viernes, 5 de noviembre de 2010

Cita: las cosas consideradas a la luz de Dios.

“Si consideramos las cosas a la luz de Dios, hemos de llegar a la conclusión de que muchas veces los males en este mundo no son males, los bienes no son bienes, hay desgracias que son golpes de la Providencia y éxitos que son un castigo”.

Dom Vital Lehodey, tomado de su obra “El Santo abandono”.

jueves, 4 de noviembre de 2010

En torno al orígen de la vida.



En el primer artículo del “credo del incrédulo” se dice: CREO en la Nada Todoproductora d’onde salió el Cielo y la Tierra, y en el cuarto dice que el hombre: “Nació de Santa Materia. Aquella santa matera de la cual, mediante el “azar”, en un día fortuito dentro de esa enorme millonada de años, aparecieron los primeros aminoácidos para, luego, ir “evolucionando” hasta llegar a lo que somos hoy.
300 años antes de Cristo, Aristóteles afirmaba que “el azar no produce nada”. C. S. Lewis, sobre el fortuito origen de la vida y el Universo, ha respondido en una breve publicación que ya hemos hecho y se puede leer aquí. Pero, para extendernos en el tema y demostrarlo de una manera científica, desde el punto de vista físico-químico de la cuestión, publicamos esta pequeña obra del Dr. Raúl O. Leguizamón titulada “En torno al origen de la vida”. La cual, nos introduce en el mundo de las grandes dificultades, desde el punto de vista de las ciencias, en las que se encuentran inmersas las teorías de la “biogénesis espontánea”.
Aquí están las palabras del autor:

Numerosos científicos de las distintas áreas del conocimiento — al igual que la gran mayoría de los divulgadores sobre el tema — son prácticamente unánimes en sostener que la vida se habría originado a partir de la materia inanimada, por la sola acción de las leyes naturales y al margen de cualquier factor extramaterial.
Frecuentemente — sobre todo en las obras de divulgación, libros de texto y programas televisivos — el tema es tratado en forma tal, que el lector no especializado sólo puede concluir que el origen de la vida a partir de la materia inanimada constituye no ya una teoría científica, sino un hecho demostrado, con pruebas abrumadoramente concluyentes a su favor.
Salvo pequeñas dudas referidas a detalles de orden circunstancial, todo parece estar satisfactoriamente explicado: los átomos se unen espontáneamente para formar moléculas simples, que luego — en el seno del mar primitivo — forman moléculas más complejas, las cuales finalmente se unen entre sí, dando origen a la vida.
Así de simple, así de claro, así de contundente.
Aun cuando a nivel de las publicaciones especializadas hay científicos que expresan dudas y reservas sobre el tema, estas opiniones no llegan prácticamente nunca al lector corriente, el cual es ilustrado, con singular insistencia — en el esquema arriba descripto.
Con raras excepciones éste es, sin duda, el consenso de opiniones del “establishment” científico y la actitud prudentes es, también sin duda, aceptar lo que los expertos dicen.
Esta es la actitud prudente.
Pero la actitud científica es justamente no aceptar lo que los científicos dicen. No, al menos, sin previo análisis crítico, puesto que la ciencia no debe basarse en la autoridad de nadie — ¡ni siquiera en la de los científicos! — sino en el análisis racional de la evidencia.
Dada la trascendencia del tema, me pareció sería de interés brindar al lector no especializado algunas reflexiones sobre esta cuestión, a manera de una revisión crítica de la postura “oficial” del “establishment” científico, respecto del origen de la vida.
Lo que, por otra parte, no es nada más que una actitud de fidelidad al método científico, que debe justamente basarse en la crítica — y no en la aceptación — de lo aceptado.
Para realizar este trabajo, me he basado en las obras de destacados científicos que — quizás por no aceptar la hipótesis materialista del “establishment” — no tienen, en general, acceso a las grandes editoriales y medios de difusión y por consiguiente no son conocidos por el gran público.
Aunque siempre es difícil hacer justicia a todos los autores con quienes se está en deuda intelectual, quiero mencionar a algunos de ellos, cuyas obras, por su profundidad y claridad, no puedo encomiar lo suficiente.

Georges Salet, biólogo y matemático francés, autor de la magistral obra Azar y certeza.A.
E. Wilder Smith, suizo-alemán, doctor en Química Orgánica por las universidades de Oxford, Ginebra y Zurich, autor, entre otras obras, de The Creation of Life y The Natural Sciences Know Nothing of Evolution.
Duane Gish, bioquímico americano, autor de la estupenda monografía Speculations and Experiments Related to Theories on the Origin of Life.

También he usado (y abusado) de las obras de Donald England, Henry Morris, James Coppedge, Leconte du Noüy, Leonardo Castellani, Etienne Gilson y otros que sería largo enumerar.
El estudio de las obras de estos autores me ha sido imprescindible para entender y profundizar la cuestión, y este humilde opúsculo sólo pretende ser un reflejo — aunque precario, fiel — del pensamiento de estos brillantes científicos y filósofos, a quienes me permito llamar verdaderos maestros.
Espero que, al menos en este caso, no se cumpla aquello que decía Papini, de que el Diablo suele vengarse de algunos maestros, dándoles discípulos.

