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viernes, 30 de marzo de 2012

Aborto, familia y otros temas.



“Así como fue posible esconder a Júpiter del Tiempo que todo lo devora, y al Niño Cristo de Herodes, así también el niño que todavía no ha nacido está todavía escondido contra el opresor que todo lo sabe. El ser que todavía no vive, él y sólo él queda; y ya buscan su vida para quitársela”.
“La respuesta a cualquiera que hable del “exceso de población” es preguntarle si él mismo es parte de ese exceso de población, o si no lo es, cómo sabe que no lo es”.

“El sexo es un instinto que produce una institución; y es algo positivo y no negativo, noble y no ruin, creador y no destructor, porque produce esa institución. Esa institución es la familia: un pequeño estado o comunidad que, una vez iniciada, tiene cientos de aspectos que no son de ninguna manera sexuales. Incluye adoración, justicia, festividad, decoración, instrucción, camaradería, descanso. El sexo es la puerta de esa casa; y a los que son románticos e imaginativos naturalmente les gusta mirar a través del marco de una puerta. Pero la casa es mucho más grande que la puerta. La verdad es que hay cierta gente que prefiere quedarse en la puerta y nunca da un paso más allá”.

“Este triángulo de verdades evidentes -de padre, madre y niño- no puede ser destruido; pero puede destruir las civilizaciones que lo desprecian”.

“Que nadie alardee de que abandona a su familia por amor al arte o a la ciencia; la abandona porque huye del desconcertante conocimiento de la humanidad y del arte imposible de la vida”.

“El voto es al hombre como el canto al pájaro, o como el ladrido al perro; es su voz, por la que es reconocido. Así como un hombre que no es fiel a una cita no es digno ni siquiera de luchar en un duelo, de la misma manera el hombre que no es fiel a una cita consigo mismo no es ni siquiera lo suficientemente cuerdo para suicidarse. No es fácil mencionar algo de lo que se pueda decir que depende el enorme aparato de la vida humana. Pero si de algo depende, es de ese frágil lazo arrojado desde las colinas olvidadas del ayer hacia las montañas invisibles del mañana”.

“Si los americanos pueden divorciarse por “incompatibilidad de temperamentos”, no puedo entender por qué no están todos divorciados. He conocido muchos matrimonios felices, pero nunca uno “compatible”. La idea del matrimonio es luchar y sobrevivir el instante en que la incompatibilidad se hace incuestionable. Porque un hombre y una mujer, en cuanto tales, son incompatibles”.

“El verdadero y normal control de la natalidad se llama control de uno mismo”.

G. K. Chesterton, tomado de “El amor o la fuerza del sino”. Selección de textos de Álvaro de Silva.

La inocencia del niño.



“El diablo puede citar la Escritura para sus propios fines; y el texto de la escritura que ahora cita más usualmente es “El reino de los cielos está dentro de vosotros”. Este texto ha sido apoyo y soporte de más fariseos, hipócritas y otros arrogantes del espíritu que todos los dogmas del mundo; ha servido para identificar lo que es la pura satisfacción de uno mismo con la paz que sobrepasa todo entendimiento. Y el texto que debe darse como respuesta es aquel que declara que nadie puede recibir el reino si no lo recibe como un niño pequeño. Lo que hemos de tener dentro es el espíritu del niño; pero el espíritu del niño no está obsesionado con lo que tiene dentro. Y de hecho, la primera señal de poseerlo es que uno se interesa por lo que está afuera. Lo más propio del niño en cuanto niño es su curiosidad y su apetito y su capacidad de maravillarse ante el mundo. Podríamos decir que la gran ventaja de tener el reino dentro es que lo buscamos afuera, en alguna otra parte”.

G. K. Chesterton, tomado de “El amor o la fuerza del sino”. Selección de textos de Álvaro de Silva.

Lo que está mal en el mundo.



“Empiezo con el cabello de una niña. Sé que eso al menos es algo bueno. Sea el mal lo que sea, el orgullo de una madre buena en la belleza de su hija es algo bueno. Es una de esas ternuras adamantinas que son la piedra de toque de toda época y raza. Si hay otras cosas en contra, esas cosas deben desaparecer. Si los arredandores y las leyes y las ciencias están en su contra, los arredandores y leyes y ciencias deben desaparecer. Con el pelo rojo de una rapazuela traviesa de las cloacas prenderé fuego a toda la civilización moderna. Cuando una niña quiere llevar el pelo largo, tiene que tenerlo limpio; como tiene que tenerlo limpio, no tendrá que tener una casa sucia; como no tiene que tener una casa sucia, tendrá que tener una madre libre y llena de tiempo; como tiene que tener una madre libre, no tendrá que tener un arrendatario que es un usurero; como no tendrá que existir un arrendatario que sea un usurero, tendrá que haber una redistribución de la propiedad; como tendrá que haber una redistribución de la propiedad, habrá una revolución. (...) Su madre puede mandarle que se haga un moño con su pelo, porque la suya es una autoridad natural; pero el Dueño del mundo no le mandará que se lo corte. Esa niña es la imagen humana y sagrada; alrededor de ella todo el edificio social se tambaleará y se romperá y se caerá; los pilares de la sociedad serán sacudidos con estrépito, y los tejados de las edades pasadas se vendrán abajo; y ni un sólo cabello de su cabeza será dañado”.

G. K. Chesterton, tomado de “El amor o la fuerza del sino”. Selección de textos de Álvaro de Silva.

miércoles, 21 de marzo de 2012

En el mundo actual no hay más que dos partidos.



No hay que engañarse: en el mundo actual no hay más que dos partidos. El uno, que se puede llamar la Revolución, tiende con fuerza gigantesca a la destrucción de todo el orden antiguo y heredado, para alzar sobre sus ruinas un nuevo mundo paradisíaco y una torre que llegue al cielo; y por cierto que no carece para esa construcción futura de fórmulas, arbitrios y esquemas mágicos; tiene todos los planos, que son de lo más delicioso del mundo. El otro, que se puede llamar la Tradición, tendido a seguir el consejo del Apocalipsis: “Conserva todas las cosas que has recibido, aunque sean cosas humanas y perecederas”. 

R.P. Leonardo Castellani, “Una religión y una moral de repuesto” publicado en Dinámica social nº 85/86 en Noviembre/Diciembre de 1957, reproducido en “Cristo ¿Vuelve o no vuelve?” y “Pluma en Ristre” (edición 2011).

jueves, 15 de marzo de 2012

“Todo esto te daré si postrado me adorares”. Sermón del P. Leonardo Castellani.



La tentación de la humanidad hoy es realizar un reino sin Dios, sin Jesucristo. Es la ciudad del hombre contrapuesta a la ciudad de Dios, excomulgando de su seno todo vestigio de orden cristiano. Reino totalmente contrapuesto a lo fue, en otros tiempos, la cristiandad de la Edad Media, época dónde reinaba el Evangelio, al decir del Papa León XIII. Como siempre, Castellani con su actualidad, a pesar del pasar del tiempo.

Domingo Primero de Cuaresma (II).

