martes, 27 de marzo de 2012

Ferdinand Brunetière.



Fernando Brunetière, fue el príncipe de la crítica li­teraria francesa y director de la Revista de Ambos Mundos. Después de haberse nutrido en su juventud con los estudios de Claudio Bernard, de Darwin, de Augusto Comte, Heriberto Spencer, Schopenhauer, etc., después de lento y serio examen, después de haber buscado con pro­lijos estudios la verdad, supo desligarse de las enseñanzas de esos autores, contrarías a las doctrinas de la fe, fue a llamar a las puertas de Roma, y se afirmó como apolo­gista y creyente católico.
Todo  procedió   ordenadamente,   sin  saltos  imprevis­tos. Diversas son las vías que conducen a Roma: La Bonne souffrance devuelve al catolicismo al poeta de los hu­mildes de París,  Francisco Coppée.  El estudio de las lí­neas y del arte gótico, hace entrar en el catolicismo a Huysmans. Brunetière pisó un sendero más largo y más mo­derno para llegar hasta el Vaticano. El adversario implaca­ble de la novela naturalista, el paladín de la idea de la res­ponsabilidad en el artista, el luchador de la moralidad, y ,   de una moralidad social, era   inconscientemente   cristiano, antes de decir: —Lo que yo creo, id a preguntárselo a Roma.
Su viaje al Vaticano en 1895, marca la primera etapa de su conversión.
Y en su célebre escrito Las bases de la creencia, hablando de las bancarrotas sucesivas de la ciencia, dice: “Nada más fácil que multiplicar los testimonios acerca de esto, desde quince años a esta parte[1] lo que hace en el siglo de los ferrocarriles y telégrafos un espacio de tiempo bastante largo en la historia de las ideas, algo se ha cambiado acerca de la estimación que se profesaba a la ciencia. Se la admira siempre, pero no es ya el exigente y tiránico ídolo al cual se nos pedía sacrificarlo todo. Seguimos usando de sus servicios y le quedamos agradecidos; pero ya no ponemos en ella todas nuestras esperanzas... Por todas partes vemos sus límites sin tener necesidad del microscopio o de los rayos Roentgen. La ciencia es incapaz de darnos una explicación o una interpretación aceptable del universo. Ella es incapaz de fundar una moral. Ella, por fin, es incapaz de substituir la religión en la evolución social de la humanidad”.
“Señores —hubo de decir en el Congreso de Bessançon en 1898— no he tenido otros méritos que haberme dejado hacer por la verdad”. Y la verdad fue siempre en marcha en su espíritu. Predicador laico, recorrió las principales ciudades de Francia, de Italia y de Europa. Su pensamiento científico religioso se fue robusteciendo cada vez más. Soldado de Cristo, no ocultaba ni siquiera un pliegue de su bandera.
Fue católico, católico integral, ultramontano. Léase su artículo magistral sobre el Catolicismo en los Estados Unidos y el otro no menos explícito: ¿Queremos una Iglesia Nacional? Léase su valiente conferencia sobre Calvino, pronunciada en su misma ciudadela, en Ginebra, y se verá qué sólidas raíces tenía en su alma aquel catolicismo que llevaba y defendía por doquiera, al punto que sus colegas de la Academia Francesa, le llamaban irónicamente Fernando el Católico,
Y en el fervor de la fe, abrazada después de maduro examen,  Brunetière comprendía toda la necesidad de un apostolado científico, de una apologética que respondiera a la altura del momento.
Hizo suya ¡a máxima de Bossuet: “Edifiquemos las fortalezas de Judá con las cenizas y las ruinas de Sama­ría”.
Y se dio a buscar el alma de la bondad, como decía, en las cosas malas y el alma de la verdad en las cosas fal­sas. Sobre las ruinas de la ciencia, edificó el templo de la fe.
Este Alcestes belicoso, tuvo la pluma en la mano has­ta la orilla del sepulcro.

El lº de noviembre de 1906, hacía el prefacio de las Cuestiones actuales.
La tiranía del dogma no es tiranía si nos servimos de esta palabra en materia dogmática. Y esto significa que no se sabe que ella haya jamás estorbado ni contrariado las especulaciones del geómetra o las vivisecciones del fisiologista. Ella no ha jamás contrariado ni restringido la libertad del historiador, y no hay, que yo sepa, opinión alguna católica, impuesta, ni convenida, sobre las guerras médicas o la conquista de la Galia por los Romanos. Pero si la  tiranía no se  ejerce sino en  materia dogmática —por ejemplo, sobre la cuestión de la Encarnación o de la Redención—, quién no ve que la palabra no tiene mis sentido, y que la afirmación perentoria y absoluta del dogma, en teología, equivale exactamente a lo que son en física y en fisiología,  la enunciación de ¡as leyes que do­minan la materia. ¿Es tal vez libre el geómetra de modifi­car las propiedades de la circunferencia o de la elipse? ¿Es tal vez libre el químico de definir a su talante, las del clo­ro o del alcohol? Pero las leyes del objeto, se imponen al hombre y aunque le convengan o no, está obligado a sufrir su violencia y tiranía. ¿Quién podrá por esto sostener seriamente que nuestra libertad de pensar está aherrojada? Y a este propósito, ¿no sería el caso de hablar de la banca­rrota de la ciencia? ¿Y por qué se quisiera juzgar con otro criterio en materia de religión? La pretendida tiranía del dogma no es sino una frase. El dogma para el creyente, no impone más violencia que la misma verdad. Y si se le pone afuera y como aparte de la discusión, es a la manera de esos axiomas o verdades elementales que se encuentran formando la base de todas las ciencias...[2].
La Revista de ambos mundos del 1º de diciembre de 1906, lleva todavía un artículo suyo.
Después calló esa boca de oro y se destempló esa pluma de acero. Una nube de tristeza velaba la noble fren­te del grande escritor. Sentía herida su alma por la inno­ble actitud del Estado sectario contra la Iglesia de Cristo.
A uno de sus discípulos decía, en los últimos meses, con dolor: —No nos queda más que la historia, entregué­monos a ella, hasta que también nos la prohíban.
Pero el dolor más grande que tuvo que experimentar, fue cuando vio disuelto el lazo secular del Concordato y aprobado por las dos cámaras la ley de separación de 1904.
Murió como mueren los valientes, sobre la brecha, a los 57 años, el 9 de diciembre de 1906.
Todo París rindió homenaje a la gigantesca figura del extinto, y pasó silencioso ante su féretro.
La muerte acababa de rendir a este valiente, que ba­jaba a la tumba con el fragor del roble del bosque que cae al suelo abatido por la tempestad.

P. Bernardo Gentilini, “La ciencia y la Fe”, editorial Difusión, Buenos Aires, 1944.


[1] El autor escribía su artículo en  1896.
[2] Questions actuelles, Préface.

sábado, 24 de marzo de 2012

Los enemigos de la historicidad de la aparición guadalupana.


