martes, 10 de enero de 2012

Consecuencias y remedios contra el pecado mortal.


Consecuencias y remedios contra el pecado mortal.

Para salvarnos, debemos rechazar con valentía el pecado y remover los obstáculos que acumulan a nuestro paso los enemigos de nuestra alma; vivir en la gracia santificante, cumplir los divinos mandamientos y rezar cada día.
Después del pecado original, para conseguir la salvación eterna, tenemos que luchar enérgicamente contra el pecado – que es el enemigo número uno y, en cierto sentido, el único que tenemos enfrente. Tenemos que luchar también contra el mundo, demonio y carne, que no cesan de acumular obstáculos en nuestro camino como amigos y aliados del pecado. Si el mundo, es decir, los hombres que viven sin tener cuenta de la Ley de Dios, el demonio y la carne son tan peligrosos y temibles, es únicamente porque vienen del pecado y conducen a él.
Nunca nos pondremos suficientemente en guardia contra este mortal enemigo de nuestra alma, porque por un solo pecado mortal, podemos perdernos eternamente. Tener un pecado mortal es mil veces peor que tener el SIDA, cáncer y lepra juntos.
Examinemos un poco lo que es el pecado mortal, cual es su malicia, cuáles son los daños que nos hace, qué armas y remedios tenemos para luchar y triunfar de él.

¿Qué es el pecado mortal?

El pecado mortal es una trasgresión voluntaria de la Ley de Dios en materia grave. Es una rebeldía contra Dios.
Dios tiene su Ley. En su infinita sabiduría ha sabido resumirla en los diez mandamientos. La Iglesia, con Divina autoridad ha añadido algunos otros, con el fin de hacernos cumplir con mayor facilidad y perfección los divinos preceptos.
Cuando el hombre, dándose perfecta cuenta de que lo que va hacer está gravemente prohibido por la ley de Dios o de la Iglesia, quiere hacerlo a pesar de todo, comete un pecado mortal que pone completamente de espaldas a Dios y le vincula a las cosas creadas, en las que coloca su último fin renunciando a la salvación eterna.

Para que un pecado sea mortal hay tres condiciones:

1) Advertencia perfecta por parte del entendimiento,

2) Consentimiento perfecto, o plena aceptación por parte de la voluntad.

3) Materia grave prohibida por Dios.

Los efectos inmediatos del pecado son:

1) Aversión a Dios del que se separa voluntariamente al despreciar sus mandamientos, y es lo que constituye lo formal o el alma del pecado;

2) Conversión a las cosas creadas mediante su goce ilícito, que constituye lo material o el cuerpo del pecado.

3) He aquí unos ejemplos de pecado mortal que conducen al infierno. San Pablo nos advierte: “Fornicación y cualquiera impureza o avaricia, ni siquiera se nombre entre vosotros, como conviene a santos, ni torpeza, ni vana palabra, ni bufonerías…Porque tened bien entendido que ningún fornicario, impuro avaro que es lo mismo que idólatra tiene parte en el reino de Cristo y de Dios. Nadie os engañe con vanas palabras, pues por estas cosas descarga la ira de Dios sobre los hijos de la desobediencia. No os hagáis pues copartícipes de ellos” (Efesios 5, 3-7). Lo que dicen o hacen los pecadores no vale nada. NO debemos participar de sus locuras o aprobarlas.
Dios mismo nos advierte hablando de pecado graves: “NO os hagáis ilusiones. Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los maldicientes, in los que viven de rapiña, heredaran el reino de Dios”. (I Corintios. 6,9-11).

La malicia del pecado mortal

Ninguna inteligencia creada o creable podrá jamás darse cuenta perfecta del espantoso desorden que encierra el pecado mortal. Rechazar a Dios a sabiendas y escoger en su lugar a una vilísima criatura en la que se coloca la suprema felicidad y último fin envuelve un desorden tan monstruos e incomprensible, que sólo la locura y atolondramiento del pecador puede alguna manera explicarlo. El ejemplo de la pobre pastorcita de la que el rey se prendo y la desposó consigo, haciendo la reina, y que de pronto abandona el palacio real y se marcha en plan de adulterio con un miserable seductor, no ofrece sino un pálido reflejo de la increíble monstruosidad del pecado.
El mismo Dios, infinitamente bueno y misericordioso, que tiene entrañas de padre para todas sus criaturas y que nos ha dicho en la sagrada Escritura (Ezequiel 33,11) , sabemos que por un solo que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, sabemos que por un solo pecado mortal:

a) Convirtió a millones de ángeles en horribles demonios para toda la eternidad.

b) Arrojó a nuestros primeros padres del paraíso terrenal, condenándoles a ellos y a todos sus descendientes al dolor y a la muerte corporal y a la posibilidad de condenarse eternamente aun después de la redención realizada por Cristo.

c) Exigió la muerte en la cruz de su Hijo muy amado, en el cual tiene puestas todas sus complacencias para redimir al hombre culpable (San Mateo 17,5).

d) Mantendrá por toda la eternidad los terribles tormentos del infierno en castigo del pecador obstinado.

e) Todo esto son datos de fe católica: es hereje quien los niegue. ¿Qué otra cosa podrá darnos una idea de la espantosa gravedad del pecado mortal cometido de una manera perfectamente voluntaria y a sabiendas?

Los efectos del Pecado mortal

No hay catástrofe ni calamidad pública o privada que pueda comparase con la ruina que ocasiona en el alma un solo pecado mortal. Es la única desgracia que merece propiamente el nombre de tal, y es de tal magnitud, que no debería cometerse jamás, aunque con él se pudiera evitar una terrible guerra internacional que amenace destruir a la humanidad entera, o liberar a todas las almas del infierno y del purgatorio.
Sabido es que, según la doctrina católica –que no puede ser más lógica y razonable para cualquiera que, teniendo fe, tenga además sentido común-, el bien sobrenatural de un solo individuo está por encima y vale infinitamente más que el bien natural de la creación universal entera, ya que pertenece a un orden infinitamente superior: el de la gracia y la gloria.
Así como sería una locura que un hombre se entregase a la muerte para salvar la vida a todas las hormigas del mundo – vale más un solo hombre sacrificase su bien eterno, sobrenatural, por salvar el bien temporal y meramente humano de la humanidad entera: no hay proporción alguna entre uno y otro.
El hombre tiene obligación de conservar su vida sobrenatural, de vivir en la gracia a toda costa, aunque se hunda el mundo entero.
He aquí los principales efectos que causa el alma un solo pecado mortal voluntariamente cometido:

1) Pérdida de la gracia santificante que hacía el alma pura, santa e hija adoptiva de Dios heredera de la Vida eterna. Sin la gracia santificante nadie puede salvarse.

2) Pérdida de las virtudes infusas (caridad, prudencia, justicia, fortaleza, templanza) y de los dones del Espíritu Santo, que constituyen un tesoro divino, infinitamente superior a todas las riquezas materiales de la creación entera.

