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viernes, 6 de enero de 2012

Ante la Epifanía de Nuestro Señor Jesucristo.


Habiendo nacido el Rey del cielo, se turbó el rey de la tierra porque la grandeza de este mundo se anonada en el momento que aparece la majestad del cielo. Mas sé nos ocurre preguntar: ¿qué razones hubo para que inmediatamente que nació en este mundo nuestro Redentor fuera anunciado por los ángeles a los pastores de la Judea, y a los magos del Oriente no fuera anunciado por los ángeles sino por una estrella, para que viniesen a adorarlo?
Porque a los judíos, como criaturas que usaban de su razón, debía anunciarles esta nueva un ser racional, esto es, un ángel; y los gentiles, que no sabían hacer uso de su razón, debían ser guiados al conocimiento de Dios, no por medio de palabras, sino por medio de señales. De aquí que dijera San Pablo: “Las profecías fueron dadas a los fieles, no a los infieles; las señales a los in fieles, no a los fieles”, porque a aquéllos se les han dado las profecías como fieles, no a los infieles, y a éstos se les han dado señales como infieles, no a los fieles.
Es de advertir también que los Apóstoles predicaron a los gentiles a nuestro Redentor cuando era ya de edad perfecta; y que mientras fue niño, que no podía hablar naturalmente, es una estrella la que lo anuncia; la razón es porque el orden racional exigía que los predicadores nos dieran a conocer con su palabra al Señor que ya hablaba, y cuando todavía no hablaba lo predicasen muchos elementos.
Debemos considerar en todas estas señales que fueron dadas tanto al nacer como al morir el Señor, cuánta debió ser la dureza de corazón de algunos judíos, que no llegaron a conocerlo ni por el don de profecía, ni por los milagros.
Todos los elementos han dado testimonio de que ha venido su Autor. Porque, en cierto modo, los cielos lo reconocieron como Dios, pues inmediatamente que nació lo manifestaron por medio de una estrella. El mar lo reconoció sosteniéndolo en sus olas; la tierra lo conoció porque se estremeció al ocurrir su muerte; el sol lo conoció ocultando a la hora de su muerte el resplandor de sus rayos; los peñascos y los muros lo conocieron porque al tiempo de su muerte se rompieron; el infierno lo reconoció restituyendo los muertos que conservaba en su poder. Y al que habían reconocido como Dios todos los elementos insensibles, no lo quisieron reconocer los corazones de los judíos infieles y más duros que los mismos peñascos, los cuales aún hoy no quieren romperse para penitencia y rehúsan confesar al que los elementos, con sus señales, declaraban como Dios.
Y aun ellos, para colmo de su condenación, sabían mucho antes que había de nacer el que despreciaron cuando nació; y no sólo sabían que había de nacer, sino también el lugar de su nacimiento. Porque preguntados por Herodes, manifestaron este lugar que habían aprendido por la autoridad de las Escrituras. Refirieron el testimonio en que se manifiesta que Belén sería honrada con el nacimiento de este nuevo caudillo, para que su misma ciencia les sirviera a ellos de condenación y a nosotros de auxilio para que creyéramos.
Perfectamente los designó Isaac cuando bendijo a su hijo Jacob, pues estando ciego y profetizando, no vio en aquel momento a su hijo, a quien tantas cosas predijo para lo sucesivo; esto es, porque el pueblo judío, lleno del espíritu de profecía y ciego de corazón, no quiso reconocer presente a aquel de quien tanto se había predicho.
Inmediatamente que supo Herodes el nacimiento de nuestro Rey, recurre a la astucia con el fin de no ser privado de su reino terreno. Suplica a los magos que le anunciasen a su vuelta el lugar en donde estaba el Niño; simula que quiere ir también a adorarlo, para sí pudiera tenerlo entre manos, quitarle la vida. Mas ¿de qué vale la malicia de los hombres contra los designios de Dios? Escrito está: “No hay sabiduría, ni prudencia, ni consejo contra el Señor”. Así la estrella que apareciera guió a los Magos, que hallan al Rey recién nacido, le ofrecen sus dones y son avisados en sueños para que no volviesen a ver a Herodes, y de esta manera sucedió que Herodes no pudiera encontrar a Jesús, a quien buscaba.
¿Quiénes están representados en la persona de Herodes sino los hipócritas, los cuales, pareciendo que sus obras buscan al Señor, nunca merecen hallarlo?
Los Magos ofrecen oro, incienso y mirra; el oro conviene al rey, el incienso se ponía en los sacrificios ofrecidos a Dios; con la mirra eran embalsamados los cuerpos de los difuntos. Por consiguiente, con sus ofrendas místicas predican los Magos al que adoran: con el oro, como rey; con el incienso, como Dios, y con la mirra, como hombre mortal.
Hay algunos herejes que creen en Jesús como Dios, pero niegan su reino universal; éstos le ofrecen incienso, pero no quieren ofrecerle también el oro. Hay otros que le consideran como rey, pero no lo reconocen como Dios: éstos le ofrecen el oro y rehúsan ofrecerle el incienso. Y hay algunos que lo confiesan como Dios y como rey, pero niegan que tomase carne mortal: éstos le ofrecen incienso y oro, y rehúsan ofrecerle la mirra de la mortalidad.
Ofrezcamos nosotros al Señor recién nacido oro, confesando que reina en todas partes; ofrezcámosle incienso, creyendo que Aquel que se dignó aparecer en el templo era Dios antes de todos los siglos; ofrezcámosle mirra, confesando que Aquel de quien creemos que fue impasible en su divinidad, fue mortal por haber tomado nuestra carne.
En el oro, incienso y mirra puede darse otro sentido. Con el oro se designa la sabiduría, según Salomón, el cual dice: “Un tesoro codiciable descansa en boca del sabio”. Con el incienso que se quema en honor de Dios se expresa la virtud de la oración, según el Salmista, el cual dice: “Diríjase mi oración a tu presencia a la manera del incienso”. Por la mirra se representa la mortificación de nuestra carne; de aquí que la Santa Iglesia diga de los operarios que trabajan hasta la muerte por Dios: “Mis manos destilaron mirra”.
Por consiguiente, ofrecemos oro a nuestro rey recién nacido si resplandecemos en su presencia con la claridad de la sabiduría celestial. Le ofrecernos incienso, si consumimos los pensamientos carnales, por medio de la oración, en el ara de nuestro corazón, para que podamos ofrecer al Señor un aroma suave por medio de deseos celestiales. Le ofrecemos mirra, si mortificamos los vicios de la carne por medio de la abstinencia. La mirra, como hemos dicho, es un preservativo contra la putrefacción de la carne muerta. La putrefacción de la carne muerta significa la sumisión de este nuestro cuerpo mortal al ardor de la impureza, como dice el profeta de algunos: "Se pudrieron dos jumentos en su estiércol" (Joel, 1, 17). El entrar en putrefacción los jumentos en su estiércol significa terminar los hombres su vida en el hedor de la lujuria. Por con siguiente, ofrecernos la mirra a Dios cuando preservamos a este nuestro cuerpo mortal de la podredumbre de la impureza por medio de la continencia.
Al volver los Magos a su país por otro camino distinto del que trajeron nos manifiestan una cosa que es de suma importancia. Poniendo por obra la advertencia que recibieron en sueñas, nos indican qué es lo que nosotros debemos hacer.
Nuestra patria es el paraíso, al que no podemos llegar, conocido Jesús, por el camino por donde vinimos. Nos hemos separado de nuestra patria por la soberbia, por la desobediencia, siguiendo el señuelo de las cosas terrenas y gustando el manjar prohibido; es necesario que volvamos a ella, llorando, obedeciendo, despreciando las cosas terrenas y refrenando los apetitos de nuestra carne. Por consiguiente, volvemos a nuestra patria por un camino muy distinto, porque los que nos hemos separado de los goces del paraíso con los deleites de la carne, volvemos a ellos por medio de nuestros lamentos.
De aquí que sea necesario, hermanos carísimos, que con mucho temor y temblor pongamos siempre ante nuestra vista, por una parte las culpas de nuestras obras, y por otra el estrecho juicio a que se nos ha de someter. Pensemos en la severidad con que ha de venir el justo juez, que nos amenaza con un estrechísimo juicio y ahora está oculto a nuestra vista; que amenaza con severos castigos a los pecadores, y, no obstante, todavía las espera: que está dilatando su segunda venida para encontrar menos a quiénes condenar. Castiguemos con el llanto nuestras culpas, y prevengamos su presencia por medio de la confesión.
No nos dejemos engañar por fugaces placeres, ni tampoco nos dejemos seducir por vanas alegrías. No tardaremos en ver al juez que dijo: “¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis”. Por eso dijo Salomón: “La risa será mezclada con el dolor, y el fin de los goces será ocupado por el llanto”. Y en otro lugar dice: “He considerado la risa como un error, y he dicho al gozo: ¿por qué engañas en vano?”
Temamos mucho los preceptos de Dios, si con sinceridad celebramos las fiestas de Dios; porque es un sacrificio muy grato a Dios la aflicción de los pecados, como dice el Salmista: “El espíritu atribulado es un sacrificio para Dios”. Nuestros pecados antiguos quedaron borrados al recibir el bautismo; mas después de recibido hemos cometido muchísimos, pero no nos podemos volver a lavar con su agua.
Puesto que hemos manchado nuestra vida después de recibido el bautismo, bauticemos con lágrimas nuestra conciencia, para que, volviendo a nuestra patria por distinto camino del que llevamos, los que nos hemos separado de él atraídos por los bienes terrenales volvamos a él llenos de amargura por los males que hemos obrado, con el auxilio de Nuestro Señor Jesucristo.

