lunes, 23 de julio de 2012

De los hombres perseguidos.


«Muchas veces permite también la divina Providencia que hombres justos sean desterrados de la Iglesia católica por causa de alguna sedición muy turbulenta de los carnales. Y si sobrellevaren con paciencia tal injusticia o contumelia, mirando por la paz eclesiástica, sin introducir novedades cismáticas ni heréticas, enseñarán a los demás con qué verdadero afecto y sincera caridad debe servirse a Dios. El anhelo de tales hombres es el regreso, pasada la tempestad, o, si no les consiente volver, porque no ha cesado el temporal o hay amago de que se enfurezca más con su retorno, se mantienen en la firme voluntad de mirar por el bien de los mismos agitadores, a cuya sedición y turbulencia cedieron, defendiendo hasta morir, sin originar escisiones, y ayudando con su testimonio a mantener aquella fe que saben se predica en la Iglesia católica. A éstos corona secretamente el Padre, que ve lo interior oculto. Rara parece esta clase de hombres, pero ejemplos no faltan, y aun son más de lo que puede creerse. Así, la divina Providencia se vale de todo género de hombres y de ejemplos para la salud de las almas y la formación del pueblo espiritual».
San Agustín , “De la verdadera religión”.

domingo, 22 de julio de 2012

Los nuevos dogmas según Gerhard Müller.



El nuevo encargado de la guarda de la Fe, según las autoridades Vaticanas, respondiendo a la FSSPX, ha declarado al diario Sueddeutsche Zeitung, sobre los “nuevos dogmas” que hay que tener en cuenta para pertenecer a la Iglesia “católica” conciliar que se tienen que aceptar la “libertad religiosa”, el judaísmo (en el sentido deformado de la declaración Nostra Aetate) y los llamados “Derechos Humanos” (según la ideología de la masonería). Aquí está la noticia al respecto:

Munich (kath.net / CBA) Las declaraciones del Concilio (Vaticano II) sobre la libertad religiosa, el judaísmo y los derechos humanos eran “implicaciones dogmáticas”.

El jefe de la Congregación para la Doctrina de la Fe monseñor Gerhard Ludwig Müller, ha dicho que el Concilio Vaticano II es obligatorio para un posible acuerdo con la ultra-conservadora Fraternidad San Pío X. Las declaraciones del Concilio relativas a la libertad religiosa, el judaísmo y los derechos humanos “tenían implicaciones dogmáticas”, le dijo al “Sueddeutsche Zeitung” (este sábado). “No se puede rechazar, sin comprometer la fe católica”. [subrrayado nuestro]

La actitud de Roma hacia los tradicionalistas es obvia. “Tenemos que esperar y ver lo que viene de la declaración oficial de la Fraternidad San Pío X”, dijo el arzobispo.

Declaración del Capítulo General de la FSSPX.



Al término del Capítulo  General de la   Fraternidad Sacerdotal San Pío X, reunidos en torno a la  tumba de su venerado fundador, Mons. Marcel Lefebvre, y unidos a su Superior  General, nosotros los participantes, obispos, superiores y miembros más  antiguos de la Fraternidad,  queremos hacer llegar al cielo nuestras más vivas acciones de gracias por los  cuarenta y dos años de tan maravillosa protección divina sobre nuestra obra, en medio de una Iglesia en total crisis y de un mundo que se aleja cada día más de  Dios y de su ley.