De las Tentaciones de Cristo hay mucho que hablar; pero sea­mos breves y notemos tres puntos principales: el Tentador, el Tentado y nosotros.
El espíritu maligno no sabía seguro si Cristo era el Mesías, ni mucho menos si era Dios o no. Parece increíble, con el talento que tiene el dia­blo, y conociendo las profecías mesiánicas mejor que cualquier rabino, que no sacara la conclusión que tantos hombres sacaron. Pero es así, basta leer los Evangelios; además San Pablo dice expresamente que el diablo no hubiera crucificado -por medio de los judíos- a Cristo, si hubiese sabido que era el Hijo de Dios (I Cor II, 8).
Que un Dios se haga hombre es un Misterio Absoluto; es como si dijé­ramos un Absurdo: no cabe en ninguna cabeza creada. Eso no se puede conocer y saber si no es mediante un acto de fe sobrenatural, un acto que es imposible sin la gracia de Dios; la cual el diablo no tiene. La cien­cia no basta para alcanzar la fe; es necesaria también la buena voluntad, de que el diablo carece.
Por eso el fin del Tentador fue, como aparece claramente, no sólo hacer pecar a Cristo sino también sacarse él esa duda; lo cual no consiguió: “Si eres Hijo de Dios, haz que estas piedras se conviertan en pan”. Pero hay que reconocerle al diablo que su atrevimiento es infinito: es un sin­vergüenza, porque no tiene ya nada que perder. ¡Sospechando que Cris­to era una persona divina, haberlo sin embargo agarrado y llevado al Campanario! “¡Qué miedo tendría el maldito -dice Santa Teresa- mien­tras iba volando!”... Pero en realidad no sabemos si fue volando.
El diablo tiene un poder grandísimo -eso muestra este evangelio- y por otra parte es un poder vano, porque se puede vencer “de palabra”, con la palabra Dios.
Gran encomio de la Escritura Sagrada hay en este evangelio: Cristo vence las Tres Tentaciones con el arma de la Escritura. Pero el poder del diablo es tremendo en los que están desarmados. Cuando le dijo a Cris­to: “Todo esto es mío y a quien yo quiera se lo doy”, mostrándole los Reinos de la Tierra -en la política se puede decir que el diablo no tiene rival- Cristo no le respondió: “¡Mentiroso! Todo esto es de Dios, no tu­yo”; no se metió a discutir con él, porque en algún sentido todo eso es, en efecto, del diantre; en el sentido de que hoy día, por nuestros peca­dos, él mangonea todo. Él es el Fuerte Armado, es la Potencia de las Ti­nieblas, es el Príncipe de este Mundo, como lo designó Cristo en otros lugares. Es probable que Satán de nacimiento haya sido el Arcángel que estaba predestinado al manejo y control del mundo material; o por lo menos, de este planeta; y por haber pecado, no perdió ese poder conna­tural para con el pobre “planeta mudo”[1]. Pero todo poder de Dios es.
Eso que llamaban nuestros mayores “vender el alma al diablo” es posible: es la operación que se propuso a Cristo en la Tercera Tentación. Cuando en este mundo a un malvado le va bien incesantemente, se trata un demoníaco; a los inicuos comunes, la moral los castiga a corto plazo. Si Dios no se lo impide, el diablo puede hacer cosas rarísimas con los hombres; y eso yo lo sé por los libros; pero si yo dijera que lo sé sola­mente por los libros, mentiría.
¿Por qué tentó a Cristo con esas cosas raras? Con la Bobobrígida o algunas de las otras animalitas de Dios que nos hacen el honor de diver­tir a la plebe porteña; con la llave del Banco Central; o con las urnas lle­nas de votos en el Congreso, yo lo tiento a cualquiera. Pero ¿con pie­dras, con vuelos sin motor, con promesas fantásticas de imperios uni­versales?...
El diablo sabía que Cristo era un varón religioso -lo había visto pre­pararse para su misión religiosa con el ayuno de Moisés, lo había visto arder como una gran fogata en oración continua-; y lo tentó como a un hombre religioso: en el plano religioso, no en el plano carnal. Una nota del Evangelio traducido por Straubinger dice: “la primera fue una tenta­ción de sensualidad”... Es un error. Las tres fueron tentaciones de sober­bia. El diablo tienta de soberbia, no de sensualidad, a los que hacen Cua­resmas tan rigurosas como Cristo.
El diablo es la mona de Dios, puesto que querer ser como Dios fue su caída y es su constante manía. El diablo tienta prometiendo o dando las cosas de Dios: lo mismo que Dios nos ha de dar si tenemos espero y fidelidad: Cristo podía procurarse pan con esperar un poco –“y los án­geles se lo sirvieron”- sin necesidad de un milagro. El diablo nos empuja, nos precipita, es la espuela del mundo: nos invita a anticipar, a desflorar, a llegar antes. A los primeros hombres les dijo: “Seréis como dioses” que es efectivamente lo que Dios se propuso hacer y hace, por medio de la adopción divina (la gracia elevante) y la visión beatífica, con el hom­bre. “Entonces seremos como Él, porque le veremos como Él es”, dice San Juan. Eva pecó porque codició una anticipación de la visión divina. No podemos ser tentados sino de acuerdo a nuestro natural.
Así pues a Jesús lo tentó de acuerdo a su natural con lo mismo que Él había de lograr un día: Cristo había de convertir las piedras de la gen­tilidad en el pan de su Cuerpo Místico, conforme a aquello: “Creéis vo­sotros que de estas piedras no puedo yo sacar hijos de Abraham?” Cris­to había de volar visiblemente a los cielos delante de sus apóstoles y unos quinientos discípulos. Finalmente, Cristo algún día ha de ser Rey Universal del mundo entero, como lo es desde ya en derecho y esperanza.
El diablo está hoy día tentando a la Humanidad con un Reino Uni­versal obtenido sin Cristo con las solas fuerzas del hombre. Todo ese gran movimiento del mundo de hoy (la ONU, la UNESCO, la Unión de las Iglesias Protestantes, los Grandes Imperialismos, las promesas de “mil años de paz” por parte de los Conductores) representa esa aspiración irrestrañable de la Humanidad al Milenio, a su unidad natural y pacífica, a su integración como Género Humano.
Es inútil oponerse a esa aspiración actualísima -se equivocan los ul­tra-nacionalistas- porque es un anhelo que está en las entrañas de la evo­lución histórica del mundo, como que es una promesa divina. Pero el diablo quiere llegar antes. Los cristianos sabemos que esto vendrá, pero que sólo puede venir con y por Cristo; y que esta manera como se está haciendo ahora, no podemos aceptarla, porque es la vasta preparación del Anticristo. “Si esto es servir a la patria, a mí no me gusta el cómo”. De manera que aparecemos como impotentes por un lado; como atra­sados y reaccionarios por otro. Paciencia.
La Iglesia hoy día aparece en plena crisis; no puede conseguir la paz de los pueblos, la necesidad más urgente del mundo, está confusionada dentro de sí misma; no hace más que tomar medidas y actitudes aparente­mente negativas: Syllabus, Juramento antimodernístico, prohibo esto, prohibo lo otro. No está a la cabeza de la “civilización” como en otros tiempos, no hace más que tirar hacia atrás: es que la “civilización” ha en­trado por un mal camino; por el de la Torre de Babel. Camino satánico.
“Todo esto es mío y lo doy a quien yo quiero; todo esto te daré si ca­yendo a mis pies me adorares”.
Un hombre algún día aceptará este trato. No sé qué día. Un amigo mío que se las echa de profeta dice que ese hombre nacerá en 1963 y será Emperador en 1996. Yo creo que ni él ni yo lo sabemos. Yo al menos no lo sé.
No es necesario saber mucho griego ni latín para predecir que la Igle­sia será tentada, si Cristo fue tentado; y lo será con las mismas tentaciones de Cristo.
Podríamos decir quizá que en la Edad Media fue la primera, en el Re­nacimiento la segunda y ahora la tercera tentación. Así para entendernos; aunque las tres funcionan juntas, mirándolo bien.
La primera tentación es ésta: por medio de lo religioso procurarse cosas materiales -como si dijéramos cambiar milagros por pan- la cual puede llegar a un extremo que se llama simonía, o venta de lo sagrado. Pero los curas también tienen que comer y la Iglesia necesita bienes. Yo no niego que la Iglesia necesita bienes, lo que yo sé es que hay una rayita finita, pasada la cual los “bienes” se convierten en males. De modo que el efecto más bien viene a ser tomar el pan y convertirlo en piedra; mila­gro al revés; como por ejemplo hacer grandes templos de piedra donde falta el pan de la palabra divina, “de la cual, como del pan, vive el hombre”, contestó Cristo a Satán.
La segunda tentación es por medio de la religión procurarse prestigio, poder, pomposidades y “la gloria que dan los hombres”. Y también es verdad que la Iglesia necesita buen nombre, porque una de las notas dis­tintivas de la verdadera religión es que sea santa. Y así uno de los prin­cipales argumentos de San Agustín contra los herejes y paganos eran las plano; y la corrupción de lo mejor, es la peor. Hablando de Savonarola, el cardenal Newman dijo: “La Iglesia no puede ser reformada por la de­sobediencia...”, y su interlocutor le contestó: “Mucho menos por la crueldad, mi caro Cardenal”. El Asceta puede ser tentado de dureza de corazón, de inhumanidad, de crueldad. “Mi hija se ha vuelto cruel como el avestruz”, dice Dios por el Profeta.
Ésta es la última tentación, de la cual Dios me libre y guarde; y sobre todo, que Dios libre y guarde a los otros. Como dijo el jachalero Ramón Ibarra cuando se peleó a cuchillo con Dionisio Mendoza y lo querían sujetar: “¡Asujetelón! ¡Asujetelón! ¡Asujetelón al otro! ¡Que yo, mal que bien, me asujeto solo!”.

