jueves, 7 de junio de 2012

Homilía de Corpus Christi del padre Castellani.



En aquel tiempo dijo Jesús a las turbas de los judíos: Mi carne verdaderamente es comida, y mi sangre verdaderamente bebida. Quien come mi carne y bebe mi sangre, en mí mora y yo en él. Así como vive el Padre que me envió, y yo vivo por el Padre; así, el que me come, también vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo. No sucederá como a vuestros padres que comieron el maná, y murieron. Quien come este pan, vivirá eternamente.

(Juan VI, 56-59.)


Homilía de Corpus Christi del padre Castellani.

Festejamos el Santísimo Sacramento del Altar: leemos un trozo de la promesa de la Eucaristía; y en la Epístola, su Institución narrada por San Pablo en la Primera a los Corintios: “Dominus Jesús, in qua nocte tradebatur...”: “El Señor Jesús, la noche en que fue entregado...”.
Los tres Sinópticos narran también la Institución; y comienzan con esa palabra de Cristo: “Desiderio desideravi hoc Pascha manducare vobiscum, antequam patiar”: Con deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer. En hebreo, la repetición de una palabra hace el superlativo: “con deseo he deseado”, como en castellano cuando decimos: “con mucho, pero mucho deseo”; significa “muchísimo deseo”.
Con muchísimo deseo Cristo deseó la Institución de la Eucaristía en su Última Pascua y Cena. No deseó su Pasión: en el Huerto dijo: “Padre, si es posible, pase de mí este cáliz”, y aquí dice: “Antes de que yo padezca”. Eso no se puede desear, ese cáliz colmado de dolores, humanamente; y Cristo era humano. Deseó la Eucaristía porque era el Misterio del Amor, el signo y el sello de su amor a los hombres; no a los hombres en general, sino a cada uno dellos, a mí: particularmente a los suyos: “vobiscum” —con vosotros. Cristo tuvo aquí una enajenación mística y la expresó con gran sobriedad.
Si uno se asoma al Misterio del Amor de Dios humanado a través de esta frase, se asoma a un abismo: solamente Cristo pudo decir y hacer eso. Nosotros amamos a los hombres... Sí: Américo Ghioldi ama a toda la Humanidad en general, dijo en un discurso: eso es fácil; decirlo sobre todo. Pero si yo voy por la calle, digo cada cosa de cada uno de los pobres gatos que cruzo, que si me oyeran me correrían; después me corrijo, por supuesto; pero después; yo digo después: “Tienen un alma, Dios me manda amarlos”; o por lo menos digo: “Tienen dos pies como yo y caminan”. Amar a la Humanidad en general es fácil; amar bien a los hombres particulares, a nuestros amargos hermanos los hombres, es difícil —sobre todo cuando uno ve la espléndida manada de siete autos juntos a toda velocidad por la Avenida Caseros. Hablo por mí.
Cristo amó a todos los hombres en particular, los presentes y los futuros —a mí en particular; y por eso instituyó un sacramento en el cual Él se hace humildemente comida, un pedacito de comida, para todos los hombres y para mí en particular.
Eso es tener una capacidad de amar inmensa, solamente posible a un Dios —a un Dios hecho hombre. Con gran deseo deseó poner ese sello a su amor, dar esa muestra incomparable. Nosotros no tenemos ese gran deseo de recibirlo (“Nosotros”: hablo por mí), pero algún deseo tenemos, puesto que nos arrastramos a pie o en colectivo a la iglesia a recibirlo. Nosotros no podemos tener ese gran deseo con nuestras propias fuerzas; solamente podemos tener el deseo de tenerlo. Él lo puede dar; a veces lo da. Nosotros sin Él nada podemos.
—¿Ud. ama mucho a Dios? —Así lo espero: mucho o poco, no sé. Mi amor a Dios, si vamos a mirarlo de cerca, consiste en rezar una cantidad de oraciones vocales sencillas, en tener un constante propósito de no hacer daño a nadie, y en querer ser "honrado" lo más posible, sin serlo algunas veces. Ser honrado significa ser veraz con los otros y consigo mismo, no significa tan solamente no robar; y ser así veraz significa vivir en la realidad; en la realidad moral, que es la realidad propia del hombre. Todos los males que hay en el mundo universo vienen de que los hombres, de una u otra manera, nos salimos de la realidad real; nos inventamos otra realidad; a veces incluso le trazamos programas a Dios, de lo que debe hacer.
La Prudencia, que es la primera y la madre de las virtudes morales, consiste simplemente en discernir la realidad moral; pero ahora la palabra “Prudencia” significa algo como cautela, precaución, astucia, y a veces hasta pillería; ése es un mal sentido de la palabra; habría que llamar ahora a esa Primera Virtud Cardinal “discernimiento” o “discriminación”. ¿De qué? De la realidad, o sea, del Ser. El que posee la virtud de prudencia, posee todas las otras virtudes; y el que no la tiene, no tiene ninguna otra virtud. Y las virtudes son para hacernos vivir en la realidad más real, sacarnos de todo error, imaginación o ficción. Veracidad.
