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miércoles, 5 de noviembre de 2014

Conmemoración de los fieles difuntos.


En santo ermitaño se cruzó en el camino con un monje de Cluny y le rogó dijese a San Odilón, abad de ese monasterio, que los demonios se quejaban por el número de almas que sus oraciones y la de sus religiosos libraban del Purgatorio.
En cuanto lo supo, el santo abad ordenó a toda su Orden que consagrara el segundo día de noviembre —el día siguiente a Todos los Santos— para rogar por la liberación de las Benditas Almas del Purgatorio. Esto fue en el año 998. Esta costumbre, adoptada en seguida por otros monjes y por la diócesis de Lieja en 1008, se extendió gradualmente por todo Occidente.

I. Las Almas del Purgatorio sufren la llamada Pena del Daño al estar privadas de la visión beatífica. ¡Qué cruel es la separación de no poder estar con Dios ni verlo! La naturaleza y la gracia los impulsan impetuosamente hacia Dios, pero no pueden llegar hasta Él. Lo que les causa más pena es ver que su dicha es aplazada porque, en la Tierra, tantas veces le dieron la espalda al Señor, prefiriendo atender a las creaturas y no al Creador. ¡Oh cristiano! ¡Ten piedad de estas almas y, con tus oraciones y mortificaciones, trabaja por retirarlas de tan triste morada!

II. Las Almas del Purgatorio también padecen la Pena de los Sentidos: Son atormentadas por el mismo fuego que castiga a los condenados al Infierno; la diferencia está en que los condenados sufrirán por toda la eternidad, pero las Almas del Purgatorio sólo por un tiempo. Puedes abreviar este tiempo con tus oraciones, ayunos y limosnas. ¿Negarás esta caridad a tus padres, a tus hermanos cristianos que te la piden? Oye su queja: ¡Tened piedad de mí, tened piedad de mí, por lo menos vosotros que fuisteis mis familiares y amigos!

III. Estas santas almas, sin embargo, tienen consuelos en medio de sus suplicios, porque están resignadas a la voluntad de Dios que en ellas se cumple para purificarlas, y porque ven, por un lado, el infierno que evitaron, y por el otro, el cielo que las espera.
Cristianos, aprendamos de ellas cómo hay que sufrir, y veamos de pasar lo más que podamos nuestro purgatorio en esta vida; suframos con la misma fortaleza y la misma esperanza que las Almas del Purgatorio. “Señor, purifícame en esta vida, a fin de que después de esta vida escape de las llamas del purgatorio” (San Agustín).

Las misas gregorianas.

Cuenta el gran Papa y Doctor de la Iglesia San Gregorio Magno (+604) que, antes de ser Papa, siendo todavía abad de un monasterio, había allí un monje llamado Justo que ejercía con su permiso la medicina. Una vez Justo aceptó una moneda de tres escudos de oro sin permiso de su Abad, faltando gravemente así al voto de pobreza. Tanto se arrepentiría luego de este pecado y tanto le dolería, que se enfermó y al poco tiempo murió, pero en paz con Dios. Sin embargo, San Gregorio, para inculcar en sus religiosos un gran horror a esta impiedad, lo hizo sepultar fuera de las tapias del cementerio, en un basural, donde también echó la moneda de oro, haciendo repetir a los religiosos las palabras de San Pedro a Simón Mago: “Que tu dinero perezca contigo”. A los pocos días, pensando que quizás su castigo había sido demasiado severo, encargó al ecónomo encargar
30 misas seguidas por el alma del difunto.
El mismo día que terminaron de celebrarse las 30 misas, se apareció Justo a otro monje, Copioso, diciéndole que subía al cielo, libre de las penas del Purgatorio, gracias a esas 30 misas.
Estas misas, se llaman ahora, en honor de San Gregorio Magno, Misas Gregorianas.

Las treinta misas gregorianas por los difuntos.

