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sábado, 23 de febrero de 2013

Quien ama a Jesucristo, ama el padecimiento.



Caritas patiens est.
La caridad es sufrida.

La tierra es lugar de merecimientos, de donde se deduce que es lugar de padecimientos. Nues­tra patria, donde Dios nos tiene reservado el des­canso del gozo eterno, es el paraíso. En este mun­do habernos de estar poco tiempo, y, a pesar de ser poco, son muchos los padecimientos por que habremos de pasar. El hombre, nacido de mujer, corto de días y harto de inquietud2. Hay que su­frir; todos tenemos que sufrir; todos, sean justos o pecadores, han de llevar la cruz. Quien la lleva pacientemente, se salva, y quien la lleva impa­cientemente, se condena. Idénticas miserias, dice San Agustín, conducen a unos al cielo y a otros al infierno. En el crisol del padecer, añade el mis­mo santo Doctor, se quema la paja y se logra el grano en la Iglesia de Dios; quien en las tribula­ciones se humilla y resigna a la voluntad de Dios, es grano del paraíso; y quien se ensoberbece e irrita, abandonando a Dios, es paja para el in­fierno.
El día en que se discuta la causa de nuestra salvación, si queremos alcanzar sentencia de sal­vación, es preciso que nuestra vida se halle con­forme con la de Jesucristo: Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo[1] Para esto se propuso el Verbo eterno venir al mundo, para enseñarnos con su ejemplo a llevar pacientemente las cruces que el Señor nos enviare: También Cristo padeció por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus pisadas[2]. Para animarnos a pa­decer quiso Jesucristo padecer ¡Ah!, y ¿cuál fue la vida de Jesucristo? Vida de ignominias y de penalidades. El profeta llamó a nuestro Redentor despreciado, abandonado de los hombres, varón de dolores[3], el hombre despreciado, tratado como el último de todos, el hombre de dolores; sí, por­que la vida de Jesucristo estuvo saturada de tra­bajos y dolores.
Pues bien, así como Dios trató a su amadísi­mo Hijo, así también tratará a quien le ame y adopte como hijo: A quien ama, corrígele el Se­ñor, y azota a todo hijo que por suyo reconoce[4]. De ahí que dijera en cierta ocasión a Santa Te­resa: «Cree, hija, que a quien mi Padre más ama, da mayores trabajos.» Por eso la Santa, cuando se veía más trabajada, decía que no trocaría sus trabajos por todos los tesoros del inundo. Apa­reciéndose después de muerta a una de sus reli­giosas, le reveló que gozaba de gran premio en el cielo, no tanto por las buenas obras cuanto por los padecimientos que en vida sufrió con agrado por amor de Dios, y que, si por alguna causa hu­biera deseado tornar al mundo, sería ésta tan sólo la de poder sufrir alguna cosa por Dios. Quien padece amando a Dios, dobla la ganancia para el paraíso. San Vicente de Paúl solía decir que el no penar en esta tierra debe reputarse por gran desgracia; y añadía que una congregación o per­sona que no padece y es de todo el mundo aplaudida, está ya al borde del precipicio. Por eso, el día que San Francisco de Asís pasaba sin algún trabajo por Cristo, temía que Dios le hu­biese dejado de su mano. Escribe San Juan Crisóstomo que, cuando el Señor concede a alguno favor de padecer por El, dale mayor gracia que si le concediera el poder resucitar a los muertos, porque, en esto de obrar milagros, el hombre se hace deudor de Dios; mas en el padecer, Dios es quien se hace deudor del hombre; y añadía que el que pasa algún trabajo por Cristo, aunque otro favor no recibiera que el de padecer por Dios, a quien ama, eso sería la mayor correspondencia, y que la gracia que tuvo San Pablo de ser aherro­jado por Cristo la tenía en más que la de haber sido arrebatado al tercer cielo.
La constancia ha de tener obra perfecta[5]; es de­cir, que no hay cosa que más agrade a Dios que el contemplar a un alma que con paciencia e igual­dad de ánimo lleve cuantas cruces le mandare; que esto hace el amor, igualar al amante con el amado. «Todas las llamas del Redentor—decía San Francisco de Sales—son a manera de bocas que nos enseñan cómo hemos de padecer traba­jos por El. Sufrir con constancia por Cristo, he ahí la ciencia de los santos y el medio de santi­ficarnos prestamente». Quien ama a Jesucristo de­sea que le traten como a Él le trataron, pobre, despreciado y humillado. Vio San Juan a los bien aventurados vestidos de ropas blancas y palmas en sus manos[6] La palma es emblema del martirio, si bien no todos los santos sufrieron el martirio. ¿Cómo, pues, todos llevan esas palmas? Responde San Gregorio que todos los santos fueron márti­res, o a manos del verdugo o trabajados por la paciencia; de suerte, añade el Santo, que nosotros sin hierro podemos ser mártires, con tal que nues­tra alma se ejercite en la paciencia.»
En esto estriba el mérito del alma que ama a Jesucristo, en amar el padecimiento. «Esto me dijo el Señor otro día: ¿Piensas, hija, que está el merecer en gozar? No está sino en obrar y en padecer y en amar... Cree, hija, que a quien mi Padre más ama, da mayores trabajos, y a és­tos responde el amor. ¿En qué te lo puedo más mostrar que querer para ti lo que quise para mí? Mira estas llagas, que nunca llegarán aquí tus dolores.» «Pues creer que (Dios) admite a su amistad estrecha gente regalada y sin traba­jos, es disparate.» Y añade Santa Teresa, para consuelo nuestro: «Y aunque haya más tribula­ciones y persecuciones, como se pasen sin ofen­der al Señor, sino holgándose de padecerlo por El, todo es para mayor ganancia.»
Aparecióse cierto día Jesucristo a la Beata Bautista Varanis y le dijo que  «tres eran los favores de mayor precio que Él sabía hacer a las almas sus amantes: el primero, no pecar; el segundo, obrar el bien, que es de más subido valor; y el tercero, que es el más cumplido, pa­decer por amor de Él». Conforme a esto, decía Santa Teresa de Jesús que, cuando alguien hace por el Señor algún bien, el Señor se lo paga con cualquier trabajo. Por ello, los santos daban en sus contrariedades gracias a Dios. San Luis, rey de Francia, hablando de la esclavitud pa­decida por él en Turquía, decía: «Gózome y doy gracias a Dios, más por la paciencia que entre las prisiones me ha concedido, que si hubiera conquistado toda la tierra». Y Santa Isabel, rei­na de Hungría, cuando, a la muerte de su es­poso, fue expulsada de sus Estados con su hijo, abandonada de todos, entró en una iglesia de franciscanos e hizo cantar en ella un Te Deum en acción de gracias porque así la favorecía Dios, permitiéndola padecer por su amor.
Decía San José de Calasanz que «no sabe ganar a Cristo el que no sabe sufrir por Cristo». Y antes lo había dicho el Apóstol: Porque en­tiendo que los padecimientos del tiempo pre­sente no guardan proporción con la gloria que se ha de manifestar en orden a nosotros[7]. Extra ordinaria ganancia sería padecer todas las pena­lidades sufridas por los santos mártires, duran­te nuestra vida, a trueque de disfrutar, aunque fuera sólo un momento, de la gloria del paraíso; luego, ¿con cuánta mayor razón habremos de abrazarnos con nuestra cruz, sabiendo que los trabajos de esta breve vida nos conquistarán la bienaventuranza eterna? Porque ese momentá­neo, ligero, de nuestra tribulación, nos produce, con exceso incalculable, siempre creciente, un eterno caudal de gloria[8]. San Agapito, jovencillo de pocos años, cuando el tirano le amenazó con abrasarle la cabeza con un yelmo encendido, respondió: «Y ¿qué mayor fortuna podría ser la mía que perder la cabeza para verla corona­da luego en la gloria?» Esto hacía exclamar a San Francisco: «Tan grande es el bien que es­pero, que las penas tórnanseme gozos.» Quien quiera la corona del cielo, fuerza es que pase por tribulaciones y trabajos: Si constantemente sufrimos, también con El reinaremos[9]. No puede darse premio sin mérito, ni mérito sin paciencia. No es coronado si no lucha conforme a la ley[10]. Y al que con más paciencia combatiere, le ha de ca­ber mayor corona.
Fuerte cosa es que, cuando se aventuran los bienes terrenos, procuren sus amadores allegar cuanto más pueden, en tanto que, tratándose de bienes celestiales, se contenten con decir que les basta un rinconcito en el cielo. No hablaron así los santos, sino que en la vida se contentaban con cualquier cosa, y hasta se despojaban de los bienes terrenos, al paso que, tratándose de los celestiales, se esforzaban en allegar cuantos más podían. Y es del caso preguntar: ¿Quiénes es­taban en lo seguro y conducente?