San Gregorio Magno, Homilía X in Evangelia.

martes, 3 de enero de 2012

Huir de las malas compañías. San Juan Bosco.


Hay tres clases de compañeros: unos, buenos; otros, malos, y otros, en fin, que no son ni lo uno ni lo otro. Debéis procu­rar la amistad de los primeros; ganaréis mucho huyendo com­pletamente de los segundos; en cuanto a los últimos, tratadlos cuando sea necesario, evitando toda familiaridad. “Pero ¿quié­nes son esos amigos perjudiciales?” Escuchadme, hijos míos, y comprenderéis cuáles son. Todos los chicos que no se aver­güenzan de tener en vuestra presencia conversaciones obsce­nas y de pronunciar palabras de doble sentido y escandalosas; los que mienten o critican; los que profieren juramentos, impre­caciones y blasfemias; los que tratan de alejaros de la pie­dad; los que os aconsejan el robo, la desobediencia a vuestros padres y el olvido de vuestros deberes..., todos éstos son malísimos amigos, ministros de Satanás, de quienes debéis huir más que de la peste o del mismo diablo. ¡Ah!, con lágrimas en los ojos os suplico distéis y huyáis de semejante com­pañía.
Escuchad la voz del Señor, que dice: “El que se asocia al hombre virtuoso será virtuoso; el amigo del vicioso se perverti­rá”. Huid de un mal compañero como de la vista de una ser­piente venenosa: Quasi a facie colubri. En una palabra, si os juntáis con los buenos, os aseguro que iréis con ellos al pa­raíso; al contrario, si con los malos, seréis desgraciados y con­cluiréis por perder irreparablemente vuestra alma.
Dirá tal vez alguno. “Son tantos los malos compañeros, que sería preciso abandonar el mundo para huir de ellos”. En efecto, es tan perjudicial el trato de los amigos viciosos, que, precisamente esto, os recomiendo con tanta insistencia que huyáis de ellos. Y si por esto os vierais solos, dichosos de vos­otros, pues tendríais por compañeros a Nuestro Señor Jesucristo, a la Santísima Virgen y al ángel custodio, que son nuestros mejores amigos. Podéis, no obstante, tener buenos amigos, y los encontraréis entre aquellos que frecuentan la confesión y comunión, que asisten a la iglesia, que con sus palabras y ejemplos os animan al cumplimiento de vuestros deberes y os alejan de todo lo que puede ofender a Dios. Estrechad vues­tras relaciones con ellos y obtendréis gran provecho. David y Jonatán llegaron a ser buenos amigos, con ventajas recíprocas, pues se animaban mutuamente a la práctica de la virtud.

San Juan Bosco, El Joven Cristiano Instruido, escrito extraído de Biografía y escritos de San Juan Bosco, BAC, Madrid, 1967.

jueves, 17 de febrero de 2011

Un sueño de San Juan Bosco: Mensaje del Padre Provera 1883.


La noche del 17 de enero de 1883 soñé que me encontraba con el Padre Provera (un Santo salesiano muerto recientemente). Su rostro estaba tan hermoso y tan radiante de luz que difícilmente se podían fijar en él los ojos. Yo le pregunté:

– ¿Te has salvado? ¿Y qué gozas en la otra vida?

– Sí, me he salvado. Y gozo de todo cuanto un buen corazón pueda desear y todo cuanto una buena inteligencia pueda pensar. “Ni ojo vio ni oído oyó lo que Dios tiene reservado para los que lo aman”.

– ¿Y a mí me queda mucho tiempo todavía sobre la tierra?

– No mucho. Es más bien poco. Pero tiene que hacer todavía muchas cosas. Trabaje con todos los esfuerzos posibles como si fuera a vivir para siempre aquí. Pero esté preparado, porque a la hora menos pensada…

– ¿Y a mis religiosos qué les debo decir?

– Recomiéndeles mucho el fervor, el entusiasmo por todo lo bueno.

– ¿Y qué hacer para conservar el fervor y el buen espíritu en la comunidad?

– Hacer como hace el agricultor: podar, podar sin miedo. Toda rama seca e inútil que no produce buenos frutos hay que cortarla y echarla fuera. Así el resto del árbol adquiere fuerza y produce buenos frutos.

– ¿Y qué les digo a los que trabajan por salvar almas?

– Dígales (añadió levantando la voz) que les está reservado un gran premio, pero que Dios les concede ese premio únicamente a los que perseveran con entusiasmo y dedicándose a servir a Nuestro Señor.

– ¿Y a los jóvenes, qué les debo recomendar? – Que trabajen mucho y que estén atentos para huir de las ocasiones de pecar.

– ¿Y algo más? – Que trabajen con ánimo y que nunca dejen de evitar las ocasiones de pecar.

– ¿Y para que estén seguros de conseguir la eterna salvación, qué les debo recomendar?

