jueves, 15 de marzo de 2012

El mayor enemigo de la ideología de género es la Iglesia.




Reportaje al P. Claudio Sanahuja.

El único enemigo de esta ideología de género es la Iglesia, que afirma con rotundidad verdades que se contraponen a la nueva ideología y una nueva ética sin principios ni valores inmanentes e inmutables. Por eso la ética judeocristiana es incompatible con los nuevos paradigmas del NOM y la declaración de Benedicto XVI de los principios no negociables es todo un desafío para los grupos de presión feministas, homosexuales y abortistas. ¿El lobby más peligroso? “El lobby gay que actúa dentro de la Iglesia”.

El Gobierno español se vende a sí mismo como puntero en matrimonio homosexual, aborto y Alianza de Civilizaciones. ¿Se puede afirmar que España se ha convertido en la punta de la lanza del Nuevo Orden Mundial?
– Eso son temas geopolíticos que estaban en el ámbito internacional antes de Zapatero. Pero no es lo mismo una ONG o una indicación política de un organismo internacional que una sugerencia política de España que no se la ve como los centros de poder anglosajón.

Se la ve como la madre patria.
– Bueno, ése es un concepto un poco pasado de moda, pero sí como un país amigo y afín. Y se plantean que si España lo hace, ¿por qué nosotros no?

La ONU ha estado impulsando las políticas abortistas, feministas y rosas. ¿Qué cree que es mejor, tratar de mejorarla o de anularla?
– Tenemos que participar porque no se pueden dejar ámbitos sin tratar de influir en ellos aunque hayan sido creados por el enemigo. Eso sí, cuidando de no ser cómplices.

¿Por ejemplo?
– Dando el consenso a algo que parece inofensivo, pero que tiene un trasfondo y un mensaje retorcido. Los famosos eufemismos.

¿Por qué la presión para sacar a la Santa Sede de Naciones Unidas?
– Porque complica el panorama de los países que quieren imponer determinadas políticas. Ante la anticoncepción, aborto, perversión de derechos humanos, la Santa Sede es un escollo.

Vayamos al aborto. Hay quien considera que el término “salud sexual y reproductiva” sería un término rescatable, aunque siempre se haya utilizado eufemísticamente como sinónimo de aborto.
– Nunca se pudo dar un buen sentido a la salud reproductiva. Nació como eufemismo de anticoncepción e incluso de aborto químico. La sexual vino después, y tampoco se le pudo dar nunca un buen sentido. Además, este año Hillary Clinton, en la reunión del G-8 en Canadá, dijo claramente que salud sexual y reproductiva incluye el aborto.

¿Se puede decir que el derecho al aborto ya existe en documentos oficiales?
– En las recomendaciones y en las observaciones generales de los tratados de derechos humanos. Por ejemplo, la recomendación general 24/25 del Comité del Tratado de Eliminación de Toda Forma de Discriminación contra la Mujer. Ahí aparece el aborto como un derecho.

¿Es una interpretación vinculante?
– Claro, porque se trata del comité que provee a los países signatarios de la llamada interpretación auténtica del texto de la convención.

Vayamos a los nuevos derechos, los llamados derechos de segunda o tercera generación. Es el intento de la progresía de colar su ideología, pero ¿no hay nada salvable?
– Mire: dentro de los ocho Objetivos del Milenio para el Desarrollo, hay dos que hacen referencia al género y a la salud sexual y reproductiva, claramente antivida. Pero los otros seis, también, porque se interpretan todos en clave feminista, abortista o de cultura de la muerte.

¿Por qué todas las compañías han comprado los Objetivos del Milenio?
– Las menos por complicidad; la mayoría porque es políticamente correcto, lo que manda la moda.

¿Cree que las teorías de género son la última rebelión contra Dios?
– Depende de a quién se lo atribuyamos. En ámbitos de Naciones Unidas hay una abierta rebelión contra Dios. Pero para la mayoría es algo que marca los tiempos.

Sí, pero ésos no son los que marcan la agenda.
– No. Para los que marcan la agenda, la destrucción de la Iglesia Católica es un imperativo porque es el único freno.

Cambiemos de tercio. ¿Cree que la nueva religión mundial pretende sustituir el decálogo por un nuevo paradigma ético?
– Sí. Una religión de subjetivismo, de relativismo, que combate cualquier tipo de verdad no negociable. Y están infiltrando las religiones. También la Iglesia Católica.

Terminemos con el futuro. ¿Qué es lo que nos viene?
– Una persecución a la Iglesia Católica o a los restos de quienes permanezcan fieles a la doctrina de la Iglesia. Para el Nuevo Orden, la desaparición de la Iglesia Católica es un imperativo.

¿Cree que la Iglesia está preparada para esa batalla?
– Humanamente creo que una gran parte de la Iglesia no está preparada para esa batalla. Pero la Iglesia es antes que nada Esposa de Cristo y una realidad sobrenatural. Por eso el número de fieles o de jerarcas preparados para la batalla importa poco. Lo que sí sabemos es que a la larga vamos a ganar porque el triunfo está prometido. 

Visto en Libertady religión.

Algunas conferencias que hemos publicado del autor, pueden descargarse de éste enlace: Confrencias sobre el tema aborto.

Aborto: El horror de lo banal.



“El aborto no es un infanticidio, es un crimen metafísico”. J. P. Sartre.

Cuando uno se ha criado en el convencimiento de que ante el milagro de la procreación -donde Dios directamente infunde el alma- el mundo entero debería arrodillarse, claro que resulta horriblemente inexplicable este celo criminal por acabar con la vida de un niño. Más chocante aún resultan las excusas y eufemismos que promueven este infanticidio, hoy políticamente correcto.
Es mi intención el mostrar cuál es el nivel de las ideas y el fuste de los hombres que lo cometieron, avisando que el proceso de descenso a las razones y argumentos que se usan para la ejecución es de alguna manera tan vulgar, que ameritaría otro acápite para indagar en la oscura psicología del drama. De ese desbalance entre la bajeza y la nimiedad de las razones y la enormidad del crimen; volviendo, por qué no, a aquella parecida historia que fundó la civilización, paradojalmente tramada por la simiesca desfachatez de la pretensión deicida. Siempre reiterada por parecidos personajes.
El asunto debía enfrentar y resistir al más simple silogismo y llegar a la lisa desempolvando teorías condenadas por cualquiera que tenga dos dedos de frente y medio dedo de caridad. Teorías que no se pensaron, sino que se fueron recogiendo por el camino de la persecución, como se recogen los guijarros para lapidar a alguien.
El silogismo al que me refiero se forma así: La vida del hombre inocente es inviolable, el embrión es un hombre inocente, por consiguiente su vida es inviolable.
La certeza parte de varias ciencias: de la ciencia biológica surge irrebatible que el embrión es un hombre -individuo humano- (siempre algún necio lo niega) y su integridad se consagra hasta en la Constitución Nacional (es decir que ningún Juez puede dejar de tenerlo en cuenta). Igualmente surge de la ciencia moral y la jurídica que el inocente no debe sufrir pena y que la privación de la vida en forma violenta y provocada es una pena; las excepciones en el derecho penal son para morigerar la Ley y no para endurecer sus efectos. Por último cabe a la filosofía el definir lo que es un hombre, y allá iremos en su momento.
Frente a esta contundencia, se esgrime una supuesta excepción por vía de la ley positiva, excepción que deroga la biología, la ética, la filosofía, la teología, la lógica jurídica y aún la misma escala legal positiva. Es decir que primariamente se acepta el silogismo -porque no queda otra- y luego se busca una excepción que pasa por establecer un caso en que sea justificable que un inocente sea condenado a morir, fundado en otro valor superior a su vida.
Se llama “Teoría del Contrapeso de los Valores” y encontró años atrás su formulación sistemática en un jesuita católico modernista y en el Metodismo norteamericano; advirtiendo los mencionados que la excepción puede encontrar justificación para el aborto en dos casos:

a) cede el bien individual frente al bien de muchos, y aunque repugna el estado de inocencia, se resuelve en casos de “fuerza mayor” como “el exceso de población” (China - Malthus), “la pureza de la raza” etc.

b) se encuentra un argumento para el mayor valor de una vida frente a otra vida; en general se argumenta que entre la madre y el hijo, entre el adulto y el niño, entre lo desarrollado y lo que está por desarrollarse, no hay igualdad de valor, sino que predomina el primero. El elemento que diferencia es la prioridad en la existencia y el mayor desarrollo. Es decir que establecemos una métrica cuantitativa para el valor de las personas, error común en la ideología biologista de distintos signos. Un fallo del Tribunal de Luneville de 1937, coincidiendo con nuestra Corte actual en la aplicación del aborto eugenésico, entiende excusable el aborto de un feto hebreo.