Y, hablando de la vida presente, es cierto que quien con más paciencia sufre, disfruta tam­bién de mayor paz. San Felipe Neri acostum­braba decir que en este mundo no hay pur­gatorio, sino tan sólo cielo o infierno; quien soporta pacientemente los tribulaciones, disfruta ya del cielo, y quien las rehúye, padece ya un infierno anticipado. Sí, porque, como escribe Santa Teresa, quien abraza las cruces que Dios le manda, no las siente. Hallándose San Fran­cisco de Sales, en cierta ocasión, asediado de tribulaciones, dijo: «Desde hace algún tiempo, las adversidades y secretas contradicciones que experimento me proporcionan tan suave y dulce tranquilidad, que no tiene igual, y son presagio de la próxima y estable unión del alma con Dios, la cual en toda verdad es la única ambición y el único anhelo de mi corazón. ¡Cuán cierto es que la paz no puede hallarse donde se vive vida desconcertada, sino donde se vive vida de unión con Dios y con su santísima voluntad! Cierto religioso misionero de Indias, asistiendo a un condenado que se hallaba en el patíbulo, oyóle decir: «Sepa, Padre, que fui de su Or­den; mientras observé fielmente las Reglas, viví contento; mas cuando empecé a relajarme, en el mismo punto sentí pena y trabajo en todo, de tal manera que, abandonando la religión, di rien­da suelta a los vicios, que, por fin, me traje­ron al estado miserable en que me ve. Le digo esto —añadió— para que mi ejemplo pueda ser­vir de escarmiento a otros». El Venerable Luis de la Puente decía que para disfrutar de paz había que tomar las cosas dulces de la vida como amargas, y las amargas, como dulces. Sí, porque lo dulce, aun cuando agrade a los sentidos, deja, sin embargo, un amargo remordimiento de con­ciencia, por la complacencia desordenada que en ello se tiene, al paso que lo amargo, aceptado pacientemente, como venido de la mano de Dios, tórnase suave y querido a las almas que le aman.
Persuadámonos de que en este valle de lá­grimas no es posible que goce verdadera paz de corazón sino quien sobrelleva los padecimien­tos y se abraza gustoso con ellos para agradar a Dios; que tal es la herencia y estado de co rrupción que nos legó el pecado original. La con­dición de los justos en la tierra es padecer aman­do, al paso que la de los santos en el cielo es gozar amando. Cierto día escribió el P. Pablo Séñeri, el joven, a una de sus penitentes, para animarla a padecer, que escribiese a los pies del Crucifijo estas palabras: «Así se ama.» No es tanto el padecer, cuanto la voluntad de pa­decer por amor de Jesucristo, la más cierta señal para ver si un alma le ama. «¿Y qué más ga­nancia —decía Santa Teresa— que tener algún testimonio de que contentamos a Dios?» Pero, ¡ay!, que la mayoría de los hombres desmayan con sólo oír el nombre de cruz, de humillación y de penalidades. Con todo, no faltan almas amantes que cifran todo su contento en pade­cer y andan como inconsolables cuando les fal­tan trabajos. «Sólo mirar a Jesús crucificado —decía cierta persona edificante—me infunde tal amor a la cruz, que se me hace no podría ser feliz sin padecimientos; el amor de Jesucris­to me basta para todo». Este es el consejo que Jesús da a quien lo quiere seguir, tomar la cruz y seguirlo: Tome a cuestas su cruz... y sígame[11]. Pero hay que tomarla y seguirlo, no a la fuer­za y con repugnancia, sino con humildad, pa­ciencia y amor.
¡Qué gusto proporcionan a Dios quienes hu­milde y pacientemente se abrazan con las cru­ces que les envía! Decía San Ignacio de Loyola que no hay leña tan a propósito para encender y conservar el fuego del amor de Dios como el madero de la cruz, es decir, el amarlo en me­dio de los sufrimientos. Cierto día Santa Ger­trudis preguntó al Señor qué sería lo que pudiera ofrecerle más de su agrado, y El le res­pondió: «Hija mía, con lo que más me agrada­rías sería con sufrir pacientemente cuantas tri­bulaciones te presentara». Por eso decía la gran sierva de Dios sor Victoria Angelini que más vale un día clavado en cruz que cien años de ejercicios espirituales. Y el Beato P. Juan de Ávila añadía: «Más vale en las adversidades un gracias a Dios que seis mil gracias de bendicio­nes en la prosperidad». Y, con todo, los hom­bres desconocen el valor del padecer por Dios. Decía la Beata Angela de Foligno que, si co­nociéramos el mérito de padecer por Dios, ro­baríamos las ocasiones del padecimiento. De ahí que Santa María Magdalena de Pazzi, conoce­dora del valor del sufrimiento, deseaba que se prolongase su vida, más bien que ir luego a dis­frutar del cielo; porque en el cielo no se puede padecer, decía.
El alma amante de Dios sólo ansia unírsele por completo, más para alcanzar unión tan per­fecta, oigamos lo que decía Santa Catalina de Génova: «Para llegar a la unión con Dios, son necesarias adversidades, porque Dios, por medio de ellas, destruye todos los desordena­dos movimientos de nuestra alma y de nuestros sentidos. Y, por esto, injurias, desprecios, enfer­medades, pérdidas de parientes y de amigos, humillaciones, tentaciones y demás contrarieda­des, nos son sumamente necesarias, para que, batallando y de victoria en victoria, lleguemos a extinguir en nosotros las perversas inclinacio­nes y no las sintamos más. Y no basta que ce­sen las adversidades de parecemos desagradables, pues mientras que el amor divino no nos las torne amables, no llegaremos a la divina unión.» De donde resulta que el alma que anhele ser toda de Dios, como escribe San Juan de la Cruz, ha de buscar no el gozo, sino el padecimiento en todas las cosas: «Porque buscarse a sí en Dios es buscar los regalos y recreaciones de Dios; mas buscar a Dios en sí es no sólo querer ca­recer de eso y de es otro por Dios, sino inclinar­se a escoger por Cristo todo lo más desabrido, ahora de Dios, ahora del mundo, y esto es amor de Dios»; y así ha de abrazar ávidamente to­das las mortificaciones voluntarias, y con mayor avidez aún y amor las involuntarias, porque és­tas son más queridas de Dios. Salomón dijo: Mejor es el sufrido que un héroe[12]. Sin duda que agrada a Dios quien se mortifica con ayunos, cilicios y disciplinas, porque mortificándose da pruebas de varonil entereza; pero mucho más agradable es a Dios holgarse en los trabajos y sufrir pacientemente las cruces que Él nos man­da. San Francisco de Sales decía: «Las tribula­ciones que nos vienen de la mano de Dios o de los hombres, son siempre más preciosas que las que son hijas de la propia voluntad, porque es ley general que donde menos lugar tiene nues­tra voluntad, más contento hay para Dios y pro­vecho para nuestras almas.» En igual sentido abundaba Santa Teresa: «Y deja casi aniquila­da aquella pena con el gozo que le da ver que le ha puesto el Señor en las manos cosa que en un día podrá ganar más delante de Su Ma­jestad, de mercedes y favores perpetuos, que pu­diera ser ganara él en diez años por trabajos que quisiera tomar por sí»; razón por la cual afirmaba Santa María Magdalena de Pazzi no haber cosa en el mundo, por acerba que fuese, que no la sufriera alegremente, pensando que procede de la divina mano. Y así fue, porque, en los no pequeños trabajos que hubo de sufrir en un lustro, bastábale traer a la memoria ser voluntad de Dios, para recobrar la paz y la tran­quilidad. ¡Ah!, que para conquistar a Dios, ines­timable tesoro, todo es nada o de ningún valor. Del P. Hipólito Durazzo es la siguiente senten cia: «Cueste Dios lo que costare, jamás nos cos­tará muy caro.»
Roguemos, pues, al Señor que nos halle dig­nos de amarlo; que, si le amamos perfectamen­te, todos los bienes terrenos se nos harán humo y lodo, al paso que las ignominias tornaránse en suavísimos deleites. Oigamos lo que dice San Juan Crisóstomo del alma que se entrega com­pletamente a Dios: «Luego que se ha llegado al perfecto amor de Dios, vívese como solo en la tierra y ni se para en glorias o en ignomi­nias: desprécianse tentaciones y trabajos y se pier­de el gusto y apetito de las cosas terrenas. No encontrando ayuda ni reposo en cosas del mun­do, corre el alma sin tregua ni descanso tras del amado sin que haya estorbo que la detenga, por­que ya trabaje, coma, vele, duerma, en cuanto haga o diga, cifra su ideal y afanes en la bús­queda del amado; que en él está su corazón por estar en él su tesoro.»
En este capítulo hemos hablado de la pacien­cia en general; en el decimoquinto trataremos en especial de las ocasiones en que habremos de ejercitarla.