R.P. Leonardo Castellani, tomado de su obra “El Evangelio de Jesucristo”.


[1] Alude a la novela teológica de C. S. Lewis, Out of the silentplanet.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Contra serviles y rebeldes.


“Los límites de la obediencia son la caridad y la prudencia. No se puede obedecer contra la caridad: en donde se ve pecado, aun el más mínimo, hay que detenerse, porque “el que despreciare uno de los preceptos estos mínimos, mínimo será llamado en el Reino de los Cielos”. Y no se puede obedecer una cosa absurda; porque “si un ciego guía a otro ciego, los dos se van al hoyo”.

Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Esto dijeron los Apóstoles ante el Sinedrio, que los conminaba a cesar su predicación. Pedro, Santiago y Juan resistieron a las autoridades religiosas con esta palabra. ¿Adónde iríamos a parar? Conozco un cristiano que escribió esta palabra a una autoridad religiosa, y recibió esta respuesta: “¡Eso lo han dicho todos los herejes!”. ¿Qué me importa a mí? Eso prueba que está en la Sagrada Escritura; y que los herejes lo hayan malusado, no lo borra de la Escritura. En uno de esos “volantes anónimos” que hay ahora*, se lee: “El Evangelio enseña que la primera virtud del cristiano es obedecer a la jerarquía”. Pueden leer todo el Evangelio y no encontrarán esa “enseñanza” de este teólogo improvisado. Al contrario, Jesucristo anda todo el tiempo aparentemente levantado contra las autoridades eclesiásticas, quiero decir, religiosas. Aparentemente, he dicho.

Un ironista inglés ha dicho con gracia: “los que conocen el punto exacto en el cual hay que desobedecer, ésos son pocos y les va mal; pero son grandes bienhechores de la humanidad”**. El punto exacto es cuando los mandatos de hombres interfieren con los mandatos divinos, cuando la autoridad humana se desconecta de la autoridad de Dios, de la cual dimana. En ese caso hay que “acatar y no obedecer”, como dice Alfonso el Sabio en Las Partidas: es decir, reconocer la autoridad, hacerle una gran reverencia; pero no hacer lo que está mal mandado; lo cual sería incluso hacerle un menguado favor. Si esto que digo no fuese verdad, no habría habido mártires. (…)

Jesucristo dijo que había que pagar el tributo al César –de hecho, El lo pagó una vez de un modo curioso- y obedecerle en lo que era autoridad: de hecho, los judíos, al no tener moneda propia, reconocían no tener soberanía. Octavio Augusto César era un individuo hipócrita, soberbio, y lujurioso, que por increíble buena suerte habíase apoderado del Imperio fundado por el héroe su tío; al cual los judíos llamaban “tirano”: Jesucristo no se dio por entendido. Después de él, sus discípulos Pedro y Pablo mandaron la obediencia a los príncipes seculares legítimos, incluso si no son cristianos, “incluso si son díscolos”, dijo San Pablo; y dio la razón: “porque toda autoridad viene de Dios”. San Pablo añade luego otra razón que indica los límites de esa obediencia; y por qué ella se puede extender a veces incluso a los “tiranos”: “porque ya véis que él tiene la Espada”. La doctrina católica acerca de la tiranía –que es el peor mal que puede caer sobre una nación- estatuye que es lícito y aun obligatorio –para el que puede- levantarse contra ella y deponerla; pero con tres condiciones, la primera de las cuales es que ello sea factible, que no sea un amago temerario e insensato, el cual sólo sirve para traer males mayores; como fue por ejemplo la famosa Conspiración de la Pólvora, contra Jacobo I de Inglaterra.

Acerca del Imperio Romano, Jesucristo guardó una singular prescindencia: no dijo una sola palabra de tacha, ni una sola palabra de entusiasmo. Yerra el Dante Alighieri en su libro De Monarchia al aducir que Cristo aprobó el Imperio Romano, porque quiso nacer en él, empadronarse en Belén, y ser por tanto súbdito del César. Cristo aceptó o soportó el Imperio, como se acepta el clima, el paisaje o la geología de una comarca: como una cosa inevitable. Esa mezcla de bienes y males que era la creación política de Julio César –que había de degenerar después bajo un Nerón o un Calígula en monstruosa tiranía-, no le arrancó ningún entusiasmo “patriótico”. Las prescindencia de Cristo no es negativa sino positiva y voluntariosa: no es mera apatía, falta de visión o indiferencia hacia la moral política, de “un joven campesino galileo incapaz de ver más allá de su rincón, más allá de los pequeños problemas de la moral individual”, como blasfemó Renan. No. Cristo estaba en medio de los torbellinos políticos de su nación y su época, había leído los Profetas; y no era indiferente, muy al contrario, al sino desastroso de Jerusalén, el cual predijo y lloró.

Cristo prescindió inconmovible de la política, porque tenía que prescindir: no había nada que hacer en política para los palestinos. La idea de los Zelotes de alzar mano armada contra el enorme Imperio era netamente insana: de hecho los llevó al desastre. Más tarde será otra cosa: en la formación de los grandes reinos cristianos de Europa entraron y tomaron parte hombres religiosos, discípulos fieles de Cristo. Era ya otra cosa. El “entrar en política” puede ser un deber religioso en algunos casos para un cristiano, que tenga vocación política. En ese caso, no se da al César lo que es de Dios; sino simplemente a Dios, a través de la Patria. “Ningún hombre religioso se entromete en negocios seculares”, dijo San Pablo. Pero en el caso de Hildebrando, o el cardenal Cisneros, o si me apuran, monseñor Seipel el austríaco, ésos ya no eran negocios seculares. Para ellos, ésos eran asuntos religiosos. Lo mismo el apoyo activo prestado por muchos nobles sacerdotes argentinos al alzamiento del general Lonardi.

Todo esto es claro en teoría, pero es enredado y espinoso en la práctica; y más hoy día. Las naciones occidentales, perdida la religiosidad, se van convirtiendo de más en más en las Fieras de la Escritura. El Estado moderno se vuelve de más en más tirano. El Estado es una consecuencia del pecado original, no es una creación directa de Dios, es la “creación más grande de la razón práctica” del hombre, enseña Santo Tomás. En el Paraíso terrenal, si Adán no hubiera caído, hubiese habido gobierno, por cierto; pero no gobierno estatal, sino familiar y paterno. Eso no se puede obtener ya con perfección. Entre los extremos del gobierno tiránico y el gobierno paterno, oscilan todos los regímenes políticos humanos, después del Pecado. (…)

Los hombres hoy día prefieren tener encima a tiranuelos irresponsables, agitados y pasajeros, que los opriman en nombre de “la libertad”. Las condiciones han cambiado, los hombres ya no pueden fiarse tanto unos de otros como para poner a la cabeza del bien público a una familia permanente e inamovible, con poderes absolutos. Por tanto se ha vuelto más fácil el advenimiento de la Fiera, que es el otro extremo del eje político, el polo opuesto al Padre. Los grandes imperios paganos que precedieron a Cristo: Asiria, Persia, Grecia Macedónica y Roma, fueron pintados por el profeta Daniel en figura de cuatro fieras; y con mucha razón.

En la actual economía del mundo, el rechazo de Cristo lleva necesariamente al otro extremo de la ordenación política; es decir, al Estado pagano duro e implacable. De la cuarta fiera, el Imperio Romano, que Daniel describe como una mezcla de las otras tres y la más poderosa y temible de todas, profetizó el Vidente que surgirá después de muchos siglos y diversos avatares, la Bestia del Mar o sea el Anticristo: un poder pequeño que se hará grande, un poder muerto que resucitará, un poder inicuo que a causa de la apostasía del mundo llegará a enseñorearse de todo el mundo; afortunadamente, por muy poco tiempo.

Entretanto tenemos que ir viviendo y tendiendo al gobierno paternal en lo político y a la obediencia noble y caballeresca; aunque sean ideales hoy día casi inasequibles, por lo menos en este pobre país sin esqueleto; quiero decir, sin “estructuración política”; sin “Instituciones”.

El doctor Carlos Ibarguren conoció cuando muchacho en Salta a un viejo guerrero de la Independencia, al cual ha retratado en La Historia que he vivido. Era un catamarqueño que ingresó casi adolescente todavía en los ejércitos de Mayo, hizo todas las campañas de Chile y del Perú, y murió centenario. Cuando regresó al país después de Ayacucho, cosido a cicatrices, pidió ver al “tirano” Rosas para pedirle su retiro y un pasaporte para Montevideo.

