jueves, 9 de julio de 2015

Palabras de Francisco en memoria del P. Luis Espinal, sacerdote tercermundista.


Las palabras de Francisco con respecto al p. Luis Espinal, pretendido creador del “crucifijo” blasfemo que Evo Morales le obsequiara (ver aquí) a Francisco.


Viaje apostólico: Palabras en memoria del P. Luis Espinal
Palabras del Papa Francisco en el lugar donde asesinaron al P. Luis Espinal

La Paz, Bolivia
Miércoles 8 de julio de 2015


Buenas tardes, queridas hermanas y hermanos, me detuve aquí para saludarlos y sobre todo para recordar. Recordar un hermano, un hermano nuestro, víctima de intereses que no querían que se luchara por la libertad de Bolivia. El P. Espinal predicó el Evangelio y ese Evangelio molestó y por eso lo eliminaron. Hagamos un minuto de silencio en oración y después recemos todos juntos.

(silencio)

Que el Señor tenga en su gloria al P. Luis Espinal que predicó el Evangelio, ese Evangelio que nos trae la libertad, que nos hace libres, como todo hijos de Dios. Jesús nos trajo esa libertad, él predicó ese Evangelio. Que Jesús lo tenga junto a Él. Dale Señor el descanso Eterno y brille para él la luz que no tiene fin. Que descanse en paz.

Y a todos ustedes, queridos hermanos, los bendigan Dios Todopoderoso, el Padre, y el Hijo y el Espíritu Santo. Y por favor, por favor, les pido que no se olviden de rezar por mí. Gracias.

El regalo de Evo Morales a Francisco.

[Secretum Meum Mihi, 09-Jul-2015]

¡Jallalla Bolivia!, el regalo de Evo a Francisco






Dos imágenes (provistas por la oficina de prensa de la presidencia del Estado Plurinacional de Bolivia, vía Flickr), en las que se aprecia un particular presente que Evo Morales ofreció, entre otros, a Francisco durante su visita de cortesía al presidente boliviano. Sobre este regalo dice agencia AICA:

...[Morales] le entregó el tallado de una cruz formada con la hoz y el martillo, que es una reproducción de una que hizo el sacerdote jesuita español Espinal, asesinado en 1980 por paramilitares por su compromiso con las luchas sociales en Bolivia, y a quien Francisco dedicó hoy un homenaje cerca del lugar donde hallaron su cadáver.

El momento del intercambio de regalos en el video (el detalle del aludido regalo en el minuto 2:00).

Los medios de comunicación oficiales de Bolivia no mencionan nada respecto de este particular regalo, ni tampoco la edición diaria en italiano con fecha Jul-10-2015, de L'Osservatore Romano, periódico semioficial de la Santa Sede.


Eso sí, en las redes sociales se ve de todo respecto a este regalo y en los medios de comunicación bolivianos (diferentes a los oficiales) también se ofrece la explicación correspondiente, muy parecida a la que destacamos arriba de agencia AICA, a la cual le agregan unas cuantas palabras más que AICA parece obviar intencionalmente. Ver por ej., Visor Bolivia y Unitel.


El video del regalo blasfemo de Evo Morales en Rome Reports, 09-Jul-2015:



Lo que otros no vieron, es que también Evo se lo colgó del cuello a Francisco:


jueves, 2 de julio de 2015

Aviones y rascacielos.

[Syllabus, 30-Jun-2015]



“¿Se puede negar la belleza de un avión, o de algunos rascacielos?”
Francisco, Laudato si’, n. 103

De entre todas las perlitas que nos ha deparado la nueva eco-encíclica de Francisco, esta es quizá la menos señalada, pero para nosotros muy significativa. Que Francisco haya tenido en su mente esa infeliz asociación, quizá podría parecer un “guiño” para alguien habituado a encontrar señales conspiranoicas en cada renglón y cada coma. Sin dudas que los verdaderos complotistas encontrarán dichosa y hasta deliciosa tal frase, colocada en medio de una carta encíclica que no trepida en pedir un gobierno mundial con el fin de cuidar la “casa común”. Pero más allá de eso, lo que Francisco demuestra en esa sola pregunta retórica que hace es su absoluta pleitesía al mundo moderno y su ramplonería en materia estética.

Como todo progresista, Francisco es capaz de admirar la ordinariez hasta el punto del kitsch, por no forzar un desarreglo con un mundo al que no se resiste, sino que se lo pretende en componenda con una religión ya transmutada en culto al hombre. Pero en estos acuerdos buscados propios del liberal, no duda en caer en la aberración de elogiar la belleza de los rascacielos, cuando lo que un papa debería elogiar es la belleza de las catedrales.

Precisamente los rascacielos son lo opuesto de las catedrales. Devenidos del babélico orgullo, son hoy la imagen corporativa de las compañías depredadoras, cuando no los termiteros en que se hacinan pobladores u oficinistas cuyo horizonte no sale de una esclavitud confortable.

El escritor español Julio Camba, de paso por las florecientes megalópolis norteamericanas, refería esta significación de los rascacielos yanquis como grandes símbolos de la civilización de masas:

“En relación al hombre, los templos mayas y las fortalezas incaicas son, poco más o menos, lo mismo que las termiteras en relación a las termitas, y quien habla de los templos mayas o de las fortalezas incaicas, habla también –y a eso vamos- de los rascacielos yanquis (...) La civilización americana es, aunque de otro grado, del mismo tipo de la civilización incaica. Es una civilización de masas y no de individuos. Es una civilización de grandes estructuras arquitectónicas. Es una civilización de insectos”. (La ciudad automática, Espasa-Calpe, 1944).

E ironizaba Camba en otro de sus jugosos artículos hablando de “los rascacielos como obra de ternura”, algo que quizás el Cardenal Bergoglio aprobaría, tan afecto a esa palabra. Mas el articulista gallego los vinculaba con el espíritu salvaje que desde sus comienzos llevó al exceso –de violencia, de sexo o de alcohol- a Norteamérica.

Las catedrales son la imagen del espíritu contemplativo que se eleva para dar gloria a Dios, mediante la belleza de la forma artística. Los rascacielos son el culmen del espíritu práctico y materialista, que exhibe horrorosamente el orgullo del ser humano que se coloca en lugar de Dios. Las primeras rinden culto a Dios, mientras que los segundos al dinero. La eternidad simbolizada en la piedra de las primeras contrasta con lo efímero del vidrio y el metal fundente de los segundos.