San Alfonso María de Ligorio, tomado de “Tratado del amor a Jesucrisito”.

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[1] Nam quos praescivit et praedestinavit conformes fieri imaginis Filii sui (Rom., VIII, 29).
[2] Christus passus est pro nobis, vobis relinquens exemplum ut sequamini vestigia eius (I Petr., II, 21).
[3] Despectum, novissimum virorum, virum dolorum (Is., LIII, 3).
[4] Quem enim diligit Dominus castigat; flagellat cautem omnem fílium  quem recipis (Hebr., XII, 6).
[5] Patientia autem opus perfectum habet (Iac, I, 4).
[6] Amicti stolis albis et palmae in manibus eorum (Apoc, VIl, 9).
[7] Non sunt condignae passiones huius temporis ad futuram gloriam quae revelabitux in nobis (Rom., VIII, 18).
[8] Momentaneum et leve tribulationis nostrae, supra modum in sublimitate aeternum glorias pondus operatur in nobis (II Cor., IV, 17).
[9] Si sustinebimus, et conregnabimus (II Tim., II, 12).
[10] Non coronatur nisi qui legitime certaverit(ib., 5).
[11] Tollat crucem suam... es sequatur me (Lc, IX,23).
[12] Melior est patiens viro forti (Prov., XVI, 32).

miércoles, 20 de febrero de 2013

Oportunas palabras de Santa Catalina de Siena al Papa Gregorio XI.


“Valor, Padre mío. Sed hombre. Os digo que nada tenéis que temer... No seáis un niño tímido. Sed hombre, y tomad como dulce lo que es amargo... Obrad virilmente, que Dios está de vuestra parte. Ocupaos en ello sin ningún temor; y por más que veáis fatigas y tribulaciones, no temáis, confortaos con Cristo, dulce Jesús. Que entre las espinas nace la rosa, y entre muchas persecuciones brota la reforma de la Iglesia”.
Santa Catalina de Siena al Papa Gregorio XI mientras residía en Aviñón.

domingo, 17 de febrero de 2013

El ayuno que agrada a Dios.



