martes, 15 de enero de 2013

Roma ocupada por los “nuevos teólogos”.



Como elemento motor del tren de la “nueva teología”, el prefecto Ratzinger ha inundado Roma de “nuevos teólogos” y en particular la Congregación para la Fe y las Comisiones que él preside. Y así es como para “promover la sana doctrina”, bajo la prefectura del cardenal Ratzinger, encontramos, entre otros, en la Congregación para la Fe a un obispo Lehmann, que niega la Resurrección corporal de Jesús (aunque para Ratzinger también Jesús es “crucificado y resucitado a los ojos de la fe [sic!]” op. cit, p. 187), un George Cottier, O.P., “gran experto” en masone­ría y “partidario del diálogo entre Iglesia y logias”, un Albert Vanhoye, S.J., para el cual “jesús no era sacerdote” (aunque tam­poco lo sea en mayor medida para Ratzinger y para su “maestro” Rahner), un Marcelo Bordoni, para el cual quedar anclado al dogma cristológico de Calcedonia es un “fixismo” intolerable (al igual que para Ratzinger) (v. para Lehmann, Sí Sí, No No, edición italiana 15 de marzo de 1 992, para Cottier, 29 de febrero de 1992, para Vanhoye 15 de marzo de 1987, para Bordoni, Si Si, No No, edición española, julio-agosto 1993).
Así es como en la Comisión Bíblica Pontificia, resucitada de su largo letargo y de la cual el prefecto Ratzinger es Presidente ex officio, se han sucedido como Secretario un Henri Cazelles, sulpiciano, pionero de la exégesis neomodernista, cuya Introduc­ción a la Biblia fue, en su tiempo, objeto de censura por parte de la Congregación romana para los Seminarios (v. Sí Sí, No No, edi­ción italiana, 30 de abril de 1989), y después el ya citado Albert Vanhoye, S.J., mientras que entre los miembros nos encontramos con un Gianfranco Ravasi, que arruina públicamente la Sagrada Escritura y la Fe, y un Ciuseppe Segalla que niega a Juan su Evangelio y divulga el criticismo más avanzado (v. Sí Sí, No No, edición italiana, a. IV, nº 11, p. 2).
Así es como en la comisión teológica internacional, de la cual Ratzinger es presidente y cuyos miembros son escogidos a proposición suya, figuran, entre otros, el obispo Walter Kasper, para el cual los textos evangélicos “donde se habla de un Re­sucitado que lo han tocado con las manos y que se sienta a la mesa con sus discípulos” son “afirmaciones más bien groseras... que hacen correr el peligro de justificar una fe pascua muy ‛rosa’” (aunque Ratzinger no ama tampoco “una concepción masiva y terrena de la resurrección”, v. Introducción al Cristianis­mo, p. 269; para Kasper, v. Gesù, il Cristo, Queriniana, Brescia, 4ª edición, p. 192), al obispo Christoph Schönborn, O.P., secre­tario redaccional del nuevo “catecismo” y que, en el primer ani­versario de la muerte de Von Balthasar celebró su super-lglesia ecuménica, la “Católica” no católica, en la Iglesia de Santa María de Basilea (v. H.U. Von Balthasar. Figura e opera, ed. Piemme, pp. 431 ss), al obispo André-Jean Léonard, “hegeliano... obispo de Namur, responsable del Seminario de San Pablo donde Lustiger envía a sus seminaristas [¡todo en familia!] (30 Giorni, diciem­bre 1991, p. 67), etc., etc. 
 
Con discreción y sin ella

¿Qué decir, además, de los modos más “discretos”, pero no menos eficaces, mediante los cuales el prefecto Ratzinger pro­mueve la “nueva teología”? Walter Kasper es nombrado obispo de Rottenburg-Stuttgart[1]. Su “viejo colega” Ratzinger le escribe: “Vos sois un don precioso para la Iglesia católica en este período turbulento” (30 Giorni, mayo 1989). Urs von Balthasar muere en la víspera de recibir la “merecida distinción honorífica de carde­nal”. El prefecto Ratzinger en persona pronuncia el elogio fúne­bre en el cementerio de Lucerna, mostrando en el difunto un teólogo “probatus”:
“Lo que el Papa -dice Ratzinger- quería expresar mediante este gesto de reconocimiento o, mejor, de honor, permanece vá­lido: no son ya solamente particulares, personas privadas, sino que es la Iglesia en su responsabilidad ministerial oficial [sic!] quien nos dice que él fue un auténtico maestro de fe, un guía seguro hacia las fuentes del agua viva, un testimonio de la Pala­bra, mediante la cual podemos aprender a Cristo, aprender a vida” (extraído de H.U. von Balthasar. Figura e opera, de Leh-mann y Kasper, ed. Piemme, pp. 457 s.).
El prefecto Ratzinger, de otra parte, está a la cabeza del grupo que patrocina la apertura en Roma de un “centro de formación para candidatos a la vida consagrada”, formación “inspirada por las vidas y las obras de Henri de Lubac, Hans Urs von Balthasar y Adrienne von Speyr” (30 Giorni, agosto-septiembre 1990).
En fin, y para contener nuestro discurso en los límites necesa­rios, el prefecto Ratzinger ha presentado a la prensa la “Instruc­ción sobre la vocación eclesial del teólogo”, subrayando que este documento “afirma -puede ser que por primera vez con esta cla­ridad- que hay decisiones del magisterio que no pueden ser una palabra definitiva sobre el sujeto en tanto que tal, sino un abor­daje sustancial al problema y ante todo también una expresión de prudencia pastoral, una especie de disposición provisoria (L’Osservatore Romano, 27 de junio de 1990, p. 6) y dando al­gunos ejemplos de “disposiciones provisorias” hoy “superadas en las particularidades de sus determinaciones”: 1) las “declaracio­nes de los Papas del siglo último sobre la libertad religiosa”; 2) las "decisiones antimodernistas de comienzo de siglo”; 3) las “deci­siones de la Comisión Bíblica de entonces”; en resumen: los tres baluartes opuestos por los Romanos Pontífices al modernismo en los dominios social, doctrinal y exético.
Debemos añadir que Elio Cuerriero, redactor jefe de Communio (edición italiana) está en perfecto acuerdo con nosotros sobre este punto de vista. Ilustrando la victoriosa avanzada de la “nueva teología” en la revista Jesús de abril 1992, escribía: “Siempre en Roma es necesario destacar el trabajo realizado por Joseph Ratzinger tanto como teólogo como prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe”. Tras esto, del “restaurador” Ratzinger no queda más que el mito.

