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domingo, 24 de febrero de 2013

Pablo VI: “A través de alguna grieta ha entrado, el humo de Satanás en el templo de Dios”.



Compartimos la famosa y muy citada homilía del Papa Pablo VI, realizada en pleno Concilio Vaticano II, en la que afirma que el humo de Satanás ha penetrado en la Iglesia. Traducción publicada ya hace diez años (viernes 29 de junio de 2012) por la publicación “Secretum Meum Mihi” al cumplirse los cuarenta años del Concilio Vaticano II.


S.S. Paulo VI durante el Concilio Vaticano II
Lamentémonos y lloremos todos amargamente, puesto que en esta fecha hace 40 años, el Papa Paulo VI admitía claramente y sin ambajes que el Diablo había penetrado en la Iglesia. Lo peor de todo: ¡Nadie ha dicho desde entonces que hubiera salido!En efecto, en la Solemnidad de San Pedro y San Pablo de 1972, en su homilía para la ocasión, el Papa Paulo VI pronunció una de sus más famosas homilías (acaso la más de todas). Infortunadamente considerada no tan famosa como para que el propio sitio de internet de la Santa Sede consigne la totalidad de sus palabras, limitándose a hacer una simple síntesis en italiano.Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que muchos citan pasajes de esta homilía de Paulo VI sin haberla nunca leído por completo, limitándose a tomar los pasajes citados de algún otro que los haya citado previamente y así sucesivamente, obteniéndose una deformación y/o descontextualización de las palabras del Pontífice.Pero no nos sintamos defraudados, aquí está por primerísima vez en internet el texto completo e integral en español de la célebre homilía de S.S. Paulo VI en Jun-29-1972, la cual a veces es denominada “fuertes en la fe”, debido a su último párrafo.

En la solemnidad de San Pedro y San Pablo apóstol
S.S. Paulo VI, Oct-31-1973

Tenemos que agradecer a vosotros y a cuantos, ausentes de Roma, estáis presentes en espíritu, la asistencia a este rito que quiere tener una doble intención: la primera, diría —y es suficiente—, es la de honrar a los santos Pedro y Pablo, especialmente por estar en la basílica en la que nos hallamos, sobre la tumba y las reliquias del apóstol Pedro; de honrar a estos príncipes de los apóstoles y de honrar a Cristo en ellos, y de sentirnos llevados por ellos a Cristo, pues les somos deudores de esta gran herencia de la fe. Y, además, la otra intención es que no podemos ser insensibles a conmemorar el noveno aniversario de nuestra elección —como sucesor de Pedro— al Pontificado romano y, lo decimos temblando, al puesto de representante visible en la Tierra, vicario de Nuestro Señor Jesucristo.
Os lo agradecemos de corazón, también, porque esta presencia nos asegura lo que más vivo y ardoroso está en nuestros deseos: vuestra adhesión, vuestra fidelidad, vuestra comunión, vuestra unidad en la oración y en la fe, y en la constitución de esta misteriosa sociedad visible y terrenal que se llama la Iglesia, y por sentirnos aquí particularmente Iglesia, unidos en Jesucristo como en un cuerpo solo y, también, porque confiamos en que esta presencia significa ayuda, oración, y signifique indulgencia para quien os habla y también oración por Nos, por nuestro cargo, por la misión que el Señor Nos encomendó para el bien de la Iglesia y del mundo. Y esta oración Nos servirá verdaderamente de gran sufragio para cumplir humilde y fuertemente nuestra fatiga.
Nos sentimos autorizados a ceder la palabra al propio San Pedro y a rogarle que diga una de sus palabras entre las tantas hermosas que nos dejó en las dos epístolas canónicas que conservamos en el cuerpo de la Sagrada Escritura, y elegimos las que hablan de vosotros. San Pedro habla de la comunidad la Iglesia naciente en la primera carta —extraña, pero expresiva— que envió desde Roma a las iglesias de Oriente, a las iglesias de Asia Menor, dicen los exégetas informados y que, según su costumbre, escribió no para hacer nuevas comunicaciones doctrinales —como solía hacer San Pablo—, sino para exhortar. Se siente el pastor que quiere incitar, que quiere animar, y que quiere dar conciencia de lo que el pueblo cristiano es y de lo que debe hacer. En esta primera carta de San Pedro se toca, con profunda clarividencia y agudeza, toda la gama de los nuevos sentimientos que deben tener vivencia y brotar con ímpetu del corazón cristiano. Entre las muchas palabras que la carta contiene, os presentamos éstas que dejamos a vuestra meditación, con un breve comentario; dice San Pedro: “Vosotros sois una estirpe elegida, un sacerdocio real, gente santa, pueblo de su propiedad, para que proclaméis las virtudes de quien os llamó de las tinieblas a la luz maravillosa. Vosotros que antaño no erais un pueblo, ahora sois pueblo de Dios; vosotros que antes no fuisteis partícipes de la misericordia, ahora en cambio participáis de la misericordia del Señor”.
He aquí lo que Nos, sometemos un momento a vuestra reflexión.

Sacerdocio real

Estas son palabras que han sido muy estudiadas en los últimos años, especialmente porque han sido el eje de la doctrina del Concilio en su capítulo principal, es decir, en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, donde se describe precisamente este cuadro del pueblo de Dios. Sí; os decimos que en este momento propio de oración, pobres como somos, el Señor nos inspira para comprender las cosas. Imaginamos tener delante de Nos, casi extendida en panorama, a toda la Santa Iglesia Católica, y la vemos —con las características que San Pedro indica— en una unidad; recogida en este principio —Cristo— para este fin: glorificarle para este beneficio, salvarse para esta transfiguración, casi para esta metamorfosis que está iniciada en cada uno de los que componen esta comunidad de orden sobrenatural, por el descubrimiento de la vocación en cada uno de los componentes de esta gran masa humana, de este gran mar de la Humanidad, en el que cada cual está personalmente llamado como miembro de la multitud, personalmente llamado —según dice el “Apocalipsis”, acerca del último día— a recibir, como cada uno de los elegidos, un nombre nuevo. Si bien recuerdo, dice el Señor en el texto, que todos estamos llamados a ejercer, a componer, un sacerdocio real. Aquí hay una reminiscencia del Antiguo Testamento —la del Éxodo—cuando Dios, hablando a Moisés antes de entregarle La Ley, dice: “Yo haré de este pueblo un pueblo sacerdotal y real”. San Pedro recoge esta palabra tan grande, tan exaltadora, y !a aplica al nuevo pueblo de Dios, heredero y continuador del Israel dela Biblia, para formar un nuevo Israel, el Israel de Cristo. Dice San Pedro: “Será el pueblo sacerdotal y real el que glorificará al Dios de la misericordia, al Dios de la salvación”. Sabemos que esta palabra ha sido, a veces, mal entendida, como si e! sacerdocio fuera un solo orden, es decir ,fuese comunicado a cuantos están insertos en el Cuerpo Místico de Cristo, a cuantos son cristianos. En cierto sentido es verdad, y solemos llamarlo sacerdocio común, pero el Concilio nos dice —y la Tradición ya nos lo había enseñado— que existe otro grado, otro estado de sacerdocio: el sacerdocio ministerial, que tiene facultades, prerrogativas particulares y exclusivas, precisamente del sacerdocio ministerial.
Pero detengámonos en lo que interesa a todos: el sacerdocio real. Aquí deberíamos preguntarnos qué significa sacerdocio, pero las explicaciones no acabarían nunca, y por ello nos limitamos y conformamos con esto: sacerdote significa capacidad de rendir culto a Dios, de comunicar con El, de buscarle siempre en una profundidad nueva, en un descubrimiento nuevo, en un amor nuevo. Este impulso de la Humanidad hacia Dios, que no ha sido suficientemente alcanzado ni suficientemente conocido, es el sacerdocio de quien está inserto en el único sacerdote que, después del advenimiento del Nuevo Testamento, es Cristo. Es que el cristiano está dotado por ello mismo de esta calidad, de esta prerrogativa de poder hablar al Señor en términos verdaderos, como de hijo a padre.