Expresamos nuestra profunda gratitud a todos los miembros de la Fraternidad,  sacerdotes, hermanos, hermanas, terciarios, a las comunidades religiosas  amigas, así como a los queridos fieles por su dedicación diaria y por sus  fervientes oraciones con motivo de este Capítulo, que conoció intercambios  francos y un trabajo fructífero. Todos los sacrificios, todas las penas  aceptadas generosamente contribuyeron sin duda a superar las dificultades que la Fraternidad ha  enfrentado últimamente. Hemos vuelto a encontrar nuestra unión profunda en su  misión esencial: mantener y defender la fe católica, formar buenos sacerdotes y  trabajar en la restauración de la Cristiandad. Hemos definido y aprobado las  condiciones necesarias para una eventual normalización canónica. Se estableció  que en este caso, un Capítulo extraordinario deliberativo sería convocado de  antemano. Pero nunca hay que olvidar que la santificación de las almas siempre  comienza por nosotros mismos. Es la obra de una fe animada y operante por medio  de la caridad, según las palabras de San Pablo: “Porque  no tenemos ningún poder contra la verdad, la tenemos solamente por la verdad” (2 Cor. 13:8) y además: “Cristo  amó a la Iglesia  y se entregó a sí mismo a ella… para que sea santa e inmaculada.” (Ef. 5:25 s)
El Capítulo considera que el primer deber de la Fraternidad en el  servicio que tiene la intención de prestar a la Iglesia es continuar  profesando, con la ayuda de Dios, la fe católica en toda su pureza e  integridad, con una determinación proporcionada a los ataques que esta misma fe  no deja de sufrir hoy.
Por lo tanto, nos parece oportuno reafirmar  nuestra fe en la   Iglesia Católica Romana, única Iglesia fundada por Nuestro  Señor Jesucristo, fuera de la cual no hay salvación, ni posibilidad de  encontrar los medios que conducen a ésta; en su constitución monárquica,  querida por Nuestro Señor, que hace que el poder supremo de gobierno sobre toda  la Iglesia  recaiga sólo sobre el Papa, Vicario de Cristo en la tierra; en la realeza  universal de Nuestro Señor Jesucristo, creador del orden natural y  sobrenatural, al cual todo hombre y toda sociedad debe someterse.
Sobre todas las innovaciones del Concilio  Vaticano II que permanecen manchadas de errores y sobre las reformas que de él  han salido, la Fraternidad  sólo puede continuar adhiriendo a las afirmaciones y enseñanzas del Magisterio  constante de la Iglesia;  ella encuentra su guía en este Magisterio ininterrumpido que, por su acto de  enseñanza, transmite el depósito revelado en perfecta armonía con todo lo que la Iglesia toda ha creído  siempre y en todo lugar.
Asimismo, la Fraternidad encuentra  su guía en la Tradición  constante de la Iglesia  que transmite y transmitirá hasta el final de los tiempos el conjunto de las  enseñanzas necesarias para mantener la fe y para la salvación, esperando que un  debate franco y serio sea posible, teniendo como finalidad el retorno de las  autoridades eclesiásticas a la   Tradición.
Nos unimos a los otros católicos perseguidos  en los distintos países del mundo que sufren por la fe católica, y muy a menudo  hasta el martirio. Su sangre derramada en unión con la Víctima de nuestros  altares es la garantía de la renovación de la Iglesia in  capite et membris [En  la cabeza y en sus miembros], de acuerdo con el viejo adagio “sanguis martyrum  semen christianorum” [La sangre de los mártires es semilla de cristianos].
Finalmente  nos dirigimos a la Virgen   María, tan celosa de los privilegios de su Divino Hijo,  celosa de su gloria, de su Reino en la tierra como en el Cielo. ¡Cuántas veces  ella ha intervenido en la defensa, incluso armada, de la Cristiandad contra los  enemigos del reino de nuestro Señor! Le suplicamos que intervenga hoy para  expulsar a los enemigos internos que tratan de destruir la Iglesia más radicalmente  que los enemigos externos. Que ella se digne mantener en la integridad de la  fe, en el amor de la Iglesia,  en la devoción al Sucesor de Pedro, a todos los miembros de la Fraternidad San  Pío X y a todos los sacerdotes y fieles que trabajan con los mismos  sentimientos, para que ella nos proteja y nos preserve tanto del cisma como de  la herejía.
Que San Miguel Arcángel nos comunique su  celo por la gloria de Dios y su fuerza para combatir al demonio.
Que San Pío X nos haga partícipes de su  sabiduría, de su ciencia y de su santidad para discernir la verdad del error y  el bien del mal, en estos tiempos de confusión y de mentiras.” (Mons. Marcel  Lefebvre, Albano, 19 de octubre de 1983).

Ecône, 14 de julio 2012

Fuente: Dici

lunes, 16 de julio de 2012

O catolicismo o liberalismo: No es posible la conciliación.