Comiendo la fruta del árbol prohibido, Adán transgredió los preceptos de vida (Gn 3,6). En cuanto a nosotros, reduciendo lo que comemos, en cuanto no es posible, nos levantaremos y recobraremos la alegría del Paraíso. Que nadie crea que esta abstinencia puede bastar. Por el profeta, Dios nos dice al respecto: “¿no sabéis cuál es el ayuno que me agrada? Comparte tu pan con el hambriento, alberga a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, no te desentiendas de los tuyos” (Is 58,5-7). Este es el ayuno que Dios aprueba: el que presenta sus manos llenas de limosnas, un corazón lleno de amor hacia los otros, un ayuno totalmente amasado por la bondad. Aquello de lo que te privas personalmente, dalo a otro. Así tu penitencia corporal contribuirá al mayor bienestar corporal de los que están necesitados.
Comprende por otra parte este reproche del Señor por boca del profeta: “¿cuándo ayunasteis o gemisteis, era por amor a mí? Cuando comíais y bebíais ¿no comíais y bebíais en provecho propio?” (Za 7,5-6) esto es comer y beber para sí mismo, no compartir con los pobres, los alimentos destinados a alimentar el cuerpo; son dones hechos por el Creador a la comunidad de los hombres.
También es ayunar para sí mismo, el hecho de privarse por un tiempo, pero reservarse lo que se ha privado para consumirlo más tarde. “Santificad vuestro ayuno”, dice el profeta (Jl 1,14)... ¡Qué cese la cólera; qué desaparezcan las disputas! La mortificación del cuerpo es vana, si el corazón no se impone una disciplina para refrenar sus deseos desordenados... El profeta dijo: “el día del ayuno hacéis vuestros negocios y apremiáis a vuestros servidores. Ayunáis para querellas y litigios y herís con furibundos puñetazos” (Is 58,3-4)... En efecto sólo si perdonamos, Dios no nos devolverá nuestra propia injusticia.

 San Gregorio Magno, Homilía sobre los evangelios, n° 16.

lunes, 11 de febrero de 2013

San Malaquías y los lemas futuros.



¿Uno o dos?

A partir de hoy, 11 de febrero de 2013, entra en vigencia el o los dos lemas vigentes de las profecías de San Malaquías. Se discute si ambos pertenecen al mismo individuo o a dos. Dice el texto.

Lema 112

In persecutione extrema S.R.E.sedebit

(Reinará en la persecución última de la Santa Iglesia Romana), sin lema, pero seguido, lo que puede ser el lema 113 o la segunda parte del lema 112

Petrus Romanus, qui pascet oves in multis tribulationibus: quibus transactis ciuitas septicollis iruetur, el Iudex tremendus iudicabit populum suum. Finis.

Pedro Romano, que regirá sus ovejas en medio de muchas tribulaciones: pasadas la cuales la ciudad de las siete colinas será destruída y el Juez tremendo juzgará a su pueblo. Fin.

Esto es lo que consta en los manuscritos conservados que tengo a la vista en la versión facsimilar de Juan Manuel Igartúa, en su obra “El Enigma de las Profecías de San Malaquías”.
Las interpretaciones que hace Igartúa “a futuro”, en particular la de Benedicto XVI, “De gloria olivae” no resulta satisfactoria porque no ha habido bajo su reinado (hasta ahora, puede ser que haga algo inesperado en estos días que le quedan) acto efectivo de reconciliación de la Iglesia. La gloria del olivo, al menos por el lado del olivo, puede asociarse con sus antepasados judíos. Con la pacificación lograda, no. Con la intentada, tal vez... Habrá que ver que pasa de aquí al 28. La destrucción de la ciudad de las siete colinas y la visión de Fátima llamada "tercer secreto" tienen indudable relación.
No hay referencia a ningún papa negro. (Ojalá la hubiera, porque mi candidato, el Card. Ranjith de Sri Lanka es morochón).
Recomendación: no busquen las interpretaciones de hay en la web porque son tan truchas como los comentarios de los periodistas de la TV argentina, supremos burros de toda burridad absoluta.

Dios nos ampare.

jueves, 31 de enero de 2013

San Juan Bosco e el sueño de la Marmota.




El sueño de la marmota 1959 (MB. 6,234).

“Vi en sueños que cuando los jóvenes debían dirigirse a la Iglesia para las confesiones, llegó al patio un hombre que llevaba una cajita. El hombre se colocó en medio de los jóvenes y abriendo la caja sacó de allí una marmota, un animalito roedor, de pelaje espeso y cabeza gruesa que vive en los montes pero que se deja domesticar y hace muchas maromas que distraen y hacen reír a la gente joven. La marmota empezó a bailar y hacer piruetas y los jóvenes le hicieron un gran corrillo para observarla. Entonces el hombre que llevaba el animalejo se fue alejando y alejando de la Iglesia, y los muchachos con él, y así logró que no fueran a confesarse”.

Nota: Don Bosco al narrar este sueño dijo en qué estado vio la conciencia de ciertos jóvenes, sin decir el nombre de ninguno, pero los interesados se sintieron perfectamente retratados en aquella descripción. Luego les insistió en que el enemigo del alma hace todos los esfuerzos posibles por obtener que la gente no se confiese y que no comulguen. 
Mientras narraba el sueño se puso a describir las piruetas que hacía la marmota, y con ello hizo reír sabrosamente a los muchachos, pero mientras tanto los hizo pensar seriamente en el estado en el que estaba su alma. Muchos jóvenes fueron privadamente a pedirle que le dijera en qué estado había visto su conciencia y se quedaron pasmados al oír de labios de Don Bosco faltas que ellos se imaginaban que nadie sabía.
Dicen las crónicas de ese tiempo que la narración de este sueño llevó a casi todos los jóvenes a confesarse con más frecuencia, y que las comuniones se volvieron más numerosas en el Oratorio o Instituto Educativo de Don Bosco en Turín.