Por supuesto que todas estas teorías parten de una errónea concepción del hombre desde el punto de vista filosófico, de un idealismo y un existencialismo que niega las esencias y por tanto no repara en la igualdad esencial de madre e hijo y toma su prioridad existencial como valor de medida. Perdido igualmente el razonamiento de la dependencia de la criatura con respecto a un Creador (razonamiento todavía filosófico y no religioso) perdemos a la par la clara idea de la independencia esencial de una criatura con respecto a otra y establecemos una dependencia solamente humana que deriva en el abuso.
Se entiende ahora aquello de que sólo perteneciendo a Dios es imposible ser esclavizado. Si mi “título” axiológico no es la Idea Divina, quedo a merced de los hombres. En el fondo y sin saberlo concientemente -pero resultando bastante congruente con la dinámica llevada en el caso- los argumentos pro-aborto fueron levantados en los senderos de las llamadas ideologías materialistas totalitarias, que subyacen latentes en el tolerante hombre moderno esperando el “día de furia” que vendrá por la insatisfacción de los deseos ampliamente prometidos en la publicidad.
No vayan a creer ni por un minuto que la discusión adquiere hoy este mínimo nivel (ni siquiera alguna profundidad existencial que muestra nuestro epígrafe, que no es precisamente de un Padre de la Iglesia). Aquí las consideraciones pro abortistas no pasan del derecho positivo engañosamente interpretado al crepitar de la vanidad, del efecto publicitario, del miedo, del resentimiento moral y religioso, de la ambición y de la soberbia.
Salvo excepciones, cuando se retoma el sentido común del silogismo antes enunciado, y la hombría de bien, el asunto mantiene la llaneza de la consabida ignorancia filosófica e indigencia de formación humanista de los magistrados.
En general la doctrina prevalente para justificar el aborto choca contra los datos más seguros de la ciencia biológica, de la ciencia médica, del ordenamiento jurídico, de la lógica, de la ética y de la filosofía (ni hablar de la Teología). La muerte del inocente está ordenada desde el punto más ilícito y grosero de todos, desde el preferir una vida no porque es más que la otra (criterio de valor) sino simplemente por una razón de bienestar, de salud y aún peor… por la simple voluntad de la mujer. Con lo que llegamos a la “raíz filosófica” del drama: el feminismo, lugar común de la banalización de la inteligencia.
Es en el altar de esta cortedad intelectual que se inmolan inocentes; altar ante el cual queman incienso la mayoría de miembros de la intelligentzia oficial, y hasta resignan su posición -respetuosos y sibilinos- ciertos mitrados.
Este tema de conversación de comadres en la peluquería, entra a la historia provincial de la mano del sacrificio humano logrado en su nombre.

El feminismo es por fin algo serio porque puede matar.

Nota: Lo que está marcado en “negritas” es mío. La Imagen: también. Bueno: en realidad es, de, y para todos.

Dardo Juan Calderón, visto en Argentinidad.org.

“Todo esto te daré si postrado me adorares”. Sermón del P. Leonardo Castellani.



La tentación de la humanidad hoy es realizar un reino sin Dios, sin Jesucristo. Es la ciudad del hombre contrapuesta a la ciudad de Dios, excomulgando de su seno todo vestigio de orden cristiano. Reino totalmente contrapuesto a lo fue, en otros tiempos, la cristiandad de la Edad Media, época dónde reinaba el Evangelio, al decir del Papa León XIII. Como siempre, Castellani con su actualidad, a pesar del pasar del tiempo.

Domingo Primero de Cuaresma (II).

De las Tentaciones de Cristo hay mucho que hablar; pero sea­mos breves y notemos tres puntos principales: el Tentador, el Tentado y nosotros.
El espíritu maligno no sabía seguro si Cristo era el Mesías, ni mucho menos si era Dios o no. Parece increíble, con el talento que tiene el dia­blo, y conociendo las profecías mesiánicas mejor que cualquier rabino, que no sacara la conclusión que tantos hombres sacaron. Pero es así, basta leer los Evangelios; además San Pablo dice expresamente que el diablo no hubiera crucificado -por medio de los judíos- a Cristo, si hubiese sabido que era el Hijo de Dios (I Cor II, 8).
Que un Dios se haga hombre es un Misterio Absoluto; es como si dijé­ramos un Absurdo: no cabe en ninguna cabeza creada. Eso no se puede conocer y saber si no es mediante un acto de fe sobrenatural, un acto que es imposible sin la gracia de Dios; la cual el diablo no tiene. La cien­cia no basta para alcanzar la fe; es necesaria también la buena voluntad, de que el diablo carece.
Por eso el fin del Tentador fue, como aparece claramente, no sólo hacer pecar a Cristo sino también sacarse él esa duda; lo cual no consiguió: “Si eres Hijo de Dios, haz que estas piedras se conviertan en pan”. Pero hay que reconocerle al diablo que su atrevimiento es infinito: es un sin­vergüenza, porque no tiene ya nada que perder. ¡Sospechando que Cris­to era una persona divina, haberlo sin embargo agarrado y llevado al Campanario! “¡Qué miedo tendría el maldito -dice Santa Teresa- mien­tras iba volando!”... Pero en realidad no sabemos si fue volando.
El diablo tiene un poder grandísimo -eso muestra este evangelio- y por otra parte es un poder vano, porque se puede vencer “de palabra”, con la palabra Dios.
Gran encomio de la Escritura Sagrada hay en este evangelio: Cristo vence las Tres Tentaciones con el arma de la Escritura. Pero el poder del diablo es tremendo en los que están desarmados. Cuando le dijo a Cris­to: “Todo esto es mío y a quien yo quiera se lo doy”, mostrándole los Reinos de la Tierra -en la política se puede decir que el diablo no tiene rival- Cristo no le respondió: “¡Mentiroso! Todo esto es de Dios, no tu­yo”; no se metió a discutir con él, porque en algún sentido todo eso es, en efecto, del diantre; en el sentido de que hoy día, por nuestros peca­dos, él mangonea todo. Él es el Fuerte Armado, es la Potencia de las Ti­nieblas, es el Príncipe de este Mundo, como lo designó Cristo en otros lugares. Es probable que Satán de nacimiento haya sido el Arcángel que estaba predestinado al manejo y control del mundo material; o por lo menos, de este planeta; y por haber pecado, no perdió ese poder conna­tural para con el pobre “planeta mudo”[1]. Pero todo poder de Dios es.
Eso que llamaban nuestros mayores “vender el alma al diablo” es posible: es la operación que se propuso a Cristo en la Tercera Tentación. Cuando en este mundo a un malvado le va bien incesantemente, se trata un demoníaco; a los inicuos comunes, la moral los castiga a corto plazo. Si Dios no se lo impide, el diablo puede hacer cosas rarísimas con los hombres; y eso yo lo sé por los libros; pero si yo dijera que lo sé sola­mente por los libros, mentiría.
¿Por qué tentó a Cristo con esas cosas raras? Con la Bobobrígida o algunas de las otras animalitas de Dios que nos hacen el honor de diver­tir a la plebe porteña; con la llave del Banco Central; o con las urnas lle­nas de votos en el Congreso, yo lo tiento a cualquiera. Pero ¿con pie­dras, con vuelos sin motor, con promesas fantásticas de imperios uni­versales?...
El diablo sabía que Cristo era un varón religioso -lo había visto pre­pararse para su misión religiosa con el ayuno de Moisés, lo había visto arder como una gran fogata en oración continua-; y lo tentó como a un hombre religioso: en el plano religioso, no en el plano carnal. Una nota del Evangelio traducido por Straubinger dice: “la primera fue una tenta­ción de sensualidad”... Es un error. Las tres fueron tentaciones de sober­bia. El diablo tienta de soberbia, no de sensualidad, a los que hacen Cua­resmas tan rigurosas como Cristo.
El diablo es la mona de Dios, puesto que querer ser como Dios fue su caída y es su constante manía. El diablo tienta prometiendo o dando las cosas de Dios: lo mismo que Dios nos ha de dar si tenemos espero y fidelidad: Cristo podía procurarse pan con esperar un poco –“y los án­geles se lo sirvieron”- sin necesidad de un milagro. El diablo nos empuja, nos precipita, es la espuela del mundo: nos invita a anticipar, a desflorar, a llegar antes. A los primeros hombres les dijo: “Seréis como dioses” que es efectivamente lo que Dios se propuso hacer y hace, por medio de la adopción divina (la gracia elevante) y la visión beatífica, con el hom­bre. “Entonces seremos como Él, porque le veremos como Él es”, dice San Juan. Eva pecó porque codició una anticipación de la visión divina. No podemos ser tentados sino de acuerdo a nuestro natural.
Así pues a Jesús lo tentó de acuerdo a su natural con lo mismo que Él había de lograr un día: Cristo había de convertir las piedras de la gen­tilidad en el pan de su Cuerpo Místico, conforme a aquello: “Creéis vo­sotros que de estas piedras no puedo yo sacar hijos de Abraham?” Cris­to había de volar visiblemente a los cielos delante de sus apóstoles y unos quinientos discípulos. Finalmente, Cristo algún día ha de ser Rey Universal del mundo entero, como lo es desde ya en derecho y esperanza.
El diablo está hoy día tentando a la Humanidad con un Reino Uni­versal obtenido sin Cristo con las solas fuerzas del hombre. Todo ese gran movimiento del mundo de hoy (la ONU, la UNESCO, la Unión de las Iglesias Protestantes, los Grandes Imperialismos, las promesas de “mil años de paz” por parte de los Conductores) representa esa aspiración irrestrañable de la Humanidad al Milenio, a su unidad natural y pacífica, a su integración como Género Humano.
Es inútil oponerse a esa aspiración actualísima -se equivocan los ul­tra-nacionalistas- porque es un anhelo que está en las entrañas de la evo­lución histórica del mundo, como que es una promesa divina. Pero el diablo quiere llegar antes. Los cristianos sabemos que esto vendrá, pero que sólo puede venir con y por Cristo; y que esta manera como se está haciendo ahora, no podemos aceptarla, porque es la vasta preparación del Anticristo. “Si esto es servir a la patria, a mí no me gusta el cómo”. De manera que aparecemos como impotentes por un lado; como atra­sados y reaccionarios por otro. Paciencia.
La Iglesia hoy día aparece en plena crisis; no puede conseguir la paz de los pueblos, la necesidad más urgente del mundo, está confusionada dentro de sí misma; no hace más que tomar medidas y actitudes aparente­mente negativas: Syllabus, Juramento antimodernístico, prohibo esto, prohibo lo otro. No está a la cabeza de la “civilización” como en otros tiempos, no hace más que tirar hacia atrás: es que la “civilización” ha en­trado por un mal camino; por el de la Torre de Babel. Camino satánico.
“Todo esto es mío y lo doy a quien yo quiero; todo esto te daré si ca­yendo a mis pies me adorares”.
Un hombre algún día aceptará este trato. No sé qué día. Un amigo mío que se las echa de profeta dice que ese hombre nacerá en 1963 y será Emperador en 1996. Yo creo que ni él ni yo lo sabemos. Yo al menos no lo sé.
No es necesario saber mucho griego ni latín para predecir que la Igle­sia será tentada, si Cristo fue tentado; y lo será con las mismas tentaciones de Cristo.
Podríamos decir quizá que en la Edad Media fue la primera, en el Re­nacimiento la segunda y ahora la tercera tentación. Así para entendernos; aunque las tres funcionan juntas, mirándolo bien.
La primera tentación es ésta: por medio de lo religioso procurarse cosas materiales -como si dijéramos cambiar milagros por pan- la cual puede llegar a un extremo que se llama simonía, o venta de lo sagrado. Pero los curas también tienen que comer y la Iglesia necesita bienes. Yo no niego que la Iglesia necesita bienes, lo que yo sé es que hay una rayita finita, pasada la cual los “bienes” se convierten en males. De modo que el efecto más bien viene a ser tomar el pan y convertirlo en piedra; mila­gro al revés; como por ejemplo hacer grandes templos de piedra donde falta el pan de la palabra divina, “de la cual, como del pan, vive el hombre”, contestó Cristo a Satán.
La segunda tentación es por medio de la religión procurarse prestigio, poder, pomposidades y “la gloria que dan los hombres”. Y también es verdad que la Iglesia necesita buen nombre, porque una de las notas dis­tintivas de la verdadera religión es que sea santa. Y así uno de los prin­cipales argumentos de San Agustín contra los herejes y paganos eran las plano; y la corrupción de lo mejor, es la peor. Hablando de Savonarola, el cardenal Newman dijo: “La Iglesia no puede ser reformada por la de­sobediencia...”, y su interlocutor le contestó: “Mucho menos por la crueldad, mi caro Cardenal”. El Asceta puede ser tentado de dureza de corazón, de inhumanidad, de crueldad. “Mi hija se ha vuelto cruel como el avestruz”, dice Dios por el Profeta.
Ésta es la última tentación, de la cual Dios me libre y guarde; y sobre todo, que Dios libre y guarde a los otros. Como dijo el jachalero Ramón Ibarra cuando se peleó a cuchillo con Dionisio Mendoza y lo querían sujetar: “¡Asujetelón! ¡Asujetelón! ¡Asujetelón al otro! ¡Que yo, mal que bien, me asujeto solo!”.

