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viernes, 30 de enero de 2015

De las palabras confusas.


“Como escribe Jerónimo, por las palabras proferidas confusamente, se viene a parar en la herejía. Por lo que con los herejes no debemos tener en común ni siquiera las palabras, para que no dé la impresión de que favorecemos su error.”

Santo Tomas de Aquino, S.Th, III, q. 16, art. 8, corpus.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Documentos: Positio canonica de Isabel la Católica.


Un amigo lector de nuestro Blog nos pasa un interesante archivo para que difundamos. Se trata de la Positio canonica de Isabel la Católica que es un resumen de todos los documentos que se estudiaron sobre la sierva de Dios para el proceso de su canonización, lamentablemente fue interrumpido debido a sus claras posturas que hoy son diametralmente opuestos a la corrección política y al espíritu del mundo moderno.

El archivo en PDF se puede descargar desde aquí:

miércoles, 12 de marzo de 2014

Del número de los pecados.


Non tentabis Dominum Deum
No tentarás al Señor tu Dios.
(Matth. VI, 7)

En el Evangelio de hoy leemos, que habiendo ido Jesucristo al desierto, permitió que el demonio le llevase sobre el pináculo o cimborio del Templo, y allí le dijo: «Si eres el Hijo de Dios, échate de aquí abajo» Si filius Dei es, mitte te deorsum; añadiéndole, que los ángeles le tomarían en las palmas de sus manos para que no se hiciese daño. Pero el Señor le respondió: Está escrito en la santa Escritura: «No tentarás al Señor tu Dios». Non tentabis Dominum Deum tuum. El pecador que se abandona al pecado sin querer resistir a las tentaciones, o al menos, sin querer encomendarse a Dios para que le de el auxilio necesario para resistirlas, esperando que el Señor le librará algún día de aquel precipicio, tienta a Dios para que haga milagros, o para que use con él de una misericordia extraordinaria fuera del orden de las cosas. Dios quiere que todos los hombres se salven, cómo dice el Apóstol: Omnes homines vult salvos fieri, (I. Tim. II, 4); pero quiere también, que nos valgamos de las medidas necesarias para salir de la esclavitud del enemigo, y que obedezcamos a Dios cuando nos llama a penitencia. Los pecadores oyen a Dios cuando los llama; pero se olvidan de Él bien presto, y perseveran en sus pecados, aunque Dios no lo olvida. Porque cuenta lo mismo las gracias que nos dispensa, que los pecados que nosotros cometemos; y cuando llega el tiempo prefijado por Él, priva de sus gracias y nos castiga. Esto es lo que quiero demostrar hoy en el presente discurso, a saber: que llegando los pecados a cierto número, Dios castiga y no perdona ya. Prestadme atención.

1. Dicen muchos santos Padres, San Basilio, San Jerónimo, San Ambrosio, San Juan Crisóstomo,San Agustín y otros que así como Dios tiene determinado el número de de los días de la vida, los grados de sanidad o de talento que quiere dar a cada hombre, según dice la Escritura: Omnia in mesura et numero, et pondere disposuisti (Sap. XI, 21), así también tiene determinado el número de pecados que quiere perdonar a cada uno, cumplido el cual, ya no perdona. San Agustínañade: «Conviene que meditemos que, Dios tolera a cada uno hasta que, llenada la medida, no le queda lugar de perdón». Illud sentire nos convenit tamdiu unumquemque a Dei patientia sustineri, quo consumato, nullam illi veniam reservari. (De vita Christi cap. 3). Lo mismo escribe Eusebio de CesáreaDeus expetat usque ad certum numerum, et postea deserit: «Dios espera hasta que llenemos cierto número, y después nos abandona. (Lib. VIII, cap. 2) . Y lo mismo afirman los Padres arriba mencionados.

2Missit me Domine, ut mederer contritis corde. Dios está pronto a sanar a los que tienen voluntad de enmendar su vida; no puede, empero, compadecerse de los que viven obstinados en el pecado. Perdona los pecados, más no puede perdonar el propósito de pecar. Nosotros no podemos reconvenir a Dios, porque perdona cien pecados a uno, y quita la vida y condena al Infierno a otro al tercero o cuarto pecado que comete. Acerca de esto es necesario adorar los juicios divinos, y exclamar con el Apóstol: «¡Oh profundidad de los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios; cuan incomprensibles son tus juicios!» (Rom. XI, 33). El que es perdonado, -dice San Agustín-, lo es por la sola misericordia de Dios; y el que es castigado, lo es por la justicia. ¡A cuántos ha enviado Dios al Infierno por el primer pecado que cometieron! San Gregorio escribe, que un niño de cinco años, que tenía ya uso de razón, fue llevado a los Infiernos por los demonios, por haber dicho una blasfemia. A Benita de Florencia, gran sierva de Dios, reveló la Virgen María, que un muchacho de doce años se condenó por el primer pecado que cometió. Pero diréis vosotros: Yo soy joven, y hay muchachos que tienen más pecados que yo. ¿Y que se infiere de eso? ¿Está Dios obligado  a esperarte si pecas, porque eres joven? En el Evangelio de San Mateo leemos, que la primera vez que nuestro divino Salvador halló una higuera que no daba fruto, la maldijo diciendo: Numquam ex te nascatur fructus, y se secó. Es preciso temer, pues, de cometer un pecado mortal, y mucho más cuando es el primero que se comete.

3. Dios dice: Del pecado perdonado no quieras estar sin temor; ni añadas pecados a pecados: De propitiato peccato noli esse sine metu, neque adjicias peccatum super peccatum. (Eccl. V, 5). No digas, pues, pecador, así como Dios me perdonó los otros pecados, así también me perdonará éste si lo cometo. No lo digas; porque si tu añades un pecado nuevo al pecado que ya se te perdonó, debes temer que éste se una al primero, y que de este modo se complete el número y seas abandonado por Dios.  Oye como lo explica más claramente la Escritura en otro lugar:Dominus patienter expectat, ut eas cum judicii dies advenerit, in plenitudine peccatorum puniat: «El Señor sufre ahora con paciencia para castigar a las naciones el día del juicio, colmada que sea la medida de sus pecados». (II, Mach. VI, 4) Dios, pues, espera con paciencia hasta el número prefijado; cuando empero se ha llenado el número, ya no espera más y castiga. Los pecadores amontonan pecados sobre pecados sin contar el número de ellos: sin embargo, ya los cuenta Dios para castigarlos cuando se ha llenado el número.

4. De estos ejemplos hay muchos en la divina Escritura. Hablando el Señor de los Hebreos dice: «Me han tentado ya por diez veces» Ya veis como cuenta los pecados. «No verán la tierra». Veis pues, como castiga cuando se ha llenado el número: Tentaverunt me per decem vices, non videbunt terram. (Num. XIV, 22 y 23). Hablando de los Amorreos, dice en otro lugar: que difería su castigo, porque no habían llenado todavía la medida del número de sus maldades.Necdum enim completae sunt iniquitates Amorrheorum. (Gen. XV, 16). En  otro lugar tenemos el ejemplo de Saúl, que habiendo desobedecido a Dios dos veces, fue abandonado por Él: de manera, que suplicando a Samuel que intercediese con el Señor, para que le obtuviese el perdón de su pecado: Porta quaeso peccatum meum, et revertere mecum, ut adorem Deum (I. Reg XV, 25): Samuel, que sabía que estaba abandonado por el Señor, le respondió: Non revertar tecum, quia abjecisti sermonem Domini, et projecit te Dominus: «No hará tal, porque tu has desechado las palabras del señor, y el Señor te ha desechado a ti» (I. Reg. XV, 26). También está el ejmplo de Baltasar, que profanó los vasos del templo comiendo con sus mujeres, y vió aquella mano prodigiosa que escribió en la pared: Mane, Thecel, Phares. Vino Daniel, y habiéndole suplicado que explicara el contenido de estas palabras, dijo al rey, explicando la palabra Thecel: «Has sido pesado en la balanza, y has sido hallado falso»: Appensus es in statera, et inventus es minus habens (Dan. V, 7). Dándole con esta explicación a entender, que el peso de sus pecados había inclinado la balanza de la justicia divina; y con efecto, Baltasar, rey de los Caldeos, fue muerto aquella misma noche. ¿A cuántos desgraciados sucede lo mismo? Ellos siguen ofendiendo a Dios; más, cuando sus pecados llegan al número determinado, los asalta la muerte, y los merge en el Infierno: «Pasan en delicia los días de su vida, y en un momento bajan al sepulcro»: Ducunt in bonis dies suos, et in puncto ad inferna descendunt. (Job. XXI, 13). Temed, hermanos míos, no os mande Dios al Infierno, si cometéis un pecado mortal más.

5. Si Dios castigara inmediatamente que el hombre le ofende, no se vería tan despreciado como se ve. Y porque no lo hace así, movido de su misericordia nos espera, y retarda el castigo, se llenan los pecadores de orgullo y siguen ofendiéndole. Los hijos de los hombres, dice el Eclesiastés, viendo que no se pronuncia luego la sentencia de los malos, cometen la maldad sin temor alguno. Debemos empero persuadirnos, que Dios espera y sufre; más no espera y sufre siempre. Siguiendo Sansón tratando con Dálila, esperaba librarse de las asechanzas de los Filisteos, como lo había hecho otras veces; pero esta vez fue preso por ellos y le quitaron la vida.No digas, -advierte el Señor«yo pequé»; ¿y que mal me ha venido por eso? Porque el Altísimo, aunque paciente y sufrido da el pago merecidoNe dixeris, peccavi, et quid accidit mihi triste>? Altissimus enim est patiens redditor. (Eccl. V, 4). Dios tiene paciencia hasta cierto término, pasado el cual, castiga los mayores pecados y los últimos; y cuanto mayor haya sido la paciencia de Dios, tanto mayor será su castigo.

6. Por eso dice el Crisóstomo, que más debemos temer a Dios cuando tolera, que cuando castiga inmediatamente. Y ¿porque? Porque como dice San Gregorio, aquellos con quienes Dios usa de más misericordia, son castigados con mucho mayor rigor si abusan de ella. Quos diutius expectat (Deus) durius damnat. Y añade el Santo: que estos tales frecuentemente son castigados por Dios con una muerte repentina, y no tienen tiempo de arrepentirse: Sæpe quidiu tolerati sunt, subila morte rapiuntur ut nec flere ante mortem, liecat. Y cuanto mayor es la luz que el Señor comunica a algunos para que se enmienden, tanto mayor es su obcecación y pertinacia en el pecado. San Pedro, en su Epístola segunda, escribió: Mejor les fuera a los pecadores no haber conocido el camino de la justicia, que no después de conocido volver atrás:Melius enim erat illi non cognoscere viam justiciae quam post agnitionem retrorsum converti.(II. Cetr. II, 21) ¡Ay de aquellos pecadores, que tornan al vómito después de haber visto la luz! porque, dice San Pablo, es moralmente imposible, que sean renovados por la penitencia:Impossible est enim eos, qui semel illuminati sunt, gustaveunt etiam donum cæleste… et prolapsi sunt, rursus renovarri ad pænitentiam (Hebr. VI, 4 y 6).

