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jueves, 15 de agosto de 2013

La asunción de María a los cielos. 15 de Agosto.

Es una de las fiestas marianas más antiguas y, desde luego, la Más celebrada por el pueblo cristiano en todo el mundo. Es la fiesta del triunfo definitivo de María, con su gloriosa Asunción en cuerpo y alma al cielo para ser coronada por Reina y Señora de todo lo creado. Parece que tuvo su origen en Oriente hacia el siglo v, con el título de la Dormición de María, que más tarde (siglo VIII) se cambió por el de la Asunción. En Occidente aparece esta fiesta en el siglo VII y se propagó rápidamente por todo el mundo. El Misal mozárabe español contiene una misa de la Asunción de María del siglo IX, pero ya se celebraba la fiesta al menos desde el siglo VII, como atestiguan San Isidoro y San Ildefonso. San Pío V en 1568 mejoró mucho las lecciones del Oficio litúrgico. Y Pío XII proclamó dogma de fe la Asunción de María el día 1 de noviembre de 1950. Hoy es fiesta de precepto para toda la Iglesia universal y se celebra con el máximo rito de «Solemnidad».

LA ASUNCIÓN DE MARÍA A LOS CIELOS



La Virgen María fue asumida o “asumpta” a los cielos; o sea, resucitó como su Hijo y fue lle­vada a la gloria en cuerpo y alma. No decimos Ascensión, sino Asunción, porque fue llevada por su Hijo, como píamente creemos. Se cree que vivió 72 años.
El Papa Pío XII definió en el año 1950 des­pués de consultar a los Obispos de todo el mun­do, que la Asunción de María a los cielos es una verdad de fe. ¿Dónde está en los Evangelios, esa verdad de fe? No está en los Evangelios, está en la Tradición. Los Evangelios terminan en la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo; y fueron compuestos y puestos por escrito mucho antes de la muerte de Nuestra Señora. Pero los Apóstoles sabían y enseñaban muchas más cosas de las que están en los Evangelios, como dicen ellos mismos: "Muchas otras cosas hay que hizo Jesús, que si se escribieran todas, creo que no cabrían en el mundo los libros" -dice san Juan al final del suyo.
La Iglesia Católica sostiene que la Revelación de Dios a los hombres está contenida en dos depósitos: la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición o Trasmisión. Tradición no es cualquier cosa que esté escrita en los Santos Padres, ni siquiera en los Padres Apostólicos, que fueron los escritores que conocieron a los Apóstoles; sino solamente “quod semper, quod ubique, quod ab ómnibus”, como dijo san Vicente de Lerins: es decir, lo que se ha creído “siempre, por todos y en todas partes”. Y esto ocurre con el dogma de la Asunción de María a los cielos.
Hay en los escritos de los Padres muchas cosas que son conjeturas, opiniones teológicas o pías creencias; que son respetables, pero no son verdades de la fe: como la que puse arriba que la Santísima Virgen vivió 72 años. Probablemente es verdad pero no es una verdad de la fe; un “dogma”, como se dice.
Un alemán amigo mío protestante me dijo una vez: “Ustedes creen cosas de hombres. No hay que creer más que lo que está en la Sagrada Escritura”. La respuesta sencilla es: “¿Y dónde está en la Sagrada Escritura eso que Ud. ha dicho ahora?”. Efectivamente, la Escritura no dice eso, dice lo contrario, como hemos visto. Dice expresamente que después de su Resurrección Cristo instruyó a sus discípulos en muchas cosas acerca del Reino de Dios “que no están en este libro”, ni cabrían en muchos libros. Así por ejemplo, el Sacramento del Matrimonio, y el de la Extremaunción (que está en la Carta de Santiago Apóstol), la jerarquía eclesiástica dividida en Sacerdotes y Obispos, las prerrogativas de la Santísima Virgen, como su Asunción. Desde el principio de la Iglesia los fieles llamaron a la muerte de María la “dormición” o el “tránsito”; no “la muerte”; la primera literatura cristiana contiene relatos de su resurrección y glorificación; y las distintas Iglesias celebraban esa fiesta, que celebramos nosotros el 15 de agosto.
María no tenía pecado original, de modo que el castigo de la muerte no le era debido; murió para seguir en todo a su Hijo en la obra de la Redención del hombre; así como cumplió la ley de la Purificación después del Parto, que no la obligaba a ella; y Cristo se sometió a la Circuncisión y al bautismo de penitencia de su primo el Bautista. Y así María debía seguirlo también en la Resurrección.

“¿Quién es ésta que sube del desierto,
Enchida de delicias
Apoyada en su Amado?
¿Quién es ésta que sube del desierto
como una columnita de zahumo
De perfume de incienso y mirra
Y toda clase de aromas?...
Ven del Líbano, esposa mía
Ven del Líbano y serás coronada...”

Estos y otros versículos del Cantar de los Cantares aplica la Iglesia a María en su gloriosa Asunción.
Cristo y su Santísima Madre resucitaron para nosotros; y entraron en la gloria como representantes de todo el cuerpo de la Iglesia, como primicias de la resurrección de la carne, de nuestra resurrección futura. Esto nos alegra. Es difícil alegrarse de la alegría de otros cuando ella no nos toca para nada: dicen que la compasión es propia de hombres; pero la congratulación (o sea, alegrarse con la alegría ajena) es propia de ángeles. Pero en este caso la alegría y gloria de la Reina de los Angeles nos toca de cerca. Los bienes de nuestra Madre son nuestros.
Un cuerpo de varón y un cuerpo de mujer están ya en el cielo, transformados por Dios en algo semejante a los Angeles. En esta vida el cuerpo nos pesa muchas veces, sujeto como está a la concupiscencia, a las enfermedades y a la muerte. El amor, que parecería inventado por Dios para la felicidad del hombre (y así fue al principio) resulta que ahora es causa de muchísimas penas, molestias, contrastes; y aún crímenes, desastres y tragedias, como vemos cada día; porque la naturaleza del hombre está desordenada por la pasión y el desenfreno. Pero no es el destino final de nuestros cuerpos estorbar al alma, decaer a la vejez y las dolencias, y pudrirse para siempre en el sepulcro. Su destino final es ser renovado, enderezado y perfeccionado por el Creador en forma extraordinaria y espléndida como lo fueron ya el cuerpo de Cristo Nuestro Señor y el cuerpo de María Santísima. Así sea.
  
R.P. Leonardo Castellani, tomado de “El Rosal de Nuestra Señora”. Visto en Syllabus.

jueves, 28 de marzo de 2013

Jueves Santo: In coena Domini.



“¡Oh Dios!, de quien recibió Judas el castigo de su pecado, y el ladrón el premio de su confesión: concédenos el efecto de tu clemencia; para que así como nuestro Señor Jesucristo, en su Pasión, dió a ambos el diverso galardón de sus méritos, así también, destruido el hombre viejo, nos conceda la gracia de su resurrección”. (Oración de la Santa Misa In coena Domini)
Tomado de Juventud Católica Tradicionalista.


Recomendamos este texto del padre Andréz Azcárate explicando la liturgia del Jueves Santo.

miércoles, 13 de febrero de 2013

El miércoles de ceniza y días siguientes.


Los cuatro últimos días del Tiempo de Septuagésima fueron declarados de ayuno por San Gregorio Magno, en el siglo VI, para completar con, ellos el número cuarenta del ayuno cuaresmal. Por eso el miércoles de ceniza lleva en la liturgia el título oficial de caput jejunii (comienzo del ayuno), como el primer domingo de Cuaresma llevaba en los antiguos Sacramentarios el de caput Quadragesimae (comienzo de la Cuaresma). No es, pues, el miércoles de ceniza al principio de la Cuaresma, sino del ayuno cuaresmal.
Ya en el siglo IV, y mucho antes por lo tanto que San Gregorio eligiera el Miércoles de Ceniza para inaugurar los ayunos de Cuaresma, tenía este día un carácter penitencial; pues señalaba para los pecadores públicos el principio de la penitencia canónica, que debía terminar el Jueves Santo con la absolución de los mismos. Los penitentes se presentaban por la mañana en el templo para confesar sus pecados, y si éstos habían sido graves y públicos, recibían del penitenciario un hábito forrado con áspero cilicio y cubierto de ceniza, con el que se retiraban a un monasterio de las afueras de la ciudad, para cumplir la penitencia cuadragesimal. Al desaparecer, hacia el siglo XI, la práctica de la penitencia pública, la imposición de la ceniza que hasta entonces sólo recaía sobre los penitentes, empezó a hacerse general para todos los fieles y convirtióse en el rito actual.
Por lo mismo que estos cuatro días no pertenecen propiamente a la liturgia de Cuaresma, se rigen como todos los anteriores por las rúbricas de la Septuagésima, si bien gozan del privilegio de la Misa "estacional" propia, con su correspondiente “oración sobre el pueblo”, de que luego hablaremos. Las Vísperas del sábado, como primeras de Cuaresma, tienen lugar antes del medio día.
Las oraciones colectas de todas estas misas insisten en la misma idea de encomendar a Dios los ayunos de los cristianos, para que éstos los' observen devota y varonilmente, y Él los acepte en expiación de sus pecados. La del sábado merece ser tenida en cuenta durante toda la Cuaresma, pues establece que “este solemne ayuno ha sido instituído con la saludable intención de curar los cuerpos y las almas”. ¡Adviértanlo bien los que temen desfallecer de debilidad si se atienen a la ley, hoy ya harto relajada, del ayuno eclesiástico!

jueves, 1 de noviembre de 2012

1 de Noviembre: Fiesta de todos los santos.



