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viernes, 9 de enero de 2015
miércoles, 5 de noviembre de 2014
Conmemoración de los fieles difuntos.
En santo
ermitaño se cruzó en el camino con un monje de Cluny y le rogó dijese a San Odilón,
abad de ese monasterio, que los demonios se quejaban por el número de almas que
sus oraciones y la de sus religiosos libraban del Purgatorio.
En cuanto lo
supo, el santo abad ordenó a toda su Orden que consagrara el segundo día de noviembre
—el día siguiente a Todos los Santos— para rogar por la liberación de
las Benditas Almas del Purgatorio. Esto fue en el año 998. Esta costumbre,
adoptada en seguida por otros monjes y por la diócesis de Lieja en 1008, se
extendió gradualmente por todo Occidente.
I. Las
Almas del Purgatorio sufren la llamada Pena del Daño al estar privadas
de la visión beatífica. ¡Qué cruel es la separación de no poder estar con Dios
ni verlo! La naturaleza y la gracia los impulsan impetuosamente hacia Dios, pero
no pueden llegar hasta Él. Lo que les causa más pena es ver que su
dicha es aplazada porque, en la Tierra, tantas veces le dieron la espalda al
Señor, prefiriendo atender a las creaturas y no al Creador. ¡Oh cristiano!
¡Ten piedad de estas almas y, con tus oraciones y mortificaciones,
trabaja por retirarlas de tan triste morada!
II. Las
Almas del Purgatorio también padecen la Pena de los Sentidos: Son
atormentadas por el mismo fuego que castiga a los condenados al
Infierno; la diferencia está en que los condenados sufrirán por toda la
eternidad, pero las Almas del Purgatorio sólo por un tiempo. Puedes abreviar
este tiempo con tus oraciones, ayunos y limosnas. ¿Negarás esta caridad
a tus padres, a tus hermanos cristianos que te la piden? Oye su
queja: ¡Tened piedad de mí, tened piedad de mí, por lo menos vosotros
que fuisteis mis familiares y amigos!
III. Estas
santas almas, sin embargo, tienen consuelos en medio de sus suplicios, porque
están resignadas a la voluntad de Dios que en ellas se cumple para
purificarlas, y porque ven, por un lado, el infierno que evitaron, y por el
otro, el cielo que las espera.
Cristianos,
aprendamos de ellas cómo hay que sufrir, y veamos de pasar lo más que podamos nuestro
purgatorio en esta vida; suframos con la misma fortaleza y la misma esperanza
que las Almas del Purgatorio. “Señor, purifícame en esta vida, a fin
de que después de esta vida escape de las llamas del purgatorio” (San
Agustín).
Las misas gregorianas.
Cuenta el gran
Papa y Doctor de la Iglesia San Gregorio Magno (+604) que, antes de ser
Papa, siendo todavía abad de un monasterio, había allí un monje llamado
Justo que ejercía con su permiso la medicina. Una vez Justo aceptó una moneda de
tres escudos de oro sin permiso de su Abad, faltando gravemente así al voto de
pobreza. Tanto se arrepentiría luego de este pecado y tanto le dolería, que se
enfermó y al poco tiempo murió, pero en paz con Dios. Sin embargo, San Gregorio,
para inculcar en sus religiosos un gran horror a esta impiedad, lo hizo
sepultar fuera de las tapias del cementerio, en un basural, donde también echó
la moneda de oro, haciendo repetir a los religiosos las palabras de San Pedro a
Simón Mago: “Que tu dinero perezca contigo”. A los pocos días, pensando
que quizás su castigo había sido demasiado severo, encargó al ecónomo encargar
30 misas seguidas por el alma del
difunto.
El mismo día
que terminaron de celebrarse las 30 misas, se apareció Justo a otro monje,
Copioso, diciéndole que subía al cielo, libre de las penas del Purgatorio,
gracias a esas 30 misas.