“La última proposición condenada en el Syllabus dice lo siguiente:
El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo, y la civilización moderna.
Condenada esa proposición como errónea, resulta verdadera la contraria, o sea que el Romano Pontífice ni puede ni debe reconciliarse, ni transigir con el progreso, con el liberalismo y con la civilización moderna. El catolicismo, pues, del que el Papa es el jefe y cabeza, no puede reconciliarse con el liberalismo; son incompatibles. Esta condenación solemne es ya suficiente prueba para todo católico; empero, a mayor abundancia, citaremos lo que más hace al caso de la Alocución y del Breve que dijimos.
El 17 de septiembre de 1861 después del decreto relativo a la canonización de los veintitrés mártires franciscanos del Japón, dijo Pío IX lo siguiente:
En estos tiempos de confusión y desorden, no es raro ver a cristianos, a católicos –también los hay en el clero- que tienen siempre las palabras de término medio, conciliación, y transacción. Pues bien, yo no titubeo en declararlo: estos hombres están en un error, y no los tengo por los enemigos menos peligrosos de la Iglesia…Así como no es posible la conciliación entre Dios y Belial, tampoco lo es entre la Iglesia y los que meditan su perdición. Sin duda es menester que nuestra fuerza vaya acompañada de prudencia, pero no es menester igualmente, que una falta de prudencia nos lleve a pactar con la impiedad…No, seamos firmes: nada de conciliación; nada de transacción vedada e imposible.
El Breve que hemos prometido citar, es el que el mismo Pío IX dirigió al presidente y socios del Círculo de San Ambrosio de Milán en 6 de marzo de 1873, donde dice lo siguiente:
Si bien los hijos del siglo son más astutos que los hijos de la luz, serían sin embargo menos nocivos sus fraudes y violencias, si muchos que se dicen católicos no les tendiesen una mano amiga. Porque no faltan personas que, como para conservarse en amistad con ellos, se esfuerzan en establecer estrecha sociedad entre la luz y las tinieblas, y mancomunidad entre la justicia y la iniquidad, por medio de doctrinas que llaman católico-liberales, las cuales basadas sobre principios perniciosísimos adulan a la potestad civil que invade las cosas espirituales, y arrastran los ánimos a someterse, o a lo menos, a tolerar las más inicuas leyes, como si no estuviese escrito: ninguno puede servir a dos señores. Estos son mucho más peligrosos y funestos que los enemigos declarados, ya porque sin ser notados, y quizá sin advertirlo ellos mismos, secundan las tentativas de los malos, ya también porque se muestran con apariencias de probidad y sana doctrina, que alucina a los imprudentes amadores de conciliación, y trae a engaño a los honrados, que se opondrían al error manifiesto.
(…) Yo, haciendo mías las palabras de Pío IX, y aplicándolas a nuestra actual situación, concluyo este apartado diciendo: Nos hallamos en días de confusión y desorden, y en estos días se han presentado hombres cristianos, católicos –también un sacerdote- lanzando a los cuatro vientos palabras de término medio, de transigencia, de conciliación. Pues bien, yo tampoco titubeo en declararlo: esos hombres están en un error, y no los tengo por los enemigos menos peligrosos de la Iglesia. No es posible la conciliación entre Jesucristo y el diablo, entre la Iglesia y sus enemigos, entre catolicismo y liberalismo. No; seamos firmes: nada de conciliación; nada de transacción vedada e imposible. O catolicismo o liberalismo. No es posible la conciliación.”

San Ezequiel Moreno, Pasto, Colombia, 29 de octubre de 1897.

miércoles, 11 de julio de 2012

Cicatrices. Frase de Leonardo Castellani.



“[Dios] no nos pedirá cuentas de las batallas ganadas, sino de las cicatrices de la lucha”.

Leonardo Castellani

lunes, 9 de julio de 2012

La populachería.


“Lo que nosotros vemos con nuestros ojos es al vulgo que ha invadido todo y ha impuesto sus ideas, sus maneras de ver y sus costumbres, y gobierna como nunca ha gobernado, en forma inmediata y brutal... por medio de sus representantes; los cuales tienen que halagarlo para poder gobernar. Lo que vemos es que la populachería lo va tiñendo todo, incluso en parte a la religión, la cual se ve obligada a juntar grandes masas devotas, conmovidas por un instante.”
Leonardo Castellani

domingo, 8 de julio de 2012

La Iglesia sobrevivirá al Presidente Obama.



El Obispo de Peoria, Illinois (Estados Unidos), Mons. Daniel Jenky, afirmó que en toda la historia de la Iglesia, supo sobrevivir a las embestidas que causaron las tempestades de la historia, incluidos los del nazismo y del comunismo. Y sobrevivió, por lo que también sobrevivirá al régimen anticristiano del presidente estadounidense Barack Obama.

