sábado, 8 de septiembre de 2012

Pequeña biografía de Rubén Calderón Bouchet.




De cómo una moto, un chancho, una novela de Jaques Perret
y la Santa Iglesia Católica me explicaron a mi padre.

En tren de responder a la solicitud de trazar una breve biografía de mi padre, y dado que él se ha negado en toda ocasión a escribir unas pequeñas memorias, permítaseme intentar la tarea con lo que queda en mis recuerdos -probablemente traicionados por mi imaginación- y con algunos mínimos párrafos que creo descubrir autobiográficos en El último señor de Geronce y otras ficciones, adelantando que el presente se aleja en el estilo del género requerido para ser, sin más pretensión, una evocación muy personal con una cronología no muy exacta. Y una segunda advertencia; como todo homenaje que se realiza sobre un hombre de carne y hueso consiste más en el buen arte de ocultar que en el de resaltar, es necesario precisar que lo mío no constituye un homenaje -aunque ningún prurito guardo con el viril ejercicio de la admiración que todo autor contrarrevolucionario se merece en estos tiempos cobardes- y por tanto muestra al hombre tal cual fue para mí, sin ocultación de ninguna especie.
Y por ello voy a comenzar con un paseo en moto. Una flamante moto Douglas tres cincuenta del cuarenta y dos, de dos cilindros opuestos, que con ruido a una loca máquina de coser, levantaba setenta a la hora por los polvorientos caminos mendocinos y que, en la ocasión, llevaba a mi padre en el asiento trasero. El otoño de esta tierra trae junto a la belleza de los álamos amarillos y ocre, una danza sin fin de pelusas que reflejan el sol como las estrellas y que crean en pleno día un ambiente al sepia de lo más ensoñador … y que por otra parte, impiden ver y obligan a escupir e insultar, lo que sumado probablemente a la conversación necesariamente estridente por encima del ruido del motor, les hizo imposible apercibirse del enorme chancho que cruzaba el carril. El golpe fue inevitable. Moto y chancho salieron derrapando de costado, chillando y girando histéricamente para restar nerviosos y gruñentes entre las malezas de las acequias. Uno a cada lado. El piloto dio de panza contra el enripiado mientras papá, largo y delgado, salía despedido en virtud del principio de palanca para un vuelo fantástico cuya duración no es posible medir en el tiempo de los hombres de negocios. En distintas cenas familiares disfruté el relato de aquel vuelo que con el correr de los días, se iba haciendo cada vez más extenso, describiendo al pasar, techos, corrales, viñas… breves historias de personas y probablemente al final, épocas… hasta dar en el barro de un chiquero del que se levantó como nada, limpiándose los anteojos con los índices en gancho y mirando sorprendido con sus ojos miopes y el gesto de su boca en herradura.
La clave interpretativa de este hecho me bastó durante un tiempo, pero ya maduro se me complicó un poco, porque la vida de mi padre -como todos los relatos que valen la pena contarse- intenta ser una historia de redención. Pero no una simple historia de redención individual y lineal, como aquel vuelo de observación universal a partir de la contundencia de la conversión al catolicismo, sino una redención circular en un doble juego de tiempo -o fuera del tiempo- de toda una familia, dentro de una Iglesia. Y por ello se agregan -en mi proceso intelectivo- la novela de Perret y la Iglesia Católica. Todo esto es algo que tiene que ver con la naturaleza del tiempo y no con mi fantasía, diría el Señor de Geronce. Pero situémonos en el lugar y la época.
El tío Calixto, matemático y adicto a la genealogía, nos asegura que descendemos de la mismísima familia de Don Pedro de Valdivia por vía de su hermana Beatriz Calderón, cuyo primer varón -de nombre Gaspar Calderón- resultó ser –por falta de hijos- el regalón del Tío; y por tanto se le concedió el honor muy español de ser almorzado por los indios junto al pariente, allá en Tucapel. El vástago del viandado encontró divertimento en venir fundando ciudades con otros de su laya -Mendoza y San Juan se llamaron- y afincó en esta última casándose -a modo de alianza estratégica- con una princesa huarpe, a la que, sin discriminación, le hizo doce hijos con bastante buena voluntad y de ahí deben venir la “jetas” achinadas de los Calderón que se han ido diluyendo a fuerza de cruzas con franceses e italianos del norte. La cuestión es que fuimos bien católicos, españoles y criollos, con largas listas de monjas y de curas hasta que el último de la corrida derecha, el viejo Calixto Calderón (un típico extremeño flaco y duro como una pica) vino a dar de comisario en la frontera con el indio por cuenta y orden de don Juan Manuel de Rosas. Emulando los antiguos se puso a fundar en la campaña bonaerense -con maneras de soldado y junto a otros gauchos tan suaves como él- la ciudad y partido de Chivilcoy. Allí se fue sanando de las heridas (quedó rengo de un lanzazo en la rodilla) que ganó en las guerras de Independencia y con el Brasil, formando gracias a su longevidad y energía una gran familia y una enorme estancia.
Terminado el período de Rosas, la pobre Argentina ya no daba más para católicos y el bisabuelo Bernardo, a pesar de ser Federal de pura cepa, se enlistó en aquel batallón de federales de Mansilla que acordaron con los mitristas y -poniendo de su bolsillo gran parte de la caballada del regimiento- se fue a la guerra del Paraguay para no quedar fuera de la Historia. Corajudo siempre, se vino masón y perdió la fe como toda su generación (al punto que resulta el único Calderón que recuerdan nuestros documentos históricos compilados por liberales, más una ligera alusión a su padre por el sólo hecho de serlo). Hombre de Dardo Rocha en la Guerra del Paraguay y en las Campañas del Desierto, luego devino en funcionario de nivel ministerial -fue Jefe de Policía- de la nueva Capital de la Provincia de Buenos Aires: la moderna ciudad de La Plata. Mantuvo parte de la estancia y crió casi una decena de hijos, entre ellos, mi abuelo Dardo.
Luego, a la falta de fe se le sumó la falta de guerras. El abuelo Dardo -como muchos criollos- era un típico guerrero sin ocupación perteneciente a una generación en cuarteles de invierno; con todas las virtudes y los vicios marciales (en especial la prodigalidad) y sin trifulcas en que justificarlos.
Caudillo de Chivilcoy, con su colt treinta y ocho a la cintura y un libro de Rubén Darío en el bolsillo (de ahí el nombre de mi padre) -a veces al servicio de algún hermano que se postulaba como diputado para los radicales- vino a casarse con una bearnesa de lo más monona, con gusto por la poesía francesa y el violín, hija mayor de una familia de colonos que cruzaron el océano para intentar la América: los Bouchet.
El país se venía desgranando. Parido en una revolución bastante tonta pero no por ello menos cruel (que oscilaba entre ser una cuestión de sensatez de burgueses o canallada de jacobinos… pero jamás un asunto de caballeros), después de más de cincuenta años de guerras civiles -incluyo la del Paraguay- que dieron la victoria al bando liberal y que dio como resultado un montón de tipos educados en el convencimiento de que la historia comenzó en 1810 y de gorro frigio; olvidados de los primeros trescientos años dentro del Católico Imperio Español, que pasará a ser despectivamente “la época de la Colonia”. (Este tema “Imperio o Colonia” ocupó un bello artículo de mi padre en el Diario Los Andes hace casi un año).
Terminadas las guerras, la buena madera se quemaba en los hogares entre juegos de cartas, mancebías y aburrimiento. Las estancias se iban yendo a manos de las nuevas fortunas comerciales en desmedro de los que las hicieron con las armas y en el servicio. Las viejas familias enfrentaban la tragedia y el olvido, y todo rasgo de antigua nobleza fue borrado de los puestos importantes y de las instituciones rectoras para recalar en nostálgicas guaridas, al borde mismo del suicidio por asco. Los tiempos convirtieron la caballería de gestos heroicos en caballerosidad de buenos modos; cuestión de gusto y no de honor. Bien a la Inglesa.
Dardo Calderón y Esther Bouchet tuvieron tres varones- una niña murió pequeña - Daniel, Rubén (Papá nació un primero de enero de 1918 a la misma vez que el Señor de Geronce) y el pequeño Dardo que será siempre Coco. Y los tres chillaron por la pampa bajo el azote del viento y del agua, todavía con grupos de indios a la otra orilla del Salado y un montón de personajes de Guiraldes y Lugones dando vuelta por los restos de la estancia que se iba perdiendo a parcelas. Contaba papá que una noche, siendo muy pequeño, fue mandado a buscar unas botellas a la despensa y debió pasar en la oscuridad por la pieza de sus padres, viendo en la semipenumbra y sobre la cama matrimonial una figura infernal; un demonio que restaba moroso, burlón y quedamente violento apoyado en el respaldo. Experiencia o imaginación, el niño intuía el desastre. Luego vinieron las discusiones, los rencores, el violín que se astillaba contra el piso como todas sus vidas, producto de una asedia y un cansancio de los que no era ajeno el espíritu decadente de la época que evocamos, dentro de las familias criollas. Al final la separación.
Con pocos años cumplidos, fue papá a dar con su infancia en la pensión del pueblo -Chivilcoy- junto a Daniel (por el asunto de la escuela primaria) y con sólo los intervalos de las vacaciones para estar en familia. Mi abuela con Coco a lo de Bouchet y el viejo Dardo en el campo. El extrañamiento, la mala alimentación y la enfermedad minaron la alegría del niño… los problemas de vista, quizá un principio de raquitismo. Durante varios años. Más de lo tolerable. (Mi madre -con más furia que ternura- siempre quiso consolar ese niño de carita alargada y triste en traje de marinero junto a sus hermanos que todavía muestra la foto.) Aquellos años me traen de forma inevitable a Tirita, el niño delgado del cuento de mi padre que le tocaba hacer de “linesman” en los juegos de pelota y que encontraba maravilloso meterse dentro de las cañerías. “Casi no tenía espesor y nunca sabíamos si estaba de frente o de perfil, siempre parecía que tenía un solo ojo o acaso dos, que al no encontrar lugar en la cara para desplazarse, se encimaban”. “¡Se va a perder! Gemía Astudillo…” “todos… presentíamos que ese y no otro era el destino de Tirita”.
