viernes, 23 de marzo de 2012

El aborto de Aguinis.


  
El martes 20 de marzo, desde las páginas de La Nación, el conocido trapisondista que responde al nombre de Marcos Aguinis salió a defender el reciente fallo abortero de la Corte Suprema, mediante un suelto al que tituló “El aliento de vida”; pero que por mejor nombre debió llamarse “Asnología”, e integrar el inquietante repertorio de burradas insignes que bajo tal nombre ha recopilado José Antonio García Ramos.
Varios roznidos aporta el autor a la causa homicida de la Corte, sorprendiendo el primero por su craso determinismo y fatalismo atroz. En efecto –escribe el rucho- si la niña de 15 años eximida de toda culpa por eliminar a su bebé no lo hubiera hecho, “esa madre no sería una madre normal y feliz, ese niño no sería una persona equilibrada”.
Cómo ha llegado Aguinis a profetizar ineluctables e irrevocables desdichas, es un secreto que albergará su diván. Cómo se le restituye la felicidad y la normalidad a una mujer que ha matado a un hijo inocente, tampoco se explica. De cuño espartano, en cambio, es su opción por una persona asesinada antes que desequilibrada o enferma. Tal vez ronde próxima la DAIA con su medidor infalible de deslices discriminatorios, para sentenciar si el jumento ha incurrido en tan fatales conductas.
Pero esta fiesta de Crimen Para Todos, que acaba de organizar la gavilla de Lorenzetti -fiel al modelo nacional y popular- ha resultado empañada una vez más, según Aguinis, por “el dogma de la más importante vertiente del cristianismo, que es la Iglesia Católica”, la cual insiste en condenar tan inocuas prácticas restituidoras de la felicidad y la normalidad a las mujeres.
No obstante, y para que nadie lo suponga preñado de animadversión hacia la Iglesia, nuestro garañón confiesa sus simpatías por la misma desde los tiempos en que tomaba “vino del Rhin” en un restaurante de Friburgo, atendido por “monjas simpáticas y al que concurrían muchos sacerdotes”. Por boca de ellos se enteró “sobre los preparativos del Concilio Ecuménico II” [sic],y también por ellos asistió  invitado “a ceremonias ecuménicas con protestantes, griegos ortodoxos y judíos, cosa imposible de imaginar en la Argentina de entonces”.
Así, místicamente, entre los brebajes y las comilonas en el Albertus Burse, rodeado de pretes conciliares y de rituales sincretistas, Aguinis descubrió sus ternezas por la Iglesia Católica, la cual –“libre ya de las sanguinarias cruzadas y la delirante Inquisición”- se dedica a “acciones positivas” como la “defensa de la libertad de conciencia, respeto a cultos diversos, intensa acción solidaria con los desposeídos, continuos llamados a la paz, prudente lucha contra los agravios a la democracia”. Una especie de pintoresca ONG, sin la molesta y anticuada preocupación por saber si su Cabeza es Cristo y si Cristo es Dios. “Una secta disidente israelita servida por un personal italiano”, como ironizó impíamente Jorge Luis Borges.
Y tanto simpatiza con esta “iglesia católica” el afamado pollino, que no trepida en aconsejarla bien: que cese de sostener la diferencia entre varones y mujeres, la ilicitud de los medios anticonceptivos y la negativa a que las féminas puedan “acceder al obispado”. Pero sobre todo, que termine de condenar y de reprobar el aborto, porque “ya no es aceptable que se atente contra la libertad de abortar un hijo no querido con el argumento de que se asesina una vida inocente”.
Nadie ose pensar que Aguinis está queriendo desnaturalizar y pervertir a la Esposa del Señor. Tampoco roce alguno su pensamiento con la conjetura maligna de que el celebrante de las gestas del marrano esta befando una vez más el rostro santo de la Barca. No; nada de eso. Tales reconvenciones sostenidas con admonitorio gesto tienen lugar, sencillamente, porque lo contrario le “genera [a la Iglesia] una deserción de fieles”, y no es cuestión de perder la clientela. Bastante escrupuloso estuvo ya el paisano Judas, que devolvió los denarios y encima se ahorcó. Si al fin de cuentas todo lo que habían hecho él y sus empleadores hebreos era prefigurar el fallo de la Corte y matar a la víctima.
La agudeza del rucio no parece dispuesta a detenerse, en esta su nota impar. Habiendo desechado que cuando se aborta se asesina la vida de un inocente (¿de qué será culpable?), acota para una antología del cinismo: “Si la madre y el médico son asesinos por terminar con un embarazo no querido, ¿quién es el asesino de los abortos espontáneos? ¿Dios? ¿Por qué esa ‘vida inocente’ en el vientre materno no es protegida por el Señor Omnipotente? ¿Tocamos el absurdo?”.
No es propiamente el absurdo lo que está tocando Aguinis con esta farsa argumentativa, sino algo más trágico que se llama blasfemia. Porque va de suyo que en una muerte naturalmente ocurrida –sea a la edad de la vida que sobrevenga- no hay asesinato alguno, y que un aborto espontáneamente advenido no tiene responsables culposos, sino padres dolientes que jamás podrán olvidar el desgarrón de esa vida trunca. Sabemos empíricamente de qué estamos hablando. Explicarle a tamaño burro porqué el “Señor Omnipotente” nos dona y nos quita la vida o los bienes cuando su justa providencia lo dispone; porqué no abandona a ninguno de sus hijos, mucho menos cuando los llama a su seno, es algo que escapa a sus merecimientos intelectuales y morales. Si el zopenco supiera que Job no es un sustantivo inglés sino el nombre de un personaje veterotestamentario, algo podría colegir al respecto.
Quedaba por alcanzar la cima mayor de la estulticia y de la burdísima ignorancia, y Aguinis conquistó el anhelado trofeo. Sumando a sus muchos títulos –como el de arrebatador de la gloria de Edipo, injuriador de San Cirilo de Alejandría, inventor del Prondec, invertidor de la Cruz o pavo real- decidió convertirse en exégeta bíblico, y nos regala esta perla interpretativa a la que no arribaron siquiera las testas de Spinoza o Teodoreto: “El primer hombre se llamó Adán[...]. La versión más difundida es que fue modelado con tierra por las escultóricas manos del Creador. Lo hizo completo, con vísceras y pestañas, con labios y uñas. Era un feto grande. Una ‘vida inocente’, como se dice en la actualidad. Pero no tenía vida. No la tenía y no la tendría si Dios no le insuflaba su espíritu, que vendría a ser el oxígeno que le permitiría respirar. Sin oxígeno (que en la antigüedad no se conocía y se llamó aliento o soplo o espíritu) no habría existido el primer hombre. Los sucesivos nacimientos siguieron ese modelo: una previa configuración, que adquiría vida autónoma al inhalar el oxígeno [...]. Formó Dios al hombre (Adán) del polvo del suelo (adamá) e, insuflando en sus narices aliento vital, quedó constituido el hombre como ser vivo [...]. Dios insufló ‘en sus narices el aliento vital y quedó constituido el hombre como ser vivo’. Se refiere a las narices, no al embrión. Se refiere al aliento vital, que no puede ser sino el oxígeno. Recién entonces se constituye el hombre como ser vivo, según marcan las Escrituras. No cuando era un simple embrión”.
