Mostrando entradas con la etiqueta Evolucionismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Evolucionismo. Mostrar todas las entradas

martes, 11 de febrero de 2014

El evolucionismo desde el punto de vista científico.


Dr. Horacio Boló


Crítica, desde un punto de vista científico, empírico y racional, del evolucionismo darwinista, teoría que con el avance de las ciencias, cada día, se va convirtiendo en una teoría cada vez más insostenible desde las diferentes disciplinas de la ciencia.

Otras conferencias sobre temas relacionados:

● La pseudociencia del Evolucionismo. R. P. Dr. Carlos Baliña.
● El evolucionismo darwinista. Dr. Juan Carlos Ossadón Valdés.
● El origen de la Vida. Dr. Raúl O. Leguizamón.
● Análisis crítico a la teoría de la Evolución. Dr. Raúl O. Leguizamón.
● Interpretación católica del Génesis. R.P. José María Mestre Roc.
● ¿Es posible un evolucionismo cristiano? Dr. Raúl O. Leguizamón.

jueves, 24 de mayo de 2012

Exitosa conferencia del Dr. Raúl Leguizamón.



El sábado 19 de mayo de 2012, el Dr. Raúl Leguizamón, director del Instituto Creacionista de la Universidad Autónoma de Guadalajara (Méjico), pronunció una conferencia titulada «Y el mono se hizo hombre... Crítica del evolucionismo católico» para nuestro Círculo Cultural Molle Lazo de Madrid. El acto resultó un auténtico éxito no sólo por la afluencia de público que, en buena parte, hubo de permanecer en pié por falta de butacas, sino principalmente por el interés que la ponencia despertó en todo el auditorio.
Tras la presentación del conferenciante, que corrió a cargo del Dr. Miguel Ayuso, el Dr. Leguizamón expuso magistralmente las incontables dificultades teóricas que conlleva la pretensión, tan en boga entre los ambientes eclesiásticos modernistas, de hacer compatible el evolucionismo con el magisterio católico. Firmemente sustentadas en la interpretación tradicional, o verdadera, de los textos bíblicos y las declaraciones mismas de los evolucionistas, sus palabras mostraron cómo la teoría evolucionista es esencialmente materialista y cómo sus propios defensores la consideraron siempre incompatible con el cristianismo. Sólo un deseo de adaptar, a cualquier precio, las enseñanzas de la Iglesia al mundo moderno puede mantener la artificiosa unión de esa teoría y la concepción cristiana de la naturaleza humana y de su creación. La fina ironía de Leguizamón hizo las delicias del público, por ejemplo cuando vino a decir que la sentencia bíblica sobre el hombre caído que reza «quia pulvis es et in pulverem reverteris» (Gen. 3, 19) debería según el evolucionismo católico reinterpretarse como si dijera «quia simius es et in simium reverteris», lo cual ―señaló― plantearía no sólo problemas filosóficos y teológicos sino también funerarios.
El coloquio que siguió a la charla tuvo tantas intervenciones por parte del público que el moderador se vio en la obligación de atajar la afluencia de preguntas para no agotar al orador.
Raúl Leguizamón se doctoró en medicina en la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina). Cursó después estudios en universidades de EE.UU., Alemania y Japón. Durante veintidós años ejerció como anatomopatólogo del Hospital San Roque, de la ciudad de Córdoba, de cuya Comisión de Bioética fue también miembro. Ha sido docente de Histología, Embriología y Genética y de Anatomía Patológica en la Universidad Nacional de Córdoba. Y desde el año 2003 dirige el Instituto Creacionista de la Universidad Autónoma de Guadalajara (Méjico).
Ha dado conferencias y publicado libros sobre temas de su especialidad, destacándose en particular por debelar los errores del evolucionismo en cualquiera de sus modalidades, incluida la sedicente católica. Para el número monográfico que la revista Verbo dedicó en 2009 (número 471-472) al tema al cumplirse el bicentenario del nacimiento de Darwin y los ciento cincuenta años de la publicación de su libro sobre El origen de las especies, escribió un notable texto titulado «La superstición darwinista».
Cabe destacar entre sus libros “Fósiles polémicos”, “La ciencia contra la fe”, “En torno al origen de la vida”, “Y el mono se convirtió en hombre”, entre otros.

Fuente: On-lineBaires.

Se pueden descargar algunos audios de conferencias de nuestro amigo el Dr. Leguizamón, en nuestra sección sobre “Evolución y Evolucionismo”. También, con permiso expreso de él mismo, hemos publicado algunos de sus textos.

lunes, 23 de abril de 2012

El origen del Universo.