Recién en quinto grado pasa de la pensión a vivir con su padre en la casa del campo y al otro año se integra a la familia Bouchet. El trabajo de las cosechas, los caballos y sus jóvenes y adorados tíos le devolverán la salud que de ahí en más pasará a ser una “herramienta” a conservar con seriedad por el resto de su vida. Será un muchacho delgado, pero ágil, fuerte y muy resistente. Excelente jinete.
Junto a su madre y a Mamalé -su abuela- aprende un poco a rezar, leer francés y -sobre todo- a gustar de la buena literatura. Los Miserables de Hugo será el relato que puebla la imaginación de su infancia, retenido hasta en sus mínimos detalles por una memoria prodigiosa. (Ya de grande, en veladas estivales estando junto a nuestras novias, nos relataba esta y otras novelas, sin olvidar el nombre del personaje más insignificante y hasta con el número de la calle de París donde fue a rescatar Jean Valjean su enamorada. “Le mot de Cambronne” nos llenará los ojos de admiradas lágrimas).
El Colegio Nacional verá un alumno extraño pero regular, con todas las ausencias posibles que le permitan permanecer en las faenas de campo con los tíos y los peones, a los que recordará con nombre, apellido y anecdotario por el resto de su vida. Daniel solía contarme que él había aprendido a manejar un viejo Ford, pero que Rubén siempre prefirió la horquilla y los caballos. Su ineptitud y negación para las máquinas serán proverbiales durante su vida adulta con la sola excepción de la Olivetti (que ejecutaba con total prescindencia o curiosidad por el mecanismo). Supo escribir, por aquellos años adolescentes, algunos artículos en un Diario comunista de su pueblo. Uno de ellos era a favor del divorcio.
El ciclo escolar secundario terminaba a la par que terminaba el arriendo del campo del viejo Bouchet, con venta a tranquera cerrada de todo lo que había dentro. Icho -uno de los Bouchet- buscaría a mi padre para darle el dinero correspondiente de un caballo que le había regalado en su momento, moneda por moneda.
Unas pilchas en un bolso marinero, una carta de recomendación para un ministro de la provincia de Córdoba que jamás lo recibió y una atado de libros, fue el capital de partida de este hijo de vieja familia criolla que a los dieciocho años había perdido todos los hogares a los que su cariño se había aferrado, y se “fugaba” de cualquier lugar conocido para vivir en pensiones hasta el día anterior a su matrimonio. Comienza con un año de Agente de Tercera en la Policía de San Juan (1936) y luego dos años de empleado en el Registro de la Propiedad de La Plata reemplazando a su madre. En La Plata mantiene en la pensión al rubio loco y elegante de Coco, de diecinueve años y a su amparo hasta el 39. Años de bohemia, literatura y divagues poéticos y filosóficos, con el intervalo de un curso de pocos meses en el que se gradúa como Oficial de la Reserva -con el grado de Subteniente- en el Regimiento 2 de Caballería “Lanceros General Paz” en Campo de Mayo. Los poetas Alberto Ponce de León y Victorino de Carolis serán algunos de sus compañeros de charlas. Daniel estudiaba medicina y vivió toda la carrera en el hospital. (Muchísimos años después y sin haberse vuelto a ver, Eduardo Ramón Acuña –amigo de aquellos años- instalado en la Rosada como asesor, lo llamaría para ponerse a su servicio… de pura nostalgia). Y de inmediato, como siempre después del desorden y la rencilla, viene la tragedia.
La víspera de Navidad del 39, Coco saldría para Chivilcoy a una fiesta. El viejo -solo en la pensión de La Plata- se acostaría luego de algunos saludos de rigor y poco después, ya pasadas las doce y en pleno sueño, sentiría a Coco que, como siempre de camino a la pieza que quedaba cruzada con la suya -patio con macetas de por medio- le tocaba la puerta y se asomaba… gris, difuso y torturado… y le decía… “Pichón… rezá por mi”.
Había muerto a la una en Chivilcoy, en una pelea con milicos. Por no retroceder. Por no entregar el arma. Y por esa porquería de pistola Browning del calibre 32. Un milico que lo agarró de atrás recibió un tiro en la oreja que disparó por arriba de su hombro y seguido, un comisario se llevaba tres tiros en el pecho. A él -que ya estaba herido en un brazo- lo mató un tiro de 45 en la espalda.
Las empresas de los hombres ya no venían a la medida de los criollos y muchos morían derrochando coraje inútilmente en los boliches, como en versos de Carriego.
Tanta tristeza e impotencia necesitaban un paisaje acorde donde poder soltarlas y Rubén tomó rumbo hacia la Patagonia. Sólo su viento frío, violento y arrachado, podía llevarse la amargura rodando por sus estepas yermas hacia un horizonte lejano y desolado, para estallarlo en la piedra quebrajosa de la cordillera o en los abruptos acantilados del océano helado. Contratado como arriero de ovejas entre Santa Cruz y Chubut y luego peón de pala y pico en las cuadrillas de la Dirección Nacional de Vialidad -desde el 41 hasta mediados del 42- le llegaría el alta del Ejército para rescatarlo de un descenso ad inferos que se sucedía a la muerte de su hermano. Aquellos enigmas dolientes que le planteaba la tragedia y que no podían resolverse todavía, serían sin embargo su hilo de Ariadna. ¿Dónde estaría Coco? ¿Qué sentido tendría la oración? ¿Ante quién se debía hacer esto? ¿Qué posibilidad había de curar lo pasado?. (Esto me trae el recuerdo de una conversación muchos años después y mirando el mar. “Para mí la vida es algo parecido a una pregunta que debo responder”, me dijo.
Por fin aparecía la posibilidad de una guerra. Algunos hablaban nerviosos del Brasil aliado y la Argentina del eje. El viejo eligió un Regimiento de frontera respondiendo al atávico llamado de su raza: el 11 de Caballería en Paso de los Libres, Corrientes. Poco tardó en darse cuenta del equívoco. Mientras Europa se reventaba las tripas con tormentas de acero, nuestra tropa estaba provista de caballos y lanzas y no se avizoraba ninguna posibilidad de ampliación de los fondos. Sin embargo y para mejor, aquellos fueron años alegres que dejaron el recuerdo de tantos soldados correntinos y “guaranises”; simples, risueños y directos. (Un antiguo soldado indio mataco -Agapito de apellido- no tomaba su día de franco por falta de fondos. Papá le dio algunas monedas de regalo y lo alentó con un guiño cómplice a ir al pueblo para divertirse. De regreso el indio le trajo de vuelto casi todo lo recibido… ¡sólo había comprado unas bananas!).
Destacó siempre la amistad con su Capitán, Raúl Antonio Olivari Cáceres y al mentarlo, expresaba el juicio que le merecía la institución “demasiado inteligente para pasar de Coronel en el Ejército Argentino…”. Esta idea cobrará cuerpo dentro de su talante sereno y desapasionado, pero escéptico, y será una experiencia que lo protegerá de tomar parte sin reparos en futuras aventuras militares y que dejará a salvo el prestigio de su diagnóstico político. Años después, mientras él aporreaba la Olivetti, le dije que quería entrar en el Ejército… sin levantar la vista del texto me contestó… “¿en qué ejército?”. Y ya supe a qué atenerme. El viejo no se perdía en sermones directos ni en voces de mando. Cuando quería decir algo era mansamente irónico o hablaba de historias. Y el que quería entendía. Como dice el refrán, “nadie escarmienta con palabras”.
Manuel Bermejo -primo del abuelo Dardo- se había llevado a Mendoza a Pedro Calderón -el menor de los hermanos- que se convertiría en un médico de renombre y formaría destacada familia -en dos matrimonios- emparentándose con importantes apellidos del medio. Daniel -mi tío- ya médico, se había afincado en estos pagos siguiendo la escuela de su pariente y se lo trajo a mi padre terminado el servicio de reserva.
Sin mucho pensarlo, se anota en la carrera de Filosofía y luego de un año de estudios, vuelve al Regimiento 11 de Caballería -que ahora residía en Villa Federal, Entre Ríos- donde pasa un año más, y ya vuelto, retoma en Mendoza la carrera de Filosofía y se atropella un chancho. Que en efecto, será literalmente el chancho que les he contado más arriba. Y será su conversión, que no quiero llamar conversión sino reencuentro. Pero veamos.
No me cabe a mi ninguna duda que papá estuvo con su hermano poco después de su muerte y que Coco le pidió que rezara por él. Es el hecho más cierto de su vida. Pero esto no debe influir demasiado en ustedes, ya que la idea que retengo de mi padre está impregnada por la virtud que poseía el Señor de Geronce para traspasar la historia, y muchas veces, creo que el misterioso personaje del que habla Colonna en sus memorias y que le avisa a Leticia Bonaparte que su hijo moría en Santa Elena, no era el personaje del cuento, sino que era mi padre. Y no debe extrañarles… porque a mi padre, su hermano le había revelado el misterio de la Comunión de los Santos mucho antes de que tuviera la fe, y había venido a ser hombre de Iglesia antes que de Religión. Papá no se convirtió, sino que le volvieron poco a poco y desordenadamente los dogmas que defendió su familia desde tiempos inmemoriales (“Por la fe moriré” decía nuestro escudo familiar, que aunque un tanto pretencioso para nuestros tiempos, vale para los viejos) y le volvieron comenzando por aquel dogma que le comunicaba con ellos.
Traigamos a cuento lo de Jaques Perret. Este aristócrata y monárquico, del equipo maurrasiano, escribió una novela que se llamó “Con el viento en las velas” y que forma parte del capital literario heredado de mi padre. La frase en francés significa –además de su sentido literal- estar un poquito borracho y es cuestión que el protagonista (Gastón Le Torch, recuerdo), perteneciente a una familia de marinos, descubre que uno de sus ascendientes no se ha portado a la altura de las circunstancias en un lejano combate naval. En aquel estado, "con el viento en las velas", vuelve a esos viejos tiempos a limpiar el honor familiar.

