viernes, 23 de noviembre de 2012

La libertad explicada por Pío XII.




Quien, como Pío XII, tantas veces denunció y condenó el es­tatismo y la mecanización de la vida contemporánea, no podía ser sino un ardiente defensor de la libertad personal. En efecto, proclamó que ésta, rectamente entendida, constituye una de los fundamentos de la reconstrucción social; no es posible edificar tal reconstrucción prescindiendo de ella.

[Los católicos y todos aquellos que reconocen y adoran a un Dios personal y observan su Decálogo] sean conscientes de cuanto ellos, y solamente ellos, pueden contribuir real y eficaz­mente a la obra de reconstrucción, persuadidos al mismo tiempo de que esta obra no podrá llegar nunca a feliz término si no se funda sobre el derecho, sobre el orden y sobre la libertad. Sobre la libertad, queremos decir, de tender a lo que es verdadero y bueno, sobre una libertad que esté en armonía con el bienestar de cada pueblo en particular y de toda la gran familia de los pue­blos. De esta libertad la Iglesia ha sido siempre sostenedora, tutora y vindicadora.

(Alocución al Sacro Colegio de Cardenales, lº junio 1946.)

Lo dicho al final de este párrafo acerca de la preocupación de la Iglesia Católica por la libertad del hombre se explica perfec­tamente si se tiene en cuenta la íntima vinculación que existe entre esta libertad y la de la misma Iglesia.

Cuando ella [la Iglesia] combate por conquistar o defender su propia libertad, es también por la verdadera libertad, por los de­rechos primordiales del hombre que lo hace.

(Alocución a los miembros del Congreso Internacional de  Estudios Humanistas, 25 setiembre 1949.)

Tero el término “libertad” se presta a interpretaciones equívo­cas. El Padre Santo se preocupó por precisarlo y por distinguir­lo de la licencia.

La verdadera libertad, la que merece verdaderamente este nombre y hace la felicidad de los pueblos, no tiene nada de co­mún con la licencia desenfrenada, el desborde de la desvergüen­za; la verdadera libertad es, al contrario, la que garantiza la actuación y la práctica de lo verdadero y de lo justo en el domi­nio de los mandamientos divinos y en el cuadro del bien públi­co. Por lo tanto, tiene necesidad de justos límites.

(Radiomensaje  al pueblo suizo, 20 setiembre 1946.)

Los hombres, tanto los individuos como la sociedad humana, y su bien común están siempre ligados al orden absoluto de los valores establecido por Dios. Ahora bien, para realizar y hacer eficaz esta vinculación de una manera digna de la naturaleza humana, ha sido dada al hombre la libertad personal, y la tutela de esta libertad es el fin de todo ordenamiento jurídico mere­cedor de tal nombre. Pero de ahí también se sigue que no puede haber la libertad y el derecho de violar aquel orden absoluto de valores. Se vendría a lesionarlo y a afectar la defensa de la moralidad pública, que es sin duda un elemento primordial para el mantenimiento del bien común por parte del Estado si, para citar un ejemplo, se concediera, sin miramiento a aquel or­den supremo, una libertad incondicionada a la prensa y al “film”.

(Alocución al patriciado y a la nobleza romana, 8 enero 1947.)

La genuina libertad es un conjunto de derechos y deberes.

La libertad, base de las relaciones humanas normales, no pue­de ser entendida como desenfrenada licencia, se trate de individuos, o de partidos, o de todo un pueblo —la colectividad, co­mo se dice hoy—, o aun de un Estado totalitario que, con abso­luta indiferencia, usa cualquier medio para alcanzar sus fines. No, la libertad es algo muy diferente. Es un templo de orden moral erigido sobre líneas armoniosas; es el conjunto de derechos y deberes entre los individuos y las familias, y algunos de estos de­rechos son imprescriptibles aun cuando un bien común aparente pueda oponerse; derechos y deberes entre una nación o Estado y la familia de naciones y Estados. Estos derechos y deberes están cuidadosamente medidos y equilibrados por las exigencias de la dignidad de la persona humana y de la familia, de una parte, y del bien común, por la otra.

(Alocución al Embajador de Gran Bretaña, 23 junio 1951.)

En la lid con la nueva forma de vida del Este materialista, Occidente afirma que toma cartas en pro de la dignidad y de los derechos del hombre y en particular por la libertad del individuo. Pero no puede dejar de ver que la dignidad y los derechos del hombre —especialmente su libertad personal— se vuelven con­tra él, se neutralizan a sí mismos si no son tomados junto con las obligaciones y los deberes a los cuales el orden de la naturaleza, tanto como el de la gracia, los ha unido indisolublemente y los ha impuesto al hombre en los mandamientos de la ley de Dios y la ley de Cristo.

(Carta al Obispo de Augsburgo con motivo del milenario de la batalla de Lechfeld, 27 julio 1955.)

La libertad sólo puede ser bien entendida si se la considera en un plano trascendente, con criterio sobrenatural

No olvidéis que la libertad terrenal no es un bien sino cuando se expande en una libertad más elevada, si sois libres en Dios, libres frente a vosotros mismos, si conserváis vuestra alma libre y abierta para recibir los raudales del amor y de la gracia de Jesucristo, de la vida eterna que es El mismo.

(Alocución con motivo de la canonización de Nicolás de Flüe, 16 ma­yo 1947.)

El concepto elevado y amplio sostenido por la Iglesia choca con la alarmante tendencia hodierna a la disminución progresi­va de la libertad y de la responsabilidad personal; tal tendencia existe incluso en las naciones que se llaman “libres”. Esto se vincula con los tremendos problemas de la colectivización y de la mecanización de la vida moderna, que el Vicario de Cristo denunció tantas veces.

