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jueves, 24 de febrero de 2011

“Expelled: no intelligence allowed”, otra versión subtitulada al español.


El nuevo orden mundial, anticristiano, ateo y materialista, quiere defender a ultranza sus falsas bases a través de la cosmovisión evolucionista. Si no hay creación, no hay Dios; si hay “evolución”, no hay esencias; si no hay esencias, no hay verdad; si no hay verdad, ni Dios, no hay moral, no hay libre albedrío ni buena vida de virtudes que practicar. Así funciona el silogismo ateo. Necesita de un fundamento para negar a Dios y a su Iglesia. Pero… ¿Si la verdad contradice los postulados evolucionistas mostrando sus falencias a la luz de la verdadera ciencia? ¿Qué ocurre? Se recurre a la presión psicológica mediante la censura, se busca reprimir todo intento de inteligencia y de cuestionamiento a los postulados evolucionistas, mediante la expulsión de quién piense diferente a lo “políticamente correcto”, a pesar de estar totalmente en lo cierto y verdadero. No importa la ciencia al “stablishment” científico.

Convicción TV (división dedicada a filmes católicos de Convicción Radio), ha publicado una versión de la película documental “Expelled: no intelligence allowed”, película que he publicado en Stat Veritas hace unos días atrás. Subtitulada al español por ellos mismos, nos trae una versión bastante prolija. Esta versión, a diferencia de la nuestra, se encuentra entera pero solo puede verse “on-line” desde su página web.

Pueden visitar éste enlace.

Agradecemos por el material al equipo de Convicción.

lunes, 21 de febrero de 2011

“Expelled: No Intelligence Allowed”. (Expulsado: no se permite la inteligencia). Subtítulos en español.




“Expelled: No Intelligence Allowed”.
(Expulsado: no se permite la inteligencia).
Versión con subtítulos en español.

Es un film independiente del año 2008 escrito  y dirigido por Nathan Frankowski y conducido por el periodista judío norteamericano Ben Stein, que también trabajó en el libro. Dicho film no se conoce en argentina y no se lo distribuye (tenemos noticias de que en nuestra patria hay una tremenda censura con respecto a temas “políticamente incorrectos”), no se lo ha traducido al español y no se lo ha distribuido en países de Latinoamérica.
Más allá de algunas cosas que podríamos llamar “políticamente correctas”, el film de Ben Stein, es muy interesante y realmente se ha jugado por hablar de lo que no se habla. El documental nos muestra cómo el “stablishment” científico dominante suprime o expulsa a los académicos que han criticado la teoría evolucionista o defendido, o simplemente nombrado, o hablado de la teoría del “diseño inteligente” (ID) como una alternativa al paradigma evolucionista. Los académicos que han apoyado el “diseño inteligente”, han cuestionado seriamente, y de modo científico y racional, la teoría evolucionista establecida por las leyes norteamericanas como única metodología de trabajo para la enseñanza en las escuelas. Tal cuestionamiento, les ha valido la expulsión de las universidades y las escuelas, inclusive, de los diarios y las publicaciones en las que trabajaban.
A modo de entrevistas, podremos escuchar a  importantes personalidades del ambiente que se encuentra en el centro de la controversia: como Michael Shermer, Richard Dowkins, del lado del fundamentalismo ateo; y Richard Sternberg, William Dembski, Guillermo Gonzalez y Jonathan Wells como científicos defensores del “diseño inteligente”, entre otros.
Otra cosa que podemos subrayar, es la técnica cinematográfica implementada: la cámara en mano y la fotografía típica de un film independiente junto a ciertos momentos humorísticos e irónicos (incluyendo un dibujo animado al estilo de los años 60), le dan un toque muy efectivo a la hora de hacer entender el mensaje y lo ridículo de algunas teorías que escapan totalmente a la realidad y a la ciencia.
La versión con la que contamos, versión en la cual poseemos los subtítulos en castellano, no está entera. Por razones de que ha sido utilizada para un uso particular interno en un seminario, sólo se proyectó lo estrictamente necesario y realmente comprobado, y debido a la honestidad intelectual, nos vemos obligados a advertir a nuestros lectores de dicha carencia. Hablaremos de la secuencia que no está en el film.
Dicha secuencia trata la teoría (quizás no muy seria y la menos importante a nivel científico) de que el darwinismo inspiró a las teorías racistas del nacionalsocialismo de Hitler, siendo fuente de inspiración para realizar la matanza de judíos en el erróneamente llamado “Holocausto”. Comprendemos que el tema es tratado debido a que el protagonista del film es judío y que no podía no hablar del “Holocausto”.
En definitiva, la película retrata al “diseño inteligente” como una teoría realista, basada en la razón y en hechos científicamente comprobados con una base sólida, a diferencia del paradigma darwinista que está cayendo y siendo la única forma de que se preserve como “teoría comprobada”, la fuerza violenta de sus defensores y los puestos importantes que ocupan en universidades y ministerios de educación. Defensa que no tiene razones ni hechos científicos que la avalen hasta el día de hoy.
En fin, entre otras cosas “políticamente correctas” del film, aquella de la “libertad de expresión” en el discurso del protagonista, al comienzo y al final, la vemos como que puede ser utilizado como un argumento ad hominem, a quienes dicen defenderla, dichas doctrinas liberales pero que en la praxis realizan todo lo contrario.
En definitiva, vale la pena ver cómo funcionan las cosas y que tan lejos está lo que se llama –hoy día- “científico” o ciencia “seria” de lo que realmente es verdadera ciencia.


Éste es el enlace del archivo para su descarga. En formato AVI y puede ser reproducido con Windows Media Player y otros compatibles. (650 megas).
He comprimido y dividido en seis archivos. No se puede descomprimir ni ver la película hasta que no estén todas las partes descargadas.

Para descargar los subtítulos:


Para descargar el video:


martes, 1 de febrero de 2011

5. Tenemos por qué sentirnos inquietos.


Terminamos el último capítulo con la idea de que en la ley moral algo o alguien de más allá del mundo material está lle­gando a nosotros. No dudo que al llegar a ese punto algunos de ustedes hayan sentido cierto desasosiego. Tal vez piensen que les he estado armando una trampa; que he envuelto cuidadosamente, para que tuviera la apariencia de filosofía, lo que no es más que una perorata religiosa. Puede que se hayan sentido dispuestos a prestarme atención mientras que tuviéramos algo nuevo que decir; pero si no es más que reli­gión, ya el mundo está cansado de eso y para qué volver a lo mismo. Si alguien siente en esta forma, me gustaría decirle tres cosas:
Primera, en cuanto a eso de volver a lo mismo. ¿Creerían que lo digo en broma si dijera que a veces cuando un reloj no está señalando la hora precisa lo más sensato es hacerlo volver atrás? Pero olvidémonos de una vez de los relojes. Todos deseamos el progreso. Pero progresar es acercamos al lugar al cual queremos llegar. Si hemos tomado un sendero extraviado, avanzar por él no nos lleva más cerca de la meta propuesta. Si estamos avanzando por el camino equivocado, progreso es dar media vuelta y regresar al camino correcto; en tal caso el hombre que más pronto lo haga es el más pro­gresista. Todos hemos experimentado esto cuando hemos estado sacando cuentas. Cuando se empieza mal una suma, mientras más pronto se reconozca esto y se empiece de nuevo la operación, más rápidamente se efectuará la suma. No hay progreso en estar equivocado y rehusar reconocerlo. Creo que si echamos una mirada al actual estado del mundo, queda bien claro que la humanidad ha estado cometiendo una grave equivocación. Nos hallamos en el sendero equivocado. Si es así, debemos regresar. Regresar es la forma más rápida de avanzar.
Lo segundo es que todavía esto no se ha convertido exactamente en una “perorata religiosa”. No hemos llegado hasta el Dios de ninguna de las religiones actuales, y todavía menos al Dios de esa religión particular que se llama cristianismo. Ape­nas hemos llegado hasta Alguien o Algo que está detrás de la ley moral. No estamos tomando nada de la Biblia o de las iglesias; estamos tratando de ver lo que podamos hallar el cuanto a ese Alguien por nuestros propios medios. Quiero que quede bien en claro que lo que hallamos por nuestros propios medios es algo que nos sacude. Tenemos dos evidencias de este Alguien. Una de ellas es el universo que El creó. Si sólo utilizamos ésta como nuestra única pista, creo que deberíamos llegar a la conclusión de que El es un gran artista (porque el universo es un lugar muy bello), pero que también es inmisericorde y poco amigo del hombre, porque también el universo es un lugar peligroso y aterrador. La otra evidencia es la ley moral que El ha puesto en nuestras mentes. Y esta es una evidencia mejor que la otra, porque es una información interna. Es más lo que se halla en cuanto a Dios por medio de la ley moral que por medio del universo en general, tal como se halla más en cuanto al hombre escu­chando su conversación que contemplando la casa que ha construido. Partiendo de esta segunda evidencia, concluimos que el Ser que se halla detrás del universo está intensamente interesado en la conducta recta: el juego limpio, la falta de egoísmo, el valor, la buena fe, la honradez y la veracidad. En este sentido podríamos estar de acuerdo con lo que dice el cristianismo y algunas otras de las religiones: que Dios es “bueno”. Pero no nos apresuremos aquí. La ley moral no nos da fundamento alguno para pensar que Dios es “bueno” en el sentido de que sea indulgente, suave o compasivo. No existe indulgencia alguna en cuanto a la ley moral. Es tan dura como clavos. Nos dice que hagamos lo recto sin que pa ­ rezca que le preocupe lo doloroso, peligroso o difícil que es. Si Dios es como la ley moral, no es un Dios suave. De nada vale ahora decir que eso de que Dios es “bueno” significa que El es un Dios que puede perdonar. Es ir muy rápido.. Sólo una Persona puede perdonar. Y todavía no hemos dicho que es un Dios personal, sino que es un poder detrás de la ley moral, y quizás más bien una mente que es como cualquiera otra. Pero todavía en nada se parece a una Persona. Si es una pura mente impersonal, puede que no tenga sentido pedirle que nos haga concesiones o que nos permita salir de ciertas trampas, como tampoco tendría sentido alguno que se le pi-diera a las tablas de multiplicación que nos sacaran del aprieto cuando hemos cometido una equivocación en una operación de suma. La respuesta que se reciba tiene que ser equivocada. Tampoco sirve de nada el decir que si hay un Dios así, de una bondad absoluta e impersonal, ese Dios no es de nuestro agrado y no vamos a preocuparnos más en cuanto a Él. Porque la dificultad está en que una parte de nuestro ser se halla del lado de ese Dios, y estamos de acuer­do con El en cuanto a la desaprobación suya de la avaricia, las triquiñuelas y la explotación de los humanos. Quisiéramos que El hiciera una excepción en el caso nuestro, que nos excuse esta vez; pero en lo profundo nos damos cuenta de que a menos que el poder que se halla detrás del mundo deteste en forma real e inalterable esa clase de conducta, no puede ser bueno. Por otra parte sabemos que si existe una bondad absoluta, debe odiar la mayor parte de lo que hace ­mos. Este es el terrible aprieto en que nos hallamos. Si el universo no se halla gobernado por una bondad absoluta, entonces, a la larga, todos nuestros esfuerzos resultarán vanos. Pero si lo está, nos estamos convirtiendo todos los días en enemigos de esa bondad, y no parece que salgamos mejor parados mañana, por lo que quedamos de nuevo sin esperanza alguna. “Ni contigo, ni sin ti”, Dios es nuestro único consuelo, pero al mismo tiempo es nuestro terror supremo; lo que más necesitamos y lo que más deseamos evadir. El es el único aliado que podíamos hallar, y nos hemos convertido en enemigos suyos. Algunos hablan como si el encuentro con la mirada de la bondad absoluta fuera divertido. Que lo piensen de nuevo. Todavía están apenas jugando con la religión. La bondad es o bien la gran seguri­dad o el gran peligro, de acuerdo a lo que sea nuestra reacción frente a ella. Y no hemos reaccionado bien.
Y ahora el punto tercero. Cuando escogí presentar el tema en esta forma casi de circunloquio, no estaba tratando de jugarle a mis lectores ninguna especie de triquiñuela. Tenía otro motivo: que el cristianismo simplemente no tiene sen­tido mientras no nos hayamos enfrentado con todas las verdades que he descrito. El cristianismo les dice a las gentes que se arrepientan y les promete el perdón. Por lo tanto, hasta donde lo sabemos, no tiene nada que decirles a las gentes que no saben que han hecho algo de lo cual dejan arrepentirse y que no sienten necesidad alguna de perdón. Sólo cuando nos hayamos dado cuenta de que existe una verdadera Ley Moral y un Poder que la respalda, y de que la hemos quebrantado, y de que estamos a mal con tal Poder, el cristianismo empieza a hablar. No antes. Cuando uno se da cuenta de que está enfermo hace caso a lo que el médico dice. Cuando nos damos cuenta de que nuestra situación ha llegado casi al extremo de la desesperación, empezamos a entender lo que los cristianos dicen.
Los cristianos ofrecen una explicación de cómo fue que nos llegamos a ver en nuestro estado presente de odiar la bondad al mismo tiempo que la amamos. También ofrecen la explicación de cómo Dios puede ser la mente impersonal que se halla detrás de la Ley Moral, y a la vez ser una Persona. Nos dicen cómo las demandas de esta Ley, que ninguno de nosotros puede cumplir, otro las satisfizo por nosotros; cómo Dios mismo vino a hacerse hombre para salvar al hombre de la condenación de Dios. Esta es una vieja historia, y si quieres conocer más en cuanto a sus detalles, no hay duda de que consultarás a personas con mayor autoridad que yo. Lo único que estoy haciendo es decirle a la gente que se enfrente a la realidad, para que entienda las preguntas para las cuales el cristianismo dice tener una respuesta. Son realidades verdade­ramente aterradoras. Ojalá me fuera posible decir algo más agradable, pero debo decir lo que creo cierto. Por supuesto, estoy muy de acuerdo en que el cristianismo ofrece, a la larga, un consuelo inenarrable. Pero no empieza con el consuelo: empieza con lo que ya hemos des­crito, y de nada vale el tratar de llegar al consuelo antes de haber pasado por esa consternación. En la religión, así como en la guerra y en todo lo demás, no se llega a la tranquilidad y el consuelo con sólo buscarlos. Si buscas la verdad, al final encontrarás consuelo; si buscas el consuelo, no encontrarás ni el consuelo ni la verdad, sino castillos en el aire al principio y desesperación al final. La mayoría de nosotros perdimos la costumbre de antes de la guerra de hacernos castillos en el aire en cuanto a la política internacional. Es tiempo que hagamos la misma cosa en cuanto a la religión.

C. S. Lewis., tomado del libro “Cristianismo... ¡y nada más!” (Mere Christianity).

Capítulo anterior: 3. La realidad de la ley.