Raúl O. Leguizamón, tomado del prólogo de la obra “En torno al origen de la vida”.

La democracia como religión.

En el artículo nueve del “credo del incrédulo”, según Leonardo Castellani, se reza: “Ha llegado a la era de la Democracia y la Inteligencia”. La tan mentada “democracia”, tan alabada y tan intocable en nuestros días, y tan intachable como un dogma. El que dice o hace algo contrario a la democracia es directamente inquicisionado con furor, sin posibilidades de defensa por el pensamiento moderno, por los medios de comunicación y por los “mass media”.
Agradecemos a nuestro gran amigo de Videoteca Reduco por habernos acercado tan interesante material.

En nuestra publicación web tenemos varios artículos desmitificando, con bases filosóficas y políticas, lo contradictorio y nefasto de la democracia moderna, fruto de la revolución francesa. Estos son:


 Renegamos del “Sufragio Universal”, ya que la primera vez que se puso en práctica dicha doctrina, se pidió la muerte de Cristo y la libertad de Barrabás; y todo esto instigado por la manipulación de los hombres de mal.
(Félix Sardá y Salvany)

LA DEMOCRACIA COMO RELIGIÓN
 La frontera del mal

Fue Aldous Huxley, en su fábula futurista “Un mundo feliz”, quien sugirió que lo que llamamos un axioma —es decir, una proposición que nos parece evidente por sí misma y que por tal la aceptamos— se pue­de crear para un individuo y para un ambiente determinados median­te la repetición, millones de veces, de una misma afirmación. Para este efecto —la génesis artificial de axiomas y de dogmas— proponía la utilización, durante el sueño, de un mecanismo repetitivo que hablase sin interrupción a nuestro subconsciente, capaz, durante horas, de re­cibir y asimilar cualquier mensaje.
Este designio está, hoy, al cabo de medio siglo, muy cerca de la realidad, aunque sea a través de técnicas no exactamente iguales, co­mo lo ha subrayado el propio Huxley en su “Retorno al mundo feliz”.
La realización más importante en este sentido a través de métodos de saturación mental por los mass-media ha sido, en nuestra época, el establecimiento a escala universal del dogma-axioma de la democra­cia. De esta noción —en su sentido individualista y mayoritario— se ha logrado hacer la piedra angular de la mentalidad contemporánea. Es decir, de lo que Kendall y Wilhelsenn han llamado la «ortodoxia pú­blica» de nuestro tiempo. Esta expresión significaba para estos auto­res, el conjunto de bases conceptuales o de fe en que se asienta toda sociedad histórica, elementos que son, a la vez, ideas-fuerza para sus miembros y puntos de referencia para entenderse en un mismo len­guaje y convenir, en último extremo, en unos cuantos axiomas y dog­mas que sólo los marginados o extravagantes exigirían fundamentar.
La consolidación del dogma de la democracia y de su axiomática ha sido, por supuesto, obra de muchos años, pero es ahora cuando co­noce su vigencia universal. Ya, a fines de los años veinte, se daba por supuesto, en el lenguaje político español, que, a través de la dictadura del General Primo de Rivera, era obligado «volver a la normalidad cons­titucional (o democrática»). Hoy se supone para el mundo todo, desde la Europa más culta hasta la selva africana, que sólo unas elecciones «libres» (de sufragio universal) pueden justificar un gobierno ortodo­xo. Cualquier otro gobierno recibirá el calificativo de «dictadura» y se llamará a cruzadas contra él, previa su denuncia universal, como violador de los «derechos humanos», que constituyen la apelación últi­ma que en otro tiempo se situaba en el juicio de Dios Uno y Trino. (Existen, por supuesto, determinadas tolerancias o concesiones en gra­cia a la perfección universal del cuadro: el mundo soviético o sovietizado y múltiples sultanatos árabes prescinden de toda consulta a la «opinión pública» y les basta con auto-titularse «populares» o «democráticos» para gozar de una suficiente inmunidad.)
No es preciso recordar que la constelación de principios que for­man la ortodoxia democrática está muy lejos de la evidencia de los axiomas. Más aún, pienso que llegará un tiempo en el que los hom­bres se asombrarán de que la gobernación de los pueblos —y la edu­cación en su seno de los hombres— haya estado confiada al sistema de opinión y mayoría. Algunos de estos principios son del calibre epis­temológico que puede verse en las siguientes enunciaciones:

•  El poder nace de la Voluntad General y no reconoce otro origen o título.
•  La Voluntad General se identifica con la opinión pública en un momento dado.
•  El voto de todos los ciudadanos tiene el mismo valor.
•  El contenido de esa opinión se expresa en los nombres de los candidatos y de los partidos y en los slogans electorales.
•  Los partidos y sus mass-media son los artífices de esa opinión.

