domingo, 4 de marzo de 2012

El distributismo es aplicable hoy.


Inspirados por León XIII, Chesterton y otros autores formularon una nueva doctrina económica, no a medio camino, sino alternativa al materialismo que preconizaban el capitalismo y el socialismo. «Algunos la juzgarán una sociedad utópica; yo la juzgo perfectamente realizable, en un tiempo como el presente», afirma el escritor Juan Manuel de Prada. «Sólo hacen falta católicos radicales e intrépidos, con poco que perder (el soborno del mundo) y mucho que ganar (la vida eterna)»

Hilaire Belloc y G.K. Chesterton consideraron siempre que el capitalismo era la gran plaga que impedía la floración de una sociedad auténticamente cristiana, por haber introducido la competencia en las relaciones conyugales, desarraigado al hombre de su tierra y nublado las virtudes de nuestros mayores, convirtiendo a los seres humanos en máquinas al servicio de la producción. «El capitalismo -escribiría Belloc- constituye una calamidad no porque defienda el derecho legal a la propiedad, sino porque representa, por su propia naturaleza, el empleo de ese derecho legal para beneficio de unos pocos privilegiados contra un número mucho mayor de hombres que, aunque libres y ciudadanos en igualdad de condiciones, carecen de toda base económica propia».
En la grandiosa encíclica Rerum novarum (1891), de León XIII, en la que se condenan las condiciones oprobiosas, lindantes con la esclavitud, en las que vivía una muchedumbre infinita de proletarios, hallarían Chesterton y Belloc el aliento para impulsar, en compañía de Arthur Penty y el padre Vincent McNabb, un nueva doctrina económica, alternativa al capitalismo y al socialismo, cuyo fin último es promover el Reinado Social de Cristo.
El distributismo se funda en las instituciones de la familia y la propiedad, pilares básicos de un recto orden de la sociedad humana; no cualquier familia, desde luego, sino la familia católica comprometida en la procreación y fortalecida por vínculos solidarios indestructibles. Tampoco cualquier propiedad, y mucho menos la propiedad concentrada del capitalismo, sino una propiedad equitativamente distribuida que permita a cada familia ser dueña de su hogar y de sus medios de producción. El trabajo, de este modo, deja de ser alienante y se convierte en un fin en sí mismo; y el trabajador, al ser también propietario, recupera el amor por la obra bien hecha, y vuelve a mirar a Dios, al principio de cada jornada, con gratitud y sentido de lo sagrado, santificando de veras sus quehaceres cotidianos.
Por supuesto, la sociedad distributista preconizada por Chesterton y sus amigos se rige por el principio de subsidiariedad y por la virtud teologal de la caridad, que antepone el bien común al lucro personal. Se trataría de lograr que cada familia cuente con los medios necesarios para su subsistencia, bien mediante la producción propia, bien mediante el comercio con otras familias o comunidades de familias, con las que se asociará para realizar obras públicas y garantizar la educación cristiana y el aprendizaje de los oficios para sus hijos. Los gremios vuelven a ser, en la sociedad distributista, elemento fundamental en la organización del trabajo.
El distributismo no postula una sociedad de individuos iguales, empachados de una libertad que acaba destruyendo los vínculos comunitarios, sino una sociedad verdaderamente fraterna, regida por los principios de dignidad y jerarquía, en la que mucho más que el bienestar importa el bien-ser.
Algunos la juzgarán una sociedad utópica; yo la juzgo perfectamente realizable, en un tiempo como el presente, en que el capitalismo financiero y el llamado cínicamente Estado social de Derecho se tambalean, heridos de muerte. Sólo hacen falta católicos radicales e intrépidos, con poco que perder (el soborno del mundo) y mucho que ganar (la vida eterna).

Juan Manuel De Prada, publicado en “Alfay Omega”

No debemos desmayar cuando crece o dura la tentación.



