jueves, 5 de julio de 2012

El llamado de la Creación.

Interroga a la belleza de la tierra, interroga a la belleza del mar, interroga a la belleza del aire que se dilata y se difunde, interroga a la belleza del cielo [...] interroga a todas estas realidades. Todas te responde: Ve, nosotras somos bellas. Su belleza es su proclamación (confessio). Estas bellezas sujetas a cambio, ¿quién las ha hecho sino la Suma Belleza (Pulcher), no sujeta a cambio?”

San Agustín, Sermo 241, 2: PL 38, 1134.

El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad: El lebrel del cielo.



El lebrel del cielo, el poema religioso más importante de los tiempos modernos y uno de los más grandes de todos los tiempos, se produjo en ciertas condiciones históricas peculiares que acentúan su singularidad. En primer lugar, el poema religioso lo es no sólo en sentido real sino también en lo que algunos llamarían el sentido limitado.
Actualmente, se usa la palabra «religión» en una forma expansiva o telescópica, a veces inevitable, a veces casi intolerable. Se la aplica a distintos dominios de la emoción, o de la especulación espiritual, que limitan más o menos con la religión misma; se aplica a otras cosas que son casi idénticas a la religión. Pero el límite entre la expansión legítima e ilegítima de una palabra es tan difícil de trazar, que hay muy poco que ganar en discutirlo, excepto esa simple discusión sobre una palabra que se llama logomaquia. Siempre hay discusiones respecto de una definición o excepciones a una regla. El gran principio de que Pigs es Pigs no impide la existencia de lingotes de hierro[1], o que los caníbales digan que un hombre es un cerdo largo.
Todos conocemos al hombre práctico, al escéptico de la multitud, al ateo, que se jacta de llamar al pan, pan, y al vino, vino. Pero hasta él puede tener que vérselas con el hombre culto y sofisticado que le probará que, aun en el caso del as de espadas que él presenta cuando juega al póquer, la azada no es en realidad una azada, pues la palabra deriva de la española espada.[2] 
En cuanto nos ponemos sutiles y discutimos sobre lo que las palabras tendrían que significar, o pueden querer significar, nos encontramos en un mundo de palabras, sumamente aburridor para quienes se ocupan del mundo de los pensamientos. Para éstos, será suficiente comprender que, sin duda, fue y es cierta cosa, a la que nuestros padres encontraron más práctico atribuir y limitar el nombre de religión; que reconocieron que el asunto tenía muchas formas y que había muchas religiones; que estaban igualmente seguros de qué cosas no eran religiones, en las que se incluía mucho de aquello que los modernos moralistas llaman una vida religiosa más amplia.
Reconocían una religión protestante y una religión católica, y posiblemente creían que una de las dos era la verdadera; reconocían una religión musulmana, aunque la creyeran falsa; reconocían una religión judía, que una vez fue la verdadera y por una traición se había convertido en falsa; y así sucesivamente. Pero no reconocían una religión de Humanidad; o una «religión de la Fuerza Vital»; o una religión de la evolución creadora; o una religión que tiene el objeto de producir, finalmente, un dios aún inexistente. Y la distinción se mantiene mejor que nada notando estos ejemplos que tratan de fijar las evasiones fugaces de los sofistas verbales de hoy.
Lo que queríamos significar al decir que El lebrel del cielo es un verdadero poema religioso es simplemente que no tendría sentido si supusiéramos que se refiere a cualquiera de esas abstracciones modernas o a cualquier cosa que no sea un Creador personal en relación con una criatura personal. Puede ser, y realmente es, una actitud generosa y caritativa contemplar todas las multitudes de hombres con simpatía y lealtad social. Pero no eran las multitudes de hombres quienes perseguían al héroe de este poema «todas las noches y todos los días». Puede ser bueno para los hombres aguardar ansiosamente que la humanidad produzca algún día algún ser superior, dentro de miles de años, que será como un dios comparado con la masa común de los hombres. Mas no era ninguna persona superior nacida de mil años a esta parte quien arrojó al pecador de este cuento de refugio en refugio. No huía de la Fuerza Vital, de un simple resumen de toda la vitalidad natural, que estaría igualmente expresada en el perseguido o en el perseguidor. Pues exige igual Fuerza Vital huir de alguien que perseguirlo. No escapa raudamente de un lento proceso de adaptación llamado evolución, como un hombre perseguido por un tortuga. No lo preocupa una transformación biológica gradual, por la cual un sabueso del Paraíso podría convertirse en un sabueso del Infierno. Tenía que vérselas con las relaciones individuales directas de Dios y Hombre, y la historia carecería totalmente de sentido para quien pensara que el servicio al Hombre es un sustituto del servicio a Dios.
