[Sri Lanka, 14-Ene-2015] Francisco
en una visita no programada al templo budista de Mahabodhi, en la capital del país, Colombo.
jueves, 15 de enero de 2015
miércoles, 14 de enero de 2015
Los falsos pastores, mercenarios, apoyan públicamente a los blasfemos.
“Como
periodista me duele enormemente este atentado a compañeros que lo que hacen es
ejercer un servicio, en este caso desde el humor satírico, pero que es
necesario también en las sociedades democráticas y libres para la libertad de
expresión y sobre todo al derecho de la Información”. (Europa
Press, 08-Ene-2015)
Fueron las palabras del secretario
y portavoz de la Conferencia Episcopal Española, José María Gil Tamayo,
sobre el atentado terrorista en Francia al semanario blasfemo de Charlie Hebdo.
Las clarísimas palabras de
condescendencia y el silencio cómplice hacia este pasquín que no paró de
blasfemar contra Jesucristo, la Santísima Trinidad, la Virgen María, y todo lo
que pueda ser católico, son típicas de pastores mercenarios que han perdido (si
alguna vez la tuvieron) su fe. Hoy, en total condescendencia con lo “políticamente
correcto”, traicionando las verdades más elementales y siendo cómplice de las
blasfemias públicas, de este pastor y, casi el total silencio de los obispos españoles
que no corrigen públicamente a estas declaraciones, muestran el estado en que
se encuentra la Iglesia conciliar.
Para echar algo de luz sobre la
gravedad de lo que esta nefasta publicación blasfema hacía y que debe ser rechazada
con fuerzas por todo católico coherente, veamos lo que dice la doctrina
católica bimilenaria sobre las blasfemias y los blasfemos en el Catecismo de
San Pío X y en palabras de San Alfonso María de Ligorio.
DE LA DOCTRINA
CRISTIANA Y DE SUS PARTES PRINCIPALES
PARTE TERCERA
De los
Mandamientos de la Ley de Dios y de la Iglesia
CAPÍTULO II
De los
Mandamientos que miran a Dios
2º. Del segundo
mandamiento
374. ¿Que nos prohíbe
el segundo mandamiento: No tomarás el nombre de Dios en vano?
El segundo mandamiento: No
tomarás el nombre de Dios en vano, nos prohíbe:
1º, pronunciar el nombre de Dios
sin respeto;
2º, blasfemar contra Dios, contra
la Santísima Virgen y contra los Santos;
3º, hacer juramentos falsos o no
necesarios o de algún modo ilícitos.
375. ¿Qué quiere decir
pronunciar el nombre de Dios sin respeto?
Pronunciar el nombre de Dios sin
respeto quiere decir pronunciar este santo nombre y todo lo que se refiere de
un modo especial al mismo Dios, como en nombre de Jesús, de María y de los
Santos, con algún enojo, por burla o de otra manera poco reverente.
376. ¿Qué es
blasfemia?
Blasfemia es un pecado horrendo,
que consiste en palabras o acciones de menosprecio o maldición contra Dios, la
Virgen, los Santos o contra las cosas santas.
377. ¿Hay diferencia
entre la blasfemia y la imprecación?
Hay diferencia, porque con la
blasfemia se maldice o desea el mal a Dios, a la Virgen, a los Santos; mientras
con la imprecación se maldice o se desea el mal a sí mismo o al prójimo.
DE LA BLASFEMIA, POR SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO[1]
Cum ergo videritis
abominationem desolationis.
Cuando veréis la abominación
desoladora.
(Matth. XXIV. 15)
Dios abomina todos los
pecados; pero, especialmente, el de la blasfemia; porque, aunque todos ofenden
a Dios, y ceden en deshonra del Señor, como dice el Apóstol: Per
prœvaricationem legis Deus inhonoras. (Rom. II, 23). Sin embargo, si bien
los demás pecados le deshonran indirectamente, quebrantando su ley, la
blasfemia le deshonra directamente, maldiciendo su santo nombre. Nihil ita
exacerbat Deum, sicut quando nomen ejus blasphematur. Permitidme, pues,
amados cristianos, que os haga ver en este día:
Punto 1. CUAN
GRANDE ES EL PECADO DE LA BLASFEMIA.
Punto2. CON
CUÁNTO RIGOR LE CASTIGA EL SEÑOR.
Punto 1
CUAN GRANDE PECADO
ES LA BLASFEMIA
1. ¿Qué cosa es blasfemia?