Cuanto a los aviones, asociados en su elogio de lo bello por Francisco, recordamos ahora un texto muy interesante de Mons. Juan Straubinger, de un artículo suyo en relación a la bomba atómica, que dejamos a manera de colofón:


“No dudamos que, en cuanto al progreso industrial, el asombroso invento podrá brindar en el tamaño de un dedal, energía suficiente para que una locomotora dé varias veces la vuelta al mundo. Pero no podemos menos de recordar las palabras de León Bloy, que ante otra gran conquista de la ciencia, el avión (que es quien hoy arroja las bombas), trató de ‘imbécil’ a un escritor que veía en ello el triunfo de la fraternidad que suprimiría las fronteras entre las naciones, y previó claramente, aunque no en todo su horror, que los hombres harían todo lo contrario y convertirían el avión en el más mortífero auxiliar de la guerra. Los acontecimientos han justificado el pesimismo de Bloy, como lo muestran las ciudades destruidas en el corazón de la cultura europea” (Espiritualidad Bíblica, Ed. Plantín, 1949).

viernes, 26 de junio de 2015

Buenas causas, mal defendidas.


A raíz de los acontecimientos en Buenos Aires con respecto a las leyes abortistas que se intentan imponer, y la reacción que sucintan de los grupos pro-vida, publicamos un viejo artículo, que viene al caso, aparecido en Revista Cabildo N°93, 18 de Diciembre de 2011, 3ra época.


A propósito de la campaña contra el aborto
Buenas causas, mal defendidas

Por Antonio Caponnetto

Es una paradoja que termina causando daño. Y hay muchos ejemplos a la vista, como para aprender a distanciarse de tamaño error.
Están los que defienden la activa participación política en pro del rescate de la patria pero no se les ocurre otra alternativa que insertarse en el Régimen falaz y descreído, pagando tristísimo tributo teórico-práctico a sus peores axiomas.
Están los que defienden a la Jerarquía Eclesiástica, pero creen que así debe ser considerada todavía nuestra penosa gavilla de obispuelos, aliada de la tiranía kirchnerista.
Están los que defienden la pureza y la galanura del idioma, pero porque sostienen —como Pedro Luis Barcia— “que el empobrecimiento intelectual y verbal le hace muy mal al sistema democrático” (cfr. “La Nación”, 11 de noviembre de 2011, pág. 1).
No advierten que es precisamente este sistema la concausa y la ocasión de la babel lingüística, de la guerra semántica y del adefesio cultural.
Y están, por caso, los que defienden al revisionismo histórico, trazando líneas pretéritas irreconciliables, como la de Rosas con Perón o con algún demonio bizco a quien se llevó la Parca, horrorizada hasta ella del engendro que transportaba.
Pero hay una causa nobilísima cuya defectuosa defensa nos preocupa hoy especialmente. Se trata de la causa de la vida contra el crimen del aborto. Que tiene buenos apologistas, lo sabemos; y no son ellos quienes deben darse por aludidos en los párrafos que siguen.
Pero ocurre que los organizadores y promotores más salientes de las genéricamente llamadas marchas pro vida, no dejan confusión por perpetrar. Son personas bien intencionadas, honestas, laboriosas, quizás algunos hasta de conducta santa. Celebramos sus talentos y esfuerzos, que no son pocos.
Subrayamos también sus virtudes. Pero la miopía doctrinal en la que se encuentran les juega una mala pasada.
Tenemos a la vista, por ejemplo, el conjunto de “recomendaciones” que nos remitieran la “Red San Isidro” y el “Frente Joven”, por correo electrónico, a propósito de la concentración del 1° de noviembre en contra del aborto. Posiblemente no sean instituciones puestas bajo un mismo mando, o similares en sus emprendimientos. Pero al igual que otras entidades como “Unidos por la Vida”, adolecen del mismo criterio: respiran el espíritu del mundo, el lenguaje políticamente correcto, la dependencia del pensamiento único, la forma mentís de la modernidad, los tópicos de la Revolución, y el estilo pacifista, propio de quienes declaran carecer de actitud confrontativa.
Se recomienda así utilizar el argumento de que “abortar es discriminar”, como si el vocablo tuviera la ingénita maldad que le han endilgado las ideologías garantistas; de que es “racista y machista”, como si ambos motes no pertenecieran al gastado libreto del feminismo; de que “siempre es injusto matar a una persona”, como si no hubiera diferencia entre la vida de un inocente y la de un culpable; y sobre todo —¡no podía faltar el incienso a la deidad mayor!— de que somos democráticos y nos sentimos ofendidos por las “irregularidades del debate antidemocrático” que se lleva a cabo en el Congreso, “ya que no nos permitieron todavía llevar oradores que expresen nuestra postura en defensa de la vida”, como si la presencia en aquel deleznable recinto de alguna supuesta voz ilustrada —equiparada con otras muchas abominables— pudiera ser el obstáculo para una estrategia criminal puesta en marcha con todos los resortes del Estado.
He aquí, el paquete completo de las categorías gramscianas, los tópicos repetidos por el amasijo de liberales y marxistas que nos dominan, los estereotipos gastados de la contracultura moderna. He aquí, en suma, la tosca dependencia a las muletillas impuestas por la intelligentzia oficial. Algo es malo si discrimina, si es violento, si es antidemocrático, si conculca los “derechos humanos”.
Y para que sea más malo todavía conviene acusarlo de nazismo, usando para ello las palabras talismán impuestas por las izquierdas para mentarlo: racismo y machismo.
Una lectura atenta de Maurras podría hacerles comprender que "la Revolución verdadera no es la Revolución en la calle, es la manera de pensar revolucionaria". Si hablamos como ellos, acabaremos pensando y siendo como ellos.
La única dureza de estos profesionales de la blandura está aplicada a quienes se les ocurra que hay que presentarse a sus concentraciones, no como seguidores de la evangelista Hotton o de la opusdeísta Negre —que son modelos de aturdimiento mental— sino como católicos militantes y aguerridos, dispuestos, si la ocasión se diera, a la inevitable contienda contra el amontonamiento de sacrílegos y de blasfemos. Dispuestos a quebrar lanzas por las augustas realidades de Dios, la Patria y el Hogar.
“Aquel que no se sienta capaz de controlarse —dice el largo Instructivo de la Red Federal de Familias—, le exigimos que no venga, ya que puede arruinar el esfuerzo de muchos”.
El eufemismo es notorio. Descontrolados como Santa Juana de Arco, San Luis Rey o San Juan de Capistrano, abstenerse. Tampoco testigos insumisos de la locura de la Cruz, pues los custodios de la cordura racionalista ordenan: “no repartir ningún tipo de volante que sea ajeno a las líneas argumentativas que se pretende trasmitir, todas ellas desde un enfoque científico”.
De modo que afuera de las marchas “providistas” el Profeta Isaías, recordando que Dios nos formó desde el seno materno, o el mismísimo Moisés, blandiendo las Tablas de la Ley con el Quinto Mandamiento. Afuera la descontrolada madre de los Macabeos y el acientífico alegato sobrenatural de Zacarías e Isabel.