3) Pérdida de la presencia amorosa de la Santísima Trinidad en el alma, que se convierte en morada y templo de Satanás.

4) Pérdida de todos los méritos adquiridos (mediante las buenas obras) en toda su vida pasada, por larga y santa que fuera.

5) Feísima mancha en el alma, que la deja tenebrosa y horrible a los ojos de Dios. “El pecado, dice San Juan Crisóstomo, deja el alma tan leprosa y manchada que mil fuentes de agua no son capaces de lavarla”.

6) Esclavitud de Satanás. El que está en el pecado mortal es esclavo de Satanás “que es príncipe de los pecadores”, dice San Agustín.

7) Aumento de las malas inclinaciones. El pecador está debilitado y no puede fácilmente resistir contra el mal, le cuesta mucho trabajo hacer el bien.

8) Remordimiento e inquietud de conciencia, el que está en pecado mortal no tiene tranquilidad y paz en su alma ni en su familia, ni en su trabajo.

9) Reato, es decir merecimiento de pena eterna. El pecado mortal es el infierno en potencia, es decir, el que está en pecado mortal puede en cualquier momento caer en el infierno para siempre.

Como se ve, el pecado mortal es como un derrumbamiento instantáneo de nuestra vida sobrenatural, un verdadero suicidio del alma a la vida de la gracia Y pensar que tantos y tantos pecadores lo cometen con increíble facilidad y ligereza, no para evitarle al mundo una catástrofe lo que sería ya gran locura-, sino por un instante de placer bestial, por unos miserables pesos que tendrán que dejar en este mundo, por un odio y rencor al que no quiere renunciar y otras mil bagatelas y niñerías por el estilo!
Realmente tenía razón San Alfonso de Ligorio cuando decía que el mundo le parecía un inmenso manicomio en el que los pobres pecadores habían perdido por completo el juicio. Y, con razón también, la piadosísima reina Blanca de Castilla le decía a su hijo San Luis, futuro rey de Francia: “Hijo mío, preferiría verte muerto que cometer un solo pecado mortal.” Es impresionante la descripción que hace Santa Teresa del estado en que queda un alma que acaba de cometer un pecado mortal”. (A ella se lo hizo ver Nuestro Señor de una manera milagrosa); “no sería posible a ninguno pecar, aunque se pusiesen a mayores trabajos que se que se pueden pensar por huir de las ocasiones”, (Moradas primeras, c.2)

¿Cómo podemos evitar el pecado mortal?

El que quiere asegurar la salvación eterna de su alma, nada tiene que procurar con tanto empeño como evitar a toda costa la catástrofe del pecado mortal.
Sería gran temeridad e increíble ligereza seguir pecado tranquilamente confiando en realizar más tarde la conversión y vuelta definitiva a Dios. En gran peligro se podría ese pecador de frustrar esa esperaza tan vana e inmoral. La muerte puede sorprenderle en el momento menos pensado, y se expone, además, a que la justicia de Dios determine substraerle, en castigo de tan manifiesto abuso, la gracia eficaz del arrepentimiento, sin la cual le será absolutamente imposible salir de su horrible situación. Si diera cuenta el pecador del espantoso peligro a que se expone, no podría conciliar el sueño una sola noche a menos de haber perdido por completo el juicio.
He aquí, indicados nada más, algunos de los medios más eficaces para salir del pecado mortal y no volver jamás a él:

1) Asistir al santo Sacrificio de la Misa. “por que nos obtiene la gracia del arrepentimiento, nos facilita el perdón de los pecados. ¡Cuántos pecadores, asistiendo a Misa, han recibido allí la gracia del arrepentimiento y la inspiración! de hacer una buena confesión de toda su vida”! (R. Garrigou-Lagrange, el Salvador, ed. Patmos, pág. 463).

2) Confesión y comunión frecuente, con toda la frecuencia que sea menester para conservar y aumentar las fuerzas del alma contra los asaltos de la tentación. Por la salud del cuerpo tomaríamos con gusto todos los remedios y medicinas que el médico nos mandara. L salud del alma vale infinitamente más.

3) Reflexionar todos los días un ratito sobre los grandes intereses de nuestra alma y de nuestra eterna salvación. La lectura diaria meditada de la vida de los santos ayuda mucho. (Hay unos libros fundamentales: S. Francisco de Sales; Introducción a la Vida devota; S. Alfonso de Ligorio, Preparación para la muerte; El gran medio de la Oración).

4) Oración de súplica pidiéndole a Dios que nos tenga de de su mano y no permita que nos extraviemos. El Padrenuestro bien rezado y vivido, ayuda mucho.

5) Huida de las ocasiones. El pecador está pedido sin eso. No hay propósito tan firme ni voluntad tan inquebrantable que no sucumba. Con facilidad ante una ocasión seductora. Es preciso renunciar si contemplaciones a los espectáculos inmorales (se comete, además, pecado de escándalo y cooperación al mal, contribuyendo con nuestro dinero a mantenerlos amistades frívolas y mundanas, conversaciones torpes, revistas o fotografías obscenas, películas, Internet, la caja de todos los vicios etc. Imposible mantenerse en pie si no se renuncia a todo eso. La felicidad inenarrable que nos espera eternamente en el cielo bien vale la pena de renunciar a esas cosas que tanto nos seducen ahora, sobre todo teniendo en cuenta que por un goce momentáneo nos llevarían a la eterna ruina.

6) Devoción entrañable a María, nuestra dulcísima Madre, abogada y refugio de pecadores. Lo ideal sería rezarle todos los días el Santo Rosario, que es la primera y más excelente de las devociones marianas y grandísima señal de predestinación para que lo rece devotamente todos los días; pero, al menos, no olvidemos nunca las tres avemarías al levantarnos, acostarnos y a experimentar la tentación, para que nos alcance la victoria.

7) Hacer regularmente los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. Hay una muerte, un juicio, una eternidad feliz o infeliz. Con el pecado no se discute. Tenemos que salvarnos cueste lo que cueste.

R. P. Michel Boniface, de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X.

domingo, 8 de enero de 2012

Explosión próxima.