Nuestro amor de Dios es prudente, a veces demasiado prudente —en el mal sentido; y a veces IMprudente. Hablo por mí. Una vez cuando yo oía sermones en vez de decirlos, oí un sermón en una Parroquia sobre el amor de Dios —creo que este mismo día de Corpus. El Predicador dijo literalmente: “Cuando uno ha cumplido todos los mandamientos, ¿ya ama a Dios? No todavía. Si además ha cumplido todos los consejos evangélicos, ¿ya ama a Dios? No todavía...” Yo, que estaba en primera fila, dije en voz alta: “¡Pero eso no es poco, canastos!” No sé si me oyó, mis vecinos me miraron enojados. Vuelto a casa, escribí una carta al Superior de esos Religiosos, diciéndole debía retirar de la predicación a ese Religioso; el cual después habló de no sé qué “arrobos cristianos” y “enajenaciones místicas”, que yo nunca he tenido; y él tampoco probablemente. Yo le escribí al Superior que Jesucristo había dicho: “El que me ama, que cumpla los mandamientos; y entonces el Padre y yo vendremos y estaremos con él”; y desde entonces el negocio compete más bien al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo que a nosotros.
El Domingo siguiente fui a Misa esperando que el Superior hubiese retirado al Predicador; y lo veo adelantarse muy orondo y empezar otro sermón irreal. Yo me volví a una viejita a mi lado, y le pregunté: “¿Cómo se llama ese Padre?” “Es el Padre Superior”, me dijo. “Aquí la hicimos”, dije yo. No volví más a esa Parroquia, porque como me conocían, me iban a echar. Yo había firmado la carta: “Leonardo Castellani, Visitador clandestino de Parroquias”.
Perdonen este cuento poco piadoso, pero el Cura Brochero decía que nunca había que predicar sin contar algún cuentito; pero éste no es cuentito sino sucedido de pe a pa. Ha sido para decir que el amar a Dios no puede consistir en tener “arrobos cristianos” ni “enajenaciones místicas”. Si alguno de Uds. los tiene, mejor para él; yo no los tengo. Yo he llorado a veces leyendo una novela, pero comulgando jamás he llorado.
Para acabar, amar a la Humanidad es fácil, amar a este prójimo o a esta prójima es difícil —amarlo bien; y amar a Dios es fácil y difícil: es fácil entenderlo y es difícil hacerlo. El amor de Cristo hacia nosotros es un abismo, es una cosa inmensa: “Con gran deseo he deseado...” Pero el saber esto no ha de hacernos “antropomorfar” a Dios; Cristo es humano pero no es antropomorfo. “Antropomorfismo” significa hacer a Dios igual a nosotros o quizás un poquito inferior a nosotros: es un error o abuso mental. No hemos de pensar el amor de Dios como una camaradería entre iguales, o como el amor de mi padre y madre, ni como el amor de dos novios, ni como el amor ya firme y tranquilo de dos casados, ni siquiera como el amor de los Santos, que tienen arrobos cristianos y enajenaciones místicas. Es mayor que eso, es inmenso.
Pero así como es inmenso, así es también de inmensa su pérdida, si lo perdemos por nuestra culpa. El Evangelio del próximo Domingo trae la Parábola de los Invitados, y ella dice que los invitados a la cena que rechazaron la cena fueron pasados a cuchillo y la ciudad incendiada. Cristo no encontró nada mejor que una masacre para significar el rechazo del amor de Dios, la perdición eterna; y se quedó corto. “Quia Deus zelotes es Tu” —dijo el Profeta judío: “Porque Tú eres un Dios celoso”. “Porque el amor es fuerte como la muerte y los celos son duros como el infierno” —dijo otro Profeta judío. Estos judíos...
No hemos, pues, de decir como Don Babel Manitto, un criollo que conocí cuando chico: “Dios es bueno; si no hace más el pobre, es que no puede”. Podría ser que escarbando en esa opinión teológica, uno encontrara que Don Babel Manitto dijo más de lo que sabía; pero lo que él quiso decir es que Dios era un viejito lleno de buenas intenciones, como Illia, pero que no hacía nada, o hacía muy poco; pero el pobre seguía siendo bueno. Y así no es Dios. Es celoso, es omnipotente, es justiciero.
Hoy día es mejor ser deudor que acreedor: somos deudores de Dios, mejor así. Si a mí todo el mundo me dijera que soy un santo, a lo mejor yo me creía que Dios me debía algo. Por suerte en mi vida me han dicho muchísimas veces más que soy un chiflado, que no un santo.
Perdonen otra vez que en vez de hablar del amor de Cristo a nosotros haya hablado más bien del amor a Cristo de mí. Si alguno tiene mucho más amor que eso, lo cual es muy posible, bien, dichoso él. Yo lo que no quiero es darme pisto con lo que no tengo; ni tampoco hacer sermones “irreales” —ni tampoco sermones piola— nueva ola.