“Detrás de toda cuestión política hay una cuestión religiosa” (Donoso Cortés)

Han caído en la trampa que pacientemente les tendió el mundo: la Fe no es argumento, ni conocimiento, ni prueba. Escondámosla, o pongámosla entre paréntesis. Detrás de toda cuestión política ya no hay una cuestión religiosa, al buen decir de Donoso Cortés. No; para estos providistas se trata de un debate político democrático que es preciso reclamar. “Creemos en una sociedad unida que proteja la vida, una sociedad que definitivamente renuncie a cualquier forma de violencia”, dice el manifiesto de “Unidos por la Vida”.
Para que el caos fuera completo, en aquella concentración aludida del 2 de noviembre, un sinfín de banderas rojas eran enarboladas por los “nuestros”, algunas con lemas favorables a la supuesta postura anti abortista de Cristina, otra con leyendas contra “la ley nazi”. Todo en un clima de estudiantina, de viaje de egresados, de pic-nic callejero, mientras una sanitaria valla policial separaba a ambos partícipes del disenso democrático, para que todos se pudieran expresar libremente.
El espectáculo de la paridad y de la legitimidad de las posturas fue montado durante largas horas, siendo funcionales ambos bandos, recíprocamente. Muchos jóvenes tuvieron así su bautismo de “fuego” pluralista, ghandiano, sincretista y nada confrontativo. Como le gusta a Arancedo. Como les inculcan en ciertos establecimientos educativos “católicos” a los que concurren.
Dos días después de esta esforzada pero penosa marcha, el jueves 3 de noviembre, el Padre Víctor Manuel Fernández, desde las páginas de “La Nación”, desbarraba aún más la línea argumentativa en una nota titulada “Matar a los débiles”. Fernández, por supuesto, es el continuador de Zecca en el rectorado de la UCA, aunque merecería ser pariente de Aníbal.
Su confusión tiene una culpa mayor y más imperdonable que la de los otros. “Según el prete, los abortistas son “autoritarios” que han heredado “la política de violación de los derechos humanos”.
La culpa no recaería ni en la Internacional Marxista que, desde siempre fomentó la cultura de la muerte; ni en el Imperialismo Internacional del Dinero que explícita descaradamente sus planes neomalthusianos de colonización mediante el aborto; ni en la caterva de nuestros partidócratas homicidas; ni en la tiranía gubernamental que promueve la perspectiva del género y la contranatural; ni en la industria del vicio nefando convertida en política de Estado; ni en el pecado mortal del liberalismo que antepone la libertad de disponer del propio cuerpo al deber moral de dar a luz a un inocente.
No; la culpa —tácita pero gráficamente señalada— la tiene el Proceso, “que avergonzó a nuestro país” con su “política de violación de los derechos humanos”. Estos “autoritarios”, ayer enseñaron que se puede matar a alguien “porque es peligroso”. Hoy porque “aún no tiene más de tres meses”.
La asociación desaparecido-niño por nacer, y la condición de víctima inocente de ambos, está lo suficientemente sugerida como para evitarnos rodeos interpretativos. ¿Podía pedirse distorsión mayor en la identificación de los verdaderos asesinos y victimarios? ¿Podía pedirse cobardía más abyecta que la de hacer leña con el árbol caído, hachado y enterrado? ¿Podía pedirse cinismo más imperdonable que el de omitir el nombre actual de los reales genocidas aborteros? ¿Podía, en fin, caerse en tan bajo grado de hipocresía como para acusar al presunto autoritarismo y no al real permisivismo que todo lo domina?
Pero Fernández sabe que hay otro eslogan preferidísimo por el mundo y por los providistas confundidos, y lo deja para el final. “Quizá sin darnos cuenta”, nos dice, “repetiremos los argumentos del nazismo”.
Es extraño. Entre las filas oficiales, oficiosas y seudo opositoras de quienes promueven el aborto, hay un sinfín de judíos, masones, gnósticos, y sectarios del más negro prontuario. Expreso, antiguo y perseverante es el apoyo de todas las organizaciones comunistas y anarquistas. Militantes furiosos de las izquierdas y del sionismo dominan los medios y las instituciones que agitan la contranaturaleza y el crimen. Todos ellos, sin embargo, son intocables e innombrables. La ley de “la interrupción del embarazo” es nazi. El peligro es Hitler. De esta manera, nuestros temerarios antiabortistas ya tienen el reaseguro infalible para que el Siglo no se ensañe demasiado con ellos. El marxismo agradecido, recibe esta exculpación de sus crímenes y alimenta el mito del demonio nazi.
Fue el israelita Leo Strauss el que incluyó, entre la categorías de falacias, la denominada reductio ad Hitlerum, según la cual no hay recurso más sencillo, directo y seguro para agraviar a algo o a alguien que sostener que lo mismo era realizado por Hitler. No importa si enseñamos la verdad o mentimos, si cuadra o no cuadra. Hitler es el comodín de todos los males y, sobre todo, el que nos libra de la dura responsabilidad de estar acusando a los hebreos y a los hermanos tres puntos.
Lo diremos con la exigencia categórica de quienes no tienen nada que perder respecto de los favores del mundo. Lo diremos subrayándolo: nosotros no desconocemos los males propiciados y consumados al respecto por el Nacionalsocialismo. Nuestro repudio no titubea ante la cosmovisión crudamente materialista y biologista que pudo alentar planes y prácticas contrarias a la Ley de Dios durante los años tumultuosos del Tercer Reich. Pero quienes por cobardía e ignorancia se llenan la boca acusando a los abortistas de ser nazis, desconocen que en junio de 1936, en Alemania, se creó la Reichszentrale zur Bekampfung der Homosexualitat und der Abtreibung (Central del Reich para la Lucha contra la Homosexualidad y el Aborto), controlada por la Gestapo primero y por la Reichskriminalpolizeiamt después. Ignoran el discurso de Himmler de 1937 asociando la homosexualidad con la disminución de la tasa de nacimientos, y alentando la oposición a la sodomía y el fomento de la maternidad, porque “un pueblo con pocos hijos tiene un boleto de ida hacia la tumba”. Ignoran los mismos discursos de Hitler en pro de las familias robustas y numerosas, conceptos todos que se trasuntaron en diferentes leyes llamadas de salud marital.
Nada de esto convierte al nazismo en un modelo de política pro vida cristiana, ni exime a sus ideólogos de los condenables desaciertos conceptuales, ni lo exculpa de gravísimas faltas éticas allí donde pudieran haber concurrido. Pero el rector Fernández y los centenares de anti abortistas que repiten la ignominiosa falacia de Strauss, podrían al menos considerar la posibilidad de salir del analfabetismo histórico y del aplazo en lógica. Porque la beneficiaría de esta argucia no es la cultura de la vida, sino la propaganda aliada.

