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sábado, 30 de junio de 2012

Sermón sobre la degradación de un Obispo desertor.



El sacerdote que fue Párroco de Mater Admirabilis de Buenos Aires, Mons. Gustavo Podestá, ha pronunciado el domingo 28 de agosto del 2005, una interesante homilía en la que recuerda el rito penitencial de degradación de un clérigo apóstata. La reproducimos tal cual figuraba en su página web y que viene bien para comprender la gravedad que la Iglesia sabiamente siempre le dio a la deserción de uno de sus clérigos.
Solo podemos agregar el importante contraste que hay hoy, con las reacciones y acciones del episcopado argentino, luego de la deserción del obispo Bergalló.


Sermón del 22 domingo durante el año.

Ceremonia impresionante, que se realizaba en las escalinatas de las catedrales frente al inmenso atrio donde se reunía el pueblo. Ese mismo pueblo que había sido herido por el escándalo de un pecado público y, más, cuando se trataba de un clérigo. Peor aún si constituido en dignidad. A los crímenes públicos la Iglesia públicamente los castigaba, ya que, en verdadera caridad, restituía a los fieles la confianza en la justicia y probidad de sus autoridades, mostraba la gravedad del delito y, al mismo tiempo, estimulaba el propósito de enmienda y la penitencia y conversión del reo.
Allí, en las escalinatas que subían hacia la puerta del templo, se colocaba un asiento bajo y sin respaldo, tipo sillón frailuno, llamado 'faldistorio', en el cual se sentaba el obispo oficiante. A su lado una pequeña mesa con un mantel, en donde, en medio de cirios apagados, se colocaban las vestiduras sacerdotales junto con un trozo rectangular de vidrio en forma de cuchillo.
Traían al que, después de juicio y sentencia, había sido hallado culpable y los clérigos lo revestían, por última vez, con sus hábitos sacerdotales si era sacerdote, o pontificales si era obispo o arzobispo.
En medio de un silencio sepulcral el Obispo celebrante se ponía de pie y comenzaba:

“En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Por cuanto yo (...) Obispo de tal lugar, por gracia de Dios y de la Sede Apostólica, habiendo sido probado fehacientemente de acuerdo a los sagrados cánones (o según propia confesión) el crimen del Obispo o Presbítero tal (...) resultando evidente y público el crimen cometido, y por lo tanto no solo grave y condenable, sino dañoso a la salud de los fieles, y aún enorme por la dignidad del que lo cometió, habiendo no sólo ofendido la divina Majestad sino inferido gravísima conmoción a la ciudad, y por esto haberse hecho indigno de su oficio eclesiástico, por ello, tanto por la autoridad de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, como por la de nuestro cargo pastoral, mediante estos escritos lo privamos de todos su cargos y oficios y, por nuestra palabra, lo deponemos, y, según la tradición de la Iglesia, lo sentenciamos a ser degradado”.

Luego, con lágrimas en los ojos -según cuentan frecuentemente las crónicas- el oficiante se ponía de pie y, si el reo era obispo, le sacaba la mitra de la cabeza, diciendo: “Desnudamos tu cabeza de la mitra, ornato de dignidad pontifical y que enlodaste en el ejercicio de tu autoridad”.
A continuación, un acólito traía un evangelio y se lo ponía al depuesto en las manos. El oficiante entonces se lo retiraba diciendo: “Devuelve el Evangelio, porque, habiendo despreciado la gracia de Dios, te hiciste indigno del oficio de predicarlo”.

Después le sacaba el anillo: “Te arrancamos este anillo, signo de fidelidad a tu esposa la amada Iglesia de Dios, a quien temerariamente traicionaste”.

Otrosí: “Te quitamos el báculo, para que no te atrevas más a ejercer el oficio de dirigir que tan gravemente perturbaste”.