Visto en el Blog: Catolicidad.

En la solmenidad de Corpus Christi.



Con ocasión a la solemnidad de Corpus Christi, publico la homilía del R.P. Bertrand Labouche. Me parecía que era una pena no haberla grabado en audio, ya que éste buen sacerdote tiene una muy buena oratoria al momento de predicar y, aunque en esencia, lo escrito es casi lo mismo que dijo desde el púlpito, no hay nada mejor que escucharlo. Sin embargo, para no perdernos tan buena prédica, he decidido publicarla.

Publicado originalmente en la fiesta de Corpus Christi en el año 2011.

miércoles, 6 de junio de 2012

Las flores hablan.



Las grandes ciudades del hombre nos confunden, con sus enormes edificios de cemento, con sus ruidos emanados de todas partes, con la creación de la mano de los hombres, nos tapan –en cierta forma- la Creación de Dios. Ya no es tan fácil divisar aquella flor crecida en el campo que le hacía exclamar a San Ignacio de Loyola “¡calla, ya sé de quién me estás hablando!”, ya no es tan fácil ver la mano del Creador en el paisaje. Sin embargo, Dios les habla a todos los hombres sin excepción, a pesar del bullicio y miles de distracciones que produce el hombre moderno.


Las flores hablan

Dios es Ser infinito, Verdad infinita, Bondad infinita, infinitamente justo e infinitamente misericordioso. Así enseña su Iglesia y la idea es grandiosa y hermosa, así no tengo objeción. Pero entonces aprendo que su Iglesia también enseña que por un pecado mortal solo, el alma puede ser condenada para toda la eternidad a rigurosos y crueles sufrimientos mas allá de toda imaginación, y eso no es tan agradable. Comienzo a objetar.
Por ejemplo, nunca fui consultado antes que mis padres decidieran traerme a la existencia ni fui consultado sobre los términos del contrato, por así decirlo, de mi existencia. Si hubiera sido consultado, bien hubiera podido objetar tan extrema alternativa entre inimaginable gloria e inimaginable tormento tal como lo enseña la Iglesia, ambos sin fin. Habría podido aceptar un “contrato” más moderado por el cual a cambio de un Cielo acortado hubiera enfrentado el riesgo de solamente un abreviado Infierno, pero no fui consultado. Una perpetuidad de ambos me parece estar fuera de toda proporción con respecto a esta breve vida mía en la tierra: 10, 20, 50, aún 90 años, hoy están aquí, mañana idos. Toda carne es como hierba verde –“que a la mañana está en flor y crece, y a la tarde es cortada y se seca” (Sal. LXXXIX, 6). Si sigo esta línea de pensamiento, Dios me parece tan injusto que seriamente me pregunto si en verdad existe.
El problema nos obliga a reflexionar. Supongamos que Dios en verdad sí existe, que El es tan justo como su Iglesia dice que El lo es, que es injusto imponer sobre cualquiera una pesada carga sin el consentimiento de esa persona, que esta vida es breve, una mera bocanada de humo comparada con lo que la eternidad debe ser, que nadie puede en justicia ser punible de un terrible castigo si él no estaba consciente de estar cometiendo un terrible crimen. Entonces, ¿cómo puede ser justo el supuesto Dios? Si El es justo, entonces lógicamente cada alma que alcanza la edad de razonar debe vivir lo suficiente al menos como para conocer la elección para la eternidad que ella está haciendo, y la importancia de tal elección. Sin embargo ¿cómo es eso posible, por ejemplo en el mundo de hoy, donde Dios está tan universalmente abandonado y desconocido en la vida de los individuos, las familias y los Estados?
La respuesta sólo puede ser que Dios viene antes que individuos, familias y Estados, y que El “habla” dentro de cada alma previamente a todos los seres humanos e independientemente de ellos, de manera que aún un alma cuya educación religiosa ha sido nula y sin valor, está consciente que está haciendo una elección cada día de su vida, que ella sola está haciendo esa elección para sí misma y que esa elección tiene consecuencias enormes. Pero nuevamente ¿cómo es eso posible dada la impiedad de un mundo que nos rodea por todos lados, tal como es el nuestro de hoy día?
Porque el “habla” de Dios a las almas es mucho más profundo, mas constante, mas presente y más atrayente de lo que puede ser el habla de cualquier ser o seres humanos. El solo creó nuestra alma. El continuará creándola durante cada momento de su existencia sin fin. Por consiguiente El está a cada momento más cercano a ella de lo que puedan estar incluso sus padres que simplemente compusieron su cuerpo – a partir de elementos materiales mantenidos en existencia por Dios solo.
Y la bondad de Dios está igualmente detrás y dentro y debajo de cada buena cosa que el alma disfrutará alguna vez en esta vida, y el alma está profundamente consciente que todas estas buenas cosas son meros derivados de la infinita bondad de Dios. “Calla”, le dijo San Ignacio de Loyola a una diminuta flor, “Sé de quién estás hablando”. La sonrisa de un pequeño niño, el diario esplendor de la naturaleza durante todos los tiempos del día, la música, las nubes que presentan siempre una obra maestra de pintura, y otras creaturas sin fin –aún amadas con un profundo amor, estas cosas le dicen al alma que hay algo mucho más o– Alguien.
“En Ti, Yahvé, me refugio; no quede yo nunca confundido” (Sal. XXX, 2)

