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sábado, 23 de febrero de 2013

Quien ama a Jesucristo, ama el padecimiento.



Caritas patiens est.
La caridad es sufrida.

La tierra es lugar de merecimientos, de donde se deduce que es lugar de padecimientos. Nues­tra patria, donde Dios nos tiene reservado el des­canso del gozo eterno, es el paraíso. En este mun­do habernos de estar poco tiempo, y, a pesar de ser poco, son muchos los padecimientos por que habremos de pasar. El hombre, nacido de mujer, corto de días y harto de inquietud2. Hay que su­frir; todos tenemos que sufrir; todos, sean justos o pecadores, han de llevar la cruz. Quien la lleva pacientemente, se salva, y quien la lleva impa­cientemente, se condena. Idénticas miserias, dice San Agustín, conducen a unos al cielo y a otros al infierno. En el crisol del padecer, añade el mis­mo santo Doctor, se quema la paja y se logra el grano en la Iglesia de Dios; quien en las tribula­ciones se humilla y resigna a la voluntad de Dios, es grano del paraíso; y quien se ensoberbece e irrita, abandonando a Dios, es paja para el in­fierno.
El día en que se discuta la causa de nuestra salvación, si queremos alcanzar sentencia de sal­vación, es preciso que nuestra vida se halle con­forme con la de Jesucristo: Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo[1] Para esto se propuso el Verbo eterno venir al mundo, para enseñarnos con su ejemplo a llevar pacientemente las cruces que el Señor nos enviare: También Cristo padeció por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus pisadas[2]. Para animarnos a pa­decer quiso Jesucristo padecer ¡Ah!, y ¿cuál fue la vida de Jesucristo? Vida de ignominias y de penalidades. El profeta llamó a nuestro Redentor despreciado, abandonado de los hombres, varón de dolores[3], el hombre despreciado, tratado como el último de todos, el hombre de dolores; sí, por­que la vida de Jesucristo estuvo saturada de tra­bajos y dolores.
Pues bien, así como Dios trató a su amadísi­mo Hijo, así también tratará a quien le ame y adopte como hijo: A quien ama, corrígele el Se­ñor, y azota a todo hijo que por suyo reconoce[4]. De ahí que dijera en cierta ocasión a Santa Te­resa: «Cree, hija, que a quien mi Padre más ama, da mayores trabajos.» Por eso la Santa, cuando se veía más trabajada, decía que no trocaría sus trabajos por todos los tesoros del inundo. Apa­reciéndose después de muerta a una de sus reli­giosas, le reveló que gozaba de gran premio en el cielo, no tanto por las buenas obras cuanto por los padecimientos que en vida sufrió con agrado por amor de Dios, y que, si por alguna causa hu­biera deseado tornar al mundo, sería ésta tan sólo la de poder sufrir alguna cosa por Dios. Quien padece amando a Dios, dobla la ganancia para el paraíso. San Vicente de Paúl solía decir que el no penar en esta tierra debe reputarse por gran desgracia; y añadía que una congregación o per­sona que no padece y es de todo el mundo aplaudida, está ya al borde del precipicio. Por eso, el día que San Francisco de Asís pasaba sin algún trabajo por Cristo, temía que Dios le hu­biese dejado de su mano. Escribe San Juan Crisóstomo que, cuando el Señor concede a alguno favor de padecer por El, dale mayor gracia que si le concediera el poder resucitar a los muertos, porque, en esto de obrar milagros, el hombre se hace deudor de Dios; mas en el padecer, Dios es quien se hace deudor del hombre; y añadía que el que pasa algún trabajo por Cristo, aunque otro favor no recibiera que el de padecer por Dios, a quien ama, eso sería la mayor correspondencia, y que la gracia que tuvo San Pablo de ser aherro­jado por Cristo la tenía en más que la de haber sido arrebatado al tercer cielo.
La constancia ha de tener obra perfecta[5]; es de­cir, que no hay cosa que más agrade a Dios que el contemplar a un alma que con paciencia e igual­dad de ánimo lleve cuantas cruces le mandare; que esto hace el amor, igualar al amante con el amado. «Todas las llamas del Redentor—decía San Francisco de Sales—son a manera de bocas que nos enseñan cómo hemos de padecer traba­jos por El. Sufrir con constancia por Cristo, he ahí la ciencia de los santos y el medio de santi­ficarnos prestamente». Quien ama a Jesucristo de­sea que le traten como a Él le trataron, pobre, despreciado y humillado. Vio San Juan a los bien aventurados vestidos de ropas blancas y palmas en sus manos[6] La palma es emblema del martirio, si bien no todos los santos sufrieron el martirio. ¿Cómo, pues, todos llevan esas palmas? Responde San Gregorio que todos los santos fueron márti­res, o a manos del verdugo o trabajados por la paciencia; de suerte, añade el Santo, que nosotros sin hierro podemos ser mártires, con tal que nues­tra alma se ejercite en la paciencia.»
En esto estriba el mérito del alma que ama a Jesucristo, en amar el padecimiento. «Esto me dijo el Señor otro día: ¿Piensas, hija, que está el merecer en gozar? No está sino en obrar y en padecer y en amar... Cree, hija, que a quien mi Padre más ama, da mayores trabajos, y a és­tos responde el amor. ¿En qué te lo puedo más mostrar que querer para ti lo que quise para mí? Mira estas llagas, que nunca llegarán aquí tus dolores.» «Pues creer que (Dios) admite a su amistad estrecha gente regalada y sin traba­jos, es disparate.» Y añade Santa Teresa, para consuelo nuestro: «Y aunque haya más tribula­ciones y persecuciones, como se pasen sin ofen­der al Señor, sino holgándose de padecerlo por El, todo es para mayor ganancia.»
Aparecióse cierto día Jesucristo a la Beata Bautista Varanis y le dijo que  «tres eran los favores de mayor precio que Él sabía hacer a las almas sus amantes: el primero, no pecar; el segundo, obrar el bien, que es de más subido valor; y el tercero, que es el más cumplido, pa­decer por amor de Él». Conforme a esto, decía Santa Teresa de Jesús que, cuando alguien hace por el Señor algún bien, el Señor se lo paga con cualquier trabajo. Por ello, los santos daban en sus contrariedades gracias a Dios. San Luis, rey de Francia, hablando de la esclavitud pa­decida por él en Turquía, decía: «Gózome y doy gracias a Dios, más por la paciencia que entre las prisiones me ha concedido, que si hubiera conquistado toda la tierra». Y Santa Isabel, rei­na de Hungría, cuando, a la muerte de su es­poso, fue expulsada de sus Estados con su hijo, abandonada de todos, entró en una iglesia de franciscanos e hizo cantar en ella un Te Deum en acción de gracias porque así la favorecía Dios, permitiéndola padecer por su amor.
Decía San José de Calasanz que «no sabe ganar a Cristo el que no sabe sufrir por Cristo». Y antes lo había dicho el Apóstol: Porque en­tiendo que los padecimientos del tiempo pre­sente no guardan proporción con la gloria que se ha de manifestar en orden a nosotros[7]. Extra ordinaria ganancia sería padecer todas las pena­lidades sufridas por los santos mártires, duran­te nuestra vida, a trueque de disfrutar, aunque fuera sólo un momento, de la gloria del paraíso; luego, ¿con cuánta mayor razón habremos de abrazarnos con nuestra cruz, sabiendo que los trabajos de esta breve vida nos conquistarán la bienaventuranza eterna? Porque ese momentá­neo, ligero, de nuestra tribulación, nos produce, con exceso incalculable, siempre creciente, un eterno caudal de gloria[8]. San Agapito, jovencillo de pocos años, cuando el tirano le amenazó con abrasarle la cabeza con un yelmo encendido, respondió: «Y ¿qué mayor fortuna podría ser la mía que perder la cabeza para verla corona­da luego en la gloria?» Esto hacía exclamar a San Francisco: «Tan grande es el bien que es­pero, que las penas tórnanseme gozos.» Quien quiera la corona del cielo, fuerza es que pase por tribulaciones y trabajos: Si constantemente sufrimos, también con El reinaremos[9]. No puede darse premio sin mérito, ni mérito sin paciencia. No es coronado si no lucha conforme a la ley[10]. Y al que con más paciencia combatiere, le ha de ca­ber mayor corona.
Fuerte cosa es que, cuando se aventuran los bienes terrenos, procuren sus amadores allegar cuanto más pueden, en tanto que, tratándose de bienes celestiales, se contenten con decir que les basta un rinconcito en el cielo. No hablaron así los santos, sino que en la vida se contentaban con cualquier cosa, y hasta se despojaban de los bienes terrenos, al paso que, tratándose de los celestiales, se esforzaban en allegar cuantos más podían. Y es del caso preguntar: ¿Quiénes es­taban en lo seguro y conducente?