Es aquí donde la costumbre práctica del discurso, entre nuestros religiosos antepasados de todas las religiones, prueba su validez y su veracidad. Francis Thompson era católico, muy católico. En ciertos aspectos del arte, de la poesía y la pompa, el católico se acerca al pagano; en ciertos aspectos de la filosofía y la lógica (aunque esto se comprende muy poco), tiene más simpatía por el escéptico o el agnóstico. Pero, en el sólido hecho central del tema o de la materia de que se trata, sigue siendo algo completamente apartado de los escépticos y hasta de los paganos; y todos los cristianos forman parte de él. Un miembro perfectamente sencillo y sincero del Ejército de Salvación sabe de qué trata El lebrel del cielo, aunque lo conozca mejor sin leerlo, y reconocerá su teología central con la misma rapidez que el Papa. Sin embargo, el simple humanista, el simple humanitarista, el admirador universal del arte, el que patrocina todas las religiones, nunca sabrá de qué trata, pues nunca ha estado tan cerca de Dios como para huir de Él.
El siguiente punto de interés es que este poema de religión puramente personal, tan devoto, tan dogmáticamente ortodoxo, apareció en el momento en que menos se lo podía esperar, y al término de un proceso histórico que en apariencia lo hacía imposible.
El siglo XIX había sido, por lo menos en apariencia, una triunfal sucesión de progresos, que se alejaba de estas relaciones teológicas, que se consideraban estrechas, hacia ideales de hermandad o vida natural que parecían ser más amplios. Podríamos decir que los poetas habían encabezado la procesión, pues, a comienzos del siglo XIX, Shelley, Landor, Byron y Keats se habían inclinado de diversas maneras hacia un paganismo panteísta; Víctor Hugo continuó la tendencia en Europa y Walt Whitman en América. Por supuesto, hubo corrientes cenizadas y confusiones continuas. Hasta un llamado al panteísmo es parecido a un llamado al teísmo, y fue difícil imitar a los paganos sin descubrir, como san Pablo, que eran muy religiosos. La contradicción apareció de manera caprichosa en el caso de Swinburne, que siempre trató de probar que era ateo invocando a diez dioses distintos en un estilo copiado exactamente del Antiguo Testamento.
Generalizando, no obstante, recuerdo bastante bien las curiosas condiciones culturales en que surgió el genio de Francis Thompson; pues aunque era un muchacho en aquella época, a veces un joven puede absorber la atmósfera de un sociedad con el mismo instinto subconsciente sutil con que un niño puede absorber la atmósfera de una casa. Leí a todos los poetas menores; y era, especialmente, una época de poetas menores. Lo curioso es que Francis Thompson era considerado, criticado, apreciado o admirado como uno de los poetas menores. Reconozco que Richard Le Gallienne, que es uno de los sobrevivientes de aquella época, se defendía con espíritu, pero con cierto aire de audacia, del cargo de exageración que le hacían por decir que los poemas de Thompson tenían una riqueza isabelina y a veces casi un esplendor shakespiriano. Le Gallienne tenía mucha razón; pero lo trascendente es que su defensa era una defensa en general de los poetas menores, y de este poeta como tal. Al mundo en general no se le había ocurrido pensar que Francis Thompson era un poeta mayor, hasta podríamos decir un profeta mayor. En todo ese mundo de la cultura, reinaba una atmósfera de paganismo que se iba desgastando. Pero casi nadie pensó que el futuro de la poesía fuera otra cosa que un futuro de paganismo. Fue entonces, en el silencio que, lentamente, se hacía más profundo, como en el poema de Conventry Patmore, cuando se oyó por primera vez, muy lejano, el aullido de un lebrel.
Eso es lo principal de la obra de Francis Thompson; es aun más importante que su colorido aparato escénico de imágenes y palabras. El despertar de los domini canes, los Perros de Dios, significó que otra vez había comenzado la cacería, la cacería de las almas de los hombres, y que la religión de tipo realista no estaba muerta. En el poema de Patmore, el perro es un «viejo lebrel guardián»; y podemos decir, sin irreverencia, que la primera impresión o lección fue que el perro viejo todavía vive. En todo caso, fue un suceso de la historia, tanto como un suceso de la literatura, cuando la religión personal regresó de súbito con algo del poder de Dante o de Dies Irae, al cabo de un siglo durante el cual tal religión se había ido debilitando cada vez más, y cuando religiones cada vez más impersonales parecían ir tomando posesión del futuro.
Y aquellos que comprenden mejor al mundo saben que el mundo ha cambiado y que la cacería continuará hasta que todo el mundo esté acosado.