La Iglesia, nuestra Madre, regida por el Espíritu Santo, no contenta con proponer cada día en particular alguno o algunos de los que habitan la celestial Jerusalén, junta hoy todos aquellos héroes por materia de su culto, porque siendo nuestros poderosos intercesores y abogados, derrame Dios sobre nosotros los tesoros de su misericordia y las gracias para imitarlos. Ellos fueron lo que somos nosotros, y algún día podemos ser nosotros como fueron ellos. La gloria que gozan merece nuestro culto y es un objeto digno de nuestros deseos. Tributamos en este día veneración a aquellos santos, cuyos nombres sólo están escritos en el libro de la vida, y aunque no los conozcamos, no por eso son menos dignos de nuestra veneración y respeto.
Antiguamente se solemnizaba esta fiesta entre las dos Pascuas de Resurrección y Pentecostés, pero no comprendía más que a María Santísima, Reina de todos los Santos y Apóstoles y Mártires, cuyo glorioso triunfo se celebraba en aquel tiempo con alegría y regocijo. El famoso panteón de Roma, templo de todos los dioses, era el edificio más suntuoso, reputado por maravilla del arte y el último esmero de la arquitectura, al que se le dio el nombre de Panteónpara denotar que en él se tributaban adoraciones a todos los dioses. Dió ocasión para la grande fiesta Bonifacio IV, quién purificó y consagró este soberbio edificio, que se conservó hasta su tiempo, el que dedicó a la Reina de los Ángeles y a Todos los Santos, e hizo trasladar a él veintiocho carros de huesos de santos mártires, sacándolos de las catacumbas.
La época de esta festividad se debe colocar en el pontificado de Gregorio III, quién por los años de 732 hizo erigir una capilla en la iglesia de San Pedro, en honor del Salvador, de su Santísima Madre y de Todos los Santos que reinan con Cristo en el Cielo, y fue colocada entre las fiestas de mayor solemnidad. Habiendo pasado a Francia el papa Gregorio IV en el año de 835, mandó que se celebrase solemnemente la fiesta de Todos los Santos, para que todos fuesen en un mismo día venerados, en oprobio de los gentiles que en otro día igual tributaban veneraciones a todos los falsos dioses. En el reino de Inglaterra era fiesta de precepto aun después del cisma y de la herejía que desterraron casi todas las otras. El papa Sixto IV mandó que se celebrase con octava, y que fuese una entre las más solemnes de la Iglesia universal.
Grande es el número de los santos cuya memoria celebra cada día la santa Iglesia; pero es mucho mayor el nombre de aquellos cuyos nombres, virtudes y méritos se ocultan a su noticia. Éstos los conoció Dios, los premió abundantemente y los hará gloriosos a los ojos de los hombres en el gran día de los premios y de los castigos. En esta festividad nos presenta la Iglesia a todos estos privados del Altísimo, no sólo para que los veneremos con su culto, sino para que los imitemos con el ejemplo; porque estos escogidos de Dios fueron de nuestro mismo sexo, condición, estado, empleo y de nuestro nacimiento. Hoy tributamos honores al pobre oficial, al humilde labrador, y al ínfimo criado, que en los penosos ejercicios de su abatido ministerio supieron ser santos, haciendo una vida inocente, devota y cristiana.
Honramos a San Luis, a San Fernando, San Eduardo, Santa Clotilde, y a Santa Isabel, en la elevación del trono por sus grandes virtudes. A San Isidro, labrador en el campo; a San Homobono en su taller, y a Santa Blandina en su cocina. Tantos santos como vivieron como nosotros dentro de una misma ciudad, de una misma comunidad y de nuestra familia, son argumentos convincentes de que todos podemos practicar las virtudes cristianas y ser santos.
Hoy en los púlpitos se predican alabanzas a Todos los Santos; ¿llegará acaso el día en que se prediquen las nuestras? Pero si no llega este día, ¿cuál será nuestra desgraciada suerte?

San Beda:

«Ea pues, hermanos míos, -exclama el venerable Beda-, emprendamos con esfuerzo y alegría el camino de la vida, porque el Cielo es nuestra Patria, y estamos en él escritos como ciudadanos suyos; suspiremos por aquella celestial mansión, y llevemos con paciencia las amarguras de este destierro: somos en la tierra huéspedes, forasteros y caminantes; y supuesto que todos los santos son realmente nuestros compatriotas, algún día hemos de ser sus compañeros en la ciudad de Dios, sus herederos y coherederos de Jesucristo, si tenemos parte en sus trabajos y queremos participar de su gloria: ¿Cómo es posible que no se dirijan todos nuestros suspiros y ansias hacia aquella dichosa ciudad?»

Dice San Cipriano:

«Ella nos está esperando. Una multitud de parientes y amigos nuestros. Pongámonos los ojos en aquella numerosa tropa de nuestros hermanos, conocidos y de nuestros hijos, que asegurados de su dichosa suerte y solícitos de la nuestra, nos están convidando sin cesar a participar de la misma corona. Sean, hermanos míos, todos nuestros suspiros, todos nuestros deseos, ambición y anhelo, por merecer el mismo premio. ¡Oh, grandes Apóstoles, Gloriosos Mártires, Confesores y Vírgenes, mirad que nos hallamos luchando en el golfo peligroso de éste mundo; socorrednos con vuestra poderosa intercesión; alcanzadnos del Señor aquella gracia particular, para que imitando vuestros ejemplos, nos anime vuestra gloria a vivir como debemos.»

Visto en Ecce Cristianvs.

domingo, 1 de mayo de 2011

La oración de la Fiesta de San José Obrero.


1. El trabajo del Hombre:

Oh Dios creador de todas las cosas, que estableciste la ley del trabajo al género humano...

En el Paraíso, antes del pecado:

El trabajo en el Paraíso era para ocupar su espíritu, ejercitando sus facultades, dando fruto a sus talentos, mostrando su gratitud a Dios:
Libro del Génesis 2, 7 ss: “Entonces Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y residió el hombre un ser viviente. Luego plantó Dios un jardín en Edén, al oriente, donde colocó al hombre que había formado. Tomó, pues, Dios al hombre y le dejó en al jar­dín de Edén, para que lo labrase y cuidase. Y Dios impuso al hombre este mandamiento: «De cual­quier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, por­que el día que comieres de él, morirás sin remedio.» Dijo luego Dios: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada.» Y Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera. El hombre puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo, mas para el hombre no encontró una ayuda adecua­da. Entonces Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne. De la costilla que Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó: «Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada.» Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne”.
Este trabajo no implicaba pena alguna, antes gran satisfacción:
“Dice en Gén 2,15: Tomó el Señor Dios al hombre y lo puso en el Paraíso del gozo para que lo trabajara y lo custodiara. Esto no sería penoso como lo es después de aquel pecado, sino que sería agradable para ejercitar una capacidad natural. La custodia no sería contra invasores violentos, sino contra la tentación al pecado, que le robaría el Paraíso”. (Santo Tomás, Suma, Iª pars, cuestión 102, artículo 3: El hombre, ¿fue o no fue puesto en el Paraíso para que lo trabajara y custodiara?)

En el destierro, después del pecado:

Después del pecado original el trabajo se transforma en pena, en castigo. La naturaleza que heredamos de Adán trae consigo este castigo del trabajo penoso. 1) Pena satisfactoria: para pagar por el pecado; así el trabajo tiene un carácter humillante y mortificante (espinas). 2) Pena preservativa: para impedir los pecados; porque leemos en el Libro del Eclesiástico: “la ociosidad enseña mucha malicia”... Fue la causa del grave pecado del rey David. El ocioso repite con el demonio aquel grito diabólico: "¡no serviré!"
Libro del Génesis 3, 16 ss: “A la mujer le dijo: «multiplicaré las fatigas de tus preñeces: con dolor parirás los hijos. Buscarás con ardor a tu marido, y él te dominará. Al hombre le dijo: «Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldita sea la tierra por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abro­jos te producirá, y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás.»... Y le echó Dios del jardín de Edén, para que labrase el suelo de donde había sido tomado. Y habiendo expulsado al hombre, puso delante del jardín de Edén querubines, y la llama de espada vibrante, para guardar el camino del árbol de la vida”.