Y, finalmente, la parte más emotiva. Con el vidrio -sin filo, por supuesto- habiéndole quitado los guantes ceremoniales -las 'quirotecas'- le raspaba los dedos y las manos simbólicamente y decía: “En cuanto está en nuestro poder hacerlo, así te privamos de tu bendición sacerdotal y de tu unción episcopal, para que pierdas el honor y la gracia de santificar, bendecir y consagrar”.

También pasaba el vidrio por su frente: “Borramos de tu frente la consagración, la bendición y la unción que se te confirió, y te deponemos del orden pontifical para el cual te has hecho indigno”.

Al final, conmovido, lo exhortaba a la penitencia y al arrepentimiento y, si lo que había cometido era un delito común, lo entregaba al fuero civil.
Esta ceremonia, se encuentra en el Pontifical Romano anterior al Concilio Vaticano II. En latín. La he traducido algo libremente para Vds.
Es verdad que este rito en particular ya prácticamente no se usaba desde hacía tiempo: no era fácil que ningún obispo sinvergüenza se aviniera a someterse libremente a la degradación. (No sé si todavía se usa la degradación entre los militares, con la quita de los galones y jinetas y rotura del sable.) Pero la ceremonia, al menos en los papeles, estuvo en vigencia por lo menos hasta la aparición del nuevo pontifical de después de los setenta. Y lo cierto es que nunca se derogó, y no sería malo que de vez en cuando se utilizara.
De todos modos sí está vigente, en la parte penal del Código de Derecho Canónico, para cierto tipo de delitos aberrantes, la expulsión del estado clerical (CIC 1395). No solamente el pedido o aceptación de renuncia. La Iglesia se muestra realmente misericordiosa cuando castiga justa y medicinalmente, no cuando, por falsas solidaridades o lástimas, se hace complaciente con el delito o el pecado y disminuye su gravedad, tanto peor cuando, el que lo comete, más alto cargo y responsabilidad ocupa. Como decía el talentoso y silenciado escritor colombiano Nicolás Gómez Dávila, muerto en 1994, “Lo que aleja de Dios no es el pecado, sino el empeño en disculparlo”.
Pero aunque dolidos en lo más profundo de nuestro ser de católicos, avergonzados ante el mundo, sacudidos en nuestras convicciones humanas, perplejos ante la lenidad con la cual se trata a uno de los más graves y dolorosos escándalos de la historia de la Iglesia Argentina, no podemos tampoco extrañarnos demasiado de los extremos pavorosos de las posibilidades de la indignidad del hombre. En estos tiempos ya hemos visto absolutamente de todo. Y, aunque la gracia de Cristo en su Iglesia ha producido y sigue produciendo infinidad de santos en demostración de ese poder divino capaz de salvar el abismo de todas las debilidades, para que la gracia nos alcance hemos de ponernos bajo su influjo. Ni la Braun ni la Philips ni Gillette tienen la culpa de las caras desprolijas o mal barbadas que andan por ahí; sino el que no los usa. Existen el jabón, el agua y el detergente y, mientras están al alcance de los bolsillos, no es culpa de estos elementos el que la gente ande sucia. Tampoco son Dios, ni la Iglesia, ni su doctrina y sacramentos culpables de los pecados de sus hijos.
No basta ni ser bautizado, ni ser cura, ni ser obispo, para ser buen cristiano, mucho menos santo: hay que ponerse bajo el influjo de la gracia, en oración, en penitencia, en fe, esperanza y caridad vividas. Siempre habrá católicos -incluídos sacerdotes, monjes y obispos- que se cierren voluntariamente al influjo santificante de Jesús.
Pero Cristo ya nos había prevenido que habría escándalos en su Iglesia, y reservaba para ellos metáforas que hoy parece que es políticamente imprudente mencionar.
Ahí está Pedro, en el pasaje inmediatamente siguiente al del domingo pasado, ufano de su nombramiento: Roca, Piedra de la Iglesia, intermediario de la revelación del Padre, con las llaves de mayordomo de la casa de su Señor en las manos, pavoneándose a lo mejor frente a los demás apóstoles. Y se pasa de vueltas.
En las costumbres de la época, los discípulos, frente a sus maestros, debían guardar silencio. Menos todavía pretender enseñar a nadie estando ellos presentes: "Merece recibir de Dios la muerte quien se atreve a enseñar la Ley en presencia de su maestro", dice un pasaje del Talmud. Llegar a lo de Simón: corregirlo, era inconcebible.
Pero, en su torpeza, por lo menos tuvo la precaución de llevar a su Maestro, Jesús, aparte, lejos del resto de los apóstoles. Aunque su buena intención humana fue comprensible, la desafortunada osadía de Simón tratando de apartar a Cristo de su misión divina para ahorrarle la cruz, fue casi peor que las declaraciones hechas por algunos eclesiásticos a periodistas o en cartas de lectores defendiendo, con un humanismo subhumano, lo indefendible. Y allí recibe Simón uno de los reproches y seguidilla de dicterios más terribles con los cuales la ira de Jesús haya fulminado a nadie durante su vida terrena: “¡Retírate!”, “¡Satanás!”, “¡Obstáculo!”.
