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sábado, 7 de julio de 2012

Hallan piedra, en el Mar Muerto, con inscripciones en hebreo que confirman que Cristo fue el Mesías.



Según informó la “Folha de S. Paulo” (*), científicos israelíes analizaron cuidadosamente una losa de piedra (foto), con cerca de 100 centímetros de altura con 87 líneas en hebreo. Data de varios lustros antes del nacimiento de Jesucristo.
El descubrimiento sacudió los círculos de la arqueología bíblica hebrea porque prueba que los judíos alimentaban la esperanza de que el Mesías que vendría, resucitaría después de tres días de muerto.
La placa fue encontrada cerca del Mar Muerto y es un raro ejemplo de una inscripción en piedra de tinta en dos columnas, como en la Torah (el equivalente en hebreo a las Escrituras Pentateuco, es decir, los cinco primeros libros de la Biblia).
Para Daniel Boyarin, profesor de Talmud en la Universidad de Berkeley, la pieza es una prueba más de que Cristo Jesús es el Mesías tradicionalmente esperado por los judíos.Ada Yardeni y Binyamin Elitzur, expertos israelíes en escritura en hebreo, después de un análisis detallado, concluyen que data de fin del primer siglo antes de Cristo. El profesor de arqueología en la Universidad de Tel Aviv, Yuval Goren hizo un análisis químico y considera que no se puede dudar de su autenticidad.
La placa describe la pasión y muerte del futuro Mesías y dice: “en tres días sabrán que el mal será derrotado por la Justicia”. En la línea 80 dice el arcángel Gabriel: “en tres días vivirás, príncipes de los príncipes”.
Israel Knohl, profesor de estudios bíblicos de la Universidad Hebrea, sostiene que la piedra demuestra que “la resurrección después de tres días es una idea anterior (a la llegada) de Jesús, que contradice prácticamente casi toda la visión académica actual”.
Desde el punto de vista católico, estos datos científicos confirman la fe en las Escrituras.
Se comprende que entre los judíos es causa de controversia, ya que simplemente apunta a la divinidad de nuestro Señor Jesucristo y deja en incómoda situación a la sinagoga.


(*) La Hoja de San Pablo (8-7-2008)

Más información en inglés (aunque tiene mucha “interferencia ideológica”):
http://www.nytimes.com/2008/07/06/world/middleeast/06stone.html

Nota: recordemos el inmenso daño que causaron en la exégesis bíblica la “manipulación” de la traducción de los rollos del Mar Muerto. No hay peor traductor que el que no quiere ver el verdadero significado del texto a traducir.

lunes, 23 de abril de 2012

El origen del Universo.



El Big Bang” se ha convertido en un concepto sobre el cual expertos y legos hablan por igual.
En años recientes importantes descubrimientos han confirmado este modelo sobre el origen del universo.
Según éste hace 15.000 millones de años una gran explosión dio origen a todo lo que existe hoy.
Cuando publicaciones científicas y laicas han tratado el tema, muchos han inferido que la ciencia ha explicado el origen del universo (como antes lo hizo con el hombre) y que, por lo tanto, “Dios no es necesario”.
Este artículo explica breve y sencillamente las evidencias a favor de la idea de un universo en expansión y su relación con el origen del Universo. También pretende dar una perspectiva equilibrada sobre la teoría del Big Bang y sobre sus efectos en la fe.
Contrario a lo que muchos piensan, este “descubrimiento” es una evidencia a favor de lo que los creyentes han venido diciendo por milenios.


¿Cuál es la solución última al origen del universo?
Las respuestas de los astrónomos son desconcertantes y extraordinarias.
Lo más notable de todo es el hecho de que en la ciencia, al igual que en la Biblia, el mundo comienza con un acto de creación.
Robert Jastrow, astrónomo, en “Until the Sun Dies” (1977)


Probablemente los seres humanos hayan anhelado siempre poseer una respuesta a la pregunta: “¿De dónde venimos?”. Los científicos se han proyectado más y más hacia atrás en el tiempo para investigar el origen de la tierra y ahora incluso el origen del universo en su totalidad. Para Aristóteles el universo era eterno, sin principio ni fin. En nuestros propios días, el astrónomo Fred Hoyle se ha pronunciado en términos semejantes para tratar de evitar lo que él denomina “condiciones iniciales arbitrarias”. Aunque la idea de un universo eterno ha satisfecho a muchos pensadores, los descubrimientos modernos la han hecho de más difícil aceptación. Hoy en día la mejor evidencia científica de que se dispone apunta a un principio real, no sólo de la materia y la energía, sino también del tiempo y del espacio.

