lunes, 19 de marzo de 2012

Meditaciones de un nasciturus.



 Jamás veré la luz del sol. No he de nacer como los otros niños. ¡Ay de mí!, ni siquiera se me reconoce el “status” de niño. ¿Qué soy, entonces?
¿Un conjunto más o menos organizado de células vivas? ¿Un huevo? ¿Un embrión? ¿Un feto? ¿Un monstruo?
Si mi desarrollo continuase devendría un bebé y, por consiguiente, un hombre o una mujer, no importa, un miembro más de la familia humana. ¿Ya no lo soy?
Es sorprendente, pero todos los infinitos embriones que alguna vez lo fueron se convirtieron después en personas humanas. Jamás ha sido registrado un solo caso de mutación. Ni lo será tampoco en el futuro.
Entonces, ¿por qué se polemiza sobre mi actual condición? Que si la filosofía, que si la religión, que si las estadísticas, que si las ciencias… ¡qué sé yo!
Todos pueden razonar, argüir, debatir, impugnar. Todos… ¡menos yo!
Claro que ahora no puedo ser escuchado con las formalidades de la ley. Pero mi corazón late, mi cerebro se desarrolla, mis demás órganos se perfeccionan progresivamente.
Ahora nadie me quiere oír (aunque las ecografías registren mi grito silencioso). Y hasta dirán que mis razones son falsas, utópicas, inútiles… ya que no estoy en estado de alegar.
Incluso habrá quien sostenga que no tengo conciencia, ni memoria, ni conocimiento… y como éstos tales reducen la persona a lo “cognitivo-racional”… yo estoy condenado a dejar de existir.
Empero, ¡sea lo que sea! soy “algo” humano: resultado del amor o del odio, de la vileza o de la lujuria, de la satisfacción egoísta de mis padres o de la conjunción eventual de las constelaciones.
Pero, en rigor, me niego a ser un “producto”.
Si me dejaran nacer (como a otros afortunados niños) me mimarían, me “comerían a besos”, me exhibirían como a un trofeo o como algún artefacto electrónico de última generación. Naturalmente los adultos siempre necesitan la sensibilidad y el cadalso que me espera sólo será conocido por algunos pocos… que lucrarán con ello.
Tal vez no sería un bebé afortunado (podría ser un desnutrido y tal vez ya lo soy) pero, aún así, conocería sensiblemente la luz del sol.
¡Qué poder omnímodo gozan quienes deciden (sin mí) mi suerte y mi destino: el médico “científico”, el juez “jurista”, mi madre “obnubilada”.
No saben ellos lo terrible que es negarle a un ser humano la luz del sol. Aunque Dios, a renglón seguido, me colmase de dicha, incluso así jamás podría (ni Él) suplir el instante histórico de haber corrido con los otros niños, reído y llorado como ellos, lucrado con el mérito o los deméritos, toda vez que, negándoseme la historia mi meta final será alcanzada sin el concurso de mi libre albedrío.
Ya sé que todos esos señores togados y difíciles no creen en la vida eterna y que, por lo demás, son los representantes de un Estado agnóstico. Pero justamente por eso sufro más todavía. Puesto que para ellos no hay otra vida más que ésta, ¿por qué me la niegan?
¿Qué tengo yo que ver con la explosión demográfica, la violación de mi madre, el abandono de mi padre, el egoísmo de la lascivia, la inexperiencia de los adolescentes, la mala calidad de los preservativos o ¡vaya a saberse!? Por otra parte, ¿por qué he de ser yo, justamente yo, objeto de crioconservación? Alguien me contó la respuesta: “¡por las dudas, hacia el futuro!... ¡por si el primero salió dañado! ¡para alcanzar un ejemplar mejor! (eugenesia pura)”.
Además, encima de que los malos me matan, algunos teólogos me ofrecen el consuelo del limbo. Ni la luz del sol, ni la luz de Dios.
Por cierto que, ¿a quién podré interesar por mi suerte? Si fuera viable y llegara a nacer, también, sin dudas, se me podría asesinar (¡soy tan débil e indefenso!) pero, por lo menos en este caso, juzgarían al injusto agresor y (eventualmente), lo condenarían como a un homicida.
¡Pero ahora soy yo el injusto agresor! ¡Yo, que nada sé, que nada hice, que nada pedí, que a nadie ataqué, ni lastimé, ni injurié!
Estoy casi convencido de que si discurro como discurro soy inteligente. Mas la “ciencia” asevera que en mí no hay ninguna inteligencia todavía, que esta meditación es imposible, que sólo es el fruto fantasioso de algún fanático pro-vida.
¡Déjenme nacer! ¡Denme la oportunidad de alcanzar el raciocinio a que estoy convocado y verán si puedo o no expresarme como ahora lo hago! ¡Y mucho mejor! Con palabras (puedo ser Cervantes), con sonidos (puedo ser Mozart), con mármol (puedo ser Miguel Ángel), con plegarias (puedo ser Teresita de Jesús), con la cruz del holocausto (puedo ser Edith Stein), con las manos que consuelan (puedo ser Teresa de Calcuta), con la ciencia que sana (puedo ser Pasteur).
Sin embargo, soy para ellos Judas o Nerón, las heces de los hombres que, sin embargo, tuvieron la dicha de nacer.
Mis jueces, ¿no fueron tal vez embriones? La pluma que ahora me da voz, en todo caso, sí. Seguro. De los otros no sé: no se ha verificado empíricamente. Y si, según colijo, “la ciencia es conocimiento de lo verificable”, ¡que verifiquen qué estado tuvieron estos herodes antes de ver la luz!
Yo no veré esa luz. Cuando me aniquilen aniquilarán las innumerables potencias que hay en mí. Al eliminarme me convertiré en un fantasma, en un reiterante sonsonete de la conciencia (que me temo no se logra acallar tan fácilmente como aducen los necios), en fin, yo también seré un “desaparecido”.
Pero no tendré valedores. Los “derechos humanos” no me competen, el derecho a la vida es… para los demás. Para mí… la pena de muerte.
Cuando desaparezca todos serán felices. Cuando me congelen dormirán en paz.
Yo no descansaré en paz. La luz de la paz me habrá sido cegada. En la soledad de las tinieblas repetiré con Segismundo:

“y si los demás nacieron
qué privilegios tuvieron
que yo no gocé jamás?”

(monólogo de Segismundo, “La vida es sueño”, Calderón de la Barca).

Ricardo Fraga, publicado en el diario “El Cóndor” de Morón, provincia de Buenos Aires.

La importancia de San José.



Es norma general de todas las gracias especiales comunicadas a cualquier creatura racional que, cuando la gracia divina elige a alguien para algún oficio especial o algún estado muy elevado, otorga todos los carismas que son necesarios a aquella persona así elegida, y que la adornan con profusión.
Ello se realizó de un modo eminente en la persona de san José, que hizo las veces de padre de nuestro Señor Jesucristo y que fue verdadero esposo de la Reina del mundo y Señora de los ángeles, que fue elegido por el Padre eterno como fiel cuidador y guardián de sus más preciados tesoros, a saber, de su Hijo y de su esposa; cargo que él cumplió con absoluta fidelidad. Por esto el Señor le dice: Bien, siervo bueno y fiel, pasa al banquete de tu Señor.
Si miramos la relación que tiene José con toda la Iglesia, ¿no es éste el hombre especialmente elegido, por el cual y bajo el cual Cristo fue introducido en el mundo de un modo regular y honesto? Por tanto, si toda la Iglesia está en deuda con la Virgen Madre, ya que por medio de ella recibió a Cristo, de modo semejante le debe a san José, después de ella, una especial gratitud y reverencia.
Él, en efecto, cierra el antiguo Testamento, ya que en él la dignidad patriarcal y profética alcanza el fruto prometido. Además, él es el único que poseyó corporalmente lo que la condescendencia divina había prometido a los patriarcas y a los profetas.
Hemos de suponer, sin duda alguna, que aquella misma familiaridad, respeto y altísima dignidad que Cristo tributó a José mientras vivía aquí en la tierra, como un hijo con su padre, no se la ha negado en el cielo; al contrario, la ha colmado y consumado.
Por esto, no sin razón añade el Señor: Pasa al banquete de tu Señor. Pues, aunque el gozo festivo de la felicidad eterna entra en el corazón del hombre, el Señor prefirió decirle: Pasa al banquete, para insinuar de un modo misterioso que este gozo festivo no sólo se halla dentro de él, sino que lo rodea y absorbe por todas partes, y que está sumergido en él como en un abismo infinito.
Acuérdate, pues, de nosotros, bienaventurado José, e intercede con tus oraciones ante tu Hijo; haz también que sea propicia a nosotros la santísima Virgen, tu esposa, que es madre de aquel que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por siglos infinitos. Amén.