De donde, como corolario obligado: las técnicas de publicidad y de influencia subliminal (el condicionamiento de reflejos, en suma) será lo que gobierne a los pueblos.
Sin embargo, esta serie de enormidades que constituyen la «orto­doxia pública» de la democracia ha sido admitida incluso por la Iglesia oficial de nuestros días. Así, cuando en España —o en cualquier otra democracia— sucede que troupes teatrales representan espectáculos sacrílegos o blasfematorios con subvención oficial, los prelados, en su mayoría, nada dicen, porque su intervención podría interpretarse «co­mo una coacción a la libertad de expresión ciudadana». Y los que protestan no lo hacen en el nombre y por el honor de Dios, sino por­que «tales espectáculos ofenden a una mayoría católica del pueblo es­pañol».  Es decir, en nombre de la Democracia y para su defensa.
Así, también, cuando las organizaciones tituladas católicas protes­tan contra la laicización de la enseñanza oficial y contra las leyes confiscatorias (o disuasorias) de la enseñanza privada religiosa, no lo ha­cen ya en razón de que la educación en país católico debe ser católica para todos (con las excepciones debidas a los declaradamente arreligiosos o de otras religiones). Se limitan a defender unos escaños con­fesionales dentro de la gran democracia que formamos («nuestra de­mocracia» les oímos decir); esto es, defender el derecho de los grupos católicos que lo deseen a poseer escuelas confesionales.
Hasta tal punto ha penetrado el espíritu de la democracia liberal en la mentalidad de hoy y en su «ortodoxia pública» que el declararse no-demócrata o contrario a la democracia resuena en los oídos como en otro tiempo la apostasía expresa o la blasfemia. Muchos católicos que rehusarían el calificativo de socialista, o de divorcista, o de abor­tista —que, incluso, luchan contra estas ideas— no ven inconveniente alguno en declararse demócratas o liberales, y militar en partidos bajo estas denominaciones.
Sin embargo, una vez admitida la Voluntad General como fuente única de la ley y del poder —y negada toda otra instancia inmutable de religión con el más allá—, ¿qué lógica podrá oponerse a la socialización de los bienes o de la enseñanza, a la ruptura del vínculo matri­monial, a las prácticas abortistas o la eutanasia, si tales designios o supuestos derechos figuran en el programa del partido mayoritario? La democracia moderna, con su aspecto equívoco y aceptable es, en rea­lidad, la llave y la puerta para todas esas aberraciones y las que les seguirán.
Y es que, en el campo de los males, como en el de los bienes o va­lores, existe una jerarquización que podemos establecer sin más que recurrir, por vía de negación, a las Tablas de la Ley. Así, podemos ver que la socialización de los bienes o de la enseñanza se opone al séptimo mandamiento (no hurtar) y ataca directamente a la familia, institu­ción de origen divino; el divorcio se opone a esa misma institución y, generalmente, al noveno mandamiento (no desear la mujer del próji­mo); el aborto y la eutanasia atentan contra el quinto mandamiento (no matar)...
Pero la raíz misma de la democracia moderna se opone al primero y principal de esos mandamientos, aquel al que se reducen los demás: «amarás al Señor, tu Dios, por encima de todas las cosas». Propugnar la laicización de la sociedad (negarle un fundamento religioso) y de­rivar la ley de la sola convención humana equivale a cortar los lazos de la convivencia humana respecto de Dios, a negar la religión (o re­ligación del hombre con su Creador). Las transgresiones de aquellos otros mandamientos pueden, en casos, ser pecados de debilidad: sólo la trasgresión de éste es pecado de apostasía.
De aquí el martirio aceptado sin vacilación por los primeros cris­tianos en la Roma imperial. Ellos disfrutaban en su tiempo de una situación de «libertad religiosa»; es decir, no eran condenados por prac­ticar su culto. Un status parecido al que otorga la democracia moder­na a las confesiones religiosas, aunque con distinto fundamento. Los romanos admitían en su politeísmo a todos los cultos y divinidades. No hubieran tenido inconveniente en admitir al Dios cristiano entre las divinidades del Capitolio y autorizar libremente el culto cristiano. Pero con la condición para los cristianos de reconocer, al menos táci­tamente, el politeísmo y de adorar al Emperador como símbolo y ga­rante de la religiosidad oficial. Y aquellos cristianos que se mostraban en lo demás como buenos ciudadanos, preferían el suplicio y las fieras del circo antes de renegar de la unicidad topoderosa del verdadero Dios.
Situación semejante es la de los católicos dentro de un país de Cristiandad ante la aceptación voluntaria de la democracia moderna. Con el agravante de que aquí el status de libertad no se apoya en una distinta concepción de la religión, sino en una negación de ésta, de toda religión, que pasa a considerarse como asunto privado u opinión. No es ya una religión falsa, sino un antropocentrismo o culto al Hom­bre. Hoy no hay que reconocer como dios al emperador sino a la Cons­titución. Ciertamente que en la democracia no se exige de modo tan rotundo ese reconocimiento bajo forma de adoración, y el caso se presta a interpretaciones o «arreglos de conciencia». Pero para quien esa aceptación no sea obligada ni formularia, sino acto voluntario a través de la adhesión al sistema o a un partido, el caso es objetiva­mente más grave que para los cristianos de Roma.
Tales reconocimientos se oponen también a las dos primeras pe­ticiones que formulamos en el Padrenuestro, la oración que el propio Cristo nos enseñó: «santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu Reino». El demócrata liberal las sustituye implícita (o explícitamen­te) por «eliminado sea tu Nombre; venga a nosotros la secularización, el reino del Hombre». Y se oponen, en fin, a las dos últimas enseñan­zas que Jesucristo Nuestro Señor nos dejó en su vida mortal antes de ser conducido al suplicio: cuando ante la autoridad civil (Pilato) y ante la religiosa (Caifás) afirma la Verdad y la autoridad de origen divino.