miércoles, 9 de enero de 2013

La Verdad y el número




De Dios debemos esperar la fuerza y las luces necesarias para combatir la mentira y el error y a Él recurriremos para obtenerlas. Él es el Dios de la Verdad, Él nos ha sacado del seno del error y de la ilusión, Él nos dice en el fondo del corazón: “Yo soy la Verdad”, Él sostiene nuestra esperanza y anima nuestro celo, cuando nos dice: “Tened confianza, Yo he vencido al mundo”.
Después de eso, ¿cómo no sentir compasión por los que sólo miden la fuerza y el poder de la Verdad por el gran número? ¿Han olvidado por consiguiente, que Nuestro Señor Jesucristo no eligió sino doce discípulos, gentes simples, sin letras, pobres e ignorantes, para oponerlos, con una misericordia totalmente gratuita, al mundo entero y que no les dio, como única defensa, sino la confianza en Él? ¿Ignoran acaso que les dio como instrucción a estos doce enviados, no el seguir al gran número, y a esos millones de hombres que se perdían, sino ganar a esa multitud y comprometerla a seguirlos? ¡Cuán admirable es la fuerza de la Verdad! Sí, la Verdad es siempre vencedora, aunque no esté sostenida sino por un número muy pequeño.
No tener otro recurso sino el gran número, recurrir a él como a una muralla contra todos los ataques, y como a una respuesta para todas las dificultades, es reconocer la debilidad de su causa, es convenir en la imposibilidad en que se está de defenderse, es, en una palabra, reconocerse vencido.
¿Qué pretendéis, en efecto, cuando nos objetáis vuestro gran número? ¿Queréis como en otro tiempo, levantar una segunda Torre de Babel, para tener a raya a Dios y atacarlo en caso de necesidad? ¡Qué ejemplo el de esa multitud insensata!
Que vuestro gran número me presente la Verdad en toda su pureza y su brillo, estoy dispuesto a rendirme y mi derrota es segura; pero que no me dé como prueba y razón nada más que su propio gran número y su autoridad: es querer causar terror y dar miedo, pero de ningún modo persuadirme.
Cuando diez mil hombres se hubiesen reunido para hacerme creer en pleno día que es de noche, para hacerme aceptar una moneda de cobre por una moneda de oro, para persuadirme a tomar un veneno descubierto y conocido por mí, como un alimento útil y conveniente, ¿estaría obligado por eso a creerles?
Por consiguiente, puesto que no estoy obligado a creer en el gran número, que está sujeto a error en las cosas puramente terrestres, ¿Por qué cuando se trata de los dogmas de la religión y de las cosas del cielo, estaría yo obligado a abandonar a los que están apegados a la Tradición de sus Padres, a quienes creen con todos los que han sido antes que ellos, lo que se ha creído en los siglos más remotos, y confirmado además, por la Sagrada Escritura? ¿Por qué, digo, estaría yo obligado a abandonarlos para seguir a una multitud que no da ninguna prueba de lo que afirma? ¿Acaso el Señor mismo no nos dijo que había muchos llamados, pero pocos escogidos; que la puerta de la vida es pequeña, que la vía que lleva a ella es estrecha y que son pocos los que la encuentran? Por consiguiente, ¿cuál es el hombre razonable que no prefiriese ser de este pequeño número, que entra a la vida eterna por ese camino estrecho, a ser del gran número que corre y se precipita a la muerte por el camino ancho? ¿Quién de vosotros, si hubiese estado en los tiempos en que San Esteban fue lapidado y expuesto a los insultos del gran número, no hubiese preferido e incluso no hubiese deseado ser de su partido, aunque él estuviese solo, antes que seguir al pueblo, que por el testimonio y la autoridad de la multitud creía estar en la verdadera fe?
Un solo hombre de una probidad reconocida merece más fe y más atención que otros diez mil que no cuentan sino con su número y su poder. Buscad en las Escrituras y encontraréis las pruebas. Leed el Antiguo Testamento, allí veréis a Fineés [nieto de Aarón, Éxodo 6,25] quien se presenta solo ante el Señor, solo apacigua su cólera y hace cesar la matanza de los israelitas, de los que acababan de perecer veinticuatro mil. Si se hubiese contentado con decirse entonces, ¿quién osará oponerse a un número tan grande que está unido para cometer el crimen? ¿qué puedo yo contra la multitud? ¿de qué me serviría oponerme al mal que cometen con voluntad plena? ¿habría obrado valientemente y habría detenido el mal que cometía el gran número? No, sin duda, el resto de los israelitas habría perecido y Dios no habría perdonado a ese pueblo gracias al celo de Fineés. Es necesario, por consiguiente, que se prefiera el sentimiento de un hombre con probidad, que obra y habla con la libertad que da la Religión, a las opiniones y a las máximas corrompidas de una multitud.
En cuanto a vosotros, seguid si queréis al gran número que perece en las aguas y abandonad a Noé, el único que es conservado; pero al menos no me impidáis salvarme en el Arca con el pequeño número. Seguid si queréis al gran número de los habitantes de Sodoma; en cuanto a mí, yo acompañaré a Lot; y aunque él esté solo, no lo abandonaré para seguir a la multitud de la que se separó para buscar su salvación.
No creáis, sin embargo, que desprecio el gran número; no, lo respeto, y sé los miramientos que hay que tener con él: pero es ese gran número que da prueba y hace ver la verdad de lo que afirma, y no ese gran número que teme y evita la discusión y el examen; no ese gran número que parece siempre dispuesto al asalto y que ataca con orgullo, sino ese gran número que reprende con bondad; no ese gran número que triunfa y se complace en la novedad, sino ese gran número que conserva la heredad que sus Padres le han legado y está apegado a ella.
Pero, en cuanto a vosotros, ¿cuál es ese gran número del que os jactáis? Qué decir de los individuos vencidos, seducidos y ganados por las caricias, los presentes, de los individuos enceguecidos y arrastrados por su incapacidad y su ignorancia, de los individuos que, unos por timidez y otros por temor, sucumbieron ante vuestras amenazas y vuestro crédito, de los individuos que prefieren un placer de un momento, aunque pecando, a la vida que debe ser eterna.
¿Así, por consiguiente, pretendéis sostener el error y la mentira por medio del gran número, y establecerlo con perjuicio de la Verdad, que un grandísimo número no enrojeció en confesar públicamente a expensas de su vida? ¡Ah, por cierto, hacéis ver la magnitud del mal y hacéis conocer la profundidad de la llaga, pues la desgracia es tanto mayor cuanto más individuos se encuentran envueltos en ella!

“No sigáis la muchedumbre para obrar mal,
ni el juicio te acomodes al parecer del mayor número,
si con ello te desvías de la verdad”

San Atanasio, Homilía de San Atanasio contra los que consideran  al número como prueba de la verdad  o que no juzgan de la verdad sino por el número.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Método para oír con fruto la Santa Misa.