“-¿Por qué se va de la nación?- le preguntó Rosas.

“-Porque francamente no me gusta la manera de su gobierno; y además, yo no sabría usar mi sable contra el general Lavalle, que me lo regaló.

“-Entonces debe irse con Lavalle y usarlo contra mí -le dijo el gobernador de Buenos Aires, ceñudo.

“-Yo no sabría usar mi sable contra Su Excelencia, porque creo que es la autoridad legítima.

“-Vuelva mañana por su pase.

“Volvió con bastante aprensión y halló que Rosas le dio su pase y 500 pesos fuertes, se cuadró ante él, lo abrazó y le dijo:

“-No forzaré la voluntad de un soldado de la Independencia”.

El sargento retirado volvió pronto de Montevideo, nadie le exigió su reintegro al ejército; y subió a Salta, donde se dedicó a fabricar botas y aperos de montar, en lo que era habilidoso. Esta es obediencia cristiana y caballeresca, señoril. Esto es virtud; y el servilismo por un lado y la rebelión por el otro, son vicios”.


*Nota Reduco: Hoy habría que hablar no de “volantes anónimos” sino de “blogs anónimos” que cunden por Internet irresponsablemente. Anónimos o seudónimos de quienes se erigen a sí mismos en “maestros” y “teólogos de café” (o de la Red), difundiendo herejías, desobediencias, ofensas, chismes, o citando indiscriminadamente y razonando mal citas tras citas para confundir más a los confundidos católicos de estos días.

**Nota Reduco: Es nuestro parecer que uno de esos grandes bienhechores ha sido otro gran “desobediente” –además del Padre Castellani-: Monseñor Marcel Lefebvre.

R. P. Leonardo Castellani, “Domingo vigesimosegundo después de Pentecostés”, fragmentos, en “El Evangelio de Jesucristo”, Ediciones Dictio, 1977.

sábado, 24 de septiembre de 2011

De la Iglesia perseguida.



No soy de ver televisión pero, en ciertas ocasiones, me toca hacerlo. Hace unos días, en un programa periodístico argentino, se debatía tristemente el tema del aborto. Había un panel de tres mujeres, las cuales, sostenían tres posturas diferentes: una era la tibia, perteneciente a un partido político, que intentaba ser lo más “políticamente correcta” y que defendía la postura abortista en casos excepcionales, como en el caso de una violación a una deficiente mental. La otra panelista, era aquella radicalmente abortista que va por toda la legalización del aborto en cualquier circunstancia; y la tercera, era quién decía que cualquier tipo de aborto, se practicase como se practicase, estaba mal ¿A qué voy con todo esto, si el artículo que pretendo presentar trata de la persecución a la Iglesia? Bien, en un momento, uno de los periodistas encargados de preguntar a las diferentes posturas, atacó a la tercera panelista, la que defendía la vida desde la concepción, situando sus preguntas en torno a su postura como católica, vociferando que porqué ella se atrevía a atacar el aborto si la Iglesia tapaba abusos sexuales y muchos otros crimenes supuestamente peores. La católica supo responder que el debate era sobre el aborto y no sobre aquellas otras cosas, también condenables, que el periodista insidiosamente sacaba como tema para defender su postura.  Un crimen debe ser justificado con otro crimen… ése parecía el argumento esencialmente justificativo para intentar una defensa a la postura abortista, “si Uds. son malos, ¿porqué no podemos serlo nosotros?” Y ese es el nivel al que realmente se quiere desembocar con la ideología de turno y de moda: a la condena de lo verdaderamente molesto para el espíritu mundano, a la Iglesia católica.
Por otro lado, nos encontramos con la persecución ya no sólo en el plano moral y de orden natural, sino que también en el plano de aquello que pueda tener olor a “tradición católica”, resulte sistemáticamente perseguido por el progresista. Cualquier declaración Papal que recuerde algo de la doctrina tradicional de la Iglesia, o cualquier grupo católico que conserve la fe en su integridad, es defenestrado sistemáticamente y etiquetado con algún mote que no sea abiertamente anticatólico pero que en el fondo ataque aquello tan odiado; como por ejemplo el de “retrógrados”, “medievales”, “conservadores”, o el tan usado “ultra” delante del adjetivo para darle un tono de fanatismo y gravedad al asunto. Y ni hablar de los otros medios más abiertamente de izquierda, que se remiten al comodín de “fachista” o “nazi”.
La triste realidad es que muchos católicos se encuentran en la vereda de la persecución a quiénes deberían ser sus hermanos, entrando (algunos por ignorancia, otros por intentar congeniar con las ideas modernas y descristianizadas) en la misma persecución mediática hacia la Iglesia católica y a su Tradición bimilenaria, excomulgando, echando, expulsando o simplemente increpándolos de “fascistas”, pensando que con esa forma de actuar, hacen un bien a la Iglesia. De eso habla Leonardo Castellani en su siguiente sermón.


Domingo de la infra-octava de la Ascensión
Jn 15, 26-27; 16, 1-4.