El mito del “restaurador”

Cómo ha podido nacer este mito no es difícil de comprender.
En el Prólogo a Introducción al Cristianismo, por ejemplo, Ratzinger escribe: “El problema del auténtico contenido y sentido de la fe cristiana está hoy, mucho más que en tiempos pasados, rodeado de incertidumbre”. Y esto porque “quien ha seguido el movimiento teológico de las últimas décadas y no pertenece al grupo de quienes, sin reflexionar, creen sin reparo que lo nuevo de todas las épocas es siempre lo mejor”, se preocupa por saber si “la teología... ha dado interpretaciones progresivamente des­cendentes de la pretensión de la fe que a menudo se recibió de manera sofocante” y si “tales interpretaciones han suprimido tan pocas cosas que no se ha perdido nada importante, y al mismo tiempo tantas, que el hombre siempre se ha atrevido a dar un paso más hacia adelante” (p. 1 7).
¿Qué católico, que ame a la Iglesia y sufra por la crisis actual, no suscribiría afirmaciones parecidas? Hay ya en este Prólogo, inalterado desde 1968, lo suficiente como para crear en torno a Ratzinger el mito de “restaurador”. ¿Pero qué opone Ratzinger a la demolición progresiva de la Fe perpetrada por la teología con­temporánea? Opone la absolución general de esta misma teología de la cual -declara él- “Es cierto que tales preguntas, en su formu­lación global, son injustificadas, ya que solamente en cierto sen­tido puede afirmarse que “la teología moderna” ha seguido ese camino” (p. 18). Y sobre todo opone, como correctivo, el mismo repudio de la Tradición y del Magisterio, mediante el cual la teología de los últimos decenios ha “rodeado de incertidumbre” el “auténtico contenido y sentido de la fe cristiana... mucho más que en tiempos pasados”. A la deplorada tendencia, siempre más reductiva, de esta teología, de hecho, según Ratzinger, “no se puede impugnar esta rama defendiendo una ciega conservación del metal precioso de formas fijas del pasado, ya que siguen siendo [no declaraciones solemnes del Magisterio, sino] sola­mente pepitas de metal precioso: un peso que, en virtud de su valor, conserva siempre la posibilidad de una verdadera libertad [que viene así subresticiamente a tomar el lugar a la verdad]” (p. 18). Parece escapar a Ratzinger que inmediatamente este prólogo conduce también “seguramente” allí donde la “teología” contem­poránea. Su libro entero está ahí para demostrarlo. Ya San Pío X notaba que todos los modernistas no eran capaces de extraer, de sus premisas erróneas, las conclusiones verdaderamente inevi­tables (v. Pascendi).
Ratzinger es siempre así: a ¡os excesos con los cuales toma sus distancias (a menudo con ocurrencias cáusticas), no opone nunca la verdad católica, sino un error aparentemente más moderado, pero que no obstante en la lógica del error conduce a las mismas conclusiones ruinosas.
El propio Ratzinger se califica en Informe sobre la Fe de “‛progresista’ equilibrado” (p. 22). El está por una “evolución tranquila de la doctrina” sin “escapadas en solitario hacia ade­lante” (p. 23), pero también “sin nostalgias de un ayer irremedia­blemente pasado” (p. 24), es decir por la Fe católica abandonada tranquilamente tras de sí. Si bien él no ama el progresisimo de punta, tampoco ama la Tradición católica: “Debemos permane­cer fieles al hoy de la Iglesia; no al ayer o al mañana (Informe sobre la fe, p. 37; las cursivas están en el texto).
La cuesta es siempre la misma e, incluso, aunque más suave­mente, conduce a! mismo repudio total de la divina Revelación, es decir a la apostasía. Las obras del “teólogo” Ratzinger están ahí para demostrarlo de forma incontestable.
 
Hyrpinus, “Sí Sí, No No”, edición española, año III, nº 27, noviembre 1993. Recomendamos vivamente esta magnífica revista.




[1] Cf. Roma Aeterna nº 111.

lunes, 14 de enero de 2013

El engaño del entendimiento.




“La primera raíz de todo pecado es el error y engaño del entendimiento, que es el consejero de la voluntad. Por lo cual procuran siempre nuestros adversarios de pervertir el entendimiento, porque pervertido éste, luego es pervertida la voluntad que se rige por él. Por esto trabajan de vestir el mal con color de bien, y vender el vicio debajo de imagen de virtud, y encubrir de tal manera la tentación, que no parezca tentación, sino razón”.

Fray Luis de Granada

¿Qué hay más allá de la Masonería?


Revisión del libro “Blood on the Altar” (Sangre Sobre el Altar) 

En el momento en que se daba comienzo al Concilio Vaticano II (Octubre de 1962), una sociedad secreta muy poco conocida, la Ordo Templis Orientis (Orden del Tem­plo de Oriente) (OTO), realizó una ceremo­nia a fin de celebrar la apertura del Concilio. El icono oculto de la OTO, el “Stele of Revealing” (Estela de Revelación)[1], fue lle­vado desde Hamburgo a través de Alemania hasta Zurich y luego hacia Stein, donde se lo guardó en la capilla de la OTO, mientras re­sonaban las campanas, llamando a un ritual gnóstico (Pág. 103).
Simplemente, ¿qué es esta Orden de los Templarios Orientales? Y ¿qué conocimiento previo tenía de los planes del Concilio que los llevó a celebrar su apertura? Estas pre­guntas están contestadas en el libro Blood on the Altar, ya que Craig Heimbichner des­enmaraña la historia y el funcionamiento de lo que él denomina la sociedad secreta más peligrosa del mundo, el poder detrás del Gobierno Invisible o Criptocracia (Crypto-cracy).


Estela o tablilla de la revelación.

La Criptocracia está involucrada en la transformación o “el procesamiento alquímico” de la conciencias de las masas, mediante la manipulación psicológica de la mente. Con la ayuda de las sociedades secretas, se realizan pruebas, se miden los resultados y se “diseñan” los acontecimientos mundiales (Págs. 5-6, 15, 137). El objeto es que las masas vivan de manera controlada, como si fueran títeres del Nuevo Orden Mundial Masónico. La OTO, instituida hace un siglo, conforma el “colegio de graduados” de la masonería, y se autodenomina la “Academia de la Masonería”. Contiene a todos los grados de la masonería y del iluminismo y es la más alta sociedad secreta para la elite de la masonería. Como organización internacional, la OTO es una organización religiosa que, en EE. UU., se encuentra exenta de impuestos (Págs. 13-14, 25, 76, 87, 91-92). Los escritos de quien por mucho tiempo fue su cabeza, el agente de inteli­gencia británico y satanista Aleister Crowley (fallecido en 1947), quien se ha­cía llamar la Gran Bestia 666, reveló que la OTO se funda en el satanismo[2].
Crowley llamaba a Satán “mi señor” y decía, refiriéndose a la OTO: “No tenemos escrúpulos en restaurar la "adoración al diablo" (Pág. 28). Sin embargo, en la OTO, la adoración al diablo no se realiza abiertamente bajo el nombre de Satán, sino subrepticiamente bajo el nombre del ído­lo satánico con cabeza de cabra: Bafomet. También denominado León y Serpiente, Bafomet es adorado como Dios en las misas gnósticas, que es la liturgia central de la OTO (Págs. 29-30).