Estas misas, se llaman ahora, en
honor de San Gregorio Magno, Misas Gregorianas.
Las treinta misas gregorianas
por los difuntos.
No es un dogma
de fe, ni un precepto de la Iglesia que se tengan que rezar 30 Misas
Gregorianas para que un difunto vaya al Cielo, sino una costumbre piadosa fundada
en un Dogma de Fe de la Santa Iglesia que afirma la existencia del Purgatorio y
la necesidad que tienen las almas de que recemos por ellas ofreciendo la Santa
Misa, sacrificios y oraciones por su eterno descanso.
Por otra
parte, muchas veces olvidamos que rezar por nuestros familiares difuntos es
una obligación grave de caridad. Cuando, después de muertos, estemos
ante el Juez Eterno, se nos examinará en las obras de amor y
misericordia y el Señor nos hará entrar en el Paraíso si lo hemos socorrido
a Él, presente en el pobre, el hambriento, el sediento, el desnudo, el
enfermo, el forastero. Y se es pobre no sólo materialmente, sino sobre
todo espiritualmente. Y las Almas del Purgatorio son pobres
espirituales a quienes damos de comer, beber, vestimos, visitamos y
sanamos de su enfermedad cuando las socorremos con nuestra oración
y sacrificios, en primer lugar con la oración y con el Santo Sacrificio
de la Misa. Luego no rezar por el descanso eterno de nuestros difuntos
es una vil omisión contra la caridad que tendremos que purificar en
el Purgatorio, sólo sabe Dios por cuánto tiempo y con qué acerbos
dolores.
La tradición
tan hermosa de las Misas Gregorianas se está perdiendo en la Iglesia Oficial de
hoy y ya ni los mismos sacerdotes y religiosos la conocen ni hablan de ella a
los fieles, como tampoco creen ni hablan del Dogma Purgatorio y de las almas
que allí están prisioneras. A la apostasía de la fe de este siglo —que tanto se
ha incrustado en los hombres de Iglesia— hay que unir la tremenda falta de
formación religiosa doctrinal y espiritual en el clero secular y regular y la
consecuente ignorancia en cuestiones de fe en los fieles, receptores pasivos de
esta carencia de sus pastores. Ello ha producido la pérdida del sentido religioso
de la vida cristiana a favor de un secularismo vacío y horizontalista.
Así, hoy la
tendencia errónea de los curas y religiosos es preocuparse del cuerpo y no del alma
de los fieles; de la vida en el mundo y no de la salvación eterna del alma; de
edificar una sociedad terrena y no la Ciudad del Cielo; de anunciar las
realidades sociales, económicas y políticas y no proclamar el Reino de los
Cielos como lo hizo Nuestro Señor y quiere que ellos lo hagan. El celo por la
salvación de las almas ha sido reemplazado por el celo del estómago. El
cumplimiento de los Mandamientos de Dios, por la búsqueda de los Derechos
del hombre. La Iglesia Santa por el mundo laicista. El Cielo por la tierra…
El no implorar
por las almas del Purgatorio es también una consecuencia de la pérdida de fe en
el Dogma del Purgatorio, proclamado solemnemente por la Iglesia. En el
nº 1334 del Enchiridion Symbolórum de H. Denzinger y P. Hünermann
(Ed Herder 1999), encontramos la siguiente afirmación solemne del Concilio de
Florencia (XVII Ecuménico) del año 1445 cuando habla de los difuntos: Asimismo,
si los verdaderos penitentes salieren de este mundo antes de haber
satisfecho con frutos dignos de penitencia por lo cometido y
omitido, sus almas son purgadas con penas purificatorias después de la
muerte, y para ser aliviadas de esas penas, les aprovechan los sufragios
de los fieles vivos, tales como el Sacrificio de la Misa, oraciones y
limosnas, y otros oficios de piedad, que los fieles acostumbran a practicar
para los otros fieles, según las instituciones de la Iglesia.