Lo que distingue al cristiano

“Audemos dicere”: podemos en verdad celebrar ante el Señor un rito, una liturgia de la oración común, una santificación de la vida incluso profana, que distingue al cristiano del que no es cristiano. Este pueblo es distinto, aunque esté confundido en la gran marea de la Humanidad. Tiene su distinción, su característica inconfundible. San Pablo se definió “segregatus”, separado, distinto del resto de la Humanidad, precisamente por estar investido de prerrogativas y funciones que no tienen los que no poseen la suma fortuna y la excelencia de ser miembros de Cristo. Entonces tenemos que considerar que nosotros, los que estamos llamados a ser hijos de Dios, a participar en el Cuerpo Místico de Cristo, que somos animados por el Espíritu Santo y hechos templos de la presencia de Dios, tenemos que realizar este coloquio, este diálogo, esta conversación con Dios en la religión, en el culto litúrgico, en el culto privado, y tenemos que extender el sentido de la sacralidad incluso a las acciones profanas. “Si coméis, si bebéis —dijo San Pablo— hacedlo por la gloria de Dios”. Y lo dice repetidas veces, en sus cartas, como para reivindicar al cristiano la capacidad de infundir algo nuevo, de ¡luminar, de sacralizar también las cosas temporales, externas, efímeras, profanas.

Desacralización

Se nos exhorta a dar al pueblo cristiano, que se llama Iglesia, un sentido verdaderamente sagrado. Y afirmándolo así, sentirnos que tenemos que contener la ola de profanidad, desacralización, secularización, que sube, que oprime y que quiere confundir y desbordar el sentido religioso en el secreto del corazón —en la vida privada exclusivamente secreta, o también en las afirmaciones de la vida exterior— de toda interioridad personal, o incluso hacerlo desaparecer. Se afirma que ya no hay razón para distinguir un hombre de otro, que no hay nada que pueda realizar esta distinción. Aún más, hay que devolver al hombre su autenticidad, hay que devolver al hombre su verdadero ser, que es común a todos los demás. Pero la Iglesia, y hoy San Pedro, llamando al pueblo cristiano a la conciencia de sí mismo, le dicen que es el pueblo elegido, distinto, adquirido por Cristo, un pueblo que debe ejercer una particular relación con Dios, un sacerdocio con Dios. Esta sacralización de la vida hoy no debe ser borrada, expulsada de las costumbres y de nuestra vida, como si ya no debiera figurar.
Hemos perdido los hábitos religiosos, hemos perdido muchas otras manifestaciones exteriores de la vida religiosa. Respecto a esto hay mucho que discutir y mucho que conceder, pero es necesario mantener el concepto, y con el concepto también algún signo de la sacralidad del pueblo cristiano, es decir, de aquellos que están insertos en Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Ello nos dirá también que tenemos que sentir un gran fervor religioso.
En la actualidad hay una parte de los estudios de la Humanidad —la llamada sociología— que prescinde de este contacto con Dios. Por el Contrario, la sociología de San Pedro, la sociología de la Iglesia, al estudiar a los hombres, pone en evidencia precisamente este aspecto sacral, de conversación con el Inefable, con Dios, con el mundo divino, y ello hay que afirmarlo en el estudio de todas las diferenciaciones humanas. Por muy heterogéneo que se presente el género humano, no tenemos que olvidar esta verdad fundamental que el Señor nos confiere cuando nos da la Gracia: todos somos hermanos en el mismo Cristo. Ya no hay ni judío, ni griego, ni escita, ni bárbaro, ni hombre, ni mujer. Todos somos una sola cosa en Cristo, todos estamos santificados, tenemos todos la participación en este grado de elevación sobrenatural que Cristo nos confirió, y San Pedro nos lo recuerda; es la sociología de la Iglesia que no debemos hacer desaparecer ni olvidar.

Defecciones

Volviendo a mirar aquel panorama a que aludimos —el gran plano de la vida humana, toda la Iglesia— ¿qué es lo que vemos? Si nos preguntan qué es hoy la Iglesia, ¿se puede confrontar tranquilamente con las palabras que Pedro nos dejó como herencia y meditación?, ¿podemos estar tranquilos?, ¿no podemos ver a la Iglesia en una ideología que nos obliga a alguna reflexión, a alguna actitud, a algún esfuerzo y a alguna virtud que se convierte en característica del cristiano?
Pensamos de nuevo en este momento—con inmensa caridad— en todos nuestros hermanos que nos abandonan, en muchos que son fugitivos y olvidan, en muchos que tal vez nunca han conseguido tener conciencia de la vocación cristiana, aunque han recibido el bautismo. Quisiéramos muy de verdad tender la mano hacia ellos y decirles que el corazón está siempre abierto, que pasar el umbral es fácil. Mucho quisiéramos hacerles partícipes de la grande e inefable fortuna de nuestra felicidad, la de estar en comunicación con Dios, que no nos quita nada de la visión temporal y del realismo positivo del mundo exterior.
Tal vez ello nos obliga a renuncias, a sacrificios, pero mientras nos priva de algo, multiplica sus dones. Nos impone renuncias, pero nos proporciona abundantemente otras riquezas. No somos pobres, somos ricos, porque tenemos la riqueza del Señor. Ahora bien; quisiéramos decir a estos hermanos—de los que sentimos el desgarro en las entrañas de nuestra alma sacerdotal— cuánto les tenemos presente, cuánto —ahora y siempre, y cada vez más— les queremos, y cuánto rezamos por ellos, y cuánto procuramos con este esfuerzo que les persigue y les rodea, suplir la interrupción que ellos mismos hacen de nuestra comunión en Cristo.

El Sumo pontífice Pablo VI y el entonces Cardenal de Munich, Joseph Ratzinger.

Duda, incertidumbre, inquietud

Luego existe otra categoría, y a ella pertenecemos un poco todos. Y diría que esta categoría caracteriza a la Iglesia de hoy. Se diría que a través de alguna grieta ha entrado, el humo de Satanás en el templo de Dios. Hay dudas, incertidumbre, problemática, inquietud, insatisfacción, confrontación. Ya no se confía en la Iglesia, se confía más en el primer profeta profano —que nos viene a hablar desde algún periódico o desde algún movimiento social— para seguirle y preguntarle si tiene la fórmula de la verdadera vida; y, por el contrario, no nos damos cuenta de que nosotros ya somos dueños y maestros de ella. Ha entrado la duda en nuestras conciencias y ha entrado a través de ventanas que debían estar abiertas a la luz: la ciencia. Pero la ciencia está hecha para darnos verdades que no alejan de Dios, sino que nos lo hacen buscar aún más y celebrarle con mayor intensidad. Por el contrario, de la ciencia ha venido la crítica, ha venido la duda respecto a todo lo que existe y a todo lo que conocemos. Los científicos son aquellos que más pensativa y dolorosamente bajan la frente y acaban por enseñar: “no sé, no sabemos, no podemos saber”.
Es cierto que la ciencia nos dice los límites de nuestro saber, pero todo lo que nos proporciona de positivo debería ser certeza, debería ser impulso, debería ser riqueza, debería aumentar nuestra capacidad de oración y de himno al Señor; y, por el contrario, he aquí que la enseñanza se convierte en palestra de confusión, en pluralidad que ya no va de acuerdo, en contradicciones a veces absurdas.
Se ensalza el progreso para luego poder demolerlo con las revoluciones más extrañas y radicales, para negar todo lo que se ha conquistado, para volver a ser primitivos después de haber exaltado tanto los progresos del mundo moderno.
También en nosotros, los de la Iglesia, reina este estado de incertidumbre. Se creía que después del Concilio vendría un día de sol para la historia de la Iglesia. Por el contrario, ha venido un día de nubes, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre y se siente fatiga en dar la alegría de la fe. Predicamos el ecumenismo y nos alejamos cada vez más de los otros. Procuramos excavar abismos en vez de colmarlos.