viernes, 28 de enero de 2011

3. La realidad de la ley.


Regresemos ahora a lo que dije al final del capítulo 1: que existen dos cosas raras en cuanto a la raza humana. Primera, que la atormenta la idea de que hay una especie de conducta que debería practicar, que se podría llamar juego limpio, decencia, moralidad o ley de la naturaleza. Segunda, que no la practican. Algunos se preguntarán por qué decimos que estas son cosas raras. Para ti puede ser lo más natural del mundo. En particular, puede que hayas pensado que trato muy duramente a la raza humana. Después de todo, pensa­rás, lo que llamo quebrantar la ley de lo correcto y lo incorrecto o ley de la naturaleza sólo quiere decir que no somos perfectos. Y ¿cómo podemos esperar que lo seamos? Esta sería una buena respuesta si lo que estuviera tratando de hacer fuera fijar la cantidad exacta de culpa que se nos puede imputar por no conducirnos como esperamos que otros se conduzcan. Pero en ninguna manera es esta mi tarea. Por ahora no estoy interesado en señalar la culpa; estoy tratando de hallar la verdad. Y desde tal punto de vista la idea de que algo es imperfecto, de que no es lo que debería ser, tiene ciertas consecuencias.
Si se toma una cosa como una piedra o un árbol, tal cosa es lo que es, y no existe sentido alguno en decir que debiera ser otra cosa distinta. Por supuesto que se puede decir que una piedra “tiene configuración inapropiada” si es que se desea emplearla para los cimientos de un edificio, o que un árbol es un mal árbol si no nos da toda la sombra que de él esperamos. Con ello queremos decir que la piedra o el árbol no son los más convenientes para un propósito específico nuestro. Excepto que se trate de hacer un chiste, no estamos culpándolos. Sabemos en realidad que, dado el clima y el suelo, el árbol no podría haber sido distinto. Lo que desde nuestro punto de vista llamamos un árbol “malo” obedece a las leyes de su naturaleza en la misma forma en que las obe­dece un árbol “bueno”.
¿Nos hemos dado cuenta de lo que se desprende de esto? Lo que generalmente llamamos leyes de la naturaleza» (por ejemplo, la forma en la cual el clima influye en un árbol) puede que no sean leyes en su sentido estricto, sino simplemente una manera de hablar. Cuando decimos que las piedras que caen siempre obedecen a la ley de la gravitación, ¿no es esto lo mismo que decir que la ley es “lo que las piedras siempre hacen”? No pensamos que cuando una piedra está cayen­do de repente recuerda que tiene órdenes de caer al suelo. Sólo queremos decir que cae. En otras palabras, no podemos estar seguros de que haya algo por encima o por debajo de los hechos mismos, ni ninguna ley en cuanto a lo que debe suceder que sea distinta de lo que sucede. Las leyes de la naturaleza, aplicadas a las piedras y a los árboles, sólo pueden significar “lo que la Naturaleza, en efecto, hace”. Pero si vamos a la ley de la naturaleza humana, a la ley de la conducta decente, es otra cosa distinta. Tal ley ciertamente no significa “lo que los seres humanos hacen”; porque como ya he dicho, son muchos los que no obedecen esta ley, y nin­guno la obedece por completo. La ley de la gravedad nos dice lo que hacen las piedras cuando las dejamos caer; pero la ley de la naturaleza humana nos dice lo que los seres huma­nos pueden hacer o dejar de hacer. En otras palabras, cuando tratamos con los humanos, algo acontece por encima y por debajo de la realidad de los hechos. Tenemos los hechos: cómo proceden los seres humanos. Pero también tenemos algo más: cómo deberían proceder. En el resto del universo no hay necesidad de otra cosa aparte de los hechos mismos. Los electrones y las moléculas proceden en una cierta forma con unos determinados resultados, y eso puede ser todo[1]. Pero los hombres proceden en cierta forma, y esto no es todo, porque siempre sabemos que deberían haber procedido en forma distinta.
Esto es tan raro, que uno se ve tentado a tratar de darle una explicación. Por ejemplo, podríamos decir que cuando se dice que un hombre no debería proceder como procede, es lo mismo que cuando se dice que una piedra no tiene la configuración debida; o sea, que) que hace no se ajusta a nuestras conveniencias. Pero esto sencillamente no es la verdad. Un nombre ocupa un cierto asiento en el tren porque llegó primero, y otro, mientras que yo le doy la espalda, remueve el equipaje de mi asiento. Ambos hombres son para mí igualmente inconvenientes. Pero culpo al segundo hombre y no al primero. No me enojo, excepto tal vez por un mo­mento mientras recapacito con el hombre que por accidente toma ventaja sobre mí; y me enojo con aquél que trata de aventajarme, así no logre su propósito. A pesar de todo el primero me ha perjudicado y el segundo no. Algunas veces la conducta que llamamos mala no nos causa inconveniente alguno, sino todo lo contrario. En la guerra, uno de los dos bandos puede que halle que el traidor en las filas del enemigo le es útil. Pero aun cuando lo utilice y le pague por ello, no dejará de considerarlo como una sabandija humana. Así que no podemos decir que lo que llamamos conducta decente en otros es sencillamente la manera de proceder de ellos que nos conviene. Y cuando hablamos de nuestra propia conducta decente, creo que es bien obvio que no nos referimos a la conducta que más nos conviene. Nos referimos a cosas como contentarnos con ganar treinta pesos cuando podríamos ganar trescientos; hacer las tareas escolares con honradez cuando hubiera sido fácil copiar de otro; dejar a una muchacha cuando nos gustaría hacerle el amor; permanecer en lugares peligrosos cuando podríamos ir a lugares más seguros; cumplir promesas que tal vez preferiríamos no cumplir, y decir la verdad aun cuando esto nos haga quedar como tontos.
Algunos dicen que aun cuando conducta decente no es necesariamente lo que trae beneficio a una persona en par­ticular en cierto momento, sin embargo beneficia a la raza humana como un todo, y eso lo explica todo. Los seres hu­manos, después de todo, tienen algún sentido; ven que no se puede estar bien seguro ni gozar de la felicidad, excepto en una sociedad donde cada uno juegue limpio, y es por eso que tratan de comportarse decentemente. Es perfectamente cierto, por supuesto, que la seguridad y la felicidad sólo pue­den prosperar entre individuos, clases y naciones que sean honrados y jueguen limpio y se comporten bien con los demás. Esta es una de las verdades más grandes del mundo. Pero como explicación del porqué sentimos como sentimos en cuanto a lo correcto y lo incorrecto, está por completo fuera de foco. Si preguntamos: “¿Por qué no debemos ser egoístas?”, y se nos contesta: “Porque esto es bueno para la sociedad”, podemos replicar: “¡Qué me importa a mí lo que es bueno para la sociedad, si no me beneficia personalmente!” Pero entonces se nos dirá: “Porque no se debe ser egoísta”. Y esto sencillamente nos hace regresar al punto de partida. Se está diciendo una verdad, pero no se avanza ni una pulgada. Si se pregunta cuál es el propósito que se tiene al jugar fútbol, no sería muy correcto responder “hacer goles”, porque tratar de hacer goles es el juego en sí mismo, no la razón del juego. Se estaría diciendo sencillamente que el fútbol es fútbol, lo cual es verdad, pero no hay que decirlo. De la misma manera, si alguien pregunta para qué compor­tarse decentemente, no es una buena respuesta responder: “Para beneficiar a la sociedad”, porque tratar de beneficiar a la sociedad, o en otras palabras, no ser egoísta (porque, después de todo “sociedad” significa “los demás”) es una de las cosas en las que consiste la conducta decente. Es como decir que decencia es decencia. Se habría dicho lo mismo con la declaración inicial de que “los hombres no deben ser egoístas”.
Y es allí donde nos detenemos. Los hombres no deberían ser egoístas; deberían ser justos. No es que los hombres no sean egoístas, ni que quieran no ser egoístas, sino que deberían no serlo. La ley moral o ley de la naturaleza humana no es sencillamente un hecho en cuanto a la conducta humana en la misma manera que la ley de la gravitación es, o tal vez es, simplemente un hecho en cuanto a cómo se comportan los objetos pesados. Por otra parte, no es una mera fantasía, porque no podemos dejar de pensar en ella, y la mayor parte de las cosas que decimos o pensamos en cuanto a los hombres se reducirían a mera palabrería si lo lográramos. Y no es sencillamente una declaración en cuanto a cómo nos gustaría que los hombres procedieran para nuestra conveniencia; porque la conducta que llamamos mala o injusta no es exactamente la que hallamos inconveniente, y puede ser lo opuesto. En consecuencia, esta regla de lo correcto y lo incorrecto, ley de la naturaleza humana o como quiera llamársela, debe ser de una forma u otra algo real; algo que realmente está ahí, no algo que hemos fabricado nosotros mismos. Y sin embargo no es un hecho en el sentido ordinario de la palabra, en la misma forma en que nuestra conducta es un hecho. Parece como si empezara a verse que tendremos que reconocer que hay más que una clase de realidad; que, en este caso particular, hay algo que está por encima y más allá de los hechos ordinarios de la conducta de los hombres, y que con todo es bien definidamente real: una ley real, que ninguno de nosotros hizo, pero que ejerce presión sobre nosotros.

C. S. Lewis., tomado del libro “Cristianismo... ¡y nada más!” (Mere Christianity).



[1] No creemos que esto sea todo, como lo veremos más adelante. Lo que quiero decir es que hasta dónde puede llegar el argumento, ello sí podría ser así.

miércoles, 26 de enero de 2011

2. Algunas objeciones. Por C.S. Lewis.

Continuamos con algunas objeciones que se plantean al tema de la “Ley natural” respondidas magistralmente por Lewis.