“Fiel es Dios, dice el apóstol San Pablo, que no permitirá que seáis tentados más de lo que podéis; y si creciere la tentación, crecerá también el socorro y favor para vencer y triunfar de vuestros ene­migos, y quedar con ganancia de la tentación”. Esta es una cosa de grandísimo consuelo, y que pone gran ánimo en las tentaciones. Por una parte sabemos que el demonio no puede más de lo que Dios le diere licencia, ni nos podrá tentar un punto más. Por otra parte estamos ciertos que Dios no le dará licencia para que nos tiente más de lo que pudiéremos llevar, como dice aquí el Apóstol. ¿Quién con esto no se consolará y animará? No hay médico que con tanto cuidado mida y tase las onzas de ací­bar que ha de dar al enfermo, conforme la disposición del sujeto, como aquel físico celestial mide y tasa el acíbar de la tentación y tribulación que ha de dar o permitir a sus siervos, conforme la virtud y fuerzas de cada uno. Dice muy bien el santo Abad Efrén: Si el ollero, que hace vasos de barro, y los pone en el horno, sabe muy bien el tiempo que conviene tenerlos en el fuego para que salgan bien sazonados y templados, y sean provechosos para el uso de los hombres, y no los tiene más tiempo del que es menester, para que no se quemen y se quiebren, ni los tiene menos tiempo del necesario, para que no salgan tan tiernos que luego se deshagan entre las manos; ¿cuánto más hará esto Dios con noso­tros, que es de infinita sabiduría y bondad, y es grande el amor paternal que nos tiene?
Dice San Gregorio: La pretensión del demonio con la tentación es mala; mas la del Señor es buena: como la sanguijuela, cuando chupa la sangre del enfermo, lo que pretende es hartarse de ella, y bebérsela toda si pudiese; pero el médico pretende con ella sacar la mala sangre, y dar la salud al enfermo. Y cuando dan un botón de fuego a un enfermo, lo que pretende el fuego es abrasar; pero el cirujano no pretende sino sanar. El fuego querría pasar a lo sano; el cirujano sólo a lo enfermo, y no lo deja pasar adelante. Así el demonio con la tentación pretende destruir la virtud, y el merecimiento y gloria nuestra; pero el Señor pretende y obra maravillosamente todo lo contrario por ese mismo medio, y así las piedras que el demonio arroja contra nosotros para descalabrarnos y matarnos, las toma Dios para labrarnos de ellas una muy hermosa y preciosísima corona, como leemos del glorioso San Esteban, que estaba rodeado de sus perseguidores, y cercado de piedras que le tiraban, y ve abiertos los cielos, y allí a Jesucristo, como estaba recogiendo aquellas pie­dras para de ellas fabricarle una corona de pedrería de gloria.
San Ambrosio, sobre aquello de San Mateo: "Subió a la barca y sus discípulos lo siguieron. De pronto se levantó en el mar una tempestad tan grande que la barca quedaba tapada por las olas; pero él estaba dormido ", dice: Notad que también los escogidos del Señor, y que andan en su compañía, son combatidos por tentaciones, y algunas veces hace Él del que duerme, escondiendo como buen padre el amor que tiene a sus hijos para que acudan más a Él; pero no duerme Dios ni se ha olvidado de vos. Dice el profeta Habacuc: Si nos pareciere que tarda el Señor, esperémoslo, y estemos muy ciertos de que vendrá y no tardará. Nos parece que tarda, mas en realidad de verdad no tarda. Al enfermo le parece larga la noche, y que se tarda el día; mas no es así, no se tarda, que a su tiempo viene. Así Dios no se tarda, aunque a nosotros como al enfermo nos parezca que sí. Él sabe muy bien la ocasión y la coyuntura, y acudirá al tiempo de la necesidad.
San Agustín trae a este propósito aquello que respondió Cristo nuestro Redentor a las hermanas de Lázaro, Marta y María: “Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. Le habían enviado a decir que estaba enfermo su amigo Lázaro, y se detuvo dos días: no quiso ir allá para que el milagro fuese más señalado. Así, dice, hace Dios muchas veces con sus siervos: los deja por algún tiempo en las tentaciones y trabajos, que parece se ha olvidado de ellos; pero no se ha olvidado, sino que lo hace para sacarlos después de ellos con mayor triunfo y gloria: como a José, que lo dejó estar mucho tiempo en la cárcel, para sacarlo después de allí, como lo sacó, con gran honra y gloria, haciéndolo gobernador de toda la tierra de Egipto. Así, dice, hemos de entender que si el Señor se detiene y permite que dure la tentación y el trabajo espe­ra sacarnos después de él con mayor aprovechamiento y acrecentamiento nuestro.
San Juan Crisóstomo nota también esto: advertid, dice, que no dijo el profeta: Librásteme, Señor, de las puertas de la muerte, sino: Ensálzasme. Porque el Señor no solamente libra a sus siervos de las tentaciones, sino pasa adelante haciéndolos con esto más aventajados y señalados. Y así, por muy apretado que nos veamos, aunque nos parezca que llegamos hasta las puertas del infierno, hemos de tener confianza que de ahí nos sacará Dios: Él es el que mortifica y vivifica, y el que deja llegar hasta las puertas de la muerte, y el que saca y libra de ella cuando ya pensábamos perecer. Y así decía el santo Job: Aunque me mate, en El esperaré. San Jerónimo pondera aquí muy bien aquello del profe­ta Jonás, que cuando pensó que estaba ya perdido, y que no había remedio, sino que dan con él en el mar: Ahí le tenía el Señor a punto una ballena que le recibiese, no para despedazarlo, sino para sal­varlo y echarlo a tierra, como en navio muy seguro: Advertid y considerad, dice el glorioso San Jerónimo, que lo que los hombres pensaban que era su muerte, eso fue su guarda y su vida. Pues así, dice, nos acontece a nosotros, que lo que pensamos muchas veces que es pérdida es ganancia, y lo que pensamos que es muerte es vida: como la redoma de vidrio en manos de hombre que juega de manos, que la echa muchas veces en alto, y piensan los otros que cada vez se le ha de caer y hacer pedazos; pero después de dos o tres veces se les quita el miedo a los que lo ven, y tienen por tan dies­tro al jugador, que se admiran de su destreza. Así los siervos de Dios, que saben muy bien cuán dies­tro oficial es Dios, y conocen prácticamente y por experiencia que sabe muy bien jugar con nosotros, levantándonos y humillándonos, mortificándonos y vivificándonos, hiriendo y sanando, no temen ya en las adversidades y peligros, aunque se tengan por flacos y de vidrio; porque saben que están en bue­nas manos, que no se le quebrará la redoma, ni la dejará caer.
En la Historia eclesiástica se refiere que decía el Abad Isidoro: Cuarenta años hace que soy com­batido por un vicio, y nunca he consentido. Y de otros muchos de aquellos santos monjes antiguos leemos semejantes ejemplos de tentaciones muy continuas y largas, en que peleaban con gran fortale­za y confianza. Pues a estos gigantes, que sabían bien pelear, habernos nosotros de imitar.
El glorioso San Cipriano para animarnos a esto trae aquello de Isaías: No quieras temer, dice Dios, porque yo te redimí; tú eres mío, y bien te sé el nombre: cuando pasares por las aguas estaré con­tigo, y no te hundirás: cuando anduvieres en medio del fuego no te quemarás, ni la llama te hará mal alguno; porque yo soy tu Dios, tu Señor y Salvador. También son para esto muy tiernas y rega­ladas aquellas palabras que dice Dios por el mismo Profeta: Mirad con qué amor y ternura recibe la madre al niño, cuando teniendo miedo de alguna cosa se acoge a ella: cómo lo abraza y lo lleva al pecho, cómo junta su rostro con el suyo, y lo acaricia y regala. Pues con mayor amor y regalo sin comparación acoge el Señor a los que en las tentaciones y peligros acuden a Él. Esto decía el Profeta que lo consolaba y animaba mucho a él en sus tentaciones y trabajos: Recuerda la palabra dada a tu servidor, de la que has hecho mi esperanza. Éste es mi consuelo en mi miseria: que tu promesa me da vida. Esto nos ha de consolar y animar también a nosotros, y hacer que tengamos gran ánimo y confianza en las tentaciones, porque no puede faltar Dios a su palabra: para Dios es imposible men­tir, dice el apóstol San Pablo. En ti Señor he esperado, no seré confundido eternamente.