Kyrie eleison.

Mons. Richard Williamson, “Comentarios Eleison”, Nº 255, 2 de Junio de 2012.

La Santísima Trinidad.



Domingo Primero después de Pentecostés[1]
La Santísima Trinidad (1967)

«Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.»

(Mt.28, 18-20)


El domingo pasado vimos la solemne inauguración de la Iglesia en Jerusalén. San Pedro enseñó conforme Cristo le había encargado: que Cristo era Dios, que Cristo había resucitado y que les era nece­sario el bautismo. Hoy vemos la misión de los Apóstoles enviados con pleno poder a fundar la Iglesia: “Como mi Padre me envió, así Yo os envío a vosotros”. Esto pasó primero, diez días antes de Pentecos­tés.
Éste es el Evangelio de la Ascensión; las últimas palabras que pronunció Cristo sobre la tierra: vale la pena considerarlas una por una.
“Id y enseñad a todas las gentes”. La misión de la Iglesia es ense­ñar, no es hacer política, fundar o derribar Gobiernos, ni siquiera “civilizar” como dicen ahora; aunque eso lo haya hecho alguna vez por añadidura. Un misionero se va a Alaska, se sienta en un trozo de hielo, y a los esquimales que vienen no les dice: “Ahora os voy a enseñar el inglés, os voy a hacer una escuela y un hospital”. Les dice simplemente: “Jesucristo es Dios”, y si acaso no les dice eso es porque no puede por el momento, porque no sabe la lengua esqui­mal.
“Enseñad todo lo que Yo os he mandado”. ¿Qué es lo que hay que enseñar? No las Matemáticas o la Astronomía, sino la Religión; y estrictamente la Revelación; y eso, no solamente para saber, sino para hacer: es una enseñanza práctica o pragmática. “Ahora que sabéis todas estas cosas, dichosos seréis si las ponéis por obra”.
En sus “Cartas de Celestino Sexto” Giovanni Papini se queja de que todas las órdenes religiosas se dediquen a fundar escuelas y a ense­ñar programas escolares de los Gobiernos. Tiene razón; pero eso se debe al actual laicismo de los Estados, incluso los llamados católicos, que ha obligado a la Iglesia a correr a la brecha del intento de descristianizar a los pueblos y a los hombres desde su infancia. Mejor sería desde luego que los sacerdotes enseñaran el Evangelio en vez de Literatura o Filosofía; aunque si saben Filosofía, eso no estorba, antes bien sirve para enseñar el Evangelio, con tal que se quede en segundo puesto. Quiero decir, en la predicación, de la cual Lutero echaba a la Filosofía. La Teología no es más que el Evangelio con Filosofía; pero la Filosofía no saca la cabeza, queda detrás o adentro.
Sería mejor, desde luego, que los jesuitas, por ejemplo, en vez de tener una Universidad donde enseñan incluso arte cinematográfico y métodos publicitarios de propaganda junto con un poco de Teología, enseñasen mucha Teología en una Facultad Teológica plantada en el centro de la Universidad de Buenos Aires, y dándole la unidad que ahora no tiene[2]; como era en las antiguas Universidades: la única Facultad de Teología del país (no hay teólogos para más) con todas las fuerzas y recursos coaligados de la Iglesia Argentina. ¿Una Uni­versidad del Gobierno o de los particulares? ¡De la Nación entera![3]