Baphomet simboliza la mente dual. Es adorado como dios en las misas gnósticas.

La misa gnóstica, ideada por Crowley, no es una misa negra, es decir, una Misa Católica invertida, sino una parodia blasfema de la Misa Católica (Pág. 15). Es muy importante entender que las raíces de la masonería se entrelazan con el judaísmo, lo cual nos ayuda a ver la mano de la masonería detrás los judaizantes de la Iglesia Católica.
Heimbichner afirma que toda la masonería está subordinada al judaismo. Un “ope­rativo clave” en la institución de la OTO, fue un miembro activo de la B’nai B’rith[3], que es la masonería judía (Pág. 89). La esen­cia de la masonería, declara Heimbichner (Págs. 8-9) se remonta a la adoración sumeria de Satán (“Shaitan”), que también pasó por el Antiguo Egipto y Babilonia. Las antiguas formas de adoración satánica fue­ron más tarde preservadas y transmitidas por tradición oral, mediante los rabinos ju­díos, como las “tradiciones de los antiguos o ancianos” fuertemente condenadas por Nuestro Señor Jesucristo (Mc. 7:1-13. Mt. 15:1-9).
Después de la destrucción del Segun­do Templo en el 70 D.C., la tradición oral fue escribiéndose gradualmente en lo que llegó a ser el Talmud y la Kábala, la última es totalmente gnóstica y llena de magia ne­gra, fundamentada en el judaismo, una re­ligión “totalmente distinta” de la de los is­raelitas del Antiguo Testamento. El judaís­mo es “una secta sobreestructurada, con tradición inbíblica, artificial y superstición pagana”. Heimbichner cita a autoridades judías sobre la Kábala y a expertos en el simbolismo ocultista, para exponer el he­cho de que ciertos ritos cabalistas se co­rresponden con las técnicas ocultas del yoga tántrico hindú de magia sexual. Estos rituales depravados son una continuación de la magia de templo de los cananitas, ba­bilonios y de otras naciones que desata­ron la ira de Dios. Su objetivo en el judaís­mo es amalgamar los aspectos femeninos y masculinos de la divinidad para obtener un judío andrógino equilibrado, “totalmente masculino”, el “cuerpo de Dios”, llamado Adam Kadmon.
Una autoridad de la Kábala citado por Heimbichner expresa que “El deber de los judíos piadosos”, es recitar diariamente la formula kabalística para promover místicamente esta unidad (Págs. 77-78, 86, 136). La Enciclopedia Judía admite, decla­ra Heimbichner, que el gnosticismo judío incluye la magia oculta y que ésta inspiró el gnosticismo cristiano (Pág. 88). Este ocultismo también fue transmitido a tra­vés de los maniqueos, los cataros y otros grupos, finalmente corrompió a los Ca­balleros Templarios del Siglo XII, transfor­mándolos en una orden oculta. La Iglesia condenó y prohibió la orden por adorar a Bafomet, y practicar la sodomía — lo que los ocultistas consideraban magia sexual “avanzada” (Págs. 9, 80).
La tradición templaría se introdujo en la masonería, y la magia sexual “se encuen­tra en el corazón de los grados más altos de la masonería, tal como existe en la OTO”. Este es el “secreto supremo” de la masone­ría, sólo conocido por masones de alto gra­do (Págs. 77, 81, 95)[4]. Existe la magia sexual en el octavo y noveno grado de la OTO y la homosexualidad en el onceavo, su grado más alto. Inclusive, en los grados más bajos de la Masonería, las Logias Azules, en­señan la negación gnóstica de Dios y la afir­mación del hombre como Dios, gobernante de sí mismo, una divinidad “que va cre­ciendo” —es decir, una especie de Anticris­to (Págs. 81-82).
La Mente Dual
Craig Heimbichner revela que esta ense­ñanza es un engaño típico de la masonería/OTO. Albert Pike, Soberano Gran Comandan­te de la masonería del Rito Escocés, confesó en 1871 en su libro Moral y Dogma, que es la “declaración dogmática definida de las creencias masónicas”, que se engaña delibe­radamente a los miembros de las Logias Azu­les respecto al significado de los símbolos masones. Sólo los “Adeptos” o “Elegidos” llegan a conocer los secretos ocultos. Pike afirma que el objetivo de la masonería es “ocultar la Verdad, que se la llama Luz” a los grados más bajos (Págs. 56-58). Como lo resalta Heimbichner “la ilusión del auto go­bierno y de la divinidad se usa como una droga embriagadora para inyectarla en las víctimas inocentes, tanto dentro como fue­ra de las logias para que se crean omnipo­tentes y omniscientes”, por encima de todo engaño o esclavitud posible (Pág. 82).
Pike enseñaba que la verdadera “luz” que los masones prometen buscar, y que se en­cuentra en los más altos grados de la maso­nería, debe ser recibida de Lucifer, el “Por­tador de la Luz”. Expresa, asimismo, que la búsqueda de la Luz conduce de vuelta a la Kábala, y Crowley también lo afirma, decla­rando que la Kábala es el “total fundamen­to” de la OTO. Al respecto, Heimbichner con­cluye señalando que “La masonería es el jar­dín de infantes del Luciferismo desde donde se eligen los candidatos prometedores (para los grados más altos), mientras que se apar­ta a otros y se los deja para siempre en la oscuridad, satisfechos de explotar sus viejas conexiones de buen chico y jugar su farsa caritativa”. (Págs. 58, 116-17)
Siendo Satán el padre de las mentiras, la “caridad” masónica es una chapa que escon­de el verdadero propósito de la masonería, que no es otro más que el control totalitario del mundo según los principios de la Kábala. Heimbichner marca que “la identificación masónica con Lucifer es un intento de invo­car las fuerzas sobrenaturales que activan el gobierno tiránico”, y cita pasajes de la Escri­tura que compara a los reyes tiránicos con Satán. En los tiempos modernos, tenemos la Revolución Francesa y el Comunismo, ambos “impuestos en nombre de los más elevados ideales de fraternidad e igualdad, y las promesas judeo-bolcheviques[5] del paraíso para los trabajadores y paisanos” (Págs. 59-60).


