viernes, 6 de julio de 2012

La auténtica misericordia.

“La auténtica misericordia que está en los cielos (Sal 35,6) es Cristo, Nuestro Señor. ¡Cuán suave y qué buena es la misericordia que, sin que nadie la buscase, ha bajado del cielo y se ha abajado para levantarnos a nosotros!...Cristo nos ha prometido estar con nosotros hasta el fin del mundo, como él mismo nos lo dice en el evangelio: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de este mundo.” (Mt 28,20) Hermanos, ved su bondad; está ya a la derecha del Padre y quiere seguir viviendo con nosotros en la tierra. Con nosotros quiere pasar hambre y sed, quiere sufrir con nosotros, padecer exilio con nosotros, incluso no rechaza estar prisionero y morir con nosotros (Mt 25,35ss)... Mirad qué amor nos tiene; en su inefable ternura quiere sufrir en nosotros todos estos males.Sí, la auténtica misericordia venida del cielo, Nuestro Señor Jesucristo, te creó de la nada, te buscó cuando andabas perdido, te ha rescatado cuando fuiste vendido... Todavía ahora, Cristo se digna incorporarse cada día a la humanidad. Desgraciadamente, no todos los hombres le abren la puerta de su corazón”.

San Cesáreo de Arles, Sem. 26, 2-5; PLS IV, 297-299.

jueves, 5 de julio de 2012

Declaración del Instituto de Filosofía Práctica acerca de Judas, el Vaticano y la Iglesia.



I. Aclaración.

Queremos ante todo aclarar que el INFIP es una asociación civil sin fines de lucro, laica, no confesional, integrada en su inmensa mayoría por católicos, pertenecientes a una Nación cristiana.
Esa pertenencia no puede dejarnos indiferentes ante diversos escándalos que causan confusión y hasta pueden hacer tambalear la fe de algunas personas. Este es el motivo de la presente.

II. Judas, Pedro, Tomás, nosotros.

Cristo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, se encarnó en el seno de la Virgen María y nos trajo el Evangelio, la Buena Nueva que predicó durante los años de su vida pública. Eligió 12 apóstoles y los formó, los preparó para continuar su obra, para anunciar a todos los hombres, el Reino de Dios. Sin embargo, uno de ellos, Judas, lo traicionó, lo vendió por 30 monedas. Otro, Pedro, la piedra sobre la cual se edificaría la Iglesia, lo negó tres veces, para luego arrepentirse, llorar su traición y cobardía y morir mártir. Entre los dos, con finales muy distintos, tenemos un buen porcentaje 1/6. Y si agregamos al patrono de los positivistas, al incrédulo y después arrepentido, Tomás Apóstol, el porcentaje se incrementa a ¼. Pero, también nosotros, con diversa gravedad, traicionamos a Cristo todos los días cuando pecamos. Lo traicionamos, lo despreciamos, lo negamos, lo olvidamos.

III. La Iglesia Católica.

La Iglesia Católica Romana es una inmensa comunidad. Es, como rezamos en el Credo, una, santa, católica y apostólica.
La Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo y del mismo no son excluidos los pecadores, pues como enseña Pío XII, “la infinita misericordia de nuestro Redentor no niega ahora un lugar en su Cuerpo místico a quienes en otro tiempo no negó la participación en el convite (Mateo, 9, 11; Marcos 2, 16; Lucas, 15, 2). Puesto que no todos los pecados, aunque graves, separan por su misma naturaleza al hombre del Cuerpo de la Iglesia, como lo hacen el cisma, la herejía o la apostasía” (Encíclica “Mystici Corporis Christi”, 19).
Más adelante, Pío XII se refiere a la Iglesia “mancillada en sus miembros”, incluso “en los más altos miembros del Cuerpo Místico”, y si algunos “están aquejados de enfermedades espirituales, no es esta razón para que disminuya nuestro amor a la Iglesia, sino más bien que aumente nuestra compasión hacia sus miembros” (57).

