Mostrando entradas con la etiqueta Teología y Espiritualidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Teología y Espiritualidad. Mostrar todas las entradas

sábado, 13 de julio de 2013

El origen del mal moral.


¿Qué significa eso de que por sus frutos se conoce el árbol? ¿No hablaba el Señor de las dos volun­tades del hombre, la buena y la mala, llamando a la una árbol bueno y a la otra árbol malo? Porque de la buena voluntad nacen las obras buenas, y de la mala las malas, sin que puedan las obras buenas nacer de una voluntad mala, y viceversa.
Nos preguntan de dónde ha nacido el mal. Respondemos que del bien, pero no de aquel sumo e inconmutable Bien. Los males han nacido, por lo tanto, de estos bienes inferiores y mudables. Enten­demos que el mal no puede ser una naturaleza, sino un vicio de ésta; pero, sin embargo, entendemos también que no puede por menos de nacer y vivir en alguna naturaleza y que no puede haber nada que sea malo si no se ha separado de la bondad. Pero ¿de quién es defecto el mal sino de alguna natura­leza? Porque hasta la misma voluntad mala es voluntad de alguna naturaleza. Tanto el ángel como el hombre son naturalezas, y la voluntad, si es voluntad, no puede por menos de pertenecer a alguien. Pero a tanto alcanza la voluntad, que es capaz de cualificar a la naturaleza a quien pertenece. Porque si preguntan qué es el ángel o el hombre de mala voluntad, se os responderá con toda razón: Malo; y la razón es que reciben su cualificación más de su voluntad, que es mala, que de su naturaleza, que es buena. La naturaleza es una substancia capaz de recibir la bondad o la malicia; capaz de recibir la bondad, participando del Bien, por quien fue hecha; y de recibir la malicia, 110 porque participe de algún mal, sino porque es privada del bien; esto es, no porque se mezcle con alguna naturaleza mala de suyo, puesto que no existe una naturaleza mala en cuanto tal, sino porque se separa del Bien sumo e inconmutable.


La calificación moral procede de la voluntad.

El árbol bueno no produce frutos malos, frase con la que el Señor no indica una naturaleza de la cual salgan esos frutos de que habla, sino una voluntad buena o mala, cuyos frutos son las obras, que no pueden ser malas si proceden de una voluntad buena, ni buenas si son producidas por una volun­tad mala.
Pero quizás tú u otro me pregunte: ¿Cómo es que un árbol creado por el hombre, a saber, su buena voluntad, no puede producir frutos malos, y, en cambio, de la naturaleza, que fue creada por Dios, pueden nacer árboles malos (la mala voluntad), que producen frutos malos? Dios produce la naturaleza buena, y de la naturaleza buena puede salir una voluntad mala. El hombre produce una voluntad bue­na, y de ella no pueden salir obras malas. ¿Puede el hombre más que Dios? Oíd diligentemente lo que nos dice Ambrosio: “¿Qué es la malicia sino la falta del bien? No hay nada malo sino aquello que es privado del bien, porque la raíz de la malicia consiste en la falta del bien
Deduce tú de esto que la voluntad mala es un árbol malo porque se ha separado del sumo Bien, con lo cual el bien creado se priva del Bien creador, y así se puede encontrar en él la raíz del mal, que no es otra sino la falta del bien. Y la voluntad buena es árbol bueno, porque, por medio de ella, el hom­bre se dirige al sumo e inconmutable Bien, donde se llena de él y produce frutos buenos. Pero Dios es el autor de todos los bienes, tanto de la naturaleza buena como de la voluntad buena, la cual no puede hacer nada si Dios no obra en ella.


La hipocresía.

1. Pureza de intención y fingimiento hipócrita.

Los que se apartan de aquella íntima y secretísima luz de la verdad, no encuentran donde pueda complacerse su soberbia, como no sea con fraudes y en­gaños. De ahí nace la hipocresía, en la que algunos son tan hábiles, que pueden engañar a cuantos quiera. El ojo limpio, al obrar el bien, no debe pretender las alabanzas humanas ni referir a ellas sus obras buenas, esto es, no debe hacer el bien para agradar a los hombres. En caso de no buscar más que las alabanzas humanas, bastaría con simular el bien, porque los hombres, incapaces de ver el cora­zón, alabarían lo falso; los que esto hacen simulan la bondad y son hombres de corazón doble. No tie­nen, por lo tanto, corazón sencillo, es decir, limpio, que desprecie las alabanzas humanas y mire y de­see complacer únicamente, con su vida buena, al que ve la conciencia en su interior.

2. Agradar a los hombres por Dios y para Dios.

Nos dice el Apóstol: Si aún buscase agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo, a pesar de haber dicho en otro lugar: Como procuro yo agradar a todos en todo. Los que no entienden, creen ver oposición en ambos pensamientos; pero, en realidad, lo que quiere decir al afirmar que no agrada a los hombres, es que no obra bien por complacerlos a ellos, sino a Dios, cuyo amor quiere dirigir los corazones humanos complaciéndolos. Por eso dice con razón que no procuraba agradar a los hombres, porque hasta cuando los contentaba lo hacía por Dios, y si manda a los fieles que agraden a los hombres, no es para que apetezcan esta complacencia como premio de sus obras, sino porque es imposible agradar a Dios sin mostrarse como ejemplo a los que queremos salvar, y es imposible mostrarse como ejemplo y que nos imiten si no les agradamos. Tampoco es un absurdo decir: Cuando busco el barco, no busco el barco, sino la patria a que me diri­jo-

3. Castigo del hipócrita.

Cuando hagas, pues, limosnas, no vayas tocando la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados de los hombres. No te empeñes en que te conozcan, como los hipócritas. Todos sabemos que los hipócritas no llevan en su corazón lo que muestran a los ojos de los hombres. Son simuladores disfrazados de personas distin­tas de la propia, como ocurre en las fabulas escénicas. En efecto, el finge que es justo y no lo practi­ca, porque pone todo el fruto en las alabanzas de los hombres; fruto que también los simuladores, engañando a aquellos hombres que los creen buenos y los alaban, pueden conseguir. Pero estos tales no recibirán el premio de Dios, que lee los corazones, sino el suplicio de su mentira; ya recibieron su premio de los hombres, y con toda razón se les dirá: Separaos de mí, operarios mentirosos; utilizas­teis mi nombre y no hicisteis mis obras.


Universalidad de la concupiscencia.

4. La vida del justo es una guerra, no un triunfo

Los hombres sienten una inclinación al pecado que apenas pueden contener, y por eso, en cuanto oyen que el Apóstol dice: No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, obran el mal, e ima­ginándose que no les place haberlo obrado, se creen ya semejantes al Apóstol.
En primer lugar, recordad lo que habéis oído tantas veces gracias a Dios: que la vida del justo, mientras permanece en este cuerpo, es una guerra y no un triunfo. Un día llegará el triunfo de esa gue­rra. Por eso el Apóstol ya lanza gritos guerreros, ya entona voces triunfales. Habéis oído el grito de la guerra: No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Si, pues, hago lo que no quiero, reco­nozco que la ley es buena. Queriendo hacer el bien, es el mal lo que se apega; pues siento otra ley en mis miembros que repugna a la ley de mi mente y me encadena a la ley del pecado. En esas voces de repugnancia y de cautividad, ¿no conoces el grito de la guerra? No es la hora del triunfo todavía, pero también este ha de llegar. El mismo Apóstol te lo enseña y dice: Es preciso que lo corruptible se vista de incorrupción: Ése es el grito triunfal. Entonces se cumplirá lo que está escrito: La muerte ha sido absorbida por la victoria. Gritan los triunfadores: ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu victoria? Vivimos ahora en la guerra. Los que todavía no hayan querido pelear no entenderán lo que se dijo; los que pele­áis lo entenderéis; mi voz resonará y la vuestra hablará en silencio.