Pero, aunque le Iglesia no sólo está atacada por los agentes externos, como los gobiernos anticristianos de turno, sino también por el mismo modernismo y progresismo que desde hace ya mucho tiempo está corrompiendo y debilitando las almas de muchos de los hombres de Iglesia, esta sobrevivirá. A pesar de todos esos ataques, internos y externos, la Iglesia sobrevivirá porque tiene la promesa de Su mismo Fundador. A pesar de que la masonería ha logrado inculcar su pensamiento en muchos eclesiásticos, esta sobrevivirá. Y a pesar de que la Tradición católica parezca estar desapareciendo por culpa de esos mismos hombres de Iglesia, esta sobrevivirá hasta el fin de los tiempos.
La persecución, como la que está comenzando a sufrir la Iglesia en los Estados Unidos bajo el gobierno de Obama, hace que los cristianos adormecidos pero sinceros, comiencen a despertar de su sueño y empiecen a reaccionar. Estas persecuciones, también pueden despertar a los católicos y mostrarles claramente también a los enemigos internos que hoy son la causante de tantos males en el mundo.

Una cosa interesante de la cual habla el Obispo de Illinois, es de la perversidad de Hollywood, cosa que muchos no parecen ver. Hollywood es la fuente de toda la cultura anticatólica y su influyente poder cultural, destruye, inyectando todas las mentiras posibles sobre la Iglesia y el catolicismo, a las almas desprovistas de una verdadera formación.

Visto en Aciprensa.

La Dignitatis Humanae y el Magisterio ordinario.



Los modernistas «rinden culto a la libertad en vez de la verdad». «La velantía cristiana es una virtud cardinal que se llama fortaleza» (A. Ottaviani)

¿Culto a la libertad o a la verdad?

El 2 de marzo de 1953 el cardenal Alfredo Ottaviani impartió una conferen­cia en la Universidad Lateranense titulada Los deberes del Estado Católico para con la religión, que publicó aquel mismo año la librería de dicha universidad pontificia. Tal conferencia resumía las enseñanzas que había impartido el autor en esa universi­dad durante varios años, las cuales se re­cogieron en los tres volúmenes de las Institutiones luris Publici Ecclesiastici (Ciudad del Vaticano, ed. Typis Polyglottis Vaticanis, 1936) y luego se condensaron en el Compendium luris Publici Ecclesiastici, en un solo tomo, que fue publicado por la misma editorial en 1938 (*).
El purpurado, que había ascendido en el ínterin a proprefecto de la Sagrada Con­gregación del Santo Oficio, quiso compen­diar en la conferencia que tratamos, que se volvió celebérrima, la enseñanza católica tradicional sobre las relaciones entre el Estado y la Iglesia. Esta enseñanza fue su caballo de batalla, durante los trabajos del Concilio Vaticano II, contra la “libertad religiosa” que sostenía el cardenal Augustin Bea, a la cual Alfredo Ottaviani oponía, en conformidad con la Tradición, la “tole­rancia religiosa”. Por desgracia, el esque­ma de Bea prevaleció en virtud del apoyo de Juan XXIII primero y de Pablo VI des­pués, y se convirtió en la declaración Dignitatis personae humanae.
La cuestión no era accidental o de es­casa importancia en el conjunto de la doctri­na católica. Los Padres de la Iglesia, los doctores, los papas, los teólogos y los canonistas se habían pronunciado de modo sustancialmente idéntico al respecto hasta el Vaticano II, el cual, por eso, cuando ha­bló del “derecho a profesar religiones fal­sas”, rompió objetivamente con la Tradi­ción, que habla tocante a ellas sólo de “to­lerancia práctica, no de principio”.
Ottaviani sabía que ya en 1953 se di­fundían también en esta materia teorías an­taño condenadas por la Pascendi, y que por eso la encíclica Humani Generis de Pío XII había condenado la nouvelle théologie, el 12 de agosto de 1950, en tanto que neo-modernismo o reviviscencia del modernis­mo. Así fue como el cardenal del Santo Oficio pronunció la conferencia en cues­tión para corroborar la doctrina católica sobre las relaciones Iglesia-Estado y con­denar las novitates del catolicismo liberal o modernismo social renaciente.

Actualidad e importancia del problema.