La democracia liberal se presenta así, bajo su verdadera luz, co­mo la frontera del mal; aquella línea de demarcación que, traspasa­da, nos sitúa fuera de «los que pertenecen a la Verdad»; es decir, en el reino de los que, por aclamación popular, obtuvieron la muerte de Cristo. El reino en que no se habla ya de verdad ni de autoridad, sino de opinión y de pueblo. En el que los creyentes en El sólo pedirán unos escaños en el seno del pluralismo laicista para vivir tranquilamente su fe sobre una apostasía inmanente.
Pero acontece que la negación de Dios acarrea como corolario ine­vitable la negación del hombre: ¿Qué podrá construirse en la ciudad humana sobre la arena movediza de la opinión y del sufragio? ¿Qué dejará tras de sí la sociedad democrática en la que el hombre sólo se sirve a sí mismo? Eliminado de raíz el Fin Supremo y la re-ligación con El, ¿cuánto durarán los fines subordinados y una vida que no con­duzca al marasmo del hastío y de los vicios acumulados? Es ya la so­ciedad que tenemos ante nosotros, eminentemente en los países más desarrollados económicamente: la sociedad en la que sobran los medios de vida, pero falta una razón para vivir.
«Los pueblos, las civilizaciones —se ha dicho—- son como unos ex­traños navíos que hunden sus anclas en el Cielo, en la Eternidad». La democracia liberal está consumando la ruina de nuestra civilización y, por contagio, de toda otra civilización. Porque la civilización cristiana (o clásico-cristiana) no ha sido sustituida por otra, sino por una anti­civilización o una disociación que, si pervive, es a costa de los restos difusos de aquella cultura originaria, de aquel —hoy combatidísimo— orden de las almas.
Se evidencia así que ninguna concepción del orden político puede resultar más letal o aniquiladora para la comunidad humana que la democracia moderna o «sociedad abierta» (open society). Postular una sociedad sin fe y sin principios, sin normas estables, neutra, carente de puntos de referencia, dependiente sólo de la opinión pública y de la utilidad del mayor número, es como abrogar la disciplina de un navío, olvidar su nimbo y el orden de las estrellas, abandonarla a la deriva. ¿A dónde se dirigirá tal navío? ¿En qué lenguaje se entende­rá su tripulación? ¿Cómo capeará las tempestades? ¿Qué justificará su misma unidad y su existencia?
Cuando, por ejemplo, el Presidente de la República francesa —o de cualquier otra democracia moderna— apela al heroísmo de la Legión para resolver un conflicto armado grave, ¿en nombre de qué lo hace? ¿Con qué derecho? Si nada existe fuera del interés de los ciuda­danos y de la opinión mayoritaria, ¿cómo exigir a hombres jóvenes que entreguen todo lo que poseen, su vida? Sólo por un recurso inmoral a normas, creencias y valores permanente, que la propia democracia niega, podrá recurrir a tales medios de coerción y de supervivencia.
Cabría una objeción en nombre de la universalidad de la razón. Si toda sociedad histórica, para su simple existencia y perduración, precisa tener su asiento en una fe y en un fervor colectivos, en unas no­ciones de lo que es sagrado y es recto, de lo que es el deber y el sentido del sacrificio, ¿supondrá esto que cada civilización es impenetrable in­telectual y emocionalmente para quienes no forman parte de su tradi­ción o de su herencia? ¿Habrá de asentirse al dictado de Spengler, de Toynbee y de determinados estructuralistas para quienes las culturas son sistemas cerrados, cuyo sentido es inmanente a un sistema intrans­ferible de puntos de referencia?
Nada autoriza tal conclusión. La razón es una instancia capaz de penetrar todo lo que es puramente humano e, incluso, dentro de cier­tos límites, el orden mismo del ser. La civilización occidental de origen cristiano —nuestra civilización histórica— ha sido la encargada de de­mostrar en la práctica esta capacidad de la razón. Su fe —nuestra fe— se ha predicado ya en todos los ámbitos de la tierra y ha arrai­gado, en mayor o menor grado, en las civilizaciones más dispares. Su ciencia, su técnica, sus categorías mentales y sus imágenes de compor­tamiento —básicamente racionales, anti-míticas— se han extendido a todo el mundo, penetrándolo en buena parte. Sea como cultura super­puesta, sea como injerto cultural, puede hoy decirse que una sola cul­tura —la occidental— es la cultura común del planeta.
Sin embargo, y paradójicamente, esta planetarización de una cul­tura racional sólo pudo realizarse a través de una civilización determi­nada —la occidental—, civilización que, como todas, nació de una fe —de un anclaje en la eternidad—, y se edificó sobre unas normas y unos valores morales. Y ello porque, en sentencia filosófica, operari sequitur esse, el obrar sigue al ser: no se expande una civilización sin antes ser, existir. Y si sólo en este caso ha sido posible el efecto de una difusión en cierto modo universal fue, precisamente, porque tal civilización se apoyó, originariamente en la Religión Verdadera.
En la renuncia a esos orígenes se encuentra la raíz última de la crisis en que se debate la sociedad occidental. Crisis no circunstancial sino degenerativa, extendida en forma de rebelión generalizada, y, por vía de contagio, a otras civilizaciones, incluso a la propia naturaleza invadida y contaminada. La expresión de esa renuncia a todo anclaje sobrenatural es la democracia liberal; más aún, que renuncia, nega­ción de toda trascendencia, erección de la sociedad del Hombre y para el Hombre.
Porque esa llamada «sociedad abierta» —la de los Derechos hu­manos— ignora el primero y principal de los derechos del hombre, que es el de buscar la verdad y servirla, el de fundamentar en ella su vida y el perdurable rumbo de su periplo terrenal.