Icono de la OTO.

Heimbichner hace una observación impor­tante relacionada al intento Kabalista de amal­gamar una divinidad masculina y una femeni­na, como también combinar los dos pilares opuestos en su Árbol de la Vida: el de la Mise­ricordia y el de la Severidad, lo que indica su naturaleza intrínsecamente contradictoria - de hecho dialéctica. Esto produce una “Mente Dual”, que así como fue practicada por los discípulos masones/OTO, genera “una hipno­sis de confusión pero convincente de doble discurso” (Pág. 6l). Los lectores indudable­mente recordarán la descripción que hace George Orwell en su libro “1984”, referida a la locura del pensamiento, característica de una sociedad totalitaria. Se consigue el con­trol mental completo de las personas cuando se logra que, simultáneamen­te, sostengan dos ideas contradictorias como igualmente válidas.
El andrógeno Bafomet, adorado por la OTO, simboliza la Mente Dual, es decir, la du­plicidad de dos caras. Esto explica el engaño practicado sobre los mismos masones. Pero la OTO, en búsqueda del control mundial to­tal, ha extendido el doble pensamiento en la sociedad y en la Iglesia, intentando controlar tanto el pilar Izquierdo del liberalismo y del hedonismo radical, como el pilar Derecho y sus preferencias de un gobierno oligárquico autoritario y de una cultura clásica.
Heimbichner siguió el rastro de la infil­tración de los miembros de la OTO en el go­bierno y entre los militares norteamericanos, en la NASA, Hollywood, el FBI, los grupos “patrióticos” de derecha y los movimientos de la New Age. Da ejemplos de cómo su am­plia influencia en la elite, le ha permitido transformar las masas, “diseminando la ‛energía de Satán’ por todo el planeta” (Págs. 17, 119-29). Usa el ejemplo del líder de la OTO, James Wasserman, a fin de ilustrar cómo la OTO se infiltra en la Derecha, y de­clara que él y otros investigadores han reco­pilado pruebas de los agentes ocultos hasta en el movimiento por la Misa Tradicional (Págs. 35-40,44).
Por cierto, que este crítico ha encontra­do tradicionalistas con mente duales que promueven un ocultismo “católico”, inclu­so sugiriendo que la Misa Negra podría ser lícita. Otros Tradicionalistas profundizan las “profecías” de Nostradamus, o buscan cons­tantemente videntes modernos no calificados. Y tradicionalistas que desean saber si San Juan en la pintura de “La Última Cena” no es en realidad María Magdalena, cuestión que ha sido preparada alquímicamente por el li­belo blasfemo contra Jesucristo y su Iglesia en el “Código Da Vinci”. Fuera del movimien­to tradicionalista, la transformación tiene un éxito maravilloso. Las indicaciones más cla­ras son las negaciones de los  neo-con­servadores a criticar el sincretismo del Papa Juan Pablo II y las Misas llenas de sacrile­gios, sabiendo, sin embargo, que estas ac­ciones están mal; así como el intento de ca­nonizarlo como mártir, a pesar de que mu­rió pacíficamente en su cama y amado por todo el mundo.

La ley de Thelema

Intentando destruir la moralidad cris­tiana, la cabeza de la OTO, Aleister Crowley predicó la Ley de Thelema: “Haz tu volun­tad” o “haz lo que quieras”, o como se lo conoce más corrientemente “hacé la tuya”. Influyó mucho en el movimiento hippie y en el uso de drogas psicodélicas. Crowley fue famoso gracias a los Beatles y a otras estrellas del rock, de Hollywood y a las más importantes librerías (Págs. 48-50, 130). Su compromiso con los sacrificios de animales y su pedido de sacrificios humanos, pudieron haber sido un factor en los asesi­natos de la masonería (Págs. 18-22).
Junto al discípulo Gerald Gardner, creó el sistema moderno de Wicca o “brujería blanca”, que no es la brujería tradicional, sino la “brujería” y adoración a las dio­sas, practicado por las feministas y mon­jas católicas modernistas. Las películas y los libros de Harry Potter, que promueven la concepción del "brujo bueno", han sido reconocidos por la Federación Pagana de Inglaterra por inculcar a miles de jóvenes el interés en la brujería.
Las películas de Disney, los show de te­levisión y las estrellas famosas de la música pop, también presentan Wicca a los jóve­nes, observa Heimbichner (Págs. 16, 52-54). Las cartas de Tarot de Aleister Crowley no solo insertan a los jóvenes en la OTO, sino que también son la base de juegos de computadoras dramatizados, que cada vez más está introduciendo temas oscuros, san­grientos y los demonios de OTO (Págs. 24-27). Dado que él mismo usó de la magia sexual, el bisexual Crowley predicaba que todas las perversiones deberían ser abier­tamente practicadas, y que “todos los ni­ños deberían acostumbrarse desde la infan­cia a ver cualquier tipo de acto sexual”. Heimbichner comenta que “la industria del espectáculo de Hollywood tomó en serio su consejo, también lo hicieron las casas edi­toras de Nueva York”, mientras que otros miembros de la OTO han promovido el “amor entre hombre y niño”.
Agrega, además, que el conocido ‛sexó­logo’ Alfred Kinsey (fallecido en 1956), cuya influencia en la educación sexual ayudó a erosionar la moralidad norteamericana, era amigo de Crowley, a quien cita como a su “inspiración más importante”. Kinsey “era un pederasta que usó a cientos de niños en ac­tos sexuales relacionados con su famosa "in­vestigación médica", y que fue glorificado en una película de Hollywood de los Estu­dios Fox en el 2004 (Págs. 16-17, 117).
Heimbichner resalta aquí dos puntos interesantes. Por un lado su investigación muestra que las raíces del difundido cáncer de la pedofilia, que incluso ha enlodado a los clérigos católicos, en realidad no nacen de Crowley o de la OTO, sino que se halla en el Talmud (Pág. 114). Por otro lado, el dis­gusto de los medios por la homosexualidad clerical, dada la promoción personal que hacían de la inmoralidad, ha traicionado su Mentalidad Dual y su rol en la hipnosis de las masas. El doble pensamiento de los me­dios en cualquier contexto “prueba el esta­do de trance del pueblo”, es decir, lo que las masas aceptarán como noticia o expli­cación oficial. El programa de la transfor­mación de las mentes se va ajustando en relación a las respuestas (Pág. 112).