No es un dogma de fe, ni un precepto de la Iglesia que se tengan que rezar 30 Misas Gregorianas para que un difunto vaya al Cielo, sino una costumbre piadosa fundada en un Dogma de Fe de la Santa Iglesia que afirma la existencia del Purgatorio y la necesidad que tienen las almas de que recemos por ellas ofreciendo la Santa Misa, sacrificios y oraciones por su eterno descanso.
Por otra parte, muchas veces olvidamos que rezar por nuestros familiares difuntos es una obligación grave de caridad. Cuando, después de muertos, estemos ante el Juez Eterno, se nos examinará en las obras de amor y misericordia y el Señor nos hará entrar en el Paraíso si lo hemos socorrido a Él, presente en el pobre, el hambriento, el sediento, el desnudo, el enfermo, el forastero. Y se es pobre no sólo materialmente, sino sobre todo espiritualmente. Y las Almas del Purgatorio son pobres espirituales a quienes damos de comer, beber, vestimos, visitamos y sanamos de su enfermedad cuando las socorremos con nuestra oración y sacrificios, en primer lugar con la oración y con el Santo Sacrificio de la Misa. Luego no rezar por el descanso eterno de nuestros difuntos es una vil omisión contra la caridad que tendremos que purificar en el Purgatorio, sólo sabe Dios por cuánto tiempo y con qué acerbos dolores.
La tradición tan hermosa de las Misas Gregorianas se está perdiendo en la Iglesia Oficial de hoy y ya ni los mismos sacerdotes y religiosos la conocen ni hablan de ella a los fieles, como tampoco creen ni hablan del Dogma Purgatorio y de las almas que allí están prisioneras. A la apostasía de la fe de este siglo —que tanto se ha incrustado en los hombres de Iglesia— hay que unir la tremenda falta de formación religiosa doctrinal y espiritual en el clero secular y regular y la consecuente ignorancia en cuestiones de fe en los fieles, receptores pasivos de esta carencia de sus pastores. Ello ha producido la pérdida del sentido religioso de la vida cristiana a favor de un secularismo vacío y horizontalista.
Así, hoy la tendencia errónea de los curas y religiosos es preocuparse del cuerpo y no del alma de los fieles; de la vida en el mundo y no de la salvación eterna del alma; de edificar una sociedad terrena y no la Ciudad del Cielo; de anunciar las realidades sociales, económicas y políticas y no proclamar el Reino de los Cielos como lo hizo Nuestro Señor y quiere que ellos lo hagan. El celo por la salvación de las almas ha sido reemplazado por el celo del estómago. El cumplimiento de los Mandamientos de Dios, por la búsqueda de los Derechos del hombre. La Iglesia Santa por el mundo laicista. El Cielo por la tierra…
El no implorar por las almas del Purgatorio es también una consecuencia de la pérdida de fe en el Dogma del Purgatorio, proclamado solemnemente por la Iglesia. En el nº 1334 del Enchiridion Symbolórum de H. Denzinger y P. Hünermann (Ed Herder 1999), encontramos la siguiente afirmación solemne del Concilio de Florencia (XVII Ecuménico) del año 1445 cuando habla de los difuntos: Asimismo, si los verdaderos penitentes salieren de este mundo antes de haber satisfecho con frutos dignos de penitencia por lo cometido y omitido, sus almas son purgadas con penas purificatorias después de la muerte, y para ser aliviadas de esas penas, les aprovechan los sufragios de los fieles vivos, tales como el Sacrificio de la Misa, oraciones y limosnas, y otros oficios de piedad, que los fieles acostumbran a practicar para los otros fieles, según las instituciones de la Iglesia.
Por su parte el Concilio de Trento el 3 y 4 de diciembre de 1563 realizó la siguiente declaración dogmática (nº 1820 de la edición antedicha): La Iglesia Católica, instruida por el Espíritu Santo, habiendo enseñado en los santos concilios y recentísimamente en este Sínodo Ecuménico, conforme a las Sagradas Escrituras y a la antigua tradición de los Padres, que existe un Purgatorio y que las almas retenidas allí son ayudadas por los sufragios de los fieles, en especial por el Sacrificio propiciatorio del Altar, por este Santo Concilio manda a los obispos que la sana doctrina sobre el Purgatorio transmitida por los Santos Padres y sagrados Concilios, sea creída por los fieles cristianos, mantenida, enseñada y predicada en todas partes.
Que la visión de San Gregorio nos estimule a hacer ofrecer con frecuencia la Santa Misa por los Fieles Difuntos, y se renueve en la Iglesia —al menos en lo que a nosotros dependa— la fe en este Misterio. Que nos estimule a todos a rogar por las almas del Purgatorio, sobre todo por las almas de los sacerdotes, religiosos y miembros de la jerarquía —aún los más altos en ésta— que son quienes están terriblemente padeciendo allí (ojalá que, al menos, hayan alcanzado a llegar al Purgatorio…) por tantos pecados de infidelidad a su vocación por preferir obedecer al mundo antes que a Cristo, a los novadores antes que a la fe revelada en las Escrituras y transmitida por el Magisterio Tradicional de la Santa Iglesia, así como por el ejemplo, reglas y enseñanzas de los Santos Fundadores de sus Órdenes y Congregaciones.