Una primera y relevante consecuencia se sigue de la hermenéutica aguiniana. Y es que en lo sucesivo, las diferentes y valiosas agrupaciones Pro Vida deberán constituirse en defensoras a ultranza de narices, puesto que por tamaño órgano, está visto, penetra la vida. ¡Cesen los genetistas y neonatólogos sus arduos exámenes científicos sobre la vida y el desarrollo del nasciturus! Es la hora de las pituitarias, el glorioso y postergado turno de los otorrinolaringólogos. Dios hizo vivir a los nasos, no a los embriones; y adelantado fue Quevedo que supo decir aquello de “érase un hombre a una nariz pegado”.
Una segunda consecuencia de la erudita exposición del onagro es el obligado cambio de rumbo que deberán hacer de ahora en más los teólogos de todas las escuelas y corrientes. Al fin sabemos que Dios es un enfermero eficiente, un adelantado de Carl W.Scheele –el descubridor del oxígeno- que con su inmenso tubo a cuestas iba desparramando vida de napia en napia y de trompa en hocico. Por suerte, y con el paso de los siglos, llegaría Cristina Kirchner para abreviar el nombre de tan salvífico elemento, llamándolo “cero”, a secas. Según el neo-biblista Aguinis, antes de que el “feto grande” hecho de barro recibiera su primera bocanada de oxígeno, fuera del vientre materno, no tenía ni tiene vida. Ergo, si la Corte decide achurarlo panza ad intra, aplaudamos el hecho.
Al fin un corolario tercero se desprende del análisis del levita cordobés, y está llamado a revolucionar el universo de la antropología. “Los sucesivos nacimientos” –le hemos leído- “siguieron ese modelo[el de Adán]: una previa configuración, que adquiría vida autónoma al inhalar el oxígeno”. ¡Tantos debates semánticos estériles agitándose en el terreno de la metafísica, de la medicina, de la bioética, y Marcos Aguinis tenía resuelto el dilema valiéndose de un tropo informático! ¿Qué es el hombre?, se preguntaba Hamlet. ¿Qué es el hombre?, nos preguntamos todos. He aquí la respuesta final y unívoca: una configuración, a la que recién se puede tener por viva cuando inhala un poco de oxígeno autónomamente. Como el windows xp si no lo agarra el virus troyano. La nobel periodización aguiniana no abriga dudas: antes de la oxigenación nasal asistida por un extraño demiurgo neumonólogo, no hay vida; después sí, aunque su duración dependerá de la cantidad de delincuentes que dejen en libertad los mismos jueces garantistas de la Corte Suprema.
Ironías al margen, es demasiado grave que este sujeto indocto y fatuo tenga un espacio público desde el que desgranar el error, la mentira, la confusión y la ignorancia. Y que una vez más, no haya obispo dispuesto a salvar la ofensa que le ha propinado a la Iglesia y a reponer el orden alterado. Demasiado grave, incluso, que se justifique el asesinato de las criaturas por nacer con una retorcida y estúpida interpretación bíblica.
Se cuentan por decenas los textos escriturísticos en los que la vida del embrión es considera sagrada e intangible; como querida y premiada por Dios es considerada la tarea de los padres de engendrar un hijo. Embrión, hijo o fruto de las entrañas maternas, no nariz oxigenada por una deidad que nos saca de la hipoxia.
A la vista está el Salmo 138, 13, cantándole al Señor: “Tú formaste mis entrañas, me tejiste en el seno de mi madre”. El libro de Jeremías, en el que Dios dice al profeta: “antes de formarte en el seno materno te conocí” (Jer. 1,5); los pasajes del Génesis en los cuales el Altísimo ordena engendrar y parir; y hasta los mellizos de Rebeca que combatían dentro de su vientre (Gén. 25, 21-22). Cuando el Señor castiga a María con la lepra, Aarón dirige esta súplica: “no sea ella como un aborto, que al salir del seno de su madre tiene ya medio consumida la carne” (Núm. 12, 11). Sin olvidarnos el explícito y conocido pasaje del Libro del Éxodo (21,12), en el que se dispone el castigo recio e inflexible para quienes “trabados en riña dieren un golpe a una mujer encinta, de modo que aborte”. ¿Se humillaba el Apóstol San Pablo cuando se llamaba a sí mismo “aborto” (I.Cor.15,8), o se estaba ponderando, anticipándose al fallo de Lorenzetti y sus secuaces? Cuando la misma y terrible metáfora es utilizada por San Ignacio de Antioquía, ¿debe entenderse que la rotulación escriturística de alguien como un abortivo es un encomio, o el más agraviante de los epítetos que uno pueda cargar sobre sus hombros para expresar su nadidad?
A la vista de estos escogidos pasajes –que no son los únicos, pues también el Salterio abomina de quienes andan derramando la sangre inocente de sus hijos- es cuanto menos una canallada salvaje valerse de la Biblia para justificar y aplaudir el fallo crapuloso de la Corte Suprema. Cuanto menos, decimos. Cuanto más cabe otro nombre, pero las meretrices no tienen la culpa de todas las filiaciones que le brotan, maguer sus sanitarias prevenciones.
Aguinis dice pertenecer a una camándula de intelectuales opugnadores del Gobierno. Y Cristina se dedica más que a gobernar, a criticar cada artículo de los medios que presume opositores. Aguinis aprueba el aborto. Cristina ha dicho que no lo promueve ni lo busca. ¿No era una buena ocasión para que la presidenta reuniera a sus aplaudidores lacayunos, con alguna de las excusas  que lo hace habitualmente, y dijera en público, con la noteja de Aguinis en la mano, que “La Nación miente”, y que su autor incluso destila “un tufillo racista”, al predeterminar quiénes tienen que morir para no vivir padeciendo desequilibrios o traumas?
Ocurre que el antioficialismo de los innúmeros Aguinis es un escandaloso bluff. Son sirvientes del Régimen, esbirros de la democracia, agentes del sistema cuya perversión prohíjan, potencian, usufructúan y medran. Cuando hay que matar inocentes –sus cuerpos o sus almas- están codo a codo con quienes dicen diferir o confrontar.
Y ocurre que la oposición al aborto de Cristina es un fraude inicuo. No sólo porque no ha protestado contra el fallo de la Corte –que contiene a algunos de sus amigos, como un sodomita prostibulario y una atea invertida- sino porque, desde hace años, tiene desplegada y ordenada a sus infernales huestes para impulsar el derecho al aborto en el ámbito legislativo. Tales los casos, entre otros, de María Elena Chieno, Silvia Risko, María del Carmen Bianchi, Gloria Bidegain, Mara Brawer, y un sinfín de esperpentos.
“Es un tema para el debate tranquilo, no para los anatemas”, concluye Aguinis su culposo dislate. Y reclama “un consenso [...] que mantenga a la religión -y a la Iglesia Católica en especial- en una postura acorde con las necesidades de la actualidad”.
Las necesidades de la actualidad de Aguinis están sobradamente cubiertas con sus recursos múltiples de betsellerista fenicio y de Epulón sin atriciones. Que se entregue nomás al consenso de sandeces rentadas, con tantos otros de su mísera laya. Pero la primera necesidad de la actualidad de los niños por nacer es la de ser alumbrados, recibidos, criados y educados cristianamente. Sean el fruto de una violación horrenda o del más amoroso acto conyugal. Si lo primero, porque un mal no se remedia con otro mal. Si lo segundo, por razones obvias.
En pos de esos niños por nacer cruzamos hoy espadas. Contra la Corte, el Gobierno, la intelligentzia judía o la inacción lacerante de la Jerarquía Católica.