El Big Bang” se ha convertido en un concepto sobre el cual expertos y legos hablan por igual.
En años recientes importantes descubrimientos han confirmado este modelo sobre el origen del universo.
Según éste hace 15.000 millones de años una gran explosión dio origen a todo lo que existe hoy.
Cuando publicaciones científicas y laicas han tratado el tema, muchos han inferido que la ciencia ha explicado el origen del universo (como antes lo hizo con el hombre) y que, por lo tanto, “Dios no es necesario”.
Este artículo explica breve y sencillamente las evidencias a favor de la idea de un universo en expansión y su relación con el origen del Universo. También pretende dar una perspectiva equilibrada sobre la teoría del Big Bang y sobre sus efectos en la fe.
Contrario a lo que muchos piensan, este “descubrimiento” es una evidencia a favor de lo que los creyentes han venido diciendo por milenios.


¿Cuál es la solución última al origen del universo?
Las respuestas de los astrónomos son desconcertantes y extraordinarias.
Lo más notable de todo es el hecho de que en la ciencia, al igual que en la Biblia, el mundo comienza con un acto de creación.
Robert Jastrow, astrónomo, en “Until the Sun Dies” (1977)


Probablemente los seres humanos hayan anhelado siempre poseer una respuesta a la pregunta: “¿De dónde venimos?”. Los científicos se han proyectado más y más hacia atrás en el tiempo para investigar el origen de la tierra y ahora incluso el origen del universo en su totalidad. Para Aristóteles el universo era eterno, sin principio ni fin. En nuestros propios días, el astrónomo Fred Hoyle se ha pronunciado en términos semejantes para tratar de evitar lo que él denomina “condiciones iniciales arbitrarias”. Aunque la idea de un universo eterno ha satisfecho a muchos pensadores, los descubrimientos modernos la han hecho de más difícil aceptación. Hoy en día la mejor evidencia científica de que se dispone apunta a un principio real, no sólo de la materia y la energía, sino también del tiempo y del espacio.

Un universo en expansión.

El primer indicio de que el universo podía estar expandiéndose vino de un descubrimiento fortuito realizado en 1914. Mientras realizaba otras observaciones, al astrónomo Vesto Slipher notó que ciertas nebulosas espirales se alejaban de nuestro planeta y del sol a enorme velocidad. Captando la importancia de dicha observación, Edwin Hubble y Milton Humason enfocaron el telescopio gigante del Monte Wilson hacia otras nebulosas, ahora denominadas galaxias, Entre 1925 y 1930 Hubble y Humason midieron las velocidades y distancias recesionales de un número de galaxias suficiente para demostrar que se alejan de nosotros a velocidades proporcionales a su distancia de nuestra galaxia.
Si todas las galaxias se alejan de nosotros, y unas respecto de otras, es que el universo en su totalidad debe estar expandiéndose. Podemos visualizar dicho efecto de manera algo imperfecta observando lo que sucede al hinchar un globo en cuya superficie hemos dibujado una serie de manchas. (Con mayor precisión, los astrofísicos hablan de que nuestro universo se expande en un “espacio-tiempo” de cuatro dimensiones.)
Si imaginamos que retrocedemos en el tiempo descubriremos que las galaxias se hallaban más próximas entre sí que ahora. Cuanto más atrás en el tiempo, más cerca estarán unas de otras, de manera que es posible imaginar un instante en cual todas las galaxias se encontraban comprimidas en un volumen muy pequeño. Las ecuaciones de la teoría de la relatividad se han verificado experimentalmente con suficiente precisión para describir el comportamiento del universo y establecen que la compresión podría hacerse tan grande que el universo se convertiría en un punto sin dimensiones y en consecuencia de densidad infinita. La materia y la energía tal como las conocemos no existirían, y las nociones de espacio y tiempo no tendrían sentido.
La idea de un universo confinado en un punto supera casi la imaginación humana; los científicos lo denominan singularidad, un acontecimiento absolutamente único. Correspondería al principio del universo, o al menos a un momento antes del cual no es posible obtener información que tenga sentido. De manera que la evidencia científica de un universo en expansión apunta a un universo con un principio.

La radiación cósmica de fondo.