Rafael Gambra, Revista Roma Nº 89, Agosto 1985.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Cita: sobre los dogmas del incrédulo.


Una frase atribuída a Gilber K. Chesterton, y que en lo sustancial refleja su vigoroso y sano pensamiento, es un perfecto resumen de esta situación perversa: «Cuando la gente deja de creer en Dios no es que no crea en nada, es que cree en cualquier cosa». Porque estamos hechos para creer, para conocer, para aceptar la realidad, y a la vez estamos dotados de capacidad crítica, ¡pero no la inclinación a creer! El resultado es que creemos cualquier cosa con una obstinación y una violencia impropias de la pacífica profesión de fe.
Como dice el antropólogo René Girard: «El rechazo de lo real es el dogma número uno de nuestro tiempo. Es la prolongación y perpetuación de la ilusión mítica original».

José Antonio Ullate Fabo, “La verdad sobre El Código Da Vinci”, Libros Libres, Madrid, pág. 128.

Y, como el “dogma” de nuestro tiempo es la negación de la Verdad, el ateísmo necesita fabricarse otros dogmas. Esos otros dogmas son los que, con ironía y humor, el padre Leonardo Castellani expondrá en su “Credo del incrédulo”:

 CREO en la Nada Todoproductora d’onde salió el Cielo y la Tierra.
Y en el Homo Sápiens su único Hijo Rey y Señor,
Que fue concebido por Evolución de la Mónera y el Mono.
Nació de Santa Materia
Bregó bajo el negror de la Edad Media.
Fue inquisionado, muerto achicharrado
Cayó en la Miseria,
Inventó la Ciencia
Ha llegado a la era de la Democracia y la Inteligencia.
Y desde allí va a instalar en el mundo el Paraíso Terrestre.
Creo en el libre pensante
La Civilización de la Máquina
La Confraternidad Humana
La Inexistencia del pecado,
El Progreso inevitable
La Rehabilitación de la Carne
Y la Vida Confortable. Amén.

R.P. Leonardo Castellani, Tomado de “Las ideas de mi tío el cura”.

¿El mundo se originó por un golpe de azar?


 
C.S. Lewis

La incoherencia del materialismo ateo, aquél que ve al “azar” como “creador” del Universo, se cae por sus propios argumentos. Veamos como, de manera tan sencilla, C.S. Lewis refuta sus argumentos a modo de reportaje periodístico:
Pregunta 6: El materialismo y algunos astrónomos indican que el sistema solar y la vida tal como la conocemos se originó por una colisión astral fortuita ¿Cuál es la opinión del cristianismo sobre esta teoría?

Lewis: Si el sistema solar se hubiera originado por una colisión fortuita, la aparición de la vida orgánica en este planeta sería un accidente. De ser así, nuestros actuales pensamientos son meros accidentes, el subproducto fortuito del movimiento de los átomos. Y esto vale igual para los pensamientos (los de los materialistas y los astrónomos) son subproductos accidentales, ¿por qué tendríamos que creer que son verdaderos?
No veo ninguna razón para creer que un accidente podría darme una estimación correcta de los demás accidentes. Es como suponer que la figura accidental que forma al derramar un jarro de leche nos proporciona un juicio correcto acerca de cómo se hizo el zumo y por qué se derramó.
 C. S. Lewis, “Lo eterno sin disimulo” pág. 46, Ed. Rialp S.A., España, 1999.

martes, 2 de noviembre de 2010

Donoso Cortés habla del buen combate.