La muerte y todos los males consecuentes son castigo del pecado original:

“Dice el Apóstol en Romanos 5, 12: Por un hombre entró el pecado en el mundo; y por el pecado, la muerte. El pecado del primer padre es la causa de la muerte y de todos los males de la naturaleza humana, en cuanto que por el pecado del primer padre nos fue arrebatada la justicia original, por la que se mantenían bajo el control de la razón, sin desorden alguno, no sólo las facultades inferiores del alma, sino también el cuerpo entero se mantenía bajo el control del alma sin ningún fallo. Por esto, sustraída esta justicia original por el pecado del primer padre, así como fue vulnerada la naturaleza humana en cuanto al alma por el desorden de sus potencias, así también se hizo corruptible por el desorden el cuerpo mismo". (Santo Tomás, Summa, Iª, IIæ, cuestión 85, artículo 5: ¿Son efecto del pecado la muerte y demás males corporales?).

El trabajo después de la Redención:

Nuestro Señor viene a reparar el pecado y renovar todas las cosas: Ofertorio de la Misa: “Oh Dios, que admirablemente creaste la dignidad de la naturaleza humana, y aun más admirablemente la reformaste...” (Oración que rezan los sacerdotes cuando bendicen la gota de agua).
Ahora, el trabajo, sin dejar de ser castigo, aceptado con resignación es meritorio unido a los sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo, quien quiso trabajar también con sus propias manos, dignificando así el trabajo:
“Fue conveniente que el cuerpo asumido por el Hijo de Dios estuviese sometido a las debilidades y defectos humanos; y especialmente por tres motivos. Primero, porque el Hijo de Dios, asumiendo la carne, vino al mundo para satisfacer por los pecados del género humano. Y uno satisface por los pecados de otro cuando echa sobre sí mismo la pena debida a los pecados de ese otro. Ahora bien, los defectos corporales a que nos referimos, a saber: la muerte, el hambre y la sed y otros por el estilo, son pena del pecado, introducido por Adán en el mundo, según Romanos 5, 12: Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte. Por eso fue conveniente, en relación con el fin de la encarnación, que asumiese en nuestra carne las penalidades de esta naturaleza, en lugar nuestro, según Isaías 53, 4: Verdaderamente se apropió nuestras enfermedades (...Segundo...) Tercero, para ejemplo de paciencia, que él nos da soportando con fortaleza los sufrimientos y los defectos humanos. Por eso se dice en Hebreos 12, 3: Soportó la contradicción de los pecadores contra él, para que no decaigáis, desfalleciendo en vuestros ánimos. (Santo Tomás, Summa IIIª Pars, cuestión 14, artículo 1: ¿Debió el Hijo de Dios asumir la naturaleza humana con los defectos corporales?)

2. El Patrocinio de San José:
...concédenospropicio, que a ejemplo de San José, y bajo su patrocinio...

El ejemplo de obediencia de San José:

Si el mundo fue castigado por la desobediencia de Adán, la obediencia es, pues, lo contrario al pecado. Si el demonio y Adán no quisieron servir a Dios, San José al contrario va a reparar con un ejemplo heroico de obediencia:
La vida de San José se puede definir por la obediencia: “por obediencia desposa a María, por obe­diencia no la abandona, por obediencia va a Belén, por obediencia huye a Egipto, por obediencia vuelve de allá, por obediencia sube al templo, por obediencia educa y cuida a Dios hecho niño”.

La institución de la fiesta de San José Obrero:

Al instituir la Fiesta, el Io de mayo de 1955, exhortaba S.S. Pío XII:
“La Iglesia, Madre Providentísima de todos, preocupada en gran medida de proteger y encaminar a los obreros, e instituir y favorecer sus asociaciones, les ha querido asignar el Patrocinio de San José. En efecto, San José, siendo el padre adoptivo de Cristo, que se digno de ser llamado artesano e hijo del carpintero, debido a las obligaciones de que estaba encargado respecto a Jesús, abundan­temente bebió de su Espíritu como sobrellevar y ennoblecer el trabajo. De un modo semejante deben comportarse las asociaciones obreras, para que Cristo esté siempre presente en ellas, en sus miem­bros y en sus familias, y finalmente en toda reunión de obreros; ciertamente el principal fin de estas asociaciones es que guarden y promuevan la vida, cristiana en sus miembros, y propaguen el Reino de Dios, especialmente entre sus compañeros de trabajo... Para que tengan en lo más alto los ánimos donde moverse a buscar la dignidad del trabajo humano, y los principios que la producen, se insti­tuye la Fiesta de San José Obrero, que sea de todas las asociaciones de obreros ejemplo y protección. Pues, de este ejemplo, los que se dedican a los tra­bajos artesanales deben aprender de qué forma y con qué espíritu cumplir sus funciones, para que al mismo tiempo que, siguiendo el primer mandato divino, sometan la tierra y procuren la prosperidad económica, consigan alcanzar los premios de la vida eterna”.
...hagamos las obras que mandas, y consiga­mos los premios que prometes.

R. P. Carlos Emmanuel Herrera, boletín “Fides” Nº 957, 1 de mayo de 2011.

domingo, 10 de abril de 2011

El tiempo de Pasión. Exposición dogmatica.


La Iglesia, que desde el principio del Ciclo Pascual ha seguido a Jesús en su ministerio apostólico contempla enlutada, en el Tiempo de Pasión, los acontecimientos dolorosos en que abundó su último año (Semana de Pasión), y la postrera semana (Semana Santa) de su vida mortal.
La rabia de los émulos del Salvador, que acrece por días, a va a estallar por fin; y el Viernes Santo nos recordará el más atroz de los crímenes, y el drama sangriento del Gólgota, anunciado por los profetas y por el mismo Jesús. Así que la liturgia, confrontando el Antiguo con el Nuevo testamento, establece un curiosos paralelo entre las palabras de San Pablo y de los Evangelistas referentes a la Pasión, y los clarísimos vaticinios de Jeremías e Isaías, de David, de Jonás y de Daniel.
Al acercarse ya el trágico desenlace, los acentos de dolor en que la Iglesia prorrumpe son cada vez más desgarradores, y pronto oiremos sus lamentos por su Esposo que ha desaparecido. “El cielo de la Iglesia, escribe “Dom Guéranger, se va poniendo más y más sombrío”. Como en los días de la tormenta, vemos acumularse en el horizonte siniestros y densos nubarrones. Va a caer el rayo de la divina Justicia, desgarrando a Jesús que por amor a su Padre y a nosotros se hizo hombre. En virtud de la misteriosa solidaridad que enlaza entre sí a los distintos miembros de la familia humana, ese Dios hecho carne ha sustituido a sus hermanos culpables. Para eso “se reviste de nuestras culpas como de un manto”, en frase del Profeta, y “se hace pecado por nosotros” a fin de poder llevarlo con su carne a la cruz, y destruirlo con su muerte. En el huerto de Getsemaní, los pecados de todos los siglos y de todas las almas se agolpan horribles y repugnantes en fangosas oleadas sobre el alma purísima de Jesús, el cual se convierte en “¡receptáculo de todo el barro humano, en sentina de la creación! (Mons. Gay. Ser. Juez. S.)
Su mismo Padre, violentando el amor entrañable que le tiene, debe tratarle como a un ser maldito, porque escrito está: “Maldito todo aquel que pende de un leño”. Y es que la obra de nuestra salvación reclamaba que Jesús “fuera cosido al madero de la cruz, para que precisamente lo que nos había dado la muerte nos devolviera la vida; y que el que por el leño nos había vencido, por el leño lo fuese también a su vez por Jesucristo Señor nuestro”.
Vemos pues, trabados en duelo desigual al Príncipe de la vida y a de la muerte; pero “Cristo es quien triunfa, inmolándose”. Y, en efecto, el Domingo de Ramos sale cual sale un valeroso conquistador, seguro de sí mismo, aclamado y coronado con palmas y laureles”, “símbolos de la victoria que iba a reportar”.
“Alégrate, hija de Jerusalén, porque mira que tu Dios viene a Ti”, dice le profeta Zacarías, y la turba tiende sus vestidos por el suelo, cual se estilaba al hacer la entrada triunfal de los reyes, gritando: ¡Bendito sea el que viene como rey en el nombre del señor!” Jesús entra en su capital de Jerusalén y sube al trono precioso de su sangre “vestido de regia púrpura”, y encima de él Judíos y Romanos escriben en las tres lenguas entonces más usadas su glorioso título de “Jesús Nazareno, rey de los Judíos, “El oráculo de David se cumplió: Dios reinará por el leño”, que siendo hasta entonces padrón de ignominia, se trueca en “estandarte del rey” y “nuestra única esperanza en el Tiempo de Pasión”. Nos postramos ante la cruz, porque por el madero se devolvió la alegría al universo mundo”. Para demostrar a las claras que la iglesia considerará en adelante desde ese punto de vista a Jesús en la cruz, los antiguos artistas cristianos ponían al Crucifijo corona heráldica y real. La humillación de Cristo había sido, en efecto, para su Padre una glorificación, para Satanás una derrota, para Jesús un triunfo y para nosotros una expiación infinita. Y la Iglesia, que hará resaltar en su liturgia pascual el aspecto vivificador de la muerte de Jesús, procura que ya esté embebida de ese mismo pensamiento al liturgia del Tiempo de Pasión; porque la muerte de Cristo, imagen de nuestra muerte al pecado, y su resurrección, modelo de la resurrección nuestra a la vida sobrenatural, son como las dos caras del misterio de la Pascua de Jesús Crucificado y Pascua de Jesús resucitado.
Por eso también, en la noche Pascual los catecúmenos “eran sepultados por el Bautismo con Jesús en su muerte, y resucitaban con Él a nueva vida”.
Y efectivamente, al fin de la Cuaresma y en los días en que la Iglesia celebra el recuerdo de la muerte y del triunfo de Jesús, exigían los Concilios que se administrasen a los Catecúmenos los sacramentos del Bautismo y Eucaristía, y que se les reconciliase por medio de la absolución sacramental a los públicos penitentes. De este modo, el Tiempo de pasión y de Pascua, a la vez que señalaba para todos los cristianos el aniversario de la recepción de tan grandes beneficios, les recordaba cómo la Pasión y la Resurrección de Cristo son la causa eficiente y ejemplar de la suya, y les permitía asociarse a ellas cada año de un modo más cabal, más íntimo. Estas fiestas no eran un mero recuerdo histórico, referente a la sola persona de Jesús, sino una realidad viviente para todo su místico cuerpo: El luto del Gólgota, cundía por el mundo entero, e que la Iglesia, con Cristo su Cabeza, ganaba todos los años una nueva victoria sobre Satanás. Este mismo pensamiento consumaba la iniciación de los catecúmenos y excitaba de un modo más apremiante al arrepentimiento a los penitentes públicos, que cifraban sus esperanzas en “la inmolación del Cordero”, cuanto más próximos a ella se veían. El Tiempo de Pasión, por su conexión con el Tiempo Pascual quiere traernos el recuerdo del Bautismo en que nuestra alma fue lavada con la sangre de Jesús, y de nuestra primera Comunión, en que vino a beber de ella; y por la Confesión y Comunión Pascuales, vestigios de la disciplina penitencial y bautismal de antaño, este Tiempo nos hace morir y resucitar más y más con Cristo.