El Cardenal Rampolla, miembro de la satanista OTO que casi se convierte en Papa.

Heimbichner da ejemplos del doble dis­curso del Talmud y de las leyes judías crea­das por los hombres respecto a las “sancio­nes rabínicas por abusos sexuales a meno­res”, incluso a niñas menores de tres años. No es sorprendente que la “sodomía en la sinagoga sea un secreto bien guardado”, ex­presa Heimbichner. Cita un reportaje que realizó no hace mucho tiempo el diario israelí Ha’aretz, “que por décadas la sodomización de los estudiantes (en las escuelas de Talmud de sexo masculino), fue permiti­da y los más grandes de los rabinos ultra ortodoxos la encubrían”. Por supuesto, los medios controlados de occidente no levan­taron ninguna protesta clamorosa (Págs. 114-16)[6]. Mientras tanto, nuestras anti­guas ciudades cristianas han sido “transfor­madas” a fin de que acepten la perversidad sexual como un derecho humano, y la ins-titucionalización de las relaciones perversas como “matrimonio”. Sólo es cuestión de tiempo y una posterior reeducación, antes de que la pedofilia sea permitida porque, “Crowley consideró toda separación de ho­mosexuales y pederastas como artificial y absurda” y rechazó limitarse. Pensaba que la restricción es un pecado. Heimbichner observa que ahora influyentes educadores norteamericanos, periodistas y precisa­mente jueces, ven “al ‛pecado de la restric­ción’” del modo que lo veía Crowley. (Págs. 117-18).
Ahora, resulta bastante obvio que el mundo moderno está completamente orien­tado hacia la juventud. Las leyes aseguran que la juventud no sea disciplinada. La edu­cación está “centrada en los niños”. Las modas, la música, y los entretenimientos es­tán dirigidos hacia el consumidor joven. Los partidos políticos tienen secciones de juven­tudes, la edad para votar se va reduciendo, y los gobiernos y las Naciones Unidas buscan la aprobación de la juventud. Incluso la Igle­sia Católica ha entrado en el juego al predi­car a los jóvenes la ley del Thelema de Crowley: haz tu voluntad. Existen “misas” de niños o jóvenes muy corrompidas como para recurrir a ellas. Se alienta a la juventud a que discuta y critique las creencias y las prácticas de la Iglesia. En lugar de enseñar­les a cumplir los mandamientos de Dios y de la Iglesia, se les enseña a descubrir sus pro­pios valores e idear su propia espiritualidad. Esta complacencia thelémica culmina en las extravagancias salvajes llamadas las Jornadas Mundiales de la Juventud.
Justo sucede que Aleister Crowley predijo (Págs. 50-51) que el avance del “Crowleinismo” en la cultura mediática dominante en­gendrará el “Siglo de Horus”, la edad del Niño Coronado y Conquistador, que derrocaría al “Siglo de Osiris”, la era del Dios agonizante. En otros términos, declara Heimbichner, la Nueva Era de Crowley es aquella en que “Dios Padre es reemplazado por Horus, el Niño”, mientras que emerge una cultura joven re­belde (Como lo explicaba el Papa León XIII en su condena a la Masonería, Humanum Genus, la masonería controla las masas, es­pecialmente la juventud, mediante su “evan­gelio del placer”).
Crowley además planeó que tanto la rebe­lión de la “Izquierda”, como la reacción de la “Derecha” serían controladas por la OTO. En­tonces, por ejemplo, tenemos a ambas -la so­ciedad y la Iglesia a nivel diocesano- mediante programas para padres de jóvenes supuesta­mente homosexuales, lavándoles el cerebro para que acepten el “estilo de vida” pecami­noso de sus hijos (ya se ganó la batalla para lograr que acepten la cohabitación).

Sangre sobre el altar

A principios del siglo veinte, la OTO por poco logra poner uno de sus miembros satanistas en el trono papal. El Secretarlo de Es­tado de la época de León XIII, el Cardenal Mariano Rampolla, fue elegido para el papa­do luego de la muerte de León XIII. Sólo gra­cias al antiguo privilegio del emperador aus-trohúngaro, Francisco José, de vetar una elec­ción papal, se logró la remoción de Rampo­lla y la elección del Papa San Pío X. Pero a través de Rampolla, que “influyó sobre hom­bres claves”, “la OTO tuvo la oportunidad de aconsejar, plantar sus semillas y finalmente formar una política dentro del Vaticano” en las décadas subsiguientes. Respecto a esto último, Heimbichner siguió el rastro de la influencia de Rampolla, hasta llegar al ma­són Arzobispo Annibale Bugnini, arquitec­to de la destrucción de la Misa Tridentina (Págs. 100-102).
Cabe destacar que, además de incluir a Rampolla en su lista de miembros en el Ma­nifiesto de 1917, la judaizante OTO también reconoció, como “iniciados de los más altos grados”, a los jefes de muchas Órdenes de Caballeros Católicas. Entre estos se encon­traban los Caballeros de San Juan, de Malta y del Santo Sepulcro (Págs. 91-92).
Esto nos conduce a preguntarnos el mo­tivo por el cual la OTO celebró la apertura del Concilio Vaticano II. Obviamente tenían un conocimiento previo de la judaización, el ocultismo y la thelemización de la Iglesia que ahora tendrían lugar abiertamente. La demolición de la Iglesia verdadera y la erec­ción de una contraiglesia falsa y anticatóli­ca, que apenas notan los gradualmente hip­notizados fieles católicos, muestra que no era inadecuada la fe que tenía la OTO en el Concilio Vaticano II. De hecho, en 1970, describe Heimbichner, un retrato pintado por un alemán luterano que representa un Pablo VI “repulsivo, malvado”, sosteniendo una daga y destrozando la Basílica de San Pedro, rodeado de símbolos satánicos e iluministas.
El pontífice fríamente comentó que el re­trato era “un reflejo de la situación de la Igle­sia de hoy” y que “uno necesita casi una nue­va filosofía para alcanzar a comprender el significado de esto en su contexto”. Esta nue­va filosofía es la filosofía de Thelema o de la propia voluntad, comenta Heimbichner, mientras que el contexto de la destrucción de la Iglesia es el Aeón de Horus, en el cual la New Age satánica y masónica remplaza el Cristianismo (Págs. 106-7, 136).
El Aeón final proclamado por Crowley será el Aeón de Maat, la era del Anticristo o del falso Mesías judío. En ese momento, ex­presa Heimbichner. “los líderes masones es­peran completar finalmente su ritual del Ter­cer Grado, al construir el Templo de Salo­món de modo tal que la sangre volverá a fluir sobre el altar de Jerusalén, revirtiendo y anulando desafiantemente, en la mente tal­múdica y ocultista, la sangre de Cristo”.
Como exclamó Crowley a un rabino ju­dío: “dejemos que el Anticristo se levante, permitámosle que anuncie a Israel su inte­gridad”. La OTO está preparando el camino para el esperado sueño judeo masónico de reconstruir el Templo de Salomón de modo tal que la sangre de los animales sea una vez más presentada en el altar rabínico”. ¿Cuánto falta para que esto suceda? Bueno, Heimbichner cita a un rabino que dice que la tra­dición judía demanda el restablecimiento del Sanedrín judío como “condición necesaria para la reconstrucción del Templo”.
A continuación cita un reportaje de un dia­rio israelí del 14 de octubre del 2004, que anunciaba “luego de preparaciones reserva­das durante más de un año, el Sanedrín... reanudará sus operaciones luego de 1.500 años” (Págs. 125-26, 129-30)[7].
Craig Heimbichner concluye su libro aconsejándonos sacrificar nuestro tiempo y nuestras energías en búsqueda de la verdad, Debemos rechazar la Mente Dual, deshacer­nos del trance thelemico y revertir el proce­so alquímico-hipnótico de manera tal que no seamos sacrificados en el altar de la OTO, por nuestra perdición (Pág. 135). Por su­puesto, como católicos, el modo de evitar tener una Mente Dual es aferramos firme­mente a la Tradición, rechazar toda novedad, y lo fantástico.