En 1965, dos científicos de los Bell Laboratories que trataban de poner en funcionamiento un potente nuevo radio receptor de microondas veían obstaculizados sus esfuerzos por un molesto “parásito”. Arno Penzias y Robert Wilson pensaron que habían encontrado la clave del problema cuando descubrieron un nido de palomas en la enorme antena, pero la expulsión de las aves no solucionó el problema del parásito. Continuaron investigando su origen hasta encontrarlo, un hallazgo que les valió el Premio Nobel de Física de 1978.
Penzias y Wilson observaron que la misteriosa radiación de microondas procedía de más allá de su receptor, de más allá de la tierra e incluso de más allá de nuestra galaxia. Parecía como si todo el universo emitiese un leve “fulgor” de radiación de microondas en cualquier dirección hacia la cual apuntasen su antena. Su descubrimiento, actualmente denominado radiación cósmica de fondo (que no debe confundirse con los rayos cósmicos), parece ser el remanente diluido del intenso calor y luz desprendidos en los momentos iniciales de la explosión primordial.
La radiación de fondo cósmico puede compararse al calor y la luz que desprende el rescoldo de un fuego. Esa radiación ya no se halla en la región visible del espectro electromagnético sino en la infrarroja. Podría decirse que el “rescoldo” de la bola de fuego original del universo se encuentra a estas alturas muy frío y no emite ya ni tan solo radiación infrarroja. En su lugar se desprende radiación de microondas, de longitud de onda mayor y menor energía, detectable solamente mediante receptores de alta sensibilidad. Como cualquier radiación, las microondas existen en forma de “partículas de luz”, llamadas fotones; los fotones de la radiación de fondo cósmico corresponden a una temperatura tremendamente baja, de tres grados por encima del cero absoluto.
Sorprendentemente, casi veinte años antes de su descubrimiento, el científico George Gamow había predicho la existencia de dicha radiación de fondo cósmico como resultado de su modelo “caliente” del universo. Utilizando el modelo de Gamow, Ralph Alpert y Robert Herman predijeron en 1948 que el enfriamiento gradual del universo desde su fase incandescente inicial debería conducir, en el momento presente, a una radiación de fondo correspondiente a una temperatura cinco grados por encima del cero absoluto. Hoy en día, la presencia universal de ese fondo de radiación de microondas convence a la mayoría de científicos de que el universo no sólo tuvo un principio sino que dicho principio tuvo lugar en forma de una gigantesca explosión o “Big Bang”.

Expansión a velocidad creciente.

Otra evidencia que apoya el Big Bang fue descubierta por Allan Sandage, de los observatorios del Monte Palomar y Monte Wilson. En 1974, tras muy detalladas observaciones y cálculos, publicó que las galaxias se alejan unas de otras a velocidades decrecientes. La observación de una deceleración tal en las galaxias es una indicación más de que, al igual que un reloj al que un día se le dio cuerda, el universo tuvo un inicio.

¿Podría darse un universo oscilante?

Algunos científicos siguen tratando de encontrar evidencias de que el universo es eterno. Un modelo propuesto por Ernst Pik sugiere que la “gran explosión” (Big Bang) fue en realidad un “gran rebote”, (Big Bounce) y que el universo se contrae y expande como un acordeón. Según Opik, el universo completaría un ciclo de expansión y contracción aproximadamente cada cien mil millones de años. Entre los que se sienten atraídos por la idea de un universo oscilante, que no necesita de ningún principio, figuran divulgadores científicos como Carl Sagan e Isaac Asimov.
Recientemente, sin embargo, se ha demostrado que incluso si el universo contuviera suficiente masa como para que su gravedad detuviera a la larga la presente expansión y provocase una contracción, dicho colapso no produciría un rebote. Así pues, parece que, o bien el universo se expande indefinidamente, o sufre un único ciclo de expansión y contracción.

Más allá de la ciencia.

Si toda la evidencia de que actualmente se dispone parece indicar que nuestro universo tuvo un inicio definido, cabe hacerse multitud de preguntas: ¿De dónde procede el universo? ¿Qué existía antes de que comenzara? ¿De dónde surgió la increíble energía para la conflagración cósmica que supone el Big Bang?
Puesto que las probabilidades de obtener evidencia concreta de antes del Big Bang son escasas, la mayoría de científicos coinciden con el geólogo Preston Cloud (“Cosmos, Earth and Man”, 1978) en que “tales cuestiones trascienden los límites de la ciencia”.
Algunos físicos, como Allan Guth, continúan buscando una nueva teoría física que pueda explicar el origen del universo ex nihilo (esto es, de la nada) y en conformidad con los principios de la mecánica cuántica. El vacío del cual el universo teórico de Guth emerge no es, sin embargo, un verdadero vacío, ya que contiene energía. Los intentos de derivar un auténtico ex nihilo para el universo mediante lo que se denomina “tunneling” cuántico se han visto frustrados hasta la fecha. La mecánica cuántica impone severa restricciones a la “producción de partículas virtuales”, y la relatividad general coloca límites muy rigurosos al origen del tiempo y el espacio.
Incluso si resultase posible desarrollar una teoría tal, quedarían aún preguntas fundamentales por responder: ¿Por qué existe algo en vez de nada? Las fuerzas de la naturaleza, ¿son realmente autónomas o fueron preconcebidas? ¿Cómo podemos justificar la existencia de un modelo previo tan elegantemente diseñado, capaz de crear un universo tan vasto y complejo de la nada?
Cuestiones de tal envergadura no pueden abordarse desde una perspectiva científica, sino filosófica. No tenemos porqué sorprendernos ni sentirnos incómodos si los descubrimientos científicos nos conducen a preguntas de esta índole. Por otra parte, los que esperan demasiado de la ciencia no podrán evitar una cierta decepción al comprobar que ésta posee limitaciones inherentes.
En cualquier caso, es preciso aceptar que la ciencia plantea continuamente interrogantes filosóficos que trascienden su propia competencia o esfera de actuación.