Por su parte
el Concilio de Trento el 3 y 4 de diciembre de 1563 realizó la siguiente
declaración dogmática (nº 1820 de la edición antedicha): La Iglesia
Católica, instruida por el Espíritu Santo, habiendo enseñado en los
santos concilios y recentísimamente en este Sínodo Ecuménico, conforme
a las Sagradas Escrituras y a la antigua tradición de los Padres, que
existe un Purgatorio y que las almas retenidas allí son ayudadas por
los sufragios de los fieles, en especial por el Sacrificio propiciatorio
del Altar, por este Santo Concilio manda a los obispos que la sana
doctrina sobre el Purgatorio transmitida por los Santos Padres y
sagrados Concilios, sea creída por los fieles cristianos, mantenida,
enseñada y predicada en todas partes.
Que la visión
de San Gregorio nos estimule a hacer ofrecer con frecuencia la Santa Misa por los
Fieles Difuntos, y se renueve en la Iglesia —al menos en lo que a nosotros
dependa— la fe en este Misterio. Que nos estimule a todos a rogar por las almas
del Purgatorio, sobre todo por las almas de los sacerdotes,
religiosos y miembros de la jerarquía —aún los más altos en ésta—
que son quienes están terriblemente padeciendo allí (ojalá que, al
menos, hayan alcanzado a llegar al Purgatorio…) por tantos pecados de
infidelidad a su vocación por preferir obedecer al mundo antes
que a Cristo, a los novadores antes que a la fe revelada en las
Escrituras y transmitida por el Magisterio Tradicional de la Santa
Iglesia, así como por el ejemplo, reglas y enseñanzas de los Santos
Fundadores de sus Órdenes y Congregaciones.
Architriclinus
martes, 24 de junio de 2014
La belleza de la Misa tradicional según Leopoldo Marechal.
Más allá de los problemas
doctrinales que entrañan los textos de la reforma litúrgica y el Novus Ordo
de la Misa, el mismo espíritu que empapó los textos de las rúbricas y las
oraciaciones con la nueva teología, ha inficionado el arte que barnizaba
toda la arquitectura de la liturgia, despojándola de la belleza y profundidad
teológica objetiva que tenía. Fray Mario Petit de Murat O.P. dirá que
“la decadencia del arte es un síntoma,
nos muestra el estado deplorable en que está esta Virgen y Madre que es la
Iglesia. El arte es confesional; el arte de la Iglesia es confesión del estado
en que se encuentra su parte humana.
Es necesario que nos reeduquemos para que
el arte cristiano vuelva a la dignidad, a la pureza que alcanzó en otros
tiempos.”
Y hoy la liturgia ha
quedado despojada de su santa belleza atractiva. Muchos santos y hombres de
profunda fe, a través de la historia, han reconocido el atractivo que tenía la
venerable y antigua liturgia, digna de la santidad de su espíritu.
En Adán Buenosayres,
Leopoldo Marechal describe una Misa cantada, una misa tradicional. El relato
del personaje que entra a un monasterio solitario, nos trae a la memoria el
relato del poeta Paul Claudel de su conversión,
al entrar a la catedral de Notre Damme, el cual, es llevado por una curiosidad
artística, y maravillándose por la ceremonia y la música del coro, se desarma
todo su sistema de pensamiento ateo. Aquí el fragmento de Marechal:
“Por senderos montañeses y huellas de
cabras has ascendido hasta el viejo monasterio levantado en plena soledad. Una
razón de arte, y no un motivo piadoso, te ha guiado en aquel ascenso matutino.