Padre Alonso Rodríguez, S.J., Ejercicio de Perfección y Virtudes Cristianas”, p. 2a, t. 4o, c. Io.

Buenas noticias.



Muchos, sino todos, estimados lectores, os habreis enterado ya de las buenas noticias de Alemania de la semana pasada: el Miércoles de Ceniza la Corte de Apelaciones de Baja Baviera en Nuremberg anuló mi condenación por la Corte Regional de Ratisbona del 11 de Julio del año pasado por “incitación al odio racial”, cuando me condenaron por haber, en Noviembre del 2008, en suelo alemán, en una entrevista a la televisión sueca, expresado un pensamiento sobre ciertos eventos históricos diferente del pensamiento comúnmente tenido. Además, la Corte de Apelaciones decretó que el Estado Bávaro debe pagar mis gastos incurridos hasta el presente por mi juicio. Todo honor a mi abogado, Prof. Dr. Edgar Weiler, cuyos argumentos ellos adoptaron, al Padre Schmidberger que lo ha propuesto como abogado, y a Mons. Fellay que lo ha aceptado.
Sin embargo, no estoy todavía libre y blanqueado ya que los jueces de Apelaciones basaron su decisión en cuestiones de procedimiento. He aquí su conclusión: “Si una acusación legal describe actos del acusado que no son (hasta el momento) punibles, y no precisa las circunstancias concretas que supuestamente los harían punibles, entonces, por no señalar los hechos internos y externos del caso, la acusación falla en su función esencial, explicada arriba, de definir la acción por la cual el acusado está siendo enjuiciado. Caso cerrado”.
Así las cosas, en teoría, la oficina del Fiscal de Ratisbona podría corregir su procedimiento y empezar la acusación desde el vamos. Sin embargo, en la práctica, bien podría dudar hacerlo, porque los jueces de Apelaciones exigieron especificar quienes exactamente llegaron a enterarse de las palabras incriminatorias, porque medios los mismos vinieron a enterarse, cómo, exactamente, estas palabras eran propensas a turbar la paz en Alemania y, finalmente, en qué medida yo habría aprobado que estas palabras fueran publicadas en ese país.
Ahora bien, la fiscalía podría fácilmente mostrar que el mundo entero, sin mencionar a Alemania, fue bombardeado con mis palabras durante un mes por todos los medios de comunicación del mundo (con el objetivo principal de obligar a Benedicto XVI a distanciarse de la Tradición Católica), pero no sería tan fácil probar el disturbio de la paz en Alemania. Además los fiscales tendrían una dificultad real para probar que yo quería que mis palabras fueran hechas públicas en Alemania dado que en el último minuto de la entrevista (accesible en YouTube) yo he expresamente deseado lo contrario. De manera que está en las manos de Dios si la fiscalía le dará o no seguimiento.
Mientras tanto, estimados lectores, no vayan a creer que alguna vez he sufrido demasiado por estos juicios en Alemania, ni tampoco que he tenido que tomar demasiado trágicamente mi exilio correspondiente de tres años dentro de la Fraternidad San Pío X. Este exilio ha sido hasta demasiado confortable, y estos juicios han tomado fin, al menos por el momento, con su suspensión total. Quisiera yo entonces agradecerles a todos vosotros que en el transcurso de estos tres años habéis rezado por mi. Yo sé que sois muchos y estoy agradecido a cada uno de vosotros. En retribución he celebrado en Enero una novena de Misas por vuestras intenciones porque, seguramente, pruebas mucho mayores nos esperan a todos nosotros.