Dom Gaspar Lefevbre O.S.B., tomado del Misal Diario y Vesperal, Desclée de Brouwer y Cía. Brujas Bélgica 1953.

domingo, 3 de abril de 2011

Domingo cuarto de Cuaresma: La primera multiplicación de los panes (1963).


Después de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: «¿Donde vamos a comprar panes para que coman éstos? » Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: « Doscientos denarios de pan nobastanpara que cada uno tomeunpoco». Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro:« Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos? » Dijo Jesús: « Haced que se recueste la gente. » Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos 5.000. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda». Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente la señal que había realizada, decía: «Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo». Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a lomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo”. (Jn. 6, 1-15).

El Evangelio de la Dominica IV de Cuaresma trae la primera multiplicación de los panes y peces; pues repitió este milagro otra vez sin ninguna duda —más tarde, en otro lugar y con otras circunstancias [1]. Es un relato histórico de testigo presencial, que recuerda hasta cuántas canoas había en la ribera ese día, y el número del inmenso auditorio de Cristo, cuyos pormenores conocen ya Uds. y no tienen necesidad de explicación, sino dos puntos: uno, la simbólica del milagro, que es la Eucaristía; y otro, el carácter de los milagros de Jesucristo, que es la modestia.
Cristo hizo de la multiplicación de los panes un símbolo de la Eucaristía, como explicó Él mismo al día siguiente en la Sinagoga de Cafarnaum, donde llegó huyendo, y lo siguió la multitud [2]. La multitud dijo al ver la multipanificación: “Realmente éste es el Gran Profeta que está escrito había de venir” —y esta conclusión era lo que interesaba a Cristo al hacer el milagro; pero a las turbas venidas de todas partes les interesaba más el milagro; y querían hacerlo Rey, ansiando otros mayores milagros. Se los dijo Cristo: “Venís persiguiéndome por el pan de la tierra: buscad el pan del cielo”. “Sabemos que Moisés dio a nuestros padres el Pan del Cielo”. “Yo soy el Pan del Cielo; vuestros Padres comieron el pan del cielo de Moisés y murieron”.
Cristo hacía sus milagros solamente para sostener sus promesas acerca la otra vida, la vida eterna. Platón y Aristóteles habían enseñado ya que la salvación del hombre está en el más allá; aunque puede haber un comienzo de felicidad en esta vida, que ellos ponían en la “contemplación”: no me pidan explique ese término difícil [3]. Pero los judíos querían el Reino en esta vida.
Cristo entonces hace un largo recitado acerca del Pan del Cielo, que es Él; primero acera de Él conocido por la fe, luego acerca de Él recibido en el Sacramento; las dos juntas, pero al comienzo poniendo el acento más bien en la fe; al final poniendo el acento en el Sacramento que promete. Esta promesa unida a las palabras de la Última Cena no dejan ninguna duda acerca de la natura de la Eucaristía, por increíble que ella sea; pues es un milagro mucho mayor que la Multipanificación. Se escandalizaron los judíos al oír que para vivir eternamente habían de comer su cuerpo; murmuraron, protestaron y muchos lo abandonaron. Y entonces Jesucristo les advirtió claramente que no comerían su carne carnalmente sino espiritualmente, en lo que llaman “estado sacramental”.
Es un milagro mayor que el otro. Yo doy aquí una laminita de pan sin sal consagrado a una persona, y después a otra persona que está al lado; y reciben el Cuerpo de Cristo. ¿Están allí dos Cuerpos de Cristo? No. ¿Se hace el Cuerpo de Cristo grande como toda esta Iglesia? Tampoco [4]. —No se puede concebir —No ciertamente: nuestra imaginación no lo puede concebir: está aprisionada por la categoría de la extensión, del espacio, de las dimensiones y no puede salirse de allí: pero los espíritus no tienen extensión y el Cuerpo de Cristo ya resucitado tiene cualidades de espíritu [5], como las tendrán todos los cuerpos resucitados [6]. Eso no es debido al cuerpo humano: lo hará Dios por milagro: lo hizo ya.
Los estudiantes de la Edad Media inventaron un problema chusco (muchos problemas chuscos inventaron) para ayudarse en su estudio de la Filosofía:
“¿Pueden mil ángeles caber en la punta de un alfiler?”
Y respondían: “Sí, pueden, porque los ángeles no tienen extensión”. Pero estaba mal la respuesta. Es un falso problema, un problema mal planteado, porque la palabra “caber” no tiene nada que hacer con un ángel en ninguna forma, porque el ángel no tiene extensión [7]. Los científicos modernos dicen que no existe la extensión, que el átomo no tiene extensión, que TODO ES ENERGÍA, no hay masa: es falso también, pero muestra que es posible concebir (en nuestro intelecto, no en nuestra imaginación) esas dos cosas separadas, la sustancia y la extensión. La extensión es una propiedad de la materia, y hay sustancias que no tienen materia, sustancias espirituales. Extensión y sustancia no se implican mutuamente como pensó Descartes: y así en la Hostia está la sustancia del Cuerpo de Cristo sin su extensión [8]; y está la extensión del pan sin la sustancia del pan, cosa que podemos concebir, aunque nunca imaginar.
A pesar de ser la Multipanificación el más grande de los milagros de Cristo (o el más ruidoso, porque el más grande fue su Resurrección), es un milagro modesto, como todos sus milagros. Les dio de comer un día a todos esos hombres, mujeres y niños, pero eso no resolvió ninguno de sus problemas: al día siguiente tendrían hambre de nuevo. Verdad es que Cristo también dio la salud, curó ciegos y resucitó muertos. Pero ¿cuántos? Curó un ciego entre 100 ciegos, dio la vida a un muerto entre 100.000 muertos. O sea, los milagros de Cristo no eran para esta vida, sino para la otra. Cristo no vino a cambiar el destino de los hombres: vino a COMPARTIR el destino de los hombres. En la Conquista del Perú por Pizarro, cuenta Don Pedro Calderón que los españoles convencían de la religión a los quichuas diciéndoles: “¿El Sol murió por vosotros?” “No”. “¿Y el Sol os pide que muráis por Él?” “Sí”. “No hay derecho”. (Los Incas hacían al dios Sol sacrificios humanos: había sacerdotisas vírgenes en el Templo del Sol, de las cuales tomaban una de vez en cuando y le cortaban el pescuezo para agradar al Sol; diciéndoles que era una suma felicidad porque con eso quedaban hechas esposas del Sol; lo cual no impedía que las collas se dispararan siempre que podían). Los españoles, pues, decían: “Nuestro Dios nos pide que muramos por Él, pero Él murió primero por nosotros”. Y parece que eso convencía a los indios.
Jesucristo vino a participar de los males de los hombres, remitiendo el remedio total dellos a la otra vida; y para eso eran sus milagros, para probar había otra vida. Los judíos le decían: "¿Por qué no haces un milagro como Josué, vamos a ver, que hizo pararse al Sol? ¿O como Moisés, que dio de comer a nuestros padres 40 años en el desierto? ¿O como Elias, que hizo bajar fuego del Cielo?" Si hubiese hecho eso, le hubieran pedido después hiciese aparecer toneladas de monedas de oro en la calle. Jesucristo se entristecía o se irritaba; hasta que al fin les dijo: “Esta cría mala y adulterina pide milagros; y no se le dará más milagro que el milagro de Jonás Profeta: pues así como Jonás estuvo tres días sepultado en el vientre de un cetáceo, así el Hijo del Hombre será dado a muerte y sepultado, y saldrá de la sepultura al tercer día” [9]. Un milagro para la otra vida y para la fe; no para esta vida.
El gran milagro es que Dios haya querido participar de nuestros dolores y hacernos participantes de su misma vida, que Él haya muerto y nosotros hayamos resucitado con Él. Corre una blasfemia hoy día, inventada por el francés Stendhal, el cual viendo los muchos dolores desta vida, dijo: “Es una suerte que Dios no exista; porque si existiera, habría que fusilarlo”. La respuesta es muy sencilla: “Bien: bajó a la tierra y lo fusilaron. ¿Qué más quieren Uds.?” Éstos querrían que Dios suprimiese de golpe y porrazo todos los dolores, curase todos los enfermos y resucitase a todos los muertos... Paciencia, ya lo hará con el tiempo. Hará eso con todos los que han comido el Pan del Cielo; pero no ciertamente con los que han proferido gansadas como ésa, que no las dijeron ni los mismo indios quichuas.