Publicado en “Mente abierta”, tomado de: En el principio... © G.B.U. Barcelona. 1992. Alts Forns 68 Sot. 1ª Tel 934 322 523. Usado con permiso.

jueves, 29 de diciembre de 2011

De células, átomos y azares.


Una célula viva está compuesta de una veintena de aminoácidos, que forman una cadena compacta. La función de estos aminoácidos depende, a su vez, de 2000 enzimas específicas.
Los biólogos han calculado que la probabilidad de que un millar de enzimas diferentes, durante miles de millones de años, se unan ordenadamente para formar una célula viva es del orden de 1 entre 101000, que es tanto como decir que la probabilidad es nula.
Por eso, Francis Crick, premio Nóbel de biología, por el descubrimiento del ADN, dijo:

“Un hombre honesto, que estuviera provisto de todo el saber que hoy está a nuestro alcance, debería afirmar que el origen de la vida parece un milagro, a juzgar por tantas condiciones como es preciso reunir para establecerla”.

Y, una vez originadas estas células arcaicas, viene el problema de la reproducción. Aquí el azar se descarta de nuevo. Para que la unión de los nucleótidos produzca por azar una molécula de ARN utilizable, es necesario que la naturaleza multiplique a ciegas los ensayos durante al menos un tiempo cien mil veces más largo que la edad total del nuestro universo.
Si en un principio, alguna de las grandes constantes universales como la gravitación, la velocidad de la luz o la constante de Planck, hubieran sufrido una mínima alteración, el Universo no habría tenido ninguna posibilidad de albergar seres vivos e inteligentes…

“Tengo entre mis manos esta sencilla flor. Algo espantosamente complejo: la
danza de miles y miles de millones de átomos (cuyo número supera al de todos los posibles seres que se puedan contar sobre nuestro planeta, el de los granos de arena de todas las playas, átomos que vibran y oscilan en equilibrios inestables).
Miro la flor y pienso: Ninguno de los elementos que componen un átomo puede explicar por qué y cómo existen tales equilibrios. Estos se apoyan en una causa, que, en sentido estricto, no me parece que pertenezca a este mundo”.

domingo, 16 de octubre de 2011

¿Dónde estás, homínido de mi vida, que no te puedo encontrar?


La Antropología, aunque usted no lo crea lector, es el estudio del hombre. Valga la aclaración ya que, si uno hojea cualquier libro de Antropología física (origen del hombre), todo lo que va a encontrar son ilustraciones de monos. Monos comiendo, monos  durmiendo, monos amamantando, monos..., etc.
Y esto es así porque desde que apareció la hipótesis darwinista, que habría transformado al mundo científico en la ciudadela de la estupidez y la ceguera –si hemos de tomar en serio lo que decía Bernard Shaw– la Antropología dejó de ser la ciencia del estudio del hombre para convertirse en la pseudociencia del estudio del origen del hombre a partir de los antropoides, esto es, de los grandes monos (chimpancé, gorila, orangután), que serían, de acuerdo a la hipótesis darwinista, nuestros parientes más próximos.
Nuestros parientes y nuestros antepasados.
¿Nuestros antepasados?  Sí, señor.
Pero, acaso, ¿no es que descendemos de un “antecesor común” que habría dado origen a los monos y al hombre? Efectivamente. Pero este sedicente “antecesor común” –de acuerdo a la hipótesis darwinista– no es ni puede ser otra cosa que un mono. No necesariamente idéntico a los monos actuales, pero mono al fin.

«El antecesor común sería llamado ciertamente mono por cualquiera que lo viese», afirmaba el ilustre paleontólogo de la Universidad de Harvard, George G. Simpson. «Los antepasados del hombre eran monos»… «Es pusilánime, si no deshonesto, decir otra cosa», agregaba Simpson. [1]

Es deshonesto, agrego yo.