Fray Servando Teresa de Mier

Dice Gracián que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Yo me conformo con que éste rápido estudio sea siquiera una vez bueno: bueno por la brevedad. Y así, la vastísima materia de que hablan los títulos del programa, aparecerá apenas insinuada en esta plática somera.
¿Quiénes son los adversarios de la historicidad de las apariciones guadalupanas, que merezcan mención? El español don Juan Bautista Muñoz, el regiomontano Fray Servando Teresa de Mier que fluctuó entre una apología exorbitante y una impugnación oportunista, y don Joaquín García Icazbalceta, que reprodujo las argumentaciones de los dos precedentes, reforzó la lista de autores contemporáneos a la aparición que no hablan de ella, y adujo una información hasta entonces desconocida, hecha en 1556 por el Ilmo. Señor Montúfar, sucesor inmediato de Zumárraga, sobre un sermón antiguadalupano de P. Francisco Bustamante.
Don Juan Bautista Muñoz, cronista real de las Indias, presentó en la Academia de la Historia, de Madrid, en 1794, una Memoria -publicada hasta 1817-, impugnando la historicidad las apariciones.
Este trabajo, de excelente estilo y avalorado por el prestigio del autor, pudo deslumbrar a quienes, alejados de nosotros, apenas conocían vagamente y de oídas nuestras cosas, pero hace realmente sonreír por su debilidad y exigua documentación a quienes con conocimiento de causa lo leemos ahora.
En cuanto fue conocido en México, obtuvo refutaciones excelentes. La mejor es la del famoso Guridi y Alcocer, publicada en 1820, quien inserta integrar en su libro la Memoria de Muñoz, para que el lector vea -dice- si es más fuerte la objeción o la respuesta; iba contestando punto por punto, en un estilo sobrio, lúcido, elegante y moderno, que da gozo leer.
El caso del P. Mier es curiosísimo.
Mi paisano Fray Servando era un tipo singular, inquieto, vanidoso, combativo, amante de politiquear, atrayente en su trato, boquiflojo, megalómano, de cultura vastísima y brillante pero sin coherencia ni profundidad, amigo de la democracia pero con grandes ínfulas aristocráticas, copioso en extravagancias pintorescas y a la vez en rotundos estallidos de sentido común; en suma, un hombre contradictorio, original, dinámico, con algo y aún algos de chiflado.
Vestía el hábito dominicano y tenía 31 años, cuando pronunció en la Colegiata, el 12 de diciembre de 1794, un célebre sermón en que, llevado sin duda de su índole novelera y su prurito de notoriedad, soltó las más peregrinas especies: que la imagen de la Guadalupana había sido milagrosamente impresa en la capa de santo Tomás apóstol, el cual había venido a evangelizar a los indios; y que, muchos siglos después, en 1531, la Virgen se había aparecido a Juan Diego, dándole la antigua imagen y las rosas para que las llevara ante el obispo Zumárraga y se le edificara un templo.
Como se ve y como lo declara el P. Mier, no trataba el de negar el milagro ni la tradición, sino de darles todavía más lustre de antigüedad y grandeza; pero el arzobispo Núñez de Haro, recogiendo el escándalo que se suscitó en los oyentes y cumpliendo con su deber, abrió causa al estrambótico predicador, de la que salió privado del derecho de cátedra, púlpito y confesionario, y condenado a cumplir una reclusión de diez años en el convento de las Caldas, de España. Así aprendería el respeto que se debe a la cátedra sagrada, y como la verdad Guadalupana ni tolera ni necesita mentiras para ser grande.
¿De dónde sacó el P. Mier aquellos disparates calenturientos? De cierta plática que tuvo con un licenciado Borunda, buen hombre que se había dado a estudiar la lengua y jeroglíficos de los indios y había conjeturado algunas cosas extravagantes, las cuales Fray Servando, con su característica ligereza y fantasía, aderezó a su modo y dio por concluyentes. Hasta después de pronunciar su sermón leyó algo de la “Clavé historial” que estaba escribiendo Borunda, y “confieso -escribe- que lejos de haber hallado las pruebas incontrastables que el hombre me había asegurado tener, hallé una porción de dislates propios de un hombre que no sabía teología, y aún de todo anticuario y etimologista, que comienza por adivinanzas, sigue por visiones y concluye por delirios”. La confesión de Fray Servando no puede ser más categórica, aunque es justo advertir que el modesto Borunda no habló de pruebas incontrastables, y esto fue aditamento de Mier para deslizar hacia el otro su propia responsabilidad.
En suma: el castigo eclesiástico que se dio a Fray Servando era justificado y procedente. No había ni las intrigas, ni las envidias, ni las calumnias, ni las 10.000 cosas negras que él ha fantaseado, en su delirio de persecución y de grandeza, y que han prohijado sin análisis, algunos de sus biógrafos. Si el P. Mier parte a España y cumple sencillamente su reclusión, todo se acaba en paz. Pero tenía la sangre de azogue, y convertido en el genio de la fuga, se dedicó a evadirse de sus reclusiones sucesivas, agravando así y complicando su falta. Por cierto que de sus cinematográficas aventuras por Europa, nos ha dejado un relato vivaz, desenfadado, hiperbólico, incisivo y pintoresco, insegurísimo como historia pero divertidísimo como novela.
Estando en Burgos, supo Fray Servando de la Memoria que había presentado Muñoz contra la tradición Guadalupana, y en 1797 trabó con él correspondencia, escribiéndole seis cartas en que aparecía compartiendo la opinión de aquel, ampliando sus datos y reforzando sus razones.
Quiso, sin duda, Fray Servando, darse importancia codeándose epistolarmente con hombre de tanto viso, y congraciase con personaje a quien, por ser cronista real, suponía influyente en la corte y capacitado para brindarle algún apoyo en la infeliz conclusión de su causa pendiente; esto se conjugó con su despecho por el castigo y humillación que sufría, pues las razones para dudar “las he descubierto -le dice textualmente a Muñoz- después que la persecución me ha hecho meditar y estudiar el asunto”. Y lanzado por este camino con su vehemencia natural, llegar en 1797 a tildar abiertamente de “fábula” la tradición Guadalupana, el mismo que tres años antes protestaba -y así era la verdad- que no pretendía negar, sino robustecer y exaltar la tradición.
Pero más tarde volvería a desdecirse. Oportunista en sus cartas a Muñoz, fue oportunista de nuevo al volver a la patria; y su primer discurso en el congreso constituyente, del que formó parte como diputado por Nuevo León, olvidándose de su correspondencia con Muñoz y queriendo trocar en mérito patriótico las pesadumbres que le atrajo su sermón estrafalario, dijo con toda solemnidad el día 15 de julio de 1822: “Los mexicanos, en el año de 1794, me llenaron de imprecaciones, creyendo que en un sermón había negado la tradición de Nuestra Señora de Guadalupe. Los engañaron: tal no me había pasado por la imaginación: expresamente protesto que predicaba para defenderla y realzarla”.
Y todavía para morir, cuando, con singularidad muy propia suya, salió a convidar personalmente a sus amigos para su Viático, y antes de recibirlo pronunció un discurso, el 16 de noviembre de 1827, volvió a protestar solemnemente que él no había practicado contra la tradición Guadalupana. Ya se comprende por todo esto, la poca seriedad que puede atribuirse a la impugnación del P. Mier. Atiborrada de insegura y tumultuosa erudición, de ardientes disparates mezclados con útiles observaciones, de fantaseos etimológicos -pues el Padre gozaba con multiplicar citas aztecas aunque ignoraba la lengua Azteca-, su impugnación ha sido refutada vigorosamente por Tornel y Mendívil, por P. Antícoli y otros, y en nuestros días por Don Primo Feliciano Velázquez.

