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miércoles, 21 de noviembre de 2012

Los medios al servicio del mal.




Nos resulta una cita muy actual, esta del padre Virginio Filippo, con respecto a cómo hoy funcionan los medios de comunicación, especialmente, los periódicos y noticieros:

Hoy se escribe contra todo, se discuten los dogmas más sagra­dos, los principios más elementales, y se llega hasta querer impe­dir la defensa de la verdad. No exagero. Nadie dirá que exploto el tema o que digo sencillamente una novedad, cuando afirmo que se insultan por momentos las más caras esperanzas de los cris­tianos; y cuando nos empeñamos en querer defendernos, se nos pretende imponer como a San Pedro, silencio, para no herir los oídos de los mismos que, en nombre de la libertad, se arrogaron el derecho de discutir nuestros dogmas y hasta vilipendiarlos...
Se agazapan tras las columnas del periódico, espías que explo­ran la opinión, traidores que acechan el momento oportuno para entregar el orden social en manos de todos los incontrolados, co­bardes que huyen de la verdad sin tener no siquiera la conciencia de la responsabilidad necesaria para confesar errores, indolentes que prefieren traicionar un ideal antes que fatigar la cabeza, y complotados que, cuando no pueden contemporizar con los ca­nallas apelan al recurso del silencio, de la reticencia infidente o la parodia impune...
El puñal de la traición, de la perfidia, de la sevicia, del asal­to, antes que el armero, lo puso en el corazón el periodista, con sus ideas sin criterio moral fijo, con sus insolencias contra toda autoridad, con sus paliativos ante las infamias manifiestamente condenables, con sus atenuaciones ante el error vencible, con sus descripciones espeluznantes de los crímenes más nauseabundos, con sus apologías indirectas de la sagacidad usada en los atracos, con su patológica descripción de las delicadezas femeninas ultra­jadas, con su conspiración contra la verdad...
El periódico es el vehículo de las ideas. Si éstas son elevadas solidifican el genio de las gentes, maduran el espíritu y acercan la pureza de las costumbres. Pero si las ideas son subversivas, de­claramos paladinamente que no hay corruptor más criminal que el periodista. El pistolero mata el cuerpo, el ladrón roba metales, pero el periodista corrompe costumbres. Es el peor enemigo de la sociedad...
El subversor de las gentes usa del pretexto de la ilustración para esconder en el fondo de sus artículos periodísticos, el fin con­denable de la perversión. No hay que confundir curiosidad con in­sensatez, cultura con desvergüenza, información con difamación, encuesta periodística con presión aviesamente interesada, aclara­ción con negocio de bajo fondo.

Pbro. Virgilio Filippo (1896-1969), “El Reinado de Satanás”, Ed. Tor, Buenos Aires, 1937, cit. en Cuadernos nº2 Cabildo, octubre de 1986.

Cita compilada por Flavio Mateos en su obra “El libro negro del periodismo”, Bella Vista Ediciones, 2012.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Los nuevos Judas.




Judas se ahorcó: pero dejó una numerosa descendencia. 
Judas puede reconocer entre sus descendientes a los herejes, a los apóstatas, a los que después de haber aprendido la doctrina del Salvador bajo la mirada de una madre o de un maestro cristiano, les han hecho traición y se han atrevido a hacerle la guerra a Cristo.
Sin embargo, no solamente aparece Judas entre los herejes, los apóstatas y los perseguidores; por desgracia aparece también entre los mismos católicos en muy distintas formas.
Porque se parecen mucho a Judas, los católicos que todos los días, saben que los niños y jóvenes están siendo apuñalados, descristianizados en los establecimientos laicos y sin embargo, después de haberle dado a Jesús un beso dentro del templo, entregan el alma de sus hijos en las manos del maestro laico, para que Cristo padezca nuevamente los salivazos y tormentos de sus verdugos.
Se parecen mucho a Judas, los católicos que saben que el periódico católico no tiene más medios de vida que se le pague puntualmente y a pesar de esto no le pagan nunca o le pagan tarde de manera que cuando pagan ya sobrevino la muerte[1].
Y estos católicos se parecen a Judas, porque entregan a Cristo indefenso y desnudo en plena vía pública, después de matar a los periódicos que lo defienden en la mitad de la calle.
Se parecen a Judas los católicos que se han comprometido a pertenecer a una agrupación destinada a la defensa de los derechos de Dios y de la Iglesia y después de obtener tal compromiso, de desempeñar tal o cual cargo o de hacer tal o cual trabajo, se echan en brazos de la pereza.
Y se parecen a Judas, porque saben ellos que sin un esfuerzo serio de organización y de trabajo y de propaganda, Cristo seguirá siendo abofeteado fuera del hogar y del templo y entregado en manos de los sayones por los mismos que lo abandonan.
Se parecen a Judas los católicos que no hacen ni han hecho otra cosa en toda sus vida que criticar acerbamente a los que trabajan, porque contribuyen a que Cristo quede a merced de los soldados que lo persiguen.
Son Iguales que Judas, los católicos que todos los días pagan puntualmente la prensa impía y la compran, porque con su dinero están dando clavos y flagelos para que martiricen a Cristo.
Se parecen a Judas los Católicos que saben que tales o cuales individuos se dedican en especial a perseguir a Dios y a su Iglesia y sin embargo, los protegen para que prospere su negocio y para que vivan en una buena situación.
Judas se ahorcó. Hizo bien[2]. La tierra no lo hubiera soportado.
Todos los que forman parte de sus descendencia sea porque son como él o porque se parecen mucho a él, como un hijo se parece a su padre, deben pensar en hacer algo.
No les aconsejamos que se ahorquen, porque el suicidio es una infamia.
Les aconsejamos que hagan un examen de conciencia y que dejen de ser Judas.

Catolicismo de paralíticos[3].

...Hasta ahora nuestro catolicismo ha sido un catolicismo de verdaderos paralíticos, y ya desde hace tiempo. Somos herederos de paralíticos, atados a la inercia en todo. Los paralíticos del catolicismo son de dos clases: los que sufren una parálisis total, limitándose a creer las verdades fundamentales sin jamás pensar en llevarlas a la práctica, y los que se han quedado sumergidos en sus devocionarios no haciendo nada para que Cristo vuelva a ser Señor de todo. Y claro está que cuando una doctrina no tiene más que paralíticos se tiene que estancar, se tiene que batir en retirada delante de las recias batallas de la vida pública y social y a la vuelta de poco tiempo tendrá que quedar reducida a la categoría de momia inerme, muda y derrotada. Nuestras convicciones están encarceladas por la parálisis. Será necesario que vuelva a oírse el grito del Evangelio, comienzo de todas las batallas y preanuncio de todas las victorias. Falta pasión, encendimiento de una pasión inmensa que nos incite a reconquistar las franjas de la vida que han quedado separadas de Cristo.

Anacleto González Flores,Visto en el Blog Catolicidad.


[1] «Los medios modernos de comunicación –escribió el mártir– aunque sirven generalmente para el mal, podrán ayudarnos, si a ellos recurrimos, para que nuestras ideas se abran paso con mayor celeridad, en orden a ir creando una cultura católica. No podemos seguir luchando a pedradas mientras nuestros enemigos nos combaten con ametralladoras».
[2] Al decir que Judas hizo bien en suicidarse, utiliza una licencia literaria para hacer ver lo grave de su culpa, pues como luego señala: el suicidio es una infamia que nadie debe realizar (ni el propio Judas, que hubiese podido hacer un acto de contrición perfecto y ser perdonado en lugar de suicidarse).
[3] Esta segunda parte corresponde a otro escrito de Anacleto, pero lo hemos ligado a la primera, pues se complementan.

Juan Donoso Cortés: Carta al Cardenal Fornari.


Eminentísimo señor:

Antes de someter a la alta penetración de vuestra emi­nencia las breves indicaciones que se sirvió pedirme por su carta de mayo último, me parece conveniente señalar aquí los límites que yo mis­mo me he impuesto en la redacción de estas indicacio­nes.
Entre los errores contem­poráneos no hay ninguno que no se resuelva en una here­jía; y entre las herejías con­temporáneas no hay ninguna que no se resuelva en otra, condenada de antiguo por la Iglesia. En los errores pa­sados, la Iglesia ha condenado los errores presentes y los errores futuros. Idénticos en­tre sí cuando se les considera desde el punto de vista de su naturaleza y de su origen, los errores ofrecen, sin em­bargo, el espectáculo de una variedad portentosa cuando se les considera desde el punto de vista de sus   aplicaciones.
Por lo que hace al siglo en que estamos no hay sino mi­rarle para conocer que lo que lo hace tristemente famoso entre todos los siglos no es precisamente la arrogancia en proclamar teóricamente sus herejías y sus errores, sino más bien la audacia satánica que pone en la aplicación a la sociedad presente, de las herejías y de los errores en que cayeron los siglos pasados.
Hubo un tiempo en que la razón humana, compla­ciéndose en locas especula­ciones, se mostraba satisfecha de sí cuando había logrado oponer una negación a una afirmación en las esferas intelectuales; un error a una verdad en las ideas metafísi­cas; una herejía a un dogma en las esferas religiosas. Hoy día esa misma razón no que­da satisfecha si no desciende a las esferas políticas y so­ciales, para conturbarlo todo, haciendo salir, como por en­canto, de cada error un con­flicto, de cada herejía una revolución, y una catástrofe gigantesca de cada una de sus soberbias negaciones.
El árbol del error parece llegado hoy a su madurez pro­videncial; plantado por la primera generación de auda­ces heresiarcas, regado des­pués por otras y otras gene­raciones, se vistió de hojas en tiempos de nuestros abue­los, de flores en tiempos de nuestros padres, y hoy está, delante de nosotros y al alcance de nuestra mano, cargado de frutos. Sus frutos deben ser malditos con una maldición especial, como lo fueron   en los tiempos antiguos las flores con que se perfumó, las hojas que le cu­brieron, y el tronco que las sostuvo y los hombres plan­taron.
Los errores contemporáneos son infinitos; pero todos ellos, si bien se mira, tienen su origen y van a morir en dos negaciones supremas: una, re­lativa a Dios, y otra, relativa al hombre. La sociedad niega de Dios que tenga cuidado de sus criaturas, y del hom­bre, que sea concebido en pecado. Su orgullo ha dicho al hombre de estos tiempos dos cosas, y ambas se las ha creído: que no tiene lunar y que no necesita de Dios; que es fuerte y que es hermoso; por eso le vemos engreído con su poder y enamorado de su hermosura.
Supuesta la negación del pecado, se niega, entre otras muchas, las cosas siguientes: que la vida temporal sea una vida de expiación y que el mundo en que se pasa esta vida debe ser una valle de lágrimas; que la luz de la razón sea flaca y vacilante; que la voluntad del hombre esté enferma; que el placer nos haya sido dado en calidad de tentación, para que nos libremos de su atractivo; que el dolor sea un bien, acepta­do por un motivo sobrenatu­ral, con una aceptación vo­luntaria; que el tiempo nos haya sido dado para   nuestra santificación; que el hombre necesite ser santificado.
Supuestas estas negaciones se afirman, entre otras mu­chas, las cosas siguientes: que la vida temporal nos ha sido dada para elevarnos por nues­tros propios esfuerzos, y por medio de un progreso indefi­nido, a las más altas perfec­ciones; que el lugar en que esta vida se pasa puede y debe ser radicalmente trans­formada por el hombre; que siendo sana la razón del hom­bre no hay verdad ninguna a que no pueda alcanzar; y que no es verdad aquella a que su razón no alcanza; que no hay otro mal sino aquel que la razón entiende que es mal, ni otro pecado que aquel que la razón nos dice que es pe­cado; es decir, que no hay otro mal ni otro pecado sino el mal y el pecado filosófico; que siendo recta de suyo, no necesita ser rectificada la voluntad del hombre; que de­bemos huir el dolor y buscar el placer; que el tiempo nos ha sido dado para gozar del tiempo, y que el hombre es bueno y sano de suyo.
Estas negaciones y estas afirmaciones con respecto al hombre conducen a otras ne­gaciones y a otras afirmacio­nes análogas con respecto a Dios. En la suposición de que el hombre no ha caído proce­de negar, y se niega, que el hombre haya sido restaurado. En la suposición de que el hombre no haya sido restau­rado procede negar, y se nie­ga, el misterio de la Reden­ción y el de la Encarnación, el dogma de la personalidad exterior del Verbo y el Verbo mismo. Supuesta la integridad natural de la voluntad huma­na, por una parte, y no reco­nociendo, por otra, la existen­cia de otro mal y de otro pecado sino del mal y del pecado filosófico, procede ne­gar, y se niega, la acción santificadora de Dios sobre el hombre, y con ella el dog­ma de la personalidad del Espíritu Santo. De todas es­tas negaciones resulta la ne­gación del dogma soberano de la Santísima Trinidad, piedra angular de nuestra fe y fun­damento de todos los dogmas católicos.
De aquí nace y aquí tiene su origen un vasto sistema de naturalismo, que es la contra­dicción radical, universal, ab­soluta de todas nuestras cre­encias. Los católicos creemos y profesamos que el hombre pecador está perpetuamente necesitado de socorro y que Dios le otorga ese socorro perpetuamente por medio de una asistencia sobrenatural, obra maravillosa de su infini­to amor y de su misericordia infinita. Para nosotros, lo so­brenatural es la atmósfera de lo natural; es decir, aque­llo que, sin hacerse sentir, lo envuelve a un mismo tiem­po y lo sustenta.
Entre Dios y el hombre ha­bía un abismo insondable: el Hijo de Dios se hizo hombre; y juntas en El ambas natura­lezas, el abismo fue colmado. Es menester ver, cómo los hombres andan perdidos y ciegos por este laberinto de la Historia, que van constru­yendo las generaciones huma­nas sin que ninguna sepa decir ni cuál es su estructura, ni dónde está su entrada, ni cuál es su salida.
Todo este vasto y esplén­dido sistema de sobrenaturalismo, clave universal y uni­versal explicación de las cosas humanas, está negado implí­cita y explícitamente por los que afirman la concepción inmaculada del hombre, y los que esto afirman hoy no son algunos filósofos solamente, son los gobernadores de los pueblos, las clases influyentes de la sociedad y aun la so­ciedad misma, envenenada con el veneno de esta here­jía perturbadora.
Aquí está la explicación de todo lo que vemos y de todo lo que tocamos, a cuyo esta­do hemos venido a parar por esta serie de argumentos. Si la luz de nuestra razón no ha sido obscurecida, esa luz es bastante, sin el auxilio de la fe, para descubrir la ver­dad. Si la fe no es necesaria la razón es soberana e independiente. Los progresos de la verdad dependen de los progresos de la razón; los pro­gresos de la razón dependen de su ejercicio; su ejercicio consiste en la discusión; por eso la discusión es la verda­dera ley fundamental de las sociedades modernas y el único crisol en donde se se­paran, después de fundidas, las verdades de los errores. En este principio tienen su origen la libertad de impren­ta, la inviolabilidad de la tri­buna y la soberanía real de las asambleas deliberantes. Si la voluntad del hombre no está enferma, le basta el atractivo del bien para seguir el bien sin el auxilio sobrena­tural de la gracia; si el hom­bre no necesita de ese auxi­lio, tampoco necesita de los sacramentos que se lo dan ni de las oraciones que se lo procuran; si la oración no es necesaria, es ociosa; si es ociosa, es ociosa e inútil la vida contemplativa; si la vida contemplativa es ociosa e inútil, lo son la mayor parte de las comunidades religiosas. Esto sirve para explicar por qué en donde quiera que han penetrado estas ideas han si­do extinguidas aquellas comu­nidades. Si el hombre no ne­cesita de sacramentos, no necesita tampoco de quien se los administre; y si no nece­sita de Dios, tampoco nece­sita de mediadores. De aquí el desprecio o la proscripción del sacerdocio, en donde esas ideas han echado raíces. El desprecio del sacerdote se resuelve en todas partes en el desprecio a la Iglesia, y el desprecio de la Iglesia es igual al desprecio de Dios en todas partes.
Negada la acción de Dios sobre el hombre y abierto otra vez (en cuanto esto es posible) entre el Criador y su criatura un abismo inson­dable, luego al punto la so­ciedad se aparta instintiva­mente de la Iglesia a esa misma distancia; por eso, allí donde Dios está relegado en el cielo, la Iglesia está rele­gada en el santuario; y, al revés, allí donde el hombre vive sujeto al dominio de Dios, se sujeta también natu­ral e instintivamente al do­minio de su Iglesia. Los siglos todos atestiguan esta verdad, y lo mismo la testimonian el presente  que los pasados.
Descartado así todo lo que es sobrenatural y convertida la religión en un vago deís­mo, el hombre que no nece­sita de la Iglesia, escondida en su santuario, ni de Dios, atado a su cielo como Encé­lado a su roca, convierte sus ojos hacia la tierra y se con­sagra exclusivamente al culto de los intereses materiales. Esta es la época de los sis­temas utilitarios, de las gran­des expansiones del comercio, de las fiebres de la industria, de las insolencias de los ricos y de las impaciencias de los pobres. Este estado de rique­za material y de indigencia religiosa es seguido siempre de una de aquellas catástro­fes gigantescas que la tradi­ción y la historia graban per­petuamente en la memoria de los hombres. Para conjurarlas se reúnen en consejo los pru­dentes y los hábiles; el hura­cán, que viene rebramando, pone en súbita dispersión a su consejo y se los lleva jun­tamente con sus conjuros.
Consiste esto en que es im­posible de toda imposibilidad impedir la invasión de las re­voluciones y el advenimiento de las tiranías, cuyo adveni­miento y cuya invasión son una misma cosa; como que ambas se resuelven en la dominación de la fuerza, cuan­do se ha relegado a la Igle­sia en el santuario y a Dios en el cielo. El intento de llenar el gran vacío que en la sociedad deja su ausencia con cierta manera de distri­bución artificial y equilibrada de los Poderes públicos, es loca presunción e intento vano; semejante al de aquel que en la ausencia de los es­píritus vitales quisiera repro­ducir a fuerza de industria, y por medios puramente me­cánicos, los fenómenos de la vida. Por lo mismo que ni la Iglesia ni Dios son una forma, no hay forma ninguna que pueda ocupar el gran vacío que dejan cuando se retiran de las sociedades humanas. Y al revés, no hay manera nin­guna de gobernación que sea esencialmente peligrosa cuan­do Dios y su Iglesia se mue­ven libremente, si por otro lado les son amigas las cos­tumbres y favorables los tiem­pos.
De donde se sigue no sólo que el catolicismo no es ami­go de las tiranías ni de las revoluciones, sino que sólo él las ha negado; no sólo que no es enemigo de la li­bertad, sino que sólo él ha descubierto en esa misma ne­gación la índole propia de la libertad verdadera.
Otros hay que persuadidos por un lado, de la necesidad en que está el mundo, para no perecer, del auxilio de nuestra santa religión y de nuestra Iglesia santa, pero pesarosos, por otro lado, de someterse a su yugo, que si es suave para la humildad es gravísimo para el orgullo humano, buscan su salida en una transacción, aceptando de la religión y de la Iglesia ciertas cosas y desechando otras que estiman exageradas. Estos tales son tanto más pe­ligrosos cuanto que toman cierto semblante de impar­cialidad propio para engañar y seducir a las gentes; con esto se hacen jueces del cam­po, obligan a comparecer delante de sí al error y a la verdad, y con falsa modera­ción buscan entre los dos no sé qué medio imposible. La verdad, esto es cierto, suele encontrarse y se encuentra en medio de los errores; pero entre la verdad y el error no hay medio ninguno; entre esos dos polos contrarios no hay nada sino un inmenso va­cío; tan lejos está de la ver­dad el que se pone en el va­cío como el que se pone en el error; en la verdad no está sino el que se abraza con ella.
Supuesta la inmaculada con­cepción del hombre, y con ella la belleza integral de la naturaleza humana, algunos se han preguntado a sí propios: ¿por qué, si nuestra razón es luminosa y nuestra voluntad recta y excelente, nuestras pasiones que están en noso­tros como nuestra voluntad y nuestra razón, no han de ser excelentísimas? Otros se preguntan: ¿por qué, si la discusión es buena como me­dio de llegar a la verdad, ha de haber cosas substraídas a su jurisdicción soberana?. Otros no atinan con la razón de por qué, en los anteriores supuestos, la libertad de pen­sar, de querer y de obrar no ha de ser absoluta. Los dados a las controversias religiosas se proponen la cuestión que consiste en averiguar por qué, si Dios no es bueno en la sociedad, se le consiente en el cielo, y por qué si la Iglesia no sirve para nada se la ha de consentir en el santuario. Otros se preguntan por qué siendo indefinido el progreso hacia el bien no se ha de acometer la hazaña de levan­tar los goces a la altura de las concupiscencias y de tro­car este valle lacrimoso en un jardín de deleites.
Hay todavía, aunque la co­sa parezca imposible, un error que, no siendo ni con mucho tan detestable, considerado en sí es, sin embargo, más trascendental por sus conse­cuencias que todos estos: el error de los que creen que éstos no nacen necesaria e inevitablemente de los otros. Si la sociedad no sale pron­tamente de este error, y si saliendo de él no condena a los unos como consecuencia, y a los otros como premisa, con una condenación radical y soberana, la sociedad, hu­manamente hablando, está per­dida.