Que reciban frecuentemente y con fervor la Sagrada Comunión, que asistan con frecuencia a la Santa Misa y que haga serios propósitos en la confesión y se esfuercen por cumplirlos.

– ¿Y a qué debemos dedicarnos especialmente los que estamos en este mundo? El Padre Loera se volvió en ese momento muchísimo más resplandeciente y dijo:

– Que todos cumplan lo que recomienda el Salmo 116.

Y un coro bellísimo de miles y millones de voces entonó el Salmo diciendo:

– “Alabad al Señor todas las naciones. Aclamadlo todos los pueblos. Porque es muy grande su misericordia con nosotros y su fidelidad es eterna y dura para siempre”.

Y al oír un fortísimo: Amén, me desperté. Eran las dos de la madrugada.


San Juan Bosco, 124. Mensaje del Padre Provera 1883 (MB. 16,22). Tomado de “Los Sueños de San Juan Bosco”. Extraídos de la “Vida de San Juan Bosco -Memorias Biográficas”, en 19 volúmenes.

Tomado del Blog Biblia y Tradición.

lunes, 17 de enero de 2011

Toda esperanza y toda confianza se deben poner solo en Dios.


Señor, ¿cuál es mi confianza en esta vida? o ¿cuál mi mayor contento de cuantos hay debajo del cielo? Por ventura ¿no eres Tú mi Dios y Señor, cuyas misericordias no tienen número? ¿Dónde me fue bien sin Ti? o ¿cuándo me pudo ir mal estando Tú presente? Más quiero ser pobre por Ti, que rico sin Ti. Por mejor tengo peregrinar contigo en la tierra, que poseer sin Ti el cielo. Donde Tú estás, allí está el cielo, y donde no, el infierno y la muerte. A Ti se dirige todo mi deseo, y por eso no cesaré de orar, gemir y clamar en pos de Ti. En fin; yo no puedo confiar cumplidamente en alguno que me ayude oportunamente en mis necesidades, sino en Ti solo, Dios mío. Tú eres mi esperanza y mi confianza; Tú mi consolador y el amigo más fiel en todo.
Todos buscan su interés, Tú buscas solamente mi salud y mi aprovechamiento, y todo mi lo conviertes en bien. Aunque algunas veces me dejas en diversas tentaciones y adversidades, todo lo ordenas para mi provecho; que sueles de mil modos probar a tus escogidos. En esta prueba debes ser tan amado y alabado, como si me colmases de consolaciones espirituales.
En Ti, pues, Señor Dios, pongo toda mi esperanza y refugio; en tus manos dejo todas mis tribulaciones y angustias; porque fuera de Ti todo es débil e inconstante. Porque no me aprovecharán muchos amigos, ni podrán ayudarme los defensores poderosos, ni los consejeros discretos darme respuesta conveniente, ni los libros doctos consolarme, ni cosa alguna preciosa librarme, ni algún lugar secreto y delicioso defenderme, si Tú mismo no me auxilias, ayudas, esfuerzas, consuelas y guardas.
Porque todo lo que parece conducente para tener paz y felicidad, es nada si Tú estás ausente; ni da sino una sombra de felicidad. Tú eres, pues, fin de todos los bienes, centro de la vida, y abismo de sabiduría; y esperar en Ti sobre todo, es grandísima consolación para tus siervos. A Ti, Señor, levanto mis ojos; en Ti confió, Dios mío, padre de misericordias. Bendice y santifica mi alma con bendición celestial, para que sea morada santa tuya, y silla de tu gloria eterna; y no haya en este templo tuyo cosa que ofenda los ojos de tu majestad soberana. Mírame según la grandeza de tu bondad, y según la multitud de tus misericordias, y oye la oración de este pobre siervo tuyo, desterrado lejos en la región de la sombra de la muerte. Defiende y conserva el alma de este tu siervecillo entre tantos peligros de la vida corruptible; y acompañándola tu gracia, guíala por el camino de la paz a la patria de la perpetua claridad. Amén.

Tomás de Kempis, “Imitación de Cristo”, Libro 3, Cap. 59, 1-4.

jueves, 13 de enero de 2011

La confianza en la Providencia. Respuesta a algunas objeciones.