IV. La Iglesia Católica en la historia.

Dentro de la Iglesia a lo largo de la historia existieron crímenes espantosos perpetrados por muchos “altos miembros”, pero existe uno que queremos destacar, porque entendemos que fue la mayor injusticia judicial de todos los tiempos, después del juicio a Cristo.
En el año 897, con el inicuo juicio al Papa Formoso, encontramos un hito de abominación en el Papado. Fue su sucesor Esteban VI, quien organizó un tribunal eclesiástico para juzgarlo. Hizo comparecer a la momia de Formoso y un diácono, como gestor de negocios, contestaba las preguntas que Esteban VI hacía a su antecesor. Como sucede en tantos juicios en la Argentina de hoy, se conocía el resultado antes de la sentencia: Formoso fue condenado y su cadáver arrojado al Tíber.
Poco le duró la victoria al vil pontífice; se sublevaron contra él los partidarios de Formoso y lo estrangularon.
Como comenta Ricardo García Villoslada: “Si la Iglesia no naufragó en aquella tormenta fue porque su Fundador la hizo inmortal y le dio promesa infalible de perpetuidad. Al ver tan patente el elemento humano y corruptible de la Iglesia, todo cristiano que reflexione y medite verá más refulgente el elemento divino de la misma, y en vez de escandalizarse, sentirá que se le robustece la fe y la confianza en Dios, ni podrá menor que admirar el poder de Cristo, que aun por medio de vicarios suyos tan indignos continúa llevando a cabo, sin sombra de error, la redención y santificación del mundo” (“Historia de la Iglesia Católica”, B.A.C., Madrid, 1958, T. II, p. 132)

V. Una novela de Boccaccio.

Pasaron muchos años y en pleno siglo XIV, Giovanni Boccaccio, escribió una novela en “El Decamerón”, que ilustra otra época de gran corrupción en las más altas esferas eclesiásticas.
Un cristiano piadoso y apostólico, Giannotto de Sivigni, tenía un amigo judío llamado Abraham, hombre recto y leal. A través de largas conversaciones el cristiano trataba de convertir al judío, quien un día, le dijo que iría a Roma para ver cómo funcionaba la cúpula de la Iglesia. Si comprobaba la concordancia de la fe con las obras se convertiría.
Conociendo la corrupción reinante en esa cúpula, Giannotto se entristeció: todos sus esfuerzos habían sido inútiles.
Abraham montó a caballo y fue a la corte de Roma donde pudo observar como reinaban la lujuria, la sodomía, la gula, la ebriedad, la simonía, la glotonería; una vez que le pareció suficiente volvió a París.
Días después Giannotto se llevó la gran sorpresa: después de todo lo visto y oído, el judío quería ser cristiano, con un argumento definitivo. No pudo observar en los clérigos santidad, devoción, buenas obras o ejemplos de vida y agregó: “opino que vuestro pastor, y por ende todos los demás, se esfuerzan con toda solicitud, ingenio y arte, por reducir a nada y expulsar del mundo la cristiana religión, cuando deberían ser su fundamento y sostén. Y como veo que no ocurre lo que ellos procuran, sino que vuestra religión aumenta de continuo y se hace más brillante y clara, me parece discernir que el Espíritu Santo es su fundamento y sostén. Ahora, te declaro que por nada dejaré de ser cristiano. Vamos, pues, a la iglesia, y que allá me bauticen según la costumbre de vuestra santa fe” (Alianza Editorial, Buenos Aires, p. 27).