Éstos son sueños. Esto es lo que se debería haber procurado en vez de cuarenta pequeños simulacros de Universidad: pero no se procuró. ¿Qué vamos a hacer? No se consultó, creo yo, al sentido común. Yo no tengo la culpa, aunque quizás sí un poco, Dios sabe. El camino que se siguió no fue el mejor, ni siquiera el deseable. Va contra el sentido común: una Universidad debe componerse de sa­bios o tener por lo menos tres o cuatro sabios, uno dellos Rector. No hay tantos sabios en la Argentina para tantas Universidades; quizás ni siquiera para cuatro. Salen Universidades falsificadas, escuelas técnicas a lo más, fábricas de profesionales iguales o inferiores a las del Gobierno[4]. —Sí, pero al menos allí se enseña Catecismo. —¿No se podría enseñar Catecismo sin enseñar arte cinematográfico? —Pa­rece que ahora no, ¡oh Papini! —Bueno, paciencia, dice Papini.
¿Vendrá lo otro algún día? Lo que yo sé es que ahora está lejos. Tendrá que venir, si esto ha de ser una Nación católica y aun Nación a secas. No puede haber Nación sin buena Universidad[5]. A mí me da tristeza oír las discusiones sobre la Ley Universitaria, que dicen es “fascista”. Es una ley tímida, que quita por ahora algunos síntomas y algunos abusos intolerables, pero está lejos de fundar una Univer­sidad de la Nación; pues la Universidad actual debe ser refundada; con remiendos no hacemos nada, lo que ahora existe no soporta ni remiendos, la trama misma está vencida.
La Universidad debe dar los hombres dirigentes; y llevada por sabios, debe dar también sabios. Los hombres dirigentes de la Ar­gentina son de una mediocridad cruda, de educación inacabada o torcida. Hay un economista destos que ahora cortan el bacalao, el cual cuando habla comete errores de sintaxis y pronuncia mal el castellano. Espero ha aprendido mucha Economía en Estados Uni­dos; pero muchas otras cosas no sabe, algunas quizás más importan­tes que la Economía[6].
“Id y enseñad a todas las gentes la Religión, la Revelación, la ciencia salvífica, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Es la revelación explícita del misterio de la Trinidad que hoy celebramos; es también una enseñanza, la más importante de todas y la institución de la sacramentalidad de la Iglesia. Los Sacramentos son también enseñanza, pues son signos visibles de la gracia, y fuentes de la gracia invisible. Con ellos, la Iglesia continúa su enseñanza a los mortales, la cual continúa hasta la muerte y más allá: pues existe la Iglesia Purgante.
Hemos de aprender Religión toda la vida: con la práctica más que con los libros; aunque los libros no están de más: los buenos libros; pues hay muchos hoy día, incluso de Religión, que no son buenos. Los que hemos de enseñar Religión, tenemos obligación grave de oficio; y todos en realidad tienen obligación, pues han de enseñarla a sus hijos, o bien aprovecharse a sí mismos. Es la cosa más impor­tante que puede aprenderse.
Antaño los Reyes y Gobernantes sentían como una obligación el enseñar la Religión al pueblo, o almenos dejar que la Iglesia la en­señara; hoy día más bien lo impiden o almenos dejan que el pue­blo se confunda en este revoloteo de enseñanzas malas o vanas que nos envuelve. Así les va a ellos.
Éste es uno de los grandes crímenes nacionales. ¿Cómo nos va a ir bien? Tratemos de repararlo en todo lo posible —si nos es posi­ble[7].

