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lunes, 4 de abril de 2011

La Sábana Santa y la polémica del Carbono 14.


La Sábana Santa y la polémica del Carbono 14.

En octubre de 1988 despertamos un día con una noticia, que al menos a los católicos nos parecía un escándalo y una falaz mentira.  Los medios se regodeaban en repetirla... “La Santa Síndone, de acuerdo a estudios hechos con el carbono 14, no sería del siglo I, sino del siglo XIV; por tanto, no habría en­vuelto el cuerpo del Redentor, sino que sería, a lo sumo, un simple objeto de piedad de la Edad Media”.
El Dr. Michael Tite, miembro del British Museum de Londres, daba una conferencia de prensa al respecto, y a sus espaldas, en un pizarrón, estaba escrita una cifra: “1260-1390”. Acompañado de otros científicos, expli­có los resultados de la medición por dicho método, dan­do por hecho que tal Sábana no habría sido la mortaja de Cristo.
La comunidad científica no tardó en hacerse escu­char, advirtiendo que ese método era más que variable e impreciso. No entraremos por ahora en el campo técni­co del análisis realizado por los tres laboratorios encargados del examen, pero sí podemos afirmar que es imposible que la Santa Sá­bana de Turín sea del siglo XIV Daremos algunas razones:

El prof. Edward Hall, el Dr. Michael Tite y el prof. Robert Hedges,
en el anuncio del 13 de octubre de 1988.

1. La Sábana Santa es una sarga de lino. Según el téc­nico textil T. H. Walsh, este tipo de tejidos no em­pezó a confeccionarse en Europa Occidental sino hasta pasado el siglo XIV Por lo tanto, ¿cómo puede ser que la Síndone, entonces, sea de principios del mismo siglo? ¿Acaso el artista que la confeccionó fue a comprar la te­la a Oriente?

2. La Síndone contiene polen de plantas propias de Jerusalén, del valle del Jordán, de Urfa (la antigua Edesa), de Constantinopla y también de Europa Central. Max Frei, un especialista en palinología (estudio del polen), se pregunta: ¿el supuesto falsario paseó su tela, antes o después de haberla elaborado, por todas esas re­giones tan distantes entre sí para captar polen típico de ellas, y así engañar a los científicos del siglo XX? El problema es que en el siglo XIV no se conocía siquiera qué era el polen...

3. Se encuentran muchas manchas de sangre ar­terial y venosa en la Síndone. El supuesto au­tor de de la misma, ¿cómo pudo haberla puesto, siglos antes de que Cisalpino y Harvey descubrie­ran la circulación de la sangre? ¿O tenemos que suponer que el falsario crucificó a un hombre en el siglo XIV para poder trasladar a su lienzo estas di­ferencias que él desconocía?

4. El médico forense y patólogo Dr. R. Bucklin, facultativo de los hospitales de Los Ángeles y Houston, declara que las imágenes de la Síndone son anatómicamente correctas. Sus características patológicas y fisiológicas son claras y revelan unos conocimientos médicos ignorados hasta hace ciento cincuenta años. Volvemos, pues, ¡a lo mis­mo: ¿cómo pudo saber eso el falsario del siglo XIV? ¿Es que crucificó a uno o a varios hombres?

5. La fotografía se descubre recién en el siglo XIX. Ahora bien, la Síndone es un negativo fotográfico hecho varios siglos antes de que se in­ventara la fotografía, y por tanto, que se conociera qué era un negativo fotográfico. Por eso es impo­sible que un artista modelara conscientemente un negativo fotográfico, sin saberlo que estaba ha­ciendo, ininteligible además para los espectadores de la época. No faltaron quienes intentaron copiar la Sábana como negativo, como Refo y Cusetti, pero fracasaron...

6. Por su antigüedad, el color de la Sábana San­ta es amarillo pajizo. Los pedazos de lino que se cosieron para tapar las quemaduras del incendio acaecido en el año 1532 son muchísimo más blan­cos. Eso es señal de que la Síndone es mucho más antigua que los remiendos, y aún muy anterior al siglo XIV.