VI. La Iglesia Católica y el Vaticano.

La Iglesia, es una realidad religiosa; el Vaticano, es una realidad política, hoy un Estado, como lo fueron los Estados Pontificios, cuyo Papa era Rey. La promesa de Cristo de perpetuidad es para la Iglesia, según la palabras al instituir el primado: “tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo, 16, 18).
La “Barca de Pedro” no se hundirá nunca, aunque pueden ahogarse sus navegantes, como afirmó un Papa; pero la promesa de Cristo no es para el Estado del Vaticano, que bien podría desaparecer; y menos para sus organismos, sus burócratas y sus banqueros. No es para todos aquellos que allí y en los lugares más variados del planeta, se sirven de la Iglesia, beben de su leche, la usan en su propio beneficio, y muchas veces se enriquecen en perjuicio de Ella. Lamentablemente, existen clérigos especialistas en rodearse de malandrines.
Cuando Santo Tomás de Aquino, en la “Suma Teológica”, se ocupa  del diezmo, señala que su objeto es solventar los gastos del culto, la sustentación de los ministros y la manutención de los pobres, pues como bien señala, “los diezmos deben llegar como ayuda a los pobres a través de la administración de los clérigos” (Suma Teológica, 2-2 q.87, a. 4), y cuando trata acerca de la prodigalidad, enseña que los clérigos “son dispensadores de los bienes de la Iglesia, patrimonio de los pobres, a quienes defraudan por sus prodigalidades” (2-2, q. 119, a. 3).
Los sacerdotes y a fortiori, los obispos, no deben ser ni avaros, ni pródigos, sino generosos, practicando la liberalidad y la caridad, deben ser medidos en sus propios gastos, ejemplos de austeridad personal, sin ser simuladores de pobrezas. Y atención, que como ya advierte Aristóteles, “los pródigos muy fácilmente acaban en lujuriosos”.

VII. Sacrilegios y escándalos.

En estos días sacrilegios y escándalos sacuden a la Nave de Pedro, algunos muy próximos. Como miembros del Cuerpo Místico tiene que dolernos esta defección, esta enfermedad moral de alguna de sus partes. Nuestro deber es rezar por la Iglesia, que ya en la Antigüedad aparece como una anciana y que tiene muchas heridas; y por nuestros Pastores, que a veces algunos de ellos, se parecen más a lobos infiltrados en el rebaño. Y pedirle a Dios que transforme la inteligencia y el corazón de los causantes de sacrilegios y escándalos para que se arrepientan y vuelvan al redil.
Sin embargo, una sencilla comparación nos debe ubicar en la realidad eclesial. Hoy creemos que existen alrededor de 5400 obispos en todo el mundo y muchísimos sacerdotes, religiosos y laicos consagrados, cuya inmensa mayoría son fieles a su misión. No estamos peor que en los albores de la Iglesia; no estamos de ninguna manera en los porcentajes antes señalados; los cristianos hoy, a pesar del cómplice silencio mediático, enfrentan con valor la persecución en muchos países musulmanes; crecen los mártires en África y en Asia, continentes donde están el futuro y la esperanza de la Iglesia.
Sin embargo, tenemos que reconocer las defecciones, las traiciones, las confusiones, especialmente en Europa y en América toda.

VIII. Oración, sacrificio, ejemplo.

Ante esta realidad tan compleja invitamos a nuestros hermanos a la oración y al sacrificio; exigimos a nuestros Pastores que se dediquen sin descanso y con total entrega a aquello en lo que nadie los puede reemplazar: administrar los sacramentos, celebrar el Santo Sacrificio de la Misa, dar ejemplos de santidad y valentía; que acaben con sus preocupaciones mundanas y los diálogos estériles; que enseñen la palabra de Dios y el amor a Jesucristo; la pedagogía de las Sagradas Escrituras es clarísima. Así, por ejemplo, donde hoy el mundo dice “emparejamiento” o “inicio de relación convivencial”, la palabra de Dios manda: no fornicar; así donde hoy se dice “matrimonio entre personas del mismo sexo”, San Pablo afirma: “los entregó Dios a pasiones infames: invirtieron las relaciones naturales por otras contra la naturaleza… no solamente las practican, sino que aprueban a quienes las cometen” (Romanos, 1, 26 y 32).
Y como esos Pastores, “perros mudos”, en general no lo hacen, es nuestro deber aclarar las cosas y renovar nuestro compromiso; pedirle a Dios que a través de la Virgen María, la “Omnipotencia suplicante, que fortifique nuestra Fe y la de tantos hermanos confundidos por los malos ejemplos y sumidos en la duda; aumente nuestra Esperanza y avive el fuego de nuestra Caridad.