Por lo que hace al comu­nismo, me parece evidente su procedencia de las herejías panteísta y de todas las otras con ellas emparentadas. Cuan­do todo es Dios y Dios es todo, Dios es, sobre todo, de­mocracia y muchedumbre; los individuos, átomos divididos y nada más, salen del todo, que perpetuamente los engendra, para volver al todo, que perpetuamente lo absorbe. En este sistema, lo que no es el todo no es Dios, aunque participe de la divinidad; y lo que no es Dios, no es nada, porque nada hay fuera de Dios, que es todo. De aquí ese soberbio desprecio de los co­munistas por el hombre y esa negación insolente de la li­bertad humana. De aquí esas aspiraciones inmensas a una dominación universal por me­dio de La futura demagogia, que ha de extenderse por medio de todos los continen­tes, y ha de tocar a los úl­timos confines de la tierra. De aquí esa furia insensata con que se propone confundir y triturar todas las familias, todas las clases, todos los pueblos, todas las razas de las gentes en el gran mortero de sus trituraciones. De ese obscurísimo y sangrientísimo caos debe salir un día el Dios único, vencedor de todo lo que es vario; el Dios uni­versal, vencedor de todo lo que es particular; el Dios eterno, sin principio ni fin, vencedor de todo lo que nace y pasa; ese Dios es la dema­gogia, la anunciada por los últimos profetas, el único sol del futuro firmamento, la que ha de venir traída por la tempestad, coronada de rayos y servida por los huracanes. Ese es el verdadero todo, Dios verdadero, armado con un solo atributo, la omnipo­tencia, y vencedor de las tres grandes debilidades del Dios católico: la bondad, el amor y la misericordia. ¿Quién no reconocerá en ese Dios a Luz­bel, dios del orgullo?
Cuando se consideran aten­tamente estas abominables doctrinas es imposible no echar de ver en ellas el sig­no misterioso, pero visible, que los errores han de lle­var en los tiempos apocalíp­ticos. Si un pavor religioso no me impidiera poner los ojos en esos tiempos formida­bles, no me sería difícil apo­yar en poderosas razones de analogía la opinión de que el gran imperio anticristiano será un colosal imperio de­magógico, regido por un ple­beyo de satánica grandeza, que será el hombre de pecado.
El primer error religioso, en estos últimos tiempos, fue el principio de la inde­pendencia y de la soberanía de la razón humana; a este error en el orden religioso corresponde en el político el que consiste en afirmar la soberanía de la inteligencia; por eso la soberanía de la inteligencia ha sido el funda­mento universal del Derecho público en las sociedades combatidas por las primeras revoluciones. En él tienen su origen las Monarquías par­lamentarias, con su censo electoral, su división de Po­deres, su imprenta libre y su tribuna inviolable.
El segundo error es relati­vo a la voluntad, y consiste, por lo que hace al orden re­ligioso, en afirmar que la voluntad, recta de suyo, no necesita para inclinarse al bien del llamamiento ni del impulso de la gracia; a este error en el orden religioso corresponde en el político el que consiste en afirmar que no habiendo voluntad que no sea recta, no debe haber nin­guna que sea dirigida y que no sea directora. En este principio se funda el sufragio universal y en él tiene su ori­gen el sistema republicano.
El tercer error se refiere a los apetitos, y consiste en afirmar, por lo que hace al orden religioso, que supuesta la inmaculada concepción del hombre, sus apetitos son ex­celentes; a este error en el orden religioso corresponde en el político el que consiste en afirmar que los Gobiernos to­dos deben ordenarse a un solo fin: a la satisfacción de to­das las concupiscencias; en este principio están fundados todos los sistemas socialistas y demagógicos, que pugnan hoy por la dominación y que, si­guiendo las cosas su curso natural por la pendiente que llevan, la alcanzarían más adelante.
De esta manera la pertur­badora herejía, que consiste, por un lado, en negar el pe­cado original, y  por  otro, en negar que el hombre está necesitado de una dirección divina, conduce primero a la afirmación de la soberanía de la inteligencia y luego a la afirmación de la soberanía de la voluntad, y, por último, a la afirmación de la sobera­nía de las pasiones; es decir, a tres soberanías perturbado­ras.
No hay como saber lo que se afirma o se niega de Dios en las regiones religiosas pa­ra saber lo que se afirma o se niega del Gobierno en las regiones políticas; cuando en las primeras prevalece un vago deísmo, se afirma de Dios que reina sobre todo lo criado y se niega que lo go­bierne. En estos casos preva­lece en las regiones políticas la máxima parlamentaria de que el rey reina y no gobier­na.
Cuando se niega la existen­cia de Dios se niega todo del Gobierno, hasta la existencia. En estas épocas de maldición surgen y se propagan con es­pantable rapidez las ideas anárquicas de las escuelas socialistas.
Por último, cuando la idea de la divinidad y la de la creación se confunden hasta el punto de afirmar que las cosas criadas son Dios, y que Dios es la universalidad de las cosas criadas, entonces el comunismo prevalece en las regiones políticas, como el panteísmo en las religiosas; y Dios, cansado de sufrir, en­trega al hombre a la merced de abyectos y abominables ti­ranos.
La teoría de la igualdad entre la Iglesia y el Estado da ocasión a los más templa­dos regalistas para proclamar como de la naturaleza laical lo que es de naturaleza mixta, y como de naturaleza mixta, lo que es de naturaleza ecle­siástica, siéndoles forzoso acu­dir a estas usurpaciones para componer con ellas la dote o el patrimonio que el Es­tado aporta a esta sociedad igualitaria. En este sistema, casi todos los puntos son controvertibles, y todo lo que es controvertible, se resuelve por avenencias y concordias; en él es de Derecho común el pase de las bulas y de los breves apostólicos, así como la vigilancia, la inspec­ción y la censura, ejercida sobre la Iglesia en nombre del Estado.
La teoría que consiste en afirmar que la Iglesia nada tiene que ver con el Estado da ocasión a la escuela re­volucionaria para proclamar la separación absoluta entre el Estado y la Iglesia; y, como consecuencia forzosa de esta separación, el principio de que la manutención del clero y la conservación del culto debe correr por cuenta exclusiva de los fieles.
Por lo dicho se ve que estos errores no son sino la reproducción de los que vimos ya en otras esferas; como quiera que a las mismas afir­maciones y negaciones erró­neas a que da lugar la coe­xistencia de la Iglesia y del Estado da lugar, en el orden político, la coexistencia de la libertad individual y de la autoridad pública; en el orden moral, la coexistencia del libre albedrío y la gra­cia; en el intelectual, la coe­xistencia de la razón y de la fe; en el histórico, la coe­xistencia de la Providencia divina y de la libertad hu­mana; y en las más altas es­feras de la especulación, con la coexistencia del orden natural y del sobrenatural, la coexistencia de dos mundos.
Todos estos errores, en su naturaleza idénticos, aunque en sus aplicaciones varios, producen por lo funestos los mismos resultados en todas sus aplicaciones. Cuando se aplican a la coexistencia de la libertad individual y de la autoridad pública producen la guerra, la anarquía y las re­voluciones en el Estado; cuan­do tienen por objeto el libre albedrío y la gracia, producen primero la división y la gue­rra interior, después la exal­tación anárquica del libre al­bedrío y luego la tiranía de las concupiscencias en el pecho del hombre. Cuando se aplican a la razón y a la fe, producen primero la guerra entre las dos, después el des­orden, la anarquía y el vér­tigo en las regiones de la inteligencia humana. Cuando se aplican a la inteligencia del hombre y a la Providencia de Dios, producen todas las catástrofes de que están sem­brados los campos de la His­toria. Cuando se aplican, por último, a la coexistencia del orden natural y del sobrena­tural, la anarquía, la confu­sión y la guerra se dilatan por todas las esferas y están en todas las regiones.
Por lo dicho se ve que en el último análisis y en el úl­timo resultado todos estos errores, en su variedad casi infinita, se resuelven en uno solo, el cual consiste en haber desconocido o falseado el or­den jerárquico, inmutable de suyo, que Dios ha puesto en las cosas. Ese orden consiste en la superioridad jerárquica de todo lo que es sobrenatural sobre todo lo que es natural, y, por consiguiente, en la su­perioridad jerárquica de la fe sobre la razón, de la gra­cia sobre el libre albedrío, de la Providencia divina sobre la libertad humana y de la Igle­sia sobre el Estado; y, para decirlo todo de una vez y en una sola frase, en la superio­ridad de Dios sobre el hombre.
El derecho reclamado por la fe de alumbrar a la razón y de guiarla no es una usur­pación es una prerrogativa conforme a su naturaleza ex­celente; y al revés, la prerro­gativa proclamada por la razón de señalar a la fe sus límites y sus dominios, no es un derecho, sino una preten­sión ambiciosa, que no está conforme con su naturaleza inferior y subordinada. La su­misión a las inspiraciones secretas de la gracia es con­forme al orden universal, por­que no es otra cosa sino la sumisión a las solicitaciones divinas y a los divinos llama­mientos; y al revés, su des­precio, su negación, o la rebeldía contra ella constitu­yen al libre albedrío en un estado interior de indigencia y en un estado exterior de rebelión contra el Espíritu Santo. El señorío absoluto de Dios sobre los grandes acontecimientos históricos que El obra y que El permite es su prerrogativa incomunicable, como quiera que la Historia es como el espejo en que Dios mira exteriormente sus designios; y al revés, la pre­tensión del hombre cuando afirma que él hace los acon­tecimientos y que él teje la trama maravillosa de la His­toria, es una pretensión in­sostenible, como quiera que él no hace otra cosa sino tejer por sí solo la trama de aquellas de sus acciones que son contrarias a los divinos mandamientos y ayudar a tejer la trama de aquellas otras que son conformes a la volun­tad divina. La superioridad de la Iglesia sobre las socie­dades civiles es una cosa con­forme a la recta razón, la cual nos enseña que lo sobre­natural es sobre lo natural y lo divino sobre lo humano; y al revés, toda aspiración por parte del Estado a ab­sorber la Iglesia, o a sepa­rarse de la Iglesia, o a prevalecer sobre la Iglesia o a igualarse con la Iglesia, es una aspiración anárquica, pre­ñada de catástrofes y provo­cadora de conflictos.
De la restauración de estos principios eternos del orden religioso, del político y del social depende exclusivamen­te la salvación de las socie­dades humana. Estos princi­pios, empero, no pueden ser restaurados sino por quien los conoce, y nadie los cono­ce sino la Iglesia católica; su derecho de enseñar a to­das las gentes, que le viene de su fundador y maestro, no se funda sólo en ese ori­gen divino, sino que está jus­tificado también por aquel principio de la recta razón, según el cual toca aprender al que ignora y enseñar al que más sabe.
La cuestión de la enseñan­za, agitada en estos últimos tiempos entre los universita­rios y los católicos franceses, no   ha   sido   planteada  por   los últimos en sus verdaderos tér­minos, y la Iglesia universal no puede aceptarla en los tér­minos en que viene planteán­dose. Supuesta, por un lado, la libertad de cultos, y su­puestas, por otro, las circuns­tancias especialísimas de la nación francesa, es cosa cla­ra a todas luces que los ca­tólicos franceses no están en estado de reclamar otra cosa para la Iglesia sino la liber­tad que es aquí derecho co­mún, y que por serlo podía servir a la verdad católica de amparo y de refugio. El principio, empero, de la libertad de la enseñanza, considerado en sí mismo, y hecha abstracción de las cir­cunstancias especiales en que ha sido proclamado, es un principio falso y de imposi­ble aceptación para la Iglesia católica. La libertad de la enseñanza no puede ser acep­tada por ella sin ponerse en abierta contradicción con todas sus doctrinas. En efec­to, proclamar que la enseñan­za debe ser libre no viene a ser otra cosa sino procla­mar que no hay una verdad ya conocida que deba ser en­señada, y que la verdad es cosa que no se ha encontrado y que se busca por medio de la discusión amplia de todas las opiniones; proclamar que la enseñanza debe ser libre es proclamar que la verdad y el error tienen derechos iguales. Ahora bien: la Iglesia profesa, por un lado, el prin­cipio de que la verdad existe sin necesidad de buscarla, y por otro, el principio de que el error nace sin derechos, vive sin derechos y muere sin derechos, y que la verdad está en posesión del derecho absoluto. La Iglesia, pues, sin dejar de aceptar la libertad, allí donde otra cosa es de todo punto imposible, no pue­de recibirla como término de sus deseos, ni saludarla como el único blanco de sus aspi­raciones.
Tales son las indicaciones que creo de mi deber hacer sobre los más perniciosos en­tre los errores contemporá­neos; de su imparcial examen resultan, a mi entender, de­mostradas estas dos cosas: la primera, que todos los errores tienen un mismo origen y un mismo centro; la segunda, que considerados en su centro y en su origen, todos son reli­giosos. Tan cierto es, que la negación de uno solo de los atributos divinos lleva el des­orden a todas las esferas y pone en trance de muerte a las sociedades humanas.
Si yo tuviera la dicha de que estas indicaciones no pa­recieran a vuestra eminen­tísima enteramente ociosas, me atrevería a rogarle que las pusiera a los pies de Su Santidad, juntamente con el rendido homenaje de pro­fundísima veneración y de altísimo respeto que profeso como católico hacia su sa­grada persona, hacia sus jui­cios infalibles y hacia sus fallos inapelables.