7. Oye, pues, oh pecador, lo que te dice Dios: Fili, peccasti? non adjicias iterum; sed et de pristinis deprecare ut tibi dimittantur. Hijo, ¿has pecado? pues no vuelvas a pecar. Antes bien haz oración por las culpas pasadas, a fin de que te sean perdonadas. (Eccl. XXI, 1). De otra suerte puede muy bien suceder, que si cometes otro pecado mortal, se cierre para ti la para ti la puerta de las divinas misericordias, y quedes perdido para siempre. Así, hermanos míos, cuando el enemigo os tiente, incitándoos a cometer otro pecado, decid en vuestro interior: Y si Dios no me perdonase más, ¿cuál sería mi suerte por toda la eternidad? Pero si el demonio os dice: No temáis, Dios es misericordioso; respondedle al instante: ¿Y que seguridad tengo yo de que Dios usará de misericordia conmigo y me perdonará, si vuelvo a pecar? Oid la amenaza que hace el Señor a los que desprecian sus divinos consejos: Quia vocavi et renuistis… ego quoque in interitu vestro ridedo et subsannabo vos«Ya que estuve yo llamando, y vosotros no me respondisteis… Yo también miraré con risa vuestra perdición, y me mofaré de vosotros». (Prov. 1, XXIV y XXVI). Observad estas dos palabras: «Yo también»; esto es, que asi como vosotros os habéis burlado de Dios, confesando vuestros pecados, prometiendo la enmienda, y volviendo a pecar de nuevo, así Dios se burlará de vosotros a la hora de la muerte.El Señor no sufre que nadie se burle de ÉlDeus non irridetur (Gal. VI, 7). Y el Sabio dice: que como el perro que vuelve a lo que ha vomitado, así obra el imprudente que recae en su necedad: Sicut canis, qui rivertitur ad vomitam suum, sic imprudens qui iterat stultitam suam(Prov. XXVI, 11). Dionisio Cartusiano explica muy bien este texto, diciendo: que así como es abominable y repugnante es el perro que come lo inmundo que acaba de vomitar, del mismo modo es abominable a los ojos de Dios, el pecador que reincide en las mismas culpas que detestara al tiempo de confesarlas: Sicut id, quot per vomitum est rejectum, resumere est valde abominabile ac turpe, sic peccata deleta reiterari.

8. Pero, ¡cosa admirable! Si compráis una casa tomáis todas las precauciones necesarias para asegurar su posesión, y no perder el dinero que os costó: si tomáis una medicina, procuráis aseguraros de que ella no os haga daño: si pasáis un rio, procuráis no caer dentro de él: y por una satisfacción momentánea, por un desahogo de venganza, por un placer bestial, que termina al punto que empieza, arriesgáis la salvación eterna, diciendo “después lo confesaré”. Y cuando lo confesaréis, os pregunto yo? Mañana, me responderéis. ¿Y quién os asegura que llegaréis a mañana, y que no os quitará la vida mientras estáis pecando, como ha sucedido a tantos? ¿Os creéis seguros un día -dice San Agustín-, cuando no lo estáis de vivir una hora? ¿Cómo dices, pues, mañana me confesaré? Oye lo que dice San Gregorio: «El que prometió perdón al penitente, no prometió el día de mañana al pecador». (Homil. 12, in Evang.) Dios ha prometido el perdón al que se arrepiente; pero no ha prometido esperar hasta mañana al que le ofende. Quizá el Señor os concederá tiempo de penitencia, y quizá os lo negará. Pero si os lo niega, ¿cuál será la suerte de vuestra alma? Entre tanto os ponéis os ponéis en peligro de perderla por un vil gusto, y de condenaros para siempre.

9. ¿Te expondrías tú, hermano mío, a perder por un gusto del momento, dinero, casa, poder y libertad? No. Pues ¿cómo te expones a perder el alma, el Paraíso y a Dios, por un instantáneo placer? Dime; crees que es verdad de fe, que hay Gloria, Infierno y Eternidad? ¿Crees que te condenarás para siempre, si te sorprende la muerte estando en pecado mortal? ¿Y no es una temeridad, no es una locura propia de un necio, querer condenarse a una eternidad de penas, diciendo: “Espero enmendarme después”San Agustín dice: Nemo sub spe salutis vult ægrotare«ninguno quiere enfermar con la esperanza que después recobrará la salud». No hay necio que trague un veneno, y diga: después tomaré el contraveneno y me curaré. ¿Cómo, pues, quieres tú condenarte al Infierno, con la esperanza que te librarás después de él. ¡Oh necedad, que ha llevado y lleva tantas almas al Infierno! Según la amenaza de Dios que dice: Tú te has tenido por seguro en tu malicia… caerá sobre ti la desgracia, y no sabrás de donde nace (Isa. XLVII, 10 y 11). Has pecado, confiando temerariamente en la divina misericordia, tu verás presto el castigo, sin acertar de donde viene. ¿Qué dices ahora pecador? ¿Qué terminas hacer? Si este discurso no te mueve a hacer una firme resolución a Dios, tu eres ya condenado para siempre sin remedio. Tu frialdad acerca de tu salvación y tu apego al pecado, me hacen creer que Dios ha comenzado a abandonarte, según aquellas palabras de la Escritura: Quia tepidus es, incipiam te evomere (Apoc. III, 16) «Por cuanto eres tibio, estoy para vomitarte»; como si dijera: comenzaré a desahuciarte y abandonarte a tí mismo: no te daré los auxilios espirituales que necesitas para salir de este triste estado en que te hallas, porque has ya llenado la medida de los pecados que yo me había propuesto a perdonarte.


San Alfonso María de Ligorio, visto en Ecce Christianvs, 08-Mar-2014.

martes, 10 de diciembre de 2013

Advertencia a los institutos y congregaciones religiosas.


El gran peligro de los Institutos nacientes está en no tener fe en la gracia primera. Vienen algunos que dicen: Si se modificara esto, si se añadiera aquello..., más valdría si se obrara de este otro modo... Puede ser que los tales tengan talento, experiencia e influencia, pero yo os digo que, voluntariamente o no, son traidores de la primera gracia, de la gracia de la fundación, de las ideas del Fundador, y que perderán al Instituto que los escuche.
Nunca faltan quienes se creen llamados a reformar al Fundador y a hacer mejor que él, pero sólo al que ha escogido para fundar bendice Dios, y nunca a sus contrarios. Harto conocido es el ejemplo de Fr. Elías y de San Francisco. Fray Elías quería cambiar, atenuar, glosar; mas por orden de Dios le contestaba el santo: “Sin glosa, sin glosa, sin glosa.” Fray Elías acabó separándose; fuese a Alemania, donde acabó sus días en la mayor de las miserias, sosteniendo al antipapa en el partido del emperador cismático.
No, Dios no bendecirá nunca a quien sale de la primera gracia, la cual puede desenvolverse, sacando a luz con el tiempo cuanto dentro contiene, según lo exijan las circunstancias, pero jamás cambiar o introducir cosas que le sean contrarias. Dios no hará prosperar más que la gracia primera: nunca dará otra distinta.
Por lo que si alguno se hubiese alejado, tiene que volver a ella pura y sencillamente: Prima opera fac, haced lo que antes, volved a la pureza de la gracia primera, que si no os voy a dispersar: Sin autem venio tibí et movebo candelabrum tuum de loco suo[1]. Así que no introduzcáis nunca en vuestra regla elementos nuevos o extraños, antes decid lo que aquel santo fundador: “O siguen siendo como son, o desaparecen del todo.” Este peligro es realmente grande; andad con cuidado.
Finalmente, observad la regla y guardadla religiosamente por respeto hacia Dios, ya que de Él procede. ¿Creéis acaso que el hombre es capaz de componer una regla? No, no hay santidad ni virtudes que para esto basten, sino que es menester vocación especial de Dios. Dios la inspira y el fundador la transmite con lágrimas y sufrimientos. No hay hombre que pueda poner luz y santidad en trazos de su mano. Si la regla lleva consigo la gracia y santifica, su autor no puede ser otro que Dios, único que puede dar gracia y virtud para santificarse.
La regla es para vosotros lo que el evangelio para la Iglesia, esto es, el libro de la vida, el libro de la palabra de Dios, lleno de su verdad, de su luz, de su gracia y de su vida. ¿Y tan osados habíais de ser que tocarais una sola sílaba de este evangelio, o dejarais caer una sola palabra? No, sino que todas sus palabras han de ser sagradas para vosotros.
Escuchad las amenazas que san Juan escribió al fin de su Apocalipsis; bien podéis aplicarlas al libro de las santas reglas: “Yo protesto a todos los que oyen las palabras de la profecía de este libro: Que si alguno añadiere a ellas cualquiera cosa, Dios descargará sobre él las plagas escritas en este libro. Y si alguno quitare cualquiera cosa de las palabras del libro de esta profecía, Dios le quitará a él del libro de la vida, y de la ciudad santa, y no le dará parte en lo escrito en este libro”[2].

San Pedro Julián Eymard, Escritos Eucarísticos”, pags. 916, 917.  Ediciones “Eucaristía” Madrid, 1963.

[1] II, 5.
[2] Apoc. 18, 19.

jueves, 29 de agosto de 2013

“Decálogo” de la profesión de abogacía.