Desde las páginas de “La Hostería Volante” se había acuñado un lema demasiado sugerente como para desdeñarlo, a pesar de las diferencias sustantivas que tuvimos con aquella publicación. En efecto, se hablaba allí de “El frente de algodón”, para aludir por lo general a aquellos católicos débiles y medrosos que tomaban ciertas causas justas como propias, pero al hacerlo las algodonizaban; esto es, la debilitaban, le restaban prestancia, vigor, enjundia y gallardía. Hasta confundirla muchas veces con la misma posición del enemigo.
Así pasó ayer con la oposición al seudo matrimonio. Y así está sucediendo por ahora con la resistencia al aborto. Todos estos jóvenes con espíritu apostólico, todas estas familias imbuidas de respeto al orden natural, deben salir de la trampa en la que se encuentran y a la cual inducen a terceros. Deben incluso tomar conciencia de que los tiempos que vivimos son —muy posiblemente— postrimeros, y que no guarda proporción espiritual comportarse en ellos como cristianos mitigados o híbridos. Lo que se nos pide es, ni más ni menos, que seamos testigos de Cristo Rey, recordando aquello que dijera Nuestro Señor: “Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante el Padre que está en los cielos” (San Mateo, 10, 17-3).
Testigos de palabra, de conducta y de sangre. Y aquí es cuando la palabra testigo —recuperando su mayor potencia y lozanía, su significación más entera y completa— empieza a escribirse martirio. O mártires de la Fe o cómplices de la Mentira. O confesores de la Cruz o componedores de votos. O cruzados de la Iglesia Militante o socios de las sectas evangelistas. O peregrinos al Gólgota o manifestantes ante el Congreso.

martes, 9 de junio de 2015

Los “Semis”.

[Visto en Thyrsus, 04-Jun-2015]


Tuve una pequeña discusión con un semiperiodista (o que se piensa que es periodista, es más o menos lo mismo), semicatólico, que me intentaba semidefender una semi-buena-causa la cual, finalmente, resultó ser una causa mala, bien mala, como pasa con todo lo semi. Y, providencialmente, hoy leí este fragmento del Castellani que viene como anillo al dedo.

“De mis andanzas por el mundo una cosa menos, como un clavo en la cabeza, he sacado fija: que no hay nada más inútil y aún dañino que el saber a medias. No digo el saber que se está formando y tiene de ello consecuencia; digo el saber-a-medias.
“Las medias verdades, las semi-ideas, las vistas confusas, el «conocer conceptual», el masomenismo, el trabajo mental ni la santa pedantería…
“El que sabe alemán a medias deletrea el periódico, entiende a tuertas y pierde el tiempo; el que sabe a medias filosofía quiere reformar el mundo, se da al macaneo libre y a «epatar» a los abribocas. El semiliterato navega imbrujulado sin hallar en el mar de tinta ni por azar el islote de la obra maestra. El semicrítico zambulle y zambulle sin esperanza de tocar donde están las perlas. Del mediopoeta no digamos nada…
“La pianista a medias ordeña a tirones balumbas de sones de su paciente vaca, incapaz del gozar estético y capaz de «ensuciar» el vecindario. El semipintorzuelo ultrafuturiza. El semiperiodista nos vuelve la vida chata, cuando no la ensucia y la repudre.
“¡Abajo los semis!”

R.P. Leonardo Castellani, en “Reforma de la enseñanza”, p. 164.

La elusión de su Santo Nombre.

[Visto en Ex Orbe, 06-Jun-2015]


Si evangelizar es predicar a Jesucristo, Hijo de Dios, encarnado, muerto y resucitado, que se sienta a la Diestra del Padre y ha de venir a juzgar a vivos y muertos, si eso es evangelizar ¿qué es eludir, callar, ocultar el nombre de Jesucristo voluntariamente, deliberadamente, con toda intención? ¿Cómo se llama ese acto? ¿Noevangelizar? ¿Pseudo-evangelizar? ¿Negavangelizar?

Dice el Señor: 'Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres.' Mt 10, 32-33

En Mc 8, 38: '...Porque si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con sus santos ángeles.'

En Lc 9, 26: '...Porque si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras, el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en su gloria y en la gloria del Padre y de los santos ángeles.'

Callar, no decir, no pronunciar el Nombre del Señor ante infieles, ¿es renegar o es avergonzarse?

Es, indudablemente, falta de parresía, aquel don, aquella virtud de los Apóstoles y los primeros cristianos, que testimoniaban por doquier a Cristo, con su nombre y sus hechos, sin vergüenza, con santa impudicia, con la contundente caridad de aquel lema paulino 'veritatem facientes in charitate', obrando la verdad en caridad.

Lo desconcertante es que el negacionista, el silente, el taciturno, el púdico, el timorato, el acomplejado es, ni más ni menos, que PP Franciscus, el mismo que luce tanto desparpajo con los de casa y que hoy se ha amilanado ante un rabino y un alfaquí, en Sarajevo.


¿Por qué? ¿Por respeto? ¿Qué respeto? 

Con pena he leído (no he rezado) la 'oración interreligiosa' PP Franciscus para la ocasión:

Dios todopoderoso y eterno, Padre bueno y misericordioso; Creador del cielo y de la tierra, de todas las cosas visibles e invisibles; Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, Rey y Señor del pasado, del presente y del futuro; único juez de todos los hombres, que recompensas a tus fieles con la gloria eterna. Nosotros, descendientes de Abrahán según la fe en ti, único Dios, judíos, cristianos y musulmanes, humildemente nos ponemos en tu presencia y con confianza te pedimos por este país, Bosnia y Herzegovina, para que puedan habitarlo en paz y armonía hombres y mujeres creyentes de distintas religiones, naciones y culturas. Te pedimos, Padre, que esto mismo suceda en todos los países del mundo. Refuerza, en cada uno de nosotros, la fe y la esperanza, el respeto recíproco y el amor sincero por todos nuestros hermanos y hermanas.Haz que, con valentía, nos comprometamos a construir la justicia social, a ser hombres de buena voluntad, llenos de comprensión recíproca y de perdón, pacientes artesanos de diálogo y de paz. Que todos nuestros pensamientos, palabras y obras estén en armonía con tu santa voluntad. Todo sea para tu honor y gloria, y para nuestra salvación. A ti sea la alabanza y la gloria, por los siglos de los siglos, Dios nuestro. Amén.