“Los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos; tanto como el cielo se eleva sobre la tierra, los caminos del Señor superan a los nuestros” (Isaías). De ahí surgen un sinnúmero de malas inteligencias entre la Providencia y el hombre que no sea muy rico en fe y abnegación. Señalaremos cuatro.
La Providencia se mantiene en la sombra para dar lugar a nuestra fe, y nosotros querríamos ver. Dios se oculta tras las causas segundas, y cuanto más se muestran éstas más se oculta Él. Sin Él nada podrían aquéllas; ni aun existirían; lo sabemos, y con todo, en vez de elevarnos hasta Él, cometemos la injusticia de pararnos en el hecho exterior, agradable o molesto, más o menos envuelto en el misterio. Evita manifestarnos el fin particular que persigue, los caminos por donde nos lleva y el trayecto ya recorrido. En lugar de tener una ciega confianza en Dios, querríamos saber, casi osaríamos pedirle explicaciones. Por ventura, ¿no llega el enfermo incluso a confiar su salud, su vida, la integridad de sus miembros al médico, al cirujano? Es un hombre como nosotros y, sin embargo, hay confianza en él a causa de su abnegación, de su ciencia y de su habilidad. ¿No deberíamos tener infinitamente más confianza en Dios, médico omnipotente, Salvador incomparable? Dios quiere que nos contentemos con la simple fe y que confiemos en Él, con corazón tranquilo, en plena oscuridad. ¡Primera causa de la pena!
La Providencia tiene distintas miras que nosotros, ya sobre el fin que se propone, ya sobre los medios destinados a su consecución. En tanto no nos hayamos despojado por completo del amor desordenado a las cosas de la tierra, querríamos encontrar el cielo aquí abajo, o por lo menos ir a él por camino de rosas. De ahí ese aficionarse, más de lo que está en razón, a la estima de gentes de bien, al afecto de los suyos, a los consuelos de la piedad, a la tranquilidad interior, etc., y que se saboree tan poco la humillación, las contrariedades, la enfermedad, la prueba en todas sus formas. Las consolaciones y el éxito se nos presentan más o menos como la recompensa de la virtud, la sequedad y la adversidad como el castigo del vicio; nos maravillarnos de ver con frecuencia prosperar al malo, y sufrir al justo aquí abajo.
Dios, por el contrario, no se propone darnos el paraíso en la tierra, sino hacer que lo merezcamos tan perfecto como sea posible. Si el pecador se obstina en perderse, es necesario que reciba en el tiempo la recompensa de lo poquito que hace bien. En cuanto a los elegidos, tendrán su salario en el cielo; lo esencial, mientras aquél llega, es que se purifiquen, que se hagan ricos en méritos. “Considera mi vida toda llena de sufrimientos -dijo a Santa Teresa-, persuádete que aquel es más amado de mi Padre que recibe mayores cruces; la medida de su amor es también la medida de las cruces que envía. ¿En qué pudiera demostrar mejor mi predilección que deseando para vosotros lo que deseé para mí mismo?” Y ésta es la segunda causa de las equivocaciones.
La Providencia sacude recios golpes y la naturaleza se lamenta. Hierven nuestras pasiones, el orgullo nos reduce, nuestra voluntad se deja arrastrar. Profundamente heridos por el pecado, nos parecemos a un enfermo que tiene un miembro gangrenado. Estamos persuadidos de que no hay para nosotros remedio sino en la amputación, mas no tenemos valor para hacerla con nuestras propias manos. Dios, cuyo amor no conoce la debilidad, se presta a hacernos este doloroso servicio. En consecuencia nos enviará contradicciones imprevistas, abandonos, desprecios, humillaciones, la pérdida de nuestros bienes, una enfermedad que nos va minando: son otros tantos instrumentos con los que liga y aprieta el miembro gangrenado, le hiere la parte más conveniente, corta y profundiza bien adentro hasta llegar a lo vivo.
La naturaleza lanza gritos; mas Dios no la escucha, porque este rudo tratamiento es la curación, es la vida. Estos males que de fuera nos llegan, son enviados para abatir lo que se subleva dentro, para poner límites a nuestra libertad que se extravía y freno a nuestras pasiones que se desbocan. He aquí por qué permite Dios se levanten por todas partes obstáculos a nuestros designios, por qué nuestros trabajos tendrán tantas espinas, por qué no gozaremos jamás de la tranquilidad tan deseada y nuestros superiores harán con frecuencia todo lo contrario de nuestros deseos. Por esto tiene la naturaleza tantas enfermedades; los negocios, tantos sinsabores; los hombres, injusticias, y su carácter, tantas y tan inoportunas desigualdades.
A derecha e izquierda somos acometidos de mil oposiciones diferentes, a fin de que nuestra voluntad, que es demasiado libre, así probada, estrechada y fatigada por todas partes, se despoje al fin de sí misma y no busque sino la sola voluntad de Dios. Más ella se resiste a morir, y ésta es la tercera causa de los disgustos.
La Providencia emplea a veces medios desconcertantes. “Sus juicios son incomprensibles”; no sabríamos penetrar sus motivos, ni atinar con los caminos que escoge para ponerlos en ejecución. Dios comienza por reducir a la nada a los que encarga alguna empresa, y la muerte es la vía ordinaria por la que conduce a la vida. Y, por otra parte, ¿cómo su acción va a contribuir al bien de sus fieles? Nosotros no lo vemos y frecuentemente creemos ver lo contrario. Mas adoremos la divina Sabiduría que ha combinado perfectamente todas las cosas estemos bien persuadidos de que los mismos obstáculos le servirán de medios y que llegará siempre a sacar de los males que permite el invariable bien que se propone. Si consideramos las cosas a la luz de Dios, llegaremos a la conclusión de que muchas veces los males en este mundo no son males, los bienes no son bienes, hay desgracias que son golpes de la Providencia y éxitos que son un castigo.
Citemos algunos ejemplos entre mil. Dios se compromete a hacer de Abraham el padre de un gran pueblo, a bendecir todas las naciones en su raza, y he aquí que le ordena sacrificar al hijo de las promesas. ¿Olvidó acaso la palabra dada? Ciertamente que no: mas quiere probar la fe de su servidor y a su tiempo detendrá el brazo. Se propone someter a José la tierra de los Faraones, y comienza por abandonarle a la malicia de sus hermanos; el pobre joven es arrojado a una cisterna, conducido a Egipto, vendido como esclavo, después pasa en la cárcel años enteros, todo parece perdido, y, sin embargo, por ahí mismo es por donde le conduce Dios a sus gloriosos destinos. Después de las ovaciones y de los ramos, Nuestro Señor es traicionado, prendido, abandonado, negado, juzgado, condenado, abofeteado, azotado y crucificado. ¿Es así como asegura Dios Padre a su Hijo la herencia de las naciones? Triunfa el infierno y todo parece perdido, no obstante, por ahí mismo nos viene la salvación. Con doce pescadores ignorantes y sin prestigio se lanza a la conquista del mundo. Los reyes y los pueblos bramarán contra el Señor y contra su Cristo, que es, sin embargo, su verdadero apoyo, mas llegado el momento que Él ha escogido, “el Hijo del carpintero, el Galileo”, siempre vencedor, encerrará a sus perseguidores en un ataúd y los citará a su tribunal.
Tratándose de la santificación individual, Dios sigue los mismos caminos siempre austeros y a veces desconcertantes. San Bernardo ama con pasión su soledad llena por completo de Dios, "su bienaventurada soledad es su única beatitud". Sólo una cosa pide al Señor: la gracia de pasar allí el resto de sus días, pero la voluntad divina le arranca una y otra vez de los piadosos ejercicios del claustro, lánzale en medio de un mundo que aborrece, en el tráfago de mil asuntos ajenos a su perfección, contrarios a sus gustos de reposo en Dios. No puede ser todo para su Amado, para su alma, para sus hermanos, y por eso, se inquieta. “Mi vida -dice- es monstruosa y mí conciencia está atormentada. Soy la quimera del siglo, ni vivo como clérigo ni como seglar. Aunque monje por el hábito que llevo, hace ya tiempo que no vivo cómo tal. ¡Ah, Señor! Más valdría morir, pero entre mis hermanos”.
Dios no le escucha, por lo menos en este sentido. El santo aconseja a los Papas, pacifica a los reyes, convierte a los pueblos, pone fin al cisma, abate la herejía, prédica la cruzada. Y en medio de tantos prodigios y triunfos se mantiene humilde, sabe hacerse una soledad interior, conserva todas las virtudes de perfecto monje y no vuelve a su claustro sino acompañado de multitud de discípulos. Es, no la quimera, sino la maravilla de su siglo.
¿No es así como día tras día la mano de Dios nos hiere para salvarnos? La muerte deja claros en muestras filas y nos arrebata las personas con las que contábamos; relaciones inexplicables desnaturalizan nuestras intenciones y nuestros actos; se nos quita por este medio, al menos en parte, la confianza de nuestros superiores, abundan las penas interiores, desaparece nuestra salud, las dificultades se multiplican por dentro y por fuera la amenaza está siempre suspendida sobre nuestras cabezas. Llamamos al Señor, y hacemos bien. Quizá le pedimos que aparte la prueba; y a semejanza de un padre amante y tierno, pero infinitamente más sabio que nosotros, no tiene la cruel compasión de escuchar nuestras súplicas si las halla en desacuerdo con nuestros verdaderos intereses, prefiriendo mantenernos sobre la cruz y ayudarnos a morir más por completo a nosotros mismos, y a tomar de ella una nueva savia de fe, de amor, de abandono; de verdadera santidad.
En resumen, jamás pongamos en duda el amor de Dios para con nosotros. Creamos sin titubear en la sabiduría, en el poder de nuestro Padre que está en los cielos. Por numerosas que sean las dificultades, por amenazadores que puedan presentarse los acontecimientos, oremos, hagamos lo que la Providencia exige, aceptemos de antemano la prueba si Dios la quiere, abandonémonos confiados a nuestro buen Maestro, y con tal conducta, todo, absolutamente todo, se convertirá en bien de nuestra alma. El obstáculo de los obstáculos, el único que puede hacer fracasar los amorosos designios de Dios sobre nosotros, sería nuestra falta de confianza y de sumisión, porque El no quiere violentar nuestra voluntad.
Si nosotros por nuestra resistencia hacemos fracasar sus planes de misericordia, suya será en todo caso la última palabra en el tiempo de su justicia, y finalmente hallará su gloria. En cuanto a nosotros, habremos perdido ese acrecentamiento de bien que Él deseaba hacernos.