San Alfonso María de Ligorio, por especial disposición de la Iglesia, es “patrono de los abogados”.
Sus grandes cualidades y capacidades le habían permitido comenzar sus estudios universitarios a la edad de doce años, y a los dieciséis había concluido todos los exámenes.
Un decreto real prohibía conceder el título a menores de 20 años, pero fue dispensado por gracia real, y admitido ante el Consejo Universitario para presentar su Memoria.
Se le otorgó el título de Doctor en Derecho y Abogado del foro de Nápoles, comenzando una carrera brillantísima en la que jamás perdió un juicio, defendiendo causas de gran relieve.
Comprendía sin embargo que lo principal era salvar el alma, y que su profesión era un gran obstáculo: “Esta carrera no me conviene, y tarde o temprano la abandonaré” decía.
Redacta entonces lo que se ha dado en llamar su “decálogo” o “dodecálogo”, que demuestra lo delicado de su conciencia y el concepto que tiene de los tribunales donde se aplica la justicia.
Máximas sobrias, tajantes, que conforman concretamente la deontología del abogado[1]:

1. “No aceptar nunca causas injustas, dado que son peligrosas para la conciencia y la dignidad propias”.
2. “No defender causa alguna con medios ilícitos”.
3. “No cargar sobre el cliente expensas inútiles; de lo contrario, deberás reembolsarle”.
4. Defiende la causa de tu cliente con el mismo calor que si lo fuera tuya propia”.
5. “Estudia concienzudamente las piezas de los autos con el fin de sacarles los argumentos útiles a la defensa de la causa”.
6. “El retraso o la negligencia pueden comprometer los intereses del cliente; de ahí, que debe éste ser indemnizado de los perjuicios resultantes, si no se quiere contravenir la justicia”.
7. “Ha de implorar el abogado la ayuda divina para defender las causas porque Dios es el primer amparo de la Justicia”.
8. “No es digno de elogio el abogado que se empeña en la defensa de causas superiores a su talento, a sus fuerzas y al tiempo de que dispone, a fin de aparejarse para defenderlas concienzudamente”.
9. “Ha de tener siempre muy presentes el abogado la justicia y la honradez y guardarlas como la pupila de los ojos”.
10. “El abogado que por su propio descuido pierde la causa, queda en deuda con su cliente y debe resarcirle todos los daños que le ha ocasionado”.
11. “En su informe debe el abogado ser veraz, sincero, respetuoso y razonador”.
12. “Por último, las partes de un abogado han de ser la competencia, el estudio, la verdad, la fidelidad y la justicia”.


[1] Citadas por el P. Raimundo Telleria (CSSR), en su libro “San Alfonso María de Ligorio – Fundador, Obispo y Doctor”, ed. El Perpetuo Socorro, Madrid, año 1950, t. I, p. 57, quien afirma que están tomadas por el P. Rispoli, del mismo proceso de canonización del Santo. También la obra del P. José Montes (CSSR) “San Alfonso María de Ligorio” (ed. Difusión, Bs. Aires, año 1950, p. 15), trae estos mandamientos pero de una manera más simple: 1) “No aceptar jamás una mala causa, porque son la ruina de la conciencia y del honor”, 2) “No emplear jamás medios ilícitos en la defensa de un pleito”, 3) “No obligar al cliente a gastos inútiles. De otro modo hay que restituir”, 4) “Poner en la defensa de una causa tanto empeño e interés como si fuera propia”, 5) “Estudiar a fondo todos los detalles del proceso”, 6) “No dañar al cliente con retrasos o negligencias”, 7) “Implorar el socorro de Dios, sumo protector de la Justicia”, 8) “No encargarme de pleitos que juzgue superiores a mí fuerza y talentos o que exijan más tiempo del que puedo concederles”., 9) “Respetar la justicia y la equidad como a la niña de mis ojos”.


Visto en el Blog El Cruzamante.

lunes, 1 de abril de 2013

La fe, más importante que los templos.



Que Dios os consuele. He sabido que no sólo os entristece mi exilio, sino sobre todo el hecho de que los otros, es decir los arrianos, se han apoderado de los templos por la violencia y entre tanto vosotros habéis sido expulsados de esos lugares. Ellos entonces poseen los templos. Vosotros en cambio la tradición de la Fe apostólica. Ellos, consolidados en esos lugares, están en realidad al margen de la verdadera Fe, en cambio vosotros, que estáis excluidos de los templos, permanecéis dentro de esa Fe. Confrontemos pues qué cosa sea más importante, el templo o la Fe, y resultará evidente desde luego, que es más importante la verdadera Fe. Por tanto, ¿quién ha perdido más, o quién posee más, el que retiene un lugar, o el que retiene la Fe? El lugar ciertamente es bueno, supuesto que allí se predique la Fe de los Apóstoles, es santo, si allí habita el Santo. Vosotros sois los dichosos que por la Fe permanecéis dentro de la Iglesia, descansáis en los fundamentos de la Fe, y gozáis de la totalidad de la Fe, que permanece inconfusa. Por tradición apostólica ha llegado hasta vosotros, y muy frecuentemente un odio nefasto ha querido desplazarla, pero no ha podido; al contrario, esos mismos contenidos de la Fe que ellos han querido desplazar, los han destruido a ellos. Es esto en efecto lo que significa afirmar: “Tú eres el Hijo de Dios vivo”. Por tanto, nadie prevalecerá jamás contra vuestra Fe, mis queridos hermanos, y si en algún momento Dios os devolviere los templos, será menester el mismo convencimiento: que la Fe es más importante que los templos.

Y precisamente una Fe tan viva suple para vosotros, por ahora, la devolución de los templos. No es que yo hable sin respaldo de la Escritura, por el contrario, os digo con énfasis que os conviene confrontar sus testimonios. Recordad precisamente que el templo era Jerusalén, y que el templo no estaba en el desierto cuando los enemigos lo invadieron. Los invasores venidos de Babilonia habían irrumpido como juicio de Dios, que probaba o que corregía y que, precisamente por medio de estos enemigos ávidos de sangre imponía castigo a los que lo ignoraban. Los extranjeros, pues, se posesionaron del lugar, pero éstos, en el lugar, negaban a Dios. Justamente porque no sólo no tenían respuestas adecuadas, ni las proferían, sino que estaban excluidos de la verdad.

Por tanto ahora también, ¿de qué les sirve tener los templos? Sí, efectivamente, los tienen, pero eso a los ojos de quienes se mantienen fieles a Dios indica que son culpables, porque han hecho cueva de ladrones y casas de negocios, o sitios de disputas vanas lo que antes era un lugar santo, de modo que ahora les pertenece a quienes antes no les era lícito entrar. Muy queridos, por haberlo oído de quienes han llegado hasta aquí, sé todo esto y muchas otras cosas peores; pero, repito, cuanto mayor es el empeño de éstos por dominar la Iglesia, tanto más están fuera de ellaCreen estar dentro de la verdad, aunque en realidad están excluidos de ella, prisioneros de otra cosa, mientras la Iglesia, desolada, sufre la devastación de estos supuestos benefactores.

San Atanasio el Grande, Padre y Doctor mayor de la Iglesia, Carta del año 356,  Patrología Griega, tomo 26, col. 118/90. Visto en Syllabus.

jueves, 28 de marzo de 2013

La agonía en el huerto.


El Divino Redentor, cuando llegó al término de su vida terrenal, después de habernos dejado toda su Persona en el pan y en el vino del Sacramento del Amor y de haber nutrido a sus Apóstoles con su Carne Inmaculada, se dirigió al Huerto de los Olivos, lugar que los discípulos y Judas conocían. A lo largo del trayecto que separa el Cenáculo del Huerto, Jesús enseña a sus discípulos; los prepara para la próxima separación, su inminente Pasión y para sufrir por su amor las calumnias, las persecuciones y la misma muerte; para que cada uno imite a Él, Modelo Divino.
“Yo estaré con vosotros Y vosotros no os turbéis, oh discípulos, porque la promesa divina se cumplirá; la prueba la tendréis en la presente hora solemne.
Él está allí para empezar a vivir su dolorosa Pasión, pero más que pensar en sí mismo, se desvela por vosotros.
¡Oh, que inmensidad de amor encierra aquel corazón!... Su rostro denota tristeza y amor al mismo tiempo; sus palabras emanan de lo más profundo de su Corazón. Él habla con profusión de afectos, infunde valor, consuela y promete confortando, explica los más profundos misterios de su Pasión.
Siempre, ¡oh Jesús!, me ha conmovido el corazón este pasaje tuyo del Cenáculo al Huerto, por la expansión de un amor que se profundiza y se funde con sus amantes, para desahogar un amor que va a inmolarse por los demás, para rescatarlos de la esclavitud. Tú les has enseñado que no existe mayor prueba de amor que dar la propia vida por los amigos, y Tú estás ahora por sellar esta prueba de amor con la inmolación de tu vida.
¿Quién no permanece conmovido ante tan generosa oblación?
Al llegar al Huerto el Divino Maestro se despidió de los discípulos, quedándose sólo con tres, Pedro, Santiago y Juan, para que fueran testigos de sus penas. Precisamente los tres que lo vieron transfigurado sobre el Tabor entre Moisés y Elias y que lo reconocieron como Dios ¿tendrían ahora la fuerza de considerarlo Hombre-Dios entre penas y tristezas mortales? Al entrar en el Huerto les dijo: “quedaos aquí, velad y orad, para que no caigáis en tentación estad alerta, parece que les diga, por­que el enemigo no duerme; prevenios contra él con el arma de la oración, a fin de no ser envueltos e inducidos en el pecado. Es la hora de las tinieblas. Al terminar esta exhortación, Él se aparta de ellos como a un tiro de piedra y se postra en la tierra.
Él está extremadamente triste; su alma es prisionera de una indescriptible amargura. La noche es alta y límpida, la luna resplandece en el cielo, dejando el Huerto en la penumbra, parece que proyec­ta sobre la tierra siniestros resplandores, precursores de cosas graves y de funestos acontecimientos que hacen estremecer y helar la sangre en las venas. Parece que la noche estuviera tenida de sangre; un viento, como presagio de cercana tempestad, agita los olivos. Unido a aquel rumor de hojas, pene­tra en los huesos como un anuncio de muerte, desciende hasta el alma y la invade de mortal tristeza.
¡Qué noche más horrenda! ¡Nunca jamás la tierra verá una igual!...
¡Qué contraste, oh Jesús! ¡Cuán bella fue la noche de tu nacimiento, cuando los ángeles tripu­diantes anunciaron la paz, cantando gloria! Ahora, en cambio, me parece verlos melancólicos mien­tras te rodean a una cierta distancia, como respetando la suprema angustia de tu espíritu.
Este es el lugar donde Jesús viene a rezar. Él priva su humanidad sacrosanta de la fuerza que le confería la Divinidad, sometiéndola a una tristeza indefinible, a una debilidad extrema, a la melanco­lía y al abandono y a una angustia mortal. Su espíritu nada en ellas como en un mar ilimitado, el cual a cada instante parece sumergirlo. Ante su espíritu se representa todo el martirio de su inminente Pasión que, como un torrente desbordante, se vuelca en su corazón y lo martiriza, lo oprime y lo des­garra. Él ve, en primer lugar, a Judas, el discípulo tan amado por Él, que lo vende por pocas mone­das, que está por llegar al Huerto para traicionarlo y entregarlo a sus enemigos. ¡Él!... El amigo, el discípulo que poco antes había saciado con su Carne... postrado ante él le había lavado los pies y estre­chado contra su corazón y se los había besado con fraternal ternura, como si a fuerza de amor quisie­se impulsarlo a renunciar al impío y sacrilego propósito o por lo menos que, una vez cometido el horri­ble delito, recuperándose y recordando las muchas pruebas de amor, se hubiera arrepentido y salvado. Mas no, él se pierde y Jesús llora por su voluntaria perdida. Se ve legado, arrastrado por sus enemi­gos a través de las calles de Jerusalén, por las mismas calles en donde pocos días antes había pasado triunfalmente aclamado como Mesías... Se ve ante los Pontífices, golpeado, declarado por ellos reo de muerte. Él, el autor de la vida, se ve conducido de un tribunal a otro, en presencia de los jueces que le condenan. Ve su pueblo, tan amado y beneficiado por Él, que lo insulta, lo maltrata y con gri­tos infernales, silbidos y chillidos pide la muerte y la muerte de la Cruz. Escucha las injustas acusa­ciones, se ve condenado a los flagelos más despiadados. Se ve coronado de espinas, ridiculizado, salu­dado como un rey de burla, abofeteado...
Por último, se ve condenado a la ignominiosa muerte y subir al Calvario; extenuado bajo el peso de la Cruz, caer desangrado varias veces en tierra... Se ve, al llegar al Calvario, desnudo, extendido sobre la Cruz; crucificado despiadadamente, alzado sobre ella, en presencia de todos; suspendido, con tres clavos que le desgarran y le dislocan las venas, los huesos y la carne... ¡Oh, Dios! cuán larga es la agonía de tres horas que deberá aniquilarte entre los insultos de todo un pueblo enloquecido y mal­vado.
Ve su garganta y sus vísceras quemadas por la ardiente sed y ve agregarse a este desgarrador mar­tirio el tener que beber vinagre e hiel.
Ve el abandono del Padre y la desolación de la Madre a los pies de la Cruz.
Al final, la muerte ignominiosa, entre dos ladrones, uno que lo reconoce y lo confiesa como Dios y se salva, el otro que lo insulta, blasfema y muere desesperado.
Ve a Longino que se acerca y, como sumo insulto y desprecio, le abre el costado y... como todos los mortales sufre la humillación del Sepulcro.
Todo, todo está delante de Él para atormentarlo y Jesús permanece aterrorizado; y este terror se adueña de su Corazón Divino y lo atenaza desgarrándolo. Él tiembla como atacado por una fiebre altí­sima, el temor se apodera todavía de Él y su Espíritu languidece en mortal tristeza. Él, el Cordero ino­cente, solo, abandonado en las manos de los lobos, sin defensa alguna... Él, el Hijo de Dios... El Cordero que se ofreció espontáneamente al sacrificio por la gloria del mismo Padre que lo abandona al furor de las fuerzas infernales, por la Redención de la especie humana; de sus mismos discípulos, que vilmente lo abandonan y huyen de Él, como del ser más peligroso. Él, el Verbo eterno de Dios, reducido a burla de sus enemigos...
Pero Él ¿se retira?... No, desde el principio todo lo abraza generosamente, sin reserva alguna. ¿Cómo y de donde proviene este terror, este miedo mortal? ¡Ah! Él ha expuesto su humanidad como blanco para recibir sobre sí mismo todos los golpes de la divina justicia, lesa por el pecado. Él siente al vivo en el desnudo espíritu todo aquello que debe sufrir, cada una de las culpas que debe pagar con una pena especial y se abate porque ha dejado su humanidad como presa de debilidades, terrores y padecimientos.
Parece estar en las últimas... Él esta postrado con el rostro sobre la tierra delante de la Majestad de su Padre. Aquel divino rostro, que tiene extasiados, en eterna admiración de su belleza, a los Ánge­les y a los Santos del cielo, esta sobre la tierra completamente desfigurado. ¡Dios mío! ¡Jesús mío! ¿No eres Tú el Dios del cielo y de la tierra, idéntico en todo a tu Padre, el que se humilla hasta el punto de perder el aspecto exterior del hombre?...
Ah... sí, lo comprendo, es para enseñar a un soberbio como yo que, para tratar con el Cielo, debo abismarme en el centro de la tierra. Es para reparar y pagar mi altivez, que Tú te humillas así ante tu Padre; es para inclinar su piadosa mirada sobre la humanidad, que Él había retirado a causa de su rebe­lión. Y, por tu humillación, Él perdona a la criatura arrogante. Es para reconciliar la tierra con el Cielo, que Tú te humillas sobre ella, como para darle el beso de la paz. Oh, Jesús, que seas siempre y por todos alabado y que todos te agradezcan por las muchas humillaciones con las cuales nos has donado a Dios y a Él nos has unido en un abrazo de santo amor.