Architriclinus

martes, 24 de junio de 2014

La belleza de la Misa tradicional según Leopoldo Marechal.


Más allá de los problemas doctrinales que entrañan los textos de la reforma litúrgica y el Novus Ordo de la Misa, el mismo espíritu que empapó los textos de las rúbricas y las oraciaciones con la nueva teología, ha inficionado el arte que barnizaba toda la arquitectura de la liturgia, despojándola de la belleza y profundidad teológica objetiva que tenía. Fray Mario Petit de Murat O.P. dirá que

“la decadencia del arte es un síntoma, nos muestra el estado deplorable en que está esta Virgen y Madre que es la Iglesia. El arte es confesional; el arte de la Iglesia es confesión del estado en que se encuentra su parte humana.
Es necesario que nos reeduquemos para que el arte cristiano vuelva a la dignidad, a la pureza que alcanzó en otros tiempos.”

Y hoy la liturgia ha quedado despojada de su santa belleza atractiva. Muchos santos y hombres de profunda fe, a través de la historia, han reconocido el atractivo que tenía la venerable y antigua liturgia, digna de la santidad de su espíritu.

En Adán Buenosayres, Leopoldo Marechal describe una Misa cantada, una misa tradicional. El relato del personaje que entra a un monasterio solitario, nos trae a la memoria el relato del poeta Paul Claudel de su conversión, al entrar a la catedral de Notre Damme, el cual, es llevado por una curiosidad artística, y maravillándose por la ceremonia y la música del coro, se desarma todo su sistema de pensamiento ateo. Aquí el fragmento de Marechal:

“Por senderos montañeses y huellas de cabras has ascendido hasta el viejo monasterio levantado en plena soledad. Una razón de arte, y no un motivo piadoso, te ha guiado en aquel ascenso matutino. Y al entrar en la capilla desierta se deslumbran tus ojos: frescos y tablas de colores paradisíacos, bajorrelieves adorables, maderas trabajadas, bronces y cristalerías gozan allá la inmarcesible primavera de su hermosura. Y estás preguntándote ya quién ha reunido, y para quién, tanta belleza en aquel desierto rincón de la montaña, cuando una fila de monjes negros aparece junto al altar y se ubica sin ruido en los tallados asientos del coro. Y te asustas, porque sólo te ha guiado una razón de arte. No bien el Celebrante inicia la aspersión del agua, los del coro entonan el Asperges. La casulla roja, con su cruz bordada en oro, resplandece luego sobre el alba purísima que viste aquel mudo sacrificador: en su antebrazo izquierdo cuelga ya el manípulo rojo sangre como la casulla. Y cuando el Celebrante sube las gradas del altar lleno de florecillas rojas, los monjes de pie cantan el Introito. A continuación los Kiries desolados, el Gloria triunfante, la severa Epístola, el Evangelio de amor y el fogoso Credo resuenan en la nave solitaria. Y escuchas desde tu escondite, como un ladrón sorprendido, porque sólo te ha guiado una razón de arte. Ofrecidos ya el pan y el vino, una crencha de humo brota en el incensario de plata; y el Celebrante inciensa las ofrendas, el Crucifijo, las dos alas del altar; devolviendo el incensario al acólito, recibe a su vez el incienso y lo agradece con una reverencia; en seguida el acólito se dirige a los monjes y los inciensa, uno por uno. Y sigues atentamente aquella estudiada multiplicidad de gestos cuyo significado no alcanzas; y, no sin inquietud, piensas ya que tan solemne liturgia se desarrolla sin espectador alguno y en un desierto rincón de la montaña, tal una sublime comedia que actores locos representasen en un teatro vacío. Pero de súbito, cuando sobre la cabeza del Celebrante se yergue la Forma blanca, te parece adivinar allí una presencia invisible que llena todo el ámbito y en silencio recibe aquel tributo de adoración, la presencia de un Espectador inmutable, sin principio ni fin, mucho más real que aquellos actores transitivos y aquel teatro perecedero. Y un terror divino humedece tu piel, y tiemblas en tu escondite de ladrón; porque sólo te ha guiado una razón de arte”.

