lunes, 12 de marzo de 2012

La autoridad en la familia y en la sociedad civil al servicio de nuestra salvación.


Cristo Rey y Sumo Sacerdote, 
quién debe inspirar las leyes y el órden social para la salvación.

En una reciente alocución pública este mes de octubre, nuestro Padre Santo el Papa Pablo VI puso en guardia contra la interpretación errónea de ciertas afirmaciones del Concilio referentes a la digni­dad de la persona humana, interpretación que induciría al rechazo de la autoridad y al menosprecio de la obediencia.
Los numerosos hechos de que somos testigos en esta época postconciliar, que manifiestan las con­secuencias de esa falsa interpretación, justifican los temores de nuestro Padre Santo el Papa. Somos sacudidos por francas rebeliones de ciertos grupos de Acción Católica contra los obispos, de semina­ristas contra sus superiores, de religiosos y religiosas que evidencian una actitud negativa frente a la autoridad, haciendo imposible su ejercicio.
La dignidad humana, la exaltación de la conciencia individual convertida en regla fundamental de la moral, los carismas personales, son los pretextos que se invocan para reducir la autoridad a un prin­cipio de unidad sin ningún poder. ¡Cómo no reprochar tal fermentación, preludio de rebelión, del libre examen, que ha sido causa de las grandes calamidades de los siglos pasados!
Nos parece más oportuno que nunca restablecer la verdadera noción de autoridad y a tal efecto mostrar los beneficios queridos por la Providencia en las dos sociedades naturales que tienen en esta tierra una influencia primordial sobre todo individuo: la familia y la sociedad civil.
Viene bien recordar que la autoridad es la causa formal de la sociedad.
Por tanto a ella le toca reglamentar y dirigir todo aquello que orienta hacia la causa final de la socie­dad, que es un bien común a todos sus miembros.
Dado que los miembros de una sociedad son seres inteligentes, la autoridad dirigirá su actividad hacia el fin común mediante directivas o leyes, velará por su aplicación y revocará las que se oponen al bien común.
El sujeto de la autoridad será designado de múltiples maneras; pero el poder de la autoridad, es decir, la facultad de dirigir a otros seres humanos, es una participación en la autoridad de Dios. Siendo las sociedades múltiples, los reglamentos referentes a la autoridad podrán ser muy diversos, pero nunca impedirán que la autoridad sea de origen divino.
En su “Tratado de Filosofía” (tomo IV, n° 384), Jolivet describe del siguiente modo la fuente pri­maria de la autoridad: “Únicamente Dios tiene derecho a mandar porque el derecho que consiste en obligar a la voluntad sólo puede pertenecerle a aquel que da el ser y la vida. También decimos que Dios es el «Derecho viviente» porque Él es el principio primero de todo lo que es.  De ello se sigue que toda autoridad, sea cual fuere la sociedad, no puede ejercerse sino a título de delegación de Dios; todo jefe investido de un poder legítimo es el representante de Dios”.
Como la autoridad tiene por fin el bien común de los miembros y como los propios miembros dese­an la obtención de ese bien por propia determinación, jamás debería haber choque entre la autoridad y los miembros que persiguen el mismo fin. No debería haber de suyo oposición entre el jefe y el subordinado, entre la autoridad y la libertad. Hay choque o desentendimiento cuando la autoridad ya no busca el verdadero bien común o cuando el subordinado antepone su bien personal al bien común. A menos que haya evidencia en contrario, la autoridad legítima y prudente es juez del bien común y los miembros deben someterse a priori a ese juicio.
Someterse a las directivas de la autoridad legítima es ejercer la virtud de la obediencia, cuyo ejem­plo emocionante nos lo dio Nuestro Señor al sacrificar su vida por obediencia: “obediens usque ad mortem, mortem autem crucis”.
En su carta “Notre charge apostolique” del 25 de agosto de 1910 San Pío X escribió: “¿Acaso toda sociedad de criaturas independientes y desiguales por naturaleza no necesita una autoridad que diri­ja su actividad hacia el bien común y que imponga su ley?... ¿Puede decirse con visos de razón que hay incompatibilidad entre la autoridad y la libertad sin arriesgarse a errar torpemente acerca del concepto de libertad? ¿Se puede enseñar que la obediencia es contraria a la dignidad humana y que lo ideal sería reemplazarla por «la autoridad consentida»? ¿Acaso el Apóstol San Pablo no tenía en vista la sociedad humana en todas sus etapas posibles cuando prescribió a los fieles ser sumisos a toda autoridad? ¿Acaso el estado religioso fundado en la obediencia sería contrario al ideal de la naturaleza humana? ¿Acaso los santos, que fueron los más obedientes entre los hombres, eran escla­vos y degenerados?...” La autoridad es la llave maestra de toda sociedad.

Beneficios de la autoridad en la sociedad familiar.

Si existe un período de la vida humana en el cual la autoridad desempeña un notable papel, ese perí­odo es ciertamente el que abarca desde el nacimiento hasta la mayoría de edad. La familia es una maravillosa institución divina en cuyo seno el hombre recibe la existencia, existencia tan restringida que necesitará un largo período de educación, dispensada ésta primero por los padres y luego por aqué­llos que cooperan en esa educación de acuerdo con la elección de los padres.
El niño recibe todo de su padre y de su madre: El alimento corporal, intelectual y religioso, la edu­cación moral y social. Recibe la ayuda de maestros, que comparten espiritualmente la autoridad de los padres. Ya sea por medio de los padres o de los maestros, no es menos cierto que la casi totalidad de la ciencia adquirida durante la adolescencia será más una ciencia aprendida, recibida, aceptada, que una ciencia adquirida por la inteligencia y la evidencia del juicio y el raciocinio.
El joven estudiante cree en sus padres, en sus maestros, en sus libros, y de ese modo sus conoci­mientos se amplían y se multiplican. Su ciencia propiamente dicha, la que puede rendir cuenta de su saber, es muy limitada.
Si se piensa en el conjunto de la infancia, de la juventud, en la humanidad y en la historia, se com­prueba que la transmisión de los conocimientos se debe más a la autoridad que los transmite que a la evidencia de la ciencia adquirida.
Si se trata de estudios superiores, la juventud adquiere ciertamente conocimientos más personales y se esfuerza por conocer las disciplinas estudiadas de la manera en que sus propios maestros las cono­cen.  Pero la cantidad de conocimientos requeridos, ¿permite hoy al estudiante llegar al límite de las pruebas y experiencias? Por otra parte, muchas ciencias —la historia, la geografía, la arqueología, las artes— no pueden sino basarse en la fe que inspiran los maestros y los libros.
Esto tiene aún mayor validez cuando se trata de conocimientos religiosos, de la práctica de la reli­gión, del ejercicio de la moral de acuerdo con la religión, las tradiciones y las costumbres. La con­versión a otra religión tropieza con el enorme obstáculo de la ruptura con la religión transmitida por los padres. Un ser humano siempre conserva más sensibilidad para con la religión materna.
Digamos sin más rodeos que esa educación signada por la familia y por maestros que completan la educación familiar ocupa lugar destacado en la vida del hombre. Nada subsiste tanto en el individuo como las tradiciones familiares. Eso vale para cualquier lugar de la tierra.
Esa extraordinaria influencia de la familia y del ambiente educacional resulta providencial. Es algo querido por Dios. Es normal que los niños conserven la religión de sus padres, así como es normal que si el jefe de la familia se convierte, toda su familia se convierta. Ejemplos de ello se tienen con frecuencia en el Evangelio y en los Hechos de los Apóstoles.
Dios ha querido que sus beneficios se transmitan a los hombres ante todo por la familia. Por eso se ha concedido al padre de familia esa gran autoridad, que le confiere inmenso poder sobre la socie­dad familiar, sobre su esposa y sus hijos. Cuantos más bienes hay para transmitir, mayor es la autori­dad.
El niño nace tan débil, tan imperfecto, podría decirse tan incompleto, que se comprende la necesi­dad absoluta de permanencia e indisolubilidad del hogar.
Querer exaltar la personalidad y la conciencia personal del niño en detrimento de la autoridad fami­liar, es infligir una desgracia a los niños, es impulsarlos a la rebelión, al desprecio de los padres, en tanto que se promete la longevidad a quienes honran a sus padres. San Pablo pide a los padres que no provoquen la cólera de sus hijos, pero agrega que deben ser educados en la disciplina y el temor de Dios (Efesios, 4, 4).
Significa apartarse de los caminos de Dios pretender que la sola verdad por su propia fuerza y bri­llo deba indicar a los hombres la verdadera religión, cuando en realidad Dios ha previsto la transmi­sión de la religión por los padres y por testimonios dignos de la confianza de quienes los escuchan.
Si hubiera que esperar a tener inteligencia de la verdad religiosa para creer y convertirse, actual­mente habría muy pocos cristianos. Se cree en las verdades religiosas porque los testigos son dignos de crédito por su santidad, su desinterés, su caridad. Se cree en la religión verdadera porque ella colma los anhelos profundos del alma humana recta, en particular dándole una Madre divina, María, un padre visible, el Papa, y un alimento celestial, la Eucaristía. Nuestro Señor no preguntó a los conversos si comprendían, les preguntó si creían. Porque como dice San Agustín, la Fe viva da inteligencia.
En el caso de la sociedad familiar, del primer período de toda vida humana, es evidente que los beneficios de la autoridad son inmensos e indispensables, que son la vía más segura para una educa­ción completa que prepare para la vida en la sociedad civil y en la Iglesia. La Iglesia ya interviene de manera apreciable mediante la ayuda que presta a la familia y por medios indispensables para la vida cristiana y social de los fieles.
Pero llega un momento en que las dos sociedades deben realizar juntas el relevo de la familia, por­que es evidente que aun educado, el ser humano es incapaz de vivir y proseguir su vocación en este mundo sin la ayuda de esas dos sociedades.