No la recen Uds. tampoco. No recen ese texto que elude nombrar a Cristo, Dios verdadero.

Recen ustedes, mejor, un Avemaría por las (rectas) intenciones del Papa, las misiones católicas, la conversión de los infieles, extirpación de las herejías y exaltación de la Santa Iglesia Católica, como rezaban nuestros padres, sin vergüenza.

Y añadan, en desagravio, un rotundo: ¡Bendito y alabado sea el Santísimo Nombre de Jesús!!!

...en el Cielo, en la Tierra, en el infierno...y en Sarajevo.

Amén, Jesús.

+T.

miércoles, 3 de junio de 2015

C.E.A.: “La Iglesia argentina adhiere a la propuesta de rechazo al femicidio compartiendo la consigna de ‘Ni una menos’.”

El comunicado de la Comisión Episcopal de Laicos y Familia y Conferencia Episcopal Argentina al respecto de la marcha feminista y abortista de “Ni Una Menos”. Fuente: Conferencia Episcopal Argentina, 02-Jun-2015.


Custodiar la vida y el corazón de cada mujer - Comisión Episcopal de Laicos y Familia

El reconocimiento de la dignidad de la Mujer en todas sus dimensiones es un signo de madurez social que no se puede postergar más. En un momento donde se desarrollan numerosos esfuerzos por la afirmación de los derechos de las personas, sin embargo tenemos que seguir lamentando la multiplicidad de casos de violencia que afecta particularmente a las mujeres.

Golpean el corazón de los argentinos la violencia psicológica, física, sexual, espiritual de muchas mujeres que padecen por amenazas, humillaciones, golpes, acosos, discriminación, explotación, esclavitud, hasta llegar al extremo lamentable del femicidio.

Dice el Papa Francisco “Símbolo de la vida, el cuerpo femenino a menudo es agredido y desfigurado incluso por quienes deberían ser sus custodios y compañeros de vida” (Discurso, 7 de febrero de 2015). Esto hace pensar en la necesidad de la educación personal y comunitaria sobre el noviazgo, el matrimonio, la amistad y las relaciones humanas en general. La formación - ante todo-  es formación del corazón, de los afectos, y no puede realizarse sólo en un aula, sino también en el seno de la familia y de los grupos sociales de contención. 

El Santo Padre nos invita también a “atraer la atención sobre la dolorosa situación de tantas mujeres pobres, obligadas a vivir en condiciones de peligro, de explotación, relegadas al margen de las sociedades y convertidas en víctimas de una cultura del descarte” (ibidem)

En la voz del Papa, la Iglesia argentina adhiere a la propuesta de rechazo al femicidio compartiendo la consigna de “Ni una menos”.

Valoramos asimismo el trabajo de tantas instituciones que dedican sus esfuerzos a la promoción y defensa de la mujer, alentándolos a continuar en este camino más allá de las dificultades. 

Que la Virgen de Luján, madre de todos los argentinos, conduzca a la comunidad nacional hacia un compromiso profundo por el respeto de la mujer y el enaltecimiento de su rol social.

Buenos Aires, 02 de junio de 2015
Comisión Episcopal de Laicos y Familia

Conferencia Episcopal Argentina

domingo, 31 de mayo de 2015

Cardenal J. H. Newman: Papolatría.


[Visto en Ecce Christianvs, 25-May-2015]

Si el Papa hablara contra la conciencia, en el verdadero sentido de la palabra, cometería un suicidio. Provocaría el hundimiento del suelo bajo sus pies. Su misión es proclamar la ley moral, proteger y asegurar «esta luz verdadera que, viniendo a este mundo ilumina a todo hombre» (Jn. 1, 9). Sobre la ley de la conciencia y sobre su carácter sagrado, se funda a la vez su autoridad teórica y su poder práctico (…).
La defensa de la ley moral es la razón de ser del Papa. Su misión, en realidad, es responder a las quejas de los que sufren la insuficiencia de luz natural; y la insuficiencia de esta luz que justifica su misión (…). La Iglesia, el Papa y la jerarquía, según el plan divino, responden a una necesidad urgente. Por seguras que sean las bases y las doctrinas de la religión natural para los espíritus reflexivos y serios, necesita, para influir de verdad en la humanidad y vencer al mundo, que la Revelación la sostenga y complete (…).
He aquí otra observación: la conciencia es una regla práctica; por ello, sólo es posible una oposición entre ella y la autoridad del Papa cuando éste promulga leyes, o da órdenes especiales, u otros preceptos de este tipo. Pero un papa no es infalible en sus leyes ni en sus mandamientos, ni en sus actos de gobierno, ni en su administración, ni en su conducta pública (…). ¿Fue infalible san Pedro en Antioquía, cuando san Pablo se le resistió? ¿San Víctor fue infalible cuando excluyó de su comunión a las Iglesias de Asia? ¿O Liberio cuando excomulgó a Atanasio? Y acercándonos a una época más reciente, ¿lo fue Gregorio XIII cuando hizo acuñar una medalla en honor de la matanza de la noche de san Bartolomé? ¿O Paulo IV en su conducta con Isabel (de Inglaterra)? ¿O Sixto Quinto cuando bendijo la Armada? ¿O Urbano VIII cuando persiguió a Galileo? Ningún católico pretendió jamás que estos papas fueran infalibles al obrar así. Puesto que la infalibilidad podría entorpecer el ejercicio de la conciencia, y puesto que el Papa no es infalible en el dominio en que la conciencia posee la autoridad suprema, ningún callejón sin salida (como el contenido en la objeción a la que contesto), puede acorralarnos para escoger entre la conciencia o el Papa.
Pero vuelvo a repetir, por miedo a que mi pensamiento sea mal interpretado, que cuando hablo de la conciencia, me refiero a la conciencia que merece ser llamada así. Si tiene derecho a oponerse a la autoridad del Papa, cuando ésta es suprema pero no infalible, debe ser algo distinto de ese miserable falso semblante que, como ya he dicho, toma ahora el nombre de conciencia. Si, en un caso particular, debe tomarse por guía sagrado y soberano, sus órdenes —para prevalecer contra la voz del Papa— deben haber estado precedidas de una seria reflexión, de oraciones y de todos los medios posibles para llegar a una opinión verídica sobre el asunto en cuestión. Además, la obediencia al Papa está, como se dice, «en posesión», es decir, que el onus probandi de establecer pruebas contra él, igual que en todos los casos de excepción, pertenece a la conciencia (…). Prima facie, es un deber necesario, aunque no sea más que por la lealtad, creer que el Papa tiene razón, y obrar conforme a sus preceptos.
Si esta regla indispensable se observara, los choques entre la autoridad del Papa y la autoridad de la conciencia serían muy raros. El cristiano debe sobreponerse a ese espíritu vil, estrecho, egoísta y ramplón que le impulsa —cuando se le da una orden eventual— a oponerse al superior que ha dado esa orden, a preguntarse si no se excede en sus atribuciones y a regocijarse por poder mezclar cierto escepticismo en cuestiones de moral práctica. No es necesario que haya decidido voluntariamente el pensar, hablar u obrar, exactamente a su capricho (…).
Por otra parte, dado que para los casos extraordinarios, la conciencia de cada uno es libre, tenemos la garantía y la certidumbre (si necesitamos tenerla) de que ningún papa podría forjar nunca para sus fines personales una falsa ley de la conciencia (…).
Una palabra más. Si después de una comida, me viera obligado a lanzar un brindis religioso —lo que evidentemente no se hace—, bebería a la salud del Papa, creedlo bien, pero primeramente por la conciencia, y después por el Papa.