El '¡retírate!', reconstruido al arameo original en el cual probablemente habló Jesús, suena algo así como ¡Halilá Iéka!, difícil de traducir, pero mucho más fuerte que ‘retírate’, porque unido a una interjección. Algo así como “¡pero! ¡ándate de aquí!” o “¡Maldición! ¡Estás despedido!”. De hecho algunos intérpretes opinan que el significado exacto de la frase era expulsarlo a Simón del grupo de los apóstoles -aunque quizá como una mera amenaza; o que Jesús, luego, lo haya tomado otra vez-. Un verdadero ex abrupto y baldazo de agua helada para el cándido Simón. Quien, ahora, de ser el que hará de la Iglesia un bastión contra el cual no podrán los poderes de la muerte, del infierno, se transforma en nada menos que en Satanás.
Y no es para menos, porque lo que aconseja Pedro a Jesús es llegar a Mesías terreno, recibiendo todos los reinos del mundo, aceptando los dictados de la carne y de la sangre, de lo puramente humano, que, ya sabemos, a la larga, conduce a lo inhumano, a lo aberrante. “Todo esto te daré si te postras y me adoras”, ya lo había tentado a Jesús, Satanás en el desierto. Todo te daré: el aplauso de la prensa, de lo políticamente correcto, de los doctores ‘deshonoris causa’, de los mitrados amigos de Judas, de las masas estólidas, de los católicos mal formados, -puro sentimentalismo sin fe-, de los maestros de este mundo, de los ancianos o senadores, de los sumos sacerdotes, de los escribas y abogados de cuanta mala causa existe, de los miembros de la Suprema Corte ... ‘si me adoras’, ‘si te apartas de la cruz’.
¡Retírate de mí! ¡“Vade retro”!
¡Tú eres para mí obstáculo!
Obstáculo. Skándalon, dice el texto griego original. Escándalo -espantosa palabra-. En griego significa trampa. Es quizá una onomatopeya que deriva del ruido ‘¡skan!’ que hacían las antiguas trampas griegas de bronce al soltarse. De esa raíz viene ‘escalón’: ese que no vemos cuando vamos caminando y nos hace tropezar o caer. En la Biblia, skandalon traduce el hebreo ‘mikeschol’, piedra saliente que uno pega sin darse cuenta con el pie, y nos hace vacilar o caer. Estamos acostumbrados a cosas parecidas los que caminamos por las veredas de Buenos Aires.
“Y yo te digo tú eres Pedro, tú eres Piedra”, “tú eres piedra de tropiezo para mí”.
¡Desdichado Simón! ¡En qué pocos instantes se ha transformado de Pedro, piedra, roca sobre la cual construir la Iglesia, en roca en la cual tropezar; en escándalo! Y no hizo gran maldad: quiso solamente actuar de acuerdo a su corazón humano. No quería ver a su maestro crucificado, no cabía en su mente el heroísmo del que todo daría por Dios y por su honor de hijo de Dios y por sus hermanos. Mucho menos comprendía que, si alguien quería seguir al Señor, tenía que tener la misma arrojada actitud de su jefe. Que no hay para el cristiano lugar para claudicaciones, cálculo, componendas, mesa de diálogo, rendiciones. Cargar la cruz y seguir al Señor no es, en labios de Jesús, soportar las minúsculas contrariedades de la vida, como a veces se interpreta piadosamente, sino ponerse el uniforme de Cristo y saber que, al menos en el último acto, sin excepción, habremos de recibir con alegría la orden de lanzarnos a la carga, con la cruz en ristre, hacia nuestro enemigo la muerte.
Como el soldado que cuando, por no perder la vida, huye o se esconde y no enfrenta al adversario, o se rinde cobardemente antes de disparar un tiro, o se sube en un "banquito", pierde su honor y, para sus camaradas y su conciencia, es un muerto viviente... ¡tanto más para el cristiano cuando se trata de estar al lado o no de Cristo en orden a la Vida verdadera! “El que quiera salvar su vida la perderá”. Tanto peor si es general, u obispo, elevado en dignidad. Y el derecho de la Iglesia afirma que es horrendamente peor el delito de un clérigo elevado en dignidad, que el de quien no lo es.
¡Pobre Pedro con su pequeño escándalo de hoy! ¡Horror de los grandes escándalos! Antes que nada los del error y la herejía, la predicación de falsedades, la ocultación desde el púlpito de la verdad divina, las liturgias profanadas, escándalos todos que hieren a la fe. Pero también los escándalos de los malos ejemplos, las celebraciones y comuniones sacrílegas hechas en estado de pecado, las dobles vidas, las conductas nefandas de quienes están vestidos de dignatarios de Cristo... “¡Ay del mundo a causa de los escándalos! -dirá Jesús en el capítulo 18 de Mateo-. Es inevitable que existan; pero ¡ay de aquel que los ocasiona!”.
Dios los ayude a convertirse, a pedir perdón, a hacer penitencia, a reparar el reguero de almas dolidas, escandalizadas, perdidas, desmotivadas, escépticas que dejan, con iglesias vacías -y, a lo mejor, groseras adhesiones tumultuosas en las calles o en los diarios- en el camino de sus culpas.
Aunque en el fuero interno nadie puede meterse, excepto Dios, que la justa pena ayude siempre en la Iglesia a la conversión del reo, y nos estimule a todos a buscar nuestra propia salvación “con temor y temblor” como dice San Pablo, esperando el día cuando, más allá de la justicia humana -y sus sentencias a veces feroces, a veces homicidamente benignas- “venga el Hijo del hombre, en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pague a cada uno de acuerdo con sus obras”.