Es un dicho injurioso a Dios: Est contumeliosa in Deum locutio; así
la definen los doctores. ¡Pero Dios mío! ¿Con quién se las ha el hombre cuando
blasfema? Se la ha directamente con el mismo Dios: Contra Omnipotentem
roboratus est. (Job. XV, 25). Y ¿cómo, -dice San Efrén- no temes, ¡oh
blasfemo! que baje el fuego del Cielo y te devore? ¿Que se abra bajo tus
plantas la tierra y se te trague? Los demonios tiemblan al oír el nombre de
Cristo, exclama San Gregorio Nacianceno, y ¿cómo no temblamos nosotros de
injuriarle? El vengativo se las ha con un igual suyo; más el que blasfema,
quiere vengarse de Dios mismo, que hace o permite aquella cosa que disgusta al
hombre blasfemo. Hay una gran diferencia ente ofender al retrato del rey y
ofender a su misma persona. El que ofende al hombre, ofende a la imagen de
Dios; pero el blasfemo ofende al mismo Dios, dice San Atanasio: Qui
blasphemat, contra ipsam Deidate agit. El que quebranta la ley del rey,
peca; pero el que ofende a la misma persona del rey, comete delito de lesa
majestad, que es castigado con mayores castigos, y no puede ser indultado. ¿Qué
diremos, pues, del blasfemo, que injuria a la majestad divina? Decía en su
cántico Ana la profetisa: Si un hombre peca contra otro, se puede alcanzar de
Dios el perdón, más si peca contra Dios, ¿quién rogará por él? (I. Reg. II,
25). Con efecto, es tan enorme el pecado de blasfemia, que parece que ni los
mismos santos están dispuestos a interceder a favor de un blasfemo.
2. Además: las bocas
sacrílegas blasfeman contra un Dios que las sostiene. Con razón exclama San
Juan Crisóstomo: Tu Deo benefacienti tibi, et tui curam agenti
maledicis? ¿Tú te atreves a maldecir a Dios, que te llenó de
beneficios y te conserva? Señal es que ya está uno de tus pies en el Infierno,
y que si Dios no te conservase la vida por su divina misericordia, estarías ya
condenado para siempre; y en lugar de darle gracias, le maldices al propio
tiempo que Él te está llenando de beneficios. De esto se queja por David (Psal.
LIV, 13), diciendo: En verdad, que si me hubiese llenado de maldiciones un
enemigo mío, hubieralo sufrido con paciencia; pero tú me maldices al mismo
tiempo que yo te estoy bendiciendo. ¡Oh lengua diabólica! exclama San Bernardo
de Sena, ¿qué cosa te irrita hasta el punto de blasfemar de tu Dios, que
te creó y redimió con su sangre? Algunos blasfeman hasta de Jesucristo, que
murió por su amor en una cruz; siendo así que, aunque
no estuviésemos condenados a morir, deberíamos desear morir por amor
a Jesucristo, para mostrar, de algún modo, nuestro agradecimiento a un Dios que
dio su vida por nosotros. Digo de algún modo, porque no hay comparación
entre la muerte de una vil criatura y la de un Dios; y, sin embargo, tú,
pecador, tú, blasfemo, en lugar de amarle y bendecirle, le maldices, como dice
San Agustín: Los judíos azotaron a Jesucristo, pero no le azotan menos los
malos cristianos con sus blasfemias. Otros han blasfemado contra la Santísima
Virgen María, Madre de Dios, que tanto nos ama, y que siempre está rogando por
nosotros: sin embargo, alguno de esos hombres malvados han sido castigados
terriblemente por Dios. Refiere Surio (en el día 7 de agosto) que un impío
blasfemó de la Virgen, y en seguida hirió con un puñal su santísima imagen que
estaba en una iglesia; pero, al punto que salió de allí, cayó un rayo y le
redujo a cenizas. El infame Nestorio, que había blasfemado también y movido a
otros a blasfemar de María santísima, diciendo que no era verdadera Madre de
Dios, murió desesperado con la lengua comida de gusanos.
3. Quis loquitur
blasphemias? (Luc. V, 21). Y ¿quién es el blasfemo? Un cristiano, uno
que ha recibido el santo Bautismo, por el cual quedó consagrada su lengua. Se
pone dice un santo doctor, sal bendecida en la lengua del que va a ser
bautizado, para que la legua del cristiano quede consagrada y se acostumbre a
bendecir a Dios. Y ¿es posible, que esta misma lengua se convierta después en
una espada que traspase el corazón de Dios? pregunta San Bernardino: Lingua
blasphemantis efficitur quasi gladius cor Dei penetrans? (Tom. 4 ser. 33). Luego
añade el mismo Santo, que ningún pecado contiene tanta malicia como la
blasfemia. Y antes que él lo dijo San Juan Crisóstomo con distintas
palabras: Nullem hoc peccato deterius, nam in eo accesio est omnium
malorum et omne supplicium. Del mismo modo se explicó San Jerónimo,
diciendo que: Cualquier otro pecado es leve, comparado con la blasfemia. Y aquí
debemos advertir, que la blasfemia contra los santos y los cosas santas, como
la misa, los sacramentos, los misterios, etc., son de la misma especie que las
blasfemias contra Dios, que es la fuente de la santidad.