Y, hablando de la vida presente, es cierto que quien con más paciencia sufre, disfruta tam­bién de mayor paz. San Felipe Neri acostum­braba decir que en este mundo no hay pur­gatorio, sino tan sólo cielo o infierno; quien soporta pacientemente los tribulaciones, disfruta ya del cielo, y quien las rehúye, padece ya un infierno anticipado. Sí, porque, como escribe Santa Teresa, quien abraza las cruces que Dios le manda, no las siente. Hallándose San Fran­cisco de Sales, en cierta ocasión, asediado de tribulaciones, dijo: «Desde hace algún tiempo, las adversidades y secretas contradicciones que experimento me proporcionan tan suave y dulce tranquilidad, que no tiene igual, y son presagio de la próxima y estable unión del alma con Dios, la cual en toda verdad es la única ambición y el único anhelo de mi corazón. ¡Cuán cierto es que la paz no puede hallarse donde se vive vida desconcertada, sino donde se vive vida de unión con Dios y con su santísima voluntad! Cierto religioso misionero de Indias, asistiendo a un condenado que se hallaba en el patíbulo, oyóle decir: «Sepa, Padre, que fui de su Or­den; mientras observé fielmente las Reglas, viví contento; mas cuando empecé a relajarme, en el mismo punto sentí pena y trabajo en todo, de tal manera que, abandonando la religión, di rien­da suelta a los vicios, que, por fin, me traje­ron al estado miserable en que me ve. Le digo esto —añadió— para que mi ejemplo pueda ser­vir de escarmiento a otros». El Venerable Luis de la Puente decía que para disfrutar de paz había que tomar las cosas dulces de la vida como amargas, y las amargas, como dulces. Sí, porque lo dulce, aun cuando agrade a los sentidos, deja, sin embargo, un amargo remordimiento de con­ciencia, por la complacencia desordenada que en ello se tiene, al paso que lo amargo, aceptado pacientemente, como venido de la mano de Dios, tórnase suave y querido a las almas que le aman.
Persuadámonos de que en este valle de lá­grimas no es posible que goce verdadera paz de corazón sino quien sobrelleva los padecimien­tos y se abraza gustoso con ellos para agradar a Dios; que tal es la herencia y estado de co rrupción que nos legó el pecado original. La con­dición de los justos en la tierra es padecer aman­do, al paso que la de los santos en el cielo es gozar amando. Cierto día escribió el P. Pablo Séñeri, el joven, a una de sus penitentes, para animarla a padecer, que escribiese a los pies del Crucifijo estas palabras: «Así se ama.» No es tanto el padecer, cuanto la voluntad de pa­decer por amor de Jesucristo, la más cierta señal para ver si un alma le ama. «¿Y qué más ga­nancia —decía Santa Teresa— que tener algún testimonio de que contentamos a Dios?» Pero, ¡ay!, que la mayoría de los hombres desmayan con sólo oír el nombre de cruz, de humillación y de penalidades. Con todo, no faltan almas amantes que cifran todo su contento en pade­cer y andan como inconsolables cuando les fal­tan trabajos. «Sólo mirar a Jesús crucificado —decía cierta persona edificante—me infunde tal amor a la cruz, que se me hace no podría ser feliz sin padecimientos; el amor de Jesucris­to me basta para todo». Este es el consejo que Jesús da a quien lo quiere seguir, tomar la cruz y seguirlo: Tome a cuestas su cruz... y sígame[11]. Pero hay que tomarla y seguirlo, no a la fuer­za y con repugnancia, sino con humildad, pa­ciencia y amor.
¡Qué gusto proporcionan a Dios quienes hu­milde y pacientemente se abrazan con las cru­ces que les envía! Decía San Ignacio de Loyola que no hay leña tan a propósito para encender y conservar el fuego del amor de Dios como el madero de la cruz, es decir, el amarlo en me­dio de los sufrimientos. Cierto día Santa Ger­trudis preguntó al Señor qué sería lo que pudiera ofrecerle más de su agrado, y El le res­pondió: «Hija mía, con lo que más me agrada­rías sería con sufrir pacientemente cuantas tri­bulaciones te presentara». Por eso decía la gran sierva de Dios sor Victoria Angelini que más vale un día clavado en cruz que cien años de ejercicios espirituales. Y el Beato P. Juan de Ávila añadía: «Más vale en las adversidades un gracias a Dios que seis mil gracias de bendicio­nes en la prosperidad». Y, con todo, los hom­bres desconocen el valor del padecer por Dios. Decía la Beata Angela de Foligno que, si co­nociéramos el mérito de padecer por Dios, ro­baríamos las ocasiones del padecimiento. De ahí que Santa María Magdalena de Pazzi, conoce­dora del valor del sufrimiento, deseaba que se prolongase su vida, más bien que ir luego a dis­frutar del cielo; porque en el cielo no se puede padecer, decía.
El alma amante de Dios sólo ansia unírsele por completo, más para alcanzar unión tan per­fecta, oigamos lo que decía Santa Catalina de Génova: «Para llegar a la unión con Dios, son necesarias adversidades, porque Dios, por medio de ellas, destruye todos los desordena­dos movimientos de nuestra alma y de nuestros sentidos. Y, por esto, injurias, desprecios, enfer­medades, pérdidas de parientes y de amigos, humillaciones, tentaciones y demás contrarieda­des, nos son sumamente necesarias, para que, batallando y de victoria en victoria, lleguemos a extinguir en nosotros las perversas inclinacio­nes y no las sintamos más. Y no basta que ce­sen las adversidades de parecemos desagradables, pues mientras que el amor divino no nos las torne amables, no llegaremos a la divina unión.» De donde resulta que el alma que anhele ser toda de Dios, como escribe San Juan de la Cruz, ha de buscar no el gozo, sino el padecimiento en todas las cosas: «Porque buscarse a sí en Dios es buscar los regalos y recreaciones de Dios; mas buscar a Dios en sí es no sólo querer ca­recer de eso y de es otro por Dios, sino inclinar­se a escoger por Cristo todo lo más desabrido, ahora de Dios, ahora del mundo, y esto es amor de Dios»; y así ha de abrazar ávidamente to­das las mortificaciones voluntarias, y con mayor avidez aún y amor las involuntarias, porque és­tas son más queridas de Dios. Salomón dijo: Mejor es el sufrido que un héroe[12]. Sin duda que agrada a Dios quien se mortifica con ayunos, cilicios y disciplinas, porque mortificándose da pruebas de varonil entereza; pero mucho más agradable es a Dios holgarse en los trabajos y sufrir pacientemente las cruces que Él nos man­da. San Francisco de Sales decía: «Las tribula­ciones que nos vienen de la mano de Dios o de los hombres, son siempre más preciosas que las que son hijas de la propia voluntad, porque es ley general que donde menos lugar tiene nues­tra voluntad, más contento hay para Dios y pro­vecho para nuestras almas.» En igual sentido abundaba Santa Teresa: «Y deja casi aniquila­da aquella pena con el gozo que le da ver que le ha puesto el Señor en las manos cosa que en un día podrá ganar más delante de Su Ma­jestad, de mercedes y favores perpetuos, que pu­diera ser ganara él en diez años por trabajos que quisiera tomar por sí»; razón por la cual afirmaba Santa María Magdalena de Pazzi no haber cosa en el mundo, por acerba que fuese, que no la sufriera alegremente, pensando que procede de la divina mano. Y así fue, porque, en los no pequeños trabajos que hubo de sufrir en un lustro, bastábale traer a la memoria ser voluntad de Dios, para recobrar la paz y la tran­quilidad. ¡Ah!, que para conquistar a Dios, ines­timable tesoro, todo es nada o de ningún valor. Del P. Hipólito Durazzo es la siguiente senten cia: «Cueste Dios lo que costare, jamás nos cos­tará muy caro.»
Roguemos, pues, al Señor que nos halle dig­nos de amarlo; que, si le amamos perfectamen­te, todos los bienes terrenos se nos harán humo y lodo, al paso que las ignominias tornaránse en suavísimos deleites. Oigamos lo que dice San Juan Crisóstomo del alma que se entrega com­pletamente a Dios: «Luego que se ha llegado al perfecto amor de Dios, vívese como solo en la tierra y ni se para en glorias o en ignomi­nias: desprécianse tentaciones y trabajos y se pier­de el gusto y apetito de las cosas terrenas. No encontrando ayuda ni reposo en cosas del mun­do, corre el alma sin tregua ni descanso tras del amado sin que haya estorbo que la detenga, por­que ya trabaje, coma, vele, duerma, en cuanto haga o diga, cifra su ideal y afanes en la bús­queda del amado; que en él está su corazón por estar en él su tesoro.»
En este capítulo hemos hablado de la pacien­cia en general; en el decimoquinto trataremos en especial de las ocasiones en que habremos de ejercitarla.