Buenos Aires, junio 25 de 2012.

Bernardino Montejano, Presidente.

Gerardo Palacios Hardy, Vicepresidente.

El llamado de la Creación.

Interroga a la belleza de la tierra, interroga a la belleza del mar, interroga a la belleza del aire que se dilata y se difunde, interroga a la belleza del cielo [...] interroga a todas estas realidades. Todas te responde: Ve, nosotras somos bellas. Su belleza es su proclamación (confessio). Estas bellezas sujetas a cambio, ¿quién las ha hecho sino la Suma Belleza (Pulcher), no sujeta a cambio?”

San Agustín, Sermo 241, 2: PL 38, 1134.

El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad: El lebrel del cielo.



El lebrel del cielo, el poema religioso más importante de los tiempos modernos y uno de los más grandes de todos los tiempos, se produjo en ciertas condiciones históricas peculiares que acentúan su singularidad. En primer lugar, el poema religioso lo es no sólo en sentido real sino también en lo que algunos llamarían el sentido limitado.
Actualmente, se usa la palabra «religión» en una forma expansiva o telescópica, a veces inevitable, a veces casi intolerable. Se la aplica a distintos dominios de la emoción, o de la especulación espiritual, que limitan más o menos con la religión misma; se aplica a otras cosas que son casi idénticas a la religión. Pero el límite entre la expansión legítima e ilegítima de una palabra es tan difícil de trazar, que hay muy poco que ganar en discutirlo, excepto esa simple discusión sobre una palabra que se llama logomaquia. Siempre hay discusiones respecto de una definición o excepciones a una regla. El gran principio de que Pigs es Pigs no impide la existencia de lingotes de hierro[1], o que los caníbales digan que un hombre es un cerdo largo.
Todos conocemos al hombre práctico, al escéptico de la multitud, al ateo, que se jacta de llamar al pan, pan, y al vino, vino. Pero hasta él puede tener que vérselas con el hombre culto y sofisticado que le probará que, aun en el caso del as de espadas que él presenta cuando juega al póquer, la azada no es en realidad una azada, pues la palabra deriva de la española espada.[2] 
En cuanto nos ponemos sutiles y discutimos sobre lo que las palabras tendrían que significar, o pueden querer significar, nos encontramos en un mundo de palabras, sumamente aburridor para quienes se ocupan del mundo de los pensamientos. Para éstos, será suficiente comprender que, sin duda, fue y es cierta cosa, a la que nuestros padres encontraron más práctico atribuir y limitar el nombre de religión; que reconocieron que el asunto tenía muchas formas y que había muchas religiones; que estaban igualmente seguros de qué cosas no eran religiones, en las que se incluía mucho de aquello que los modernos moralistas llaman una vida religiosa más amplia.
Reconocían una religión protestante y una religión católica, y posiblemente creían que una de las dos era la verdadera; reconocían una religión musulmana, aunque la creyeran falsa; reconocían una religión judía, que una vez fue la verdadera y por una traición se había convertido en falsa; y así sucesivamente. Pero no reconocían una religión de Humanidad; o una «religión de la Fuerza Vital»; o una religión de la evolución creadora; o una religión que tiene el objeto de producir, finalmente, un dios aún inexistente. Y la distinción se mantiene mejor que nada notando estos ejemplos que tratan de fijar las evasiones fugaces de los sofistas verbales de hoy.
Lo que queríamos significar al decir que El lebrel del cielo es un verdadero poema religioso es simplemente que no tendría sentido si supusiéramos que se refiere a cualquiera de esas abstracciones modernas o a cualquier cosa que no sea un Creador personal en relación con una criatura personal. Puede ser, y realmente es, una actitud generosa y caritativa contemplar todas las multitudes de hombres con simpatía y lealtad social. Pero no eran las multitudes de hombres quienes perseguían al héroe de este poema «todas las noches y todos los días». Puede ser bueno para los hombres aguardar ansiosamente que la humanidad produzca algún día algún ser superior, dentro de miles de años, que será como un dios comparado con la masa común de los hombres. Mas no era ninguna persona superior nacida de mil años a esta parte quien arrojó al pecador de este cuento de refugio en refugio. No huía de la Fuerza Vital, de un simple resumen de toda la vitalidad natural, que estaría igualmente expresada en el perseguido o en el perseguidor. Pues exige igual Fuerza Vital huir de alguien que perseguirlo. No escapa raudamente de un lento proceso de adaptación llamado evolución, como un hombre perseguido por un tortuga. No lo preocupa una transformación biológica gradual, por la cual un sabueso del Paraíso podría convertirse en un sabueso del Infierno. Tenía que vérselas con las relaciones individuales directas de Dios y Hombre, y la historia carecería totalmente de sentido para quien pensara que el servicio al Hombre es un sustituto del servicio a Dios.