Dios guarde a vuestra emi­nentísima muchos años.

París, 19 de junio de 1852.

—Eminentísimo señor.

— Besa la mano de vuestra eminen­tísima su atento seguro ser­vidor,

Juan Donoso Cortés, El marqués de Valdegamas, p. 613-630 de Obras Completas de Donoso Cortés. Tomo II.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Habla el vigía.



¿Para qué seguimos? 
¿Para qué obstinarse frente a lo imposible? ¿No dice la Escritura que hay tiempo de hablar y de callar? ¿Y no es tiempo de callar cuando una histeria colectiva hace inútil toda argumentación o consejo, cuando las fuerzas ciegas de la materia tienen su hora y están decididas a aprovecharla?...

Seguimos hablando para que siga respirando la Patria. Mientras habla una nación, no está muerta; aunque esté con el alma en un hilo. Lo que decimos no vendrá a ninguna consecuencia ni producirá nada: sea. Pero sola en medio de la oscuridad, nuestra nación necesita hablar alto para no tener miedo.
Para que el día de mañana cuando el historiador diga: “la prepotencia del dinero y la furia de la ambición con el carnerismo de la ignorancia y el miedo hicieron meter la cola entre las piernas o agitarla en innobles zalemas al amo a todos los argentinos…” para que entonces se pueda decir: NO A TODOS, para eso hablamos. Hubo un año en el cual se profirieron las más capitales mentiras de obra y de palabra, al Año de la Victoria, de las Listas Negras y de la Paz Permanente para todo el género humano: y todos los argentinos enmudecieron. NO TODOS.

…Es menester que la Argentina… no muera del todo ni un solo instante. Por eso hablamos. Por eso seguimos… Mientras nosotros todavía hablemos, no estamos muertos los países del Plata. Ahora, si por la desunión absurda entre los argentinos, la desidia de los magnates y capitostes y la extraordinaria capacidad de nuestra clase dirigente para no poder nada y no dirigir nada, a nosotros nos eliminan del mapa, ya pueden ustedes pegar el grito de los malos actores en los dramas calderonianos: ¡Muerto soy! O por mejor decir, ni siquiera los van a dejar gritar. Con nuestro silencio, la vieja Argentina suena en silencio, SI ESO FUERA POSIBLE.

Quizá porque hemos vivido una vida próspera y un poco muelle, los argentinos somos ineptos para unirnos en sociedad, a no ser para hacer daño; y además estamos muy acostumbrados a ser, en lo material, lo intelectual y lo moral, muy bien servidos gratuitamente. El argentino como el español no ayuda a nadie ni agradece nada, porque se cree ÉL SOLO, sobre todo en cuestiones de cultura, religión o patria… Pero ahora… vienen tiempos de masas, de inmensos movimientos colectivos, de colaboración no solamente entre hombres y entre clases, sino entre naciones y entre continentes. Si no somos capaces de unirnos los argentinos, somos menos que nada… Y concretamente aplicando a nuestro diario: no nos van a aplastar. Pero si por fatalidad llegaran a aplastarnos, para lo cual no se van a parar en villanía más o menos, no piensen que la Argentina va a seguir lo mismo. Con nosotros caería algo esencial a la Patria.
Los bonzos que nos han tratado de locos; los mercaderes que han ignorado cómodamente nuestra existencia ocupados en calcular sus rentas; los talegudos que nos miran como a locos mientras defendemos el orden que ellos parasitan; los acomodados para quienes somos leve distracción matinal indiferente; junto al gran rebaño de los carneros: cuando desaparezca esta trinchera que son nuestras almas, se encontrarán ellos frente al enemigo que menosprecian ciegamente; y ellos, ellos tienen algo que perder. Lo que nosotros tenemos que perder, ya lo hemos dado hace tiempo por perdido. No nos pueden quitar más que la vida. Y hay maneras de perder la vida que no son sino ganarla, como es perderla por Dios, o perderla por el Bien Común, que es una cosa que se supo de antaño en la Argentina. Pero los otros, los bonzos, los mercaderes, los talegudos, los acomodados, los carneros, llámense o no se llamen católicos, esos tienen un miedo atroz de perder la vida, y un miedo peor aún de perder el dinero.