Beneficio de la autoridad en la sociedad civil.

¿Se puede afirmar que el hombre llegado a la mayoría de edad ya no necesita ayuda para continuar pro­gresando en sus conocimientos, para mantenerse en la virtud y para cumplir su papel en la sociedad? Si la sociedad familiar ha terminado su tarea esencial, está claro que la sociedad civil y la Iglesia siguen siendo los medios normales para proporcionarle, ésta los medios espirituales y aquélla el ambiente social favorable a una vida virtuosa y orientada hacia el fin último según el cual la Providencia divina ordena todo en este mundo.
Aquí conviene repetir con la enseñanza tradicional de la Iglesia y con todos los papas [hasta Pío XII], que el Estado, la sociedad civil, tiene un notable papel que cumplir para con los ciudadanos, para ayudarlos y esti­mularlos en la Fe y la virtud. No se trata en absoluto de coacción en el acto de Fe, no se trata de coacción frente a la conciencia de la persona en sus actos internos y privados. Se trata del papel natural de la socie­dad civil querida por Dios para ayudar a los hombres a conseguir su fin último.
Dice el Papa León XIII (Encíclica “Libertas”): “No podría ponerse en duda que ¡a reunión de los hom­bres en sociedad sea obra de la voluntad de Dios, ya se lo considere en sus miembros, en su forma que es la autoridad, en su causa o en el número y la importancia de las ventajas que ello procura al hombre...” A su vez Pío XI afirma (Encíclica “Divini Redemptoris”): “Dios destina al hombre a vivir en sociedad como lo pide la naturaleza. En el plan del Creador la sociedad es el medio natural del cual el hombre puede y debe servirse para alcanzar su fin”.
Y en otra parte (“Ad salutem”): “Los príncipes y los gobernantes, que han recibido el poder de Dios para cada uno dentro de los límites de su propia autoridad, esfuércense por realizar los designios de la divina Providencia de la cual son colaboradores... No sólo no deben hacer nada que pueda resultar en detrimento de las leyes de la justicia y de la caridad cristiana, sino que les toca facilitar a sus súbditos el conocimien­to y la adquisición de los bienes imperecederos”.
Pío XII (11 de junio de 1941) dice también: “De la forma dada a la sociedad, conforme o no a las leyes divinas, depende y deriva el bien o el mal para las almas, es decir, el hecho de que los hombres, llamados todos a ser vivificados por la gracia de Dios, respiren en las contingencias terrenales de la vida el aire sano y vivificante de la verdad y de las virtudes morales, o por el contrario, el virus morboso y a menudo mortal del error y la depravación”.
El Padre Jolivet (“Tratado de Filosofía”, tomo IV, n° 435) concluye de manera muy clara su estudio sobre el origen del poder en la sociedad civil: “Sea cual fuere el punto de vista que se adopte tocante a la causa eficiente de la realidad social, la doctrina del origen natural de la sociedad implica el principio esencial de que, dado que la sociedad política reúne de manera permanente, con vistas al bien común temporal, a los agrupamientos particulares de familias y de individuos, es una institución querida por Dios, autor de la natu­raleza, o sea, que es de derecho divino natural. De ello se sigue inmediatamente que el poder de gobernar también es de derecho divino natural”.
El autor completa su estudio exponiendo el fin de la sociedad civil o del Estado: “Es disminuir notable­mente la función general del Estado, el forjarse una idea totalmente materialista acerca de la felicidad tem­poral. La felicidad temporal depende en gran parte de las virtudes intelectuales y morales de los ciudada­nos, de la moralidad pública, es decir, del feliz desenvolvimiento de todas las actividades morales y espiri­tuales del hombre, y en primer lugar, de la vida religiosa de la nación”. “También es deber del Estado sin que por eso, claro está, descuide su función económicaesforzarse por crear las condiciones más favo­rables a la prosperidad moral y espiritual de la nación”. “Esta tarea tiene un aspecto negativo y un aspec­to positivo...”
Es preciso destacar esa íntima vinculación de la religión con la función temporal del Estado, pues ahí resi­de realmente la clave de numerosos problemas que preocupan hoy a los gobernantes de la propia Iglesia: pro­blemas de justicia social, problemas del hambre, problemas de la paz, problemas del control de nacimientos, etc.
Tratar esos problemas fuera de una concepción católica de la ciudad es ilusorio: podremos dedicarnos a paliar ciertos desórdenes momentáneamente, podremos resolver algunos problemas locales, pero no se logra­rá atacar la raíz de las calamidades de la humanidad. Es menester repetir mil veces lo que la Iglesia siempre proclamó:
La solución de los problemas sociales está en el reinado social de Nuestro Señor Jesucristo, tal como lo sabe y lo enseña la Iglesia católica.
Si se enumeran las plagas actuales de las sociedades se advertirá inmediatamente que provienen del desor­den y del error de los gobernantes y a menudo de numerosos miembros de la sociedad. Querer instaurar la justicia social entre empleados y empleadores sin los principios de la justicia cristiana es marchar al capita­lismo totalitarista, a la hegemonía financiera y tecnocrática mundial o al totalitarismo comunista. Convertir al bienestar material en el único objetivo de la sociedad civil y de la actividad social es dirigirse velozmente hacia la decadencia, consecuencia de la inmoralidad y del hedonismo.
Si se trata del Matrimonio y de todo lo que le concierne, únicamente la doctrina católica preserva de ver­dad a esa institución que constituye la base misma de la sociedad civil, y que por eso mismo debe interesar­le en grado sumo: divorcio, limitación de nacimientos, anticoncepción, homosexualidad, aborto, poligamia. He ahí otras tantas plagas mortales para el Estado.
La Iglesia es la única que puede proporcionarles remedio verdadero.
Las relaciones sociales entre funcionarios y subordinados, entre el Estado y los ciudadanos, el verdadero amor a la patria, las relaciones internacionales, se hallan íntima y profundamente vinculados a la religión, y únicamente la religión católica puede aportarles los principios de justicia, de equidad, de conciencia profe­sional, de dignidad humana que convienen a la vida social como Dios la ha querido y la quiere siempre.
La educación y los medios de comunicación social que hoy en día completan y continúan la educación, tienen íntima relación con las costumbres honestas, con la virtud y el vicio, y por lo tanto, con la religión católica.
Es dar prueba de gran ignorancia, verdadera o fingida, no querer admitir que todas las religiones —salvo la verdadera, la religión católica— llevan consigo una serie de taras sociales que son la vergüenza de la huma­nidad.
Pensemos en el divorcio, la poligamia, la anticoncepción, el amor libre, en lo que respecta a la familia. Pensemos también en el terreno de la existencia misma de la sociedad en dos tendencias que la socavan: la tendencia revolucionaria, destructora de la autoridad, tendencia demagógica, fermento de continuos desórde­nes, fruto del libre examen, o la tendencia totalitaria y tiránica debida a la unión de la religión con el Estado o del Estado con alguna ideología. La historia de los últimos siglos es ejemplo notorio de esta realidad.
Por consiguiente, es inconcebible que los gobernantes católicos se desentiendan de la religión o que admi­tan por principio la libertad religiosa en el dominio público. Eso equivaldría a desconocer el fin de la socie­dad, la extrema importancia de la religión en el campo social, y la diferencia fundamental entre la verdadera religión y las demás religiones en el terreno de la moral, elemento capital para lograr el fin temporal del Estado.
He ahí la doctrina enseñada desde siempre en la Iglesia. Esa doctrina confiere a la sociedad un papel capi­tal en el ejercicio de la virtud de los ciudadanos, y por ende, indirectamente en la obtención de su salvación eterna. Ahora bien, la Fe es la virtud fundamental que condiciona a las otras. Por lo tanto, es deber de los gobernantes católicos proteger la Fe y conservarla, favoreciéndola sobre todo en el terreno de la educación.
Nunca se insistirá bastante sobre el papel providencial de la autoridad del Estado en cuanto a ayudar y querer apoyar a los ciudadanos en la obtención de su salvación eterna. Toda creatura ha sido ordenada y sigue estando ordenada a ese fin en este mundo. Las sociedades, familia, Estado, Iglesia, cada una en su lugar, han sido creadas por Dios con ese objetivo.
No puede negarse eso que surge de la experiencia de la historia de las naciones católicas, la historia de la Iglesia, la historia de la conversión a la Fe católica, y que pone de manifiesto el papel providencial del Estado, a punto tal que puede afirmarse con todo derecho que su parte en el logro de la salvación eterna de la huma­nidad es capital, si no preponderante. El hombre es débil, el cristiano es titubeante. Si todo el aparato y el condicionamiento social del Estado es laicista, ateo, irreligioso, y más aún, perseguidor de la Iglesia, ¿quién se atreverá a afirmar que les será fácil a los no católicos convertirse y a los católicos permanecer fieles? Hoy más que nunca, con los modernos medios de comunicación social, con las relaciones sociales que se multi­plican, el Estado influye cada vez más sobre el comportamiento de los ciudadanos, sobre su vida interior y exterior, en consecuencia, sobre su actitud moral, y en definitiva, sobre su destino eterno.
Sería criminal estimular a los Estados católicos a laicizarse, a desentenderse de la religión y a dejar con indiferencia que el error y la inmoralidad se difundan, y con el falso pretexto de la dignidad humana, intro­ducir un fermento de disolución de la sociedad por medio de una libertad religiosa exagerada, de la exalta­ción de la conciencia individual a expensas del bien común, como es legitimar la objeción de conciencia.
El Papa Pío XII dijo (“Summi pontificatus”): “La soberanía civil ha sido querida por el Creador... con el fin de facilitar a la persona humana, en el orden temporal, la obtención de la perfección física, intelectual y moral, y ayudarla a alcanzar su fin sobrenatural”.
Así se trate de la autoridad en la familia, de la autoridad del Estado o de la Iglesia, no se puede menos que admirar el designio de la Providencia, de la paternidad divina, que nos otorga la existencia, la vida sobre­natural, el ejercicio de la virtud, y en definitiva, la perfección o la santidad eterna por medio de esas autori­dades.
La autoridad es, en definitiva, una participación en el amor divino, que por sí se expande y se difunde. La autoridad no tiene más razón de ser que difundir esa caridad divina que es vida y salvación. Pero al igual que el amor de Dios, es exigente por su misma naturaleza. En efecto, el amor divino no puede querer sino el bien, y el bien supremo que es Dios. Dios, al darnos la vida, que es una participación en su amor, nos la orienta inflexiblemente, enfoca nuestra vida hacia el bien que Él nos indica por nuestra naturaleza pero, sobre todo, por sus voceros y sus intermediarios en las leyes positivas.
Dios obliga, nos vincula por amor con el bien y con la virtud. Nos da la orientación de su amor median­te sus leyes, nos ordena su ejecución y nos amenaza si rechazamos su amor que es nuestro bien.
Así ocurre con las autoridades. Toda legislación legítima es vehículo del amor divino, toda aplicación de la legislación no es otra cosa que la expresión del amor de Dios en los hechos, en los actos, y por tanto, una adquisición de virtud. Esas leyes se dirigen a nuestra inteligencia y a nuestra voluntad, que desgraciadamente pueden negarse a ser vehículos del amor de Dios. Las sanciones recaen sobre aquéllos que así ponen obstá­culos al amor, a la vida, al bien, a Dios en definitiva.  En efecto, no se puede concebir la autoridad sin los poderes de legislación, de gobierno y de justicia.  Esas tres manifestaciones se funden y se sintetizan en el amor divino, que lleva en sí mismo su manifestación, su ejercicio y su sanción.
A modo de conclusión de este panorama muy incompleto de la grandeza de la autoridad en los designios de Dios, ojalá podamos compartir los sentimientos de San Pablo y decir con él (Efesios, 3, 14-15): “Doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma su nombre toda familia en los cielos y en la tierra”.