R.P. Leonardo Castellani, tomado de “Domingueras Prédicas II”.


[1] Aquí y en la Homilía del Domingo de Sexagésima (pág. 67), Castellani afirma que no hay Nación independiente sin una alta vida cultural. En la Homilía de Navidad, considera la relación entre religión y cultura.
[2] “Y si para tener televisión los jesuítas han de pagar el precio de matar a los doctores sacros que tienen o pueden tener... mal negocio. Van a tener cómo decir cosas, pero no van a tener qué decir. Se van a quedar quizás con la tele, y van a perder la visión. Una orden religiosa se debe modernizar... Bien. Asentemos esta paradoja: para modernizarse una orden religiosa, debe ir para atrás; es decir, debe remontarse a sus fuentes, a sus primeros tiempos, a su Fundador; y buscar allí cuál fue la misión que le dio nacimiento, y cuáles los medios de ella; en vista de reformar los medios que fueren anacrónicos; y aferrarse y penetrarse más de la esencia de su tarea propia. Salirse de su lugar e invadir campo ajeno, siempre será un desorden” (Castellani, “Televisión Católica”, en “Cristo ¿Vuelve o no Vuelve?”).
[3] “Santo Tomás ha probado (con raciocinios y con el ejemplo), que la Teología es, rigurosamente, ciencia altísima y muy difícil. De manera que aquí en la Argentina el problema sería: primero, volver a introducir la Teología en la Universidad; segundo, volver a introducir la Universidad en la Teología. Las dos cosas deben ir juntas; sino, no hacemos nada. Cada día se fundan Seminarios Mayores entre nosotros, que no son mayores sino iguales. ¿Cuándo se fundará el verdadero Mayor? Los sabios en Teología son cosa escasísima, quizá la cosa más escasa que existe. Sí yo encontrase tres en Buenos Aires, sería capaz de adorarlos como un milagro”.
“Como ven, la solución del problema universitario es que por ahora no tiene solución. Y sin embargo, la Facultad de Teología no es imposible: la tiene la Universidad en Inglaterra, la tiene la Universidad en Alemania, la tuvo la Universidad en la Argentina. Solamente, dice el Tratado de Gracia, que cuando alguien vuelve a Dios, es Dios que le ha salido al encuentro, como el Padre del Pródigo, justamente. Y aquí entre nosotros, ojalá me equivoque, yo no lo diviso a Dios moviéndose ni a la Teología viniendo” (Castellani, “Dios en la Facultad”, en “Decíamos Ayer”, Sudestada, Bs.  As., 1968, págs. 49-50. La cita está abreviada).
[4]Las diecinueve Universidades Católicas que como hongos en otoño surgieron de golpe en la Argentina, no son Universidades; y por tanto no son católicas; porque no son honradas. O sea, pasó lo que dice Don Babel Manitto: ‘No hay cosa tan buena que no se corrompa en la Argentina, a causa de la mal'aria’”. (Castellani, posdata a  “La Cuestión de la Enseñanza”).
[5] Los norteamericanos tienen una gran literatura porque tienen Universidades, y por eso también son Nación imperial, o independiente por lo menos. Latinoamérica carece de una gran literatura -y de muchas otras cosas- porque no tiene Universidades. Nación sin alta vida intelectual es Nación descabezada, y una gallina con la cabeza cortada puede disparar bastante en todas direcciones y hasta cacarear, para al fin desangrarse y caer” (Castellani, “Literatura y Universidad”, en “Nueva Crítica Literaria”, DICTIO, Bs. As., 1976, págs. 230-231. La cita está abreviada).
“Primero de tener una economía colonial (o al mismo tiempo), se tiene una mentalidad colonial; porque en el hombre el alma reacciona sobre el cuerpo y el cuerpo sobre el alma. La 'política británica en el Río de la Plata' no hubiera triunfado en el Río de la Plata si, primero, esa forma de Protestantismo adaptada a los países católicos que se llamó Liberalismo, no hubiese abierto las puertas. No se sabe cómo es, pero es una cosa comprobada que dondequiera aparecen misioneros regalando Biblias, si los negros las aceptan, al poco tiempo el terreno de los negros pertenece a la nación generosamente bíblica. Vender Biblias a precio de costo es el camino para comprar las cosechas a precio de costo; y también, si a mano viene, los concejales y los diputados. Y quien dice Biblias, dice libros, revistas, periódicos y diarios” (Castellani, “Reconquista de la Cultura”, en “Decíamos Ayer”, p. 117).
[6] La forma como se manifiesta la ausencia de Dios en las facultades es principalmente una gran sequía de Verdad, una torsión de toda la gran maquinaria más bien hacia la Utilidad, un desalojo de la Especulación por la Especialización. Lo que dicen todos: que la Universidad no contempla ya el Sabio, sino el Profesional, que ella es un grande y costoso aparato burocrático de fabricar profesionales en serie, profesionales que aun saliendo buenos (y gracias a Dios lo son muchos), no escapan al cabo de la cruel definición de Gaviola: ‘patentados por el Estado para explotar las necesidades humanas (salud, justicia, técnica, verdad, belleza y mando), a cambio de dinero y munidos de un diploma’” (Castellani, “Dios en la Facultad”, en “Decíamos Ayer”, págs. 48-49).
[7] Lo que yo veo -y que Dios me mate si miento- es que estamos abocados, o bien a una guerra religiosa, o bien a una apostasía progresiva y definitiva de esta Nación bautizada. Si no interviene la Providencia de Dios y el patriotismo argentino con los medios más enérgicos, nuestros hijos serán católicos liberales y nuestros nietos serán protestantes, pese a la enseñanza religiosa en las escuelas. El extranjero herético no se llevará de momento nuestras reses ni nuestros capitales; se llevará nuestra alma. Actualmente, nuestra prensa, nuestra radio, nuestras revistas y nuestro cine son prácticamente protestantes, cuando no son bazofia intelectual deletérea que va a alimentar el clima y la mentalidad comunista. Quien enseña a todas las gentes de nuestro país hoy día no es la Iglesia sino la Anti-Iglesia” (Castellani, “Lo que tenía que suceder”, en “Cristo ¿Vuelve o no Vuelve?”, págs. 223-224.  Abreviado).

martes, 5 de junio de 2012

Los que no son Caridad están desnaturalizados.



¿Cómo no vamos a amar a quien tanto nos ha amado?