Antonio Caponnetto.

Digresión sobre la obediencia.



Son varias las razones por las cuales la Iglesia ha entrado en la crisis que hoy la azota. Crisis de fe, de moral, de formación y de pensamiento. Una de esas razones, es una falsa concepción de la virtud moral de la obediencia. El arzobispo Marcel Lefevbre, aquél gran hombre de Iglesia que supo ver lo que ocurría en ella y defender la Tradición que se podía perder, decía que por aquella deformación de la virtud de la obediencia es que se produciría la “autodemolición” de la Iglesia, citando las dramáticas y más que verdaderas palabras del mismo Papa Pablo VI. Por eso, es importante conocer los límites que conlleva la verdadera obediencia primero ligada al Evangelio, sin caer en aquella especie de inflación de la obediencia.
Dice el Cardenal suizo Georges Marie Martin Cottier O.P., que ha sido muy preciso al hablar de esta “inflación” de la obediencia, las siguientes palabras:

Otra fuente de la crisis del pensamiento es, sin duda, la inflación de la obediencia. También aquí no se trata de redimensionar la excelencia de esta virtud, sino de respetar el puesto en el organismo de las virtudes cristianas. Y este no es el primero. De primera importancia son las virtudes teologales, en particular  la caridad, que nos hace participar del conocimiento y el amor de Dios mismo. Mediante la fe teologal nos adherimos a la Verdad primera, la cual da fe de la veracidad del contenido divino que nos es propuesto de creer. Porque Dios es la Verdad misma y la fuente de toda verdad, y la luz de la inteligencia es una participación creada de la luz increada, nuestra inteligencia realiza aquello que constituye su primera operación cuando se somete a Dios. La inteligencia que se pone dócilmente a la escucha del magisterio, asistido del Espíritu Santo para transmitirnos la verdad revelada y ayudarnos a vivirla, permanece en la prolongación de esta radical sumisión a la fuente de aquello que constituye su vida.
[…]
Queda el hecho de que, rigurosamente hablando, la grandeza de la obediencia se comprende en la línea del “gobierno”, no en aquella del magisterio de la verdad. Confundir los dos registros significaría abrir la puerta al reino de la arbitrariedad intelectual. [1]

Luego de esta brillante síntesis citada, continuamos con la clara lectura del R. P. Leonardo Castellani, quien ha abordado en contadas ocasiones este espinoso tema, y en esta digresión lo hace de forma clara y contundente, algo típico en su estilo apologético.


Digresión sobre la Obediencia.

La “santa obediencia” es una gran virtud. Pertenece al género de las virtudes morales, que se discute si en el cristiano son infusas o no son infusas; y a la especie de la virtud de la “Religión”; al cuarto mandamiento, Primera Tabla; deberes para con Dios, y no para con el prójimo: los padres representan a Dios.

No hay que confundir la obediencia con la paciencia. Tener que hacer cosas absurdas por fuerza, no es obediencia sino paciencia. Y si se acaba la paciencia (porque la paciencia se acaba, algunas veces depende incluso de las fuerzas físicas), surge una singular especie de “desobediente”.
De la santa obediencia (del poder de hacerse obedecer) se puede abusar, como de cualquier otra cosa. Si no existieran hoy día abusos, no solamente históricos (como nos consta), sino también teóricos de la santa obediencia, no nos meteríamos en este espinoso tema.
“¡Calla, calla, tapa, tapa!” Hay tiempos de callar y tiempos de hablar. O somos o no somos teólogos... periodistas.
Es conocida y famosa en la literatura ascética la Carta de la Obediencia, de San Ignacio de Loyola. Es una especie de tratadito apologético de esta virtud a los Estudiantes Jesuitas de Coimbra, impregnada de una vehemente exhortación. Escrita por Luís de Polanco, género retórico, sin errores teológicos, por supuesto, pero sin la teología completa de esta virtud; la cual no era su fin, desde luego. No es un escrito “científico”, sino oratorio, exhortatorio.
Con ejemplos, ponderaciones y discursos trata de la excelencia de esta virtud, a la cual llama “ciega”; y da medios para practicarla. No está aquí la decantada frase perinde ac cadaver, aunque sí la comparación con el bastón de hombre viejo, de tanta menta. Dice que la obediencia es una virtud que trae consigo a las otras, las imprime y las conserva; que el que la posee a la perfección está en estado de perfección evangélica; que se apoya en la virtud teologal de la fe y se le parece. Todo esto es verdad incontestable.
Mas la “carta” no define el fin específico de la virtud de la obediencia, su esencia filosófica, ni su dependencia de las otras virtudes. Apunta si de paso, sin explicación nada, sus topes extremos, que son el absurdo y el pecado; vale decir: no se puede obedecer en lo que es ilícito; y no puede haber “obediencia de entendimiento” delante de algo manifiestamente falso.
Notemos de paso que la expresión “obediencia de entendimiento” es metafórica y no exacta. La obediencia es una virtud de la voluntad y su sujeto no puede ser el entendimiento. “Obediencia de entendimiento” sólo puede significar obediencia en la que (por justas razones o sin ellas) se suspende el ejercicio del entendimiento. En suma, la voluntad puede hacernos cerrar los ojos; pero no puede hacer que veamos árboles azules o ranas con pelos, a ojos vistas.
No es necesaria ni es posible esta carta (mediocre y tosca en su teología, pero correcta en puridad) para explicar los abusos actuales de la santa obediencia, a que nos referimos arriba: basta para ello la pícara condición humana, y el apetito de mandar, tan fuerte en el hombre como los otros apetitos; y aún más fuerte a veces en los que han renunciado (mal) a otros apetitos -en virtud de la “ley de compensación”. Hay casos en que la perra de la lujuria, echada por la puerta, vuelve sigilosamente por la ventana...
El abuso no procede de aquí, como estiman Chesterfield, Huxley y otros muchos; pero es posible que el abuso una vez existente haya encontrado punto de apoyo en la unilateralidad del documento, en su incompletitud teológica, su exageración encomiástica y sus ejemplos simplistas, que si no son tomados cum mica salis, pueden hacer concluir erróneamente. Es sabido que toda práctica (viciosa o no) tiende siempre a hacerse su teoría o a tomarla prestada en cualquier parte.
La práctica viciosa con respecto a la obediencia religiosa se podría resumir en estas proposiciones teóricas-falsas:

- La obediencia es la principal de las virtudes.
- La obediencia suple a las otras virtudes.
- La obediencia suple, por ende, a la conciencia; se puede abandonar la propia conciencia (y es fácil, cómodo y seguro) en manos ajenas.