R.P. Leonardo Castellani, tomado de su obra “El Evangelio de Jesucristo”.


[1] Alude a la novela teológica de C. S. Lewis, Out of the silentplanet.

Una introducción a la “Studiorum Ducem”.



Selección de frases de la encíclica de Pío XI sobre Santo Tomás.

En ocasión de la fiesta de Santo Tomás de Aquino, publicamos el 7 de marzo de 2012 un conjunto de textos que exaltaban la figura del Doctor Angélico. Buscando, a fin de vincular a esta nota, la encíclica Studiorum Ducem, que se publicó en 1923 para el 6° centenario de su canonización, caímos en la cuenta de que no estaba en Internet en castellano. Ni siquiera en la web del Vaticano.
De modo que nos propusimos ponerla a disposición de los lectores de Panorama. Asimismo, al repasar el texto, hemos querido destacar algunas frases que nos parece contribuyen a que el lector tenga una idea de la magnitud e importancia de la figura de Santo Tomás y su doctrina en el Magisterio de la Iglesia, de lo cual hemos debatido recientemente en este portal.
Por eso ofrecemos a quienes deseen y a modo de propedéutica, esta selección de textos, no sin recomendar la lectura del documento completo en el que el Papa Ratti confirmó y elevó más aún, si fuese posible, la importancia del método filosófico y teológico de Santo Tomás, el cual fue exaltado por la Iglesia al punto que durante las sesiones del Concilio de Trento, en el altar del salón donde debatían los padre conciliares, se desplegaban en un lado las Sagradas Escrituras, y en otro la Summa Theologica de Santo Tomás.

Frases destacadas de la Studiorum ducem.

Puesto que la verdadera  ciencia y la piedad, que de todas las virtudes es compañera, están unidas  admirablemente entre sí, y siendo Dios la misma verdad y bondad, no bastaría  ciertamente para obtener la gloria de Dios y la salvación de las almas, fin principal  y propio de la Iglesia,  que los sagrados ministros estuviesen bien instruidos en el conocimiento de las  cosas, si no estuvieran también dotados en abundancia de las correspondientes  virtudes.

Todas las virtudes morales  fueron poseídas por SANTO TOMÁS en altísimo grado, y totalmente asociadas y  entrelazadas que, como él mismo expresa, se unieron “en la caridad, la cual  da la forma a los actos de todas virtudes”

“Por la sabiduría adquirida mediante  el estudio humano se alcanza el recto juicio de tas cosas divinas, según el uso  perfecto de la razón. Pero hay otra que desciende de lo alto y que juzga de las  cosas divinas por una cierta connaturalidad con ellas; y ésta es un don del  Espíritu Santo, por el cual el hombre se hace perfecto en las cosas divinas, y  no sólo las aprende, sino que las siente además en sí mismo”.

Y así  como el “efecto propio de la caridad es que el hombre tienda a Dios uniendo a  El sus afectos, para que viva, no ya para sí, sino para Dios mismo”(14), vemos cómo en TOMÁS el amor  divino, juntamente con aquella doble sabiduría, aumentó sin cesar, hasta  producir en él el olvido perfecto de sí mismo; tal que, habiéndole dicho Jesús  Crucificado: Tomás, has escrito bien de Mí, y habiéndole preguntado: ¿Qué  premio deseas por tu obra?, él respondió: A Ti solo, Señor.

Juna XXII pareció querer canonizar a un mismo tiempo sus virtudes y su  doctrina, al pronunciar, hablando a los Cardenales en Consistorio, aquella  memorable sentencia “Iluminó la   Iglesia de Dios más que ningún otro doctor: y saca más provecho  el que estudia un año solamente en sus libros que el que sigue en todo el curso  de su vida las enseñanzas de los otros”.

Por lo demás, ¿qué hecho demuestra  más claramente la estima en que la   Iglesia ha tenido siempre a tan gran doctor, que el haber  sido puestos sobre el altar por los padres tridentinos sólo dos volúmenes, la Escritura .y la Suma Teológica,  para inspirarse ellos en sus deliberaciones?

Siguió sus huellas Pío X, de santa memoria, especialmente  en el Motu proprio “Doctoris Angelici”, donde encontramos esta hermosa  sentencia: “Después de la feliz muerte del Santo Doctor, no se tuvo en la Iglesia Concilio  alguno donde él no estuviese presente con su preciosa doctrina”.

Y Nos, al hacernos eco de  este coro de alabanzas, tributadas a aquel sublime ingenio, aprobarnos no sólo  que sea llamado Angélico, sino también que se le dé el nombre de Doctor Común o  Universal, puesto que la   Iglesia ha hecho suya la doctrina de él, como se confirma con  muchísimos documentos.

Es doctrina firmísima de  nuestro Santo aquella que se refiere al valor de la inteligencia humana. “Nuestro  entendimiento conoce naturalmente el SER y las cosas que pertenecen  al SER en cuanto tal y sobre este conocimiento se funda la noción de los primeros principios”. Doctrina que destruye radicalmente las opiniones  de aquellos filósofos recientes que niegan al entendimiento la percepción del SER,  dejándole sólo la de las impresiones subjetivas: errores de los cuales se sigue  el agnosticismo, tan vigorosamente reprobado en la Encíclica ‘Pascendi”

Los argumentos con los  cuales SANTO TOMÁS demuestra la existencia de Dios, y que El solamente es el  mismo SER subsistente, son todavía hoy, como en la Edad Media, las pruebas  más válidas; clara confirmación del dogma de la Iglesia, proclamado en el  Concilio Vaticano e interpretado egregiamente por Pío X con estas palabras: “Dios,  como principio y fin de todas las cosas, puede reconocerse y demostrarse con  certeza por medio de la luz natural de la razón, por las cosas creadas, o sea  por las obras visibles de la creación, como por los efectos conocemos  ciertamente las causas”). Y su metafísica, aunque muchas veces y aun ahora  acerbamente impugnada, mantiene todavía su fuerza todo su esplendor, como el  oro que ningún ácido puede alterar; y añade con razón el mismo predecesor  Nuestro: “No puede alejarse uno de Tomás, especialmente en la metafísica, sin  grave daño”.
Ante todo estableció sobre  propios y genuinos fundamentos la apologética, al definir bien la distinción  que existe entre las cosas (la razón y las cosas de fe, entre el orden natural  y el sobrenatural). Y por esto el sacrosanto Concilio Vaticano, cuando  definió que algunas verdades religiosas pueden conocerse naturalmente, pero que  para conocerlas todas y sin error se necesitó por necesidad moral que fuesen  reveladas, y que para conocer los misterios fue absolutamente necesaria la  divina revelación, se sirvió de los argumentos tratados, no por otros, sino por  SANTO TOMÁS, el cual estableció que el que se dedica a la defensa de la  doctrina cristiana debe mantener firme este principio: “Asentir a las verdades de la fe no es ligereza, aunque sean superiores a la razón”.