Leonardo Castellani, tomado de “Domingueras Prédicas”.

Notas:[1] Mateo 15, 32-38. Ver Homilía del Domingo Sexto después de Pentecostés.
[2] Juan 6, 22-59.
[3] Sobre la contemplación, ver Domingueras Prédicas, Homilías del Domingo Primero después de Epifanía y Domingo de Pasión, y Psicología Humana, 2} Edición, 1997, Excursus XIII (págs. 273-276) y Excursus XVI (págs. 334-336).
[4] Cuando el sacerdote consagra el pan y el vino, se produce una conversión de substancia a substancia: del pan, en el cuerpo de Cristo; del vino, en su sangre. Así, el Señor está en la Eucaristía al modo de la substancia, que es una realidad total e incapaz de división. Esto explica que el fraccionamiento de la hostia consagrada no produzca la división de Cristo; ni la consagración de nuevas hostias, su multiplicación.
[5] La Eucaristía contiene al mismo Cristo que ahora está glorificado en el cielo, pero el Señor se encuentra en el Sacramento del altar bajo un modo diferente: con una presencia sacramental que no podemos concebir porque es milagrosa. Bajo las especies del pan y del vino, Cristo está presente en estado sacramental, no ocupa lugar (no está circunscrito).
[6] La Eucaristía contiene a Cristo crucificado y glorificado. El influjo transformante de Dios da al cuerpo glorificado la incorrupción, gloria y fortaleza (I Corintios 15, 43).
[7] Una creatura espiritual está accidentalmente localizada cuando actúa sobre un cuerpo localizado.
[8] El cuerpo humano es inseparable de sus dimensiones, pero como la transubstanciación es una conversión de substancia a substancia, las dimensiones del cuerpo de Cristo están aquí al modo de la sustancia y por tanto no se produce la extensión de las partes con respecto al lugar. El lugar es ocupado por las dimensiones del pan y del vino; el cuerpo del Señor está localizado en el cielo.
[9] Mateo 12, 38-4.

La semana Santa ¿semana de vacaciones o de luto?


El Jueves Santo, el Viernes Santo y el Sábado Santo forman el Triduo Sacro. Son los días de la Semana Santa, de la semana más importante de la historia de la humanidad. Porque para nada hubiera servido la creación si no hubiera habido la salvación.
Cristo se hizo nuestro Cordero que carga con nuestros pecados. Cristo quiere “morir a fin de satisfacer en nuestro lugar a la justicia de Dios, por su propia muerte”, dice Santo Tomás de Aquino en su “Suma Teológica” (IIIa parte, cuestión 66, 4).
La Semana Santa es la Semana de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.
La Pasión significa los sufrimientos y la muerte de Cristo en la Cruz. Pasión, Redención, Salvación y vida eterna para nosotros están vinculadas. Sin los sufrimientos, la Cruz y la muer­te de Cristo no hay salvación para ti, pecador ingrato.
Cristo acepta ser maltratado, para que tú no lo seas eternamente; Cristo acepta ser flagelado para que tú no seas flagelado por los demonios y el fuego en el infierno.
Cristo acepta gustar la tremenda sed de la crucifixión; acepta gustar la muerte amarga de la Cruz, para que tú no gustes la sed eterna de Felicidad. Cristo acepta ser deshonrado en la Cruz para que tú no seas deshonrado y confundido en el día del Juicio Final.
Y tú, hijo ingrato, ¿qué haces en esos días de la Semana Santa mientras que tu Señor está muriendo en tu lugar para salvarte? ¿Cómo los utilizas? ¿A dónde vas? ¿Por qué los profanas?
Si en esos días tu patrón te dispensa de trabajar porque es Semana Santa, Semana de Luto, Semana de la Muerte del Hijo de Dios; tú deberías saber muy bien que esos días santos no son días de vacaciones, ni de disipación, ni de playa. Son días de penitencia, de oración y de lágri­mas.
El Hijo de Dios hecho hombre está luchando contra el demonio y la justicia divina para librar­te. Sí, para librarte a ti y a tu familia del más grande peligro que pueda existir: el de la perdición eterna. Sábelo, incúlcalo a tus hijos para que sean agradecidos con su Salvador.
La Sangre que borra tus pecados es la de tu Bienhechor: Nuestro Señor Jesucristo. Es Dios mismo Quien te lo dice: “Sin efusión de sangre no hay remisión de pecados” (Hebreos, 9, 22). Ningún hombre puede conseguir por sí mismo el perdón de sus pecados. Debe buscarlo en otra parte: ¿dónde? en la Sangre del Hijo de Dios que murió en la Cruz el Viernes Santo. San Pablo dice: “En Él, por su Sangre tenemos la redención, el perdón de los pecados...” (Efesios, 1, 7).
Sobre todo no digas que no has pecado y no necesitas del perdón. Si lo dijeras, manifestarí­as tu gran ceguedad e ignorancia. “Si decimos: «No tenemos pecado», nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia. Si decimos: «No hemos pecado», lo hacemos men­tiroso y su Palabra no está en nosotros” (I San Juan, 1, 8).
El hombre no puede ofrecer sacrificio propiciatorio por sus pecados. Nuestro Señor Jesucristo se hizo propiciación por nuestros pecados. Él se ofrece el Viernes Santo en Sacrificio propiciatorio por ti. Sólo, mediante la Sangre de Cristo, puedes purificarte, puedes liberarte de las cadenas del pecado y de la "tiranía del demonio.
Y en estos días durante los cuales Cristo está en los tormentos de la Cruz para merecerte la salvación, tú, pecador necesitado, tú te vas a la playa, a pasearte, divertirte, quizás a acumular más pecados a los que ya hayas cometido. ¡Despiértate, hermano mío, despiértate de tu letargo! ¡Sé agradecido con tu Bienhechor!   ¡Actúa como católico verdadero!
Ve al templo a ver y a escuchar lo que en tu lugar está padeciendo Cristo. Has de saber que la ingratitud atrae el castigo de Dios más bien que su misericordia. No seas, pues, ingrato sino agradecido.
La gratitud cristiana consagra el Triduo Santo para conocer más lo que hizo Nuestro Señor Jesucristo por nosotros e impulsarnos a la penitencia, a la sincera conversión y a la enmienda de nuestra vida tibia y mediocre.

El Jueves Santo es el día en que el Señor Jesús antes de ir a su Pasión te dejó el Memorial de su Muerte. Para aplicar los frutos de su Pasión a tu alma, instituyó el Sacramento de su Amor que es la Sagrada Eucaristía y el Sacerdocio para consagrarla. Él dijo: “haced esto en memoria mía”, para recordarnos lo que padeció por puro amor hacia los ingratos que somos; para comu­nicar a nuestras almas la santidad y el remedio contra el pecado mediante la digna recepción de su Cuerpo.
Y  ¡tú irías a divertirle en ese día! No sabes que Cristo dijo: “El que come mi Carne y bebe mi Sangre tiene la Vida Eterna y Yo le resucitaré el último día. Porque mi Carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida. El que come mi Carne y bebe mi Sangre esta en Mí y Yo en él” (San Juan 6, 54-56). Y tú que pretendes ser discípulo de Cristo ¿por qué te privas del Pan celestial que sana, purifica, santifica y pacifica tu alma y tu hogar? Si por tu culpa no apro­vechas del remedio que Cristo te ofrece ¿por qué te quejas de tener problemas en tu vida, fami­lia y trabajo?