[1] Estela: Una losa de piedra o un trozo de madera con una inscripción o diseño que fue usado como un monumento o jalón de una sepultura.
En particular la Estela de Revelación es un objeto religioso egipcio que data de la época de la dinastía 26a. Se trata de una de una madera (de 31 x 51.5 cm), revestida con estuco y pintado con escenas mitológicas y es­critura jeroglífica. Fue hecho para conmemo­rar la muerte de un sacerdote de Tebas, con­sagrado al Dios Mentu, llamado Ankh-f-n-khonsu. Aunque muchos objetos fueran típi­camente sellados dentro de la tumba junto con el cuerpo, objetos funerarios como éste fue­ron colocados fuera de la tumba como un pun­to focal para los ofrecimientos dados por ami­gos y parientes del difunto. Después de des­cubrir este Stele en un museo en El Cairo, Crowley recibió la comunicación mística co­nocida como el Libro de la Ley (http:// www,thelemal01.com/liber-al.html)
[2] Aleister Crowley “ha sido una referen­cia constante en determinados ambientes de la contracultura anglosajona contemporánea. Por ejemplo, en el ámbito musical, donde los Beatles, Rolling Stones, Ozzy Osbourne o Daryl Hall han reivindicado su figura y/o su mensa­je a través de sus canciones”. (Koch, Paul H.; “Illuminati”; Ed. Planeta; Buenos Aires; Pág. 146 y 147).
[3] Se refiere a Felix Lazerus Pinkus (1881-1947), quien además se desempeñó como pre­sidente de la Unión de Sionistas de Zurich.
[4] El autor Paul H. Koch, relata en la obra citada anteriormente, que en una discusión en una noche londinense de 1912, entre el alemán Theodor Reuss, que había reempla­zado por fallecimiento al fundador de la OTO (Kart Kellner) y Aleister Crowley, el primero le recrimina a Crowley haber “publicado ale­gremente el secreto más exclusivo de la or­den, el grado noveno”. Ante la negativa del acusado, Reuss tomó el libro que había publi­cado Crowley, “Líber 333 - El libro de las mentiras” y señaló la frase que decía: “‛...Bebed el Sacramento y pasáoslo los unos a los otros’. Este sacramento, según él mismo reconocería después, no era otra cosa que el semen vertido por el mago en la vagina de la sacerdotisa durante determinado ritual mági­co, que después era recogido de los genitales femeninos y consumido por los asistentes” (Pág. 147).
[5] Esta afirmación surge del pasaje en que el autor del libro comenta sobre los estu­dios de Tomás Molnar, respecto al hilo con­ductor de las revoluciones francesa y rusa, res­pectivamente.
No obstante, entre muchos otros testimo­nios, conviene que los lectores tengan cono­cimiento de lo que escribiera en relación a este tema, por ejemplo, el honorable Winston S. Churchill, en el Illustrated Sunday Herald, en el artículo que publicara el 8 de febrero de 1920, Pág. 5: Sionismo vs bolchevismo - Una lucha por el alma del pueblo judío”, reproducción parcial): 
“No hay ninguna necesidad de exagerar el papel jugado en la creación de Bolchevis­mo y en la actual causa de la Revolución Rusa: por estos internacionales y en su ma­yor parte Judíos ateos. Esto es seguramente muy significativo; probablemente pesa más que todos los otros. Con la excepción nota­ble de Lenín, la mayoría de las figuras prin­cipales son judíos. Además, la inspiración principal y el poder conductor vienen de los líderes judíos. Así Tchitcherin, un ruso puro, es eclipsado por su subordinado nominal Litvinoff, y la influencia de rusos como Bukharin o Lunacharski no puede ser com­parado con el poder de Trotsky, o de Zinovieff el Dictador de la Ciudadela Roja (Pe­trogrado), o de Krassin o Radek - todos Ju­díos. En las instituciones soviéticas el pre­dominio de judíos es aún más asombroso. Y el prominente, si no de hecho el rol princi­pal, en lo relacionado con el sistema de te­rrorismo aplicado por las Comisiones Ex­traordinarias para Combatir la Contrarre­volución, ha sido asumida por Judíos, y en algunos casos notables por Judías”.
[6] Periódico Ha’aretz, 1 de Febrero de 2000 (Blood on the Altar; Pág. 115).
[7] Periódico Maaravi, 14 de octubre de 2004 (Blood on the Altar; Pág. 130).

Cornelia R. Ferreira, Publicado en el periódico Catholic Family News, agosto de 2005: Niagara Falls; New York; EE.UU. y Periódico Patria Argentina Nº 220, Buenos Aires, marzo 2006. Visto en Syllabus.

domingo, 13 de enero de 2013

Profesión de Fe de Monseñor Lazo.