San Alfonso María de Ligorio, tomado de “Tratado del amor a Jesucrisito”.

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[1] Nam quos praescivit et praedestinavit conformes fieri imaginis Filii sui (Rom., VIII, 29).
[2] Christus passus est pro nobis, vobis relinquens exemplum ut sequamini vestigia eius (I Petr., II, 21).
[3] Despectum, novissimum virorum, virum dolorum (Is., LIII, 3).
[4] Quem enim diligit Dominus castigat; flagellat cautem omnem fílium  quem recipis (Hebr., XII, 6).
[5] Patientia autem opus perfectum habet (Iac, I, 4).
[6] Amicti stolis albis et palmae in manibus eorum (Apoc, VIl, 9).
[7] Non sunt condignae passiones huius temporis ad futuram gloriam quae revelabitux in nobis (Rom., VIII, 18).
[8] Momentaneum et leve tribulationis nostrae, supra modum in sublimitate aeternum glorias pondus operatur in nobis (II Cor., IV, 17).
[9] Si sustinebimus, et conregnabimus (II Tim., II, 12).
[10] Non coronatur nisi qui legitime certaverit(ib., 5).
[11] Tollat crucem suam... es sequatur me (Lc, IX,23).
[12] Melior est patiens viro forti (Prov., XVI, 32).

jueves, 22 de noviembre de 2012

Método para oír con fruto la Santa Misa.




1. Disposiciones generales con que se debe asistir al santo sacrificio de la Misa.

1. Como indicamos ya en la instrucción precedente, fue opinión aprobada y confir­mada por San Gregorio en su cuarto Diálogo, que cuando un sacerdote celebra la Santa Misa bajan del cielo innumerables legiones de Ángeles para asistir al Santo Sacrificio. San Nilo, abad y discípulo de San Juan Cri­sóstomo, enseña que mientras el Santo Doc­tor celebraba los divinos misterios veía una multitud de esos espíritus celestiales rodean­do el altar y asistiendo a los sagrados minis­tros en el desempeño de su tremendo minis­terio. Siendo esto así, he ahí las disposicio­nes más esenciales para asistir con fruto a la Santa Misa. Ve a la iglesia como si fueses al Calvario, y permanece en presencia de los altares como si estuvieses delante del trono de Dios y acompañado de los santos Ánge­les. Considera ahora cuáles deben ser tu mo­destia, tu atención y respeto, si quieres reco­ger de los misterios divinos los frutos y beneficios que Dios se digna conceder a los que asisten a ellos con un exterior devoto y senti­mientos religiosos.

2. Leemos en el Antiguo Testamento, que cuando los israelitas ofrecían sus sacrificios, en los que sólo se inmolaban toros, corderos y otros animales, admiraba el ver la atención, el silencio y veneración con que asistían a aquellas solemnidades. Aunque el número de asistentes fuese inmenso y los ministros y sacrificadores llegasen a setecientos, parecía, sin embargo, que el templo estaba vacío; tan­to era el cuidado con que cada uno procu­raba no hacer el más pequeño ruido. Pues bien; si tanta era la veneración con que se celebraban estos sacrificios que, al fin, no eran más que una sombra y simple figura del nuestro, ¿con qué respeto, con qué devo­ción y religioso silencio no debemos asistir a la celebración de la Santa Misa, en que el Cordero sin mancha, el Verbo Divino se in­mola por nosotros? Muy bien lo comprendía San Ambrosio. Cuando celebraba el Santo Sacrificio, según refiere Cesáreo, y concluido el Evangelio, se volvía al pueblo, y después de haber exhortado a los fieles a un reco­gimiento profundo, les ordenaba que guarda­sen el más riguroso silencio, y así consiguió que no solamente pusiesen un freno a su len­gua, no pronunciando la menor palabra, sino, lo que aún es más admirable, que se abstu­viesen de toser y de moverse con ruido. Es­tas prescripciones se cumplían con exactitud, y por eso todos los que asistían a la Santa Misa sentíanse como embargados de un santo temor y profundamente conmovidos, de manera que conseguían muchos frutos y aumento de gracia.


