martes, 5 de junio de 2012

Los que no son Caridad están desnaturalizados.



¿Cómo no vamos a amar a quien tanto nos ha amado?

Cada vez que recemos o cantemos el Credo, acordémonos de este llamamiento a nuestro amor y a esta caridad que le debemos a Dios. Esforcémonos en sentir este llamamiento a orientarnos siempre con mayor profundidad a amar verdaderamente a Dios, a agradecerle, a darle gracias y a hacer todas las cosas para que su amor por nosotros no sea en vano.
La vida íntima de la Santísima Trinidad es el primero de nuestros dogmas, el dogma de base y esen­cial de nuestra fe. Es imposible ser católico y cristiano si no se tiene fe en Nuestro Señor y, por con­siguiente, en la Santísima Trinidad. ¿Quién es Nuestro Señor sino una de las Personas de la Santísima Trinidad? No podemos tener fe sólo en Nuestro Señor sin tenerla en la Santísima Trinidad y por eso mismo, no creer en la Santísima Trinidad es no creer en Nuestro Señor.
Por eso realmente podemos decir que no tenemos más que un solo Dios: Nuestro Señor Jesucristo, puesto que Nuestro Señor es Dios Hijo y Dios Hijo no se está nunca separado de Dios Padre ni de Dios Espíritu Santo, con quienes no forma más que un solo Dios. Lo que creemos de Dios, lo proclama­mos de Nuestro Señor Jesucristo: Tu solus sanctus, tu solus Dominus, tu solus Altissimus, Jesu Christe. Tú eres nuestro único Señor, que es lo que dice también San Pablo en su epístola a los Efesios (4, 5): “Unus Dominus, una fides, unum baptisma”: Un solo Señor, una sola fe y un solo bautismo. No tene­mos dos o tres señores, porque tenemos un solo Señor; no tenemos dos o tres dioses porque tenemos un solo Dios: Nuestro Señor Jesucristo, es decir, Dios Hijo con el Padre y el Espíritu Santo. Es un misterio: el misterio de Nuestro Señor Jesucristo.
Dios es Caridad
“Y nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene: et nos credidimus caritati. Dios es amor, y el que vive en amor, permanece en Dios y Dios en él”. Conviene meditar este pasaje de la epístola de San Juan preguntándole a Santo Tomás de Aquino qué es la caridad.
Santo Tomás define la cualidad particular de la caridad con estas palabras: bonum est diffusivum sui. Así como el bien tiende a difundirse y a comunicarse, la caridad sale, en cierto modo, de sí misma, de la persona, de sí. La caridad se da. Sería contrario a la caridad que se retuviese, puesto que es exactamente lo contrario del egoísmo. Tiende a dar lo que tiene y lo que es. Si esto es preci­samente la caridad y Dios es caridad, comprendemos mejor, en cierta medida, que Dios haya engen­drado al Hijo y que del Padre y del Hijo proceda el Espíritu Santo.
Puesto que Dios es caridad, es casi imposible que no se dé. Al darse, lo hace de tal manera que Dios Padre no retiene nada de sí mismo y el Hijo engendrado desde toda la eternidad es igual a Él mismo, al Padre. No podemos tildar al Padre de egoísmo o de darse sólo parcialmente, no. El Padre se da de tal modo a su Hijo que desde toda la eternidad engendra un Hijo igual a sí mismo, sin nin­guna diferencia y sin ninguna desigualdad. La única distinción es precisamente que el Hijo proviene, procede del Padre, pero como el Padre le da todo desde toda la eternidad, el Hijo es exactamente igual al Padre.
Evidentemente, es un misterio, pero la Escritura misma nos invita a estudiar la caridad en Dios ya que define a Dios como caridad y que lo propio de esta virtud precisamente es darse. Dios es caridad, el Hijo es Dios y así hay caridad en Él y no sería normal que no procediese nada de Él, que Él mismo no se dé. El Padre es caridad y si del Hijo no procediese ninguna otra Persona de la Trinidad, podrí­amos decir: sí, el Padre es caridad, pero el Hijo no, no es realmente caridad, a pesar de lo que dice el Evangelio.
Puesto que Dios es caridad, también el Hijo es caridad. Y del Hijo, precisamente, procede otra per­sona, la que representa a4 amor del Padre y del Hijo entre sí: la tercera Persona que es el Espíritu Santo. Realmente es el ejemplo más perfecto de la caridad entre el Padre y el Hijo. Y esta tercera Persona, que es el Espíritu Santo y que procede de las otras dos, es igual al Padre y al Hijo.
Esta es, en el interior de la Santísima Trinidad, la expresión más perfecta que se pueda imaginar de una caridad. Esta caridad trinitaria está admirablemente expresada en la liturgia de la fiesta de la Santísima Trinidad: “Caritas Pater est, gratia Filius, communicatio Spiritus Sanctus, o beata Trinitas”. Estas consideraciones basadas en el mismo Evangelio y en la simple noción de lo que es la cari­dad nos dan a entender que toda la misión que se le da al Hijo y al Espiritu Santo es una misión de caridad. Si Dios es caridad, ¿qué puede hacer sino difundir la caridad que está en Él, no sólo ad intra, al interior de sí mismo, sino también en la operación ad extra, al exterior, es decir, en toda la creación y con la creación, en la Encarnación y la Redención?