Esa especial forma de ver las cosas, con una singular concepción del tiempo, se da en aquellos que son conscientes de formar parte de una vieja familia y de una vieja historia. No se sale a fundar algo nuevo, sino que se viene a continuar algo viejo, y ese todo que es la familia exige ser sacado adelante con orgullo del buen comportamiento o por la redención del mal comportamiento. Porque hay tiempo de enderezarlo todo. Hay el tiempo que Cristo nos gana desde la eternidad de Su momento.
Y ese plan era abruptamente concebido por un alma que atropellaba un chancho y sin más dilaciones se ponía al servicio de la Historia, y de la Iglesia, y de su familia, y de algo parecido a una Nación que, si cortábamos su nexo con los trescientos años del Imperio y aún más allá... pues ya no tenía salvación. Se rompía un eslabón de la cadena que a través de la Conquista nos hacía parte de la vieja España y de la Cristiandad, abandonándonos a un tiempo lineal solitariamente futuro y desarraigado, propiamente revolucionario. La caña que sobrevive el vendaval temblando de miedo de la fábula de Anouilh. Mal podíamos contentarnos y acomodarnos a este triste segmento por más razones de supuesto realismo político que se invocasen, como mal podríamos buscar hacia delante un cielo sin descender primero en busca de los nuestros. "¡Me tienen harto los cultores del hecho cumplido!" dirá mi padre en consonancia con el pensamiento de un noble ancestro de Gastón Le Torch en la mentada novela: "…todos los cálculos son de inspiración maligna y los referidos al tiempo, más que los otros". Había que ir por Bernardo, también por Coco al que había que empezar por bautizar (sin que esto constituya una herejía, sino un problema de tiempos), y empujar con los que están y los que vendrán. Y también esto correspondía hacer en la Historia. Y sobre todo en la Iglesia. La revolución venía cortando los puentes y como Gastón Le Torch, había que reparar lo deshecho. Aún en el peor de los casos -y volviendo a la referida fábula- haber sido parte de aquel Imperio, de aquella familia y de aquella Iglesia, nos permitía morir como un roble. Para un alma noble, esto hace una diferencia.
La aristocracia es fundamentalmente una dilatada concepción del interés -entendido para una finalidad trascendente de la persona- dentro de un espíritu crítico, libre y con el coraje de superar lo “tribal” por lo político. En nada se le parece esa multiplicación del egoísmo que supone la complicidad del club o la logia. Se trata de ver con lucidez, corregir con carácter y guiar con amor. Y que por fin, es esto lo que me dejó perplejo cuando lo entendí de mi padre. Toda su vida y su obra cobraban el sentido de una "misión de rescate" en tiempos de perdición. Él cuenta un sueño recurrente: vuelve a Chivilcoy y entra por detrás del casco de la estancia, entre el cementerio y la reja de defensa, y ya cuando escucha las voces familiares y aferra el picaporte inclinándose para mirar… se despierta.
El viejo empezó en filosofía porque no tenia nada muy claro en aquel momento, pero a tanto de andar se hizo a la historia… "no afirmaré que su gusto por la historia nacía de sus pretensiones nobles, pero no queda descartado que sus preferencias culturales tomaban fuerza en sus inclinaciones aristocráticas" dirá del Señor de Geronce. Su renovada visión cristiana de las cosas ponía a la filosofía en el lugar que le tocaba -y que le había dado con justeza Santo Tomás- y no en la punta del imbécil obelisco que en su honor ha construido la revolución moderna y que se babea desde las universidades. Sin mayores pretensiones de filósofo o teólogo, aún manejando ambas disciplinas con bastante soltura y erudición, se dedicó a la historia ubicándola serenamente en su quicio, sin desmedro de la jerarquía científica en que la coloca con su original trabajo sobre Historia y Conocimiento -que luego será ampliado en su obra Esperanza, Historia y Utopía.
Así como hubo cientos de sofistas que enrarecieron en su tiempo la buena filosofía y cientos de escuelas teológicas que ocultaron en su tiempo el brillo esclarecedor del tomismo, la peste intelectual de nuestro tiempo son todos aquellos que se arrogan su administración y especulan sobre el equívoco de considerar la historia como la gesta misma del espíritu. La historia no es una acción ni una substancia, es una cualidad del acto humano. La historia -nos explica- se sale de lugar en la modernidad con la Filosofía de la Historia (otra de las verdades cristianas vueltas locas por la revolución) y se transforma en esa entelequia mítica con una finalidad implícita que la familia hegeliana llama historia.
Cuando se habla de la finalidad o del sentido de la historia y se pretende regentearlo en nombre de alguna divinidad abstracta, se comete un evidente abuso especulativo. Primero, porque se toma a la historia como a un todo sucesivo, sin pensar que en esa perspectiva conceptual se trata de un ente de razón. Luego, por una flagrante transposición teológica, se le concede inteligencia, voluntad y designios propios, con aptitudes para absolver, condenar y disponer de un basural escatológico donde iremos a parar los que no coincidimos con sus objetivos.
Esta perspectiva serena, aristocrática, profundamente cristiana y eclesial, marcará desde el inicio la totalidad de su obra que no será sino un sólo esfuerzo a la par de su vida y en feliz adecuación. Una apología de la Iglesia Católica, dirá él mismo. Una puesta a punto de la historia en un siglo de herejía historicista que infecta la misma teología oficial del Vaticano. Un sólo libro desde el principio al fin, con ciertos ensayos de afinamiento de los instrumentos conceptuales que no resultan para nada ajenos a la obra y que obran a manera de pilares. Y lo que resulta más llamativo (y sólo explicable en aquella especial condición del hombre de tradiciones que lo hace heredero y continuador), es que su derrotero intelectual y espiritual no muestra evoluciones o cambios, sino simplemente camino andado: una misma calidad y estilo desde el principio; como si ese momento en que se parte de cero -cuando atropella el chancho- le aportara la totalidad de la Luz necesaria para ver lo que de ahí en más tenía que ver. Sólo restaba transitarlo. Sólo restaba volar con el impulso de aquel primer momento. Casi sin esfuerzo. (Y para aquellos que hemos visto sus originales salir de la máquina de escribir a la imprenta sin correcciones, entendemos el sentido de la frase sin faticca di corpore). Pero primero veámoslo graduarse.
El bautismo sucedió en al año 47. Más tarde conocerá a Blanca (en el 49, año de su graduación). Se casará con ella apenas pasado un año. Sus compañeros de camada serán sus amigos de siempre a pesar de la diferencia de edad. Jorge Comadrán Ruiz y Edberto Oscar Acevedo serán especialmente entrañables. Pero también en el cuerpo de profesores jóvenes -más cercanos a su edad- trabará firmes amistades con Guido Soaje Ramos y Alberto Falcionelli. Los cuatro serán destacados intelectuales en distintas ramas y compartirán con papá la Fe Tradicional y el diagnóstico de los tiempos hasta el fin de sus días o hasta el presente en su caso. Aquellos años jóvenes lo acercarán al Padre Julio (Meinvielle) que lo tendrá como colaborador permanente de la revista Ulises y en donde ambos se reirán y se harán de enemigos como Dios manda. Mi padre tendrá una especial condición para cultivar la amistad con una cortesía discreta y provinciana, de modos y conversación propia para acompañar los platos de una sencilla mesa familiar con alto vuelo de temas y para nada afectada de cortesanías para la galería (encontraba plebeyo el exceso de buenos modales). Sumado a todo, una cordialidad sincera y tolerante de las ambigüedades y contradicciones de la naturaleza humana -de la que en ningún momento se siente ajeno ni a salvo- constituían su lucidez, que es intelectual pero también es moral.
Por la mesa familiar, atendida diligentemente por mamá, pasará lo más granado de la intelectualidad católica argentina en veladas inolvidables. Alberto Falcionelli será el comensal más festejado por toda la prole -ya casados, nos llamábamos unos a otros cuando llegaba de visita y nos íbamos a casa de los viejos a escucharlo (era más divertido que el cine). Guido -por supuesto- discernidor implacable, con su vozarrón atronador daba la impresión de tener un V8 en la cabeza. Sin intensión de hacer lista y al calor de mis recuerdos de joven, me viene a la memoria una noche con Roque Raúl Aragón y papá, recitando de memoria al unísono los versos gauchescos de Lugones; o un mediodía con el Padre Alberto Garcia Vieyra (hasta el día de hoy cuando leo la frase olor de santidad" me trae el olor de su sotana), su enorme profundidad teológica y su picaresca cordobesa que no lograban mitigar la enorme tristeza que le provocaba la decadencia de la Orden. El Padre Renaudiere de Paulis y sus versos exquisitos (Un libro de poemas del Padre se titulaba Tiresias, y papá le decía que nosotros los muchachos habíamos entendido Teresa y creíamos que había sido una novia… ¡Qué Báaaarbaros! exclamaba el cura con su mejor retórica dominicana gesticulada). En fin, muchísimas personalidades que hacían florecer una buena época del catolicismo argentino.
Sus primeros años de profesorado comenzarán con la materia de Etica en el Colegio Nacional. Luego vendrá el Liceo Militar General Espejo, donde ganará por concurso el máximo de horas cátedra. Las primeras camadas del Liceo lo tendrán en gran estima y le darán una mano en momentos más duros. (Enrique Díaz Araujo se contará entre aquellos alumnos).