Tomado de: Newman, J.H. Pensamientos sobre la Iglesia. Textos presentados por O. Karrer. Ed. Stella, Barcelona, 1964, pp. 119 y ss.

Comentarios introductorios sobre la importancia de la ortodoxia.


Curiosamente, nada expresa mejor el enorme y silen­cioso mal de la sociedad moderna que el uso extraordi­nario que hoy día se hace de la palabra «ortodoxo». Antes, el hereje se enorgullecía de no serlo. Herejes eran los remos del mundo, la policía y los jueces. Él era or­todoxo. Él no se enorgullecía por haberse rebelado con­tra ellos; eran ellos quienes se habían rebelado contra él. Los ejércitos con su cruel seguridad, los reyes con sus fríos rostros, los decorosos procesos del Estado, los razonables procesos de la ley; todos ellos, como cor­deros, se habían extraviado. El hombre se enorgulle­cía de ser ortodoxo, de estar en lo cierto. Si se plantaba solo en medio de un erial ululante era algo más que un hombre; era una iglesia. Él era el centro del universo; a su alrededor giraban los astros. Ni todas las torturas sacadas de olvidados infiernos lograban que admitiera que era un hereje. Pero unas pocas frases modernas le han llevado a jactarse de ello. Hoy, entre risas conscien­tes, afirma: «Supongo que soy muy hereje»; y se vuelve, esperando recibir el aplauso. La palabra «herejía» ya no sólo no significa estar equivocado: prácticamente ha pasado a significar tener la mente despejada y ser va­liente. Ello sólo puede indicar una cosa: que a la gente le importa muy poco tener razón filosófica. Pues sin duda un hombre debería preferir confesarse loco antes que hereje. El bohemio, con su corbata roja, debería de­fender a capa y espada su ortodoxia. El dinamitero, al poner una bomba, debería sentir que, sea o no otra cosa, al menos es ortodoxo.
Por lo general, resulta una necedad que un filósofo prenda fuego a otro en el mercado de Smithfield por es­tar en desacuerdo con sus teorías sobre el universo. Eso se hacía con frecuencia en el último periodo de deca­dencia de la Edad Media, y se erraba por completo en el objetivo. Pero hay algo infinitamente más absurdo y poco práctico que quemar a un hombre por su filosofía, y es el hábito de asegurar que su filosofía no importa, algo que se practica universalmente en el siglo XX, en la decadencia del gran periodo revolucionario. Las teorías generales se condenan en todas partes: la doctrina de los derechos del hombre se contrapone a la doctrina de la caída del hombre. El propio ateísmo nos resulta dema­siado teológico hoy día. La revolución misma es de­masiado sistemática; la libertad misma, demasiado res­trictiva. No deseamos generalizaciones. Bernard Shaw lo ha expresado en un epigrama perfecto: «La regla de oro es que no hay regla de oro». Cada vez más nos ocu­pamos de los detalles en el arte, la política, la literatura. Importa la opinión de un hombre sobre los tranvías, so­bre Botticelli. Pero su opinión sobre el todo no importa. Puede mirar a su alrededor y explorar un millón de ob­jetos, pero no debe, bajo ningún concepto, dar con ese objeto extraño, el universo, pues si lo hace tendrá una religión, y se perderá. Todo importa, excepto el todo.
Apenas hacen falta ejemplos de esta total levedad en relación con el tema de la filosofía cósmica. Apenas ha­cen falta ejemplos para comprobar que, sea lo que sea lo que creemos que afecta a los asuntos de índole práctica, no creemos que importe que un hombre sea pesimista u optimista, cartesiano o hegeliano, materialista o espiri­tualista. Permítanme, no obstante, escoger un caso al azar. En tomo a cualquier mesa inocente, tomando un té, es fácil oír a un hombre decir: «La vida no merece la pena». Lo aceptarnos como quien acepta la afirmación de que el día es soleado. Nadie piensa que eso pueda re­percutir gravemente en el hombre o en el mundo. Y, sin embargo, si esas palabras fueran ciertas, el mundo se pondría patas arriba. A los asesinos les concederían medallas por librar a los hombres de la vida, a los bom­beros se los denunciaría por impedir la muerte; los ve­nenos se usarían como medicinas; se llamaría a los mé­dicos cuando la gente se sintiera bien, las sociedades filantrópicas serían erradicadas como hordas de asesi­nos. Y, sin embargo, nunca especulamos sobre si ese pesimista fortalece o desorganiza la sociedad, pues esta­mos convencidos de que las teorías no importan.
Esa no era precisamente la idea de quienes nos in­trodujeron a la libertad. Cuando los viejos liberales suprimieron las mordazas de todas las herejías, su idea era que, de ese modo, pudieran producirse descubri­mientos religiosos y filosóficos. Para ellos, la verdad cósmica era tan importante que todos debíamos poder aportar nuestro testimonio independiente. La idea mo­rtífera, por el contrario, es que la verdad cósmica im­porta tan poco que nada de lo que nadie diga sobre ella es relevante. Aquéllos liberaron la investigación como quien libera a un perro noble; éstos la liberan como quien devuelve al mar un pez incomestible. Jamás ha habido tan poco debate sobre la naturaleza del hombre como ahora, cuando precisamente, por primera vez, to­dos pueden debatir sobre ella. Las viejas restricciones implicaban que sólo a los ortodoxos se les permitía abordar el tema de la religión. La libertad moderna im­plica que no se permite a nadie abordarlo. El buen gus­to, la última y más vil de las supersticiones humanas, ha logrado silenciarnos allí donde el resto había fracasado. Hace sesenta años era de mal gusto ser ateo reconoci­do. Luego llegaron los seguidores de Bradlaugh, los úl­timos hombres religiosos, los últimos para quienes Dios era importante. Pero no pudieron hacer nada; hoy sigue siendo de mal gusto ser un ateo declarado. Pero su ago­nía sólo ha conseguido que hoy sea también de mal gus­to ser un cristiano declarado. La emancipación sólo ha logrado encerrar al santo en la misma torre de silencio que ocupaba el heresiarca. Y entonces hablamos de lord Anglesey y del tiempo, y decimos que esa es la absolu­ta libertad de los credos.