Así, en la segunda parte de la Suma Teológicason excelentes las cosas que enseña con relación al régimen paterno (o sea  doméstico), al régimen legal del Estado y de la nación, al derecho natural yal derecho de gentes, a la  paz, a la guerra, a la justicia y al dominio, a las leyes y su observancia, al  deber de atender a las necesidades privadas y a la prosperidad pública; y todo  esto, tanto en el orden natural como sobrenatural. Preceptos que si fuesen  inviolados y exactamente observados en privado y en público, y en las mutuas  relaciones entre las naciones, no haría falta más para obtener entre los hombres  la paz de Cristo en el reino de Cristo, que todo el inundo ansía. Por esto es muy de desear que  se conozcan cada vez mejor las doctrinas del Santo referentes al derecho de  gentes y a las leyes que establecen las relaciones entre los pueblos, puesto que  contienen los verdaderos fundamentos de la que se llama Sociedad de las  Naciones.

La Iglesia Católica en todas  partes del mundo y entre todas las gentes se sirve y se servirá siempre con  todo celo en los ritos sagrados de los cantos de SANTO TOMÁS, que exhalan el  fervor sumo del alma suplicante y contienen al mismo tiempo la expresión más  exacta de la doctrina tradicional respecto al augusto Sacramento, que  principalmente se llama Misterio de fe.

Aprendan  también (los jóvenes) de tal maestro a huir con todo esfuerzo de los halagos de  los sentidos, para no tener que contemplar después la sabiduría con ojos  entenebrecidos. Porque esto lo enseñó él en su vida con su ejemplo y lo  confirmó con su magisterio: “Si alguno se abstiene (le los deleites corporales  para atender más libremente a la contemplación de la verdad, esto pertenece a  la rectitud de la razón”(47). Por ello nos advierte la Sagrada Escritura: “En el alma malévola no entrará la sabiduría, ni habitará en un cuerpo  vendido al pecado”(48). Por  lo tanto, si la pureza de TOMÁS en el peligro extremo a que se vio expuesta,  hubiese sido menoscabada, podemos pensar que la Iglesia hubiera perdido su  Doctor Angélico.

Para evitar los errores, que  son la causa primera de las miserias de nuestros tiempos, es preciso permanecer  fieles, hoy más que nunca, a las doctrinas de SANTO TOMÁS. Las varias opiniones y teorías de los modernistas las confunde él  victoriosamente, tanto en la filosofía, defendiendo, como hemos visto, el valor  y la fuerza de la inteligencia humana, y probando con firmísimos argumentos la  existencia de Dios, como en la teología, distinguiendo bien el orden natural  del sobrenatural e ilustrando las razones de la fe en todos los dogmas, y  mostrando que las cosas creídas con la fe no se apoyan sobre una opinión, sino  sobre la verdad y son inmutables (…) Y contra esta emancipación de Dios, hoy  tan decantada, afirma los derechos de la verdad primera y de la autoridad que tiene sobre nosotros Dios,  Señor Supremo. De aquí se verá porqué  los modernistas no temen a ningún otro Doctor de la Iglesia tanto como a TOMÁS  DE AQUINO.

Entre los cultivadores de  las doctrinas de SANTO TOMÁS, cual deben ser todos los hijos de la Iglesia que se dedican a  los buenos estudios, Nos queremos realmente que en los límites de una justa  libertad haya aquella hermosa emulación que hace prosperar estos buenos  estudios; pero deseamos que se evite con todo empeño la aspereza de la  detracción que perjudica a la verdad y no sirve para otra cosa sino para  relajar los vínculos de la caridad.

miércoles, 14 de marzo de 2012

La Fe de siempre.

“No aceptamos ninguna fe nueva de las que otros nos prescriben ni tenemos la osadía de transmitir como doctrina los productos de nuestras propias reflexiones o de transformar las palabras humanas. Al igual que los Santos Padres nos instruyeron a nosotros, nosotros instruimos a aquellos que nos interrogan”.
San Basilio el Grande, Epístola 140, 2 Ad Eccl. Ant.

El aborto es agresión, no una ayuda a la mujer.


A continuación, publicamos la solicitada que emitió Frente Joven con respecto al pronunciamiento de la suprema corte de justicia a favor del aborto no punible.
Con sentido común y argumentos de orden natural, la agrupación juvenil, ha dado en la tecla en cuanto a los argumentos sofísticos que han encabezado las decisiones de la corte de injusticia, como deberíamos llamarla. No se puede quitar un mal agregando otro.
Chesterton decía que quitado lo sobrenatural queda lo antinatural, y eso es lo que ocurre en una corte donde lo que impera es la voluntad de los hombres sin miramientos a lo sobrenatural, destruyendo el sentido de justicia bajo el “positivismo jurídico”, falsa filosofía que los alimenta en sus actos injustos.

Solicitada: El aborto es agresión, no una ayuda a la mujer.



Ante el pronunciamento de la Corte Suprema de Justicia de la Nación acerca de un inminente fallo que sentaría jurisprudencia y podría ampliar los casos de aborto “no punibles”, Frente Joven se ve en la necesidad de alertar que se estaría avanzando en decisiones a nivel jurídico y político que alejan aún más de la ayuda a las víctimas de violación: la madre, que es sometida a otro trauma aún mayor, como la muerte de un hijo, y el niño o la niña por nacer, que son desechados sin miramientos.
No solo es preocupante el proceder del máximo tribunal de justicia de la nación, sino sobre todo la errónea visión que se está difundiendo sobre las consecuencias psicológicas que sufre una mujer víctima de una violación. Claramente, el aborto es una agresión, no una ayuda a la mujer violada.
Para quienes trabajan de cerca con instituciones que brindan ayuda a las mujeres embarazadas víctimas de violación, como el Frente Joven, es muy importante la comprensión de la situación de las víctimas. Las mujeres violadas requieren ayuda, y la facilitación de la práctica abortista atenta contra la asistencia necesaria. Parte de la protección que es evitar el drama del aborto por medio de la contención psicológica, material y sanitaria. No podemos agregar un mal a otro mal, por medio de la eliminación de un ser humano.
La manipulación mediática de los casos de violación, a través de una búsqueda de sensibilizar a la sociedad para legitimar el aborto, ignora el aporte de la psicología, que advierte que no se puede solucionar un trauma con uno aún mayor; asimismo, la experiencia misma de las mujeres que encuentran en el hecho mismo de tener a su hijo, fruto de la violación, un acto de amor que le permite sanar la herida, y escapar de la espiral de violencia perpetrada por el violador. La mujer que da a luz, se comprende no ya como una persona ultrajada, sino como una persona valiosa, superior a su victimario, capaz de dar vida y dar amor.
La postura muy difundida de que el aborto es una respuesta válida para la víctima de violación desconoce los casos concretos y la opinión de los expertos que trabajan en el campo y día a día con la problemática. Además de sostener el sistema de sometimiento de los violadores (pues el niño y la niña por nacer ponen en evidencia el delito), abortar sin más es también ocultar la tragedia de la violación, que suele muchas veces acontecer en los círculos sociales cercanos. Esta interpretación de la ley, en la práctica, lejos de quitar el drama de las mujeres violadas, favorece al violador, dejando su delito en segundo plano, sin necesidad legal de punirlo.
La verdadera respuesta a la tragedia de la violación está en la ayuda social, psicológica y médica a las víctimas. Recordamos el caso publicado en La Nación con fecha del 3 de marzo del corriente: la ayuda y el acompañamiento salvaron la de la hija y la madre. A través de un caso ejemplar, se manifiesta una dura realidad: muchas madres están solas porque en general fueron abandonadas por su entorno íntimo. Y son muchas las instituciones que al desamparo del estado y los medios, dan soluciones reales a esta tragedia. Con este fallo, el desamparo por parte del Estado sería aún mayor.
Si esta visión inhumana que desestima la ciencia y la experiencia concreta se proyecta ahora a la Corte, y si esta falla en ese sentido, estaría creando un terrible precedente discriminatorio en el derecho argentino: la creación de dos categorías de personas, las deseadas, a las cuales les asisten todos sus derechos, y las no deseadas, que, al no tener siquiera derecho a la vida, no pueden tener ningún otro derecho.
Desde el año 1994, en que se reformó la Constitución y se incorporaron con rango constitucional los tratados de Derechos Humanos, el art. 86 en cuestión pasó a ser sencillamente anticonstitucional, ya que establece excepciones a la vida que están expresamente prohibidas por normas de orden superior (Constitución y Tratados Internacionales de DDHH).
Lo cierto es que el aborto es una nueva forma de violencia contra la mujer y un signo de deshumanización de la sociedad. La mayoría de las mujeres abortan por presión social, violencia o maltrato psicológico. Promover el aborto no es ayudar a la mujer sino perpetuar la violencia hacia ella.
Frente Joven, como tantas otras instituciones,  procura una verdadera respuesta al drama de violencia hacia la mujer. Una sociedad democrática debe ofrecer soluciones amparadas en una visión humanitaria, sobre todo ante la cada vez más inhumana situación social que estamos viviendo. En este y en todo caso, el aborto destruye una madre y mata un hijo. Deja una herida en la mujer para toda la vida. Hay una madre y un hijo que proteger. La solución no tiene opción, es un deber de la sociedad: Para proteger a la madre, hay que salvar a las dos vidas.