4. Decimos, pues, con San
Jerónimo, que la blasfemia es un pecado más grave que el hurto y que el
adulterio, porque como todos los otros pecados como dice San Bernardino,
dimanan, o de la fragilidad, o de la ignorancia; pero el pecado de la blasfemia
proviene de la propia malicia. Porque, en efecto procede de una mala voluntad y
de cierto odio concebido contra Dios; y así, el blasfemo se hace semejante a
los réprobos, los cuales, como dice Santo Tomás, no blasfeman con la boca,
porque no tienen cuerpo; pero blasfeman con el corazón, maldiciendo la divina
justicia que los castiga. Y añade el santo Doctor: que es creíble, que después
de la resurrección, así como los Santos en el Cielo alabarán a Dios también con
la voz, así los réprobos en el Infierno le blasfemarán igualmente con ella. Con
razón, pues, llama un autor a la blasfemia, lenguaje del Infierno, diciendo
que: el demonio habla por la boca de los blasfemos, así como Dios habla por la
boca de los santos. Cuando San Pedro negaba a Jesucristo en el palacio de
Caifás, jurando que no le conocía, le dijeron los judíos que su acento
descubría que era discípulo suyo, porque pronunciaba lo mismo que su Maestro.
(Matth XXVI, 73). Lo mismo podemos decir del blasfemo: Tú eres del Infierno, y
verdadero discípulo de Lucifer, porque hablas el lenguaje de los condenados.
Escribe San Antonio, que los condenados en el Infierno no se ocupan en otra
cosa que en blasfemar y maldecir a Dios. Y en prueba de esto, aduce el texto
del Apocalipsis: Y se despedazaron las lenguas en el exceso de su dolor, y
blasfemaron del Dios del Cielo. (Apoc. XVI, 10 et 11). San Antonio, en fin,
añade que el que tiene el vicio de blasfemar, pertenece, aún en ésta vida, a la
clase de los réprobos, cuyas funciones desempeña.
5. A la malicia de
la blasfemia, debemos añadir el escándalo, que, de ordinario, causa este infame
pecado por cuanto suele siempre cometerse externamente y en presencia de otros.
San Pablo reprendía a los judíos, cuyos pecados daban motivo a que los gentiles
blasfemasen de Dios y se burlasen de su Ley. ¿Cuánto, pues, más culpables
son los cristianos que inducen a los demás a imitar sus blasfemias? Pero ¿cómo
sucede, pregunto yo, que en ciertas provincias no se oye blasfemar a ninguno, o
se oye raras veces; y en otras, al contrario, reina escandalosamente la
blasfemia, de manera, que se puede decir de ellas lo que decía Dios por Isaías:
Todo el día sin cesar está blasfemándose mi Nombre?. Por las plazas, por las
casas, por las ciudades, y por las aldeas, no se oye otras cosas que blasfemias.
¿En qué consiste esto? Consiste en que los unos aprenden de los otros; los
hijos de los padres, los criados de los amos, los jóvenes de los ancianos.
Especialmente en ciertas familias, parece que el vicio de la blasfemia pasa por
herencia de padres a hijos: el padre es blasfemo y por esto lo son después los
hijos, los nietos y todos sus descendientes. ¡Oh padre maldito, causa de tanto
mal, que en vez de enseñar a tus hijos a bendecir a Dios, les enseñas a
blasfemar de Dios y de sus Santos! Dirá alguno: Yo los reprendo cuando
los oigo blasfemar. ¿Pero de que sirven esas tus reprensiones, si tú mismo
les das el mal ejemplo con la boca? Por el amor de Dios y por el de tus hijos
mismos, no blasfemes en adelante, ¡oh padre de familia! y guárdate de blasfemar,
especialmente delante de tus hijos, repréndelos con aspereza, como encarga San
Juan Crisóstomo, diciendo: Castiga su boca, y santifica tu mano con este
castigo. Hay algunos padres que castigan bárbaramente a sus hijos, si no hacen
al punto lo que les mandan; empero, si les oyen blasfemar de los Santos, o se
ríen, o no los reprenden. San Gregorio refiere: que un niño de cinco años, hijo
de un noble romano, acostumbraba a poner en ridículo el nombre de Dios, y que
el padre no le reprendía. Un día que se vio el niño asaltado por ciertos
hombres negros, y, espantado, corrió a los brazos de su padre; pero aquellos
hombres negros eran demonios salidos del Infierno, le mataron entre los brazos
del padre, y se lo llevaron al abismo.
Punto 2
CON CUANTO RIGOR
CASTIGA DIOS EL PECADO DE LA BLASFEMIA
6. Dice Isaías: ¡Ay de la
gente pecadora que blasfema del Santo de Israel! ¡Ay de los blasfemos, que
serán eternamente infelices! porque, según Tobías, todos los que
blasfeman serán condenados. (Tob. XIII, 16). Y por boca de Job
dice Dios: Si imitas el habla de los blasfemos, serán tus propias
palabras y no yo, las que te condenarán. (Job. XV, 5 et 6).
Dirá pues el Señor al tiempo de condenarle: No soy yo quien te condena
al Infierno, sino tu misma boca, con la que te atreviste a maldecirme a mí y a
mis Santos. Los infelices blasfemos seguirán blasfemando en el
Infierno para mayor tormento suyo; porque las mismas blasfemias les
recordarán sin cesar, que por este pecado se perdieron para siempre.