Mons. Marcel Lefebvre, Arzobispo, 4 de octubre de 1968, Tomado de su libro “Un Obispo habla”, capítulo III.

domingo, 11 de marzo de 2012

Los principales remedios contra las tentaciones.



Iº) Rezar jaculatorias acomodadas al tiempo de la tentación.

El medio de la oración siempre se ha de tener por muy encomendado, porque es un remedio gene­ralísimo y de los mas principales que la Divina Escritura y los Santos nos dan para esto. Y el mismo Cristo nos le enseña en el Sagrado Evangelio: "Velad y orad, porque no entréis en la tentación". Y no solo de palabra, sino con su propio ejemplo, nos le quiso enseñar la noche de su Pasión, aperci­biéndose para aquella batalla con larga y prolija oración, no porque Él tuviese necesidad, sino para enseñarnos a nosotros que lo hagamos así en todas nuestras tentaciones y adversidades: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú”. “Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad”. “Padre; todo es posible para ti; aparta de mí este cáliz; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú”. “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?” “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
El abad Juan decía que el religioso es semejante a un hombre que está sentado debajo de un árbol grande, el cual viendo venir muchas serpientes y bestias fieras contra sí, como no las puede resistir, se sube encima del árbol, y así se salva. De la misma manera el religioso, cuando ve venir las tenta­ciones, se ha de subir a lo alto con la oración, y acogerse a Dios, y así se salvara y librara de las ten­taciones y lazos del demonio: En balde trabajará y echará él sus redes, si nosotros sabemos volar y subirnos a lo alto con las alas de la oración.
Llena tenemos la Sagrada Escritura, y especialmente los Salmos, de oraciones acomodadas para esto, cuáles son: “Levantaos, Señor, ¿por qué parecéis dormir, por qué apartáis vuestro rostro, y os olvidáis de nuestra pobreza y tribulación?”; “Tomad armas y escudo, y levantaos en nuestra ayuda; decid a mi anima: Yo soy tu salud”; “¿Hasta cuándo, Señor, me habéis de olvidar? ¿Hasta cuándo habéis de apartar de mí vuestro rostro? ¿Hasta cuándo se ha de gloriar mi enemigo sobre mí?”; “Mirad, Señor, y oídme, y alumbrad mis ojos, para que no duerma sueño de la muerte, ni pueda decir mi enemigo que prevaleció contra mí”; “Vos, sois, Señor, nuestro refugio y amparo en el tiempo de la necesidad y tribulación”; “Así como los pollitos se guarecen debajo de las alas de su madre cuando viene el aguilucho; así nosotros, Señor, estamos bien guarecidos y guardados debajo de vuestras alas”. San Agustín se alegraba mucho con esta consideración, y decía a Dios: “Señor, pollito soy tier­no y flaco, y si Vos no me amparáis, me arrebatará el aguilucho: Amparadme, Señor, debajo de vues­tras alas” . Particularmente es maravilloso para este efecto aquel principio del salmo “Levántese Dios, y sean desbaratados sus enemigos: huyan de delante de Él los que le aborrecen”; porque como les ponemos delante, no nuestra virtud, sino la de Dios, desconfiando de nosotros, e invocando contra ellos el favor de su Majestad, desfallecen y huyen los demonios, viendo que ha de salir Él a la causa contra ellos en favor nuestro. Unas veces con estas, u otras semejantes palabras de la Sagrada Escri­tura, que tienen particular fuerza; otras veces con palabras salidas de nuestra necesidad (que también suelen ser muy eficaces), siempre habernos de tener muy a la mano este remedio de acudir a Dios con la oración; y así solía decir el Padre Ávila: "La tentación a vos, y vos a Dios ": "Levanté mis ojos a aquellos montes soberanos de donde me ha de venir todo el socorro y favor". Y habernos de procu­rar que estos clamores y suspiros salgan, no solamente de la boca, sino de lo íntimo del corazón: "Desde lo profundo he clamado a Ti, Señor". Dice san Juan Crisóstomo, sobre estas palabras: No dijo "he clamado" solamente con la boca, porque estando el corazón distraído puede la lengua hablar, sino de "lo profundísimo y más íntimo de sus entrañas", y con grande fervor clamaba a Dios.

2°) Resistir desde el principio.