G. K. Chestreton, tomado de Conoze.

Notas:
[1] El autor juega con las palabras pig, «cerdo» y pig-iron, «lingotes de hierro». (N. del T.)
[2] Azada se dice spade en inglés, al igual que el palo de la baraja correspondiente al de espada de la baraja española. (N. del T)


El lebrel del cielo.
versión en español de Carlos A. Sáenz.

Le huía noche y día
a través de los arcos de los años,
y le huía a porfía
por entre los tortuosos aledaños
de mi alma, y me cubría
con la niebla del llanto
o con la carcajada, como un manto.

He escalado esperanzas,
me he hundido en el abismo deleznable,
para huir de los Pasos que me alcanzan:
persecución sin prisa, imperturbable,
inminencia prevista y sin contraste.
Los oigo resonar... y aún más fuerte
una Voz que me advierte:
-“Todo te deja, porque me dejaste”.

Golpeaba las ventanas
que ofrecen al proscrito sus encantos
y temblando de espanto
pensaba que el Amor que me persigue,
si al final me consigue,
no dejará brillar más que su llama;
y si alguna ventana se entreabría,
el soplo de su acceso la cerraba.
El miedo no alcanzaba
a huir cuanto el Amor me perseguía.

Me evadí de este mundo;
violé la puerta de oro de los cielos,
pidiendo amparo a sus sonoros velos,
y arranqué notas dulces y un profundo
rumor de plata al astro plateado.
Al alba dije “Ven”; “ven”, a la tarde,
“escondedme de aqueste Enamorado
de miedo que me aguarde”.
Tenté a sus servidores,
y sólo hallé traición en su constancia.
Para Él la fe; de mí perseguidores
con falsa rectitud y leal falacia.

Pedí volar a todo lo ligero,
asiéndome a las crines del pampero,
y aunque se deslizaba
por la azul lejanía,
y el trueno hacía resonar su carro,
y zapateaba el rayo,
el miedo no alcanzaba
a huir cuanto el Amor me perseguía.
Persecución sin prisa, imperturbable,
majestuosa inminencia. En las veredas
dejan los Pasos que la Voz me hable:
- “Nada te hospedará si no me hospedas”

Ya no busco mi sueño interrogando
un rostro de hombre o de mujer, mas quedan
los ojos de los niños esperando:
hay algo en ellos para mí de veras.
Y cuando mi ansiedad se prometía
el dulce despertar de una respuesta,
los ángeles venían
y los llevaban por la senda opuesta.
“Venid (clamaba), dadme la frescura
de la Naturaleza
que guardan vuestros labios de pureza;
dejadme juguetear en las alturas;
habitar el palacio
azul de vuestra Madre, cuyas trenzas
vagan por el espacio,
y beber como un llanto de ambrosía
el rocío del día”.