Pasemos ahora a la célebre carta que Don Joaquín García Icazbalceta escribió privadamente en 1883 al señor arzobispo Labastida, y que en 1896, muertos ya ambos personajes, se publicó sin pie de imprenta ni nombre de editor, por amigos de Icazbalceta que violaron así la voluntad que éste consigna con insistencia y decisión en la propia carta, de que no se haga publica jamás.
En prosa fuerte, limpia y concisa, agrupa, mejorándolas, las objeciones de Muñoz y de Mier, y alarga la lista de silencios. El no haber visto personalmente documentos contemporáneos originales que hablaran con toda claridad de la aparición, hizo gran fuerza en el espíritu de Icazbalceta, singularmente docto en papeles españoles del siglo XVI. Yo creo que esto decidió la convicción del ilustre escritor, y lo llevó luego a paliar o desestimar los hechos y testimonios que se oponían a su convicción, aventurándose, para explicarlos, en conjeturas notoriamente débiles.
Quien, sin preparación particular, lee la carta de Don Joaquín García Icazbalceta, la encuentra magistral y concluyente. Pero cuando se ha profundizado de veras en los estudios guadalupanos y se han analizado punto por punto las cuestiones, asombra -dada la competencia de su autor- la cantidad de errores, omisiones y deficiencias que hay en la carta acaso explicables por la menor acuciosidad que se pone en lo que no se dedica a la publicidad. Véase la respuesta que el propio año de 1896 produjo el doctísimo canónigo Don Agustín de la Rosa; véase el admirable estudio que de la carta ha publicado recientemente, en su libro sobre “La aparición de Santa María de Guadalupe”, Don Primo Feliciano Velázquez; véase otros esclarecidos autores guadalupanos, y se comprenderá que el prestigio de la objeción proviene de que se ignora la respuesta.
Y no hablo de las ediciones fraudulentas y mendaces que se han hecho de la carta, y que, si viviera Don Joaquín, le harían morir de indignación, viéndose, en manos de una bochornosa mala fe, empleado como instrumento contra la Iglesia de que fue hijo insigne y ejemplar.
Por lo que toca al sonadísimo argumento del silencio, ¿qué es lo que se dice? Esto, que de 1531 a 1548, fecha en que apareció la primera historia formal sobre el milagro guadalupano, escrita por el P. Miguel Sánchez, no existe documento alguno. ¿Y que se contesta? Sencillamente, que no hay tal silencio: y se hace la lista de documentos y testimonios anteriores a 1648, como la ha hecho recientemente el P. García Gutiérrez en su “Primer siglo Guadalupano”, y se fotocopian los papeles respectivos que han llegado a nuestras manos, como lo ha hecho el P. Cuevas en su “Álbum Histórico”.
“La fuerza del argumento negativo -dice Icazbalceta- consiste principalmente en que el silencio sea universal”. Pues bien: como no hay tal silencio universal, resulta que, de acuerdo con el sentir del propio señor Icazbalceta, el argumento negativo viene rotundamente al suelo.
Pero se juzga que hay algo más que silencio en la información que levantó en 1556 el señor arzobispo Montúfar, dominico, sucesor inmediato de Zumárraga, con motivo del sermón que predicó el provincial de los franciscanos, Fray Francisco de Bustamante, impugnando la devoción guadalupana.
Recordemos que esta devoción era muy favorecida del señor Montúfar, que estando el provincial en ruda pugna con el arzobispo por cuestiones de jurisdicción, su airada invectiva -patentemente injusta y atrabiliaria en muchos puntos- día de autoridad y crédito.
El señor Icazbalceta se sorprende y hace gran caudal de que en la información no aparezca alguna expresa mención del prodigio Guadalupano tal como nosotros lo conocemos, y de que no se haya confundido al impugnador con las pruebas del milagro.
Pero, estudiando cuidadosamente la información -que fue publicada y comentada en 1890 por el benemérito Don Fortino Hipólito Vera-, se advierte que no paró mientes Icazbalceta en varias cosas de sustancia.
En primer lugar, la información es sólo eso: información para saber lo que dijo el predicador, no acopio de razones para refutar lo que dijo: En vano, pues, buscar en ella lo que ni contiene ni debe contener. Y así, por ejemplo, no se refuta el que la imagen fuese pintada por un indio, pero es patente que se reprueba esa gratuita afirmación, pues en el interrogatorio que se hace a los testigos se les pregunta si el predicador dijo tal cosa, y ese interrogatorio contiene precisamente los conceptos vituperables y escandalosos que se atribuyeron al predicador y sobre los cuales se recoge información, para puntualizar si en efecto los vertió.
En segundo lugar, vemos que el P. Bustamante afirmaba que carecía de fundamento aquella devoción y que para “aprobarla y tenerla por buena era menester haber verificado milagros y comprobándolos con copia de testigos”; y es clarísimo que para rendir culto a cualquier imagen de la Virgen no se requieren especial fundamento ni milagros, y que el pedirlos implica reconocer la existencia de una devoción y un culto de origen y carácter perfectamente excepcionales.
En tercer lugar, en la información se alude incidentalmente y en breves frases al sermón que el Arzobispo Montúfar había predicador dos días antes que Bustamante, y aunque no se consigna explícitamente del prodigio Guadalupano, descubrimos allí la creencia en el coma pues el Arzobispo comparó a la Virgen del Tepeyac con la de los Remedios, la de Monserrate, la de Lobeto, la de Peña de Francia y otras que precisamente se veneran como aparecidas o de origen milagroso; y uno de sus oyentes, al oír que el prelado empezaba su sermón con el versículo: “Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis”, dice que comprendió desde luego que iba a hablar de la Guadalupana. ¿Qué significa esto, sino que la Guadalupana implicaba algo absolutamente extraordinario y prodigioso, pues sería absurdo decir: “Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis” a propósito de cualquier imagen común de las innumerables que existen? ¿Qué significa esto, sino que la creencia popular existía entonces como ahora, pues de otra suerte no podría un oyente, sólo al escuchar el enunciado texto evangélico, comprender que se iba a hablar de la Virgen del Tepeyac?
En cuarto lugar, consta por la información el inmenso disgusto y el formidable escándalo que causó en el pueblo del sermón de Bustamante, fundamentalmente “por haber tocado en Nuestra Señora de Guadalupe”, no sólo ni principalmente por atacar de modo irrespetuoso al prelado, cómo interpretar con error Icazbalceta; consta que la sorpresa y el enojo fueron tales, que las gentes “decían que sería razón enviar al dicho provincial a España para que allá fuese castigado, y quien no le oirían más sermón en la Nueva España”; en fin, el fervoroso entusiasmo con qué indígenas y españoles de la ciudad y que fuera acudían al Tepeyac, “la gran devoción -dice un testigo- que toda esta ciudad ha tomado a esta bendita imagen, y los indios también, y cómo van descalzas señoras principales y muy regaladas, y a pie con sus bordones en las manos, a visitar y encomendar a Nuestra Señora, y de esto los naturales han recibido grande ejemplo y siguen lo mismo”: lo cual es luminosa comprobación histórica de cómo, desde el principio, la Virgen de Guadalupe, uniendo en un solo amor a conquistadores y conquistados, fue imán y signo de concordia nacional.
Así, la información de 1556, que se ha estimado decisiva contra la tradición, es, al contrario, un documento que la confirma. Y más aún: este documento viene a poner de relieve la inseguridad y endeblez del célebre argumento del silencio.
¿Por qué? Porque ignorábamos absolutamente lo del sermón y el escándalo causado por el P. Bustamante en 1556, hasta 1888 en que se publicó la información. A pesar de un total silencio de tres siglos, no podemos negar el hecho, en vista de un solo documento auténtico que lo comprueba. Pues bien: a pesar de algunos silencios sobre el milagro Guadalupano, no podemos negar el hecho, en vista no de uno, sino de muchos documentos auténticos que lo atestiguan.
¿Cómo es posible que ni un rumor hubiera llegado a nuestros oídos de aquel magno escándalo del sermón del P. Bustamante? ¿Cómo suponer, leyendo en los historiadores franciscanos Mendieta o Torquemada la biografía del propio Bustamante, y viendo que le llaman “prudentísimo”, que hubiera cometido la insigne imprudencia de su atrabiliario sermón, del que no nos dicen media palabra? Es evidente que callan por recato, por no revocar un incidente penoso para su orden y ocasionado a suscitar enconos.
Y es de robusta lógica inferir que exactamente por la misma razón callan sobre el milagro Guadalupano, ya que éste fue sustancia y ocasión del escándalo provocado por Bustamante. Su silencio no es ignorancia, sino discreción. Y ved aquí explicado el silencio principal y más impresionante, el de los historiadores franciscanos.
Otros mutismos han sido ya analizados y explicados por Don Primo Feliciano. Yo agregaré ésta reflexión, que me parece fecunda en aplicaciones.
El P. Cavo en sus “Tres siglos de México” nada dice, y García Icazbalceta registra ese silencio entre los significativos. No obstante, resulta de una misiva hológrafa de Cavo al P. Pichardo, fechada en Roma el 31 de agosto de 1803 y fotocopiada por el P. Cuevas en su Álbum, que aquél insigne jesuita creía macizamente en la aparición Guadalupana, tenía singular empeño en que se vindicará su verdad histórica, y juzgaba -importantísimo parecer- que “será muy fácil solución” a las objeciones presentadas por Don Juan Bautista Muñoz, que son sustancialmente las mismas que se han esgrimido mas tarde.
He aquí, pues, dos hechos evidentes: Cavo calla en su obra; Cavo cree en la verdad histórica de la aparición. ¿Consecuencia? Muy clara: El callar no implica forzosamente ignorancia, ni desprecio, ni negación del suceso.
Y cosa semejante acontece con Clavijero. ¿Por qué, entonces, no hablan Cavo y Clavijero en sus historias? Porque no lo vieron necesario, o porque no encajaba en su plan, o por omisión involuntaria, o porque no se les ocurrió, o por lo que se quiera; pero no por desconocimiento o desdén. Y lógicamente se ocurre extender la observación a otros mutismos: aunque resulten impresionantes y no les encontremos satisfactoria explicación, pueden coexistir -como positivamente coexisten en los padres Clavijero y Cavo- con el conocimiento y aprobación del hecho.
Además, los silencios se reducen a medida que estudiamos. ¿Quién será puesto a catalogar, a desempolvar siquiera las montañas de documentos que yacen en nuestros archivos? Aparte de los infinitos papeles perdidos por la humedad, por la polilla, por la incuria del agente, por el azar de los tiempos, por el estrago de las revoluciones, por la fatalidad que ha dispersado colecciones maravillosas como las de Sigüenza y Góngora o Boturini. ¿Quién se ha dedicado a inquirir seriamente en el maremagnum de legajos que tenemos todavía en archivos y bibliotecas? No un Colón ni un Cortés, sino una legión de Colones y Corteses, serían necesarios para descubrir y explorar ese incógnito mundo de papeles.
Estudiamos con tesón, e irán saliendo nuevas pruebas, como ya han salido no pocas que se ignoraban años atrás. El tiempo es el gran aliado de la verdad. Pero lo que sabemos hoy es de sobra suficiente para explicar algunos silencios de los contemporáneos, y para que el argumento negativo desfallezca y sucumba ante el argumento positivo de documentos auténticos, vigorosos y claros, que en altas voces dicen el milagro de las rosas. No, no hay silencios. Hay un vasto clamor de cuatro siglos, como un ingente océano que bate la colina del Tepeyac, con himnos de gloria, con murmullos de amor, con gemidos de catástrofe, con canciones de esperanza.
Más de cuatro siglos claman a nuestra Madre con una inmensa sinfonía. Porque la Virgen de Guadalupe es algo que está identificado con la sustancia de la patria. Ella presidió el nacimiento de nuestra nacionalidad. Quiso visitarnos -como a su prima Isabel en su gravidez- cuando estas tierras estaban “grávidas de Cristo”, y aceleró el nacimiento de El y su reinado entre nosotros de manera tan insólita desproporcionada a los medios humanos, que todos los historiadores se sorprenden, incluso Icazbalceta y el protestante Bancroft.
Ella, que consoló a los vencidos y amansó a los vencedores, no muestra fisonomía de india ni de española, sino de “mexicana”; y diríase que preludió en su dulce imagen de la fusión de las dos razas que constituyen la nuestra, por las rosas de Castilla que se absorben y pintan en el ayate del indígena.
Ella, fervorosamente amada por todos nuestros libertadores, palpito lo mismo los pendones de Hidalgo que en las proclamas de Morelos y en las insignias de Iturbide. Ella ha amparado y reverdecido nuestra fe, por sobre más de un siglo de ataques insidiosos o brutales. A ellas van nuestras lágrimas y nuestras esperanzas. Ella es emblema autóctono, negación de exotismos invasores, vínculo sumo de unidad nacional.
En los cimientos del Tepeyac, están los cimientos de la patria.

Sr. D. Alfonso Junco, discurso pronunciado en la Asamblea Solemne del Congreso Nacional Guadalupano, el 8 de diciembre de 1931. Transcripción: Alejandro Villarreal de Biblia y Tradición, 2008.

viernes, 23 de marzo de 2012

La asistencia a la Santa Misa, fuente de santificación.



La santificación de nuestra alma está en la unión con Dios, unión de fe, de confianza y de amor. De ahí que uno de los principales medios de santificación sea el más excelso de los actos de la virtud de religión y del culto cristiano: la participación en el sacrificio de la Misa. La Santa Misa debe ser, cada mañana, para todas las almas interiores, la fuente eminente de la que desciendan y manen las gracias de que tanta necesidad tenemos durante el día; fuente de luz y calor, que, en el orden espiritual, sea para el alma lo que es la aurora para la naturaleza. Después de la noche y del sueño, que es imagen de la muerte, al levantarse el sol sobre el horizonte, la luz inunda la tierra, y todas las cosas vuelven a la vida. Si comprendiéramos a fondo el valor infinito de la misa cotidiana, veríamos que es a modo del nacimiento de un sol espiritual, que renueva, conserva y aumenta en nosotros la vida de la gracia, que es la vida eterna comenzada. Mas con frecuencia la costumbre de asistir a Misa, por falta de espíritu, degenera en rutina, y por eso no sacamos del santo sacrificio el provecho que deberíamos sacar.
La misa debe ser, pues, el acto principal de cada día, y en la vida de un cristiano, y, más, de un religioso, todos los demás actos no deberían ser sino el acompañamiento de aquél, sobre todo los actos de piedad y los pequeños sacrificios que hemos de ofrecer a Dios, a lo largo de la jornada.
Trataremos aquí de estos tres puntos: 1º, de dónde nace el valor del sacrificio de la Misa; 2º, que sus efectos dependen de nuestras disposiciones interiores; 3º, cómo hemos de unirnos al sacrificio eucarístico.