Kyrie eleison.

Mons. Richard Williamson, “Comentarios Eleison” Nº 242, 3 de Marzo de 2012.

sábado, 3 de marzo de 2012

La amistad de Cristo.



“El sentido común, al que se considera propio de la salud mental, jamás ha vuelto loco a un hombre. Sin embargo, el sentido común nunca ha movido montañas y mucho menos las ha arrojado al mar. Ha sido el gozo fascinante de la compañía consciente de Jesucristo lo que ha dado paso a los enamorados, a los gigantes de la historia. En su torpe visión, el mundo califica de anormal la amistad con Jesucristo y la pasión que despierta en quienes la viven, en tanto que la Iglesia la considera sobrenatural. ‘Este cura, exclamaba Santa Teresa en un momento de gran intimidad con su Señor, es la persona adecuada para ser uno de nuestros amigos’

 Robert Hugh Benson, “La amistad de Cristo”.

Enfrentando al caos.


T. S. Eliot.

Perspicaces lectores de estos “Comentarios” pueden haber observado una aparente contradicción. Por una parte, los “Comentarios” han condenado a menudo cualquier modernidad en las artes (por ejemplo EC 114, 120, 144, 157, etc.). Por otra parte, la semana pasada el poeta anglo-americano T.S. Eliot fue llamado un archi-modernista (Nº 239) y alabado por haber lanzado un nuevo estilo de poesía más acorde con los tiempos modernos, caóticos por cierto.
Como los “Comentarios” lo han señalado muchas veces, la modernidad en las artes se caracteriza por una fealdad y una falta de armonía porque el hombre moderno elige cada vez más vivir sin o en contra de Dios que ha llenado su creación con orden y hermosura. Pero esta hermosura y orden están ahora tan enterrados bajo las pompas y obras del hombre sin Dios que es fácil para los artistas creer que esas cualidades ya han dejado de existir. Si entonces su arte debe corresponder a lo que perciben de su entorno y sociedad, únicamente un artista moderno excepcional podrá transmitir algo del orden divino subyacente bajo la superficie desordenada de la vida moderna. Al contrario la mayoría de los artistas modernos han renunciado al orden y, como sus clientes, se revuelcan en el desorden.
Pero Eliot nació y fue educado a finales del siglo 19 cuando la sociedad mantenía todavía un orden relativo, y recibió en Estados Unidos una buena educación clásica en la época en que sólo algunos pocos maleantes en secreto soñaban con reemplazar la educación por el entrenamiento en materias inhumanas. Así Eliot pudo haber tenido en su juventud poco o ningún acceso a la verdadera religión, pero fue bien instruido por los clásicos de la música y de la literatura occidental que esta religión estaba produciendo desde la Edad Media. Sintiendo y buscando en ellos el orden que faltaba alrededor de él, Eliot se hizo capaz de captar el profundo desorden del naciente siglo 20, un desorden que no hizo más que explotar en la primera guerra mundial (1914-1918). De allí, La Tierra Baldía de 1922.
Pero en este poema Eliot está lejos de revolcarse en el desorden. Al contrario, claramente él lo odia, mostrando cuán vacío se encuentra de calor y de valor humanos. Así, puede ser que en “La Tierra Baldía” se encuentren pocas trazas de la religión occidental, pero sí termina con fragmentos de la religión oriental, y como dice Scruton, Eliot estaba seguramente sondeando la dimensión religiosa del problema. De hecho, pocos años después Eliot casi se volvió Católico, pero fue desanimado por la condenación de la “Acción Francesa” por parte de Pío XI en 1926, la cual le pareció a él favorecer el desorden más que frenarlo. Así, lleno de gratitud para una Inglaterra que le había dado tanto del orden tradicional, él optó por una solución menos que completa, una combinación de angl icanismo y cultura profunda con un Rosario siempre en su bolsillo. Sin embargo Dios escribe derecho en líneas torcidas. ¿Cuántas almas en busca de orden se alejarían de Shakespeare o Eliot si pensaran que cualquiera de los dos, por ser totalmente Católicos, no tienen más que respuestas pre-fabricadas que no corresponden a la vida real?
Eso es triste, pero así es. Ahora bien, las almas pueden muy bien estar engañándose de una manera o de otra si se alejan de los autores o artistas católicos con el pretexto de que ellos no encaran la vida real, pero corresponde a los Católicos no darles tal excusa. Demos nosotros los Católicos el ejemplo de no conformarnos con soluciones artificiales para los problemas modernos ya que éstas serán necesariamente falsas. No somos ángeles; somos criaturas terrenales invitadas al Cielo siempre y cuando nos decidamos a llevar nuestra Cruz moderna siguiendo a Nuestro Señor Jesucristo. ¡Solamente tales seguidores pueden reconstruir la Iglesia y el mundo!