2. Algunas objeciones.

Si son el fundamento, lo mejor que podemos hacer es detenernos para hacer que este fundamento sea firme antes de continuar adelante. Algunas de las cartas que he recibido muestran que son muchos los que hallan difícil entender qué es esto de la ley de la naturaleza humana, o ley moral, o regla de la conducta decente.
Por ejemplo, algunos de los que me han escrito me dicen: “Lo que usted llama ley moral, ¿no es simplemente nuestro instinto de rebaño, que se ha desarrollado como todos nues­tros otros instintos?” No voy a negar que pueda ser que tengamos un instinto de rebaño; pero esto no es a lo que me refiero al hablar de ley moral. Todos sabemos lo que es ser impulsados por nuestros instintos: el amor maternal, el ins­tinto sexual o el instinto de la alimentación. Esto significa que se siente una fuerte inclinación o deseo de proceder en una determinada forma. Y, por supuesto, a veces sentimos el deseo de acudir en ayuda de alguien; y no hay duda de que tal deseo se debe al instinto de rebaño. Pero sentir el deseo de ayudar es muy distinto a sentir que se está obligado a prestar tal ayuda, quiérase o no. Supongamos que oímos el grito de alguien en demanda de auxilio. Probablemente senti­mos en ese momento dos deseos: el de ayudar (instinto de rebaño) y el de no correr peligro (instinto de conservación). 1 Pero dentro de nosotros, fuera de estos dos impulsos, se presenta un tercer factor, el cual nos dice que debemos seguir el impulso de ayudar, y que suprime el deseo de salir huyendo. Esto que establece un juicio entre los dos instintos, que decide a cuál de los dos instintos se debe obedecer, en sí mismo no puede ser ni uno ni otro. Sería como decir que p una partitura musical, que en un momento dado nos dice cuál de las notas se debe tocar en el piano y no ninguna otra, es a. la vez una de las notas del teclado. La ley moral nos dice la melodía que hemos de pulsar; nuestros instintos no son más que las teclas.
Otra forma de ver que la ley moral no es sencillamente uno de nuestros instintos, es esta. Si dos instintos se hallan en conflicto, y no hay nada más en la mente de una criatura que estos dos instintos, es obvio que el más fuerte de los dos pre­valecerá. Pero en los momentos cuando más conscientes nos hallamos de la ley moral, generalmente parece decirnos que ' nos hagamos de parte del más débil de los dos impulsos. Con toda probabilidad desearíamos mucho más preservar nuestra propia vida que ayudar a un semejante que se está ahogando; pero la ley moral nos dice que le ayudemos de todas maneras. Y ciertamente, ¿no nos dice a menudo que hagamos que el impulso correcto sea más fuerte de lo que por naturaleza es? Quiero decir que con frecuencia sentimos que nuestro deber es estimular nuestro instinto de rebaño despertando nuestra imaginación y suscitando nuestra compasión, etc., hasta que hayamos acumulado el suficiente valor para hacer lo que es recto. Pero claramente no estamos actuando por instinto cuando nos proponemos hacer que uno de los instintos pre­valezca sobre el otro. Lo que nos dice: “Tu instinto gregario se halla dormido; despiértalo”, no puede ser en sí mismo un instinto gregario. Lo que nos dice cuál de las notas debe ser pulsada mas vigorosamente en el piano no puede ser en sí misma tal nota.
He aquí una tercera forma de ver el asunto. Si la ley moral fuera uno de nuestros instintos, deberíamos poder señalar cierto impulso que se encuentra dentro de nosotros mismos y que llamamos “bueno”, siempre de acuerdo con la regla de la conducta correcta. Pero no podemos. No hay impulso que la ley moral no pueda decirnos algunas veces que lo reprima­mos, ni impulso que algunas veces no nos diga que lo vigorice­mos. Es una equivocación pensar que algunos de nuestros impulsos (digamos el amor materno y el patriotismo) son buenos, al paso que otros, tales como el sexo y la disposición de pelear, son malos. Todo lo que quiero decir es que las ocasiones en que es necesario reprimir el instinto combativo y el deseo sexual son más frecuentes que las de reprimir el amor maternal o el patriotismo. Pero hay situaciones en las cuales es el deber de un hombre casado vigorizar su instinto sexual y el de un soldado fortalecer su instinto combativo. También se presentan ocasiones en que el amor de una madre por sus hijos o el amor de un hombre por su patria tienen que ser re­primidos o se estará yendo en contra, injustamente, de los hijos de otras personas o de otros países. Estrictamente hablando, no hay impulsos buenos e impulsos malos. Volvamos de nuevo al piano. No tiene dos clases de notas, una “buena” y otra “mala”. Cada una de las notas es correcta en una ocasión e incorrecta en otra. La ley moral no es ningún ins­tinto ni ninguna serie de instintos; es algo que produce música (música que llamamos bondad o conducta apropiada) al gobernar los instintos.
Sea dicho de paso que este punto tiene muchísima impor­tancia práctica. Lo más peligroso que se puede hacer es tomar cualquiera de nuestros impulsos naturales y determinar cuál debe prevalecer a toda costa. No existe uno solo de ellos que no nos convierta en diablos si le damos el papel de guía abso­luto. Se podría pensar que el amor hacia la humanidad en general es un sentimiento que siempre acierta, pero no es así. Si alguien deja fuera la justicia, quebrantará los acuerdos, falseará evidencias en los juicios “por amor a la humanidad”, y se convertirá en un hombre cruel y traicionero.
Otros han escrito para decirnos: “Lo que usted llama ley moral ¿no es un simple convencionalismo social, algo que se nos inculca por medio de la educación?” Creo que aquí se presenta un malentendido. Los que formulan tal pregunta por lo general dan por sentado que si hemos aprendido una cosa de nuestros padres o nuestros maestros, debe ser una simple invención humana. Pero claro que no es así. Todos aprende­mos las tablas de multiplicación en la escuela. Un niño que crezca solo en una isla desierta no las sabría; pero esto no quiere decir que las tablas de multiplicación sean sencillamente una convención humana, algo que los seres humanos han elaborado para su propia conveniencia y que podrían ser distintas si así se quisiera. Estoy por completo de acuerdo en que las reglas de la conducta decente las aprendemos de nuestros padres y nuestros maestros, de nuestros amigos y en los libros, tal como se aprende cualquiera otra cosa. Pero algunas de las cosas que aprendemos; son meras convenciones que bien podrían haber sido distintas. En Inglaterra y otras, partes se enseña a conservar la izquierda en las vías públicas, pero muy bien hubiera podido implantarse el conservar la derecha. Pero otras cosas, como las matemáticas, son verda­des inmutables. La cuestión es situar la ley de la naturaleza humana en el sitio que le corresponde.
Existen dos razones para afirmar que esta ley pertenece a la clase en que se hallan situadas las matemáticas. La primera es, tal como dije en el capítulo 1, que aunque existen diferen­cias entre las ideas morales de una cierta época o de un cierto país con relación a otras épocas y otros países, la ver-dad es que no son diferencias tan grandes como algunos se imaginan, y se puede ver que hay una ley común que rige estas ideas. Las meras convenciones, como las reglas del tránsito o la clase de vestidos que se usan, pueden variar en cualquier medida. La otra razón es la siguiente: cuando se piensa en las diferencias entre la moralidad de un pueblo y otro, ¿se piensa que una es superior a la otra? ¿Son benefi­ciosos algunos de los cambios? Si no, no podría haber progreso moral. El progreso no consiste en cambiar, sino en cambiar para mejorar. Si ninguna serie de ideas morales es más verdadera o mejor que otra, no habría por qué preferir la moral del hombre civilizado a la del salvaje, ni la moral cristiana a la del nazi. Pero todos creemos que, por supuesto, algunas costumbres morales son mejores que otras. Creemos que los que trataron de cambiar las ideas morales de su época fueron los que pudiéramos llamar reformadores o pio­neros: gentes que entendieron mejor la moralidad que el resto de sus contemporáneos. Bien. Cuando decimos que una serie de ideas morales es superior a otra, lo que en efecto estamos haciendo es comparándola con una norma y diciendo que una de ellas se conforma mejor a tal norma. Pero la regla por la cual se miden dos cosas es algo diferente de tales cosas. Esta­mos, en efecto, comparándolas con una moral verdadera y admitiendo que existe lo correcto, con independencia de lo que los demás piensen, y que las ideas de algunas gentes se hallan más cerca de lo que es correcto que la de otras gentes. Pongámoslo en otra forma: si nuestras ideas morales pueden ser mejores que las de los nazis, es que debe existir algo, alguna moral verdadera, para medir su grado de verdad. Si la idea que alguien tiene de Nueva York es más correcta o menos correcta que la nuestra es porque Nueva York es un lugar real que existe no importa lo que tú y yo pensemos. Si cuando decimos “Nueva York” cada uno se refiere a “la ciudad que yo me he fabricado en la imaginación”, ¿cómo es posible que uno de nosotros pueda tener una idea mejor que la de los demás? En ninguna manera podría ser cuestión de verdadero o falso. En la misma forma, si la regla de la conducta decente fuera simplemente “lo que cada nación juzgue apropiado”, no existiría razón alguna para decir que una nación ha estado más correcta en su apreciación que otra; ningún sentido habría en decir que el mundo pudiera haberse desarrollado moralmente mejor o peor.
En conclusión, aunque las diferencias de concepto entre los pueblos en cuanto a la conducta decente a menudo hace sospechar que no existe una ley natural de la conducta, las cosas que pensamos en cuanto a esas diferencias prueban exactamente lo contrario. Y una palabra más antes de termi­nar. Me he encontrado con personas que exageran las diferen­cias, porque no perciben las diferencias de opinión en cuanto a la realidad de los hechos. Por ejemplo, un hombre nos dice: “Hace trescientos años en Inglaterra se condenaba a muerte a las brujas. ¿Es esto lo que usted llama regla de la conducta humana o de la conducta correcta?” Pero el caso es que hoy no ejecutamos brujas porque no creemos que existan; si creyéramos que existen personas que se venden al diablo para en cambio recibir de él poderes sobrenaturales para dar muerte a sus prójimos o hacerlos enloquecer, o para, producir mal tiempo, estaríamos de acuerdo en que nadie merecería más la pena de muerte que esas sucias traidoras. Aquí no existen diferencias entre los principios morales; la diferencia es, en cuanto a la realidad del hecho. Puede que sea un gran avance en conocimiento el no creer en brujas; pero no hay avance moral en no ejecutarlas cuando no se cree que existan. No creo que un hombre proceda humanamente porque deje de armar trampas si lo hace porque cree que no existen ratones en la casa.