San Bernardino de Siena, “Sermones de San Bernardino”, Sermón 2, Sobre san José: Opera 7, 16. 27-30.

domingo, 18 de marzo de 2012

¿El Shakespeare norteamericano?



Algunas personas encontrarán absurdo comparar cualquier personaje relacionado al mundo del cine moderno con uno de los mayores poetas y dramaturgos de todos los tiempos, pero la fiesta de San Patricio puede ser un momento apropiado para conmemorar a un gran hijo de Irlanda, el cineasta norteamericano John Ford (1895-1973), señalando algunas semejanzas entre su carrera y la de William Shakespeare (1564-1616). Un John Ford puede ser lo más cercano a un Shakespeare que nuestra pobre época moderna pueda producir – veamos pues-:
Para empezar, los dos hombres fueron enormemente exitosos como creadores de espectáculos populares. Shakespeare empezó no por escribir literatura inglesa sino piezas para la compañía del Globe Theatre, al cual le faltaban siempre nuevas obras para poner en escena. Entre 1592 y su exilio del teatro de Londres que ocurrió menos de 20 años después, escribió unas 35 piezas de todo género: piezas históricas, comedias, tragedias, romances. Todas fueron exitosas pues Shakespeare se había involucrado totalmente en el Globe Theatre y era muy cercano a su público. En cuanto a John Ford, para satisfacer la insaciable demanda de nuevas películas por parte del público norteamericano, entre 1917 y 1970 dirigió, con una compañía de actores que reaparecían a menudo, más de 140 películas, mezclando, como Shakespeare, la comicidad y la seriedad, la gran vida y la vida del pueblo. Muchas de sus películas tuvieron un gran éxito pues Ford como Shakespeare conocía bien su público.
Los dos hombres tuvieron tal éxito porque eran buenos cuentistas, siendo los cuentos el corazón de la distracción popular. Los dos hombres sabían enganchar a sus audiencias y mantenerlas en suspenso – ¿Que pasará ahora? Y, como los cuentistas pueden tener una influencia considerable, por ello estos dos hombres contribuyeron a moldear hasta el carácter de sus naciones. Por sus piezas históricas que actuaban como propaganda para la dinastía Tudor recientemente establecida, Shakespeare influenció de una manera permanente como los ingleses se ven a sí mismos, desde que salieron de la Edad Media. De la misma manera Ford era experto en la historia norteamericana (véase por ejemplo El último hurra, 1958) y, creando el mito del “Western” que dio lugar al “Far West” de Norteamérica, él definió de tal manera el carácter nacional norteamericano que todos desde entonces asociamos a los norteamericanos con los “cow-boys”.
Los dos hombres pasaron por un aprendizaje serio previo a sus artes, Shakespeare en las tablas del Globe Theatre, Ford como camarógrafo durante varios años antes de hacerse cineasta. Como poeta, Shakespeare es incomparable por su maestría de la palabra, mientras que la poesía de Ford podría ser su sentido de la imagen. Innumerables directores de cine han estudiado sus películas para aprender a usar la cámara pues Ford sabía muy bien componer los detalles de sus imágenes en movimiento (“movies”). Cuando preguntaron a otro famoso cineasta, Orson Wells, cuáles eran los directores de cine que mas apreciaba, contestó: “Me gustan los viejos maestros, quiero decir John Ford, John Ford, y John Ford”. ¡Mientras que otro cineasta comparaba las películas de Ford por “la sencillez y la fuerza” de su estilo a las obras del período medio de Beethoven!
Para terminar los dos hombres eran Católicos. El drama más profundo de las piezas de Shakespeare proviene seguramente del sentido Católico, necesariamente disfrazado, que él tenía de la tragedia que representaba la caída irreversible de la “Inglaterra alegre” en la apostasía. John Ford era el décimo de once hijos de dos inmigrantes a Estados Unidos, los dos nacidos en la Irlanda Católica. Sin lugar a dudas, la Fe de sus antepasados le permitió conmemorar la relativa inocencia y decencia de la América de ayer, con sus mujeres femeninas y sus héroes viriles y rectos, tipificados por John Wayne en las películas de Ford. Puede ser que un rey del cine moderno no entrará jamás en el Panteón de los grandes hombres de todos los tiempos al lado de un Shakespeare, pero ese rey moderno John Ford lo fue.
Gracias Irlanda y Norteamérica. ¡Feliz fiesta de San Patricio a ambas!