Si algunos lectores han encontrado el “Comentario Eleison” de la semana pasada un poco sombrío para el principio del año, de veras me disculpo por ello, y prometo que el de esta semana terminará con una cita más esperanzadora. Pero en verdad, mucha gente, según me lo dicen, está todavía tranquilamente ignorante de cuan grave es la inminente catástrofe económica mundial. Peor, no se da cuenta de la gravedad pre-apocalíptica de la crisis en la Iglesia. Veamos por un momento este último punto.
La visión aún de algunos sacerdotes dentro de la Fraternidad SPX es que la Fraternidad SPX es una Congregación religiosa normal mientras que la Roma de hoy no es excesivamente anormal. Es cierto que Monseñor Lefebvre tuvo palabras muy duras sobre el Vaticano II y los “anticristos” dentro del Vaticano,  pero en el transcurso de los 20 años que han pasado desde su muerte, las cosas han cambiado para bien. Ahora tenemos un Papa, piensan ellos, que es un Tradicionalista de corazón, como lo prueban  su desbloqueo de la Misa Tridentina y su “levantamiento” de la pretendida excomunión de 1988 a los cuatro obispos de la Fraternidad. Así, con un poco de flexibilidad de cada lado, seguramente Roma y la Fraternidad SPX pueden alcanzar un cierto arreglo por el cual Roma devuelve a la Fraternidad SPX esa respetabilidad de la cual nunca hubiera tenido que ser privada, y la Fraternidad SPX puede reingresar a Roma en una procesión triunfal. Así las dos reunidas reconquistaran el mundo para Cristo. Puede ser que las Discusiones Doctrinales de 2009-2011 evidenciaron una total divergencia doctrinal, pero esto prueba simplemente que el arreglo tiene que ser puramente práctico (!).
¡Ay de nosotros! Los sacerdotes que se dejan mecer por tal sueño, o bien no han leído  Pascendi o no entendieron lo que han leído. En su gran Carta Encíclica de 1907 San Pío X dio la voz de alarma sobre el hecho de que el Modernismo representa la mayor amenaza a la existencia de la Iglesia, porque el Modernismo es donde termina la ruta que separa el alma de la realidad natural o sobrenatural. Es el último auto-aislamiento del espíritu en el interior de su mundo de ensueños sin Dios. El error no puede ir más lejos. He aquí un ejemplo de este aislamiento:
Hacia el fin de la sección sobre el teólogo Modernista, Pascendi explica como el Modernista se regocija de ser condenado por la autoridad de la Iglesia. Así como una manguera de jardín no debe estar separada de la canilla que le permite regar, así la Iglesia no debe estar cortada de su fuente en la Tradición. La Iglesia necesita entonces progresar por un juego de intercambio entre el Modernismo y la Tradición. Por consiguiente necesita que la autoridad sea Tradicional y que ella ejerza su papel Tradicional condenándolos como Modernistas. De tal manera que si el Papa no los condena, ellos seguirán adelante, y si de hecho los condena también seguirán adelante porque precisamente al condenarlos, el Papa está contribuyendo al ¡progreso de la Iglesia! Cara él pierde, seca ellos ganan. Es el error que se encierra en sí mismo. Dios no puede ganar.
Pues bien, el gran y buen Dios tiene una sorpresa en reserva para los que así piensan. Para salvar las almas El inundó todo el sistema corrompido de los hombres en el tiempo de Noé, y para salvar nuevamente las almas puede esta vez limpiarlo con una explosión. La explosión puede o no comenzar en 2012. ¿Y la cita esperanzadora?
“Más cuando estas cosas comiencen a ocurrir, erguíos y levantad la cabeza, porque vuestra redención se acerca” (Lc.XXI, 28). La hora es la más negra justo antes del alba.

Kyrie eleison.

Mons. Richard Williamson, “Comentarios Eleison” Nº 234, 7 de enero del 2012.

viernes, 6 de enero de 2012

Ante la Epifanía de Nuestro Señor Jesucristo.