El que habla del supuesto “antecesor común” como de algo que no fuera un mono, o no sabe lo que dice o no dice lo que sabe.
Ahora bien, un mono parece que no puede transformarse directamente en un hombre. Usted toma un mono, por ej., lo baña, lo afeita, lo viste a la moda, le enseña todos los vicios, lo envía a la Sorbona, pero no hay caso. El mono de usted –con admirable sentido de la prudencia– no quiere saber nada de hacerse hombre. Para que esto ocurra, el mono debe ser transformado, por el medio ambiente, en “homínido”. Esto es, un ser intermedio entre el mono y el hombre, que ya no existe, según dicen, pero que en un tiempo, allá hace muchos años, parece que sí.
El susodicho “homínido”, luego de engendrar al hombre, habría desaparecido, y nadie tiene la más remota idea de porqué. Pero mucho me temo que lo habrá hecho para no cargar con la tremenda responsabilidad de haber engendrado algo tan peligroso e inadaptado como lo que le endilgan haber engendrado. La oveja negra de la familia, verdaderamente. Sólo sabemos de su existencia a través de sus restos fósiles.
¿Quiere decir entonces que se han encontrado verdaderos fósiles de homínidos?
¿Que si se han encontrado fósiles de homínidos? ¡Miles, lector! Todos los mese se encuentra uno.
Quizá esta afirmación resulte un tanto sorprendente, ya que lo que habitualmente se lee o escucha en este tema es que los fósiles de homínidos constituyen un material “sumamente escaso”, que “apenas cubrirían una mesa de billar”, que “cabría todo dentro de un cofre”, y que patatín y que patatán.
Lo que sucede es que en este tema también existe doble discurso, propiedad, ¡helas!, no exclusiva de políticos.
Cuando algunos antropólogos hablan de que los fósiles de homínidos serían sumamente escasos, lo que en realidad quieren decir es que son sumamente escasos los fósiles de homínidos que encajan en la hipótesis darwinista.
Pero que los restos fósiles de “homínidos” sean, en sí mismos, “sumamente escasos”, es totalmente falso. Se calcula en aproximadamente 6.000 (!) la cantidad de “homínidos” descubiertos a la fecha. [2]
Lo que sucede es que luego de una rigurosa selección, y no precisamente “natural”, algunos de estos restos –previo intenso “maquillaje” y adecuada manipulación de los datos cronológicos– pueden ser encajados en el esquema evolucionista. Y éstos son los que se publicitan. Con bombos y platillos. Los otros, los que no encajan, son sepultados en una impenetrable tumba de silencio.
En otras palabras: muchos son los hallados y pocos los escogidos...
Es cierto que después de un análisis más o menos riguroso de cualquiera de estos homínidos “respetables”, se comprueba, indefectiblemente, que en realidad se trataba o de un mono (la inmensa mayoría) o de un hombre, o de un “blooper” o de un fraude.
Claro que a veces pasan décadas antes de que esto suceda (100 años en el caso del Hombre de Neandertal; 40 en el fraude de Piltdown), y mientras tanto su descubridor ha adquirido fama, posición académica, fondos de la National Geographic, etc. Su futuro está asegurado, y el origen simiesco del hombre, “demostrado”.
Además, los resultados del estudio sistemático de los supuestos homínidos –a cargo de antropólogos serios– no son generalmente publicitados; aparecen varios años después del hallazgo (y ya nadie se acuerda), y, de todas maneras, seguramente en el ínterin ya habrá sido encontrado otro homínido, también “respetable”, para distraer la atención de la gente y seguir aportando elementos apologéticos en defensa de la fe darwinista.
Dije arriba que un homínido era un ser “intermedio” entre el mono y el hombre. Me rectifico.
Al menos desde el punto de vista del “marketing”, un “homínido” es cualquier cosa que  un antropólogo audaz bautice como tal. Tanto da que sea un Homo Sapiens (como el H. de Neandertal), un mono (como el Ramapiteco o Lucy), el cráneo de un borrico (el “Hombre de Orce”) [3], el fémur de un cocodrilo [4] o la costilla de un delfín [5].
Quizá uno de los ejemplos más rotundos de los estragos que suele ocasionar la hipótesis darwinista en el cerebro de los Homo Sapiens, sea el famoso «Hombre de Nebraska», creado en 1922 en base a una muela (!). En base a esta “evidencia”, que algunos escépticos -que nunca faltan- consideraron un tanto escasa, se creó este tipo “humano” (hábitos laborales, matrimoniales e indumentaria incluidos) para descubrirse luego –cinco años más tarde– que el molar en cuestión no pertenecía a un hombre ni tampoco a un mono, sino a un pecarí extinguido. [6]
No se asombre demasiado, lector. En los 40 años que transcurrieron antes que se demostrara el carácter fraudulento del «Hombre de Piltdown», se dice que se escribieron unas 500 sesudas tesis doctorales sobre este “homínido”.
Y estas cosas suceden porque el estudio de los supuestos antepasados fósiles del hombre no es ciencia. Es sólo la búsqueda ferviente de “pruebas” para demostrar la hipótesis –previamente aceptada– del origen simiesco del hombre. Esto es, primero se acepta –por razones filosóficas– la hipótesis, y luego se buscan los fósiles necesarios  para  “demostrarla”.
Y ya sabemos que el que busca, encuentra. O inventa.
Por cierto que todo esto es sumamente divertido, y ocasión por demás propicia para ocupar las horas de ocio… y también para olvidar las penas de este valle de lágrimas.
A condición, insisto, de no confundirlo con ciencia.
Porque esto no es ciencia. Es chapuza.
                                                                                            