“Y no me digas que no quieres combatir; porque en el instante mismo en que me lo dices, estás combatiendo; ni que ignoras a qué lado inclinarte, porque en el momento mismo en que eso dices, ya te inclinaste a un lado; ni me afirmes que quieres ser neutral, porque cuando piensas serlo, ya no lo eres; ni me asegures que permanecerás indiferente, porque me burlaré de ti, como quiera que al pronunciar esa palabra ya tomaste tu partido. No te canses en buscar asilo seguro contra los azotes de la guerra, porque te cansas vanamente; esa guerra se dilata tanto como el espacio, y se prolonga tanto como el tiempo. Sólo en la eternidad, patria de los justos, puedes encontrar descanso; porque solo allí no hay combate; no presumas, empero, que se abran para ti las puertas de la eternidad si no muestras antes las cicatrices que llevas; aquellas puertas no se abren sino para los que combatieron aquí los combates del Señor gloriosamente, y para los que van, como el Señor, crucificados.”
Juan Donoso Cortés“Ensayo sobre el Catolicismo, Liberalismo y Socialismo”, Buenos Aires, Depalma, 1965, p.344.

2 de Noviembre: conmemoración de los fieles difuntos.


(El día 3, si el 2 cae en domingo)

Día litúrgico de 1ª clase con ornamentos negros.

Después de regocijarse ayer con aquellos de sus hijos que han llegado a la gloria del cielo, ora hoy la Iglesia por aquellos otros que esperan, en los sufrimientos purificadores del purgatorio, el día en que podrán reunirse con la asamblea de los santos. Nunca como ahora se afirma en la liturgia de una manera tan impresionante la unidad misteriosa que existe entre la Iglesia triunfante y la Iglesia militante y la Iglesia purgante; y nunca tampoco se cumple de una manera tan palpable el doble deber de caridad y de justicia, que se deduce para cada uno de los cristianos de su incorporación al cuerpo místico de Cristo. En virtud del dogma tan consolador de la Comunión de los santos, pueden aplicarse a los unos los méritos y sufrimientos de los otros por la oración de la Iglesia, quien, mediante la santa misa, las indulgencias, las limosnas y los sacrificios de sus hijos, ofrece a Dios los méritos sobrenaturales de Cristo y de sus miembros.
La celebración de la santa misa, sacrificio del calvario renovado en nuestros altares, ha sido siempre para la Iglesia el medio principal de cumplir con respecto a los difuntos la gran ley de la caridad cristiana. Desde el siglo V encontramos ya misas de difuntos. Pero es a san Olidón, cuarto abad de Cluny, a quien se debe esta conmemoración general de todos los fieles difuntos. Él la instituyó en 998 y la hizo celebrar el día siguiente a la fiesta de Todos los Santos. Muy pronto se extendió la costumbre a toda la Iglesia.
Todos los días, en el corazón mismo del Canon de la misa, en un memento especial en que se evoca el recuerdo de los que han dormido en el Señor, suplica a Dios el sacerdote conceda a los difuntos la mansión de la felicidad, de la luz y de la paz. No hay, pues, misa alguna en que no ore por ellos la Iglesia. Mas hoy su pensamiento los recuerda de una manera especial, con la preocupación maternal de no dejar alma alguna del purgatorio sin socorros espirituales y de agruparlos a todos en una misma plegaria. Por un privilegio que el Papa Benedicto XV ha extendido a los sacerdotes del mundo entero[1], puede cada uno de ellos celebrar hoy tres misas: la Iglesia multiplica, para liberar a las almas del purgatorio, la ofrenda del sacrificio de Cristo, del que saca continuamente, para todos los suyos, frutos infinitos de redención.

Dom Gaspar Lefebvre O.S.B. y los monjes benedictinos de San Andrés, Tomado del “Misal diario”, traducción castellana P. Germán Prado y los monjes de la abadía de Silos.



[1] Concedido por Benedicto XIV a España, Portugal y posesiones españolas y portuguesas de la América del Sur, este privilegio fue extendido a toda la Iglesia por Benedicto XV, con ocasión de la primera guerra mundial.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Cirsto Rey (II)

En el Blog Videoteca Reduco, vemos estas interesantes citas, muy bien elegidas, por el autor de dicho Blog. Las compartimos y agradecemos al autor por haberlas seleccionado tan certeramente.