La oblación siempre viviente en el corazón de Cristo.

La excelencia del sacrificio de la Misa proviene, dice el Concilio de Trento [1], de que en sustancia es el mismo sacrificio de la Cruz, porque es el mismo sacerdote el que continúa ofreciéndose por sus ministros; y es la misma vícti­ma, realmente presente en el altar, la que realmente se ofrece. Sólo es distinto el modo de ofrecerse: mientras que en la Cruz fue una inmolación cruenta, en la misa la inmolación es sacramental por la separación, no física, sino sacramental del cuerpo y la sangre del Salvador, en virtud de la doble consagración. Así la sangre de Jesús, sin ser físicamente de­rramada, lo es sacramentalmente [2].
Esta sacramental inmolación es un signo [3] de la oblación interna de Jesús, a la cual nos debemos unir; es asimismo el recuerdo de la inmolación cruenta del Calvario. Aunque sólo sea sacramental, esta inmolación del Verbo de Dios he­cho carne es más expresiva que la inmolación cruenta del cordero pascual y de todas las víctimas del Antiguo Testa­mento. Un signo o símbolo, en efecto, saca todo su valor de la grandeza de la cosa significada; la bandera que nos recuerda la patria, aunque sea de vulgarísimo lienzo, tiene a nuestros ojos más valor que el banderín de una compañía o la insignia de un oficial. Del mismo modo la cruenta in­molación de las víctimas del Antiguo Testamento, remo­ta figura del sacrificio de la Cruz, sólo daba a entender los sentimientos interiores de los sacerdotes y fieles de la antigua Ley; mientras que la inmolación sacramental del Salvador en nuestros altares expresa sobre todo la obla­ ción interior perenne y siempre renovada en el corazón de “Cristo que no cesa de interceder por nosotros” (Hebr. VII, 25).
Mas esta oblación, que es como el alma del sacrificio de la Misa, tiene infinito valor, porque trae su virtud de la per­sona divina del Verbo encarnado, principal sacerdote y víctima, cuya inmolación se perpetúa bajo la forma sacramental. San Juan Crisóstomo escribió: “Cuando veáis en el altar al ministro sagrado elevando hacia el cielo la hostia santa, no vayáis a creer que ese hombre es el (principal) verda­dero sacerdote; antes, elevando vuestros pensamientos por encima de lo que los sentidos ven, considerad la mano de Jesús invisiblemente extendida”.[4] El sacerdote que con nuestros ojos de carne contemplamos no es capaz de com­prender toda la profundidad de este misterio, pero más arriba está la inteligencia y la voluntad de Jesús, sacerdote prin­cipal. Aunque el ministro no siempre sea lo que debiera ser, el sacerdote principal es infinitamente santo; aunque el ministro, por bueno que sea, pueda estar ligeramente distraído u ocupado en las exteriores ceremonias del sacri­ficio, sin llegar a su más íntimo sentido, hay alguien so­bre él que nunca se distrae, y ofrece a Dios, con pleno y total conocimiento, una adoración reparadora de infinito valor, una súplica y una acción` de gracias de alcance ilimitado.
Esta interior oblación siempre viviente en el corazón de Jesucristo es, pues, en verdad, comoel alma del sacrificio de la Misa. Es la continuación de aquella otra oblación por la cual Jesús se ofreció como víctima al venir a este mundo y a lo largo de su existencia sobre la tierra, sobre todo en la Cruz. Mientras el Salvador vivía en la tierra, esta obla­ción era meritoria; ahora continúa, pero sin esta modalidad del mérito. Continúa en forma de adoración reparadora y de súplica, a fin de aplicarnos los méritos que nos ganó en la Cruz. Aun después que sea dicha la última misa al fin del mundo, y cuando ya no haya sacrificio propiamente dicho, su consumación, la oblación interior de Cristo a su Padre, continuará, no en forma de reparación y súplica, sino de adoración y acción de gracias. Eso será el Sanctus, Sanctus, Sanctus, que da alguna idea del culto de los bienaventurados en la eternidad.
Si nos fuera dado ver directamente el amor que inspira esta interna oblación que continúa sincesar en el corazón de Cristo, “siempre viva para interceder por nosotros”, ¡cuál no sería nuestra admiración!
La Beata Angela de Foligno dice [5]: “No es que lo crea, sino que tengo la certeza absoluta de que, si un alma viera y contemplara alguno de los íntimos esplendores del sacra­mento del altar, luego ardería en llamas, porque habría visto el amor divino. Paréceme que los que ofrecen el sacrificio y los que a él asisten, deberían meditar profundamente en la profunda verdad del misterio tres veces santo, en cuya con­templación habríamos de permanecer inmóviles y absortos”.

Efectos del Santo Sacrificio de la Misa y cómo debemos oírla.

La oblación interior de Cristo Jesús, que es el alma del sacrificio eucarístico, tiene los mismos fines e idénticos efec­tos que el sacrificio de la Cruz; mas importa que de entre tales efectos, nos fijemos en los que se refieren a Dios y en los que nos conciernen a nosotros mismos.
Los efectos de la Misa que inmediatamente se refieren a Dios, como la adoración reparadora y la acción de gracias, prodúcense siempre infalible y plenamente con su infinito valor, aun sin nuestro concurso, aunque la Misa fuera celebrada por un sacerdote indigno, con tal que sea válida. Así, de cada Misa elévase a Dios una adoración y acción de gracias de ilimitado valor, en razón de la dignidad del Sacerdote principal que la ofrece y del valor de la víctima ofrecida. Esta oblación "agrada a Dios más que lo que son capaces de desagradarle todos los pecados juntos"; en eso está, en cuanto a la satisfacción, la esencia misma del misterio de la Redención [6].
Los efectos de la Misa, en cuanto dependen de nosotros, no se nos aplican sino en la medida de nuestras disposiciones interiores.
Por eso, la Santa Misa, como sacrificio propiciatorio, les merece, ex opere operato, a los pecadores que no le oponen resistencia, la gracia actual que les inclina a arrepentirse y les mueve a confesar sus culpas [7], Las palabras Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, paree nobis, Domine, hacen nacer en esos pecadores sentimientos de contrición, como en el Calvario le aconteció al buen ladrón. Esto se entiende, principalmente, de los pecadores que asisten a la Misa .y de aquellos por quienes se aplica.
El sacrificio de la Misa, como sacrificio satisfactorio, perdona también -infaliblemente a los pecadores arrepentidos parte al menos de la pena temporal debida por los pecados, y esto según las disposiciones con que a ella asisten, Por eso dice el Concilio de Trento que el sacrificio eucarístico puede también ser ofrecido para aliviar de sus penas a las almas del purgatorio [8].
En fin, como sacrificio impetratorio o de súplica, la Misa nos obtiene ex opere operato todas las gracias de que tenemos necesidad para nuestra santificación. Es que la oración de Jesucristo, que vive eternamente, sigue intercediendo en nuestro favor, junto con las súplicas de la Iglesia, Esposa de nuestro divino Salvador. El efecto de esta doble oración es proporcionado a nuestro propio fervor, y aquel que con buenas disposiciones se une a ellas, puede tener la seguridad de obtener para sí y para las almas a quienes encomienda, las gracias más abundantes.
Santo Tomás y otros muchos teólogos enseñan que estos efectos de la Misa, en cuanto de nosotros dependen, se nos hacen efectivos en la medida de nuestro fervor [9]. La ra­zón es que la influencia de una causa universal no tiene más límites que la capacidad del sujeto que la recibe. Así el sol alumbra y da calor lo mismo a una persona que a mil que estén en una plaza. Ahora bien, el sacrificio de la Misa, por ser sustancialmente el mismo que el de la Cruz, es, en cuanto a reparación y súplica, causa universal de las gracias de iluminación, atracción y fortaleza. Su influencia sobre nos otros no está, pues, limitada sino por las disposiciones y el fervor de quienes la reciben. Así una sola Misa puede aprovechar tanto a un gran número de personas, como a una sola; de la misma manera que el sacrificio de la Cruz aprovechó al buen ladrón lo mismo que si por él solo se hubiera realizado. Si el sol ilumina lo mismo a una que a mil personas, la influencia de esta fuente de calor y fervor espiritual, como es la Misa, no es menos eficaz en el orden de la gracia. Cuanto es mayor la fe, confianza, religión y amor con que se asiste a ella, mayores son los frutos que en las almas produce.
Esto nos da a entender por qué los santos, ilustrados por el Espíritu Santo, tuvieron en tanta estima el Santo Sacrificio. Algunos, estando enfermos y baldados, se hacían llevar para asistir a la Misa, porque sabían que vale más que todos los tesoros, Santa Juana de Arco, camino de Chinon, importu­naba a sus compañeros de armas a que cada día asistiesen a misa; y, a fuerza de rogárselo, lo consiguió. Santa Germa­na Cousin, tan fuertemente atraída se sentía hacia la iglesia, cuando oía la campana anunciando el Santo Sacrificio, que dejaba sus ovejas al cuidado de los ángeles y corría a oír la Misa; y jamás su rebaño estuvo tan bien guardado. El santo Cura de Ars hablaba del valor de la Misa con una convic­ción tal que llegó a conseguir que todos o casi todos sus feligreses asistiesen a ella diariamente. Otros muchos santos derramaban lágrimas de amor o caían en éxtasis durante el Santo Sacrificio; y algunos llegaron a ver en lugar del cele­brante a Nuestro Señor. Algunos, en el momento de la elevación del cáliz, vieron desbordarse la preciosa sangre, como si fuera a extenderse por los brazos del sacerdote y aun por el santuario, y venir los ángeles con cálices de oro a recogerla, como para llevarla a todos los lugares donde hay hombres que salvar. San Felipe de Neri recibió no po­cas gracias de esta naturaleza y se ocultaba para celebrar, por los éxtasis que tenía en el altar.