Con todo, hay personas -entre las que me cuento- que creen que lo más práctico e importante de los hom­bres sigue siendo su concepción del universo. Creemos que para la propietaria de una casa de huéspedes que esté pensando en aceptar a un nuevo inquilino es im­portante conocer sus ingresos, pero más importante aún es conocer su filosofía. Creemos que para un general a punto de luchar contra el enemigo es importante cono­cer la filosofía de dicho enemigo. Creemos que la cues­tión no es si la teoría del cosmos influye sobre las cosas, sino si, a largo plazo, hay alguna otra cosa que influya sobre ellas. En el siglo XV, los hombres interrogaban y torturaban a otros por predicar actitudes inmorales; en el siglo XIX, jaleamos y elogiamos a Oscar Wilde por predicar esa misma actitud, y después le rompimos el corazón al condenarlo por llevarla a la práctica. Tal vez pueda cuestionarse cuál de los dos métodos resulta más cruel, pero no cuál resulta más descabellado. La época de la Inquisición, por lo menos, no vivió la vergüenza de crear una sociedad que convirtió en ídolo a un hombre por predicar las mismas cosas por cuya práctica le con­denaron.
Hoy, en nuestro tiempo, la filosofía o la religión, es decir, nuestra teoría sobre las cosas más elevadas, ha sido expulsada, más o menos simultáneamente, de dos de los campos que ocupaba. Los ideales generales do­minaban la literatura. Y han sido expulsadas de ella al grito de «el arte por el arte». Las ideas generales tam­bién dominaban la política. Y han sido expulsados de ella en aras de la «eficiencia», al grito de lo que podría traducirse libremente por «la política por la política». Con gran persistencia, a lo largo de los últimos veinte años, los ideales de orden y libertad han menguado en nuestros libros; la ambición de ser ingeniosos y elo­cuentes ha disminuido en nuestros parlamentos. La li­teratura se ha vuelto deliberadamente menos política; la política se ha vuelto deliberadamente menos litera­ria. Y así, las teorías generales sobre la relación que existe entre las cosas han desaparecido de ambas. Y es­tamos en posición de preguntar: «¿Qué hemos ganado o perdido con esta desaparición? ¿Es mejor la literatu­ra, es mejor la política, tras haber descartado al mora­lista y al filósofo?».
Cuando todo lo que respecta a un pueblo se vuelve débil e ineficaz, se empieza a hablar de eficacia. Lo mis­mo sucede cuando el cuerpo de un hombre zozobra; en­tonces ese hombre, por primera vez, empieza a hablar de salud. Los organismos vigorosos no hablan de sus procesos sino de sus metas. No puede haber mejor prueba de la eficacia física de un hombre que cuando habla alegremente de un viaje al fin del mundo, Y no puede haber mejor prueba de la eficacia práctica de una nación que cuando habla constantemente cíe un viaje al fin del mundo, un viaje al Día del juicio y a la Nueva Jerusalén. No hay mayor señal de absoluta salud mate­rial que la tendencia a perseguir alocados ideales; es du­rante la primera exuberancia de la niñez cuando pedi­mos la luna. Ninguno de los hombres fuertes de las eras fuertes habría comprendido el significado de «trabajar para la eficacia», Hildebrand no habría dicho que tra­bajaba para la eficacia, sino para, la Iglesia católica. Danton no habría dicho que trabajaba para la eficacia, sino para la libertad, la igualdad y la fraternidad. In­cluso si el ideal de esos hombres era, simplemente, echar escaleras abajo a otros hombres de un puntapié, pensaban en las metas, como hombres, y no en los pro­cesos, como paralíticos. No decían: «Elevando con efi­cacia mí pierna derecha, usando, como constatará, los músculos del muslo y la pantorrilla, que se hallan en perfecto estado, yo...». Ellos sentían las cosas de otro modo. Se hallaban tan impregnados de la hermosa vi­sión del hombre a los pies de una escalera, que en ese éxtasis el resto seguía como un destello. En la práctica, el hábito de generalizar e idealizar no significaba en ab ­soluto sucumbir a una debilidad mundana. La época de las grandes teorías era época de grandes resultados. En la era del sentimiento y las buenas palabras, a finales del siglo xviii, los hombres eran en realidad robustos y eficaces. Quienes vencieron a Napoleón eran unos sen­timentales. Los cínicos no atraparían ni a De Wet. Hace cien años eran los retóricos quienes dirimían, triun­fantes, nuestros asuntos, para bien o para mal. Ahora, nuestros asuntos los confunden, irremediablemente, hombres fuertes y silenciosos. Y del mismo modo en que ese repudio a las grandes palabras y las grandes vi­siones ha generado una raza de hombres de escasa talla en política, también ha alumbrado una raza de hom­bres de escasa talla en las artes. Nuestros políticos mo­dernos se abrogan la licencia colosal de un césar y un superhombre, defienden que son demasiado prácticos para ser puros, y demasiado patrióticos para ser mora­les; pero el resultado de todo ello es que un mediocre llega a ministro de Economía. Nuestros nuevos filóso­fos artísticos exigen la misma licencia moral, una liber­tad para destrozar cielo y tierra con su energía; pero el resultado de todo ello es que un mediocre llega a poeta laureado. No digo que no existan hombres más fuertes que éstos, pero ¿diría alguien que existen hombres más fuertes que aquéllos de la antigüedad, dominados por su filosofía y comprometidos con su religión? Puede discutirse si el compromiso es mejor que la libertad. Pero a cualquiera le resultaría difícil negar que su com­promiso dio más frutos que nuestra libertad.
La teoría de la inmoralidad del arte se ha establecido con firmeza entre las clases estrictamente artísticas. Tie­nen libertad para producir lo que se les antoje. Tienen libertad para escribir un Paraíso perdido en el que Sa­tán venza sobre Dios. Tienen libertad para escribir una Divina comedia en la que el cielo se halle bajo el suelo del infierno. ¿Y qué han hecho? ¿Han producido, en su universalidad, algo más grande y más hermoso que las palabras pronunciadas por el aguerrido católico gibelino, por el rígido maestro de escuela puritano? Sabe­mos que sólo han creado unas pocas redondillas. Milton no sólo los supera en devoción, los supera también en su propia irreverencia. En todos sus librillos de poe­mas no hallarán un mejor desafío a Dios que el que pronuncia Satán. Ni encontrarán un sentimiento de pa­ganismo tan imponente como el que sintió aquel fiero cristiano que Farinata describió irguiendo mucho la ca­beza en desdén del infierno. Y la razón es obvia. La blasfemia es un efecto artístico, porque depende de una convicción filosófica. La blasfemia depende de la creen­cia, y se desvanece con ella. Si alguien lo duda, que se siente y trate de provocarse ideas blasfemas sobre Thor. Creo que sus familiares lo hallarán, transcurridas unas horas, en un estado de fatiga extrema.