EL evangelio de este Domingo (Jn XV, 26) da otra vez un salto atrás, al fin del capítulo XVI; pero está todavía dentro del lar­go Sermón Despedida de Cristo. Es un evangelio actual, porque trata de la “persecución”, y la Iglesia ha estado siempre perseguida de una manera u otra, conforme a la predicción de Cristo: “Si a mí me persi­guieron, a vosotros os perseguirán; no es el discípulo mayor que el maes­tro”. Y quizás está hoy más perseguida que nunca en todo el mundo, aunque no lo parezca.
En estos cinco versículos, Cristo encomienda a los Apóstoles la mi­sión de Testigos, y les promete el Espíritu Santo, que será el primer Tes­tigo, el testigo interior que nos hace sentir la verdad de lo que Él dijo; y después les predice las dos formas más terríficas de persecución “para que no os escandalicéis”, para que no tropecéis cuando ellas acaezcan.
Las dos formas más terríficas de la persecución son la de adentro y la de afuera; primero la de adentro: “seréis excomulgados”, como si dijéra­mos... (“exsynagogis facient vos-apossynagogéesete”) seréis echados de la si­nagoga o reunión de los creyentes, que equivale a nuestra “excomunión”. Y después la de afuera, “os matarán”, y en los últimos tiempos, “os ma­tarán y creerán con eso hacer un servicio a Dios”; es decir, os matarán como a criminales, como a perros rabiosos. Los mártires de los últimos tiempos, dice San Agustín, ni siquiera parecerán ser mártires. Actualmen­te en Rusia, cuando matan a un cristiano, no lo matan por cristiano, si­no por haber hecho no sé cuántas traiciones y felonías contra la patria; y se las hacen confesar primero por medio del pentotalt, o lo que sea. Lo mismo pasó en Inglaterra en tiempo de Isabel la (Sucia) Virgen, como la llaman ahora algunos historiadores: mataban a los que decían misa o es­cuchaban misa, como a Campion, Norfolk o Southwell, pero no “por decir misa” sino porque “ayudaban a los españoles contra Inglaterra”: por “traidores a la Reina”.
Lo que Cristo predijo se cumplió; todos los Apóstoles murieron már­tires -y primero los echaron de la sinagoga después de azotarlos- excep­to San Juan Evangelista, que murió en su cama a los 100 años de edad, pero fue mártir: porque lo echaron a una caldera hirviendo de hacer tor­tas fritas en tiempo de Domiciano César, de donde salió milagrosamente ileso, porque Dios quería que escribiera el Apokalypsis y el Cuarto Evan­gelio; éste que estamos comentando. Y después el Emperador lo condenó a las minas en la isla de Patmos; y las minas de los romanos eran un su­plicio peor que la muerte; como lo ha mostrado Ramsay en su erudito libro, The Letters to the Seven Churches. Allí compuso el Apokalypsis; y se salvó de la-muerte prematura, la idiotez o la demencia por pura casuali­dad; porque habiendo sido trucidado por el ejército bajo el mando de Nerva el feroz Domiciano, el Senado decretó la nulidad de todos los decretos que había dado “el tirano depuesto”; y Juan fue soltado de las minas por pura y simple burocracia; o Providencia.
El primero de los Apóstoles martirizados fue el primo carnal de Jesu­cristo, Santiago el Menor, de quien se dice que fue nieto de Santa Ana, el Apóstol calladito que no habla en todo el Evangelio, pero que habla en el primer Concilio de Jerusalén con una autoridad casi tan grande co­mo la de Pedro; y que calma y mete en razón al tempestuoso Pablo, “que vio a Cristo en el viento”, como dice Rubén romántico. Fue arzo­bispo de Jerusalén y tuvo que vérselas con los judíos. Duró poco: lo echa­ron no solamente de la Sinagoga sino también del Templo, haciéndolo rodar por la alta escalinata; y cuando estaba todo roto al pie, le hicieron saltar los sesos con el palo de un batanero: con un batán o garrote. Y así los demás fueron dando su Testimonio en diversas formas amenas: San Pedro crucificado cabeza abajo sobre la propia colina vaticana; por lo cual dicen que en el Vaticano siempre ha de haber gentes patas arriba.
“Todo esto os he dicho ahora, para que, cuando llegue la hora, os acor­déis que yo lo predije. Todo esto os harán, porque no conocieron al Pa­dre ni a Mí. Ahora hay que decirlo, porque ahora me voy. ¿Qué? ¿Aho­ra os ponéis tristes? ¿Y ninguno me pregunta adónde voy?”, concluyó el Señor; y así concluimos también nosotros. ¡Mucho ojo y mucho ánimo!
Así que es deber del cristiano tener ojo a la persecución. Ese fenómeno histórico de la persecución es una cosa digna de que un filósofo ponga sus ojos en ello y lo considere. ¿Por qué tengo yo que estar aquí en con­diciones desventajosas, extranjero en mi patria, a malas penas ganándome la vida con gran esfuerzo en medio de los parásitos opulentos, como un “ciudadano de segunda zona”?
-¡Porque eres cristiano!
-¿Es un crimen ser cristiano?
-Para el mundo ser cristiano es una agresión y una molestia. De al­guna manera u otra, el verdadero cristiano es resistido por el mundo. “Todo aquel que quiera vivir píamente en Cristo Jesús será perseguido” (II Tim III, 12).
¿Y la Iglesia Católica por ventura no ha perseguido a su vez cuando se sintió poderosa? No, rotundamente. Jamás. ¡Qué tanto! Basta.
Estamos hartos de leer en libros herejes que corren ahora a docenas entre nosotros, por culpa de los editores logreros -y de otros también, digamos la verdad, que no son editores-, estamos hasta aquí, hasta el gaznate... de la Noche de San Bartolomé, las Dragonadas, la Matanza de los Albigenses, María Tudor, Galileo; y la Inquisición Española... Son cosas fieras, desde luego; pero ni han sido persecución, ni causadas por la Iglesia en cuanto Iglesia; aunque se hayan ensuciado en ellas algunos “hombres de Iglesia”. ¿Qué han sido, pues? Han sido abusos políticos, hechos por hombres políticos, y obstaculizados y aun reprobados por los hombres religiosos; y los hombres religiosos eminentemente cons­tituyen la Iglesia, nuestra Iglesia, que nosotros conocemos por dentro y no por fuera solamente. Todas esas grandes resbaladas son simplemente casos de mundanismo dentro de la Iglesia; contra los cuales la Iglesia reac­cionó de inmediato, de una manera u otra. “Reaccionó tarde”, dicen. Reac­cionó tarde una vez de cada diez veces.
La tan traída y llevada Inquisición Española no fue al fin y al cabo -véa­se los equilibrados libros de William Th. Walsh, discípulo de Belloc, y el libro de Hoffman Nickerson- sino una defensa contra una invasión extranjera, un caso de defensa propia y de instinto de conservación co­lectivo. ¿Invasión de quién? Pues del protestantismo alemán del pavote de Lutero, que no tenía nada que hacer en España. Cuélguenle todos los abusos y errores que quieran, jamás impedirán que en el fondo haya te­nido razón. Tuvo una clara y simple -elemental- razón de ser política: pero la política siempre es un poco sucia; o mucho. Y de todos los abu­sos que he leído de ella -escritos comúnmente por autores apasionados e irresponsables, Llorente, Medina- del único que estoy seguro es del pro­ceso del arzobispo de Toledo, Bartolomé Carranza, que leí en Menéndez Pelayo; proceso que se prolongó abusivamente ¡veinte años! al fin de los cuales el testarudo aragonés fue absuelto y puesto en libertad... poco an­tes de morir. Contra el juicio de Menéndez Pelayo, nadie me quita a mí que eso fue una barbaridad de Felipe II y una debilidad del Vaticano; pe ro al lado de las barbaridades protestantes que en ese mismo tiempo ha­cían Isabel en Inglaterra, Calvino en Ginebra y Gustavo Adolfo en Germania, la barbaridad del pobre “Demonio del Mediodía” desaparece como una astilla en un horno ardiente. No digo que se pueda aprobar; digo que hay que mirarla en su propia perspectiva. Para mí, mirada des­de el ángulo religioso, es una abominación; pero mirada desde el ángulo político, parece que es comprensible, si aprobable no. Conozcamos las cosas desde todos los ángulos, si es posible: eso es filosofía.
Filosóficamente se puede justificar la Inquisición Española; y eso tanto más fácilmente cuanto más arriba se tome; pues de hecho fue una insti­tución que decayó rápidamente. Pero yo debo ser nieto de garibaldino, porque debo confesar que sentimentalmente me crispo todo solamente de pensar en la fuerza aplicada a la defensa de la religión. Toda el alma se me levanta ante el proceso de Carranza, la retractación de Galileo, la ominosa condena de Giordano Bruno o la imbécil retractación y silencio impuesto al cardenal Petrucci, que fue un napolitano genial en psicología y moral, precursor iluminado de Charcot, Babinsky y Paul Janet en el conocimiento de las neurosis. Lo hicieron retractarse de lo que él veía claramente y retirarse a Nápoles, porque tenían miedo que llegara a Pa­pa: por política[1]. Y yo sé que todos estos errores chillones fueron obra de hombres políticos, y no de religiosos. El hombre religioso que había allí, en el tribunal de Petrucci, fue el teólogo vizcaíno Padre Pérez que disintió en casi todas las censuras.
¿Qué me importa a mí, que soy hombre religioso -o al menos deseo serlo- de las barbaridades que hayan hecho los hombres políticos, aunque sean católicos, si es que fue católico el cardenal Cybo? Ni Cristo ni yo tenemos la culpa. Yo no soy responsable de lo que hayan perpetrado Ale­jandro VI, Felipe II o María Tudor; que ciertamente no hicieron, por otra parte, todo lo que les achacan sus enemigos. Si María Tudor fuese realmente la “María Sangrienta” (“Bloody Mary”) que pintan Hume y Green, peor para ella, ella habrá dado rigurosa cuenta a Cristo, simple­mente desobedeció a Cristo: no me vengan aquí con cuentos de yonis. ¿El Papa Julio II tuvo un hijo natural? Peor para él. ¿El Papa Juan XII fue el Papa más malo y ruin de toda la Historia? Pues al lado del Rey más ruin de toda la Historia, que no fue católico y persiguió a los cató­licos, Juan XII es un angelito...
Estas cosas hay que mirarlas intelectualmente, y no sólo sentimental­mente; y eso es filosofía y sentido común. Ya sabemos de lo que son capaces los hombres, lleven jubón o lleven sotana; y los curas en jubón, hombres son. Son capaces de corromperlo todo, incluso la religión. La religión es una cosa seria; y el que peca en religión, peca seriamente.
La Iglesia es santa, no porque no haya en ella posibilidades y aún fo­cos de corrupción -como hay en un organismo sano focos de enferme­dad- sino porque conserva un sistema nervioso que la hace estremecerse delante de la corrupción. Y ese sistema nervioso son los hombres reli­giosos que en la Iglesia existen como en su centro, como contrapeso de los otros: los Mártyres, los Testigos de Cristo. Once Apóstoles mártires contrapesan a Judas Traidor. Petrucci contrapesa a Cybo.
Yo no soy responsable de lo que hayan hecho Juan XII o Alejandro VI; porque si hubiese vivido cuando ellos, con la gracia de Dios me hu­biese opuesto a lo que hacían con todos los medios a mi alcance; como me opongo ahora, dando testimonio con mis pobres medios, a lo que hacen de malo los malos clérigos, malédicos y calumniadores; los cuales no me tienen mucha simpatía, a juzgar por las cartas anónimas -o no anónimas- que recibo de vez en cuando; y que son un horror. Porque, efectivamente, un cura que no tiene fe es horroroso: no es el único ho­rror que hay en el mundo; pero es uno de los peores. “A mí me persi­guen, pero no puedo ser mártir -dijo San Basilio de Cesarea, llamado el Grande- porque los que me persiguen llevan mi mismo nombre”. Pero a Santa Inés y a Santa Bárbara, que eran tiernas niñas, las persiguieron hasta la muerte sus propios padres. La persecución que Cristo predijo a los suyos viene de cualquier parte: a veces de donde menos se piensa.
La fe en el Crucificado no invita a perseguir a nadie; invita a soportar la persecución. La fe en el Crucificado existe en este mundo mezclada a la cizaña del mundo; y así existirá hasta el Fin del Mundo.