Cómo debemos unirnos al Santo Sacrificio de la Misa.

Puede aplicarse a esta materia lo que Santo Tomás [10] dice de la atención en la oración vocal: “Puede la atención referirse a las palabras, para pronunciarlas bien; al sentido de esas palabras, o bien al fin mismo de la oración, es decir a Dios y a la cosa por la cual se ruega... Esta última clase de atención que aun los más simples e incultos pueden tener, es tan intensa a veces que el espíritu está como arrobado en Dios y olvidado de todo lo demás.”
Asimismo para oír bien la Misa, con fe, confianza, ver­dadera piedad y amor, se la puede seguir de diferentes maneras. Puédese escuchar prestando atención a las oraciones litúrgicas, tan bellas y llenas de unción, elevación y sencillez. O meditando en la Pasión y muerte del Salvador, y considerarse al pie de la Cruz con María, Juan y las santas mujeres. O cumpliendo, en unión con Jesús, los cuatro de­beres que tenemos para con Dios, y que son los fines mismos del sacrificio: adoración, reparación, petición y acción degracias. Con tal de ocuparse de algún modo en la oración, por ejemplo, rezando el rosario, la asistencia a la Misa es provechosa. También se puede, y con, mucho provecho, como lo hacía Santa Juana de Chantal y otros muchos santos, continuar en la Misa la meditación, sobre todo si despierta en nosotros intenso amor de Dios, algo así como San Juan estuvo en la Cena, cuando reposaba sobre el corazón del divino Maestro.
Sea cualquiera la manera como oigamos la Santa Misa, hase de insistir en una cosa importante. Y es que sobre todo hemos- de unirnos íntimamente a la oblación del Salvador, sacerdote principal del sacrificio; y ofrecer, con él, a él mis­mo a su eterno Padre, acordándonos que esta oblación agrada más a Dios que lo que pudieran desagradarle todos los pecados del mundo. También hemos de ofrecernos a nosotros mismos, y cada día con mayor afecto, y presentar al Señor nuestras penas y contrariedades, pasadas, presentes y futuras. Así dice el sacerdote en el ofertorio: “In spiritu humili­tatis et in animo contrito suscipiamur a te, Domine: Con espíritu humillado y contrito corazón te suplicamos, Señor, que nos quieras recibir en ti.”
El autor de la Imitación, I. IV, c. VIII, insiste sobre esta materia: “Voz de Cristo: Así como Yo me ofrecí a mí mismo por tus pecados a Dios Padre con voluntad y extendí las manos en la Cruz, desnudo el cuerpo de modo que no me quedaba cosa alguna que no fuese sacrificada para aplacar a Dios, así debes tú, cuanto más entrañablemente puedas, ofrecerte a ti mismo, de toda voluntad, a mí, en sacrificio puro y santo cada día en la Misa, con todas tus fuerzas y deseos... No quiero tu don, sino a ti mismo... Mas si tú estás en ti mismo y no te ofreces de muy buena gana a mi voluntad, no es cumplida ofrenda la que haces, ni será entre nosotros entera la unión”.
Y en el capítulo siguiente: “Voz del discípulo: Yo deseo ofrecerme a Ti de voluntad, por siervo perpetuo, en servicio y sacrificio de eterna alabanza, Recíbeme con este Santo Sacrificio de tu precioso Cuerpo... También te ofrezco, Señor, todas mis buenas obras, aunque son imperfectas y pocas, para qué tú las enmiendes y santifiques, para que las hagas agradables y aceptas a ti. También te ofrezco todos los santos deseos de las almas devotas, y la oración por todos aquellos que me son caros, También te ofrezco estas oraciones y sacrificios agradables, por los que en algo me han enojado o vituperado... por todos los que yo alguna vez enojé, turbé, agravié y escandalicé, por ignorancia o adverti­damente, para que tú nos perdones las ofensas que nos hemos hecho unos a otros... y haznos tales que seamos dignos de go­zar de tu gracia y de que aprovechemos para la vida eterna”.
La Misa así comprendida es fecundísima fuente de santificación, y de gracias siempre renovadas; por ella puede ser realidad en nosotros, cada día, la súplica de Nuestro Señor: “Yo les he dado de la gloria que tú me diste, para que sean una misma cosa, como lo somos nosotros, yo en ellos y tú en mí, a fin de que sean consumados en la unidad, y conozca el mundo que tú me has enviado y amádoles a ellos como a mí me amaste” (Joan., XVII, 2 3).
La visita al Santísimo Sacramento ha de recordarnos la Misa de la mañana, y hemos de meditar que en el taber­náculo, aunque propiamente no hay sacrificio, Jesús sin em­bargo, que está realmente presente, continúa adorando, pi­diendo y dando gracias. En cualquier momento, a lo largo del día, deberíamos unirnos a esta oblación del Salvador. Como lo expresa la oración al Corazón Eucarístico: “Es paciente para esperarnos y dispuesto siempre a escucharnos; es centro de gracias siempre renovadas, refugio de la vida escondida, maestro de los secretos de la unión divina”. Junto al tabernáculo, hemos de “callar para escucharle, y huir de nosotros para perdernos en él” [11].

R. Garrigou-Lagrange O.P., tomado de Las tres edades de la vida interior. De nuestra sección dedicada a la Santa Misa.

Notas:
[1] Sesión XXII, c. I y II.
[2] Del mismo modo la humanidad del Salvador permanece numé­ricamente la misma, pero después de la resurrección es impasible, mientras que antes estaba sujeta al dolor y a la muerte.
[3] “Sacrificium externum est in genere signi, ut signum interioris sacrificii”.
[4] Homilía LX al pueblo de Antioquía.
[5] Libro de las visiones e instrucciones, c. LXVII
[6] Santo Tomás, III, q. 48, a. 2: “Ille proprie satisfacit pro offen­sa, qui exhibet offenso id quod aeque vel magis diligit quam oderit offensam”.
[7] Concilio de Trento, ses. XXII, c. n: “Hujus quippe oblatione pla­catus Dominus, gratiam et donum poenitentiae concedens, crimina et peccata etiam ingentia dimittit”.
[8] Ibidem.
[9] SANTO TOMÁS, III, q. 79, a. S y 7, ad 2, donde no se indica otro límite que el de la medida de nuestra devoción: “secundum quantitatem seu modum devotionis eorum” (id est: fidelium). Cayetano, in III, q. 79, a. S. Juan de Santo Tomás, in III, dise. 32, a. 3. Gonet, Clypeus... De Eucharistia, disp. II, a. S, n. 100. Salmanticen­ses, de Eucharistia, disp. XIII, dub. VI. Disentimos en absoluto de lo que sobre esta materia ha escrito el P. de la Taille, Esquisse du mystére de la f os, París, 1924, p. 22.
[10] II II, q. 82, a. 13.
[11] Recomendamos como lectura durante la visita al Santísimo Sacramento o para la meditación, Les Élévations sur la Priére au Coeur Eucharistique de Jésus, compuestas por una alma interior muy piadosa, que han sido publicadas por primera vez en 1926, ed. de “La Vie Spirituelle”. También recomendamos un excelente libro escrito por una persona muerta recientemente en Méjico en olor de santidad: Ante el altar (Cien visitas a Jesús sacramentado).

El aborto de Aguinis.