En el 53, por desobediencias a la liturgia peronista es exonerado como muchos otros (recuerdo en este momento a Jorge Comadrán Ruiz y a Dardo Pérez Guilhou). Mamá -por no ser menos- también se hizo expulsar, y hasta el 55 se mantuvieron dando clases particulares, a las que muchos de sus alumnos -gran parte del Liceo- concurrirían más para ayudar que para reforzar una capacidad de la que no adolecían. Estaban por esos años naciendo las mellizas y la pareja completaba sus cuatro hijos de un solo golpe.
El 55 terminó con Perón (Revolución Libertadora) y papá fue nombrado Prosecretario del Rectorado que detentaba Germinal Basso. Era la pata católica de la intervención. El nombramiento tenía olor a recomendación de Raúl Benegas -Ministro de Hacienda y pariente de los Bermejo- que había mandado su hija a las clases particulares de los viejos. El hecho es que Raúl era de esa raza de caballeros que hacen los favores y “esconden la mano”, y el asunto de la recomendación siempre quedó en el misterio aún para nosotros. Esta será la única vez en la vida de mi padre que ocupará un cargo público y no estará en la cátedra. No pasará un año que tomará su materia (Historia de la Ideas) en la Universidad Nacional de Cuyo (Escuela de Ciencias Políticas), cátedra que obtendrá en dedicación exclusiva y por concurso en el año 60 siendo ya Facultad de Ciencias Políticas. El resto son sus ocho hijos, su dilatada obra y una vida ordenada para la tarea intelectual, sin mayores sobresaltos… y no porque no hayan existido razones para ello, sino por una vocación clara de no tenerlos ni llamarlos. Los años de la zurda violenta transcurrieron con variadas incomodidades y veladas amenazas de las que el viejo no hizo caso y siguió con su tarea. De la misma manera en tiempos del proceso militar no aceptó cargo alguno y mantuvo su sabia política de no entrar en asuntos de milicos ni de curas (un sano anticlericalismo era norma entre las mejores cabezas católicas de ese tiempo. El Padre Castellani diría “soy sacerdote y anticlerical” y a la muerte del famoso cura, papá escribiría en el Diario Los Andes una necrológica muy valiente y en la que sin ningún reparo hablaría de “burros mitrados” como definición del episcopado argentino).
Careció completamente de honores académicos hasta su jubilación, luego de la que fue nombrado Profesor Emérito (por influencia de algunos buenos oficiantes de la Facultad de Filosofía y Letras que lo aprovecharon un tiempo más). Sus únicos honores serán dados por las exoneraciones (que en ningún caso provocaron rencores o resentimientos), primero la de los peronistas y luego, en compañía de mi hermano Bernardo -adjunto de cátedra- la de la Universidad Católica de la que había sido profesor fundador con plaquita de bronce y todo (esta fue en razón de que Álvaro -su quinto hijo- entró al Seminario de La Reja). Cuando a Jaques Perret le quitaron la medalla militar -ganada en el frente- por “ultrajes al jefe de estado”, escribió con bastante humor: “Hago -humildemente- mi entrada en la aristocracia de los “ex”. No puedo ocultar que el viejo tomó igualmente el asunto bastante en broma y no ajeno a ello, resultaba el hecho de que entre los dos sueldos no compraban una decente horma de queso.
El acuerdo prudencial de mi padre con el curso de hechos que fue tomando la Fraternidad Sacerdotal San Pio X -fundada por Mons. Lefebvre- con respecto a las reformas del Vaticano II, no constituyó una inflexión ni una necesidad de decisión frente a una alternativa, sino una conclusión que se imponía pacífica y necesariamente en el proceso de la reflexión intelectual que venía llevando en su obra. Papá, mucho antes de tomar contacto con aquel grupo de sacerdotes tradicionalistas, mantenía correspondencia y estaba suscripto a la revista “Itineraires” donde Jean Madiran -desde hacía muchos años- enfrentaba intelectualmente las reformas prohijadas por el concilio, señalando claramente el carácter revolucionario del mismo. El asunto tampoco se trató de una adhesión a un grupo sino de una coincidencia de juicio. El que la decisión adoleciera de todo cálculo no quita que fue tomada –como todas las suyas– con total desapasionamiento y por devoción a la Santa Madre Iglesia.
Hace poco, recibiría de Sixto Enrique de Borbón y Parma la Orden de Caballero de la Legitimidad Proscripta (las proscripciones se estaban convirtiendo en una costumbre) y si fueran otras épocas, solicitaría el permiso real para llevar en el escudo familiar y entre los calderos, un gran Corte de Manga que simbolice la actitud que le merecieron todos las instituciones que han perjurado con la Revolución. (Como dato curioso, el asunto de los calderos y el lema, viene de un antepasado hidalgo que fue freído por lo moros en un caldero, y de ahí la costumbre familiar de... cada tanto... estar fritos).
Dos pequeños temas me quedan, pero no menores. Todo hombre que ha elegido el estado matrimonial sabe a ciencia cierta que la elección más importante de su vida será su mujer, ya que de ahí en más las virtudes o defectos de ella, harán su alegría o su desdicha y la de su prole. Papá tuvo una gran suerte y si alguna vez tuviera que definir cuál fue la gloire de mon père, esa sin ninguna duda- sería mamá. Hija de un genovés y una francesa (aunque nacidos acá por circunstancias, ambos eran de idioma materno italiano y francés), era la única mujer -adorada- de sus padres, entre dos varones -que la adoraban- y que sería luego adorada por su marido y por sus hijos. Blanca Robello era un personaje de Jean Giono en Le Chant du Monde -de hecho le encantaba la novela- pura energía vital y con la medida justa de espíritu para sanar una vida y llenarla de esperanza, hija de sastre mantuvo siempre una tenida elegante, más allá del don de una bucólica belleza que se expresaba en sus colores de paisaje estival. No era tan simple como para ser alegre, era más bien emprendedora pero de la única empresa que le importaba; papá, su casa y los chicos. Cuando fueron a casarse, mamá acompañó al viejo a la pensión a buscar sus cosas -un bolso, unos libros y un catre tijera de lona- y el día anterior, a modo de salón de belleza, los dos amasaban adobes de barro en la finca de mi abuelo. El día de la boda, papá paso a buscarla a pié por su casa y así se fueron a la Iglesia y de allí nuevamente a pié para el almuerzo. (Cuesta creer que hoy -para durar poco- las bodas recurren a una increíble parafernalia).
Mamá estaba para construir ese proyecto saludable que el viejo había concebido el día de su encuentro con un chancho. Y aunque ella confesaba que no gustaba de disquisiciones teológicas porque le engendraban más dudas que certezas, la vida sólo le agregaba certezas a su fe. Entró en la religión de la mano de mi padre y como quien entra a la casa familiar del otro, dispuesta a querer y hacerse querer, y recién se curó de su complejo de ser demasiado Marta, cuando mi hermano Álvaro le presentó a Teresita -la de Lisieux- y declaró con autoridad sacerdotal (o indulgencia filial) que eran oración todas esas horas de idas y vueltas por la cocina para hacer amena la cena en que papá - o alguno de sus interesantes invitados - nos daban un curso irrepetible de cultura universal y que ella quería que aprovecháramos. Ni que decir la cantidad de curas a los que mimó y “regó” con abundancia.
El otro amor de papá fue la oración. No hubo una sola mañana que no comenzara antes del amanecer de mate y rosario -y no de cinco misterios- solo con la pava recorriendo toda la casa mientras dormíamos. La oración de mi padre no era un asunto de viejas devotas, era trabajo, era un compromiso ineludible. Doy fe del efecto que ella tuvo en la vida de los suyos, y en casos muy puntuales que reservo en mi memoria. Estoy convencido que lo que hizo con la oración -aunque sea imposible de ver hoy- completa su obra.
Ya viejos y más serenos en la casa, estos dos amores se encontraron. Los últimos años del matrimonio fueron un idilio -de la mística a la "mástica" bromeaban mis hermanas- dedicados a la oración y a frugales delicias culinarias. El amor conyugal se espiritualizaba haciendo su visión enormemente grata y ejemplar para todos nosotros.
Muchos de los personajes de esta historia ya no están. Sin excepción y de formas que creo providenciales, aún los más reacios murieron dentro de la religión. (El incrédulo impenitente de mi tío Daniel, se convirtió dos días antes de su muerte, tomó los sacramentos y besando el crucifijo que le acercaba el bueno del Padre Gobbi, “cambió el fusil de hombro”).
Mamá recibió la extrema-unción de pie frente al altar de la querida Capilla, de manos de mi hermano el Cura -toda su belleza y vitalidad serían arrasadas con la furia de un incendio que ataca un bosque- dejando a papá cumplir la penitencia de Adán: una larga viudez, una gran memoria y una enorme descendencia de la que preocuparse.
Ruego para que al momento de caer en el barro y luego de limpiar sus anteojos con los índices en gancho; al mirar su entorno sorprendido con sus ojos miopes y el gesto de su boca en herradura; cuando la brisa del este le traiga el aroma de los pastos segados de su inmensa pampa, entre las risas de los peones y relinchos de caballos; cuando por fin abra la puerta de la reja del antiguo casco de la vieja estancia; sea recibido por todos los suyos en Cristo Nuestro Señor … y allí nos espere.