2. Métodos diferentes para oír la Santa Misa. Primero y segundo

3. El objeto de este opúsculo es instruir, al que quiera leerlo bien, sobre el mérito del santo sacrificio de la Misa, e inclinarlo a abrazar con fervor la práctica de asistir a ella frecuentemente, siguiendo el método que me propongo trazar más adelante. Sin embargo, como hay libros piadosos, difun­didos con gran utilidad entre los fieles, que contienen diversos métodos, muy buenos y provechosos, para oír la Santa Misa, de nin­guna manera trato de violentar el gusto de nadie; por el contrario, a todos dejo en com­pleta libertad para escoger aquél que juzgue más agradable y el más conforme a su capa­cidad y a sus piadosas inclinaciones única­mente me propongo, querido lector, desem­peñar contigo el oficio de Ángel Custodio, su­giriéndote el que pueda serte más provecho­so, es decir, según mi pobre juicio, el que te sea más útil y menos molesto. A este fin pienso reducirlos todos a tres clases o tres métodos en general.

4. El primero consiste en seguir con la mayor atención y con el libro en las manos, todas las acciones del sacerdote, rezando a cada una de ellas la oración vocal corres­pondiente contenida en el libro, de suerte que se pase leyendo todo, el tiempo de la Misa. Si a la lectura se une la meditación de los santos misterios que se celebran sobre el altar, es indudable que se asiste al adora­ble Sacrificio de un modo excelente y además muy provechoso. Pero como esto pide una sujeción excesiva, puesto que es preciso aten­der a las ceremonias que se hacen en el al­tar y dirigir alternativamente la mirada al sacerdote y al libro, para leer en él la oración que corresponde a la parte de la Misa, re­sulta de aquí que es muy trabajoso en la práctica; y aun me inclino a creer que habrá pocos fieles que perseveren mucho tiempo empleando este método, por útil que sea. Es tal la debilidad de nuestro entendimiento, que se distrae fácilmente cuando tiene que atender a la multitud de acciones que el sa­cerdote ejecuta en el altar. A pesar de esto, el que se encuentra bien con este método, y consiga por él su provecho espiritual, puede continuar usándolo con la esperanza de que un trabajo tan penoso le granjeará una mag­nífica recompensa de parte de Dios.

5. El segundo método para asistir con fru­to a la Santa Misa se practica no por medio de la lectura, ni aun durante el tiempo del Sacrificio, sino contemplando con los ojos de la fe a Jesucristo clavado en la cruz, a fin de recoger en una dulcísima contemplación los frutos preciosos que caen de ese árbol de vida. Se emplea, pues, todo el tiempo de la Santa Misa en un profundo recogimiento in­terior, ocupándose en considerar espiritual­mente los divinos misterios de la Pasión y muerte del Salvador, que no solamente se re­presentan, sino que también se reproducen místicamente sobre el altar. Los que siguen este método es indudable que, si tienen cui­dado de conservar unidas a Dios las poten­cias de su alma, lograrán ejercitarse en actos de fe, esperanza, caridad y de todas las vir­tudes. Esta manera de oír Misa es más per­fecta que la primera, y al mismo tiempo más dulce y más suave, según lo experimentó un santo religioso lego, el cual acostumbraba decir que oyendo Misa no leía más que tres letras. La primera era negra, a saber, sus pecados, cuya consideración le inspiraba afec­tos de dolor y arrepentimiento, y éste era el punto de su meditación desde el principio de la Misa hasta el Ofertorio. La segunda era encarnada, a saber, la Pasión del Salva­dor, meditándola desde el Ofertorio hasta la Comunión, sobre la preciosísima Sangre que Jesús derramó por nosotros y la muerte cruel que sufrió en el Calvario. La tercera letra era blanca, a saber, la Comunión espiri­tual, que jamás omitía en el momento que comulgaba el sacerdote, uniéndose de todo corazón a Jesús, oculto bajo las especies sa­cramentales; después de lo cual permanecía abismado en su Dios y en la consideración de la gloria, que esperaba como fruto de este Divino Sacrificio. Este pobre religioso, a pe­sar de no tener instrucción, oía la Misa de una manera muy perfecta, y yo quisiera que todos aprendiesen en su escuela una ciencia tan profunda.


3. Tercer método de oír la Santa Misa.

6. El tercer método para asistir con fruto al santo sacrificio de la Misa tiene la preferencia sobre los anteriores. No exige lectura de un gran número de oraciones vocales como el primero, ni requiere un espíritu contemplativo como se necesita para seguir el segundo. Sin embargo, si bien se considera, es el más conforme al espíritu de la Iglesia, cuyos deseos son que los fieles estén unidos a los sentimientos del sacerdote. Éste debe ofrecer el Sacrificio por los cuatro fines indicados en la instrucción precedente (n° 8), por cuanto éste es el medio más eficaz de cumplir con las cuatro obligaciones que tenemos contraídas con Dios. Por consiguiente, y puesto que cuando asistes a la Misa desempeñas en cierta manera las funciones de sacerdote, debes dedicarte del mejor modo posible a la consideración de los cuatro fines indicados, lo cual te será muy fácil por medio de los cuatro ofrecimientos que voy a presentarte.
He aquí el método reducido a la práctica. Toma este pequeño libro hasta aprender de memoria estos ofrecimientos, o a lo menos hasta penetrarte bien de su sentido, pues no se necesita sujetarse a las palabras. Lue­go que comience la Misa y cuando el sacer­dote, humillándose en las gradas del altar, rece el Confiteor, haz un breve examen de tus pecados, excítate a un acto de verdadera contrición, pidiendo humildemente al Señor que te perdone, e implora los auxilios del Espíritu Santo y la protección de la Virgen Santísima para oír la Misa con todo el res­peto y devoción posible. En seguida, y para cumplir sucesivamente con las cuatro impor­tantísimas obligaciones de que te he habla­do, divide la Misa en cuatro partes, lo que podrás hacer del modo siguiente:

7. En la primera parte, desde el principio hasta el Evangelio, satisfarás la primera deu­da, que consiste en adorar y alabar la majes­tad de Dios, que es infinitamente digna de honores y alabanzas. Para esto humíllate profundamente con Jesucristo, abísmate en la consideración de tu nada, confiesa sincera­mente que nada eres delante de aquella in­mensa Majestad, y humillado con alma y cuerpo (pues en la Misa debe guardarse la postura más respetuosa y modesta), dile:

“¡Oh Dios mío! yo os adoro y reconozco por mi Señor y dueño de mi alma y vida: yo protesto que todo lo que soy y cuanto tengo lo debo a vuestra infinita bondad. Bien sé que vuestra soberana Majestad merece un honor y homenajes infinitos; pero yo soy un pobrecillo impotente para pagar esta inmen­sa deuda, por tanto os presento las humilla­ciones y homenajes que el mismo Jesús os ofrece sobre este altar.
“Yo quiero hacer lo mismo que hace Jesús: yo me abato con Jesús, y con Jesús me hu­millo delante de vuestra suprema Majestad. Yo os adoro con las mismas humillaciones de mi Salvador. Yo me regocijo y me feli­cito de que mi Divino Jesús os tribute por mí honores y homenajes infinitos”.

Aquí cierra el libro, y continúa excitándote interiormente a iguales actos. Regocíjate de que Dios sea honrado infinitamente, y en algún intermedio repite una y muchas veces estas palabras:

“Sí, Dios mío, inefable es mi gozo por el honor infinito que vuestra Divina Majestad recibe 'de este augusto Sacrificio. Me com­plazco y alegro cuanto sé y cuanto puedo”.