  
El martes 20 de marzo, desde las páginas de La Nación, el conocido trapisondista que responde al nombre de Marcos Aguinis salió a defender el reciente fallo abortero de la Corte Suprema, mediante un suelto al que tituló “El aliento de vida”; pero que por mejor nombre debió llamarse “Asnología”, e integrar el inquietante repertorio de burradas insignes que bajo tal nombre ha recopilado José Antonio García Ramos.
Varios roznidos aporta el autor a la causa homicida de la Corte, sorprendiendo el primero por su craso determinismo y fatalismo atroz. En efecto –escribe el rucho- si la niña de 15 años eximida de toda culpa por eliminar a su bebé no lo hubiera hecho, “esa madre no sería una madre normal y feliz, ese niño no sería una persona equilibrada”.
Cómo ha llegado Aguinis a profetizar ineluctables e irrevocables desdichas, es un secreto que albergará su diván. Cómo se le restituye la felicidad y la normalidad a una mujer que ha matado a un hijo inocente, tampoco se explica. De cuño espartano, en cambio, es su opción por una persona asesinada antes que desequilibrada o enferma. Tal vez ronde próxima la DAIA con su medidor infalible de deslices discriminatorios, para sentenciar si el jumento ha incurrido en tan fatales conductas.
Pero esta fiesta de Crimen Para Todos, que acaba de organizar la gavilla de Lorenzetti -fiel al modelo nacional y popular- ha resultado empañada una vez más, según Aguinis, por “el dogma de la más importante vertiente del cristianismo, que es la Iglesia Católica”, la cual insiste en condenar tan inocuas prácticas restituidoras de la felicidad y la normalidad a las mujeres.
No obstante, y para que nadie lo suponga preñado de animadversión hacia la Iglesia, nuestro garañón confiesa sus simpatías por la misma desde los tiempos en que tomaba “vino del Rhin” en un restaurante de Friburgo, atendido por “monjas simpáticas y al que concurrían muchos sacerdotes”. Por boca de ellos se enteró “sobre los preparativos del Concilio Ecuménico II” [sic],y también por ellos asistió  invitado “a ceremonias ecuménicas con protestantes, griegos ortodoxos y judíos, cosa imposible de imaginar en la Argentina de entonces”.
Así, místicamente, entre los brebajes y las comilonas en el Albertus Burse, rodeado de pretes conciliares y de rituales sincretistas, Aguinis descubrió sus ternezas por la Iglesia Católica, la cual –“libre ya de las sanguinarias cruzadas y la delirante Inquisición”- se dedica a “acciones positivas” como la “defensa de la libertad de conciencia, respeto a cultos diversos, intensa acción solidaria con los desposeídos, continuos llamados a la paz, prudente lucha contra los agravios a la democracia”. Una especie de pintoresca ONG, sin la molesta y anticuada preocupación por saber si su Cabeza es Cristo y si Cristo es Dios. “Una secta disidente israelita servida por un personal italiano”, como ironizó impíamente Jorge Luis Borges.
Y tanto simpatiza con esta “iglesia católica” el afamado pollino, que no trepida en aconsejarla bien: que cese de sostener la diferencia entre varones y mujeres, la ilicitud de los medios anticonceptivos y la negativa a que las féminas puedan “acceder al obispado”. Pero sobre todo, que termine de condenar y de reprobar el aborto, porque “ya no es aceptable que se atente contra la libertad de abortar un hijo no querido con el argumento de que se asesina una vida inocente”.
Nadie ose pensar que Aguinis está queriendo desnaturalizar y pervertir a la Esposa del Señor. Tampoco roce alguno su pensamiento con la conjetura maligna de que el celebrante de las gestas del marrano esta befando una vez más el rostro santo de la Barca. No; nada de eso. Tales reconvenciones sostenidas con admonitorio gesto tienen lugar, sencillamente, porque lo contrario le “genera [a la Iglesia] una deserción de fieles”, y no es cuestión de perder la clientela. Bastante escrupuloso estuvo ya el paisano Judas, que devolvió los denarios y encima se ahorcó. Si al fin de cuentas todo lo que habían hecho él y sus empleadores hebreos era prefigurar el fallo de la Corte y matar a la víctima.
La agudeza del rucio no parece dispuesta a detenerse, en esta su nota impar. Habiendo desechado que cuando se aborta se asesina la vida de un inocente (¿de qué será culpable?), acota para una antología del cinismo: “Si la madre y el médico son asesinos por terminar con un embarazo no querido, ¿quién es el asesino de los abortos espontáneos? ¿Dios? ¿Por qué esa ‘vida inocente’ en el vientre materno no es protegida por el Señor Omnipotente? ¿Tocamos el absurdo?”.
No es propiamente el absurdo lo que está tocando Aguinis con esta farsa argumentativa, sino algo más trágico que se llama blasfemia. Porque va de suyo que en una muerte naturalmente ocurrida –sea a la edad de la vida que sobrevenga- no hay asesinato alguno, y que un aborto espontáneamente advenido no tiene responsables culposos, sino padres dolientes que jamás podrán olvidar el desgarrón de esa vida trunca. Sabemos empíricamente de qué estamos hablando. Explicarle a tamaño burro porqué el “Señor Omnipotente” nos dona y nos quita la vida o los bienes cuando su justa providencia lo dispone; porqué no abandona a ninguno de sus hijos, mucho menos cuando los llama a su seno, es algo que escapa a sus merecimientos intelectuales y morales. Si el zopenco supiera que Job no es un sustantivo inglés sino el nombre de un personaje veterotestamentario, algo podría colegir al respecto.
Quedaba por alcanzar la cima mayor de la estulticia y de la burdísima ignorancia, y Aguinis conquistó el anhelado trofeo. Sumando a sus muchos títulos –como el de arrebatador de la gloria de Edipo, injuriador de San Cirilo de Alejandría, inventor del Prondec, invertidor de la Cruz o pavo real- decidió convertirse en exégeta bíblico, y nos regala esta perla interpretativa a la que no arribaron siquiera las testas de Spinoza o Teodoreto: “El primer hombre se llamó Adán[...]. La versión más difundida es que fue modelado con tierra por las escultóricas manos del Creador. Lo hizo completo, con vísceras y pestañas, con labios y uñas. Era un feto grande. Una ‘vida inocente’, como se dice en la actualidad. Pero no tenía vida. No la tenía y no la tendría si Dios no le insuflaba su espíritu, que vendría a ser el oxígeno que le permitiría respirar. Sin oxígeno (que en la antigüedad no se conocía y se llamó aliento o soplo o espíritu) no habría existido el primer hombre. Los sucesivos nacimientos siguieron ese modelo: una previa configuración, que adquiría vida autónoma al inhalar el oxígeno [...]. Formó Dios al hombre (Adán) del polvo del suelo (adamá) e, insuflando en sus narices aliento vital, quedó constituido el hombre como ser vivo [...]. Dios insufló ‘en sus narices el aliento vital y quedó constituido el hombre como ser vivo’. Se refiere a las narices, no al embrión. Se refiere al aliento vital, que no puede ser sino el oxígeno. Recién entonces se constituye el hombre como ser vivo, según marcan las Escrituras. No cuando era un simple embrión”.
Una primera y relevante consecuencia se sigue de la hermenéutica aguiniana. Y es que en lo sucesivo, las diferentes y valiosas agrupaciones Pro Vida deberán constituirse en defensoras a ultranza de narices, puesto que por tamaño órgano, está visto, penetra la vida. ¡Cesen los genetistas y neonatólogos sus arduos exámenes científicos sobre la vida y el desarrollo del nasciturus! Es la hora de las pituitarias, el glorioso y postergado turno de los otorrinolaringólogos. Dios hizo vivir a los nasos, no a los embriones; y adelantado fue Quevedo que supo decir aquello de “érase un hombre a una nariz pegado”.
Una segunda consecuencia de la erudita exposición del onagro es el obligado cambio de rumbo que deberán hacer de ahora en más los teólogos de todas las escuelas y corrientes. Al fin sabemos que Dios es un enfermero eficiente, un adelantado de Carl W.Scheele –el descubridor del oxígeno- que con su inmenso tubo a cuestas iba desparramando vida de napia en napia y de trompa en hocico. Por suerte, y con el paso de los siglos, llegaría Cristina Kirchner para abreviar el nombre de tan salvífico elemento, llamándolo “cero”, a secas. Según el neo-biblista Aguinis, antes de que el “feto grande” hecho de barro recibiera su primera bocanada de oxígeno, fuera del vientre materno, no tenía ni tiene vida. Ergo, si la Corte decide achurarlo panza ad intra, aplaudamos el hecho.
Al fin un corolario tercero se desprende del análisis del levita cordobés, y está llamado a revolucionar el universo de la antropología. “Los sucesivos nacimientos” –le hemos leído- “siguieron ese modelo[el de Adán]: una previa configuración, que adquiría vida autónoma al inhalar el oxígeno”. ¡Tantos debates semánticos estériles agitándose en el terreno de la metafísica, de la medicina, de la bioética, y Marcos Aguinis tenía resuelto el dilema valiéndose de un tropo informático! ¿Qué es el hombre?, se preguntaba Hamlet. ¿Qué es el hombre?, nos preguntamos todos. He aquí la respuesta final y unívoca: una configuración, a la que recién se puede tener por viva cuando inhala un poco de oxígeno autónomamente. Como el windows xp si no lo agarra el virus troyano. La nobel periodización aguiniana no abriga dudas: antes de la oxigenación nasal asistida por un extraño demiurgo neumonólogo, no hay vida; después sí, aunque su duración dependerá de la cantidad de delincuentes que dejen en libertad los mismos jueces garantistas de la Corte Suprema.
Ironías al margen, es demasiado grave que este sujeto indocto y fatuo tenga un espacio público desde el que desgranar el error, la mentira, la confusión y la ignorancia. Y que una vez más, no haya obispo dispuesto a salvar la ofensa que le ha propinado a la Iglesia y a reponer el orden alterado. Demasiado grave, incluso, que se justifique el asesinato de las criaturas por nacer con una retorcida y estúpida interpretación bíblica.
Se cuentan por decenas los textos escriturísticos en los que la vida del embrión es considera sagrada e intangible; como querida y premiada por Dios es considerada la tarea de los padres de engendrar un hijo. Embrión, hijo o fruto de las entrañas maternas, no nariz oxigenada por una deidad que nos saca de la hipoxia.
A la vista está el Salmo 138, 13, cantándole al Señor: “Tú formaste mis entrañas, me tejiste en el seno de mi madre”. El libro de Jeremías, en el que Dios dice al profeta: “antes de formarte en el seno materno te conocí” (Jer. 1,5); los pasajes del Génesis en los cuales el Altísimo ordena engendrar y parir; y hasta los mellizos de Rebeca que combatían dentro de su vientre (Gén. 25, 21-22). Cuando el Señor castiga a María con la lepra, Aarón dirige esta súplica: “no sea ella como un aborto, que al salir del seno de su madre tiene ya medio consumida la carne” (Núm. 12, 11). Sin olvidarnos el explícito y conocido pasaje del Libro del Éxodo (21,12), en el que se dispone el castigo recio e inflexible para quienes “trabados en riña dieren un golpe a una mujer encinta, de modo que aborte”. ¿Se humillaba el Apóstol San Pablo cuando se llamaba a sí mismo “aborto” (I.Cor.15,8), o se estaba ponderando, anticipándose al fallo de Lorenzetti y sus secuaces? Cuando la misma y terrible metáfora es utilizada por San Ignacio de Antioquía, ¿debe entenderse que la rotulación escriturística de alguien como un abortivo es un encomio, o el más agraviante de los epítetos que uno pueda cargar sobre sus hombros para expresar su nadidad?
A la vista de estos escogidos pasajes –que no son los únicos, pues también el Salterio abomina de quienes andan derramando la sangre inocente de sus hijos- es cuanto menos una canallada salvaje valerse de la Biblia para justificar y aplaudir el fallo crapuloso de la Corte Suprema. Cuanto menos, decimos. Cuanto más cabe otro nombre, pero las meretrices no tienen la culpa de todas las filiaciones que le brotan, maguer sus sanitarias prevenciones.
Aguinis dice pertenecer a una camándula de intelectuales opugnadores del Gobierno. Y Cristina se dedica más que a gobernar, a criticar cada artículo de los medios que presume opositores. Aguinis aprueba el aborto. Cristina ha dicho que no lo promueve ni lo busca. ¿No era una buena ocasión para que la presidenta reuniera a sus aplaudidores lacayunos, con alguna de las excusas  que lo hace habitualmente, y dijera en público, con la noteja de Aguinis en la mano, que “La Nación miente”, y que su autor incluso destila “un tufillo racista”, al predeterminar quiénes tienen que morir para no vivir padeciendo desequilibrios o traumas?
Ocurre que el antioficialismo de los innúmeros Aguinis es un escandaloso bluff. Son sirvientes del Régimen, esbirros de la democracia, agentes del sistema cuya perversión prohíjan, potencian, usufructúan y medran. Cuando hay que matar inocentes –sus cuerpos o sus almas- están codo a codo con quienes dicen diferir o confrontar.
Y ocurre que la oposición al aborto de Cristina es un fraude inicuo. No sólo porque no ha protestado contra el fallo de la Corte –que contiene a algunos de sus amigos, como un sodomita prostibulario y una atea invertida- sino porque, desde hace años, tiene desplegada y ordenada a sus infernales huestes para impulsar el derecho al aborto en el ámbito legislativo. Tales los casos, entre otros, de María Elena Chieno, Silvia Risko, María del Carmen Bianchi, Gloria Bidegain, Mara Brawer, y un sinfín de esperpentos.
“Es un tema para el debate tranquilo, no para los anatemas”, concluye Aguinis su culposo dislate. Y reclama “un consenso [...] que mantenga a la religión -y a la Iglesia Católica en especial- en una postura acorde con las necesidades de la actualidad”.
Las necesidades de la actualidad de Aguinis están sobradamente cubiertas con sus recursos múltiples de betsellerista fenicio y de Epulón sin atriciones. Que se entregue nomás al consenso de sandeces rentadas, con tantos otros de su mísera laya. Pero la primera necesidad de la actualidad de los niños por nacer es la de ser alumbrados, recibidos, criados y educados cristianamente. Sean el fruto de una violación horrenda o del más amoroso acto conyugal. Si lo primero, porque un mal no se remedia con otro mal. Si lo segundo, por razones obvias.
En pos de esos niños por nacer cruzamos hoy espadas. Contra la Corte, el Gobierno, la intelligentzia judía o la inacción lacerante de la Jerarquía Católica.