5. Hay que vivir según el espíritu y no según la carne

Ante todo, recordad lo que San Pablo escribía a los gálatas, lugar en que expuso claramente esta doctrina. Hablando a los fieles y a los bautizados, a los que se les habían perdonado en aquel santo lavatorio todos los pecados; hablando, pues, a los que luchaban, les dice: Andad en espíritu y no deis satisfacción a las concupiscencias de la carne. No dice no hagáis, sino 110 perfeccionéis. ¿Por qué? Porque, continúa, la carne tiene tendencias contrarias a las del espíritu, pues una y otro se oponen de modo que no hagáis lo que queréis. Pero si os guiáis por el espíritu, no estáis bajo la ley; pero si, cier­tamente, bajo la gracia. Si os guiáis por el espíritu. ¿En qué consiste guiarse por el espíritu? En con­sentir a los mandatos del espíritu de Dios y no a los deseos de la carne. Sin embargo, ésta desea y se resiste, quiere algo que tú no quieres; persevera, y tú te opones.

San Agustín, tomado del boletín Fides n° 1069.

martes, 5 de junio de 2012

Los que no son Caridad están desnaturalizados.



¿Cómo no vamos a amar a quien tanto nos ha amado?

Cada vez que recemos o cantemos el Credo, acordémonos de este llamamiento a nuestro amor y a esta caridad que le debemos a Dios. Esforcémonos en sentir este llamamiento a orientarnos siempre con mayor profundidad a amar verdaderamente a Dios, a agradecerle, a darle gracias y a hacer todas las cosas para que su amor por nosotros no sea en vano.
La vida íntima de la Santísima Trinidad es el primero de nuestros dogmas, el dogma de base y esen­cial de nuestra fe. Es imposible ser católico y cristiano si no se tiene fe en Nuestro Señor y, por con­siguiente, en la Santísima Trinidad. ¿Quién es Nuestro Señor sino una de las Personas de la Santísima Trinidad? No podemos tener fe sólo en Nuestro Señor sin tenerla en la Santísima Trinidad y por eso mismo, no creer en la Santísima Trinidad es no creer en Nuestro Señor.
Por eso realmente podemos decir que no tenemos más que un solo Dios: Nuestro Señor Jesucristo, puesto que Nuestro Señor es Dios Hijo y Dios Hijo no se está nunca separado de Dios Padre ni de Dios Espíritu Santo, con quienes no forma más que un solo Dios. Lo que creemos de Dios, lo proclama­mos de Nuestro Señor Jesucristo: Tu solus sanctus, tu solus Dominus, tu solus Altissimus, Jesu Christe. Tú eres nuestro único Señor, que es lo que dice también San Pablo en su epístola a los Efesios (4, 5): “Unus Dominus, una fides, unum baptisma”: Un solo Señor, una sola fe y un solo bautismo. No tene­mos dos o tres señores, porque tenemos un solo Señor; no tenemos dos o tres dioses porque tenemos un solo Dios: Nuestro Señor Jesucristo, es decir, Dios Hijo con el Padre y el Espíritu Santo. Es un misterio: el misterio de Nuestro Señor Jesucristo.
Dios es Caridad
“Y nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene: et nos credidimus caritati. Dios es amor, y el que vive en amor, permanece en Dios y Dios en él”. Conviene meditar este pasaje de la epístola de San Juan preguntándole a Santo Tomás de Aquino qué es la caridad.
Santo Tomás define la cualidad particular de la caridad con estas palabras: bonum est diffusivum sui. Así como el bien tiende a difundirse y a comunicarse, la caridad sale, en cierto modo, de sí misma, de la persona, de sí. La caridad se da. Sería contrario a la caridad que se retuviese, puesto que es exactamente lo contrario del egoísmo. Tiende a dar lo que tiene y lo que es. Si esto es preci­samente la caridad y Dios es caridad, comprendemos mejor, en cierta medida, que Dios haya engen­drado al Hijo y que del Padre y del Hijo proceda el Espíritu Santo.
Puesto que Dios es caridad, es casi imposible que no se dé. Al darse, lo hace de tal manera que Dios Padre no retiene nada de sí mismo y el Hijo engendrado desde toda la eternidad es igual a Él mismo, al Padre. No podemos tildar al Padre de egoísmo o de darse sólo parcialmente, no. El Padre se da de tal modo a su Hijo que desde toda la eternidad engendra un Hijo igual a sí mismo, sin nin­guna diferencia y sin ninguna desigualdad. La única distinción es precisamente que el Hijo proviene, procede del Padre, pero como el Padre le da todo desde toda la eternidad, el Hijo es exactamente igual al Padre.
Evidentemente, es un misterio, pero la Escritura misma nos invita a estudiar la caridad en Dios ya que define a Dios como caridad y que lo propio de esta virtud precisamente es darse. Dios es caridad, el Hijo es Dios y así hay caridad en Él y no sería normal que no procediese nada de Él, que Él mismo no se dé. El Padre es caridad y si del Hijo no procediese ninguna otra Persona de la Trinidad, podrí­amos decir: sí, el Padre es caridad, pero el Hijo no, no es realmente caridad, a pesar de lo que dice el Evangelio.
Puesto que Dios es caridad, también el Hijo es caridad. Y del Hijo, precisamente, procede otra per­sona, la que representa a4 amor del Padre y del Hijo entre sí: la tercera Persona que es el Espíritu Santo. Realmente es el ejemplo más perfecto de la caridad entre el Padre y el Hijo. Y esta tercera Persona, que es el Espíritu Santo y que procede de las otras dos, es igual al Padre y al Hijo.
Esta es, en el interior de la Santísima Trinidad, la expresión más perfecta que se pueda imaginar de una caridad. Esta caridad trinitaria está admirablemente expresada en la liturgia de la fiesta de la Santísima Trinidad: “Caritas Pater est, gratia Filius, communicatio Spiritus Sanctus, o beata Trinitas”. Estas consideraciones basadas en el mismo Evangelio y en la simple noción de lo que es la cari­dad nos dan a entender que toda la misión que se le da al Hijo y al Espiritu Santo es una misión de caridad. Si Dios es caridad, ¿qué puede hacer sino difundir la caridad que está en Él, no sólo ad intra, al interior de sí mismo, sino también en la operación ad extra, al exterior, es decir, en toda la creación y con la creación, en la Encarnación y la Redención?