Dom Vital Lehodey, O.S.B. Tomado de “El Santo Abandono”.

martes, 11 de enero de 2011

La confianza en la Providencia.

Dom Vital Lehodey.

La voluntad del hombre es por extremo suspicaz, de suerte que por regla general sólo se fía de sí mismo y teme siempre, por lo que atañe a sí propio, del poder y de la voluntad de otro. Lo que se posee de más precioso, fortuna, honor, reputación, salud, la vida misma, jamás se deposita en manos de otro, a menos de tener una gran confianza en él. Para el ejercicio de la caridad y del santo abandono, es, pues, necesaria una plena confianza en Dios.
La sabiduría del hombre es muy limitada en sus horizontes; su voluntad es débil, mudable y sujeta a mil desfallecimientos y, por consiguiente, en vez de tener confianza en nuestras propias luces y de desconfiar de todos, incluso de Dios, debiéramos suplicarle, importunarle para que se haga su voluntad y no la nuestra, porque su voluntad es buena, buena en sí misma, benéfica para nosotros, buena como lo es Dios y forzosamente benéfica.
¿Quién es aquel que vela sobre nosotros con amor y que dispone de nosotros por su Providencia? Es el Dios bueno. Es bueno de manera tal, que es la bondad por esencia y la caridad misma, y, en este sentido, “nadie es bueno sino Dios”. Santos ha habido que han participado maravillosamente de esta bondad divina, y, sin embargo, los mejores de entre los hombres no han tenido sino un riachuelo, un arroyo o a lo más un río de bondad, mientras que Dios es el océano de bondad, una bondad inagotable y sin límites. Después que haya derramado sobre nosotros beneficios casi innumerables, no hemos de suponerle ni fatigado por su expansión ni empobrecido por sus dones; quédale aún bondad hasta lo infinito para poder gastarla. A decir verdad, cuanto más da, más se enriquece, pues consigue ser mejor conocido, amado y servido, al menos por los corazones nobles. Es bueno para todos: “hace brillar su sol sobre los buenos y los malos, hace caer la lluvia sobre los justos y los pecadores” (Profeta Miqueas). No se cansa de ser bueno, y a la multitud de nuestras faltas opone “la multitud de sus misericordias” para conquistarnos a fuerza de bondades. Es necesario que castigue, porque es infinitamente justo como es infinitamente bueno; mas, “en su misma vida no olvida la misericordia” (Profeta Habacuc).
Este Dios tan bueno es “nuestro Padre que está en los cielos”. Como estima tanto este título de Dios bueno y nos recuerda hasta la saciedad sus misericordias, por lo mismo le gusta proclamarse nuestro Padre. Siendo El tan grande y tan santo y nosotros tan pequeños y pecadores, hubiéramos tenido miedo de Él; para ganarse nuestra confianza y nuestro afecto, no cesa de recordarnos en los libros santos, que Él es nuestro Padre y el Dios de las misericordias. “De Él deriva toda paternidad en el cielo y en la tierra” (San Pablo) y ninguno es padre como nuestro Padre de los cielos. Él es Padre por abnegación, madre por la ternura. En la tierra nada hay comparable al corazón de una madre por el olvido de sí, el afecto profundo, la misericordia incansable; nada inspira tanta confianza y abandono. Y, sin embargo, Dios sobrepasa infinitamente para nosotros a la mejor de las madres. “¿Puede una madre olvidar a su hijo, y no apiadarse del fruto de sus entrañas?, pues aunque se olvidara, yo no me olvidaré de vosotros” (Isaías). El que ha amado al mundo hasta el extremo de darle su Hijo unigénito, ¿qué nos podrá negar? Sabe mejor que nosotros lo que necesitamos para el cuerpo y para el alma; quiere ser rogado, tan sólo nos echará en cara el no haber suplicado bastante, y no dará una piedra a su hijo que le pide pan. Si es preciso que se muestre severo para impedir que corramos a nuestra perdición, su corazón es quien arma su brazo; cuenta los golpes y en cuanto lo juzgue oportuno, enjugará nuestras lágrimas y derramará el bálsamo sobre la herida. Creamos en el amor de Dios para con nosotros y no dudemos jamás del corazón de nuestro Padre.
Es nuestro Redentor, que vela sobre nosotros; es más que un hermano, más que un amigo incomparable, es el médico de nuestras almas, nuestro Salvador por voluntad propia. Ha venido a “salvar el mundo de sus pecados”, curar las dolencias espirituales, traernos “la vida y una vida más abundante”, “encender sobre la tierra el fuego del cielo”. Salvarnos, he aquí su misión; salir bien en esta misión, he aquí su gloria y su dicha. ¿Podrá Él no sentir interés por nosotros? Su vida de trabajos y humillaciones, su cuerpo surcado de heridas, su alma llena de dolor, el calvario y el altar, todo nos muestra que ha hecho por nosotros locuras de amor. ¡Nos ha adquirido a tan alto precio! ¿Cómo no le hemos de ser queridos? ¿En quién pudiéramos tener confianza, si no en este dulce Salvador, sin el cual estaríamos perdidos? Por otra parte, ¿no es Él el Esposo de nuestras almas? Abnegado, tierno y misericordioso para con cada una, ama con marcada dilección a aquellas que todo lo han dejado por adherirse sólo a Él. Tiene sus delicias en verlas cerca de su tabernáculo y vivir con ellas en la más dulce intimidad.
Cuando os hallareis en la aflicción -dice el Padre de la Colombiére-, considerad que el autor de ella es Aquel mismo que ha querido pasar toda su vida en los dolores, para con ellos poder preservarnos de los eternos; Aquel cuyo ángel está siempre a nuestro lado vigilando por orden suya sobre todos nuestros caminos; Aquel que ruega sin cesar sobre nuestros altares y se sacrifica mil veces al día en favor nuestro; Aquel que viene a nosotros con tanta bondad en el sacramento de la Eucaristía; Aquel para quien no existe otro placer que unirse a nosotros.
- Pero me hiere cruelmente, deja caer su pesada mano sobre mí.
- ¿Qué podéis temer de una mano agujereada, que se dejó atar a la cruz por nosotros?
- Me parece andar por un camino erizado de espinas.
- Pero si no hay otro para ir al cielo, ¿preferirías perecer siempre antes que sufrir durante unos momentos? ¿No es éste el mismo camino que Él ha seguido antes de vosotros y por vosotros? ¿Podréis encontrar una espina que Él no haya enrojecido con su sangre?
- Me ofrece un cáliz lleno de amargura.
- Sí, pero recordad que es vuestro Redentor quien os lo presenta. Amándoos como os ama, ¿podría resolverse a trataros con rigor, si no hubiera para ello una utilidad extraordinaria o una urgente necesidad?
Siendo como es bueno y santo, no obra sobre nosotros sino con los fines más nobles y beneficiosos. Su objeto es y será indefectiblemente uno: la gloria de Dios. “El Señor ha hecho todas las cosas para sí mismo”, nos dice la Escritura, y no hemos de lamentarnos por esto, pues esta gloria no es otra cosa que la alegría de darnos la eterna felicidad. Teniendo el universo por fin la glorificación de Dios mediante la beatificación de la criatura racional, síguese que en un plan secundario el fin de todas las cosas, al menos sobre la tierra, es la Iglesia católica, pues ella es la madre de la Salvación. Todas las cosas terrestres, todas, hasta las persecuciones, están hechas o permitidas por Dios para el mayor bien de la Iglesia. Y en la misma Iglesia, todo está ordenado con miras al bien de los elegidos, ya que la gloria de Dios aquí abajo se identifica con la salvación eterna del hombre, de lo cual hemos de concluir que en un tercer plano, el término invariable de las evoluciones y revoluciones de aquí abajo, no es otro que la llegada de los elegidos a su eterno destino; tanto es así, que tal vez nos sea dado ver en el cielo países enteros, removidos por la salvación de un grupo de elegidos. ¿No es cosa loable ver a Dios gobernar al mundo con el único fin de hacer seres felices y regocijarse en ellos?
La voluntad de Dios es, por tanto, la santificación de las almas. No existe un solo segundo en que, en un punto cualquiera del universo, se le pueda sorprender ocupado en otra cosa. He aquí la razón de todos estos acontecimientos grandes y pequeños que agitan en diversos sentidos las naciones, las familias, la vida privada. He aquí por qué Dios me quiere hoy enfermo, contradicho, humillado, olvidado, por qué me proporciona este encuentro feliz, me ofrece esta dificultad, me hace chocar contra esta piedra y me entrega a esta tentación.
Todos estos procedimientos los determina su amor, su deseo de mi mayor bien. ¿Con qué confianza y docilidad no debiéramos dejarnos hacer y corresponder si comprendiéramos mejor sus misericordiosos caminos? Tanto más, cuanto que sin cesar pone al servicio de su paternal bondad un poder infinito, una sabiduría intachable. Conoce, en efecto, el fin particular de cada alma, el grado de gloria a que la destina en el cielo, la medida de santidad que la tiene preparada. Para llegar al término y a la perfección sabe qué caminos ha de seguir, por cuáles pruebas ha de atravesar, qué humillaciones ha de sufrir.
En estos mil acontecimientos de que estará formada la trama de su existencia, la Providencia es la que tiene el hilo y lo dirige todo al fin propuesto. Del lado de Dios que lo dispone nada viene que no sea luz, sabiduría, gracia, amor y salvación. Porque siendo infinitamente poderoso, puede todo cuanto quiere. Él es el dueño, tiene en su poder la vida y la muerte, conduce a las puertas del sepulcro y saca de él. Hay en nosotros sombras y claridades, tiempo de paz y tiempo de aflicción; hay bienes y males; todo viene de Él, no hay absolutamente nada de que su Voluntad no sea dueña soberana. Hace todo según su libre consejo, y si una vez ha decretado salvar a Israel, nadie hay que pueda oponerse a su voluntad, nadie que pueda hacerle variar sus designios; contra el Señor no hay sabiduría, ni prudencia, ni profundidad de consejos.
Bien es verdad que dispone de los seres racionales respetando su libre albedrío. Pueden, pues, oponer su voluntad a la suya, y parece que la tienen en jaque. Mas en realidad, la resistencia de unos y la obediencia de otros le son conocidas desde toda la eternidad, y las tuvo en cuenta al determinar sus planes; halla en los recursos infinitos de su omnipotente Sabiduría la mayor facilidad para cambiar los obstáculos en medios, a fin de hacer servir a nuestro bien las maquinaciones que el infierno y los hombres traman para perdernos. “Lo que yo he resuelto -dice el Señor en Isaías- permanecerá estable, mi voluntad se cumplirá en todas las cosas”. Obrad como queráis, es necesario que la voluntad de Dios se ejecute; os dejará obrar según vuestro libre albedrío, reservándose el dar a cada uno según sus obras; mas todos los medios que podáis emplear para eludir sus designios, Él sabrá hacerlos servir para el cumplimiento de estos mismos. Entonces, ¿qué podemos temer?, ¿qué no debernos esperar siendo hijos de un Padre tan rico en bondad para amarnos y en voluntad para salvarnos, tan sabio para disponer los medios convenientes a este fin y tan moderado para aplicarlos, tan bueno para querer, tan perspicaz para ordenar, tan prudente para ejecutar?