Visto en FrenteJoven Blog.

No hay justicia “para todos”.


 
La Corte Suprema de Justicia de la Nación, por unanimidad, confirmó la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Chubut que, en marzo de 2010, autorizó el aborto a una menor que había sido violada. Emitieron voto conjunto el Presidente del Tribunal Ricardo Lorenzetti, su Vicepresidente Elena Highton de Nolasco y los jueces Carlos Fayt, Juan Carlos Maqueda y Eugenio Zaffaroni, con votos individuales se sumaron Enrique Petracchi y Carmen Argibay.
Aunque la cuestión se había vuelto abstracta –porque el pequeño inocente concebido tras la violación fue ejecutado hace un par de años-  la Corte se expidió sobre el caso de Chubut “con la finalidad de que el criterio del Tribunal sea expresado y conocido para la solución de casos análogos que puedan presentarse en el futuro”.
Se le deberá practicar el aborto a cualquier mujer que manifieste ante el profesional tratante, mediante declaración jurada, que su embarazo es producto de una violación. La gestante no necesitará elevar cargos contra su agresor, ni brindar informaciones policiales. La posibilidad de “casos fabricados”, “no puede ser nunca razón suficiente para imponer a las víctimas de delitos sexuales obstáculos que vulneren el goce efectivo de sus legítimos derechos”.
La Corte exhortó a las autoridades nacionales, provinciales y de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires a implementar y hacer operativos, protocolos hospitalarios para la concreta atención de los mal llamados "abortos no punibles”. Y a los jueces a abstenerse de judicializar el acceso a los mismos.
La objeción de conciencia de los profesionales de la salud deberá ser manifestada en el momento de la implementación del protocolo o al inicio de las actividades en el establecimiento de salud correspondiente, de forma tal que toda institución garantice la práctica de los abortos mencionados.

Mónica del Río, Notivida, Año XII, Nº 807, 13 de marzo de 2012.


En términos estrictos, los asesinos con poder que  han dictaminado esta aberrante injusticia, son:


Rocardo Lorenzetti


Elena Highton de Nolasco


Carlos Fayt


Juan Carlos Maqueda


Eugenio Zaffaroni


Enrique Petracchi


Carmen Argibay

Todos aquellos que colaboran en llevar a cabo el aborto, son considerados conspiradores y sujetos a ser excomulgados. Esto incluye sin duda a los médicos y las enfermeras que participaron directamente, a los esposos, familiares y otros que con su consejo colaboraron en hacerlo moralmente posible para la mujer afectada, y también todos los que la apoyaron en llevarlo a cabo. (Llevando a la clínica, financiando el aborto etc.)
También, y de forma especial por su responsabilidad, a los políticos y hombres de leyes que han facilitado con su poder, las leyes que favorecen el aborto. Por lo tanto, el Código de Derecho Canónico (cf. Canon n. 1398), dice que “quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae”.

No se podía esperar otra cosa de un tribunal compuesto por masones, liberales y autoproclamados “ateos militantes”.
Esperamos que, aunque de por sí deficiente y débil, el Episcopado argentino sentencie la excomunión a los responsables de tal iniquidad para escarmiento, medicina y esclarecimiento de las almas que se encuentran en la oscuridad de la duda sobre este tema.

Estreno de “Cristiada” para el 20 de abril.


Finalmente, se estrenará “Cristiada”, la superproducción sobre la gesta cristera, el 20 de abril de este año, en México.

Nuevo Film de Andy García

CIUDAD DE MÉXICO (01/MAR/2012).- “Cristiana”, un filme dirigido por Dean Wright, una historia de ficción escrita por Michael Love acerca del surgimiento y consecuencias del movimiento cristero (1926-1929), llegará el próximo 20 de abril a la cartelera mexicana.
La película es estelarizada por Andy García, Eva Longoria, Peter O'Toole, Rubén Blades, Óscar Isaac, Santiago Cabrera, Catalina Sandino Moreno, Daniel Giménez Cacho, Karyme Lozano, Ignacio Guadalupe y Moisés Suárez, entre otros, narra uno de los conflictos armados del México del siglo pasado, cuando el gobierno intentó secularizar al país.
Fue en 1926 cuando las autoridades federales mexicanas dispusieron leyes que buscaron restringir la influencia de la Iglesia católica sobre el pueblo.
El entonces presidente de la República, Plutarco Elías Calles, interpretado por el músico, actor y político Rubén Blades, asegura en un discurso para justificar la acción del gobierno, que prohíbe, entre otras cosas, que los sacerdotes porten sus indumentarias religiosas en la calle y que las expresiones religiosas sean fuera de las iglesias, y además confisca bienes del clero.
“Joselito” (Mauricio Kuri), un chico inquieto, lanza una fruta al padre “Christopher” (Peter O'Toole), el sacerdote del pueblo y como castigo su padrino lo obliga a pedirle perdón, además de ponerlo a barrer y trapear la iglesia.
“Adriana” (Catalina Sandino Moreno) y “Anacleto González Flores” (Eduardo Verástegui) se unen a una asociación que busca la libertad religiosa y planean un boicot económico contra el gobierno ante la imposibilidad de hacer que rectifique en su decisión.
El Vaticano decide dejar de oficiar misas como represalia a la Ley Calles, mientras que las organizaciones que buscan la libertad religiosa apoyan a los pequeños grupos insurrectos que se han levantado en armas y algunos sacerdotes dan asilo a los católicos armados.
Como una medida correctiva, el gobierno federal ejecuta a varios sacerdotes, entre ellos al padre “Christopher”, quien se niega a abandonar La casa de Dios. El joven “José” presencia la muerte del clérigo, por lo que decide unirse a las fuerzas católicas, junto con “Lalito” (Adrián Alonso)
La fama de estratega lleva a los inconformes a contratar al general en retiro “Enrique Gorostieta” (Andy García) para liderar a los rebeldes.
El militar se separa temporalmente de su esposa “Tulita” (Eva Longoria) y de sus dos hijas, y parte para unirse a los cabecillas que dirigen el movimiento que pretende derrotar al gobierno callista.
“Victoriano, 'El Catorce' Ramírez” (Óscar Isaac) es un líder cristero muy conocido por haber matado a 14 soldados federales cuando pretendían emboscarlo, es ágil con las armas y muestra determinación al mando de sus tropas, pero duda mucho del general “Gorostieta”.
“El Catorce”, quien dirige al grupo de osados rancheros, tendrá que aceptar el mando militar, ya que admite que deben hacer un frente común contra el gobierno que los supera en armamento y logística.
“Cristiana” narra la historia del ejército que se enfrenta en nombre de la libertad religiosa al gobierno de Calles, quien pretende restringir las acciones del clero.
El grupo de soldados improvisados luchará durante tres años para mantener su religión, no sin antes perder a muchos de sus miembros; sin embargo, será la intervención del gobierno estadunidense de la época, a través de su embajador “Morrow” (Bruce Greenwood), que pretende apaciguar el conflicto, no sin antes lograr favores económicos, sobre todo para sus compañías petroleras en el país.
“Cristiada”, filmada en diversos escenarios de México, principalmente en Durango, no se proyectó en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara (FICG), que se celebró del 2 al 10 de marzo, y en donde se rindió un homenaje a Andy García.

 Visto en On-Line Baires.

  
Aquí podemos ver el Trailer.


martes, 13 de marzo de 2012

El Dr. Jorge Scala alerta sobre el «lavado de cerebro global» de la «totalitaria» ideología del género.


Dr. Jorge Scala

El libro titulado “La ideología de género”, del abogado provida argentino Jorge Scala, acaba de ser publicado en portugués y lanzado en Brasil en octubre pasado. En España ha sido publicado por la editorial Sekotia, con el subtítulo “el género como herramienta de poder”.

ZENIT ha entrevistado a Jorge Scala, profesor de bioética en la Universidad Libre Internacional de las Américas, para que explique el significado de su libro y las implicaciones de esta ideología en nuestra sociedad.
¿Porqué un libro sobre la ideología del género?
La razón es sencilla: la ONU ha creado una Agencia de género. Esa agencia se dedica a controlar que todos los organismos y programas de la ONU incluyan el género. A su vez, la Unión Europea y el Banco Mundial condicionan los préstamos para el desarrollo de los países pobres, a cláusulas de difusión del género. Finalmente, se ha incorporado el género en el sistema educativo de nuestros países. Ante todo esto, es preciso investigar qué cosa es el género.