Acuda también, con Él, María en nuestra ayuda; y Dios nos tenga piedad.

Mons. Gustavo Podestá, sermón pronunciado el 22º domingo durante el año, sobre el escándalo del obispo Juan Carlos Maccarone. 28 de Agosto del 2005.

A propósito del caso Bargalló.



Esta no es una publicación estrictamente de “actualidad eclesial”, pero los hechos ocurridos recientemente en el episcopado argentino, llama nuestra atención  -y tratándose de un hecho tan publicitado por los medios- nos vemos en la obligación de publicar algunos artículos de amigos colaboradores que nos han sido enviado.
Y la situación es muy grave ya que, no sólo el escándalo producido por el Obispo desertor en cuestión, sino la “reacción” que ha tenido por parte de quiénes son sus superiores.

A propósito del caso Bargalló.

El segundo mandamiento.

“Dios no se deja burlar”
 (Gálatas VI, 7)


Tan luego en el Día del Pontífice traían los medios una noticia que parece ser la coronación del escándalo causado por Bargalló, el obispo traidor.
La noticia aludida da cuenta de una misa concelebrada por Bergoglio y Casaretto en la Catedral Nuestra Señora del Rosario, de la diócesis Merlo-Moreno, a cuyo cargo supo estar el pastor infiel. Los concelebrantes osaron hacer el elogio de sus quince años de gestión, el público rubricó lo dicho con vítores y aplausos dirigidos al desertor ausente; y el Arzobispo de Buenos Aires –en uno de sus habituales desmadres- se atrevió a sugerir y a encomiar el presunto carácter martirial del renegado, diciendo de él que “trabajó para los pobres y esto le valió la persecución” (cfr. La Nación, 29-6-12, p.19, y AICA, 29. 6.12).
Así, lo que debió ser una ceremonia de desconsagración del clérigo felón, se convirtió en su homenaje, exhibiéndolo como víctima de quienes no habrían compartido su compromiso social. Lo que debió ser el necesario, reparador y legítimo vilipendio al mercenario, se trocó por una caracterización del mismo cual un cordero al que las fuerzas del mal acosaron, pero que no obstante dejó “a la Iglesia unida, humanitaria y misionera” (cfr. La Nación, ibídem).
El descarriado llevaba por lo menos dos años de doble vida, cometiendo perjurio contra el Orden Sagrado e incurriendo en una repugnante fayutería propia de los fariseos. Pero para la ignominiosa dupla bergoglio-casarética es un detalle obviable que no merece reprobación explícita.
Esto se llama tomar en vano el nombre de Dios. Es un pecado mortal contra el Segundo Mandamiento, y Santo Tomás de Aquino –analizándolo y explicándonoslo- recuerda la vigente condena de Zacarías (XIII, 13): “No vivirás porque has mentido en el nombre del Señor”.
Pero la triste historia de Bargalló tiene capítulos previos igualmente lacerantes. No hablamos de los remotos, como su nombramiento a instancias de Mejía –cuya culposa inserción en la Iglesia Clandestina documentó oportunamente Carlos Alberto Sacheri- ni de su corrupción sacerdotal en manos de quienes no respondían a la Iglesia de Roma sino al Club de San Isidro; ni siquiera de antecedentes aún más lejanos y profundos, como el agudo proceso de desacralización desatado hace larguísimas décadas.Tampoco mentaremos ahora los desaguisados innúmeros de carácter doctrinal y litúrgico, perpetrados bajo su mandato episcopal.
Hablamos escuetamente de lo sucedido las semanas anteriores. Bargalló mintió al decir que desconocía lo que las fotos probaban. Mintió después al reconocer que las fotos eran veraces, pero que no implicaban dolo pues la mancebía se consumaba con una amiga de los años infantiles. Mintió al decir que estaba  “totalmente comprometido con Dios y con la Iglesia en la misión que me ha encomendado”, y que “siento profundamente mi sacerdocio y la entrega al Señor Jesús” (AICA, Declaración del 19-6-12). Mintió con descaro, pública y ostensiblemente.