Se está formando una nueva religión ante nuestros ojos; y una nueva religión necesita sacrificios de sangre, sea de mártires, sea de animales…

Argentinos, el día que nos veáis desaparecer aplastados por la crueldad y la mentira, poned las barbas en remojo. Hasta ese día habéis tenido patria.
De todos los hombres que viven actualmente en la Argentina, ninguno será feliz; pero a todos se les ofrece la opción de vivir una vida más o menos limpia y morir en su ley; o de vivir y morir como el animal inmundo en la pocilga y para el matadero. Argentinos:
Ninguno de los hombres que viven actualmente podrá escapar a esa opción.

R.P. Leonardo Castellani, Decíamos ayer: Habla el Vigía (fragmentos), pp. 395-398.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Pequeña biografía de Rubén Calderón Bouchet.




De cómo una moto, un chancho, una novela de Jaques Perret
y la Santa Iglesia Católica me explicaron a mi padre.

En tren de responder a la solicitud de trazar una breve biografía de mi padre, y dado que él se ha negado en toda ocasión a escribir unas pequeñas memorias, permítaseme intentar la tarea con lo que queda en mis recuerdos -probablemente traicionados por mi imaginación- y con algunos mínimos párrafos que creo descubrir autobiográficos en El último señor de Geronce y otras ficciones, adelantando que el presente se aleja en el estilo del género requerido para ser, sin más pretensión, una evocación muy personal con una cronología no muy exacta. Y una segunda advertencia; como todo homenaje que se realiza sobre un hombre de carne y hueso consiste más en el buen arte de ocultar que en el de resaltar, es necesario precisar que lo mío no constituye un homenaje -aunque ningún prurito guardo con el viril ejercicio de la admiración que todo autor contrarrevolucionario se merece en estos tiempos cobardes- y por tanto muestra al hombre tal cual fue para mí, sin ocultación de ninguna especie.
Y por ello voy a comenzar con un paseo en moto. Una flamante moto Douglas tres cincuenta del cuarenta y dos, de dos cilindros opuestos, que con ruido a una loca máquina de coser, levantaba setenta a la hora por los polvorientos caminos mendocinos y que, en la ocasión, llevaba a mi padre en el asiento trasero. El otoño de esta tierra trae junto a la belleza de los álamos amarillos y ocre, una danza sin fin de pelusas que reflejan el sol como las estrellas y que crean en pleno día un ambiente al sepia de lo más ensoñador … y que por otra parte, impiden ver y obligan a escupir e insultar, lo que sumado probablemente a la conversación necesariamente estridente por encima del ruido del motor, les hizo imposible apercibirse del enorme chancho que cruzaba el carril. El golpe fue inevitable. Moto y chancho salieron derrapando de costado, chillando y girando histéricamente para restar nerviosos y gruñentes entre las malezas de las acequias. Uno a cada lado. El piloto dio de panza contra el enripiado mientras papá, largo y delgado, salía despedido en virtud del principio de palanca para un vuelo fantástico cuya duración no es posible medir en el tiempo de los hombres de negocios. En distintas cenas familiares disfruté el relato de aquel vuelo que con el correr de los días, se iba haciendo cada vez más extenso, describiendo al pasar, techos, corrales, viñas… breves historias de personas y probablemente al final, épocas… hasta dar en el barro de un chiquero del que se levantó como nada, limpiándose los anteojos con los índices en gancho y mirando sorprendido con sus ojos miopes y el gesto de su boca en herradura.
La clave interpretativa de este hecho me bastó durante un tiempo, pero ya maduro se me complicó un poco, porque la vida de mi padre -como todos los relatos que valen la pena contarse- intenta ser una historia de redención. Pero no una simple historia de redención individual y lineal, como aquel vuelo de observación universal a partir de la contundencia de la conversión al catolicismo, sino una redención circular en un doble juego de tiempo -o fuera del tiempo- de toda una familia, dentro de una Iglesia. Y por ello se agregan -en mi proceso intelectivo- la novela de Perret y la Iglesia Católica. Todo esto es algo que tiene que ver con la naturaleza del tiempo y no con mi fantasía, diría el Señor de Geronce. Pero situémonos en el lugar y la época.
El tío Calixto, matemático y adicto a la genealogía, nos asegura que descendemos de la mismísima familia de Don Pedro de Valdivia por vía de su hermana Beatriz Calderón, cuyo primer varón -de nombre Gaspar Calderón- resultó ser –por falta de hijos- el regalón del Tío; y por tanto se le concedió el honor muy español de ser almorzado por los indios junto al pariente, allá en Tucapel. El vástago del viandado encontró divertimento en venir fundando ciudades con otros de su laya -Mendoza y San Juan se llamaron- y afincó en esta última casándose -a modo de alianza estratégica- con una princesa huarpe, a la que, sin discriminación, le hizo doce hijos con bastante buena voluntad y de ahí deben venir la “jetas” achinadas de los Calderón que se han ido diluyendo a fuerza de cruzas con franceses e italianos del norte. La cuestión es que fuimos bien católicos, españoles y criollos, con largas listas de monjas y de curas hasta que el último de la corrida derecha, el viejo Calixto Calderón (un típico extremeño flaco y duro como una pica) vino a dar de comisario en la frontera con el indio por cuenta y orden de don Juan Manuel de Rosas. Emulando los antiguos se puso a fundar en la campaña bonaerense -con maneras de soldado y junto a otros gauchos tan suaves como él- la ciudad y partido de Chivilcoy. Allí se fue sanando de las heridas (quedó rengo de un lanzazo en la rodilla) que ganó en las guerras de Independencia y con el Brasil, formando gracias a su longevidad y energía una gran familia y una enorme estancia.
Terminado el período de Rosas, la pobre Argentina ya no daba más para católicos y el bisabuelo Bernardo, a pesar de ser Federal de pura cepa, se enlistó en aquel batallón de federales de Mansilla que acordaron con los mitristas y -poniendo de su bolsillo gran parte de la caballada del regimiento- se fue a la guerra del Paraguay para no quedar fuera de la Historia. Corajudo siempre, se vino masón y perdió la fe como toda su generación (al punto que resulta el único Calderón que recuerdan nuestros documentos históricos compilados por liberales, más una ligera alusión a su padre por el sólo hecho de serlo). Hombre de Dardo Rocha en la Guerra del Paraguay y en las Campañas del Desierto, luego devino en funcionario de nivel ministerial -fue Jefe de Policía- de la nueva Capital de la Provincia de Buenos Aires: la moderna ciudad de La Plata. Mantuvo parte de la estancia y crió casi una decena de hijos, entre ellos, mi abuelo Dardo.
Luego, a la falta de fe se le sumó la falta de guerras. El abuelo Dardo -como muchos criollos- era un típico guerrero sin ocupación perteneciente a una generación en cuarteles de invierno; con todas las virtudes y los vicios marciales (en especial la prodigalidad) y sin trifulcas en que justificarlos.
Caudillo de Chivilcoy, con su colt treinta y ocho a la cintura y un libro de Rubén Darío en el bolsillo (de ahí el nombre de mi padre) -a veces al servicio de algún hermano que se postulaba como diputado para los radicales- vino a casarse con una bearnesa de lo más monona, con gusto por la poesía francesa y el violín, hija mayor de una familia de colonos que cruzaron el océano para intentar la América: los Bouchet.
El país se venía desgranando. Parido en una revolución bastante tonta pero no por ello menos cruel (que oscilaba entre ser una cuestión de sensatez de burgueses o canallada de jacobinos… pero jamás un asunto de caballeros), después de más de cincuenta años de guerras civiles -incluyo la del Paraguay- que dieron la victoria al bando liberal y que dio como resultado un montón de tipos educados en el convencimiento de que la historia comenzó en 1810 y de gorro frigio; olvidados de los primeros trescientos años dentro del Católico Imperio Español, que pasará a ser despectivamente “la época de la Colonia”. (Este tema “Imperio o Colonia” ocupó un bello artículo de mi padre en el Diario Los Andes hace casi un año).
Terminadas las guerras, la buena madera se quemaba en los hogares entre juegos de cartas, mancebías y aburrimiento. Las estancias se iban yendo a manos de las nuevas fortunas comerciales en desmedro de los que las hicieron con las armas y en el servicio. Las viejas familias enfrentaban la tragedia y el olvido, y todo rasgo de antigua nobleza fue borrado de los puestos importantes y de las instituciones rectoras para recalar en nostálgicas guaridas, al borde mismo del suicidio por asco. Los tiempos convirtieron la caballería de gestos heroicos en caballerosidad de buenos modos; cuestión de gusto y no de honor. Bien a la Inglesa.
Dardo Calderón y Esther Bouchet tuvieron tres varones- una niña murió pequeña - Daniel, Rubén (Papá nació un primero de enero de 1918 a la misma vez que el Señor de Geronce) y el pequeño Dardo que será siempre Coco. Y los tres chillaron por la pampa bajo el azote del viento y del agua, todavía con grupos de indios a la otra orilla del Salado y un montón de personajes de Guiraldes y Lugones dando vuelta por los restos de la estancia que se iba perdiendo a parcelas. Contaba papá que una noche, siendo muy pequeño, fue mandado a buscar unas botellas a la despensa y debió pasar en la oscuridad por la pieza de sus padres, viendo en la semipenumbra y sobre la cama matrimonial una figura infernal; un demonio que restaba moroso, burlón y quedamente violento apoyado en el respaldo. Experiencia o imaginación, el niño intuía el desastre. Luego vinieron las discusiones, los rencores, el violín que se astillaba contra el piso como todas sus vidas, producto de una asedia y un cansancio de los que no era ajeno el espíritu decadente de la época que evocamos, dentro de las familias criollas. Al final la separación.