Semejantes a la Caridad

Todo lo que Dios ha dado a sus criaturas no puede ser sino expresión de la caridad. Sería incom­prensible que la creación no fuese la obra de la caridad y que las criaturas, y sobre todo las criaturas espirituales que Dios ha creado, no estuviesen también en esta realidad de la caridad.
Así pues, si queremos realmente ser semejantes a la Santísima Trinidad, estar más cerca de la Santísima Trinidad, sólo seremos más semejantes a Dios en la medida en la que nosotros mis­mos seamos caritativos, en que seamos caridad y en que se nos pueda definir como caridad.
Es sencillo, pero es todo un programa y por esto nuestra ley fundamental y esencial es una ley de caridad. Es la ley que Dios ha inscrito en nuestros corazones y en nuestra naturaleza; es una ley de caridad que nos ha enseñado Nuestro Señor. Todos los mandamientos se resumen en dos: amar a Dios y amar al prójimo. Eso es la caridad. En la medida en que cumplamos con esta ley de caridad que se halla en nosotros seremos realmente una imagen de la Santísima Trinidad, que es Dios y que es cari­dad. ¡Ojalá todos los hombres pudiesen comprender que tienen una misión! Tenemos que admirar­nos al pensar que Dios nos ha creado como almas inteligentes, voluntarias y conscientes de la misión que debemos cumplir en la tierra. Incluso si se trata de una misión muy pequeña, que parece insigni­ficante ante los ojos de los hombres, es una misión que ha sido querida de toda eternidad por Dios, en la Persona del Verbo y en la unión con Nuestro Señor Jesucristo. Es admirable.
No podemos ser nada más que caridad. Los que no son caridad están desnaturalizados. No ser caridad es contrario a la naturaleza. Obrar por egoísmo, para nuestra satisfacción, para darnos gusto, por orgullo o amor propio, es contrario al fin para el que hemos sido creados y, con mayor razón, al fin por el que hemos sido redimidos. Tenemos que volver a poner constantemente la caridad en noso­tros y colocarnos en la perspectiva en la que Dios ha querido crearnos. Es toda la explicación de la vida espiritual, ya que, en la medida en que no amamos a Dios suficientemente y en que no ama­mos suficientemente a nuestro prójimo, nos desnaturalizamos. Es evidente que esto proviene del pecado, que ha puesto en nosotros el espíritu de desobediencia, de ruptura con Dios y de alejamiento de Dios. Cuando, después de haber sido redimidos y de haber recibido el bautismo del Espíritu Santo, el amor de Dios, el sacerdote dice: "Sal de este alma, espíritu inmundo, y da lugar al Espíritu Santo ", hay que dejar el lugar a la caridad de Dios, es decir, el lugar que tiene que ocupar en el alma. Se trata, pues, de conservar esta caridad y eso es lo difícil. Esto nos da una luz verdadera de lo que somos, de dónde venimos y a dónde vamos.
Esta caridad que nos ordena hacia Dios tiene que tener por objeto darse. Darse primero a Dios e incluso, cuando nos damos a nuestro prójimo, siempre en razón de Dios, a causa de Dios. En el fondo. sólo hay una caridad. No hay dos caridades, una para Dios y otra para el prójimo. El objeto formal de la caridad es Dios y el de la caridad al prójimo es también el mismo Dios. En cierto troco hay ¿es objetos materiales, Dios y el prójimo, pero un sólo mandamiento: amar a Dios. Amamos al prójimo precisamente en la medida en la que proviene de Dios, va a Dios y está unido a Dios. No pode­mos ni tenemos que amar más que en esta perspectiva.
No tenemos derecho a amarlo en la medida en que esté separado de Dios y se halle en pecado. No podemos amarlo sino porque es una criatura que proviene de Dios y que está destinada a Dios y por­que Dios está en ella o para que Dios esté en ella por la gracia. Por esto tenemos que amar a quienes han recibido la gracia, más que a los que no la tienen. Tenemos que amar a los demás para darles a Dios, puesto que es a Dios a quien amamos en el prójimo. No amamos al prójimo por sí mismo sino que lo amamos por Dios. “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Todo está en esta corriente de caridad y de amor. Es la grandeza y la hermosura de nuestra vida.