Esto también se llama tomar en vano el nombre de Dios, porque “en ocasiones” –enseña el Aquinate- “vano quiere decir falso, como en este texto del Salterio (XI, 3): ‘Todos dijeron cosas vanas a su prójimo [...]. Quien así procede injuria a Dios, a sí mismo y a todos los hombres” (Los Mandamientos comentados, II, 78-79).
Otro capítulo previo habrá que recordar, y eso hacemos. Aceptada que le fuera la renuncia se nombró Administrador Apostólico de la diócesis al precitado Casaretto; esto es, a quien lo prohijó y cohonestó, amparándolo bajo su alero eclesiástico repleto de lobos. Como quien reemplaza a Fidel Castro por Lenin y a Judas por Caifás: así es la magnitud de esta burla.
Para coronarla –ya sin ningún atisbo de temor de Dios y en el terreno mismo de la blasfemia- la invitación oficial a la misa por los quince años de la diócesis Merlo-Moreno, instaba a rezar y a agradecer a “nuestro hermano y padre Fernando María que, durante todo este tiempo, ha demostrado la calidad de su vida y corazón, para que Dios lo bendiga y fortalezca en esta nueva etapa que le toca vivir” (AICA,27-6-12). ¿Pero es que estamos hablando de una despedida de soltero? ¿Pero es que el adulterio, el perjurio, la doblez y el iscariotismo convierten a un pastor en modelo de corazón y de vida? ¿Acaso Dios puede bendecir sin más –esto es sin castigos y enmiendas públicos- a quien se hizo merecedor de las maldiciones lanzadas contra los fariseos? ¿Acaso “la nueva etapa que le toca vivir” es tan auspiciosa como un ascenso jerárquico conquistado a fuer de santidad y coherencia?
También esto, claro, es tomar en vano el nombre de Dios, “porque algunas veces vano es sinónimo de insensato [...].Por tanto, los que emplean el nombre de Dios insensatamente, como por ejemplo los blasfemos, toman el nombre de Dios en vano. A estos se refiere la Escritura cuando dice: ‘Quien blasfemare el nombre del Señor deberá morir’(Lev.XXIV,16)” (Santo Tomás de Aquino, Los Mandamientos comentados, II,83).
Algunos amigos dicen que, en este caso, Roma estaba mirando para otro lado. Puede ser. Pero es obligación de Roma mirar siempre a la Cruz, y si distrae o desconcentra la vista, las consecuencias no serán benéficas. Otros atemperan la responsabilidad vaticana aduciendo que la Santa Sede no puede estar minuciosamente al tanto de cada prete al que nombran obispo. También puede ser, lo concedemos. Pero además de que lo propio del buen pastor es conocer a cada oveja por su nombre (Jn.10,11), ya hace demasiado tiempo que vienen resonando fuera de las fronteras domésticas las graves heterodoxias de Bergoglio. Lo menos que se podría hacer –no digamos lo necesario que es la categórica destitución y el castigo condigno- es estar doblemente vigilantes y atentos a lo que sucede en estos pagos, alrededor de tan culposo mercenario, en el sentido joánico del término.
Hace muy poco tuvimos ocasión de adentrarnos en un valioso libro titulado Su Santidad Benedicto XVI y el sacerdocio; notable recopilación de textos editada por Aciprensa. Va de suyo que el modelo de sacerdote propuesto y exaltado por el Santo Padre está en las antípodas de este curerío adúltero, mentiroso y carnal del que Bargalló es apenas una patética muestra. Pero razón de más entonces para extremar el cuidado. No; decididamente Roma no puede mirar para otro lado.