Intervención del Diablo

¿Cómo ha ocurrido todo esto? Nos, os confiaremos nuestro pensamiento: ha habido un poder, un poder adverso. Digamos su nombre: él Demonio. Este misterioso ser que está en la propia carta de San Pedro —que estamos comentando— y al que se hace alusión tantas y cuantas veces en el Evangelio —en los labios de Cristo— vuelve la mención de este enemigo del hombre. Creemos en algo preternatural venido al mundo precisamente para perturbar, para sofocar los frutos del Concilio ecuménico y para impedir que la Iglesia prorrumpiera en el himno de júbilo por tener de nuevo plena conciencia de sí misma.
Precisamente por esto, quisiéramos ser capaces, ahora más que nunca, de ejercerla función que Dios encomendó a Pedro de confirmar en la fe a los hermanos. Quisiéramos comunicarnos este carisma de .la certeza que el Señor da a quien le representa, incluso indignamente, en esta tierra. Y deciros que la fe —cuando está fundada en la palabra de Dios, aceptada y situada en la conformidad de nuestro propio ánimo humano— esta fe nos da una certeza verdaderamente segura. Quien crea con sencillez, con humildad, se sabe por el buen camino, siente que tiene un testimonio interior que nos confirma en nuestra difícil ideología y nos conforta en la difícil conquista de la verdad.
El Señor se manifiesta como luz y verdad al que lo acepta en su palabra, y su palabra no se convierte en obstáculo a la verdad y al camino hacia el ser, sino en peldaño por el que podemos subir y ser de verdad conquistadores del Señor, que nos viene al encuentro y se entrega hoy a través de esta metodología, de este camino de la fe que es anticipo y garantía de la visión definitiva.

Fuertes en la fe

Y entonces Nos vemos el tercer aspecto que nos gusta tanto contemplar, la gran extensión de la Humanidad creyente. Vemos una gran cantidad de almas humildes, simples, puras, rectas, fuertes, que creen, que son —según dice San Pedro al final de su epístola— “fortes in fide”. Y quisiéramos que esta fuerza de la fe, está seguridad, esta paz, triunfase sobre los obstáculos que la vida —nuestra propia experiencia y la fenomenología de las cosas— ponen delante de nosotros, y que fuéramos siempre “fuertes en la fe”.
Hermanos, no decimos cosas extrañas, difíciles ni absurdas. Quisiéramos tan sólo que hicierais la experiencia de un acto de fe, en humildad y sinceridad; un esfuerzo psicológico que nos diga a nosotros mismos que tratemos de cumplir una acción consciente.
¿Es cierto, no es cierto?, ¿acepto, no acepto? Sí, Señor, yo creo en tu palabra; creo en tu Revelación; creo en quien Tú me has dado como testigo y garantía de esta Revelación Tuya, para sentir y probar, con la fuerza de la fe, el anticipo de la bienaventuranza de la vida que con la fe se nos ha prometido.

Fuente de la traducción: Secretum Meum Mihi.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Cristo ha nacido.



La atracción del Divino Niño en los brazos de su Madre Virginal hace todavía que Navidad sea la más popular de las Fiestas Cristianas, pero a medida que el mundo le da la espalda a Dios, así también el corazón y el alma de la Escena de la Natividad se van desvaneciendo, y los sentimientos Navideños se vuelven cada vez mas artificiales. La verdadera Cristiandad se ha esfumado. Es hora de retornar a la liturgia de la Madre Iglesia de las épocas anteriores a Cristo cuando los hombres sabios se regocijaban intensamente a la expectativa de Su venida. Para ellos, eso sólo daba sentido a la infelicidad de la humanidad siempre más devastada por las consecuencias del pecado original. Era su gran esperanza y nada podía hacerla tambalear. El Cristo vendría, y con El las puertas del Cielo se abrirían otra vez a las almas de buena voluntad. He aquí las antífonas del cuarto Do mingo de Adviento, compuestas a partir de textos del Antiguo Testamento.
“Tocad la trompeta en Sion porque el día del Señor está cerca: mirad, que ya vendrá para salvarnos, aleluya, aleluya”. Si los hombres no quieren ser salvados, entonces difícilmente podrán entender para que han nacido y así deben morir con desesperanza en mayor o menor grado. Pero si queremos ser felices por toda la eternidad y si sabemos que sólo Jesucristo puede hacer ello posible, ¡cuanto entonces debemos regocijarnos de que El haya venido!
“Mirad, el deseado de todas las gentes vendrá y la casa del Señor estará henchida de gloria, aleluya”. Así como el pecado original es universal, así los Reyes Magos vinieron de tierras lejanas y extrañas para adorar a su Salvador en Belén, y ellos hubieran podido venir de todas las naciones del mundo deseándolo a El. Desde su época, los Cristianos en realidad han venido de todas las naciones para encontrar a su Salvador en su Iglesia católica, y la han llenado siempre desde entonces con la gloria de hermosas ceremonias, edificios, ornamentos, arte y música.
“Los caminos torcidos serán enderezados, y los caminos escabrosos serán aplanados: ven, Señor, y no demores”. Cuatro mil años después de la Caída de Adán y Eva el mundo se había vuelto totalmente torcido. Hace dos mil años la más asombrosa transformación de la humanidad empezó con el nacimiento de Nuestro Señor. Durante siglos, hemos dado por sentado que estas formas aplanadas de civilización permanecerían aplanadas, pero con el desprecio de Cristo por parte de los hombres, estas formas se han vuelto más escabrosas que nunca – vean cualquier diario hoy. Ven, Oh Señor, vuelve y no tardes, porque de otro modo nos vamos a devorar unos a otros como animales salvajes.
“El Señor vendrá, id a encontrarle diciendo: Gran es su principio y su Reino no tendrá fin: Dios, Poderoso, Señor de todo, Príncipe de la Paz, aleluya, aleluya”. Con palabras parecidas, tal vez, los Reyes Magos aclamaron al Cristo Niño cuando después de largos viajes lo encontraron. Convertidos de hoy, después de largas tribulaciones en los desiertos del ateísmo, ojalá puedan todavía encontrar parecidas palabras para recordarnos como el Niño en el pesebre tendría que ser aclamado. Sin El, el mundo no puede tener paz y está al borde de otra tremenda guerra. Divino Niño, ven, no tardes, o sino pereceremos todos.
“Tu Palabra Todopoderosa, Oh Señor, fluirá de tu trono real, aleluya”. Navidad es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad descendiendo todo el camino desde el Cielo, revistiéndose de una frágil naturaleza humana y naciendo de una Madre humana, para rescatarnos de la esclavitud del Diablo y reabrirnos las puertas del Cielo para las almas de buena voluntad, dispuestas a creer. Divino Niño, yo creo. Ayuda Tú a mi descreimiento y ayuda con gracias especiales en la Fiesta de tu nacimiento a millones y millones de almas descreídas.

Kyrie eleison.

Mons. Richard Williamson, Comentarios Eleison” n° 284, 22 de diciembre 2012.

martes, 11 de diciembre de 2012

Segundo Domingo de Adviento.



En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Queridos fieles,

Movidos por una santa impaciencia, los discípulos de San Juan Bautista preguntaron a Nuestro Señor: “¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?”. Y, respondiendo Jesús, les dijo: “Id y contad a Juan lo que habéis oído y visto. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan[1].
Se realizó la profecía mesiánica de Isaías. Los milagros cumplidos por Nuestro Señor son la prueba que El es el Salvador prometido por Dios. Y estos milagros físicos representan los milagros morales de la curación y salvación de las almas.
La Santa Iglesia, que es “Jesús continuado y difundido[2], tiene la misión de renovar estos milagros de la gracia en las almas hasta el fin del mundo. Hubo santos que incluso curaron los cuerpos y resucitaron muertos, pero la misión esencial de la Iglesia es santificar las almas y salvarlas de la muerte eterna. Y lo hace por el ministerio de los sacerdotes y también por la consagración de los religiosos y de las religiosas, las cuales pueden convertir muchas almas por su oración y la práctica de sus santos votos; así ciegos, cojos, sordos, leprosos serán curados y muertos son resucitados.

• En efecto, por el sacerdote de Jesucristo, los ciegos ven y los sordos oyen: la ceguera y la sordez espirituales son enfermedades muy extendidas hoy. A la luz de la verdad, los hombres prefieren la libre opinión. “No soportan la sana doctrina, se eligen maestros a granel, desvían sus oídos de la verdad y se vuelven hacia fábulas[3], dice san Pablo. Por eso dice el mismo San Pablo al sacerdote: “Haz obra de predicador del Evangelioproclámalo, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, ruega, exhorta con paciencia siempre y afán de enseñar”. No se trata ni de diálogo, ni de martillazos grandilocuentes e interminables, pero sí de la verdad de Nuestro Señor trasmitida por amor a las almas: La verdad con la humildad y la caridad sacerdotales son los remedios que necesitan los ciegos y los sordos de este pobre mundo, y también los tuertos y los que perdieron el oído fino, esto es los católicos que no profundizan su conocimiento de la verdadera religión, que practican la polémica estéril de los inmaduros o la política de la avestruz, de los timoratos. “¡Señor, danos sacerdotes!”