C. S. Lewis., tomado del libro “Cristianismo... ¡y nada más!” (Mere Christianity).

1. La ley de la naturaleza humana. Por C.S. Lewis.


Existe, en la corriente atea, una doctrina que dice que la ley moral ha sido inventada por las diferentes sociedades y culturas del mundo. Que todo es invento del hombre. Lewis dice “sé que algunos dicen que la idea de que existe una ley de la naturaleza o de la conducta decente que todos los hombres conocen no tiene sentido, puesto que las diferentes civiliza­ciones y las diferentes épocas han tenido muy diferentes moralidades.
Pero esto no es verdad. Ha habido diferencias entre sus procedimientos morales, pero nunca han llegado a una dife­rencia total”.
En respuesta a tales objeciones es que publicamos estos breves pensamientos apologéticos de éste gran apologista que ha sido C.S. Lewis.

1. La ley de la naturaleza humana. 

Todos hemos oído a dos personas discutiendo. Algunas veces suena chistoso y algunas otras sencillamente desagradable; pero suene como suene, creo que podemos aprender algo escuchando las cosas que se dicen. Dicen cosas como estas: “¿Qué dirías si alguien hiciera lo mismo contigo?” “Esta es mi silla; yo la agarré primero”. “Déjalo, no te está haciendo ningún mal”. “¿Por qué me empujaste primero?” “Dame un pedazo de tu naranja; yo te di de la mía”. “Vamos; tú me lo prometiste”. Todos los días la gente dice cosas como éstas, ya se trate de personas educadas o no, de niños o de personas mayores.
Lo que a mí me interesa en cuanto a estas expresiones es que quien las dice no está expresando solamente que no le agrada la manera de proceder de la otra persona. Está apelando a cierta clase de regla de conducta que supone que la otra persona debe conocer. Rara vez el otro replica: “Al diablo con tus reglas”. Casi siempre trata de argumentar que lo que hace no va en realidad contra las reglas, o que si las transgredió tiene para ello una excusa especial. Pretende hacer ver que hay una razón especial en este caso particular para que la persona que tomó primero la silla no la conserve, o que las cosas eran algo distintas cuando se le dio el pedazo de naranja, o que algo sucedió que le impidió cumplir la promesa. Parece como si en efecto ambas partes tuvieran muy en mente alguna especie de ley o regla de juego limpio, o conducta decente o de moralidad o de cualquiera otra cosa por el estilo, con la cual todos están de acuerdo. Y lo están. De no ser así, claro, pelearían como animales, pero no discutirían. Discutir es tratar de mostrar que la otra persona está equivo­cada. Y no habría sentido alguno en tratar de hacer esto a menos que haya alguna especie de acuerdo en cuanto a lo que es lo correcto e incorrecto; como tampoco tendría sentido el decir que un jugador de fútbol ha cometido una falta a menos que exista algún acuerdo en cuanto a las reglas del fútbol.
Esta ley o regla en cuanto a lo correcto y lo incorrecto se conoce como ley de la naturaleza. Hoy día, cuando hablamos de las “leyes de la naturaleza”, por lo general nos referimos a cosas como la gravedad, la herencia o las leyes de la química. Pero cuando los pensadores antiguos llamaron a la ley de lo correcto y lo incorrecto “ley de la naturaleza”, se referían a la ley de la naturaleza humana. La idea era que así como todos los cuerpos se hallan gobernados por la ley de la gravi­tación y los organismos por las leyes biológicas, la criatura llamada hombre también tiene su ley, con esta gran diferen­cia: un cuerpo no puede escoger entre obedecer la ley de la gravitación o no, mientras que el hombre puede escoger obe­decer la ley de la naturaleza o desobedecerla.
Podemos decir esto en otra forma. Cada hombre se halla sujeto en todo momento a varias leyes, pero sólo hay una de ellas que él puede determinar desobedecer. Como cuerpo, se halla sujeto a la ley de la gravitación y no puede desobede­cerla; si se le deja sin soporte alguno en el aire, no tiene más alternativa de caer o no caer que una piedra. Como organis­mo, está sujeto a varias leyes biológicas que no está en mayor capacidad de desobedecer que un animal. Esto es, no puede desobedecer aquellas leyes, que comparte con otras cosas; pero la ley que es peculiar a su naturaleza humana, la ley que no comparte con los animales o los vegetales o las cosas inorgánicas, la puede desobedecer si así lo prefiere.
A la ley se le dio el nombre de ley de la naturaleza porque la gente pensaba que todos la conocían por naturaleza y no había necesidad de ser enseñada. Por supuesto que esto no significaba que no se pudiera encontrar aquí y allá algún indi­viduo raro que no la conociera, tal como hay gente que no puede distinguir los colores o no tiene oído para la música. Pero tomando la raza como un todo, pensaban que la idea humana de la conducta decente era obvia para todos. Y creo que estaban en lo cierto. Si no, todas las cosas que decimos en cuanto a la guerra carecen de sentido. ¿Qué sentido hubie­ra tenido el decir que el enemigo estaba equivocado a menos que lo correcto sea algo que los nazis en el fondo conocían tan bien como nosotros y debían poner en práctica? Si no tenían noción alguna de lo que consideramos correcto, aunque de todos modos hubiéramos peleado contra ellos, no podríamos haberlos inculpado por lo que hicieron más de lo que podríamos haberlos inculpado por el color de su cabello:
Sé que algunos dicen que la idea de que existe una ley de la naturaleza o de la conducta decente que todos los hombres conocen no tiene sentido, puesto que las diferentes civiliza­ciones y las diferentes épocas han tenido muy diferentes moralidades.
Pero esto no es verdad. Ha habido diferencias entre sus procedimientos morales, pero nunca han llegado a una dife­rencia total. Si alguien se toma el trabajo de comparar las enseñanzas morales de, digamos, los egipcios, los babilonios, los hindúes, los chinos, los griegos y los romanos antiguos, lo que lo dejará realmente asombrado es la semejanza que existe entre cada una de esas enseñanzas y las nuestras. Algu­nas de las evidencias de esto las he coleccionado en el apéndi­ce de otro libro titulado The Abolition of Man; pero para nuestro propósito de ahora baste pedirle al lector que piense en qué significaría una moral totalmente diferente. Piense en un país donde la gente admirara a quienes desertaran del campo de batalla, o donde un hombre se sintiera orgulloso de engañar a todos los que hubieran procedido bien con él. Es como tratar de imaginarse un país donde dos y dos fueran cinco. Los hombres pueden diferir en cuanto a con quiénes se debe proceder sin egoísmo (con los miembros de nuestra pro­pia familia, con nuestros connacionales o con todo el mundo). Pero siempre han estado de acuerdo en que uno mismo no debe ponerse en el primer lugar. El egoísmo nunca ha sido admirado. Los hombres han diferido en cuanto a si se puede tener sólo una esposa o cuatro; pero siempre han estado de acuerdo en que no se puede simplemente tener la mujer que a uno le venga en gana.
Pero lo más notable es lo siguiente. Cuando uno se topa con alguien que dice que no cree que exista lo correcto y lo incorrecto, algo más tarde se verá que el mismo hombre echa mano de este principio. Puede que no cumpla la promesa que hizo; pero si se trata de no cumplirle lo que se le ha prometido, se quejará de que no es justo en menos de lo que un mono se rasca una oreja. Puede darse el caso de que una na­ción diga que los tratados no importan; pero casi en el mismo instante se contradice al decir que quiere romper un tratado particular porque no es justo. Si los tratados no importan, y si nada es correcto ni incorrecto (en otras palabras, si no hay ley de la naturaleza), ¿cuál es la diferencia entre un tratado justo y otro injusto? ¿No dejan al gato fuera de la bolsa al mostrar que, digan lo que digan, conocen la ley de la natura­leza como todos los demás?  Parece, entonces, que nos vemos forzados a creer que existe lo correcto y lo incorrecto. Puede que algunas veces las gentes se equivoquen en cuanto a esto, tal como algunas veces suman mal; pero no es un asunto de gusto u opinión, como tampoco lo son las tablas de multiplicación. Si ya estamos de acuerdo en cuanto a esto, pasaré al punto siguiente, el cual es el siguiente. Nadie es completamente fiel a la ley de la natura­leza. Si hay alguna excepción entre mis lectores, les pido disculpas. Les traería mayor utilidad leer otra obra cualquie­ra, pues nada de lo que voy a decir tiene que ver con ellos. Y ahora, tornando a los seres humanos normales que quedan:
Espero que nadie interprete mal lo que voy a decir. No estoy predicando, y Dios sabe que no pretendo ser mejor que nadie. Estoy sólo tratando de llamar la atención a un hecho: que en este mismo año, en este mismo mes, y con toda proba­bilidad en este mismo día, no hemos puesto en práctica la clase de conducta que esperamos que los otros practiquen. Puede ser que encontremos toda clase de excusas. Cuando no procedimos, bien con los niños fue porque nos hallábamos muy cansados. Aquella vez que procedimos un poco obscu­ramente en cuanto a asuntos de dinero (ya casi lo hemos olvidado) era que nos hallábamos acosados por alguna necesidad. En cuanto a lo que prometimos hacer a favor de Perano, nunca lo habríamos prometido si hubiéramos sabido cómo íbamos a estar de ocupados. Y en cuanto a nuestro proceder con la esposa o el esposo, la hermana o el hermano, si hubiéramos sabido lo irritantes que ellos son, no nos admi­raríamos tanto de los resultados. (Y ¿quién diablos soy yo? Soy lo mismo que ellos.) En otras palabras, no hemos cumplido muy bien la ley de la naturaleza; y cuando alguien nos dice que no la estamos cumpliendo, de inmediato encontra­mos una impresionante sarta de excusas. Lo que ahora inte­resa no es si son o no válidas. El punto que se destaca es que son una prueba más de cuán profundamente, ya sea que nos guste o no, creemos en la ley de la naturaleza. Si no creemos en la conducta decente, ¿por qué entonces debemos mos­trarnos tan ansiosos de presentar excusas por no habernos comportado decentemente? La verdad es que creemos tanto en la decencia, sentimos tanto, la presión de la ley, que no podemos enfrentarnos al hecho de que la estamos quebrantando, y por lo tanto, tratamos de zafarnos de la responsabilidad. Porque se notará que es a nuestro mal comportamiento al que le hallamos todas estas explicaciones. Es nuestro mal temperamento lo que pretendemos excusar al decir que estábamos cansados, preocupados o hambrientos. Sólo para nosotros mismos reconocemos que tenemos un temperamento irritable.
Hay entonces dos puntos que he querido destacar. Primero, que todos los seres humanos sobre la tierra tienen esta idea curiosa de que debieran comportarse en cierta forma, y no pueden quitársela de la mente. Segundo, que en realidad no se comportan en esa forma. Conocen la ley de la naturaleza; la quebrantan. Estos dos hechos son el fundamento de todo pensar claro en cuanto a nosotros mismos y el mundo en que vivimos.

C. S. Lewis., tomado del libro “Cristianismo... ¡y nada más!” (Mere Christianity).

viernes, 19 de noviembre de 2010

De reptiles a aves.


Los escépticos, ateos o anti-teístas, necesitan –según ellos- de argumentos “racionales”, probatorios científicamente mediante la observación empírica de los hechos. Pues bien, pareciera que aquél énfasis en la “racionalidad” de lo que solamente se puede comprobar empíricamente, queda totalmente relegado y –podríamos decir- despreciado por ellos mismos, cuando tratamos del tema “evolución”.
La “evolución” no está demostrada bajo ningún método científico empírico racional. Nadie ha visto ni ha comprobado como “evoluciona” un reptil de un ave, por ejemplo. De ahí que, tanto gustan de argumentos lógicos, racionales y científicos, que en estos casos prefieren tener “fe” en la evolución. Tienen que creer en la evolución. Eso, desde el punto de vista ateo, no es racional.
Aquí desmitificamos uno de los tantos mitos evolucionistas. El famoso caso del “Archaeopteryx” y su supuesto estado de transicional entre un reptil y un ave.

De reptiles a aves.

De reptiles a aves, hipótesis más importante sostenida por los evolucionistas del paso de los reptiles del grupo pterodáctilo de los pterosauros (Rhampfiorhyncfius) a las aves por el Archaeopteryx y el Archaeornis, es decir, de los reptiles voladores a aves reptiliformes. No es posible considerar a estos volátiles como auténticos eslabones entre las aves y los reptiles, no son animales intermedios entre estos dos grupos en el verdadero sentido de la palabra, sino auténticas aves, con algu­nos caracteres que las asemejan más a los reptiles. Los reptiles volátiles son verdade­ros y propios reptiles, pero perfectamente aptos para volar; poseen huesos pneumáticos como las aves, membranas extendidas entre las extremidades que hacen veces de alas, como los murciélagos. El Archaeopteryx tie­ne la estructura de una auténtica ave por la articulación tarsometatarso, tibia-tarso; por la forma de la pelvis, del cerco escapular, de la estructura del cráneo, del plumaje... Boule y Piveteau escriben a propósito de esto: el Archaeopteryx es un ave por la estructura general, la forma de su cuerpo y sobre todo, por su plumaje. Y algunas líneas después: verda­deramente -dicen-, cuando se tiene en cuenta el conjunto de la organización, el Archaeopteryx se nos presenta como una verdadera ave[1].
Lo mismo afirma D. Rosa: hay que con­fesar -escribe- que no conocemos verdaderas formas de transición entre dos grupos en el sentido de formas cuya atribución se pueda dudar si se hace al uno o al otro de los dos: el Archaeopteryx es ya una verda­dera ave y el parecido es de los otros ca­sos[2]. Y Kalin a propósito de las aves pri­mitivas, escribe: las aves primitivas no pue­den considerarse en modo alguno eslabo­nes entre reptiles y aves; pero no obstante su antigüedad (por falta de especialización) son aves en el sentido propio de la palabra[3] [4]. El origen del vuelo podría resultar una excelente prueba para optar entre el mode­lo evolucionista o creacionista. Casi toda la estructura en los animales no voladores re­queriría modificación para volar y las for­mas transicionales resultantes serían fácilmen­te detectables en el registro fósil, además, se supone que el vuelo ha evolucionado en cua­tro tiempos, separada e independientemen­te: en insectos, pájaros, mamíferos (el mur­ciélago) y los reptiles (los pterosauros ahora extinguidos). En cada caso se supone que el origen del vuelo ha necesitado varios millo­nes de años y casi innumerables formas de transición habrían estado implicadas en cada caso. Sin embargo ni siquiera en un caso sin­gular se ha producido nada cercano o próxi­mo a una serie transicional.
E. C. Olson, un evolucionista y geólogo, en su libro La evolución de la vida[5], establece que: en el grado en que el vuelo está comprometido, hay algunas grandes brechas en el registro[6]. Respecto de los insectos Olson dice: no hay casi nada para dar ninguna información acerca de la historia del origen del vuelo en los insectos[7]. Respecto de los reptiles voladores, Olson informa que: el verdadero vuelo es registrado por vez primera entre los reptiles por el pterosauro en el período Jurásico. Aun cuando los primeros eran bastante menos especializados para el vuelo que los más tardíos, no hay absolutamente ningún signo de estadios intermedios[8]. Con referencia a los pájaros, Olson se refiere al Archaeopteryx como semejante a reptil, pero dice que en virtud de poseer plumas, éste se mostraba siendo un pájaro[9]. Finalmente con referencia a los mamíferos, Olson establece que: la primera evidencia de vuelo en los mamíferos está en los murciélagos completa­mente desarrollados de la época Eocena.