7. Uno de los más asombrosos hallazgos de la Síndone, es que la imagen presenta caracterís­ticas de tridimensionalidad. Esto implica decir que el grado de luminosidad de la imagen está ma­temáticamente relacionado con la distancia del cuerpo al lienzo; de aquí se sigue que la imagen al­canza el máximo grado de brillantez en aquellas zonas en las que el cuerpo tocó el tejido, y menos allí donde no lo tocaba. Esto indica que la imagen fue for­mada a partir de un objeto tridimensional, como es un cuerpo inerte... Ninguna fotografía normal tiene esas características.

8. En la fotografía tridimensional del Lienzo eran cla­ramente perceptibles dos diminutos objetos, como botones, puestos sobre los párpados. Se trata de mone­das romanas de poco valor, que los judíos utilizaban pa­ra cerrar los ojos de los difuntos. Por sus características correspondían a “leptones”, que según el Kadnam Numismatic Museum de Tel Aviv, fueron acuñadas sola­mente en tiempo de Poncio Pilatos. Así, pues, la datación nos retrotrae al siglo I y no al XIV.

Los leptones fueron monedas emitidas
por Poncio Pilato en el año 29
después de Cristo

9. Es de considerar que un artista del siglo XIV no hu­biera colocado el clavo en la muñeca —como lo presenta la Santa Síndone—, sino en la palma de la ma­no, como era lo habitual en la pintura e imaginería de aquella época.

10. Llama la atención en la imagen su regularidad, la cual es igual tanto en la parte frontal como en la dorsal (nuca y espalda). Por ley natural, la dorsal ten­dría que haber quedado más aplastada, y por consiguien­te con evidentes deformaciones propias de un cuerpo muerto de ochenta kilogramos. Pero todo es regular en sus líneas, sin la menor deformación. Esto solamente es explicable si el cuerpo no tocaba ni pesaba en el mo­mento de imprimirse la imagen, es decir, si estaba ingrá­vido, o si levitaba en el instante de producirse el flash que fija la imagen. Ahora bien, la gravedad era desco­nocida en el siglo XIV, y la ingravidez es un producto de la era espacial...

11. Los cuarenta científicos norteamericanos, algunos de la NASA, que estudiaron a fondo la Síndone con los más sofisticados aparatos, vieron que la imagen con­tenida en ella no es una pintura, ni obra de arte hecha con alguna técnica conocida. ¿Será que el genial artista se llevó al sepulcro el secreto de su técnica y ésta no ha sido aún descubierta? Además, ¿se habría de reducir el empleo de esta técnica misteriosa a una sola obra de ar­te? ¿Por qué ese artista no la aplicó a otras creaciones? De hecho, no se conoce que exista algo semejante en el mundo...

12. Supongamos, sin embargo, que fuese una pintura. El catedrático de física de la Universidad de Yale, Dr. J. H. Heller, afirma: “No es posible ver la figura de la Sábana a menos de uno o dos metros de distancia (a menor distancia la figura se diluye y no se puede ver). Ahora bien, un artista no puede pintar si no distingue los trazos que da con su pincel. El supuesto artis­ta hubiese tenido que utilizar un pincel de uno o dos metros de longitud... Además, éste tenía que estar compuesto por una sola cerda, pues sólo manchaba fibrillas aisladas de diez o quince mi­eras de diámetro.  Las cerdas de pincel más finas que conozco son las de marta, y un pelo de marta tiene un gran diámetro comparado con una fibrilla del tejido”.
“Por otra parte, el supuesto pintor tuvo que uti­lizar una pintura que no contuviera ni óleo ni agua, porque no se encuentran en la Síndone señales de capilaridad. Aún más, para distinguir lo que esta­ba pintado, habría precisado de un microscopio de gran aumento, bajo el cual hubiese tenido que mover el pincel. Pero las leyes de la física que gobier­nan la óptica excluyen dicho microscopio, a menos que estuviera adosado a un televisor en colores, pues el amarillo pajizo (el color de las fibrillas co­loreadas) es demasiado débil para que quede registrado en blanco y negro”.
“Otro obstáculo que habría tenido que superar el supuesto artista, es el de las limitaciones del sis­tema nervioso humano. Nadie puede sostener un pincel tan largo con la necesaria firmeza para pin­tar el extremo de una fibrilla. Sería necesario un micro-manipulador del siglo XX, que operase hidráulicamente a una distancia de uno o dos metros. Y este aparejo hubiese tenido que es­tar montado en un brazo mecánico especial, que es un invento de la era atómica. Asimis­mo, el artista tendría que haber sabido qué cantidad de micro-fibrillas debía pintar, y ha­berlo hecho a la inversa, como sucede con un negativo. Todas las fibrillas coloreadas tie­nen la misma intensidad de color. La figura resulta de la mayor o menor agrupación de fibrillas coloreadas. Nuestro hipotético ar­tista habría tenido que utilizar sangre, tanto pre-mortal como post-mortal, y tendría” que haber pintado con albúmina de suero, que só­lo es visible bajo rayos ultravioleta; hay que suponer también que utilizaría un medio invi­sible a la luz blanca”.
“Se llegó a la conclusión de que las imá­genes eran producto de la oxidación. El ácido sulfúrico es un agente oxidante, pero es evidente que nadie puede pintar con ácido sulfúrico porque destruiría las cerdas y dejaría señales de capilaridad”.
“El calor también puede causar el mismo tipo de oxidación que el ácido sulfúrico, pero cualquier fuente de calor irradia de manera difusa; y no podría explicar la tridimensionalidad de los rasgos del hombre de la sá­bana, o la nitidez del color amarillo pajizo que se en­cuentra solamente en los extremos de las micro-fibrillas”.  Hasta aquí el biofísico Dr. J. H. Heller.