Leonardo Castellani, “El Evangelio de Jesucristo”, Editorial Vórtice, Buenos Aires, 1997, págs. 184-188.


[1] Opinión personal del autor después de haber leído el proceso de Pier Mateo Petrucci ocurrido en 1688. Creo que las 54 proposiciones retractadas pueden entenderse ortodoxamente, pese a la ambigüedad de algunas, como opinó uno de los calificadores.


miércoles, 14 de septiembre de 2011

Poesía de Castellani.


Tuvimos la fortuna de encontrar recientemente una valiosísima y antigua nota sobre la poesía del Padre Castellani, la cual nos complacemos en reproducir debajo porque Castellani merece que se le haga justicia, y porque además el aporte de Soler Cañas apunta y dispara contra la ceguera y la mezquindad (cuando no el silencio) de los “críticos” de su época, que no faltan el día de hoy, a veces transfigurados en “biógrafos”.
En el “mamotreto” (así lo califica su mismo autor) que dio a conocer hace unos años Sebastián Randle titulado “Castellani – 1899-1949”, su autor (que en algún momento llega a meter en la misma bolsa que Tolkien, Platón, Dante, Cervantes, Shakespeare y Chesterton a... Alejandro Dolina, sic) dictamina que los versos de Castellani son “horripilantes” (pág. 544). Es llamativo que alguien que escribe tan mal, que despliega tantas torpezas, fealdades, ripios, inutilidades y contradicciones a lo largo de más de 800 páginas, diga de su biografiado, de otra forma, lo mismo que decían los “críticos” cincuenta años atrás. Y con la misma ligereza.
Si ya por entonces Luis Soler Cañas ponía las cosas en su lugar, nosotros nos sumamos para agregar algo que a esta altura es de Perogrullo, aunque el semi-biógrafo de Castellani no lo vea: Castellani como escritor tenía un talento descomunal, mayor al del resto de los escritores argentinos que por entonces gozaban del prestigio y reconocimiento oficial. Por momentos esta riqueza de estilo puede atisbarse en sus “Camperas”, trabajo de sus comienzos. Pero hete aquí el meollo del asunto: Castellani, teniendo un inmenso talento, gran capacidad de intelección literaria, profundidad de pensamiento, notable imaginación, comprensión psicológica, conocimientos lingüísticos, acerbo cultural y sustento teológico y filosófico sobresalientes, además de una vida esforzada y viril, Castellani, decimos, no quiso nunca ser un literato, un escritor o poeta profesional. Eludió de continuo esta tentación porque lo suyo era ser un sacerdote, y como tal, un profeta. Usó su arte poética y literaria para iluminar, no para deslumbrar. Sirvió a la Verdad con una Belleza libre de afectaciones o perfecciones de laboratorio de esteta. No quiso ser, v.g., un Borges ni un Lugones: prefirió “entender a Martín Fierro” con su obra y con su vida. Fue un “género único” (como dijo alguien), aunque muchos después se empeñaron en imitar hasta sus nimiedades. Dicho todo lo cual no por ello –aunque no somos críticos, desde ya- caeremos en el encomio desmesurado para oponernos a la “acrimonia” de muchos. Como decía el mismo Castellani: “Malo sería renegar de lo nuestro y aun carecer hacia ello de la humana ternura fraterna; pero mucho peor es cortarnos de la ecumenidad del pensamiento con una especie de anteojeras de barbarie egocéntrica; que nos llevaría a falsedades manifiestas y grotescas” (con Fermín Chávez, prefacio a “La cien mejores poesías (líricas) argentinas”). Y así, si se puede decir que era como él se auto-definió, un “poeta menor”, su poesía nos da mayor sustento y nos entrega mucho más que las perfecciones formales de muchos “poetas mayores”, así como a veces un pintor menor, como Van Gogh, vale más para nosotros que un pintor mayor como Rafael di Sanzio.
Los versos de Castellani que recoge Soler Cañas en su nota van aplicados también a la incomprensión (de esta y muchas otras cosas) de su semi-biógrafo. Soler Cañas fue capaz de ver mejor –y lo dice en apenas dos páginas sustanciosas- el talento y el alma del Padre Castellani, a través de su poesía.


Por sobre la crítica del merengue
Por Luis Soler Cañas.
Revista Histonium Nº 155, abril 1952.

Existe bastante gente en la Argentina que se figura pertenecer a eso que en otros países se denomina la crítica. Y existe también mucha otra gente convencida de que en la Argentina hay una crítica que merece de veras tal nombre. El autor no participa de ninguna de las dos creencias, y alguna vez ha tenido que defenderse en público (en privado lo hace todos los días) de la acusación de crítico, formulada como siempre con toda ligereza, con toda irresponsabilidad. Opina, sinceramente, que no contamos con una crítica en el sentido que se le da a este vocablo en las naciones donde la actividad intelectual creadora promueve a la vez una actividad intelectual de tipo crítico. Acá no pasamos, incluyendo a los más serios comentadores, de simples gacetilleros, de meros cronistas, que escriben con apuro y sin espacio, y que no siempre atacan su labor con la necesaria objetividad, con la imprescindible ausencia de pasiones extrañas a la obra literaria considerada en sí.
Decimos todo esto no por falsa modestia ni por menospreciar una actividad como la del gacetillero literario, en cierto modo útil si se la desempeña con honestidad, sino porque la carencia de una verdadera crítica se evidencia en la pasmosa tranquilidad con que los usufructuadores del papel impreso, las secciones bibliográficas y las revistas especializadas dejan pasar, sin reparar en ellos, o reparando con ojos miopes y astigmáticos, libros que en otras partes, apenas publicados, provocarían una de dos cosas: o tempestades de admiración o tempestades de negación, de repudio. Pero en todo caso, una actitud crítica, verdaderamente crítica.
Así las cosas, el autor siente muchísimo no ser más que un cronista, lamenta mucho no ser un crítico. Y lo siente porque un librazo estupendo como el “Libro de las Oraciones”, que acaba de publicar silenciosamente un gran poeta nuestro, el padre Castellani, merece la atención de una lectura muy despaciosa y el interés de una crítica que lo sea de veras y que abarque su contenido en toda su rica y profunda variedad. Lamentamos muchísimo no estar a la altura de esta obra que nos redime de tantos volúmenes onerosamente largados a la circulación, sin gracia ni provecho, por nuestros generosos editores de bodrios. El padre Castellani, para empezar, ha tenido que publicar el libro por su cuenta, o poco menos. Eso se advierte en seguida. Si fuera colombiano, inglés o español, las cosas serían de otro modo. Pero el padre Castellani, que honra a toda la cultura argentina y que la representa con una autenticidad de que carecen muchos de nuestros más distinguidos tinterillos literarios, es solamente un humildísimo cura argentino, que escribe con médula y raíz argentina, que escribe la Verdad, que dice la Verdad, que proclama la Verdad. Que sirve, en una palabra, a la Verdad. Es un patriota, además. Un gran patriota. ¿Podrían perdonarle todos estos defectos juntos nuestros puntillosos editores?
Leamos, sin embargo, el “Libro de las Oraciones”. Este estupendo “Libro de las Oraciones”, libro de verso y de poesía (no como los de Gonzáles Lanuza o Silvina Ocampo, pongo por ejemplo, que son de verso solo y a veces ni siquiera de eso), libro de un alma excepcional, y de una humanidad asimismo excepcional. Libro de un gran espíritu acosado por los males terrestres y que, agobiado por el dolor y la miseria de lo humano (y de los humanos), arrastrado mismamente a veces hasta los límites de la desesperación, no llega jamás a perder la fe en Dios y en lo sobrenatural. Junto a oraciones que son un clamor inmenso del alma desgarrada, leemos oraciones angélicas, de una inocencia y de una gracia que conmueven cuando se formula el paralelo, no buscado, con las otras. ¿Versos defectuosos? Puede ser que los haya. Pero sepa la retórica exigente y la pedantería de los preceptistas que, defectos, si los hay, de métrica o de estilo, o de lo que sea, no son de los que se escapan al autor sino de esos que el autor deja, o pone, a propósito.