Leopoldo Marechal, Adán Buenosayres (1948), Libro V, parte I.

miércoles, 16 de enero de 2013

Las desviaciones litúrgicas reprobadas por el Papa Pío XII.




El Papa Pío XII celebrando el Santo Sacrificio

Errores reprobados por el Papa Pío XII en la Encíclica “Mediator Dei”,
sobre la Sagrada Liturgia y el Apostolado litúrgico


Para ilustración de profesores y alumnos de li­turgia y precaución de todos, ponemos a continua­ción un corto resumen de los principales errores reprobados por el Papa Pío XII en su encíclica “Mediator Dei”, tantas veces citada y extractada en éste nuestro Manual. El conocerlos librará a muchos de peligrosos extravíos. Seguiremos él or­den de la misma Encíclica.

1. “No tienen noción de la sagrada liturgia los que la consideran como una parte sólo externa y sensible del culto divino o un ceremonial decorativo; ni se equivocan menos los que la consideran como un mero conjunto de leyes y de preceptos con que la jerarquía eclesiástica ordena el cum­plimiento de los ritos.” (Parte 1ª, II.)

2. Los obispos deben dirigir su atención a las nuevas teorías sobre la «piedad objetiva», las cuales, con el empe­ño de poner en evidencia el misterio del Cuerpo Místico, la realidad efectiva de la gracia santificante y la acción di­vina de los sacramentos y del Sacrificio Eucarístico, tratan de menospreciar a la «piedad subjetiva» o «personal», y aun de prescindir completamente de ella, creyendo que se deben descuidar las prácticas religiosas no estrictamente litúrgicas, o ejecutadas fuera del culto público.” (id., id.)

3. “No puede existir ninguna oposición o repugnancia entre la acción divina, que infunde la gracia en las almas para continuar nuestra redención, y la efectiva colabora­ción del hombre, que no debe hacer vano el don de Dios; entre la eficacia del rito externo de los sacramentos (que proviene «ex opere operato»), y el mérito del que los admi­nistra o los recibe (acto que suele llamarse «opus operantis»; entre las oraciones privadas y las plegarias públicas; entre la ética y la contemplación; entre la vida ascética y la piedad litúrgica; entre el poder de jurisdicción y de legí­timo magisterio, y la potestad eminentemente sacerdotal que se ejercita en el mismo sagrado misterio.” (íd.)

4. Hay que reprobar severamente la temeraria osadía de quienes introducen intencionadamente nuevas costum­bres litúrgicas o hacen renacer ritos ya en desuso y que no están de acuerdo con las leyes y rúbricas vigentes” (usando la lengua vulgar en la Misa, trasladando fiestas a capri­cho, excluyendo los textos bíblicos del Antiguo Testamento, etcétera). (íd., V.)

5. “Se sale del recto camino quien desea devolver al altar su forma antigua de mesa; quien desea excluir de los ornamentos litúrgicos el color negro; quien quiere eliminar de los templos las imágenes y estatuas sagradas; quien quiere hacer desaparecer en las imágenes del Redentor Crucificado los dolores acerbísimos que Él ha sufrido; quien repudia y reprueba el canto polifónico, aunque esté con­forme con las normas promulgadas por la Santa Sede.” (Id., íd.)

6. No resultaría animado de un celo recto e inteligente quien deseara volver a los antiguos ritos y usos, repudian­do las nuevas normas introducidas por disposición de la Divina Providencia y por la modificación de las circuns­tancias.” (íd., íd.)

7. “Dense cuenta los fieles de que su principal deber y su mayor dignidad consiste en la participación en el Sacri­ficio Eucarístico, y eso... de un modo tan intenso y activo que estrechísimamente se unan con el Sumo Sacerdote, y ofrezcan el Sacrificio juntamente con Él y por Él, y con Él se ofrezcan también a sí mismos; mas no por eso los fieles gozan de la potestad sacerdotal... Hay quienes así lo creen, y que los sacerdotes obran solamente por una delegación de la comunidad, y por eso juzgan que el Sacrificio Eucarístico es una estricta concelebración, y opinan que es más conveniente que los sacerdotes concelebren rodeados de fieles, que no que ofrezcan privadamente el Sacrificio sin asistencia de pueblo.” (íd. parte, II, II.)