Con pocos años cumplidos, fue papá a dar con su infancia en la pensión del pueblo -Chivilcoy- junto a Daniel (por el asunto de la escuela primaria) y con sólo los intervalos de las vacaciones para estar en familia. Mi abuela con Coco a lo de Bouchet y el viejo Dardo en el campo. El extrañamiento, la mala alimentación y la enfermedad minaron la alegría del niño… los problemas de vista, quizá un principio de raquitismo. Durante varios años. Más de lo tolerable. (Mi madre -con más furia que ternura- siempre quiso consolar ese niño de carita alargada y triste en traje de marinero junto a sus hermanos que todavía muestra la foto.) Aquellos años me traen de forma inevitable a Tirita, el niño delgado del cuento de mi padre que le tocaba hacer de “linesman” en los juegos de pelota y que encontraba maravilloso meterse dentro de las cañerías. “Casi no tenía espesor y nunca sabíamos si estaba de frente o de perfil, siempre parecía que tenía un solo ojo o acaso dos, que al no encontrar lugar en la cara para desplazarse, se encimaban”. “¡Se va a perder! Gemía Astudillo…” “todos… presentíamos que ese y no otro era el destino de Tirita”.
Recién en quinto grado pasa de la pensión a vivir con su padre en la casa del campo y al otro año se integra a la familia Bouchet. El trabajo de las cosechas, los caballos y sus jóvenes y adorados tíos le devolverán la salud que de ahí en más pasará a ser una “herramienta” a conservar con seriedad por el resto de su vida. Será un muchacho delgado, pero ágil, fuerte y muy resistente. Excelente jinete.
Junto a su madre y a Mamalé -su abuela- aprende un poco a rezar, leer francés y -sobre todo- a gustar de la buena literatura. Los Miserables de Hugo será el relato que puebla la imaginación de su infancia, retenido hasta en sus mínimos detalles por una memoria prodigiosa. (Ya de grande, en veladas estivales estando junto a nuestras novias, nos relataba esta y otras novelas, sin olvidar el nombre del personaje más insignificante y hasta con el número de la calle de París donde fue a rescatar Jean Valjean su enamorada. “Le mot de Cambronne” nos llenará los ojos de admiradas lágrimas).
El Colegio Nacional verá un alumno extraño pero regular, con todas las ausencias posibles que le permitan permanecer en las faenas de campo con los tíos y los peones, a los que recordará con nombre, apellido y anecdotario por el resto de su vida. Daniel solía contarme que él había aprendido a manejar un viejo Ford, pero que Rubén siempre prefirió la horquilla y los caballos. Su ineptitud y negación para las máquinas serán proverbiales durante su vida adulta con la sola excepción de la Olivetti (que ejecutaba con total prescindencia o curiosidad por el mecanismo). Supo escribir, por aquellos años adolescentes, algunos artículos en un Diario comunista de su pueblo. Uno de ellos era a favor del divorcio.
El ciclo escolar secundario terminaba a la par que terminaba el arriendo del campo del viejo Bouchet, con venta a tranquera cerrada de todo lo que había dentro. Icho -uno de los Bouchet- buscaría a mi padre para darle el dinero correspondiente de un caballo que le había regalado en su momento, moneda por moneda.
Unas pilchas en un bolso marinero, una carta de recomendación para un ministro de la provincia de Córdoba que jamás lo recibió y una atado de libros, fue el capital de partida de este hijo de vieja familia criolla que a los dieciocho años había perdido todos los hogares a los que su cariño se había aferrado, y se “fugaba” de cualquier lugar conocido para vivir en pensiones hasta el día anterior a su matrimonio. Comienza con un año de Agente de Tercera en la Policía de San Juan (1936) y luego dos años de empleado en el Registro de la Propiedad de La Plata reemplazando a su madre. En La Plata mantiene en la pensión al rubio loco y elegante de Coco, de diecinueve años y a su amparo hasta el 39. Años de bohemia, literatura y divagues poéticos y filosóficos, con el intervalo de un curso de pocos meses en el que se gradúa como Oficial de la Reserva -con el grado de Subteniente- en el Regimiento 2 de Caballería “Lanceros General Paz” en Campo de Mayo. Los poetas Alberto Ponce de León y Victorino de Carolis serán algunos de sus compañeros de charlas. Daniel estudiaba medicina y vivió toda la carrera en el hospital. (Muchísimos años después y sin haberse vuelto a ver, Eduardo Ramón Acuña –amigo de aquellos años- instalado en la Rosada como asesor, lo llamaría para ponerse a su servicio… de pura nostalgia). Y de inmediato, como siempre después del desorden y la rencilla, viene la tragedia.
La víspera de Navidad del 39, Coco saldría para Chivilcoy a una fiesta. El viejo -solo en la pensión de La Plata- se acostaría luego de algunos saludos de rigor y poco después, ya pasadas las doce y en pleno sueño, sentiría a Coco que, como siempre de camino a la pieza que quedaba cruzada con la suya -patio con macetas de por medio- le tocaba la puerta y se asomaba… gris, difuso y torturado… y le decía… “Pichón… rezá por mi”.
Había muerto a la una en Chivilcoy, en una pelea con milicos. Por no retroceder. Por no entregar el arma. Y por esa porquería de pistola Browning del calibre 32. Un milico que lo agarró de atrás recibió un tiro en la oreja que disparó por arriba de su hombro y seguido, un comisario se llevaba tres tiros en el pecho. A él -que ya estaba herido en un brazo- lo mató un tiro de 45 en la espalda.
Las empresas de los hombres ya no venían a la medida de los criollos y muchos morían derrochando coraje inútilmente en los boliches, como en versos de Carriego.
Tanta tristeza e impotencia necesitaban un paisaje acorde donde poder soltarlas y Rubén tomó rumbo hacia la Patagonia. Sólo su viento frío, violento y arrachado, podía llevarse la amargura rodando por sus estepas yermas hacia un horizonte lejano y desolado, para estallarlo en la piedra quebrajosa de la cordillera o en los abruptos acantilados del océano helado. Contratado como arriero de ovejas entre Santa Cruz y Chubut y luego peón de pala y pico en las cuadrillas de la Dirección Nacional de Vialidad -desde el 41 hasta mediados del 42- le llegaría el alta del Ejército para rescatarlo de un descenso ad inferos que se sucedía a la muerte de su hermano. Aquellos enigmas dolientes que le planteaba la tragedia y que no podían resolverse todavía, serían sin embargo su hilo de Ariadna. ¿Dónde estaría Coco? ¿Qué sentido tendría la oración? ¿Ante quién se debía hacer esto? ¿Qué posibilidad había de curar lo pasado?. (Esto me trae el recuerdo de una conversación muchos años después y mirando el mar. “Para mí la vida es algo parecido a una pregunta que debo responder”, me dijo.
Por fin aparecía la posibilidad de una guerra. Algunos hablaban nerviosos del Brasil aliado y la Argentina del eje. El viejo eligió un Regimiento de frontera respondiendo al atávico llamado de su raza: el 11 de Caballería en Paso de los Libres, Corrientes. Poco tardó en darse cuenta del equívoco. Mientras Europa se reventaba las tripas con tormentas de acero, nuestra tropa estaba provista de caballos y lanzas y no se avizoraba ninguna posibilidad de ampliación de los fondos. Sin embargo y para mejor, aquellos fueron años alegres que dejaron el recuerdo de tantos soldados correntinos y “guaranises”; simples, risueños y directos. (Un antiguo soldado indio mataco -Agapito de apellido- no tomaba su día de franco por falta de fondos. Papá le dio algunas monedas de regalo y lo alentó con un guiño cómplice a ir al pueblo para divertirse. De regreso el indio le trajo de vuelto casi todo lo recibido… ¡sólo había comprado unas bananas!).
Destacó siempre la amistad con su Capitán, Raúl Antonio Olivari Cáceres y al mentarlo, expresaba el juicio que le merecía la institución “demasiado inteligente para pasar de Coronel en el Ejército Argentino…”. Esta idea cobrará cuerpo dentro de su talante sereno y desapasionado, pero escéptico, y será una experiencia que lo protegerá de tomar parte sin reparos en futuras aventuras militares y que dejará a salvo el prestigio de su diagnóstico político. Años después, mientras él aporreaba la Olivetti, le dije que quería entrar en el Ejército… sin levantar la vista del texto me contestó… “¿en qué ejército?”. Y ya supe a qué atenerme. El viejo no se perdía en sermones directos ni en voces de mando. Cuando quería decir algo era mansamente irónico o hablaba de historias. Y el que quería entendía. Como dice el refrán, “nadie escarmienta con palabras”.
Manuel Bermejo -primo del abuelo Dardo- se había llevado a Mendoza a Pedro Calderón -el menor de los hermanos- que se convertiría en un médico de renombre y formaría destacada familia -en dos matrimonios- emparentándose con importantes apellidos del medio. Daniel -mi tío- ya médico, se había afincado en estos pagos siguiendo la escuela de su pariente y se lo trajo a mi padre terminado el servicio de reserva.
Sin mucho pensarlo, se anota en la carrera de Filosofía y luego de un año de estudios, vuelve al Regimiento 11 de Caballería -que ahora residía en Villa Federal, Entre Ríos- donde pasa un año más, y ya vuelto, retoma en Mendoza la carrera de Filosofía y se atropella un chancho. Que en efecto, será literalmente el chancho que les he contado más arriba. Y será su conversión, que no quiero llamar conversión sino reencuentro. Pero veamos.
No me cabe a mi ninguna duda que papá estuvo con su hermano poco después de su muerte y que Coco le pidió que rezara por él. Es el hecho más cierto de su vida. Pero esto no debe influir demasiado en ustedes, ya que la idea que retengo de mi padre está impregnada por la virtud que poseía el Señor de Geronce para traspasar la historia, y muchas veces, creo que el misterioso personaje del que habla Colonna en sus memorias y que le avisa a Leticia Bonaparte que su hijo moría en Santa Elena, no era el personaje del cuento, sino que era mi padre. Y no debe extrañarles… porque a mi padre, su hermano le había revelado el misterio de la Comunión de los Santos mucho antes de que tuviera la fe, y había venido a ser hombre de Iglesia antes que de Religión. Papá no se convirtió, sino que le volvieron poco a poco y desordenadamente los dogmas que defendió su familia desde tiempos inmemoriales (“Por la fe moriré” decía nuestro escudo familiar, que aunque un tanto pretencioso para nuestros tiempos, vale para los viejos) y le volvieron comenzando por aquel dogma que le comunicaba con ellos.
Traigamos a cuento lo de Jaques Perret. Este aristócrata y monárquico, del equipo maurrasiano, escribió una novela que se llamó “Con el viento en las velas” y que forma parte del capital literario heredado de mi padre. La frase en francés significa –además de su sentido literal- estar un poquito borracho y es cuestión que el protagonista (Gastón Le Torch, recuerdo), perteneciente a una familia de marinos, descubre que uno de sus ascendientes no se ha portado a la altura de las circunstancias en un lejano combate naval. En aquel estado, "con el viento en las velas", vuelve a esos viejos tiempos a limpiar el honor familiar.