No te empeñes con afán en repetir a la le­tra estas mismas palabras: emplea libremen­te las que tu piedad te sugiera. Sobre todo procura conservarte en un profundo recogi­miento y muy unido a Dios. ¡Ah! ¡qué bien satisfarás a Dios de esta manera tu primera deuda!
8. Satisfarás la segunda desde el Evange­lio hasta la elevación de la Sagrada Hostia, y dirigiendo una mirada a tus pecados, y considerando la inmensa deuda que has con­traído con la divina Justicia, dile con un co­razón profundamente humillado:

“He ahí, Dios mío, a este traidor que tantas veces se ha rebelado contra Vos. ¡Ah! Penetrado de dolor, yo abomino y detesto con todo mi corazón todos los gravísimos peca­dos que he cometido. Yo os presento en su expiación la satisfacción infinita que Jesu­cristo os da sobre el altar. Os ofrezco todos los méritos de Jesús, la sangre de Jesús y al mismo Jesús, Dios `y hombre verdadero, quien en calidad de víctima, se digna todavía renovar su sacrificio en mi favor. Y puesto que mi Jesús se constituye sobre ese altar mi abogado y mediador, y que por su pre­ciosísima Sangre os pide gracia para mí, yo uno mi voz a la de esta Sangre adorable, e imploro el perdón dé todos mis pecados. La sangre de Jesús está gritando misericor­dia, y misericordia os pide mi corazón arre­pentido. ¡Oh Dios de mi corazón! Si no os enternecen mis lágrimas, dejaos ablandar por los tiernos gemidos de mi Jesús. Él alcanzó en la cruz gracia para todo el humano linaje, ¿y no la obtendrá para mí desde ese altar? Sí, sí; yo espero que por los méritos de su Sangre preciosa me perdonaréis todas mis iniquidades, y me concederéis vuestra gracia para llorarlas hasta el último suspiro de mi vida”.

Enseguida, y habiendo cerrado el libro, re­pite estos actos con una viva y profunda contrición. Da rienda suelta a los afectos de tu alma, y sin articular palabra, dirás a Jesús de lo íntimo de tu corazón:

“¡Mi muy amado Jesús! Dadme las lágri­mas de San Pedro, la contrición de la Mag­dalena y el dolor de todos los Santos, que de pecadores se convirtieron en fervorosos penitentes, a fin de que, por los méritos del Santo Sacrificio, alcance el completo perdón de todos mis pecados”.

Reitera estos mismos actos en un perfecto recogimiento, y vive seguro de que así satis­farás completamente todas las deudas que por tus pecados hubieres contraído con Dios.

9. En la tercera parte, es decir, desde la elevación del cáliz hasta la Comunión, con­sidera los innumerables beneficios de que has sido colmado. En cambio, ofrece al Se­ñor una víctima de precio infinito, a saber: el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Convida también a los Ángeles y Santos a dar gracias a Dios por ti, diciendo estas o parecidas pa­labras:

“Vedme aquí, Dios de mi corazón, cargado con el enorme peso de una inmensa deuda de gratitud y reconocimiento a todos los be­neficios generales y particulares de que me habéis colmado, y de los que estáis dispuesto a concederme en el tiempo y en la eterni­dad. Confieso que vuestras misericordias para conmigo han sido y son infinitas; sin embargo, estoy pronto a pagaros hasta el último óbolo. En satisfacción de todo lo que os debo, os presento por las manos del sacer­dote la Sangre divina, el cuerpo adorable y la víctima inocente que está colocada sobre este altar. Esta ofrenda basta (seguro estoy de ello) para recompensar todos los dones que me habéis concedido; siendo como es de un precio infinito, vale ella sola por todos los que he recibido y puedo recibir de Vos.
“Ángeles del Señor, y vosotros, dichosos moradores del cielo, ayudadme a dar gracias a mi Dios, y ofrecedle en agradecimiento por tantos beneficios, no solamente esta Misa a que tengo la dicha de asistir, sino también todas las que en este momento se celebran en todo el mundo, a fin de que por este me­dio satisfaga yo a su ardiente caridad por todas las mercedes que me ha hecho, así como por las que está dispuesto a conce­derme ahora y por los siglos de los siglos. Amén”.

¡Con qué dulce complacencia recibirá este Dios de bondad el testimonio de un agrade­cimiento tan afectuoso! ¡Cuán satisfecho quedará de esta ofrenda que, siendo de un precio infinito, vale más que todo el mundo! A fin, pues, de excitar más y más en tu co­razón estos piadosos sentimientos, convida a toda la corte celestial a dar gracias a Dios en tu nombre. Invoca a todos los Santos a quienes tienes particular devoción, y con toda la efusión de tu alma dirígeles la siguiente plegaria:

“¡0h gloriosos bienaventurados e interce­sores míos cerca del trono de Dios! Dad gra­cias por mí a su infinita bondad, para que no tenga la desventura de vivir y morir sien­do ingrato. Suplicadle se digne aceptar mi buena voluntad, y tener en consideración las acciones de gracias, llenas de amor, que mi adorable Jesús le tributa por mí en ese au­gusto Sacrificio”.

No te contentes con manifestar una sola vez estos sentimientos: repítelos a intervalos, en la firme seguridad de que por este medio satisfarán plenamente tan inmensa deuda. A este fin harás muy bien en rezar todos los días algún Acto de ofrecimiento, para ofrecer a Dios en acción de gracias, no solamente todas tus acciones, sino también las Misas que se celebran en todo el mundo.

10. En la cuarta parte, desde la Comunión hasta el fin, mientras que el sacerdote co­mulga sacramentalmente, harás la Comunión espiritual de la manera que te explicaré al terminar este capítulo. Dirige en seguida tus miradas a Dios Nuestro Señor que está den­tro de ti, y anímate a pedir muchas gracias. Desde el momento en que Jesús se une a ti, Él es quien ruega y suplica por ti. Ensan­cha, pues, el corazón, y no te limites a pedir solamente algunos favores: pide muchas, mu­chísimas gracias, porque el ofrecimiento de su Divino Hijo, que acabas de hacerle, es de un precio infinito. Por consiguiente, dile con la más profunda humildad:

“¡Oh Dios de mi alma! Me reconozco in­digno de vuestros favores: lo confieso sin­ceramente, así como también que no merezco el que me escuchéis, atendida la multitud y enormidad de mis faltas. Pero, ¿podréis re­chazar la súplica que vuestro adorable Hijo os dirige por mí sobre ese altar, en que os ofrece por mí su Sangre y su vida? ¡Oh Dios de infinito amor! Aceptad los ruegos del que aboga en favor mío cerca de vuestra Divina Majestad!; y en atención a sus mé­ritos concededme todas las gracias que sa­béis necesito para llevar a feliz término el negocio importantísimo de mi eterna salva­ción. Ahora más que nunca me atrevo a im­plorar de vuestra infinita misericordia el perdón de todos mis pecados y la gracia de la perseverancia final. Además, y apoyándome siempre en las súplicas que os dirige mi ama­do Jesús, os pido por mí mismo, ¡oh Dios de bondad infinita! todas las virtudes en gra­do heroico, y los auxilios más eficaces para llegar a ser verdaderamente santo. Os pido también la conversión de los infieles, de los pecadores, y en particular de aquéllos a quie­nes estoy unido por los lazos de la sangre, o de relación espiritual. Imploro además la libertad, no de una sola alma, sino la de to­das las que en este momento están detenidas en la cárcel del purgatorio. Dignaos, Señor, concedérsela a todas, y haced quede vacío ese lugar de dolorosa expiación. En fin, oja­lá que la eficacia de este Divino Sacrificio convirtiera este mundo miserable en un pa­raíso de delicias para vuestro Corazón, donde fueseis amado, honrado y glorificado por to­dos los hombres en el tiempo, para que todos fuésemos admitidos a bendeciros y alabaros en la eternidad. Así sea”.