Habiendo nacido el Rey del cielo, se turbó el rey de la tierra porque la grandeza de este mundo se anonada en el momento que aparece la majestad del cielo. Mas sé nos ocurre preguntar: ¿qué razones hubo para que inmediatamente que nació en este mundo nuestro Redentor fuera anunciado por los ángeles a los pastores de la Judea, y a los magos del Oriente no fuera anunciado por los ángeles sino por una estrella, para que viniesen a adorarlo?
Porque a los judíos, como criaturas que usaban de su razón, debía anunciarles esta nueva un ser racional, esto es, un ángel; y los gentiles, que no sabían hacer uso de su razón, debían ser guiados al conocimiento de Dios, no por medio de palabras, sino por medio de señales. De aquí que dijera San Pablo: “Las profecías fueron dadas a los fieles, no a los infieles; las señales a los in fieles, no a los fieles”, porque a aquéllos se les han dado las profecías como fieles, no a los infieles, y a éstos se les han dado señales como infieles, no a los fieles.
Es de advertir también que los Apóstoles predicaron a los gentiles a nuestro Redentor cuando era ya de edad perfecta; y que mientras fue niño, que no podía hablar naturalmente, es una estrella la que lo anuncia; la razón es porque el orden racional exigía que los predicadores nos dieran a conocer con su palabra al Señor que ya hablaba, y cuando todavía no hablaba lo predicasen muchos elementos.
Debemos considerar en todas estas señales que fueron dadas tanto al nacer como al morir el Señor, cuánta debió ser la dureza de corazón de algunos judíos, que no llegaron a conocerlo ni por el don de profecía, ni por los milagros.
Todos los elementos han dado testimonio de que ha venido su Autor. Porque, en cierto modo, los cielos lo reconocieron como Dios, pues inmediatamente que nació lo manifestaron por medio de una estrella. El mar lo reconoció sosteniéndolo en sus olas; la tierra lo conoció porque se estremeció al ocurrir su muerte; el sol lo conoció ocultando a la hora de su muerte el resplandor de sus rayos; los peñascos y los muros lo conocieron porque al tiempo de su muerte se rompieron; el infierno lo reconoció restituyendo los muertos que conservaba en su poder. Y al que habían reconocido como Dios todos los elementos insensibles, no lo quisieron reconocer los corazones de los judíos infieles y más duros que los mismos peñascos, los cuales aún hoy no quieren romperse para penitencia y rehúsan confesar al que los elementos, con sus señales, declaraban como Dios.
Y aun ellos, para colmo de su condenación, sabían mucho antes que había de nacer el que despreciaron cuando nació; y no sólo sabían que había de nacer, sino también el lugar de su nacimiento. Porque preguntados por Herodes, manifestaron este lugar que habían aprendido por la autoridad de las Escrituras. Refirieron el testimonio en que se manifiesta que Belén sería honrada con el nacimiento de este nuevo caudillo, para que su misma ciencia les sirviera a ellos de condenación y a nosotros de auxilio para que creyéramos.
Perfectamente los designó Isaac cuando bendijo a su hijo Jacob, pues estando ciego y profetizando, no vio en aquel momento a su hijo, a quien tantas cosas predijo para lo sucesivo; esto es, porque el pueblo judío, lleno del espíritu de profecía y ciego de corazón, no quiso reconocer presente a aquel de quien tanto se había predicho.
Inmediatamente que supo Herodes el nacimiento de nuestro Rey, recurre a la astucia con el fin de no ser privado de su reino terreno. Suplica a los magos que le anunciasen a su vuelta el lugar en donde estaba el Niño; simula que quiere ir también a adorarlo, para sí pudiera tenerlo entre manos, quitarle la vida. Mas ¿de qué vale la malicia de los hombres contra los designios de Dios? Escrito está: “No hay sabiduría, ni prudencia, ni consejo contra el Señor”. Así la estrella que apareciera guió a los Magos, que hallan al Rey recién nacido, le ofrecen sus dones y son avisados en sueños para que no volviesen a ver a Herodes, y de esta manera sucedió que Herodes no pudiera encontrar a Jesús, a quien buscaba.
¿Quiénes están representados en la persona de Herodes sino los hipócritas, los cuales, pareciendo que sus obras buscan al Señor, nunca merecen hallarlo?
Los Magos ofrecen oro, incienso y mirra; el oro conviene al rey, el incienso se ponía en los sacrificios ofrecidos a Dios; con la mirra eran embalsamados los cuerpos de los difuntos. Por consiguiente, con sus ofrendas místicas predican los Magos al que adoran: con el oro, como rey; con el incienso, como Dios, y con la mirra, como hombre mortal.
Hay algunos herejes que creen en Jesús como Dios, pero niegan su reino universal; éstos le ofrecen incienso, pero no quieren ofrecerle también el oro. Hay otros que le consideran como rey, pero no lo reconocen como Dios: éstos le ofrecen el oro y rehúsan ofrecerle el incienso. Y hay algunos que lo confiesan como Dios y como rey, pero niegan que tomase carne mortal: éstos le ofrecen incienso y oro, y rehúsan ofrecerle la mirra de la mortalidad.
Ofrezcamos nosotros al Señor recién nacido oro, confesando que reina en todas partes; ofrezcámosle incienso, creyendo que Aquel que se dignó aparecer en el templo era Dios antes de todos los siglos; ofrezcámosle mirra, confesando que Aquel de quien creemos que fue impasible en su divinidad, fue mortal por haber tomado nuestra carne.
En el oro, incienso y mirra puede darse otro sentido. Con el oro se designa la sabiduría, según Salomón, el cual dice: “Un tesoro codiciable descansa en boca del sabio”. Con el incienso que se quema en honor de Dios se expresa la virtud de la oración, según el Salmista, el cual dice: “Diríjase mi oración a tu presencia a la manera del incienso”. Por la mirra se representa la mortificación de nuestra carne; de aquí que la Santa Iglesia diga de los operarios que trabajan hasta la muerte por Dios: “Mis manos destilaron mirra”.
Por consiguiente, ofrecemos oro a nuestro rey recién nacido si resplandecemos en su presencia con la claridad de la sabiduría celestial. Le ofrecernos incienso, si consumimos los pensamientos carnales, por medio de la oración, en el ara de nuestro corazón, para que podamos ofrecer al Señor un aroma suave por medio de deseos celestiales. Le ofrecemos mirra, si mortificamos los vicios de la carne por medio de la abstinencia. La mirra, como hemos dicho, es un preservativo contra la putrefacción de la carne muerta. La putrefacción de la carne muerta significa la sumisión de este nuestro cuerpo mortal al ardor de la impureza, como dice el profeta de algunos: "Se pudrieron dos jumentos en su estiércol" (Joel, 1, 17). El entrar en putrefacción los jumentos en su estiércol significa terminar los hombres su vida en el hedor de la lujuria. Por con siguiente, ofrecernos la mirra a Dios cuando preservamos a este nuestro cuerpo mortal de la podredumbre de la impureza por medio de la continencia.
Al volver los Magos a su país por otro camino distinto del que trajeron nos manifiestan una cosa que es de suma importancia. Poniendo por obra la advertencia que recibieron en sueñas, nos indican qué es lo que nosotros debemos hacer.
Nuestra patria es el paraíso, al que no podemos llegar, conocido Jesús, por el camino por donde vinimos. Nos hemos separado de nuestra patria por la soberbia, por la desobediencia, siguiendo el señuelo de las cosas terrenas y gustando el manjar prohibido; es necesario que volvamos a ella, llorando, obedeciendo, despreciando las cosas terrenas y refrenando los apetitos de nuestra carne. Por consiguiente, volvemos a nuestra patria por un camino muy distinto, porque los que nos hemos separado de los goces del paraíso con los deleites de la carne, volvemos a ellos por medio de nuestros lamentos.
De aquí que sea necesario, hermanos carísimos, que con mucho temor y temblor pongamos siempre ante nuestra vista, por una parte las culpas de nuestras obras, y por otra el estrecho juicio a que se nos ha de someter. Pensemos en la severidad con que ha de venir el justo juez, que nos amenaza con un estrechísimo juicio y ahora está oculto a nuestra vista; que amenaza con severos castigos a los pecadores, y, no obstante, todavía las espera: que está dilatando su segunda venida para encontrar menos a quiénes condenar. Castiguemos con el llanto nuestras culpas, y prevengamos su presencia por medio de la confesión.
No nos dejemos engañar por fugaces placeres, ni tampoco nos dejemos seducir por vanas alegrías. No tardaremos en ver al juez que dijo: “¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis”. Por eso dijo Salomón: “La risa será mezclada con el dolor, y el fin de los goces será ocupado por el llanto”. Y en otro lugar dice: “He considerado la risa como un error, y he dicho al gozo: ¿por qué engañas en vano?”
Temamos mucho los preceptos de Dios, si con sinceridad celebramos las fiestas de Dios; porque es un sacrificio muy grato a Dios la aflicción de los pecados, como dice el Salmista: “El espíritu atribulado es un sacrificio para Dios”. Nuestros pecados antiguos quedaron borrados al recibir el bautismo; mas después de recibido hemos cometido muchísimos, pero no nos podemos volver a lavar con su agua.
Puesto que hemos manchado nuestra vida después de recibido el bautismo, bauticemos con lágrimas nuestra conciencia, para que, volviendo a nuestra patria por distinto camino del que llevamos, los que nos hemos separado de él atraídos por los bienes terrenales volvamos a él llenos de amargura por los males que hemos obrado, con el auxilio de Nuestro Señor Jesucristo.

San Gregorio Magno, Homilía X in Evangelia.

martes, 3 de enero de 2012

Huir de las malas compañías. San Juan Bosco.