Esa especial forma de ver las cosas, con una singular concepción del tiempo, se da en aquellos que son conscientes de formar parte de una vieja familia y de una vieja historia. No se sale a fundar algo nuevo, sino que se viene a continuar algo viejo, y ese todo que es la familia exige ser sacado adelante con orgullo del buen comportamiento o por la redención del mal comportamiento. Porque hay tiempo de enderezarlo todo. Hay el tiempo que Cristo nos gana desde la eternidad de Su momento.
Y ese plan era abruptamente concebido por un alma que atropellaba un chancho y sin más dilaciones se ponía al servicio de la Historia, y de la Iglesia, y de su familia, y de algo parecido a una Nación que, si cortábamos su nexo con los trescientos años del Imperio y aún más allá... pues ya no tenía salvación. Se rompía un eslabón de la cadena que a través de la Conquista nos hacía parte de la vieja España y de la Cristiandad, abandonándonos a un tiempo lineal solitariamente futuro y desarraigado, propiamente revolucionario. La caña que sobrevive el vendaval temblando de miedo de la fábula de Anouilh. Mal podíamos contentarnos y acomodarnos a este triste segmento por más razones de supuesto realismo político que se invocasen, como mal podríamos buscar hacia delante un cielo sin descender primero en busca de los nuestros. "¡Me tienen harto los cultores del hecho cumplido!" dirá mi padre en consonancia con el pensamiento de un noble ancestro de Gastón Le Torch en la mentada novela: "…todos los cálculos son de inspiración maligna y los referidos al tiempo, más que los otros". Había que ir por Bernardo, también por Coco al que había que empezar por bautizar (sin que esto constituya una herejía, sino un problema de tiempos), y empujar con los que están y los que vendrán. Y también esto correspondía hacer en la Historia. Y sobre todo en la Iglesia. La revolución venía cortando los puentes y como Gastón Le Torch, había que reparar lo deshecho. Aún en el peor de los casos -y volviendo a la referida fábula- haber sido parte de aquel Imperio, de aquella familia y de aquella Iglesia, nos permitía morir como un roble. Para un alma noble, esto hace una diferencia.
La aristocracia es fundamentalmente una dilatada concepción del interés -entendido para una finalidad trascendente de la persona- dentro de un espíritu crítico, libre y con el coraje de superar lo “tribal” por lo político. En nada se le parece esa multiplicación del egoísmo que supone la complicidad del club o la logia. Se trata de ver con lucidez, corregir con carácter y guiar con amor. Y que por fin, es esto lo que me dejó perplejo cuando lo entendí de mi padre. Toda su vida y su obra cobraban el sentido de una "misión de rescate" en tiempos de perdición. Él cuenta un sueño recurrente: vuelve a Chivilcoy y entra por detrás del casco de la estancia, entre el cementerio y la reja de defensa, y ya cuando escucha las voces familiares y aferra el picaporte inclinándose para mirar… se despierta.
El viejo empezó en filosofía porque no tenia nada muy claro en aquel momento, pero a tanto de andar se hizo a la historia… "no afirmaré que su gusto por la historia nacía de sus pretensiones nobles, pero no queda descartado que sus preferencias culturales tomaban fuerza en sus inclinaciones aristocráticas" dirá del Señor de Geronce. Su renovada visión cristiana de las cosas ponía a la filosofía en el lugar que le tocaba -y que le había dado con justeza Santo Tomás- y no en la punta del imbécil obelisco que en su honor ha construido la revolución moderna y que se babea desde las universidades. Sin mayores pretensiones de filósofo o teólogo, aún manejando ambas disciplinas con bastante soltura y erudición, se dedicó a la historia ubicándola serenamente en su quicio, sin desmedro de la jerarquía científica en que la coloca con su original trabajo sobre Historia y Conocimiento -que luego será ampliado en su obra Esperanza, Historia y Utopía.
Así como hubo cientos de sofistas que enrarecieron en su tiempo la buena filosofía y cientos de escuelas teológicas que ocultaron en su tiempo el brillo esclarecedor del tomismo, la peste intelectual de nuestro tiempo son todos aquellos que se arrogan su administración y especulan sobre el equívoco de considerar la historia como la gesta misma del espíritu. La historia no es una acción ni una substancia, es una cualidad del acto humano. La historia -nos explica- se sale de lugar en la modernidad con la Filosofía de la Historia (otra de las verdades cristianas vueltas locas por la revolución) y se transforma en esa entelequia mítica con una finalidad implícita que la familia hegeliana llama historia.
Cuando se habla de la finalidad o del sentido de la historia y se pretende regentearlo en nombre de alguna divinidad abstracta, se comete un evidente abuso especulativo. Primero, porque se toma a la historia como a un todo sucesivo, sin pensar que en esa perspectiva conceptual se trata de un ente de razón. Luego, por una flagrante transposición teológica, se le concede inteligencia, voluntad y designios propios, con aptitudes para absolver, condenar y disponer de un basural escatológico donde iremos a parar los que no coincidimos con sus objetivos.
Esta perspectiva serena, aristocrática, profundamente cristiana y eclesial, marcará desde el inicio la totalidad de su obra que no será sino un sólo esfuerzo a la par de su vida y en feliz adecuación. Una apología de la Iglesia Católica, dirá él mismo. Una puesta a punto de la historia en un siglo de herejía historicista que infecta la misma teología oficial del Vaticano. Un sólo libro desde el principio al fin, con ciertos ensayos de afinamiento de los instrumentos conceptuales que no resultan para nada ajenos a la obra y que obran a manera de pilares. Y lo que resulta más llamativo (y sólo explicable en aquella especial condición del hombre de tradiciones que lo hace heredero y continuador), es que su derrotero intelectual y espiritual no muestra evoluciones o cambios, sino simplemente camino andado: una misma calidad y estilo desde el principio; como si ese momento en que se parte de cero -cuando atropella el chancho- le aportara la totalidad de la Luz necesaria para ver lo que de ahí en más tenía que ver. Sólo restaba transitarlo. Sólo restaba volar con el impulso de aquel primer momento. Casi sin esfuerzo. (Y para aquellos que hemos visto sus originales salir de la máquina de escribir a la imprenta sin correcciones, entendemos el sentido de la frase sin faticca di corpore). Pero primero veámoslo graduarse.
El bautismo sucedió en al año 47. Más tarde conocerá a Blanca (en el 49, año de su graduación). Se casará con ella apenas pasado un año. Sus compañeros de camada serán sus amigos de siempre a pesar de la diferencia de edad. Jorge Comadrán Ruiz y Edberto Oscar Acevedo serán especialmente entrañables. Pero también en el cuerpo de profesores jóvenes -más cercanos a su edad- trabará firmes amistades con Guido Soaje Ramos y Alberto Falcionelli. Los cuatro serán destacados intelectuales en distintas ramas y compartirán con papá la Fe Tradicional y el diagnóstico de los tiempos hasta el fin de sus días o hasta el presente en su caso. Aquellos años jóvenes lo acercarán al Padre Julio (Meinvielle) que lo tendrá como colaborador permanente de la revista Ulises y en donde ambos se reirán y se harán de enemigos como Dios manda. Mi padre tendrá una especial condición para cultivar la amistad con una cortesía discreta y provinciana, de modos y conversación propia para acompañar los platos de una sencilla mesa familiar con alto vuelo de temas y para nada afectada de cortesanías para la galería (encontraba plebeyo el exceso de buenos modales). Sumado a todo, una cordialidad sincera y tolerante de las ambigüedades y contradicciones de la naturaleza humana -de la que en ningún momento se siente ajeno ni a salvo- constituían su lucidez, que es intelectual pero también es moral.
Por la mesa familiar, atendida diligentemente por mamá, pasará lo más granado de la intelectualidad católica argentina en veladas inolvidables. Alberto Falcionelli será el comensal más festejado por toda la prole -ya casados, nos llamábamos unos a otros cuando llegaba de visita y nos íbamos a casa de los viejos a escucharlo (era más divertido que el cine). Guido -por supuesto- discernidor implacable, con su vozarrón atronador daba la impresión de tener un V8 en la cabeza. Sin intensión de hacer lista y al calor de mis recuerdos de joven, me viene a la memoria una noche con Roque Raúl Aragón y papá, recitando de memoria al unísono los versos gauchescos de Lugones; o un mediodía con el Padre Alberto Garcia Vieyra (hasta el día de hoy cuando leo la frase olor de santidad" me trae el olor de su sotana), su enorme profundidad teológica y su picaresca cordobesa que no lograban mitigar la enorme tristeza que le provocaba la decadencia de la Orden. El Padre Renaudiere de Paulis y sus versos exquisitos (Un libro de poemas del Padre se titulaba Tiresias, y papá le decía que nosotros los muchachos habíamos entendido Teresa y creíamos que había sido una novia… ¡Qué Báaaarbaros! exclamaba el cura con su mejor retórica dominicana gesticulada). En fin, muchísimas personalidades que hacían florecer una buena época del catolicismo argentino.
Sus primeros años de profesorado comenzarán con la materia de Etica en el Colegio Nacional. Luego vendrá el Liceo Militar General Espejo, donde ganará por concurso el máximo de horas cátedra. Las primeras camadas del Liceo lo tendrán en gran estima y le darán una mano en momentos más duros. (Enrique Díaz Araujo se contará entre aquellos alumnos).