Pide sin temor, pide para ti, para tus ami­gos, parientes y demás personas queridas. Implora la asistencia de Dios en todas tus necesidades espirituales y temporales. Ruega también por las de la Santa Iglesia, y pide al Señor que se digne librarla de los males que la afligen y concederle la plenitud de todos los bienes. Sobre todo no ores con tibieza, sino con la mayor confianza; y está seguro de que tus súplicas, unidas a las de Jesús, serán escuchadas.
Concluida la Misa practica el siguiente acto de acción de gracias, diciendo: “Os damos gracias por todos vuestros beneficios, oh Dios todopoderoso, que vivís y reináis por los siglos de los siglos. Así sea”.
Saldrás de la iglesia con el corazón tan enternecido como si bajases del Calvario. Dime ahora: si hubieras asistido de esta manera a todas las Misas que has oído hasta hoy, ¡con qué tesoros de gracias habrías en­riquecido tu alma! ¡Ah! ¡Cuánto has per­dido asistiendo a este augusto Sacrificio con tan poca religiosidad, dirigiendo tus miradas acá y allá, ocupado en ver quiénes entraban y salían, murmurando algunas veces, quedán­dote dormido, o cuando más, balbuceando algunas oraciones sin atención ni recogimien­to! Si quieres, pues, oír con fruto la Santa Misa, toma desde este momento la firme re­solución de servirte de este método, que es muy agradable, y que está todo él reducido a satisfacer las cuatro enormes deudas que tenemos contraídas con Dios. Persuádete fir­memente de que en poco tiempo adquirirás inmensos tesoros de gracias y méritos, y de que jamás te asaltará la tentación de decir: Una Misa más o menos ¿qué importa?

San Leonardo de Porto-Mauritzio, tomado de su obra “El tesoro escondido de la Santa Misa”.

martes, 13 de noviembre de 2012

De la impenitencia.



Sermón LII para la dominica vigésimatercia después de Pentecostés.

Domine, filia mea modo defunca est.
«Señor, una hija mía acaba de morir».
(Matth. IX, 18)

¡Cuán bueno es Dios! Si hubiésemos de obtener el perdón de parte de un hombre que tuviese de nosotros algún motivo de queja, ¡cuántos disgustos tendríamos que sufrir! No sucede esto de parte de Dios. Cuando un pecador se humilla y se postra y le abraza, según aquéllas palabras de Zacarías: «Convertíos a mí, dice el Señor de los ejércitos  y yo me convertiré a vosotros. (Zach. I, 3). Pecadores, dice el Señor: si yo os volví las espaldas es porque vosotros me las volvisteis primero. Tornad a mí, y yo tornaré a vosotros y os ofreceré mis brazos. Cuando el profeta Natán reprendió a David de su pecado, éste exclamó: Peccavi Domine: «He pecado contra el Señor»; y Dios le perdonó inmediatamente, como le anunció el profeta por estas palabras: Dominus quoque transtulit peccatum tuum (II. Reg. XII, 13). Pero vengamos al Evangelio de hoy, en el que se refiere, que cierto príncipe, cuya hija acababa de morir, recurrió inmediatamente a Jesucristo, suplicándole que le restituyese la vida: «Señor, -le dijo-, mi hija acaba de morir, pero ven tu a mi casa, pon la mano sobre ella, y vivirá». Explicando este texto San Buenaventura, se vuelve hacia el pecador y le dice: Tu hija quiere decir tu alma, que ha muerto por la culpa; conviértete presto. Amados oyentes míos, esa hija es vuestra alma que ha muerto por el pecado; convertíos a Dios; más hacedlo presto, porque si tardáis y diferís la conversión de día en día, la cólera celeste caerá sobre vosotros, y seréis precipitados al Infierno. Este es el objeto de la presente plática. En él os haré ver:

1. El peligro que corre el pecador que tarda en convertirse.
2. El remedio que debe emplear el pecador que quiere salvarse.

Punto I

Peligro que correo el pecador que tarda a convertirse.