Es un hecho doloroso que hoy ya no se estima o no se posee la verdadera libertad. [... ] Los que, por ejemplo, en el campo económico o social pretenden hacer a la sociedad responsable de todo, aun de la dirección y de la seguridad de su existen­cia; o los que esperan hoy su único alimento espiritual diario cada vez menos de sí mismos —es decir, de sus propias conviccio­nes y conocimientos— y cada vez más de la prensa, la radio, el cine, la televisión, que se lo ofrecen ya preparado, ¿cómo po­drán estimarla y desearla, si no tiene ella lugar alguno en su vida? No son más que simples ruedas en los diversos organismos sociales; ya no son hombres libres, capaces de asumir y de acep­tar una parte de responsabilidad en las cosas públicas [...]
Esta es la situación dolorosa con que tropieza también la Igle­sia en sus esfuerzos por la paz, en sus llamadas a la conciencia de la verdadera libertad humana, elemento indispensable, según la concepción cristiana, del orden social, considerado como orga­nización de paz. En vano multiplicará ella sus llamamientos a hombres privados de esa conciencia, y aún más inútilmente los enderezará hacia una sociedad que ha quedado reducida a puro automatismo.
Tal es la demasiado difundida debilidad de un mundo que gusta llamarse con énfasis “el mundo libre”. O se engaña o no se conoce a sí mismo: no se asienta su fuerza en la verdadera libertad. [... ] De ahí proviene también, en no pocos hombres autorizados del llamado “mundo libre”, una aversión contra la Iglesia, contra esta importuna amonestadora de algo que no se tiene pero que se pretende tener y que, por una rara inversión de ideas, se le niega con injusticia precisamente a ella: hablamos de la estima y del respeto de la genuina libertad.
Mas la invitación de la Iglesia todavía encuentra menor re­sonancia en el campo opuesto. Aquí, en verdad, se pretende estar en posesión de la verdadera libertad, porque la vida social no fluctúa sobre la inconsciente quimera del individuo autóno­mo, ni hace al orden público lo más indiferente posible a va­lores presentados como absolutos; antes bien, todo está estrecha­mente ligado y dirigido a la existencia o al progreso de una determinada colectividad.
Pero el resultado del sistema de que hablamos no ha sido feliz, ni ha hecho más fácil la acción de la Iglesia: porque aquí está menos tutelado aún el verdadero concepto de la libertad y de la responsabilidad personal. Y ¿cómo podría ser de otro modo, si Dios no tiene allí su puesto soberano, si la vida y la activi­dad del mundo no gravitan en torno a Él ni tienen, a El por cen­tro? La sociedad no es más que una enorme máquina, cuyo or­den es sólo aparente, porque ya no es el orden de la vida, del espíritu, de la libertad, de la paz. Como en una máquina, su ac­tividad se ejercita materialmente, destruyendo la dignidad y la libertad humanas.

(Radiomensaje de Navidad, 24 diciembre 1951.)

Quien encontrase infundada nuestra solicitud por la verdade­ra libertad al referirnos, como lo hacemos, a la parte del mundo que suele llamarse “mundo libre”, debería considerar que tam­bién en él, primero la guerra propiamente dicha, luego la “gue­rra fría”, han conducido forzosamente las relaciones sociales en una dirección que inevitablemente restringe el ejercicio de la libertad misma.

(Radiomensaje de Navidad, 24 diciembre 1952.)

Para asegurar la libertad del hombre, preciso es que la so­ciedad esté ordenada de acuerdo a su estructura natural, o sea conforme al supremo Ordenador, dando de lado a la "idolatría" tecnológica y mecanicista.

La religión y la realidad del pasado enseñan que las estructu­ras sociales, como el matrimonio y la familia, la comunidad y las profesiones mancomunadas, la unión social dentro de la pro­piedad personal, son células esenciales que aseguran la libertad del hombre y, con ésta, su papel en la historia. Son intangibles, por lo tanto, y la sustancia de ellas no puede estar sujeta a ar­bitrarias revisiones.
Quien de veras busca la libertad y la seguridad, debe resti­tuir la sociedad a su verdadero y supremo Ordenador, persua­diéndose de que solamente el concepto de sociedad que deriva de Dios lo protege en sus empresas más importantes. El ateísmo teórico y aun práctico de quienes idolatran la tecnología y el proceso mecánico de los acontecimientos, acaba necesariamente por Convertirse en enemigo de la verdadera libertad humana, puesto que trata al hombre como a las cosas inanimadas en el laboratorio.

(Radiomensaje de Navidad, 23 diciembre 1956.)

Selección tomados de César H. Belaúnde, “La política en el pensamiento de Pío XII”, EMECÉ editores, Buenos Aires, 1962, págs. 143-148.

El peor enemigo de la Iglesia: el liberalismo.




Diversos acontecimientos de suma importancia, así como divi­siones de la Jerarquía de la Iglesia de la mayor trascendencia fueron motivo, hace ya algunos años, pa­ra la siguiente intervención de Monseñor Lefebvre. Tanto para él, como para los fieles unidos a la Hermandad y a la Tradición, las consecuencias de estos hechos fueron notables. ¿Por qué se han tomado decisiones de tan graves consecuencias en estos últimos veinticinco años? La situación ac­tualmente es gravísima. Pero tal situación no se remonta a los últi­mos veinte años, sino que viene de muy atrás.

Los partidarios del contubernio entre la Iglesia y la Revolución.

Dos corrientes se combaten al interior del Catolicismo desde hace dos siglos. Después de la Revolución francesa algunos quisieron acomodarse con los principios revolucionarios y componer con los enemigos de la Iglesia; otros rehusaron este arreglo, teniendo en cuenta que Nuestro Señor Jesucristo nos advirtió: “Quien no está Conmigo está contra Mí”. Por consiguiente, si se está por el reinado de Jesucristo, se está contra sus enemigos. No es posible de otra forma. Para pactar, los primeros pretendieron que se podía dejar de hablar de Nuestro Señor a pesar de continuar amándole. Más los Papas, hasta el Concilio Vaticano II, desaprobaron a éstos.

Jesucristo: único Rey, único Dios.

Nuestro Señor es nuestro Rey, nuestro Dios. Debe, pues, reinar y no solo en privado sobre nuestras personas sino sobre nuestras familias, aldeas, y por doquier. Por otro lado, quiérase o no, Él será un día nuestro juez. Cuando vendrá sobre las nubes a juzgar el mundo entero, todos los hombres estarán postrados de rodillas: budistas, musulmanes, todos. No hay, en efecto, varios dioses, sino uno solo, como lo cantamos en el Gloria: “Tu solus sanctus, Tu solus altissimus Jesu Christe”. Él descendió de los Cielos para salvarnos, es Él que reina en el Cielo; lo veremos cuando muramos.