En el 53, por desobediencias a la liturgia peronista es exonerado como muchos otros (recuerdo en este momento a Jorge Comadrán Ruiz y a Dardo Pérez Guilhou). Mamá -por no ser menos- también se hizo expulsar, y hasta el 55 se mantuvieron dando clases particulares, a las que muchos de sus alumnos -gran parte del Liceo- concurrirían más para ayudar que para reforzar una capacidad de la que no adolecían. Estaban por esos años naciendo las mellizas y la pareja completaba sus cuatro hijos de un solo golpe.
El 55 terminó con Perón (Revolución Libertadora) y papá fue nombrado Prosecretario del Rectorado que detentaba Germinal Basso. Era la pata católica de la intervención. El nombramiento tenía olor a recomendación de Raúl Benegas -Ministro de Hacienda y pariente de los Bermejo- que había mandado su hija a las clases particulares de los viejos. El hecho es que Raúl era de esa raza de caballeros que hacen los favores y “esconden la mano”, y el asunto de la recomendación siempre quedó en el misterio aún para nosotros. Esta será la única vez en la vida de mi padre que ocupará un cargo público y no estará en la cátedra. No pasará un año que tomará su materia (Historia de la Ideas) en la Universidad Nacional de Cuyo (Escuela de Ciencias Políticas), cátedra que obtendrá en dedicación exclusiva y por concurso en el año 60 siendo ya Facultad de Ciencias Políticas. El resto son sus ocho hijos, su dilatada obra y una vida ordenada para la tarea intelectual, sin mayores sobresaltos… y no porque no hayan existido razones para ello, sino por una vocación clara de no tenerlos ni llamarlos. Los años de la zurda violenta transcurrieron con variadas incomodidades y veladas amenazas de las que el viejo no hizo caso y siguió con su tarea. De la misma manera en tiempos del proceso militar no aceptó cargo alguno y mantuvo su sabia política de no entrar en asuntos de milicos ni de curas (un sano anticlericalismo era norma entre las mejores cabezas católicas de ese tiempo. El Padre Castellani diría “soy sacerdote y anticlerical” y a la muerte del famoso cura, papá escribiría en el Diario Los Andes una necrológica muy valiente y en la que sin ningún reparo hablaría de “burros mitrados” como definición del episcopado argentino).
Careció completamente de honores académicos hasta su jubilación, luego de la que fue nombrado Profesor Emérito (por influencia de algunos buenos oficiantes de la Facultad de Filosofía y Letras que lo aprovecharon un tiempo más). Sus únicos honores serán dados por las exoneraciones (que en ningún caso provocaron rencores o resentimientos), primero la de los peronistas y luego, en compañía de mi hermano Bernardo -adjunto de cátedra- la de la Universidad Católica de la que había sido profesor fundador con plaquita de bronce y todo (esta fue en razón de que Álvaro -su quinto hijo- entró al Seminario de La Reja). Cuando a Jaques Perret le quitaron la medalla militar -ganada en el frente- por “ultrajes al jefe de estado”, escribió con bastante humor: “Hago -humildemente- mi entrada en la aristocracia de los “ex”. No puedo ocultar que el viejo tomó igualmente el asunto bastante en broma y no ajeno a ello, resultaba el hecho de que entre los dos sueldos no compraban una decente horma de queso.
El acuerdo prudencial de mi padre con el curso de hechos que fue tomando la Fraternidad Sacerdotal San Pio X -fundada por Mons. Lefebvre- con respecto a las reformas del Vaticano II, no constituyó una inflexión ni una necesidad de decisión frente a una alternativa, sino una conclusión que se imponía pacífica y necesariamente en el proceso de la reflexión intelectual que venía llevando en su obra. Papá, mucho antes de tomar contacto con aquel grupo de sacerdotes tradicionalistas, mantenía correspondencia y estaba suscripto a la revista “Itineraires” donde Jean Madiran -desde hacía muchos años- enfrentaba intelectualmente las reformas prohijadas por el concilio, señalando claramente el carácter revolucionario del mismo. El asunto tampoco se trató de una adhesión a un grupo sino de una coincidencia de juicio. El que la decisión adoleciera de todo cálculo no quita que fue tomada –como todas las suyas– con total desapasionamiento y por devoción a la Santa Madre Iglesia.
Hace poco, recibiría de Sixto Enrique de Borbón y Parma la Orden de Caballero de la Legitimidad Proscripta (las proscripciones se estaban convirtiendo en una costumbre) y si fueran otras épocas, solicitaría el permiso real para llevar en el escudo familiar y entre los calderos, un gran Corte de Manga que simbolice la actitud que le merecieron todos las instituciones que han perjurado con la Revolución. (Como dato curioso, el asunto de los calderos y el lema, viene de un antepasado hidalgo que fue freído por lo moros en un caldero, y de ahí la costumbre familiar de... cada tanto... estar fritos).
Dos pequeños temas me quedan, pero no menores. Todo hombre que ha elegido el estado matrimonial sabe a ciencia cierta que la elección más importante de su vida será su mujer, ya que de ahí en más las virtudes o defectos de ella, harán su alegría o su desdicha y la de su prole. Papá tuvo una gran suerte y si alguna vez tuviera que definir cuál fue la gloire de mon père, esa sin ninguna duda- sería mamá. Hija de un genovés y una francesa (aunque nacidos acá por circunstancias, ambos eran de idioma materno italiano y francés), era la única mujer -adorada- de sus padres, entre dos varones -que la adoraban- y que sería luego adorada por su marido y por sus hijos. Blanca Robello era un personaje de Jean Giono en Le Chant du Monde -de hecho le encantaba la novela- pura energía vital y con la medida justa de espíritu para sanar una vida y llenarla de esperanza, hija de sastre mantuvo siempre una tenida elegante, más allá del don de una bucólica belleza que se expresaba en sus colores de paisaje estival. No era tan simple como para ser alegre, era más bien emprendedora pero de la única empresa que le importaba; papá, su casa y los chicos. Cuando fueron a casarse, mamá acompañó al viejo a la pensión a buscar sus cosas -un bolso, unos libros y un catre tijera de lona- y el día anterior, a modo de salón de belleza, los dos amasaban adobes de barro en la finca de mi abuelo. El día de la boda, papá paso a buscarla a pié por su casa y así se fueron a la Iglesia y de allí nuevamente a pié para el almuerzo. (Cuesta creer que hoy -para durar poco- las bodas recurren a una increíble parafernalia).
Mamá estaba para construir ese proyecto saludable que el viejo había concebido el día de su encuentro con un chancho. Y aunque ella confesaba que no gustaba de disquisiciones teológicas porque le engendraban más dudas que certezas, la vida sólo le agregaba certezas a su fe. Entró en la religión de la mano de mi padre y como quien entra a la casa familiar del otro, dispuesta a querer y hacerse querer, y recién se curó de su complejo de ser demasiado Marta, cuando mi hermano Álvaro le presentó a Teresita -la de Lisieux- y declaró con autoridad sacerdotal (o indulgencia filial) que eran oración todas esas horas de idas y vueltas por la cocina para hacer amena la cena en que papá - o alguno de sus interesantes invitados - nos daban un curso irrepetible de cultura universal y que ella quería que aprovecháramos. Ni que decir la cantidad de curas a los que mimó y “regó” con abundancia.
El otro amor de papá fue la oración. No hubo una sola mañana que no comenzara antes del amanecer de mate y rosario -y no de cinco misterios- solo con la pava recorriendo toda la casa mientras dormíamos. La oración de mi padre no era un asunto de viejas devotas, era trabajo, era un compromiso ineludible. Doy fe del efecto que ella tuvo en la vida de los suyos, y en casos muy puntuales que reservo en mi memoria. Estoy convencido que lo que hizo con la oración -aunque sea imposible de ver hoy- completa su obra.
Ya viejos y más serenos en la casa, estos dos amores se encontraron. Los últimos años del matrimonio fueron un idilio -de la mística a la "mástica" bromeaban mis hermanas- dedicados a la oración y a frugales delicias culinarias. El amor conyugal se espiritualizaba haciendo su visión enormemente grata y ejemplar para todos nosotros.
Muchos de los personajes de esta historia ya no están. Sin excepción y de formas que creo providenciales, aún los más reacios murieron dentro de la religión. (El incrédulo impenitente de mi tío Daniel, se convirtió dos días antes de su muerte, tomó los sacramentos y besando el crucifijo que le acercaba el bueno del Padre Gobbi, “cambió el fusil de hombro”).
Mamá recibió la extrema-unción de pie frente al altar de la querida Capilla, de manos de mi hermano el Cura -toda su belleza y vitalidad serían arrasadas con la furia de un incendio que ataca un bosque- dejando a papá cumplir la penitencia de Adán: una larga viudez, una gran memoria y una enorme descendencia de la que preocuparse.
Ruego para que al momento de caer en el barro y luego de limpiar sus anteojos con los índices en gancho; al mirar su entorno sorprendido con sus ojos miopes y el gesto de su boca en herradura; cuando la brisa del este le traiga el aroma de los pastos segados de su inmensa pampa, entre las risas de los peones y relinchos de caballos; cuando por fin abra la puerta de la reja del antiguo casco de la vieja estancia; sea recibido por todos los suyos en Cristo Nuestro Señor … y allí nos espere.

Cuaresma de 2007.

Dardo Juan Calderón
, tomado de Argentinidad.