sábado, 26 de mayo de 2012

Domingo de Pentecostés.


Hemos visto el Domingo pasado que Judas Tadeo, el Otro Judas, interrumpió el Sermón-Despedida de Cristo diciendo: “Y bueno, vamos a ver, ¿por qué de­monches te mostrarás a nosotros y al mundo no?” Habla con la idea mesiánica vulgar del triunfo externo y terreno del Rey Mesías; idea que a los fariseos los llevó al error y al furor, y que no estaba ausente de los apóstoles: era uno de esos prejuicios comunes. Es exactamente lo que dijeron cuando comenzó a ha­cer los primeros milagros: “¡Muéstrate al mundo!” “¡Publicidad, publicidad! ¡Propaganda!” Ellos espera­ban la “Epifaneia”, la “Manifestación” espectacular y gloriosa — que en las mentes groseras o apasionadas significaba el “nacionalismo”; o sea, la sublevación ge­neral, la expulsión de los Romanos, la independencia, la instauración de la Nueva Israel de los Profetas y de la Nueva Jerusalén, “Visión de Paz”.
Pero los Apóstoles consternados estaban escuchando entonces una cosa diferente: Cristo hablaba de otra clase de paz, no de la paz después de la victoria, sino de una misteriosa derrota. Hablaba de caridad frater­na, no de guerra; del Espíritu Santo, no de Judas Ma­cabeo; de que el mundo iba a triunfar y ellos habían de entristecerse, de que se iba y no lo verían más; del Príncipe de este mundo, el que no tiene parte alguna en El, pero al cual no dice que El va a arrollar; al contra­rio. Cristo habla de cosas desconocidas, lejanas y es­pirituales. ¿Y el Reino de Israel?
Cristo no responde directamente a Judas Tadeo, no discute: hubieran podido argüirle con el Rey de sus Parábolas, con el Sultán que hace el convite de bodas y excluye furiosamente a los remisos, el Sultán que hace pasar a cuchillo a los que se le sublevan... ¿Jesús mismo no se había proclamado heredero Erecto de David y mayor que Salomón?
Cristo responde indirectamente: repite los cuatro o cinco temas de este Coloquio-Testamento, como un gran sinfonista: su vuelta al Padre, la venida del Es­píritu de Dios, el momentáneo triunfo del mundo... añadiendo tres cosas raras, que son tres grandes pun­tos teológicos: la inhabitación de Dios en el hombre (“si alguien me ama, guardará mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos en él y haremos en él mansión”); la función del Espíritu Santo (“el Parácleto, que man­dará el Padre en mi nombre, él os enseñará todo, y os sub-recordará todas cuantas cosas yo os dije”) y por fin una palabra inesperada: “El Padre es mayor que yo”.
La venida en nosotros del Padre y el Hijo no es otra cosa que el Espíritu Santo: que es el lazo insepa­rable del Padre y su Verbo, el amor de Dios en Dios. No fue desconocida a los filósofos y místicos paganos una habitación de Dios en el hombre: “Est Deus in nobis, agitante caléscimus illo”, dijo Ovidio, repitiendo un tema poético común, que está ya en Lucrecio; y Séneca Estoico: “¿Te asombras de que un hombre vaya a los dioses? Pues un dios viene a los hombres, más aún en los hombres: ninguna sin un dios hay mente buena” (Epist. LXIII). Mas el judío Filón habla conti­nuamente del Dios que habita nuestra mente. Pero hablan de una cosa muy distinta de la de Cristo, de esta presencia invisible, personal y amorosa.