• El sacerdote de Jesucristo también cura los cojos, les da incluso alas: Tantas almas caminan en esta vida sin fortaleza, tropezando con los obstáculos del mundo, cayendo en sus asechanzas, arrastrándose en la sensualidad, aturdidos por el respeto humano, las mentiras, las inmoralidades de los medias y la informática desenfrenada. El sacerdote, por sus exhortaciones, sus consejos, por el ejemplo de su vida, cura la pereza espiritual, enciende las voluntades desanimadas y las conduce por el camino de la santidad. “¡Señor, danos santos sacerdotes!”

• En fin, el ministro de Nuestro Señor Jesucristo tiene el poder de purificar a los leprosos y resucitar a los muertos. Sobre los 200 000 seres humanos que agonizan cada día en el mundo, ¿cuantos ya son muertos espiritualmente? La lepra del pecado, incubada o declarada, es lo peor que le puede suceder a un alma. Ningún premio nobel de medicina la puede curar. El pecado es una lepra, esto es, una enfermedad que desfigura, provoca anemia, es contagiosa, vuelve monstruoso al hombre y lo mata. Los rasgos de la imagen de Dios se convierten en los de un ser deforme, como los de una caricatura, esto es, un rostro cuyos defectos resultan acentuados, desmedidos. Ya no forma parte de la familia de Dios, la imagen de Nuestro Señor ha desaparecido en el pobre pecador, es una criatura vagabunda sin destino, o mejor dicho con un destino espantoso, un destino eterno de fealdad y de odio, un destino sin Dios para siempre. ¡Pobre criatura! ¡Pobre ser también el que, poco a poco, de concesión en concesión, se acerca de este tremendo estado de pecado mortal!

¿Quien es el médico especializado, (y sin honorarios), que dará la salud completa a esta pobre alma, la curará, la resucitará, le dará la paz interior, y la belleza y la vida de la gracia, principio de la Vida Eterna? El sacerdote, con la absolución sacramental, el sacerdote con la receta de la oración perseverante, de la asistencia a la Santa Misa y de la huida determinada de las ocasiones, el sacerdote cuya oración y penitencia apoyarán su buena voluntad para no caer de nuevo, el sacerdote con la preciosa ayuda de los religiosos. ¿Por qué las almas hoy en día van de secta en secta, consultan psicoanalistas, gurús, cartománticos y brujos de toda especie, buscan músicas new-age y hacen sesiones de yoga y de zen, pasan horas dialogando con anónimos por computador? ¿Por qué? Porque los confesionarios están sin sacerdotes. Entonces muchísimas almas son como ovejas extraviadas que siguen mercenarios en pastos envenenados.

¡“Señor, danos muchos santos sacerdotes e muchas santas vocaciones religiosas”!

Ave María Purísima

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

_____________________
[1] Mat. 11, 2-10.
[2] Bossuet.
[3] 2 Tim. 4

R.P. Bertrand Labouche, sermón publicado en la sección “Mi amigo el Cura” de Panorama Católico Internacional.

martes, 13 de noviembre de 2012

De la impenitencia.



Sermón LII para la dominica vigésimatercia después de Pentecostés.

Domine, filia mea modo defunca est.
«Señor, una hija mía acaba de morir».
(Matth. IX, 18)

¡Cuán bueno es Dios! Si hubiésemos de obtener el perdón de parte de un hombre que tuviese de nosotros algún motivo de queja, ¡cuántos disgustos tendríamos que sufrir! No sucede esto de parte de Dios. Cuando un pecador se humilla y se postra y le abraza, según aquéllas palabras de Zacarías: «Convertíos a mí, dice el Señor de los ejércitos  y yo me convertiré a vosotros. (Zach. I, 3). Pecadores, dice el Señor: si yo os volví las espaldas es porque vosotros me las volvisteis primero. Tornad a mí, y yo tornaré a vosotros y os ofreceré mis brazos. Cuando el profeta Natán reprendió a David de su pecado, éste exclamó: Peccavi Domine: «He pecado contra el Señor»; y Dios le perdonó inmediatamente, como le anunció el profeta por estas palabras: Dominus quoque transtulit peccatum tuum (II. Reg. XII, 13). Pero vengamos al Evangelio de hoy, en el que se refiere, que cierto príncipe, cuya hija acababa de morir, recurrió inmediatamente a Jesucristo, suplicándole que le restituyese la vida: «Señor, -le dijo-, mi hija acaba de morir, pero ven tu a mi casa, pon la mano sobre ella, y vivirá». Explicando este texto San Buenaventura, se vuelve hacia el pecador y le dice: Tu hija quiere decir tu alma, que ha muerto por la culpa; conviértete presto. Amados oyentes míos, esa hija es vuestra alma que ha muerto por el pecado; convertíos a Dios; más hacedlo presto, porque si tardáis y diferís la conversión de día en día, la cólera celeste caerá sobre vosotros, y seréis precipitados al Infierno. Este es el objeto de la presente plática. En él os haré ver:

1. El peligro que corre el pecador que tarda en convertirse.
2. El remedio que debe emplear el pecador que quiere salvarse.

Punto I

Peligro que correo el pecador que tarda a convertirse.