Kyrie eleison.

Mons. Richard Williamson, “Comentarios Eleison” Nº 240, 18 de febrero del 2012.

Angelismo mortal.


T. S. Eliot.

Al discernir lo que hizo de T.S.Eliot (1888-1965) “indiscutiblemente el mayor poeta de lengua inglesa del siglo 20”, un escritor conservador inglés de nuestros días, Roger Scruton, tiene algunas cosas interesantes para sugerir a los Católicos cuya fe pende de un hilo en estos primeros años del siglo 21 –brevemente: ¡la solución está en el sufrimiento mismo! Si estamos crucificados por el mundo que nos rodea, aquí está la Cruz que debemos llevar.
Eliot era en poesía un ultra-modernista. Como lo dice Scruton, “El derribó el siglo 19 en la literatura e inauguró la edad de la versificación libre, la enajenación y la experimentación”. Uno se puede preguntar si la combinación final de Eliot compuesta de profunda cultura y de anglicanismo es una solución suficiente a los problemas que él abordaba, pero ¿quién puede negar que con su famoso poema La Tierra Baldía de 1922, abrió el camino a la poesía inglesa contemporánea? La influencia enorme de sus poemas demostró por lo menos que Eliot había puesto el dedo sobre la llaga de nuestra época. Es un hombre moderno y planteó frontalmente el problema de la época moderna, resumido por Scruton como "fragmentación, herejía e incredulidad".
Sin embargo, La Tierra Baldía no hubiera sido la obra maestra que fue si no hubiera sacado algún sentido del caos. De hecho, es un brillante retrato en sólo 434 líneas de la "civilización" europea destrozada, tal como emergió de las ruinas de la primera guerra mundial (1914-1918). ¿Y cómo llegó Eliot a este resultado? Porque, como lo dice Scruton, el ultra-modernista Eliot era al mismo tiempo un ultra-conservador. Eliot se había empapado de los grandes poetas del pasado, en particular Dante y Shakespeare, pero también de maestros más modernos como Baudelaire y Wagner y resulta claro en La Tierra Baldía que es por haberse aferrado al antiguo orden que Eliot pudo captar el desorden de la época actual.
Scruton comenta que cuando Eliot barrió de un soplo la gran tradición de la poesía romántica inglesa del siglo 19, fue porque el romanticismo ya no correspondía más a la realidad de su época. “Él creía que el uso por parte de sus contemporáneos de la envejecida dicción poética y de los ritmos cadenciosos revelaba una grave debilidad moral: un rechazo de aprehender la vida tal como es realmente, un rechazo de sentir lo que debe sentirse frente a la experiencia que es ineludiblemente la nuestra. Y este rechazo no se limita, pensaba Eliot, a la literatura, sino que abarca la totalidad de la vida moderna”. La búsqueda de un nuevo lenguaje literario por parte de Eliot constituía por consiguiente una parte de una búsqueda más amplia –“la de la realidad de la experiencia moderna”.
Ahora bien, ¿no hemos visto acaso y no vemos aun, la misma “grave debilidad moral” dentro de la Iglesia? Uno puede dar el nombre de “Cincuentismo” a esta debilidad de la Iglesia de los años 1950 que fue la causa directa del desastre del Vaticano II en los años 1960. Pues ¿que fue el “Cincuentismo” sino el rechazo de ver francamente al mundo moderno tal como es? ¿La ilusión de que todo era hermoso y de que todos eran buenos? ¿La ilusión de que si yo me escondo en un angelismo sentimental, entonces los problemas de la Iglesia en el mundo revolucionario sencillamente se esfumarán? ¿Y qué significa ahora la ilusión de que Roma quiere realmente la Tradición Católica sino esencialmente el mismo rechazo de la realidad moderna? Así como Eliot nos enseña que el sentimentalismo es la muerte de la verdadera poesía, asimismo Monseñor Lefebvre nos ha demostrado que es la muerte del verdadero Catolicismo. Este Arzobispo ultra-conservador era el más verdadero de los Católicos modernos.
Católicos, la realidad de hoy puede crucificarnos por cualquiera de sus numerosos caminos corruptos, pero alégrense, otra vez, dice San Pablo, alégrense, pues en nuestra aceptación de nuestra propia Cruz de hoy se encuentra nuestra única salvación y el único futuro para el Catolicismo.

Kyrie eleison.

Mons. Richard Williamson, “Comentarios Eleison” Nº 239, 11 de febrero del 2012.

viernes, 2 de marzo de 2012

La Misa de San Gregorio Magno en el arte.

Cuenta una leyenda que el Papa San Gregorio Magno, mientras celebraba la Misa en la Iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén en Roma, uno de los asistentes del Papa dudó de la Presencia Real de Cristo en la hostia consagrada. En ese mismo momento, mientras san Gregorio hacía sus plegarias, Cristo se le apareció en el altar rodeado de los instrumentos de la Pasión, mostrando las llagas de sus estigmas de los cuáles brotaba Su sangre. Para conmemorar el hecho, San Gregorio mandó hacer una pintura en la Catedral tal como se le había aparecido.
Si bien no hay documentos de la pintura originaria, con el tiempo la representación se expandió rápidamente por toda la Edad Media, apareciendo en libros litúrgicos, breviarios, estampas y pinturas. Aquí hacemos una breve publicación de esta representación artística de la piedad cristiana relacionada con el santo sacrificio de la Misa.