1. Disposiciones generales con que se debe asistir al santo sacrificio de la Misa.

1. Como indicamos ya en la instrucción precedente, fue opinión aprobada y confir­mada por San Gregorio en su cuarto Diálogo, que cuando un sacerdote celebra la Santa Misa bajan del cielo innumerables legiones de Ángeles para asistir al Santo Sacrificio. San Nilo, abad y discípulo de San Juan Cri­sóstomo, enseña que mientras el Santo Doc­tor celebraba los divinos misterios veía una multitud de esos espíritus celestiales rodean­do el altar y asistiendo a los sagrados minis­tros en el desempeño de su tremendo minis­terio. Siendo esto así, he ahí las disposicio­nes más esenciales para asistir con fruto a la Santa Misa. Ve a la iglesia como si fueses al Calvario, y permanece en presencia de los altares como si estuvieses delante del trono de Dios y acompañado de los santos Ánge­les. Considera ahora cuáles deben ser tu mo­destia, tu atención y respeto, si quieres reco­ger de los misterios divinos los frutos y beneficios que Dios se digna conceder a los que asisten a ellos con un exterior devoto y senti­mientos religiosos.

2. Leemos en el Antiguo Testamento, que cuando los israelitas ofrecían sus sacrificios, en los que sólo se inmolaban toros, corderos y otros animales, admiraba el ver la atención, el silencio y veneración con que asistían a aquellas solemnidades. Aunque el número de asistentes fuese inmenso y los ministros y sacrificadores llegasen a setecientos, parecía, sin embargo, que el templo estaba vacío; tan­to era el cuidado con que cada uno procu­raba no hacer el más pequeño ruido. Pues bien; si tanta era la veneración con que se celebraban estos sacrificios que, al fin, no eran más que una sombra y simple figura del nuestro, ¿con qué respeto, con qué devo­ción y religioso silencio no debemos asistir a la celebración de la Santa Misa, en que el Cordero sin mancha, el Verbo Divino se in­mola por nosotros? Muy bien lo comprendía San Ambrosio. Cuando celebraba el Santo Sacrificio, según refiere Cesáreo, y concluido el Evangelio, se volvía al pueblo, y después de haber exhortado a los fieles a un reco­gimiento profundo, les ordenaba que guarda­sen el más riguroso silencio, y así consiguió que no solamente pusiesen un freno a su len­gua, no pronunciando la menor palabra, sino, lo que aún es más admirable, que se abstu­viesen de toser y de moverse con ruido. Es­tas prescripciones se cumplían con exactitud, y por eso todos los que asistían a la Santa Misa sentíanse como embargados de un santo temor y profundamente conmovidos, de manera que conseguían muchos frutos y aumento de gracia.


2. Métodos diferentes para oír la Santa Misa. Primero y segundo

3. El objeto de este opúsculo es instruir, al que quiera leerlo bien, sobre el mérito del santo sacrificio de la Misa, e inclinarlo a abrazar con fervor la práctica de asistir a ella frecuentemente, siguiendo el método que me propongo trazar más adelante. Sin embargo, como hay libros piadosos, difun­didos con gran utilidad entre los fieles, que contienen diversos métodos, muy buenos y provechosos, para oír la Santa Misa, de nin­guna manera trato de violentar el gusto de nadie; por el contrario, a todos dejo en com­pleta libertad para escoger aquél que juzgue más agradable y el más conforme a su capa­cidad y a sus piadosas inclinaciones única­mente me propongo, querido lector, desem­peñar contigo el oficio de Ángel Custodio, su­giriéndote el que pueda serte más provecho­so, es decir, según mi pobre juicio, el que te sea más útil y menos molesto. A este fin pienso reducirlos todos a tres clases o tres métodos en general.

4. El primero consiste en seguir con la mayor atención y con el libro en las manos, todas las acciones del sacerdote, rezando a cada una de ellas la oración vocal corres­pondiente contenida en el libro, de suerte que se pase leyendo todo, el tiempo de la Misa. Si a la lectura se une la meditación de los santos misterios que se celebran sobre el altar, es indudable que se asiste al adora­ble Sacrificio de un modo excelente y además muy provechoso. Pero como esto pide una sujeción excesiva, puesto que es preciso aten­der a las ceremonias que se hacen en el al­tar y dirigir alternativamente la mirada al sacerdote y al libro, para leer en él la oración que corresponde a la parte de la Misa, re­sulta de aquí que es muy trabajoso en la práctica; y aun me inclino a creer que habrá pocos fieles que perseveren mucho tiempo empleando este método, por útil que sea. Es tal la debilidad de nuestro entendimiento, que se distrae fácilmente cuando tiene que atender a la multitud de acciones que el sa­cerdote ejecuta en el altar. A pesar de esto, el que se encuentra bien con este método, y consiga por él su provecho espiritual, puede continuar usándolo con la esperanza de que un trabajo tan penoso le granjeará una mag­nífica recompensa de parte de Dios.

5. El segundo método para asistir con fru­to a la Santa Misa se practica no por medio de la lectura, ni aun durante el tiempo del Sacrificio, sino contemplando con los ojos de la fe a Jesucristo clavado en la cruz, a fin de recoger en una dulcísima contemplación los frutos preciosos que caen de ese árbol de vida. Se emplea, pues, todo el tiempo de la Santa Misa en un profundo recogimiento in­terior, ocupándose en considerar espiritual­mente los divinos misterios de la Pasión y muerte del Salvador, que no solamente se re­presentan, sino que también se reproducen místicamente sobre el altar. Los que siguen este método es indudable que, si tienen cui­dado de conservar unidas a Dios las poten­cias de su alma, lograrán ejercitarse en actos de fe, esperanza, caridad y de todas las vir­tudes. Esta manera de oír Misa es más per­fecta que la primera, y al mismo tiempo más dulce y más suave, según lo experimentó un santo religioso lego, el cual acostumbraba decir que oyendo Misa no leía más que tres letras. La primera era negra, a saber, sus pecados, cuya consideración le inspiraba afec­tos de dolor y arrepentimiento, y éste era el punto de su meditación desde el principio de la Misa hasta el Ofertorio. La segunda era encarnada, a saber, la Pasión del Salva­dor, meditándola desde el Ofertorio hasta la Comunión, sobre la preciosísima Sangre que Jesús derramó por nosotros y la muerte cruel que sufrió en el Calvario. La tercera letra era blanca, a saber, la Comunión espiri­tual, que jamás omitía en el momento que comulgaba el sacerdote, uniéndose de todo corazón a Jesús, oculto bajo las especies sa­cramentales; después de lo cual permanecía abismado en su Dios y en la consideración de la gloria, que esperaba como fruto de este Divino Sacrificio. Este pobre religioso, a pe­sar de no tener instrucción, oía la Misa de una manera muy perfecta, y yo quisiera que todos aprendiesen en su escuela una ciencia tan profunda.