Semejantes a la Caridad

Todo lo que Dios ha dado a sus criaturas no puede ser sino expresión de la caridad. Sería incom­prensible que la creación no fuese la obra de la caridad y que las criaturas, y sobre todo las criaturas espirituales que Dios ha creado, no estuviesen también en esta realidad de la caridad.
Así pues, si queremos realmente ser semejantes a la Santísima Trinidad, estar más cerca de la Santísima Trinidad, sólo seremos más semejantes a Dios en la medida en la que nosotros mis­mos seamos caritativos, en que seamos caridad y en que se nos pueda definir como caridad.
Es sencillo, pero es todo un programa y por esto nuestra ley fundamental y esencial es una ley de caridad. Es la ley que Dios ha inscrito en nuestros corazones y en nuestra naturaleza; es una ley de caridad que nos ha enseñado Nuestro Señor. Todos los mandamientos se resumen en dos: amar a Dios y amar al prójimo. Eso es la caridad. En la medida en que cumplamos con esta ley de caridad que se halla en nosotros seremos realmente una imagen de la Santísima Trinidad, que es Dios y que es cari­dad. ¡Ojalá todos los hombres pudiesen comprender que tienen una misión! Tenemos que admirar­nos al pensar que Dios nos ha creado como almas inteligentes, voluntarias y conscientes de la misión que debemos cumplir en la tierra. Incluso si se trata de una misión muy pequeña, que parece insigni­ficante ante los ojos de los hombres, es una misión que ha sido querida de toda eternidad por Dios, en la Persona del Verbo y en la unión con Nuestro Señor Jesucristo. Es admirable.
No podemos ser nada más que caridad. Los que no son caridad están desnaturalizados. No ser caridad es contrario a la naturaleza. Obrar por egoísmo, para nuestra satisfacción, para darnos gusto, por orgullo o amor propio, es contrario al fin para el que hemos sido creados y, con mayor razón, al fin por el que hemos sido redimidos. Tenemos que volver a poner constantemente la caridad en noso­tros y colocarnos en la perspectiva en la que Dios ha querido crearnos. Es toda la explicación de la vida espiritual, ya que, en la medida en que no amamos a Dios suficientemente y en que no ama­mos suficientemente a nuestro prójimo, nos desnaturalizamos. Es evidente que esto proviene del pecado, que ha puesto en nosotros el espíritu de desobediencia, de ruptura con Dios y de alejamiento de Dios. Cuando, después de haber sido redimidos y de haber recibido el bautismo del Espíritu Santo, el amor de Dios, el sacerdote dice: "Sal de este alma, espíritu inmundo, y da lugar al Espíritu Santo ", hay que dejar el lugar a la caridad de Dios, es decir, el lugar que tiene que ocupar en el alma. Se trata, pues, de conservar esta caridad y eso es lo difícil. Esto nos da una luz verdadera de lo que somos, de dónde venimos y a dónde vamos.
Esta caridad que nos ordena hacia Dios tiene que tener por objeto darse. Darse primero a Dios e incluso, cuando nos damos a nuestro prójimo, siempre en razón de Dios, a causa de Dios. En el fondo. sólo hay una caridad. No hay dos caridades, una para Dios y otra para el prójimo. El objeto formal de la caridad es Dios y el de la caridad al prójimo es también el mismo Dios. En cierto troco hay ¿es objetos materiales, Dios y el prójimo, pero un sólo mandamiento: amar a Dios. Amamos al prójimo precisamente en la medida en la que proviene de Dios, va a Dios y está unido a Dios. No pode­mos ni tenemos que amar más que en esta perspectiva.
No tenemos derecho a amarlo en la medida en que esté separado de Dios y se halle en pecado. No podemos amarlo sino porque es una criatura que proviene de Dios y que está destinada a Dios y por­que Dios está en ella o para que Dios esté en ella por la gracia. Por esto tenemos que amar a quienes han recibido la gracia, más que a los que no la tienen. Tenemos que amar a los demás para darles a Dios, puesto que es a Dios a quien amamos en el prójimo. No amamos al prójimo por sí mismo sino que lo amamos por Dios. “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Todo está en esta corriente de caridad y de amor. Es la grandeza y la hermosura de nuestra vida.

Mons. Marcel Lefebvre, Extractos de su libro “El Misterio de Nuestro Señor Jesucristo”.

viernes, 23 de marzo de 2012

La asistencia a la Santa Misa, fuente de santificación.



La santificación de nuestra alma está en la unión con Dios, unión de fe, de confianza y de amor. De ahí que uno de los principales medios de santificación sea el más excelso de los actos de la virtud de religión y del culto cristiano: la participación en el sacrificio de la Misa. La Santa Misa debe ser, cada mañana, para todas las almas interiores, la fuente eminente de la que desciendan y manen las gracias de que tanta necesidad tenemos durante el día; fuente de luz y calor, que, en el orden espiritual, sea para el alma lo que es la aurora para la naturaleza. Después de la noche y del sueño, que es imagen de la muerte, al levantarse el sol sobre el horizonte, la luz inunda la tierra, y todas las cosas vuelven a la vida. Si comprendiéramos a fondo el valor infinito de la misa cotidiana, veríamos que es a modo del nacimiento de un sol espiritual, que renueva, conserva y aumenta en nosotros la vida de la gracia, que es la vida eterna comenzada. Mas con frecuencia la costumbre de asistir a Misa, por falta de espíritu, degenera en rutina, y por eso no sacamos del santo sacrificio el provecho que deberíamos sacar.
La misa debe ser, pues, el acto principal de cada día, y en la vida de un cristiano, y, más, de un religioso, todos los demás actos no deberían ser sino el acompañamiento de aquél, sobre todo los actos de piedad y los pequeños sacrificios que hemos de ofrecer a Dios, a lo largo de la jornada.
Trataremos aquí de estos tres puntos: 1º, de dónde nace el valor del sacrificio de la Misa; 2º, que sus efectos dependen de nuestras disposiciones interiores; 3º, cómo hemos de unirnos al sacrificio eucarístico.

La oblación siempre viviente en el corazón de Cristo.

La excelencia del sacrificio de la Misa proviene, dice el Concilio de Trento [1], de que en sustancia es el mismo sacrificio de la Cruz, porque es el mismo sacerdote el que continúa ofreciéndose por sus ministros; y es la misma vícti­ma, realmente presente en el altar, la que realmente se ofrece. Sólo es distinto el modo de ofrecerse: mientras que en la Cruz fue una inmolación cruenta, en la misa la inmolación es sacramental por la separación, no física, sino sacramental del cuerpo y la sangre del Salvador, en virtud de la doble consagración. Así la sangre de Jesús, sin ser físicamente de­rramada, lo es sacramentalmente [2].
Esta sacramental inmolación es un signo [3] de la oblación interna de Jesús, a la cual nos debemos unir; es asimismo el recuerdo de la inmolación cruenta del Calvario. Aunque sólo sea sacramental, esta inmolación del Verbo de Dios he­cho carne es más expresiva que la inmolación cruenta del cordero pascual y de todas las víctimas del Antiguo Testa­mento. Un signo o símbolo, en efecto, saca todo su valor de la grandeza de la cosa significada; la bandera que nos recuerda la patria, aunque sea de vulgarísimo lienzo, tiene a nuestros ojos más valor que el banderín de una compañía o la insignia de un oficial. Del mismo modo la cruenta in­molación de las víctimas del Antiguo Testamento, remo­ta figura del sacrificio de la Cruz, sólo daba a entender los sentimientos interiores de los sacerdotes y fieles de la antigua Ley; mientras que la inmolación sacramental del Salvador en nuestros altares expresa sobre todo la obla­ ción interior perenne y siempre renovada en el corazón de “Cristo que no cesa de interceder por nosotros” (Hebr. VII, 25).
Mas esta oblación, que es como el alma del sacrificio de la Misa, tiene infinito valor, porque trae su virtud de la per­sona divina del Verbo encarnado, principal sacerdote y víctima, cuya inmolación se perpetúa bajo la forma sacramental. San Juan Crisóstomo escribió: “Cuando veáis en el altar al ministro sagrado elevando hacia el cielo la hostia santa, no vayáis a creer que ese hombre es el (principal) verda­dero sacerdote; antes, elevando vuestros pensamientos por encima de lo que los sentidos ven, considerad la mano de Jesús invisiblemente extendida”.[4] El sacerdote que con nuestros ojos de carne contemplamos no es capaz de com­prender toda la profundidad de este misterio, pero más arriba está la inteligencia y la voluntad de Jesús, sacerdote prin­cipal. Aunque el ministro no siempre sea lo que debiera ser, el sacerdote principal es infinitamente santo; aunque el ministro, por bueno que sea, pueda estar ligeramente distraído u ocupado en las exteriores ceremonias del sacri­ficio, sin llegar a su más íntimo sentido, hay alguien so­bre él que nunca se distrae, y ofrece a Dios, con pleno y total conocimiento, una adoración reparadora de infinito valor, una súplica y una acción` de gracias de alcance ilimitado.
Esta interior oblación siempre viviente en el corazón de Jesucristo es, pues, en verdad, comoel alma del sacrificio de la Misa. Es la continuación de aquella otra oblación por la cual Jesús se ofreció como víctima al venir a este mundo y a lo largo de su existencia sobre la tierra, sobre todo en la Cruz. Mientras el Salvador vivía en la tierra, esta obla­ción era meritoria; ahora continúa, pero sin esta modalidad del mérito. Continúa en forma de adoración reparadora y de súplica, a fin de aplicarnos los méritos que nos ganó en la Cruz. Aun después que sea dicha la última misa al fin del mundo, y cuando ya no haya sacrificio propiamente dicho, su consumación, la oblación interior de Cristo a su Padre, continuará, no en forma de reparación y súplica, sino de adoración y acción de gracias. Eso será el Sanctus, Sanctus, Sanctus, que da alguna idea del culto de los bienaventurados en la eternidad.
Si nos fuera dado ver directamente el amor que inspira esta interna oblación que continúa sincesar en el corazón de Cristo, “siempre viva para interceder por nosotros”, ¡cuál no sería nuestra admiración!
La Beata Angela de Foligno dice [5]: “No es que lo crea, sino que tengo la certeza absoluta de que, si un alma viera y contemplara alguno de los íntimos esplendores del sacra­mento del altar, luego ardería en llamas, porque habría visto el amor divino. Paréceme que los que ofrecen el sacrificio y los que a él asisten, deberían meditar profundamente en la profunda verdad del misterio tres veces santo, en cuya con­templación habríamos de permanecer inmóviles y absortos”.