13. Los científicos no entraron a analizar ésta radia­ción, sólo dijeron que era “desconocida”. No que­rían entrar en el campo religioso: ¿quién es el Hombre de la Síndone? Ellos desearon mantenerse en el campo puramente científico; pero un cuerpo muerto no puede emitir tal radiación. Por eso, tiene que tratarse de una radiación muy singular. Si suponemos que el difunto envuelto por la Sábana fue Jesucristo, no hay dificultad; esta irradiación especial podría ser una eclosión de luz y de calor que saliera del cuerpo de Cristo en el momento de resucitar. De hecho, aunque los científicos no quisie­ran entrar en este campo, todos ellos pensaban en Jesu­cristo, como confesó el Dr. Mula, coordinador del equi­po. Por eso él mismo dice que esta radiación les causó a todos un enorme impacto.

14. Si fuese un tejido del siglo XIV tampoco tendría ex­plicación una inscripción del siglo XI, escrita a plu­ma por encima de la rodilla derecha: “Sanctissime Jesu, miserere nostri”, descubierta y datada —por el tipo de letra— por el Profesor Aldo Marastoni, ajeno a los es­tudios de la Santa Síndone, docente de la Universidad de Milán.

15. Suponiendo la honradez de los tres laboratorios que examinaron la tela al carbono 14, hay un sinnúme­ro de irregularidades que pueden alterar los resultados. Así, por ejemplo, el no haber limpiado la Síndone de impurezas orgánicas, tales como hongos y demás mate ría orgánica superpuesta que contiene. La Síndone fue expuesta infinidad de veces al sol y al aire, lo que afec­ta la composición de la celulosa; también ha estado ro­deada de cirios encendidos, sufrió quemaduras, ha sido manoseada por la gente y manchada por el sudor de los que la sostenían y tocaban —como cuenta San Francis­co de Sales—; todo lo cual necesariamente altera nota­blemente tal datación, al punto que el mismo Dr. W. F. Libby, premio Nobel precisamente por haber inventado este método de datación del carbono 14, no creyó fiable aplicarlo a la Santa Sábana. En efecto, creyó que no te­nía aplicación a ella, en razón de estar demasiado altera­da. Por otra parte, una sola prueba en contra de la au­tenticidad de la reliquia no puede tirar al suelo los cien­tos de pruebas que atestiguan lo contrario.
En conclusión, la Santa Sábana cumple un papel importantísimo para los tiempos que corren. Los incré­dulos y escépticos pueden encontrar en esta santa reli­quia los argumentos razonables y científicos que testi­monian el hecho que dividió la historia del hombre en un antes y un después de Cristo, el nacimiento, muerte y resurrección del Redentor. Pero, tal como decía el Cardenal Newman, la verdad sólo se muestra a los que con sinceridad la buscan...

Breve anexo:

¿Qué es el Carbono 14?