Mons. Marcel Lefebvre, Extractos de su libro “El Misterio de Nuestro Señor Jesucristo”.

jueves, 31 de mayo de 2012

Sermón de Leonardo Castellani pronunciado en el Pentecostés de 1962.



Sermón de Leonardo Castellani pronunciado en el Pentecostés de 1962.

AI llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Había en Jerusalén hombres piadosos, que allí residían, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel ruido la gente se congregó y se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua. Estupefactos y admirados decían: «¿Es que no son galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa ? Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Erigía, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con drene, forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios.» Todos estaban estupefactos y perplejos y se decían unos a otros: «¿Qué significa esto?» Otros en cambio decían riéndose: «¡Están llenos de mosto!» Entonces Pedro, presentándose con los Once, levantó su voz y les dijo:«Judíos y habitantes todos de Jerusalén: Que os quede esto bien claro y prestad atención a mis palabras: No están éstos borrachos, como vosotros suponéis, pues es la hora tercia del día, sino que es lo que dijo el profeta: "Sucederá en los últimos días, dice Dios: Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños. Y yo sobre mis siervos y sobre mis sienas derramaré mi Espíritu. Haré prodigios arriba en el cielo y señales abajo en la tierra. El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes de que llegue el Día grande del Señor. Y todo el que invoque el nombre del Señor se salvará”. Israelitas, escuchad estas palabras: A Jesús, el Nazareno, hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por su medio entre vosotros, como vosotros mismos sabéis, a éste, que fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios, vosotros le matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos; a éste, pues, Dios le resucitó librándole de los dolores del Hades, pues no era posible que quedase bajo su dominio; porque dice de él David: “Veía constantemente al Señor delante de mí, puesto que está a mi derecha, para que no vacile. Por eso se ha alegrado mi corazón y se ha alborozado mi lengua, y hasta mi carne reposará en la esperanza de que no abandonarás mi alma en el Hades ni permitirás que tu santo experimente la corrupción. Me has hecho conocer caminos de vida, me llenarás de gozo con tu rostro”. Hermanos, permitidme que os diga con toda libertad cómo el patriarca David murió y fue sepultado y su tumba permanece entre nosotros hasta el presente. Pero como él era profeta y sabía que Dios le había asegurado con juramento que se sentaría en su trono un descendiente de su sangre, vio a lo lejos y habló de la resurrección de Cristo, que ni fue abandonado en el Hades ni su carne experimentó la corrupción. A este Jesús Dios le resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos. Y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís. Pues David no subió a los cielos y sin embargo dice: "Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies. Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado". Al oír esto, dijeron con el corazón compungido a Pedro y a los demás apóstoles: «¿Qué hemos de hacer, hermanos?» Pedro les contestó: «Convertios y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo; pues la Promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro.» Con otras muchas palabras les conjuraba y les exhortaba: «Salvaos de esta generación perversa.» Los que acogieron su Palabra fueron bau­tizados. Aquel día se les unieron unas 3.000 almas.