Lucrecio habla de la naturaleza, y concretamente en este punto de la acción de Venus, la diosa del ins­tinto amoroso; Ovidio habla de la inspiración poética, atribuida a la Musa Polimnia; Séneca de acuerdo a la teoría estoica entiende una especie de moción general y providencia vaga; y Filón llama “dios” a la razón del hombre bien informada y orientada hacia el bien. Cristo en cambio habla de la gracia, una realidad que nos injerta en Dios como un sarmiento en una cepa; de una vida humana vuelta divina de un modo humilde e imperceptible, como en la Encarnación. Y esta pre­sencia no es una nueva revelación, ni una visión, ni un éxtasis metafísico pasajero, como en Plotino y los neo-platónicos; es algo que está humildemente, cuotidia­namente, prosaicamente en todos los que están en gra­cia, por sencillos que sean: “si alguien me ama...”
Eso es el Espíritu Santo en nosotros; no nos hace grandes filósofos. No hace nada nuevo: nos sub-giere, nos “recuerda desde abajo” (como dice el texto grie­go) simplemente todo lo que Cristo dijo. ¿Y para qué, entonces? ¿No basta decirlo Cristo? Y sin embargo “nos enseña todo”, todo de nuevo. Porque una cosa es la voz exterior, otra la voz interior: otra y la misma. Hemos visto que la fe se compone como de dos elementos: primero los hechos históricos y la doctrina que nos viene de afuera ; después (y al mismo tiempo) la ilu­minación y el consentimiento que nosotros hacemos colaborando con Dios : el consentimiento a la gracia. "¿Cómo creerán si no oyen? —dice San Pablo— ¿y có­mo oirán sin predicante? La fe viene del oído... “De hecho vemos que la predicación en algunos no hace ningún efecto; porque un hombre puede llevar un ca­ballo al río, pero ni diez hombres pueden hacerlo beber si no quiere. O mejor dicho, no es que no haga ningún efecto, es que hace efectos contrarios a la fe, efectos de resistencia en muchos. Bajo la actual indiferencia religiosa, un furor sordo o una nostalgia sorda encue­va. Ella será invisible en las masas, pero se abre lugar y sale a luz en la literatura contemporánea, por ejem­plo, sobre todo en el sector que hemos llamado “lite­ratura de pesadilla”. La desesperación actual no es la “desesperación pagana” del viejo Catulo o del viejo Lucrecio: es más aguda y está orientada. Una sorda nostalgia de la fe palpita en Kaffka o en Simona Weil; un furor contra la fe en Joyce o en Andreief; y toda clase de ídolos muertos o supersticiones incluso pueriles en las masas descristianadas. Lo que va a salir de esto, yo no lo sé. “El que no me ama, no guarda mis palabras”. No tendrá paz, tendrá una paz falsa, “como la da el mundo”. Yo os dejo la paz, os doy mi paz, no como la da el mundo.
“El Padre es mayor que yo”. Esta es la palabra de que se prevalieron los arrianos para negar la divinidad de Cristo: herejía de los primeros siglos, que duró cin­co siglos, cundió en el ejército romano y entre los reyes bárbaros (Leovigildo, Recaredo) y amenazó ahogar la Iglesia; pero hay arrianos sutiles o burdos aún hoy: muchos de los protestantes y modernistas (si no todos) son arrianos, o nestorianos o socinianos hoy día. “Si me amárais, os alegraríais de que vaya al Padre; porque el Padre es mayor que yo”. ¡Vaya una razón!
Cristo no se va a contradecir cada diez minutos: estaba repiténdoles con insistencia que El y el Padre eran uno, que lo que El les decía lo decía el Padre, que el que lo veía a El veía también al Padre, y que el Es­píritu Santo era el Espíritu de Él y del Padre. Esta palabra divergente: "mi Padre es mayor que yo" tendrá pues explicación... Tiene tres explicaciones.