Con las técnicas disponibles en el siglo XIX, los geólogos de entonces sólo podían componer una escala de tiempo relativa. Sin embargo, poco des­pués del descubrimiento de la radiactividad, se de­sarrollaron los métodos radiométricos de dotación. Con ellos, se pudo empezar a calibrar la escala relativa del tiempo geológico creando una absoluta.
El método del carbono 14 fue desarrollado en primera instancia por el químico estadounidense Willard Frank Libby y su grupo de colaboradores de la Universidad de Chicago en 1947, cuyos trabajos le valieron el premio Nobel de Química de 1960. El descubrimiento fue que por medio de la actividad metabólica el nivel de carbono 14 en un organismo vivo se mantiene en equilibrio con el de la atmósfe­ra o con el de otras partes de la reserva dinámica terrestre, como el océano.

El Dr. William Frank Libby, galardonado con el premio Nobel en 1960 por haber inventado el método de datación del carbono 14 no era partidario de usar dicho método con el Santo Sudario.

A partir de la muerte del organismo, el isótopo radiactivo empieza a desintegrarse a un ritmo cono­cido sin ser reemplazado por el carbono del dióxi­do de carbono atmosférico. Su rápida desintegra­ción limita, en general, el periodo de dotación a unos 50.000 años, aunque a veces se extienda el método hasta 70.000 años. La incertidumbre de la medida aumenta con la antigüedad de la muestra.
Aunque el método se adapta a una gran varie­dad de materiales orgánicos, su precisión depende del valor usado para la vida media de las variacio­nes en las concentraciones atmosféricas de carbo­no 14 y de la contaminación. En 1962, la vida media del radiocarbono fue redefinida desde 5.570 ± 30 años a 5.730 ± 40 años; por ello, algunas determina­ciones anteriores requieren un ajuste, y debido a la radiactividad introducida en los últimos años en la atmósfera, las dotaciones de radiocarbono se cal­culan desde 1950.
La escala temporal del carbono 14 contiene otras fuentes de incertidumbre que pueden produ­cir errores entre 2.000 y 5.000 años. El problema más grave es la contaminación posterior al depósi­to, que puede estar causada por filtración de agua subterránea, por incorporación de carbono más an­tiguo o más joven, y por captación de impurezas en el terreno o en el laboratorio. Entonces, como to­dos los organismos vivos, absorben carbono radiac­tivo, forma inestable de carbono que tiene una vida media de unos 5.730 años. Durante su vida, un or­ganismo renueva de forma continua su provisión de radiocarbono al respirar y al comer. Tras su muerte, el organismo se convierte en un fósil y el carbono 14 decae sin ser reemplazado. Para medir la cantidad de carbono 14 restante en un fósil, los científicos in­cineran un fragmento pequeño para convertirlo en gas de dióxido de carbono. Se utilizan contadores de radiación para detectar los electrones emitidos por el decaimiento de carbono 14 en nitrógeno. La cantidad de carbono 14 se compara con la de car­bono 12, forma estable del carbono, para determi­nar la cantidad de radiocarbono que se ha desinte­grado y así datar el fósil.

La conclusión del profesor Max Frei.

Max Frei recolectando muestras de partículas del Santo Sudario en 1978.

El Profesor Max Frei, célebre criminólogo y director del Laboratorio Científico de la policía de la ciudad de Neuchátel, reputado especialista en el estudio de micro huellas, obtuvo permiso para reco­ger muestras de partículas muy finas de polvo, cuyas huellas casi invisibles podían encontrarse todavía en el Santo Sudario. Luego las analizó, el 24 de noviembre de 1973, en presencia de miembros de la comisión encargada del estudio.
Así, el Profesor Frei logró identificar granos de polen, que pertenecían a plantas que no viven en Europa Occidental. Al concluir finalmente su estu­dio, dos años y medio más tarde, declaró:

“La presencia de granos de polen pertenecien­tes a seis especies de plantas palestinas, a una especie vegetal de Turquía y a unas ocho especies mediterráneas, ya nos autoriza a formular la si­guiente conclusión definitiva: ¡El Sudario no puede ser una falsificación!”

R.P. Bruno Yavi, Revista “Iesus Christus”, Nº 129, mayo – junio de 2010.

martes, 11 de enero de 2011

La arqueología hace revelaciones sobre los Reyes Magos.