Padre Pío de Pietralcina, tomado del libro “Meditaciones del Padre Pío”.

lunes, 4 de marzo de 2013

El método que exige la discusión.


“Si la inteligencia humana, con su conducta enfermiza, no opusiera su orgullo a la evidencia de la verdad, sino que fuera capaz de someter su dolencia a la sana doctrina, como a un trata­miento médico, hasta recuperarse del todo mediante el auxilio de Dios, alcanzado por una fe piadosa, no harían falta largos discur­sos para sacar de su error a cualquier opinión equivocada: basta­ría que quien está en la verdad la exponga con palabras suficien­temente claras.
Pero ahora estamos ante el empeoramiento más negro de la en­fermedad insensata de los espíritus. Se empeñan en defender sus estúpidas ocurrencias como si fueran la razón y la verdad perso­nificadas, y esto incluso después de razonar todos los argumen­tos que un hombre puede dar a otro hombre. No sé si es por una superlativa ceguera, que no deja vislumbrar ni lo más claro, o por la más obstinada testarudez, que les impide admitir lo que tienen delante. Lo cierto es que en la mayoría de los casos se hace imprescindible alargar la exposición de temas ya claros de por sí, como si hubiera que exponerlos no a quienes tienen ojos para verlos, sino como para que los puedan tocar con las manos quie­nes andan a tientas, medio ciegos.
Pero, ¿cuándo terminaríamos de discutir, hasta cuándo estaría­mos hablando, si nos creyéramos en la obligación de dar nueva respuesta a quienes siempre nos responden? Los que no pueden llegar a comprender lo que se discute o están en una postura mental tan endurecida en la contradicción, que, aunque llegaran a comprender, no harían caso, continuarían respondiendo, como está escrito: Discursean profiriendo insolencias (Ps. 93:4) y son unos estúpidos infatigables. Realmente, si nos propusiéramos re­futar sus contradicciones tantas veces cuantas ellos con seso tes­tarudo se proponen no pensar lo que dicen, sólo atentos a contra­decir de algún modo nuestros argumentos, te darás cuenta de lo interminable, penoso y sin fruto que esto sería.
Así que ni a ti, mi querido Marcelino, ni a los otros a cuyo pro­vecho va dirigido este mi trabajo, de una manera espontánea por amor a Cristo, os quisiera como jueces de mis obras si vais a ser de los que buscan siempre una respuesta cuando oyen alguna objeción a lo que están leyendo. Serías semejantes a aquellas mujerzuelas de que hace mención el Apóstol: que están siempre aprendiendo, pero son incapaces de llegar a conocer la verdad (II Tim. 3:7)”.

San Agustín, La Ciudad de Dios, Libro II, Capítulo I, B.A.C.

sábado, 2 de marzo de 2013

San Leonardo de Porto-Maurizio: “El pequeño número de los que se salvan”.


San Leonardo de Porto-Maurizio en una de sus prédicas.

San Leonardo de Puerto Mauricio fue un fraile franciscano muy santo que vivió en el monasterio de San Buenaventura en Roma. Fue uno de los más grandes misioneros en la historia de la Iglesia. Él solía predicar a miles de personas en las plazas de cada ciudad y pueblo donde las iglesias no podían albergar a sus oyentes. Tan brillante y santa era su elocuencia que una vez cuando realizo una misión de dos semanas en Roma, el Papa y el Colegio de los Cardenales fueron a oírle. La Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen, la adoración del Santísimo Sacramento y la veneración del Sagrado Corazón de Jesús eran sus cruzadas. No fue en pequeña medida responsable de la definición de la Inmaculada Concepción hecha poco más de cien años después de su muerte. También nos dio las alabanzas divinas, que se dicen al final de la bendición. Pero el trabajo más famoso de San Leonardo fue su devoción a las Estaciones de la Cruz. Tuvo una muerte santa a sus setenta y cinco años, después de veinticuatro años de predicación sin interrupciones.
Uno de los sermones más famosos de San Leonardo de Puerto Mauricio fue “el pequeño número de los que se salvan”. Fue el único que se basó en la conversión de grandes pecadores. Este sermón, al igual que sus otros escritos, se sometió a examinación canónica durante el proceso de canonización. En él se examinan los diferentes estados de vida de los cristianos, y concluye con el pequeño número de los que se salvan, en relación con la totalidad de los hombres. El lector que medite sobre este notable texto. Aproveche la solidez de su argumentación, que le ha valido la aprobación de la Iglesia. Aquí está el vibrante y conmovedor sermón de este gran misionero. 

Introducción:

Gracias a Dios, el número de los discípulos del Redentor no es tan pequeño como para que la maldad de los escribas y fariseos sea capaz de triunfar sobre ellos. Aunque se esforzaron por calumniar su inocencia y engañar a la gente con sus sofismas traicioneros para desacreditar a la doctrina y el carácter de Nuestro Señor, buscando puntos, incluso en el sol, muchos todavía lo reconocieron como el verdadero Mesías, y, sin miedo ni de castigos o de amenazas, abiertamente se unieron a su causa. ¿Todos los que siguieron a Cristo, lo siguieron hasta la gloria? ¡Ah, aquí es donde yo venero el misterio profundo y adoro en silencio los abismos de los decretos divinos, en lugar de decidir sobre este punto tan grande! El tema que estaré tratando hoy es muy grave, ha causado que incluso los pilares de la Iglesia tiemblen, ha llenado a los más grandes santos de terror y poblado los desiertos de anacoretas. El objetivo de esta instrucción es decidir si el número de cristianos que se salvan es mayor o menor al número de cristianos que son condenados, y espero que esto pueda producir en ustedes un temor saludable acerca de los juicios de Dios.
Hermanos, por el amor que tengo por ustedes, me gustaría ser capaz de asegurarles a cada uno de ustedes, con la perspectiva de la felicidad eterna diciendo: Es seguro que iras al paraíso, el mayor número de cristianos se salva, por lo que también tú te salvarás. Pero, ¿cómo puedo darles esta dulce garantía si se rebelan contra los decretos de Dios como si fueran sus peores enemigos? Veo en Dios un deseo sincero de salvarlos, pero encuentro en ustedes una inclinación decidida a ser condenados. Entonces, ¿qué voy a hacer hoy si hablo con claridad? Yo seré desagradable para ustedes. Pero si yo no hablo, voy a ser desagradable para Dios.
Por lo tanto, voy a dividir este tema en dos puntos. En el primero, para llenarlos de terror, voy a dejar que los teólogos y los Padres de la Iglesia decidan sobre esta cuestión y declaren que el mayor número de los cristianos adultos son condenados, y, en adoración silenciosa de este terrible misterio, voy a mantener mis sentimientos para mí mismo. En el segundo punto, trataré de defender la bondad de Dios contra los impíos, al demostrarles que los que son condenados están condenados por su propia malicia,  porque querían ser condenados.  Entonces, aquí hay dos verdades muy importantes. Si la primera verdad les asusta, no se pongan en contra mía, como si yo quisiera hacer el camino hacia el cielo más estrecho para ustedes,porque quiero ser neutral en este asunto, sino pónganse contra los teólogos y los Padres de la Iglesia, quienes grabarán esta verdad en sus corazones por la fuerza de la razón. Si ustedes están desilusionados por la segunda verdad, den gracias a Dios por esta, porque Él sólo quiere una cosa: que le den sus corazones totalmente a Él. Por último, si me obligan a decir claramente lo que pienso, lo voy a hacer para su consuelo.