El cardenal Ottaviani lamentaba en su conferencia que el “derecho público ecle­siástico”, o sea, la doctrina concerniente a las relaciones entre el Estado y la Iglesia, entre el poder político o temporal y el po­der religioso o espiritual, no saliera ya de las aulas de las universidades pontificias para informar las mentes de los legislado­res y de los fieles seglares. Constataba, en cambio, que «la prensa no habla de ella por principio, como que está dirigida por hombres que rinden culto a la libertad en lugar de a la verdad» (ivi).
Insistía por eso en la urgente necesidad de «divulgarla en el seno de todos los gru­pos sociales» (ibidem, p. 6). Invitaba a plantear el problema de las relaciones en­tre el Estado y la Iglesia «apertis verbis [en términos claros], ampliamente y, so­bre todo, sin miedo. La valentía cristiana es virtud cardinal que se llama fortale­za» (p. 4); y el cristiano debe imitar a Je­sús, el cual vino “para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37), lo único que nos hará libres. Sin verdad no hay auténtica liber­tad, sino esclavitud y timor mundanus o respetos humanos, que denotan falta de co­raje y de fortaleza.

Los enemigos declarados, menos peligro­sos que los falsos amigos

El cardenal Ottaviani no se asombra de que los enemigos de la Iglesia combatan su misión negando sus facultades, en espe­cial el derecho a informar la legislación civil según el espíritu cristiano (p. 5), pero prosigue: «surge, en cambio, en nosotros un asombro que crece hasta el estupor y se trueca en tristeza desgarradora cuan­do son los propios hijos de la Iglesia (...) los que intentan arrancarle las armas es­pirituales de la verdad y de la justicia» (p. 5). Mas ya veremos que, como decía Hamlet, “hay mucha lógica en esta locura”.
La Iglesia que fundó Jesús es una so­ciedad espiritual perfecta, esto es, contie­ne tanto el elemento espiritual sobrenatu­ral como el jurídico. De ahí que no se deba contraponer, prosigue el cardenal, la “Igle­sia pneumática o carismática” a la “Iglesia del derecho” porque la naturaleza del de­recho eclesiástico y la estructura jerárqui­ca o societaria de la Iglesia no están en contradicción con su naturaleza espiritual y sacramental. La Iglesia es el “cuerpo [so­ciedad jurídica] místico [sobrenatural y espiritual] de Cristo” (Pío XII, encíclica Mystici Corporis, 1943), y Cristo la fundó sobre Pedro y sobre sus sucesores como «una sociedad perfecta en su género, y provista de todos los medios sociales y jurídicos necesarios para perpetuar en la tierra la obra de la redención» (p. 6).

Valor del magisterio ordinario.

El católico actual, comentaba a la sa­zón el cardenal, es parangonable al «delicatus miles [soldado afeminado] que quiere vencer sin combatir» (p. 6), o al «inge­nuo que acepta la mano tendida insidio­samente sin darse cuenta de que dicha mano lo arrastrará luego a cruzar el Rubicán hacia el error y la injusticia. El primer error de éstos no es otro que el de no aceptar plenamente las arma veritatis [armas de la verdad]» (p. 6), que son las enseñanzas del magisterio, aun del ordina­rio, referentes al derecho público eclesiás­tico. Dichas enseñanzas fueron imparti­das sobre todo por los pontífices roma­nos, en particular por los papas que se sucedieron desde Gregorio XVI a Pío XII, quienes aprovechaban para propor­cionarlas las ocasiones que les brinda­ban sus pronunciamientos contra el libe­ralismo católico.
Cierto historicismo pretende relativizar, según parece, las enseñanzas del magiste­rio constante y tradicional de los papas al ligarlas a unos momentos históricos deter­minados, los cuales, en su opinión, absor­bieron y subjetivizaron las doctrinas u ob­jetos enseñados por el magisterio. Arguye, por ejemplo, que en el siglo XIX, dada la situación particular de la Iglesia, Pío IX debió escribir el Sílabo (1864), así como León XIII tuvo que hacer lo propio con la Immortale Dei (1885); mas hoy, sigue di­ciendo, las condiciones históricas han cam­biado, y por eso lo que ayer era verdad hoy ya no lo es porque ha cambiado con la mudanza de los tiempos. ¡No!, objeta el pur­purado. La verdad y la doctrina no cam­bian como un vestido que pasa de moda con el correr de los años. La doctrina si­gue siendo la misma sustancialmente, aun­que accidentalmente pueda ser ahondada, si bien siempre eodem sensu eademque sententia, es decir, de manera homogénea, no contradictoria. Así, pues, la condena del catolicismo liberal o neomodernismo so­cial sigue siendo especulativamente ver­dadera hoy como ayer, igual que dos y dos son cuatro. Y ello aun si en la práctica no puede aplicarse el derecho público ecle­siástico del mismo modo en todas las épo­cas. Es sólo una cuestión de aplicación de principios inmutables de suyo a casos con­cretos y particulares que pueden requerir cierta prudencia así como una atenuación en la praxis, mas nunca un cambio doctri­nal.