7. Mas los blasfemos, no
solamente serán castigados en el Infierno, sino también en éste mundo. En la
ley antigua eran condenados a muerte por estas palabras: El que
blasfemare el nombre del Señor, muera apedreado por todo el pueblo.(Lev. XXIV,
16). También en la ley nueva eran condenados a muerte, después del
emperador Justiniano. San Luis, rey de Francia, los castigaba, haciéndoles
agujerear la lengua, y marcar la frente con hierro candente; y si alguno,
después de este castigo volvía a blasfemar, mandó que muriera irremisiblemente
ajusticiado. Cierto autor refiere, que la ley civil les privaba del derecho de
poder ser testigos en tela de juicio; y por la constitución de Gregorio XIV,
quedaban excluidos del derecho de sepultura. Y todavía se queja y se lamenta el
blasfemo de lo que le sucede: “Yo no sé en qué consiste, dice, pero
me veo siempre en la mayor miseria. Alguna excomunión ha caído sobre mi casa”. La
verdadera excomunión es la maldita blasfemia que siempre tiene en la boca: ésta
es la que te hace estar siempre pobre y maldecido de Dios.
8. ¡Cuántos ejemplos
pudiera yo citaros de hombres blasfemos que han tenido una muerte desastrada!
Cuenta el P. Segneri (Tom. 1, pág. 8), que dos hombres que habían
blasfemado de la sangre de Jesucristo en la Gascuña, fueron muertos en una riña
poco después, y despedazados por los perros. Un habitante de Méjico, reprendido
por sus blasfemias, respondió: “En adelante he de blasfemar más”; pero
aquella misma noche su lengua quedó pegada al paladar, y murió el infeliz sin
dar señales de arrepentimiento. Omito otros muchos casos terribles por no
molestar, y que podréis leer en el libro Contra la blasfemia del
Padre Sarnelli.
9. Para concluir, decidme,
blasfemos que me escucháis ¿qué utilidad sacáis es esta detestable costumbre?
Ella no os proporciona placer alguno, porque como dice el cardenal Belarmino,
es un pecado sin placer. Ella no os enriquece, porque las riquezas huyen de los
blasfemos. Tampoco os acarrea honor, porque cuando blasfemáis, llenáis de
horror a cuantos oyen, aún a aquellos mismos que tienen la misma costumbre de
vosotros, pues todos os llaman boca de condenados. Decidme, pues,
¿por qué blasfemáis? -Padre es una costumbre. ¿Y creéis que la
costumbre os excusará delante de Dios? Si un hijo apalease a su
padre, y le dijese después: Padre mío, perdonadme, porque esto es una
costumbre, ¿os parece que su padre le excusaría? Decís que blasfemáis por
la cólera que os excitan los hijos, la mujer o el amo. Más ¿es cosa justa que
descarguéis contra Dios y sus Santos, la cólera que aquellos causaron? Pero
el demonio me tienta, añade el blasfemo. Si el demonio te tienta, haz lo
que hacía cierto joven, que viéndose tentado de la blasfemia, fue a pedir
consejo al abad Pemene, quien le dijo: que cuando el demonio le volviese a
tentar le respondiera: ¿Y para que he de blasfemar de aquel Dios que
me crio y me hizo tanto bien? Yo quiero alabarle y bendecirle sin cesar. Y
con esta medicina, el demonio dejó de tentarle. Cuando sientas algún rapto de
cólera, ¿no puedes desahogarte con otras palabras que no sean blasfemias? Por
ejemplo Maldito sea el pecado; Señor, ayudadme; Virgen María dadme paciencia. Y
si hasta ahora has tenido el vicio de blasfemar, desde hoy en
adelante, renueva cada día, al tiempo de levantarte, el propósito de hacerte
violencia para no blasfemar, y además, rezarás a María Santísima tres Aves
Marías, para que te ayude a conseguir la gracia de resistir a las tentaciones
de blasfemia que te asalte. Sí católicos, detestad este vicio, que os conduce
al Infierno, y os hace ingratos contra el mismo Creador, que os dio la vida, y
contra Jesucristo, que os redimió con su preciosa sangre. De este modo
evitaréis la mala muerte que os espera si continuáis blasfemando, y
disfrutaréis de la gloria de Dios por toda la eternidad. Amén.
__________________
[1] Texto tomado del Blog Syllabus, 09-Ene-2015]
viernes, 9 de enero de 2015
miércoles, 7 de enero de 2015
Evolución y evolucionismo: El escarabajo bombardero o la refutación de la teoría de la evolución.
Presentamos, a nuestros lectores, un artículo de uno de nuestros contribuyentes, sobre un tema que hoy se enseña actualmente en la gran mayoría de las escuelas con total soltura: la teoría evolucionista de Darwin. Aquí, una de las tantas refutaciones que existen sobre dicha teoría.
Artículo en PDF:
Por Juan Carlos Mondero (h)
Para profundizar más en el tema sobre las falacias de la teoría evolucionista, visitar nuestra sección dedicada al tema aquí.
martes, 6 de enero de 2015
Constancia en la oración.
“Lejos de abandonar la oración, hagámosla con valentía, como el soldado que permanece en su puesto desafiando el peligro y la fatiga, o como el labrador que se inclina constantemente sobre el surco de la tierra a pesar de la inclemencia.”