(Hch. 2,1-41)

Pentecostés, que era una fiesta judía —primero fue la fiesta del trigo, después la de la Ley dada en el Sinaí— es para nosotros la venida del Espíritu Santo. En la Epístola35 se lee la narración que todos conocemos de los “Actos”, cap. II. Estaban los Apóstoles y algunos discípulos recluidos en el Cenáculo y “unánimes en oración”: habían elegido al Apóstol San Matías en sustitución del Iscariote, y en llegando el Domingo, 10 días después de la Ascensión, el ruido de un viento impetuoso se oyó de golpe dentro del cuarto cerrado, y fuera también —y aparecieron como lenguas de fuego que se asentaron sobre cada uno de los asistentes: los Apóstoles fueron bautizados: “Él bautizará en fuego y en Espíritu”, dijo de Cristo Juan el Bautizador. Y los efectos deste bautismo de fuego y viento fueron simplemente la edificación de la Iglesia, que hasta entonces tenía cabeza pero no tenía cuerpo: 3.000 judíos se bautizaron ese mismo día como efecto del Sermón de San Pedro, la cabeza visible de la Iglesia. Una muchedumbre se había amontonado ante el Cenáculo diciendo: “¿Qué les pasa a estos hombres?” y un chistoso dijo: “Están borrachos”, y San Pedro desde el balcón, moviéndose ya coma jefe de los Apóstoles, comenzó su discurso diciéndoles modestamente: “Es demasiado temprano para estar borrachos”, habiendo podido decirles: “Estamos borrachos del Viento de Dios”, de un entusiasmo divino —cosa que no hubieran entendido. Les habló de la muerte del Mesías, y de las profecías; y ellos dijeron: “¿Qué haremos ahora, varones hermanos?”
El Domingo pasado dije el fundamento revelado que tenemos para creer en el Espíritu Santo, que está también aquí en este Evangelio que habéis oído: Cristo habló del como de una persona, y como de una persona divina; y por otra parte tanto Cristo como los judíos sostenían, hasta con la sangre de sus venas, que había un solo Dios. Podría recitarles aquí diez lugares de la Escritura en que se habla del Espíritu de Dios como de una de las personas de la Trinidad del único Dios; pero esto no es una clase de teología: es una breve homilía. Basta el texto del Evangelio de hoy.
Cristo dice que el Padre y él mismo (in nomine meo) mandarán el Paráclito a los Apóstoles, el cual les dará testimonio de Cristo —y les enseñará todo, les recordará todo y les revivificará en sus corazones todas las palabras que de Cristo oyeron; y les dará fuerzas para mantenerlas. Nadie puede dar testimonio sino una persona; y de Dios nadie puede dar testimonio sino el mismo Dios; cuando a Cristo le dijeron los fariseos: “Tú das testimonio de ti mismo y por tanto tu testimonio no vale” —respondió Jesús que Él y su Padre daban testimonio de su divinidad por medio de sus milagros; y aquí dice que el Paráclito también dará testimonio del por el milagro moral de la Iglesia. El Espíritu Santo edificó la Iglesia: cuando Cristo en este mismo sermón dijo esa frase tan difícil (según Maldonado, la más dificultosa del Evangelio): "Cuando venga el Espíritu convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio"—dijo lo siguiente: El Espíritu Santo edificará la Iglesia.
Para testificar que Cristo es Dios o para testificar que en Dios hay tres personas, no basta un hombre, no basta un ángel, no bastan todos los ángeles: ésos son misterios divinos, sólo Dios puede revelarlos; —y Cristo desde el comienzo de su predicación comenzó a revelar la Trinidad con prudencia y poco a poco, lo mismo que su propia divinidad. Por ejemplo, Cristo cita a los Profetas diciendo: “¿No recordáis que el Espíritu Santo dijo por Isaías...?” Los judíos creían —y con razón— que la Escritura era la palabra de Dios y decían: "Dios dijo por el Profeta Isaías...” —Cristo dice como sinónimo de Dios: “El Espíritu Santo...” preparando así la explícita revelación final; —que fue al subir a los cielos: “Id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.
Hay en el Evangelio de hoy una palabra difícil, que me parece más difícil que la dificilísima de Maldonado: es donde dice: “El Padre es mayor que yo” —palabra que parece destruir la Trinidad. Sobre esta palabra se apoyó una herejía terrible, el arrianismo, que negaba la divinidad de Cristo, la cual duró tres siglos, desde el IVº al VIIº, —o si se quiere cinco siglos, contando sus derivaciones, y pareció en un momento dado haber liquidado la Iglesia Católica: el mundo se despertó un día y gimió de sentirse arriano —dijo San Hilario; y hoy día hay muchos arríanos, créase o no, más que en el siglo IVº.
Diré brevemente lo que significa esa palabra difícil, no hay tiempo para más. Ella significa: “Mi Padre está ahora mejor que yo, porque yo estoy angustiado y abocado a mi terrible pasión, que me va a deshacer; pero por medio della yo vuelvo a mi Padre, y me igualo de nuevo con Él, como era antes desde toda la eternidad”[1]. Eso quiso decir Cristo. ¿Cómo lo sabemos? Mirando el “contexto” que llaman, todas las otras frases circundantes. “Si me amarais, os alegraríais (de mi pasión) porque yo vuelvo al Padre; y el Padre es mayor que yo” —y un rato antes había dicho: “Felipe, el que me ve a mí, ve al Padre. ¿No creéis que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?” Y antes todavía había dicho: “El Padre y yo somos una misma cosa”. Y al Espíritu Santo lo envían a la vez el Padre y el Hijo: Él es el Amor de Dios, el Vínculo o el Beso de Dios; y para nosotros, Él es la gracia[2].
La Constitución argentina, que muchos invocan y pocos cumplen, invoca a Dios, fuente de toda Razón y Justicia. Ciertamente Dios es fuente de toda razón y justicia. ¿Es eso bastante? Se puede entender bien; pero cuando se hizo ese papel, estaba de moda el dios de Juan Jaime Rousseau, que no es nuestro Dios, el dios de los deístas, el dios de los masones, el "Gran Arquitecto del Universo", un dios que puede ser medido y comprendido por nuestra razón y nuestra justicia; pero nuestra razón es débil y toda nuestra justicia es como el paño de una menstruada, dice brutalmente el profeta Isaías38. El dios de los deístas es un dios falsificado, es un ídolo.
Un poeta argentino ha dicho:

Fuente de Razón y Justicia,
Y ante todo fuente de Gracia,
Puesto que toda aristocracia
Nace de tu sombra propicia...

“El Espíritu Santo te hará sombra”, dijo el Ángel a Nuestra Señora. El Espíritu Santo es el Dador de la Gracia: “Veni Dator munerum” —el dador de los siete dones: Sabiduría, Entendimiento, Ciencia, Consejo, Piedad, Fortaleza y Temor de Dios. Podemos decir que Dios Padre nos dio la Razón, Dios Hijo nos enseñó la Justicia; pero que de nada nos sirven si no las usamos, para lo cual necesitamos la Gracia del Espíritu de Dios. Nosotros ignoramos al Espíritu Santo, como los “representantes del pueblo” de 1853, no lo usamos, lo ofendemos, y aun lo hacemos llorar, como habla San Pablo. Esto último es el pecado contra el Espíritu Santo, del cual se habla en otro Evangelio Dominical —del cual Dios nos libre y guarde.

Veni Creator Spiritus,

canta la Iglesia:

Mentes tuorum visita
Imple superna gratia
Quae tu creasti pectora.

Ven, oh Creador Espíritu Divino, De los tuyos la mente a socorrer, Y llena con tu gracia como un vino A nuestro pobre ser.