División de los católicos: los “católicos-liberales”.

Con la Revolución francesa se declaró una verdadera división, la que, por otra parte, tuvo su inicio ya con los protestantes. Toda una clase de intelectuales se sublevó contra Nuestro Señor, en un auténtico complot diabólico contra su reino del que no se quería oír más. Esos toleraban que Le honrásemos en nuestras capillas y sacristías, pero en forma alguna al exterior. No se debía hablar más de Nuestro Señor en los tribunales, la escuela, los hospitales, en una palabra, en ninguna parte. Más Nuestro Señor tiene el derecho de reinar sobre todo, y en los países católicos es el Amo. Y nosotros debemos tratar de hacerlos reinar lo más posible, de convertir a aquellos que no le conocen y no le aman todavía, a fin de que éstos lleguen a ser también sus súbditos, y que reconozcan a su Maestro, en el Cielo.
Así, desde la Revolución francesa, los católicos se dividieron entre los que aceptaban honrar a Nuestro Señor en las familias y parroquias, pero no en la vida pública, y en aquellos que, al contrario, querían que Nuestro Señor reine en todos lados. Los primeros, para justificar el silencio sobre Nuestro Señor en la sociedad, se apoyaron sobre la libertad de creer y de no creer. Pero esto no es así; uno no es libre de creer lo que quiere. Nuestro Señor dijo: “El que creerá será salvado, el que no creerá será condenado”. Por supuesto, se puede usar mal de esta libertad, pero entonces se desobedece alejándose de Dios. Moralmente uno no es libre: se debe honrar a nuestro Señor y seguir su enseñanza.

Los Papas condenan a los liberales.

He aquí aquellos que se llamó liberales, porque estaban por la libertad, dejando a cada uno el derecho de pensar lo que quería según su conciencia. Pero los Papas han condenado siempre ese liberalismo, afirmando en alta voz que no hay más libertad de conciencia que la de hacer el bien y evitar el mal. Por supuesto se puede desobedecer. Un niño puede desobedecer a sus padres, pero ¿tiene derecho a eso? Evidentemente no. Es lo mismo en la religión. Cierto, existen personas que desobedecen, pero hay que tratar de convertirlos y de llevarlos a obedecer a nuestro Señor, el Dios verdadero que nos juzgará a todos.
Esa corriente liberal fue desarrollada por católicos como Lamennais que era sacerdote; de allí la división en el propio seno de la Iglesia. Pero papas tales como Pío IX, León XIII; San Pío X, Pío XI, y Pío XII, han condenado siempre a esos liberales como los peores enemigos de la Iglesia, dado que alejaban a las gentes, las familias y los Estados de Nuestro Señor Jesucristo.
Cuando Nuestro Señor no está más presente en las escuelas, hospitales, tribunales y gobiernos, cuando está ausente del ambiente público, es la apostasía y el ateísmo. En efecto, se toma el hábito de no pensar más en Nuestro Señor, ya que no se lo ve en ninguna parte, y poco a poco este olvido se difunde y se introduce en las familias.
¿Cuáles son actualmente, para dar un ejemplo, los restaurantes y hoteles donde se halla la Cruz de Nuestro Señor? Por mi parte viajo mucho, y no he hallado sino en Austria un hermoso crucifijo en algunos restaurantes y una bella imagen de la Santísima Virgen en la habitación del hotel. En otra parte esto se terminó. Antes no había casa sin crucifijo. Hoy, hasta buenos católicos tienen miedo de colocar una en su casa, por temor de la reacción de aquellos que no aman la Religión cristiana. Ved a lo que se llega alejando suavemente a Nuestro Señor.

Los enemigos en el interior de la Iglesia.

Al comenzar el siglo, San Pío X decía que ahora los enemigos de la Iglesia no están solamente en el exterior sino también en el interior. Con esto quería señalar esos católicos que no querían más la realeza pública de Nuestro Señor.
Pero eso no es todo. Dado que había hasta en los seminarios profesores modernistas, que querían adaptarse al mundo moderno, con su rechazo de nuestro Señor y su apostasía, San Pío X exigió que se los apartase de los seminarios, para que no influyan sobre los seminaristas que, una vez sacerdotes, difundirían a su turno las malas doctrinas. Y San Pío X tenían razón, pues es lo que ocurrió. Los obispos no quisieron prestar atención y suavemente esas ideas fueron introducidas en los seminarios, luego en el clero y finalmente en todos lados. Al nombre de la libertad, se dejó de hablar de Nuestro Señor y fue la apostasía.
En 1926, hace pues más de sesenta años, me encontraba en el seminario en Roma, bajo Pío XI, quien, él también, combatía y condenaba a los sacerdotes favorables al laicismo. En este año tuvo lugar en Roma una semana contra el liberalismo, y se presentaron dos pequeños libros: “Libéralisme et Catholicisme” del R.P. Roussel y “Le Christ Roi des Nations” del R.P. Philippe. He aquí la introducción del primero:

“Queremos que Jesucristo, Hijo de Dios y Redentor de los hombres, reine no sólo sobre el individuo, sino sobre las familias, pequeñas y grandes, sobre las naciones y sobre el orden social entero; este es el pensamiento que nos une especialmente esta semana. Este reinado social, de Jesús Rey, reinado legítimo en sí, necesario para nosotros, no tiene adversario más temible, por su astucia, su tenacidad y su influencia, que el liberalismo moderno”.

¿Cuáles son, pues, los orígenes de este liberalismo, sus manifestaciones principales, su desarrollo lógico? ¿Cómo calificarlo y refutarlo? Tales son las cuestiones que trata el libro del R.P. Roussel con su respuesta; un libro muy interesante que damos a todos nuestros seminaristas para que estén al corriente de esos errores modernos. El liberalismo, el laicismo, la secularización y la ausencia de sumisión pública a Nuestro Señor se han difundido a pesar de los Papas, porque los obispos y los sacerdotes no los escucharon lo suficiente.
El segundo pequeño libro editado, con ocasión de esa semana contra el liberalismo, en Roma, es: “Catechisme des droits divins dans L'ordre social”, conocido bajo el título “Le Christ Roi des Nations” del R.P. Philippe, redentorista. Veamos el prefacio:

“Bajo pretexto de seguir las solas luces de la conciencia, se tomó el hábito de abandonar a la libre disposición de ésta el cumplimiento de todos los deberes: los derechos de la verdad y especialmente, los de la Verdad suprema son pisoteados. Nuestro catecismo pide un gran acto de fe, el acto de fe en Dios y en Jesucristo que ejerce su autoridad. Los pueblos deben saber que, en todas las relaciones de hombre a hombre, en todo lo que constituye la intimidad de una nación, dependen de Dios y de Jesucristo”.