8. “Algunos reprueban absolutamente las misas que se ofrecen en privado sin asistencia del pueblo, como si fuesen una desviación del primitivo modo de sacrificar; ni faltan quienes aseveren que no pueden ofrecer al mismo tiempo la hostia divina diversos sacerdotes en varios altares, por cuanto con esta práctica dividirían la comunidad de los fieles e impedirían su unidad; más aún, algunos llegan a creer que es preciso que el pueblo confirme y ratifique el Sacrificio, para que éste alcance su fuerza y su valor, ale­gando en todos estos casos erróneamente el carácter social del Sacrificio Eucarístico.” (íd., id.)

9. “Se apartan de la verdad y del camino de la recta razón quienes, llevados de opiniones falaces, hacen tanto caso de las circunstancias externas de la participación de los fieles en el Santo Sacrificio, que no dudan en aseverar que, si ellas se descuidan, la acción sagrada no puede alcan­zar su propio fin.” (íd., íd.)

10. “Están fuera del camino de la verdad los que no quieren celebrar el Santo Sacrificio si el pueblo cristiano no se acerca a la sagrada mesa; pero más yerran todavía los que, para probar que es enteramente necesario que los fieles, junto con el sacerdote, reciban el alimento eucarís­tico, afirman capciosamente que aquí no se trata sólo de un Sacrificio, sino del Sacrificio y del convite de la comunidad fraterna, y hacen de la Sagrada Comunión, recibida en co­mún, como la cima de toda celebración.” (íd., íd.)

11. “Se alejan del recto camino de la verdad los que, ateniéndose más a la palabra que al sentido, afirman y en­señan que, acabado el Sacrificio de la Misa, no se ha de continuar la acción de gracias, no sólo porque ya el mismo Sacrificio del altar es de por sí una acción de gracias, sino también porque eso pertenece a la piedad privada y par­ticular de cada uno, y no al bien de la comunidad.” (íd., íd.)

12. “No permitan los obispos que, so pretexto de reno­vación litúrgica se descuide la adoración al Augustísimo Sacramento y las piadosas visitas a los tabernáculos eucarísticos; ni que se disuada la confesión de los pecados cuan­do sólo se hace por devoción; ni que de tal manera se rele­gue, sobre todo durante la juventud, el culto a la Santísima Virgen, que poco a poco se entibie v languidezca.” (Par­te 4ª, I.)

13. “La vida cristiana no consiste en muchas y varia­das preces y ejercicios de devoción, sino en que éstos con­tribuyan solamente al progreso espiritual de los fieles, y por lo mismo al incremento real de toda la Iglesia.” (id., ídem.)

14. “Es también deber Nuestro reprobar aquella piedad mal formada de los que, sin razón suficiente, llenan tem­plos y altares con multitud de imágenes y efigies expuestas a la veneración de los fieles; de los que presentan reliquias desprovistas de las debidas «auténticas» que les autoricen para el culto, y de los que, preocupados en exigir minucias y particularidades, descuidan lo sustancial y necesario, exponiendo así a mofa la religión, y desprestigiando la gravedad del culto.” (íd., II.)

15. “Obligados por Nuestra conciencia y oficio, Nos sen­timos precisados a tener que reprobar y condenar ciertas imágenes y formas introducidas últimamente por algunos artistas, que, a su extravagancia y degeneración estética, unen el ofender más de una vez al decoro, a la piedad y a la modestia cristiana, y ofenden el mismo sentimiento reli­gioso.” (íd., id.)

16. “Es absolutamente necesario que los obispos estén muy alerta para que no se infiltren en su grey aquellos sutiles y perniciosos errores de un falso misticismo y de un quietismo perjudicial; y asimismo que no seduzca a las almas un cierto peligroso humanismo, ni se introduzca aquella falaz doctrina que bastardea la noción misma de la fe católica; ni, finalmente, un excesivo arqueologismo en materia litúrgica.” (íd., íd.)

17. “Con la misma diligencia débese evitar que no se difundan las aberraciones de los que creen y enseñan fal­samente que la naturaleza humana de Cristo glorificada habita realmente y con su continua presencia en los justifi­cados, o también que una única e idéntica gracia une a Cristo con los miembros de su Cuerpo.” (íd., íd.)
 