Así pues, ni en el mundo de la política ni en el de la literatura, el rechazo a las teorías generales ha demos­trado ser un éxito. Tal vez hayan existido muchos idea­les descabellados y engañosos que, de vez en cuando, han desconcertado a la humanidad. Pero no ha existi­do, sin duda, un ideal en la práctica más descabellado y engañoso que el ideal de la practicidad. Con nada se han perdido más oportunidades que con el oportunismo de lord Rosebery. Él es, ciertamente, un símbolo viviente de esta época: el hombre que es, en teoría, un hombre práctico, y en la práctica, menos práctico que un teóri­co. Nada en el universo resulta menos sensato que esa veneración por la sabiduría mundana. Un hombre que no deja de pensar en si esta o aquella raza son fuertes, en si esa o aquella causa resultan prometedoras, es el hombre que jamás creerá en nada el tiempo suficiente como para que se imponga aquello en lo que cree. El político oportunista es como el hombre que deja de ju­gar al billar porque le han ganado al billar, que deja de jugar al golf porque le han ganado al golf. No hay nada que debilite más, en lo referido a las perspectivas de tra­bajo, que esa inmensa importancia que se da a la victo­ria inmediata. No hay nada que fracase tanto como el éxito.
Una vez he descubierto que el oportunismo fracasa, me he sentido inclinado a estudiarlo con más deteni­miento y, al hacerlo, he visto que no puede ser de otro modo. Percibo que es mucho más práctico empezar por el principio y discutir de teorías. Veo que los hombres que se mataron por la ortodoxia del homoousion eran mucho más sensatos que quienes discuten sobre la Ley de Educación. Pues los dogmáticos cristianos trataban de establecer un reino de santidad, y de definir, en primer lugar, lo que era realmente sagrado. Pero nues­tros modernos pedagogos tratan de establecer una li­bertad religiosa sin determinar antes qué es religión y qué es libertad. Si los antiguos sacerdotes forzaban a la humanidad a comulgar con un juicio, al menos, previa­mente, se tomaban la molestia de acotarlo. Perseguir a causa de una doctrina sin siquiera estipularla es algo que ha quedado para las turbas modernas de anglica­nos e inconformistas.
Por estas razones, y muchas más, yo, concretamente, he llegado a creer en el regreso a lo fundamental. Esa es la idea general de esta obra. Deseo discutir con mis más distinguidos contemporáneos, no sólo personalmente o de un modo meramente literario, sino en relación con el cuerpo real de la doctrina que enseñan. A mí no me in­teresa Rudyard Kipling en tanto que prolífico artista o personalidad vigorosa; a mí me interesa en tanto que hereje, es decir, en tanto que hombre cuya visión de las cosas tiene la osadía de diferir de la mía. No me intere­sa Bernard Shaw en tanto que uno de los hombres vivos más brillantes y más sinceros; a mí me interesa en tan­to que hereje, es decir, en tanto que hombre cuya filo­sofía es bastante sólida, bastante coherente, y bastante equivocada. Regreso a los métodos doctrinales del si­glo xiii, inspirado en la confianza general de lograr algo.
Supongamos que en la calle se produce una conmo­ción general por algo, digamos que por una farola de gas, con la que muchas personas influyentes pretenden acabar. Un monje de hábito gris, que es el espíritu de la Edad Media, es convocado para que dé su opinión, y empieza por decir, a la manera ardua de los escolásti­cos: «Consideremos en primer lugar, hermanos míos, el valor de la luz; si la luz, en sí misma, es buena...». Lle­gado a este punto, la gente, no sin excusarse, se aleja de él. Todos se acercan apresuradamente a la farola que, en cuestión de diez minutos, acaba en el suelo. Y se fe- licitan unos a otros por su practicidad nada medieval. Pero con el tiempo se ve que las cosas no resultan tan fáciles. Hay gente que ha derribado la farola porque quería instalar luz eléctrica; otros porque prefieren las viejas, de hierro; otros porque desean que reine la oscu­ridad y poder, de ese modo, obrar mal. Algunos creen que no basta con derribar una farola; otros, que ya es demasiado; algunos han actuado porque querían des­truir el mobiliario municipal; otros, porque querían destruir algo. Y en medio de las tinieblas estalla la gue­rra, y nadie sabe contra quién lucha. De modo que, gradual e inevitablemente, hoy, mañana, pasado, regre­sa la convicción de que el monje tenía razón y de que todo depende de cuál sea la filosofía de la luz. La dife­rencia es que lo que podríamos haber discutido a la luz de la farola de gas, nos vemos obligados a abordarlo a oscuras.


G.K. Chesterton, “Herejes”, El Cobre Ediciones, Barcelona 2007.

A Francisco no parece importarle decir herejías públicamente.

Me viene a la mente algo que puede ser una insensatez, o quizás una herejía, no sé: Hay alguien que sabe que pese a las diferencias somos uno... y es el que nos persigue. El que persigue ahora a los cristianos, que nos unge con el martirio, sabe que los cristianos son discípulos de Cristo, que son hermanos”.
Francisco en su mensaje dirigido a los participantes la celebración protestante Juan 17 en Phoenix, Arizona, 23-May-2015, Minuto 4:12:



Hoy, entre risas conscien­tes, afirma: «Supongo que soy muy hereje»; y se vuelve, esperando recibir el aplauso. La palabra «herejía» ya no sólo no significa estar equivocado: prácticamente ha pasado a significar tener la mente despejada y ser va­liente. Ello sólo puede indicar una cosa: que a la gente le importa muy poco tener razón filosófica. Pues sin duda un hombre debería preferir confesarse loco antes que hereje.
G.K. Chesterton, tomado de su obra Herejes”, El Cobre Ediciones, Barcelona, año 2007.