Todo esto ocurrió en 1926. Entonces los sacerdotes resistían aprestándose para luchar contra la apostasía invasora y para defender a Nuestro Señor, contra la secularización y la laicización de todas las instituciones. León XIII en su incíclica Humanun genus describió que los francmasones tienen por fin descristianizar todo, especialmente las instituciones, y que quieren quitar y expulsar a Nuestro Señor de todos lados. Todo esto se desarrolló pues a pesar de los Papas, y así se llegó al Concilio Vaticano II.

La preparación del concilio: los obispos liberales.

Ahí también fue la división, en el seno mismo de la Iglesia. Esos liberales que no quieren que se hable más de Nuestro Señor en la sociedad, que, al contrario, quieren la libertad de todas las religiones y de todos los sistemas de pensamiento, crearon una oposición entre las cardenales y esto desde la preparación del concilio.
La Santa Sede había instituido unas comisiones a la cabeza de las cuales se elevaba la "Comisión central preparatoria del Concilio". Sesionó de 1960 a 1962 y estaba integrado de setenta cardenales y una veintena de arzobispos y obispos, y si me encontraba allí era por ser presidente de la Asamblea de arzobispos y obispos de la África occidental francesa. El Papa Juan XXIII presidía, con frecuencia, nuestras reuniones.
Fue como un campo de batalla, hay que decirlo. ¿Quién ganaría? ¿Los liberales o los auténticos católicos que estaban con todos los Papas en su condena al liberalismo? Por un lado unos querían que la Iglesia declarase su tesis sobre la libertad, la neutralidad de las sociedades y la ausencia de Nuestro Señor Jesucristo de la vida pública. Por otro, hubo vivas reacciones contrarias. ¿Nosotros católicos no tendríamos el derecho de tener nuestros Estados católicos para no chocar con las religiones musulmana, budista o protestante? ¿Y esto bajo el pretexto de no hacerles agravio, cuando ellos nos lo hacen categórica y públicamente?
En los Estados protestantes, por ejemplo, se es protestante oficialmente. El cantón de Vaud inscribió en su constitución que el protestantismo es religión de Estado. Así es igualmente para Suecia, Noruega, Inglaterra y Dinamarca, y públicamente la religión protestante es la única reconocida por el Estado.
Los liberales suprimen los Estados católicos.

¿Entonces no tendríamos el derecho de tener nosotros también nuestros Estados católicos? El Estado del Valais era católico un 90 %. Como los liberales ganaron en el Concilio, y dominan ahora en Roma, pidieron a Mons. Adams (a quien conocí bien y que era un buen amigo), por intermedio del nuncio en Berna, de acabar con el Estado católico del Valais. La constitución valdense enunciaba, en efecto, que la Religión católica era la única religión reconocida públicamente por el Estado. Esto era, en definitiva, afirmar que Nuestro Señor Jesucristo era el Rey del Valais. Y Mons. Adam, todo lo favorable que fuese la Tradición, él que había combatido durante el concilio a favor del reinado social de Nuestro Señor, escribió una carta a todos sus fieles para que el Estado de Valais cambiase su constitución y se convierta oficialmente en neutra.
Me informé y se me contestó que eso venía del nuncio. Fui pues a encontrarlo a Berna y él que había combatido durante el Concilio a favor del reinado social de Nuestro Señor, escribió una carta a todos sus fieles para que el Estado de Valais cambiase su constitución y se convierta oficialmente en neutra.
Me informé y se me contestó que eso venía del nuncio. Fui pues a encontrarlo a Berna y él me confirmó que Mons. Adam había escrito por orden suya.
¿Y no tiene Usted, vergüenza de pedir que Nuestro Señor Jesucristo no reine más el Valais?
(El Nuncio) Oh, pero ahora esto no es más posible. Usted comprende no es más posible.
¿Y los protestantes? Vaya Usted, pedirles de dejar de reconocer su protestantismo como religión oficial en el cantón de Vaud y o en Dinamarca. ¿Y nosotros católicos, no tenemos, acaso, el derecho de tener Estados en los cuales la Religión católica es la única reconocida públicamente?
(El nuncio) Ah, eso no es más posible. - ¿Qué hace Usted de la magnífica encíclica Quas primas donde Pío XI recuerda que Nuestro Señor Jesucristo debe reinar sobre todos los Estados y sobre todas las naciones?
(El nuncio) Oh, el Papa no lo escribiría ahora.
Ah, esto como ejemplo. Esta encíclica fue escrita en 1925 por Pío XI para recordar a todos los obispos la doctrina sobre el reinado social de Nuestro Señor Jesucristo, y he aquí ahora obispos hacen exactamente lo contrario. Y es lo que desgraciadamente aconteció: oficialmente el Estado del Valais no es más un Estado católico. La Iglesia sólo sigue reconocida al mismo nivel que cualquier asociación privada, como las otras religiones, que tienen el derecho de organizarse en el Valais.

El Cardenal Bea, portavoz de los liberales.