Cuaresma de 2007.

Dardo Juan Calderón
, tomado de Argentinidad.

jueves, 6 de septiembre de 2012

De falsos profetas: ¿Quién es Sri Sri Ravi Shankar?




Hoy arranca el llamado “1er Mega Encuentro de Espiritualidad”, organizado por el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Situado en el marco de la campaña del Gobierno porteño para intentar convertir a Buenos Aires en la “Capital Mundial del Amor”... del amor a la mentira y a los falsos profetas.
Entre los personajes que expondrán sus falsas doctrinas, estarán: Sri Sri Ravi Shankar de “Arte de Vivir”, Dadi Janki llamado “Brahma Kumaris”, René Mey llamado “Maestro Humanista”, Daniel Goleman de “Inteligencia emocional” y Nah-Kin llamada “Madre Sacerdotisa Maya” (!?).
Todos estos, forman parte –de alguna u otra forma- de la llamada corriente sincretista pseudo religiosa “New Age” (Nueva Era), de la cual hemos hablado alguna vez. Una especie de religión “pop”, fácil, sin compromisos morales ni renunciamientos verdaderos. Por eso, podemos decir, que se encuentra en pleno auge de la moda.
El hombre moderno no quiere creer en la verdad católica y ha preferido estos gurúes que tienen las palabras exsactas para dejarlos adormecidos, tranquilizados, en su error. Una suerte de aspirina “espiritual” que da, por un cierto tiempo, con sus efectos meramente sensibles, la sensación de “paz en el alma”, sin ningún tipo de comproimiso moral.
Uno de estos gurúes que hablarán, será Sri Sri Ravi Shankar, de quién publicamos un interesante artículo del sacerdote español Julio de la Vega-Hazas Ramírez, quien se especializa en sectas.



¿Quién es Sri Sri Ravi Shankar?