Y al fin lo conseguí: fui recibido
En su dulce amistad, y abrí el sentido
de los matices de la faz del cielo,
de la nube naciente entre los velos
de la espuma del mar. Nací con ella
para morir con todo lo escondido.
Me conformé a sus huellas.
Supe caer cuando la tarde cae
al encender sus lámparas de duelo,
y reír con la aurora de ojos suaves,
y llorar con la lluvia de los cielos,
y hacer mi corazón del sol gemelo.

Pero ¡qué inútilmente!
Imposible entender lo que otro siente.
Las cosas hablan un lenguaje arcano,
incomprensible; es un silencio vano
para mi inteligencia. Aunque pudiera
prenderme de sus pechos como un niño,
seguiría mi sed de otro cariño.
Y noche a noche afuera
oigo los Pasos que me dan alcance
con medida carrera,
deliberado avance,
majestad inminente,
que deja oír la Voz de la otra parte:
- “Nada podrá llegar a contentarte
mientras no me contentes”.

Espero el golpe de tu amor, inerme.
Pieza a pieza rompiste mi armadura.
De rodillas estoy, y dudo al verme
despierto y despojado.
La fuerza juvenil de mi locura
sacudió las columnas de las horas,
y mi vida es un templo desplomado;
montón de años, multitud de escombros
el ayer y el ahora.
Los sueños mismos se han evaporado,
y mis días son polvo.
Las fantasías con que ataba el mundo
me abandonan : son cuerdas muy delgadas
para alzar una tierra recargada
por el dolor profundo.
¡ Ay! que tu amor es hierba de dolores
que sólo deja florecer sus flores.
¡Oh imaginero eterno, es suficiente!
Tú quemas el carbón con que dibujas.
Mi juventud es fuga de burbujas;
mi corazón la fuente
quebrada,
donde no queda nada
del llanto de mi mente.

¡Sea! mas ¿qué amargura
si la pulpa es amarga, me deparan
las heces? Lo vislumbro en la fisura
del telón de las nubes que rasgara_
el sonar de las trompas celestiales.
Aun sin poder reconocer sus reales,
su púrpura, su cetro, su guarida,
le conozco y le entiendo. Se apresura;
quiere mi corazón, quiere mi vida,
quiere mi podredumbre,
quiere mi oscuridad para su lumbre.

Ya la persecución está lograda.
Y la Voz como un mar en torno fluye:
-¿Crees que la tierra gime destrozada?
Todo te huye, porque tú me huyes.

¡Extraña, fútil cosa, miserable!
dime, ¿cómo podrías ser amada?;
¿no he hecho ya demasiado de tu nada
para hacerte sin mérito, aceptable?
Pizca de barro, ¿acaso tú no sabes
cuán poco amor te cabe?
¿Quién hallarás que te ame? Solamente
yo, que cuanto te pido te he quitado,
para que me lo pidas de prestado
y lo dé misericordiosamente.

Lo que tú crees perdido está en mi casa
levántate, toma mi mano y pasa.
Los Pasos se han quedado junto al vano.
Acaso ¡oh tú, tiniebla que me ofusca
seas sólo la sombra de Su mano!
-“Oh loco, ciego, enfermo que te abrasas,
pues buscas el amor, a mí me buscas,
y lo rechazas cuando me rechazas”.

Francis Thompson (1859 - +1907).

miércoles, 4 de julio de 2012

Mi deber de religión.

“Yo, Presidente, no quiero meterme en política; y cuando quisiera, no podría ni sabría. Pero es mi deber, también con compromiso de mi salvación eterna, meterme en religión. Lo cual para mí (Sacerdote y Doctor en Teología) significa en estos momentos salir por los fueros de la verdad religiosa, amarla con toda mi alma, buscarla con pasión, decirla con prudencia y eficacia, y defenderla hasta con peligro de mi vida si el caso lo requiriera. Y si yo no hago eso, no puedo entrar en el Reino de Dios, aunque edifique mil templos, dé un millón de pesos de limosna, y me mate a fuerza de ayunos y penitencias. Porque la Verdad es mi Señora y mi Prometida, mi Única Promesa en esta vida y en la otra, mi Tesoro Oculto por el cual lo he dado todo, mi Deber Jubiloso y Terrible.”
 R.P. Leonardo Castellani, “Castellani por Castellani”, p.352.

martes, 3 de julio de 2012

Confrencia en MP3: “Precursores de la herejía modernista”.