El autor de esta imagen miniada de origen francón, es Nicolás Glockendon (mencionado por primera vez alrededor de 1514), de Nuremberg (Alemania). Se trata de una “Misa de San Gregorio” realizada sobre papel vitela en torno a 1523-24, que forma parte de una D-inicial, en el folio 371r del Misal del cardenal Alberto de Brandeburgo, conservado en la Biblioteca Imperial de Aschaffenburg (Baviera, Alemania).

 
El pintor miniaturista flamenco Simon Bening (1483-1561) es el autor de esta “Misa de San Gregorio”, del Libro de Horas de Munich-Montserrat (manuscrito 3, folio 4), datado en torno a 1535-1540. Esta pintura está realizada en tempera y oro sobre pergamino, y se conserva en el Museo J. Paul Getty -Getty Center-, en Los Ángeles (California, EE.UU).

 
Ilustración realizada por un artista anónimo de “La Misa de San Gregorio”, en un Libro de Horas del s. XVI que se encuentra en el Museo Meermanno - Casa del Libro (Huis van het boek), antes llamado Museo Meermanno-Westreenianum, en La Haya (Países Bajos).

 
Pintura veneciana de finales del siglo XV o principios del s.XVI, realizada por un discípulo de Alvise Vivarini, titulada “La Misa de San Eustaquio”. Muy similar a las representaciones de la “Misa de San Gregorio”, en este caso el oficiante de la Santa Misa es San Eustaquio, religioso cisterciense francés de finales del siglo XII y principios del siglo XIII, que llegó a ser abad de Saint-Germer-de-Fly. Se trata de un óleo sobre tabla con forma apuntada u ojival, que fue vendido en Londres después de que la firma Christie's lo sacara a subasta en un lote, a finales de febrero de 2003.


Esta imagen miniada sobre papel vitela, de autor anónimo, representa “La Misa de San Gregorio”. Pertenece al Libro de oración de Maximiliano I, datado en 1486-88. En la actualidad se encuentra en la Biblioteca Nacional de Austria, en Viena (Austria).

  
Esta tabla flamenca pintada en el s.XV por el Maestro de la Leyenda de Santa Catalina, pertenece al Tríptico de la Virgen y representa “La Misa de San Gregorio”. Se encuentra en la Capilla Real, en Granada (España).


Matis de Guirla o Matías de Guirla fue un tapicero flamenco, autor de esta “Misa de San Gregorio”, realizada en Bruselas en torno a 1503. Este modelo está relacionado con la “Misa de San Gregorio” de la familia Holzschuher que se expone en el Museo Germánico de Nuremberg (Alemania). Su diseño se atribuye a Colyn de Coter o su círculo, realizado para el comerciante de tapices Pieter van Aelst. Este tapiz fue comprado por Juana de Castilla -conocida como “Juana la loca”- y su esposo Felipe el Hermoso, como regalo para su madre, la Reina Isabel la Católica. Está tejido con oro, plata, seda y lana. Perteneciente a Patrimonio Nacional, en concreto a la colección del Palacio Real de Madrid, originalmente estuvo en el Palacio Real Testamentario de Medina del Campo (Valladolid, España), y hoy se encuentra ubicado en el Palacio Real de la Granja de San Ildefonso (Segovia, España), aunque yo tomé esta fotografía en una exposición temporal de un museo fuera de España.


El grabador y orfebre alemán Israhel van Meckenem, “el Joven” (c. 1445 – 1503), activo a partir de 1465, realizó esta “Misa de San Gregorio”. Se trata de un grabado sobre papel a partir de dos placas de cobre, datado alrededor de 1490, que parece ser copia de un cuadro perdido de Hans Holbein el Viejo. Al pie, puede verse una indulgencia no autorizada de 20.000 años, cada vez que se rezaran ciertas oraciones con ella. Se encuentra en el Museo Británico, en Londres (Reino Unido), desde que lo adquiriera en 1845.


Cuadro al óleo sobre tabla del norte de Europa, que representa “La Misa de San Gregorio”. Lo pintó un artista anónimo en el siglo XVI. Desde 1961 se encuentra en el Museo de Arte Joslyn, en Omaha (Nebraska, EE.UU).


Esta pintura pertenece a la Escuela Flamenca del norte. Fue realizada en Utrech (Países Bajos) hacia 1460, por un autor anónimo. Se trata de un óleo sobre tabla que representa “La Misa de San Gregorio”, que forma parte del Tríptico de la Crucifixión. Concretamente, es el panel interior izquierdo. Pertenece al Rijksmuseum de Amsterdam, aunque actualmente se encuentra en préstamo en el Museo Central de Utrech (hasta junio de 2012).

Estas imágenes, y sus correspondientes epígrafes, están tomados del Blog Catholicvs.