Y al entrar en la capilla desierta se deslumbran tus ojos: frescos y tablas de
colores paradisíacos, bajorrelieves adorables, maderas trabajadas, bronces y
cristalerías gozan allá la inmarcesible primavera de su hermosura. Y estás
preguntándote ya quién ha reunido, y para quién, tanta belleza en aquel
desierto rincón de la montaña, cuando una fila de monjes negros aparece junto
al altar y se ubica sin ruido en los tallados asientos del coro. Y te asustas,
porque sólo te ha guiado una razón de arte. No bien el Celebrante inicia la
aspersión del agua, los del coro entonan el Asperges. La casulla roja, con su
cruz bordada en oro, resplandece luego sobre el alba purísima que viste aquel
mudo sacrificador: en su antebrazo izquierdo cuelga ya el manípulo rojo sangre
como la casulla. Y cuando el Celebrante sube las gradas del altar lleno de
florecillas rojas, los monjes de pie cantan el Introito. A continuación los
Kiries desolados, el Gloria triunfante, la severa Epístola, el Evangelio de
amor y el fogoso Credo resuenan en la nave solitaria. Y escuchas desde tu
escondite, como un ladrón sorprendido, porque sólo te ha guiado una razón de
arte. Ofrecidos ya el pan y el vino, una crencha de humo brota en el incensario
de plata; y el Celebrante inciensa las ofrendas, el Crucifijo, las dos alas del
altar; devolviendo el incensario al acólito, recibe a su vez el incienso y lo
agradece con una reverencia; en seguida el acólito se dirige a los monjes y los
inciensa, uno por uno. Y sigues atentamente aquella estudiada multiplicidad de
gestos cuyo significado no alcanzas; y, no sin inquietud, piensas ya que tan
solemne liturgia se desarrolla sin espectador alguno y en un desierto rincón de
la montaña, tal una sublime comedia que actores locos representasen en un
teatro vacío. Pero de súbito, cuando sobre la cabeza del Celebrante se yergue
la Forma blanca, te parece adivinar allí una presencia invisible que llena todo
el ámbito y en silencio recibe aquel tributo de adoración, la presencia de un
Espectador inmutable, sin principio ni fin, mucho más real que aquellos actores
transitivos y aquel teatro perecedero. Y un terror divino humedece tu piel, y
tiemblas en tu escondite de ladrón; porque sólo te ha guiado una razón de
arte”.
Leopoldo Marechal, Adán Buenosayres (1948), Libro
V, parte I.
miércoles, 16 de enero de 2013
Las desviaciones litúrgicas reprobadas por el Papa Pío XII.
![]() |
| El Papa Pío XII celebrando el Santo Sacrificio |
Errores reprobados por el Papa Pío XII en la Encíclica
“Mediator Dei”,
sobre la Sagrada Liturgia y el Apostolado litúrgico
Para ilustración de profesores y alumnos de liturgia
y precaución de todos, ponemos a continuación un corto resumen de los
principales errores reprobados por el Papa Pío XII en su encíclica “Mediator Dei”, tantas veces citada
y extractada en éste nuestro Manual. El conocerlos librará a muchos de peligrosos
extravíos. Seguiremos él orden de la misma Encíclica.
1. “No
tienen noción de la sagrada liturgia los que la consideran como una parte
sólo externa y sensible del culto divino o un ceremonial decorativo; ni
se equivocan menos los que la consideran como un mero conjunto de leyes y de
preceptos con que la jerarquía eclesiástica ordena el cumplimiento de los
ritos.” (Parte 1ª, II.)
2. “Los
obispos deben dirigir su atención a las nuevas teorías sobre la «piedad
objetiva», las cuales, con el empeño de poner en evidencia el misterio del
Cuerpo Místico, la realidad efectiva de la gracia santificante y la acción divina
de los sacramentos y del Sacrificio Eucarístico, tratan de menospreciar a la
«piedad subjetiva» o «personal», y aun de prescindir completamente de ella,
creyendo que se deben descuidar las prácticas religiosas no estrictamente
litúrgicas, o ejecutadas fuera del culto público.” (id., id.)