¿Cómo ocurrió esto? Un día el cardenal Ottaviani y el cardenal Bea nos trajeron dos fascículos que valían su peso en oro. Estos dos fascículos delimitaron los campos en la Iglesia: uno es de la Revolución francesa y el otro de la Tradición católica. Uno es el del cardenal Bea, liberal, el otro el del cardenal Ottaviani, prefecto de la Comisión.
En su documento el cardenal Ottaviani habla de la “tolerancia religiosa”. Es decir, si hay otras religiones en los Estados católicos, se los tolera, pero no se les concede las mismas libertades que a la Iglesia, del mismo modo que se toleran los pecados y los errores, dado que no se puede expurgar todo. En una sociedad hace falta una cierta tolerancia, pero esto no quiere decir que se apruebe el mal.
Cuando llegó el momento para el cardenal Ottaviani de presentar su documento a la Comisión central preparatoria del Concilio, documento que no hacía más que retomar la doctrina enseñada siempre por la Iglesia católica, el cardenal Bea se irguió diciendo que se oponía. El cardenal Ruffini, de Sicilia, intervino para detener ese pequeño escándalo de dos cardenales que se enfrentaban así con violencia ante todos los otros. Pidió referir a la autoridad superior, es decir al Papa que ese día no presidía la sesión. Pero el cardenal Bea dijo, no, quiero que se vote para saber quién está conmigo y quién con el cardenal Ottaviani.
Se procedió, pues, a votar. Los setenta cardenales, los obispos y los cuatro superiores de órdenes religiosas que estaban allí se dividieron más o menos por mitades. Prácticamente todos los cardenales de origen latino: italianos, españoles y sudamericanos, estaban por el cardenal Ottaviani. El contrario los cardenales norteamericanos, ingleses, alemanes y franceses estaban por el cardenal Bea. Así se halló una Iglesia dividida sobre un tema fundamental de su doctrina: La realeza de Nuestro Señor Jesucristo.
Era la última sesión, y uno se podía preguntar lo que iba a acontecer con ese Concilio si ya la mitad de los setenta cardenales eran favorables a la tolerancia religiosa del cardenal Ottaviani y la otra mitad favorable a la libertad religiosa del cardenal Bea que se basaba en la Revolución francesa y la Declaración de los derechos del hombre. Y bien, en el Concilio también hubo lucha, y hay que reconocer que son los liberales los que se impusieron. ¡Qué escándalo! Así llegó esa nueva religión, que desciende más de la Revolución francesa que de la Tradición católica, ese famoso ecumenismo donde todas las religiones están en pie de igualdad. Ahora Ustedes, pueden comprender la situación actual, esta se deriva de los liberales en el Concilio.
Hubo, sin embargo, oposiciones violentas, pero como el Papa tomó parte prácticamente por la libertad, son los liberales que tomaron los puestos en Roma y los ocupan aún.
Me opuse a esto con Mons. Sigaud, Mons. de Castro Mayer y muchos otros miembros del Concilio. Porque no se puede admitir que Nuestro Señor sea destronado. La Iglesia está fundada sobre el principio que exige la realeza de Nuestro Señor sobre la tierra del mismo modo que en el Cielo. Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el Cielo. ¡Sí, que la voluntad del Señor sea hecha por doquier y no solamente en las familias! Pero ahora que el liberalismo reina en Roma, aquel que nuestros autores de 1926 calificaban como de el peor enemigo de la Iglesia, asistimos a la demolición de la Iglesia.
Hay una auténtica ruptura. Más nosotros permanecemos en comunión con todos los Papas hasta el Concilio, mientras que el cardenal Bea no da referencia alguna en su documento. Él no podía remitirse a ningún Papa, dado que su doctrina es nueva y ésta siempre fue condenada por los Sumos Pontífices. En el folleto del Cardenal Ottaviani hay más páginas de referencia que de texto, referencias a los Papas, a los concilios, a toda la doctrina de la Iglesia. La tolerancia religiosa está realmente en la continuidad de la Tradición. La Fe en la Iglesia fue siempre predicar la verdad y tolerar el error, ya que no puede hacer de otro modo, pero esforzándose en ser misionera, reducir el error y atraer a la verdad. La Iglesia no afirmó jamás que se tenía el derecho tanto de estar en el error como en la verdad, que había igual derecho de ser budista que católico. Esto no es posible, o la Religión católica no es más la única verdadera. Es una catástrofe fundamental para la Iglesia. Hemos vivido ese combate en el Concilio y lo vivimos todavía.

Consecuencias de la neutralidad.

Una vez que el Estado deja de tener religión, y que la Iglesia exige que todas las religiones sean admitidas, las puertas están abiertas. Y se asiste a una invasión inverosímil. Moon, adventistas, testigos de Jehová, a tal punto que hasta los obispos se han reunido en Sudamérica para constatar la gravedad de la situación. Unos hablan de cuarenta millones, y otros de sesenta millones de católicos que han pasado a las sectas desde 1968; por consiguiente, desde el Concilio. He aquí la terrible consecuencia de la posición del cardenal Bea: la apostasía de millones y millones de católicos. Y se constata la misma cosa por doquier, como en Francia, donde se ve de más en más católicos pasarse al Islam, a las sectas o a las logias masónicas. Es la apostasía general, es por eso que resistimos, pero las autoridades romanas quieren que aceptemos esto. Cuando discutí con ellas en Roma, querían que yo conozca la libertad religiosa como el cardenal Bea. Pero les dije, no, no puedo. Mi fe es la del cardenal Ottaviani fiel a todos los Papas y no esta doctrina nueva y perpetuamente condenada.
He aquí lo que constituye nuestra oposición y es la razón por la cual no existe posibilidad de entenderse. Y no es tanto la cuestión de la Misa, dado que la Misa es precisamente una de las consecuencias del hecho que quiso acercarse al protestantismo y, por ende, transformar el culto, los sacramentos, el catecismo, etc...

El fundamento de nuestra posición.