Efectos del Santo Sacrificio de la Misa y cómo debemos oírla.

La oblación interior de Cristo Jesús, que es el alma del sacrificio eucarístico, tiene los mismos fines e idénticos efec­tos que el sacrificio de la Cruz; mas importa que de entre tales efectos, nos fijemos en los que se refieren a Dios y en los que nos conciernen a nosotros mismos.
Los efectos de la Misa que inmediatamente se refieren a Dios, como la adoración reparadora y la acción de gracias, prodúcense siempre infalible y plenamente con su infinito valor, aun sin nuestro concurso, aunque la Misa fuera celebrada por un sacerdote indigno, con tal que sea válida. Así, de cada Misa elévase a Dios una adoración y acción de gracias de ilimitado valor, en razón de la dignidad del Sacerdote principal que la ofrece y del valor de la víctima ofrecida. Esta oblación "agrada a Dios más que lo que son capaces de desagradarle todos los pecados juntos"; en eso está, en cuanto a la satisfacción, la esencia misma del misterio de la Redención [6].
Los efectos de la Misa, en cuanto dependen de nosotros, no se nos aplican sino en la medida de nuestras disposiciones interiores.
Por eso, la Santa Misa, como sacrificio propiciatorio, les merece, ex opere operato, a los pecadores que no le oponen resistencia, la gracia actual que les inclina a arrepentirse y les mueve a confesar sus culpas [7], Las palabras Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, paree nobis, Domine, hacen nacer en esos pecadores sentimientos de contrición, como en el Calvario le aconteció al buen ladrón. Esto se entiende, principalmente, de los pecadores que asisten a la Misa .y de aquellos por quienes se aplica.
El sacrificio de la Misa, como sacrificio satisfactorio, perdona también -infaliblemente a los pecadores arrepentidos parte al menos de la pena temporal debida por los pecados, y esto según las disposiciones con que a ella asisten, Por eso dice el Concilio de Trento que el sacrificio eucarístico puede también ser ofrecido para aliviar de sus penas a las almas del purgatorio [8].
En fin, como sacrificio impetratorio o de súplica, la Misa nos obtiene ex opere operato todas las gracias de que tenemos necesidad para nuestra santificación. Es que la oración de Jesucristo, que vive eternamente, sigue intercediendo en nuestro favor, junto con las súplicas de la Iglesia, Esposa de nuestro divino Salvador. El efecto de esta doble oración es proporcionado a nuestro propio fervor, y aquel que con buenas disposiciones se une a ellas, puede tener la seguridad de obtener para sí y para las almas a quienes encomienda, las gracias más abundantes.
Santo Tomás y otros muchos teólogos enseñan que estos efectos de la Misa, en cuanto de nosotros dependen, se nos hacen efectivos en la medida de nuestro fervor [9]. La ra­zón es que la influencia de una causa universal no tiene más límites que la capacidad del sujeto que la recibe. Así el sol alumbra y da calor lo mismo a una persona que a mil que estén en una plaza. Ahora bien, el sacrificio de la Misa, por ser sustancialmente el mismo que el de la Cruz, es, en cuanto a reparación y súplica, causa universal de las gracias de iluminación, atracción y fortaleza. Su influencia sobre nos otros no está, pues, limitada sino por las disposiciones y el fervor de quienes la reciben. Así una sola Misa puede aprovechar tanto a un gran número de personas, como a una sola; de la misma manera que el sacrificio de la Cruz aprovechó al buen ladrón lo mismo que si por él solo se hubiera realizado. Si el sol ilumina lo mismo a una que a mil personas, la influencia de esta fuente de calor y fervor espiritual, como es la Misa, no es menos eficaz en el orden de la gracia. Cuanto es mayor la fe, confianza, religión y amor con que se asiste a ella, mayores son los frutos que en las almas produce.
Esto nos da a entender por qué los santos, ilustrados por el Espíritu Santo, tuvieron en tanta estima el Santo Sacrificio. Algunos, estando enfermos y baldados, se hacían llevar para asistir a la Misa, porque sabían que vale más que todos los tesoros, Santa Juana de Arco, camino de Chinon, importu­naba a sus compañeros de armas a que cada día asistiesen a misa; y, a fuerza de rogárselo, lo consiguió. Santa Germa­na Cousin, tan fuertemente atraída se sentía hacia la iglesia, cuando oía la campana anunciando el Santo Sacrificio, que dejaba sus ovejas al cuidado de los ángeles y corría a oír la Misa; y jamás su rebaño estuvo tan bien guardado. El santo Cura de Ars hablaba del valor de la Misa con una convic­ción tal que llegó a conseguir que todos o casi todos sus feligreses asistiesen a ella diariamente. Otros muchos santos derramaban lágrimas de amor o caían en éxtasis durante el Santo Sacrificio; y algunos llegaron a ver en lugar del cele­brante a Nuestro Señor. Algunos, en el momento de la elevación del cáliz, vieron desbordarse la preciosa sangre, como si fuera a extenderse por los brazos del sacerdote y aun por el santuario, y venir los ángeles con cálices de oro a recogerla, como para llevarla a todos los lugares donde hay hombres que salvar. San Felipe de Neri recibió no po­cas gracias de esta naturaleza y se ocultaba para celebrar, por los éxtasis que tenía en el altar.

Cómo debemos unirnos al Santo Sacrificio de la Misa.