En febrero de 2008, el entierro de Maharishi Mahesh Yogi acabó por despejar las dudas sobre la naturaleza de sus enseñanzas a quien todavía pudiera tenerlas. Falleció en Holanda, pero sus restos fueron trasladados a orillas del Ganges para recibir el homenaje que correspondía a lo que en verdad era, un gurú hindú. Su criatura, Meditación Trascendental (MT), era un vehículo de transmisión de su religión, el hinduismo, en Occidente, disfrazado de técnicas de meditación para combatir el estrés. Su presentación como técnica ajena a cualquier religión atraía personas y abría puertas que hubieran permanecido cerradas ante algo con etiqueta religiosa. Pero, en realidad, el “estrés” del que liberaba no era para Maharishi otra cosa que el karma hindú –la carga negativa acumulada tanto de la actual como de pasadas vidas-, y justificaba su posición ante sus correligionarios diciendo que “Occidente todavía no está preparado para la verdad”.
Una personalidad como de la Maharishi difícilmente puede preparar un sucesor con el mismo empuje. MT tiene un sucesor al frente de su entidad –Maharaja Nader Raam-, pero posiblemente su principal continuador haya que verlo fuera de esa institución. Sri Sri Ravi Shankar se inició con Maharishi Mahesh Yogi, pero pronto le abandonó para crear su propio grupo, El arte de vivir (AV). Ravi Shankar está mostrando el mismo empuje que Maharishi tuvo en los años 70, y AV se ha convertido en el gurú que más dinero controla desde su institución. Ha podido hablar en lugares tan insólitos como el parlamento etíope o Iraq, e incluso ha visitado Pakistán, algo verdaderamente insólito para un personaje de este tipo. A la vez, es difícil encontrar alguien sobre quien se emitan valoraciones tan dispares. Para unos, es una verdadera encarnación de un santón de la India; para otros, alguien que ha dado con algo verdaderamente útil para el acelerado hombre moderno, o bien un charlatán que sólo vende humo a quien se deja engañar, un actor que sólo busca ganar dinero con un show que no se diferencia mucho de vender un elixir milagroso, un exponente del NewAge o simplemente “otro gurú oriental”. De ahí que surja la pregunta: ¿quién es realmente Sri Sri Ravi Shankar? ¿Encaja en alguna de estas etiquetas, es una mezcla de todo esto o es algo distinto? Lo cierto es que no resulta fácil responder por lo resbaladizo del personaje, pero intentaremos dar una respuesta, utilizando la vía que a mi juicio es más clarificadora a este respecto: la comparación con su maestro, Maharishi Mahesh Yogi.
Una primera semejanza radica en lo más aparente: la imagen. Maharishi, en los años 60 y 70, adoptó una estética bastante al gusto de lo que entonces era la modernidad hippy, con un aspecto de hombre tranquilo que ha encontrado la paz. Shankar la ha adaptado a la mentalidad actual, de forma que se presenta como el hombre tranquilo que ha encontrado el secreto de la salud, tanto física como mental. Tanto en uno como en otro la imagen se ha cuidado hasta el extremo, de forma que es poco menos que imposible saber a ciencia cierta quién se oculta tras el estereotipo mostrado. Shankar, nacido en 1956, continuamente presume de tener más edad de la que aparenta, aunque lo cierto es que, sin el “arreglo” con el que se deja ver –sobre todo, con la barba teñida de negro-, aparenta la edad que tiene. Más difícil de creer es que duerma tres horas al día y que su estado interior sea el de un niño, como también manifiesta con frecuencia. Lo único que se puede concluir con certeza es que todo esto es fruto de una cuidadosa operación de imagen, airada una y otra vez por una propaganda incesante.
Más importante es la presentación, no ya de la persona, sino del “producto•”. Maharishi ofrecía una sencilla meditación en la que, en un principio, se trataba de repetir unas palabras que permitían al sujeto armonizar su interior. El yogui aseguraba que era una técnica sin significado religioso, pero en realidad las palabras eran términos sánscritos con significado religioso (se defendía diciendo “pero no para los meditantes”). Shankar ofrece unas técnicas respiratorias con las que se puede eliminar el estrés y sentirse bien. En principio las técnicas de respiración no tienen idioma ni religión, pero los dos coinciden en el objetivo –el estrés-, y es más significativo de lo que parece a primera vista que Shankar hable de “arrojar fuera” el estrés. Se refiere al mismo como si fuera no tanto un estado anímico o nervioso, sino como algo con una cierta entidad propia que uno lleva dentro y que debe expulsarse mediante la debida técnica. O sea, de modo más disimulado aún que en Maharishi, nos encontramos de nuevo con el karma hindú, debidamente presentado con un estudiado envoltorio occidental y aséptico.
Otra característica común es lo esquivos que se han mostrado ambos cuando se les pregunta por el carácter religioso de su enseñanza. La salida más frecuente es decir que se trata de cosas perfectamente compatibles con cualquier religión, de forma que quien atienda sus cursillos no tiene ninguna necesidad de abandonar su religión. La respuesta tiene su truco. Para un occidental, decir que algo es compatible con cualquier credo religioso connota que se trata de algo no religioso por ser “neutral”. Para un hindú eso no es así. Las religiones orientales son bastante sincretistas: tienden a ver como asimilable todo lo que viene de otra parte. Aunque, claro está, asimilable no es lo mismo que compatible. Por eso lo que sucede es que cualquier otro credo se ve desfigurado en sus contenidos, aunque se mantenga en lo posible su terminología. Con respecto al cristianismo, por ejemplo, se puede mantener la afirmación de la divinidad de Jesucristo... sólo que en el mismo sentido en que es divino el gurú de turno. Y, sobre esto último, conviene fijarse en el título adoptado por Shankar. “Sri” significa “señor”, y el líder de AV afirma que su repetición obedece al deseo de distinguirse del músico llamado Sri Ravi Shankar. Pero lo cierto es que podía haber marcado la diferencia de muchos modos, y la repetición del término lo convierte en un superlativo utilizado para referirse a la divinidad. De hecho, hay testimonios suficientes de que, dentro de su organización, Shankar es aclamado como lo que en realidad quiere ser: un líder religioso divinizado por sus seguidores. También aquí hay un paralelismo con Maharishi.
Todas estas semejanzas, claro está, no son casualidad. Shankar estuvo poco tiempo con Maharishi, pero el suficiente para aprender bien la sustancia de MT. Su semblanza oficial –una verdadera hagiografía- señala que Shankar ya sabía de memoria el Bhagavad Gita –el largo poema que constituye el principal de los escritos védicos- a los cuatro años. Pero su hermana no tiene empacho en declarar que detesta la lectura: “Nunca ha leído un libro; lee una página y ya se queda dormido”. ¿Dónde ha aprendido, pues? Sólo cabe una respuesta: de Maharishi. Los dos han demostrado ser sujetos inteligentes y astutos. Los dos han demostrado ser ególatras. Por eso no podían estar juntos mucho tiempo. Shankar, cuando estimó que ya había aprendido lo suficiente, se fue. Por los testimonios familiares que conocemos, lo que mostró desde la infancia no era un conocimiento del Bhagavad Gita, sino una ambición desmedida, una buena inteligencia y un temperamento audaz, que le impulsaba a arriesgar para conseguir lo que quería. Dejó los estudios –con esa afición por la lectura no es de extrañar-, dejó su primer trabajo, dejó a Maharishi... y acabó saliéndose con la suya. 
En Occidente, con frecuencia, las organizaciones religiosas venidas de la India son catalogadas como sectas, como movimientos new age o como negocios, y se les aplican los correspondientes esquemas, que suelen ser incompletos, cuando no simplemente falsos. Lo que más raramente se hace es algo que resulta muy esclarecedor al respecto: ver qué se piensa en la India. AV tiene su sede principal en las afueras de Bangalore. Allí tiene su ashram, sólo que no coincide con la idea tradicional que evoca este término, la de una finca en la que se encuentra una comunidad monástica o semimonástica que vive de la tierra (en régimen vegetariano). Incluye una zona residencial con un lago artificial, helipuerto, grandes comedores, cibercafés, librería, farmacias, y la sede de un canal de radio difundido por satélite. Pero lo más llamativo es que no se trata de un caso aislado. Otras organizaciones, algunas desconocidas fuera de la India y otras bien conocidas (Osho, ISKCON), mueven mucho dinero, y AV figura en cabeza. La entrada a las festividades anuales del grupo cuesta cinco mil rupias. La clientela más buscada es la nueva clase económicamente desahogada creada con el rápido crecimiento económico en la India. Aquí es donde se ve con más claridad que las técnicas de respiración no van solas. Lo que se ofrece, de una manera u otra y en todas partes, es solaz y meditación. Las declaraciones mismas de Shankar, si se examinan detenidamente, incluyen la meditación en su oferta. Como ocurre en MT con los breves mantras, los ejercicios respiratorios no son más que el principio. ¿De qué? Pues de algo que se puede resumir con una sola palabra: yoga. 