R.P. Alfredo Sáenz

Esta segunda conferencia comienza con un suscinto repaso de la anterior: exaltando la extraordinaria figura del Beato Pío IX, que fue capaz de superar sus propios errores y debilidades, hasta convertirse en un Pontífice aguerridamente fiel a la Tradición de la Iglesia, haciéndole frente a sus enemigos internos y externos. Luego de lo cual, se analizan pormenorizadamente los antecedentes del Modernismo.

El primero es la Reforma de Lutero. El libre examen introduce el germen de la disolución de la Cátedra de la Unidad. El subjetivismo fideísta resquebraja y destroza el contenido objetivo de la Fe, engendrando un relativismo disociador. La autoridad de Pedro es cuestionada, desobedecida y, al fin, rechazada.

El segundo es la filosofía idealista, con sus principales exponentes, Kant y Hegel. Más allá de la entidad intelectual de ambos pensadores, que nadie niega; o quizá por lo mismo, lo cierto es que la preeminencia del pensamiento sobre lo real, por un lado; y el método dialéctico, por otro, al ser aplicados a la doctrina católica, acaban fisurándola y desnaturalizándola.

El tercero es el protestantismo liberal. Su principal representante es Friedrich Daniel Ernst Schleiermacher(1768-1834), calvinista y kantiano, cuyas confusiones y errores arrastraron a muchos. Pseudoecumenista, pregonaba la discordia entre la Fe y la Razón, y hacía fincar la vida religiosa en el terreno del eticismo y del emocionalismo. La crítica al dogma y a la teología como ciencia sagrada, encuentran en él a un empecinado defensor.

El cuarto es el magisterio de Renán, “el blasfemo de Europa”, como fue dura y justamente llamado por Roma. Prototipo de apóstata -compartiendo tan triste fama con Alfred Loisy-, su Vida de Jesús, que dio la vuelta al mundo, fue y sigue siendo el terrible manifiesto del naturalismo más atroz y falsario.

El quinto es la figura de Lamennais, tal vez el más conocido por nosotros, merced a la obra apologética del Padre Julio Meinvielle. Hugues-Félicité Robert de Lamennais, que así terminó llamándose luego de abjurar de su apellido noble La Mennais, nació en 1782 y murió en 1854; en Francia, “la hija predilecta de la Iglesia”, devenida en uno de los centros europeos de difusión de la herejía. También él comienza siendo católico fiel y acaba en la apostasía, mereciendo la condena de Roma. El catolicismo liberal lo tiene por uno de sus abanderados. Pero el catolicismo liberal -recordemos las palabras del Beato Pío IX- hace más daño que los comunistas.

El sexto y último antecedente es el Americanismo. Posiblemente el menos conocido, el más deletéreo, y el de más nocivas vigencias en nuestro continente. Se trata de un movimiento religioso aparecido en los Estados Unidos hacia fines del siglo XIX, también llamado “herejía de la acción” (Pío XII); esto es: activismo, praxeología, pragmatismo eficientista en el terreno pastoral o apostólico, pero de espaldas a la ortodoxia de los principios. Fue condenado por León XIII, así como Gregorio XVI había condenado a Lamennais. La principal figura del Americanismo fue el Padre Hecker, y más tarde el Arzobispo de Nueva York, cardenal Spellman, que publicó en 1945 su obra “Acción ahora mismo”.

R.P. Alfredo Sáenz, conferencia del ciclo “La crisis del Modernismo en las venas de la Iglesia”, el 18 de Mayo de 2011. Agradecemos el material a Página Católica.

Conferencia en mp3: “El Hombre, destinatario de la Doctrina Social de la Iglesia”.



Dr. Luis Roldán

La segunda conferencia de nuestro ciclo dedicado a la Doctrina Social de la Iglesia.