1. San Agustín dice, que hay tres especies de cristianos. Los primeros son aquellos que han conservado su inocencia después del bautismo. Los segundos, los que después de haber pecado se convirtieron, y perseveraron en estado de gracia. Y los terceros pertenecen todos aquellos que cayeron y recayeron en el pecado, y llegan a este estado a la hora de la muerte. Hablando de los primeros y de los segundos, asegura que se salvarán, más en cuanto a los terceros, dice que nada presume y que nada promete; y por estas palabras da claramente a entender, que es muy difícil que se salven. Santo Tomás enseña, que el que está en pecado mortal no puede vivir sin cometer otros pecados. Y antes que él lo dijo San Gregorio: «El pecado que no  se borra con la penitencia arrastra a otro pecado con su misma malicia; de donde resulta, que no solamente es pecado, sino causa del pecado» (san Greg. I. 3, Mor. c. 9). Y conforme San Antonino con esta idea, dice: que aún cuando el pecador conozca el bien que es estar en gracia de Dios, sin embargo, como se halla privado de ella siempre recae, por más que se esfuerce por no recaer. ¿Y cómo podrá dar fruto el sarmiento que está separado de la vid? Pues todos los hombres que se hallan en pecado, son otros tantos sarmientos de la vid, esto es de Jesucristo. Por esta razón nos dice el Señor: «Al modo que el sarmiento no puede de suyo producir el fruto, si no está unido con la vid; así tampoco vosotros, si no estáis unidos conmigo por la gracia». (Joann. XV, 4).
2. Pero yo, dicen algunos jóvenes, quiero consagrarme presto al servicio de Dios. Esta es la falsa esperanza de los pecadores, que los conduce a vivir en pecado hasta la muerte, y luego al Infierno. Tú, que dices que luego te convertirás a Dios, respóndeme: ¿quién te asegura que tendrás tiempo para hacerlo, y que no te sorprenderá una muerte repentina que te arrebate del mundo antes de poder practicarlo? Esta posibilidad manifiesta San Gregorio (Hom. 12 in Evang.), donde dice: «El Señor que prometió el perdón al que se arrepiente de su culpa, no prometió conceder tiempo para convertirse al que quiere perseverar en el pecado». Asegura el pecador que se convertirá después; pero Jesucristo afirma, que no nos corresponde a nosotros el saber los tiempos y momentos que Dios tiene reservados a su poder soberano. San Lucas escribe que nuestro divino Salvador vió una higuera que no había dado fruto en tres años seguidos. (Luc. XIII, 7). Por lo cual dijo al que cultivaba la viña : «Córtala; ¿para que ha de ocupar terreno en balde?» (Ibid). Tú pecador, que dices que después te dedicarás al servicio de Dios, respóndeme: ¿para que te conserva vivo el Señor? ¿Acaso para que sigas pecando? No, sino para que abandones el pecado y hagas penitencia.  (Rom. II, 4). Y ya que no quieres enmendarte, diciendo que después lo harás, teme no sea que diga el Señor: Córtale; pues ¿para que ha de vivir en la tierra? ¿Acaso para seguir ofendiéndome? ¡Ea! Cortadle presto y echadle al fuego, porque es árbol que no da fruto. Omnis ergo arbor, quæ non facit fructum bonum, excidetur, et in ignem mittetur. (Matth. III, 10).
3. Más supongamos que el Señor te dé tiempo para convertirte; si no lo haces ahora, ¿lo harás acaso después? Sepas que los pecados son otras tantas cadenas que sujetan al pecador, y le impiden entrar por el camino de la gracia. Hermano mío, si no puedes romper las cadenas que te atan al presente, ¿podrás por ventura, romperlas después, cuando sean más fuertes por los nuevos pecados que cometas? Esto mismo demostró el Señor un día al abad Arsenio, como se refiere en las Vidas de los Padres. Para darle a entender a dónde llega la locura de los que dilatan la penitencia, le hizo ver un etíope  que no pudiendo levantar del suelo un haz de leña, el seguía aumentándolo; por lo cual le era imposible levantarlo. Y luego le dijo: Lo mismo hacen los pecadores: desean verse libres de los pecados cometidos, y cometen otros nuevos. Estos nuevos pecados los inducen luego a cometer otros de mayor malicia, y en mayor número. Vemos el ejemplo de esto en Caín, que, primeramente, tuvo envidia a su hermano Abel, luego le aborreció, después le mató, y últimamente, desesperó de la divina misericordia, diciendo: «Mi iniquidad es tan grande, que no merece perdón». (Gen. IV, 13). Del mismo modo Judas, primeramente, cometió pecado de avaricia, después entregó a Jesucristo, y, últimamente, se quitó la vida. Todos estos efectos son del pecado; porque atan al pecador, y le esclavizan de tal modo, que el desgraciado conoce su ruina y la buscaIniquitates suæ capiunt impium. (Prov. v, 22).
4. Los pecados, además, agravan tanto al pecador, que no le permiten pensar en el Cielo ni en su salvación eterna. Dominado de esta idea David, exclamaba: «Mis maldades sobrepujan por encima de mi cabeza, y como una carga pesada, me tienen agobiado». (Psal. XXXVII, 5). Viéndose en semejante estado el desgraciado pecador, pierde el uso de la razón, no piensa sino en los bienes de la tierra, y se olvida del juicio divino, como dice Daniel (13, 9), por estas palabras: «Perdieron el juicio, y desviaron sus ojos para no mirar al Cielo, y para no acordarse de los justos juicios del Señor». Su ceguedad llega hasta el punto de odiar la luz temiendo que la luz turbe sus indignos placeres; porque quien obra mal, aborrece la luz, como dice San Juan (III, 20): Qui male agit, odit lucem. De esta ceguedad dimana, que estando sin vista estos infelices, andan de pecado en pecado, y todo lo desprecian: amonestaciones, divinas inspiraciones, Infierno, Gloria y al mismo Dios. Porque como se lee en los Proverbios: «De nada ya hace caso el impío cuando ha caído en el abismo de los pecados». (Proverb. XVIII, 3).
5. Dice Job (16, 15) : «Me ha despedazado con heridas sobre heridas; el cual gigante se ha arrojado sobre mí». Cuando el hombre vence una tentación, adquiere mayor fuerza para vencer la segunda, y el demonio la pierde. Pero, al contrario; cuando cede a la tentación, el demonio adquiere fuerzas de gigante, y el hombre queda tan debilitado, que no tiene fuerzas para resistirlo. Al sentirse uno herido de la mano del enemigo, le faltan las fuerzas; si luego recibe  otra, queda tan debilitado, que ni siquiera podrá defenderse. Pues esto mismo sucede a los necios que dicen: Después me dedicaré al servicio de Dios. ¿Cómo han de poder resistir al demonio, después que hayan perdido las fuerzas y se hayan gangrenado sus heridas? Con razón clamaba el real Profeta, diciendo: «Enconáronse  y corrompiéronse mis llagas a causa de mi necedad». (Psal. XXXVII, 6). En un principio es cosa fácil curar las llagas; pero, después que se han gragrenado, es cosa muy difícil, porque entonces es preciso aplicarles el fuego; y aún con esta medicina, hay muchas personas que no curan.
6. Más, dirá alguno:San Pablo dice: que Dios quiere que todos se salven: Omnes homines vult salvos fieri. (I. Tim. I, 15). Y Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores, como lo asegura el mismo Apóstol: Christus Jesus venit in hunc mundum peccatores salvos facere. (I,Tim. I, 15). He aquí la contestación: Sí; Dios quiere que todos los hombres se salven; ¿quién lo niega? Pero aquellos que quieren salvarse; más no aquellos que quieren su condenación. También es verdad, que Jesucristo vino a salvar a los pecadores; más no a pecadores obstinados que aman el pecado y desprecia a Dios. Para salvarnos necesitamos dos cosas: la primera, la gracia de Dios; la segunda, nuestra cooperación. Por esta razón dice el Señor: «Yo estoy a la puerta de vuestro corazón, y llamo: si alguno escuchase mi voz y me abriere la puerta, entraré en él». (Apoc. III, 20). Luego , para que la gracia de Dios entre en nosotros, es necesario que obedezcamos a su voz y le demos entrada a nuestra salvación con temor y temblor. Con estas palabras nos manifiesta, que debemos contribuir con nuestras buenas obras al logro de nuestra salvación; porque, de otro modo, el Señor nos dará sólo la gracia suficiente y no la eficaz, sin la cual, como dicen los teólogos, no nos salvaremos. Y la razón de esta conducta es la siguiente: El que esté en pecado y sigue pecando, cuanto más apego tiene a la carne, más se aleja de Dios. ¿Cómo, pues, puede Dios acercársenos con su gracia, cuando nosotros nos estamos alejando más de Dios por el pecado? Es claro que entonces Dios se retira de nosotros, y cierra la mano que antes tenía abierta para dispensarnos mercedes; lo cual confirma el mismo Dios por el profeta Isaías con estas palabras: «Y dejaré que se convierta la tierra en un erial, y mandaré a las nubes que no lluevan gota sobre ella». (Isa. V, 6). Esta tierra es el alma del pecador que Dios va abandonando; y las nubes son sus inspiraciones y su gracia que fecundan nuestras almas, así como el agua de las nubes fecundiza la tierra. Cuando el alma sigue ofendiendo a Dios, el Señor la abandona y le niega sus auxilios. Entonces la desgraciada carece del remordimiento de la conciencia y de la luz, y se aumenta su ceguedad y la dureza de su corazón; y, finalmente, se hace insensible a las divinas inspiraciones y a las máximas evangélicas, y sigue los funestos ejemplos de otras almas rebeldes como ella, que fueron por sus pecados a parar en el abismo del Infierno.
7. A pesar de todo esto, el pecador obstinado suele decir: Más ¿quién sabe si Dios se apiadará de mí, como ya lo ha hecho con otros grandes pecadores? Pero a esta pregunta responde San Juan Crisóstomo de este modo: «Dices, que quizá se apiadará. ¿Porqué dices quizá? Es cierto que sucede alguna vez; pero piensa que tratas de la salvación de tu alma». (S. Joan Crysost. Hom. 22, in 2 Cor.) Es cierto digo yo también, que Dios ha salvado a grandes pecadores por medio de ciertas gracias extraordinarias; pero estos son casos rarísimos, son prodigios y milagros de la gracia, con los cuales ha querido Dios demostrar a los pecadores la grandeza de su misericordia. Y, regularmente, con aquellos pecadores indecisos que no acaban a determinarse, se determina el mismo Dios a enviarlos al Infierno, con arreglo a las amenazas que les ha hecho Dios tantas veces, como consta en la Sagrada Escritura. Dice el Señor: «Menospreciasteis todos mis consejos y ningún caso hicisteis de mis reprensiones: yo también miraré con risa vuestra perdición a la hora de la muerte». (Prov. I, 25 et 26). Y en el v. 28 añade: «Entonces me invocarán, y no les oiré». Dios sufre las ofensas, más no las sufre siempre; y cuando llega el momento de castigarlas, castiga las pasadas y las presentes.
8. Empero, Dios está lleno de misericordia, dice el pecador. Cierto que está lleno de misericordia; pero no obra sin razón ni juicio. El usar siempre de misericordia con el que quiere seguir ofendiéndole, no sería bondad en Dios, sino estupidez. Y el Señor dice por San Mateo (XX, 15):«¿Has de ser tu malo porque yo soy bueno?». El Señor realmente es bueno, pero también es justo, y por lo mismo nos exhorta a que observemos sus mandamientos si queremos salvarnos.Si Dios tuviese misericordia de los buenos y de los malos, de modo, que concediese la gracia de convertirse indistintamente a todos antes de morir, esta manera de obrar sería hasta para los buenos una grande tentación de perseverar en el pecado. Más no lo hace así; sino que cuando ha apurado su misericordia, castiga y no perdona. «En el invierno no se puede trabajar por el frío, y el sábado porque lo prohíbe la ley». Las palabras de San Mateo significan que vendrá tiempo para los pecadores impenitentes, que querrán dedicarse al servicio de Dios, y se lo impedirán sus malos hábitos.