Antonio Caponnetto.

Digresión sobre la obediencia.



Son varias las razones por las cuales la Iglesia ha entrado en la crisis que hoy la azota. Crisis de fe, de moral, de formación y de pensamiento. Una de esas razones, es una falsa concepción de la virtud moral de la obediencia. El arzobispo Marcel Lefevbre, aquél gran hombre de Iglesia que supo ver lo que ocurría en ella y defender la Tradición que se podía perder, decía que por aquella deformación de la virtud de la obediencia es que se produciría la “autodemolición” de la Iglesia, citando las dramáticas y más que verdaderas palabras del mismo Papa Pablo VI. Por eso, es importante conocer los límites que conlleva la verdadera obediencia primero ligada al Evangelio, sin caer en aquella especie de inflación de la obediencia.
Dice el Cardenal suizo Georges Marie Martin Cottier O.P., que ha sido muy preciso al hablar de esta “inflación” de la obediencia, las siguientes palabras:

Otra fuente de la crisis del pensamiento es, sin duda, la inflación de la obediencia. También aquí no se trata de redimensionar la excelencia de esta virtud, sino de respetar el puesto en el organismo de las virtudes cristianas. Y este no es el primero. De primera importancia son las virtudes teologales, en particular  la caridad, que nos hace participar del conocimiento y el amor de Dios mismo. Mediante la fe teologal nos adherimos a la Verdad primera, la cual da fe de la veracidad del contenido divino que nos es propuesto de creer. Porque Dios es la Verdad misma y la fuente de toda verdad, y la luz de la inteligencia es una participación creada de la luz increada, nuestra inteligencia realiza aquello que constituye su primera operación cuando se somete a Dios. La inteligencia que se pone dócilmente a la escucha del magisterio, asistido del Espíritu Santo para transmitirnos la verdad revelada y ayudarnos a vivirla, permanece en la prolongación de esta radical sumisión a la fuente de aquello que constituye su vida.
[…]
Queda el hecho de que, rigurosamente hablando, la grandeza de la obediencia se comprende en la línea del “gobierno”, no en aquella del magisterio de la verdad. Confundir los dos registros significaría abrir la puerta al reino de la arbitrariedad intelectual. [1]

Luego de esta brillante síntesis citada, continuamos con la clara lectura del R. P. Leonardo Castellani, quien ha abordado en contadas ocasiones este espinoso tema, y en esta digresión lo hace de forma clara y contundente, algo típico en su estilo apologético.


Digresión sobre la Obediencia.

La “santa obediencia” es una gran virtud. Pertenece al género de las virtudes morales, que se discute si en el cristiano son infusas o no son infusas; y a la especie de la virtud de la “Religión”; al cuarto mandamiento, Primera Tabla; deberes para con Dios, y no para con el prójimo: los padres representan a Dios.

No hay que confundir la obediencia con la paciencia. Tener que hacer cosas absurdas por fuerza, no es obediencia sino paciencia. Y si se acaba la paciencia (porque la paciencia se acaba, algunas veces depende incluso de las fuerzas físicas), surge una singular especie de “desobediente”.
De la santa obediencia (del poder de hacerse obedecer) se puede abusar, como de cualquier otra cosa. Si no existieran hoy día abusos, no solamente históricos (como nos consta), sino también teóricos de la santa obediencia, no nos meteríamos en este espinoso tema.
“¡Calla, calla, tapa, tapa!” Hay tiempos de callar y tiempos de hablar. O somos o no somos teólogos... periodistas.
Es conocida y famosa en la literatura ascética la Carta de la Obediencia, de San Ignacio de Loyola. Es una especie de tratadito apologético de esta virtud a los Estudiantes Jesuitas de Coimbra, impregnada de una vehemente exhortación. Escrita por Luís de Polanco, género retórico, sin errores teológicos, por supuesto, pero sin la teología completa de esta virtud; la cual no era su fin, desde luego. No es un escrito “científico”, sino oratorio, exhortatorio.
Con ejemplos, ponderaciones y discursos trata de la excelencia de esta virtud, a la cual llama “ciega”; y da medios para practicarla. No está aquí la decantada frase perinde ac cadaver, aunque sí la comparación con el bastón de hombre viejo, de tanta menta. Dice que la obediencia es una virtud que trae consigo a las otras, las imprime y las conserva; que el que la posee a la perfección está en estado de perfección evangélica; que se apoya en la virtud teologal de la fe y se le parece. Todo esto es verdad incontestable.
Mas la “carta” no define el fin específico de la virtud de la obediencia, su esencia filosófica, ni su dependencia de las otras virtudes. Apunta si de paso, sin explicación nada, sus topes extremos, que son el absurdo y el pecado; vale decir: no se puede obedecer en lo que es ilícito; y no puede haber “obediencia de entendimiento” delante de algo manifiestamente falso.
Notemos de paso que la expresión “obediencia de entendimiento” es metafórica y no exacta. La obediencia es una virtud de la voluntad y su sujeto no puede ser el entendimiento. “Obediencia de entendimiento” sólo puede significar obediencia en la que (por justas razones o sin ellas) se suspende el ejercicio del entendimiento. En suma, la voluntad puede hacernos cerrar los ojos; pero no puede hacer que veamos árboles azules o ranas con pelos, a ojos vistas.
No es necesaria ni es posible esta carta (mediocre y tosca en su teología, pero correcta en puridad) para explicar los abusos actuales de la santa obediencia, a que nos referimos arriba: basta para ello la pícara condición humana, y el apetito de mandar, tan fuerte en el hombre como los otros apetitos; y aún más fuerte a veces en los que han renunciado (mal) a otros apetitos -en virtud de la “ley de compensación”. Hay casos en que la perra de la lujuria, echada por la puerta, vuelve sigilosamente por la ventana...
El abuso no procede de aquí, como estiman Chesterfield, Huxley y otros muchos; pero es posible que el abuso una vez existente haya encontrado punto de apoyo en la unilateralidad del documento, en su incompletitud teológica, su exageración encomiástica y sus ejemplos simplistas, que si no son tomados cum mica salis, pueden hacer concluir erróneamente. Es sabido que toda práctica (viciosa o no) tiende siempre a hacerse su teoría o a tomarla prestada en cualquier parte.
La práctica viciosa con respecto a la obediencia religiosa se podría resumir en estas proposiciones teóricas-falsas:

- La obediencia es la principal de las virtudes.
- La obediencia suple a las otras virtudes.
- La obediencia suple, por ende, a la conciencia; se puede abandonar la propia conciencia (y es fácil, cómodo y seguro) en manos ajenas.