Otro remedio muy bueno y general nos dan aquí los Santos, y es, que procuremos resistir a los principios. Dice San Jerónimo: Cuando el enemigo es pequeño, matadlo, ahogadlo en su principio, y deshacedlo en su raíz antes que crezca; porque después por ventura no podremos. Es la tentación como una centella de fuego, que si una vez prende, crece y abrasa. Así dijo muy bien el otro: Resistid los principios: tarde viene el remedio cuando la llaga es muy vieja.
Y mucho mejor nos avisa de esto el Espíritu Santo por el profeta David: Cuando los cachorros de las tentaciones son pequeños, cuando comienzan los pensamientos de juicios, de soberbia, de la afi-cioncilla, de la amistad y de la singularidad, entonces los habéis de quebrantar en la piedra firmísi­ma, que es Cristo nuestro Redentor, con su ejemplo y consideración, para que no crezcan y vengan a destruir la vina de nuestra alma.
No podemos excusar que no nos vengan tentaciones y pensamientos malos; pero bienaventurado aquel que al principio, cuando comienzan a venir, se sabe sacudir de ellos. Así declara San Jerónimo: Importa mucho resistir a los principios cuando el enemigo es flaco y tiene pocas fuerzas; porque entonces el resistir es fácil, y después muy dificultoso.
San Crisóstomo declara esto con una comparación: Así como si a un enfermo le viene apetito de comer una cosa dañosa, y vence aquel apetito, se libra del daño que le había de hacer aquella mala comida, y sana mas presto de la enfermedad; mas si por tomar aquel poco de gusto come el manjar dañoso, agrávesele la enfermedad, y viene a morir de ella, o a tener muy grande pena en la cura, todo lo cual pudiera excusar con tomar un poco de trabajo en refrenar al principio aquel apetito de gula de comer aquel manjar dañoso; así, dice, si cuando al hombre le viene el mal pensamiento o el deseo de mirar, si vence en eso al principio, refrenando la vista, y desechando luego el mal pensamiento, se librará de la molestia y pena de la tentación que de allí se le había de levantar, y del daño en que con­sintiendo podría caer; pero si no se vence y refrena al principio por aquel pequeño descuido, y por aquel poquito de gusto que recibid mirando o pensando, viene después a morir en el alma, o a lo menos a tener gran trabajo y pena resistiendo. De manera que lo que al principio le costara poco o casi nada, le viene después a costar mucho. Y así concluye el Santo que importa grandemente resis­tir a los principios.
En las vidas de los Padres se cuenta que el demonio se le apareció una vez al abad Pacomio en figu­ra de una mujer muy hermosa, y riñéndolo el Santo porque usaba de tanta malicia para engañar a los hombres, le dijo el demonio: Si comenzáis a dar alguna entrada a nuestras tentaciones, luego os pone­mos mayores incentivos para provocaros más a pecar; empero, si vemos que al principio resistís, y no dais entrada a las imaginaciones y pensamientos que os traemos, como humo desaparecemos.

3°) Defender nuestra parte más débil.

El bienaventurado San Bernardo dice que el demonio, cuando quiere engañar a uno, primero mira muy bien su natural, su condición e inclinación, y a donde le ve más inclinado, por allí le acomete; y así a los blandos y de suave condición les acomete con tentaciones deshonestas y de vanagloria, y a los que tienen condición áspera, con tentaciones de ira, de soberbia, de indignación e impaciencia.
Lo mismo nota San Gregorio, y trae una buena comparación: dice que así como uno de los princi­pales avisos de los cazadores es saber a qué linaje de cebo son mas aficionadas las aves que quieren cazar, para armarles con eso; así el principal cuidado de nuestros adversarios los demonios es saber a qué genero de cosas estamos más aficionados, y de que gustamos más, para armarnos y entrarnos por ahí: y así vemos que acometió y tentó el demonio a Adán por la mujer, porque sabía la afición gran­de que le tenía; y a Sansón también por ahí lo acometió y lo venció, para que declarase el enigma, y para que dijese en qué estaba su fortaleza. Anda el demonio como diestro guerrero rodeando y bus­cando con mucha diligencia la parte más flaca de nuestra alma, la pasión que reina más en cada uno, y aquello a que es más inclinado, para combatirlo por allí; y así ésta ha de ser también la prevención y remedio que nosotros habernos de poner de nuestra parte contra este ardid del enemigo, reconocer la parte más flaca de nuestra alma, y más desamparada de virtud, que es donde la inclinación natural, o la pasión o costumbre mala más nos llena, y poner ahí mayor cuidado y defensa.

4º) Vencer la mala inclinación practicando la Virtud contraria.

Otro remedio muy conforme a este nos le ponen los Santos y maestros de la vida espiritual. Dicen que habernos de tener por regla general, cuando somos combatidos de alguna tentación, acudir luego a lo contrario de ella, y defendernos con ello; porque de esta manera curan acá los médicos las enfer­medades del cuerpo: Contraria contrariis curantur. Cuando la enfermedad procede del frío, aplican cosas calientes, y cuando de sequedad, cosas húmedas; y de esa manera los humores se reducen a un medio, y se ponen en conveniente proporción. Pues de esa misma manera habernos nosotros de curar y remediar las enfermedades y tentaciones del alma, y eso es lo que nos dice nuestro santo Padre: “Débense prevenir las tentaciones con los contrarios de ellas, como es, cuando uno se entiende ser inclinado a soberbia, ejercitándose en cosas bajas, que se piensa le ayudarán para humillarse; y así de otras inclinaciones siniestras”.

5°) Nunca estar ociosos.

También es gran remedio contra las tentaciones nunca estar ociosos, y así dice Casiano que aque­llos Padres de Egipto tenían esto por primer principio, y lo guardaban como tradición antigua recibi­da de sus mayores, y lo encomendaban mucho a sus discípulos por singular remedio: Hállate siempre el demonio ocupado. Y así se lo ensenó Dios a San Antonio, y le dio este medio para poder perseve­rar en la soledad y defenderse de las tentaciones; y lo trae San Agustín, dice que San Antonio no podía siempre estar en oración con ser San Antonio, y era combatido y fatigado algunas veces con diversos pensamientos, y pidió a Dios: Señor, ¿qué haré, que querría ser bueno, y mis pensamientos no me dejan? Y oyó una voz que le dijo: Antonio, si deseas agradar a Dios, ora; y cuando no pudieres orar, trabaja: procura siempre estar ocupado en algo, y hacer lo que está de tu parte, y no te faltará el favor del Señor. Otra vez se le apareció un Ángel en figura de un mancebo, que cavaba un poco, y otro poco estaba puesto de rodillas en oración, las manos puestas y levantadas, que era decirle lo mismo. La ociosidad es raíz y origen de muchas tentaciones y de muchos males, y así nos importa mucho que nunca el demonio nos halle ociosos, sino siempre ocupados.

P. Alonso Rodríguez S. J., “Ejercicio de Perfección y Virtudes Cristianas”, p. 2ª, t. 4º, c. 17 y c. 18.

sábado, 10 de marzo de 2012

En esta vida no han de faltar las tentaciones.