3. Tercer método de oír la Santa Misa.

6. El tercer método para asistir con fruto al santo sacrificio de la Misa tiene la preferencia sobre los anteriores. No exige lectura de un gran número de oraciones vocales como el primero, ni requiere un espíritu contemplativo como se necesita para seguir el segundo. Sin embargo, si bien se considera, es el más conforme al espíritu de la Iglesia, cuyos deseos son que los fieles estén unidos a los sentimientos del sacerdote. Éste debe ofrecer el Sacrificio por los cuatro fines indicados en la instrucción precedente (n° 8), por cuanto éste es el medio más eficaz de cumplir con las cuatro obligaciones que tenemos contraídas con Dios. Por consiguiente, y puesto que cuando asistes a la Misa desempeñas en cierta manera las funciones de sacerdote, debes dedicarte del mejor modo posible a la consideración de los cuatro fines indicados, lo cual te será muy fácil por medio de los cuatro ofrecimientos que voy a presentarte.
He aquí el método reducido a la práctica. Toma este pequeño libro hasta aprender de memoria estos ofrecimientos, o a lo menos hasta penetrarte bien de su sentido, pues no se necesita sujetarse a las palabras. Lue­go que comience la Misa y cuando el sacer­dote, humillándose en las gradas del altar, rece el Confiteor, haz un breve examen de tus pecados, excítate a un acto de verdadera contrición, pidiendo humildemente al Señor que te perdone, e implora los auxilios del Espíritu Santo y la protección de la Virgen Santísima para oír la Misa con todo el res­peto y devoción posible. En seguida, y para cumplir sucesivamente con las cuatro impor­tantísimas obligaciones de que te he habla­do, divide la Misa en cuatro partes, lo que podrás hacer del modo siguiente:

7. En la primera parte, desde el principio hasta el Evangelio, satisfarás la primera deu­da, que consiste en adorar y alabar la majes­tad de Dios, que es infinitamente digna de honores y alabanzas. Para esto humíllate profundamente con Jesucristo, abísmate en la consideración de tu nada, confiesa sincera­mente que nada eres delante de aquella in­mensa Majestad, y humillado con alma y cuerpo (pues en la Misa debe guardarse la postura más respetuosa y modesta), dile:

“¡Oh Dios mío! yo os adoro y reconozco por mi Señor y dueño de mi alma y vida: yo protesto que todo lo que soy y cuanto tengo lo debo a vuestra infinita bondad. Bien sé que vuestra soberana Majestad merece un honor y homenajes infinitos; pero yo soy un pobrecillo impotente para pagar esta inmen­sa deuda, por tanto os presento las humilla­ciones y homenajes que el mismo Jesús os ofrece sobre este altar.
“Yo quiero hacer lo mismo que hace Jesús: yo me abato con Jesús, y con Jesús me hu­millo delante de vuestra suprema Majestad. Yo os adoro con las mismas humillaciones de mi Salvador. Yo me regocijo y me feli­cito de que mi Divino Jesús os tribute por mí honores y homenajes infinitos”.

Aquí cierra el libro, y continúa excitándote interiormente a iguales actos. Regocíjate de que Dios sea honrado infinitamente, y en algún intermedio repite una y muchas veces estas palabras:

“Sí, Dios mío, inefable es mi gozo por el honor infinito que vuestra Divina Majestad recibe 'de este augusto Sacrificio. Me com­plazco y alegro cuanto sé y cuanto puedo”.

No te empeñes con afán en repetir a la le­tra estas mismas palabras: emplea libremen­te las que tu piedad te sugiera. Sobre todo procura conservarte en un profundo recogi­miento y muy unido a Dios. ¡Ah! ¡qué bien satisfarás a Dios de esta manera tu primera deuda!
8. Satisfarás la segunda desde el Evange­lio hasta la elevación de la Sagrada Hostia, y dirigiendo una mirada a tus pecados, y considerando la inmensa deuda que has con­traído con la divina Justicia, dile con un co­razón profundamente humillado:

“He ahí, Dios mío, a este traidor que tantas veces se ha rebelado contra Vos. ¡Ah! Penetrado de dolor, yo abomino y detesto con todo mi corazón todos los gravísimos peca­dos que he cometido. Yo os presento en su expiación la satisfacción infinita que Jesu­cristo os da sobre el altar. Os ofrezco todos los méritos de Jesús, la sangre de Jesús y al mismo Jesús, Dios `y hombre verdadero, quien en calidad de víctima, se digna todavía renovar su sacrificio en mi favor. Y puesto que mi Jesús se constituye sobre ese altar mi abogado y mediador, y que por su pre­ciosísima Sangre os pide gracia para mí, yo uno mi voz a la de esta Sangre adorable, e imploro el perdón dé todos mis pecados. La sangre de Jesús está gritando misericor­dia, y misericordia os pide mi corazón arre­pentido. ¡Oh Dios de mi corazón! Si no os enternecen mis lágrimas, dejaos ablandar por los tiernos gemidos de mi Jesús. Él alcanzó en la cruz gracia para todo el humano linaje, ¿y no la obtendrá para mí desde ese altar? Sí, sí; yo espero que por los méritos de su Sangre preciosa me perdonaréis todas mis iniquidades, y me concederéis vuestra gracia para llorarlas hasta el último suspiro de mi vida”.

Enseguida, y habiendo cerrado el libro, re­pite estos actos con una viva y profunda contrición. Da rienda suelta a los afectos de tu alma, y sin articular palabra, dirás a Jesús de lo íntimo de tu corazón:

“¡Mi muy amado Jesús! Dadme las lágri­mas de San Pedro, la contrición de la Mag­dalena y el dolor de todos los Santos, que de pecadores se convirtieron en fervorosos penitentes, a fin de que, por los méritos del Santo Sacrificio, alcance el completo perdón de todos mis pecados”.

Reitera estos mismos actos en un perfecto recogimiento, y vive seguro de que así satis­farás completamente todas las deudas que por tus pecados hubieres contraído con Dios.