Esto es falso y llevaría a una monstruosidad; a la obstrucción de la espontaneidad vital del hombre y, por tanto, de toda moral; y a la substitución, por lo jurídico y lo mecánico, de la vida interior, propia de cristianismo. Cristo liberó la conciencia humana del yugo insoportable de la religión exterior y formalista del fariseo; nos liberó de “la Ley”, como repite hasta el cansancio San Pablo.
Santo Tomás advierte (y es obvio) que el hombre está obligado a consultar su conducta con su propia razón; pues no será por la conciencia de otro que será juzgado por Dios, sino por la propia. Abandonar y suprimir el ejercicio de la propia razón en cuanto a lo más importante de la vida, la propia conducta moral, sería una mutilación y un crimen -lo mismo que sacarse los ojos-, si es que fuera posible físicamente extirpar la propia conciencia del todo.
No dice esto la “carta” ciertamente; pero no se puede negar que sus expresiones místicas y ponderativas tiran hacia allá y dan así a la interpretación que Pascal, Chesterfield y Huxley le dan, de donde salió la vulgar calumnia contra los jesuitas, de “suprimir la personalidad humana”. Demasiadamente preocupado por reducir al súbdito que obedece a poco, Polanco olvida al superior que manda demasiado.
Pero mandar demasiado existió mucho antes que esta carta: siempre. Es una acariciada tendencia de la condición humana, la voluntad de poderío. Hay tres tipos de esos hombres que los españoles llaman mandamás: el inepto, el prepotente y el perverso.
Hay hombres que abusan de la autoridad, por lo mismo que tienen poca, como esos hombres sexualmente débiles que son extremadamente salaces. Teniendo pocos dones de mando, pocas luces o poco prestigio o poca energía y constancia, en suma, poca aptitud nativa, y estando (indebidamente, por cierto) en puesto de autoridad, para mantenerla no tienen más remedio que exagerarla, haciendo alcaldadas, como dicen; y levantando mucho la voz en el Ordeno y mando. ¡El sargentón! El temor de no ser obedecidos o la semiconciencia de no merecer el mando, los hace mandones. Son más ridículos que temibles: el “comisario de campaña” puebla los sainetes argentinos.
El segundo tipo es más de temer, el prepotente. Ha sido ganado por el deleite de imponer su voluntad, que es un deleite como cualquier otro, y aún mayor que otros. Hay religiosos que por el hecho de haberse encerrado y haber renunciado a la mujer, se estiman ya libre del todo del mundo y sus pasiones: algunos de ellos caen en las pasiones espirituales, que son más peligrosas que las carnales -sobre todo cuando no han purgado a fondo (por la noche obscura) la raíz de las carnales. A algunos, las renuncias que han hecho les han dejado en el fondo una cicatriz, y a veces una verdadera úlcera de ressentiment; que busca sigilosamente “compensaciones”; y las halla. El poder corrompe siempre a aquel que lo desea; este hombre convierte a su prójimo en instrumento, y, por tanto, deja de ser su hermano. La angurria del mando, la sensualidad del poder, es una pasión tan peligrosa y más grave que la otra sensualidad; pero vaya usted a contar esto a uno de estos mandamases cuando ya se ha encaprichado y ha comenzado a endiosarse. El gusto de meterse en la vida y la persona del prójimo, de ser juez de sus actos y aun pensamientos, de cortarlo a la propia medida, de recoger la gloria del trabajo y del valer ajeno, de sentársele encima a uno que vale más que nosotros, se vuelve una pasión devoradora, que fácilmente se ciega y se ignora a sí misma, disfrazándose. Este mandamás todo lo hacer por Dios, por la Iglesia y por la Orden...

“Los Calzados (de aquel tiempo) -escribe San Juan de la Cruz- están tocados del vicio de la ambición, mas todo lo que hacen lo coloran de religión y celo del servicio divino: de manera que son incorregibles”.

De esta pasión nacen los manejos por mantenerse en el poder, el ocultar fracasos, la simulación, el compadrazgo y el rasque con los otros sarnosos, las camarillas, la animosidad a los que pueden oponerse o simplemente ven claro; los informes falsos, la intriga, la mentira y la venganza; destrúyese como consecuencia inevitable la fraternidad y después toda caridad, incluso la simple convivencia.
La pasión del mando conduce a la perversidad: el tercer tipo de hombre que abusa de la autoridad es el perverso, el que destruye para tener la sensación de que él es dueño, de que él es más, es decir, en el fondo, de que es Dios: porque es el vicio capital de la soberbia lo que está aquí en el fondo. El gran caractólogo Klagues, en su penetrante estudio acerca de la perversidad, caracteriza al perverso como una “voluntad pura”, un querer por querer, una monstruosa adjudicación del prójimo al propio capricho, solamente por ser capricho mío:

La maté porque era mía...
Y si ella renaciera
Otra vez la mataría...

Eso se ha visto; y no sólo por desgracia en el pobre gitano de la copla; esa ebriedad de la voluntad propia que únicamente se nutre ya de sí misma, que llega hasta la voluptuosidad de destruir, lo cual es perversidad; por la sencilla razón de que el destruir algo es el supremo acto de dominio. Los asesinatos repetidos y sin motivo alguno de los perversos clásicos, de un Jack-the-Ripper y un Bela Kiss -para no hablar de un Tiberio-, tienen en el fondo esta pasión llevada a la locura; pero existe mucho más frecuente el tipo “negativo”, el funcionario destructor, que odia a todo lo que sobresale y siente un sordo rencor a la vida –“dolor del bien ajeno”, como definen a la envidia. Es sabido que la ley del tirano es abatir toda cabeza que sobresalga. Haec lex tiranni est: onme excelsum in regno cadat.
“La envidia es la roña de los claustros” -dijo Unamuno-; mas cuando la envidia existe en los claustros, sobre todo esa envida general del “lebenracher” -que dice el alemán-, es mucho peor que una roña. Afortunadamente no existe, sino por excepción, según creemos.
Bastan estas ligeras indicaciones acerca de los tres tipos de “mandamás”, el sargentón, el prepotente y el tirano, para comprender lo que vuelve a la “santa obediencia” una cosa non sancta, y la destrona de su categoría de virtud y de perfección humana, convirtiéndola en un “instrumento”, que puede llegar a ser instrumento de muerte.
La pobre Carta de la Obediencia, como dijimos, no puede haber sido causa de esta desviación tan grande, carece de toda proporción con ella; sería un absurdo manifiesto creerlo. Mas bien, es plausible que haya sido ella misma un efecto del entronizamiento en Occidente del “hombre prometeico” sobre el “hombre yoanno” -que diría Schubert-, que suelen marcarlo como visible en este mismo tiempo, en el Renacimiento; es decir, el entronizamiento de la acción sobre la contemplación, del derecho sorbe la caridad, de lo exterior sobre lo interior en la cristiandad; la devoración de lo psicológico y lo personal, por lo jurídico, lo legal y lo automático -la “juricidad” eclesiástica, los códigos, reglamentaciones y edictos excesivos substituyendo a las relaciones flexibles y humanas de la amistad; la burocracia impersonal e impasible en el gobierno de la Iglesia. “No os llamaré siervos, sino amigos” -dijo Cristo.
Sea ello como fuere, la cuestión es que la obediencia es una virtud moral, que sólo puede permanecer virtud en el ámbito de la caridad y en acuerdo con la prudencia. La virtud cardinal de la prudencia regula todas las otras; la virtud teologal de la caridad las inicia y las corona. Sin esto no hay virtud verdadera, sino simulacros de virtudes; las virtudes no-donantes que odió Nietzsche.
No sería virtud alguna obedecer a un loco, evidentemente: como no lo es dejarse guiar por un ciego. Ponemos el caso extremo para que se vea lo que queremos decir. Si el loco tiene el poder y puede castigarme, me someteré para evitar mayores males, si acaso, pero eso no es virtud de obediencia. Es el caso que dice el hijo de Martín Fierro:

Dice creo San Francisco,
O quizá fie Samcho Panza,
Esta notable alabanza:
Que un superior bueno es ángel,
Pero un malo es semejante
A un loco con una lanza.

Prudencia es la recta regulación de lo por hacer; es la percepción de medios y fines. Si un medio no es pato para un fin, ni la autoridad del superior ni la “obediencia” (o sumisión) del súbdito cambiarán la naturaleza de las cosas, a la cual respeta siempre la prudencia. La obediencia versa siempre acerca de medios, no de fines. Entonces es el caso de manifestar su error al superior (cuando hay verdadera convivencia) o bien substituir el medio indicado por el medio apto, lo cual se llama interpretar la voluntad del superior..., lo cual supone a su vez que el superior fue sincero.

Y éste es el otro caso en que no funciona más la obediencia, ni puede ser virtud, cuando no existe el ámbito y la atmósfera de la caridad, por lo menos en su grado mínimo. Rota la convivencia, luego no se puede hablar de obediencia.
Obedecer a un enemigo sería locura; porque un enemigo tira a destruirme. Sería suicidio. De modo que cuando surgen en un claustro oposiciones, animosidades personales y rencores -que pueden llegar al odio profundo-, hablar de obediencia o desobediencia es el cuento del tío. Lo peor para las víctimas de estas situaciones es que no surgen ellas de golpe, ni son claras al instante, sino que “devienen”. Después de pasadas se ve claro; pero mientras devienen, la perplejidad de conciencia es una gran tortura, sobre todo para una conciencia delicada -porque la Iglesia tiene el poder de obligar “en conciencia”, poder tanto más fuerte cuanto más fe y amor tiene el obligado. La tortura de la perplejidad de conciencia -the divided soul de los psicólogos-, es una de las peores que existen, dice Juan de la Cruz.
En resumen, esto es teología elemental, y aun puro buen sentido: la virtud de la obediencia no puede existir sino dentro de la caridad y junto a la prudencia. La caridad es el núcleo central del cristianismo -amar a Dios y amar al prójimo- y debe iniciar, acompañar y coronar todas las virtudes. Lo malo en el fariseísmo -que es substracción de la caridad- es que conserva las formas y las palabras de ella. “Extreme todos los recursos y finuras de la caridad, y después impóngale el precepto” -oímos decir una vez. El precepto era imposible e inhumano; pero se extremaron todos los recursos y finuras de la caridad: después se aplastó al tipo por “desobediente”. Esto es una cosa muy seria dentro de la Iglesia; es peor que un crimen. Es el pecado contra el Espíritu Santo.

R.P. Leonardo Castellani, fragmentos de tomados de “El Ruiseñor Fusilado”. Visto en Castellaniana.

Nota al pie:
[1] George Cottier O. P., Le vie della ragione. Temi di epistemologia teologica e filosofica, 2002. Cita tomada del artículo sitio “la inflación de la obediencia” publicado por Juventutem Argentinae.

jueves, 22 de marzo de 2012

Citas: El artista, el bien y el mal.



“Los que buscan deleite en las cosas exteriores quedan decepcionados, porque se desparraman en las cosas visibles y fugaces, y lo único que consiguen es lamer sus imágenes, muertos de hambre. Ojalá que, fatigados de hambre, dijeran: ¿Quién nos hará ver la dicha? Para que yo les dijera y ellos oyeran: La luz de tu semblante se alza sobre nosotros, Señor. Nosotros no somos la luz que alumbra a todo hombre. Somos iluminados por ti, a fin de que los que fuimos en un tiempo tinieblas, podamos ser luz en ti”.

San Agustín – Confesiones, IX, 4.


“Ante el bien, se encuentre donde se encuentre, nuestra actitud sólo puede ser la que aconseja el Apóstol: probadas todas las cosas, tomad lo que es bueno. Frente al mal debemos igualmente obedecer el consejo del Apóstol: “no queráis conformaros con este siglo” (Rom. 12,2).
Sin embargo, conviene aplicar con inteligencia los dos consejos. Es excelente analizar todas las cosas y quedarse con lo bueno. Pero debemos tener presente que lo bueno es lo que está conforme, no sólo con la letra, sino también con el espíritu. Bueno no es aquello que favorece un tiempo a la virtud y al vicio, sino lo que favorece siempre y únicamente a la virtud. Así, cuando una costumbre no es reprobable en sí misma pero crea una atmósfera favorable al mal, la prudencia manda rechazarla”

Mons. De Castro Mayer


“Necesitamos que nos contradigan para afinar nuestras ideas”.

Nicolás Gómez Dávila


“La crítica decrece en interés mientras más rigurosamente le fijen sus funciones. La obligación de ocuparse sólo de literatura, sólo de arte, la esteriliza. Un gran crítico es un moralista que se pasea entre libros”.

Nicolás Gómez Dávila


“El maestro enseña más con lo que es que con lo que dice”.

Soren Kierkegaard


“El arte, como todo producto de la acción humana, no es un fin, sino un medio: un medio para que los hombres cumplan su destino, ser buenos y felices”.

Hugo Wast – Vocación de escritor


“Una novela, por el solo hecho de representar la vida, enseña, bien o mal, aunque su autor no lo haya pretendido. No es un cuadro ni una estatua: es toda una cadena de principios y de consecuencias que se transmiten al lector como incitaciones al bien o al mal”.

Hugo Wast – Vocación de escritor.


“Hasta muy recientemente –hasta la segunda mitad del siglo diecinueve- se daba por supuesto que la ocupación del artista consistía en deleitar e instruir a su público. Había, naturalmente, diferentes públicos. Las canciones callejeras y los oratorios no iban dirigidos a la misma audiencia (aunque, a mi juicio, a una gran cantidad de gente les gustaban las dos). El artista podía incitar a su público a apreciar cosas más bellas de las que había querido al principio. Ahora bien, sólo podía hacer una cosa así si resultaba entretenido desde el comienzo –aún cuando no se limitara a entretener-, ofreciendo una obra básicamente inteligible –aunque no se entendiera completamente-. Todo esto ha cambiado. En los círculos estéticos más elevados no se oye hoy día nada acerca del deber del artista hacia nosotros. Todo gira acerca de nuestra obligación hacia él. Él no nos debe nada. Nosotros, en cambio, le debemos “reconocimiento”, aun cuando no haya prestado la menor atención a nuestros gustos, intereses o hábitos. Si no se lo damos, nuestro nombre será vilipendiado. En esta tienda el cliente está equivocado siempre”.