Dom Vital Lehodey
Epifanía de Nuestro Señor.
Dios ha manifestado su salvación
en todo el mundo.
La misericordiosa providencia de Dios, que ya había decidido venir en los últimos tiempos en ayuda del mundo que perecía, determinó de antemano la salvación de todos los pueblos en Cristo.
De estos pueblos se trataba en la descendencia innumerable que fue en otro tiempo prometida al santo patriarca, Abrahán, descendencia que no sería engendrada por una semilla de carne, sino por la fecundidad de la fe, descendencia comparada a la multitud de las estrellas, para que de este modo el padre de todas las naciones esperara una posteridad no terrestre, sino celeste.
Así pues, que todos los pueblos vengan a incorporarse a la familia de los patriarcas, y que los hijos de la promesa reciban la bendición de la descendencia de Abrahán, a la cual renuncian los hijos según la carne. Que todas las naciones, en la persona de los tres Magos, adoren al Autor del universo, y que Dios sea conocido, no ya solo en Judea, sino también en el mundo entero, para que por doquier sea grande su nombre en Israel.
Instruidos en estos misterios de la gracia divina, queridos míos, celebremos con gozo espiritual el día que es el de nuestras primicias y aquél en que comenzó la salvación de los paganos. Demos gracias al Dios misericordioso quien, según palabras del Apóstol, nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz; él nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido. Porque, como profetizó Isaías, el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban en tierra de sombras, y una luz les brilló. También a propósito de ellos dice el propio Isaías al Señor: Naciones que no te conocían te invocarán, un pueblo que no te conocía correrá hacia ti.
Abrahán vio este día, y se llenó de alegría, cuando supo que sus hijos según la fe serían benditos en su descendencia, a saber, en Cristo, y él se vio a sí mismo, por su fe, como futuro padre de todos los pueblos, dando gloria a Dios, al persuadirse de que Dios es capaz de hacer lo que promete.
También David anunciaba este día en los salmos cuando decía: Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor; bendecirán tu nombre; y también: El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia.
Esto se ha realizado, lo sabemos, en el hecho de que tres magos, llamados de su lejano país, fueron conducidos por una estrella para conocer y adorar al Rey del cielo y de la tierra. La docilidad de los Magos a esta estrella nos indica el modo de nuestra obediencia, para que, en la medida de nuestras posibilidades, seamos servidores de esa gracia que llama a todos los hombres a Cristo.
Animados por este celo, debéis aplicaros, queridos míos, a seros útiles los
unos a los otros, a fin de que brilléis como hijos de la luz en el Reino de
Dios, al cual se llega gracias a la fe recta y a las buenas obras; por nuestro
Señor Jesucristo que, con Dios Padre y el Espíritu Santo, vive y reina por los
siglos de los siglos. Amén.
De los sermones de san León Magno, Papa.
miércoles, 24 de diciembre de 2014
El tiempo de Navidad.
Se da el nombre de Tiempo de
Navidad al período de cuarenta días que va desde la Natividad de nuestro
Señor, el 25 de diciembre, hasta la Purificación de la Santísima Virgen,
el 2 de febrero. Es un tiempo dedicado de manera especial al júbilo que
procura a la Iglesia la venida del Verbo divino en carne humana, y consagrado
particularmente a felicitar a la Santísima Virgen por la gloria de su
maternidad. Ni las fiestas de los Santos que ocurren durante esta temporada, ni
la llegada bastante frecuente de la Septuagésima con sus tonos sombríos, son
capaces de distraer a la Iglesia del inmenso gozo que le anunciaron los
Ángeles en esa noche radiante, durante tanto tiempo esperada por el género
humano, y cuya conmemoración litúrgica ha sido precedida por las cuatro semanas
que forman el Adviento.
1º Misterio del Tiempo de
Navidad.
El Verbo divino, cuya generación
es anterior a la aurora, nace en el tiempo; un Niño es Dios; una Virgen es
Madre sin dejar de ser Virgen; lo divino se entremezcla con lo humano. La
sublime e inefable antítesis expresada por el discípulo amado en aquella frase
de su Evangelio: «El Verbo se hizo carne», se repite en todas las
formas y tonos en las oraciones de la Iglesia, resumiendo admirablemente el
gran prodigio que acaba de verificarse al unirse la naturaleza divina con la
humana. Este misterio, desconcertante para la inteligencia pero dulce al
corazón de los fieles, es la consumación de los designios divinos en el tiempo,
la causa de admiración y de pasmo para los Ángeles y Santos en la eternidad, y
al mismo tiempo el principio y motivo de su felicidad.
1º El día de Navidad. —
Jesucristo, nuestro Salvador, «la luz del mundo», nació en el momento en
que la noche de la idolatría y del pecado tenía sumido al mundo en las más
espesas tinieblas. Y he aquí que el día de ese nacimiento, el 25 de diciembre,
es precisamente el momento en que el sol material, en lucha con las tinieblas y
decreciente frente a ellas, se reanima de repente y se dispone al triunfo.