El 8 de mayo de 1998, el Cardenal Sin, Arzobispo de Manila (Filipinas), organizó una gran reunión intercon­fesional para pedir unas elecciones pacíficas, invitando a budistas, musulmanes, protestantes, taoístas y represen­tantes de cultos indígenas a rezar en la catedral de la In­maculada Concepción, renovando así en Manila el es­cándalo de Asís.
El 17 de mayo de 1998, Monseñor Salvador Lazo, Obispo emérito de La Unión, envió una carta al Carde­nal Sin, reprochándole haber transgredido públicamente el primer mandamiento de la ley de Dios, y recordándo­le las sanciones previstas por el Código de Derecho Ca­nónico (sospecha de herejía según el canon 2316 del Có­digo de 1917... imposición de una pena justa según el mismo Código), así como la amenaza de Nuestro Señor de arrojar fuera “la sal que perdió su sabor”. Lo llarna a “volver a la verdadera fe católica, la fe de un San Pío V la que venció en Lepanto, de un Pío XI que, en su encíclica «Mortalium animos» ya condenó lo que usted acaba de hacer”.
El 18 de mayo, mediante un comunicado a la prensa, anunció que el 24 de ese mismo mes iba a hacer una pro­fesión solemne de fe, dirigida a Su Santidad el Papa Juan Pablo II, en la iglesia Nuestra Señora de las Victorias, perteneciente a la Fraternidad San Pío X, e invitó a la prensa a cubrir el acontecimiento.
Ese domingo 24, luego de la Santa Misa, Monseñor Lazo realizó la siguiente profesión solemne de Fe. He aquí su texto:

Mi declaración de Fe



A Su Santidad
El Papa Juan Pablo II
Obispo de Roma y Vicario de Jesucristo,
Sucesor de San Pedro, Príncipe de los Apóstoles,
Supremo Pontífice de la Iglesia universal,
Patriarca de Occidente, Primado de Italia,
Arzobispo y Metropolitano de la Provincia de Roma,
Soberano de la ciudad del Vaticano.

Jueves de la Ascensión, 21 de mayo de 1998

Santísimo Padre,

En el décimo aniversario de la consagración de cuatro Obispos católicos por parte de Su Excelencia Monseñor.
Marcel Lefebvre para la supervivencia de la Fe católica, declaro que, por la gracia de Dios, soy católico romano. Mi religión ha sido fundada por Jesucristo cuando dijo a Pedro: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (San Mateo, XVI, 18).
Santo Padre, mi Credo es el Credo de los apóstoles. El depósito de la Fe viene de Jesucristo y se completó con la muerte del último apóstol. Ha sido confiado a la Igle­sia católica romana para servir de guía para la salvación de las almas hasta el fin de los tiempos.
San Pablo ordenó a Timoteo: “Oh, Timoteo, conserva el depósito” (I Timoteo, VI, 20).
¡El depósito de la Fe!
Santo Padre, San Pablo parece decirme: “Guarde el de­pósito... se le ha confiado un depósito, no lo que usted vaya descubriendo. Lo ha recibido, no sacado de su propio fondo. No depende de la intervención personal, sino de la doctrina. No es para su uso privado, sino que pertenece a la Tradición pública. No viene de usted, sino que le ha llegado a usted. No puede actuar con él como si fuese usted su autor, sino solamen­te como un guardián. No es el iniciador, sino el discípulo. No le pertenece a usted el regularlo, sino el ser regulado por él” (San Vicente de Lerins, Commonitorium, nº 22).
El Santo Concilio Vaticano I enseña que “la doctrina de Fe que Dios ha revelado, no ha sido propuesta como un hallaz­go filosófico que deba ser perfeccionado por los ingenios huma­nos, sino entregada a la Esposa de Cristo como un depósito di­vino, para ser fielmente guardada e infaliblemente declarada. De ahí que también hay que mantener perpetuamente aquel sentido de los sagrados dogmas que una vez declaró la santa madre Iglesia y jamás hay que apartarse de ese sentido so pre­texto y nombre de una más alta inteligencia” (Constitución dogmática “Dei Filius”, Dz. 1800).
“No fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custo­diaran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir el depósito de la fe” (Vaticano I, Constitu­ción dogmática “Pastor Aeternus”, Dz. 1836).
Además, “el poder del Papa no es ilimitado: no solamente no puede cambiar nada de lo que es de institución divina, co­mo por ejemplo, suprimir la jurisdicción episcopal, sino que, colocado para edificar y no para destruir, por ley natural no de­be sembrar la confusión en el rebaño de Cristo” (“Diccionario de teología católica”, T. II, col. 2039-2040).
También San Pablo fortalecía así la fe de sus convertidos: "Pero, aun cuando nosotros mismos, o un ángel del cie­lo os predicase un Evangelio distinto del que os hemos anun­ciado, sea anatema" (Gálatas, I, 8).

Como Obispo católico, he aquí brevemente mi posi­ción sobre las reformas posconciliares del Concilio Vati­cano II:
Si las reformas conciliares son conformes a la volun­tad de Jesucristo, entonces colaboraré con gusto en su realización. Pero si las reformas conciliares están plani­ficadas para la destrucción de la religión católica funda­da por Jesucristo, entonces rehúso mi cooperación.
Santo Padre, en 1969 se recibió en San Fernando, dió­cesis de La Unión, una notificación de Roma. Decía que la Misa latina tridentina debía ser suprimida y que debía ser utilizado el Novus Ordo Missæ. No se daba ningu­na razón. La orden, prove­niente de Roma, fue acatada sin protestas (Roma locuta est, causa finita est).
Me jubilé en 1993, 23 años después de mi consagración episcopal. Desde mi jubila­ción he descubierto la verda­dera razón de la supresión ilegal de la Misa latina tradi­cional: la Misa antigua era un obstáculo para la introduc­ción del ecumenismo. La Mi­sa católica contenía los dog­mas católicos que los protes­tantes niegan. A fin de llegar a la unidad con las sectas protestantes, la Misa latina tridentina debía ser puesta en desuso y reemplazada por el Novus Ordo Missæ.
El Novus Ordo Missæ fue compuesto por Annibale Bugnini, un masón; seis mi­nistros protestantes ayuda­ron a Monseñor Bugnini a fa­bricarla. Los novadores se esmeraron en que ningún dogma católico que ofendiera a los oídos protestantes fuese dejado en las oraciones. Suprimieron todo lo que plenamente expresaban los dogmas católicos y lo reemplazaron por textos muy am­biguos de tendencias protestantes y herejes. Hasta han cambiado la forma de la Consagración dada por Jesucris­to. Con tales modificaciones, el nuevo rito se volvió más protestante que católico.
Los protestantes afirman que la Misa no es más que una simple cena, una simple comunión, un simple ban­quete, un memorial. El Concilio de Trento insistió en la realidad del Sacrificio de la Misa, que es la renovación incruenta del sacrificio sangriento de Cristo sobre el Cal­vario.