Kyrie eleison.

Mons. Richard Williamson, “Comentarios Eleison” Nº 244, 17 de marzo del 2012.

sábado, 17 de marzo de 2012

¿Qué es el Modernismo?


El Papa San Pío X, gran defensor de la fe, frente al error del modernismo.

 Muchos nos preguntamos ¿por qué existen hoy día tantos errores dentro de la Iglesia? Existen “católicos” que apoyan el aborto y las uniones homosexuales, entre otros errores y horrores morales; existen quiénes convierten la misa en una reunión social, una cena conmemorativa, y entre otros excesos que tocan lo sacrílego, caen en transformar la misa en un recital de rock, ente otras aberraciones; existen quienes han reformado los mismos rituales, quitando subrepticiamente todo el sentido de lo sobrenatural y de lo sacro. Errores todos estos, provenientes y derivados de la actitud y fe modernistas y liberales. Lo que hoy llamaríamos “catolicismo liberal” o simplemente “progresismo religioso”, con sus diferentes matices pero que en esencia son impulsados por la filosofía del modernismo.
En muy resumidas palabras, el modernismo es aquel error filosófico que intenta transformar a la Iglesia (y a todas sus creencias) en algo subjetivo desligándola a esta misma de toda trascendencia. Transformándola así, en algo acomodado en esencia al mundo moderno. ¿Y quiénes intentan trasformar la Fe? Es el error hoy día muy propagado y condenado por los Papas llamado modernismo.
Publicamos un pequeño y consistente resumen realizado por el sacerdote dominico Jean-Dominique, de lo que ha creído siempre la Iglesia y de lo que creé el modernismo de la Iglesia, como para ilustrar a las almas que no han sido informadas de este grave error.


¿Qué es el Modernismo?

Los juicios del magisterio de la Iglesia contra el modernismo son de una vehemencia impresionante.
La doctrina es calificada como:

-  “veneno de error”,
-  “monstruosidad”,
-  “plaga terrible”,
-  “perversión de espíritu”,
-  “alimento envenenado”,
-  “descalabro universal de errores”,
-  “resumidero de todas las herejías”, que “conduce al panteísmo” y a “la destrucción de la religión”.

El juicio no es menos severo respecto a las personas: “Tenemos que luchar contra hábiles enemigos”, afirma el Papa San Pío X, “contra un género muy pernicioso de hombres, los modernistas”, que “traman la ruina de la Iglesia”. Estos adversarios están embargados de una “sed de novedades”, poseen “una habilidad nueva y con frecuencia pérfida”, son “enemigos que se ocultan en el seno y en el corazón mismo de la Iglesia”; son “los peores enemigos de la Iglesia”, de un “alma pervertida contra la autoridad”, imbuidos de “desprecio para con el magisterio de la Iglesia”, el cual socavan hasta sus fundamentos “afectando aires de sumisión” y “disimu­lando bajo apariencia exterior de acatamiento una au­dacia ilimitada”. Así, los modernistas son tanto más de temer cuanto que “su insidiosa táctica consiste en no presentar jamás sus doctrinas metódicamente y en con­junto”.
¿Qué es el modernismo, que amerita tamaña conde­nación?