3. “No
puede existir ninguna oposición o repugnancia entre la acción divina, que
infunde la gracia en las almas para continuar nuestra redención, y la
efectiva colaboración del hombre,
que no debe hacer vano el don de Dios; entre la eficacia del rito
externo de los sacramentos (que proviene «ex opere operato»), y el mérito
del que los administra o los recibe (acto que suele llamarse «opus operantis»;
entre las oraciones privadas y las plegarias públicas; entre la ética
y la contemplación; entre la vida ascética y la piedad
litúrgica; entre el poder de jurisdicción y de legítimo magisterio,
y la potestad eminentemente sacerdotal que se ejercita en el mismo
sagrado misterio.” (íd.)
4. “Hay
que reprobar severamente la temeraria osadía de quienes introducen
intencionadamente nuevas costumbres litúrgicas o hacen renacer ritos
ya en desuso y que no están de acuerdo con las leyes y rúbricas vigentes”
(usando la lengua vulgar en la Misa, trasladando fiestas a capricho,
excluyendo los textos bíblicos del Antiguo Testamento, etcétera). (íd., V.)
5. “Se
sale del recto camino quien desea devolver al altar su forma antigua de mesa;
quien desea excluir de los ornamentos litúrgicos el color negro; quien quiere
eliminar de los templos las imágenes y estatuas sagradas; quien quiere hacer
desaparecer en las imágenes del Redentor Crucificado los dolores acerbísimos
que Él ha sufrido; quien repudia y reprueba el canto polifónico, aunque esté
conforme con las normas promulgadas por la Santa Sede.” (Id., íd.)
6. “No
resultaría animado de un celo recto e inteligente quien deseara volver a los
antiguos ritos y usos, repudiando las nuevas normas introducidas por disposición
de la Divina Providencia y por la modificación de las circunstancias.” (íd.,
íd.)
7. “Dense
cuenta los fieles de que su principal deber y su mayor dignidad consiste en la participación
en el Sacrificio Eucarístico, y eso... de un modo tan intenso y activo que
estrechísimamente se unan con el Sumo Sacerdote, y ofrezcan el Sacrificio
juntamente con Él y por Él, y con Él se ofrezcan también a sí mismos; mas no
por eso los fieles gozan de la potestad sacerdotal... Hay quienes así lo
creen, y que los sacerdotes obran solamente por una delegación de la
comunidad, y por eso juzgan que el Sacrificio Eucarístico es una estricta concelebración,
y opinan que es más conveniente que los sacerdotes concelebren rodeados
de fieles, que no que ofrezcan privadamente el Sacrificio sin asistencia de
pueblo.” (íd. parte, II, II.)
8. “Algunos
reprueban absolutamente las misas que se ofrecen en privado sin asistencia
del pueblo, como si fuesen
una desviación del primitivo modo de sacrificar; ni faltan quienes aseveren que
no pueden ofrecer al mismo tiempo la hostia divina diversos sacerdotes en
varios altares, por cuanto con esta práctica dividirían la comunidad de los
fieles e impedirían su unidad; más aún, algunos llegan a creer que es preciso
que el pueblo confirme y ratifique el Sacrificio, para que éste alcance su
fuerza y su valor, alegando en todos estos casos erróneamente el carácter social
del Sacrificio Eucarístico.” (íd., id.)
9. “Se
apartan de la verdad y del camino de la recta razón quienes, llevados de opiniones
falaces, hacen tanto caso de las circunstancias externas de la
participación de los fieles en el Santo Sacrificio, que no dudan en aseverar
que, si ellas se descuidan, la acción sagrada no puede alcanzar su propio fin.”
(íd., íd.)
10. “Están
fuera del camino de la verdad los que no quieren celebrar el Santo
Sacrificio si el pueblo cristiano no se acerca a la sagrada mesa; pero más yerran todavía los
que, para probar que es enteramente necesario que los fieles, junto con el
sacerdote, reciban el alimento eucarístico, afirman capciosamente que aquí no
se trata sólo de un Sacrificio, sino del Sacrificio y del convite de
la comunidad fraterna, y hacen de la Sagrada Comunión, recibida en común,
como la cima de toda celebración.” (íd., íd.)