Hay tres clases de compañeros: unos, buenos; otros, malos, y otros, en fin, que no son ni lo uno ni lo otro. Debéis procu­rar la amistad de los primeros; ganaréis mucho huyendo com­pletamente de los segundos; en cuanto a los últimos, tratadlos cuando sea necesario, evitando toda familiaridad. “Pero ¿quié­nes son esos amigos perjudiciales?” Escuchadme, hijos míos, y comprenderéis cuáles son. Todos los chicos que no se aver­güenzan de tener en vuestra presencia conversaciones obsce­nas y de pronunciar palabras de doble sentido y escandalosas; los que mienten o critican; los que profieren juramentos, impre­caciones y blasfemias; los que tratan de alejaros de la pie­dad; los que os aconsejan el robo, la desobediencia a vuestros padres y el olvido de vuestros deberes..., todos éstos son malísimos amigos, ministros de Satanás, de quienes debéis huir más que de la peste o del mismo diablo. ¡Ah!, con lágrimas en los ojos os suplico distéis y huyáis de semejante com­pañía.
Escuchad la voz del Señor, que dice: “El que se asocia al hombre virtuoso será virtuoso; el amigo del vicioso se perverti­rá”. Huid de un mal compañero como de la vista de una ser­piente venenosa: Quasi a facie colubri. En una palabra, si os juntáis con los buenos, os aseguro que iréis con ellos al pa­raíso; al contrario, si con los malos, seréis desgraciados y con­cluiréis por perder irreparablemente vuestra alma.
Dirá tal vez alguno. “Son tantos los malos compañeros, que sería preciso abandonar el mundo para huir de ellos”. En efecto, es tan perjudicial el trato de los amigos viciosos, que, precisamente esto, os recomiendo con tanta insistencia que huyáis de ellos. Y si por esto os vierais solos, dichosos de vos­otros, pues tendríais por compañeros a Nuestro Señor Jesucristo, a la Santísima Virgen y al ángel custodio, que son nuestros mejores amigos. Podéis, no obstante, tener buenos amigos, y los encontraréis entre aquellos que frecuentan la confesión y comunión, que asisten a la iglesia, que con sus palabras y ejemplos os animan al cumplimiento de vuestros deberes y os alejan de todo lo que puede ofender a Dios. Estrechad vues­tras relaciones con ellos y obtendréis gran provecho. David y Jonatán llegaron a ser buenos amigos, con ventajas recíprocas, pues se animaban mutuamente a la práctica de la virtud.

San Juan Bosco, El Joven Cristiano Instruido, escrito extraído de Biografía y escritos de San Juan Bosco, BAC, Madrid, 1967.

lunes, 2 de enero de 2012

Carta amigos y benefactores n°79.


Queridos Amigos y benefactores,

En algunos días celebraremos el dichoso advenimiento de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo. La santa Liturgia del Adviento y del tiempo de Navidad está llena de la fe en la divinidad de Nuestro Señor. Empleando sobre todo el Antiguo Testamento, allí donde se profetiza su venida, ella impregna nuestra inteligencia y nuestro corazón con la grandeza infinita de las prerrogativas y de los derechos del Niño recién nacido.
“¡Aquél que desde toda eternidad nació de un Padre sin madre, nace en el tiempo de una Madre sin padre!” (Profesión de fe del 11° Concilio de Toledo).
Recibiendo su naturaleza humana de la Santísima Virgen María, su Madre, cuya Virginidad Él preservó, demuestra por ese mismo hecho que no perdió nada de su Divinidad. “En la zarza ardiente que veía Moisés y que no se consumía, nosotros reconocemos vuestra laudable e intacta Virginidad.” (antífona de Laudes, 1° de enero). Verdadero Dios, verdadero hombre, la Iglesia se complace de recibir a Jesús Nuestro Salvador honrándolo con el título de Rey.
El Rey de la Paz, Rex Pacificus. Aquí, desearíamos desarrollar un poco esta verdad, que está como en el centro de la crisis que sacude a la Iglesia y que condiciona las relaciones de la fraternidad San Pío X con la Santa Sede.

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En efecto, nos parece que se puede resumir el fondo del problema actual en una pérdida de la fe en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. ¡Oh! Ciertamente muchos proclaman que creen que Jesús es Dios, pero muy pocos están dispuestos a sacar las consecuencias concretas de esta verdad fundamental que brillará ante los ojos del mundo entero en el fin de los tiempos. En ese momento, Él dejará, finalmente, resplandecer su gloria en toda su perfección. La extensión de sus poderes sobre toda creatura será tal que todos los hombres – paganos, cristianos, ateos, descreídos, bandidos y fieles –, todos serán prosternados ante Él, pues a su Nombre toda rodilla se doblará sobre la tierra como en el cielo. (Cf. Filip. 2,20)
Durante el corto momento de su vida terrestre en la que Él se complació en estar entre nosotros, Él ocultó en parte su soberanía. Pero eso sólo fue durante el tiempo de la prueba, el tiempo de cumplir su misión redentora: “Él ha muerto por nuestros pecados” (1 Cor. 15,3).
Pero durante ese tiempo en que ocultó a nuestros ojos todo su poder, Él no perdió nada del mismo. “Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra” (Mt. 28,18) es una afirmación que debe tomarse literalmente, Él que crea todas las cosas, por quien todo ha sido creado, sin el cual nada de lo que ha sido hecho ha sido creado. (Cf. Jn 1,3).
El rechazo práctico de la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo se manifiesta a menudo en la historia de los hombres por el rechazo de su Realeza, que ya fue el título y la razón de su condenación: “Jesus Nazarenus, Rex Judaeorum” (Jn 19,19).
Y muy a menudo en la historia, el rechazo de Dios se manifiesta por el rechazo de la sumisión a Nuestro Señor Jesucristo.
Hay que llegar a mitad del siglo XX para asistir a este increíble acontecimiento que permitió ver un concilio que, pretendidamente en nombre de la adaptación a la situación concreta de la sociedad humana en plena decadencia, modificó la proclamación de todas las épocas: “Es necesario que Él reine” (1 Cor 15,25). Se pretende que esta manera de obrar estaría en armonía con los Evangelios, cuando es todo lo contrario.
Los sofistas del liberalismo hicieron decir que el Estado, la sociedad humana –la cual también es una creatura de Dios– debía tratar con igualdad la única verdadera religión y todas las falsas, otorgando de igual modo a cada una el derecho de existir, de desarrollarse sin trabas y de ejercer su culto.
Se pretendió por este medio oponerse a los abusos del Estado totalitario que aplasta injustamente los seres humanos y oprime la conciencia de cada uno. Los mismos francmasones expresaron su alegría por escuchar resonar bajo la cúpula de San Pedro estas tesis que les pertenecen.  (Cf. Yves Marsaudon, El ecumenismo visto por un francmasón de Tradición, 1964).
Ciertamente hay algo de verdad en el mal denunciado. Pero el remedio es el que la Iglesia siempre indicó: la tolerancia. El derecho a la libertad religiosa, tal cual fue proclamado en el Concilio Vaticano II, es algo muy distinto. Este es uno de los puntos en los cuales chocamos con la Santa Sede.
Esta libertad religiosa, que pone en pie de igualdad lo verdadero y lo falso, dispensa deliberadamente al Estado y a la sociedad humana de sus deberes de honrar y servir a Dios, su Creador. Abre el camino a todas las licencias en materia religiosa. Es como si, en la Iglesia, se hubiera renunciado a la prerrogativa de ser el único camino de salvación para los hombres. Los que todavía creen en ello ya no lo dicen. Incluso muchos hacen pensar lo contrario. Esta concesión al mundo de hoy se hace a costa de la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo.