La verdadera oposición fundamental es el reinado de Nuestro Señor Jesucristo. Opportet Illum regnare, nos dice San Pablo. Ellos dicen, no, nosotros decimos, sí, con todos los Papas. Nuestro Señor no vino para estar escondido en el interior de las casas sin salir de éstas. ¿Por qué se han hecho masacrar los misioneros? Para predicar que Nuestro Señor Jesucristo es el único Dios verdadero, para decir a los paganos que se conviertan. Entonces los paganos han querido hacerlos desaparecer, pero ellos no han dudado en dar su vida para continuar predicando a Nuestro Señor Jesucristo.
¿Habrá que hacer ahora lo contrario, decir a los paganos: “vuestra religión es buena, conservadla siempre que seáis buenos budistas, buenos musulmanes, o buenos paganos”? ¡He aquí la razón de nuestra desinteligencia! Nosotros obedecemos a Nuestro Señor que dijo a los Apóstoles “Id a enseñar el Evangelio hasta los confines de la tierra”.
No hay que extrañarse que no lleguemos a entendernos con Roma. Esto no será posible hasta que Roma no vuelva a la fe en el reino de Nuestro Señor Jesucristo, hasta que deje de dar la impresión de que todas las religiones son buenas. Nos enfrentamos con ellos sobre un punto de la Fe católica, como se han enfrentado el cardenal Bea y el cardenal Ottaviani, y como se han enfrentado todo los Papas con el liberalismo. Es la misma cosa, la misma corriente, las mismas ideas y las mismas divisiones en el interior de la Iglesia.
Antes del Concilio los Papas y Roma sostenían la Tradición contra el liberalismo, mientras ahora los liberales ocuparon el lugar. Evidentemente éstos están contra los tradicionalistas y, por consiguiente, somos perseguidos. Pero estamos tranquilos porque estamos en comunión con todos los Papas desde Nuestro Señor y los Apóstoles. Guardamos su Fe y no vamos a pasarnos ahora a la fe revolucionaria en la Declaración de los derechos del hombre. No queremos ser hijos de 1789, sino hijos de Nuestro Señor e hijos del Evangelio.
Los representantes de la Iglesia católica dicen: cada uno es libre y se puede colocar a todas las religiones juntas para rezar como en Asís. ¡Eso es una abominación! El día en el que el Señor se enoje no será cosa de risa. Pues si Nuestro Señor castigó a los judíos, como lo hizo, es porque estos habían rehusado creen en Él. Anunció que Jerusalén sería destruida y lo fue, y el templo nunca fue reconstruido desde aquel entonces. Bien podría decir lo mismo ahora cuando todos sus pastores están contra Él, ya que no quieren creer más en su realeza universal.
Hay que seguir apegado a la doctrina de la Iglesia. Permaneced apegados a Nuestro Señor que es todo para nosotros. Él es el Amo que nos juzgará como juzgará a todo el mundo. Luego, hay que rezar para que su reino llegue, aún cuando se deba ser perseguido.
Por más extraordinario que pueda parecer, he aquí la situación de hoy. No soy yo quien la inventé. ¿Por qué me he hallado casi sólo contra ese liberalismo al que son favorables la mayoría de los obispos, hasta de Roma? Es un gran misterio. Siendo, como antes, fiel a todo lo que han dicho los Papas, uno se halla casi solo.
Lo principal es estar con Nuestro Señor, aún cuando haya que estar solo. Si se está con toda la enseñanza de la Iglesia de veinte siglos, no se tiene miedo. ¿No hay que hacerse problemas, verdad? ¡Confiad en la Providencia! Dios que conoce el futuro, restablecerá todas las cosas un día, dado que la iglesia no puede quedar indefinidamente en esta situación.
Confiemos en la Santísima Virgen y en Nuestro Señor y no nos acobardemos ni nos deprimamos, ya que continuamos la Iglesia. Permanezcamos en paz. ¡Que Dios os bendiga!

Mons. Marcel Lefebvre, Arzobispo de su conferencia en Sierre, Suiza, 27 de noviembre de 1988.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Elegir es renunciar: laicismo o crucifijos.


 


“Es curioso que cuando los Estados se volvieron virtualmente ateos
y dijeron: “La religión es asunto privado”,
la irreligión se convirtió en asunto público”.
Castellani

Introducción.

La discusión en torno a la permanencia de los símbolos religiosos en lugares públicos desconcierta a muchas personas. ¿Cuál es el problema con un crucifijo colocado en un aula, en un juzgado, en un hospital, en una dependencia pública? ¿Hace algo el crucifijo? ¿Roba, mata, estafa, miente? Sin embargo, hoy se discute esta permanencia. Hay personas que no desean que estén a la vista en ámbitos públicos. Nosotros, que somos católicos, vamos a interesarnos en este artículo sólo por el crucifijo. Alguno pensará que éste es un modo “poco inteligente” de plantearlo, puesto que –diría nuestro amable contradictor– “mientras más religiones estén interesadas en la permanencia de los símbolos religiosos, mayor será la probabilidad de que éstos no sean retirados”. Sí, amigo contradictor, tiene razón. Tiene razón si lo decisivo fuese la mera permanencia de los símbolos, como sea y por cualquier motivo. Pero –perdóneme– no la tiene si estamos discutiendo qué fundamentos reconocerá la ley para tomar esta decisión. Si fuese cuestión de cantidad, me apresuro a darle la razón. Pero no es cuestión de cantidad.
Cuando en agosto del 2011 María José Lubertino –por el partido Frente para la Victoria– decide impulsar una nueva normativa para quitar los crucifijos de los espacios públicos, no está proponiendo una medida aislada. La eliminación de los crucifijos obedece a profundas motivaciones. Tiene su razón de ser en la existencia de un Estado Laico, indiscutida conquista del liberalismo moderno y del pensamiento dominante. Así lo dijo Lubertino por radio, hablando sobre el tema:

la preservación del Estado laico es la garantía de igualdad”[1].