C.S. Lewis. “La obra bien hecha y las buenas obras”, en El diablo propone un brindis.

Tomado de “Hablan los maestros”, de Videoteca Reduco.

miércoles, 21 de marzo de 2012

En el mundo actual no hay más que dos partidos.



No hay que engañarse: en el mundo actual no hay más que dos partidos. El uno, que se puede llamar la Revolución, tiende con fuerza gigantesca a la destrucción de todo el orden antiguo y heredado, para alzar sobre sus ruinas un nuevo mundo paradisíaco y una torre que llegue al cielo; y por cierto que no carece para esa construcción futura de fórmulas, arbitrios y esquemas mágicos; tiene todos los planos, que son de lo más delicioso del mundo. El otro, que se puede llamar la Tradición, tendido a seguir el consejo del Apocalipsis: “Conserva todas las cosas que has recibido, aunque sean cosas humanas y perecederas”. 

R.P. Leonardo Castellani, “Una religión y una moral de repuesto” publicado en Dinámica social nº 85/86 en Noviembre/Diciembre de 1957, reproducido en “Cristo ¿Vuelve o no vuelve?” y “Pluma en Ristre” (edición 2011).

martes, 20 de marzo de 2012

La santa Misa y cómo participar.



Todavía no te he hablado del sol de las prácticas espirituales, que es el santísimo y muy excelso sacrificio y sacramento de la Misa, centro de la religión cristiana, corazón de la devoción, alma de la piedad, misterio ine­fable, que comprende el abismo de la caridad divina, y por el cual Dios, uniéndose realmente a nosotros, nos comunica magníficamente sus gracias y favores.
La oración, hecha en unión de este divino sacrifi­cio, tiene una fuerza indecible, de suerte, Filotea, que, por él, el alma abunda en celestiales favores, porque se apoya en su Amado, el cual la llena tanto de perfumes y suavidades espirituales, que la hace semejante a una co­lumna de humo de leña aromática, de mirra, de incienso y de todas las esencias olorosas, como se dice en el Can­tar de los cantares.
Haz, pues, todos los esfuerzos posibles para asis­tir todos los días a la santa Misa, con el fin de ofrecer, con el sacerdote, el sacrificio de tu Redentor a Dios, su Padre, por ti y por toda la Iglesia. Los ángeles, como di­ce san Juan Crisóstomo, siempre están allí presentes, en gran número, para honrar este santo misterio; y nosotros, juntándonos a ellos y con la misma intención, forzosa­mente hemos de recibir muchas influencias favorables de esta compañía. Los coros de la Iglesia militante, se unen y se juntan con Nuestro Señor, en este divino acto, para cautivar en Él, con Él y por Él, el corazón de Dios Padre, y para hacer enteramente nuestra su misericordia. ¡Qué dicha experimenta el alma al unir sus afectos a un bien tan precioso y deseable!
Si por fuerza no puedes asistir a la celebración de este santo sacrificio, con una presencia real, es necesario que, a lo menos lleves allí tu corazón, para asistir de una manera espiritual. A cualquiera hora de la mañana ve a la iglesia en espíritu, si no puedes ir de otra manera; une tu intención a la de todos los cristianos, y, en el lugar donde te encuentres, haz los mismos actos interiores qué harías si estuvieses realmente presente a la celebración de la santa Misa en alguna iglesia.
Ahora bien, para oír, real o mentalmente, la santa Misa, cual conviene:

1. Desde que llegas, hasta que el sacerdote ha subi­do al altar, haz la preparación juntamente con él, la cual consiste en ponerte en la presencia de Dios, en recono­cer tu indignidad y en pedir perdón por tus pecados.

2. Desde que el sacerdote sube al altar hasta el Evan­gelio, considera la venida y la vida de Nuestro Señor en este mundo, con una sencilla y general consideración.

3. Desde el Evangelio hasta después del Credo, con­sidera la predicación de nuestro Salvador, promete que­rer vivir y morir en la fe y en la obediencia de su santa palabra y en la unión de la santa Iglesia católica.

4. Desde el Credo hasta el Padrenuestro, aplica tu corazón a los misterios de la muerte y pasión de nuestro Redentor, que están actual y esencialmente representa­dos en este sacrificio, el cual, juntamente con el sacerdo­te y el pueblo, ofrecerás a Dios Padre, por su honor y por tu salvación.

5. Desde el Padrenuestro hasta la comunión, esfuér­zate en hacer brotar de tu corazón mil deseos, anhelan­do ardientemente por estar para siempre abrazada y uni­da a nuestro Salvador con un amor eterno.

6. Desde la comunión hasta el fin, da gracias a su divina Majestad por su pasión y por el amor que te mani­fiesta en este santo sacrificio, conjurándole por éste, que siempre te sea propicio, lo mismo a ti que a tus padres, a tus amigos y a toda la Iglesia, y, humillándote con to­do tu corazón recibe devotamente la bendición divina que Nuestro Señor te da por conducto del celebrante.

Pero si, durante la Misa, quieres meditar los miste­rios que hayas escogido para considerar cada día, no se­rá necesario que te distraigas en hacer actos particulares, sino que bastará que, al comienzo, dirijas tu intención a querer adorar a Dios y ofrecerle este sacrificio por el ejercicio de tu meditación u oración, pues en toda medi­tación se encuentran estos mismos actos o expresa, o tá­cita o virtualmente.

San Francisco de Sales, tomado de “Introducción a la vida devota”.

Conveniencia de que las mujeres utilicen velo o mantilla durante la Misa.



Debido a los tiempos modernos que corren, prestos de hacer contra a todo lo que sea sacro, se ha perdido –en casi todas las Iglesias– el uso de la mantilla. Solamente ha quedado –y sujeta a los cambios de las modas– el uso de la mantilla en alguna que otra vestimenta de nupcias. La mantilla, como se la ha conocido durante siglos, solamente se sigue utilizando por los grupos de católicos tradicionales y en algunas Iglesias que hay en Roma y que suelen –a pesar de las reformas que se han realizado– ser más conservadoras en el aspecto moral del uso de la mantilla. Ahora bien, ¿cuál es el fundamento de esta milenaria costumbre de que las mujeres católicas se cubran la cabeza en el templo y qué ha significado hasta nuestros días aquél signo? 