La enseñanza de los Padres de la Iglesia:

No es vana curiosidad, pero una precaución saludable proclamar desde lo alto del púlpito ciertas verdades que sirven maravillosamente para contener las indolencias de los libertinos, que siempre están hablando de la misericordia de Dios y de lo fácil que es convertir, que viven sumidos en toda clase de pecados y se quedan profundamente dormidos en el camino al infierno. Para su desilusión y para despertarlos de su letargo, hoy vamos a examinar esta gran pregunta: ¿Es el número de cristianos que se salva mayor que el número de cristianos que se condena?
Almas piadosas, pueden irse; este sermón no es para ustedes. Su único objetivo es contener el orgullo de los libertinos que echan el santo temor de Dios fuera de su corazón y unen sus fuerzas con las del diablo que, según el sentimiento de Eusebio, condenan a las almas, asegurándolas. Para resolver esta duda, vamos a poner a los Padres de la Iglesia, tanto griegos como latinos, por un lado; por el otro, los teólogos más sabios e historiadores eruditos, y dejemos la Biblia en el centro para que todos la vean. Ahora, no escuchen lo que yo voy a decir - que ya he dicho que yo no quiero hablar por mí mismo o decidir sobre la materia -, sino escuchen lo que estas grandes mentes quieren decirles, ellos que son faros en la Iglesia de Dios para dar luz a los demás para que no se pierdan el camino al cielo. De esta manera, guiados por la triple luz de la fe, la autoridad y la razón, vamos a ser capaces de resolver este grave asunto con certeza.
Nótese que no se trata aquí de la raza humana en su conjunto, ni de todos los católicos sin distinción, pero sólo de los católicos adultos, que tienen libertad de elección y por tanto son capaces de cooperar en el gran asunto de su salvación. Primero vamos a consultar a los teólogos reconocidos para examinar las cosas con más cuidado y no exagerar en su enseñanza: vamos a escuchar a dos cardenales sabios, Cayetano y Belarmino. Ellos enseñan que el mayor número de adultos cristianos son condenados, y si yo tuviera el tiempo para señalar las razones en las que se basan, estarían convencidos de esto ustedes mismos. Pero me limitaré aquí a citar a Suárez. Después de consultar a todos los teólogos y de hacer un estudio diligente del asunto, él escribió, “El sentimiento más común que se tiene es que, entre los cristianos, hay más almas condenadas que almas predestinadas”.
Añadan la autoridad de los padres griegos y latinos a la de los teólogos, y ustedes encontrarán que casi todos dicen lo mismo. Este es el sentimiento de San Teodoro, San Basilio, san Efrén y san Juan Crisóstomo. Es más, según Baronio era una opinión común entre los padres griegos que esta verdad fue expresamente revelada a San Simeón Estilita y que este, después de esta revelación, para asegurar su salvación decidió vivir en lo alto de un pilar durante cuarenta años, expuesto a la intemperie, un modelo de penitencia y de santidad para todos. Ahora vamos a consultar a los Padres latinos. Ustedes escucharán a San Gregorio diciendo claramente: “Muchos alcanzan la fe, pero pocos hasta el reino celestial”. San Anselmo declara: “Hay pocos que se salvan”. San Agustín afirma aún más claramente: “Por lo tanto, pocos se salvan en comparación con aquellos que son condenados”. El más terrible, sin embargo, es San Jerónimo. Al final de su vida, en presencia de sus discípulos, dijo estas terribles palabras: “Fuera de cien mil personas cuyas vidas han sido siempre malas, se encuentra apenas una que es digna de indulgencia”.

Las palabras de la Sagrada Escritura:

Pero ¿por qué buscar las opiniones de los Padres y teólogos, cuando la Sagrada Escritura resuelve la cuestión con tanta claridad? Busquen en el Antiguo y Nuevo Testamento, y ustedes encontrarán una multitud de figuras, símbolos y palabras que señalan claramente esta verdad: muy pocos se salvan. En el tiempo de Noé, la raza humana entera quedó sumergida por el Diluvio, y sólo ocho personas fueron salvadas en el Arca. San Pedro dice: “Esta arca, es la figura de la Iglesia”, mientras que San Agustín, añade, “y las ocho personas que se salvaron significa que se salvan muy pocos cristianos, porque son muy pocos los que sinceramente renuncian al mundo, y los que renuncian al mundo sólo con palabras no pertenecen al misterio que representa esta arca”. La Biblia también nos dice que sólo dos hebreos de cada dos millones entraron en la Tierra Prometida después de salir de Egipto, y que sólo cuatro escaparon al fuego de Sodoma y de las otras ciudades que se incendiaron y perecieron con esta. Todo esto significa que el número de los condenados que serán arrojados al fuego como la paja es mucho mayor que la de los salvados, que el Padre celestial un día reunirá en sus graneros, como trigo precioso.
No acabaría si yo tuviera que señalar todas las figuras, por las que la Sagrada Escritura confirma esta verdad, vamos a contentarnos con escuchar el oráculo viviente de la Sabiduría encarnada. ¿Qué respondió nuestro Señor a aquel hombre curioso en el Evangelio que le preguntó: “Señor, ¿son pocos los que se salvan?” ¿Guardó silencio? ¿Respondió con dificultad? ¿Oculto su pensamiento por temor a asustar a la gente? No. Interrogado por uno solo, se dirige a todos los presentes. Y les dice: “¿Ustedes me preguntan si sólo unos pocos se salvan? He aquí mi respuesta: Esforzaos por entrar por la puerta angosta, porque muchos, os digo, tratarán de entrar y no podrán”. ¿Quién habla aquí? Es el Hijo de Dios, la Verdad Eterna, que en otra ocasión, dice aún más claro: “Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos”. Él no dice que llama a todos y que, de todos los hombres, pocos son los elegidos, pero que muchos son los llamados, lo que significa, como San Gregorio explica que, de todos los hombres, muchos son los llamados a la verdadera religión, pero pocos de ellos se salvan. Hermanos, estas son las palabras de Nuestro Señor Jesucristo. ¿Son claras? Son verdaderas. Díganme ahora si es posible que ustedes tengan fe en su corazón y no tiemblen.

La salvación en los diferentes Estados de Vida:

Pero, ¡Ah!, veo que al hablar de esta manera a todos en general, me salgo de mi punto. Así que vamos a aplicar esta verdad a varios estados, y ustedes comprenderán que deben tirar la razón, la experiencia y el sentido común de los fieles, o sino, confesar que el mayor número de católicos es condenado. ¿Hay algún estado en el mundo más favorable a la inocencia en la que la salvación parece más fácil y del cual la gente tiene una idea más elevada que la de los sacerdotes, los lugartenientes de Dios? A primera vista, quién no creería que la mayoría de ellos no sólo son buenos pero aún perfectos, sin embargo, estoy horrorizado cuando escucho a San Jerónimo declarar que aunque el mundo está lleno de sacerdotes, apenas uno de cada cien está viviendo en una manera conforme con su estado, cuando oigo a un siervo de Dios diciendo que ha aprendido por revelación que el número de sacerdotes que caen en el infierno cada día es tan grande que le parece imposible que quede alguno en la tierra, cuando oigo a San Juan Crisóstomo exclamando con lágrimas en los ojos, “no creo que se salvan muchos sacerdotes, yo creo lo contrario, que el número de los que son condenados es mayor”.
Mira aún más alto, y mira a los prelados de la Santa Iglesia, los pastores que tienen a cargo las almas. ¿Es el número de los que se salvan entre ellos mayor que el número de los que son condenados? Escuchen a Cantimpré; él les dirá un evento a ustedes, y ustedes podrán sacar las conclusiones. Hubo un sínodo que se celebró en París, y un gran número de obispos y pastores que tenían a cargo las almas estuvieron presentes: el rey y los príncipes también fueron a añadir lustre a esta asamblea con su presencia. Un famoso predicador fue invitado a predicar. Mientras estaba preparando su sermón, un horrible demonio se le apareció y le dijo: “Pon tus libros a un lado. Si quieres dar un sermón que será útil para los príncipes y prelados, alégrate con decirles esto de nuestra parte: Nosotros los príncipes de las tinieblas les agradecemos, príncipes, prelados y pastores de almas, que, debido a su negligencia, la mayor parte de los fieles son condenados, además, estamos guardando una recompensa para ustedes por este favor, cuando ustedes estén con nosotros en el infierno”.
¡Ay de vosotros que mandan a otros! Si tantos son condenados por vuestra culpa, ¿qué va a pasar con ustedes? Si pocos de los que son primeros en la Iglesia de Dios se salvan, que va a pasar con ustedes? Tomemos todos los estados, ambos sexos, todas las condiciones: maridos, esposas, viudas, mujeres jóvenes, hombres jóvenes, soldados, comerciantes, artesanos, pobres y ricos, nobles y plebeyos. ¿Qué podemos decir acerca de todas estas personas que están viviendo tan mal? El siguiente relato de San Vicente Ferrer les mostrará lo que ustedes pueden pensar de ello. Relata que un archidiácono en Lyon renunció a su cargo y se retiró a un lugar desierto para hacer penitencia, y que murió al mismo día y hora que San Bernardo. Después de su muerte, se apareció a su obispo y le dijo: “Sabe, Monseñor, en el mismo momento que morí, treinta y tres mil personas también murieron. De esta cifra, Bernardo y yo fuimos al cielo sin demora, tres se fueron al purgatorio, y todos los demás cayeron en el infierno”. Nuestras crónicas relatan un suceso aún más terrible. Uno de nuestros hermanos, bien conocido por su doctrina y santidad, estaba predicando en Alemania. Representó a la fealdad del pecado de impureza tan fuertemente que una mujer cayó muerta de tristeza en frente de todos. Entonces, volviendo a la vida, dijo, “Cuando me presente ante el Tribunal de Dios, sesenta mil personas llegaron al mismo tiempo de todas partes del mundo, de este número, tres fueron salvadas al ir al purgatorio, y el resto fueron condenadas”.
¡Oh abismo de los juicios de Dios! ¡Fuera de treinta mil, sólo cinco se salvaron! ¡Y fuera de sesenta mil, sólo tres se fueron al cielo! Ustedes pecadores que me están escuchando, ¿en qué categoría van a ser numerados?... ¿Qué dicen?... ¿Qué piensan?...
Veo a casi todos ustedes bajar la cabeza, llenos de asombro y horror. Pero vamos a poner nuestro estupor a un lado, y en lugar de halagarnos a nosotros mismos, vamos a tratar de sacar algún provecho de nuestro miedo. ¿No es cierto que hay dos caminos que conducen al cielo: la inocencia y el arrepentimiento? Ahora, si les muestro que muy pocos toman uno de estos dos caminos, como personas racionales llegaran a la conclusión de que muy pocos se salvan. Y para hablar de las pruebas: en qué edad, empleo o condición van a encontrar que el número de los malos no es cien veces mayor que el de los buenos, sobre los cuales se podría decir, “Los buenos son tan raros y los malvados son tan grande en número”. Se podría decir de nuestro tiempo lo que Salviano, dijo del suyo: es más fácil encontrar una innumerable multitud de pecadores, inmersos en toda clase de iniquidades que a unos pocos hombres inocentes. ¿Cuantos servidores son totalmente honestos y fieles en sus funciones? ¿Cuantos comerciantes son justos y equitativos en su comercio?, ¿cuantos artesanos exactos y veraces, cuantos vendedores desinteresados y sinceros? ¿Cuántos hombres de la ley no abandonan la equidad? ¿Cuántos soldados no pisan al inocente?, ¿cuántos maestros no retienen injustamente el salario de quienes les sirven, o no tratan de dominar a sus inferiores? En todas partes, los buenos son raros y los malos en gran número. ¿Quién no sabe que hoy en día hay tanto libertinaje entre los hombres maduros, libertad entre las jóvenes, vanidad en las mujeres, libertinaje en la nobleza, corrupción en la clase media, disolución en el pueblo, descaro entre los pobres?, que uno podría decir lo que David dijo de su época: “Todos por igual se han ido por mal camino... no hay ni siquiera uno que haga el bien, ni siquiera uno”.
Vayan a la calle y la plaza, al palacio y la casa, a la ciudad y al campo, al tribunal y al tribunal de la ley, e incluso al templo de Dios. ¿Dónde se encuentra la virtud? “¡Ay!” grita Salviano, “salvo por un número muy pequeño que huye del mal, ¿qué es la asamblea de los cristianos si no un sumidero de vicio?” Todo lo que podemos encontrar en todas partes es el egoísmo, la ambición, la gula y el lujo. ¿No está la mayor proporción de hombres contaminados por el vicio de la impureza, y no esta San Juan correcto al decir: “El mundo entero - si se puede decir así- se encuentra asentado en la maldad”. Yo no soy el que digo esto, la razón nos obliga a creer que de aquellos que viven tan mal, muy pocos se salvan.
Pero ustedes dirán: ¿Puede la penitencia reparar la pérdida de la inocencia? Eso es cierto, lo admito. Pero también sé que la penitencia es muy difícil en la práctica; hemos perdido la costumbre de manera tan completa, y es tan maltratada por los pecadores, que esto sólo debería ser suficiente para convencerlos de que muy pocos son salvados por este camino. ¡Oh, cuan empinada, estrecha y espinosa, horrible de ver y difícil de escalar que es! Dondequiera que miremos, vemos rastros de sangre y cosas que atraen tristes recuerdos. Muchos se debilitan a la vista de ella. Muchos pierden desde el principio. Muchos caen de cansancio en el medio, y muchos pierden miserablemente al final. ¡Y cuán pocos son los que perseveran en ella hasta la muerte! San Ambrosio dice que es más fácil encontrar hombres que han mantenido su inocencia que encontrar hombres que han hecho penitencia apropiada.
Si se considera el sacramento de la penitencia, ¡hay tantas confesiones distorsionadas, tantas excusas estudiadas, tantos arrepentimientos engañosos, tantas falsas promesas, tantas resoluciones inútiles, tantas absoluciones inválidas! ¿Se considera como válida la confesión de alguien que se acusa de pecados de impureza y todavía se aferra a la ocasión de ellos? ¿O alguien que se acusa de injusticias evidentes, sin la intención de hacer cualquier reparación que sea por ellas? O alguien que cae de nuevo en las mismas iniquidades después de ir a la confesión? ¡Oh, los horribles abusos de tan gran sacramento! Uno confiesa para evitar la excomunión, otro para hacer una reputación como penitente. Uno se libera de sus pecados para calmar sus remordimientos, otro los oculta por vergüenza. Uno los acusa imperfectamente por malicia, otro lo hace por costumbre. Uno no tiene el verdadero fin del sacramento en la mente, a otro le falta la pena necesaria, y a otro más firme propósito. Pobres confesores, ¿qué esfuerzos hacen para atraer al mayor número de penitentes a estas resoluciones y actos, sin que la confesión sea un sacrilegio, la absolución una condena y la penitencia una ilusión?
¿Dónde están ahora, los que creen que el número de los salvados entre los cristianos es mayor que la de los condenados y quienes, para autorizar su opinión, razonan de esta manera: la mayor parte de los adultos católicos mueren en sus camas, armados con los sacramentos de la Iglesia, entonces, la mayoría de los católicos adultos se salvan? ¡Ah, qué buen razonamiento! Ustedes deben decir exactamente lo contrario. La mayoría de los adultos católicos se confiesan mal en la muerte, por lo tanto la mayoría de ellos están condenados. Digo “en todo es más seguro”, porque, para una persona moribunda que no se ha confesado bien cuando se encontraba en buen estado de salud, será aún más difícil hacerlo cuando este en cama con el corazón pesado, una cabeza inestable, una mente confusa; cuando se opone en muchos aspectos aún por los seres vivos, y, sobre todo por los demonios que buscan todos los medios para echarlo al infierno. Ahora, si se añade a todos estos falsos penitentes todos los otros pecadores que mueren de forma inesperada en el pecado, debido a la ignorancia de los médicos o por culpa de sus familiares, que mueren por envenenamiento o al ser enterrados en los terremotos, o en un accidente cerebrovascular, o en una caída, o en el campo de batalla, en una pelea, en una trampa, alcanzado por un rayo, quemados o ahogados, ¿No sois obligados a concluir que la mayoría de adultos cristianos están condenados? Ese es el razonamiento de San Juan Crisóstomo. Este santo, dice que la mayoría de los cristianos están caminando en el camino al infierno a lo largo de su vida. ¿Por qué, entonces, están tan sorprendidos de que la mayor parte va al infierno? Para llegar a una puerta, ustedes deben tomar el camino que conduce allí. ¿Qué tienen que responder a esta poderosa razón?
La respuesta, ustedes me dirán, es que la misericordia de Dios es grande. Sí, para los que le temen, dice el profeta, pero grande es su justicia para los que no le temen, y condena a todos los pecadores obstinados.
Así que me dirán: Bueno, entonces, ¿para quién es el paraíso, si no es para los cristianos? Es para los cristianos, por supuesto, pero para aquellos que no deshonran a su carácter y que viven como cristianos. Además, si al número de adultos cristianos que mueren en gracia de Dios, se añade el de innumerables niños que mueren después del bautismo y antes de llegar a la edad de la razón, no se sorprenderán de que San Juan Apóstol, hablando de los que se salvan, diga, “vi una gran multitud que nadie podía contar”.
Y esto es lo que engaña a los que pretenden que el número de los salvados entre los católicos es mayor que el de los condenados ... Si a ese número, se añade el de los adultos que han mantenido el manto de la inocencia, o que después de haberse manchado, se han lavado en las lágrimas de la penitencia, es cierto que se salva un mayor número, y que explica las palabras de San Juan, “Yo vi una gran multitud”, y estas otras palabras de nuestro Señor, “muchos vendrán de oriente y de occidente, y harán fiesta con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos”, y las otras figuras que suelen citarse a favor de esa opinión. Pero si estamos hablando de los cristianos adultos, la experiencia, la razón, la autoridad, la propiedad y la Escritura están de acuerdo en aprobar que el mayor número sea condenado. No creas que por esto, el paraíso está vacío, por el contrario, es un reino muy poblado. Y si los condenados son “tan numerosos como la arena en el mar”, los salvados son “tan numerosos como las estrellas del cielo”, es decir, tanto el uno como el otro son innumerables, aunque en proporciones muy diferentes.
Un día San Juan Crisóstomo, predicando en la catedral de Constantinopla, y teniendo en cuenta estas proporciones, no podía dejar de temblar de horror y preguntar: “Fuera de este gran número de personas, ¿cuántos creen que van a ser salvos?” Y sin esperar una respuesta, añadió, “entre tantos miles de personas, no encontraríamos un centenar que se salvasen, e incluso dudo de los cien”. ¡Qué cosa tan horrible! El gran santo cree que de tantas personas, apenas cien se salvarían, y aun peor, no estaba seguro de esa cifra. ¿Qué les pasará a ustedes que me están escuchando? ¡Dios mío, no puedo pensar en esto sin estremecerme! Hermanos, el problema de la salvación es una cosa muy difícil, pues de acuerdo a las máximas de los teólogos, cuando un fin exige grandes esfuerzos, sólo unos pocos logran alcanzarlo.
Por eso, Santo Tomás, el Doctor Angelical, después de pesar todas las razones a favor y en contra, en su inmensa erudición, finalmente llegó a la conclusión de que el mayor número de católicos adultos son condenados. Él dice, “Debido a que la belleza eterna sobrepasa al estado natural, sobre todo porque ha sido privado de la gracia original, es un pequeño número el que se salva”.
Entonces, quítense las vendas de los ojos que los ciega con el amor propio, que les impide creer una verdad tan obvia dándoles ideas muy falsas sobre la justicia de Dios, “Padre Justo, el mundo no te ha conocido”, dijo Nuestro Señor Jesucristo. Él no dice “Padre Todopoderoso, bondadoso y misericordioso”. Dice “Padre Justo”, por lo que podemos entender que, de todos los atributos de Dios, ninguno es más conocido que su justicia, porque los hombres se niegan a creer lo que tienen miedo a sufrir. Por lo tanto, quítense las vendas que cubren sus ojos y digan entre lágrimas: ¡Ay! ¡El mayor número de católicos, el mayor número de personas que viven aquí, incluso los que están en esta Asamblea, se condenará! ¿Qué tema podría ser más merecedor de sus lágrimas?
El rey Jerjes, de pie sobre una colina, mirando a su ejército de cien mil soldados en la batalla, y considerando que de todos ellos no habría un solo hombre vivo en cien años, no pudo contener las lágrimas. ¿No tenemos más razón para llorar con el pensamiento de que, de tantos católicos, el mayor número será condenado? Acaso este pensamiento no hará a nuestros ojos derramar ríos de lágrimas, o al menos producir en nuestro corazón el sentimiento de compasión que sintió un hermano agustino, Ven. Marcello de Santo Domingo? Un día, mientras estaba meditando sobre el dolor eterno, el Señor le mostró cuántas almas se van al infierno en ese momento y le hizo ver un camino muy amplio en el que veintidós mil reprobados fueron corriendo hacia el abismo, que chocaban entre sí. El siervo de Dios se quedó estupefacto ante la vista y exclamó: “¡Oh, qué número! ¡Qué número! Y aún hay más en camino. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Qué locura!” Déjenme repetir con Jeremías: “¿Quién va a dar agua a mi cabeza, y una fuente de lágrimas a mis ojos? Y voy a llorar día y noche por los muertos de la hija de mi pueblo”.
¡Pobres almas! ¿Cómo se puede correr tan de prisa hacia el infierno? Por amor a la piedad paren y escúchenme un momento. O entienden lo que significa ser salvados y ser condenados por toda la eternidad, o no. Si ustedes entienden y, a pesar de eso, no deciden cambiar su vida hoy en día, hacer una buena confesión y pisotear al mundo, en una palabra, hacen todo esfuerzo para ser contados entre el número pequeño de los que se salvan, Yo digo que no tienen la fe. Ustedes son más excusables si no lo entienden, porque si no hay que decir que están dementes. Para ser salvados por toda la eternidad, para ser condenados por toda la eternidad, y no hacer sus máximos esfuerzos para evitar una, y asegurarse de la otra, es algo inconcebible.