Un universo en expansión.

El primer indicio de que el universo podía estar expandiéndose vino de un descubrimiento fortuito realizado en 1914. Mientras realizaba otras observaciones, al astrónomo Vesto Slipher notó que ciertas nebulosas espirales se alejaban de nuestro planeta y del sol a enorme velocidad. Captando la importancia de dicha observación, Edwin Hubble y Milton Humason enfocaron el telescopio gigante del Monte Wilson hacia otras nebulosas, ahora denominadas galaxias, Entre 1925 y 1930 Hubble y Humason midieron las velocidades y distancias recesionales de un número de galaxias suficiente para demostrar que se alejan de nosotros a velocidades proporcionales a su distancia de nuestra galaxia.
Si todas las galaxias se alejan de nosotros, y unas respecto de otras, es que el universo en su totalidad debe estar expandiéndose. Podemos visualizar dicho efecto de manera algo imperfecta observando lo que sucede al hinchar un globo en cuya superficie hemos dibujado una serie de manchas. (Con mayor precisión, los astrofísicos hablan de que nuestro universo se expande en un “espacio-tiempo” de cuatro dimensiones.)
Si imaginamos que retrocedemos en el tiempo descubriremos que las galaxias se hallaban más próximas entre sí que ahora. Cuanto más atrás en el tiempo, más cerca estarán unas de otras, de manera que es posible imaginar un instante en cual todas las galaxias se encontraban comprimidas en un volumen muy pequeño. Las ecuaciones de la teoría de la relatividad se han verificado experimentalmente con suficiente precisión para describir el comportamiento del universo y establecen que la compresión podría hacerse tan grande que el universo se convertiría en un punto sin dimensiones y en consecuencia de densidad infinita. La materia y la energía tal como las conocemos no existirían, y las nociones de espacio y tiempo no tendrían sentido.
La idea de un universo confinado en un punto supera casi la imaginación humana; los científicos lo denominan singularidad, un acontecimiento absolutamente único. Correspondería al principio del universo, o al menos a un momento antes del cual no es posible obtener información que tenga sentido. De manera que la evidencia científica de un universo en expansión apunta a un universo con un principio.

La radiación cósmica de fondo.

En 1965, dos científicos de los Bell Laboratories que trataban de poner en funcionamiento un potente nuevo radio receptor de microondas veían obstaculizados sus esfuerzos por un molesto “parásito”. Arno Penzias y Robert Wilson pensaron que habían encontrado la clave del problema cuando descubrieron un nido de palomas en la enorme antena, pero la expulsión de las aves no solucionó el problema del parásito. Continuaron investigando su origen hasta encontrarlo, un hallazgo que les valió el Premio Nobel de Física de 1978.
Penzias y Wilson observaron que la misteriosa radiación de microondas procedía de más allá de su receptor, de más allá de la tierra e incluso de más allá de nuestra galaxia. Parecía como si todo el universo emitiese un leve “fulgor” de radiación de microondas en cualquier dirección hacia la cual apuntasen su antena. Su descubrimiento, actualmente denominado radiación cósmica de fondo (que no debe confundirse con los rayos cósmicos), parece ser el remanente diluido del intenso calor y luz desprendidos en los momentos iniciales de la explosión primordial.
La radiación de fondo cósmico puede compararse al calor y la luz que desprende el rescoldo de un fuego. Esa radiación ya no se halla en la región visible del espectro electromagnético sino en la infrarroja. Podría decirse que el “rescoldo” de la bola de fuego original del universo se encuentra a estas alturas muy frío y no emite ya ni tan solo radiación infrarroja. En su lugar se desprende radiación de microondas, de longitud de onda mayor y menor energía, detectable solamente mediante receptores de alta sensibilidad. Como cualquier radiación, las microondas existen en forma de “partículas de luz”, llamadas fotones; los fotones de la radiación de fondo cósmico corresponden a una temperatura tremendamente baja, de tres grados por encima del cero absoluto.
Sorprendentemente, casi veinte años antes de su descubrimiento, el científico George Gamow había predicho la existencia de dicha radiación de fondo cósmico como resultado de su modelo “caliente” del universo. Utilizando el modelo de Gamow, Ralph Alpert y Robert Herman predijeron en 1948 que el enfriamiento gradual del universo desde su fase incandescente inicial debería conducir, en el momento presente, a una radiación de fondo correspondiente a una temperatura cinco grados por encima del cero absoluto. Hoy en día, la presencia universal de ese fondo de radiación de microondas convence a la mayoría de científicos de que el universo no sólo tuvo un principio sino que dicho principio tuvo lugar en forma de una gigantesca explosión o “Big Bang”.