  
Misa de San Gregorio”, Catedral de Segovia, por el artista Pedro Berruguete.

Religión de Estado III.



Proclamar que los Estados no necesitan profesar o proteger la religión Católica es un error liberal clásico y, uno de los mayores errores del Vaticano II. El liberalismo ha dicho, por así decir, “No ataquemos al Catolicismo frontalmente, pero dividamos para reinar. Dividamos al hombre individual de la sociedad aduciendo que el hombre no es un animal social, y entonces podremos pretender que la religión es un asunto puramente individual. Esto nos permitirá adueñarnos de la sociedad y una vez que la hayamos vuelto liberal, haremos de ella un arma poderosa contra el individuo para volverle a él también liberal, porque claro, ¡el hombre es un animal social! Y entonces si algún individuo no quiere ser liberal, tendrá grandes dificultades para resistir a su sociedad que nosotros habremos vuelto liberal”. ¿No es así? ¡Miren a su alrededor! Contestemos entonces a tres nuevas objeciones a la doctrina según la cual, para la salvación de las almas, cada Estado tendría que ser Católico.

Excelencia, Nuestro Señor El mismo ha dicho “Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt.XXII, 21). Aquí Nuestro Señor separa claramente la Iglesia del Estado. Así que ningún Estado debería involucrarse en el Catolicismo o en cualquier otra religión.

Respuesta: No, ¡Nuestro Señor aquí no está separando la Iglesia del Estado! Hace la distinción de sentido común entre lo que el individuo debe al Estado (impuestos, etc.) y lo que debe a Dios (culto). De ninguna manera Nuestro Señor dice que el Estado temporal no le debe nada al Dios eterno. De hecho, el Estado, siendo la autoridad colectiva temporal de un conjunto de seres humanos, le debe a Dios en sus actos de autoridad lo que estos seres humanos deben a Dios por ser seres sociales, es decir la observancia de su ley natural y, en lo que se refiere a la Iglesia que la razón natural por si misma puede dar por verdadera, el Estado le debe reconocimiento social y promoción, en la medida que actuando así no enajene las almas en lugar de ajudar a salvarlas.

Pero discernir cual es la verdadera religión es algo que le toca hacer al individuo, ¿Como entonces el Estado como Estado puede estar obligado por principio a ser Católico?

Respuesta: El Estado no es más que la asociación moral (es decir inmaterial) en cuerpo político de un mayor o menor número de seres humanos físicos (es decir materiales). Pero cada uno de estos seres humanos, con el solo uso correcto de su razón natural, tenga o no tenga la virtud sobrenatural de la Fe, es capaz de discernir que Dios existe, que Jesucristo es Dios y que la Iglesia Católica es la única Iglesia fundada por Jesucristo. Si entonces un Estado dado no discierne que ella es la verdadera religión, no es porque sus ciudadanos no pueden discernirla, sino porque por diversas razones no lo hacen o no lo quieren hacer, negándose así a hacer buen uso de la razón natural que Dios les ha dado. En realidad ellos si que podrían discernirla, y delante de Dios todos tendrán una mayor o menor responsabilidad, perfectamente medida por El según las condiciones qu e les son propias, por no haberlo hecho.

Pero, Excelencia, si usted insiste en la obligación de cada Estado de ser Católico, usted solamente generará una reacción de muchas almas contra la buena doctrina.

Respuesta: Es por la gloria de Dios y la salvación de las almas por lo que cada Estado tendría que ser Católico. Así, a los hombres demasiado ignorantes o corrompidos a quienes esta verdad no hará más que alienarlos, uno puede, sin menoscabo del principio, dudar de proclamarlo, pero esto no lo hace menos verdadero. Los verdaderos principios no son menos verdaderos cuando a veces en la práctica se requiere una cierta medida de prudencia en la manera con la cual deben ser afirmados ¡Seguro que a los lectores de este “Comentario” se les puede decir toda la verdad!

Kyrie eleison.

Mons. Richard Williamson, “Comentarios Eleison” Nº 235, 14 de enero del 2012.

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lunes, 20 de febrero de 2012

El Reinado Social y Político de Nuestro Señor Jesucristo.