9. En la tercera parte, es decir, desde la elevación del cáliz hasta la Comunión, con­sidera los innumerables beneficios de que has sido colmado. En cambio, ofrece al Se­ñor una víctima de precio infinito, a saber: el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Convida también a los Ángeles y Santos a dar gracias a Dios por ti, diciendo estas o parecidas pa­labras:

“Vedme aquí, Dios de mi corazón, cargado con el enorme peso de una inmensa deuda de gratitud y reconocimiento a todos los be­neficios generales y particulares de que me habéis colmado, y de los que estáis dispuesto a concederme en el tiempo y en la eterni­dad. Confieso que vuestras misericordias para conmigo han sido y son infinitas; sin embargo, estoy pronto a pagaros hasta el último óbolo. En satisfacción de todo lo que os debo, os presento por las manos del sacer­dote la Sangre divina, el cuerpo adorable y la víctima inocente que está colocada sobre este altar. Esta ofrenda basta (seguro estoy de ello) para recompensar todos los dones que me habéis concedido; siendo como es de un precio infinito, vale ella sola por todos los que he recibido y puedo recibir de Vos.
“Ángeles del Señor, y vosotros, dichosos moradores del cielo, ayudadme a dar gracias a mi Dios, y ofrecedle en agradecimiento por tantos beneficios, no solamente esta Misa a que tengo la dicha de asistir, sino también todas las que en este momento se celebran en todo el mundo, a fin de que por este me­dio satisfaga yo a su ardiente caridad por todas las mercedes que me ha hecho, así como por las que está dispuesto a conce­derme ahora y por los siglos de los siglos. Amén”.

¡Con qué dulce complacencia recibirá este Dios de bondad el testimonio de un agrade­cimiento tan afectuoso! ¡Cuán satisfecho quedará de esta ofrenda que, siendo de un precio infinito, vale más que todo el mundo! A fin, pues, de excitar más y más en tu co­razón estos piadosos sentimientos, convida a toda la corte celestial a dar gracias a Dios en tu nombre. Invoca a todos los Santos a quienes tienes particular devoción, y con toda la efusión de tu alma dirígeles la siguiente plegaria:

“¡0h gloriosos bienaventurados e interce­sores míos cerca del trono de Dios! Dad gra­cias por mí a su infinita bondad, para que no tenga la desventura de vivir y morir sien­do ingrato. Suplicadle se digne aceptar mi buena voluntad, y tener en consideración las acciones de gracias, llenas de amor, que mi adorable Jesús le tributa por mí en ese au­gusto Sacrificio”.

No te contentes con manifestar una sola vez estos sentimientos: repítelos a intervalos, en la firme seguridad de que por este medio satisfarán plenamente tan inmensa deuda. A este fin harás muy bien en rezar todos los días algún Acto de ofrecimiento, para ofrecer a Dios en acción de gracias, no solamente todas tus acciones, sino también las Misas que se celebran en todo el mundo.

10. En la cuarta parte, desde la Comunión hasta el fin, mientras que el sacerdote co­mulga sacramentalmente, harás la Comunión espiritual de la manera que te explicaré al terminar este capítulo. Dirige en seguida tus miradas a Dios Nuestro Señor que está den­tro de ti, y anímate a pedir muchas gracias. Desde el momento en que Jesús se une a ti, Él es quien ruega y suplica por ti. Ensan­cha, pues, el corazón, y no te limites a pedir solamente algunos favores: pide muchas, mu­chísimas gracias, porque el ofrecimiento de su Divino Hijo, que acabas de hacerle, es de un precio infinito. Por consiguiente, dile con la más profunda humildad:

“¡Oh Dios de mi alma! Me reconozco in­digno de vuestros favores: lo confieso sin­ceramente, así como también que no merezco el que me escuchéis, atendida la multitud y enormidad de mis faltas. Pero, ¿podréis re­chazar la súplica que vuestro adorable Hijo os dirige por mí sobre ese altar, en que os ofrece por mí su Sangre y su vida? ¡Oh Dios de infinito amor! Aceptad los ruegos del que aboga en favor mío cerca de vuestra Divina Majestad!; y en atención a sus mé­ritos concededme todas las gracias que sa­béis necesito para llevar a feliz término el negocio importantísimo de mi eterna salva­ción. Ahora más que nunca me atrevo a im­plorar de vuestra infinita misericordia el perdón de todos mis pecados y la gracia de la perseverancia final. Además, y apoyándome siempre en las súplicas que os dirige mi ama­do Jesús, os pido por mí mismo, ¡oh Dios de bondad infinita! todas las virtudes en gra­do heroico, y los auxilios más eficaces para llegar a ser verdaderamente santo. Os pido también la conversión de los infieles, de los pecadores, y en particular de aquéllos a quie­nes estoy unido por los lazos de la sangre, o de relación espiritual. Imploro además la libertad, no de una sola alma, sino la de to­das las que en este momento están detenidas en la cárcel del purgatorio. Dignaos, Señor, concedérsela a todas, y haced quede vacío ese lugar de dolorosa expiación. En fin, oja­lá que la eficacia de este Divino Sacrificio convirtiera este mundo miserable en un pa­raíso de delicias para vuestro Corazón, donde fueseis amado, honrado y glorificado por to­dos los hombres en el tiempo, para que todos fuésemos admitidos a bendeciros y alabaros en la eternidad. Así sea”.

Pide sin temor, pide para ti, para tus ami­gos, parientes y demás personas queridas. Implora la asistencia de Dios en todas tus necesidades espirituales y temporales. Ruega también por las de la Santa Iglesia, y pide al Señor que se digne librarla de los males que la afligen y concederle la plenitud de todos los bienes. Sobre todo no ores con tibieza, sino con la mayor confianza; y está seguro de que tus súplicas, unidas a las de Jesús, serán escuchadas.
Concluida la Misa practica el siguiente acto de acción de gracias, diciendo: “Os damos gracias por todos vuestros beneficios, oh Dios todopoderoso, que vivís y reináis por los siglos de los siglos. Así sea”.
Saldrás de la iglesia con el corazón tan enternecido como si bajases del Calvario. Dime ahora: si hubieras asistido de esta manera a todas las Misas que has oído hasta hoy, ¡con qué tesoros de gracias habrías en­riquecido tu alma! ¡Ah! ¡Cuánto has per­dido asistiendo a este augusto Sacrificio con tan poca religiosidad, dirigiendo tus miradas acá y allá, ocupado en ver quiénes entraban y salían, murmurando algunas veces, quedán­dote dormido, o cuando más, balbuceando algunas oraciones sin atención ni recogimien­to! Si quieres, pues, oír con fruto la Santa Misa, toma desde este momento la firme re­solución de servirte de este método, que es muy agradable, y que está todo él reducido a satisfacer las cuatro enormes deudas que tenemos contraídas con Dios. Persuádete fir­memente de que en poco tiempo adquirirás inmensos tesoros de gracias y méritos, y de que jamás te asaltará la tentación de decir: Una Misa más o menos ¿qué importa?

San Leonardo de Porto-Mauritzio, tomado de su obra “El tesoro escondido de la Santa Misa”.