Expansión a velocidad creciente.

Otra evidencia que apoya el Big Bang fue descubierta por Allan Sandage, de los observatorios del Monte Palomar y Monte Wilson. En 1974, tras muy detalladas observaciones y cálculos, publicó que las galaxias se alejan unas de otras a velocidades decrecientes. La observación de una deceleración tal en las galaxias es una indicación más de que, al igual que un reloj al que un día se le dio cuerda, el universo tuvo un inicio.

¿Podría darse un universo oscilante?

Algunos científicos siguen tratando de encontrar evidencias de que el universo es eterno. Un modelo propuesto por Ernst Pik sugiere que la “gran explosión” (Big Bang) fue en realidad un “gran rebote”, (Big Bounce) y que el universo se contrae y expande como un acordeón. Según Opik, el universo completaría un ciclo de expansión y contracción aproximadamente cada cien mil millones de años. Entre los que se sienten atraídos por la idea de un universo oscilante, que no necesita de ningún principio, figuran divulgadores científicos como Carl Sagan e Isaac Asimov.
Recientemente, sin embargo, se ha demostrado que incluso si el universo contuviera suficiente masa como para que su gravedad detuviera a la larga la presente expansión y provocase una contracción, dicho colapso no produciría un rebote. Así pues, parece que, o bien el universo se expande indefinidamente, o sufre un único ciclo de expansión y contracción.

Más allá de la ciencia.

Si toda la evidencia de que actualmente se dispone parece indicar que nuestro universo tuvo un inicio definido, cabe hacerse multitud de preguntas: ¿De dónde procede el universo? ¿Qué existía antes de que comenzara? ¿De dónde surgió la increíble energía para la conflagración cósmica que supone el Big Bang?
Puesto que las probabilidades de obtener evidencia concreta de antes del Big Bang son escasas, la mayoría de científicos coinciden con el geólogo Preston Cloud (“Cosmos, Earth and Man”, 1978) en que “tales cuestiones trascienden los límites de la ciencia”.
Algunos físicos, como Allan Guth, continúan buscando una nueva teoría física que pueda explicar el origen del universo ex nihilo (esto es, de la nada) y en conformidad con los principios de la mecánica cuántica. El vacío del cual el universo teórico de Guth emerge no es, sin embargo, un verdadero vacío, ya que contiene energía. Los intentos de derivar un auténtico ex nihilo para el universo mediante lo que se denomina “tunneling” cuántico se han visto frustrados hasta la fecha. La mecánica cuántica impone severa restricciones a la “producción de partículas virtuales”, y la relatividad general coloca límites muy rigurosos al origen del tiempo y el espacio.
Incluso si resultase posible desarrollar una teoría tal, quedarían aún preguntas fundamentales por responder: ¿Por qué existe algo en vez de nada? Las fuerzas de la naturaleza, ¿son realmente autónomas o fueron preconcebidas? ¿Cómo podemos justificar la existencia de un modelo previo tan elegantemente diseñado, capaz de crear un universo tan vasto y complejo de la nada?
Cuestiones de tal envergadura no pueden abordarse desde una perspectiva científica, sino filosófica. No tenemos porqué sorprendernos ni sentirnos incómodos si los descubrimientos científicos nos conducen a preguntas de esta índole. Por otra parte, los que esperan demasiado de la ciencia no podrán evitar una cierta decepción al comprobar que ésta posee limitaciones inherentes.
En cualquier caso, es preciso aceptar que la ciencia plantea continuamente interrogantes filosóficos que trascienden su propia competencia o esfera de actuación.