La Bondad de Dios:

Tal vez ustedes todavía no creen en la terrible verdad que acabo de enseñar. Pero son la mayoría de los teólogos altamente considerados, los Padres más ilustres que han hablado a través de mí. Entonces, ¿cómo se pueden resistir a razones con el apoyo de tantos ejemplos y las palabras de la Escritura? Si ustedes aún no se deciden, a pesar de esto, y si sus mentes se inclinan a la opinión contraria, ¿esta consideración no basta para hacerlos temblar? Ah, ¡esto muestra que no les importa mucho su salvación! En esta importante cuestión, un hombre sensato es golpeado con más fuerza por la menor duda de que corre el riesgo, por la evidencia de la ruina total en asuntos en que el alma está implicada. Uno de nuestros hermanos, Giles de Asís, tenía la costumbre de decir que si un solo hombre iba a ser condenado, el haría todo lo posible para asegurarse de que no fuera ese hombre.
Entonces, ¿qué debemos hacer, nosotros los que sabemos que la mayor parte va a ser condenada, y no sólo de todos los católicos? ¿Qué debemos hacer? Tomar la resolución de pertenecer al pequeño número de los que se salvan. Alguno dirá: Si Cristo quería maldecirme, ¿por qué me ha creado? ¡Silencio, lengua precipitada! Dios no creó a nadie para condenarlo, pero el que está condenado, está condenado porque él quiere estarlo. Por lo tanto, voy a tratar de defender la bondad de mi Dios y de absolverla de toda culpa: que será el tema del segundo punto.
Antes de continuar, vamos a reunir a un lado todos los libros y todas las herejías de Lutero y Calvino, y en el otro lado los libros y las herejías de los pelagianos y semipelagianos, y vamos a quemarlos. Algunos destruyen la gracia, otros la libertad, y todos están llenos de errores, así que los echamos en el fuego. Todos los condenados tienen a su frente el oráculo del profeta Oseas, “Tu condena proviene de ti”, de modo que puedan entender que todo el que está condenado, está condenado por su propia malicia y porque quiere ser condenado.

Primero vamos a echar estas dos verdades innegables como base: “Dios quiere que todos los hombres se salven", "Todos se encuentran en necesidad de la gracia de Dios”. Ahora, si me muestran que Dios quiere salvar a todos los hombres, y que para ello le da a todos ellos su gracia y todos los demás medios necesarios para obtener este fin sublime, estarán obligados a aceptar que quien está condenado debe imputarlo a su propia malicia, y que si el mayor número de cristianos son condenados, es porque quiere serlo. “Tu maldición viene de ti, tu ayuda es sólo en mí”.
  
Dios quiere que todos los hombres se salven:

En un centenar de lugares en las Sagradas Escrituras, Dios nos dice que es realmente su deseo el de salvar a todos los hombres. “¿Es acaso mi voluntad que el pecador muera, y no que se convierta de sus caminos? ... Vivo yo, dice Jehová el Señor. Yo no deseo la muerte del pecador. Si se convierte vivirá”. Cuando alguien quiere algo mucho, dice que se está muriendo con el deseo, es una hipérbole. Pero Dios ha querido y aún quiere nuestra salvación, tanto, que murió de deseo, y sufrió la muerte para darnos vida. Esta voluntad de salvar a los hombres tanto, no es una voluntad superficial y aparente en Dios, es una voluntad real, efectiva, y beneficiosa, porque Él nos da todos los medios más adecuados a nosotros para ser salvos. No nos los da a nosotros para que no la consigamos, nos los da con una voluntad sincera, con la intención de que podamos obtener su efecto. Y si no lo obtenemos, se muestra afligido y ofendido por ello. Manda aún a los condenados a seguirla, a fin de ser salvados; Les exhorta a esta, les obliga a esta, y si no la hacen, pecan. Por tanto, puedan hacerla y así ser salvados.
Es más, porque Dios ve que ni siquiera podemos hacer uso de su gracia, sin su ayuda, Él nos da otras ayudas, y si a veces son ineficaces, es nuestra culpa, porque con estas mismas ayudas, se puede abusar de ellas y ser condenados con ellas, más otro con ellas puede hacer el bien y ser salvo; incluso podríamos salvarnos con las ayudas de menor potencia. Sí, puede suceder que abusen de una mayor gracia y sean condenados, mientras que otro coopera con una gracia menor y se salva.
San Agustín exclama: “Por tanto, si alguien se aparta de la justicia, este es llevado por su libre voluntad, encabezada por su concupiscencia, y engañado por su propia convicción”. Pero para aquellos que no entienden teología, esto es lo que les tengo que decir: Dios es tan bueno que cuando ve a un pecador corriendo a su ruina, corre detrás de él, le llama, le suplica y lo acompaña hasta las puertas del infierno, ¿qué no hará para convertirlo? Le envía buenas inspiraciones y pensamientos santos, y en caso de que no saque provecho de ellos, Él se enoja y se indigna, Él lo persigue. ¿Le golpeará? No. Él golpea el aire y lo perdona. Pero el pecador no se convierte todavía. Dios le envía una enfermedad mortal. Sin duda, es todo para él. No, hermanos, Dios lo cura, el pecador se obstina en el mal, y Dios en su misericordia, busca otro camino, Él le da un año más, y cuando este año pasa, es más, le concede otro.
Pero si el pecador todavía quiere arrojarse al infierno a pesar de todo esto, ¿qué hace Dios? ¿Le abandona? No. Él lo toma de la mano, y mientras que él tiene un pie en el infierno y el otro fuera, Él le predica y le implora que no abuse de sus gracias. Ahora les pregunto, si ese hombre es condenado, ¿no es cierto que es condenado en contra de la voluntad de Dios y porque quiere ser condenado? Ahora ven y pregúntame: Si Dios hubiera querido condenarme, ¿por qué me ha creado?
Pecador ingrato, aprende hoy de que si eres condenado, no es Dios quien tiene la culpa, sino eres tú y tu propia voluntad. Para que te convenzas tú mismo, baja hasta las profundidades del abismo, y os traeré una de esas miserables almas condenadas ardiendo en el infierno, para que estas te expliquen esta verdad. Aquí está una ahora: “Dime, ¿quién eres?” “Soy un pobre idólatra, nacido en una tierra desconocida, nunca oí hablar del cielo o del infierno, ni de lo que estoy sufriendo ahora”. ¡Pobre miserable! Vete, no eres al que estoy buscando”. Otro está viniendo; ahí está. “¿Quién eres?” “Soy un cismático de los extremos de Tartaria, siempre he vivido en un estado incivilizado, casi sin saber que hay un Dios”. “Usted no es al que quiero, regresa al infierno”. Aquí está otro. “¿Y tú quién eres?” “Soy un pobre hereje del Norte. Nací bajo el Polo y nunca vi ni la luz del sol ni la luz de la fe”. “No eres al que yo estoy buscando, regresa al infierno”. Hermanos, mi corazón se rompe al ver a estos desgraciados que ni siquiera sabían de la verdadera fe entre los condenados. Aun así, sabemos que la sentencia de condena fue pronunciada contra ellos y se les dijo, “tu condena proviene de ti”. Fueron condenados porque querían serlo. ¡Recibieron tantas ayudas de Dios para ser salvados! No sabemos lo que eran, pero ellos saben bien, y ahora gritan “¡Oh Señor!, tú eres justo... y tus juicios son equitativos”.
Hermanos, ustedes deben saber que la creencia más antigua es la Ley de Dios, y que todos llevamos escrita en nuestros corazones, que se pueden aprender sin maestro, y que basta con tener la luz de la razón para conocer todos los preceptos de esta ley. Por eso, incluso los bárbaros se escondieron al momento de cometer el pecado, porque sabían que estaban haciendo mal, y que son condenados por no haber observado la ley natural escrita en sus corazones, porque si la hubieran observado, Dios habría hecho un milagro en lugar de dejarlos que sean condenados, Él les hubiera enviado a alguien para que les enseñe y les hubiera dado otras ayudas, de las que se hicieron indignos por no vivir en conformidad con las inspiraciones de su propia conciencia, que nunca dejó de advertirles del bien que deben hacer y el mal que deben evitar. Así que es su conciencia, que los acusó en el Tribunal de Dios, y les dice constantemente en el infierno, “Tu condena proviene de ti”. Ellos no saben qué responder y se ven obligados a confesar que son merecedores de su destino. Ahora bien, si estos infieles no tienen excusa, ¿Habrá alguna para un católico que tenía tantos sacramentos, tantos sermones, tanta ayudas a su disposición? ¿Cómo se atreve a decir?: “Si Dios iba a condenarme, ¿por qué me ha creado”? ¿Cómo se atrevería a hablar de esta manera, cuando Dios le da tantas ayudas para ser salvo? Así que vamos a terminar frustrándole.
Ustedes, que están sufriendo en el abismo, ¡contéstenme! ¿Hay católicos entre ustedes? “¡Por cierto que hay!” ¿Cuántos? ¡Que uno de ellos venga aquí! “Eso es imposible, están demasiado abajo, y para poder hacer que ellos vengan aquí tendríamos que poner todo el infierno de cabeza, sería más fácil detener a uno de ellos que este cayendo adentro”. Así pues, me dirijo a ustedes que viven en el hábito de pecado mortal, en el odio, en el fango del vicio de la impureza, y que se acercan al infierno cada día. Para, y da la vuelta, es Jesús el que te llama y que, con sus heridas, así como con tantas voces elocuentes, te grita a ti, “Hijo mío, si eres condenado, sólo te puedes culpar a ti mismo: “Tu condenación proviene de ti”. Alzad vuestros ojos y ved todas las gracias con las que te he enriquecido para asegurar tu salvación eterna. Te podría haber hecho nacer en un bosque en Babaria, que es lo que hice con muchos otros, pero yo te hice nacer en la Iglesia Católica, te puse un padre tan bueno, una madre excelente, con las más puras instrucciones y enseñanzas. Si eres condenado a pesar de esto, ¿quién tiene la culpa? Tu propia culpa es, Hijo mío, tu propia culpa: Tu condenación proviene de ti”.
“Yo te podía haber echado en el infierno después del primer pecado mortal que cometiste, sin esperar al segundo: lo hice a tantos otros, pero fui paciente contigo, te esperé durante muchos largos años. Todavía estoy esperando de ti hoy en la penitencia. Si eres condenado, a pesar de todo eso, ¿de quién es la culpa? Tu culpa es, Hijo mío, tu propia culpa: Tu condena proviene de ti. Tú sabes cuántos han muerto ante tus propios ojos y son condenados, esta era una advertencia para ti. Tú sabes cuantos otros he puesto por el buen camino para darte un ejemplo. ¿Recuerdas lo que ese excelente confesor te dijo? yo soy el que hice que lo dijera. ¿No te ordeno cambiar tu vida, para hacer una buena confesión? yo soy el que le inspiró. ¿Recuerdas aquel sermón que tocó tu corazón? yo soy el que te llevó allí. Y lo que pasó entre tú y yo en el secreto de tu corazón,... que nunca puedes olvidar”.
“Esas inspiraciones interiores, ese conocimiento claro, ese constante remordimiento de conciencia, ¿te atreves a negarlos? Todas estas fueron tantas ayudas de mi gracia, porque quería salvarte. Me negué a dárselas a muchos otros, y te las di a ti porque te amaba tiernamente. Hijo mío, hijo mío, si yo les hubiera hablado con tanta ternura como me dirijo a ti hoy, ¿cuántas otras almas hubieran vuelto al camino correcto? Y tú... Me das la espalda. Escucha lo que te voy a decir, y estas son mis últimas palabras: Tú me has costado mi sangre, si deseas ser condenado a pesar de la sangre que derrame por ti, no me culpes, sólo a ti mismo puedes acusar, y por toda la eternidad, no olvides que si eres condenado, a pesar de mí, eres condenado porque quieres ser condenado: Tu condena proviene de ti”.
Oh, mi buen Jesús, las piedras mismas se partirían al oír palabras tan dulces, expresiones tan tiernas. ¿Hay alguien aquí que quiere ser condenado, con tantas gracias y ayudas? Si hay una, dejen que me escuche, y que se resista si puede.
Baronio relata que después de la apostasía infame de Juliano el Apóstata, este concibió un odio tan grande contra el Santo Bautismo que día y noche, buscó una manera en la que podría borrar el suyo. Para tal fin preparo un baño de sangre de cabra y se colocó en él, queriendo que esta sangre impura de una víctima consagrada a Venus pueda borrar el carácter sagrado del bautismo de su alma. Tal comportamiento te parecerá abominable, pero si el plan de Juliano hubiera sido capaz de tener éxito, lo cierto es que estaría sufriendo mucho menos en el infierno.
Pecadores, el consejo que les quiero dar, sin duda, parecerá extraño, pero si ustedes lo entienden bien, es, por el contrario, inspirado por la tierna compasión hacia ustedes. Les suplico de rodillas, con la sangre de Cristo y el Corazón de María, que cambien sus vidas, vuelvan al camino que conduce al cielo, y hagan todo lo posible por pertenecer al pequeño número de los que son salvados. Si, en lugar de ello, desean continuar caminando en la carretera que conduce al infierno, al menos, encuentren una manera de borrar su bautismo. ¡Ay de ti si tomas el Santo Nombre de Jesucristo y el carácter sagrado de los cristianos grabado en tu alma al infierno! Tu castigo será aún mayor. Así que lo que yo aconsejo que hagas: si no deseas convertirte, ve hoy mismo y pregúntale a tu pastor para borrar tu nombre del registro bautismal, de modo que no quede ningún recuerdo de que hallas sido alguna vez un cristiano; implora a tu ángel de la guarda para que te borre de su libro de gracias las inspiraciones y las ayudas que te ha dado por orden de Dios, porque ¡ay de ustedes si las recuerda! Dígale a Nuestro Señor que tome de regreso su fe, su bautismo, sus sacramentos.
¿Estás horrorizado al pensar así? Pues bien, échate a los pies de Jesucristo, y dile, con lágrimas en los ojos y el corazón contrito: “Señor, confieso que hasta ahora no he vivido como cristiano. No soy digno de ser contado entre tus elegidos. Reconozco que merezco ser condenado, pero tu misericordia es grande y lleno de confianza en tu gracia, te digo que quiero salvar mi alma, aunque tenga que sacrificar mi fortuna, mi honor, y hasta mi vida, con tal que sea salvado. Si he sido infiel hasta ahora, me arrepiento, deploro, detesto mi infidelidad, te pido humildemente que me perdones por ello. Perdóname, buen Jesús, y también fortaléceme, para que pueda ser salvado. Te pido no la riqueza, ni el honor ni la prosperidad, te pido una sola cosa, que salves mi alma”.
Y tú, ¡oh Jesús! ¿Qué dices? ¡Oh buen Pastor, mira a la oveja descarriada que vuelve a ti; abraza a este pecador arrepentido, bendice sus suspiros y lágrimas, o más bien bendice a estas personas que están tan dispuestas y que no quieren nada más que su salvación. Hermanos, a los pies de Nuestro Señor, vamos a protestar porque queremos salvar nuestra alma, cueste lo que cueste. Pongámonos todos a decirle con los ojos llenos de lágrimas, “Buen Jesús, yo quiero salvar mi alma”, ¡Oh, benditas lágrimas, benditos suspiros!

Conclusión: 

Hermanos, quiero despedirlos a todos ustedes consolados hoy. Así que si preguntan mi sentimiento sobre el número de los que se salvan, aquí está: si hay muchos o pocos los que se salvan, digo que todo aquel que quiere ser salvo, será salvo, y que nadie puede ser condenado si no quiere serlo. Y si bien es cierto que pocos se salvan, es porque hay pocos que viven bien. Por lo demás, comparen estas dos opiniones: la primera afirma que son condenados el mayor número de católicos, la segunda, por el contrario, pretende que se salvan el mayor número de católicos. Imagina a un ángel enviado por Dios para confirmar la primera opinión, viene a decir que no sólo son la mayoría de los católicos condenados, pero que de esta reunión de todo estos aquí presentes, uno solo será salvo. Si obedeces los mandamientos de Dios, si detestas la corrupción de este mundo, si abrazas la cruz de Jesucristo en un espíritu de penitencia, serás ese uno que se salvará.
Ahora imagínate al mismo ángel que regrese a ti confirmando la segunda opinión. Él te dice que no sólo son la mayor parte de los católicos salvados, pero que de todos en esta reunión, uno solo va a ser condenado y todos los demás salvados. Si después de esto, continúas con tus usuras, tus venganzas, tus acciones criminales, tus impurezas, entonces serás ese uno que será condenado.
¿Cuál es el uso de saber si muchos o pocos se salvan? San Pedro nos dice: “Esfuérzate por las buenas obras para hacer tu elección segura”. Cuando la hermana de Santo Tomás de Aquino le preguntó qué debía hacer para ir al cielo, este dijo: “serás salva si deseas serlo”. Yo les digo lo mismo a ustedes, y aquí está la prueba de mi declaración. Nadie es condenado si no comete pecado mortal, que es de la fe. Y nadie comete un pecado mortal, a menos que quiera: que es una proposición teológica innegable. Por lo tanto, nadie va al infierno a menos que quiera, y la consecuencia es obvia. ¿Acaso eso no es suficiente para consolarlos a ustedes? Lloren por los pecados del pasado, hagan una buena confesión, no pequen más en el futuro, y todos serán salvos. ¿Por qué te atormentes así? Porque es cierto que hay que cometer pecado mortal para ir al infierno, y que para cometer pecado mortal debes querer hacerlo, y como consecuencia, nadie va al infierno a menos que quiera. Esto no es sólo una opinión, es una verdad innegable y muy reconfortante, Dios os haga entender, y que Dios los bendiga. Amén.
En las primeras normas sobre el discernimiento de espíritus, San Ignacio pone de manifiesto que es típico del espíritu del mal tranquilizar a los pecadores. Por lo tanto, debemos predicar constantemente y dar lugar a la confianza y a la esperanza en el perdón infinito del Señor y de su misericordia, para que la conversión sea fácil y su gracia, omnipotente. Pero también debemos recordar que “Dios no puede ser burlado”, y que alguien que vive habitualmente en el estado de pecado mortal está en el camino a la condenación eterna.
Hay milagros de último minuto, pero a menos que sostengamos que los milagros son la generalidad de las cosas, estamos obligados a aceptar que para la mayoría de las personas que viven en el estado de pecado mortal, condenación final es la posibilidad más probable.
La doctrina de San Leonardo de Puerto Mauricio ha salvado y salvará innumerables almas hasta el fin del tiempo. Esto es lo que dice la Iglesia en la oración del Oficio Divino, Lección Sexta, hablando de la elocuencia celestial San Leonardo: Al oírle, hasta los corazones de hierro y bronce fueron fuertemente inclinados a la penitencia, con motivo de la sorprendente eficacia de la predicación y celo ardiente del predicador. Y en la oración litúrgica pedimos al Señor, “danos el poder para doblar el corazón de los pecadores endurecidos por las obras de la predicación.”

Este sermón de San Leonardo de Porto-Maurizio se predicó durante el reinado del Papa Benedicto XIV, que tanto amó al gran misionero.