Quitar el crucifijo no es más que una escaramuza dentro de la gran batalla contra la Iglesia Católica. No es una medida inocente ni inesperada; al contrario, es solo una parte dentro del gran plan que pretende eliminar todo vestigio de la fe católica en la cultura y en la sociedad, puesto que –en palabras del periodista y activista de la LGBT, Bruno Bimbi– esos símbolos, para muchos y muchas, también son los símbolos de una institución —de la institución, más allá de la creencia de quienes profesan la religión católica— que ha hecho todo lo que ha podido para impedir que conquistáramos nuestros más elementales derechos civiles, y que día a día nos ofende, nos insulta en público y nos discrimina…”[2]. Esta institución a la que Bimbi se refiere es, simplemente, la Iglesia Católica.
No está discutiendo, por tanto, una medida eventual: el verdadero plano del debate desborda a los crucifijos. En el fondo, se discute qué relación debe haber entre la Iglesia y el Estado. De no advertirlo, podríamos estar dando puñetazos al aire. Digámoslo con todas las letras: la polémica en torno a los símbolos religiosos no es más que el epifenómeno de una cuestión respecto a los fundamentos. El verdadero plano de esta discusión tiene lugar en torno a principios y no a conclusiones.
Lo primero que debe comprenderse es la íntima relación entre la propuesta de quitar los crucifijos y la ideología que sustenta la propuesta. Esta ideología es el liberalismo; la pretensión de quitar los crucifijos emana como consecuencia natural de la existencia misma de un Estado Laico. No se puede separar la propuesta del pensamiento que le da sentido. ¿Se puede considerar independientes la interpretación marxista de la historia y las tesis de Karl Marx? Evidentemente, no. Aceptar esa interpretación histórica para luego negar su raíz es un contrasentido. Pues bien, en este tema el criterio no varía. Quitar los crucifijos es una medida propia de un Estado Laico. Y el Estado Laico se inspira en la ideología liberal, según la cual toda manifestación religiosa es enemiga del progreso y adversaria de la razón humana. La Iglesia es el oscurantismo, la barbarie, la Inquisición, la máscara negra de un mundo blanco. La fe y sus manifestaciones son supersticiones, fetichismo, tótems que deben derrumbarse. Ésto es lo que sostiene el liberalismo: el Estado no puede tener ninguna religión. Quienes así piensan están conformes con una Iglesia separada del Estado, tal como ocurre hoy en la Argentina.
Se trata, pues, de un debate de cosmovisiones. La cosmovisión católica frente a la liberal-laicista.
Cercenar la discusión a los síntomas dejando indemne la raíz de la enfermedad, desborda el plano de la lógica. Es una grave imprudencia, es un suicidio doctrinario.

Una falsa alternativa.

Por esta razón, aceptar la legitimidad del Estado Laico pero luego poner reparos a la quita de los crucifijos, no tiene sentido alguno; puesto que en la medida en que se validen los principios, toda tentativa de frenar sus aplicaciones es inútil.
Por este camino, sólo podemos llegar a una alternativa con dos opciones: la eliminación, lisa y llana, del crucifijo; o su permanencia pero vaciada de significación. Aunque en la Argentina todavía no se ha definido el asunto, esta segunda posibilidad ya se ha concretado, como lo prueba la sentencia de la Corte Europea de DDHH (18/3/2011). En ella, frente a un reclamo proveniente de Italia, puede leerse cómo la permanencia del crucifijo halla su fundamento en la no violación del artículo 2 del protocolo N° 1 (derecho a la educación) de la Convención Europea de DDHH". Caeríamos en una trampa viendo aquí una victoria católica. No la hay, porque la Convención Europea se inspira expresamente en la Declaración Universal de Derechos Humanos, que –por poner un ejemplo– afirma en su art. 21 que “La voluntad del pueblo es la base de la autoridad del poder público”, contradiciendo la doctrina sobre el origen divino de este poder. Si hiciese falta más, tómese nota que en agosto de este año la misma Corte falló a favor del aborto eugenésico[3], afirmando que “las nociones de ‘embrión’ y ‘niño’ no deben confundirse”. El mismo tribunal que permite los crucifijos es el que falla a favor del aborto. No hay en esa permisión un triunfo. Hay otra cosa: la confirmación del paradigma de los Derechos Humanos como único y excluyente horizonte de precomprensión, fuera del cual no es legítimo ni posible argumentar nada.

La falsa opción de los católico liberales.

En el campo católico han tenido lugar varias reacciones contra la quita de los crucifijos. Hay una protesta contra esta medida, que demuestra que no da todo lo mismo. Siendo legítimas, sin embargo, son reacciones que dejan incólume el punto central: queda aceptada la tesis liberal respecto de la separación entre Iglesia y Estado. Queda aceptada una conquista clave del liberalismo sin comprender su oposición con la fe católica.
Lo que en unos puede ser un desconocimiento, en otros se convierte en una culpable apropiación: porque hay bautizados que defienden –teóricamente– el Estado Laico. Son los católico liberales. Y otros, por último, la admiten en tanto hecho consumado, lamentable pero ineludible. Estos últimos, olvidan que el mal puede ser vencido.
Que la Iglesia no deba estar separada del Estado no es invención nuestra. El Sumo Pontífice Pío IX en su encíclica Syllabus condenó –entre otras– la siguiente afirmación:

“Es bien que la Iglesia sea separada del Estado y el Estado de la Iglesia (N°55)”.

Años después, León XIII –en Inescrutabili Dei– dirá, citando a San Agustín, que la doctrina de Cristo “si se observa”, es “la gran salvación del Estado”[4]. Si algún católico liberal nos dijera que estos documentos –promulgados en 1864 y 1878– no tienen vigencia hoy en día, preguntaríamos amablemente: ¿qué le impide a Ud. renegar de la divinidad de Cristo, definida en el siglo IV? Mucho más cerca de nosotros, Pío XII recordó que:

la Iglesia, por principio, o sea en tesis, no puede aceptar la separación completa entre los dos poderes”[5].

Distinto el error, distintos los remedios. A los que creen que este mal es invencible, no cabe otro remedio que la Esperanza. La Virtud de la Esperanza, por la que creemos posible la victoria a pesar de la desproporción de Goliat. Esperanza quiere decir que esperamos en Dios, no en nosotros. Virtud que Antonio Caponnetto suele recordar –de la mano de Santa Teresa de Ávila– como aquella que nos hace decir “Aún no, pero mañana sí”.
Y frente a los que aceptan con agrado estos errores, preguntamos. Más bien, objetamos: aquello que fue perjudicial ayer, ¿puede ser beneficioso hoy? Por supuesto que no nos referimos a posiciones circunstanciales ni a criterios prácticos sobre cosas concretas. Éstas podrían ser hoy distintas a como fueron ayer, sin que la fe entrase en compromiso alguno. Pero no es el caso: estamos hablando de tesis, no de circunstancias y coyunturas cambiantes. Lo falso en el siglo XIX, ¿puede ser verdadero en el XXI? ¿Cómo es posible que un católico defienda hoy lo mismo que ilustres fieles –Juan Donoso Cortés, por ejemplo– condenaron ayer? ¿Es necesario citar a los Pontífices que condenaron el liberalismo?:

Se nos dice que algún dogma fue creíble en el siglo XII e increíble en el XX. Lo mismo sería decir que cierta filosofía puede ser creída en lunes, pero no puede ser creída en viernes. Lo mismo sería decir que un aspecto del cosmos era conveniente hasta las tres y media, pero inconveniente hasta las cuatro y media. Lo que puede creer un hombre depende de su filosofía y no del reloj o del siglo” (Chesterton, Ortodoxia).