Los deberes del estado católico.

En los países de población de absoluta mayoría católica, el estado debe procla­mar en la constitución a la religión católi­ca como religión única del Estado (p. 10), tal y como sucedía en España e Italia. Por desgracia, se lamentaba el purpurado, al­gunos católicos consideran “anacrónica” esta doctrina (p. 8). Son éstos los católi­cos liberales o modernistas sociales, que consideran, contrariamente al magisterio constante de la Iglesia compendiado en el derecho público eclesiástico, que «el Es­tado, hablando con propiedad, no puede realizar un acto de religión (...) y que la obligación para el Estado de rendir culto a Dios no puede entrar nunca en la esfe­ra constitucional» (p. 8). Ahora bien, tal doctrina pugna con la tradición apostólica de la Iglesia, con el magisterio tradicional de los papas y con la enseñanza y la unani­midad de pareceres de los Padres eclesiás­ticos al interpretar los pasajes de la Sa­grada Escritura que hablan del poder tem­poral y del espiritual. Además, la nueva y heterodoxa doctrina católico-liberal y socialmodernista contradice también a la recta y sana razón humana, que prueba que el hombre es por naturaleza un “animal so­cial” (Aristóteles y Sto. Tomás); de ahí que la sociedad esté obligada, como el indivi­duo, a tributar a Dios el culto que se le debe, según la manera en que el mismo Dios quiere que se le adore (Gregorio XVI y León XIII). Por eso escribe Ottaviani que es «del deber de los gobernantes de un estado compuesto de católicos en su casi totalidad y, por lógica consecuencia, re­gido por católicos, informar la legisla­ción en sentido católico» (p. 8).
Se echa de ver que tal doctrina, no sólo se ignora hoy, sino que tanto los gobernan­tes temporales como los espirituales la combaten adrede, como que consideran que la mejor forma de gobierno estriba en la separación de la Iglesia y el Estado. Las consecuencias prácticas son enormes y devastadoras: divorcio, aborto, eutanasia, matrimonios homosexuales legalizados, etc.
Asistimos a la subversión teórica del primer principio de la moral: malum faciendum, bonum vitandum est! ¡Hay que hacer el mal y evitar el bien! Parece una locura. Parece una locura si bien no es otra cosa que la perversión diabólica de los primeros principios, evidentes de suyo, tan­to especulativos (el principio de no con­tradicción) como prácticos (la sindéresis o primer principio de la moral). Así que con razón se cita a Hamlet: “¡Hay mucha lógica en esta locura!” Es la misma “lógi­ca” que empujó a Lucifer a gritar: non serviam! (“¡no obedeceré!”); a la serpien­te del paraíso a decir: Eritis sicut dei (“Se­réis como dioses”), y a las turbas desal­madas de los tiempos de Jesús a blasfe­mar: Nolumus Hunc regnare super nos (“No queremos que Éste reine sobre noso­tros”).
La doctrina católica inmutable es «la profesión social, no sólo privada, de la religión; la inspiración cristiana de la legislación; la defensa del patrimonio re­ligioso contra todo asalto de los que que­rrían arrancarle al pueblo el tesoro de su fe y de la paz religiosa» (p. 8). Hoy, en cambio, los prelados enseñan que es me­nester acoger a los que son “diferentes” para hacer de la Iglesia antaño católica una sociedad multiétnica, multicultural y multirreligiosa.
La consecuencia de esta doctrina dia­bólicamente falaz será la guerra civil, cul­tural y religiosa. Europa e Italia se ven “in­vadidas” por millones de moros a los que no se hace entrar a escondidas en nuestros países, dentro de algún “caballo de Troya”, sino que se les acoge con los brazos abier­tos en las estructuras de la “caritas internationalis” por quien debería defender a las ovejas del lobo en vez de entregárselas. León XIII (Immortale Dei y Libertas) y Pío XII (Summi Pontificatus) enseñaron que «no es justo atribuir los mismos de­rechos al bien y al mal, a la verdad y al error. La razón se rebela contra el pen­samiento de que, por condescender con las exigencias de una pequeña minoría, se lesionen los derechos, la fe y la con­ciencia de la casi totalidad del pueblo, y de que se traicione a éste permitiendo a los que asechan su fe crear en su seno una escisión con todas las consecuencias de la lucha religiosa».
¡Qué actuales son estas palabras cin­cuenta años después! Belenes prohibidos en Navidad, crucifijos escondidos o eli­minados para no herir la sensibilidad de la morisma, que en un futuro acaso cercano nos cortará la mano que hoy finge besar. Los jerarcas temporales y espirituales, que hoy se hallan unidos en la formación del “nuevo orden mundial”, bien merecen la calificación de “¡traidores!” que les dio el cardenal Ottaviani ya en 1953. Pero, aten­ción, queridos ministros, obispos y pontí­fices: «Con los pequeños se usará misericordia, mas los poderosos de este mundo sufrirán grandes tormentos», recuerda el cardenal Ottaviani citando la Mystici Corporis, que cita a su vez a la Sagrada Escri­tura [Sap 6, 4-10].