En el
Adviento advertíamos la disminución de la luz física como un triste símbolo de
estos días de universal espera; con la Iglesia suspirábamos por el divino
«Oriente», por el «Sol de Justicia», el único que podía librarnos de los
horrores de la muerte tanto de cuerpo como de alma. Pero este día de Navidad,
en que la luz comienza a crecer,
es muy a propósito para simbolizar la obra de Cristo, quien, por medio de su
gracia, renueva continuamente nuestro hombre interior.
2º El lugar del Nacimiento. —
Se trata de Belén. «De Belén saldrá el caudillo de Israel». ¿Por qué
razón eligió Dios esta oscura ciudad con preferencia a otra, para ser el
escenario de tan sublime suceso? El nombre de la ciudad de David significa «casa
del Pan»; y por eso la escogió para manifestarse Aquel que es «el Pan
vivo bajado del cielo».
Nuestros
padres «comieron el maná en el desierto y murieron»; pero ahí tenemos al
Salvador del mundo, que viene a alimentar la vida del género humano por medio
de su carne, «que es la verdadera comida».
El Arca de
la Alianza, que contenía sólo el maná corporal, se ve reemplazada por el Arca
de la nueva Alianza, un Arca más pura e incorruptible que la antigua, a saber,
la incomparable Virgen María, que nos ofrece el «Pan de los Ángeles», alimento
que transforma al hombre en Dios; ya que, según lo dijo Jesucristo, «el que
come mi carne, en Mí mora y Yo en él».
Hasta ahora
Dios permanecía alejado del hombre; en adelante, ambos serán una sola cosa. Su
gran deseo es unirse a nosotros, y para eso quiere hacerse nuestro Pan. Su
venida a las almas en este período no tiene otra finalidad. No descansará el
divino amigo hasta que se haya adentrado en nosotros de forma que no seamos ya
nosotros los que vivamos, sino El en nosotros; y para que con más suavidad se
realice el misterio, el Pan vivo de Belén se dispone a entrar en nosotros bajo
la forma de Niño, para ir luego «creciendo en edad y sabiduría delante de Dios
y de los hombres».
2º Formas litúrgicas del
Tiempo de Navidad.
La Iglesia adopta en este tiempo
el color blanco, que solamente deja de lado para honrar la púrpura de los
mártires San Esteban y Santo Tomás de Cantorbery, y para asociarse al duelo de
Raquel que llora por sus hijos, en la fiesta de los Santos Inocentes. Fuera de
estos tres casos, la blancura de los ornamentos sagrados manifiesta la alegría
que los Ángeles comunicaron a los pastores, el brillo del naciente Sol divino,
la pureza de la Virgen Madre y el candor de las almas fieles alrededor de la
cuna del Niño Dios.
Igualmente, la Iglesia mantiene,
incluso en los días de feria, el canto del Gloria in excelsis, que los Ángeles
entonaron en la tierra en el bendito día del Nacimiento del Redentor.
3º Práctica del Tiempo de
Navidad.
«Ha llegado el día de las
bodas del Cordero, y la Esposa está preparada». Ahora bien, esta Esposa es
la Santa Iglesia; y también lo es toda alma fiel. ¿Cuál ha de ser nuestro
ornato para salir al encuentro del Esposo? ¿Cuáles las perlas y joyas con que
hemos de engalanar nuestras almas para tan afortunada cita? La Santa Iglesia
nos instruye sobre este punto en su Liturgia, y lo mejor que podemos hacer es
imitarla en todo, ya que Ella es siempre bien atendida por su divino Esposo, y
también porque, siendo a la vez nuestra Madre, debemos siempre es-cucharla. En
este santo tiempo, la Iglesia ofrece al Niño Dios el tributo de sus profundas
adoraciones, los transportes de sus inefables alegrías, el homenaje de su
agradecimiento infinito, la ternura de su amor incomparable.
Estos
sentimientos de adoración, de alegría, de agradecimiento y de amor, expresan
los actos que también toda alma fiel debe tributar al Emmanuel en su cuna. Las
oraciones de la Liturgia nos prestarán su voz, de modo que penetremos más en la
naturaleza de esos sentimientos para sentirlos mejor y hacer totalmente nuestra
la forma con que los expresa la Santa Iglesia.
1º Adoración. — Nuestro
primer deber ante la cuna del Salvador es la adoración. La adoración es el
primero de los actos de religión; pero puede decirse que, en el misterio de
Navidad, todo parece contribuir a hacer ese deber más sagrado todavía. ¿Qué
hemos de hacer nosotros, pecadores, miembros indignos del pueblo redimido,
cuando el mismo Dios se humilla y anonada por nosotros; cuando, por la más
sublime de las inversiones, los deberes de la criatura para con su Creador son
cumplidos por El mismo? Debemos, en cuanto nos sea posible, imitar los
sentimientos de los Ángeles del cielo, y no acercarnos nunca al divino Niño sin
ofrecerle el incienso de una sincera adoración, las protestas de nuestro
vasallaje y la pleitesía del acatamiento debido a su Infinita Majestad, tanto
más digna de nuestro respeto cuanto más se rebaja por nosotros.