Entiéndanlo los fieles, porque el mundo jamás entendió nada. Los cuestionadores del celibato que marchen a buscar ganancias a otro río revuelto. Porque el revoltijo turbio de estas aguas no lo causa más la castidad que la herejía, ni menos el progresismo que la continencia.
Lo de Bargalló no es primero ni principalmente una imprudencia. Tampoco es primero un pecado contra el sexto, el séptimo o el noveno mandamiento. Si robó los fondos de Caritas que vaya a la cárcel, que devuelva con creces el dinero a los pobres y se ocupen del caso “las sórdidas noticias policiales” de las que hablaba Borges. Si fornicó con la mujer del prójimo, que lo confiesen, le den una ducha fría y lo manden a prestar servicio a un leprosario. La Iglesia tiene larga y penosa experiencia en pecados de alcoba, y si quisiera, no le faltaría ciencia para remediar con justicia este nuevo episodio.
Pero aquí estamos ante algo más tenebrosamente hondo, más crepuscular y sombrío, más pasible de suscitarnos el proverbial temor y temblor. Algo cuya plena intelección no se alcanza leyendo los periódicos sino el Apocalipsis. Aquí se ha burlado a Dios. Se ha ultrajado el Segundo Mandamiento, se ha violado el sacramento del Orden Sagrado, se ha dado escándalo, tal vez irreparable por muchísimo tiempo. Se ha empantanado el alma adulterina del culpable y la de quienes con complicidad lo homenajearon en  el irrespirable lodazal del sacrilegio.
Todo esto, en su conjunto; huele más a pecado contra el espíritu que a pecado carnal. Y al fin de cuentas, el que puede lo más puede lo menos. Si obispos de esta laya pueden revolcarse gustosos en las oscuras defecciones morales, doctrinales y litúrgicas propias de la Iglesia de Pérgamo y de Laodicea, ¿por qué no habrían de vivir en concubinato con una gastronómica? Si se los ve protagonistas de tantos rebajamientos y adulteraciones del Sacrificio Eucarístico, ¿por qué habría de limitarlos un chapuzón lascivo en aguas caribeñas? Si son maestros del error cuando celebran, predican y enseñan, sin que la inteligencia les reproche nada, ¿por qué habrían de detenerse, reverentes y dignos, ante los umbrales de la pureza?
Mientras con dolor de bautizado escribimos estas líneas –rumiando la sexta petición del Paternoster: no nos dejes caer en la tentación- se cumplen cuarenta años exactos de aquella grave y solemne alocución de Paulo VI, declarando que el demonio había penetrado en la Iglesia. Fue el 29 de junio de 1972. Así lo recordó oportunamente el interesante sitio Secretum meun mihi, agregando que desde entonces –y eso es lo peor- nadie dijo con igual solemnidad que había sido expulsado.
No estamos en condiciones de hacer un juicio global al respecto, ni es tampoco nuestra competencia. Pero en lo que concierne a la patria argentina, hace apenas dos años que escribimos La Iglesia traicionada, dejando documentada constancia de que los demonios andan sueltos y disfrutando de formales poderes y autoridades. El desquicio que producen es literalmente infernal. Casos como el que ahora nos ocupa –y que, reiteramos, no llevan únicamente el nombre de Bargalló- no hacen sino confirmarlo.
Que cuanto más ronde el diablo como león rugiente, más nos encuentre dispuestos a resistirlo firmes en la Fe. Es el pedido viril de San Pedro, en su primera carta. No se nos pide callar, ni disimular, ni mucho menos abrazarnos festivamente con los servidores del Maligno. Se nos pide resistir, que es el acto mayor y más sólido de la virtud de la fortaleza.