Los Reyes Magos no son personajes creados por siglos de tradición cristiana. Su existencia, además de quedar bien testimoniada en el Evangelio, ahora es documentada por los descubrimientos arqueológicos.
Esta curiosa y extraordinaria revelación se encuentra contenida en una tablilla, en la que se han acuñado caracteres cuneiformes. Se trata de un auténtico documento astronómico y astrológico (entonces las dos disciplinas eran hermanas gemelas) que revela la existencia de una conjunción de Júpiter y Saturno en la constelación de Piscis en el año 7 antes de Cristo.
Los Evangelios enmarcan el nacimiento de Jesús en tiempos del censo del imperio ordenado por César Augusto, cuando Quirino era gobernador de Siria, y en los últimos años del rey Herodes, quien falleció en el mes de marzo del año 4 a.C. Para los historiadores, Jesús nació unos siete años antes del año «0». El evangelista Mateo (2, 2) pone en relación el evento de Belén con la aparición de una estrella particularmente luminosa en el cielo de Palestina. Y es precisamente en este momento en el que la tablilla de arcilla ofrece un testimonio particular.
Existen muchas hipótesis sobre la estrella que vieron los magos (“magoi” en griego era la palabra con que se denominaba a la casta de sacerdotes persas y babilonios que se dedicaban al estudio de la astronomía y de la astrología) y que les llevó a afrontar un viaje de unos mil kilómetros con el objetivo de rendir homenaje a un recién nacido.
El 17 de diciembre de 1603, Johannes Kepler, astrónomo y matemático de la corte del emperador Rodolfo II de Habsburgo, al observar con un modesto telescopio desde el castillo de Praga el acercamiento de Júpiter y Saturno en la constelación de Piscis, se preguntó por primera vez si el Evangelio no se refería precisamente a ese mismo fenómeno. Hizo concienzudos cálculos hasta descubrir que una conjunción de este tipo tuvo lugar en el año 7 a.C. Recordó también que el famoso rabino y escritor Isaac Abravanel (1437-1508) había hablado de un influjo extraordinario atribuido por los astrólogos hebreos a aquel fenómeno: el Mesías tenía que aparecer durante una conjunción de Júpiter y Saturno en la constelación de Piscis. Kepler habló en sus libros de su descubrimiento, pero la hipótesis cayó en el olvido perdida entre su inmenso legado astronómico.

Johannes Kepler.

Faltaba una demostración científica clara. Llegó en 1925, cuando el erudito alemán P. Schnabel descifró anotaciones neobabilonias de escritura cuneiforme acuñadas en una tabla encontrada entre las ruinas de un antiguo templo del sol, en la escuela de astrología de Sippar, antigua ciudad que se encontraba en la confluencia del Tigris y el Éufrates, a unos cien kilómetros al norte de Babilonia. La tablilla se encuentra ahora en el Museo estatal de Berlín.
Entre los numerosos datos de observación astronómica sobre los dos planetas, Schnabel encuentra en la tabla un dato sorprendente: la conjunción entre Júpiter y Saturno en la constelación de Piscis tiene lugar en el año 7 a.C., en tres ocasiones, durante pocos meses: del 29 de mayo al 8 de junio; del 26 de septiembre al 6 de octubre; del 5 al 15 de diciembre. Además, según los cálculos matemáticos, esta triple conjunción se vio con gran claridad en la región del Mediterráneo.
Si este descubrimiento se identifica con la estrella de Navidad de la que habla el Evangelio de Mateo, el significado astrológico de las tres conjunciones hace sumamente verosímil la decisión de los Magos de emprender un largo viaje hasta Jerusalén para buscar al Mesías recién nacido. Según explica el prestigioso catedrático de fenomenología de la religión de la Pontificia Universidad Gregoriana, Giovanni Magnani, autor del libro «Jesús, constructor y maestro» («Gesú costruttore e maestro», Cittadella, Asís, 1997), «en la antigua astrología, Júpiter era considerado como la estrella del Príncipe del mundo y la constelación de Piscis como el signo del final de los tiempos. El planea Saturno era considerado en Oriente como la estrella de Palestina. Cuando Júpiter se encuentra con Saturno en la constelación de Piscis, significa que el Señor del final de los tiempos se aparecerá este año en Palestina. Con esta expectativa llegan los Magos a Jerusalén, según el Evangelio de Mateo 2,2». «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle» preguntan los magos a los habitantes de Jerusalén y después a Herodes.
La triple conjunción de los dos planetas en la constelación de Piscis explica también la aparición y la desaparición de la estrella, dato confirmado por el Evangelio. La tercera conjunción de Júpiter y Saturno, unidos como si se tratara de un gran astro, tuvo lugar del 5 al 15 de diciembre. En el crepúsculo, la intensa luz podía verse al mirar hacia el Sur, de modo que los Magos de Oriente, al caminar de Jerusalén a Belén, la tenían en frente. La estrella parecía moverse, como explica el Evangelio, «delante de ellos» (Mt. 2, 9).

