colón con noble audacia...
4º Copérnico adivina el movimiento...
5º Pero Kepler se expande...
6º Pero Descartes penetró en el alma...
7º Halley, ese profeta de la ciencia...
Franklin ya tiene en su poder el rayo...
Y al valeroso Washington lo entrega!
10º Rousseau los corazones enardece...
11º Diderot argumenta y Volter ríe!

En este momento el Otro, es decir:

“el trono envilecido de los Papas
“y el trono ensangrentado de los reyes,
“Papado Monarquía
“nuevas Babeles del orgullo humano!”

viéndose malamente apretado por tantos  paladines, hace una salida desesperada. Pero es al ñudo; porque
la Francia en honda convulsión que lanza
“grito de libertad tan alto y fuerte
“que para siempre sonará en la historia...

le para las patas para siempre; y encarnada en un guerrero que no es de aquellos malos de

“la servidumbre física, el guerrero,

sino muy al contrario:

“Polen fecundo en el espacio inmenso!
“Ese fue Bonaparte!”

agarra a pulso al señor Pensamiento Humano y lo transporta en vilo:

en el espejo colosal del Plata”

¿Qué más queremos los argentinos, siempre golosos de hués­pedes ilustres?
Aquí —decía mi tío el cura— comienza el diputado nacional acabando el bachiller.
Lo que sigue es una proclama electoral, modelo y tipo del género. ¡Vengan después con Fichte y su “Reden an die Deutsche Nation.Ese les prometió a los alemanes, solamente en virtud de su Raza, es decir, por ser alemanes, el predominio de Europa. Pero nuestro Castellano a los argentinos, solamente en virtud de nuestra Geografía, es decir, por el solo hecho de estar aquí y no en otra parte, nada menos que la encarnación postrera y definitiva de Buda, quiero decir del Pensamiento Humano, en nuestros ilustres colodrillos. Porque en efecto (y lo que sigue no tiene pierde):

“Al pie de estas gigantes cordilleras”…

(sigue un resumen de orografía e hidrografía argentina)

“su trono asienta el Pensamiento Humano
“rey del orbe moderno,
“y en el vergel del argentino llano
“detiene el curso de su Viaje Eterno!
“¡Y aquí demorará siglos y siglos,
“que al fin encuentra en esta tierra virgen
“en donde el sol del porvenir asoma
“una patria más bella que la Grecia
“más potente que Roma!...”  (¿Nada menos?).

—¡Tío, es un imbécil! ¡Por favor, basta, es un imbécil! —le interrumpí en este punto—. No se necesita tanto para demos­trarlo, tío.
—Tan imbécil, no —repuso mi tío. ¡Este ha cobrado du­rante seis años 1.500 pesos mensuales por algunas cosas como éstas, y aún no tan innocuas ni tan bien rimadas!
Pero lo que yo quería demostrar no fue que es un imbécil; sino que es un “creyente”. ¿Te das cuenta la cantidad inmensa de cosas que él al cantar y todos los que lo siguieron y nutrieron tuvieron que creer para eso? ¡Qué tiene que ver lo que nosotros creemos con lo que creen estos señores incrédulos! Al fin nos­otros no creemos más que cuatro cosas, dos de necesidad de me­dio y dos de necesidad de precepto:
Existe Dios Creador Existe Dios Remunerador Dios es Trino en Uno Dios se hizo Hombre, y a mucho tirar creemos los doce artículos del Credo, en que estos cuatro dogmas eflorecen; pero éstos tienen también su Credo dificilísimo, que un día por embromar me puse a resumir y es más o menos como sigue:
(Mi tío sacó aquí un papel y me leyó: “El Credo del In­crédulo”, que reproduzco tal cual, dejándolo a él del todo res­ponsable).
CREO en la Nada Todoproductora d’onde salió el Cielo y la Tierra.
Y  en el Homo Sapiens su único Hijo Rey y Señor,
Que fue concebido por Evolución de la Mónera y el Mono.
Nació de la Santa Materia
Bregó debajo del negror de la Edad Media.
Fue inquisionado, muerto achicharrado
Cayó en la Miseria,
Inventó la Ciencia
Ha llegado a la era de la Democracia y la Inteligencia.
Y desde allí va a instalar en el mundo el Paraíso Terrestre.
Creo en el libre Pensante
La Civilización de la Máquina
La Confraternidad Humana La Inexistencia del pecado,
El Progreso Inevitable
La Rehabilitación de la Carne
Y  la Vida Confortable. Amén.


Leonardo Castellani, “Las ideas de mi tío el Cura”, Ed. Excalibur, Buenos Aires, 1945. Págs. 141-148.