Dice el Sabio: Hijo, si quieres servir a Dios, consérvate en justicia y en temor, y prepárate para la tentación. El bienaventurado San Jerónimo, sobre aquello del Eclesiastés: Hay tiempo de guerra y tiempo de paz, dice, que mientras estamos en este siglo es tiempo de guerra, y cuando pasemos al otro será tiempo de paz. Y de ahí tomó aquella nuestra ciudad celestial el nombre de Jerusalén, que quiere decir visión de paz. Por tanto, dice, ninguno se tenga ahora por seguro, porque es tiempo de guerra, ahora ha de ser el pelear, para que saliendo vencedores, descansemos después en aquella bie­naventurada paz. San Agustín, sobre aquello de San Pablo: no hago el bien que quiero, dice, que aquí la vida del hombre justo es pelea, y no triunfo; y así oímos ahora voces de guerra, cuales son estas que da el Apóstol, sintiendo la repugnancia y contradicción que la carne tiene a lo bueno, y la incli­nación tan grande que tiene a lo malo, y deseando verse ya libre de eso: Pues advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros. Pero la voz de triunfo se oirá después, como dice el mismo Apóstol, cuando este cuerpo corruptible y mortal se vista de incorrupción e inmortalidad. Y la voz de triunfo que entonces se oirá, será la que dice ahí San Pablo: La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? Todo esto dijo muy bien el santo Job, en aquellas breves palabras: Milicia es la vida del hombre sobre la tierra, y sus días como del merce­nario. Porque así como el oficio del jornalero es trabajar y cansarse todo el día, y después se sigue el premio y el descanso; así también en nosotros el día de esta vida está lleno de trabajos y tentaciones, y después se nos dará el premio y el descanso conforme a como hubiéremos trabajado.
Pero descendiendo en particular a examinar la causa de esta continua guerra, el apóstol Santiago la pone en su Canónica: ¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones que luchan en vuestros miembros? Dentro de nosotros mismos tenemos la causa y la raíz, que es la rebeldía y contradicción para todo lo bueno que quedó en nuestra carne después del pecado. Quedó también maldita la tierra de nuestra carne, y así brota cardos y espinas que nos pun­zan y atormentan continuamente. Traen los Santos a este propósito la comparación de la navecilla que dice el Sagrado Evangelio, que comenzando a dar la vela, se alborotó el mar, y se levantó una tem­pestad y olas tan grandes que la cubrían y querían anegar. Así nuestra alma va en esta barquilla del cuerpo rota, agujereada, que por una parte hace agua, y por otra se levantan olas y tempestades de muchos movimientos y apetitos desordenados que la quieren anegar y hundir: De manera que la causa de nuestras continuas tentaciones es la corrupción de nuestra naturaleza, aquel “fomes peccati” o inclinación mala que nos quedó después del pecado. Se nos quedó el mayor enemigo dentro de casa, y ese es el que nos hace continua guerra. Y así no tiene el hombre de que espantarse cuando se ve molestado de tentaciones; porque al fin es hijo de Adán, concebido y nacido en pecado; y no puede dejar de tener tentaciones e inclinaciones y apetitos malos que le hagan guerra. Y así nota San Jerónimo que en la oración del Padrenuestro, que Cristo Nuestro Señor nos enseñó, no nos dice que pidamos a Dios no tener tentaciones; porque eso es imposible: sino que no nos deje caer en la ten­tación. Y eso es también lo que el mismo Cristo en otra parte dijo a sus discípulos: Velad y orad, para que no entréis en la tentación. Dice San Jerónimo: Entrar en la tentación no es ser tentado, sino es ser vencido de la tentación. El santo patriarca José fue tentado de adulterio, pero no fue vencido por la tentación. La santa Susana fue tentada también de lo mismo, pero la ayudó el Señor para que no cayese en la tentación. Pues eso es lo que nosotros pedimos al Señor en la oración del Padrenuestro, que nos dé gracia y fortaleza para que no caigamos ni seamos vencidos por la tentación: No sólo recha­zando la tentación, sino pidiendo las fuerzas para sostenerse en las tentaciones. Yerras, hermano, yerras y te engañas mucho si piensas que el cristiano ha de estar sin tentaciones: Esto es la mayor tentación, cuando te parece que no tienes tentación. Entonces os hace el demonio mayor guerra cuan­do a vos os parece que no hay guerra: Nuestro adversario el demonio, como dice el apóstol san Pedro, anda bramando y dando vueltas como león, a ver si halla a quien tragar, ¿y tú piensas que hay paz? Está escondido acechando para matar al inocente, ¿y te tienes tú por seguro? Es engaño ese, por­que esta vida es tiempo de guerra y de pelea, y espantarse de las tentaciones es como si el soldado se espantase del sonido del tiro y del fusil, y se quisiese por eso volverse de la guerra: o como el que qui­siese dejar de navegar, y salirse de la nave, por ver que se le revuelve el estómago.
Dice San Gregorio, que es engaño de algunos que teniendo alguna grave tentación luego les pare­ce que está todo perdido, y que ya los ha olvidado Dios, y que están en desgracia suya. Muy engaña­dos andáis; antes es menester que entendáis que el tener tentaciones no sólo es cosa ordinaria de hombres, sino muy propia de hombres espirituales y que tratan de virtud y perfección, como nos lo da a entender el Sabio en las palabras propuestas, y lo mismo nos enseña el Apóstol San Pablo: Los que quieren vivir bien, y tratan de su aprovechamiento y de adelantarse en el servicio de Dios, esos son los perseguidos y combatidos con tentaciones; que esos otros muchas veces no saben qué cosa es tentación, ni echan de ver la rebelión y guerra que la carne hace al espíritu, antes hacen de eso golo­sina.
Nota esto muy bien San Agustín, sobre aquellas palabras de San Pablo: La carne desea y apetece contra el espíritu: En los buenos, que tratan de espíritu de virtud y perfección, apetece la carne con­tra el espíritu; pero en los malos que no tratan de eso, no tiene la carne contra quien apetecer; y así estos no sienten la lucha de la carne contra el espíritu, porque no hay espíritu que la contradiga y pelee contra ella. Y así el demonio tampoco ha menester gastar tiempo en tentar a estos tales; porque sin nada de eso ellos por su voluntad lo siguen, y se le rinden sin dificultad ni contradicción. No andan los cazadores a la caza de jumentos, sino a la caza de ciervos y gamos, que corren con ligereza, y se suben a los montes: A los que con ligereza de ciervos y de gamos corren a lo alto de la perfección, a esos anda por cazar el demonio con sus lazos y tentaciones, que a esos otros que viven como jumen­tos en casa se los tiene, no ha menester él andar a la caza de ellos. Y así no sólo no nos habernos de espantar por tener tentaciones, sino antes las habernos de tener por buena señal, como lo advirtió San Juan Clímaco: No hay más cierta señal de que los demonios han sido vencidos por nosotros, que el ver que nos hacen mucha guerra: porque por eso os la hacen, porque os habéis rebelado contra él, y os habéis salido de su jurisdicción: por eso os persigue el demonio, porque tiene envidia de vos, que si no, no os persiguiera tanto.

Padre Alonso Rodríguez, S.J., Tomado de “Ejercicio de Perfección y Virtudes Cristianas”, p. 2ª, t. 4º, c. Iº.

jueves, 8 de marzo de 2012

Quien ama a Jesucristo, ama el padecimiento.



Caritas patiens est.
La caridad es sufrida.