Puede aplicarse a esta materia lo que Santo Tomás [10] dice de la atención en la oración vocal: “Puede la atención referirse a las palabras, para pronunciarlas bien; al sentido de esas palabras, o bien al fin mismo de la oración, es decir a Dios y a la cosa por la cual se ruega... Esta última clase de atención que aun los más simples e incultos pueden tener, es tan intensa a veces que el espíritu está como arrobado en Dios y olvidado de todo lo demás.”
Asimismo para oír bien la Misa, con fe, confianza, ver­dadera piedad y amor, se la puede seguir de diferentes maneras. Puédese escuchar prestando atención a las oraciones litúrgicas, tan bellas y llenas de unción, elevación y sencillez. O meditando en la Pasión y muerte del Salvador, y considerarse al pie de la Cruz con María, Juan y las santas mujeres. O cumpliendo, en unión con Jesús, los cuatro de­beres que tenemos para con Dios, y que son los fines mismos del sacrificio: adoración, reparación, petición y acción degracias. Con tal de ocuparse de algún modo en la oración, por ejemplo, rezando el rosario, la asistencia a la Misa es provechosa. También se puede, y con, mucho provecho, como lo hacía Santa Juana de Chantal y otros muchos santos, continuar en la Misa la meditación, sobre todo si despierta en nosotros intenso amor de Dios, algo así como San Juan estuvo en la Cena, cuando reposaba sobre el corazón del divino Maestro.
Sea cualquiera la manera como oigamos la Santa Misa, hase de insistir en una cosa importante. Y es que sobre todo hemos- de unirnos íntimamente a la oblación del Salvador, sacerdote principal del sacrificio; y ofrecer, con él, a él mis­mo a su eterno Padre, acordándonos que esta oblación agrada más a Dios que lo que pudieran desagradarle todos los pecados del mundo. También hemos de ofrecernos a nosotros mismos, y cada día con mayor afecto, y presentar al Señor nuestras penas y contrariedades, pasadas, presentes y futuras. Así dice el sacerdote en el ofertorio: “In spiritu humili­tatis et in animo contrito suscipiamur a te, Domine: Con espíritu humillado y contrito corazón te suplicamos, Señor, que nos quieras recibir en ti.”
El autor de la Imitación, I. IV, c. VIII, insiste sobre esta materia: “Voz de Cristo: Así como Yo me ofrecí a mí mismo por tus pecados a Dios Padre con voluntad y extendí las manos en la Cruz, desnudo el cuerpo de modo que no me quedaba cosa alguna que no fuese sacrificada para aplacar a Dios, así debes tú, cuanto más entrañablemente puedas, ofrecerte a ti mismo, de toda voluntad, a mí, en sacrificio puro y santo cada día en la Misa, con todas tus fuerzas y deseos... No quiero tu don, sino a ti mismo... Mas si tú estás en ti mismo y no te ofreces de muy buena gana a mi voluntad, no es cumplida ofrenda la que haces, ni será entre nosotros entera la unión”.
Y en el capítulo siguiente: “Voz del discípulo: Yo deseo ofrecerme a Ti de voluntad, por siervo perpetuo, en servicio y sacrificio de eterna alabanza, Recíbeme con este Santo Sacrificio de tu precioso Cuerpo... También te ofrezco, Señor, todas mis buenas obras, aunque son imperfectas y pocas, para qué tú las enmiendes y santifiques, para que las hagas agradables y aceptas a ti. También te ofrezco todos los santos deseos de las almas devotas, y la oración por todos aquellos que me son caros, También te ofrezco estas oraciones y sacrificios agradables, por los que en algo me han enojado o vituperado... por todos los que yo alguna vez enojé, turbé, agravié y escandalicé, por ignorancia o adverti­damente, para que tú nos perdones las ofensas que nos hemos hecho unos a otros... y haznos tales que seamos dignos de go­zar de tu gracia y de que aprovechemos para la vida eterna”.
La Misa así comprendida es fecundísima fuente de santificación, y de gracias siempre renovadas; por ella puede ser realidad en nosotros, cada día, la súplica de Nuestro Señor: “Yo les he dado de la gloria que tú me diste, para que sean una misma cosa, como lo somos nosotros, yo en ellos y tú en mí, a fin de que sean consumados en la unidad, y conozca el mundo que tú me has enviado y amádoles a ellos como a mí me amaste” (Joan., XVII, 2 3).
La visita al Santísimo Sacramento ha de recordarnos la Misa de la mañana, y hemos de meditar que en el taber­náculo, aunque propiamente no hay sacrificio, Jesús sin em­bargo, que está realmente presente, continúa adorando, pi­diendo y dando gracias. En cualquier momento, a lo largo del día, deberíamos unirnos a esta oblación del Salvador. Como lo expresa la oración al Corazón Eucarístico: “Es paciente para esperarnos y dispuesto siempre a escucharnos; es centro de gracias siempre renovadas, refugio de la vida escondida, maestro de los secretos de la unión divina”. Junto al tabernáculo, hemos de “callar para escucharle, y huir de nosotros para perdernos en él” [11].

R. Garrigou-Lagrange O.P., tomado de Las tres edades de la vida interior. De nuestra sección dedicada a la Santa Misa.

Notas:
[1] Sesión XXII, c. I y II.
[2] Del mismo modo la humanidad del Salvador permanece numé­ricamente la misma, pero después de la resurrección es impasible, mientras que antes estaba sujeta al dolor y a la muerte.
[3] “Sacrificium externum est in genere signi, ut signum interioris sacrificii”.
[4] Homilía LX al pueblo de Antioquía.
[5] Libro de las visiones e instrucciones, c. LXVII
[6] Santo Tomás, III, q. 48, a. 2: “Ille proprie satisfacit pro offen­sa, qui exhibet offenso id quod aeque vel magis diligit quam oderit offensam”.
[7] Concilio de Trento, ses. XXII, c. n: “Hujus quippe oblatione pla­catus Dominus, gratiam et donum poenitentiae concedens, crimina et peccata etiam ingentia dimittit”.
[8] Ibidem.
[9] SANTO TOMÁS, III, q. 79, a. S y 7, ad 2, donde no se indica otro límite que el de la medida de nuestra devoción: “secundum quantitatem seu modum devotionis eorum” (id est: fidelium). Cayetano, in III, q. 79, a. S. Juan de Santo Tomás, in III, dise. 32, a. 3. Gonet, Clypeus... De Eucharistia, disp. II, a. S, n. 100. Salmanticen­ses, de Eucharistia, disp. XIII, dub. VI. Disentimos en absoluto de lo que sobre esta materia ha escrito el P. de la Taille, Esquisse du mystére de la f os, París, 1924, p. 22.
[10] II II, q. 82, a. 13.
[11] Recomendamos como lectura durante la visita al Santísimo Sacramento o para la meditación, Les Élévations sur la Priére au Coeur Eucharistique de Jésus, compuestas por una alma interior muy piadosa, que han sido publicadas por primera vez en 1926, ed. de “La Vie Spirituelle”. También recomendamos un excelente libro escrito por una persona muerta recientemente en Méjico en olor de santidad: Ante el altar (Cien visitas a Jesús sacramentado).

martes, 20 de marzo de 2012

Conveniencia de que las mujeres utilicen velo o mantilla durante la Misa.



Debido a los tiempos modernos que corren, prestos de hacer contra a todo lo que sea sacro, se ha perdido –en casi todas las Iglesias– el uso de la mantilla. Solamente ha quedado –y sujeta a los cambios de las modas– el uso de la mantilla en alguna que otra vestimenta de nupcias. La mantilla, como se la ha conocido durante siglos, solamente se sigue utilizando por los grupos de católicos tradicionales y en algunas Iglesias que hay en Roma y que suelen –a pesar de las reformas que se han realizado– ser más conservadoras en el aspecto moral del uso de la mantilla. Ahora bien, ¿cuál es el fundamento de esta milenaria costumbre de que las mujeres católicas se cubran la cabeza en el templo y qué ha significado hasta nuestros días aquél signo? 