Dom Vital Lehodey, O.S.B. Tomado de  su obra “El Santo Abandono”.

lunes, 10 de enero de 2011

Máximas para la práctica de la humildad.


Selección de citas realizadas por San Antonio María Claret.

San Antonio María Claret.

  • El que se humille, será ensalzado. (Luc. XIV, 11).
  • Dios favorece á los humildes, pero resiste á los soberbios. (Jacob. IV, 6).
  • Aprended de mí, dice Jesucristo, que soy manso y humilde de corazón. (Matth. XI, 29).
  • Jesucristo se anonadó a sí mismo tomando la forma ó naturaleza de siervo hecho semejante á los demás hombres y reducido á la condición de hombre. (Philip, II, 7).
  • Y se humilló á sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. (Philip. II, 8).
  • Haced todas las cosas sin murmuraciones, irreprensibles y sencillos como hijos de Dios. (Philip.  II, 14, 18).

  • La verdadera humildad consiste en atribuir a Dios todo el bien, y a nosotros todo el mal. (San Francisco de Sales).
  • No debe confundirse la humildad con la debilidad ni con el abatimiento. (San Francisco de Sales).
  • La humildad es el plato más sabroso de los Santos. (San Bernardo).
  • A fin de que Dios lo sea todo, á mí nada se me da el ser nada. (San Buenaventura).
  • El verdadero humilde, aunque tenga cosas buenas, se considera como un jumento cargado de oro y piedras preciosas. (San Francisco de Sales).
  • Quien quiere parecer humilde, es el más soberbio. (San Francisco de Sales).
  • El verdadero humilde, cuando falta en alguna cosa, se arrepiente, pero no se turba. (San Francisco de Sales). 
  • No es maravilloso que la miseria sea miserable, débil la debilidad, y enferma la enfermedad. (San Francisco de Sales y santa Catalina de Génova).
  • El mayor número de gracias recibidas no es más que una mayor deuda en quien las recibe. (San Francisco de Sales).
  • El alma verdaderamente humilde es la más generosa. (San Francisco de Sales).
  • La humildad cristiana es principio de la magnanimidad. (Santo Tomás de Aquino).
  • Los males que hacemos son verdaderamente nuestros, pero el bien que obramos ni es puramente bueno ni puramente nuestro. (San Francisco de Sales).
  • El verdadero humilde no desprecia a ninguno, aunque sea pecador grande, porque este puede arrepentirse y ser santo, y aquel piensa que puede caer y condenarse. (San Francisco de Sales).
  • Judas era apóstol, y san Pablo fue perseguidor de la Iglesia; y no obstante, este reina con Jesucristo, y aquel padece con el demonio. (San Francisco de Sales).
  • El verdadero humilde esconde todas las virtudes, pero principalmente la misma humildad. (San Francisco de Sales).
  • La presunción es hija de la locura, la humildad de la sabiduría. (San Francisco de Sales).
  • La presunción es propia de almas viles, la humildad de almas grandes. (San Francisco de Sales).
  • El hombre orgulloso es esclavo de sus pasiones, el humilde es señor de ellas. (San Francisco de Sales).
  • El verdadero humilde es el más sabio entre los filósofos v el más generoso entre los hombres. (San Francisco de Sales).
  • Ningún soberbio entró en el paraíso, y ningún humilde en el infierno. (San Francisco de Sales).
  • El verdadero humilde jamás piensa recibir injuria de nadie y por nada. (San Francisco de Sales).
  • Sin la humildad no hay virtud, y con ella están todas. (San Francisco de Paula).