R.P. Leonardo Castellani, sermón del “Domingo de Pentecostés”, en “Domingueras Prédicas”, ed. Jauja.


[1] N. del E.: Castellani da la interpretación de San Cirilo de Jerusalén.
[2] “El Espíritu es la gracia: a Él se le atribuye su permanencia en las almas fieles y la producción de la gracia y la oración. Son las tres Divinas personas las que moran en el alma en gracia; y en realidad, todas las obras de Dios “ad extra” las hacen las tres personas de la Trinidad; pero la Iglesia atribuye al Padre la Creación, al Hijo la Redención, y al Espíritu la Santificación” (L.C., Homilía de Pentecostés, año 1966).

sábado, 26 de mayo de 2012

Domingo de Pentecostés.


Hemos visto el Domingo pasado que Judas Tadeo, el Otro Judas, interrumpió el Sermón-Despedida de Cristo diciendo: “Y bueno, vamos a ver, ¿por qué de­monches te mostrarás a nosotros y al mundo no?” Habla con la idea mesiánica vulgar del triunfo externo y terreno del Rey Mesías; idea que a los fariseos los llevó al error y al furor, y que no estaba ausente de los apóstoles: era uno de esos prejuicios comunes. Es exactamente lo que dijeron cuando comenzó a ha­cer los primeros milagros: “¡Muéstrate al mundo!” “¡Publicidad, publicidad! ¡Propaganda!” Ellos espera­ban la “Epifaneia”, la “Manifestación” espectacular y gloriosa — que en las mentes groseras o apasionadas significaba el “nacionalismo”; o sea, la sublevación ge­neral, la expulsión de los Romanos, la independencia, la instauración de la Nueva Israel de los Profetas y de la Nueva Jerusalén, “Visión de Paz”.
Pero los Apóstoles consternados estaban escuchando entonces una cosa diferente: Cristo hablaba de otra clase de paz, no de la paz después de la victoria, sino de una misteriosa derrota. Hablaba de caridad frater­na, no de guerra; del Espíritu Santo, no de Judas Ma­cabeo; de que el mundo iba a triunfar y ellos habían de entristecerse, de que se iba y no lo verían más; del Príncipe de este mundo, el que no tiene parte alguna en El, pero al cual no dice que El va a arrollar; al contra­rio. Cristo habla de cosas desconocidas, lejanas y es­pirituales. ¿Y el Reino de Israel?
Cristo no responde directamente a Judas Tadeo, no discute: hubieran podido argüirle con el Rey de sus Parábolas, con el Sultán que hace el convite de bodas y excluye furiosamente a los remisos, el Sultán que hace pasar a cuchillo a los que se le sublevan... ¿Jesús mismo no se había proclamado heredero Erecto de David y mayor que Salomón?
Cristo responde indirectamente: repite los cuatro o cinco temas de este Coloquio-Testamento, como un gran sinfonista: su vuelta al Padre, la venida del Es­píritu de Dios, el momentáneo triunfo del mundo... añadiendo tres cosas raras, que son tres grandes pun­tos teológicos: la inhabitación de Dios en el hombre (“si alguien me ama, guardará mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos en él y haremos en él mansión”); la función del Espíritu Santo (“el Parácleto, que man­dará el Padre en mi nombre, él os enseñará todo, y os sub-recordará todas cuantas cosas yo os dije”) y por fin una palabra inesperada: “El Padre es mayor que yo”.
La venida en nosotros del Padre y el Hijo no es otra cosa que el Espíritu Santo: que es el lazo insepa­rable del Padre y su Verbo, el amor de Dios en Dios. No fue desconocida a los filósofos y místicos paganos una habitación de Dios en el hombre: “Est Deus in nobis, agitante caléscimus illo”, dijo Ovidio, repitiendo un tema poético común, que está ya en Lucrecio; y Séneca Estoico: “¿Te asombras de que un hombre vaya a los dioses? Pues un dios viene a los hombres, más aún en los hombres: ninguna sin un dios hay mente buena” (Epist. LXIII). Mas el judío Filón habla conti­nuamente del Dios que habita nuestra mente. Pero hablan de una cosa muy distinta de la de Cristo, de esta presencia invisible, personal y amorosa.