Publicado en “Mente abierta”, tomado de: En el principio... © G.B.U. Barcelona. 1992. Alts Forns 68 Sot. 1ª Tel 934 322 523. Usado con permiso.

jueves, 29 de marzo de 2012

Algunas conversiones de intelectuales.



En todas las épocas se han registrados grandes conversiones al catolicismo de hombres de ciencia. La estulta objeción de que la ignorancia en las cosas de ciencia hacía posible la fe, siempre fue refutada por estos grandes testimonios de todos los siglos. Dejamos que el autor, Bernardo Gentilini, nos relate algunas en este pequeño pero interesante libro titulado “La ciencia y la Fe” editado por “Difusión”.

Otras conversiones.

Eugenio de Genoude fué un escritor que tomó gran parte en las controversias religiosas del siglo pasado. Su obra, La razón del Cristianismo, ha llevado a la fe a mu­chas almas que flotaban entre el error y la verdad.
Su testimonio tiene mucha autoridad por haber sido él en sus primeros años una de las víctimas del filosofis­mo del siglo XVIII.
Imbuido su espíritu en los escritos de Voltaire, ha­bíase  desarrollado  en  una  atmósfera  antirreligiosa.
Un día empero, encontró en Rousseau unas palabras sobre Jesucristo las cuales le impresionaron vivamente.
Esa pluma parecía haberse despojado, mientras traza­ba esa página, de sus asperezas, enconos y mentiras, para destilar sólo verdad,  alabanzas y adoración a Jesucristo.
Entonces Eugenio se dijo a sí mismo:
—Si Rousseau habla de tal modo de Jesucristo, a pesar de las imposturas de Voltaire, la religión cristiana, sin duda, merece ser discutida.
Y se puso a estudiarla.
El escepticismo no le parecía ya posible, y tomó en­tonces la resolución de consagrar toda su vida entera, si hubiese sido necesario, a la grande cuestión de saber lo que era Jesucristo: si Hombre enviado por Dios, o Dios.
Cumplió su promesa, y he aquí el resultado de sus estudios y el triunfo de la gracia.
Comenzó por leer las obras espirituales de Fenelón. La primera carta del Obispo de Cambray al duque de Orleáns, que parecía escrita para él mismo, lo conmo­vió hondamente.
A medida que leía, se evaporaban de su mente ciertas objeciones que los filósofos impíos habían sembrado en sus escritos contra la religión así como se evaporan las nubes ante el sol que se levanta.
Y  el sol de la verdad se levantó en el alma de Euge­nio cada día más brillante.
Después de la lectura de Fenelón, le parecía imposi­ble no creer.
Leyó después el libro Entvetiens du chevalier de Ramsay et de Fenelón [1]; esta lectura acabó de correr el velo que encubría la verdad a sus ojos.
Ese caballero de Ramsay se había encontrado en la misma situación de Eugenio, y había entablado ante Fe­nelón estas mismas cuestiones cuya resolución él, Eugenio, andaba buscando.
En esas Conversaciones, Fenelón, con una lógica irre­sistible, ataca al adversario, le atrinchera entre las vallas del raciocinio, y le rinde. Platón jamás escribió algo tan sublime.
Y   el sabio hombre iba comprendiendo que la ver­dad es tan necesaria al espíritu como el sol a la vista.
Si al leer los libros del hombre, experimentó Euge­nio tan vivas emociones, no son para descritas las que pro­bó al leer el libro de Dios, la Sagrada Escritura.
Leyó el Génesis, Job, Salomón, los Salmos, el Can­for de los Cantares, Isaías, y quedó pasmado ante el mun­do de maravillas que encontraba en cada página.