1. San Agustín dice, que hay tres especies de cristianos. Los primeros son aquellos que han conservado su inocencia después del bautismo. Los segundos, los que después de haber pecado se convirtieron, y perseveraron en estado de gracia. Y los terceros pertenecen todos aquellos que cayeron y recayeron en el pecado, y llegan a este estado a la hora de la muerte. Hablando de los primeros y de los segundos, asegura que se salvarán, más en cuanto a los terceros, dice que nada presume y que nada promete; y por estas palabras da claramente a entender, que es muy difícil que se salven. Santo Tomás enseña, que el que está en pecado mortal no puede vivir sin cometer otros pecados. Y antes que él lo dijo San Gregorio: «El pecado que no  se borra con la penitencia arrastra a otro pecado con su misma malicia; de donde resulta, que no solamente es pecado, sino causa del pecado» (san Greg. I. 3, Mor. c. 9). Y conforme San Antonino con esta idea, dice: que aún cuando el pecador conozca el bien que es estar en gracia de Dios, sin embargo, como se halla privado de ella siempre recae, por más que se esfuerce por no recaer. ¿Y cómo podrá dar fruto el sarmiento que está separado de la vid? Pues todos los hombres que se hallan en pecado, son otros tantos sarmientos de la vid, esto es de Jesucristo. Por esta razón nos dice el Señor: «Al modo que el sarmiento no puede de suyo producir el fruto, si no está unido con la vid; así tampoco vosotros, si no estáis unidos conmigo por la gracia». (Joann. XV, 4).
2. Pero yo, dicen algunos jóvenes, quiero consagrarme presto al servicio de Dios. Esta es la falsa esperanza de los pecadores, que los conduce a vivir en pecado hasta la muerte, y luego al Infierno. Tú, que dices que luego te convertirás a Dios, respóndeme: ¿quién te asegura que tendrás tiempo para hacerlo, y que no te sorprenderá una muerte repentina que te arrebate del mundo antes de poder practicarlo? Esta posibilidad manifiesta San Gregorio (Hom. 12 in Evang.), donde dice: «El Señor que prometió el perdón al que se arrepiente de su culpa, no prometió conceder tiempo para convertirse al que quiere perseverar en el pecado». Asegura el pecador que se convertirá después; pero Jesucristo afirma, que no nos corresponde a nosotros el saber los tiempos y momentos que Dios tiene reservados a su poder soberano. San Lucas escribe que nuestro divino Salvador vió una higuera que no había dado fruto en tres años seguidos. (Luc. XIII, 7). Por lo cual dijo al que cultivaba la viña : «Córtala; ¿para que ha de ocupar terreno en balde?» (Ibid). Tú pecador, que dices que después te dedicarás al servicio de Dios, respóndeme: ¿para que te conserva vivo el Señor? ¿Acaso para que sigas pecando? No, sino para que abandones el pecado y hagas penitencia.  (Rom. II, 4). Y ya que no quieres enmendarte, diciendo que después lo harás, teme no sea que diga el Señor: Córtale; pues ¿para que ha de vivir en la tierra? ¿Acaso para seguir ofendiéndome? ¡Ea! Cortadle presto y echadle al fuego, porque es árbol que no da fruto. Omnis ergo arbor, quæ non facit fructum bonum, excidetur, et in ignem mittetur. (Matth. III, 10).
3. Más supongamos que el Señor te dé tiempo para convertirte; si no lo haces ahora, ¿lo harás acaso después? Sepas que los pecados son otras tantas cadenas que sujetan al pecador, y le impiden entrar por el camino de la gracia. Hermano mío, si no puedes romper las cadenas que te atan al presente, ¿podrás por ventura, romperlas después, cuando sean más fuertes por los nuevos pecados que cometas? Esto mismo demostró el Señor un día al abad Arsenio, como se refiere en las Vidas de los Padres. Para darle a entender a dónde llega la locura de los que dilatan la penitencia, le hizo ver un etíope  que no pudiendo levantar del suelo un haz de leña, el seguía aumentándolo; por lo cual le era imposible levantarlo. Y luego le dijo: Lo mismo hacen los pecadores: desean verse libres de los pecados cometidos, y cometen otros nuevos. Estos nuevos pecados los inducen luego a cometer otros de mayor malicia, y en mayor número. Vemos el ejemplo de esto en Caín, que, primeramente, tuvo envidia a su hermano Abel, luego le aborreció, después le mató, y últimamente, desesperó de la divina misericordia, diciendo: «Mi iniquidad es tan grande, que no merece perdón». (Gen. IV, 13). Del mismo modo Judas, primeramente, cometió pecado de avaricia, después entregó a Jesucristo, y, últimamente, se quitó la vida. Todos estos efectos son del pecado; porque atan al pecador, y le esclavizan de tal modo, que el desgraciado conoce su ruina y la buscaIniquitates suæ capiunt impium. (Prov. v, 22).
4. Los pecados, además, agravan tanto al pecador, que no le permiten pensar en el Cielo ni en su salvación eterna. Dominado de esta idea David, exclamaba: «Mis maldades sobrepujan por encima de mi cabeza, y como una carga pesada, me tienen agobiado». (Psal. XXXVII, 5). Viéndose en semejante estado el desgraciado pecador, pierde el uso de la razón, no piensa sino en los bienes de la tierra, y se olvida del juicio divino, como dice Daniel (13, 9), por estas palabras: «Perdieron el juicio, y desviaron sus ojos para no mirar al Cielo, y para no acordarse de los justos juicios del Señor». Su ceguedad llega hasta el punto de odiar la luz temiendo que la luz turbe sus indignos placeres; porque quien obra mal, aborrece la luz, como dice San Juan (III, 20): Qui male agit, odit lucem. De esta ceguedad dimana, que estando sin vista estos infelices, andan de pecado en pecado, y todo lo desprecian: amonestaciones, divinas inspiraciones, Infierno, Gloria y al mismo Dios. Porque como se lee en los Proverbios: «De nada ya hace caso el impío cuando ha caído en el abismo de los pecados». (Proverb. XVIII, 3).
5. Dice Job (16, 15) : «Me ha despedazado con heridas sobre heridas; el cual gigante se ha arrojado sobre mí». Cuando el hombre vence una tentación, adquiere mayor fuerza para vencer la segunda, y el demonio la pierde. Pero, al contrario; cuando cede a la tentación, el demonio adquiere fuerzas de gigante, y el hombre queda tan debilitado, que no tiene fuerzas para resistirlo. Al sentirse uno herido de la mano del enemigo, le faltan las fuerzas; si luego recibe  otra, queda tan debilitado, que ni siquiera podrá defenderse. Pues esto mismo sucede a los necios que dicen: Después me dedicaré al servicio de Dios. ¿Cómo han de poder resistir al demonio, después que hayan perdido las fuerzas y se hayan gangrenado sus heridas? Con razón clamaba el real Profeta, diciendo: «Enconáronse  y corrompiéronse mis llagas a causa de mi necedad». (Psal. XXXVII, 6). En un principio es cosa fácil curar las llagas; pero, después que se han gragrenado, es cosa muy difícil, porque entonces es preciso aplicarles el fuego; y aún con esta medicina, hay muchas personas que no curan.
6. Más, dirá alguno:San Pablo dice: que Dios quiere que todos se salven: Omnes homines vult salvos fieri. (I. Tim. I, 15). Y Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores, como lo asegura el mismo Apóstol: Christus Jesus venit in hunc mundum peccatores salvos facere. (I,Tim. I, 15). He aquí la contestación: Sí; Dios quiere que todos los hombres se salven; ¿quién lo niega? Pero aquellos que quieren salvarse; más no aquellos que quieren su condenación. También es verdad, que Jesucristo vino a salvar a los pecadores; más no a pecadores obstinados que aman el pecado y desprecia a Dios. Para salvarnos necesitamos dos cosas: la primera, la gracia de Dios; la segunda, nuestra cooperación. Por esta razón dice el Señor: «Yo estoy a la puerta de vuestro corazón, y llamo: si alguno escuchase mi voz y me abriere la puerta, entraré en él». (Apoc. III, 20). Luego , para que la gracia de Dios entre en nosotros, es necesario que obedezcamos a su voz y le demos entrada a nuestra salvación con temor y temblor. Con estas palabras nos manifiesta, que debemos contribuir con nuestras buenas obras al logro de nuestra salvación; porque, de otro modo, el Señor nos dará sólo la gracia suficiente y no la eficaz, sin la cual, como dicen los teólogos, no nos salvaremos. Y la razón de esta conducta es la siguiente: El que esté en pecado y sigue pecando, cuanto más apego tiene a la carne, más se aleja de Dios. ¿Cómo, pues, puede Dios acercársenos con su gracia, cuando nosotros nos estamos alejando más de Dios por el pecado? Es claro que entonces Dios se retira de nosotros, y cierra la mano que antes tenía abierta para dispensarnos mercedes; lo cual confirma el mismo Dios por el profeta Isaías con estas palabras: «Y dejaré que se convierta la tierra en un erial, y mandaré a las nubes que no lluevan gota sobre ella». (Isa. V, 6). Esta tierra es el alma del pecador que Dios va abandonando; y las nubes son sus inspiraciones y su gracia que fecundan nuestras almas, así como el agua de las nubes fecundiza la tierra. Cuando el alma sigue ofendiendo a Dios, el Señor la abandona y le niega sus auxilios. Entonces la desgraciada carece del remordimiento de la conciencia y de la luz, y se aumenta su ceguedad y la dureza de su corazón; y, finalmente, se hace insensible a las divinas inspiraciones y a las máximas evangélicas, y sigue los funestos ejemplos de otras almas rebeldes como ella, que fueron por sus pecados a parar en el abismo del Infierno.
7. A pesar de todo esto, el pecador obstinado suele decir: Más ¿quién sabe si Dios se apiadará de mí, como ya lo ha hecho con otros grandes pecadores? Pero a esta pregunta responde San Juan Crisóstomo de este modo: «Dices, que quizá se apiadará. ¿Porqué dices quizá? Es cierto que sucede alguna vez; pero piensa que tratas de la salvación de tu alma». (S. Joan Crysost. Hom. 22, in 2 Cor.) Es cierto digo yo también, que Dios ha salvado a grandes pecadores por medio de ciertas gracias extraordinarias; pero estos son casos rarísimos, son prodigios y milagros de la gracia, con los cuales ha querido Dios demostrar a los pecadores la grandeza de su misericordia. Y, regularmente, con aquellos pecadores indecisos que no acaban a determinarse, se determina el mismo Dios a enviarlos al Infierno, con arreglo a las amenazas que les ha hecho Dios tantas veces, como consta en la Sagrada Escritura. Dice el Señor: «Menospreciasteis todos mis consejos y ningún caso hicisteis de mis reprensiones: yo también miraré con risa vuestra perdición a la hora de la muerte». (Prov. I, 25 et 26). Y en el v. 28 añade: «Entonces me invocarán, y no les oiré». Dios sufre las ofensas, más no las sufre siempre; y cuando llega el momento de castigarlas, castiga las pasadas y las presentes.
8. Empero, Dios está lleno de misericordia, dice el pecador. Cierto que está lleno de misericordia; pero no obra sin razón ni juicio. El usar siempre de misericordia con el que quiere seguir ofendiéndole, no sería bondad en Dios, sino estupidez. Y el Señor dice por San Mateo (XX, 15):«¿Has de ser tu malo porque yo soy bueno?». El Señor realmente es bueno, pero también es justo, y por lo mismo nos exhorta a que observemos sus mandamientos si queremos salvarnos.Si Dios tuviese misericordia de los buenos y de los malos, de modo, que concediese la gracia de convertirse indistintamente a todos antes de morir, esta manera de obrar sería hasta para los buenos una grande tentación de perseverar en el pecado. Más no lo hace así; sino que cuando ha apurado su misericordia, castiga y no perdona. «En el invierno no se puede trabajar por el frío, y el sábado porque lo prohíbe la ley». Las palabras de San Mateo significan que vendrá tiempo para los pecadores impenitentes, que querrán dedicarse al servicio de Dios, y se lo impedirán sus malos hábitos.