La tierra es lugar de merecimientos, de donde se deduce que es lugar de padecimientos. Nues­tra patria, donde Dios nos tiene reservado el des­canso del gozo eterno, es el paraíso. En este mun­do habernos de estar poco tiempo, y, a pesar de ser poco, son muchos los padecimientos por que habremos de pasar. El hombre, nacido de mujer, corto de días y harto de inquietud2. Hay que su­frir; todos tenemos que sufrir; todos, sean justos o pecadores, han de llevar la cruz. Quien la lleva pacientemente, se salva, y quien la lleva impa­cientemente, se condena. Idénticas miserias, dice San Agustín, conducen a unos al cielo y a otros al infierno. En el crisol del padecer, añade el mis­mo santo Doctor, se quema la paja y se logra el grano en la Iglesia de Dios; quien en las tribula­ciones se humilla y resigna a la voluntad de Dios, es grano del paraíso; y quien se ensoberbece e irrita, abandonando a Dios, es paja para el in­fierno.
El día en que se discuta la causa de nuestra salvación, si queremos alcanzar sentencia de sal­vación, es preciso que nuestra vida se halle con­forme con la de Jesucristo: Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo [1]. Para esto se propuso el Verbo eterno venir al mundo, para enseñarnos con su ejemplo a llevar pacientemente las cruces que el Señor nos enviare: También Cristo padeció por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus pisadas [2]. Para animarnos a pa­decer quiso Jesucristo padecer ¡Ah!, y ¿cuál fue la vida de Jesucristo? Vida de ignominias y de penalidades. El profeta llamó a nuestro Redentor despreciado, abandonado de los hombres, varón de dolores [3], el hombre despreciado, tratado como el último de todos, el hombre de dolores; sí, por­que la vida de Jesucristo estuvo saturada de tra­bajos y dolores.
Pues bien, así como Dios trató a su amadísi­mo Hijo, así también tratará a quien le ame y adopte como hijo: A quien ama, corrígele el Se­ñor, y azota a todo hijo que por suyo reconoce [4]. De ahí que dijera en cierta ocasión a Santa Te­resa: «Cree, hija, que a quien mi Padre más ama, da mayores trabajos.» Por eso la Santa, cuando se veía más trabajada, decía que no trocaría sus trabajos por todos los tesoros del inundo. Apa­reciéndose después de muerta a una de sus reli­giosas, le reveló que gozaba de gran premio en el cielo, no tanto por las buenas obras cuanto por los padecimientos que en vida sufrió con agrado por amor de Dios, y que, si por alguna causa hu­biera deseado tornar al mundo, sería ésta tan sólo la de poder sufrir alguna cosa por Dios. Quien padece amando a Dios, dobla la ganancia para el paraíso. San Vicente de Paúl solía decir que el no penar en esta tierra debe reputarse por gran desgracia; y añadía que una congregación o per­sona que no padece y es de todo el mundo aplaudida, está ya al borde del precipicio. Por eso, el día que San Francisco de Asís pasaba sin algún trabajo por Cristo, temía que Dios le hu­biese dejado de su mano. Escribe San Juan Crisóstomo que, cuando el Señor concede a alguno favor de padecer por El, dale mayor gracia que si le concediera el poder resucitar a los muertos, porque, en esto de obrar milagros, el hombre se hace deudor de Dios; mas en el padecer, Dios es quien se hace deudor del hombre; y añadía que el que pasa algún trabajo por Cristo, aunque otro favor no recibiera que el de padecer por Dios, a quien ama, eso sería la mayor correspondencia, y que la gracia que tuvo San Pablo de ser aherro­jado por Cristo la tenía en más que la de haber sido arrebatado al tercer cielo.
La constancia ha de tener obra perfecta [5]; es de­cir, que no hay cosa que más agrade a Dios que el contemplar a un alma que con paciencia e igual­dad de ánimo lleve cuantas cruces le mandare; que esto hace el amor, igualar al amante con el amado. «Todas las llamas del Redentor—decía San Francisco de Sales—son a manera de bocas que nos enseñan cómo hemos de padecer traba­jos por El. Sufrir con constancia por Cristo, he ahí la ciencia de los santos y el medio de santi­ficarnos prestamente». Quien ama a Jesucristo de­sea que le traten como a Él le trataron, pobre, despreciado y humillado. Vio San Juan a los bien aventurados vestidos de ropas blancas y palmas en sus manos [6] La palma es emblema del martirio, si bien no todos los santos sufrieron el martirio. ¿Cómo, pues, todos llevan esas palmas? Responde San Gregorio que todos los santos fueron márti­res, o a manos del verdugo o trabajados por la paciencia; de suerte, añade el Santo, que nosotros sin hierro podemos ser mártires, con tal que nues­tra alma se ejercite en la paciencia.»
En esto estriba el mérito del alma que ama a Jesucristo, en amar el padecimiento. «Esto me dijo el Señor otro día: ¿Piensas, hija, que está el merecer en gozar? No está sino en obrar y en padecer y en amar... Cree, hija, que a quien mi Padre más ama, da mayores trabajos, y a és­tos responde el amor. ¿En qué te lo puedo más mostrar que querer para ti lo que quise para mí? Mira estas llagas, que nunca llegarán aquí tus dolores.» «Pues creer que (Dios) admite a su amistad estrecha gente regalada y sin traba­jos, es disparate.» Y añade Santa Teresa, para consuelo nuestro: «Y aunque haya más tribula­ciones y persecuciones, como se pasen sin ofen­der al Señor, sino holgándose de padecerlo por El, todo es para mayor ganancia.»
Aparecióse cierto día Jesucristo a la Beata Bautista Varanis y le dijo que  «tres eran los favores de mayor precio que El sabía hacer a las almas sus amantes: el primero, no pecar; el segundo, obrar el bien, que es de más subido valor; y el tercero, que es el más cumplido, pa­decer por amor de El». Conforme a esto, decía Santa Teresa de Jesús que, cuando alguien hace por el Señor algún bien, el Señor se lo paga con cualquier trabajo. Por ello, los santos daban en sus contrariedades gracias a Dios. San Luis, rey de Francia, hablando de la esclavitud pa­decida por él en Turquía, decía: «Gózome y doy gracias a Dios, más por la paciencia que entre las prisiones me ha concedido, que si hubiera conquistado toda la tierra». Y Santa Isabel, rei­na de Hungría, cuando, a la muerte de su es­poso, fue expulsada de sus Estados con su hijo, abandonada de todos, entró en una iglesia de franciscanos e hizo cantar en ella un Te Deum en acción de gracias porque así la favorecía Dios, permitiéndola padecer por su amor.
Decía San José de Calasanz que «no sabe ganar a Cristo el que no sabe sufrir por Cristo». Y antes lo había dicho el Apóstol: Porque en­tiendo que los padecimientos del tiempo pre­sente no guardan proporción con la gloria que se ha de manifestar en orden a nosotros [7]. Extra ordinaria ganancia sería padecer todas las pena­lidades sufridas por los santos mártires, duran­te nuestra vida, a trueque de disfrutar, aunque fuera sólo un momento, de la gloria del paraíso; luego, ¿con cuánta mayor razón habremos de abrazarnos con nuestra cruz, sabiendo que los trabajos de esta breve vida nos conquistarán la bienaventuranza eterna? Porque ese momentá­neo, ligero, de nuestra tribulación, nos produce, con exceso incalculable, siempre creciente, un eterno caudal de gloria [8]. San Agapito, jovencillo de pocos años, cuando el tirano le amenazó con abrasarle la cabeza con un yelmo encendido, respondió: «Y ¿qué mayor fortuna podría ser la mía que perder la cabeza para verla corona­da luego en la gloria?» Esto hacía exclamar a San Francisco: «Tan grande es el bien que es­pero, que las penas tórnanseme gozos.» Quien quiera la corona del cielo, fuerza es que pase por tribulaciones y trabajos: Si constantemente sufrimos, también con El reinaremos [9]. No puede darse premio sin mérito, ni mérito sin paciencia. No es coronado si no lucha conforme a la ley [10]. Y al que con más paciencia combatiere, le ha de ca­ber mayor corona.
Fuerte cosa es que, cuando se aventuran los bienes terrenos, procuren sus amadores allegar cuanto más pueden, en tanto que, tratándose de bienes celestiales, se contenten con decir que les basta un rinconcito en el cielo. No hablaron así los santos, sino que en la vida se contentaban con cualquier cosa, y hasta se despojaban de los bienes terrenos, al paso que, tratándose de los celestiales, se esforzaban en allegar cuantos más podían. Y es del caso preguntar: ¿Quiénes es­taban en lo seguro y conducente?
Y, hablando de la vida presente, es cierto que quien con más paciencia sufre, disfruta tam­bién de mayor paz. San Felipe Neri acostum­braba decir que en este mundo no hay pur­gatorio, sino tan sólo cielo o infierno; quien soporta pacientemente los tribulaciones, disfruta ya del cielo, y quien las rehúye, padece ya un infierno anticipado. Sí, porque, como escribe Santa Teresa, quien abraza las cruces que Dios le manda, no las siente. Hallándose San Fran­cisco de Sales, en cierta ocasión, asediado de tribulaciones, dijo: «Desde hace algún tiempo, las adversidades y secretas contradicciones que experimento me proporcionan tan suave y dulce tranquilidad, que no tiene igual, y son presagio de la próxima y estable unión del alma con Dios, la cual en toda verdad es la única ambición y el único anhelo de mi corazón. ¡Cuán cierto es que la paz no puede hallarse donde se vive vida desconcertada, sino donde se vive vida de unión con Dios y con su santísima voluntad! Cierto religioso misionero de Indias, asistiendo a un condenado que se hallaba en el patíbulo, oyóle decir: «Sepa, Padre, que fui de su Or­den; mientras observé fielmente las Reglas, viví contento; mas cuando empecé a relajarme, en el mismo punto sentí pena y trabajo en todo, de tal manera que, abandonando la religión, di rien­da suelta a los vicios, que, por fin, me traje­ron al estado miserable en que me ve. Le digo esto —añadió— para que mi ejemplo pueda ser­vir de escarmiento a otros». El Venerable Luis de la Puente decía que para disfrutar de paz había que tomar las cosas dulces de la vida como amargas, y las amargas, como dulces. Sí, porque lo dulce, aun cuando agrade a los sentidos, deja, sin embargo, un amargo remordimiento de con­ciencia, por la complacencia desordenada que en ello se tiene, al paso que lo amargo, aceptado pacientemente, como venido de la mano de Dios, tórnase suave y querido a las almas que le aman.
Persuadámonos de que en este valle de lá­grimas no es posible que goce verdadera paz de corazón sino quien sobrelleva los padecimien­tos y se abraza gustoso con ellos para agradar a Dios; que tal es la herencia y estado de co rrupción que nos legó el pecado original. La con­dición de los justos en la tierra es padecer aman­do, al paso que la de los santos en el cielo es gozar amando. Cierto día escribió el P. Pablo Séñeri, el joven, a una de sus penitentes, para animarla a padecer, que escribiese a los pies del Crucifijo estas palabras: «Así se ama.» No es tanto el padecer, cuanto la voluntad de pa­decer por amor de Jesucristo, la más cierta señal para ver si un alma le ama. «¿Y qué más ga­nancia —decía Santa Teresa— que tener algún testimonio de que contentamos a Dios?» Pero, ¡ay!, que la mayoría de los hombres desmayan con sólo oír el nombre de cruz, de humillación y de penalidades. Con todo, no faltan almas amantes que cifran todo su contento en pade­cer y andan como inconsolables cuando les fal­tan trabajos. «Sólo mirar a Jesús crucificado —decía cierta persona edificante—me infunde tal amor a la cruz, que se me hace no podría ser feliz sin padecimientos; el amor de Jesucris­to me basta para todo». Este es el consejo que Jesús da a quien lo quiere seguir, tomar la cruz y seguirlo: Tome a cuestas su cruz... y sígame [11]. Pero hay que tomarla y seguirlo, no a la fuer­za y con repugnancia, sino con humildad, pa­ciencia y amor.
¡Qué gusto proporcionan a Dios quienes hu­milde y pacientemente se abrazan con las cru­ces que les envía! Decía San Ignacio de Loyola que no hay leña tan a propósito para encender y conservar el fuego del amor de Dios como el madero de la cruz, es decir, el amarlo en me­dio de los sufrimientos. Cierto día Santa Ger­trudis preguntó al Señor qué sería lo que pudiera ofrecerle más de su agrado, y El le res­pondió: «Hija mía, con lo que más me agrada­rías sería con sufrir pacientemente cuantas tri­bulaciones te presentara». Por eso decía la gran sierva de Dios sor Victoria Angelini que más vale un día clavado en cruz que cien años de ejercicios espirituales. Y el Beato P. Juan de Ávila añadía: «Más vale en las adversidades un gracias a Dios que seis mil gracias de bendicio­nes en la prosperidad». Y, con todo, los hom­bres desconocen el valor del padecer por Dios. Decía la Beata Angela de Foligno que, si co­nociéramos el mérito de padecer por Dios, ro­baríamos las ocasiones del padecimiento. De ahí que Santa María Magdalena de Pazzi, conoce­dora del valor del sufrimiento, deseaba que se prolongase su vida, más bien que ir luego a dis­frutar del cielo; porque en el cielo no se puede padecer, decía.
El alma amante de Dios sólo ansia unírsele por completo, mas para alcanzar unión tan per­fecta, oigamos lo que decía Santa Catalina de Génova: «Para llegar a la unión con Dios, son necesarias adversidades, porque Dios, por medio de ellas, destruye todos los desordena­dos movimientos de nuestra alma y de nuestros sentidos. Y, por esto, injurias, desprecios, enfer­medades, pérdidas de parientes y de amigos, humillaciones, tentaciones y demás contrarieda­des, nos son sumamente necesarias, para que, batallando y de victoria en victoria, lleguemos a extinguir en nosotros las perversas inclinacio­nes y no las sintamos más. Y no basta que ce­sen las adversidades de parecemos desagradables, pues mientras que el amor divino no nos las torne amables, no llegaremos a la divina unión.» De donde resulta que el alma que anhele ser toda de Dios, como escribe San Juan de la Cruz, ha de buscar no el gozo, sino el padecimiento en todas las cosas: «Porque buscarse a sí en Dios es buscar los regalos y recreaciones de Dios; mas buscar a Dios en sí es no sólo querer ca­recer de eso y de es otro por Dios, sino inclinar­se a escoger por Cristo todo lo más desabrido, ahora de Dios, ahora del mundo, y esto es amor de Dios»; y así ha de abrazar ávidamente to­das las mortificaciones voluntarias, y con mayor avidez aún y amor las involuntarias, porque és­tas son más queridas de Dios. Salomón dijo: Mejor es el sufrido que un héroe [12]. Sin duda que agrada a Dios quien se mortifica con ayunos, cilicios y disciplinas, porque mortificándose da pruebas de varonil entereza; pero mucho más agradable es a Dios holgarse en los trabajos y sufrir pacientemente las cruces que El nos man­da. San Francisco de Sales decía: «Las tribula­ciones que nos vienen de la mano de Dios o de los hombres, son siempre más preciosas que las que son hijas de la propia voluntad, porque es ley general que donde menos lugar tiene nues­tra voluntad, más contento hay para Dios y pro­vecho para nuestras almas.» En igual sentido abundaba Santa Teresa: «Y deja casi aniquila­da aquella pena con el gozo que le da ver que le ha puesto el Señor en las manos cosa que en un día podrá ganar más delante de Su Ma­jestad, de mercedes y favores perpetuos, que pu­diera ser ganara él en diez años por trabajos que quisiera tomar por sí»; razón por la cual afirmaba Santa María Magdalena de Pazzi no haber cosa en el mundo, por acerba que fuese, que no la sufriera alegremente, pensando que procede de la divina mano. Y así fue, porque, en los no pequeños trabajos que hubo de sufrir en un lustro, bastábale traer a la memoria ser voluntad de Dios, para recobrar la paz y la tran­quilidad. ¡Ah!, que para conquistar a Dios, ines­timable tesoro, todo es nada o de ningún valor. Del P. Hipólito Durazzo es la siguiente senten cia: «Cueste Dios lo que costare, jamás nos cos­tará muy caro.»
Roguemos, pues, al Señor que nos halle dig­nos de amarlo; que, si le amamos perfectamen­te, todos los bienes terrenos se nos harán humo y lodo, al paso que las ignominias tornaránse en suavísimos deleites. Oigamos lo que dice San Juan Crisóstomo del alma que se entrega com­pletamente a Dios: «Luego que se ha llegado al perfecto amor de Dios, vívese como solo en la tierra y ni se para en glorias o en ignomi­nias: desprécianse tentaciones y trabajos y se pier­de el gusto y apetito de las cosas terrenas. No encontrando ayuda ni reposo en cosas del mun­do, corre el alma sin tregua ni descanso tras del amado sin que haya estorbo que la detenga, por­que ya trabaje, coma, vele, duerma, en cuanto haga o diga, cifra su ideal y afanes en la bús­queda del amado; que en él está su corazón por estar en él su tesoro.»