Imaginamos las “críticas”. Las de siempre:

-¡Qué mal escribe Castellani!

-No pule, no corrige...Es muy atravesado para decir ciertas cosas...

-Y tiene sus zafadurías el cura...

-Sí. Se le escapan palabras un poco fuertes...

-Esto no es poesía. Es prosa, y no de la mejor...

-¡Qué versos inacadémicos!...

Etc., etc., etc. Los comentarios pueden seguir indefinidamente. Sí, es cierto. Castellani escribe mal. Hace unos años se lo decíamos a Fernando García Della Costa:
-La gente no entiende al padre Castellani ni a Ramón Doll. No se da cuenta de que escriben mal a propósito. De que usan un lenguaje vivo, vital, lleno de humanidad y de fortaleza, sin melindres, sin afectaciones, sin rositas rococó...

-Tienes razón. No se dan cuenta de que son dos clásicos de nuestro tiempo.

Y tenía razón él. Porque el padre Castellani, como Doll, escribe mal, como escribían mal Quevedo y Cervantes y Gracián y tantos otros de esa estupenda galería de españoles gracias a cuya audacia, a cuya falta de melindres, de puntillosidades, se fue renovando, se fue haciendo y se fue enriqueciendo el idioma que hoy usamos. Si les hubieran hecho caso a los gramáticos o a los literatuelos adocenados ¡aviados estaban y estábamos! Sí, Castellani usa un lenguaje que es como un torrente cálido y fresco a la vez de vida, un lenguaje que conmueve directamente nuestra sensibilidad, que alcanza hasta lo más profundo de ella, pero lo interesante es que, además, ese lenguaje dice, expresa, transmite algo. Castellani no sólo nos enriquece con ese estilo suyo, que a veces semeja travesura, fuertemente personal, más allá de todas las preceptivas y todas las retóricas del merengue, sino que además nos enriquece el alma. Estas “Oraciones” de su libro no son, en el fondo, más que su diario lírico. El diario lírico de un momento excepcionalmente doloroso de su vida. ¡Pero qué diario! Este es un libro sobrecogedor. Lo deja a uno pasmado. ¡Qué expresiones, qué aciertos, qué hondura, qué fe, y por sobre todo eso, cuánta poesía fuerte, vital, vitalizadora, cuánta de esa poesía que ineludiblemente necesita el hombre para no perecer de hambre espiritual y de desesperación moral en un mundo corroído por espantosas miserias de toda laya! ¡Qué libro de fe, de optimismo, de sabiduría, qué manantiales de vida renovada y esperanzada en Dios va sacando este hombre del horrible pozo de su angustia! ¡Y cómo nos enriquece! ¡Y cómo nos alimenta! Libros como ése son necesarios para la sed de amor y de fe de nuestro tiempo.
Repito que no soy un crítico ni lo pretendo. Pero siento mucho no serlo y me limito a señalar que en la Argentina ha aparecido el libro de un gran poeta, de un escritor genial que no pasará sin dejar una huella profunda, y que ese libro ha merecido el honor del sospechoso silencio de toda una “crítica” que se vanagloria de tal nombre. Con la excepción, verdad, de un gacetillero anónimo que juzgó oportuno hablar de “confuso retorcimiento”, de “dicharacho plebeyo”, de “metáfora caricatural”, que adujo una “extraña conducta estilística”, mencionó un “popularismo equivocadamente interpretado”, denunció “exasperado barroquismo” en los versos, propició “una formulación más ceñida a las normas” (¿quería un corsé literario?) y concluyó su brillante crítica aludiendo a “un sensacionalismo cuya incompatibilidad con la verdadera poesía es innecesario destacar”...
Gente como ésa cree que la poesía es labradora de encajes y puntillas, adorno de cremas y dulzura de caramelo. Para rematar al disparate añadía que todo lo objetado por él “empaña la sonoridad de una voz que parece nacida de nobles afanes”.
Le parece, nada más. A nosotros nos parece que el gacetillero paseó la mirada por el libro sin ver nada. No vio césped inglés cuidadosamente recortado, no vio rosas graciosamente decoradas y perfumadas, no vio las tersuras habituales en tanto versificador sin poesía, no vio, en una palabra, elegancias, artificios, y se dijo: “¡Cátate, qué será esto?”. Pero como tenía que escribir algo, dijo lo que mañana o pasado, cuando todos estemos ya en nuestro lugar de sombra, pueda ser el hazmerreír de las generaciones que ubiquen a Castellani y a su poesía en el sitio que por justicia le corresponde.
No soy un crítico y sólo puedo aconsejar que se lea este libro. Es UN LIBRO. Nada más y nada menos que un LIBRO, expresión de un ALMA, de una FE y de una POESÍA humanamente expresadas, demasiado humanamente expresadas, quizá...Por eso no lo entenderán ni lo gustarán los devotos del alambicamiento, los partidarios de la retórica por la retórica misma, los inefables admiradores del purismo y la vaciedad sonorificadas...Los “inteligentes”, en una palabra. O, mejor dicho, los que en nuestro país usurpan, alevosamente, el lugar de la “intelligentsia”.
Anticipándose a toda esa pobreza de espíritu, Castellani ya cantó genialmente en “Arte Poética” (número 13 de “Poesía Argentina”):


Reniega una vez más tu fortuna,
da de mano las frases bellas
y cual los perros a la luna
dí tu verdad a las estrellas.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Acosado en brete fiero
por la Patria y la Iglesia única
¿oh Jeromio, compra un acero
aunque debas vender la túnica!

Haz sonar tu rudo montante

en vez de fina lira de oro
contra la estupidez campante
¡la estupidez testuz de oro!

Y armó su retórica viril de esa manera:

¡Ah! crén que yo soy un artista
¡ah! crén que soy un literato.
Me dan consejos, que me vista,
que me presente hecho un retrato...
¡Ah! No es un cisne nacarado
con tornasoles en el ala,
es un carancho aprisionado
mi alma que Dios acorrala.
Sea tu verso un gesto viril
y no una actitud escultórica,
de alma y carne, no de marfil...
Y todo lo demás es retórica.

Retórica. Es decir, literatura. En su inadmisible, en su peor acepción: falsedad, pose, esnobismo, elegancia de afectados. La poesía del “Libro de las Oraciones” está hecha de alma y de carne, no de marfil. No de fantasías, no de pobrecitos juguetes de la moda, estériles y perecederos. ¡Ah, qué bien conoce Castellani a sus críticos! Para ellos escribió su “Arte Poética”. Pero...¿aprovecharán la lección? Lo dudamos.

jueves, 8 de septiembre de 2011

De falsos profetas e idólatras.