Esto es falso y llevaría a una monstruosidad; a la obstrucción de la espontaneidad vital del hombre y, por tanto, de toda moral; y a la substitución, por lo jurídico y lo mecánico, de la vida interior, propia de cristianismo. Cristo liberó la conciencia humana del yugo insoportable de la religión exterior y formalista del fariseo; nos liberó de “la Ley”, como repite hasta el cansancio San Pablo.
Santo Tomás advierte (y es obvio) que el hombre está obligado a consultar su conducta con su propia razón; pues no será por la conciencia de otro que será juzgado por Dios, sino por la propia. Abandonar y suprimir el ejercicio de la propia razón en cuanto a lo más importante de la vida, la propia conducta moral, sería una mutilación y un crimen -lo mismo que sacarse los ojos-, si es que fuera posible físicamente extirpar la propia conciencia del todo.
No dice esto la “carta” ciertamente; pero no se puede negar que sus expresiones místicas y ponderativas tiran hacia allá y dan así a la interpretación que Pascal, Chesterfield y Huxley le dan, de donde salió la vulgar calumnia contra los jesuitas, de “suprimir la personalidad humana”. Demasiadamente preocupado por reducir al súbdito que obedece a poco, Polanco olvida al superior que manda demasiado.
Pero mandar demasiado existió mucho antes que esta carta: siempre. Es una acariciada tendencia de la condición humana, la voluntad de poderío. Hay tres tipos de esos hombres que los españoles llaman mandamás: el inepto, el prepotente y el perverso.
Hay hombres que abusan de la autoridad, por lo mismo que tienen poca, como esos hombres sexualmente débiles que son extremadamente salaces. Teniendo pocos dones de mando, pocas luces o poco prestigio o poca energía y constancia, en suma, poca aptitud nativa, y estando (indebidamente, por cierto) en puesto de autoridad, para mantenerla no tienen más remedio que exagerarla, haciendo alcaldadas, como dicen; y levantando mucho la voz en el Ordeno y mando. ¡El sargentón! El temor de no ser obedecidos o la semiconciencia de no merecer el mando, los hace mandones. Son más ridículos que temibles: el “comisario de campaña” puebla los sainetes argentinos.
El segundo tipo es más de temer, el prepotente. Ha sido ganado por el deleite de imponer su voluntad, que es un deleite como cualquier otro, y aún mayor que otros. Hay religiosos que por el hecho de haberse encerrado y haber renunciado a la mujer, se estiman ya libre del todo del mundo y sus pasiones: algunos de ellos caen en las pasiones espirituales, que son más peligrosas que las carnales -sobre todo cuando no han purgado a fondo (por la noche obscura) la raíz de las carnales. A algunos, las renuncias que han hecho les han dejado en el fondo una cicatriz, y a veces una verdadera úlcera de ressentiment; que busca sigilosamente “compensaciones”; y las halla. El poder corrompe siempre a aquel que lo desea; este hombre convierte a su prójimo en instrumento, y, por tanto, deja de ser su hermano. La angurria del mando, la sensualidad del poder, es una pasión tan peligrosa y más grave que la otra sensualidad; pero vaya usted a contar esto a uno de estos mandamases cuando ya se ha encaprichado y ha comenzado a endiosarse. El gusto de meterse en la vida y la persona del prójimo, de ser juez de sus actos y aun pensamientos, de cortarlo a la propia medida, de recoger la gloria del trabajo y del valer ajeno, de sentársele encima a uno que vale más que nosotros, se vuelve una pasión devoradora, que fácilmente se ciega y se ignora a sí misma, disfrazándose. Este mandamás todo lo hacer por Dios, por la Iglesia y por la Orden...

“Los Calzados (de aquel tiempo) -escribe San Juan de la Cruz- están tocados del vicio de la ambición, mas todo lo que hacen lo coloran de religión y celo del servicio divino: de manera que son incorregibles”.

De esta pasión nacen los manejos por mantenerse en el poder, el ocultar fracasos, la simulación, el compadrazgo y el rasque con los otros sarnosos, las camarillas, la animosidad a los que pueden oponerse o simplemente ven claro; los informes falsos, la intriga, la mentira y la venganza; destrúyese como consecuencia inevitable la fraternidad y después toda caridad, incluso la simple convivencia.
La pasión del mando conduce a la perversidad: el tercer tipo de hombre que abusa de la autoridad es el perverso, el que destruye para tener la sensación de que él es dueño, de que él es más, es decir, en el fondo, de que es Dios: porque es el vicio capital de la soberbia lo que está aquí en el fondo. El gran caractólogo Klagues, en su penetrante estudio acerca de la perversidad, caracteriza al perverso como una “voluntad pura”, un querer por querer, una monstruosa adjudicación del prójimo al propio capricho, solamente por ser capricho mío:

La maté porque era mía...
Y si ella renaciera
Otra vez la mataría...

Eso se ha visto; y no sólo por desgracia en el pobre gitano de la copla; esa ebriedad de la voluntad propia que únicamente se nutre ya de sí misma, que llega hasta la voluptuosidad de destruir, lo cual es perversidad; por la sencilla razón de que el destruir algo es el supremo acto de dominio. Los asesinatos repetidos y sin motivo alguno de los perversos clásicos, de un Jack-the-Ripper y un Bela Kiss -para no hablar de un Tiberio-, tienen en el fondo esta pasión llevada a la locura; pero existe mucho más frecuente el tipo “negativo”, el funcionario destructor, que odia a todo lo que sobresale y siente un sordo rencor a la vida –“dolor del bien ajeno”, como definen a la envidia. Es sabido que la ley del tirano es abatir toda cabeza que sobresalga. Haec lex tiranni est: onme excelsum in regno cadat.
“La envidia es la roña de los claustros” -dijo Unamuno-; mas cuando la envidia existe en los claustros, sobre todo esa envida general del “lebenracher” -que dice el alemán-, es mucho peor que una roña. Afortunadamente no existe, sino por excepción, según creemos.
Bastan estas ligeras indicaciones acerca de los tres tipos de “mandamás”, el sargentón, el prepotente y el tirano, para comprender lo que vuelve a la “santa obediencia” una cosa non sancta, y la destrona de su categoría de virtud y de perfección humana, convirtiéndola en un “instrumento”, que puede llegar a ser instrumento de muerte.
La pobre Carta de la Obediencia, como dijimos, no puede haber sido causa de esta desviación tan grande, carece de toda proporción con ella; sería un absurdo manifiesto creerlo. Mas bien, es plausible que haya sido ella misma un efecto del entronizamiento en Occidente del “hombre prometeico” sobre el “hombre yoanno” -que diría Schubert-, que suelen marcarlo como visible en este mismo tiempo, en el Renacimiento; es decir, el entronizamiento de la acción sobre la contemplación, del derecho sorbe la caridad, de lo exterior sobre lo interior en la cristiandad; la devoración de lo psicológico y lo personal, por lo jurídico, lo legal y lo automático -la “juricidad” eclesiástica, los códigos, reglamentaciones y edictos excesivos substituyendo a las relaciones flexibles y humanas de la amistad; la burocracia impersonal e impasible en el gobierno de la Iglesia. “No os llamaré siervos, sino amigos” -dijo Cristo.
Sea ello como fuere, la cuestión es que la obediencia es una virtud moral, que sólo puede permanecer virtud en el ámbito de la caridad y en acuerdo con la prudencia. La virtud cardinal de la prudencia regula todas las otras; la virtud teologal de la caridad las inicia y las corona. Sin esto no hay virtud verdadera, sino simulacros de virtudes; las virtudes no-donantes que odió Nietzsche.
No sería virtud alguna obedecer a un loco, evidentemente: como no lo es dejarse guiar por un ciego. Ponemos el caso extremo para que se vea lo que queremos decir. Si el loco tiene el poder y puede castigarme, me someteré para evitar mayores males, si acaso, pero eso no es virtud de obediencia. Es el caso que dice el hijo de Martín Fierro:

Dice creo San Francisco,
O quizá fie Samcho Panza,
Esta notable alabanza:
Que un superior bueno es ángel,
Pero un malo es semejante
A un loco con una lanza.

Prudencia es la recta regulación de lo por hacer; es la percepción de medios y fines. Si un medio no es pato para un fin, ni la autoridad del superior ni la “obediencia” (o sumisión) del súbdito cambiarán la naturaleza de las cosas, a la cual respeta siempre la prudencia. La obediencia versa siempre acerca de medios, no de fines. Entonces es el caso de manifestar su error al superior (cuando hay verdadera convivencia) o bien substituir el medio indicado por el medio apto, lo cual se llama interpretar la voluntad del superior..., lo cual supone a su vez que el superior fue sincero.

Y éste es el otro caso en que no funciona más la obediencia, ni puede ser virtud, cuando no existe el ámbito y la atmósfera de la caridad, por lo menos en su grado mínimo. Rota la convivencia, luego no se puede hablar de obediencia.
Obedecer a un enemigo sería locura; porque un enemigo tira a destruirme. Sería suicidio. De modo que cuando surgen en un claustro oposiciones, animosidades personales y rencores -que pueden llegar al odio profundo-, hablar de obediencia o desobediencia es el cuento del tío. Lo peor para las víctimas de estas situaciones es que no surgen ellas de golpe, ni son claras al instante, sino que “devienen”. Después de pasadas se ve claro; pero mientras devienen, la perplejidad de conciencia es una gran tortura, sobre todo para una conciencia delicada -porque la Iglesia tiene el poder de obligar “en conciencia”, poder tanto más fuerte cuanto más fe y amor tiene el obligado. La tortura de la perplejidad de conciencia -the divided soul de los psicólogos-, es una de las peores que existen, dice Juan de la Cruz.
En resumen, esto es teología elemental, y aun puro buen sentido: la virtud de la obediencia no puede existir sino dentro de la caridad y junto a la prudencia. La caridad es el núcleo central del cristianismo -amar a Dios y amar al prójimo- y debe iniciar, acompañar y coronar todas las virtudes. Lo malo en el fariseísmo -que es substracción de la caridad- es que conserva las formas y las palabras de ella. “Extreme todos los recursos y finuras de la caridad, y después impóngale el precepto” -oímos decir una vez. El precepto era imposible e inhumano; pero se extremaron todos los recursos y finuras de la caridad: después se aplastó al tipo por “desobediente”. Esto es una cosa muy seria dentro de la Iglesia; es peor que un crimen. Es el pecado contra el Espíritu Santo.

R.P. Leonardo Castellani, fragmentos de tomados de “El Ruiseñor Fusilado”. Visto en Castellaniana.

Nota al pie:
[1] George Cottier O. P., Le vie della ragione. Temi di epistemologia teologica e filosofica, 2002. Cita tomada del artículo sitio “la inflación de la obediencia” publicado por Juventutem Argentinae.