Primera aproximación.

El término “modernista” nos provee ya una indica­ción sobre la naturaleza misma de esta herejía. En efec­to, “moderno” significa aquello que pertenece o convie­ne al tiempo presente o a una época relativamente re­ciente. En consecuencia, el modernismo consiste en la tendencia a conciliar la exégesis cristiana con los presu­puestos de la crítica histórica y la filosofía moderna.
Esta definición —es verdad— es insuficiente, pero pone en evidencia el carácter general del modernismo. Antes que nada, el modernismo —como indica su nom­bre— quiere ser moderno, quiere adaptarse al gusto del día; no quiere quedar al margen de la sociedad. La Igle­sia —dice— debe adaptarse a las costumbres y a la ma­nera de pensar de la época, las cuales nacieron de una fi­losofía racionalista y subjetivista. El modernista “amal­gama en sí el racionalista y el católico” dirá San Pío X. “Imbuidos de filosofía moderna, se dedican a conciliar ésta con la fe y a emplearla, según dicen, en provecho de la fe”. Por decirlo de alguna manera, el modernista que­rrá hacer un maridaje entre la fe tradicional y las nove­dades salidas del Protestantismo y de la Revolución, dándole así renovada fecundidad.
El modernista quiere que esta unión sea total. Lejos de subordinar el pensamiento humano a las exigencias de la fe, pide a la Iglesia que tome la filosofía contem­poránea tal como ella es. El dato revelado en conjunto debe ser vuelto a pensar y renovado a la luz de las nove­dades. Es probable que se conserve el lenguaje tradicio­nal, pero se le dará un sentido nuevo. “Juzgan que es absolutamente necesario que la teología sustituya las antiguas nociones por nuevas, a resultas de las diversas filosofías de las que, según los tiempos, aquella se sirve como instrumentos”.
El modernismo, en consecuencia, aparece a primera vista como una pretensión de poner al día a la Iglesia, en el sentido de una adopción sincera de los datos de la fi­losofía reinante. De allí que sea más bien un estado de espíritu, con frecuencia difícil de precisar, una especie de transfusión de sangre al cuerpo de la Iglesia que de­be conducir a un cambio radical y permanente.

los principios del modernismo.