 Fósil del Archaeopteryx.

“De tal modo ni en un solo caso respec­to del origen del vuelo, puede ser documentada una serie transicional y solamente en un solo caso ha sido aducida una forma inter­media. En el caso último, el así llamado in­termedio, no es en realidad un intermedio en absoluto, porque según reconocen los paleontólogos, el Archaeopteryx era un ver­dadero pájaro que tenía alas, estaba comple­tamente emplumado y volaba, no era un pájaro a medio camino, él era un pájaro. Gregory ha establecido: pero en el Archaeopteryx se ha observado, las plumas no difieren en modo alguno de las plumas conocidas por nosotros[10]. Con referencia al Archaeopteryx, Ichthyornis y Hesperornis, Bedard estableció: muy enfáticamente que todas estas creaturas eran pájaros, que el ac­tual origen de las aves está escasamente insi­nuado en la estructura de estos notables res­tos[11]. Durante los 75 años transcurridos desde la aparición del libro de Beddard, nin­gún candidato mejor como intermedio en­tre los reptiles y los pájaros ha aparecido, ni un simple intermedio con parte de alas o con parte de plumas ha sido descubierto. Quizás esto es porque con el paso del tiem­po el Archaeopteryx a los ojos de algunos evolucionistas, ha devenido más en un ani­mal semejante al reptil. Los aducidos rasgos de aspecto reptil del Archaeopteryx consis­ten en un apéndice con aspecto de garra sobre el borde principal de sus alas, la pose­sión de dientes y vértebras que se extienden a lo largo de la cola. Se cree que ha sido un pobre volador con una pequeña quilla o esternón.
Mientras tales rasgos podrían ser tenidos en cuenta si los pájaros hubieran evolucio­nado desde los reptiles, en ningún sentido de la palabra podrían constituir una prueba de que el Archaeopteryx fuera un intermedio entre reptil y pájaro. Por ejemplo, hay un pájaro viviente en Sudamérica, el hoatzin (Opisthocomus Hoatzin) el cual, en un estadio juvenil, posee dos garras. Sin embargo, es un pobre volador con una quilla asombrosamente pequeña[12], esta ave es cien por ciento un ave, aunque posee dos de las características que se usan para atribuir un antecedente reptil al Archaeopteryx. El hoatzin no es el único pájaro viviente que posee garras, el pichón de touraco (Touraco coryhaix, familia de los Musophagidae) de África, posee garras y es también un pobre volador. Si el hoatzin o el touraco fueran hallados como fósiles en el estrato apropiado, podrían ser aclamados por los evolucionistas como formas transicionales entre reptiles y aves. ¡Pero ellos son aves vivientes hoy día!”[13]. “En tanto que los pájaros modernos no poseen dientes, algunos antiguos pájaros poseyeron dientes, mientras que otros no. ¿La posesión de dientes indica un ancestro reptil para las aves o prueba simplemente que algunos pájaros antiguos tenían dientes, aunque otros no?, algunos reptiles tienen dientes, en cambio otros no, algunos anfibios tienen dientes, mientras que otros no. De hecho, esto es verdad de parte a parte para el grupo completo de los Vertebrados, sub-phylum: peces, anfibios, reptiles, aves y mamíferos inclusive. Siguiendo la analogía, según la cual las aves dentadas son primitivas mientras que las carentes de dientes son más avanzadas, los Monocremata (el pato picudo platypus y el anteater espinoso), los mamíferos que no tienen dientes deberían ser considerados más avanzados que los humanos. Empero, en todos los otros aspectos que ahora se consideran, ellos son los más primitivos de todos los mamíferos. No aparecen dicho sea de paso, hasta el Pleistoceno, lo que en la escala de tiempo de la evolución, los coloca alrededor de 150 millones de años, demasiado tarde para ser antecedente de los mamíferos, entonces: ¿qué significado para la evolución puede ser asignado a la posesión o ausencia de dientes? Respecto del status del Archaeopteryx, Lecomte de Noüy, un evolucionista ha establecido: infortunadamente la mayor parte de los tipos fundamentales en el reino animal están desconectados desde el punto de vista paleontológico... no estamos autorizados a considerar el caso excepcional del Archae­opteryx como un verdadero eslabón. Por eslabón entendemos un estadio necesario de transición entre clases tales como reptiles y aves o entre grupos más pequeños”[14].
W. E. Swinton, un evolucionista y experto en aves establece: “El origen de las aves en gran medida es un asunto de deducción, no hay evidencia fósil de los estadios a través de los cuales el notable cambio desde reptil a ave fuera obtenido[15]. Así más rotunda­mente: el registro fósil no documenta la presunta transición desde reptil a ave, sino que las aves aparecen abruptamente en el registro fósil, exactamente como fuera revelado en los fundamentos de la creación. Las diferencias entre los reptiles no voladores y  los  voladores  son  especialmente dramáticas... El enorme abismo entre el Saltoposuchus, reptil thecodonto y el Archaeopteryx, supuestamente el más viejo pájaro conocido, es notorio. Igualmente obvia es la tremenda brecha entre el Saltoposuchus y los representantes de los dos subórdenes de pterosaurios. Casi toda la estructura en el Rhamphorhynchus, un pterosaurio de larga cola, era única para esta creatura. Especialmente notable (como en todos los pterosaurios) era la enorme longitud del cuarto dedo en contraste con los otros tres que posee este reptil, este cuarto dedo proporciona el soporte completo a la membrana del ala, ésta no era ciertamente una estructura delicada y si los pterosaurios evolucionaron desde los thecodontos o algunos otros reptiles sujetos a la tierra, se habrían encontrado formas transicionales que mostraran una gradual elongación de este cuarto dedo ni siquiera una insinuación de tal forma transicional, sin embargo, ha sido jamás descubierta. Aún más único era el grupo de pterodáctilos de Pterosaurios El Pteranodon no sólo tenía un largo pico sin dientes y una larga cresta ósea extendida pos­terior, sino que su cuarto dedo sostenía una extensión de ala de 25 pies. ¿Dónde están las formas transicionales documentando un origen por evolución de éstas y otras estructuras únicas para los pterosaurios?, ¿cómo podrían estas extrañas creaturas haber evolucionado a través de innumerables formas intermedias sobre millones de años de tiempo, sin dejar un simple eslabón en el registro fósil? La respuesta es: ¡ellos no EVOLUCIONARON, ELLOS FUERON CREADOS!”.

Gish, Duane T., op. cit., p 59-67. Cf., Piveteau, J., L’ Archaeopteryx et l’ Evolution, París, La Nature, 1954, p 441-445; Bertrand Serret, R., op. cit., Apéndice II: El Archeopteryx y los tipos intermedios.