Dicen algunos Santos Padres (Atanasio, Gregorio Nacianzeno) y Tertuliano que Cristo se dice menor que el Padre porque procede del Padre en la eterna generación divina. Eso era llamarse "menor" en un sentido enteramente impropio y aun equívoco; que por lo demás nada tiene que ver con el discurso actual y disuena de él. ¡Valiente consuelo para los Apóstoles! ¡Ininte­ligible! Por lo demás, tampoco sabían ellos todavía la Trinidad claramente.
Segunda, decir que Cristo entonces "habló como, hombre y no como Dios", evasiva con que se descartan algunos comentaristas baratos, es justamente lo que diría un arriano — y es absurdo en este caso. Jamás habló Jesús como puro hombre; ni podía tampoco, sin fingir o mentir.
La exégesis de San Cirilo de Jerusalén es la buena: Cristo habla como Dioshombre, y como hombre que está en esa situación particular: frente a su Pasión y Muerte, presto a ser hecho no sólo varón de dolores sino “gusano y no hombre”: cosas que al Padre no po­dían alcanzar; mas cuando volviera al Padre, sería igual al Padre aun en ese aspecto de la gloria ya incon­mutable. Volvería a reasumir su divinidad que nunca dejó, oculta ahora a los ojos de la carne, y como “va­ciada” según la palabra de San Pablo: “exinanivit se­metipsum”, se aniquiló a sí mismo, tomando figura de siervo. Mas lo que tenían los Apóstoles delante de los ojos era esa figura de siervo; y de acuerdo a eso había que hablarles.
Entonces sí la frase es un consuelo y encaja per­fectamente en el contexto. Los Apóstoles podían ale­grarse por amor a Cristo de saber que iba a superar su dura tortura y derrota, asimilándose después al Padre incluso con su misma naturaleza humana: “porque mi Padre está ahora mejor que yo, aunque seamos igua­les...” —quiso decir Cristo.
¿Así que Dios mora en nosotros? No me parece los días de viento Zonda. No se ve mucho Dios en Si­sebuta. No se ve la gracia los días de elecciones. “Creo en la gracia porque no la veo”, dijo César Pico; lo cual es exacto; se cree lo que no se ve; pero si de ninguna manera la viéramos, no podríamos creer en ella. La vemos a veces en sus efectos, por lo menos en sus efec­tos totales. Los Apóstoles vieron venir al Espíritu en forma de viento impetuoso y lenguas de fuego. Después del .día de Pentecostés los Apóstoles cambian, parecen otros hombres: “iban gozosos delante del Sinedrio a padecer por el nombre de Cristo contumelia” los que no querían creer ni a la Magdalena ni a las Santas Mu­jeres ni a Pedro — los que no acababan de creer ni el día de la Ascensión, los que huyeron despavoridos del Sinedrio cuarenta días antes. Pedro negó a Cristo y después fue mártir. Pablo persiguió a los cristianos y después convirtió a la gentilidad. Una fuerza sobrehu­mana propaga y sostiene la Iglesia.
En la vida de cualquier cristiano no hay milagros; pero puede ser que mirada en su conjunto no deje de ser algo milagrosa. Vivió cristianamente, tropezó, cayó, se levantó, creyó, esperó, acabó y se fue; no dejó nada en la historia; pero... hizo lo que otros declaran im­posible, perseveró en lo que otros tienen por locura, duró derecho a través de las vicisitudes de la vida, no perdió la línea y temblaba el suelo, fue una cosa igual a sí misma cuando en cada hombre hay tantos hombres diversos, y en el mundo tantos contrastes e incoheren­cias. Parecía que había una voz escondida en su fragi­lidad infinita, un silbo, un compás, un Apoyo y un Coestante; que eso significa en griego Parácleto: el que está junto: —el Apoyo, el Co-estante.
Cosa curiosa: cuando creó a la mujer, Dios dijo que hacía una “ayuda” para el hombre; y la palabra con que se designa aquí al Espíritu de Dios es “ayuda” — “Parácleto”: puntal, soporte, refuerzo.