Punto II

Remedio para salvarse el que se halla en pecado.

9. Preguntó uno a Jesucristo, cuando iba enseñando por las ciudades y aldeas de camino para Jerusalén: Señor, ¿Es verdad que son pocos los que se salvan? Él en respuesta, dijo a los oyentes:«Procurad entrar por la puerta angosta; porque os aseguro que muchos buscarán como entrar, y no podrán». (Luc. XIII, 23 et 24). Dice el Señor por estas palabras, que muchos quieren entrar en el Cielo, más no entran. ¿Y porqué no entran? porque quieren entrar sin incomodidad, y sin hacerse violencia para abstenerse de los placeres. La puerta del Cielo es angosta, y es menester fatigarse y esforzarse para entrar en ella. Y debemos persuadirnos, que no siempre podremos hacer mañana lo que podremos hacer hoy. El no creer esta verdad es lo que conduce a tantas almas al Infierno. El alma que hoy es fuerte, mañana será más débil, como hemos dicho antes, estará más obcecada y más dura, le faltarán los auxilios divinos; y de  este modo morirá en su pecado. Puesto que conoces, ¡Oh pecador! que es necesario dejar el pecado para salvarte, ¿porqué no lo dejas en el instante que Dios te llama? Si le has de dejar alguna vez, decía San agustín, ¿porque no le dejas ahora? La ocasión que tienes al presente de poner remedio a tu mala vida, quizá no la tendrás después; y aquella misericordia que Dios usa ahora contigo, quizá no la usará mañana. Por tanto, si quieres salvarte, haz presto lo que tendrías que hacer tarde. Confiésate cuanto antes puedas, y teme que cualquier tardanza puede causar la ruina de tu alma.
10. Escribe San Fulgencio: Si estuvieses enfermo, y el médico te ofreciese un remedio seguro para sanarte, ¿dirías acaso entonces, no quiero sanar ahora porque espero sanar mañana? Y cuando se trata de la salud del alma, ¿hemos de querer perseverar en el pecado, diciendo: espero que Dios también será misericordioso conmigo mañana? Y si el Señor no quiere serlo mañana por sus altos juicios, ¿cuál será tu muerte? ¿No quedarás condenado para siempre? He ahí porqué nos dice el Apóstol, que obremos el bien mientras tenemos el tiempo. Y por lo mismo nos exhorta el Señor a estar en vela y defensa de nuestras almas, «porque no sabemos cuando ha de venir a tomarnos cuenta de nuestra vida». (Matth. XXV, 13).
11«Tengo siempre mi alma en la mano en un hilo», decía el real Profeta. El que lleva en un dedo un diamante de gran valor, mira en cuando su mano para asegurarse si está allí el diamante. Pues el mismo cuidado debemos tener de nuestra alma, que es el diamante más precioso que poseemos. Y si por desgracia la perdemos por algún pecado, debemos tomar inmediatamente todas las medidas para recobrarla, recurriendo a nuestro divino Salvador, como lo hizo la Magdalena, que corrió a postrarse a los pies de Jesucristo, luego que conoció el estado en que se hallaba, y lloró hasta obtener el perdón. Escribe San Lucas: Jam enim securis ad radicem arborum posita est. (Luc. III, 9). Sabed, pecadores, que la segur de la justicia divina esta amenazando al que vive en pecado. Temblad del golpe que va a descargar su venganza. Pero al mismo tiempo, alentaos almas cristianas; y si os domina algún mal hábito romper sin tardanza sus ligaduras, y no seáis esclavas del demonio. «¡Oh hija de Sión, que vives cautiva! -dice Isaías a las almas de los pecadores-, sacude de tu cuello el yugo». (Isa. LII, 2). Y San Ambrosio añade: «Has puesto el pie sobre la boca del volcán, que es el pecado que conduce a la puerta del Infierno; levántate y retrocede; porque de otro modo caerás en un abismo de donde no podrás salir».
Yo tengo un mal hábito que me domina, exclama el pecador. Pero si tu quieres dejar el pecado, ¿quién te obligará a pecar? Todos los malos hábitos y todas las tentaciones del Infierno se vencen con la gracia de Dios. Encomiéndate a Jesucristo, pídele su amparo, y Él te dará fuerzas para vencer. Cuando, empero, te veas en alguna ocasión próxima de pecar, es necesario que se evite prontamente, porque, de otro modo, volverás a caer. San Jerónimo dice: que no debemos detenernos a desatar la tentación, sino que debemos cortarla de un golpe: Potius præscinde, quam solve. Ve presto, hermano mío, a buscar un confesor, y él te dirá lo que debes practicar. Y si por desgracia cometieses después algún pecado mortal, confiésale aquél mismo día, o aquella noche si puedes. Escucha, finalmente, lo que ahora te digo: Dios está dispuesto a socorrerte, y tu salvación depende de tí. Tiembla, pues ¡Oh Cristiano! porque estas palabras mías te atormentarán como otras tantas espadas por toda la eternidad en el Infierno si ahora las desprecias.

San Alfonso María de Ligorio, visto en Ecce Christianvs.

lunes, 15 de octubre de 2012

La Pasión de la Iglesia.




Me parece que se puede comparar esta pasión que sufre hoy la Santa Iglesia con la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Ved como han quedado estupefactos los mismos Apóstoles delante de Nuestro Señor amarrado, habiendo recibido de Judas el beso de la traición. Él es conducido cubierto de púrpura, se burlan de Él, lo golpean, lo cargan con la Cruz y los Apóstoles huyen, ellos se escandalizan. No es posible que Aquel que Pedro ha proclamado: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”, sea reducido a esta indigencia, a esta humillación, a este escarnio. No es posible. Ellos huyen de Él.
Sólo la Virgen María con San Juan y algunas mujeres rodean a Nuestro Señor y conservan la fe. Ellos no quieren abandonarlo. Saben que Nuestro Señor es verdaderamente Dios, pero saben también que es hombre. Precisamente esta unión de la Divinidad con la Humanidad de Nuestro Señor ha pre­sentado problemas extraordinarios. Pues Nuestro Señor no solamente ha querido ser hombre, ha queri­do ser un hombre como nosotros, con todas las consecuencias del pecado, pero sin pecado, quedando fuera el pecado; sin embargo, ha querido sufrir todas sus consecuencias: el dolor, el cansancio, el sufri­miento, el hambre, la sed, la muerte. Hasta la muerte, sí. Nuestro Señor ha realizado esta cosa extraor­dinaria que ha escandalizado a los Apóstoles antes de escandalizar a muchos otros que se han separado de Nuestro Señor o no han creído en su Divinidad.
Durante el curso de la historia de la Iglesia se ven esas almas que, asombradas por la debilidad de Nuestro Señor, no han creído que Él era Dios. Es el caso de Arrio. Arrio ha dicho: No; no es posible, este hombre no puede ser nuestro Dios, puesto que Él ha dicho que era menos que su Padre, que su Padre era más grande que Él. Entonces, Él no es Dios. Puesto que Él ha pronunciado esas palabras tan sor­prendentes: “Mi alma está triste hasta la muerte”. ¿Cómo Aquel que tenía la visión beatífica, que veía a Dios en su alma humana y que era entonces mucho más glorioso que enfermo, mucho más eterno que temporal —su alma ya estaba en la eternidad bienaventurada— he aquí que sufre y dice: “Mi alma está triste hasta la muerte”?, y luego pronuncia esas palabras asombrosas que nosotros jamás hubiéramos imaginado en los labios de Nuestro Señor: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Entonces el escándalo, por desgracia, se extiende en medio de las almas débiles y Arrio empuja a casi toda la Iglesia a decir: “No, esta persona no es Dios”.
Otros, al contrario, reaccionarán y dirán: puede ser que todo lo que Nuestro Señor ha soportado, esta sangre que corre, estas heridas, esta Cruz, no sean más que fruto de la imaginación. Ciertamente, son hechos exteriores que han sucedido, pero que no eran reales.  Algo así como el Arcángel San Rafael cuando acompañó a Tobías y le dijo luego: “Vosotros creíais que yo comía cuando tomaba el alimento, pero no, yo me nutro de un alimento espiritual”. El arcángel San Rafael no tenía un cuerpo como el de Nuestro Señor Jesucristo, ni había nacido en el seno de una madre terrenal como Nuestro Señor Jesucristo ha nacido de la Virgen María. “Nuestro Señor era un fenómeno como aquel, parecía comer pero no comía, parecía sufrir pero no sufría”: Estos fueron los que negaron la naturaleza humana de Nuestro Señor, los monofisitas y los monotelitas, que negaron la naturaleza humana y la voluntad huma­na de Nuestro Señor Jesucristo. Los que decían: “todo era Dios en Él. Todo lo que pasó no fueron sino apariencias”. Ved las consecuencias de aquellos que se escandalizan de la realidad, de la Verdad.