El Viernes Santo es para que grites con y en la Iglesia misericordia para ti mismo y para todo el género humano. El Viernes Santo es para que participes en las exequias de Cristo, escuchan­do el Evangelio de la Pasión y las Siete Palabras que son las últimas recomendaciones de Cristo, Nuestro Redentor.
Aprovecha el Viernes Santo para confesar con lágrimas tus iniquidades, lavar tu alma de la lepra del pecado con la Sangre de Cristo, participar en la Pasión de tu Salvador, para tener parte con Él en su victoria.
El Viernes Santo, sufrió Cristo para merecerte el ser librado del pecado que es el más horri­ble cáncer que pueda existir, y del infierno, que es la más grande de las desgracias.
Y tú ¿irías de vacaciones con tantos otros neo-paganos quizás para matarte en el camino de la ingratitud? El Viernes Santo es para que hagas el Vía Crucis, medites lo que padeció por ti tu Señor, para darte cuenta de lo que merece el pecado.
Lee los últimos capítulos de San Mateo, Marcos, Lucas y Juan, o ve la Pasión de Mel Gibson para que te des cuenta del precio que Cristo pagó para librarte del poder del pecado y del demonio y hacerte hijo de Dios. El Viernes Santo es día de ayuno y penitencia, silencio y lágrimas y no día de playa y placeres.
El Sábado Santo es día de Luto. Hombres y mujeres deberían vestirse con ropa de luto para acompañar a la Santísima Madre de los Dolores. El Sábado Santo debería servir para meditar con espanto lo que merece el pecado, porque si al Justo que cargó con nuestros crímenes así se lo castiga, ¿que será del culpable si muere con su pecado?
En resumen, hermano mío, escucha a Dios mismo que dice a cada uno de nosotros: “No tar­des en convertirte al Señor, ni lo difieras de un día para otro; porque de repente sobreviene su ira, y en el día de venganza acabará contigo” (Eclesiástico, 5, 8.).
Aprovecha la Semana Santa para convertirte al Señor, porque la sincera conversión y el ver­dadero arrepentimiento aseguran el Perdón de los pecados; dan la Paz al alma y, al fin, la Vida Eterna.


Tomado del boletín dominical “Fides” Nº 900, año 2010.

viernes, 25 de marzo de 2011

25 de marzo: Anunciación de la Santísima Virgen.


Festejamos hoy a aquélla en quien encarnó el Verbo; a aquella quien el Hijo de Dios se unió para siempre a nuestra humanidad para hacernos partícipes de su divinidad. El misterio de la Encarnación mereció a María el título más hermoso: el de madre de Dios. Por él quedó también constituida madre de los cristianos, porque somos de Cristo y vivimos de su vida. Veneremos a la Virgen María e invoquémosla como madre de Dios y madre nuestra.
La fiesta de la Anunciación es muy antigua. En Oriente la encontramos ya en el siglo V, como fiesta de la concepción de Jesús, y en Occidente, en el siglo VII. Fijada en el 25 de marzo, nueve meses antes de la Navidad, forma parte del misterio de la Encarnación y va unida a las fiestas del nacimiento del Señor.
El tema central de la misa y del oficio lo constituye el admirable relato de san Lucas, en el Evangelio. Nunca se cansarán los cristianos de oír cantar y meditar ese diálogo lleno de la manifestación de los designios divinos, en el que tan extraordinaria parte tiene la Santísima Virgen y en el que tan humilde y tan grande se nos ofrece al mismo tiempo.

Dom Gaspar Lefebvre O.S.B. y los monjes benedictinos de San Andrés, Tomado del “Misal diario”, traducción castellana P. Germán Prado y los monjes de la abadía de Silos.

sábado, 19 de marzo de 2011

Sobre la fiesta de San José.


Esposo de la Santísima Virgen y padre nutricio del Niño Jesús, san José se ha convertido, por su fidelidad en cumplir humildemente la delicada y bella misión que Dios le había confiado, en el modelo de las virtudes domésticas y de los humildes quehaceres cotidianos, en el guardián de las lamas puras y en el protector de los hogares cristianos. Su culto se ha desarrollado bastante tarde en la liturgia. Su fiesta, que existía en diversos lugares y en fechas diferentes, se fijó durante el siglo XV en el 19 de marzo y luego se extendió a la Iglesia Universal, como fiesta de precepto, en 1621. Pío IX le nombró en 1847 Patrono de la Iglesia Universal.
Las antífonas de vísperas y el Evangelio de la misa están tomadas de los relatos evangélicos sobre la infancia de Jesús; lo esencial nos han dicho los evangelistas sobre san José está contenido en esos pocos hechos, en que aparece maravillosamente fiel y discreto. Aludiendo a él, evoca la epístola la figura de justo, cuya alma, orientada totalmente hacia Dios y colmada de bendiciones, se eleva robusta y poderosa, glorificada por Dios y bendecida por los hombres.


Dom Gaspar Lefebvre O.S.B. y los monjes benedictinos de San Andrés, Tomado del “Misal diario”, traducción castellana P. Germán Prado y los monjes de la abadía de Silos.

19 de marzo: fiesta de San José.


Esposo de la Bienaventurada Virgen María.

Patrono de la Iglesia Católica; trabajadores; carpinteros; artesanos; personas en trance de muerte; familia; padres de familia; mujeres embarazadas; matrimonios; niños por nacer; tesoreros; emigrantes e inmigrantes; viajeros; ingenieros; justicia social; quienes luchan contra el comunismo. Se lo invoca cuando se quiere comprar o vender una propiedad; en los momentos de duda; para pedir, por su intercesión, una buena y santa muerte.


San José fue esposo legal de María y padre nutricio de Jesús. Bastan estas dos palabras para su elogio. La gran humildad de que dio pruebas ejerciendo el oficio de carpintero, la solicitud con que rodeó la infancia del Salvador, su respeto para con la Madre de Dios, lo hicieron digno de morir en los brazos de Jesús y de María. ¡Oh dulce muerte! ¿Quieres tú morir como él? Imita sus virtudes e invoca su protección.

Meditación sobre la vida de San José.

I. San José mereció, por su pureza, el honor de ser elegido por Dios para ser el esposo de su Madre. ¡Qué gloria para ti, oh gran santo, mandar a una esposa omnipotente en el cielo y en la tierra! Imita la pureza, la humildad y la modestia de José, y María se mostrará contigo llena de ternura. Para que llegues a ser un gran santo, haz, siguiendo el ejemplo de San José, todas tus acciones pensando que Dios te ve.

II. Fue el padre nutricio de Jesús, y Jesús le estaba sometido. Admira la humildad del Salvador, que, pudiendo nacer en el palacio de Augusto o de Herodes, prefiere elegirse un padre pobre y desconocido, un padre que debe trabajar con sus manos para procurarle alimento y vestido. A ejemplo de San José, nunca te separes de Jesús: que en todos tus actos sea tu compañero, conversa a menudo con Él. Haz un lugar a Jesús en medio de tus hijos: que tu Señor venga a tu familia, que tu Creador se acerque a su creatura (San Agustín).

III. San José murió en brazos de Jesús y de María. Tú también quieres terminar tu existencia con una muerte dichosa y santa: ten una gran devoción a San José. Nos asegura Santa Teresa que ha obtenido todo lo que ha pedido por los méritos de San José. Pídele esta última gracia que debe coronar tu vida y hacerte comenzar una eternidad de dicha. Con frecuencia durante tu vida, y sobre todo en la hora de tu muerte, pronuncia los tres hermosos nombres de Jesús, María y José.

lunes, 7 de marzo de 2011

El Tiempo de Cuaresma. Preparación próxima a la Redención.



1. Origen y vicisitudes de la Cuaresma.

La Cuaresma es hoy un período litúrgico de cuarenta días, destinados a preparar la digna celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Por lo mismo, es un tiempo de mayor penitencia y recogimiento, y en que con más ahínco ha de procurarse la compunción del corazón.
Por más que los liturgistas no están aún acordes acerca de la fecha precisa en que se estableció en la Iglesia la Cuaresma, si viviendo todavía los apóstoles o bastante después, todos sabemos que hay una Cuaresma de origen bíblico; pues en la Biblia constan expresamente las de Moisés, Elías y Jesucristo. ¿La practicarían como observancia eclesiástica los apóstoles y los primitivos cristianos? San Jerónimo, San León Magno y otros santos Padres pretenden que sí, y su opinión por cierto es muy probable, aunque no se apoya en ningún documento escrito. Verdad es que San Ireneo, en el siglo II, y la “Didascalia”, en el III, hablan de ayunos preparatorios para la Cuaresma; pero los ayunos de aquél son nada más que de contados días, y los de éste de sola la Semana Santa.
El primer documento conocido que menciona la Cuaresma propiamente dicha, es el canon 5 del concilio ecuménico de Nicea, celebrado en 325. A partir de esa fecha, abundan los testimonios en los escritos y concilios de Oriente, y desde el año 340, también en Occidente.
Pero lo que ni en Oriente ni en Occidente se descubre claramente, en aquellos primeros siglos, es el comienzo y término de la Cuaresma. Combinándola de muy distinta manera las diversas iglesias, incluyendo unas en ella la Semana Santa, y excluyéndola otras. En una cosa, empero, convenían todas: en el número de ayunos, que solía ser para los fieles, de treinta y seis días. En el siglo V se unificó, por fin, la duración; y en el VII, un Papa posterior a San Gregorio Magno completó los cuatro días de ayuno que faltaban a la Cuaresma, prescribiéndolo como obligatorio desde el miércoles de ceniza, que por eso se llamó caput jejunii o “principio del ayuno”.