Fuente: ACI Prensa.

viernes, 19 de noviembre de 2010

De reptiles a aves.


Los escépticos, ateos o anti-teístas, necesitan –según ellos- de argumentos “racionales”, probatorios científicamente mediante la observación empírica de los hechos. Pues bien, pareciera que aquél énfasis en la “racionalidad” de lo que solamente se puede comprobar empíricamente, queda totalmente relegado y –podríamos decir- despreciado por ellos mismos, cuando tratamos del tema “evolución”.
La “evolución” no está demostrada bajo ningún método científico empírico racional. Nadie ha visto ni ha comprobado como “evoluciona” un reptil de un ave, por ejemplo. De ahí que, tanto gustan de argumentos lógicos, racionales y científicos, que en estos casos prefieren tener “fe” en la evolución. Tienen que creer en la evolución. Eso, desde el punto de vista ateo, no es racional.
Aquí desmitificamos uno de los tantos mitos evolucionistas. El famoso caso del “Archaeopteryx” y su supuesto estado de transicional entre un reptil y un ave.

De reptiles a aves.

De reptiles a aves, hipótesis más importante sostenida por los evolucionistas del paso de los reptiles del grupo pterodáctilo de los pterosauros (Rhampfiorhyncfius) a las aves por el Archaeopteryx y el Archaeornis, es decir, de los reptiles voladores a aves reptiliformes. No es posible considerar a estos volátiles como auténticos eslabones entre las aves y los reptiles, no son animales intermedios entre estos dos grupos en el verdadero sentido de la palabra, sino auténticas aves, con algu­nos caracteres que las asemejan más a los reptiles. Los reptiles volátiles son verdade­ros y propios reptiles, pero perfectamente aptos para volar; poseen huesos pneumáticos como las aves, membranas extendidas entre las extremidades que hacen veces de alas, como los murciélagos. El Archaeopteryx tie­ne la estructura de una auténtica ave por la articulación tarsometatarso, tibia-tarso; por la forma de la pelvis, del cerco escapular, de la estructura del cráneo, del plumaje... Boule y Piveteau escriben a propósito de esto: el Archaeopteryx es un ave por la estructura general, la forma de su cuerpo y sobre todo, por su plumaje. Y algunas líneas después: verda­deramente -dicen-, cuando se tiene en cuenta el conjunto de la organización, el Archaeopteryx se nos presenta como una verdadera ave[1].
Lo mismo afirma D. Rosa: hay que con­fesar -escribe- que no conocemos verdaderas formas de transición entre dos grupos en el sentido de formas cuya atribución se pueda dudar si se hace al uno o al otro de los dos: el Archaeopteryx es ya una verda­dera ave y el parecido es de los otros ca­sos[2]. Y Kalin a propósito de las aves pri­mitivas, escribe: las aves primitivas no pue­den considerarse en modo alguno eslabo­nes entre reptiles y aves; pero no obstante su antigüedad (por falta de especialización) son aves en el sentido propio de la palabra[3] [4]. El origen del vuelo podría resultar una excelente prueba para optar entre el mode­lo evolucionista o creacionista. Casi toda la estructura en los animales no voladores re­queriría modificación para volar y las for­mas transicionales resultantes serían fácilmen­te detectables en el registro fósil, además, se supone que el vuelo ha evolucionado en cua­tro tiempos, separada e independientemen­te: en insectos, pájaros, mamíferos (el mur­ciélago) y los reptiles (los pterosauros ahora extinguidos). En cada caso se supone que el origen del vuelo ha necesitado varios millo­nes de años y casi innumerables formas de transición habrían estado implicadas en cada caso. Sin embargo ni siquiera en un caso sin­gular se ha producido nada cercano o próxi­mo a una serie transicional.
E. C. Olson, un evolucionista y geólogo, en su libro La evolución de la vida[5], establece que: en el grado en que el vuelo está comprometido, hay algunas grandes brechas en el registro[6]. Respecto de los insectos Olson dice: no hay casi nada para dar ninguna información acerca de la historia del origen del vuelo en los insectos[7]. Respecto de los reptiles voladores, Olson informa que: el verdadero vuelo es registrado por vez primera entre los reptiles por el pterosauro en el período Jurásico. Aun cuando los primeros eran bastante menos especializados para el vuelo que los más tardíos, no hay absolutamente ningún signo de estadios intermedios[8]. Con referencia a los pájaros, Olson se refiere al Archaeopteryx como semejante a reptil, pero dice que en virtud de poseer plumas, éste se mostraba siendo un pájaro[9]. Finalmente con referencia a los mamíferos, Olson establece que: la primera evidencia de vuelo en los mamíferos está en los murciélagos completa­mente desarrollados de la época Eocena.