San Antonio María Claret, Máximas espirituales, o sea reglas para vivir los jóvenes cristianamente”.

lunes, 3 de enero de 2011

Práctica de la humildad.


Quien no es humilde, no puede agradar a Dios; porque el Señor no puede sufrir a los soberbios. El tiene prometido escuchar a los que imploran su auxilio; pero si el que le pide es soberbio, no le atiende, mientras que, por el contrario, concede a manos llenas sus gracias a los humildes. Dios -dice el Apóstol Santiago- resiste a los soberbios, más a los humildes les da su gracia[1].
Dos suertes hay de humildad, conviene a saber: humildad de ENTENDIMIENTO y humildad de VOLUNTAD.
La humildad de entendimiento consiste en tenernos en lo que realmente somos: ciegos e ignorantes, y juntamente incapaces de hacer cosa buena. Todo lo bueno que tenemos y hacemos nos viene de Dios.

Para practicar la humildad de entendimiento, es menester:
1º.- No fiarnos nunca de nuestras fuerzas ni de nuestros propósitos y resoluciones, sino desconfiar y temer siempre de nosotros mismos. Trabajad con temor y temblor en la obra de vuestra salvación.[2] -escribió San Pablo a los fieles de Filipos. «Quien no teme -decía San Felipe Neri- ya puede darse por perdido.»
2°.- No vanagloriarnos de nuestras cosas, como de nuestros talentos, de nuestras obras, de nuestra familia, etc.
Por eso, es bueno no hablar nunca de nosotros, como no sea para declarar nuestros defectos. Y aun es mejor no hablar de nosotros ni en bien ni en mal, porque no pocas veces, en el mismo mal que se dice, aparece el vano deseo de ser alabados o, a lo menos, ser tenidos por humildes; y de este modo la humildad sirve de máscara al orgullo.
3º.- No enojarnos ni indignarnos contra nosotros mismos después de alguna falta.
Enojarse de esta suerte no es humildad, sino soberbia y juntamente traza y ardid del demonio para hacernos desconfiar y dejar la vida santa.
Después de una falta, digamos con Santa Catalina de Génova: «Señor, estos son los frutos de mi huerto»; humillémonos, hagamos un acto de amor a Dios y de contrición, y volvamos a levantamos con el firme propósito de no recaer con el auxilio de la divina gracia. Así hemos de hacer siempre después de cada falta, sin darnos nunca por vencidos.
4º.- No admirarnos de las caídas de los otros, antes compadecerlos, dar gracias al Señor por habernos librado de caer y rogarle que nos tenga siempre de su mano; pues, obrando de otro modo, podría el Señor castigarnos con permitir que cayéramos en los mismos pecados, y quizá en otros más graves.
5º.- Tenernos por los mayores pecadores del mundo, y esto aun cuando supiéramos que otros sean más culpables que nosotros; porque nuestros pecados, cometidos después de tantas luces y gracias divinas, hácense más graves a los ojos de Dios. «No os lisonjeéis -decía Santa Teresa- de haber dado un solo paso en los caminos de la perfección, mientras no os tengáis por la más ruin y malvada de las criaturas y no ardáis en deseos de veros tratado como tal.»

La humildad de VOLUNTAD consiste en complacerse en los menosprecios.
Quien ha merecido el infierno, merece ser pisoteado eternamente por los demonios.
¿Qué lección quiso darnos sobre todo Jesucristo? - Aprended de Mí -dijo- que soy manso y humilde de corazón[3].
Muchos son humildes de boca, pero no de corazón. Les oiréis decir: «Soy el más miserable de los hombres; merezco mil infiernos.» Y luego si alguno los reprende o les dirige una palabra picante, veréis que al punto se alzan altaneros: son como los erizos, que, apenas se les toca, no muestran sino espinas ¡Cómo! Acabas de decir que eres el más miserable de los hombres, y ¡ahora una palabrita lo convierte en un volcán de ira! «El que es verdaderamente humilde -dice San Bernardo se tiene por vil y despreciable y quiere que los demás le tengan por tal.»

* * *

Para practicar la humildad de voluntad, es menester:
1º.- Recibir con paz y agradecimiento cualquiera amonestación. «Cuando se reprende al justo –decía San Juan Crisóstomo- duélese de su falta; mas, si se reprende al soberbio, sólo se aflige porque es conocida su falta.» Por injusta que sea una acusación, los Santos no se disculpan ni defienden, sino que se callan contentándose con ofrecerlo todo a Dios, a menos que se trate de evitar un escándalo.
2º.- Sobrellevar con paciencia las injurias y baldones que se reciben y amar aún más a los que nos menosprecian.
Ésta es la piedra de toque para distinguir a una persona verdaderamente humilde y Santa: a la que se enoja en tales ocasiones, tenía por una caña vacía, aun cuando obre las más estupendas maravillas.
«El tiempo de las humillaciones -decía el Padre Baltasar Álvarez- es el más a propósito para atesorar méritos.» Ganarás más recibiendo sin alterarte un menosprecio que ayunando diez días a pan y agua.
Bien hace el que se humilla; pero hace mucho mejor el que acepta la humillaciones que le vienen de los demás; porque en éstas hay más de Dios que de nosotros, y, por lo mismo, nos son más provechosas.
Y ¿qué sabrá hacer un cristiano que no sabe sufrir una humillación por Dios? ¡Ah! Y ¡qué no sufrió Jesucristo por nosotros! ¡Fue abofeteado, escarnecido, golpeado, escupido al rostro!... Si amamos, pues, a Jesucristo, lejos de indignaros, nos gozaremos en los desprecios, que nos hacen semejantes a Él.

San Alfonso María de Ligorio, tomado de su obra “El camino de la salvación”.


[1] Deus superbis resistit, humilibus autem dat gratiam. (Jac., IV. 6.)
[2] Cum metu et tremore vestram salutem operamini, (Phil., II, 12).
[3] Discite a Me, quia mitis sum et humilis corde. (Mt., XI, 29.)

El Sermón de la Montaña.


 
Cosimo Rosselli, Sermón de la Montaña y curación del leproso, Capilla Sixtina.