Conveniencia de que las mujeres utilicen velo o mantilla durante la Misa

El uso de la mantilla sobre la cabeza durante la santa Misa es una antigua tradición. San Pablo escribe sobre esta práctica en el capítulo undécimo de su primera carta a los corintios. El comienza su explicación de esta manera:

 San Pablo

«Sed imitadores míos tal cual soy yo de Cristo. Os alabo de que en todas las cosas os acordéis de mí, y de que observéis las tradiciones conformes os las he transmitido. Más quiero que sepáis que la cabeza de todo varón es Cristo, y el varón, cabeza de la mujer, y Dios, cabeza de Cristo. Todo varón que ora o profetiza con la cabeza cubierta, deshonra su cabeza. Más toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, deshonra su cabeza; porque es lo mismo que si estuviera rapada. Por donde si una mujer no se cubre, que se rape también; mas si es vergüenza para la mujer cortarse el pelo o raparse, que se cubra. El hombre, al contrario, no debe cubrirse la cabeza, porque es imagen y gloria de Dios, mas la mujer es gloria del varón. Pues no procede el varón de la mujer, sino la mujer del varón, como tampoco fue creado el varón por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. Por tanto, debe la mujer llevar sobre su cabeza (la señal de estar bajo) autoridad, por causa de los ángeles. Con todo, en el Señor, el varón no es sin la mujer, ni la mujer sin el varón. Pues como la mujer procede del varón, así también el varón (nace) por medio de la mujer; mas todas las cosas son de Dios. Juzgad por vosotros mismos: ¿Es cosa decorosa que una mujer ore a Dios sin cubrirse? ¿No os enseña la misma naturaleza que si el hombre deja crecer la cabellera, es deshonra para él? Mas si la mujer deja crecer la cabellera es honra para ella; porque la cabellera le es dada a manera de velo.» [Traducción bíblica de Mons. Straubinger -TMS-]

Finalmente, ¿alguno encontrará alguna razón para argumentar lo contrario?, San Pablo escribe:

«Si, con todo eso, alguno quiere disputar, sepa que nosotros no tenemos tal costumbre, ni tampoco las Iglesias de Dios.» [TMS]

Siguiendo a San Pablo y a la antigua práctica de la Iglesia, el Código de Derecho Canónico de 1917 requería que las mujeres usasen velos o mantillas durante las funciones litúrgicas:

«Los varones, ya sea dentro o fuera de la Iglesia [al pasar por el frente, por ejemplo], mientras asisten a los ritos sagrados, deben llevar la cabeza descubierta, a menos que las costumbres locales lo aprueben o se den circunstancias particulares, no se determinará otra cosa. Las mujeres, sin embargo, deberán cubrirse la cabeza y vestirse con modestia, especialmente cuando se aproximan a la mesa del Señor.» [Can. 1262, par. 2]

En  tiempos recientes el cubrirse la cabeza no ha sido una práctica común, ¿qué sucedió? En 1976, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe emitió el decreto Declaración sobre la Admisión de Mujeres al Ministerio Sacerdotal (Inter insigniores), el cual subrayaba la razón por la cual las mujeres no pueden ser sacerdotes (o sacerdotisas). En este decreto leemos:

«Pero hay que notar que esas prescripciones, probablemente inspiradas en las costumbres del tiempo, no se refieren sino a prácticas de orden disciplinar de poca importancia, como, por ejemplo, a la obligación por parte de la mujer de llevar un velo en la cabeza; tales exigencias ya no tienen valor normativo.» [http://multimedios.org/docs/d001038/]


 Mujeres en Corea portando velo o mantilla durante la Misa

Desde este tiempo, el nuevo Código de Derecho Canónico (1983) omite el requerimiento de cubrirse la cabeza… así, hoy, en gran parte de la Iglesia el que las mujeres usen el velo o mantilla sobre la cabeza al asistir a Misa es algo muy raro. Esto no debe ser así, y pienso que si el tema fuese mucho mejor entendido, las mujeres encontrarían en el uso del velo o mantilla algo bueno y digno, tanto en lo individual como para la sociedad. Al explayar mi opinión no centraré el uso del velo o mantilla en razones de modestia o sujeción, sino sólo en su referencia a un gran misterio. San Pablo nos dice que la mujer vino del hombre así como el hombre vino primero de tal manera que es cabeza de la mujer… así, ellas utilizan velo o mantilla sobre la cabeza para revelar sumisión a él. Es cierto también, sin embargo, que desde Adán  todo hombre viene de una mujer y ellas deben utilizar velo o mantilla también por esta razón.


 El Arzobispo Fulton John Sheen durante un bautizo. La madre del niño portando su velo o mantilla.

En cada concepción, el divino Visitante entra solamente en la mujer para crear una nueva persona, sólo en ella desciende y, como otra encarnación, toca su útero e implanta una nueva alma inmortal. Ahora, este es un gran misterio, ¿y cómo hemos de mostrar los misterios?, le ponemos velos. Una niebla cubrió a la tierra durante su creación; el humo veló el Monte Sinaí cuando Moisés recibió las tablas; una nube recibió a nuestro Salvador en Su Ascensión. Lo sagrado es velado de tal manera que podamos orientarnos hacia una realidad más profunda. Durante la santa Misa, el Tabernáculo es velado debido a que contiene a Dios, así como el cáliz es velado también puesto que lo contiene a Él también. Así como es un gran misterio el que Dios se haga presente en nuestros altares, lo cual “vemos” con la Fe; y así, el que las mujeres se cubran con un velo hace más evidente que su vida forma parte de un digno y singular papel… sólo ellas han sido escogidas como recipientes de nueva vida. Pero, ¿qué hay de aquellas mujeres quienes no portan un hijo en sus entrañas, las ancianas, las muy jóvenes y las estériles?, ¿deberían ellas portar velo o mantilla? Sí deberían. Ya que las ancianas o las muy jóvenes o las estériles comparten la naturaleza de la mujer, la cual está identificada con portar nueva vida… y la naturaleza no cambia.


 
 «Ceremonia de recepción de la madre en la iglesia», «Bendición de las mujeres después de dar a luz» o rito «benedictio mulieris post partum»

Si seguimos esta lógica de utilizar velo o mantilla, la cual apunta al misterio de la mujer, entonces podemos comprender apropiadamente la bendición que se les da después de que han dado a luz. Este sacramental no sólo es un acto de agradecimiento, sino una purificación. Ahora, la purificación no se refiere en el sentido de limpiar un objeto sucio, sino de limpiar algo que está santificado y volverá a utilizarse. En la santa Misa, después de la Comunión, el sacerdote purifica el cáliz, él no hace esto porque el cáliz esté sucio, sino porque Dios ha estado ahí. Así la mujer es purificada, no porque esté sucia, sino porque Dios ha entrado en ella, ha tocado su útero y a través de ella ha colocado otra alma inmortal en el mundo.


 Purificación del cáliz durante la santa Misa.

Para concluir, en mi opinión todas las mujeres deberían llevar velo o mantilla sobre la cabeza durante la santa Misa, como un signo visible y testimonio de su exclusivo privilegio y dignidad. Si todas las mujeres comprendieran mejor esto, creo que ellas se valorarían más y apreciarían mejor su exclusiva naturaleza maternal… la cual ha sido muy atropellada, abandonada y combatida en nuestros días. Además, si toda mujer reconociera este, su exclusivo privilegio, defenderían su dignidad protegiéndose contra la vestimenta inmodesta, evitando las malas compañías y los lugares perniciosos, y aborrecerían ser reducidas a ser el juguete de las bajas pasiones varoniles. Por estas razones, si toda mujer comprendiese el sagrado misterio de su condición de mujer, ellas portarían feliz, ansiosa y honrosamente el velo o mantilla cada vez que asistieran a Misa, y un gran bien retornaría hacia este pobre mundo que se encuentra sumido en profundas tinieblas, por reconocer el verdadero y feliz propósito de la vida.

R. P. Christopher Hathaway, FSSP, Conveniencia de que las mujeres utilicen velo o mantilla durante la Misa”, original en inglés “On the Fittingness of the Woman’s Veil”.
Tomado de la homilía del domingo después de la Ascensión del 23 de mayo de 2004. Traducción: Alejandro Villarreal -sept. 2011- Imágenes añadidas.

lunes, 19 de marzo de 2012

La importancia de San José.