 Fósil del Archaeopteryx.

“De tal modo ni en un solo caso respec­to del origen del vuelo, puede ser documentada una serie transicional y solamente en un solo caso ha sido aducida una forma inter­media. En el caso último, el así llamado in­termedio, no es en realidad un intermedio en absoluto, porque según reconocen los paleontólogos, el Archaeopteryx era un ver­dadero pájaro que tenía alas, estaba comple­tamente emplumado y volaba, no era un pájaro a medio camino, él era un pájaro. Gregory ha establecido: pero en el Archaeopteryx se ha observado, las plumas no difieren en modo alguno de las plumas conocidas por nosotros[10]. Con referencia al Archaeopteryx, Ichthyornis y Hesperornis, Bedard estableció: muy enfáticamente que todas estas creaturas eran pájaros, que el ac­tual origen de las aves está escasamente insi­nuado en la estructura de estos notables res­tos[11]. Durante los 75 años transcurridos desde la aparición del libro de Beddard, nin­gún candidato mejor como intermedio en­tre los reptiles y los pájaros ha aparecido, ni un simple intermedio con parte de alas o con parte de plumas ha sido descubierto. Quizás esto es porque con el paso del tiem­po el Archaeopteryx a los ojos de algunos evolucionistas, ha devenido más en un ani­mal semejante al reptil. Los aducidos rasgos de aspecto reptil del Archaeopteryx consis­ten en un apéndice con aspecto de garra sobre el borde principal de sus alas, la pose­sión de dientes y vértebras que se extienden a lo largo de la cola. Se cree que ha sido un pobre volador con una pequeña quilla o esternón.
Mientras tales rasgos podrían ser tenidos en cuenta si los pájaros hubieran evolucio­nado desde los reptiles, en ningún sentido de la palabra podrían constituir una prueba de que el Archaeopteryx fuera un intermedio entre reptil y pájaro. Por ejemplo, hay un pájaro viviente en Sudamérica, el hoatzin (Opisthocomus Hoatzin) el cual, en un estadio juvenil, posee dos garras. Sin embargo, es un pobre volador con una quilla asombrosamente pequeña[12], esta ave es cien por ciento un ave, aunque posee dos de las características que se usan para atribuir un antecedente reptil al Archaeopteryx. El hoatzin no es el único pájaro viviente que posee garras, el pichón de touraco (Touraco coryhaix, familia de los Musophagidae) de África, posee garras y es también un pobre volador. Si el hoatzin o el touraco fueran hallados como fósiles en el estrato apropiado, podrían ser aclamados por los evolucionistas como formas transicionales entre reptiles y aves. ¡Pero ellos son aves vivientes hoy día!”[13]. “En tanto que los pájaros modernos no poseen dientes, algunos antiguos pájaros poseyeron dientes, mientras que otros no. ¿La posesión de dientes indica un ancestro reptil para las aves o prueba simplemente que algunos pájaros antiguos tenían dientes, aunque otros no?, algunos reptiles tienen dientes, en cambio otros no, algunos anfibios tienen dientes, mientras que otros no. De hecho, esto es verdad de parte a parte para el grupo completo de los Vertebrados, sub-phylum: peces, anfibios, reptiles, aves y mamíferos inclusive. Siguiendo la analogía, según la cual las aves dentadas son primitivas mientras que las carentes de dientes son más avanzadas, los Monocremata (el pato picudo platypus y el anteater espinoso), los mamíferos que no tienen dientes deberían ser considerados más avanzados que los humanos. Empero, en todos los otros aspectos que ahora se consideran, ellos son los más primitivos de todos los mamíferos. No aparecen dicho sea de paso, hasta el Pleistoceno, lo que en la escala de tiempo de la evolución, los coloca alrededor de 150 millones de años, demasiado tarde para ser antecedente de los mamíferos, entonces: ¿qué significado para la evolución puede ser asignado a la posesión o ausencia de dientes? Respecto del status del Archaeopteryx, Lecomte de Noüy, un evolucionista ha establecido: infortunadamente la mayor parte de los tipos fundamentales en el reino animal están desconectados desde el punto de vista paleontológico... no estamos autorizados a considerar el caso excepcional del Archae­opteryx como un verdadero eslabón. Por eslabón entendemos un estadio necesario de transición entre clases tales como reptiles y aves o entre grupos más pequeños”[14].
W. E. Swinton, un evolucionista y experto en aves establece: “El origen de las aves en gran medida es un asunto de deducción, no hay evidencia fósil de los estadios a través de los cuales el notable cambio desde reptil a ave fuera obtenido[15]. Así más rotunda­mente: el registro fósil no documenta la presunta transición desde reptil a ave, sino que las aves aparecen abruptamente en el registro fósil, exactamente como fuera revelado en los fundamentos de la creación. Las diferencias entre los reptiles no voladores y  los  voladores  son  especialmente dramáticas... El enorme abismo entre el Saltoposuchus, reptil thecodonto y el Archaeopteryx, supuestamente el más viejo pájaro conocido, es notorio. Igualmente obvia es la tremenda brecha entre el Saltoposuchus y los representantes de los dos subórdenes de pterosaurios. Casi toda la estructura en el Rhamphorhynchus, un pterosaurio de larga cola, era única para esta creatura. Especialmente notable (como en todos los pterosaurios) era la enorme longitud del cuarto dedo en contraste con los otros tres que posee este reptil, este cuarto dedo proporciona el soporte completo a la membrana del ala, ésta no era ciertamente una estructura delicada y si los pterosaurios evolucionaron desde los thecodontos o algunos otros reptiles sujetos a la tierra, se habrían encontrado formas transicionales que mostraran una gradual elongación de este cuarto dedo ni siquiera una insinuación de tal forma transicional, sin embargo, ha sido jamás descubierta. Aún más único era el grupo de pterodáctilos de Pterosaurios El Pteranodon no sólo tenía un largo pico sin dientes y una larga cresta ósea extendida pos­terior, sino que su cuarto dedo sostenía una extensión de ala de 25 pies. ¿Dónde están las formas transicionales documentando un origen por evolución de éstas y otras estructuras únicas para los pterosaurios?, ¿cómo podrían estas extrañas creaturas haber evolucionado a través de innumerables formas intermedias sobre millones de años de tiempo, sin dejar un simple eslabón en el registro fósil? La respuesta es: ¡ellos no EVOLUCIONARON, ELLOS FUERON CREADOS!”.