Antonio Caponnetto

jueves, 28 de junio de 2012

Nos educan las ratas.


“La sociedad y la cultura occidentales se parecen a un tren salido de los rieles. Descarrilamiento completo, desastroso, trágico, angustiante. No pierdo las esperanzas de que un día se restablezca la línea con mejores maquinistas y con una locomotora más potente... La sociedad y la cultura han sido corrompidas y envenenadas por las ratas que han salido de sus cloacas y entrado en nuestros hogares a través de los canales de televisión, ese cáncer del espíritu”

Jean Anouilh, Cit. por Maurice Bardeche, Revista Verbo nº 165, Agosto 1976.

El peligro de conciliar lo que no se puede conciliar.


San Ezequiel Moreno

La falsa unión de lo que no se puede conciliar, es la estrategia actual del demonio. Buscar “unir” en el error a dos verdades inconciliables mediante una diplomacia excesiva y un falso ecumenismo, es la mejor opción para (al igualar la verdad con el error) quede la verdad desfigurada y como uno de los demás dioses del Panteón. Al quedar la verdad disminuida, la moral misma se vuelve relativista, ya que distintas morales no pueden conciliarse sin que la verdadera se corrompa.
Aquellas cosas que no se pueden tolerar juntas por su propia naturaleza, son las que intentan conciliar los llamados católicos liberales, que utilizan del credo que dicen profesar, para acomodarlo y adaptar sus dogmas y su moral, para que estos no disuenen con las máximas del mundo moderno:

 “Antiguamente la táctica de Lucifer era desunir a los católicos, envidiando que fueran una sola alma para servir a Dios, y tuvieran ellos un solo corazón para amarle; pero hoy ha mudado de táctica, y trata de unir a los que deben estar separados, porque conoce perfectamente que cada paso que avance el liberalismo en el campo católico, es nueva conquista para él... Cuanto más lejos nos coloquemos del error, menos peligros tendremos de caer en él”.

San Ezequiel Moreno.


“No hay ninguna herida, ninguna lesión en el orden intelectual que no tenga consecuencias funestas en el orden moral e incluso en el orden material, y por esto nos aferramos a combatir el mal en su principio, a terminar con él en su causa, es decir en las ideas. Los mismos cristianos, viviendo en medio de esta atmósfera impura, no evitan completamente el contagio; aceptan con facilidad muchos errores. Cansados de resistir en los puntos esenciales, a menudo, cansados de luchar, ceden sobre otros puntos que les parecen menos importantes, y no siempre se aperciben, y a veces no quieren apercibirse hasta dónde pueden llegar con su imprudente debilidad. Entre esta confusión de ideas y falsas opiniones, nos toca a nosotros, sacerdotes de la verdad incorruptible, poner obstáculos y protestar con el gesto y de viva voz; dichosos si la rígida inflexibilidad de nuestra enseñanza puede detener el desenfreno de la mentira, destronar los principios erróneos que reinan soberbiamente en las inteligencias, corregir los funestos axiomas que se autorizan ya con la sanción de los tiempos, iluminar en fin y purificar una sociedad que amenaza hundirse, envejeciendo, en un caos de tinieblas y desórdenes, donde sería ya imposible distinguir la naturaleza y todavía menos el remedio de sus males”.

“Si se trata de la verdad religiosa, enseñada y revelada por el mismo Dios; si va en ello nuestro porvenir eterno y la salvación de nuestra alma, ya no hay más transacción posible. Me encontraréis inquebrantable y habré de serlo. Es la condición de toda verdad el ser intolerante; pero la verdad religiosa siendo la más absoluta y la más importante de todas las verdades, es por consiguiente también la más intolerante y la más exclusiva”.

Cardenal Pie, sermón predicado en Chartres, 1841. La versión entera puede leerse aquí.


“El gran peligro que amenaza hoy a los católicos y a una amplia parte de la jerarquía, es el deseo de conciliar cosas que son inconciliables”.

Dietrich von Hildebrand.

El futuro incierto



El futuro incierto de los hombres que por complacer al mundo y a sus máximas “políticamente correctas”, se asemeja a este tren del cual habla Mons. Tihamér Tóth:

(...) Y no sin angustia miramos hacia el futuro. ¿Hacia dónde vamos? Un conocido novelista francés, no cristiano, pinta del siguiente modo a la humanidad contemporánea: ‘El expreso corre a velocidad fantástica…Todos los que van en él están borrachos. El maquinista y el foguista también están borrachos. De pronto se ponen a reñir entre sí. Cae uno bajo los golpes del otro. Nadie controla ya la marcha fantástica de la locomotora. Los pasajeros, empero, no se han percatado de nada y siguen riendo, cantando, mientras otros, en el coche restaurant beben alegremente…Y el tren sigue corriendo, corriendo. Cruza puentes, túneles, pasoniveles... Pasa como un rayo por las estaciones… y se interna en las apretadas tinieblas de la noche’…
¿Cuándo se detendrá? ¿Cuál será el término de ese loco correr?
No pienses, lector amigo, que esa pintura de nuestra época es exagerada porque no lo es.

Mons. Tihamér Tóth, “La Eucaristía”, 1945.