Lucrecio habla de la naturaleza, y concretamente en este punto de la acción de Venus, la diosa del ins­tinto amoroso; Ovidio habla de la inspiración poética, atribuida a la Musa Polimnia; Séneca de acuerdo a la teoría estoica entiende una especie de moción general y providencia vaga; y Filón llama “dios” a la razón del hombre bien informada y orientada hacia el bien. Cristo en cambio habla de la gracia, una realidad que nos injerta en Dios como un sarmiento en una cepa; de una vida humana vuelta divina de un modo humilde e imperceptible, como en la Encarnación. Y esta pre­sencia no es una nueva revelación, ni una visión, ni un éxtasis metafísico pasajero, como en Plotino y los neo-platónicos; es algo que está humildemente, cuotidia­namente, prosaicamente en todos los que están en gra­cia, por sencillos que sean: “si alguien me ama...”
Eso es el Espíritu Santo en nosotros; no nos hace grandes filósofos. No hace nada nuevo: nos sub-giere, nos “recuerda desde abajo” (como dice el texto grie­go) simplemente todo lo que Cristo dijo. ¿Y para qué, entonces? ¿No basta decirlo Cristo? Y sin embargo “nos enseña todo”, todo de nuevo. Porque una cosa es la voz exterior, otra la voz interior: otra y la misma. Hemos visto que la fe se compone como de dos elementos: primero los hechos históricos y la doctrina que nos viene de afuera ; después (y al mismo tiempo) la ilu­minación y el consentimiento que nosotros hacemos colaborando con Dios : el consentimiento a la gracia. "¿Cómo creerán si no oyen? —dice San Pablo— ¿y có­mo oirán sin predicante? La fe viene del oído... “De hecho vemos que la predicación en algunos no hace ningún efecto; porque un hombre puede llevar un ca­ballo al río, pero ni diez hombres pueden hacerlo beber si no quiere. O mejor dicho, no es que no haga ningún efecto, es que hace efectos contrarios a la fe, efectos de resistencia en muchos. Bajo la actual indiferencia religiosa, un furor sordo o una nostalgia sorda encue­va. Ella será invisible en las masas, pero se abre lugar y sale a luz en la literatura contemporánea, por ejem­plo, sobre todo en el sector que hemos llamado “lite­ratura de pesadilla”. La desesperación actual no es la “desesperación pagana” del viejo Catulo o del viejo Lucrecio: es más aguda y está orientada. Una sorda nostalgia de la fe palpita en Kaffka o en Simona Weil; un furor contra la fe en Joyce o en Andreief; y toda clase de ídolos muertos o supersticiones incluso pueriles en las masas descristianadas. Lo que va a salir de esto, yo no lo sé. “El que no me ama, no guarda mis palabras”. No tendrá paz, tendrá una paz falsa, “como la da el mundo”. Yo os dejo la paz, os doy mi paz, no como la da el mundo.
“El Padre es mayor que yo”. Esta es la palabra de que se prevalieron los arrianos para negar la divinidad de Cristo: herejía de los primeros siglos, que duró cin­co siglos, cundió en el ejército romano y entre los reyes bárbaros (Leovigildo, Recaredo) y amenazó ahogar la Iglesia; pero hay arrianos sutiles o burdos aún hoy: muchos de los protestantes y modernistas (si no todos) son arrianos, o nestorianos o socinianos hoy día. “Si me amárais, os alegraríais de que vaya al Padre; porque el Padre es mayor que yo”. ¡Vaya una razón!
Cristo no se va a contradecir cada diez minutos: estaba repiténdoles con insistencia que El y el Padre eran uno, que lo que El les decía lo decía el Padre, que el que lo veía a El veía también al Padre, y que el Es­píritu Santo era el Espíritu de Él y del Padre. Esta palabra divergente: "mi Padre es mayor que yo" tendrá pues explicación... Tiene tres explicaciones.