La historia de José le enternecía, las desgracias de Job le hacían derramar lágrimas, los cánticos de David le elevaban al cielo, las lamentaciones de Isaías le partían el alma...
Sobre todo, hizo viva impresión en él la lectura de este profeta.
“Cada versículo, decía él, me parecía una revelación; y yo desafío a cualquier hombre de buena fe a que lea a Isaías, sin hacerse cristiano. Jesucristo está ahí predicho a cada página.
“Entonces yo sentía la verdad de esas palabras de Rousseau: —Yo os confieso que la majestad de las Es­crituras me encanta y la santidad del Evangelio habla a mi corazón.
“La Biblia me ponía en comunicación con Dios mis­mo. Yo conocía, por medio de ella, su palabra y su cora­zón.
“El espectáculo de la naturaleza me había dado, en el más alto grado, la idea de la omnipotencia de Dios, la religión me revelaba su sabiduría, la Biblia me manifesta­ba su amor.
“En la Biblia todo tiene por objeto la Redención, y por consiguiente, la salvación del hombre. No hay un acontecimiento, un hecho, una palabra que no se refiera a Jesucristo. Se diría que Dios en el tiempo ha trazado un círculo del cual Jesucristo es el centro, y todos los si­glos son rayos que en El van a parar”.
En ese tiempo hacía frecuentes visitas a San Sulpício, donde Mr. Teysseyre, su amigo, vivía entregado a Dios.
Ese  santo sacerdote había  ganado toda  el  alma  de Eugenio: eran dos almas en un solo corazón. Hablando  de las  dificultades  que  algunos  hombres encuentran para practicar las  enseñanzas de la fe,  aquél decía a Eugenio:
“Si las verdades matemáticas obligasen en la práctica, habría muy pocos que creerían en las verdades matemáticas”. Y le repetía sin cesar:
“Es necesario arrostrar con entereza al mundo: ha­ced altamente profesión de vuestras creencias, y se os res­petará”.
Dejemos la palabra al mismo De Genoude:
“Teysseyre me hablaba de la necesidad de confesar­me y comulgar. Yo sabía todo lo que los protestantes y los filósofos habían objetado a este respecto. Pero me era imposible, después que yo reconocía la autoridad de Je­sús, dejar de ver en sus palabras dichas a los apóstoles: Todo lo que atareis o desatareis en la tierra, atado y desa­tado será en los cielos, el establecimiento del poder de ab­solver los pecados: y en aquellas palabras: Este es mi cuer­po, el establecimiento de la Comunión.
“El argumento que más ha sorprendido, respecto de la confesión auricular y de la transubstanciación, es que los griegos, los nestorianos y otras sectas separadas de la Iglesia Romana, después de más de doscientos años, pien­san sobre este particular como los latinos.
“Yo hice todo lo que Mr. Teysseyre quiso, y me encontré feliz.
“Dióme esta gran lección.
—“Haced todas vuestras acciones como si debieseis morir después de haberlas hecho.
“La comunión me hizo conocer el amor divino; yo no pensaba más que a servir a Dios, y a ser útil a los hombres.
“Todos los bienes del mundo me parecieron vani­dad, quise consagrarme al servicio de los enfermos en los hospitales, deseé entrar en el Seminario e irme a las mi­siones. No podía comprender que yo hubiese podido amar a otra cosa fuera que a Dios.
“Mi vida se puede dividir en dos etapas:
“El trabajo de la luz para echar las tinieblas de mi espíritu.
“El trabajo del amor divino para echar de mi cora­zón los amores terrenales” [2].