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Otra consecuencia, en la misma línea de lo que se acaba de decir, se ve en la práctica del ecumenismo. Bajo pretexto de poder estar más cerca de nuestros “hermanos separados”, no se proclaman más estas verdades, aunque sean salvíficas, porque son difíciles de entender. Incluso de manera deliberada ya no se busca convertirlos. El ecumenismo YA NO QUIERE CONVERTIR MÁS. Se ha desterrado este término, se lo tolera todavía, ¡pero en nombre de la libertad religiosa! ¿Dónde está, pues, la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo? ¿Dónde quedó la dignidad de los católicos? ¡Y son sus jefes los que los convierten en pusilánimes! Como se pudo constatar recientemente en Francia, cuando era necesario censurar obras de teatro blasfemas. Si semejantes ofensa hubieran sido hechas contra los musulmanes, ¡el país habría sido devorado por las llamas! ¡Hoy los cristianos se han vuelto tan flojos que dejan hacer cualquier cosa! ¡Se atenta contra el honor no de un rey de este mundo, sino del Rey de Reyes, del Señor de señores, Nuestro Salvador, de quien hemos recibido todo!
¡Evidentemente deseamos fervientemente la salvación y el retorno al redil de todas estas almas tan caras al Corazón de Nuestro Señor puesto que las rescató al precio de su vida! Pero la manera actual de obrar no tiene nada en común con la preocupación de la unidad de la Iglesia de los siglos pasados. Se pretende que todo el mundo es bueno y, por consiguiente, la perspectiva de que algunos podrían condenarse eternamente causa escándalo. Se predica que el infierno está vacío o casi. Pero la enseñanza de la Iglesia es muy diferente…

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Un tercer punto de enfrentamiento está también ligado al menoscabo de la autoridad.
Nuestro Señor es la cabeza de la Iglesia. Pero porque quiso que su Iglesia fuera visible, habiendo subido a los cielos, Él dio a su Iglesia una cabeza visible que es su Vicario sobre la tierra, Pedro y sus sucesores… A él solo Nuestro Señor dio el poder de apacentar los corderos y las ovejas, sólo él tiene un poder pleno, soberano, inmediato sobre todos y cada uno de los miembros de la Iglesia. Por eso la Iglesia siempre se proclamó una monarquía, gobernada por uno solo. Ciertamente el carácter humano del gobierno hace comprensible la búsqueda de los consejos y de las opiniones de personas sabias, pero una forma de democracia, introducida en la Iglesia por la colegialidad y por la parodia parlamentaria de las conferencias episcopales, permite toda clase de abusos y entrega a la presión de grupos las disposiciones de derecho divino que determinan que cada diócesis sólo tiene una cabeza, el obispo del lugar.
Hoy la autoridad está seriamente sacudida, no sólo desde fuera, por la contestación de los responsables laicos que reclaman participar en el gobierno, sino también en el interior de la Iglesia, por la introducción de una cantidad de consejos y comisiones que, en la atmósfera de hoy, impiden el ejercicio equitativo de la autoridad delegada por Nuestro Señor Jesucristo.

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¿No es sobrecogedor constatar cómo, en cada uno de estos escollos, encontramos en definitiva el mismo problema? Para agradar al mundo, o al menos para adaptarse a él, se ha sacrificado de una o de otra manera la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo sobre los fieles cristianos, sobre todos los hombres por los que Él ha derramado su Sangre, sobre todas las naciones cuyos miembros son.
He aquí lo que desgarra la Iglesia. Para salir de esta crisis es necesario “restaurar todas las cosas en Cristo” (Efes. 1,10). En todas partes y en todo darle el primer lugar, a Él que quiere ser todo en todos. Mientras no se quiera abandonar este aire liberal que apesta la Iglesia, ésta seguirá deteriorándose.
A causa de esta dolorosa realidad nuestras relaciones con Roma son difíciles.
Por eso en la Fraternidad hablamos tan a menudo de la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo, pues ella es el resumen en la vida práctica del reconocimiento de su Divinidad. Él tiene un derecho absoluto sobre nosotros.
A Él todos los hombres, paganos o católicos, jóvenes o viejos, ricos o pobres, poderosos o débiles, todos, absolutamente todos rendirán cuenta de su vida aquí abajo, -a Él, su soberano Juez y su Dios, del cual han recibido todo. Esperemos que estas líneas muestren cuán actual es la doctrina de la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo, cómo el combate por esta Realeza de Nuestro Señor Jesucristo no es anticuado, sino todo lo contrario, muy necesario. Hoy es algo imperioso para sobrevivir.
Que Nuestra Señora, Madre de Jesús, Madre de Dios, escuche nuestras oraciones para la gloria de su Hijo. Que ella nos proteja, que cuide nuestra pequeña Fraternidad en medio de tantos peligros, y que ella sea nuestra guía, nuestra abogada, nuestra victoria contra nosotros mismos y nuestra pusilanimidad. Que ella sea nuestra esperanza, mientras esperamos su triunfo por el que rogamos asiduamente, que ella sea nuestra alegría ya aquí abajo y por toda la eternidad.
Nos cum prole pia, benedicat Virgo Maria.

+ Bernard Fellay

En la fiesta de Santo Tomás Apóstol, 21 de diciembre de 2011.

Mons. Bernard Fellay, “Carta amigos y benefactores n° 79”, 21 de diciembre de 2011.

Año nuevo.