Es aquí donde la costumbre práctica del discurso, entre nuestros religiosos antepasados de todas las religiones, prueba su validez y su veracidad. Francis Thompson era católico, muy católico. En ciertos aspectos del arte, de la poesía y la pompa, el católico se acerca al pagano; en ciertos aspectos de la filosofía y la lógica (aunque esto se comprende muy poco), tiene más simpatía por el escéptico o el agnóstico. Pero, en el sólido hecho central del tema o de la materia de que se trata, sigue siendo algo completamente apartado de los escépticos y hasta de los paganos; y todos los cristianos forman parte de él. Un miembro perfectamente sencillo y sincero del Ejército de Salvación sabe de qué trata El lebrel del cielo, aunque lo conozca mejor sin leerlo, y reconocerá su teología central con la misma rapidez que el Papa. Sin embargo, el simple humanista, el simple humanitarista, el admirador universal del arte, el que patrocina todas las religiones, nunca sabrá de qué trata, pues nunca ha estado tan cerca de Dios como para huir de Él.
El siguiente punto de interés es que este poema de religión puramente personal, tan devoto, tan dogmáticamente ortodoxo, apareció en el momento en que menos se lo podía esperar, y al término de un proceso histórico que en apariencia lo hacía imposible.
El siglo XIX había sido, por lo menos en apariencia, una triunfal sucesión de progresos, que se alejaba de estas relaciones teológicas, que se consideraban estrechas, hacia ideales de hermandad o vida natural que parecían ser más amplios. Podríamos decir que los poetas habían encabezado la procesión, pues, a comienzos del siglo XIX, Shelley, Landor, Byron y Keats se habían inclinado de diversas maneras hacia un paganismo panteísta; Víctor Hugo continuó la tendencia en Europa y Walt Whitman en América. Por supuesto, hubo corrientes cenizadas y confusiones continuas. Hasta un llamado al panteísmo es parecido a un llamado al teísmo, y fue difícil imitar a los paganos sin descubrir, como san Pablo, que eran muy religiosos. La contradicción apareció de manera caprichosa en el caso de Swinburne, que siempre trató de probar que era ateo invocando a diez dioses distintos en un estilo copiado exactamente del Antiguo Testamento.
Generalizando, no obstante, recuerdo bastante bien las curiosas condiciones culturales en que surgió el genio de Francis Thompson; pues aunque era un muchacho en aquella época, a veces un joven puede absorber la atmósfera de un sociedad con el mismo instinto subconsciente sutil con que un niño puede absorber la atmósfera de una casa. Leí a todos los poetas menores; y era, especialmente, una época de poetas menores. Lo curioso es que Francis Thompson era considerado, criticado, apreciado o admirado como uno de los poetas menores. Reconozco que Richard Le Gallienne, que es uno de los sobrevivientes de aquella época, se defendía con espíritu, pero con cierto aire de audacia, del cargo de exageración que le hacían por decir que los poemas de Thompson tenían una riqueza isabelina y a veces casi un esplendor shakespiriano. Le Gallienne tenía mucha razón; pero lo trascendente es que su defensa era una defensa en general de los poetas menores, y de este poeta como tal. Al mundo en general no se le había ocurrido pensar que Francis Thompson era un poeta mayor, hasta podríamos decir un profeta mayor. En todo ese mundo de la cultura, reinaba una atmósfera de paganismo que se iba desgastando. Pero casi nadie pensó que el futuro de la poesía fuera otra cosa que un futuro de paganismo. Fue entonces, en el silencio que, lentamente, se hacía más profundo, como en el poema de Conventry Patmore, cuando se oyó por primera vez, muy lejano, el aullido de un lebrel.
Eso es lo principal de la obra de Francis Thompson; es aun más importante que su colorido aparato escénico de imágenes y palabras. El despertar de los domini canes, los Perros de Dios, significó que otra vez había comenzado la cacería, la cacería de las almas de los hombres, y que la religión de tipo realista no estaba muerta. En el poema de Patmore, el perro es un «viejo lebrel guardián»; y podemos decir, sin irreverencia, que la primera impresión o lección fue que el perro viejo todavía vive. En todo caso, fue un suceso de la historia, tanto como un suceso de la literatura, cuando la religión personal regresó de súbito con algo del poder de Dante o de Dies Irae, al cabo de un siglo durante el cual tal religión se había ido debilitando cada vez más, y cuando religiones cada vez más impersonales parecían ir tomando posesión del futuro.
Y aquellos que comprenden mejor al mundo saben que el mundo ha cambiado y que la cacería continuará hasta que todo el mundo esté acosado.