San Alfonso María de Ligorio, tomado de su libro “Práctica del amor a Jesucristo”, Cap. V.


[1] Nam quos praescivit et praedestinavit conformes fieri imaginis Filii sui (Rom., 8, 29).
[2] Christus passus est pro nobis, vobis relinquens exemplum ut sequamini vestigia eius (I Petr., 2, 21).
[3] Despectum, novissimum virorum, virum dolorum (Is., 8, 3).
[4] Quem enim diligit Dominus castigat; flagellat cautem omnem fílium  quem recipis (Hebr., 12, 6).
[5] Patientia autem opus perfectum habet (Iac, 1, 4).
[6] Amicti stolis albis et palmae in manibus eorum (Apoc, 7, 9).
[7] Non sunt condignae passiones huius temporis ad futuram gloriam quae revelabitux in nobis (Rom., VIII, 18).
[8] Momentaneum et leve tribulationis nostrae, supra modum in sublimitate aeternum glorias pondus operatur in nobis (II Cor., 4, 17).
[9] Si sustinebimus, et conregnabimus (II Tim., 2, 12).
[10] Non coronatur nisi qui legitime certaverit(ib., 5).
[11] Tollat crucem suam... es sequatur me (Lc, 9,23).
[12] Melior est patiens viro forti (Prov., 16, 32).

miércoles, 7 de marzo de 2012

Por qué quiere el Señor que tengamos tentaciones.