Dr. Raúl O. Leguizamón

Notas:
[1] George Gaylord Simpson, «The World into which Darwin led us», Science, Vol, 131, 1 de abril de 1969,
     p. 969
[2] Catalogue of Fossil Hominids. K. Oakley, B. Campbell and T. Molleson, published by the British
     Museum. 1976.
[4] I. Anderson, «Humanoid Collarbone Exposed as Dolphin’s Rib», New Scientist, April 28, 1983, p. 199.
[5] Ibíd.
[6] William Gregory, «Hesperopithecus Apparently Not an Ape nor a Man», Science, Vol. 66, Nº 1720
     (diciembre 16, 1927), p. 579, citado por B. Davidheiser, Evolution and Christian Faith, Baker Book
     House, Michigan, 1969), p. 348.

miércoles, 12 de octubre de 2011

La evolución: una superstición que se derrumba.


«Creo que algún día el mito darwinista será considerado como el más grande engaño en la historia de la ciencia».

Soren Lovtrup


Como todo el mundo sabe, la hipótesis evolucionista-darwinista postula que todos los seres vivos, vegetales y animales –incluido el hombre– se habrían originado a partir de una, o unas pocas, formas vivientes originales, por transformaciones sucesivas –lentas y graduales– en el curso de millones de años, gracias a modificaciones producidas al azar en la información genética (mutaciones), sumadas a la acción de la selección natural.
Desde la bacteria al hombre, digamos, sin solución de continuidad.
Ahora bien, si esto fuera cierto, como nos enseñan desde la cuna hasta la tumba, la primera predicción que uno haría a partir de esta hipótesis es que deberían existir innumerables formas de transición entre todos los seres vivientes. Una suerte de abanico sin fisuras que conectara todas las especies vegetales y animales. De hecho, no habría especies.
Toda la taxonomía, es decir, las clasificaciones de los seres vivos (tipo, clase, orden, etc.) que realizan los naturalistas se basa, precisamente, en que hay especies y hay espacios. Es decir, que existen seres que podemos agrupar según ciertas semejanzas morfológicas o moleculares, y brechas o espacios vacíos que permiten dicha agrupación. En otras palabras, que no existen los seres intermedios que llenarían dichos espacios.
Naturalmente, dicen los científicos darwinistas. Lo que sucede es que esos seres intermedios eran “poco aptos” para la lucha por la existencia y no sobrevivieron.
Pero, ¿quiere decir entonces que alguna vez existieron?
¡Por supuesto! Toda la hipótesis darwinista depende de eso. Y ahí están los restos fósiles que demuestran su existencia en el remoto pasado.
Cabe señalar que en este asunto de los fósiles, los darwinistas han resultado ser mucho más darwinistas que el propio Darwin, porque si éste dedicó todo un capítulo de El Origen de las Especies al tema de los fósiles, no fue ciertamente porque estos demostraban la existencia de seres intermedios en el pasado sino justamente porque no los demostraban.
En otras palabras, no escapó al agudo ojo de Darwin que el registro fósil estaba en franca contradicción con su hipótesis. Pero zafó, diciendo que ello era debido a la imperfección del registro fósil. Para luego agregar que estos fósiles intermedios serían ciertamente encontrados en el futuro.
Pues bien, han pasado más de 150 años desde aquella predicción y millones de fósiles abarrotan los museos de ciencias naturales de todo el mundo. Millones de fósiles representativos de aproximadamente 250.000 especies han sido minuciosamente estudiados y clasificados en sus respectivos grupos taxonómicos, y, sin embargo, el testimonio unánime de la Paleontología es que los fósiles intermedios –postulados por la hipótesis evolucionista– son tan conspicuos por su ausencia hoy como lo eran en la época de Darwin.
Permítaseme insistir en este punto, pues la propaganda evolucionista ha sido y es tan abrumadora, que ha creado una verdadera “realidad virtual”, hasta el punto que la inmensa mayoría de las personas no especializadas y muchas de las especializadas, asocian inconscientemente fósiles con evolución, en el sentido de pensar que los fósiles constituyen uno de los fundamentos más sólidos de esta teoría, cuando es exactamente lo contrario. El registro fósil no sólo no demuestra la teoría evolucionista, sino que constituye su más categórica refutación.
George Gaylord Simpson, uno de los grandes líderes del evolucionismo en el siglo XX, decía:

«Sigue siendo cierto, como todo paleontólogo sabe, que la mayoría de las nuevas especies, géneros y familias, y prácticamente todas las categorías por encima del nivel de las familias, aparecen en el registro fósil súbitamente y no se derivan de otras, por secuencias de transición graduales y continuas»[1]

David Kitts, paleontólogo de la Universidad de Oklahoma y discípulo de Simpson, expresa que:

«A pesar de la brillante promesa de que la paleontología proporciona el medio de ‘ver’ la evolución, ha presentado algunas desagradables dificultades para los evolucionistas, la más notoria de las cuales es la presencia de ‘brechas’ en el registro fósil. La evolución requiere formas intermedias, y la paleontología no las proporciona».[2]
                                                             
Steven Stanley, paleontólogo de la John Hopkins, dice que:

«El registro fósil conocido no puede documentar un solo ejemplo de evolución filética que verifique una sola transición morfológica importante»[3] 

¡Un solo ejemplo! Debería haber millones.
Tom Kemp, que es el Curador del Museo de Ciencias Naturales de la Universidad de Oxford, expresa que:

«Como es ahora bien conocido, la mayoría de las especies fósiles aparecen instantáneamente en el registro fósil, persisten por millones de años virtualmente inalteradas, y desaparecen abruptamente»[4]

David Raup, que es el Jefe del Departamento de Paleontología del Museo Field de Historia Natural de Chicago donde se alberga la colección de fósiles más grande del mundo, por su parte, en un memorable artículo escrito en 1979 en el boletín del museo, titulado “Conflicts Between Darwin and Paleontology”, luego de expresar que la gente está en un error cuando cree que los fósiles constituyen un argumento en favor del evolucionismo, y luego de insistir en la definitiva ausencia de fósiles intermedios, dice que irónicamente hoy tenemos menos ejemplos de formas de transición que en la época de Darwin”.[5]
La ironía de Raup se refiere, entre otros, al caso del famoso Archeoptéryx, mostrado durante varios años como un ser de transición entre los reptiles y las aves, y aceptado hoy como verdadera ave, y también a la no menos famosa –y fantasiosa– serie de la “evolución del caballo”, que ya ni los mismos evolucionistas se atreven a mencionar.
Como vemos, no sólo está sólidamente documentada la aparición y desaparición abrupta de las especies fósiles, sin formas de transición que los conecten, como así también la inexistencia de estructuras “nacientes” (esbozos de órganos), que debieran necesariamente existir, sino que además el registro fósil nos demuestra categóricamente la “estasis” de las especies, es decir, la completa ausencia de cambios significativos en los fósiles durante millones y millones de años.
Vale decir que no sólo la presencia de organismos intermedios está refutada sino que la ausencia de cambios está demostrada.
En vista de esta realidad –no cuestionada por ningún paleontólogo– es sencillamente increíble que todavía se nos diga que los fósiles constituyen una evidencia en favor de la evolución.
Pero veamos lo que sostiene nada menos Niles Eldredge, paleontólogo del Museo Americano de Historia Natural de New York, que es más increíble todavía. Dice Eldredge:

«Nosotros, los paleontólogos, hemos dicho que la historia de la vida (evidenciada por los fósiles) respalda (el argumento del cambio adaptativo gradual) sabiendo todo el tiempo que no era así».[6] 