El ejemplo
de la Purísima Virgen María nos ayudará mucho a conservar en nosotros la
humildad debida. María era humilde delante de Dios antes de ser Madre; después
de serlo, es más humilde aún ante Dios y su Hijo. Nosotros, despreciables
criaturas, pecadores mil veces perdonados, adoremos con todas nuestras
potencias a Aquel que desde tan elevadas alturas baja hasta nuestra miseria,
tratando de compensar, con nuestros actos de humildad, ese eclipse de su gloria
que se realiza en la cueva y en los pañales.
2º Alegría. — La Santa
Iglesia no ofrece solamente al Niño Dios el tributo de sus profundas adoraciones;
el misterio del Emmanuel, del Dios con nosotros, es también para
ella fuente de inefable alegría. El respeto debido a Dios se conjuga de
un modo admirable, en sus cánticos sublimes, con la alegría de los Ángeles. Por
eso imita el regocijo de los pastores, que a toda prisa y rebosantes de contento
acudieron a Belén, y también la alegría de los Magos, cuando a su salida de
Jerusalén volvieron a ver la estrella.
Unámonos a
esa jubilosa alegría. Ha llegado el que esperábamos y ha llegado para morar con
nosotros. Como ha sido larga la espera, deberá ser embriagador el gozo de
poseerle.
3º Agradecimiento. — A
esta mística y deliciosa alegría viene a unirse el sentimiento de gratitud para
con Aquel que, sin detenerse ante nuestra indignidad ni ante las
consideraciones debidas a su infinita Majestad, quiso escoger una Madre entre
las hijas de los hombres y una cuna en un establo. Tan empeñado estaba en la
obra de nuestra salvación, en apartar de Sí todo lo que pudiera inspirarnos
miedo o timidez, y en animarnos con su divino ejemplo a seguir el camino de la
humildad, por el que debemos caminar para llegar al cielo perdido por nuestro
orgullo. Es el Hijo único del Padre, de ese Padre que «amó al mundo hasta el
extremo de entregarle su propio Hijo»; y es el mismo Hijo único quien
confirma plenamente la voluntad de su Padre, viniendo a ofrecerse por nosotros «porque
Él lo quiso».
¿Podríamos
ofrecer un agradecimiento proporcionado al regalo, cuando, en el fondo de
nuestra miseria, somos incapaces de estimar su valor? En este misterio, sólo
Dios y el divino Infante, que guarda el secreto en el fondo de su cuna, saben
perfectamente lo que nos dan.
4º Amor. — Si la gratitud
no puede igualar al don, ¿quién podrá saldar esta deuda? Sólo el amor es capaz
de hacerlo, porque, por muy limitado que sea, no tiene medida y siempre puede
ir en aumento. Por eso la santa Iglesia, invadida de inefable ternura, después
de haber adorado, bendecido y dado gracias, y exclama: «¡Qué hermoso eres,
oh Amado mío!». Y todas sus palabras son palabras de amor; la adoración, la
alabanza, la acción de gracias no son en sus cánticos más que expresión variada
e íntima del amor que transforma todos sus sentimientos.
Sigamos
también nosotros a nuestra Madre la Iglesia y llevemos nuestros corazones al
Emmanuel. Los Pastores le ofrendan su sencillez, los Magos le llevan ricos presentes;
unos y otros nos enseñan que nadie debe presentarse ante el divino Infante sin
ofrecerle un digno donativo. Ahora bien, hemos de saber que ningún tesoro
es-tima El tanto como el que ha venido a buscar. El amor lo hizo bajar del
cielo; ¡compadezcamos al corazón que no le entrega su amor!
4º La Vía iluminativa.
El alma que ha entrado en Belén,
en la «Casa del Pan», unida al que es la «Luz del mundo», no
camina en tinieblas. El misterio de Navidad es un misterio de luz, y la gracia
que comunica al alma la sitúa, si se mantiene fiel, en ese segundo estado
conocido con el nombre de «Vía iluminativa». En adelante no tenemos que
afligirnos esperando al Señor: ha venido ya para iluminarnos, y su luz, lejos
de extinguirse, irá creciendo a medida que el Año litúrgico se vaya desenvolviendo.
Verdad es que quien se propone a nuestro conocimiento e imi-tación es el Verbo
divino, la Sabiduría del Padre; pero este Verbo, esta Sabiduría, se presenta
bajo formas infantiles. Nada hay, por consiguiente, que nos impida acercarnos.
No hay aquí un trono sino una cuna; no un palacio sino un establo; no se trata
aún de penas, de sudores, de cruz o de sepultura, pero tampoco de gloria y de
triunfo; sólo aparecen la dulzura, la sencillez y el silencio. «Acercaos,
pues, nos dice el Salmista, y seréis iluminados».
domingo, 30 de noviembre de 2014
Las peores Biblias en español.
Ya que nos han preguntado
constantemente, ofrecemos u elenco de las peores traducciones en castellano de
la Biblia, con una breve anotación. El criterio de que ‘Las Biblias después de
1960 son malas’ es un absurdo ya que han salido buenas traducciones con
excelentes comentarios posterior a este año. La mayoría de estas Biblias son de
tinte modernista, progresista y desvirtúan la divinidad de los libros sagrados.