Gish, Duane T., op. cit., p 59-67. Cf., Piveteau, J., L’ Archaeopteryx et l’ Evolution, París, La Nature, 1954, p 441-445; Bertrand Serret, R., op. cit., Apéndice II: El Archeopteryx y los tipos intermedios.

Citado por el Dr. Enrique Díaz Araujo, en “Evolución y evolucionismo”, Ed. Universidad Autónoma de Guadalajara.



[1] Les fossiles, p 499-500.
[2] Evolucionismo, en: Enc. Treccani, v XIV p 670.
[3] Ergebnisse, etc., cit.
[4] Marcozzi, V., Los orígenes, etc., cit, p 40-41.
[5] New York, The American Library. 1965.
[6] P 180.
[7] P 180.
[8] P 181.
[9] P 182.
[10] Gregory , W. K., New York Academy of Science Annals, v 27, 1916, p 31.
[11] Beddard, F. E., The Structure and Classification of Birds, London, Longmans, Green and Co., 1898, p 160.
[12] Grimmer, J.L. National Geographic, set. 1962, p 391.
[13] Sibbley, C. G. y Ahquist, J. E., en: Auk, v 90, 1973, p 1.
[14] Human Destiny, New York, The New American Library, 1947, p. 58.
[15] En: Marshall, A. J., Biology and Comparative Physiology of Birds, New York, Academy Press, 1960, v I, p 1.