Bautaín, profundo filósofo e ilustre literato, cuenta con estas palabras su conversión:
“Yo también me creí filósofo, porque he sido aman­te de la sabiduría humana y admirador de vanas doctri­nas... he golpeado a las puertas de todas las escuelas hu­manas, me he entregado a todo viento de doctrinas, y no he encontrado sino tinieblas e incertidumbres, vanidades y contradicciones.
“He raciocinado con Aristóteles, he querido rehacer mi entendimiento con Bacón, he dudado metódicamente con Descartes, he procurado determinar con Kant lo que me era imposible y lo que me era permitido conocer; y el resultado de mis raciocinios, ha sido que yo no sabía nada y que tal vez no podía saber nada.
“Me refugié con Zenón en mi fuero interior, buscan­do la felicidad en la independencia de mi voluntad, y me hice estoico. En balde.
“Me volví hacia Platón... y en medio de los sueños de virtud, yo sentía siempre en mi seno la hidra viviente del egoísmo que se reía de mis teorías y esfuerzos.
“Estaba al punto de perecer, consumido por la sed de la verdad y el hambre del bien. Un libro me ha sal­vado, un libro que por largo tiempo había despreciado y que no creía bueno sino para los crédulos e ignorantes. He leído el Evangelio de Jesucristo, y he sido sobrecogido de admiración. Las escamas han caído de mis ojos. Ahí he vis­to al hombre tal cual es y cuál debe ser; he comprendido su pasado, su presente y su porvenir, y me he sentido inun­dado de júbilo al encontrar lo que la religión me había enseñado desde la infancia y al sentir renacer en mi cora­zón la fe, la esperanza y la caridad”.
Mr. Bautain, iluminado con la luz de la verdad, es un apóstol. Maestro de gran reputación, atrae tras su ejem­plo, al buen camino a sus discípulos, entre los cuales se notaba Adolfo Carl, hijo de una de las más distinguidas y opulentas familias de Estrasburgo.
Hasta en el seno del judaísmo y en medio de la sina­goga, su mágica palabra debía suscitar cristianos y sacerdo­tes. La conversión de Teodoro Ratisbonne, Isidoro Goschler, Julio Lewel, los tres abogados israelitas, se debe a M. Bautain.
Su doctrina expuesta en sus cartas ha hecho sacerdote a Néstor Lewel y cristianos a cuatro miembros de la fami­lia de éste; y de muchos jóvenes, ha hecho otros tantos apóstoles.
Ordenado sacerdote en 1820, ocupó diversas cátedras, que honró con la santidad de su vida y la ilustración de su mente.
En 1848 dio en la iglesia de Notre Dame una serie de conferencias sobre la armonía entre la religión y la li­bertad con éxito sorprendente y frutos copiosos.
Fue escritor fecundo. Recomendamos en modo espe­cial sus obras de controversia: “La religión y la libertad consideradas en sus relaciones. Respuesta de un cristiano a las palabras de un creyente (libro de M. de Lamennais). —La moral del Evangelio comparada con la moral de los filósofos.
Y su obra moral: “Filosofía del Cristianismo”.

José Droz, miembro de la Academia francesa, después de haber empezado su carrera en la incredulidad del si­glo XVIII, la acaba en la fe de Jesucristo.
El sabio escritor nos ha dejado la historia de las luchas de su alma, los motivos y las fases sucesivas de su conver­sión, en dos escritos célebres: Pensées sur le Christianisme [3], y Aveux d'un philosophe chtétien [4].
Traduciremos algunos párrafos de este libro último:
Lector, yo he desconocido largo tiempo la verdad, la fuerza y los encantos de la religión de! Salvador...
“A la edad de la reflexión, me acostumbré a observar y reflexionar...
“Leí el Evangelio... Su moral conmovía mi corazón y cautivaba mi razón... Ese lenguaje inimitable, esas pa­rábolas que salen en abundancia de los labios del Salvador, nos trasmiten las lecciones de la más dulce e imponente sa­biduría. Los judíos decían en su admiración: Jamás hombre alguno hablaba como Este.
“El Cristo reúne cualidades que se excluyen en los hombres. Se le ve humilde de corazón y sin que pueda ima­ginar que su humildad se altere, dice: Los cielos y la tierra pasarán: pero mis palabras no pasarán jamás.
“Yo conocía a un sacerdote venerable, y en mi deseo de salir de la duda, me decidí a consultarme con él...
“Le abrí mi alma y terminé diciendo: —Yo debo a las pruebas del sentimiento, el deseo que la religión sea verda­dera. Acabad de traer a mi espíritu la entera convicción que anhela mi corazón. Mas, sí en lugar de buscar convencer mi razón, vos me mandáis creer sacrificando este noble presente del cielo que es la razón, sería imposible entendernos.
“El buen sacerdote me contestó: Si en las palabras que yo os dirigiré, encontrarais algunas que os parecieran herir los derechos de la razón, interrumpid mi discurso, pues yo no habría sabido hacerme comprender...
“Ese buen sacerdote pensaba que una sola prueba de la religión, incontestable, bastaba para abrir los ojos a un hombre de buena fe.
Me convidó a prestar toda mi atención al milagro de la Resurrección de Cristo, milagro sobre el cual San Pa­blo hace estribar la verdad de nuestra religión.
Mi excelente guía me expuso hechos, raciocinios, y me indicó lecturas útiles.
—Id —me dijo al fin— tomad tiempo para exami­nar y reflexionar, y pedid a Dios con confianza que se digne haceros conocer la verdad.
Fui a ver de nuevo al digno sacerdote y le dije que mis dudas se habían del todo disipado.
“—Demos gracias a Dios —me contestó—: vos le habéis pedido con confianza que os iluminase, y su bondad os ha escuchado”.