¿Qué significa decir que la ideología del género es esto, una ideología y no una teoría o un descubrimiento científico?
– Una teoría es una hipótesis verificada experimentalmente. Una ideología es un cuerpo de ideas cerrado, que parte de un presupuesto básico falso –que por ello debe imponerse evitando todo análisis racional-, y luego va desplegando las consecuencias lógicas de ese principio falso. Las ideologías se imponen utilizando el sistema educativo formal (escuela y universidad) y no formal (medios de propaganda), tal como hicieron los nazis y los marxistas.

¿Qué es, por lo tanto, la ideología del género? ¿Cómo la definiría para nuestros lectores?
– Su presupuesto básico falso es este: el sexo sería el aspecto biológico del ser humano, y el género sería la construcción social o cultural del sexo. Es decir que cada quien sería absolutamente libre –sin condicionamiento alguno, ni siquiera el biológico--, para determinar su propio género, dándole el contenido que quiera y variando de género cuantas veces se le ocurra.

Ahora bien, si esto fuera verdad,
no habría diferencias entre varón y mujer –salvo las biológicas-; cualquier tipo de unión entre los sexos sería buena social y moralmente, y todas serían matrimonio; cada tipo de matrimonio daría origen a un nuevo tipo de familia; el aborto sería un derecho humano irrenunciable de la mujer, ya que solo ella queda embarazada, etc. Todo esto es tan absurdo, que sólo se puede imponer con una suerte de “lavado de cerebro” global.

Usted, en su libro, la llama de Ideología totalitaria. ¿Hay relación con las ideologías totalitarias que la humanidad ha experimentado en la historia? ¿O es un paso para llegar a estas situaciones de políticas totalitarias?
– El género destruye la estructura antropológica íntima del ser humano, por lo tanto quien quede a merced de esa ideología lo hará “voluntariamente”. No es más que una herramienta de poder global que, de imponerse, llevará a un régimen totalitario –aún cuando haya elecciones y partidos políticos como en la Alemania nazi--. En cambio, en las otras ideologías conocidas, el Estado dominaba –o domina como en Corea del Norte o Cuba- por la fuerza bruta.

Parece una ideología que entra en los países por el aspecto legal y jurisdiccional. ¿No será la falta del reconocimiento de una ley natural, y la adopción de positivismo, los fundamentos de este totalitarismo?
– El problema parece más profundo y complejo. El ethos es aquello por lo que un pueblo estima lo que está bien o lo que está mal, desde lo más profundo de su corazón, al margen de lo que digan las leyes e incluso de lo que haga cada quien en su propia vida. El problema es que Occidente ha perdido su ethos común que, hasta hace 30 o 40 años, era el Cristianismo. El liberalismo hizo que mucha gente considere que la moral es una cuestión privada de cada persona. Entonces, para algunos es bueno mentir, robar, matar o fornicar –en determinadas circunstancias--; y como todas las opiniones valen lo mismo, la única manera de vivir en sociedad es que las leyes “impongan” un cierto ethos, que debe ser aceptado por todos, bajo ciertas penalidades. Por eso en nuestros parlamentos se fomenta todo tipo de leyes de género. Se busca con ellas que –junto con la educación-, formen el nuevo ethos de nuestros pueblos. Y si el género se convierte en ethos, el sistema totalitario funcionará a pleno.

La teoría del género es totalitaria, pero no vemos a nadie perdiendo la vida. ¿Por qué, entonces temer algo que no pasa de leyes y de ideas? No debemos respetar la opinión de cada uno?
– El año 2010 España reformó su ley de aborto conforme la ideología de género, considerándolo un “derecho humano” esencial de la mujer. Ese año hubo 113.031 abortos en España. Esa “ley” y esa “idea” mataron –solo en España y solo ese año- a tanta gente. No hay que temer a la ideología de género, sino enfrentarla en el campo de las ideas, que es donde se la puede vencer más fácilmente.

Hay que respetar a las personas –cualesquiera sean sus pensamientos-. En cambio, las opiniones no se respetan: se disciernen. Y luego de estudiarlas, se apoyan o se desechan. El libro ayudará al lector a efectuar su propio discernimiento en torno al género.

¿Cuáles son, entonces, las consecuencias para nuestros hijos, para la próxima generación?
– Respondo con un hecho real. Me tocó dar una conferencia sobre esta ideología, a todos los docentes de una ciudad de 7.000 habitantes, en una zona rural de mi provincia. Gente sencilla y de trabajo. Al concluir, una maestra comentó en voz alta: -Ahora entiendo porqué hace unos días mi hijo de 7 años me preguntó: Mamá ¿yo son nene o nena?... Las personas formadas y maduras son inmunes a esta ideología, pero si dejamos que se la metan a los niños desde su más tierna infancia –cine, TV, escuela, radio, revistas-, en no pocos casos habrá que lamentar con el tiempo tragedias de todo tipo.

“Donde haya un hombre –mujer o varón-, su inteligencia buscará la verdad, su voluntad intentará amar y autodirigirse hacia el bien”, es lo que usted afirma en su libro. ¿Cuál sería el mejor modo de contrarrestar esta y otras ideologías parecidas que tienden a penetrar en las constituciones y leyes de los países, es la formación de varones y mujeres verdaderos? ¿Qué significa un varón o una mujer verdadera?
– Frente a todas las ideas absurdas o malsanas que campean en nuestro mundo actual, lo más importante no son otras ideas que las enfrenten; sino más bien testigos de la verdad. Mujeres y varones cabales, de carne y hueso. La mujer es la madre, o sea: el amor incondicional y que siempre está presente. El varón es el padre, o sea: la autoridad, el amor que pone límites y condiciones, para sacar lo mejor de sí a cada quien. Ambos amores son necesarios para llegar a la madurez humana. Conocer un varón y una mujer así, es la mejor “vacuna” contra la ideología de género.

lunes, 12 de marzo de 2012

La autoridad en la familia y en la sociedad civil al servicio de nuestra salvación.


Cristo Rey y Sumo Sacerdote, 
quién debe inspirar las leyes y el órden social para la salvación.

En una reciente alocución pública este mes de octubre, nuestro Padre Santo el Papa Pablo VI puso en guardia contra la interpretación errónea de ciertas afirmaciones del Concilio referentes a la digni­dad de la persona humana, interpretación que induciría al rechazo de la autoridad y al menosprecio de la obediencia.
Los numerosos hechos de que somos testigos en esta época postconciliar, que manifiestan las con­secuencias de esa falsa interpretación, justifican los temores de nuestro Padre Santo el Papa. Somos sacudidos por francas rebeliones de ciertos grupos de Acción Católica contra los obispos, de semina­ristas contra sus superiores, de religiosos y religiosas que evidencian una actitud negativa frente a la autoridad, haciendo imposible su ejercicio.
La dignidad humana, la exaltación de la conciencia individual convertida en regla fundamental de la moral, los carismas personales, son los pretextos que se invocan para reducir la autoridad a un prin­cipio de unidad sin ningún poder. ¡Cómo no reprochar tal fermentación, preludio de rebelión, del libre examen, que ha sido causa de las grandes calamidades de los siglos pasados!
Nos parece más oportuno que nunca restablecer la verdadera noción de autoridad y a tal efecto mostrar los beneficios queridos por la Providencia en las dos sociedades naturales que tienen en esta tierra una influencia primordial sobre todo individuo: la familia y la sociedad civil.
Viene bien recordar que la autoridad es la causa formal de la sociedad.
Por tanto a ella le toca reglamentar y dirigir todo aquello que orienta hacia la causa final de la socie­dad, que es un bien común a todos sus miembros.
Dado que los miembros de una sociedad son seres inteligentes, la autoridad dirigirá su actividad hacia el fin común mediante directivas o leyes, velará por su aplicación y revocará las que se oponen al bien común.
El sujeto de la autoridad será designado de múltiples maneras; pero el poder de la autoridad, es decir, la facultad de dirigir a otros seres humanos, es una participación en la autoridad de Dios. Siendo las sociedades múltiples, los reglamentos referentes a la autoridad podrán ser muy diversos, pero nunca impedirán que la autoridad sea de origen divino.
En su “Tratado de Filosofía” (tomo IV, n° 384), Jolivet describe del siguiente modo la fuente pri­maria de la autoridad: “Únicamente Dios tiene derecho a mandar porque el derecho que consiste en obligar a la voluntad sólo puede pertenecerle a aquel que da el ser y la vida. También decimos que Dios es el «Derecho viviente» porque Él es el principio primero de todo lo que es.  De ello se sigue que toda autoridad, sea cual fuere la sociedad, no puede ejercerse sino a título de delegación de Dios; todo jefe investido de un poder legítimo es el representante de Dios”.
Como la autoridad tiene por fin el bien común de los miembros y como los propios miembros dese­an la obtención de ese bien por propia determinación, jamás debería haber choque entre la autoridad y los miembros que persiguen el mismo fin. No debería haber de suyo oposición entre el jefe y el subordinado, entre la autoridad y la libertad. Hay choque o desentendimiento cuando la autoridad ya no busca el verdadero bien común o cuando el subordinado antepone su bien personal al bien común. A menos que haya evidencia en contrario, la autoridad legítima y prudente es juez del bien común y los miembros deben someterse a priori a ese juicio.
Someterse a las directivas de la autoridad legítima es ejercer la virtud de la obediencia, cuyo ejem­plo emocionante nos lo dio Nuestro Señor al sacrificar su vida por obediencia: “obediens usque ad mortem, mortem autem crucis”.
En su carta “Notre charge apostolique” del 25 de agosto de 1910 San Pío X escribió: “¿Acaso toda sociedad de criaturas independientes y desiguales por naturaleza no necesita una autoridad que diri­ja su actividad hacia el bien común y que imponga su ley?... ¿Puede decirse con visos de razón que hay incompatibilidad entre la autoridad y la libertad sin arriesgarse a errar torpemente acerca del concepto de libertad? ¿Se puede enseñar que la obediencia es contraria a la dignidad humana y que lo ideal sería reemplazarla por «la autoridad consentida»? ¿Acaso el Apóstol San Pablo no tenía en vista la sociedad humana en todas sus etapas posibles cuando prescribió a los fieles ser sumisos a toda autoridad? ¿Acaso el estado religioso fundado en la obediencia sería contrario al ideal de la naturaleza humana? ¿Acaso los santos, que fueron los más obedientes entre los hombres, eran escla­vos y degenerados?...” La autoridad es la llave maestra de toda sociedad.