11. “Se
alejan del recto camino de la verdad los que, ateniéndose más a la palabra que
al sentido, afirman y enseñan que, acabado el Sacrificio de la Misa, no se
ha de continuar la acción de gracias, no sólo porque ya el mismo Sacrificio
del altar es de por sí una acción de gracias, sino también porque eso pertenece
a la piedad privada y particular de cada uno, y no al bien de la comunidad.”
(íd., íd.)
12. “No
permitan los obispos que, so pretexto de renovación litúrgica se descuide la adoración
al Augustísimo Sacramento y las piadosas visitas a los tabernáculos eucarísticos;
ni que se disuada la confesión de los pecados cuando sólo se hace por
devoción; ni que de tal manera se relegue, sobre todo durante la juventud, el
culto a la Santísima Virgen, que poco a poco se entibie v languidezca.” (Parte
4ª, I.)
13. “La
vida cristiana no consiste en muchas y variadas preces y ejercicios de
devoción, sino en que éstos contribuyan solamente al progreso espiritual de
los fieles, y por lo mismo al incremento real de toda la Iglesia.” (id., ídem.)
14. “Es
también deber Nuestro reprobar aquella piedad mal formada de los que, sin razón
suficiente, llenan templos y altares con multitud de imágenes y efigies
expuestas a la veneración de los fieles; de los que presentan reliquias
desprovistas de las debidas «auténticas» que les autoricen para el culto, y de
los que, preocupados en exigir minucias y particularidades, descuidan lo
sustancial y necesario, exponiendo así a mofa la religión, y desprestigiando la
gravedad del culto.” (íd., II.)
15. “Obligados
por Nuestra conciencia y oficio, Nos sentimos precisados a tener que reprobar
y condenar ciertas imágenes y formas introducidas últimamente por
algunos artistas, que, a su extravagancia y degeneración estética, unen el ofender
más de una vez al decoro, a la piedad y a la modestia cristiana, y ofenden el
mismo sentimiento religioso.” (íd., id.)
16. “Es
absolutamente necesario que los obispos estén muy alerta para que no se
infiltren en su grey aquellos sutiles y perniciosos errores de un falso misticismo
y de un quietismo perjudicial; y asimismo que no seduzca a las almas
un cierto peligroso humanismo, ni se introduzca aquella falaz doctrina
que bastardea la noción misma de la fe católica; ni, finalmente, un excesivo arqueologismo
en materia litúrgica.” (íd., íd.)
17. “Con
la misma diligencia débese evitar que no se difundan las aberraciones de los
que creen y enseñan falsamente que la naturaleza humana de Cristo glorificada habita
realmente y con su continua presencia en los justificados, o
también que una única e idéntica gracia une a Cristo con los miembros de
su Cuerpo.” (íd., íd.)
S.S. Pío XII, selección de fragmentos por el R.P. Andrés Azcárate O.S.B., tomado de su obra “La flor de la Liturgia”.
miércoles, 9 de enero de 2013
“La Flor de la Liturgia” de Andrés Azcárate O.S.B. Versión completa en PDF.
![]() |
| El abad Andrés Azcárate, O.S.B., autor de la obra. |
En esta época moderna, dónde estamos acostumbrados a tantos discursos “light”, pacifistas y disolventes. Dónde los más cercano a la sacralidad y profundidades espirituales, se lo remonta a las antiguas creencias orientales. Mientras se está llevando a cabo un proceso gradual de desacralización litúrgico dentro de la Iglesia, el cual, bajo pretexto de intentar un cercamiento al culto protestante, ha mutilado el sentido sacro que ha revestido durante dos mil años la liturgia católica.