P. Bernardo Gentilini, “La ciencia y la Fe”, editorial Difusión, Buenos Aires, 1944. Capítulo 9 Págs. 39-46.


[1] Conversaciones  entre  el  caballero  de  Ramsay y  Fenelón.
[2] Huguet, Célebres conversions contemporaines.
[3] Pensamientos sobre el Cristianistno.
[4] Confesión de un filósofo cristiano.

martes, 27 de marzo de 2012

Ferdinand Brunetière.



Fernando Brunetière, fue el príncipe de la crítica li­teraria francesa y director de la Revista de Ambos Mundos. Después de haberse nutrido en su juventud con los estudios de Claudio Bernard, de Darwin, de Augusto Comte, Heriberto Spencer, Schopenhauer, etc., después de lento y serio examen, después de haber buscado con pro­lijos estudios la verdad, supo desligarse de las enseñanzas de esos autores, contrarías a las doctrinas de la fe, fue a llamar a las puertas de Roma, y se afirmó como apolo­gista y creyente católico.
Todo  procedió   ordenadamente,   sin  saltos  imprevis­tos. Diversas son las vías que conducen a Roma: La Bonne souffrance devuelve al catolicismo al poeta de los hu­mildes de París,  Francisco Coppée.  El estudio de las lí­neas y del arte gótico, hace entrar en el catolicismo a Huysmans. Brunetière pisó un sendero más largo y más mo­derno para llegar hasta el Vaticano. El adversario implaca­ble de la novela naturalista, el paladín de la idea de la res­ponsabilidad en el artista, el luchador de la moralidad, y ,   de una moralidad social, era   inconscientemente   cristiano, antes de decir: —Lo que yo creo, id a preguntárselo a Roma.
Su viaje al Vaticano en 1895, marca la primera etapa de su conversión.
Y en su célebre escrito Las bases de la creencia, hablando de las bancarrotas sucesivas de la ciencia, dice: “Nada más fácil que multiplicar los testimonios acerca de esto, desde quince años a esta parte[1] lo que hace en el siglo de los ferrocarriles y telégrafos un espacio de tiempo bastante largo en la historia de las ideas, algo se ha cambiado acerca de la estimación que se profesaba a la ciencia. Se la admira siempre, pero no es ya el exigente y tiránico ídolo al cual se nos pedía sacrificarlo todo. Seguimos usando de sus servicios y le quedamos agradecidos; pero ya no ponemos en ella todas nuestras esperanzas... Por todas partes vemos sus límites sin tener necesidad del microscopio o de los rayos Roentgen. La ciencia es incapaz de darnos una explicación o una interpretación aceptable del universo. Ella es incapaz de fundar una moral. Ella, por fin, es incapaz de substituir la religión en la evolución social de la humanidad”.
“Señores —hubo de decir en el Congreso de Bessançon en 1898— no he tenido otros méritos que haberme dejado hacer por la verdad”. Y la verdad fue siempre en marcha en su espíritu. Predicador laico, recorrió las principales ciudades de Francia, de Italia y de Europa. Su pensamiento científico religioso se fue robusteciendo cada vez más. Soldado de Cristo, no ocultaba ni siquiera un pliegue de su bandera.
Fue católico, católico integral, ultramontano. Léase su artículo magistral sobre el Catolicismo en los Estados Unidos y el otro no menos explícito: ¿Queremos una Iglesia Nacional? Léase su valiente conferencia sobre Calvino, pronunciada en su misma ciudadela, en Ginebra, y se verá qué sólidas raíces tenía en su alma aquel catolicismo que llevaba y defendía por doquiera, al punto que sus colegas de la Academia Francesa, le llamaban irónicamente Fernando el Católico,
Y en el fervor de la fe, abrazada después de maduro examen,  Brunetière comprendía toda la necesidad de un apostolado científico, de una apologética que respondiera a la altura del momento.
Hizo suya ¡a máxima de Bossuet: “Edifiquemos las fortalezas de Judá con las cenizas y las ruinas de Sama­ría”.
Y se dio a buscar el alma de la bondad, como decía, en las cosas malas y el alma de la verdad en las cosas fal­sas. Sobre las ruinas de la ciencia, edificó el templo de la fe.
Este Alcestes belicoso, tuvo la pluma en la mano has­ta la orilla del sepulcro.