2. Prácticas cuaresmales.

Lo que Moisés, Elías y Jesucristo practicaron con más rigor en sus respectivas cuaresmas, fue el ayuno y la oración, los que, por lo mismo, sirvieron de base para la Cuaresma cristiana, a la cual agregó la Iglesia la práctica de la limosna y obras de caridad.
La ley del ayuno la observaban los antiguos con sumo rigor. No contentos con cercenar la cantidad de alimento, privábanse totalmente de carnes, huevos, lacticinios, pescado, vino y todo aquello que el uso común considerábalo como un regalo. Hacían sólo una comida diaria, después de la Misa “estacional” y Vísperas, que terminaban al declinar la tarde; y esa única comida solamente consistía en pan, legumbres y agua, y, a las veces, una cucharada de miel. Con la particularidad que ninguno se eximía del ayuno ni aun los jornaleros, ni los ancianos, ni los mismos niños de más de doce años de edad, tan sólo para los enfermos hacíase una excepción, que habían de refrendar el médico y el sacerdote. A estas penitencias añadían otras privaciones, tales como la continencia conyugal, la supresión de las bodas y festines, del ejercicio judicial, de los juegos, recreos públicos, caza, deportes, etcétera. De este modo se santificaba la Cuaresma no ya solamente en el templo como ahora, sino también en los hogares, y hasta en los tribunales, en los casinos, en los hoteles, en los teatros y en los circos. Es decir, que el espíritu de Cuaresma informaba la vida de toda la sociedad cristiana.
Actualmente la observancia íntegra del ayuno y abstinencia cuaresmal ha quedado confinada a algunas órdenes religiosas, ya que el derecho común tan sólo manda ayunar con abstinencia el miércoles de ceniza y de témporas, y los viernes y sábados de Cuaresma, y sin abstinencia, todos los demás días [1].
De hecho, estos mismos ayunos cuaresmales están reducidos en muchos países casi a la nada, merced a los indultos, bulas y privilegios particulares; habiendo llegado a tanto la condescendencia de la Iglesia, en cuanto al modo de observarlos, que en ellos ha permitido leche, huevos, pescado, vino y otros géneros de regalos, además de autorizar una comida fuerte, un desayuno, aunque leve, y una ligera colación.
La oración cuaresmal por excelencia era y es la Santa Misa, precedida antiguamente de la procesión estacional. Ahora es digno complemento, por la tarde, el ejercicio del Viacrucis.
La limosna practicábase en la Iglesia con ocasión de la colecta de la Misa y otras particulares que se hacían en favor del clero, viudas, huérfanos y menesterosos, con quienes también ejercitaban a porfía otras obras de caridad.

3. Aspecto exterior del templo.

La ley de la abstinencia cuaresmal diríase que hasta a los tem plos materiales alcanza, pues a ellos también les impone la ley litúrgica sus privaciones, con las que se fomenta la compunción y el recogimiento.
Los templos, en efecto, vénse privados durante los oficios cuaresmales del alegre aleluya, del himno angélico Gloria in excelsis, de la festiva despedida Ite missa est, de los acordes del órgano, de las flores, iluminaciones y demás elementos de adorno, y del uso, fuera de las festividades de los Santos, de otros ornamentos que los morados, de cuyo color se cubren también, desde el domingo de Pasión, los crucifijos y las imágenes. Tal es el aspecto severo del templo o como si dijéramos el continente exterior de la liturgia en tiempo de Cuaresma, el que acentúa todavía más los cantos graves y melancólicos del repertorio gregoriano y el frecuente arrodillarse para los rezos corales.

4. El alma de la liturgia Cuaresmal.

Si, empero, sondeamos el alma de la liturgia cuaresmal a la luz de los Evangelios, de sus epístolas, oraciones, antífonas y demás textos de su rica literatura, la vemos embargada de los más variados sentimientos de arrepentimiento, de confianza, de ternura, de compasión, de pena, de temor.
El Breviario de Cuaresma, con sus homilías y sermones con sus himnos, sus capítulos y sus responsorios, a cual más expresivos y piadosos, pone en juego los más delicados recursos de nuestra madre la Iglesia, para conmover los corazones de sus hijos; pero con eso y todo, todavía le supera el Misal. Aquí encontramos cuadros indescriptibles: conversiones y absoluciones de pecadores, como la Samaritana, la Magdalena, la adúltera, el Hijo pródigo, los Ninivitas, multitud de curaciones y milagros del Salvador; rasgos generosos de desprendimiento, como el de la viuda de Sarepta; difuntos resucitados y madres y hermanos consolados; a José, víctima de la envidia de sus hermanos, y a Jesús, vendido por uno de sus íntimos, amenazas y voces de trueno y vaticinios terroríficos de los antiguos profetas para los pecadores obstinados y, en cambio, palabras dulces y persuasivas del Divino Maestro llamándolos a penitencia; ríos de lágrimas que cuestan a la Iglesia los cristianos impenitentes, y gozos inenarrables que suscita en el cielo su conversión; quejas de los sacerdotes en vista de la indiferencia de muchos, y tiernos clamores del pueblo fiel pidiendo al Señor perdón y misericordia.
Si penetramos todavía más hondamente en el corazón de la liturgia cuaresmal, descubrimos, además, tres grandes preocupaciones que embargan a la Iglesia:

la trama y desarrollo de la Pasión del Señor;
la preparación de los catecúmenos; y
la reconciliación de los penitentes públicos.

No hay día ni casi oficio en que no se manifieste de algún modo esta triple preocupación, y es menester estar de ello advertidos para interpretar ciertos pasajes y aun ciertos ritos especiales que, aunque muy hermosos, parecerían, sin eso, intempestivos.

5. La Misa “estacional”.

Una de las particularidades más características de la liturgia cuaresmal antigua era la Misa “estacional”. Tenía lugar todos los días, al atardecer, después de la hora de nona. Durante todo el día, el pueblo y el clero dedicábanse a sus ocupaciones habituales, pero cuando el cuadrante solar del Fórum marcaba la hora de nona, los fieles de toda la ciudad de Roma se dirigían a la porfía hacia la iglesia estacional, a la que a menudo el mismo Papa acudía para ofrecer el Santo Sacrificio. Ordinariamente, la colecta o reunión efectuábase en una de las basílicas vecinas, donde esperaban la llegada del Sumo Pontífice y de su séquito. Una vez éstos en la basílica, revestíase el Papa de sus ornamentos y subía al altar para rezar la colecta u oración de toda la asamblea, terminada la cual iban todos en proce sión a la iglesia “estacional”, al son de las letanías y precedidos por la Cruz procesional. Allí el Papa celebraba la Misa del día, en la que todos los asistentes ofrecían y comulgaban. Era ya la puesta de sol cuando el pueblo volvía a sus casas, satisfecho de haber ofrecido a Dios el sacrificio vespertino como coronamiento de una jornada laboriosa, santificada por la oración, por la penitencia y por el trabajo [2].
Esta Misa “estacional” era la única que antiguamente había en cada población: por eso la celebraba el Pontífice con asistencia del clero y del pueblo. Como los de Cuaresma eran todos días de ayuno riguroso, todos esperaban en ayunas la hora de la Misa, para poder comulgar en ella. Después hacían su única comida, y los monjes completaban el oficio canónico cantando en sus monasterios las Vísperas. He aquí la razón de cantar Vísperas por la mañana antes de la comida, todos los días de Cuaresma, excepto los domingos, que no son de ayuno.
Un momento antes de la comunión, un subdiácono anunciaba al pueblo el lugar de la estación del día siguiente en estos términos: “Mañana, la estación será en la iglesia de San N.” Y la schola respondía: “A Dios gracias”. En seguida de la comunión y de la oración colecta, decía el celebrante la colecta super populum, que entonces reemplazaba a la bendición final. Estas fórmulas de despedida que antiguamente estaban en uso en todas las liturgias, ano orientales, y que llevaban a veces consigo la imposición de las manos del obispo, sólo las ha conservado nuestro misal en las ferias de Cuaresma, por el carácter solemne y epicospal que éstas tenían [3].
Cuando el Papa no intervenía en la fiesta estacional, un acólito iba, después de la Misa, a su palacio, y le llevaba por devoción un poco de algodón mojado en la lámpara del santuario. Al llegar, le pedía la bendición, la cual recibida, decíale: “Hoy tuvo lugar la estación en San N., y te saluda”. El Papa le respondía: “Deo gratias”, y después de besar respetuosamente el algodón, entregábaselo a su cubiculario, quien lo guardaba con cuidado para meterlo, al morir el Papa, en la almohadilla fúnebre [4].
En el actual Misal Romano se indica todavía, al principio de la Misa correspondiente, la basílica o iglesia “estacional” de cada día, lo que muchas veces será útil tener en cuenta para explicarse el uso de ciertos textos y su verdadero significado en aquel día determinado [5].