● Biblia
Latioamérica, Latinoamericana o Biblia pastoral. Una traducción marxistas con
comentarios a favor de la teología de la liberación.
● Biblia
de América, un esfuerzo por contrarrestar a la Biblia Latinoamérica. Es
modernista.
● Biblia
del Pueblo de Dios, edición argentina muy popular pero con una traducción
pésima y tendenciosa.
● Biblia
versión Popular Dios Habla Hoy. De origen protestante, sin notas católicas.
● Biblia
en Lenguaje actual. Igualmente, una traducción protestante.
● Biblia
católica para jóvenes. Texto de la Biblia de América. Reflexiones
sentimentalistas, sin doctrina, ecuménicas y ambiguas.
● Biblia
católica para la Familia. Texto de la Biblia de Levoratti (Biblia del Pueblo de
Dios) Reflexiones e introducciones contrarias a la tradición y a la
interpretación clásica de las Escrituras.
● Nueva
Biblia de Jerusalén. Texto totalmente diferente al de la antigua edición.
Cuestiona los dogmas y la historicidad del texto Sagrado.
● Biblia
del Nuevo Milenio Ecuménica. Pone en duda la historicidad de la Biblia y sus
notas son cuestionables y ambiguas.
● Biblia
Ecuménica. En colaboración con protestantes. No tiene notas dogmáticas, la
traducción y comentarios esta hecha en base a compromisos doctrinales con los
herejes.
Tomado del blog La
Sagrada Biblia, 27-Nov-2014.
jueves, 27 de noviembre de 2014
Documentos: Positio canonica de Isabel la Católica.
Un amigo lector de nuestro Blog
nos pasa un interesante archivo para que difundamos. Se trata de la Positio canonica
de Isabel la Católica que es un resumen de todos los documentos que se
estudiaron sobre la sierva de Dios para el proceso de su canonización,
lamentablemente fue interrumpido debido a sus claras posturas que hoy son diametralmente opuestos a la corrección política y al espíritu del mundo moderno.
El archivo en PDF se puede
descargar desde aquí:
viernes, 14 de noviembre de 2014
En Málaga: el “efecto Francisco” se expande.
Un corresponsal nuestro nos comparte este material:
(Corresponsal). No
sólo en la Argentina se abren las parroquias a los sodomitas. En la vieja
España, en la diócesis de Málaga (cuyo actual titular, Jesús Esteban Catalá
Ibáñez, pasa por conservador entre los del Novus Ordo) se encuentran
perlas como las de la ilustración que acompaña a esta entrada: en el diario Sur,
una esquela donde al funeral corpore insepulto de un peluquero, varón de
nombre Francisco Javier, fallecido «a los 49 años de edad, habiendo recibido
los santos sacramentos y la bendición apostólica de Su Santidad» invita «su
esposo», varón de nombre Juan.
No es nuevo, claro. El «efecto Francisco» y el reciente «Sínodo
de la Familia» sólo hacen más descarado el desafío. Las provocaciones
aberrosexualistas a cargo de clérigos y dentro de los templos empezaron
bajo Pablo VI, aumentaron bajo Juan Pablo II y se dispararon bajo Ratzinger
(durante estos dos últimos pontificados, la publicidad, la pastoral y hasta la
liturgia aberrosexualistas se hicieron habituales en los Estados Unidos y en
Canadá; y qué decir de Bélgica o de las diócesis de lengua alemana, empezando
por esa de Viena a cuyo titular el portal Kreuz.net llamaba «Cardenal
Homoporno»). Bergoglio,
por su parte, viene de la congregación religiosa con más presencia y militancia
aberrosexualista: la
antigua Compañía de Jesús.
En la misma España peninsular, diócesis tan representativas como las de Canarias, Sevilla u Oviedo, y por supuesto la de Madrid, tienen ya un triste historial en funerales aberrosexualistas y abortistas, por poner dos ejemplos, bajo supuestos obispos conservadores. En la urbe más populosa de la de Oviedo, Gijón, llevan ya años con funerales también por sodomitas públicos, con el celebrante (o «presidente») consolando de palabra al «viudo» y celebrando su «amor», hasta por abortistas que mueren por complicaciones cuando intentaban asesinar a su hijo, puestas como ejemplo de bondad por el claretiano «presidente» del funeral. Todo con publicidad abundante.
Qué decir de diócesis de dependencia española, como la de Tánger en el actual
Marruecos, donde sus titulares, franciscanos, se ocupan tanto de impulsar el
mahometismo como de proteger a la congregación de los «Franciscanos de la Cruz
Blanca», tan abiertamente sodomíticos que son celebrados en la prensa
aberrosexualista, y tan escandalosos que hasta la orden franciscana quiso
suprimirlos, sin éxito.
Volviendo al caso con el
que abríamos: ¿qué se apuestan a que la «misericordina» bergogliana no sólo no
castiga esta burla sacrílega, sino que contribuye a su repetición?
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