El lº de noviembre de 1906, hacía el prefacio de las Cuestiones actuales.
La tiranía del dogma no es tiranía si nos servimos de esta palabra en materia dogmática. Y esto significa que no se sabe que ella haya jamás estorbado ni contrariado las especulaciones del geómetra o las vivisecciones del fisiologista. Ella no ha jamás contrariado ni restringido la libertad del historiador, y no hay, que yo sepa, opinión alguna católica, impuesta, ni convenida, sobre las guerras médicas o la conquista de la Galia por los Romanos. Pero si la  tiranía no se  ejerce sino en  materia dogmática —por ejemplo, sobre la cuestión de la Encarnación o de la Redención—, quién no ve que la palabra no tiene mis sentido, y que la afirmación perentoria y absoluta del dogma, en teología, equivale exactamente a lo que son en física y en fisiología,  la enunciación de ¡as leyes que do­minan la materia. ¿Es tal vez libre el geómetra de modifi­car las propiedades de la circunferencia o de la elipse? ¿Es tal vez libre el químico de definir a su talante, las del clo­ro o del alcohol? Pero las leyes del objeto, se imponen al hombre y aunque le convengan o no, está obligado a sufrir su violencia y tiranía. ¿Quién podrá por esto sostener seriamente que nuestra libertad de pensar está aherrojada? Y a este propósito, ¿no sería el caso de hablar de la banca­rrota de la ciencia? ¿Y por qué se quisiera juzgar con otro criterio en materia de religión? La pretendida tiranía del dogma no es sino una frase. El dogma para el creyente, no impone más violencia que la misma verdad. Y si se le pone afuera y como aparte de la discusión, es a la manera de esos axiomas o verdades elementales que se encuentran formando la base de todas las ciencias...[2].
La Revista de ambos mundos del 1º de diciembre de 1906, lleva todavía un artículo suyo.
Después calló esa boca de oro y se destempló esa pluma de acero. Una nube de tristeza velaba la noble fren­te del grande escritor. Sentía herida su alma por la inno­ble actitud del Estado sectario contra la Iglesia de Cristo.
A uno de sus discípulos decía, en los últimos meses, con dolor: —No nos queda más que la historia, entregué­monos a ella, hasta que también nos la prohíban.
Pero el dolor más grande que tuvo que experimentar, fue cuando vio disuelto el lazo secular del Concordato y aprobado por las dos cámaras la ley de separación de 1904.
Murió como mueren los valientes, sobre la brecha, a los 57 años, el 9 de diciembre de 1906.
Todo París rindió homenaje a la gigantesca figura del extinto, y pasó silencioso ante su féretro.
La muerte acababa de rendir a este valiente, que ba­jaba a la tumba con el fragor del roble del bosque que cae al suelo abatido por la tempestad.

P. Bernardo Gentilini, “La ciencia y la Fe”, editorial Difusión, Buenos Aires, 1944.


[1] El autor escribía su artículo en  1896.
[2] Questions actuelles, Préface.