S.S. Pío XII, selección de fragmentos por el R.P. Andrés Azcárate O.S.B., tomado de su obra “La flor de la Liturgia”.

miércoles, 9 de enero de 2013

“La Flor de la Liturgia” de Andrés Azcárate O.S.B. Versión completa en PDF.



El abad Andrés Azcárate, O.S.B., autor de la obra.

La Flor de laLiturgia. 
Andrés Azcárate. O.S.B.
(archivo en PDF para descargar).

En esta época moderna, dónde estamos acostumbrados a tantos discursos “light”, pacifistas y disolventes. Dónde los más cercano a la sacralidad y profundidades espirituales, se lo remonta a las antiguas creencias orientales. Mientras se está llevando a cabo un proceso gradual de desacralización litúrgico dentro de la Iglesia, el cual, bajo pretexto de intentar un cercamiento al culto protestante, ha mutilado el sentido sacro que ha revestido durante dos mil años la liturgia católica.

El espíritu de la liturgia tradicional, es casi es ignorado por la gran mayoría de los católicos, debido a la gran ignorancia y a las deficiencias pastor,ales fruto del espíritu moderno infiltrado en las cabezas católicas de la actualidad. Muchos piensan que la liturgia latina es algo para gente romántica que gusta de escuchar el latín y el gregoriano. Con la publicación de “La Flor de la Liturgia” del abad benedictino argentino Andrés Azcárate, representante en nuestras tierras del “Movimiento litúrgico” (antes de ser tomado por los liturgistas modernistas), pretendemos exponer una obra indispensable y sencilla que contiene y explica esencialmente la liturgia tradicional, sus significados, sus símbolos y la profundidad y belleza de su teología, amasada en la sabiduría que viene de los tiempos apostólicos, hasta nuestros días.

Esperamos que nuestros lectores comiencen a conocer y, luego, a amar la bella obra litúrgica que la Tradición católica nos ha entregado hasta estos tiempos. Aquella liturgia que ha sido celebrada y practicada por tantos grandes santos en toda la historia de la cristiandad.

martes, 13 de diciembre de 2011

El sentido de las velas en la Iglesia y la devoción a María Santísima.


Misa de San Gregorio con cirios.