Beneficios de la autoridad en la sociedad familiar.

Si existe un período de la vida humana en el cual la autoridad desempeña un notable papel, ese perí­odo es ciertamente el que abarca desde el nacimiento hasta la mayoría de edad. La familia es una maravillosa institución divina en cuyo seno el hombre recibe la existencia, existencia tan restringida que necesitará un largo período de educación, dispensada ésta primero por los padres y luego por aqué­llos que cooperan en esa educación de acuerdo con la elección de los padres.
El niño recibe todo de su padre y de su madre: El alimento corporal, intelectual y religioso, la edu­cación moral y social. Recibe la ayuda de maestros, que comparten espiritualmente la autoridad de los padres. Ya sea por medio de los padres o de los maestros, no es menos cierto que la casi totalidad de la ciencia adquirida durante la adolescencia será más una ciencia aprendida, recibida, aceptada, que una ciencia adquirida por la inteligencia y la evidencia del juicio y el raciocinio.
El joven estudiante cree en sus padres, en sus maestros, en sus libros, y de ese modo sus conoci­mientos se amplían y se multiplican. Su ciencia propiamente dicha, la que puede rendir cuenta de su saber, es muy limitada.
Si se piensa en el conjunto de la infancia, de la juventud, en la humanidad y en la historia, se com­prueba que la transmisión de los conocimientos se debe más a la autoridad que los transmite que a la evidencia de la ciencia adquirida.
Si se trata de estudios superiores, la juventud adquiere ciertamente conocimientos más personales y se esfuerza por conocer las disciplinas estudiadas de la manera en que sus propios maestros las cono­cen.  Pero la cantidad de conocimientos requeridos, ¿permite hoy al estudiante llegar al límite de las pruebas y experiencias? Por otra parte, muchas ciencias —la historia, la geografía, la arqueología, las artes— no pueden sino basarse en la fe que inspiran los maestros y los libros.
Esto tiene aún mayor validez cuando se trata de conocimientos religiosos, de la práctica de la reli­gión, del ejercicio de la moral de acuerdo con la religión, las tradiciones y las costumbres. La con­versión a otra religión tropieza con el enorme obstáculo de la ruptura con la religión transmitida por los padres. Un ser humano siempre conserva más sensibilidad para con la religión materna.
Digamos sin más rodeos que esa educación signada por la familia y por maestros que completan la educación familiar ocupa lugar destacado en la vida del hombre. Nada subsiste tanto en el individuo como las tradiciones familiares. Eso vale para cualquier lugar de la tierra.
Esa extraordinaria influencia de la familia y del ambiente educacional resulta providencial. Es algo querido por Dios. Es normal que los niños conserven la religión de sus padres, así como es normal que si el jefe de la familia se convierte, toda su familia se convierta. Ejemplos de ello se tienen con frecuencia en el Evangelio y en los Hechos de los Apóstoles.
Dios ha querido que sus beneficios se transmitan a los hombres ante todo por la familia. Por eso se ha concedido al padre de familia esa gran autoridad, que le confiere inmenso poder sobre la socie­dad familiar, sobre su esposa y sus hijos. Cuantos más bienes hay para transmitir, mayor es la autori­dad.
El niño nace tan débil, tan imperfecto, podría decirse tan incompleto, que se comprende la necesi­dad absoluta de permanencia e indisolubilidad del hogar.
Querer exaltar la personalidad y la conciencia personal del niño en detrimento de la autoridad fami­liar, es infligir una desgracia a los niños, es impulsarlos a la rebelión, al desprecio de los padres, en tanto que se promete la longevidad a quienes honran a sus padres. San Pablo pide a los padres que no provoquen la cólera de sus hijos, pero agrega que deben ser educados en la disciplina y el temor de Dios (Efesios, 4, 4).
Significa apartarse de los caminos de Dios pretender que la sola verdad por su propia fuerza y bri­llo deba indicar a los hombres la verdadera religión, cuando en realidad Dios ha previsto la transmi­sión de la religión por los padres y por testimonios dignos de la confianza de quienes los escuchan.
Si hubiera que esperar a tener inteligencia de la verdad religiosa para creer y convertirse, actual­mente habría muy pocos cristianos. Se cree en las verdades religiosas porque los testigos son dignos de crédito por su santidad, su desinterés, su caridad. Se cree en la religión verdadera porque ella colma los anhelos profundos del alma humana recta, en particular dándole una Madre divina, María, un padre visible, el Papa, y un alimento celestial, la Eucaristía. Nuestro Señor no preguntó a los conversos si comprendían, les preguntó si creían. Porque como dice San Agustín, la Fe viva da inteligencia.
En el caso de la sociedad familiar, del primer período de toda vida humana, es evidente que los beneficios de la autoridad son inmensos e indispensables, que son la vía más segura para una educa­ción completa que prepare para la vida en la sociedad civil y en la Iglesia. La Iglesia ya interviene de manera apreciable mediante la ayuda que presta a la familia y por medios indispensables para la vida cristiana y social de los fieles.
Pero llega un momento en que las dos sociedades deben realizar juntas el relevo de la familia, por­que es evidente que aun educado, el ser humano es incapaz de vivir y proseguir su vocación en este mundo sin la ayuda de esas dos sociedades.

Beneficio de la autoridad en la sociedad civil.