           
EL evangelio de hoy (Mt VII, 15) está tomado del final del Ser­món de la Montaña, y es un aviso sobre los falsos profetas se­guido de la parábola de la Uva y del Abrojo, o sea de los frutos del buen y el mal Árbol; los cuales se dan como señal para conocer el Seudoprofeta.
Cristo previno muchas veces contra los Seudoprofetas que son sim­plemente los herejes; y los doctores, poetas, moralistas -que estas tres cosas eran los profetas hebreos- de la impiedad; y predijo que en los úl­timos tiempos los habría a bandadas.
Siempre ha habido en la historia de la Iglesia quienes “viniendo a vo­sotros con vestidura de oveja, por dentro son lobos rapaces”, como los describió Cristo; es decir, vienen con vestidura' de pastores, los cuales suelen usar zamarras o pellizas de piel de oveja. Todos los herejes han tomado una parte de la doctrina de Cristo; y exagerándola la han conv­ertido en una deformidad y en un veneno; muchos de ellos han tenido apariencias de hombres píos, benéficos y altruistas; y han sido hábiles en manejar las grandes palabras que -diferentes en cada época- conmue­ven el corazón del pueblo, como Libertad, Igualdad, Fraternidad, De­mocracia, Justicia, Compañerismo, Paz, Prosperidad, y toda la letanía. Contra ellos no es muy fácil precaverse. “Por sus frutos los conoceréis”, repite Cristo. Las obras no mienten.
Los amargos frutos de la bandada de seudoprofetas que se levantó desde fines del siglo XVIII a manera de manga de langostas, arbolando las palabras de “Ilustración, Tolerancia, Progreso, el Siglo de las Luces y la Mayor Edad del Género Humano”, de sobra los conocemos porque los estamos sufriendo: las consecuencias del aclamado “Siglo de las Lu­ces” fueron dos atroces guerras mundiales y una descompostura general del mundo, que anuncia una guerra peor. La “tolerancia” de Voltaire ha acabado en toda clase de persecuciones; la “libertad omnímoda para todos” ha producido despotismos, tiranías y lo que llaman el “Estado tota­litario”, teorizado por Hegel; el “concierto de todas las naciones” de Condorcet ha servido para romper la barrera defensiva de Europa (el “Río Eufrates”, que dice la Escritura) y abrir la puerta al Asia, que se yergue ahora amenazante sobre ella; y la “Paz Perpetua” de Kant ha producido la “Guerra Fría”. Las malas doctrinas, aceptadas y gritadas sin tasa por los pueblos borrachos, han descoyuntado los huesos del mundo; y el mundo se agita hoy enfermo y angustiado; y más borracho que nunca. “¿Por ventura se recogen uvas del abrojo o higos del cardal?”. Muy ma­lo era todo eso, pues ha producido tales frutos. Produjo lo contrario de lo prometido.
Los Seudoprofetas siempre prometen cosas fáciles y halagüeñas: de eso viven; y medran. Ésa es la nota que Isaías y Jeremías enrostran a sus fal­sificadores y perseguidores: que son aduladores, simplemente; de la es­tirpe de los sycofantes que tan bien caracterizó Platón en el Fedro y en El Sofista. Es fácil prometer mil años de paz, un viaje al planeta Marte -don­de el clima es mejor y hay grandes yacimientos de uranio- y la prolon­gación de la vida hasta los 150 años por medio de la penicilina. Leo en una revista alemana: “Dentro de dos millones de años, el Hombre habrá evolucionado en tal forma que nosotros a su lado pareceremos gusa­nos”. ¡Qué felicidad... para el que lo vea! ¡Que Dios te conserve la vista, m’hijo!
La “idolatría de la Ciencia” que domina a la época actual es una evo­lución de la “Superstición del Progreso” que fue el dogma eufórico del siglo pasado. Efectivamente, el famoso “Progreso”, prometido a gritos por Condorcet y Víctor Hugo, no se ha dado en ningún dominio, ex­cepto en el dominio de la técnica, que es lo que hoy día llaman “Ciencia”. Pero la técnica no puede ser adorada ni siquiera venerada: puede servir al bien o al desastre, sirve para hacer las bombas de fósforo líquido y las atómicas, lo mismo que la vacuna contra la poliomielitis; y puestos en una balanza los estragos espantables junto a los bienes que ha dado la “técnica” en nuestro siglo, yo no veo que ganen los bienes. Preservar a un niño de la parálisis infantil para que después sea quemado vivo por una bomba de fósforo, como los niños de Hamburgo; o de uranio, co­mo los de Hiroshima, no me parece gran negocio.
La veneración de la “Ciencia” es lo que ha sustituido a la religiosidad en las masas contemporáneas; y por tanto podemos decir que es lo que la ha destruido; porque, como dicen los franceses, “sólo se destruye lo que se sustituye”: por eso la hemos llamado “idolatría”. “No adorarás la obra de tus manos”, dice el segundo mandamiento. La ciencia actual es muy diversa de la ciencia de los griegos, o la ciencia de los grandes siglos cristianos. La ciencia antigua era una actividad religiosa o casi religiosa, movida por un amor y encaminada al bien. Hoy día la “Ciencia” es impersonal, inhumana, exactamente como un ídolo. Desde la segunda etapa del Renacimiento (siglos XVI y XVII) la concepción de ciencia es la de un estudio cuyo objeto está colocado fuera del bien y del mal; y, sobre todo, del bien; sin relación alguna con el bien. La ciencia estudia los hechos como tales: los hechos, la fuerza, la materia, la energía, aisla­dos, deshumanizados, sin relación con el hombre y menos con Dios: no hay en su objeto nada que el corazón del hombre pueda amar. Los mó­viles del “científico” actual no son móviles de amor a Dios o al prójimo; ni siquiera a su ciencia. Es reveladora la amarga confesión de Einstein que en sus últimos días decía que: “de poder volver a vivir sería plomero o vendedor ambulante, pero no físico”. Y sin embargo la física le dio todo lo que a ella el científico le pide: gloria, fama, honores, considera­ción, dinero. Más que eso no puede dar un ídolo.
Un sacerdote no puede admirar la “técnica” moderna de un modo incondicional, ni adularla para quedar bien con las muchedumbres, o aparecer como hombre adelantado y “de su tiempo”. Al contrario, debe mirarla con cierta sospecha, puesto que en el Apokalypsis están prenun­ciados los falsos milagros del Anticristo, los cuales se parecen singular­mente a los “milagros” de la Ciencia actual. “La-Segunda Bestia, la Bes­tia de la Tierra, pondrá todo su poder al servicio de la Primera, la Bestia del Mar; y la facultará a hacer prodigios estupendos, de tal modo que podrá hacer bajar fuego del cielo sobre sus enemigos...” (Ap. XIII, 12-13). Eso ya lo conocemos, eso ya está inventado. No sabemos quién será esa llamada “Bestia de la Tierra” pero sabemos que el Profeta la describe como teniendo poder para hacer prodigios falaces por un lado; y por otro, con un carácter religioso también falaz, puesto que dice que “se parecía al Cordero, pero hablaba como el Dragón”. Esa potestad o per­sona particular que será aliada del Anticristo y lo hará triunfar será el último Seudoprofeta, por lo tanto. Y por sus frutos habrá que conocerlo; porque sus apariencias serán de Cordero.
Pero se podría decir: “Si hemos de conocer al árbol por sus frutos da­ñinos ¿no será ya demasiado tarde, porque el daño ya está hecho? ¿Aca­so sirve de algo conocer los hongos venenosos después que uno los ha comido, por sus efectos? ¿No es mejor conocerlo por sí mismo, por sus hojas y su forma? Y de hecho ¿no conoce así la Iglesia a las herejías, por medio de sus teólogos y doctores, confrontándolas con la doctrina tra­dicional, y rechazándolas en cuanto se apartan de ella?”.
Eso es verdad; pero se aplica a las herejías antiguas, no a las nuevas. La elaboración de la ortodoxia se ha hecho poco a poco; y justamente en la lucha multiforme con nuevas y nuevas herejías. Ahora es fácil conocer a un arriano, un macedoniano, o un protestante; no así cuando aparecie­ron. Cuando una herejía es nueva, el “catecismo” no basta: de aquí la necesidad que los sacerdotes estudien; y que los doctores de la fe lean los libros heterodoxos; lo cual no es ninguna diversión, sino una ímproba labor, y hasta un “martirio”, como dijo Santo Tomás. La herejía actual que se está constituyendo ante nuestros ojos, consistente en definitiva en la adoración del hombre y “las obras de sus manos”, no es fácilmente discernible a todos; porque pulula de falsos profetas.

—¿Simona Weil fue herética o no?
—Unos dicen que sí y otros que no.
—¿Y usted qué dice?
—Por sus frutos la conoceréis.
—¿Y cuáles son sus frutos?
—No tengo lugar para decirlos aquí.

Oh Señor, quédate conmigo, porque la noche se acerca, y no me abandones.
¡No me pierdas con los Voltaire, y los Renán, y los Michelet y los Hugo y todos los otros infames!
Son muertos, y su nombre mismo después de su muerte es un veneno y una podredumbre.
Su alma está con los perros muertos, sus libros están juntos en el chiquero.
Porque Tú has dispersado a los orgullosos y no pueden estar en uno,
ni comprender, mas solamente destruir y disipar -ni poner las cosas en uno...
Sabios, epicúreos, maestros del noviciado del Infierno, prácticos de la Introducción a la Nada,
bramanes, bonzos, filósofos ¡tus consejos Egipto! vuestros consejos,
vuestros métodos, y vuestras demostraciones y vuestra disciplina.
¡Nada me reconcilia, yo estoy vivo en vuestra noche abominable, levanto mis manos en el desespero, levanto mis manos en el trance y el transporte de la esperanza salvaje y sorda...!
Quien no cree más en Dios, no cree en el Ser; y quien odia al Ser, odia su propia existencia...[1].


R.P. Leonardo Castellani, sermón para el domingo Séptimo después de Pentecostés [Mt 7, 15-21] Lc 6, 39-45. “El Evangelio de Jesucristo”, Vórtice, Buenos Aires 1997, págs., 225-228.
 

[1] Paul Claudel.