Grandes y variados son los elementos que utiliza la liturgia, con no poco simbolismo por la riqueza que encierran, para tributarle el culto debido a Dios y a sus Santos. Entre ellos se encuentra el uso de los cirios, sobre los cuales nos gustaría considerar algunas reflexiones no sólo para la ilustración de nuestras inteligencias, sino, sobre todo, para nuestro aprovechamiento espiritual, es decir, no sólo para acrecentar nuestros conocimientos sino para que podamos vivir intensamente de ellos.
El empleo de las candelas en la Iglesia es de costumbre inmemorial. Bástenos recordar que, ya en la Antigua Ley, se prescribían no sólo su uso sino hasta la cantidad que debía poseer cada candelabro en las ceremonias religiosas.
La Nueva Ley, lejos de dejar de lado este uso litúrgico, le va a dar un nuevo vigor debido a los simbolismos con que van a ser revestido por su relación con la obra de la Redención.
De ahí que el cirio, por excelencia, diríamos en filosofía el primer analogado, no es otro que el Cirio Pascual, figura por antonomasia del Nuestro Señor Jesucristo Inmolado y Resucitado.
Normalmente la materia con que está hecho es cera, ya que ésta es la sustancia purísima formada por la abeja con el jugo de las flores, siendo por esto emblema del sagrado cuerpo del Salvador, formado por el Espíritu Santo de la más pura sustancia de la Virgen María. El pabilo no es otra cosa que la figura de su alma santísima que, encendido, representa la viva y pura luz de su divinidad. La cera alumbra consumiéndose por el fuego; así Jesucristo se ha hecho la luz del mundo y lo ha rescatado consumiéndose por sus padecimientos y por su muerte, simbolizado por los cinco granos de incienso que se clavan en la pintada cruz.
Los otros cirios que se ubican en el altar, si bien por estar formados de la misma materia reflejan al Divino Resucitado, no por eso agotan toda su simbología, dando cabida a la pluma de autorizados liturgistas para ver en los seis cirios del altar mayor, a los elegidos de las seis edades de la Iglesia militante, mientras que en los dos cirios que se ubican a ambos lados, a los justos del Antiguo Testamento, si consideramos al que se ubica en el lado epístola o a los de la Nueva Ley si nos referimos al del lado evangelio.
El Cirio Pascual figurando al Cristo resucitado; los cirios del altar, a los santos del Antiguo y Nuevo Testamento, veamos ahora lo que viene a reflejar otra de las luminarias próximas al altar como es la lámpara votiva o también llamada la lámpara del Santísimo. Ésta no viene a representar, en primera
instancia, a persona alguna sino a un objeto, pero no a uno cualquiera sino a uno celestial, puesto que tiene el dignísimo honor de reflejar a la estrella que guió a los Reyes Magos y que se detuvo en Belén para indicarles la presencia del Gran Rey y Señor al cual habían venido a adorar y honrar desde sus lejanas tierras, así como a nosotros la de cumplir el dignísimo oficio de enseñarnos que en el Tabernáculo se encuentra, velado por las especies sacramentales, el Autor de la vida, tanto del orden natural como sobrenatural.
Pero Nuestra Santa Madre, la Iglesia, da un paso más en el uso de las luminarias y, lejos de restringirlas estrictamente al uso del culto público y oficial de Ella, le ha abierto nuevos horizontes al incorporar en sus usos y costumbres, de trayectoria inmemorial, el que se enciendan velas en honor a sus hijos bien amados, sus Santos, en las que podemos descubrir, sin temor a equivocarnos, una triple simbología:
En primer lugar representa al fiel cristiano. Éste no tiene la dicha de poder vivir en “la casa de
Dios y puerta del cielo”, sino que absorbido por un sin fin de actividades honestas y necesarias en el mundo, tanto el padre de familia en su trabajo, la madre en sus labores domésticas, el joven en sus estudios, el anciano en su hogar, y debiendo dejarIa, sin embargo, la Iglesia se las ingenia para que, a pesar de dicha separación, pueda esa alma permanecer en Su casa. Encender una vela no es otra cosa que decirle a Dios: me voy materialmente pero me quedo espiritualmente; me voy con el cuerpo pero me quedo con el alma”.
En segunda instancia, representa la devoción de ese cristiano, puesto que así como el cirio arde hasta consumirse completamente, de la misma manera se simboliza la expansión de esa alma consumiéndose en un sin fin de pedidos y preocupaciones que alberga su alma, refleja su espíritu de sacrificio e inmolación ante las dificultades y tribulaciones, su acción de gracias por todos los beneficios otorgados y, finalmente, su completa sumisión y reverencia ante quien se postra.
Y en tercer lugar, representa la protección especial de ese santo, al cual se le ha encendido una candela, por ese cristiano que se ha tenido que ir pero que se ve y se sabe simbolizado en ella.
De modo tal que a pesar que se vaya, sin embargo se queda; a pesar que su obligación le obligue a concentrarse en un sinfín de cosas, sin embargo su espíritu permanece en un estado de continua oración e inmolación; a pesar que, por nuestra fragilidad, nos olvidemos del santo, él no se olvidará de ese buen cristiano, de esa familia o de ese pobre pecador por el cual hemos encendido el cirio en orden a su conversión.
¡Cuántos y cuán hermosos son los simbolismos que se encierran dentro de los cirios de la Iglesia!
Es por eso que —imitando tanto la costumbre de los grandes santuarios marianos cuanto de tantísimas otras iglesias— hemos colocado, también nosotros, varios atriles con pequeñas candelas, tanto en el interior de la Iglesia, para honrar a la Purísima como a su Castísimo Esposo y al piadoso San Antonio, así como, en el patio de la sacristía, uno más, que hemos colocado bajo la protección y honra de la
Milagrosa.
Todo esto, queridísimos fieles, está orientado para que podamos, espiritualmente, vivir e inmolarnos ante el santo de nuestra devoción y así, gozar de su protección y celestial consuelo.
Puesto que, como solía repetir la pequeña santa de Lisieux, “Sólo tenemos esta vida para vivirla de la fe”, quiera Dios que nuestra mirada sobrenatural sea como la del salmista cuando cantaba:
“Señor, Dios de los ejércitos, escucha mi oración, porque es mejor pasar un día en tus atrios, en tu Casa que miles fuera de ella” (Salmo 83). Con mis oraciones y mi bendición,

R.P. Ezequiel María Rubio FSSPX, tomado del boletín dominical “Fides” Nº 989.