El imposible Estado neutro.

El fuego es, pues, fuego cruzado. Atacan los laicistas, los liberales y todos aquellos encolumnados en la férrea defensa de un Estado Laico. Pero mirando hacia otro lado, el panorama no es mejor: se nos propone rechazar la quita de los crucifijos sin objetar ese Estado. ¿Qué tal?
Quienes objetan un Estado Confesional, sostienen que el Estado debe ser neutro en materia de principios religiosos, indiferente en cuanto a Dios. Y sobre esta idea deseamos ocuparnos. Se pretende un Estado indiferente: no combatiría la religión pero tampoco promovería ningún culto, puesto que todos son igualmente verdaderos. Lo que es una manera de decir que todos son falsos.
Sin embargo, es evidente que los estados están conformados por personas, que tienen una inteligencia y voluntad libre. Los estados no son máquinas que se encienden y andan. Gobernar un estado no es presionar un interruptor para que todo arranque automáticamente. Gobernar un estado no es limpiar plazas ni pintar la fachada de los hospitales. Todo lo contrario. Gobernar implica tomar decisiones respecto del hombre, intervenir en lo que atañe a su esencia. ¿Cómo se puede ser “gris” respecto de la economía, la política, la moral, la educación? Si la posición sobre todos estos temas es clave, ¿cómo podría no serlo la posición sobre “el todo”?
No tiene sentido una declamada neutralidad religiosa al tiempo que se admiten necesarias polémicas en todo lo demás. ¿Acaso las cuestiones morales, económicas, políticas no dividen a las personas tanto como las religiosas? ¿En virtud de qué un Estado permanece indiferente respecto de las segundas pero no de las primeras?
El Estado Laico es una ficción. El hombre, o está con Dios o está contra Él. ¿Cómo se puede plantear “neutralidad” en temas como la justicia social, los derechos políticos, la homosexualidad, el aborto, la anticoncepción, la fecundación in vitro? Para estas cuestiones ni las personas ni los estados –que son dirigidos por personas– pueden ser neutros. Los estados no pueden no tener cabeza. Siempre la tienen, buena o mala. Y aquí no queda otra salida que seguir hablando de Dios, hasta para combatirlo y negarlo. ¡Cuánta razón tenía el anarquista Proudhon!:

“Es cosa que admira el ver de qué manera en todas nuestras cuestiones políticas tropezamos siempre con la teología”.

No se trata si el Estado tendrá principios o no. Se trata de cuáles serán esos principios que recorrerán, como la sangre, sus venas. No ver esta cuestión tornará inconducente cualquier debate. Sin contar que estos temas se discuten como si el judaísmo o islamismo no fuesen actualmente religiones del Estado.

Los fundamentos del Estado Católico.

Pero los católicos podríamos preguntarnos: si el Estado Laico nace en oposición al Estado Confesional Católico; ésta concepción, ¿de dónde proviene? ¿Es legítima? ¿No es un anacronismo que un Estado adopte una religión? ¿Se trata de una idea propia del Medioevo? ¿Fue superada por la concepción moderna? ¿Puede un estado regirse por principios católicos? ¿No es inválida esta concepción, hoy en día?
No, en absoluto.
El Estado Católico, la Cristiandad, es hijo del Misterio del Verbo Encarnado. Por la Encarnación de una naturaleza humana, Cristo se hizo Hombre. Dios asumió la humanidad, con todo lo propio del hombre menos el pecado, como sabemos. Pues bien, el aspecto social y político es un rasgo distintivo del hombre. El hombre es naturalmente político. Su politicidad natural no es una consecuencia del pecado, como tampoco su carácter sociable. Por ende, así como en la Encarnación la naturaleza divina “desposa” a la naturaleza humana –asumiendo la materia, los sentidos, todo lo que el hombre es–, también la gracia de Cristo está llamada a impregnar todo lo humano, todo lo que somos: nuestra vida.
Los católicos creemos que la fe supone la inteligencia; creemos que la gracia supone la naturaleza; y creemos que la ley natural debe orientarse según la ley evangélica. ¿Por qué aceptamos la transfiguración de la persona humana en particular, pero negamos esta misma transfiguración en el plano político y social? ¿Acaso la Encarnación no asumió a todo el hombre, hasta sus más recónditos perfiles? ¿O será lo político una creación demoníaca, impermeable al poder redentor de Cristo? Pero entonces San Luis y San Fernando no hubiesen podido ser reyes santos.
No hay Cristiandad sin Verbo Encarnado. El Estado Laico no es otra cosa que la negación de la Encarnación, porque desconoce la legitimidad del poder de la gracia en la sociedad. Al negar la unión entre el Estado y la Iglesia, queda negada también la unión de las cosas humanas y las cosas divinas. Éso es liberalismo, éso es laicismo: el pensamiento propio de la Masonería.
Fue León XIII el que comparó a la Iglesia y al Estado con el alma y el cuerpo. En buena filosofía, el alma es la que anima, la que da vida al cuerpo. Un cuerpo sin alma –lo sabemos– es un cadáver. Realidades distintas pero que en el hombre están unidas: no están separadas, de lo contrario no podríamos en este momento respirar. Pues bien, éso debe ser un Estado: una realidad social y terrena transfigurada por el poder divino de Cristo Rey.
Sin la presencia vivificante del alma, el hombre perece. Y sin la presencia divina de la gracia en las realidades sociales, la Argentina marchará forzosamente al cementerio. No hay otra salida que ésta: que reine Jesús por siempre, que reine su Corazón. En nuestra patria, en nuestro suelo, que es de María la Nación. El día que este canto sea una realidad en las voces, en las gargantas y en las calles, la Argentina resucitará. Habrá vuelto el alma al cuerpo.

Juan Carlos Monedero (h), Blog de Cabildo.