¿Se puede afirmar que el hombre llegado a la mayoría de edad ya no necesita ayuda para continuar pro­gresando en sus conocimientos, para mantenerse en la virtud y para cumplir su papel en la sociedad? Si la sociedad familiar ha terminado su tarea esencial, está claro que la sociedad civil y la Iglesia siguen siendo los medios normales para proporcionarle, ésta los medios espirituales y aquélla el ambiente social favorable a una vida virtuosa y orientada hacia el fin último según el cual la Providencia divina ordena todo en este mundo.
Aquí conviene repetir con la enseñanza tradicional de la Iglesia y con todos los papas [hasta Pío XII], que el Estado, la sociedad civil, tiene un notable papel que cumplir para con los ciudadanos, para ayudarlos y esti­mularlos en la Fe y la virtud. No se trata en absoluto de coacción en el acto de Fe, no se trata de coacción frente a la conciencia de la persona en sus actos internos y privados. Se trata del papel natural de la socie­dad civil querida por Dios para ayudar a los hombres a conseguir su fin último.
Dice el Papa León XIII (Encíclica “Libertas”): “No podría ponerse en duda que ¡a reunión de los hom­bres en sociedad sea obra de la voluntad de Dios, ya se lo considere en sus miembros, en su forma que es la autoridad, en su causa o en el número y la importancia de las ventajas que ello procura al hombre...” A su vez Pío XI afirma (Encíclica “Divini Redemptoris”): “Dios destina al hombre a vivir en sociedad como lo pide la naturaleza. En el plan del Creador la sociedad es el medio natural del cual el hombre puede y debe servirse para alcanzar su fin”.
Y en otra parte (“Ad salutem”): “Los príncipes y los gobernantes, que han recibido el poder de Dios para cada uno dentro de los límites de su propia autoridad, esfuércense por realizar los designios de la divina Providencia de la cual son colaboradores... No sólo no deben hacer nada que pueda resultar en detrimento de las leyes de la justicia y de la caridad cristiana, sino que les toca facilitar a sus súbditos el conocimien­to y la adquisición de los bienes imperecederos”.
Pío XII (11 de junio de 1941) dice también: “De la forma dada a la sociedad, conforme o no a las leyes divinas, depende y deriva el bien o el mal para las almas, es decir, el hecho de que los hombres, llamados todos a ser vivificados por la gracia de Dios, respiren en las contingencias terrenales de la vida el aire sano y vivificante de la verdad y de las virtudes morales, o por el contrario, el virus morboso y a menudo mortal del error y la depravación”.
El Padre Jolivet (“Tratado de Filosofía”, tomo IV, n° 435) concluye de manera muy clara su estudio sobre el origen del poder en la sociedad civil: “Sea cual fuere el punto de vista que se adopte tocante a la causa eficiente de la realidad social, la doctrina del origen natural de la sociedad implica el principio esencial de que, dado que la sociedad política reúne de manera permanente, con vistas al bien común temporal, a los agrupamientos particulares de familias y de individuos, es una institución querida por Dios, autor de la natu­raleza, o sea, que es de derecho divino natural. De ello se sigue inmediatamente que el poder de gobernar también es de derecho divino natural”.
El autor completa su estudio exponiendo el fin de la sociedad civil o del Estado: “Es disminuir notable­mente la función general del Estado, el forjarse una idea totalmente materialista acerca de la felicidad tem­poral. La felicidad temporal depende en gran parte de las virtudes intelectuales y morales de los ciudada­nos, de la moralidad pública, es decir, del feliz desenvolvimiento de todas las actividades morales y espiri­tuales del hombre, y en primer lugar, de la vida religiosa de la nación”. “También es deber del Estado sin que por eso, claro está, descuide su función económicaesforzarse por crear las condiciones más favo­rables a la prosperidad moral y espiritual de la nación”. “Esta tarea tiene un aspecto negativo y un aspec­to positivo...”
Es preciso destacar esa íntima vinculación de la religión con la función temporal del Estado, pues ahí resi­de realmente la clave de numerosos problemas que preocupan hoy a los gobernantes de la propia Iglesia: pro­blemas de justicia social, problemas del hambre, problemas de la paz, problemas del control de nacimientos, etc.
Tratar esos problemas fuera de una concepción católica de la ciudad es ilusorio: podremos dedicarnos a paliar ciertos desórdenes momentáneamente, podremos resolver algunos problemas locales, pero no se logra­rá atacar la raíz de las calamidades de la humanidad. Es menester repetir mil veces lo que la Iglesia siempre proclamó:
La solución de los problemas sociales está en el reinado social de Nuestro Señor Jesucristo, tal como lo sabe y lo enseña la Iglesia católica.
Si se enumeran las plagas actuales de las sociedades se advertirá inmediatamente que provienen del desor­den y del error de los gobernantes y a menudo de numerosos miembros de la sociedad. Querer instaurar la justicia social entre empleados y empleadores sin los principios de la justicia cristiana es marchar al capita­lismo totalitarista, a la hegemonía financiera y tecnocrática mundial o al totalitarismo comunista. Convertir al bienestar material en el único objetivo de la sociedad civil y de la actividad social es dirigirse velozmente hacia la decadencia, consecuencia de la inmoralidad y del hedonismo.
Si se trata del Matrimonio y de todo lo que le concierne, únicamente la doctrina católica preserva de ver­dad a esa institución que constituye la base misma de la sociedad civil, y que por eso mismo debe interesar­le en grado sumo: divorcio, limitación de nacimientos, anticoncepción, homosexualidad, aborto, poligamia. He ahí otras tantas plagas mortales para el Estado.
La Iglesia es la única que puede proporcionarles remedio verdadero.
Las relaciones sociales entre funcionarios y subordinados, entre el Estado y los ciudadanos, el verdadero amor a la patria, las relaciones internacionales, se hallan íntima y profundamente vinculados a la religión, y únicamente la religión católica puede aportarles los principios de justicia, de equidad, de conciencia profe­sional, de dignidad humana que convienen a la vida social como Dios la ha querido y la quiere siempre.
La educación y los medios de comunicación social que hoy en día completan y continúan la educación, tienen íntima relación con las costumbres honestas, con la virtud y el vicio, y por lo tanto, con la religión católica.
Es dar prueba de gran ignorancia, verdadera o fingida, no querer admitir que todas las religiones —salvo la verdadera, la religión católica— llevan consigo una serie de taras sociales que son la vergüenza de la huma­nidad.
Pensemos en el divorcio, la poligamia, la anticoncepción, el amor libre, en lo que respecta a la familia. Pensemos también en el terreno de la existencia misma de la sociedad en dos tendencias que la socavan: la tendencia revolucionaria, destructora de la autoridad, tendencia demagógica, fermento de continuos desórde­nes, fruto del libre examen, o la tendencia totalitaria y tiránica debida a la unión de la religión con el Estado o del Estado con alguna ideología. La historia de los últimos siglos es ejemplo notorio de esta realidad.
Por consiguiente, es inconcebible que los gobernantes católicos se desentiendan de la religión o que admi­tan por principio la libertad religiosa en el dominio público. Eso equivaldría a desconocer el fin de la socie­dad, la extrema importancia de la religión en el campo social, y la diferencia fundamental entre la verdadera religión y las demás religiones en el terreno de la moral, elemento capital para lograr el fin temporal del Estado.
He ahí la doctrina enseñada desde siempre en la Iglesia. Esa doctrina confiere a la sociedad un papel capi­tal en el ejercicio de la virtud de los ciudadanos, y por ende, indirectamente en la obtención de su salvación eterna. Ahora bien, la Fe es la virtud fundamental que condiciona a las otras. Por lo tanto, es deber de los gobernantes católicos proteger la Fe y conservarla, favoreciéndola sobre todo en el terreno de la educación.
Nunca se insistirá bastante sobre el papel providencial de la autoridad del Estado en cuanto a ayudar y querer apoyar a los ciudadanos en la obtención de su salvación eterna. Toda creatura ha sido ordenada y sigue estando ordenada a ese fin en este mundo. Las sociedades, familia, Estado, Iglesia, cada una en su lugar, han sido creadas por Dios con ese objetivo.
No puede negarse eso que surge de la experiencia de la historia de las naciones católicas, la historia de la Iglesia, la historia de la conversión a la Fe católica, y que pone de manifiesto el papel providencial del Estado, a punto tal que puede afirmarse con todo derecho que su parte en el logro de la salvación eterna de la huma­nidad es capital, si no preponderante. El hombre es débil, el cristiano es titubeante. Si todo el aparato y el condicionamiento social del Estado es laicista, ateo, irreligioso, y más aún, perseguidor de la Iglesia, ¿quién se atreverá a afirmar que les será fácil a los no católicos convertirse y a los católicos permanecer fieles? Hoy más que nunca, con los modernos medios de comunicación social, con las relaciones sociales que se multi­plican, el Estado influye cada vez más sobre el comportamiento de los ciudadanos, sobre su vida interior y exterior, en consecuencia, sobre su actitud moral, y en definitiva, sobre su destino eterno.
Sería criminal estimular a los Estados católicos a laicizarse, a desentenderse de la religión y a dejar con indiferencia que el error y la inmoralidad se difundan, y con el falso pretexto de la dignidad humana, intro­ducir un fermento de disolución de la sociedad por medio de una libertad religiosa exagerada, de la exalta­ción de la conciencia individual a expensas del bien común, como es legitimar la objeción de conciencia.
El Papa Pío XII dijo (“Summi pontificatus”): “La soberanía civil ha sido querida por el Creador... con el fin de facilitar a la persona humana, en el orden temporal, la obtención de la perfección física, intelectual y moral, y ayudarla a alcanzar su fin sobrenatural”.
Así se trate de la autoridad en la familia, de la autoridad del Estado o de la Iglesia, no se puede menos que admirar el designio de la Providencia, de la paternidad divina, que nos otorga la existencia, la vida sobre­natural, el ejercicio de la virtud, y en definitiva, la perfección o la santidad eterna por medio de esas autori­dades.
La autoridad es, en definitiva, una participación en el amor divino, que por sí se expande y se difunde. La autoridad no tiene más razón de ser que difundir esa caridad divina que es vida y salvación. Pero al igual que el amor de Dios, es exigente por su misma naturaleza. En efecto, el amor divino no puede querer sino el bien, y el bien supremo que es Dios. Dios, al darnos la vida, que es una participación en su amor, nos la orienta inflexiblemente, enfoca nuestra vida hacia el bien que Él nos indica por nuestra naturaleza pero, sobre todo, por sus voceros y sus intermediarios en las leyes positivas.
Dios obliga, nos vincula por amor con el bien y con la virtud. Nos da la orientación de su amor median­te sus leyes, nos ordena su ejecución y nos amenaza si rechazamos su amor que es nuestro bien.
Así ocurre con las autoridades. Toda legislación legítima es vehículo del amor divino, toda aplicación de la legislación no es otra cosa que la expresión del amor de Dios en los hechos, en los actos, y por tanto, una adquisición de virtud. Esas leyes se dirigen a nuestra inteligencia y a nuestra voluntad, que desgraciadamente pueden negarse a ser vehículos del amor de Dios. Las sanciones recaen sobre aquéllos que así ponen obstá­culos al amor, a la vida, al bien, a Dios en definitiva.  En efecto, no se puede concebir la autoridad sin los poderes de legislación, de gobierno y de justicia.  Esas tres manifestaciones se funden y se sintetizan en el amor divino, que lleva en sí mismo su manifestación, su ejercicio y su sanción.
A modo de conclusión de este panorama muy incompleto de la grandeza de la autoridad en los designios de Dios, ojalá podamos compartir los sentimientos de San Pablo y decir con él (Efesios, 3, 14-15): “Doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma su nombre toda familia en los cielos y en la tierra”.

Mons. Marcel Lefebvre, Arzobispo, 4 de octubre de 1968, Tomado de su libro “Un Obispo habla”, capítulo III.