Dice el Espíritu Santo en el Deuteronomio (13,3): Os tienta el Señor Dios vuestro para que se vea si lo amáis de veras y de todo vuestro corazón, o no. El bienaventurado San Agustín mueve una cues­tión sobre estas palabras: ¿Cómo dice aquí la sagrada Escritura que Dios nos tienta, y por otra parte dice el apóstol Santiago: Dios no tienta a nadie? Responde, que hay dos maneras de tentar: una para engañar y hacer caer en pecado, y de esta manera no tienta Dios a nadie, sino el demonio, cuyo oficio es ése. Otra manera de tentar hay para probar y tomar experiencia de uno; y de esta mane­ra dice aquí la divina escritura que nos tienta y prueba Dios. Y en el capítulo 22 del Génesis dice: Tentó y probó Dios a Abraham. Nos da el Señor un tiento, y muchos tientos, para que conozcamos nuestras fuerzas, y entendamos qué tanto es lo que amamos y tememos a Dios. Y así dijo luego el mismo Dios a Abraham, cuando echó mano al cuchillo para sacrificar a su hijo: Ahora conocí que amas a Dios, que es, como declara San Agustín: Ahora he hecho que conozcas que temes a Dios. De manera que unas tentaciones nos envía el Señor de su mano, y otras permite que nos vengan por medio del demonio, mundo y carne, nuestros enemigos.
Pero, ¿Cuál es la causa por que permite y quiere el Señor que tengamos tentaciones? San Gregorio, Casiano, y otros tratan muy bien de este punto, y dicen lo primero, que nos es provechoso el ser ten­tados y atribulados, y que alce el Señor algunas veces un poco la mano de nosotros; porque si esto no fuera así, no dijera y pidiera el Profeta a Dios: Señor, no me dejéis ni desamparéis del todo; pero por­que sabía muy bien que algunas veces suele el Señor desamparar a sus siervos, y alzar un poco la mano de ellos para mayor bien y provecho suyo, por eso no pide a Dios que no lo desampare nunca, ni alce jamás la mano de él, sino que no lo desampare del todo. Y en el salmo 24 no pide a Dios que no se aparte de él en ningún tiempo y de ninguna manera, sino que no se aparte de él en ira, que no lo desam­pare tanto que venga a caer en pecado; pero que lo pruebe y le envíe tentaciones y trabajos, antes lo pide en el salmo 25: Pruébame, Señor, y tiéntame. Y por Isaías (53 ,7) dice el mismo Señor: Por un breve instante te abandoné, pero con gran compasión te recogeré. En un arranque de furor te oculté mi rostro por un instante, pero con amor eterno te he compadecido.
Pero veamos en particular qué bienes y provechos son los que se nos siguen de las tentaciones. Casiano dice que se ha Dios con nosotros como se hubo con los hijos de Israel, que no quiso del todo destruir los enemigos de su pueblo, sino dejó en la tierra de promisión aquellas gentes de los cananeos, amorreos y jebuseos, etc. para enseñar y ejercitar a su pueblo, para que no estuviesen con la seguridad ociosos, sino que se hiciesen valientes y hombres de guerra. Así, dice, quiere el Señor que tengamos enemigos, y que seamos combatidos de tentaciones, para que teniendo ejercicio de pelear, no nos haga daño la ociosidad o prosperidad; porque muchas veces a los que el enemigo no pudo vencer con peleas, con seguridad falsa los engañó y derribó.
San Gregorio dice que con alta y secreta providencia quiere el Señor que sean tentados y atribula­dos en esta vida los buenos y escogidos, porque esta vida es un camino, o por mejor decir, un destie­rro por donde andamos caminando y peregrinando, hasta llegar a nuestra patria celestial; y porque sue­len algunos caminantes, cuando ven en el camino algunos prados y florestas, detenerse y apartarse del camino, por eso quiso el Señor que estuviese esta vida llena de trabajos y tentaciones, para que no pongamos nuestro corazón y amor en ella, ni tomemos el destierro por la patria, sino que sus­piremos siempre por ella. San Agustín da la misma razón, y dice que aprovechan las tentaciones y tra­bajos para mostrarnos la miseria de esta vida para que así deseemos más ardientemente aquella vida bienaventurada, y la busquemos con mayor cuidado y fervor. Y en otra parte dice: Porque no ame­mos el establo, y nos olvidemos de aquellos palacios reales para los que fuimos creados. Cuando el ama quiere destetar al niño, y que comience a comer pan, pone acíbar en los pechos; así Dios pone amargura en las cosas de esta vida para que los hombres se aparten de ellas, y no tengan acá qué dese­ar, sino todo su deseo y corazón pongan en el cielo. Y así dice San Gregorio: Los trabajos que nos fatigan y aprietan en esta vida, hacen que acudamos y nos volvamos a Dios.
Bienaventurado el varón que sufre la tentación, pues pasada la prueba recibirá corona de vida. Dice San Bernardo sobre estas palabras: Necesario es que haya tentaciones, porque, como dice el Apóstol, no será coronado sino el que peleare varonilmente; y si no hay tentaciones, ¿quién pele­ará, no habiendo contra quien pelear? Todos los bienes y provechos que la Escritura divina y los Santos nos predican de los trabajos y adversidades, que son innumerables, todos los traen consigo las tentaciones; y uno de ellos y el principal es el que nos dicen las palabras propuestas. Nos las envía el Señor para que tengamos después mayor premio y corona en la gloria. Ese es el camino real del cielo, tentaciones, trabajos y adversidades; y así en el Apocalipsis (7,14) mostrándole a San Juan la gloria grande de los Santos, le dijo uno de aquellos ancianos : Estos son los que vinieron de la gran tribula­ción, y lavaron y blanquearon sus vestiduras en la Sangre del Cordero.
De manera que por sangre y trabajos se entra en el reino de los cielos. Desbástanse, lábrense y púlanse acá las piedras para asentarlas en el templo de aquella Jerusalén celestial; porque allá no se ha de oír golpe ni martillo, y cuanto en mejor y más principal lugar se han de asentar las piedras, tanto más las pican y labran; y así como la piedra de la portada suele ser la más picada y labrada, para que quede más vistosa la entrada, así Cristo Nuestro Señor, porque se hacía nueva puerta del cielo, que hasta Él estuvo cerrada, quiso ser muy golpeado y martillado: y también para que nosotros pecadores tuviésemos vergüenza de entrar por puerta labrada con tantos golpes de tribulaciones y trabajos, sin primero padecer algunos, para quedar labrados y pulidos. Las piedras que se han de echar en el cimiento no se suelen labrar: así los que se han de echar abajo en el profundo del infierno no es menes­ter labrarlos ni martillarlos: estos huélguense aquí en esta vida, y cumplan sus antojos y apetitos, hagan su voluntad; dénse a buena vida, que con eso quedarán pagados.
Pero los que han de ir a reparar aquellas ruinas de los ángeles malos, y llenar aquellas sillas celes­tiales que ellos perdieron por su soberbia, es menester labrarlos con tentaciones y trabajos. Dice San Pablo: Si somos hijos, seremos herederos, y herederos de Dios, y juntamente herederos con Cristo; empero siéndole acá primero compañeros en sus trabajos, para que así lo seamos después en su gloria. Y el Ángel dijo a Tobías: Porque eras acepto a Dios, y te quería bien, por eso te quiso probar con la tentación, para que así tu premio y galardón fuese mayor. Y de Abraham dice el Sabio que lo tentó Dios, y lo halló fiel: y porque lo halló fiel, constante y fuerte en la tentación, luego le ofrece el premio, y le promete con su juramento que había de multiplicar su generación como las estrellas del cielo y como las arenas del mar. Pues para esto nos envía el Señor los trabajos y tentaciones, para dar­nos mayor premio y más rica corona; y así dicen los Santos que es mayor merced la que el Señor nos hace en darnos tentaciones, dándonos juntamente favor para vencerlas, que si del todo nos las quita­se; porque de esa manera careceríamos del premio y gloria que con ellas nos merecemos.
Añade a esta razón San Buenaventura que como nos ama tanto el Señor, no se contenta con que alcancemos la gloria, y gran gloria, sino que quiere que gocemos presto de ella, y que no nos deten­gamos en el purgatorio: y para eso nos envía aquí trabajos y tentaciones, pues es con martillo y fra­gua que se quita el orín y la escoria de nuestra anima, y queda purgada y purificada para poder entrar luego a gozar de Dios. Y no es pequeña merced y beneficio ese, fuera del que se nos hace en con­mutarnos tanta y tan grave pena, como es la que allá habíamos de padecer en lo poco o nada que en su comparación padecemos en esta vida.
Mas, llena está la Sagrada Escritura de que las prosperidades de esta vida apartan el alma de Dios, y las adversidades y los trabajos son ocasión de atraerla al mismo Dios. ¿Quién hizo al cope­ra de Faraón olvidarse tan presto de su intérprete José, sino la prosperidad? ¿Quién hizo ensoberbe­cer al rey Ozías, teniendo tan buenos principios, sino la prosperidad? ¿Quién desvaneció a Nabucodonosor, quién a Salomón, quién a David, para contar al pueblo? Y los hijos de Israel, cuan­do se vieron muy pujantes con los favores y mercedes grandes que el Señor les había hecho, entonces se empeoraron, y se olvidaron más de Dios: Y por el contrario, dice el Profeta que con los trabajos se volvían a Dios. Vuelto en bestia Nabucodonosor, ahora fuese en realidad de verdad, ahora en su ima­ginación, entonces conoce a Dios. ¿Cuánto mejor le fue a David en la persecución de Saúl, que con la prosperidad y paseo del corredor? Y así, como bien acuchillado, dice después: ¡Oh, qué bueno ha sido, Señor, para mí el haberme humillado y atribulado! ¡Cuántos han sanado de esa manera, que de otra se perdieran! Cuando punza la espina de la tribulación y tentación, entonces entra uno den­tro de sí, y se convierte y vuelve a Dios. Aun allá dicen que el loco por la pena es cuerdo; y es sen­tencia del Espíritu Santo por Isaías: solo al castigo da oídos el corazón. Y más claramente por el Sabio: La enfermedad grave, los trabajos y adversidades hacen asesar. Anda uno con la prosperidad libre, como novillo por domar, le echa Dios el yugo de la tribulación y de la tentación para que asien­te: con el lodo dio Cristo nuestro Redentor vista al ciego.
Pues para eso envía el Señor las tentaciones, que son de los mayores trabajos, y que más sienten los hombres espirituales. Porque esos otros corporales, de sucesos de hacienda, enfermedades y cosas semejantes, para los siervos de Dios que tratan de espíritu son cosa muy somera, y que cae muy por de fuera; porque todo eso no toca más que al cuerpo, y así no hacen mucho caso de ello. Pero cuan­do el trabajo es interior y llega al alma, como la tentación que les quiere apartar de Dios, y parece que los pone en ese peligro y contingencia; esto es lo que se siente mucho, y lo que les hace dar el grito tan grande como le daba el apóstol San Pablo, cuando sentía esta guerra y contradicción de la carne, que quería llevar tras si al espíritu: ¡Ay miserable de mí! que me lleva tras de sí lo malo, y lo bueno que deseo no lo acabo de poner por obra; ¿quién me librará de este cautiverio y servidumbre? ¡La Gracia de Dios por Jesucristo Nuestro Señor!

R. P. Alonso Rodríguez, S. J. “Ejercicio de Perfección y Virtudes Cristianas”, p.2ª, t.4°, c.3°y 4°.