¡“Sabiendo todo el tiempo que no era así”! ¿Cómo se explica esto?
Eldredge refiere que ello se debe, en primer lugar, al hecho de que en este tema se haya buscado siempre “evidencia positiva” (formas de transición), y que la estasis (ausencia de cambios) haya sido considerada no como evidencia negativa sino como ausencia de evidencia –es decir, como un fracaso para encontrarla– y también, definitivamente, al problema que representa la obtención de un doctorado en paleontología, debido a la coacción de la comunidad académica en favor del evolucionismo.
Muchos darwinistas, con una fe que no conoce de flaquezas, insisten en que Darwin  proveerá, y que los fósiles intermedios algún bendito día aparecerán. Todo es cuestión de seguir cavando...
Otros, ante la inminencia del naufragio, han optado por abandonar el barco que se hunde y no hablan más de los fósiles. Algunos, como Mark Ridley –profesor de Zoología en Oxford– llegan incluso a decir que «ningún verdadero evolucionista se vale del registro fósil como evidencia a favor de la teoría de la evolución» (!) [7]
Y otros, finalmente, como Stephen Jay Gould, Niles Eldredge y Steven Stanley, ante la obvia y categórica ausencia de fósiles intermedios (no sólo no hallados sino, además, imposibles de concebir), han optado por reformular la hipótesis darwinista del cambio gradual por la hipótesis del cambio brusco o saltatorio, que llaman «teoría del equilibrio puntuado».
En realidad, dicen estos autores, no es que los fósiles intermedios no hayan sido encontrados sino que ¡jamás existieron! Vale decir, que las especies se habrían transformado bruscamente en otras, sin series graduales de transición.[8]
Lo cual demuestra una vez más el carácter esencialmente dialéctico y no empírico de la hipótesis evolucionista.
Ya que si uno le pregunta a cualquier darwinista de estricta observancia, porqué no vemos las especies transformarse, nos responderá que ello se debe a que dicha transformación es un fenómeno muy lento. Pero ahora, los propugnadores del equilibrio puntuado (sin dejar de asumirse como fieles darwinistas) nos dicen que los fósiles intermedios no existieron, justamente porque dicha transformación fue un fenómeno muy rápido (!)
Es decir, que no importa cuál sea la evidencia (empírica), la hipótesis darwinista siempre tiene alguna explicación (dialéctica).
Y ésta es precisamente la mejor demostración de que no se trata de una teoría científica.
“Explica” cualquier cosa, como diría Popper.
No por nada, el Dr. Cyril Darlington –profesor hasta su muerte en Oxford y un conocido experto en el tema– ha dicho que: «El darwinismo comenzó como una teoría que podía explicar la evolución por medio de la selección natural, y terminó como una teoría que puede explicar la evolución como a uno mejor le guste».[9]
Es cierto que los autores arriba citados (Gould, Eldredge) son considerados un tanto “heréticos” por los darwinistas clásicos (y lo son, efectivamente, por cuanto Darwin consideraba el gradualismo como algo absolutamente esencial para su teoría). Pero, ¿y qué proponen estos últimos para explicar la ausencia de fósiles intermedios? ¿Seguir cavando, acaso? ¿O seguir afirmando lo que saben que no es cierto?
Vale la pena destacar que Gould y compañía han propuesto la teoría del equilibrio puntuado forzados por la necesidad de tener que explicar de alguna forma la ausencia de fósiles intermedios, ya que, de haberse encontrado dichos fósiles, jamás se hubiera propuesto esta hipótesis.
De manera que, para estos autores, la evidencia para su hipótesis sería una ausencia de evidencia (!)
Evidencia es lo que se ve. Pero en este caso es, justamente, lo que no se ve.
Mucho me temo que si seguimos a este paso vamos a terminar todos en un manicomio.
Y esto sucede porque la génesis del darwinismo no radica primariamente en la Biología sino en la Sociología. No es una teoría empírica sino dialéctica. No se basa en la experimentación sino en la especulación.
No es una inducción nacida de la observación sino una deducción basada en una cosmovisión.
Es la visión malthusiana extendida a toda la naturaleza. O, para decirlo con mayor exactitud, es la proyección sobre esta última del “sistema manchesteriano”, producto de la cosmovisión liberal del “laissez-faire”, esto es, del capitalismo competitivo y salvaje. Como lo han señalado ya Spengler, Nietzsche, Gould, Eldredge, S. Barnett, Von Bertalanffy, John M. Smith, Marx, Engels, Bernard Shaw, Arthur Koestler, Loren Eiseley, Fred Hoyle , C. C. Gillespie, y tantísimos otros.
Una visión utilitarista, mezquina, materialista y gris de la naturaleza, cuando en ella predomina justamente lo contrario: la prodigalidad –llevada hasta el despilfarro– la cooperación, la abundancia, la armonía, la belleza.
Visión que ha retardado el progreso de la Biología, al igual que ha producido una declinación de la integridad científica –reemplazando el rigor de la especulación científica por la divagación irresponsable, cuando no por el fraude liso y llano. Y, lo que es más grave aún, que ha hecho perder el sentido del asombro ante las maravillas de la naturaleza, y el sentido de la reverencia ante el misterio.
Visión estéril y esterilizante que ha degradado –intelectual, moral y estéticamente- al hombre, y que ya va siendo hora de que sea arrojada al cajón de los desperdicios históricos, para que las nuevas generaciones puedan crecer libres del prejuicio darwinista y recuperar el sentido de la verdadera Ciencia –como conocimiento por sus causas– frente a la pseudociencia darwinista, que pretende que todo diseño, toda armonía, toda perfección, toda belleza, es un producto ciego del azar y de la lucha despiadada por la satisfacción de nuestros instintos por el sexo y la pitanza.

Dr. Raul O. Leguizamón

Notas: 
[1] G. G. Simpson, The Major Features of Evolution, Columbia U. Press, 1953, p. 360
[2] David Kitts, «Paleontology and Evolutionary Theory», Evolution, 28: 467, 1974.
[3] Steven Stanley, Macroevolution: Pattern and Process, Freeman and Co. San Francisco, 1979.
[4] Tom Kemp, New Scientist, Vol. 108, Diciembre 5, 1985, p. 67.
[5] David Raup, Bulletin, 50 (1): 25, 1979.
[6] Niles Eldredge, Time Frames, Heineman, 1986, p. 144.
[7] Mark Ridley, New Scientist, Vol. 90 (Junio 25, 1981), p. 831.
[8] S. J. Gould y Niles Elredge, Paleobiology, Junio-Julio, 1977.
[9] C. D. Darlington, The Origin of Darwinism, Scie. Am. Mayo de 1959, 200:5, p. 60.

Más artículos y conferencias en mp3, en nuestra sección sobre Evolución y Evolucionismo.