Es norma general de todas las gracias especiales comunicadas a cualquier creatura racional que, cuando la gracia divina elige a alguien para algún oficio especial o algún estado muy elevado, otorga todos los carismas que son necesarios a aquella persona así elegida, y que la adornan con profusión.
Ello se realizó de un modo eminente en la persona de san José, que hizo las veces de padre de nuestro Señor Jesucristo y que fue verdadero esposo de la Reina del mundo y Señora de los ángeles, que fue elegido por el Padre eterno como fiel cuidador y guardián de sus más preciados tesoros, a saber, de su Hijo y de su esposa; cargo que él cumplió con absoluta fidelidad. Por esto el Señor le dice: Bien, siervo bueno y fiel, pasa al banquete de tu Señor.
Si miramos la relación que tiene José con toda la Iglesia, ¿no es éste el hombre especialmente elegido, por el cual y bajo el cual Cristo fue introducido en el mundo de un modo regular y honesto? Por tanto, si toda la Iglesia está en deuda con la Virgen Madre, ya que por medio de ella recibió a Cristo, de modo semejante le debe a san José, después de ella, una especial gratitud y reverencia.
Él, en efecto, cierra el antiguo Testamento, ya que en él la dignidad patriarcal y profética alcanza el fruto prometido. Además, él es el único que poseyó corporalmente lo que la condescendencia divina había prometido a los patriarcas y a los profetas.
Hemos de suponer, sin duda alguna, que aquella misma familiaridad, respeto y altísima dignidad que Cristo tributó a José mientras vivía aquí en la tierra, como un hijo con su padre, no se la ha negado en el cielo; al contrario, la ha colmado y consumado.
Por esto, no sin razón añade el Señor: Pasa al banquete de tu Señor. Pues, aunque el gozo festivo de la felicidad eterna entra en el corazón del hombre, el Señor prefirió decirle: Pasa al banquete, para insinuar de un modo misterioso que este gozo festivo no sólo se halla dentro de él, sino que lo rodea y absorbe por todas partes, y que está sumergido en él como en un abismo infinito.
Acuérdate, pues, de nosotros, bienaventurado José, e intercede con tus oraciones ante tu Hijo; haz también que sea propicia a nosotros la santísima Virgen, tu esposa, que es madre de aquel que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por siglos infinitos. Amén.

San Bernardino de Siena, “Sermones de San Bernardino”, Sermón 2, Sobre san José: Opera 7, 16. 27-30.

martes, 10 de enero de 2012

Consecuencias y remedios contra el pecado mortal.


Consecuencias y remedios contra el pecado mortal.

Para salvarnos, debemos rechazar con valentía el pecado y remover los obstáculos que acumulan a nuestro paso los enemigos de nuestra alma; vivir en la gracia santificante, cumplir los divinos mandamientos y rezar cada día.
Después del pecado original, para conseguir la salvación eterna, tenemos que luchar enérgicamente contra el pecado – que es el enemigo número uno y, en cierto sentido, el único que tenemos enfrente. Tenemos que luchar también contra el mundo, demonio y carne, que no cesan de acumular obstáculos en nuestro camino como amigos y aliados del pecado. Si el mundo, es decir, los hombres que viven sin tener cuenta de la Ley de Dios, el demonio y la carne son tan peligrosos y temibles, es únicamente porque vienen del pecado y conducen a él.
Nunca nos pondremos suficientemente en guardia contra este mortal enemigo de nuestra alma, porque por un solo pecado mortal, podemos perdernos eternamente. Tener un pecado mortal es mil veces peor que tener el SIDA, cáncer y lepra juntos.
Examinemos un poco lo que es el pecado mortal, cual es su malicia, cuáles son los daños que nos hace, qué armas y remedios tenemos para luchar y triunfar de él.

¿Qué es el pecado mortal?

El pecado mortal es una trasgresión voluntaria de la Ley de Dios en materia grave. Es una rebeldía contra Dios.
Dios tiene su Ley. En su infinita sabiduría ha sabido resumirla en los diez mandamientos. La Iglesia, con Divina autoridad ha añadido algunos otros, con el fin de hacernos cumplir con mayor facilidad y perfección los divinos preceptos.
Cuando el hombre, dándose perfecta cuenta de que lo que va hacer está gravemente prohibido por la ley de Dios o de la Iglesia, quiere hacerlo a pesar de todo, comete un pecado mortal que pone completamente de espaldas a Dios y le vincula a las cosas creadas, en las que coloca su último fin renunciando a la salvación eterna.

Para que un pecado sea mortal hay tres condiciones:

1) Advertencia perfecta por parte del entendimiento,

2) Consentimiento perfecto, o plena aceptación por parte de la voluntad.

3) Materia grave prohibida por Dios.

Los efectos inmediatos del pecado son:

1) Aversión a Dios del que se separa voluntariamente al despreciar sus mandamientos, y es lo que constituye lo formal o el alma del pecado;

2) Conversión a las cosas creadas mediante su goce ilícito, que constituye lo material o el cuerpo del pecado.

3) He aquí unos ejemplos de pecado mortal que conducen al infierno. San Pablo nos advierte: “Fornicación y cualquiera impureza o avaricia, ni siquiera se nombre entre vosotros, como conviene a santos, ni torpeza, ni vana palabra, ni bufonerías…Porque tened bien entendido que ningún fornicario, impuro avaro que es lo mismo que idólatra tiene parte en el reino de Cristo y de Dios. Nadie os engañe con vanas palabras, pues por estas cosas descarga la ira de Dios sobre los hijos de la desobediencia. No os hagáis pues copartícipes de ellos” (Efesios 5, 3-7). Lo que dicen o hacen los pecadores no vale nada. NO debemos participar de sus locuras o aprobarlas.
Dios mismo nos advierte hablando de pecado graves: “NO os hagáis ilusiones. Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los maldicientes, in los que viven de rapiña, heredaran el reino de Dios”. (I Corintios. 6,9-11).

La malicia del pecado mortal

Ninguna inteligencia creada o creable podrá jamás darse cuenta perfecta del espantoso desorden que encierra el pecado mortal. Rechazar a Dios a sabiendas y escoger en su lugar a una vilísima criatura en la que se coloca la suprema felicidad y último fin envuelve un desorden tan monstruos e incomprensible, que sólo la locura y atolondramiento del pecador puede alguna manera explicarlo. El ejemplo de la pobre pastorcita de la que el rey se prendo y la desposó consigo, haciendo la reina, y que de pronto abandona el palacio real y se marcha en plan de adulterio con un miserable seductor, no ofrece sino un pálido reflejo de la increíble monstruosidad del pecado.
El mismo Dios, infinitamente bueno y misericordioso, que tiene entrañas de padre para todas sus criaturas y que nos ha dicho en la sagrada Escritura (Ezequiel 33,11) , sabemos que por un solo que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, sabemos que por un solo pecado mortal:

a) Convirtió a millones de ángeles en horribles demonios para toda la eternidad.

b) Arrojó a nuestros primeros padres del paraíso terrenal, condenándoles a ellos y a todos sus descendientes al dolor y a la muerte corporal y a la posibilidad de condenarse eternamente aun después de la redención realizada por Cristo.

c) Exigió la muerte en la cruz de su Hijo muy amado, en el cual tiene puestas todas sus complacencias para redimir al hombre culpable (San Mateo 17,5).

d) Mantendrá por toda la eternidad los terribles tormentos del infierno en castigo del pecador obstinado.

e) Todo esto son datos de fe católica: es hereje quien los niegue. ¿Qué otra cosa podrá darnos una idea de la espantosa gravedad del pecado mortal cometido de una manera perfectamente voluntaria y a sabiendas?