G. K. Chestreton, tomado de Conoze.

Notas:
[1] El autor juega con las palabras pig, «cerdo» y pig-iron, «lingotes de hierro». (N. del T.)
[2] Azada se dice spade en inglés, al igual que el palo de la baraja correspondiente al de espada de la baraja española. (N. del T)


El lebrel del cielo.
versión en español de Carlos A. Sáenz.

Le huía noche y día
a través de los arcos de los años,
y le huía a porfía
por entre los tortuosos aledaños
de mi alma, y me cubría
con la niebla del llanto
o con la carcajada, como un manto.

He escalado esperanzas,
me he hundido en el abismo deleznable,
para huir de los Pasos que me alcanzan:
persecución sin prisa, imperturbable,
inminencia prevista y sin contraste.
Los oigo resonar... y aún más fuerte
una Voz que me advierte:
-“Todo te deja, porque me dejaste”.

Golpeaba las ventanas
que ofrecen al proscrito sus encantos
y temblando de espanto
pensaba que el Amor que me persigue,
si al final me consigue,
no dejará brillar más que su llama;
y si alguna ventana se entreabría,
el soplo de su acceso la cerraba.
El miedo no alcanzaba
a huir cuanto el Amor me perseguía.

Me evadí de este mundo;
violé la puerta de oro de los cielos,
pidiendo amparo a sus sonoros velos,
y arranqué notas dulces y un profundo
rumor de plata al astro plateado.
Al alba dije “Ven”; “ven”, a la tarde,
“escondedme de aqueste Enamorado
de miedo que me aguarde”.
Tenté a sus servidores,
y sólo hallé traición en su constancia.
Para Él la fe; de mí perseguidores
con falsa rectitud y leal falacia.