Cada vez que recemos o cantemos el Credo, acordémonos de este llamamiento a nuestro amor y a esta caridad que le debemos a Dios. Esforcémonos en sentir este llamamiento a orientarnos siempre con mayor profundidad a amar verdaderamente a Dios, a agradecerle, a darle gracias y a hacer todas las cosas para que su amor por nosotros no sea en vano.
La vida íntima de la Santísima Trinidad es el primero de nuestros dogmas, el dogma de base y esen­cial de nuestra fe. Es imposible ser católico y cristiano si no se tiene fe en Nuestro Señor y, por con­siguiente, en la Santísima Trinidad. ¿Quién es Nuestro Señor sino una de las Personas de la Santísima Trinidad? No podemos tener fe sólo en Nuestro Señor sin tenerla en la Santísima Trinidad y por eso mismo, no creer en la Santísima Trinidad es no creer en Nuestro Señor.
Por eso realmente podemos decir que no tenemos más que un solo Dios: Nuestro Señor Jesucristo, puesto que Nuestro Señor es Dios Hijo y Dios Hijo no se está nunca separado de Dios Padre ni de Dios Espíritu Santo, con quienes no forma más que un solo Dios. Lo que creemos de Dios, lo proclama­mos de Nuestro Señor Jesucristo: Tu solus sanctus, tu solus Dominus, tu solus Altissimus, Jesu Christe. Tú eres nuestro único Señor, que es lo que dice también San Pablo en su epístola a los Efesios (4, 5): “Unus Dominus, una fides, unum baptisma”: Un solo Señor, una sola fe y un solo bautismo. No tene­mos dos o tres señores, porque tenemos un solo Señor; no tenemos dos o tres dioses porque tenemos un solo Dios: Nuestro Señor Jesucristo, es decir, Dios Hijo con el Padre y el Espíritu Santo. Es un misterio: el misterio de Nuestro Señor Jesucristo.
Dios es Caridad
“Y nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene: et nos credidimus caritati. Dios es amor, y el que vive en amor, permanece en Dios y Dios en él”. Conviene meditar este pasaje de la epístola de San Juan preguntándole a Santo Tomás de Aquino qué es la caridad.
Santo Tomás define la cualidad particular de la caridad con estas palabras: bonum est diffusivum sui. Así como el bien tiende a difundirse y a comunicarse, la caridad sale, en cierto modo, de sí misma, de la persona, de sí. La caridad se da. Sería contrario a la caridad que se retuviese, puesto que es exactamente lo contrario del egoísmo. Tiende a dar lo que tiene y lo que es. Si esto es preci­samente la caridad y Dios es caridad, comprendemos mejor, en cierta medida, que Dios haya engen­drado al Hijo y que del Padre y del Hijo proceda el Espíritu Santo.
Puesto que Dios es caridad, es casi imposible que no se dé. Al darse, lo hace de tal manera que Dios Padre no retiene nada de sí mismo y el Hijo engendrado desde toda la eternidad es igual a Él mismo, al Padre. No podemos tildar al Padre de egoísmo o de darse sólo parcialmente, no. El Padre se da de tal modo a su Hijo que desde toda la eternidad engendra un Hijo igual a sí mismo, sin nin­guna diferencia y sin ninguna desigualdad. La única distinción es precisamente que el Hijo proviene, procede del Padre, pero como el Padre le da todo desde toda la eternidad, el Hijo es exactamente igual al Padre.
Evidentemente, es un misterio, pero la Escritura misma nos invita a estudiar la caridad en Dios ya que define a Dios como caridad y que lo propio de esta virtud precisamente es darse. Dios es caridad, el Hijo es Dios y así hay caridad en Él y no sería normal que no procediese nada de Él, que Él mismo no se dé. El Padre es caridad y si del Hijo no procediese ninguna otra Persona de la Trinidad, podrí­amos decir: sí, el Padre es caridad, pero el Hijo no, no es realmente caridad, a pesar de lo que dice el Evangelio.
Puesto que Dios es caridad, también el Hijo es caridad. Y del Hijo, precisamente, procede otra per­sona, la que representa a4 amor del Padre y del Hijo entre sí: la tercera Persona que es el Espíritu Santo. Realmente es el ejemplo más perfecto de la caridad entre el Padre y el Hijo. Y esta tercera Persona, que es el Espíritu Santo y que procede de las otras dos, es igual al Padre y al Hijo.
Esta es, en el interior de la Santísima Trinidad, la expresión más perfecta que se pueda imaginar de una caridad. Esta caridad trinitaria está admirablemente expresada en la liturgia de la fiesta de la Santísima Trinidad: “Caritas Pater est, gratia Filius, communicatio Spiritus Sanctus, o beata Trinitas”. Estas consideraciones basadas en el mismo Evangelio y en la simple noción de lo que es la cari­dad nos dan a entender que toda la misión que se le da al Hijo y al Espiritu Santo es una misión de caridad. Si Dios es caridad, ¿qué puede hacer sino difundir la caridad que está en Él, no sólo ad intra, al interior de sí mismo, sino también en la operación ad extra, al exterior, es decir, en toda la creación y con la creación, en la Encarnación y la Redención?