¿En qué consiste esta nueva filosofía, que ejerce tan­ta fascinación al modernista? Con mucho criterio, el Pa­pa San Pío X la resumió en dos términos: agnosticismo e inmanencia vital. ¿De qué se trata con esto?
La palabra “agnosticismo” está formada por el pri­vativo “a” y la raíz “gnosis” o conocimiento. En sen­tido amplio, agnóstico es aquel que niega que la inteli­gencia humana tiene la facultad natural de conocer la realidad tal como es. El hombre debería contentarse con la percepción de los fenómenos, la apariencia de las co­sas y hacerse una imagen. No puede pretender conocer la naturaleza y las leyes metafísicas de lo real. Más pre­cisamente y como consecuencia, el agnosticismo enseña que el hombre no puede conocer la existencia de Dios por medio de la razón.
Extendiendo este principio, el modernista llegará a afirmar que el camino que conduce al hombre a Dios ya está cerrado en el propio orden natural. Corta —si pue­de decirse así— al hombre de Dios, construyendo una espesa capa de cemento entre naturaleza y Creador, en­tre tierra y cielo. No solamente la inteligencia no puede conocer a Dios (la inteligencia humana debe circunscri­birse a la naturaleza y a ella misma, de modo que los in­dividuos y las sociedades viven sin referencia a Dios), sino también Dios mismo ya no puede entrar en contacto con el hombre (ya no son posibles ni la encarnación, ni la revelación, ni los milagros): “la historia del géne­ro humano se explica sin referencia alguna a Dios”.
Se reconoce también al agnóstico por su desprecio por la verdad objetiva y las definiciones claras y defini­tivas. Además, el desprecio de la inteligencia lo condu­ce al relativismo y al liberalismo. ¿Cómo juzgar si una doctrina es verdadera o falsa si se está privado de todo criterio objetivo? Entonces aparece una dificultad: ¿Dónde encontrará el hombre las convicciones religio­sas de que tiene necesidad? ¿Dónde está la fuente de es­te fenómeno que se encuentra en todas las culturas, en todas las épocas y que se llama “religión”?
Dado que no puede venir de Dios (agnosticismo), no puede sino provenir del hombre. Éste es el segundo principio modernista tomado de la filosofía moderna, aquella de la inmanencia vital. Vida religiosa, fe y rela­ción con Dios, son reducidas a una experiencia interior, a un sentimiento, a una conciencia, a una auto-realiza­ción. “La doctrina de la inmanencia, en el sentido mo­dernista, afirma y profesa que todo fenómeno de con­ciencia proviene del hombre en tanto hombre”. “Cerra­do todo camino hacia Dios de parte de la inteligencia (agnosticismo), se empeñan en abrir otro por parte del sentimiento y de la acción”, es decir, la experiencia. “El sentimiento religioso, que sale así por medio de la inma­nencia vital de las profundidades del inconsciente, es el germen de toda religión, tanto como es razón de todo lo que ha sido y será siempre de toda religión”.
El modernista, en otros términos, es como un auris­ta, que privado de todo contacto con el mundo exterior, está abandonado a sí mismo y a sus sentimientos. Pri­vado del conocimiento de lo real y de la causa primera en virtud de su agnosticismo, cree poder encontrar en sí mismo el motor de su progreso. Es invitado a superar­se, a fabricar su vida y su religión dando rienda libre a su sentimiento religioso. Esto es lo que los filósofos modernos califican como “acto trascendental”.
Una consecuencia inmediata es el ecumenismo. Da­do que el hombre fabrica su religión y que es el maestro de su aproximación a Dios, para unir a los hombres y acercarlos a Dios será suficiente que cada uno siga su conciencia, que practique su propio culto, sea el que fuere, poniendo en obra su inmanencia vital. De este modo todos serán más hombres, construirán todos jun­tos la humanidad y se unirán a otros hombres, avanzando todos hacia la misma cima transitando su propio ca­mino.

La religión Modernista.

¿En qué se transforma la religión católica después de haber sido examinada y corregida por semejante filoso­fía? Preguntemos al modernista:

¿Qué es la Fe?

La fe católica es una virtud sobrenatural infundida por Dios, que confiere a la inteligencia la certeza sobre­natural de las verdades reveladas. El modernista la transforma en un sentimiento proveniente “de las pro­fundidades de la subconciencia”, en “una experiencia individual”, en “cierta intuición del corazón”. Las fór­mulas del dogma no son más que “símbolos” que no conviene utilizar sino en la medida en que sostienen y desarrollan el sentimiento religioso de cada uno.

¿Qué es la Revelación?

En lugar de ser una enseñanza de Dios que habla con autoridad por medio de Jesucristo, los Profetas y los Apóstoles, la revelación del modernista se reduce a “un sentimiento que aflora en la conciencia”, a una expe­riencia de lo divino que dice algo de Dios y está a dis­posición de todos.

¿Qué es la Tradición?

La Tradición, esto es, la transmisión de las verdades reveladas hecha por la Iglesia, se transforma en “la co­municación hecha a los demás de cierta experiencia original por medio del órgano de la predicación”.
El rol del magisterio consiste sólo en despertar en los demás, mediante el buen ejemplo y la palabra, este sentimiento religioso que cada uno lleva en sí, en “lo profundo de su naturaleza y de su vida”.

¿Qué es la Iglesia?