R.P. Leonardo Castellani, Tomado de “El Evangelio de Jesucristo”.

jueves, 24 de mayo de 2012

Balada de las dudas del lego.



Balada de las dudas del lego

Era ya tarde y estaban las nubes
Perfiladas de rayo de sol,
cuando iba el buen lego, con su cantarillo,
por la veredica, bendiciendo a Dios.

El misterio grave de la hora dorada,
lleno de agrio aroma de prados en flor,
se le entró en el alma, llenándola toda,
con su turbación.

Se sintió pequeño, como aquel polvillo
donde iba posando sus plantas... Y pensó:
¿qué haré yo, granito de polvo en el mundo,
por ser grato a los ojos de Dios?

Fray Andrés disciplina su cuerpo
sin tenerle piedad. Fray Zenón
atruena el convento cantando Maitines
con hermosa voz.

Fray Tomás se pasa las horas inmóvil,
levantado en arrobos de amor,
y no advierte las tres campanadas,
con que la campana llama a colación...

Al lado de aquellos excelsos varones,
¿qué hará el buen leguito por ser grato a Dios?
Y con santa envidia murmuran sus labios:
¡Fray Andrés! ¡Fray Tomás! ¡Fray Zenón!

Y sus ojos buscando respuesta
por aquellas dudas de su corazón,
se hunden en la tarde que muere, sangrando
los últimos rayos bermejos de sol.

Todo es paz y orden... Unos tordos vuelan
con pausados giros. Camina un pastor.

Gime una carreta. Corre un arroyuelo. ¡Todo deletrea como una oración!
¡La oración de las cosas sencillas que obedecen humildes a Dios!
Y el buen lego descifra en su alma la revelación
del arroyo, los prados, las flores,
las nubes, las hojas, las aves y el sol... ¡Todo cumple su fin mansamente! ¡Todo sigue su mandato de amor!
¡El llano lo mismo que el pino empinado que no está por eso más cerca de Dios!
Y el buen frailecito siente que el alma
se le ha entrado un rayo, muy claro, de sol.
De pronto recuerda que es tarde y ya es hora de limpiar los platos de la colación.
Y apretando el paso, con simple alegría, corre que te corre... ¿Qué más oración que el ir mansamente por la veredica, con el cantarillo, bendiciendo a Dios?

José María Pemán

Libertad.