“Dijo Jesús: “Mi Reino no procede deste mundo, non est ex hoc mundo”. Jesús no dijo: “Mi Reino no está en este mundo”, ni tampoco: “Yo no soy Rey deste mundo, sino del otro”, como si su Reino fuese un Reino de almas, de muertos o de fantasmas. Dijo:”Mi Reino no procede de este mundo”, de las potencias mundanas, de los soldados, de los militares, de haber sido elegido por el pueblo...fraudulentamente –o no-, o de los banqueros internacionales y las grandes potencias del Gran Dinero. Su Reino está en este mundo y Él es Rey de todo este mundo; pero su reino procede de su propia naturaleza, de ser Él quien es. Ni se lo dieron los hombres ni pueden quitárselo los hombres. Él es la Verdad y su Reino es el Reino de la Verdad; pero es un Reino Real, no es un Reino ideal solamente. La verdad no es una cosa ideal solamente: Verdad y realidad son la misma cosa”.
R.P. Leonardo Castellani, Homilía del Domingo 29-X-1961
“Para que Cristo sea realmente Rey, por lo menos en nosotros, hemos de vencer el miedo, la cobardía, la pusilanimidad; no ser “hombres para poco”, como decía Santa Teresa, y ¡pobre de aquel a quien ella ese lo aplicaba! ¿Y cómo podemos vencer al miedo? ¡El miedo es un gigante!
“¿Os olvidasteis que Yo estaba con vosotros?”
R.P. Leonardo Castellani, Domingueras prédicas.

1º de Noviembre: Fiesta de Todos los Santos.


Fiesta de primera clase con ornamentos blancos.

La Iglesia, que en el transcurso del año va celebrando una por una las fiestas de sus santos, los reúne hoy a todos en una fiesta común. Además de los que puede llamar con su nombre, evoca en una grandiosa visión a toda una muchedumbre incontable de Santos “todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, de pie ante el trono y ante el cordero, revestidos de blancas vestiduras y con palmas en la mano”, que aclaman al que con su sangre los ha rescatado.
La fiesta de Todos los Santos ha de colmarnos de una gran esperanza. Entre los santos del cielo hay algunos a quienes hemos conocido. Todos han vivido en la tierra una vida semejante a la nuestra. Bautizados, marcados con el sello de la fe, fieles a las enseñanzas de Cristo, nos han precedido en la patria celestial y nos invitan a reunirnos con ellos. El evangelio de las bienaventuranzas, al mismo tiempo que proclama su felicidad, nos muestra el camino que han seguido; no hay, ciertamente, ningún otro que nos lleve a donde ellos están.
La “conmemoración de todos los Santos” se comenzó a celebrar en Oriente. En el siglo VIII se la encuentra ya en Occidente en diferentes fechas. El martirologio romano elogia al papa Gregorio IV (827-844) por haberla extendido a toda la cristiandad; parece, sin embargo, que el Papa Gregorio III (731-741) le había precedido en esta decisión. Por otra parte, en Roma se celebraba ya el 13 de mayo la dedicación de la basílica de Santa María y de todos los mártires; es decir, del Panteón, templo de Agripa, dedicado a todos los dioses del paganismo, al cual había hecho trasladar el Papa Bonifacio IV numerosas osamentas de las catacumbas. Esto explica por qué tantos textos de la misa de hoy han sido tomados de la liturgia de los mártires. El Papa Gregorio VII trasladó el aniversario de esta dedicación al 1º de noviembre.

Dom Gaspar Lefebvre O.S.B. y los monjes benedictinos de San Andrés, Tomado del “Misal diario”, traducción castellana P. Germán Prado y los monjes de la abadía de Silos.

La Santa y Desoladora desobediencia de Monseñor Lefebvre.

Encontramos un interesante artículo publicado por la ya tradicional Revista Cabildo. Víctor Eduardo Ordóñez, quién hubiese sido jefe de redacción hasta su fallecimiento, sostiene en éste artículo una clara y contundente posición al respecto de lo que ocurría (y ha ocurrido) con Monseñor Marcel Lefebvre y las relaciones con la Santa Sede, frente al combate doctrinal que, hasta hoy, continúa llevándose ediante la Fraternidad Sacerdotal fundada por el insigne obispo y las autoridades vaticanas.


 
 Mons. Marcel Lefebvre,
verdadero guardián de la ortodoxia católica.