“Así, pues, el Dios y Señor nuestro, aunque había de ofrecerse una sola vez a sí mismo a Dios Padre en el altar de la cruz (...) ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las espe­cies de pan y de vino y bajo los símbolos de esas mismas cosas, los entregó, durante la Última Cena, la noche en que librado, a fin de dejar a la Iglesia, su esposa bienamada, un sacrificio que fuese visible (como lo exige la naturaleza humana) por el cual el sacrificio sangriento cumplido una vez por todas sobre la cruz pueda ser presentado de nuevo” (Dz. 938).

En consecuencia, la Misa es también una comunión del sacrificio que acaba de ser celebrado: un banquete donde se come la Víctima inmolada en sacrificio. Pero si no hay sacrificio, no hay comunión con él. La Misa es, primero y ante todo, un sacrificio, y en segundo lugar, una comunión o cena.
También se debe remarcar que, en el Novus Ordo Missæ, la presencia real de Cristo en la Eucaristía está implícitamente negada. La misma observación también es verdadera con respecto a la doctrina de la Iglesia sobre la transubstanciación.
Con relación a eso, el sa­cerdote, que antaño era un sacerdote que ofrecía un sa­crificio, en el Novus Ordo Missæ ha sido rebajado al papel de presidente de una asamblea. Para tal papel es que se presenta frente al pue­blo. En la Misa tradicional, en cambio, el sacerdote se presenta frente al sagrario y al altar, donde se encuentra Jesucristo.
Luego de haber tomado conciencia de estos cambios, he decidido dejar de decir el nuevo rito de la Misa que ha­bía dicho durante más de 27 años por obediencia a mis superiores eclesiásticos.   He vuelto a la Misa latina tridentina, porque es la Misa ins­tituida por Jesucristo en la Última Cena, la renovación incruenta del Sacrificio de Jesucristo sobre el Calvario. Esa Misa de siempre santificó la vida de millones de cris­tianos con el correr de los siglos.
Santo Padre, con todo el respeto que tengo por Usted y por la Santa Sede de San Pedro, no puedo seguir su en­señanza personal sobre la “salvación universal”: está en contradicción con las Sagradas Escrituras.
Santo Padre, ¿todos los hombres serán salvados? Je­sucristo quería que todos los hombres sean redimidos. Murió, de hecho, por todos nosotros. Sin embargo, no todos los hombres serán salvados, porque no todos los hombres cumplen las condiciones necesarias para pertenecer al número de los elegidos de Dios en el cielo.
Antes de subir al cielo, Jesucristo les confió a sus apóstoles el deber de predicar el Evangelio a toda la creación. Sus instrucciones ya indicaban que no todas las almas serían salvadas. Dice: “Id por el mundo entero, predicad el Evangelio a toda la creación. Quien creyere y fue­re bautizado, será salvo; mas, quien no creyere, será condena­do” (San Marcos, XVI, 15-16).
San Pablo empleaba el mismo lenguaje para con sus convertidos: “¿No sabéis que los inicuos no heredarán el rei­no de Dios? No os hagáis ilusiones. Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldi­cientes, ni los que viven de rapiña, heredarán el reino de Dios” (I Corintios, VI, 9-10).
Santo Padre, ¿debemos respetar a las falsas religio­nes? Jesucristo fundó una sola Iglesia en el seno de la cual se puede ser salvo: es la Santa Iglesia católica, apos­tólica y romana. Cuando enseñó todas las doctrinas y verdades necesarias para salvarse, Jesucristo no dijo: “respeten a todas las falsas religiones”. De hecho, el Hijo de Dios ha sido crucificado sobre la cruz porque en sus en­señanzas no tuvo compromisos con nadie.
En 1910, en su carta “Notre charge apostolique”, el Papa San Pío X nos puso en guardia contra el espíritu in­terconfesional, que forma parte de un gran movimiento de apostasía organizado en todos los países para erigir una iglesia mundial.
El Papa León XIII advirtió que “tratar a todas las reli­giones de la misma manera (...) es algo calculado para arrui­nar toda forma de religión, y especialmente la religión católica, que por ser la verdadera no puede sin gran injusticiaser mirada como simplemente igual a las otras religiones” (“Humanum genus”). El procedimiento va desde el catoli­cismo al protestantismo, desde el pro­testantismo al modernismo, desde el modernismo al ateísmo.
El ecumenismo, tal como se lo practi­ca hoy, se opone diametralmente a la doctrina y a la práctica católica tradicio­nales.
Rebajar la única religión verdadera, fundada por Nuestro Señor, al mismo ni­vel que las religiones falsas, obras de los hombres, es algo que los Papas en el cur­so de los siglos han prohibido estricta­mente a los católicos que hagan.
“Es evidente que la Sede Apostólica de ninguna manera puede tomar parte de estas asambleas (ecuménicas) y que de ninguna manera les está permitido a los católicos dar­les su aprobación o sostén a tales empresas”. (Pío XI, Mortalium animos”).
Soy partidario de la Roma eterna, la Roma de los San­tos Pedro y Pablo. No quiero seguir a la Roma masóni­ca. El Papa León XIII condenó a la masonería en su en­cíclica “Humanum genus en 1884.
No acepto tampoco a la Roma modernista. El Papa San Pío X condenó al modernismo en su encíclica “Pascendi dominici gregis” en 1907.
No sirvo a la Roma controlada por los masones, que son los agentes de Lucifer, el Príncipe de los demonios.
Pero sostengo a la Roma que conduce fielmente la Iglesia católica, a fin de cumplir la voluntad de Jesucris­to, la glorificación del Dios tres veces santo, Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Me considero feliz por haber recibido, en medio de esta crisis de la Iglesia cató­lica, la gracia de haber vuelto a la Iglesia que se adhiere a la Tradición católica. Gracias a Dios, digo de nuevo la Misa tradicional: la Misa instituida por Jesús en la Últi­ma Cena, la Misa de mi ordenación.
Que la Bienaventurada Virgen María, San José, mi santo Patrono San Antonio, San Miguel y mi Ángel de la Guarda se dignen ayudarme a permanecer fiel a la Igle­sia católica fundada por Jesucristo para la salvación de los hombres.
Ojalá obtenga yo la gracia de permanecer hasta la muerte en el seno de la Santa Iglesia católica apostólica y romana, que adhiere a las antiguas tradiciones, y que sea siempre fiel sacerdote y Obispo de Jesucristo, Hijo de Dios.
Muy respetuosamente,

Monseñor Salvador L. Lazo, DD Obispo emérito de San Fernando de La Unión. Revista “Iesus Christus” nº 59, septiembre-octubre 1998, págs. 23-25.