Por encima del monasterio pasan volando algu­nos días, aviones que surcan el cielo con velocidades prodi­giosas. El ruido de sus motores atemoriza a los pajarillos que anidan en los cipreses de nuestro cementerio.
Enfrente del convento y atravesando la finca, existe una alquitranada carretera[1] por la que circulan a todas horas camiones y coches de turismo, para los cuales la vista del monasterio no ofrece ningún interés.
También atraviesa los campos de la Trapa, una de las principales vías férreas de España[2]. Pasan los trenes tan cerca del muro de la Abadía que cuando son muy rápidos, hacen trepidar todas las paredes de la casa y de la iglesia.
Todo eso es fuera.
Dentro, hay un centenar de hombres, a los cuales no les interesa todo ese movimiento. Todo eso, dicen que es libertad. Todo lo contrario, o sea, el monje en su claustro, dicen que es encierro.
Mas el hombre que medite un poco, verá cuán engaña­do está el mundo en medio de eso que él llama libertad; verá que la verdadera libertad está muchas veces encerra­da en las cuatro paredes de un convento. La libertad del cuerpo, no es libertad, pues éste está supeditado en el hombre carnal, a su carne y a sus pasiones, y en el hombre espiritual, a su espíritu.
La libertad del espíritu, tampoco es verdadera libertad, pues mientras viva junto al cuerpo es prisionero que no puede volar.
¿Dónde está, pues, la libertad?
Está en el corazón del hombre que no ama más que a Dios. Está en el hombre cuya alma, ni está apegada al espíritu ni a la materia, sino sólo a Dios.
Está en esa alma, que no se supedita al “yo” egoísta, en esa alma que vuela por encima de sus propios pensamien­tos, de sus propios sentimientos, de su propio sufrir y gozar.
La libertad está en esa alma cuya única razón de existir es Dios, cuya vida es Dios y nada más que Dios.
El espíritu humano es pequeño, es reducido, está sujeto a mil variaciones, altas y bajas, depresiones, decepciones, etc... y el cuerpo... ¡con tanta flaqueza!
La libertad está, pues, en Dios y el alma que de veras saltando por encima de todo, asiente en El su vida, se puede decir que goza de libertad dentro de lo que cabe, para el que aún está en el mundo.
El que ama algo que no sea Dios o que a Él represente de una manera indirecta, como es por ejemplo el amoral prójimo, a los Santos..., a la Santísima Virgen. El que pone su corazón en algo fuera de Él..., no sabe lo que es gozar de libertad, aunque atraviese los cielos de España en avión y las tierras todas del mundo en los más rápidos trenes.
¡¡¡Amar a Dios!!!... ¡Vivir de lo que es infinito! ¡Gozar del encierro del cuerpo y del espíritu, para que el alma vuele a Dios! ¡Para que se abisme en las infinitas bellezas del Eterno! ¡Para volar a las regiones de lo sobre­natural, en alas del amor divino! He aquí lo que es libertad.
Sin embargo, no nos engañemos..., aún hay algo, cuya palabra para expresarlo desconozco, por lo que el alma suspira..., que no es propiamente libertad. Es algo más.
Consolémonos los que aún andamos sobre la tierra. Consolémonos en la esperanza. Anímenos el saber que es Dios quien nos espera, y que la ¡regada será pronto.
Esta noche, prisionero en las sillas del coro, un hombre le pedía a Dios la libertad. Un hombre con ansias de libertad, no para ir por el mundo, pues ni éste ni todos los mundos creados le bastan... Con ansias de libertad para que libre del cuerpo y de la carne, pueda volar al Corazón de Dios.
Allá acurrucado en la oscuridad de la iglesia, miraba al Sagrario, donde estaba la “resurrección y la vida”[3]. El Señor le hizo ver que la libertad la tenía a su alcance; que la libertad en la tierra, es el corazón unido a Él, y que el alma libre de todo y puesta en Dios, ¿qué más quiere?
Mas el hombre seguía arrodillado a los pies de Jesús, amando la voluntad del Eterno, gozando en la libertad de su corazón para amar a Dios... Y, sin embargo, pidiéndole esa otra libertad, fuera del mundo, por la cual suspira a todas las horas del día.
Mientras tanto, por encima del monasterio y atravesan­do sus fincas, corren y vuelan los hombres..., que dicen gozan de libertad..., infelices y engañados.
Yo también alguna vez allá en el mundo, corría por las carreteras de España, ilusionado de poner el marcador del automóvil a 120 kilómetros por hora... ¡Qué estupidez! Cuando me di cuenta de que el horizonte se me acababa, sufrí la decepción del que goza la libertad de la tierra..., pues la tierra es pequeña y, además, se acaba con rapidez.
Horizontes pequeños y limitados rodean al hom­bre, y para el que tiene un alma sedienta de horizontes infinitos... los de la tierra no le bastan..., le ahogan. No hay mundo bastante para él, y sólo encuentra lo que busca en la grandeza e inmensidad de Dios.
¡Hombres libres que recorréis el planeta! No os envidio vuestra vida sobre el mundo. Encerrado en un convento, y a los pies de un crucifijo, tengo libertad infinita, tengo un cielo..., tengo a Dios.
¡Qué suerte tan grande es tener un corazón enamorado de El! ¡Cómo se ensancha el alma, pensando en los amores de un Dios a una pobre criatura!
¡Qué lejos se ve el mundo!... ¡qué pequeño!... ¡Qué débil es la vida material!... ¡Qué corto es el tiempo para vivir, y qué largo cuando la vida se espera más allá de la muerte, cuando se desea la verdadera libertad, cuando vemos nuestra miseria, nuestra nada y nuestra impotencia para amar a Dios!
San Juan de la Cruz, el Santo en el que encuentro tantas veces pensamientos, que parecen escritos para mí, supo expresar en sus versos la agonía de vivir aún en la tierra, separado de Dios, en aquellas estrofas que dicen:

¡Oh vida breve y dura,
quien se viese de ti ya despojado! ¡Oh estrecha sepultura,
cuándo seré sacado,
de ti, para mi Esposo deseado!
¡Oh Dios, y quién se viese
en vuestro santo amor todo abrasado! ¡Ay de mí! ¡Quién pudiese
dejar esto criado
y en gloria ser con Vos ya transformado!
¿Qué más puedo yo decir que lo que dijo el Santo?