Citado por el Dr. Enrique Díaz Araujo, en “Evolución y evolucionismo”, Ed. Universidad Autónoma de Guadalajara.



[1] Les fossiles, p 499-500.
[2] Evolucionismo, en: Enc. Treccani, v XIV p 670.
[3] Ergebnisse, etc., cit.
[4] Marcozzi, V., Los orígenes, etc., cit, p 40-41.
[5] New York, The American Library. 1965.
[6] P 180.
[7] P 180.
[8] P 181.
[9] P 182.
[10] Gregory , W. K., New York Academy of Science Annals, v 27, 1916, p 31.
[11] Beddard, F. E., The Structure and Classification of Birds, London, Longmans, Green and Co., 1898, p 160.
[12] Grimmer, J.L. National Geographic, set. 1962, p 391.
[13] Sibbley, C. G. y Ahquist, J. E., en: Auk, v 90, 1973, p 1.
[14] Human Destiny, New York, The New American Library, 1947, p. 58.
[15] En: Marshall, A. J., Biology and Comparative Physiology of Birds, New York, Academy Press, 1960, v I, p 1.

lunes, 15 de noviembre de 2010

La conversión de Paul Claudel.



Paul Claudel (1868-1955), gran poeta y dramaturgo francés, nació en 1868. Licenciado en ciencias políticas, se dedicó a la carrera diplomática, representando a Francia en diferentes países del mundo. Durante su juventud, estaba totalmente impregnado del materialismo dominante y solamente creía en la ciencia. Vivió en la oscuridad de la falta de fe, creyendo que el universo era gobernado por leyes perfectamente inflexibles y automáticas. Pero en 1886 tuvo lugar el acontecimiento clave de su vida. Él mismo lo narra, veintisiete años después en su libro Mi conversión:

Así era el desgraciado muchacho que el 25 de diciembre de 1886 fue a Notre Dame (Nuestra Señora) de París para asistir a los oficios de Navidad. Entonces, empezaba a escribir y me parecía que en las ceremonias católicas, consideradas con un diletantismo superior, encontraría un estimulante apropiado y la materia para algunos ejercicios decadentes.
Con esta disposición de ánimo, apretujado y empujado por la muchedumbre, asistía con un placer mediocre a la misa mayor. Después, como no tenía otra cosa que hacer, volví a Vísperas. Los niños del coro, vestidos de blanco… estaban cantando lo que después supe que era el Magnificat. Yo estaba de pie entre la muchedumbre, cerca del segundo pilar a la entrada del coro, a la derecha del lado de la sacristía.
Entonces, se produjo el acontecimiento clave: en un instante, mi corazón fue tocado y creí. Creí, con tal fuerza de adhesión, con tal agitación de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con tal certeza que no dejaba lugar a ninguna clase de duda. De modo que todos los libros, todos los razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida no han podido sacudir mi fe ni, a decir verdad, tocarla. De repente, tuve el sentimiento desgarrador de la inocencia, de la eterna infancia de Dios.
Era una verdadera revelación interior. Fue como un destello: “¡Dios existe y está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal como yo! ¡Me ama!” Las lágrimas y sollozos acudieron a mí y el canto tan tierno del “Adeste”, aumentaba mi emoción.
Dulce emoción en la que, sin embargo, se mezclaba un sentimiento de miedo y casi de horror, ya que mis convicciones filosóficas permanecían intactas… La religión católica seguía pareciéndome el mismo tesoro de absurdas anécdotas. Sus sacerdotes y fieles me inspiraban la misma aversión, que llegaba hasta el odio y hasta el asco. El edificio de mis opiniones y de mis conocimientos permanecía en pie y yo no le encontraba ningún defecto. Lo que había sucedido, simplemente, es que había salido de él. Un ser nuevo, formidable, con terribles exigencias para el joven y el artista que era yo, se había revelado, y me sentía incapaz de ponerme de acuerdo con nada de lo que me rodeaba.
La única comparación que soy capaz de encontrar para expresar ese estado de desorden completo, en que me encontraba, es la de un hombre al que, de un tirón, le hubieran arrancado de golpe la piel para plantarla en otro cuerpo extraño, en medio de un mundo desconocido. Lo que para mis opiniones y para mis gustos era lo más repugnante, resultaba, sin embargo, lo verdadero, aquello a lo que, de buen o mal grado, tenía que acomodarme. Al menos, no sería sin que yo tratara de oponer toda la resistencia posible. Esta resistencia duró cuatro años. Me atrevo a decir que realicé una defensa valiente. Y la lucha fue leal y completa. Nada se omitió. Utilicé todos los medios de resistencia imaginables y tuve que abandonar una tras otra las armas que de nada me servían. Ésta fue la gran crisis de mi existencia, esta agonía del pensamiento sobre la que Arthur Rimbaud escribió: “El combate espiritual es tan brutal como las batallas entre los hombres”.
Los jóvenes que abandonan tan fácilmente la fe no saben lo que cuesta reencontrarla y a precio de qué torturas. El pensamiento del infierno, el pensamiento también de todas las bellezas y de todos los gozos a los que tendría que renunciar, si volvía a la verdad, me retraían de todo. Pero, en fin, la misma noche de ese memorable día de Navidad, después de regresar a mi casa, tomé una Biblia protestante que una amiga alemana había regalado, en cierta ocasión, a mi hermana Camille. Por primera vez, escuché el acento de esa voz tan dulce y, a la vez, tan inflexible de la Sagrada Escritura, que ya nunca ha dejado de resonar en mi corazón. Yo sólo conocía por Renán la historia de Jesús y, fiándome de la palabra de ese impostor, ignoraba, incluso, que se hubiera declarado Hijo de Dios. Cada palabra, cada línea desmentía con una majestuosa simplicidad, las impúdicas afirmaciones del apóstata, y me abrían los ojos…
Sí, era a mí, a Paul, entre todos, a quien se dirigía y prometía su amor. Pero, al mismo tiempo, si yo no le seguía, no me dejaba otra alternativa que la condenación.
Ah, no necesitaba que nadie me explicara qué era el infierno, pues en él había pasado yo mi “temporada”. Esas pocas horas bastaron para enseñarme que el infierno está allí, donde no está Jesucristo. ¿Y qué me importaba el resto del mundo, después de este ser nuevo y prodigioso que acababa de revelárseme?
En una carta que escribió en 1904 a Gabriel Frizeau le dice: Asistía yo a Vísperas en Notre Dame y, escuchando el Magnificat, tuve la revelación de un Dios que me tendía los brazos… Pero el hombre viejo resistía con todas sus fuerzas y no quería entregarse a esta nueva vida que se abría ante él… El sentimiento que más me impedía manifestar mi convicción era el respeto humano. El pensamiento de revelar a todos mi conversión y decírselo a mis padres… Manifestarme como uno de los tan ridiculizados católicos me producía un sudor frío. No conocía un solo sacerdote. No tenía un solo amigo católico… Pero el gran libro que se me abrió y en el que hice mis estudios, fue la Iglesia. ¡Sea eternamente alabada esta gran Madre en cuyo regazo he aprendido todo! Pasaba los domingos y muchos días de entre semana en la iglesia de nuestra Señora… No acababa de saciarme del espectáculo de la santa misa y cada una de las acciones del sacerdote se imprimía en mi espíritu y corazón… ¡Cómo envidiaba a los cristianos que iban a comulgar!
En cambio, yo apenas me atrevía a deslizarme los viernes de Cuaresma entre los que iban a besar la corona de espinas… Al fin, concentrando todo mi valor, me fui a un confesionario de san Medardo, mi parroquia. Hallé un sacerdote misericordioso y fraternal, el Padre Menard y, más tarde, al Padre Villaume, que fue mi director y mi padre amado. Aún ahora no ceso de sentir su protección desde el cielo. Hice mi segunda comunión en el mismo día de Navidad de 1890[1].

R. Padre Ángel Peña, O. A. R. Tomado de su obra “Ateos y Judíos Convertidos a la Fe Católica” Perú, 2005, versión digital de www.libroscatolicos.org.




[1] Ma conversion, en Les Temoins de la revista Renouveau Catholique de Th. Mainage, pp. 63-71.