La condena del falso ecumenismo.

El purpurado recuerda en su conferen­cia que en 1949 se celebró en Amsterdam «una reunión de varias iglesias hete­rodoxas para hacer progresar el movi­miento ecuménico. (...) La Iglesia Católi­ca, que se sabe en la posesión tranquila de la verdad y de la unidad, lógicamente no debía estar presente para buscar allí la unión que los demás no tienen» (p. 12).
¿Cómo conciliar Asís I, II y III con tal frase, que es el eco fiel de la doctrina y de la práctica constante de la Iglesia? ¿Qué hermenéutica de la “continuidad” se podrá invocar sin cubrirse de ridículo?

En el templo y fuera del templo.

El cristianismo y la Iglesia desempeñan una función religiosa no sólo individual, sino también social. El modernismo social, en cambio, quiere, según parece, «encerrar a la Iglesia entre las cuatro paredes del templo, separando entre sí la religión y la vida social, la Iglesia y el mundo» (p. 17). El cardenal recuerda, contra esta des­viación, que la doctrina católica enseña que «la Buena Nueva se refiere a toda la re­velación, con todas las consecuencias que comporta para la conducta moral del hombre respecto de sí mismo, en la vida doméstica y en el sentido del bien de la sociedad» (p. 17). Éste es el alcance so­cial o político (no partidista) de la Iglesia.

Per crucem ad lucem! [¡Por la cruz a la luz!]

El cardenal Ottaviani concluye citando a Pío XII: «Religión y moral constituyen un todo indivisible: el orden moral, los mandamientos de Dios valen igualmente para todos los campos de la actividad humana, sin excepción alguna; la misión de la Iglesia se extiende hasta allí a don­de llegan»; por eso, «¡la Iglesia Católica no se dejará encerrar nunca entre las cua­tro paredes del templo! La separación entre la religión y la vida, entre la Igle­sia y el mundo, es contraria a la idea cristiana y católica» (p. 17; Pío XII, Discurso a los párrocos, AAS, XXXVIII, p. 187).
No por ambición de ventajas terrena­les, sino por el reinado de Cristo, prosigue el purpurado, la Iglesia «sufre, llora y vier­te su sangre. Mas la senda del sacrificio es precisamente aquella por la cual la Iglesia suele llegar al triunfo»; y cita una vez más a Pío XII: «Nos miramos hoy, amados hijos, al Hombre-Dios, nacido en una gruta para levantar de nuevo al hom­bre a aquella grandeza de la que había caído por su culpa, para volverlo a colo­car en el trono de libertad, de justicia y de honor que los siglos de los dioses fal­sos le habían negado. El fundamento de dicho trono será el Calvario; su ornamen­to no será el oro o la plata, sino la sangre de Cristo, sangre divina que hace veinte siglos que corre por el mundo (...).
¡Oh Roma cristiana! esa sangre es tu vida».

Laurentius, revista “Si Si No No” año XXII, nº 236, marzo 2012.

* [N. del E.]: esta conferencia está disponible en nuestra colección de Cuadernos Fides, n° 14, a que hacen referencia las páginas citadas. Pedidos a: Si Si No No. Aptdo. de correos 156. 28600 -Navalcarnero (Madrid). Precio: 4 • (gastos de envío incluidos).