¡Pobre Hermano Rafael!, Dios te ha herido y no te acaba de matar. Sigue esperando..., sigue esperando con esa dulce serenidad que da la esperanza cierta. Sigue quieto, clavado, prisionero de tu Dios, a los pies de su Sagrario.
Escucha el lejano alboroto que hacen los hombres al gozar breves días su libertad por el mundo.
Escucha de lejos sus voces, sus risas, sus llantos, sus guerras... Escucha y medita un momento. Medita en un Dios infinito..., en el Dios que hizo la tierra y los hombres, el dueño absoluto de cielos y tierras, de ríos y mares; el que en un instante, con sólo quererlo, con sólo pensarlo, creó de la nada todo cuando existe... Medita un momento en la vida de Cristo y verás que en ella no hay libertades, ni ruido, ni voces... Verás al Hijo de Dios, sometido al hombre[4]. Verás a Jesús obediente, sumiso[5], y que con serena paz, sólo tiene por ley de su vida cumplir la volun­tad de su Padre[6]. Y, por último, contempla a Cristo clavado en Cruz... ¡A qué hablar de libertades!
“Beata es Maria quae credidist (i) Domino”. “Bienaventurada eres, oh María, que creíste al Se­ñor”[7] [8].

Hno. Rafael Arnaiz Barón, tomado de su “Obras completas, Mi cuaderno, San Isidro. 15 de diciembre de 1936, martes, 25 años.


Notas al pié:
[1] La carretera de Madrid-Santander. Actualmente es autovía de Valladolid a Palencia. Cerca del mismo monasterio, está la bifurcación Valladolid-Burgos.
[2] El ferrocarril del Norte: Madrid-Irún, se ramifica en Venta de Baños hacia Santander, Asturias y Galicia.
[3] Cfr. Jn. 11,25-26.
[4] Cfr. “Imitación de Cristo”, Libro III, cap. 13.
[5] Cfr. San Luc. 2,51
[6] Cfr. Jn. 4,34; 5,30; 6,38; Hebr. 10,7.
[7] Luc.1,45
[8] Luc. 21,28; cfr. también: Hebr. 16,37.

Nuevo Orden Mundial.



No es la primera vez que el periodista español Juan Manuel De Prada habla acerca del inminente advenimiento del Anticristo al frente del un “Nuevo Orden Mundial”. En sus artículos ya ha hecho alguna mención velada sobre el tema, pero nunca antes había hablado tan claro como en este artículo que reproducimos.
Juan Manuel De Prada defiende la tesis, junto a otros autores como Leonardo Castellani y Robert H. Benson, de que el actual proceso de demolición de las naciones que se está llevando a cabo, llevará indefectiblemente a un “Nuevo Orden Mundial”, el cual será liderado por un siniestro personaje de poder mundial, el Anticristo mismo, y a un falso líder religioso (el “Falso Profeta”) al frente de una Religión Global. Los pasos de este proceso son:

● Colapso Financiero  que produciría la desaparición del valor del Papel Moneda, llevándolo todo al uso de una moneda única.

● Una tercera Guerra Mundial  que comenzaría con un conflicto en Oriente Medio que arrastrará a las Potencias a una la Guerra Mundial.

● La creación de una Falsa Iglesia, una religión acomodada con los intereses mundiales, relativista y sin dogmas. Esto es llevado cabo mediante el relativismo e indiferentismo religioso, producido por el falso ecumenismo que es enarbolado y defendido por las ideologías pacifistas que la misma masonería viene promoviendo desde hace siglos. No hay ninguna verdad absoluta, el catolicismo es otra de las demás religiones, ya no será la religión verdadera frente a las falsas. Conspiración para derribar y destruir el Papado.

● Revueltas y revoluciones de mano de los nihilistas producto del colapso financiero.