Pedí volar a todo lo ligero,
asiéndome a las crines del pampero,
y aunque se deslizaba
por la azul lejanía,
y el trueno hacía resonar su carro,
y zapateaba el rayo,
el miedo no alcanzaba
a huir cuanto el Amor me perseguía.
Persecución sin prisa, imperturbable,
majestuosa inminencia. En las veredas
dejan los Pasos que la Voz me hable:
- “Nada te hospedará si no me hospedas”

Ya no busco mi sueño interrogando
un rostro de hombre o de mujer, mas quedan
los ojos de los niños esperando:
hay algo en ellos para mí de veras.
Y cuando mi ansiedad se prometía
el dulce despertar de una respuesta,
los ángeles venían
y los llevaban por la senda opuesta.
“Venid (clamaba), dadme la frescura
de la Naturaleza
que guardan vuestros labios de pureza;
dejadme juguetear en las alturas;
habitar el palacio
azul de vuestra Madre, cuyas trenzas
vagan por el espacio,
y beber como un llanto de ambrosía
el rocío del día”.

Y al fin lo conseguí: fui recibido
En su dulce amistad, y abrí el sentido
de los matices de la faz del cielo,
de la nube naciente entre los velos
de la espuma del mar. Nací con ella
para morir con todo lo escondido.
Me conformé a sus huellas.
Supe caer cuando la tarde cae
al encender sus lámparas de duelo,
y reír con la aurora de ojos suaves,
y llorar con la lluvia de los cielos,
y hacer mi corazón del sol gemelo.

Pero ¡qué inútilmente!
Imposible entender lo que otro siente.
Las cosas hablan un lenguaje arcano,
incomprensible; es un silencio vano
para mi inteligencia. Aunque pudiera
prenderme de sus pechos como un niño,
seguiría mi sed de otro cariño.
Y noche a noche afuera
oigo los Pasos que me dan alcance
con medida carrera,
deliberado avance,
majestad inminente,
que deja oír la Voz de la otra parte:
- “Nada podrá llegar a contentarte
mientras no me contentes”.

Espero el golpe de tu amor, inerme.
Pieza a pieza rompiste mi armadura.
De rodillas estoy, y dudo al verme
despierto y despojado.
La fuerza juvenil de mi locura
sacudió las columnas de las horas,
y mi vida es un templo desplomado;
montón de años, multitud de escombros
el ayer y el ahora.
Los sueños mismos se han evaporado,
y mis días son polvo.
Las fantasías con que ataba el mundo
me abandonan : son cuerdas muy delgadas
para alzar una tierra recargada
por el dolor profundo.
¡ Ay! que tu amor es hierba de dolores
que sólo deja florecer sus flores.
¡Oh imaginero eterno, es suficiente!
Tú quemas el carbón con que dibujas.
Mi juventud es fuga de burbujas;
mi corazón la fuente
quebrada,
donde no queda nada
del llanto de mi mente.

¡Sea! mas ¿qué amargura
si la pulpa es amarga, me deparan
las heces? Lo vislumbro en la fisura
del telón de las nubes que rasgara_
el sonar de las trompas celestiales.
Aun sin poder reconocer sus reales,
su púrpura, su cetro, su guarida,
le conozco y le entiendo. Se apresura;
quiere mi corazón, quiere mi vida,
quiere mi podredumbre,
quiere mi oscuridad para su lumbre.

Ya la persecución está lograda.
Y la Voz como un mar en torno fluye:
-¿Crees que la tierra gime destrozada?
Todo te huye, porque tú me huyes.

¡Extraña, fútil cosa, miserable!
dime, ¿cómo podrías ser amada?;
¿no he hecho ya demasiado de tu nada
para hacerte sin mérito, aceptable?
Pizca de barro, ¿acaso tú no sabes
cuán poco amor te cabe?
¿Quién hallarás que te ame? Solamente
yo, que cuanto te pido te he quitado,
para que me lo pidas de prestado
y lo dé misericordiosamente.

Lo que tú crees perdido está en mi casa
levántate, toma mi mano y pasa.
Los Pasos se han quedado junto al vano.
Acaso ¡oh tú, tiniebla que me ofusca
seas sólo la sombra de Su mano!
-“Oh loco, ciego, enfermo que te abrasas,
pues buscas el amor, a mí me buscas,
y lo rechazas cuando me rechazas”.

Francis Thompson (1859 - +1907).