6. Los domingos de Cuaresma.

Descontando el de Pasión y el de Ramos, que habremos de estudiar aparte, son cuatro los domingos de Cuaresma, siendo él primero el de más categoría y el cuarto, o de Laetare el más popular.
El I domingo ha tomado entre los latinos el nombre de “invocabit” de la primera palabra del Introito de la Misa, y entre los griegos se le llama la fiesta de la ortodoxia, por señalar el aniversario del restablecimiento de las santas imágenes en el siglo IX.
En la Edad Media llamósele el domingo de las Antorchas, porque los jóvenes, que se habían desenfrenado en los jolgorios de Carnaval, presentábanse ese día en la iglesia con una tea encendida para pedir una penitencia al sacerdote, a fin de reparar sus pasados excesos, de los que eran absueltos el Jueves Santo en la reconciliación general. También es conocido con el nombre de domingo de la Tentación, por referir el Evangelio de la Misa la triple tentación del Señor en el desierto.
El II domingo, hasta el siglo IX, fue de los llamados “domingos vacantes” o libres de “estación”, a causa de haberlo precedido con las suyas las IV témporas y estar el público cansado. Después del siglo IX, empero, señalósele ya su estación, como a los demás.
El III domingo era el de los “escrutinios”, porque en él, o comenzaba el examen de los catecúmenos que habían de recibir el bautismo la vigilia de Pascua, o bien se les citaba para el miércoles siguiente.

7. El domingo “Laetare”.

El IV domingo, llamado Laetare (del introito), de los “cinco panes” (del Evangelio), y de la “rosa de oro” (de la bendición de la misma), es de los más celebrados del año litúrgico. Por coincidir en la mitad de Cuaresma y suponer la Iglesia que los cristianos han vivido hasta aquí embargados, como ella, de una santa tristeza, la liturgia de este domingo se propone renovar en los ayunadores cuaresmales la alegría y la esperanza que todavía han menester hasta llegar al triunfo pascual.
A ese fin, además de elegir textos muy hermosos y muy adecuados para infundir alientos, permite en el templo las flores de adorno, el uso del órgano y hasta de ornamentos de color rosa; todo lo cual causa la impresión de ser éste un día de asueto litúrgico, podríamos decir, y de respiro espiritual. La Iglesia se alegra hoy intensamente, pero con moderación todavía, como quien está dispuesta a reanudar en seguida las penitencias y las meditaciones dolorosas.
El rito característico de este domingo es la bendición de la rosa de oro, que efectúa en Roma el mismo soberano Pontífice. Data de hacia el siglo X, y viene a ser como un anuncio poético de la proximidad de la Pascua florida.
Antiguamente la ceremonia se celebraba en el palacio de Letrán, residencia habitual de los Papas, desde donde el Pontífice, montado a caballo y con la tiara, y acompañado por el Sacro Colegio y el público de la ciudad, llevaba la rosa bendita a la iglesia “estacional”, que lo era Santa Cruz de Jerusalén.
Hoy se hace todo en el Vaticano, por lo que la ceremonia no suscita ya tanto el entusiasmo popular, si bien su eco resuena en todo el mundo, merced a las informaciones de los diarios.
Además de bendecirla, el Papa unge la rosa de oro con el Santo Crisma y la espolvorea con polvos olorosos, conforme al uso tradicional. Al fin la regala a algún alto personaje del mundo católico, a alguna ciudad, etcétera, a quien quiere honrar; y por eso “dícese que su bendición sustituyó a la de las llaves de oro y plata, con limaduras de la cadena de San Pedro, que los soberanos Pontífices enviaban antiguamente a los príncipes cristianos, en pago de haberle proporcionado ellos reliquias de los apóstoles” [6].
Místicamente, representa esta rosa a Jesucristo resucitado, como lo explican los varios discursos pronunciados por los Papas en la ceremonia [7]. El origen de la ceremonia quizá derive de la fiesta bizantina de la media cuaresma, aunque también puede ser que provenga de que antiguamente se solemnizaba en Roma el principio del ayuno preparatorio para Pascua, que abarcaba entonces 3 semanas [8].

8. Las ferias más notables de Cuaresma.

Aparte del miércoles, viernes y sábado de las IV témporas de Cuaresma, de que hablaremos en su lugar, son dignas de especial mención, entre las ferias cuaresmales, el miércoles de la III y IV semana, por ser días de escrutinio, y el jueves de la III, que es como jalón de media Cuaresma.
Empezamos por advertir que todas las ferias de Cuaresma tienen, en el Breviario, su homilía propia, y en el Misal su misa correspondiente, lo que constituye un caudal riquísimo y variadísimo de doctrina y de piedad. Los jueves, al principio, eran días alitúrgicos (sin reuniones litúrgicas) y por lo mismo carecían de misa propia, pero bajo el Papa Gregorio II (715 31), se les fijó también a ellos su misa, utilizando los elementos ya existentes.

El miércoles de la III semana comenzaba el escrutinio o examen de los catecúmenos que deseaban ser admitidos al bautismo en la vigilia de Pascua.
Empezábase por anotar sus nombres y separar en dos grupos los hombres y las mujeres. Luego se rezaba por ellos, y ellos mismos también eran invitados a rezar; se les leía algún pasaje de la Biblia en vista de su instrucción; se les exorcizaba, se les imponían las manos, se les signaba, etcétera, y se les despedía del templo antes del Evangelio. Al ofertorio, los padrinos y madrinas presentaban al Papa las oblaciones por sus futuros ahijados, cuyos nombres se leían públicamente durante el Canon. Esto mismo se practicaba en los demás escrutinios.

El jueves de la III semana señala propiamente la mitad de los ayunos cuaresmales, no de la Cuaresma misma, la cual promedia justamente el domingo IV, como ya lo hemos notado. Esta circunstancia hizo que esta feria tuviese entre los antiguos un carácter medio festivo y alentador, contribuyendo a ello no poco el recuerdo de los santos médicos Cosme y Damián, cuya basílica era la designada para la Misa estacional.
Los textos de la Misa aluden casi todos a la salud y bienestar corporal, que la Iglesia pide a Dios para sus hijos, por intercesión de San Cosme y San Damián, para que terminen valerosamente el ayuno cuaresmal. Eran esos Santos dos médicos sirios, que, por ejercer su profesión gratuitamente, eran conocidos con el sobrenombre de anargyros (sin plata), y constaba que curaban a los enfermos no tanto por su pericia profesional, como por virtud divina. Su culto fué siempre muy popular,.y más desde que el Papa Félix IV les dedicó, en el siglo VI, la Basílica de la Vía Sacra, convertida pronto en un centro de peregrinación para enfermos y dolientes.

El miércoles de la IV semana era el día del gran escrutinio, el cual se celebraba en la majestuosa Basílica de San Pedro.
Los ritos especiales de este escrutinio eran: las oraciones, lecturas y exorcismos de costumbre; la lectura, por primera vez, y explicación del principio de cada uno de los cuatro Evangelios, la recitación, también por primera vez, del Símbolo de la fe, en latín y en griego, en atención a los catecúmenos de ambas lenguas, y su explicación por el sacerdote; ítem del Pater noster, petición tras petición. Continuaba luego la Misa, y los catecúmenos se retiraban al recibir la orden del diácono. Al conjunto de estos ritos se le denominaba apertio aurium (acto de abrir los oídos), porque por primera vez escuchaban estos textos sagrados, hasta entonces desconocidos. Restos de este tercer escrutinio son, en la Misa actual, la oración, la lección y el gradual, que preceden a la epístola ordinaria de este día.


R.P. Andrés Azcárate, “La Flor de la Liturgia”; Buenos Aires, Abadía San Benito, 6ta. Ed., 1951; pág.486-497.

Notas:
[1] “Código de Der. Can.”, can. 1252, 2 y 3.
[2] En la Argentina el Indulto Apostólico reduce los ayunos con abstinencia al Miércoles de Ceniza y a todos los Viernes, y los ayunos sin abstinencia a los Miércoles y al Jueves Santo.
[3] Card. Schuster: ab. cit., val. III, c. I.
[4] Card. Schnster: ob. cit.
[5] Card. Schuster: ob. cit.
[6] Para ello ninguna guía mejor que el “Liber Sacramentorum” del Card. Schuster.
[7] Molien: “La Priere de l'Eglise”, I, p. 304.
[8] Cf. “Année Lit.” (Careme) de Dom Guéranger.