El espíritu de la liturgia
tradicional, es casi es ignorado por la gran mayoría de los católicos, debido a
la gran ignorancia y a las deficiencias pastor,ales fruto del espíritu moderno
infiltrado en las cabezas católicas de la actualidad. Muchos piensan que la liturgia
latina es algo para gente romántica que gusta de escuchar el latín y el gregoriano.
Con la publicación de “La Flor de la Liturgia” del abad benedictino argentino
Andrés Azcárate, representante en nuestras tierras del “Movimiento litúrgico” (antes
de ser tomado por los liturgistas modernistas), pretendemos exponer una obra
indispensable y sencilla que contiene y explica esencialmente la liturgia tradicional,
sus significados, sus símbolos y la profundidad y belleza de su teología, amasada
en la sabiduría que viene de los tiempos apostólicos, hasta nuestros días.
Esperamos que nuestros lectores
comiencen a conocer y, luego, a amar la bella obra litúrgica que la Tradición
católica nos ha entregado hasta estos tiempos. Aquella liturgia que ha sido
celebrada y practicada por tantos grandes santos en toda la historia de la
cristiandad.
martes, 13 de diciembre de 2011
El sentido de las velas en la Iglesia y la devoción a María Santísima.
Misa de San Gregorio con cirios.
Grandes y variados son los elementos que utiliza la liturgia, con no poco simbolismo por la riqueza que encierran, para tributarle el culto debido a Dios y a sus Santos. Entre ellos se encuentra el uso de los cirios, sobre los cuales nos gustaría considerar algunas reflexiones no sólo para la ilustración de nuestras inteligencias, sino, sobre todo, para nuestro aprovechamiento espiritual, es decir, no sólo para acrecentar nuestros conocimientos sino para que podamos vivir intensamente de ellos.
El empleo de las candelas en la Iglesia es de costumbre inmemorial. Bástenos recordar que, ya en la Antigua Ley, se prescribían no sólo su uso sino hasta la cantidad que debía poseer cada candelabro en las ceremonias religiosas.
La Nueva Ley, lejos de dejar de lado este uso litúrgico, le va a dar un nuevo vigor debido a los simbolismos con que van a ser revestido por su relación con la obra de la Redención.
De ahí que el cirio, por excelencia, diríamos en filosofía el primer analogado, no es otro que el Cirio Pascual, figura por antonomasia del Nuestro Señor Jesucristo Inmolado y Resucitado.
Normalmente la materia con que está hecho es cera, ya que ésta es la sustancia purísima formada por la abeja con el jugo de las flores, siendo por esto emblema del sagrado cuerpo del Salvador, formado por el Espíritu Santo de la más pura sustancia de la Virgen María. El pabilo no es otra cosa que la figura de su alma santísima que, encendido, representa la viva y pura luz de su divinidad. La cera alumbra consumiéndose por el fuego; así Jesucristo se ha hecho la luz del mundo y lo ha rescatado consumiéndose por sus padecimientos y por su muerte, simbolizado por los cinco granos de incienso que se clavan en la pintada cruz.
Los otros cirios que se ubican en el altar, si bien por estar formados de la misma materia reflejan al Divino Resucitado, no por eso agotan toda su simbología, dando cabida a la pluma de autorizados liturgistas para ver en los seis cirios del altar mayor, a los elegidos de las seis edades de la Iglesia militante, mientras que en los dos cirios que se ubican a ambos lados, a los justos del Antiguo Testamento, si consideramos al que se ubica en el lado epístola o a los de la Nueva Ley si nos referimos al del lado evangelio.