El padre Miguel Agustín Pro. Su anehlo, su infatigable apostolado y su testimonio supremo.




La vida y el apostolado en tiempos de persecución un sacerdote ejemplar como fue el padre Pro, debe inspirarnos para no desfallecer en esta época dónde la sociedad está impregnada de un espíritu anticristiano. El padre Pro, fue el modelo del apóstol que no se detiene ante las persecuciones. Animado de un espíritu sencillo y una profunda vida de piedad y de devoción al Santo Sacrificio de la Misa, el padre Miguel Pro, recibió lo que más deseaba en su vida, el culmen de su sacerdocio: la corona del martirio.
A continuación, publicamos –dividida en dos partes- la conferencia que ha dado el R.P. Alfredo Sáenz, dedicada a este personaje ejemplar, que es parte del ciclo de conferencia dedicado a “La persecución de la Iglesia en México y la gesta de los Cristeros”.
 
R.P. Alfredo Sáenz 






Breve biografía del padre Miguel Agustín Pro.

Miguel Agustín Pro nació el 13 de enero de 1891, de una familia acomodada. Su padre era ejecutivo en una pequeña villa minera en el estado de Zacatecas. A pesar de ello, Miguel creció con un corazón sencillo y libre de prejuicios. Lo que más añoraba, cuando niño, era el recorrer las minas para poder compartir con los trabajadores. Desde pequeño se distinguió por un gran sentido del humor. Era un verdadero cómico por naturaleza, lo cual le ayudaría enormemente en su ministerio sacerdotal.
Antes de terminar sus estudios Miguel comenzó a trabajar con su padre en la oficina de la mina. Allí sus talentos naturales se fortificaron y aprendió a hacer muchas cosas ya que captaba con gran facilidad los detalles. Podía, por ejemplo escribir 100 palabras por minuto.
Se hizo amigo de los mineros y pudo captar su modo de hablar y comportarse, que se diferenciaban mucho de los de su propia casa. En este amor a los pobres se ve la mano de Dios, ya que, años más tarde, siendo perseguido por las autoridades, el Padre Pro utilizaría todo lo aprendido en la niñez para defender a Dios y a la Iglesia.
Un talento que Miguel adquirió desde muy temprana edad fue el de caricaturista. Era capaz de captar, de manera exagerada, las peculiaridades en las caras de la gente. También aprendió a tocar la guitarra y el mandolín.
Miguel amaba a su familia, especialmente a sus dos hermanas, las cuales entraron a la vida religiosa. Esto enfureció a Miguel. Viendo cuánto había afectado a Miguel la entrada de sus hermanas al convento, su mamá decidió invitarlo a un retiro. De allí salió Miguel transformado y decidido a ser sacerdote jesuita.
El 11 de agosto de 1911 entró al seminario de El Llano, Michoacán. Tenía veinte años. En esta época contrajo una enfermedad mortal, la cual supo siempre ocultar muy bien detrás de su rostro alegre.
A pesar de sus comedias y gran sentido del humor, Miguel fue un novicio y religioso grandemente observador de la Regla y de sus estudios.

La persecución no detiene su vocación.

En una ocasión fue preciso que todos escaparan del seminario debido a la persecución contra la Iglesia. Aquí comienza el capítulo en la vida de Miguel Pro como héroe de la fe y genio en escurrirse de los opresores, para poder cumplir cabalmente su vocación sacerdotal.
El riesgo se convirtió en el estilo de vida de los sacerdotes y religiosos de México, ya que incluso se había prohibido la celebración de la Santa Misa. Muchos fueron encarcelados, torturados y expulsados del país. Muy pronto, Miguel junto con otros seminaristas, recibieron la noticia de que debían marcharse y continuar sus estudios en California. Fue entonces la última vez que Miguel vio a su mamá en este mundo. Después de un tiempo, Miguel y sus compañeros embarcaron para España, en donde estuvieron cinco años.
Fue ordenado sacerdote el 31 de agosto de 1925.

Regreso a una Iglesia de catacumbas.