Conveniencia de que las mujeres utilicen velo o mantilla durante la Misa

El uso de la mantilla sobre la cabeza durante la santa Misa es una antigua tradición. San Pablo escribe sobre esta práctica en el capítulo undécimo de su primera carta a los corintios. El comienza su explicación de esta manera:

 San Pablo

«Sed imitadores míos tal cual soy yo de Cristo. Os alabo de que en todas las cosas os acordéis de mí, y de que observéis las tradiciones conformes os las he transmitido. Más quiero que sepáis que la cabeza de todo varón es Cristo, y el varón, cabeza de la mujer, y Dios, cabeza de Cristo. Todo varón que ora o profetiza con la cabeza cubierta, deshonra su cabeza. Más toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, deshonra su cabeza; porque es lo mismo que si estuviera rapada. Por donde si una mujer no se cubre, que se rape también; mas si es vergüenza para la mujer cortarse el pelo o raparse, que se cubra. El hombre, al contrario, no debe cubrirse la cabeza, porque es imagen y gloria de Dios, mas la mujer es gloria del varón. Pues no procede el varón de la mujer, sino la mujer del varón, como tampoco fue creado el varón por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. Por tanto, debe la mujer llevar sobre su cabeza (la señal de estar bajo) autoridad, por causa de los ángeles. Con todo, en el Señor, el varón no es sin la mujer, ni la mujer sin el varón. Pues como la mujer procede del varón, así también el varón (nace) por medio de la mujer; mas todas las cosas son de Dios. Juzgad por vosotros mismos: ¿Es cosa decorosa que una mujer ore a Dios sin cubrirse? ¿No os enseña la misma naturaleza que si el hombre deja crecer la cabellera, es deshonra para él? Mas si la mujer deja crecer la cabellera es honra para ella; porque la cabellera le es dada a manera de velo.» [Traducción bíblica de Mons. Straubinger -TMS-]

Finalmente, ¿alguno encontrará alguna razón para argumentar lo contrario?, San Pablo escribe:

«Si, con todo eso, alguno quiere disputar, sepa que nosotros no tenemos tal costumbre, ni tampoco las Iglesias de Dios.» [TMS]

Siguiendo a San Pablo y a la antigua práctica de la Iglesia, el Código de Derecho Canónico de 1917 requería que las mujeres usasen velos o mantillas durante las funciones litúrgicas:

«Los varones, ya sea dentro o fuera de la Iglesia [al pasar por el frente, por ejemplo], mientras asisten a los ritos sagrados, deben llevar la cabeza descubierta, a menos que las costumbres locales lo aprueben o se den circunstancias particulares, no se determinará otra cosa. Las mujeres, sin embargo, deberán cubrirse la cabeza y vestirse con modestia, especialmente cuando se aproximan a la mesa del Señor.» [Can. 1262, par. 2]

En  tiempos recientes el cubrirse la cabeza no ha sido una práctica común, ¿qué sucedió? En 1976, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe emitió el decreto Declaración sobre la Admisión de Mujeres al Ministerio Sacerdotal (Inter insigniores), el cual subrayaba la razón por la cual las mujeres no pueden ser sacerdotes (o sacerdotisas). En este decreto leemos:

«Pero hay que notar que esas prescripciones, probablemente inspiradas en las costumbres del tiempo, no se refieren sino a prácticas de orden disciplinar de poca importancia, como, por ejemplo, a la obligación por parte de la mujer de llevar un velo en la cabeza; tales exigencias ya no tienen valor normativo.» [http://multimedios.org/docs/d001038/]


 Mujeres en Corea portando velo o mantilla durante la Misa

Desde este tiempo, el nuevo Código de Derecho Canónico (1983) omite el requerimiento de cubrirse la cabeza… así, hoy, en gran parte de la Iglesia el que las mujeres usen el velo o mantilla sobre la cabeza al asistir a Misa es algo muy raro. Esto no debe ser así, y pienso que si el tema fuese mucho mejor entendido, las mujeres encontrarían en el uso del velo o mantilla algo bueno y digno, tanto en lo individual como para la sociedad. Al explayar mi opinión no centraré el uso del velo o mantilla en razones de modestia o sujeción, sino sólo en su referencia a un gran misterio. San Pablo nos dice que la mujer vino del hombre así como el hombre vino primero de tal manera que es cabeza de la mujer… así, ellas utilizan velo o mantilla sobre la cabeza para revelar sumisión a él. Es cierto también, sin embargo, que desde Adán  todo hombre viene de una mujer y ellas deben utilizar velo o mantilla también por esta razón.


 El Arzobispo Fulton John Sheen durante un bautizo. La madre del niño portando su velo o mantilla.

En cada concepción, el divino Visitante entra solamente en la mujer para crear una nueva persona, sólo en ella desciende y, como otra encarnación, toca su útero e implanta una nueva alma inmortal. Ahora, este es un gran misterio, ¿y cómo hemos de mostrar los misterios?, le ponemos velos. Una niebla cubrió a la tierra durante su creación; el humo veló el Monte Sinaí cuando Moisés recibió las tablas; una nube recibió a nuestro Salvador en Su Ascensión. Lo sagrado es velado de tal manera que podamos orientarnos hacia una realidad más profunda. Durante la santa Misa, el Tabernáculo es velado debido a que contiene a Dios, así como el cáliz es velado también puesto que lo contiene a Él también. Así como es un gran misterio el que Dios se haga presente en nuestros altares, lo cual “vemos” con la Fe; y así, el que las mujeres se cubran con un velo hace más evidente que su vida forma parte de un digno y singular papel… sólo ellas han sido escogidas como recipientes de nueva vida. Pero, ¿qué hay de aquellas mujeres quienes no portan un hijo en sus entrañas, las ancianas, las muy jóvenes y las estériles?, ¿deberían ellas portar velo o mantilla? Sí deberían. Ya que las ancianas o las muy jóvenes o las estériles comparten la naturaleza de la mujer, la cual está identificada con portar nueva vida… y la naturaleza no cambia.


 
 «Ceremonia de recepción de la madre en la iglesia», «Bendición de las mujeres después de dar a luz» o rito «benedictio mulieris post partum»

Si seguimos esta lógica de utilizar velo o mantilla, la cual apunta al misterio de la mujer, entonces podemos comprender apropiadamente la bendición que se les da después de que han dado a luz. Este sacramental no sólo es un acto de agradecimiento, sino una purificación. Ahora, la purificación no se refiere en el sentido de limpiar un objeto sucio, sino de limpiar algo que está santificado y volverá a utilizarse. En la santa Misa, después de la Comunión, el sacerdote purifica el cáliz, él no hace esto porque el cáliz esté sucio, sino porque Dios ha estado ahí. Así la mujer es purificada, no porque esté sucia, sino porque Dios ha entrado en ella, ha tocado su útero y a través de ella ha colocado otra alma inmortal en el mundo.


 Purificación del cáliz durante la santa Misa.

Para concluir, en mi opinión todas las mujeres deberían llevar velo o mantilla sobre la cabeza durante la santa Misa, como un signo visible y testimonio de su exclusivo privilegio y dignidad. Si todas las mujeres comprendieran mejor esto, creo que ellas se valorarían más y apreciarían mejor su exclusiva naturaleza maternal… la cual ha sido muy atropellada, abandonada y combatida en nuestros días. Además, si toda mujer reconociera este, su exclusivo privilegio, defenderían su dignidad protegiéndose contra la vestimenta inmodesta, evitando las malas compañías y los lugares perniciosos, y aborrecerían ser reducidas a ser el juguete de las bajas pasiones varoniles. Por estas razones, si toda mujer comprendiese el sagrado misterio de su condición de mujer, ellas portarían feliz, ansiosa y honrosamente el velo o mantilla cada vez que asistieran a Misa, y un gran bien retornaría hacia este pobre mundo que se encuentra sumido en profundas tinieblas, por reconocer el verdadero y feliz propósito de la vida.