El Cirio Pascual figurando al Cristo resucitado; los cirios del altar, a los santos del Antiguo y Nuevo Testamento, veamos ahora lo que viene a reflejar otra de las luminarias próximas al altar como es la lámpara votiva o también llamada la lámpara del Santísimo. Ésta no viene a representar, en primera
instancia, a persona alguna sino a un objeto, pero no a uno cualquiera sino a uno celestial, puesto que tiene el dignísimo honor de reflejar a la estrella que guió a los Reyes Magos y que se detuvo en Belén para indicarles la presencia del Gran Rey y Señor al cual habían venido a adorar y honrar desde sus lejanas tierras, así como a nosotros la de cumplir el dignísimo oficio de enseñarnos que en el Tabernáculo se encuentra, velado por las especies sacramentales, el Autor de la vida, tanto del orden natural como sobrenatural.
Pero Nuestra Santa Madre, la Iglesia, da un paso más en el uso de las luminarias y, lejos de restringirlas estrictamente al uso del culto público y oficial de Ella, le ha abierto nuevos horizontes al incorporar en sus usos y costumbres, de trayectoria inmemorial, el que se enciendan velas en honor a sus hijos bien amados, sus Santos, en las que podemos descubrir, sin temor a equivocarnos, una triple simbología:
En primer lugar representa al fiel cristiano. Éste no tiene la dicha de poder vivir en “la casa de
Dios y puerta del cielo”, sino que absorbido por un sin fin de actividades honestas y necesarias en el mundo, tanto el padre de familia en su trabajo, la madre en sus labores domésticas, el joven en sus estudios, el anciano en su hogar, y debiendo dejarIa, sin embargo, la Iglesia se las ingenia para que, a pesar de dicha separación, pueda esa alma permanecer en Su casa. Encender una vela no es otra cosa que decirle a Dios: “me voy materialmente pero me quedo espiritualmente; me voy con el cuerpo pero me quedo con el alma”.
En segunda instancia, representa la devoción de ese cristiano, puesto que así como el cirio arde hasta consumirse completamente, de la misma manera se simboliza la expansión de esa alma consumiéndose en un sin fin de pedidos y preocupaciones que alberga su alma, refleja su espíritu de sacrificio e inmolación ante las dificultades y tribulaciones, su acción de gracias por todos los beneficios otorgados y, finalmente, su completa sumisión y reverencia ante quien se postra.
Y en tercer lugar, representa la protección especial de ese santo, al cual se le ha encendido una candela, por ese cristiano que se ha tenido que ir pero que se ve y se sabe simbolizado en ella.
De modo tal que a pesar que se vaya, sin embargo se queda; a pesar que su obligación le obligue a concentrarse en un sinfín de cosas, sin embargo su espíritu permanece en un estado de continua oración e inmolación; a pesar que, por nuestra fragilidad, nos olvidemos del santo, él no se olvidará de ese buen cristiano, de esa familia o de ese pobre pecador por el cual hemos encendido el cirio en orden a su conversión.
¡Cuántos y cuán hermosos son los simbolismos que se encierran dentro de los cirios de la Iglesia!
Es por eso que —imitando tanto la costumbre de los grandes santuarios marianos cuanto de tantísimas otras iglesias— hemos colocado, también nosotros, varios atriles con pequeñas candelas, tanto en el interior de la Iglesia, para honrar a la Purísima como a su Castísimo Esposo y al piadoso San Antonio, así como, en el patio de la sacristía, uno más, que hemos colocado bajo la protección y honra de la
Milagrosa.
Todo esto, queridísimos fieles, está orientado para que podamos, espiritualmente, vivir e inmolarnos ante el santo de nuestra devoción y así, gozar de su protección y celestial consuelo.
Puesto que, como solía repetir la pequeña santa de Lisieux, “Sólo tenemos esta vida para vivirla de la fe”, quiera Dios que nuestra mirada sobrenatural sea como la del salmista cuando cantaba:
“Señor, Dios de los ejércitos, escucha mi oración, porque es mejor pasar un día en tus atrios, en tu Casa que miles fuera de ella” (Salmo 83). Con mis oraciones y mi bendición,
R.P. Ezequiel María Rubio FSSPX, tomado del boletín dominical “Fides” Nº 989.
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