Haré una comparación con la Iglesia de hoy. Nosotros estamos escandalizados, sí, verdadera­mente escandalizados de la situación de la Iglesia. Pensábamos que la Iglesia era verdaderamente Divina, que Ella no podía equivocarse jamás, que Ella jamás podía engañarnos. Sí, es verdad, la Iglesia es Divina, Ella no puede perder la Verdad, Ella guardará siempre la Verdad eterna. Pero Ella es huma­na también, es humana y mucho más que Nuestro Señor. Él no podía pecar, era el Santo y el Justo por excelencia. La Iglesia es verdaderamente divina; nos brinda todas las cosas de Dios —particularmente la Santa Eucaristía—, cosas eternas que no podrán cambiar jamás, que serán la gloria de nuestras almas en el Cielo. Sí, la Iglesia es divina pero es humana. Ella está apoyada en hombres que pueden ser peca­dores, que lo son y que, si bien participan en una cierta manera de la divinidad de la Iglesia, en una cier­ta medida (como el Papa, por ejemplo, por su infalibilidad, por el carisma de la infalibilidad participa de la divinidad de la Iglesia y sin embargo sigue siendo hombre), ellos siguen siendo pecadores. Fuera del caso en que el Papa usa de su carisma de la infalibilidad, puede errar y puede pecar. ¿Por qué escanda­lizarnos y decir como algunos, a imagen de Arrio, que él no es Papa? “No es Papa”, como decía Arrio: “No es Dios, no puede ser, Nuestro Señor no puede ser Dios”. Nosotros estaríamos tentados también de decir: “No es posible, él no puede ser Papa haciendo lo que hace”.
O, al contrario, como otros que divinizarían la Iglesia a tal punto que todo será perfecto en Ella, podríamos decir: “no se debe hacer nada que pueda oponerse a lo que venga de Roma, porque todo es divino en Roma y nosotros debemos aceptar todo lo que viene de Roma”. Los que hacen así son como aquellos que dicen que no era posible que Nuestro Señor sufriera, que no eran más que apariencias de sufrimientos, pero que en realidad Él no sufría, en realidad su Sangre no se había derramado. Eran apa­riencias que estaban en los ojos de aquellos a su alrededor, pero no eran realidad. Sucede lo mismo hoy con algunos que siguen diciendo: “No, nada puede ser humano en la Iglesia, nada puede ser imperfecto en Ella”. Se equivocan también. No siguen la realidad de las cosas. Hasta dónde pueda ir la imper­fección de la Iglesia, hasta donde puede subir, yo diría, el pecado en la Iglesia, en la inteligencia, en el alma, en el corazón y en la voluntad, los hechos nos lo demuestran. Así como yo os decía hace un momento, nosotros no habríamos jamás osado poner sobre los labios de Nuestro Señor estas palabras: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”  Y bien: jamás habríamos pensado que el mal, el error, podrían penetrar así en el interior de la Iglesia.

Nosotros vivimos esta época. No podemos cerrar los ojos. Los hechos están delante y no depen­den de nosotros. Somos testigos de lo que sucede en la Iglesia, de aquello aterrador que ha sucedido después del Concilio, de estas ruinas que se acumulan, de día en día, de año en año, en la Santa Iglesia. Más avanzamos, más se expanden los errores y más fieles pierden la fe católica. Una encuesta hecha recientemente en Francia decía que prácticamente sólo dos millones de católicos franceses son aún ver­daderamente católicos. Vamos hacia el fin. Todo el mundo va a caer en la herejía. Todo el mundo caerá en el error puesto que algunos clérigos, como decía San Pío X, se han metido en el interior de la Iglesia y la han ocupado.  Ellos han propagado los errores valiéndose de los puestos de autoridad que ocupan en la Iglesia.
Entonces, ¿estamos obligados a seguir el error, porque él nos viene dado por vía de autoridad? No más de lo que deberíamos obedecer a padres indignos que nos pidieran hacer cosas indignas, debemos obedecer a aquellos que nos piden abandonar nuestra fe y toda la Tradición. Eso está fuera de discu­sión. ¡Oh, por cierto, es un gran misterio!, este misterio de la unión de la divinidad con la humanidad. La Iglesia es divina, la iglesia es humana. ¿Hasta dónde los defectos de la humanidad pueden alcanzar, yo diría casi, la divinidad de la iglesia? Sólo Dios lo sabe.  ¡Es un gran misterio!
Nosotros constatamos los hechos, debemos ubicamos delante de los hechos y jamás abandonar la Iglesia, la Iglesia Católica y Romana, no abandonarla jamás, jamás abandonar al sucesor de Pedro, pues­to que es por él que estamos ligados a Nuestro Señor Jesucristo. Pero, si por desgracia, arrastrado por no sé qué espíritu o que formación o qué presión que él sufre, por negligencia él nos deja y nos arrastra hacia caminos que nos hacen perder la fe, y bien, nosotros no debemos seguirlo, reconociendo sin embargo que él es Pedro y que si él habla con el carisma de la infalibilidad, nosotros debemos aceptar, pero cuando él no habla con este carisma, puede muy bien, por desgracia, equivocarse. No es la prime­ra vez que nosotros constatamos algo semejante en la historia.
Estamos profundamente perturbados, profundamente mortificados, nosotros que amamos tanto a la Santa iglesia, que la hemos venerado y que la veneramos siempre. Es exactamente por ese motivo que este Seminario existe, por amor de la Iglesia, católica, romana, y que todos estos seminarios existen. Nosotros estamos profundamente mortificados en el amor de nuestra Madre, al pensar que sus servido­res, por desgracia, no la sirven más o inclusive lo hacen contra Ella. Nosotros debemos rezar, debemos sacrificamos, debemos permanecer como María al pie de la Cruz, no abandonar a Nuestro Señor Jesu­cristo, aun si él parece, como dicen las Escrituras: “Era como un leproso” sobre la Cruz. Y bien, la Vir­gen María tenía la fe y veía detrás de esas llagas, detrás del corazón traspasado, a Dios en su Hijo, su Divino Hijo.
Nosotros también, a través de las llagas de la Iglesia, a través de las dificultades, de la persecución que sufrimos, aun de parte de aquellos que tienen autoridad en la Iglesia, no abandonamos la Iglesia, amamos a nuestra Madre la Santa Iglesia; sirvámosla siempre a pesar de las autoridades si es necesario. A pesar de esas autoridades que nos persiguen, equivocadas, continuemos nuestra senda, continuemos nuestro camino: nosotros queremos mantener la Santa Iglesia Católica y Romana, queremos continuar­la y lo hacemos por el sacerdocio, por el sacerdocio de Nuestro Señor Jesucristo, por los verdaderos sacramentos de Nuestro Señor, su verdadero catecismo.

Mons. Marcel Lefebvre, extractos del sermón del 29 de junio de 1982.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Sermón: El sentido del sufrimiento.



Estimados fieles, el viernes celebramos la fiesta de N. Señora de los Siete Dolores, de la Madre de Dios que sufre en el Calvario. Recordemos, entonces, algunas verdades acerca del sufrimiento.