Toda esta cuestión de mon­señor Lefebvre, tan traída y llevada por los periódicos y por las usinas de opinión y generalmente tan mal interpretada, tan maliciosamente interpretada por la Jerarquía, esconde una actitud que está llamada a tener una resonancia trascendental en la historia de la Iglesia. Es nada menos que la reacción, “non possum” del espíritu frente al misterio de iniquidad actuante dentro de la Iglesia misma.
Hay en la actualidad y especialmen­te desde el Concilio y dentro de su marco ideológico, una tendencia a desconocer, a desfigurar o a disminuir el modo misterioso en que la fe se presenta y actúa en la historia. Ten­dencia que se registra en una forma singular en los más altos niveles de la Iglesia. Agnosticismo, inmanentismo, positivismo o naturalismo, lo mismo da. Su denominador común es la falta de fe para comprender (y aceptar) las distintas formas de la fe,
Y he aquí que la desobediencia, una santa desobediencia, una desoladora y aún trágica desobediencia, viene a ser una actitud de fe.
Esta desobediencia es la de mon­señor Marcel Lefebvre, ¿Contra quién? Contra una autoridad vacilante, car­gada de contradicciones y de dudas, que no atina a defender la fe, que no atina a cerrar las puertas al enemigo, ¿Contra qué? Contra la Iglesia falsa que se ha instaurado a partir del Vaticano II. La reacción de la Santa Sede ha sido conciliadora, se nos dice, o caritativa, arriesgan otros. Ni lo uno ni lo otro. Cuidadosa, quizá, medrosa, con más certeza. Pero fundamental­mente ha sido naturalista, El punto central del enfoque vaticano consiste en encarar el asunto Lefebvre como una cuestión de política temporal, a la que se le podría dar una “solución eficaz” o, lo que es peor, una u otra respuesta. Se lo trató como un problema fastidioso, sin referencia a la doctrina; planteado y resuelto fuera del margen de los principios. Se trata de “sacar adelante”, neutralizar el efecto, diluido en una cuestión dis­ciplinaria o inelegante.
Semejante enfoque es no sólo erróneo de por sí sino demostrativo de las carencias espirituales y doctrinales de la Santa Sede en la actualidad. Por­que no es casual que se eluda el enfrentamiento del planteo espiritual y doctrinal que formuló monseñor Lefebvre con tanta claridad tomo serenidad. Resulta irritativo y casi ridículo que la única respuesta que se articula, frente a un cuestionamiento total como éste, consista en una in­vitación a conversar (negociar), que el único fundamento jurídico o teológico que se invoque sea el resguardo de la unidad cristiana.
Táctica, prudencia, falta de fe en los propios principios, reconocimiento de la indigencia de la doctrina que se sostiene y que se aplica en forma tan cruel y drástica. Dios juzgará. No­sotros, los contemporáneos de Paulo VI y de monseñor Lefebvre simple­mente advertimos que la reivindi­cación del tradicionalismo intentada por éste, tanto en lo que tiene de programa a seguir como de denuncia, merecía una respuesta más clara que la del silencio. Si hubo una oportu­nidad para cotejar las dos Iglesias —la de la tradición y la del modernismo razón de la Iglesia, hasta casi dejarlo sin aliento? Son ellos, los reforma­dores, los que rompieron esa realidad y ese símbolo de la comunión, que es ¡la Santa Misa!
Monseñor Lefebvre ha efectuado el más total de los planteos frente a la Nueva Iglesia de la Nueva Misa. No se podía entonces callar ni conciliar, ni perdonar. Paulo VI tenía y tiene el deber y el derecho de condenar y de castigar a quien no cree en la verdad progresista, esto es en el historicismo, en el relativismo, en la dialéctica y también a quien no ama al mundo por el que Jesús no oró, a quién no está dis­puesto a substituir las verdades eternas por las temporales, a quien siga creyendo que la Misa es un Sacrificio... Si Paulo VI es Papa y Papa in­falible, tiene la obligación, corno sucesor de Pedro, de sancionar a Mon­señor Lefebvre y a cualquier otro que sostenga otros dogmas. Paulo VI tiene que decidirse y condenar a los Con­cilios de Nicea y de Trento, a los doc­tores de la Iglesia que precedieron a Maritain, a San Pío V y a San Pío X, a Santo Tomás y a San Agustín, a Santo Domingo y a San Ignacio y a la Tradición entera. Debe mantenerse leal, como jefe que es de ella, a la Nueva Iglesia, fundada en ocasión del Concilio Vaticano II. La Nueva Iglesia que pone el acento en la reivindicación social de los humildes y no ya en la salvación de todos.
Es decir, el Papa tiene que optar como lo hizo Monseñor Lefebvre. O la Nueva Misa o la de siempre. O la Nueva o la Antigua Iglesia. Que nos diga él, como pastor, como responsable de la barca, dónde está la verdad y dónde el error, dónde está el puerto, dónde la salud y la luz. Y que nos diga qué se debe hacer con nuestra herencia de 2000 años.
Si calla o si sigue eludiendo el gran debate que le propone Monseñor Lefebvre, no solamente se verá con toda claridad, que la preocupación por la unidad es una trampa, una trampa más, sino que, simple y terriblemente, carece de la verdad. Es la hora de rendir cuentas y no la de perderse en consideraciones elusivas, La situación no le permite el paso atrás ni al costado. Este es un reto a todo su pontificado y a sus bases doctrínales,
Si la respuesta no llega, aunque sea en forma de condena o de rectifica­ción, ante los ojos de los católico quedará indubitable que el cismático y el hereje no es Monseñor Marcel Lefebvre.

Víctor Eduardo Ordóñez, Revista Cabildo, 2ª época, Nº3, Octubre 1976. Págs. 19-20.