En la India no se ponen objeciones a que montajes religiosos ganen millones de dólares, y menos aún cuando, como suele ocurrir –y AV no es una excepción-, financian algunas obras asistenciales y educativas. En 2005, una santona de Kerala, Amma Amritanandamayi, se permitió el lujo de donar un millón de dólares para los damnificados del huracán Katrina en Estados Unidos. Cuando los precios son altos o incluso disparatados, tampoco se oculta. A la entrada del ashram de un gurú llamado Baba Ramdev hay un gran cartel que dice: “Miembro ordinario: 11.000 rupias; miembro de honor: 21.000 rupias; miembro especial: 51.000 rupias; miembro de por vida: 100.000 rupias; miembro reservado: 251.000 rupias; miembro fundador: 500.000 rupias” (diez mil rupias equivalen a unos 250 dólares). No se suelen poner reparos a que la vida de estos maestros pueda estar rodeada de lujo. Lo que sí se cuestiona, y mucho, es la autenticidad de los gurúes y sus movimientos. Sin algo parecido a una iglesia que controle de alguna forma a los “hombres de Dios”, cualquiera puede instalar su tienda. Y hay de todo: desde verdaderos estudiosos que viven lo que enseñan, hasta embaucadores que prácticamente no han invertido ni un minuto en meditación yóguica. Ravi Shankar no se ha librado de la polémica. Tiene enfervorizados seguidores que le veneran como un ser divino, y tiene detractores que le ven como el prototipo de curandero charlatán, un “tranquilizante de ricos” que ofrece “conciencia cósmica en cuatro fáciles lecciones”; en resumidas cuentas, un timo. ¿Cuál es la realidad? Es cierto que ha aprendido algunas técnicas de su mentor Maharashi, pero también lo es que difícilmente puede dedicarse en serio a la meditación quien se muestra incapaz de dedicar un cuarto de hora a la lectura. Además, como sucedía con Maharishi, se echa en falta el poder ver o conocer algo más del personaje que una cuidadosa puesta en escena. 
De todas formas, por poner un ejemplo comparativo, si encontráramos una academia de idiomas que promete milagrosos dominios del inglés en cuatro meses y sin esfuerzo, lo cierto es que, bien o mal, lo que enseña es inglés. Por su parte, lo que propaga Shankar, ¿es o no una religión? Cuestionado sobre ello, hace gala de una calculada ambigüedad: su respuesta es que no se trata de religión, sino de espiritualidad. Esto tiene un muy buen cartel en una sociedad occidental en la que muchas personas quieren lo que podríamos denominar efectos benéficos de la religión en el espíritu, pero sin religión, sin el compromiso moral con una fe y unas normas morales. Se crea así una demanda de sosiego espiritual tomado como un producto de mercado más. Quien lo ofrezca con poco esfuerzo y sin compromiso tiene atractivo, y para muchas de estas personas el coste económico es lo de menos, de forma que pagan con gusto los 375 dólares que cuesta el curso semanal (22 horas) de respiración de Ravi Shankar. Eso sí, hay que hacerlo bien, con un buen marketing, pues hay bastante competencia en un mercado que, sólo en Estados Unidos, mueve seis mil millones de dólares al año. Ahora bien, una cosa es cómo se mira en Occidente, y otra en Oriente. Shankar afirma que las religiones son como la piel de banana, mientras que la espiritualidad es la banana misma, lo comestible. Esto coincide bien con la visión que se tiene desde el hinduismo de las iglesias cristianas y otras religiones. El hinduismo no tiene una estructura centralizada, ni un credo o una moral perfectamente establecidos. Tiene una colección de escritos antiguos, unas cuantas ideas comunes que se desprenden de los mismos, unos maestros que surgen, vienen y van... y una meditación. Cuando Shankar desprecia como una cáscara inútil la organización que tienen otros, está haciendo una apología de su propia religión. 
Ahora bien, ¿se trata de hinduismo o de un exponente de new age? La clave es lo que hay que entender por yoga. Está muy extendida la idea de que se trata de una técnica de relajación, o una técnica de meditación cuyo contenido puede ponerlo cada uno a su gusto, siendo así compatible con cualquier creencia. En una palabra, método, no sustancia. Sin embargo, basta con leer el capítulo 6º del Bhagavad Gita para desmentirlo. Ya al principio se lee lo siguiente: “Lo que se denomina renuncia, debes saber que es lo mismo que el yoga, o el vincularse con el Supremo, ¡oh, hijo de Pandu!, porque jamás puede uno convertirse en yogui, a menos que renuncie al deseo de complacer los sentidos” (n.2). La relajación corporal no se contempla aquí como un fin en sí mismo, sino como un medio para algo de otro orden: “Uno debe mantener el cuerpo, el cuello y la cabeza erguidos en línea recta, y mirar fijamente la punta de la nariz. De ese modo, con la mente tranquila y sometida, libre de temor y completamente libre de la vida sexual, se debe meditar en Mí en el corazón y convertirme en la meta última de la vida” (nn.13-14). En el hinduismo, esa unión final –fusión- con el infinito que pregona no se consigue precisamente con unas técnicas de respiración, sino que tiene un coste ascético mucho mayor: “Practicando así un control constante del cuerpo, la mente y las actividades, el yogui, con la mente regulada, llega al cielo espiritual mediante el cese de la existencia material” (n.15). Este cese de la existencia material es el nirvana, algo bastante distinto a ese estado placentero que creen algunos. Sí que se considera como algo placentero, pero a la vez extático; es decir, que exige un ejercicio continuo para desprenderse de todo lo sensorial, por “vaciar” los sentidos, y eso es precisamente el yoga, Así se entiende otro versículo del mismo texto: “Se dice que una persona está elevada al yoga cuando, habiendo renunciado a todos los deseos materiales, ni actúa para complacer los sentidos, ni se ocupa en actividades fruitivas” (n.4). La idea se remacha en varias ocasiones, como por ejemplo en este otro versículo: “Cuando un yogui disciplina sus actividades mentales mediante la práctica del yoga y se sitúa en la trascendencia, libre de todos los deseos materiales, se dice que él está bien establecido en el yoga” (n.18). El Bhagavad Gita reconoce que se trata de un ejercicio muy difícil, pero para quien se queda en el camino sin conseguirlo tiene un consuelo: tendrá en el futuro reencarnaciones muy favorables, que le facilitarán poder continuar donde lo ha dejado.
Quien conozca bien la historia del pensamiento sabrá que el método es inseparable de la sustancia, por la sencilla razón de que el primero es la vía racional para llegar a la segunda. Pero, en todo caso, esto tiene poco que ver con el New Age y la vida fácil que proclama. En algún aspecto, es la antítesis, pues el bienestar que persigue este último es precisamente aquello de lo que debe desprenderse quien quiera alcanzar el nirvana. Lo que ocurre es que se da una extraña simbiosis entre los dos términos. El movimiento New Age siempre ha tenido un ojo puesto en Oriente, para sacar de ahí elementos que concordaban con esa especie de neopaganismo difuso que propugna. El panteísmo –no muy claro en su conceptuación, como suele suceder con los panteísmos- hindú se transforma así en culto a la diosa naturaleza, mientras que la meditación queda convertida en técnica de autoayuda. A su vez, el hinduismo, con su sincretismo, su flexibilidad para adoptar elementos extraños y su facilidad de hacer malabarismos con los términos, se aprovecha de ello para presentarse como un producto arreligioso coincidente con la moda intelectual y disfrazar su oferta de acuerdo con ello. Maharishi y Shankar son buenos ejemplos, pero desde luego no los únicos ni los primeros, ni probablemente sean los últimos. Para complicar el panorama, a esto hay que añadir los rasgos personales de cada grupo u organización, que casi siempre son un reflejo de la persona que lo ha creado. Un mercado tan suculento en el que se ha convertido todo lo que suena a técnica fácil de autoayuda es muy tentador, tanto en Occidente como en Oriente, y no debe extrañar por tanto que proliferen charlatanes, farsantes y vendedores de “elixires” milagrosos. En la India más de uno señala a Ravi Shankar como vendedor de “jarabe de yoga”, lo que puede ser un etiquetado bastante bueno. Desde luego, lo que se ve muestra más a un actor que a un profundo meditante o un asceta que recorre la senda señalada por la literatura védica. 
¿Cuál es el secreto del éxito de Shankar, si es que hay alguno? En realidad, está a la vista. Preguntado por Maharishi a la muerte de éste, Shankar se limitó a decir, un tanto misteriosamente, que había perdido realismo. ¿Qué quería decir? Maharishi había querido conducir a todo el mundo, sin que en un principio fueran conscientes de ello, por su senda yóguica, y soñaba con una “conciencia cósmica” que armonizara el mundo. Pero no parecía querer darse cuenta del todo que la inmensa mayoría de los que acudían a sus cursos de MT no querían eso, y el conflicto surgía cuando se enteraban de a dónde los quería llevar. El realismo de Shankar es que se limita a dar lo que buscan. Y lo que buscan es una técnica de relajación para sentirse bien. El yoga no es eso, pero indudablemente incluye eso. Sólo unos pocos –y más en la India, lógicamente- quieren algo más, y Shankar también se lo da, lo viva él o no. Para él, es una necesidad: su organización necesita un “núcleo duro” si quiere mantener una respetabilidad, especialmente en su propia tierra. 
Por lo demás, ¿cuál es el efecto de sus cursillos? En un mundo de prisas, que parece haber adquirido un aborrecimiento al silencio y a meditar, un rato de ello tiene necesariamente que sentar bien. Lo que sucede es que la gente suele intuir que en el silencio y el ambiente de reflexión surgen cuestiones muy comprometedoras, sobre todo acerca del sentido mismo de la vida. Por eso lo rehuyen. Y Shankar tiene éxito porque lo ofrece eludiendo todo compromiso: es sólo una técnica. Pero, a la vez, no deja de ser un sucedáneo, y ocurre como con todo sucedáneo: da el pego en un principio, pero no tarda en revelarse como una falsificación. Lo que imparte AV viene así a ser como una pastilla o un sedante: tiene un efecto inmediato positivo, pero efímero. Al poco se pone de manifiesto que es un parche, no una solución. ¿Engaña Shankar? Quizás sí, pero a quienes buscan ser engañados, a quienes van en busca de la receta mágica en vez de encarar sus problemas y las auténticas soluciones a los mismos. Sri Sri Ravi Shankar lo que da es, efectivamente, “jarabe de yoga”.