Dicen algunos Santos Padres (Atanasio, Gregorio Nacianzeno) y Tertuliano que Cristo se dice menor que el Padre porque procede del Padre en la eterna generación divina. Eso era llamarse "menor" en un sentido enteramente impropio y aun equívoco; que por lo demás nada tiene que ver con el discurso actual y disuena de él. ¡Valiente consuelo para los Apóstoles! ¡Ininte­ligible! Por lo demás, tampoco sabían ellos todavía la Trinidad claramente.
Segunda, decir que Cristo entonces "habló como, hombre y no como Dios", evasiva con que se descartan algunos comentaristas baratos, es justamente lo que diría un arriano — y es absurdo en este caso. Jamás habló Jesús como puro hombre; ni podía tampoco, sin fingir o mentir.
La exégesis de San Cirilo de Jerusalén es la buena: Cristo habla como Dioshombre, y como hombre que está en esa situación particular: frente a su Pasión y Muerte, presto a ser hecho no sólo varón de dolores sino “gusano y no hombre”: cosas que al Padre no po­dían alcanzar; mas cuando volviera al Padre, sería igual al Padre aun en ese aspecto de la gloria ya incon­mutable. Volvería a reasumir su divinidad que nunca dejó, oculta ahora a los ojos de la carne, y como “va­ciada” según la palabra de San Pablo: “exinanivit se­metipsum”, se aniquiló a sí mismo, tomando figura de siervo. Mas lo que tenían los Apóstoles delante de los ojos era esa figura de siervo; y de acuerdo a eso había que hablarles.
Entonces sí la frase es un consuelo y encaja per­fectamente en el contexto. Los Apóstoles podían ale­grarse por amor a Cristo de saber que iba a superar su dura tortura y derrota, asimilándose después al Padre incluso con su misma naturaleza humana: “porque mi Padre está ahora mejor que yo, aunque seamos igua­les...” —quiso decir Cristo.
¿Así que Dios mora en nosotros? No me parece los días de viento Zonda. No se ve mucho Dios en Si­sebuta. No se ve la gracia los días de elecciones. “Creo en la gracia porque no la veo”, dijo César Pico; lo cual es exacto; se cree lo que no se ve; pero si de ninguna manera la viéramos, no podríamos creer en ella. La vemos a veces en sus efectos, por lo menos en sus efec­tos totales. Los Apóstoles vieron venir al Espíritu en forma de viento impetuoso y lenguas de fuego. Después del .día de Pentecostés los Apóstoles cambian, parecen otros hombres: “iban gozosos delante del Sinedrio a padecer por el nombre de Cristo contumelia” los que no querían creer ni a la Magdalena ni a las Santas Mu­jeres ni a Pedro — los que no acababan de creer ni el día de la Ascensión, los que huyeron despavoridos del Sinedrio cuarenta días antes. Pedro negó a Cristo y después fue mártir. Pablo persiguió a los cristianos y después convirtió a la gentilidad. Una fuerza sobrehu­mana propaga y sostiene la Iglesia.
En la vida de cualquier cristiano no hay milagros; pero puede ser que mirada en su conjunto no deje de ser algo milagrosa. Vivió cristianamente, tropezó, cayó, se levantó, creyó, esperó, acabó y se fue; no dejó nada en la historia; pero... hizo lo que otros declaran im­posible, perseveró en lo que otros tienen por locura, duró derecho a través de las vicisitudes de la vida, no perdió la línea y temblaba el suelo, fue una cosa igual a sí misma cuando en cada hombre hay tantos hombres diversos, y en el mundo tantos contrastes e incoheren­cias. Parecía que había una voz escondida en su fragi­lidad infinita, un silbo, un compás, un Apoyo y un Coestante; que eso significa en griego Parácleto: el que está junto: —el Apoyo, el Co-estante.
Cosa curiosa: cuando creó a la mujer, Dios dijo que hacía una “ayuda” para el hombre; y la palabra con que se designa aquí al Espíritu de Dios es “ayuda” — “Parácleto”: puntal, soporte, refuerzo.

R.P. Leonardo Castellani, Tomado de “El Evangelio de Jesucristo”.