Y así otro año termina sin que el cielo haya caído. Por décadas he estado diciendo que iba a caer, por ejemplo a un pequeño grupo de personas en Francia hace unos cinco o siete años. Entre ellos había un sacerdote de la Fraternidad SPX quien había sido seminarista en Ecône cuando yo era profesor allí al final de la década del ‘70 y principios de la del ‘80. “Su Excelencia,” dijo, “¿No estaba usted diciendo esto hace 25 años?” Pero lo dijo con una sonrisita, por eso tal vez pensaba que algún día yo podría tener razón.
¿Entonces será 2012 el año en que caiga el cielo? Un gran número de comentaristas piensan que bien podría ser el año en que la economía mundial se derrumbe. Seguramente la deuda no puede seguir apilándose en la manera que se está apilando desde hace décadas. Por ejemplo, los gastos de las obras sociales son una carga insoportable sobre el presupuesto de muchas democracias occidentales, pero casi por definición un político democrático es incapaz de tomar las decisiones drásticas necesarias para restaurar el equilibrio fiscal, porque si quiere ser reelecto no los puede tocar. Ha sido bien dicho que una democracia puede durar solamente hasta que el pueblo se de cuenta que el dinero del Estado le pertenece a él.
Entonces ¿es 2012 el año en el cual las democracias occidentales finalmente se derrumben? Tal vez. Pero tal vez no. Muchos hoy presienten que algún desastre se está preparando. Seguramente no tardará otros 30 años para ocurrir, uno dice. Pero uno ha venido diciendo esto por muchos años. Tal vez la gente está tan embriagada de liberalismo que aún las dosis de caos cada vez mayores los dejan sin preocupación. Sin embargo, mientras las ruedas del molino de Dios trituran lentamente, dice el proverbio, ellas trituran excesivamente fino. En otras palabras todas las facturas de Dios tendrán que ser pagadas, y el día de rendir cuentas vendrá, y sobre cuentas mucho mas serias que aquellas de las meras obras sociales.
¿Será este año, el año próximo, en algún momento, nunca?  Nunca, seguro que no. Vendrá en la buena hora de Dios. Relativamente el año importa poco. Como lo dice Hamlet (Act V, 2), “Hay una providencia en la caída de un gorrión. Si es ahora, no es por venir; si no es por venir, será ahora; si no debe ser ahora, sin embargo vendrá: el hecho de estar preparado lo es todo”. Hay una Providencia. Hay un Dios, y su momento es el mejor de todos. “La hora de Dios es la mejor hora”, dice el proverbio alemán.
Y Dios no requiere de la mayor parte de nosotros emprender una acción para tratar de frenar el presente curso de la destrucción de la Iglesia y del mundo. Apostaría yo que muchos líderes públicos del mundo se sienten en privado sin posibilidad de hacer algo, y me pregunto si aún los maestros secretos del mundo, empujados por el infierno a dominar el globo, se sienten en todo momento seguros de que tienen su juego en la mano. “Ahora soy la Única que puede ayudaros”, ha dicho la Madre de Dios.
Lo que Dios nos pide es de vivir en su gracia y de confiar en El. Cuando el derrumbe venga, en 2012 o en cualquier momento, desde un punto de vista humano sin duda será más bien doloroso, pero desde el punto de vista de Dios sus castigos son actos de misericordia. San Pablo cita el Libro de los Proverbios (III, 11-12): “No deseches, hijo mío, la corrección del Señor, ni tengas aversión cuando El te reprenda. Pues el Señor castiga a aquel a quien ama”. Y San Pablo continúa (Heb. XII, 7-8): “Soportad, pues la corrección. Dios os trata como a hijos. ¿Hay hijo a quien su padre no corrija? Si quedáis fuera de la corrección, de la cual han participado todos, en realidad sois bastardos y no hijos”.
Estar preparado lo es todo, como se ve en la parábola de las vírgenes sabias (Mt.XXV, 1-13).

¡Feliz año nuevo!

Kyrie eleison.

Mons. Richard Williamson, “Comentarios Eleison” N° 233, del 31 de diciembre del 2010.

jueves, 29 de diciembre de 2011

De células, átomos y azares.


Una célula viva está compuesta de una veintena de aminoácidos, que forman una cadena compacta. La función de estos aminoácidos depende, a su vez, de 2000 enzimas específicas.
Los biólogos han calculado que la probabilidad de que un millar de enzimas diferentes, durante miles de millones de años, se unan ordenadamente para formar una célula viva es del orden de 1 entre 101000, que es tanto como decir que la probabilidad es nula.
Por eso, Francis Crick, premio Nóbel de biología, por el descubrimiento del ADN, dijo:

“Un hombre honesto, que estuviera provisto de todo el saber que hoy está a nuestro alcance, debería afirmar que el origen de la vida parece un milagro, a juzgar por tantas condiciones como es preciso reunir para establecerla”.

Y, una vez originadas estas células arcaicas, viene el problema de la reproducción. Aquí el azar se descarta de nuevo. Para que la unión de los nucleótidos produzca por azar una molécula de ARN utilizable, es necesario que la naturaleza multiplique a ciegas los ensayos durante al menos un tiempo cien mil veces más largo que la edad total del nuestro universo.
Si en un principio, alguna de las grandes constantes universales como la gravitación, la velocidad de la luz o la constante de Planck, hubieran sufrido una mínima alteración, el Universo no habría tenido ninguna posibilidad de albergar seres vivos e inteligentes…

“Tengo entre mis manos esta sencilla flor. Algo espantosamente complejo: la
danza de miles y miles de millones de átomos (cuyo número supera al de todos los posibles seres que se puedan contar sobre nuestro planeta, el de los granos de arena de todas las playas, átomos que vibran y oscilan en equilibrios inestables).
Miro la flor y pienso: Ninguno de los elementos que componen un átomo puede explicar por qué y cómo existen tales equilibrios. Estos se apoyan en una causa, que, en sentido estricto, no me parece que pertenezca a este mundo”.

Castellani y el salvajismo argentino‏.


“Un inglés para ser culto necesita entender a Shakespeare, lo cual exige ir para atrás, hundirse en el camino de la historia y de la poesía, es decir, “tradicionarse”; pero además de eso hay otras muchas cosas, por ejemplo casual, guardar silencio en los hospitales. Yo lo sé porque he estado enfermo en Londres. Aquí siempre estoy enfermo, pero por suerte no necesito ir a un hospital argentino; digo, como enfermo. Algún día quizá tendré que ir, que Dios me dé paciencia. Hay un ser humano que está agonizando en este cuarto, un enfermo que no ha dormido en el otro, y en todas partes seres que sufren; y las enfermeras andan jaraneando y a las carcajadas por los corredores, los médicos y practicantes se encuentran con grandes exclamaciones y se palmotean, los visitantes andan como en la plaza pública. No nombro ningún hospital, pero sé que eso ocurre. Pues bien, eso es incultura y de la peor especie: es, perdónenme la palabra, salvajismo. Creo que los indios guaraníes no veían así a sus enfermos; los veían de otra manera, en virtud del sentido de lo sacro, que aún existía en ellos. Hay que revivificar la tradición de los indios guaraníes. Los griegos paganos veneraban a los que sufrían, porque veían en ellos la mano de los dioses: ésa es una tradición de la Humanidad. Cultura es el esfuerzo por vivir una tradición”.

R. P. Leonardo Castellani, tomado de San Agustín y Nosotros”.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Santos Inocentes, mártires de nuestro tiempo.



Hoy, a fines del año 2011, tenemos “modernos Herodes” que al ver amenazadas sus riquezas y su poder, buscan imponer el asesinato de niños inocentes mediante el crimen del “aborto” como solución a sus egoístas pretensiones. ¿Quién dijo que esta época es más civilizada? Publico un breve artículo que leí en la “blogósfera” y que me ha parecido muy acertado.

Santos Inocentes, mártires de nuestro tiempo.