El Padre Pro regresó a un México devastado. El pueblo cristiano resistía los abusos de gobierno; ante lo cual el presidente Calles había decidido gobernar con mano de hierro. Llegó, pues, a la capital, ciudad que se convertiría en su parroquia y, cuyos parroquianos vivirían como en catacumbas, siempre en secreto, en escondite continuo, huyendo de la policía.
Lo primero que hizo fue encontrar a su padre y a sus hermanos. Luego planeó la orientación del terreno y el método de operación. Y, enseguida puso manos a la obra. Implementó cada truco que había aprendido, cada disfraz para poder llevar a Cristo a las almas en medio de la severa persecución. Le era necesario estar en continuas artimañas para lograr evadir a la policía. Organizó Estaciones de Comunión a lo largo de toda la ciudad; estas eran casas donde los fieles venían a recibir al Señor en la Eucaristía. Los primeros viernes, el número de comuniones sobrepasaba los 1,200.
Se celebraban Misas por toda la ciudad antes del amanecer, se apostaban vigilantes por si llegaba la policía, con claves que cambiaban constantemente, etc. Se juntaban los ricos y los pobres en unos cuartos pequeños para adorar al Señor y recibirlo de manos de los sacerdotes. Los que querían confesarse, tenían que llegar a los lugares señalados, antes de la Misa; algunas veces a las 5:30 a.m. Era realmente una Iglesia de catacumbas, como la de los primeros cristianos. Un verdadero testimonio de la fe.
Respecto a la grave enfermedad que padecía el Padre Pro y que incluso lo había llevado a hospitales y casas de convalecencia, le escribe a su Superior Provincial: “Aquí el trabajo es continuo y arduo. Únicamente puedo admirarme del gran Jefe que me permite llevarlo a cabo. ¿Enfermedad? ¿Quejas? ¿Que si me cuido? Ni siquiera tengo tiempo para pensar en semejantes cosas; y a la vez me siento tan bien y tan fuerte, que de no ser por pequeños, pequeñísimos atrasos, bien podría seguir así hasta el fin del mundo... Estoy disponible para cualquier cosa, pero, si no hay objeción, solicitaría el poder quedarme aquí”.
En este escrito se nota el gran amor que animaba el corazón del P. Pro: la dependencia de Dios; el olvido propio en medio del dolor físico y del peligro; el celo por el Señor y por su gente; y su obediencia a los superiores, representantes auténticos de la Voluntad Divina para un religioso.
El presidente Calles y la policía trataban de acabar con estas organizaciones secretas. Arrestaban a los católicos practicantes y en especial a sus líderes, los torturaban y mataban.
Ante la persecución, el Padre Pro nunca dejó su ministerio sacerdotal. Se valía de sus dones y, sobre todo, de su profunda fe para continuar valientemente su ministerio. Hacía unas maniobras que desconcertaba a la policía. He aquí algunas.

I) Mientras la policía lo buscaba de casa en casa para matarlo, él, muy campante, estaba en un teatro dictando conferencias espirituales a más de cien muchachas del servicio. Y ninguna de ellas contó a nadie dónde estaba el Padre Pro.

II) Iba el Padre Pro en un taxi y, de pronto se dio cuenta de que la policía lo venía persiguiendo en otro carro. –“Siga usted su viaje, sin detenerse”– dijo al taxista –“que yo me lanzo a la calle”. Y así lo hizo. Pero para disimular el porrazo que se daba, echó luego a andar por la calle con caminado de borracho y diciendo palabras sonoras. La policía creyó que era un verdadero borracho y siguió adelante. Sólo unos minutos después se dieron cuenta los agentes de que el tal “borrachito” era el “Padre Pro”, y se devolvieron corriendo, pero ya se les había escapado.

III) Un día en plena calle se dio cuenta de que unos policías venían en su busca. Entró entonces a una farmacia y, tomando del brazo a una hermosa señorita, le dijo: “Diga que es mi novia, porque, si no, me echan a la cárcel”–. La señorita aceptó, y la policía al verlo del brazo con una muchacha (él iba vestido de civil) creyó que éste no podía ser el padre que ellos buscaban... Unos momentos después llegó el sargento y al describirle ellos cómo era el “novio”, les grito furioso: “¡Pues ese es el cura Pro!”. Corrieron a prenderlo, pero ya se les había escapado otra vez.