● Declaración de un Nuevo Orden Mundial y de la Nueva Religión Mundial. El “Neocatolicismo vital”, catolicismo liberal o modernista, del cual hablaba Leonardo Castellani.

● Implantación de la marca de la bestia, el 666. El famoso microchip incorporado en tu cuerpo con “dinero digital”, DNI, sistema sanitario, etc., no se podrá comprar ni vender sin él, porque todo el dinero será digital y responderá al poder Global.

Veamos lo que dice De Prada en su breve artículo.


Nuevo Orden Mundial

El profeta Daniel, en su visión sobre la consumación de los tiempos, contempla a una bestia con diez cuernos, que representan a una multitud de reyes; y a continuación narra cómo, de entre esos diez cuernos, nace otro «cuerno pequeño» que, hablando con gran arrogancia, vence o somete a los demás reyes y acaudilla con poder omnímodo una gran confederación de naciones que «quebrantará a los santos y pretenderá mudar los tiempos y la ley». Recordando quizá aquella profecía de Daniel, afirmaba Donoso Cortés: «En el mundo antiguo la tiranía fue feroz y asoladora; y sin embargo, esa tiranía estaba limitada físicamente, porque los Estados eran pequeños y las relaciones universales imposibles de todo punto. Hoy, señores, las vías están preparadas para un tirano gigantesco, colosal, universal, inmenso... Ya no hay resistencias ni físicas, ni morales (...), porque todos los ánimos están divididos, y todos los patriotismos están muertos». Hacia la entronización de ese «tirano gigantesco» vamos caminando inexorablemente; poco a poco descubrimos que su índole no es política, sino económica, tal como Pío XI vislumbrara proféticamente en su encíclica Quadragesimo Anno: «Un dominio ejercido de la manera más tiránica por aquellos que, teniendo en sus manos el dinero y dominando sobre él, se apoderan de las finanzas y señorean sobre el crédito; y por esta razón diríase que administran la sangre de la que vive toda la economía y tienen en sus manos así como el alma de la misma, de tal modo que nadie puede ni aun respirar contra su voluntad». Tal dominación, «horrendamente dura, cruel, atroz», tras lograr la hegemonía económica —prosigue Pío XI—, «entablará rudo combate para adueñarse del poder público, para poder abusar de su influencia y autoridad en los conflictos económicos», trayendo consigo «la caída del prestigio del Estado, que debería ocupar el elevado puesto de rector y supremo árbitro de las cosas y se hace, por el contrario, esclavo, entregado y vendido a la pasión y a las ambiciones humanas».

Lo que avizoraron Daniel, Donoso Cortés y Pío XI, entre otros hombres clarividentes, ya está formándose ante nuestras narices: un Nuevo Orden Mundial tiránico que se impone sin resistencias físicas ni morales; y que —¡oh, misterio de iniquidad!— aparece a los ojos atónitos de las masas cretinizadas como la única salvación posible ante las catástrofes que él mismo ha originado, en su apetito insaciable de poder. Su estrategia salta a la vista: extensión del pánico, mediante mecanismos especulativos, entre los Estados debilitados, que acaban entregando su soberanía para convertirse en lacayos obedientes del Nuevo Orden Mundial y acceden a someter a sus súbditos a las privaciones más ímprobas, bajo la amenaza de una estampida de los inversores que sostienen la deuda hipertrofiada de tales Estados. Y así, uno tras otro, sucumben los reyes de la tierra ante la pujanza de este nuevo tirano de poder omnímodo, mientras las masas cretinizadas aceptan, acojonaditas, todo tipo de «cambios estructurales»; o, dicho en román paladino: aumento de los impuestos y reducción de los salarios. Pero esto sólo es el principio: las arrogancias de este nuevo tirano no han hecho sino empezar; acabarán siendo sangrientas.

Sólo nos resta el consuelo de saber que su dominio será breve, como ocurre siempre con los tiranos envanecidos de su poder. Pero, entre tanto, devorará y triturará cuanto halle a su paso, con el beneplácito lacayuno de los reyes de la tierra.

Juan Manuel De Prada, publicado en ABC.es.