La primera verdad que conviene recordar es que ES IMPOSIBLE EVITAR EL SUFRIMIENTO.
Cristo dice que vamos a sufrir. ¿En qué lugar de los Evangelios se nos promete una felicidad completa o estable en esta vida?  Al contrario, dice, en el sermón de las Bienaventuranzas: bienaventurados los que sufren en la tierra porque serán felices en el Cielo. ¿Dónde dice que vamos a estar libres de tribulaciones?  Al contrario,  las promete cuando dice: en el mundo tendréis tribulación pero -agrega- ¡ánimo, Yo he vencido al mundo!  Si no podemos evadir el sufrimiento, de lo que se trata, entonces, es de saber llevar la cruz, se trata de saber sufrir. El que quiera venir en pos de de Mí -dice N. Señor- niéguese a sí mismo, tome su Cruz y sígame.

Segunda verdad, consecuencia de la primera: HAY QUE ACEPTAR EL SUFRIMIENTO.

Tengo muchos amigos que dicen amarme, pero que en el fondo me aborrecen porque no aman mi Cruz. Tengo muchos amigos de mi mesa, pero muy pocos de mi Cruz, dice la Imitación de Cristo (II, c 2, n 1). Cabe preguntarnos si vivimos como amigos o como enemigos de la cruz de Cristo. Porque el mundo nos arrastra a buscar siempre el bienestar, la comodidad y el placer, y a evitar y a detestar todo sufrimiento. Si  esta es nuestra actitud habitual, no sabemos sufrir y somos enemigos de la cruz de Cristo.
Se trata de sabe sufrir: una poesía de San Luis María Grignón de Montfort (o citada por él) dice:

Elígete una cruz de las tres del Calvario;
elige con cuidado, ya que es necesario
padecer como santo o como penitente
o como réprobo que sufre eternamente.

Luego, hay 3 maneras de sufrir: como santo sufría Cristo, como penitente sufría Dimas y como réprobo sufría Gestas (el mal ladrón). Los tres sufrían el mismo tormento. De los dos ladrones, de los dos pecadores del Calvario, uno en la cruz se salvó y el otro en la cruz se condenó. Y Cristo en la cruz por la cruz nos salvó.

Sufrimos en justo castigo del pecado original y personal y para ser purificados. Pero a veces nos vemos tentados a preguntarnos ¿por qué a mí? ¿Qué he hecho para merecer tal o cual sufrimiento? Dice Mons. Lefebvre (“La Misa de Siempre”, Ed. Río Reconquista, 201º, pags. 102-106) que algunos católicos se hacen ilusiones pensando del siguiente modo: como soy cristiano, Dios me bendecirá evitándome todo sufrimiento. Pasaré mi vida sin sufrimiento ni sacrificio. Como amo a Dios, no querrá que yo sufra. Si N. Señor Jesucristo nos dio el ejemplo del sufrimiento redentor, tenemos que desear sufrir y sacrificarnos con Él.

Y acá nos encontramos con la tercera verdad, que implica dar un paso más, o mejor, un salto al infinito. Este paso es algo totalmente incomprensible y una locura para los mundanos, pero es un paso de amor heroico para los católicos: HAY QUE AMAR EL SUFRIMIENTO.

Tenemos que llegar a no considerar el sufrimiento como un mal o como un dolor insoportable, sino unir nuestros sufrimientos a los sufrimientos de N. S. Jesucristo. ¿Cómo? No es cosa fácil. No es fácil estar sonrientes y serenos en la Cruz. ¡Pero Cristo no nos pide eso! Desde antes de la crucifixión, Él sufría angustias de muerte en el monte de los Olivos, hasta el extremo de sudar sangre. ¿Cómo hay que hacer, entonces, para unir nuestros sufrimientos a los de Cristo? Responde Mons. Lefebvre: mirando a la Cruz y asistiendo a la Santa Misa, que es la continuación de la Pasión de N.S. Eso es todo lo que Dios nos pide cuando sufrimos: que con sencillez y humildad, y entre sangre, sudor y lágrimas; nos acordemos de él en su Cruz y asistamos con fe al Santo Sacrificio de la Misa, renovación del Sacrificio de Cristo en el Calvario.

Cuando se comprende el sufrimiento -sigo citado a Monseñor- éste se convierte en una alegría y se vuelve un tesoro. Nuestros sufrimientos unidos a los de N. Señor y a los de todos los mártires, a los de todos los santos, a los de todos los católicos, a los de todos los fieles que sufren en el mundo y a la Cruz de N. Señor, se convierten en un tesoro inexpresable e inefable y alcanzan una eficacia extraordinaria para la conversión de las almas y la nuestra.

Y esta es la cuarta verdad y misterio de misterios: ¡el barro se convierte en oro!: EL SUFRIMIENTO DEBE SER AMADO PORQUE UNIDO A LA CRUZ DE CRISTO SE VUELVE REDENTOR.

También sufrimos para salvar almas. Por eso el mundo, hoy más que nunca y cada vez más, odia la cruz de Cristo, odia el sufrimiento que, unido al de Cristo crucificado, adquiere un valor infinito y se hace redentor, porque Cristo nos ha querido redimir a través del sufrimiento.

La Sma. Virgen sufrió un martirio auténtico por medio de la compasión, esto es, por padecer con Cristo. Tened el deseo de sufrir con N. Señor y con la Sma. Virgen -dice Monseñor- para la salvación de vuestra alma y de todas las almas. Decía Mons. Lefebvre que Santa Teresita del Niño Jesús, en su Carmelo –sin hacer nada a los ojos del mundo, crucificada como toda verdadera carmelita-, salvó millones de almas. ¡Millones de almas! Por eso se dijo -y es verdad- que es la santa más grande de nuestros tiempos. En lugar de quejarnos tanto y tan amargamente cuando nos toca sufrir, ¡salvemos almas! ¿Hay algo más noble que eso? Por eso san Luis María Grignión de Montfort, en su “Carta a los Amigos de la Cruz”, dice que nada hay tan necesario, tan útil, tan dulce y tan glorioso como padecer.
Pasa con el sufrimiento como con el agua de las lluvias. A veces llueve: a veces hay que sufrir, quien más quien menos, quien de una forma, quien de otra. Si se deja escurrir el agua de las lluvias, termina en el mar, donde se hace inútil, se pierde. Esto sucede con el sufrimiento que es desaprovechado: no sirve de nada, se pierde. Pero si encauza esa agua y se la embalsa, sirve para regar las plantas y obtener frutos: y este es el sufrimiento que aceptamos y unimos a Cristo sufriente. Que nuestras lágrimas no lleguen al mar, que sean como esa gota de agua que, en la Misa, el celebrante mezcla con el vino que será la Sangre de Cristo. Que nuestras lágrimas no se pierdan, sino que caigan dentro del cáliz y se unan a la Sangre Redentora de N. Señor, por la oración, la comunión y la asistencia al Santo Sacrificio de la Misa.
Encontramos en  Colosenses 1, 24, estas sorprendentes palabras de San Pablo en: Yo, al presenteestoy cumpliendo en mi carne lo que queda por padecer a Cristo por su cuerpo místico, que es la Iglesia. Y Santo Tomás nos explica que no hay que entender estas palabras: lo que queda por padecer a Cristo, en el sentido de que la Pasión de Cristo fue insuficiente para la redención, por lo que necesitaría ser completada con los sufrimientos o pasiones de los cristianos. Tal interpretación sería herética, porque la Sangre de Cristo es suficiente para la redención de infinitos mundos. La verdad es que Cristo y su Iglesia son una persona mística, cuya cabeza es Cristo y cuyo cuerpo es el conjunto de los justos, y Dios dispuso la cantidad de méritos que debe haber en toda la Iglesia, tanto en la cabeza, como en los miembros. Por eso dice: completo en mi carne lo que falta por padecer a Cristo, esto es, a la Iglesia toda, cuya cabeza es Cristo. Faltaba, que así como Cristo había padecido en su cuerpo, así padeciese en San Pablo y en todos los católicos hasta que se acabe el tiempo. Faltan nuestros sufrimientos. ¿Le diremos que no a Cristo?

Estimados fieles: después de N. Señor, quien más ha sufrido en toda la historia, es la Sma. Virgen María. Recurramos cada día a ella mediante el Santo Rosario, que empieza en la Cruz y termina en la Cruz, para que por su intercesión creamos en la luz infinita que se oculta en la oscuridad del sufrimiento cristiano.

¡Ave Maria Purissima!

Mendoza 16 de septiembre del 2012.