IV) Estando el Padre Pro en un alto edificio, presidiendo una reunión de muchachos de Acción Católica, cuando menos pensaron, se hallaron con que la policía había rodeado el edificio. El Padre se escondió en un armario en el preciso momento en que entraba al salón el coronel, con dos pistolas en las manos, preguntando por “El Cura Pro”. Los muchachos le dijeron que ellos no sabían dónde estaría dicho sacerdote, pero el militar, lleno de furia les gritó: “Tienen un minuto para que me digan dónde está ese padre, o los mato a todos”. Más en ese momento sintió que le colocaban un cañón frío en la nuca. Era el Padre Pro, que había salido del armario.

–“Suelte esas pistolas o muere”, le dijo el Padre. El coronel, tembloroso, soltó las pistolas que fueron recogidas por los muchachos. –“Ahora ustedes huyan”, gritó Miguel Pro a los jóvenes. Y éstos salieron apresuradamente a esconderse y salir luego por los subterráneos del edificio. Luego el Padre dijo con tono picaresco: “Y usted, señor coronel, vuélvase, para que vea con qué lo puse manos a lo alto y lo desarmé”. El coronel dio media vuelta y vio con gran humillación que el cañón frío que había sentido con miedo en la nuca era el pico de una botella vacía. Con una simple botella vacía había desarmado el padrecito a un coronel que llevaba en sus manos pistolas cargadas.

Un mártir mexicano para la Iglesia.

El movimiento tenía como líder principal al P. Pro y como lema: “Viva Cristo Rey”. Así, en medio de escondites, incertidumbres, luchas, miedo, fe, valentía, dolor..., transcurrió cerca de año y medio. El presidente Calles lo mandó arrestar, acusándolo de haber sido responsable de un complot y de atentados y acciones revolucionarias contra el gobierno, siendo todo ello absolutamente falso.
Al final, para evitar que mataran a varios católicos que tenían presos, el Padre Pro se entregó a la policía.
Lo encarcelaron y le dieron sentencia de muerte. El 23 de noviembre de 1927, camino al lugar de fusilamiento uno de los agentes le preguntó si le perdonaba. El Padre le respondió: “No solo te perdono, sino que te estoy sumamente agradecido”.  Le dijeron que expusiera su último deseo.  El Padre Pro dijo: “Yo soy absolutamente ajeno a este asunto... Niego terminantemente haber tenido alguna participación en el complot”. “Quiero que me dejen unos momentos para rezar y encomendarme al Señor”. Se arrodilló y dijo, entre otras cosas: “Señor, Tú sabes que soy inocente. Perdono de corazón a mis enemigos”. 
Antes de recibir la descarga, el P. Pro oró por sus verdugos: “Dios tenga compasión de ustedes”; y, también los bendijo: "Que Dios los bendiga". Extendió los brazos en cruz. Tenía el Rosario en una mano y el Crucifijo en la otra. Exclamó: “¡Viva Cristo Rey!”. Esas fueron sus últimas palabras. Enseguida, el tiro de gracia.

Oración: Venerable Padre Pro, que supiste vivir tu vocación en las mas difíciles circunstancias, ayúdanos con tu intercesión a ser católicos valientes y no ceder ante la tentaciones de este mundo. Que nuestra vida, como la tuya, de mucho fruto para gloria de Dios y el bien de las almas.  Amén.

Bibliografía:

-Dragón, Antonio. “Vida Intima del Padre Pro”, Antonio Dragón, S.J. (México: La Buena Prensa, 1990).
-Lord, Bob and Penny, “Saints and Other Powerful Men in the Church”, (California: Robert and Penny Lord, 1990).
-Sálesman, Eliecer, S.D.B.: “Lecturas Sabrosas”, cuarta edic., (Bogotá: Ediciones Don Bosco, 1990).

Fuente: Corazones.org.