Mientras que la Iglesia Católica es la sociedad jerár­quica de los bautizados, fundada por Cristo, unidos por la verdadera fe, los sacramentos y la obediencia a una autoridad visible, los modernistas la deformarán en una “colección de ciencias individuales” que imitan el sentimiento religioso de Jesucristo. Es una “emanación vi­tal de la conciencia colectiva”. Lejos de ser una y visi­ble, la Iglesia es indefinible y no susceptible de ser co­nocida. Ser católico implica revivir la inmanencia vital de Cristo-hombre, es ser hombre como Cristo. Se supri­me la diferencia entre clérigos y laicos, como así tam­bién los límites visibles de la Iglesia.

¿Qué es el Papa?

Para el modernista, la autoridad es un árbitro al ser­vicio de la paz, que permite a cada uno la libre expan­sión de su propio sentimiento religioso.
El Papa ya no es el Vicario de Cristo, dotado del po­der supremo de jurisdicción y magisterio. Está al servi­cio de la inmanencia vital de cada uno.
Es el portavoz de la conciencia colectiva y se esfuer­za por mantener un equilibrio entre las fuerzas vivas existentes en el interior de la Iglesia, asegurando “los cambios y los progresos” gracias a “una suerte de com­promiso y transacción entre la fuerza conservadora (la Tradición) y la fuerza progresista”.

¿Qué es el culto?

El culto y los sacramentos no tienen el valor teocéntrico que les son debidos. “No han sido instituidos más que para nutrir la fe”, es decir, “para avivar y activar” el sentimiento religioso individual.

Conclusión.

¿Qué es lo que queda, en definitiva, después de esta relectura de la fe y de la Iglesia bajo el prisma de la fi­losofía agnóstica y subjetivista?
El hombre, nada más que el hombre, el culto del hombre, la persona humana erigida en absoluto y que se dedica a construir en sí la humanidad mediante su “ex­periencia religiosa”.
Una palabra puede resumir esta nueva religión: la in­gratitud. Ingrato, en efecto, es quien ignora o niega la gratuidad de los dones que le son hechos. Comienza por contrariar y destruir lo que se le ofrece.
Este es el hecho de la duda agnóstica. Después, pre­tende poder alcanzar por sí mismo el objeto de sus de­seos. Si acepta ciertos dones, es porque le son debidos y los ha merecido o conquistado por sus propias fuerzas: ya no son gratuitos. Es lo que pretende hacerse con la inmanencia vital. A este título, el modernismo hace ga­la de su nombre. Coincide con el espíritu de su época, a la cual es inherente una profunda ingratitud para con Dios y la Iglesia. A esta ingratitud de los hombres debe corresponder la profesión pública de la gratuidad de los dones de Dios.

R.P. Jean-Dominique, O. P. Le Chardonnet. nº 229, Junio de 2007.

jueves, 15 de marzo de 2012

El mayor enemigo de la ideología de género es la Iglesia.




Reportaje al P. Claudio Sanahuja.

El único enemigo de esta ideología de género es la Iglesia, que afirma con rotundidad verdades que se contraponen a la nueva ideología y una nueva ética sin principios ni valores inmanentes e inmutables. Por eso la ética judeocristiana es incompatible con los nuevos paradigmas del NOM y la declaración de Benedicto XVI de los principios no negociables es todo un desafío para los grupos de presión feministas, homosexuales y abortistas. ¿El lobby más peligroso? “El lobby gay que actúa dentro de la Iglesia”.

El Gobierno español se vende a sí mismo como puntero en matrimonio homosexual, aborto y Alianza de Civilizaciones. ¿Se puede afirmar que España se ha convertido en la punta de la lanza del Nuevo Orden Mundial?
– Eso son temas geopolíticos que estaban en el ámbito internacional antes de Zapatero. Pero no es lo mismo una ONG o una indicación política de un organismo internacional que una sugerencia política de España que no se la ve como los centros de poder anglosajón.

Se la ve como la madre patria.
– Bueno, ése es un concepto un poco pasado de moda, pero sí como un país amigo y afín. Y se plantean que si España lo hace, ¿por qué nosotros no?