Después de 2011 años parece que aquella orden sin sentido, temible y desesperada fue como un sueño, como algo que más que realidad fue parte de una leyenda. Desde entonces sin embargo, quien dio la orden, se postró a sus miedos, a perder su acomodada posición, el temor de perder poder y riquezas, enloqueció a ese ser humano y lo esclavizó sometiéndolo al poder de la vanidad, la avaricia y la desesperanza.
Mas hoy en día se sigue oyendo aquella voz: “¡Matad a todos los recién nacidos de dos años para abajo!” (Mt 2, 16), pero ahora no ya de dos años, sino cuando aún están en el seno de su madre, el lugar que se suponía el más seguro del mundo. Se les impide defenderse, llorar y más aún… lamentarse: “Un clamor se ha oído en Ramá, mucho llanto y lamento; es Raquel que llora a sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existe” (Mt 2, 18).
Nada ha cambiado, mejor, diríamos que ha empeorado y siguiendo el curso de la historia hoy se mata más que ayer. Hay tanta contradicción y mentira en la vida del hombre que es capaz de proclamar que hoy te quiero más que ayer, pero menos que mañana sin tomar conciencia que hoy mata más que ayer, pero menos que mañana.

Y no hay otra razón que la lejanía de DIOS, lo que hace al hombre separarse más de su propia verdad y realidad. Creado para ser amado y amar decide amarse y no dejarse amar. Y cuando el hombre se ama a sí mismo se enfrenta al que tiene a su lado, porque se siente amenzado por el amor del otro. Amarse a sí mismo comporta no dejarse amar por el otro porque ese amor le quema y le obliga a olvidarse de sí y corresponder al otro.
Y detrás de este trasfondo, falso, teñido de oscuridad, construido sobre arena movediza se alzan las voces de quienes hoy defienden la verdad y buscan al Profeta que la proclama para, aparentemente acogerlo y darle gloria de muerte aniquilando todo lo que se interpone entre su gloria y ambición. Son los nuevos Herodes del siglo XXI que defienden los derechos humanos, la libertad, la justicia y la paz, pero aniquilan la vida de aquellos que les amenazan y les complican su reinado.
Son los nuevos profetas de la mentira y del engaño que utilizan sus talentos y bienes recibidos para disfrazar la verdad de mentira y teñir la vida de muerte poniendo todas sus estrategias y habilidades en favor del poder que esclaviza y somete. Son los que presiden y dirigen las naciones alardeando de servicio, de verdad, de justicia y paz y quitan la vida y defienden la muerte. Son los nuevos Reyes que buscan información para cortar toda raíz todo brote que amenace desplazarlos de su buena poltrona y reinado. Son los que hablan de paz imponiendo la muerte.
Y también nosotros si no luchamos, si no nos oponemos en la medida de nuestras posibilidades, si no levantamos nuestra voz, pequeña y humilde, pero voz al fin y al cabo, estaremos colaborando y participando en esas inmensas e inacabables matanzas. Es la hora de no permanecer callado, pasivo, disconforme, disidente, separado, dividido, sino todo lo contrario, unidos en un mismo sentir y querer: la vida es un regalo que no se puede tocar. Es la hora del regreso de Egipto para defender y afirmar que la esclavitud ha terminado y que el hombre es libre y su libertad no le permite matar ni defender la mentira.

El hombre sólo está hecho para la verdad.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Necesario Niño.


Constantemente en las noticias de hoy aparece la crisis mundial financiera y económica, especialmente en Eurolandia. Un comentarista Holandés (Court Fool.info) propone una solución clásica: sacarle el dinero del Estado de las manos a los banksters. La Navidad puede parecer un momento extraño para considerar tales problemas de dinero, pero toda la cuestión es saber si las soluciones aparentes son realmente soluciones.
A menos que el Euro haya sido positivamente diseñado como un medio para forzar una unidad política por encima de la variedad de las naciones europeas, estuvo, como moneda común para una docena de economías nacionales muy diferentes, condenado desde el vamos. Para empezar permitió realmente a las naciones miembros más pobres pedir prestado y gastar, pedir prestado y gastar, mientras ayudó a las naciones más ricas a exportar y prestar, exportar y prestar, pero el proceso no podía seguir por siempre. Cuando los países más pobres ya no pueden pagar ni siquiera el interés de sus deudas, los países mas ricos están también amenazados con la parálisis de sus economías por la quiebra de sus mayores bancos que han hecho los disparatados préstamos.
En ese momento la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, cooperan para proveer financiamiento de emergencia, en otras palabras, para resolver el problema de la deuda con mas deuda! Sin embargo, una condición para recibir estos fondos es que los países que están endeudados mas allá de toda esperanza, deben someterse a una tutela internacional la cual impondrá recortes de gastos que harán a los gobiernos nacionales cada vez menos capaces de gobernar. En cuanto a los gobiernos más ricos, ellos también tendrán que hacerse impopulares recortando sus gastos, con el objeto de cubrir las pérdidas provocadas por los disparatados préstamos de sus mayores bancos, dice el Sr. de Ruijter.
Ahora viene su solución. El dice que es sencillo. En lugar de inyectar docenas de billones mas en un Euro que está condenado a desaparecer tarde o temprano, y en lugar de que las agencias internacionales impongan recortes de gastos, “podemos establecer el dinero de Estado”. Un banco central Estatal reemplazará al actual banco central el cual, como en la mayoría de los Estados del mundo, está ahora bajo control privado. Únicamente el banco Estatal estará autorizado a crear moneda. Todos los préstamos se entregarán como dinero Estatal. A todos los bancos privados o no-Estatales se les prohibirá inflar sus balances artificialmente, en otras palabras el sistema bancario de reserva fraccional será prohibido (ver EC 224). Estos bancos no-Estatales recibirán una retribución por sus servicios, pero no estarán autorizados a cobrar intereses.
¿Y quién controlará al banco Estatal? El Sr. de Ruijter escribe, “esto caerá bajo la responsabilidad del Ministro de Economía y será controlado por el parlamento. Una comisión de gente bien formada controlará la salud a largo plazo del sistema monetario”.
Bien y bueno. Pero, Sr. de Ruijter, ¿Quién se ocupará de la formación de esta gente “bien formada”? ¿En qué escuela ellos aprenderán verdaderamente a cuidar el bien común? ¿Y qué motivación lo suficientemente fuerte les será dada a ellos para evitarles ser astutamente comprados por los banksters? ¿La democracia? ¡Es la democracia la que ha empantanado a Europa en este lío actual!
No existe más que una sola y completa solución: el divino Niño en el Pesebre de Belén. ¡Feliz Navidad, queridos lectores, y gracias a todos vosotros que me han enviado una tarjeta de Navidad, así como a aquellos que no lo han hecho!

Kyrie eleison.

Mons. Richard Williamson,Comentarios Eleison” Nº 232, 24 de diciembre del 2011.