Julio de la Vega-Hazas Ramírez, Miembro de la RIES. Sacerdote español del Opus Dei y Doctor en Teología. Especializado en moral y en sectas. De hecho, uno de sus libros se titula El complejo mundo de las sectas”. Tomado de Catholic Net.

martes, 4 de septiembre de 2012

In memoriam.




A los 94 años falleció el ilustre filósofo de la Universidad Nacional de Cuyo (UNCuyo), Rubén Calderón Bouchet. A lo largo de su vida tuvo dos grandes intereses, la Filosofía Medieval y la Filosofía de la Historia. 
Nació en Chivilcoy, Provincia de Buenos Aires el 1º de enero de 1918. Hizo sus primeros estudios en esa ciudad y una vez terminado el bachillerato arribo a Mendoza en marzo de 1944, donde se inscribió como alumno en la Facultad de Filosofía y Letras. 
Dictó clases de Filosofía en colegios secundarios y en 1976 ingresó como profesor titular de Historia de la Filosofía Medieval” y por extensión de la cátedra de “Filosofía de la Historia” en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo. 
En 1983 se lo nombró profesor emérito de la UNCuyo y estuvo a cargo de las carreras de Ética. Hasta 1994 estuvo dictando cursos de especialización y perfeccionamiento docente en el Departamento de Graduados, que en ese entonces era un posgrado. 
Realizó numerosas publicaciones de libros en importantes editoriales de la Argentina y colaboró en varias revistas que sustentaban el ideario tradicionalista al que adhería. Además fue ilustre miembro de la Hermandad Tradicionalista Carlos VII, a la que hornraba siendo su Presidente Honorario. Como destacado filósofo mendocino contrarrevolucionario, fue nombrado por S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón, Caballero de la orden de la Legitimidad Proscrita.
Gran pensador y escritor católico, fiel a la Tradición, fiel a la Verdad, por lo cual, recibió una buena dosis de persecuciones. Roguemos por su alma y el consuelo cristiano de su familia.

Requiem æterna dona ei Domine et lux perpetua luceat ei.


In memoriam

El primer día de este año 2009, cumplió 91 años Don Rubén Calderón Bouchet. Estamos seguros de que él no nos perdonaría una celebración con sabor a obituario, ni un ditirambo de esos que habitan los pergaminos, ni tampoco la solemnidad de los intelectuales descafeinados. Casi diríamos que tampoco nos perdonaría la ausencia de alguna palabrota feroz en el discurso o, por lo menos, de algún retruécano de esos que supieron hilvanar en vida Gracián y Quevedo.
Envasado a lo paisano —no a lo gauchudo, como él mismo supo distinguir— Don Rubén disfruta con el evangélico sí, sí; no, no, que sin necesidad de Jerónimos y de Vulgatas, ha traducido siempre como el noble arte de proferir la Verdad y de mandar al carajo a los mentirosos. No es casual que el festejo, lejos de enmarcarse en el territorio anaftalinado de alguna Academia á la page, haya transcurrido en una suculenta bodega mendocina, donde se sabe empíricamente que in vino veritas, sin traducción postconciliar a lenguas vernáculas.
Si algo concuerda con el magisterio fecundo de Don Rubén es la juntura de tres palabras: la luz que todo lo enciende y fulgura porque tiene su origen en la única Luz de Luz, como se rezó para siempre en Nicea. El ágape, que trae las reminiscencias más nobles de la helenidad, pero el fruto más alto del banquete católico. Y la cordialidad, que de corazón procede, y que el Corazón de Jesús tiene por última fuente, tal como lo enseñó Pío XII en la “Haurietis Aquas”. Una vida entregada al albor, a los amores esenciales y sustantivos, al mester de corazonadas: ¿qué más y qué mejor oficio se puede pedir?
Don Rubén escribió una pila de libros. Y como decía Ernesto Palacio, al no haber sido lo suficientemente aburridos como para llamar la atención de la intelligentzia, tuvieron todos ellos un mejor destino que el bestsellerato. Han sido y son lectura y relectura permanente de todos quienes buscan el Bien. El Bien en la Historia, la Política, la Filosofía, las Letras, la Fe.
Mérito enorme su ciencia, su sabiduría universal, su capacidad pugnativa, su desciframiento del pasado y del presente, su estilo inmejorable de quien recibió el talento para fablar alegre y preciso a la vez. Mérito grande el de su lucidez y coraje, reunidos en una estampa afable y afectuosa, como sólo supieron tener genuinamente en esta tierra los criollos sin dobleces y sin trampas. Mérito mayor, tal vez, ese don para mantenerse semper idem; sin cambiar de cabalgadura ni de camino, ni de faro ni de navío, ni de misa ni de mesa, ni de Patria y de Dios.
La sordera lo preservó de escuchar a los politicos, y la distancia de ver personalmente a tanto malparido. Entre nostalgioso y aún bizarro para nadarse unos cuantos metros y escaparle a la artrosis, un día de éstos —con la misma naturalidad con que hoy se levanta y se empapa de sol cuyano y de nietos— se nos irá para siempre. Al galope corto, señor de las riendas, con dos lagrimones que se le escapan de la cara, como a Fierro, cuando miró las últimas poblaciones.
Pero por ahora, Don Rubén, no se muera nunca. Su bien llevada longevidad es una de las pocas victorias que tenemos los nacionalistas.

Antonio Caponnetto, nota publicada el 2 de Enero de 2009.