Semejantes a la Caridad

Todo lo que Dios ha dado a sus criaturas no puede ser sino expresión de la caridad. Sería incom­prensible que la creación no fuese la obra de la caridad y que las criaturas, y sobre todo las criaturas espirituales que Dios ha creado, no estuviesen también en esta realidad de la caridad.
Así pues, si queremos realmente ser semejantes a la Santísima Trinidad, estar más cerca de la Santísima Trinidad, sólo seremos más semejantes a Dios en la medida en la que nosotros mis­mos seamos caritativos, en que seamos caridad y en que se nos pueda definir como caridad.
Es sencillo, pero es todo un programa y por esto nuestra ley fundamental y esencial es una ley de caridad. Es la ley que Dios ha inscrito en nuestros corazones y en nuestra naturaleza; es una ley de caridad que nos ha enseñado Nuestro Señor. Todos los mandamientos se resumen en dos: amar a Dios y amar al prójimo. Eso es la caridad. En la medida en que cumplamos con esta ley de caridad que se halla en nosotros seremos realmente una imagen de la Santísima Trinidad, que es Dios y que es cari­dad. ¡Ojalá todos los hombres pudiesen comprender que tienen una misión! Tenemos que admirar­nos al pensar que Dios nos ha creado como almas inteligentes, voluntarias y conscientes de la misión que debemos cumplir en la tierra. Incluso si se trata de una misión muy pequeña, que parece insigni­ficante ante los ojos de los hombres, es una misión que ha sido querida de toda eternidad por Dios, en la Persona del Verbo y en la unión con Nuestro Señor Jesucristo. Es admirable.
No podemos ser nada más que caridad. Los que no son caridad están desnaturalizados. No ser caridad es contrario a la naturaleza. Obrar por egoísmo, para nuestra satisfacción, para darnos gusto, por orgullo o amor propio, es contrario al fin para el que hemos sido creados y, con mayor razón, al fin por el que hemos sido redimidos. Tenemos que volver a poner constantemente la caridad en noso­tros y colocarnos en la perspectiva en la que Dios ha querido crearnos. Es toda la explicación de la vida espiritual, ya que, en la medida en que no amamos a Dios suficientemente y en que no ama­mos suficientemente a nuestro prójimo, nos desnaturalizamos. Es evidente que esto proviene del pecado, que ha puesto en nosotros el espíritu de desobediencia, de ruptura con Dios y de alejamiento de Dios. Cuando, después de haber sido redimidos y de haber recibido el bautismo del Espíritu Santo, el amor de Dios, el sacerdote dice: "Sal de este alma, espíritu inmundo, y da lugar al Espíritu Santo ", hay que dejar el lugar a la caridad de Dios, es decir, el lugar que tiene que ocupar en el alma. Se trata, pues, de conservar esta caridad y eso es lo difícil. Esto nos da una luz verdadera de lo que somos, de dónde venimos y a dónde vamos.
Esta caridad que nos ordena hacia Dios tiene que tener por objeto darse. Darse primero a Dios e incluso, cuando nos damos a nuestro prójimo, siempre en razón de Dios, a causa de Dios. En el fondo. sólo hay una caridad. No hay dos caridades, una para Dios y otra para el prójimo. El objeto formal de la caridad es Dios y el de la caridad al prójimo es también el mismo Dios. En cierto troco hay ¿es objetos materiales, Dios y el prójimo, pero un sólo mandamiento: amar a Dios. Amamos al prójimo precisamente en la medida en la que proviene de Dios, va a Dios y está unido a Dios. No pode­mos ni tenemos que amar más que en esta perspectiva.
No tenemos derecho a amarlo en la medida en que esté separado de Dios y se halle en pecado. No podemos amarlo sino porque es una criatura que proviene de Dios y que está destinada a Dios y por­que Dios está en ella o para que Dios esté en ella por la gracia. Por esto tenemos que amar a quienes han recibido la gracia, más que a los que no la tienen. Tenemos que amar a los demás para darles a Dios, puesto que es a Dios a quien amamos en el prójimo. No amamos al prójimo por sí mismo sino que lo amamos por Dios. “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Todo está en esta corriente de caridad y de amor. Es la grandeza y la hermosura de nuestra vida.

Mons. Marcel Lefebvre, Extractos de su libro “El Misterio de Nuestro Señor Jesucristo”.