La reafirmación del Reinado Social de Nuestro Señor Jesucristo debe ser recordado hoy más que nunca no sólo por el tiempo litúrgico que vivimos, sino además y ante todo por su incomprensible y triste olvido por la Doctrina Social y su no enseñanza a los fieles.
Tal vez una anécdota sirva para calibrar la culposa ignorancia a que me refiero. En la reciente Fiesta del año 2006 un sacerdote jesuita justificó la celebración aduciendo «que en esos tiempos la Iglesia era monárquica». Aquel cura, viejo ya, porque tal vez nunca leyó la encíclica Quas primas, ignoraba que el Reinado Social de Jesucristo es expresión y consecuencia de su Reinado Universal, de modo que podía argumentar que en épocas democráticas esta Fiesta debería archivarse. Otro ejemplo: el actual Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, pareciera no haberse enterado del dogma sancionado por Pío XI y guarda un triste silencio.
Habrá entonces que hacer un ejercicio de memoria y un esfuerzo de explicación.
Pues bien, cuando Pío XI instituyó la Fiesta de Cristo Rey, explicó que el reinado de Nuestro Señor no era sola y principalmente espiritual sino también temporal y social. Que el Reino de Dios sea espiritual, no pareciera necesario que se explique. Son los otros extremos los que deben ser atendidos. «Temporal», decía Pío XI, porque “erraría gravemente el que negase a Cristo Hombre el poder sobre todas las cosas humanas y temporales, puesto que el Padre le confirió un derecho absolutísimo sobre las cosas creadas, de tal suerte que todas están sometidas a su arbitrio”; y «social», pues siendo Cristo “la fuente del bien público y privado”, siendo Él “quien da la prosperidad y la felicidad verdadera, así a los individuos como a las naciones”, es Cristo –agrega Pío XI- la firme roca de la paz, la concordia, la estabilidad y la felicidad de las naciones.
Luego, como todo debe ordenarse a Nuestro Señor, así también la cosas temporales le están ordenadas, es decir, le tienen por fin y bien de su recta composición y disposición.
El carácter y el alcance de la Realeza Social de Cristo, en sentido político, dejan a salvo la expectativa escatológica de la restauración y recapitulación de todo en el Señor, como profetiza el Apocalipsis: “El Reino de este mundo ha venido a ser del Señor Nuestro y de Su Cristo, y reinará por los siglos de los siglos.” (Ap. 11, 15). Es, más bien, un reinado «discreto», como dijese Garrigou-Lagrange, pues no se impone por sí, antes al contrario requiere que los hombres reconozcan, pública y privadamente, “la regia potestad de Cristo”, como asegura Pío XI. Efectivamente, Cristo reina en la sociedad a través de los hombres, lo que exige, en palabras del P. Phillippe -autor del famoso Catecismo-, que “toda política debe estar sumisa a Dios”, es decir, “debe reconocerse en lo que expresa una realidad dependiente de Dios”, especialmente en atención al fin último del hombre y de toda la Creación.
Esta es la doctrina tradicional y no tiene nada de extraño ni resulta una antigualla desmentida por el paso del tiempo, como si la Iglesia de hoy fuese democrática y ya no tuviese Rey que honrar y adorar.
La afirmación de la Realeza Social, temporal, política, de Nuestro Señor, resulta de la afirmación católica tradicional de los fines del hombre o, mejor dicho, de la ordenación de los fines temporales al fin sobrenatural y último. Es la misma doctrina de Santo Tomás: la vida en la tierra es preparación para la vida eterna, de modo que el orden temporal ha de servir al fin último y supremo del hombre. Luego, como insiste el P. Phillippe, “todas las instituciones divinas o humanas tienen como fin último la gloria de Dios y la salvación de lo almas. Así todas las instituciones sociales, todas las acciones y directivas políticas deben tener cuenta de esta verdad fundamental, de que el hombre no ha sido hecho para este mundo, sino para la Eternidad.” No resulta infundado, entonces, que el orden concreto de las sociedades, en sus dimensiones políticas, jurídicas, morales, económicas, culturales, etc., deba considerar “primeramente y antes de cualquier otra cosa, el fin último de toda existencia humana”; y, si así lo hace, afirmará la Realeza de Jesucristo.
Entendido rectamente, el Reinado Social y Político de Jesucristo no evita la tensión existencial entre la sociedad histórica y el orden divino, entre el principio antropológico y el principio teológico, para decirlo en términos de Voegelin, porque tanto el hombre como la sociedad encuentran su orden y su verdad cuando se abren y conforman al orden y a la verdad divinos. No hay orden moral, tampoco político, sino en el sometimiento a la verdad y al bien, “porque la idea de moralidad -enseña León XIII- implica primordialmente un orden de dependencia con relación a la verdad, que es la luz del alma, y con relación a la bondad, que es el fin de la voluntad”.
O, para recurrir a la brillante simbología agustiniana, el devenir histórico de la civitas homini puede discurrir por caminos diferentes del de la Civitas Dei, pero ello no significa que los hombres y los gobernantes deban dejar de considerar el orden de los fines queridos y establecidos por Dios como el verdadero orden de la sociedad política, pues “como el pintor es anterior a la pintura y el arquitecto anterior a la construcción, así las ciudades son anteriores a sus instituciones.”. En todo caso, ese reinado discreto y sutil de Nuestro Señor se manifiesta como una exigencia en la tensión existencial de las sociedades históricas, exigencia de elevarse de lo profano a lo sacro, en que la religión limita determinadas realizaciones políticas e inspira otras.
En este tiempo de espera y de esperanza, la Natividad de Nuestro Señor debe llamar a reconocer la realeza plena del Niño Jesús. Los católicos no debemos conformarnos con erigirle en Rey de nuestros corazones y de su Iglesia; no podemos dejar a la ciudad rigiéndose por el principio de laicidad –aunque se nos invite a asumirlo como positivo-. Tenemos la obligación de convertirle y proclamarle, con nuestras obras y nuestras plegarias, en Rey y Soberano Señor del orden temporal, de la vida social y política.

Juan Fernando Segovia, Diciembre de 2009.