La ONU ha estado impulsando las políticas abortistas, feministas y rosas. ¿Qué cree que es mejor, tratar de mejorarla o de anularla?
– Tenemos que participar porque no se pueden dejar ámbitos sin tratar de influir en ellos aunque hayan sido creados por el enemigo. Eso sí, cuidando de no ser cómplices.

¿Por ejemplo?
– Dando el consenso a algo que parece inofensivo, pero que tiene un trasfondo y un mensaje retorcido. Los famosos eufemismos.

¿Por qué la presión para sacar a la Santa Sede de Naciones Unidas?
– Porque complica el panorama de los países que quieren imponer determinadas políticas. Ante la anticoncepción, aborto, perversión de derechos humanos, la Santa Sede es un escollo.

Vayamos al aborto. Hay quien considera que el término “salud sexual y reproductiva” sería un término rescatable, aunque siempre se haya utilizado eufemísticamente como sinónimo de aborto.
– Nunca se pudo dar un buen sentido a la salud reproductiva. Nació como eufemismo de anticoncepción e incluso de aborto químico. La sexual vino después, y tampoco se le pudo dar nunca un buen sentido. Además, este año Hillary Clinton, en la reunión del G-8 en Canadá, dijo claramente que salud sexual y reproductiva incluye el aborto.

¿Se puede decir que el derecho al aborto ya existe en documentos oficiales?
– En las recomendaciones y en las observaciones generales de los tratados de derechos humanos. Por ejemplo, la recomendación general 24/25 del Comité del Tratado de Eliminación de Toda Forma de Discriminación contra la Mujer. Ahí aparece el aborto como un derecho.

¿Es una interpretación vinculante?
– Claro, porque se trata del comité que provee a los países signatarios de la llamada interpretación auténtica del texto de la convención.

Vayamos a los nuevos derechos, los llamados derechos de segunda o tercera generación. Es el intento de la progresía de colar su ideología, pero ¿no hay nada salvable?
– Mire: dentro de los ocho Objetivos del Milenio para el Desarrollo, hay dos que hacen referencia al género y a la salud sexual y reproductiva, claramente antivida. Pero los otros seis, también, porque se interpretan todos en clave feminista, abortista o de cultura de la muerte.

¿Por qué todas las compañías han comprado los Objetivos del Milenio?
– Las menos por complicidad; la mayoría porque es políticamente correcto, lo que manda la moda.

¿Cree que las teorías de género son la última rebelión contra Dios?
– Depende de a quién se lo atribuyamos. En ámbitos de Naciones Unidas hay una abierta rebelión contra Dios. Pero para la mayoría es algo que marca los tiempos.

Sí, pero ésos no son los que marcan la agenda.
– No. Para los que marcan la agenda, la destrucción de la Iglesia Católica es un imperativo porque es el único freno.

Cambiemos de tercio. ¿Cree que la nueva religión mundial pretende sustituir el decálogo por un nuevo paradigma ético?
– Sí. Una religión de subjetivismo, de relativismo, que combate cualquier tipo de verdad no negociable. Y están infiltrando las religiones. También la Iglesia Católica.

Terminemos con el futuro. ¿Qué es lo que nos viene?
– Una persecución a la Iglesia Católica o a los restos de quienes permanezcan fieles a la doctrina de la Iglesia. Para el Nuevo Orden, la desaparición de la Iglesia Católica es un imperativo.

¿Cree que la Iglesia está preparada para esa batalla?
– Humanamente creo que una gran parte de la Iglesia no está preparada para esa batalla. Pero la Iglesia es antes que nada Esposa de Cristo y una realidad sobrenatural. Por eso el número de fieles o de jerarcas preparados para la batalla importa poco. Lo que sí sabemos es que a la larga vamos a ganar porque el triunfo está prometido. 

Visto en Libertady religión.

Algunas conferencias que hemos publicado del autor, pueden descargarse de éste enlace: Confrencias sobre el tema aborto.