Los efectos del Pecado mortal

No hay catástrofe ni calamidad pública o privada que pueda comparase con la ruina que ocasiona en el alma un solo pecado mortal. Es la única desgracia que merece propiamente el nombre de tal, y es de tal magnitud, que no debería cometerse jamás, aunque con él se pudiera evitar una terrible guerra internacional que amenace destruir a la humanidad entera, o liberar a todas las almas del infierno y del purgatorio.
Sabido es que, según la doctrina católica –que no puede ser más lógica y razonable para cualquiera que, teniendo fe, tenga además sentido común-, el bien sobrenatural de un solo individuo está por encima y vale infinitamente más que el bien natural de la creación universal entera, ya que pertenece a un orden infinitamente superior: el de la gracia y la gloria.
Así como sería una locura que un hombre se entregase a la muerte para salvar la vida a todas las hormigas del mundo – vale más un solo hombre sacrificase su bien eterno, sobrenatural, por salvar el bien temporal y meramente humano de la humanidad entera: no hay proporción alguna entre uno y otro.
El hombre tiene obligación de conservar su vida sobrenatural, de vivir en la gracia a toda costa, aunque se hunda el mundo entero.
He aquí los principales efectos que causa el alma un solo pecado mortal voluntariamente cometido:

1) Pérdida de la gracia santificante que hacía el alma pura, santa e hija adoptiva de Dios heredera de la Vida eterna. Sin la gracia santificante nadie puede salvarse.

2) Pérdida de las virtudes infusas (caridad, prudencia, justicia, fortaleza, templanza) y de los dones del Espíritu Santo, que constituyen un tesoro divino, infinitamente superior a todas las riquezas materiales de la creación entera.

3) Pérdida de la presencia amorosa de la Santísima Trinidad en el alma, que se convierte en morada y templo de Satanás.

4) Pérdida de todos los méritos adquiridos (mediante las buenas obras) en toda su vida pasada, por larga y santa que fuera.

5) Feísima mancha en el alma, que la deja tenebrosa y horrible a los ojos de Dios. “El pecado, dice San Juan Crisóstomo, deja el alma tan leprosa y manchada que mil fuentes de agua no son capaces de lavarla”.

6) Esclavitud de Satanás. El que está en el pecado mortal es esclavo de Satanás “que es príncipe de los pecadores”, dice San Agustín.

7) Aumento de las malas inclinaciones. El pecador está debilitado y no puede fácilmente resistir contra el mal, le cuesta mucho trabajo hacer el bien.

8) Remordimiento e inquietud de conciencia, el que está en pecado mortal no tiene tranquilidad y paz en su alma ni en su familia, ni en su trabajo.

9) Reato, es decir merecimiento de pena eterna. El pecado mortal es el infierno en potencia, es decir, el que está en pecado mortal puede en cualquier momento caer en el infierno para siempre.

Como se ve, el pecado mortal es como un derrumbamiento instantáneo de nuestra vida sobrenatural, un verdadero suicidio del alma a la vida de la gracia Y pensar que tantos y tantos pecadores lo cometen con increíble facilidad y ligereza, no para evitarle al mundo una catástrofe lo que sería ya gran locura-, sino por un instante de placer bestial, por unos miserables pesos que tendrán que dejar en este mundo, por un odio y rencor al que no quiere renunciar y otras mil bagatelas y niñerías por el estilo!
Realmente tenía razón San Alfonso de Ligorio cuando decía que el mundo le parecía un inmenso manicomio en el que los pobres pecadores habían perdido por completo el juicio. Y, con razón también, la piadosísima reina Blanca de Castilla le decía a su hijo San Luis, futuro rey de Francia: “Hijo mío, preferiría verte muerto que cometer un solo pecado mortal.” Es impresionante la descripción que hace Santa Teresa del estado en que queda un alma que acaba de cometer un pecado mortal”. (A ella se lo hizo ver Nuestro Señor de una manera milagrosa); “no sería posible a ninguno pecar, aunque se pusiesen a mayores trabajos que se que se pueden pensar por huir de las ocasiones”, (Moradas primeras, c.2)

¿Cómo podemos evitar el pecado mortal?

El que quiere asegurar la salvación eterna de su alma, nada tiene que procurar con tanto empeño como evitar a toda costa la catástrofe del pecado mortal.
Sería gran temeridad e increíble ligereza seguir pecado tranquilamente confiando en realizar más tarde la conversión y vuelta definitiva a Dios. En gran peligro se podría ese pecador de frustrar esa esperaza tan vana e inmoral. La muerte puede sorprenderle en el momento menos pensado, y se expone, además, a que la justicia de Dios determine substraerle, en castigo de tan manifiesto abuso, la gracia eficaz del arrepentimiento, sin la cual le será absolutamente imposible salir de su horrible situación. Si diera cuenta el pecador del espantoso peligro a que se expone, no podría conciliar el sueño una sola noche a menos de haber perdido por completo el juicio.
He aquí, indicados nada más, algunos de los medios más eficaces para salir del pecado mortal y no volver jamás a él:

1) Asistir al santo Sacrificio de la Misa. “por que nos obtiene la gracia del arrepentimiento, nos facilita el perdón de los pecados. ¡Cuántos pecadores, asistiendo a Misa, han recibido allí la gracia del arrepentimiento y la inspiración! de hacer una buena confesión de toda su vida”! (R. Garrigou-Lagrange, el Salvador, ed. Patmos, pág. 463).

2) Confesión y comunión frecuente, con toda la frecuencia que sea menester para conservar y aumentar las fuerzas del alma contra los asaltos de la tentación. Por la salud del cuerpo tomaríamos con gusto todos los remedios y medicinas que el médico nos mandara. L salud del alma vale infinitamente más.

3) Reflexionar todos los días un ratito sobre los grandes intereses de nuestra alma y de nuestra eterna salvación. La lectura diaria meditada de la vida de los santos ayuda mucho. (Hay unos libros fundamentales: S. Francisco de Sales; Introducción a la Vida devota; S. Alfonso de Ligorio, Preparación para la muerte; El gran medio de la Oración).

4) Oración de súplica pidiéndole a Dios que nos tenga de de su mano y no permita que nos extraviemos. El Padrenuestro bien rezado y vivido, ayuda mucho.

5) Huida de las ocasiones. El pecador está pedido sin eso. No hay propósito tan firme ni voluntad tan inquebrantable que no sucumba. Con facilidad ante una ocasión seductora. Es preciso renunciar si contemplaciones a los espectáculos inmorales (se comete, además, pecado de escándalo y cooperación al mal, contribuyendo con nuestro dinero a mantenerlos amistades frívolas y mundanas, conversaciones torpes, revistas o fotografías obscenas, películas, Internet, la caja de todos los vicios etc. Imposible mantenerse en pie si no se renuncia a todo eso. La felicidad inenarrable que nos espera eternamente en el cielo bien vale la pena de renunciar a esas cosas que tanto nos seducen ahora, sobre todo teniendo en cuenta que por un goce momentáneo nos llevarían a la eterna ruina.

6) Devoción entrañable a María, nuestra dulcísima Madre, abogada y refugio de pecadores. Lo ideal sería rezarle todos los días el Santo Rosario, que es la primera y más excelente de las devociones marianas y grandísima señal de predestinación para que lo rece devotamente todos los días; pero, al menos, no olvidemos nunca las tres avemarías al levantarnos, acostarnos y a experimentar la tentación, para que nos alcance la victoria.

7) Hacer regularmente los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. Hay una muerte, un juicio, una eternidad feliz o infeliz. Con el pecado no se discute. Tenemos que salvarnos cueste lo que cueste.

R. P. Michel Boniface, de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X.