Punto II

Remedio para salvarse el que se halla en pecado.

9. Preguntó uno a Jesucristo, cuando iba enseñando por las ciudades y aldeas de camino para Jerusalén: Señor, ¿Es verdad que son pocos los que se salvan? Él en respuesta, dijo a los oyentes:«Procurad entrar por la puerta angosta; porque os aseguro que muchos buscarán como entrar, y no podrán». (Luc. XIII, 23 et 24). Dice el Señor por estas palabras, que muchos quieren entrar en el Cielo, más no entran. ¿Y porqué no entran? porque quieren entrar sin incomodidad, y sin hacerse violencia para abstenerse de los placeres. La puerta del Cielo es angosta, y es menester fatigarse y esforzarse para entrar en ella. Y debemos persuadirnos, que no siempre podremos hacer mañana lo que podremos hacer hoy. El no creer esta verdad es lo que conduce a tantas almas al Infierno. El alma que hoy es fuerte, mañana será más débil, como hemos dicho antes, estará más obcecada y más dura, le faltarán los auxilios divinos; y de  este modo morirá en su pecado. Puesto que conoces, ¡Oh pecador! que es necesario dejar el pecado para salvarte, ¿porqué no lo dejas en el instante que Dios te llama? Si le has de dejar alguna vez, decía San agustín, ¿porque no le dejas ahora? La ocasión que tienes al presente de poner remedio a tu mala vida, quizá no la tendrás después; y aquella misericordia que Dios usa ahora contigo, quizá no la usará mañana. Por tanto, si quieres salvarte, haz presto lo que tendrías que hacer tarde. Confiésate cuanto antes puedas, y teme que cualquier tardanza puede causar la ruina de tu alma.
10. Escribe San Fulgencio: Si estuvieses enfermo, y el médico te ofreciese un remedio seguro para sanarte, ¿dirías acaso entonces, no quiero sanar ahora porque espero sanar mañana? Y cuando se trata de la salud del alma, ¿hemos de querer perseverar en el pecado, diciendo: espero que Dios también será misericordioso conmigo mañana? Y si el Señor no quiere serlo mañana por sus altos juicios, ¿cuál será tu muerte? ¿No quedarás condenado para siempre? He ahí porqué nos dice el Apóstol, que obremos el bien mientras tenemos el tiempo. Y por lo mismo nos exhorta el Señor a estar en vela y defensa de nuestras almas, «porque no sabemos cuando ha de venir a tomarnos cuenta de nuestra vida». (Matth. XXV, 13).
11«Tengo siempre mi alma en la mano en un hilo», decía el real Profeta. El que lleva en un dedo un diamante de gran valor, mira en cuando su mano para asegurarse si está allí el diamante. Pues el mismo cuidado debemos tener de nuestra alma, que es el diamante más precioso que poseemos. Y si por desgracia la perdemos por algún pecado, debemos tomar inmediatamente todas las medidas para recobrarla, recurriendo a nuestro divino Salvador, como lo hizo la Magdalena, que corrió a postrarse a los pies de Jesucristo, luego que conoció el estado en que se hallaba, y lloró hasta obtener el perdón. Escribe San Lucas: Jam enim securis ad radicem arborum posita est. (Luc. III, 9). Sabed, pecadores, que la segur de la justicia divina esta amenazando al que vive en pecado. Temblad del golpe que va a descargar su venganza. Pero al mismo tiempo, alentaos almas cristianas; y si os domina algún mal hábito romper sin tardanza sus ligaduras, y no seáis esclavas del demonio. «¡Oh hija de Sión, que vives cautiva! -dice Isaías a las almas de los pecadores-, sacude de tu cuello el yugo». (Isa. LII, 2). Y San Ambrosio añade: «Has puesto el pie sobre la boca del volcán, que es el pecado que conduce a la puerta del Infierno; levántate y retrocede; porque de otro modo caerás en un abismo de donde no podrás salir».
Yo tengo un mal hábito que me domina, exclama el pecador. Pero si tu quieres dejar el pecado, ¿quién te obligará a pecar? Todos los malos hábitos y todas las tentaciones del Infierno se vencen con la gracia de Dios. Encomiéndate a Jesucristo, pídele su amparo, y Él te dará fuerzas para vencer. Cuando, empero, te veas en alguna ocasión próxima de pecar, es necesario que se evite prontamente, porque, de otro modo, volverás a caer. San Jerónimo dice: que no debemos detenernos a desatar la tentación, sino que debemos cortarla de un golpe: Potius præscinde, quam solve. Ve presto, hermano mío, a buscar un confesor, y él te dirá lo que debes practicar. Y si por desgracia cometieses después algún pecado mortal, confiésale aquél mismo día, o aquella noche si puedes. Escucha, finalmente, lo que ahora te digo: Dios está dispuesto a socorrerte, y tu salvación depende de tí. Tiembla, pues ¡Oh Cristiano! porque estas palabras mías te atormentarán como otras tantas espadas por toda la eternidad en el Infierno si ahora las desprecias.

San Alfonso María de Ligorio, visto en Ecce Christianvs.