R. P. Christopher Hathaway, FSSP, Conveniencia de que las mujeres utilicen velo o mantilla durante la Misa”, original en inglés “On the Fittingness of the Woman’s Veil”.
Tomado de la homilía del domingo después de la Ascensión del 23 de mayo de 2004. Traducción: Alejandro Villarreal -sept. 2011- Imágenes añadidas.

lunes, 19 de marzo de 2012

Meditaciones de un nasciturus.



 Jamás veré la luz del sol. No he de nacer como los otros niños. ¡Ay de mí!, ni siquiera se me reconoce el “status” de niño. ¿Qué soy, entonces?
¿Un conjunto más o menos organizado de células vivas? ¿Un huevo? ¿Un embrión? ¿Un feto? ¿Un monstruo?
Si mi desarrollo continuase devendría un bebé y, por consiguiente, un hombre o una mujer, no importa, un miembro más de la familia humana. ¿Ya no lo soy?
Es sorprendente, pero todos los infinitos embriones que alguna vez lo fueron se convirtieron después en personas humanas. Jamás ha sido registrado un solo caso de mutación. Ni lo será tampoco en el futuro.
Entonces, ¿por qué se polemiza sobre mi actual condición? Que si la filosofía, que si la religión, que si las estadísticas, que si las ciencias… ¡qué sé yo!
Todos pueden razonar, argüir, debatir, impugnar. Todos… ¡menos yo!
Claro que ahora no puedo ser escuchado con las formalidades de la ley. Pero mi corazón late, mi cerebro se desarrolla, mis demás órganos se perfeccionan progresivamente.
Ahora nadie me quiere oír (aunque las ecografías registren mi grito silencioso). Y hasta dirán que mis razones son falsas, utópicas, inútiles… ya que no estoy en estado de alegar.
Incluso habrá quien sostenga que no tengo conciencia, ni memoria, ni conocimiento… y como éstos tales reducen la persona a lo “cognitivo-racional”… yo estoy condenado a dejar de existir.
Empero, ¡sea lo que sea! soy “algo” humano: resultado del amor o del odio, de la vileza o de la lujuria, de la satisfacción egoísta de mis padres o de la conjunción eventual de las constelaciones.
Pero, en rigor, me niego a ser un “producto”.
Si me dejaran nacer (como a otros afortunados niños) me mimarían, me “comerían a besos”, me exhibirían como a un trofeo o como algún artefacto electrónico de última generación. Naturalmente los adultos siempre necesitan la sensibilidad y el cadalso que me espera sólo será conocido por algunos pocos… que lucrarán con ello.
Tal vez no sería un bebé afortunado (podría ser un desnutrido y tal vez ya lo soy) pero, aún así, conocería sensiblemente la luz del sol.
¡Qué poder omnímodo gozan quienes deciden (sin mí) mi suerte y mi destino: el médico “científico”, el juez “jurista”, mi madre “obnubilada”.
No saben ellos lo terrible que es negarle a un ser humano la luz del sol. Aunque Dios, a renglón seguido, me colmase de dicha, incluso así jamás podría (ni Él) suplir el instante histórico de haber corrido con los otros niños, reído y llorado como ellos, lucrado con el mérito o los deméritos, toda vez que, negándoseme la historia mi meta final será alcanzada sin el concurso de mi libre albedrío.
Ya sé que todos esos señores togados y difíciles no creen en la vida eterna y que, por lo demás, son los representantes de un Estado agnóstico. Pero justamente por eso sufro más todavía. Puesto que para ellos no hay otra vida más que ésta, ¿por qué me la niegan?
¿Qué tengo yo que ver con la explosión demográfica, la violación de mi madre, el abandono de mi padre, el egoísmo de la lascivia, la inexperiencia de los adolescentes, la mala calidad de los preservativos o ¡vaya a saberse!? Por otra parte, ¿por qué he de ser yo, justamente yo, objeto de crioconservación? Alguien me contó la respuesta: “¡por las dudas, hacia el futuro!... ¡por si el primero salió dañado! ¡para alcanzar un ejemplar mejor! (eugenesia pura)”.
Además, encima de que los malos me matan, algunos teólogos me ofrecen el consuelo del limbo. Ni la luz del sol, ni la luz de Dios.
Por cierto que, ¿a quién podré interesar por mi suerte? Si fuera viable y llegara a nacer, también, sin dudas, se me podría asesinar (¡soy tan débil e indefenso!) pero, por lo menos en este caso, juzgarían al injusto agresor y (eventualmente), lo condenarían como a un homicida.
¡Pero ahora soy yo el injusto agresor! ¡Yo, que nada sé, que nada hice, que nada pedí, que a nadie ataqué, ni lastimé, ni injurié!
Estoy casi convencido de que si discurro como discurro soy inteligente. Mas la “ciencia” asevera que en mí no hay ninguna inteligencia todavía, que esta meditación es imposible, que sólo es el fruto fantasioso de algún fanático pro-vida.
¡Déjenme nacer! ¡Denme la oportunidad de alcanzar el raciocinio a que estoy convocado y verán si puedo o no expresarme como ahora lo hago! ¡Y mucho mejor! Con palabras (puedo ser Cervantes), con sonidos (puedo ser Mozart), con mármol (puedo ser Miguel Ángel), con plegarias (puedo ser Teresita de Jesús), con la cruz del holocausto (puedo ser Edith Stein), con las manos que consuelan (puedo ser Teresa de Calcuta), con la ciencia que sana (puedo ser Pasteur).
Sin embargo, soy para ellos Judas o Nerón, las heces de los hombres que, sin embargo, tuvieron la dicha de nacer.
Mis jueces, ¿no fueron tal vez embriones? La pluma que ahora me da voz, en todo caso, sí. Seguro. De los otros no sé: no se ha verificado empíricamente. Y si, según colijo, “la ciencia es conocimiento de lo verificable”, ¡que verifiquen qué estado tuvieron estos herodes antes de ver la luz!
Yo no veré esa luz. Cuando me aniquilen aniquilarán las innumerables potencias que hay en mí. Al eliminarme me convertiré en un fantasma, en un reiterante sonsonete de la conciencia (que me temo no se logra acallar tan fácilmente como aducen los necios), en fin, yo también seré un “desaparecido”.
Pero no tendré valedores. Los “derechos humanos” no me competen, el derecho a la vida es… para los demás. Para mí… la pena de muerte.
Cuando desaparezca todos serán felices. Cuando me congelen dormirán en paz.
Yo no descansaré en paz. La luz de la paz me habrá sido cegada. En la soledad de las tinieblas repetiré con Segismundo:

“y si los demás nacieron
qué privilegios tuvieron
que yo no gocé jamás?”

(monólogo de Segismundo, “La vida es sueño”, Calderón de la Barca).

Ricardo Fraga, publicado en el diario “El Cóndor” de Morón, provincia de Buenos Aires.