Quince siglos antes, desde la cima de otra montaña, el mismo Jehová había dictado el precepto fundamental impuesto por él al pueblo como una condición esencial de su alianza. Los ecos del desierto repetían aún las solemnes palabras caídas entonces desde el Sinaí: “Escucha, oh Israel, yo soy el Señor tu Dios, yo soy quien te ha sacado de la servidumbre del Egipto. No tendrás otro Dios delante de mí, porque yo soy el Señor tu Dios, el Dios fuerte y celoso”.
Mas, al tender Jesús una mirada sobre el mundo, vio que todos los pueblos judíos y gentiles adoraban, en presencia del verdadero Dios, á falsas divinidades, personificación vergonzosa de los vicios que manchaban su corazón. Sus dioses ó diosas eran el orgullo, la avaricia, la lujuria, la envidia, la cólera, la gula y la pereza. En vez de buscar las bendiciones de Jehová, todos, aún el judío, creían encontrar la felicidad en la satisfacción de las pasiones. El fariseo se embriagaba de gloria; el saduceo, de innobles placeres; todos ellos amaban el oro y la plata más que á la Ley, más que á Dios mismo. Y era tal la perversidad de 1a naturaleza humana, que en los momentos mismos en que Jesús restablecía el reino de Dios sóbrela tierra, oía resonar por doquiera, en Oriente y en Occidente, en Jerusalén y en Roma, el canto de aquellos idólatras:
“Felices los ricos que disponen á su antojo de los bienes de este mundo.
“Felices los poderosos que reinan sobre millares de esclavos.
“Felices aquellos que no conocen las lágrimas y cuyos días transcurren en las diversiones y placeres.
“Feliz el ambicioso que puede saciarse de dignidades y honores.
“Feliz el hombre sensual saturado de festines y voluptuosidades.
“Feliz el hombre sin compasión que puede satisfacer su sed de venganza y hacer trizas á su enemigo,
“Feliz el hombre sanguinario que pulveriza bajo su planta á los pueblos vencidos.
“Feliz el tirano que oprime al justó en la tierra y destruye en el mundo el reino de Dios”.
Así cantaban, siglos hacía, los hijos del Viejo Adán.
Las turbad reunidas en la montaña, no conocían otros principios sobre la felicidad y muchos se preguntaban desde largo tiempo, si tales máximas tendrían aceptación en el reino de que se decía fundador Jesús. Aguardábase con impaciencia que se explicase claramente acerca de las disposiciones requeridas para entrar en el número de sus discípulos.
Sentado, pues, sobre una colina desde donde dominaba la multitud, rodeado de sus apóstoles y con el pueblo congregado en torno suyo, el Salvador tomó la palabra y no temió oponer á las pretendidas felicidades del hombre caído, estas bienaventuranzas divinas que ninguna lengua humana había aún proclamado:
“Bienaventurados los pobres verdaderamente desprendidos de los bienes de este mundo,. porque de ellos es el reino de los cielos.
“Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
“Bienaventurados los mansos para con sus semejantes, porque ellos poseerán la tierra de los elegidos.
“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos.
“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
“Bienaventurados los de corazón puro, porque ellos verán a Dios.
“Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
“Bienaventurados los que sufren persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
“Sí, dichosos seréis cuando los hombres os maldijeren y persiguieren por mi causa y dijeren falsamente contra vosotros toda suerte de mal.
“Regocijaos entonces y estremeceos de alegría, pues vuestra recompensa será grande en los cielos.
“Recordad también que no de otra manera fueron tratados los profetas que vinieron antes que vosotros”.
Con estas máximas jamás oídas, Jesús, verdadero Salvador del mundo, declaraba á los hombres viciosos que, para entrar en su reino y -volver á hallar la verdadera felicidad, era necesario reinstalar en su corazón al Dios que de él habían arrojado y hacer guerra abierta á las falsas divinidades, es decir, á las siete pasiones, fuente de todas nuestras desgracias.
Predicaba á los avaros la pobreza, á los orgullosos la dulzura, á los voluptuosos la castidad, á los perezosos y sensuales el trabajo y las lágrimas de la penitencia, á los envidiosos la caridad, á los vengativos la misericordia, á los perseguidos los goces del martirio. El alma no pasa de la muerte á la vida» ni restablece en ella el reino de. Dios, ni comienza a gozar en la tierra de la bienaventuranza del reino de los cielos, sino mediante el sacrificio de sus instintos depravados.
Mientras que Jesús hablaba, la mayor parte de los asistentes parecían estupefactos ante aquellas bienaventuranzas, calificadas hasta entonces de verdaderas maldiciones. Escudriñaban la fisonomía del predicador para tratar de sorprender en ella el sentido de sus palabras; pero su rostro permanecía tranquilo como la verdad; su voz dulce y penetrante, no revelaba emoción alguna. Dirigíase a una nueva raza de hombres más noble que la de los patriarcas, más santa que la de Moisés; á la raza pacida; del soplo del Espíritu: divino. Más esto lo comprendían únicamente aquellos a quienes una luz celestial comunicaba la inteligencia de estas misteriosas enseñanzas.
En cuanto á los codiciosos y soberbios fariseos, dábanse de muy buena gana por excluidos de un reino abierto sólo a las almas bastante enamoradas de Dios para despreciar los bienes de este mundo, los honores terrenos y los placeres carnales. Irritábanse contra este soñador que condenaba todas las acciones de su vida y todas las aspiraciones de su corazón. Pero Jesús, penetrando sus pensamientos criminales, lanzó contra ellos y sus adeptos estos terribles anatemas:
“¡Desgraciados de vosotros, ricos insaciables, pues halláis vuestras delicias en la tierra! ¡Desgraciados de vosotros los que estáis hartos de voluptuosidades, pues sufriréis un día los rigores del hambre! ¡Desgraciados de vosotros los que no Cesáis de reír, pues no está lejano el día en que gemiréis y lloraréis sin término! ¡Desgraciados de vosotros los que merecéis el incienso de los mundanos; sus padres incensaban de igual manera á los falsos profetas!”
Volviéndose entonces hacia los apóstoles encargados de extender su reino, les anunció que los hijos del siglo y sus falsos doctores no cesarían de hacer la, guerra á los ministro! de Dios, es decir, á todos los que predicaren y practicaren las virtudes enseñadas en la montaña; pero estos embajadores del Padre que está en los cielos, harían traición a su mandato si callasen por temor á los malvados, dejando a las almas sumergirse en la corrupción y en las tinieblas.
“Vosotros, díjoles, sois la sal de la tierra; si la sal se desvirtúa ¿con qué se salará? Sólo servirá para ser arrojada al camino y hollada por los transeúntes. Vosotros sois la luz del mundo. No se levanta una ciudad sobre una montaña para que quede oculta á las miradas, ni se enciende una lámpara para ponerla bajo el celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los que están en casa.
Que vuestra luz, pues, brille delante de los hombres, a fin de que vean vuestras buenas obras y glorifiquen á vuestro Padre que está en los cielos”.
Así habló Jesús á la Iglesia naciente. Y siempre la Iglesia, fiel á su jefe, será la sal que no se desazona y el faro que brilla en la noche tenebrosa. Hasta el fin de los siglos, se la oirá predicar las bienaventuranzas de la montaña y hasta el fin de los siglos se formarán á su voz legiones de pobres voluntarios, de vírgenes y penitentes, de confesores y mártires, que se considerarán dichosos con sufrir persecución por la justicia, dichosos con morir por Jesús que se dignó abrirles con su muerte las puertas de su reino.


R.P. Berthe, de su obra “Jesucristo. Su vida, Su Pasión, Su triunfo”. Traducción por el E.P. Agustín Vargas. Ed. Establecimientos Benziger & Co. S. A., Tipógrafos de la Santa Sede Apostólica. Insiedeln, Sotza, 1910.