“Como escribe Jerónimo, por las palabras proferidas confusamente, se viene a parar en la herejía. Por lo que con los herejes no debemos tener en común ni siquiera las palabras, para que no dé la impresión de que favorecemos su error.”
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viernes, 30 de enero de 2015
De las palabras confusas.
jueves, 27 de noviembre de 2014
Documentos: Positio canonica de Isabel la Católica.
Un amigo lector de nuestro Blog
nos pasa un interesante archivo para que difundamos. Se trata de la Positio canonica
de Isabel la Católica que es un resumen de todos los documentos que se
estudiaron sobre la sierva de Dios para el proceso de su canonización,
lamentablemente fue interrumpido debido a sus claras posturas que hoy son diametralmente opuestos a la corrección política y al espíritu del mundo moderno.
El archivo en PDF se puede
descargar desde aquí:
miércoles, 12 de marzo de 2014
Del número de los pecados.
Non tentabis
Dominum Deum
No tentarás al Señor
tu Dios.
(Matth. VI,
7)
En el
Evangelio de hoy leemos, que habiendo ido Jesucristo al desierto, permitió que
el demonio le llevase sobre el pináculo o cimborio del Templo, y allí
le dijo: «Si eres el Hijo de Dios, échate de aquí abajo» Si
filius Dei es, mitte te deorsum; añadiéndole, que los ángeles le tomarían en
las palmas de sus manos para que no se hiciese daño. Pero el Señor le
respondió: Está escrito en la santa Escritura: «No tentarás al Señor tu
Dios». Non tentabis Dominum Deum tuum. El pecador que se abandona al
pecado sin querer resistir a las tentaciones, o al menos, sin querer
encomendarse a Dios para que le de el auxilio necesario para resistirlas,
esperando que el Señor le librará algún día de aquel precipicio, tienta a Dios
para que haga milagros, o para que use con él de una misericordia
extraordinaria fuera del orden de las cosas. Dios quiere que todos los hombres
se salven, cómo dice el Apóstol: Omnes homines vult salvos fieri, (I. Tim.
II, 4); pero quiere también, que nos valgamos de las medidas necesarias para
salir de la esclavitud del enemigo, y que obedezcamos a Dios cuando nos llama a
penitencia. Los pecadores oyen a Dios cuando los llama; pero se olvidan de Él
bien presto, y perseveran en sus pecados, aunque Dios no lo olvida. Porque
cuenta lo mismo las gracias que nos dispensa, que los pecados que nosotros
cometemos; y cuando llega el tiempo prefijado por Él, priva de sus gracias y
nos castiga. Esto es lo que quiero demostrar hoy en el presente discurso, a
saber: que llegando los pecados a cierto número, Dios castiga y no perdona ya.
Prestadme atención.
1. Dicen muchos santos
Padres, San Basilio, San Jerónimo, San Ambrosio, San Juan
Crisóstomo,San Agustín y otros que así como Dios tiene determinado el
número de de los días de la vida, los grados de sanidad o de talento que quiere
dar a cada hombre, según dice la Escritura: Omnia in mesura et numero,
et pondere disposuisti (Sap. XI, 21), así también tiene
determinado el número de pecados que quiere perdonar a cada uno, cumplido el
cual, ya no perdona. San Agustínañade: «Conviene que meditemos
que, Dios tolera a cada uno hasta que, llenada la medida, no le queda lugar de
perdón». Illud sentire nos convenit tamdiu unumquemque a Dei patientia
sustineri, quo consumato, nullam illi veniam reservari. (De vita
Christi cap. 3). Lo mismo escribe Eusebio de Cesárea: Deus
expetat usque ad certum numerum, et postea deserit: «Dios espera hasta
que llenemos cierto número, y después nos abandona. (Lib. VIII, cap.
2) . Y lo mismo afirman los Padres arriba mencionados.
2. Missit me Domine, ut mederer contritis corde. Dios
está pronto a sanar a los que tienen voluntad de enmendar su vida; no puede,
empero, compadecerse de los que viven obstinados en el pecado. Perdona los
pecados, más no puede perdonar el propósito de pecar. Nosotros no podemos
reconvenir a Dios, porque perdona cien pecados a uno, y quita la vida y condena
al Infierno a otro al tercero o cuarto pecado que comete. Acerca de esto es
necesario adorar los juicios divinos, y exclamar con el Apóstol: «¡Oh
profundidad de los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios; cuan
incomprensibles son tus juicios!» (Rom. XI, 33). El que es
perdonado, -dice San Agustín-, lo es por la sola misericordia de
Dios; y el que es castigado, lo es por la justicia. ¡A cuántos ha enviado Dios
al Infierno por el primer pecado que cometieron! San Gregorio escribe,
que un niño de cinco años, que tenía ya uso de razón, fue llevado a los
Infiernos por los demonios, por haber dicho una blasfemia. A Benita de
Florencia, gran sierva de Dios, reveló la Virgen María, que un
muchacho de doce años se condenó por el primer pecado que cometió. Pero diréis
vosotros: Yo soy joven, y hay muchachos que tienen más pecados que yo. ¿Y que
se infiere de eso? ¿Está Dios obligado a esperarte si pecas, porque eres
joven? En el Evangelio de San Mateo leemos, que la primera vez
que nuestro divino Salvador halló una higuera que no daba fruto, la
maldijo diciendo: Numquam ex te nascatur fructus, y se secó.
Es preciso temer, pues, de cometer un pecado mortal, y mucho más cuando es el
primero que se comete.
3. Dios dice: Del pecado
perdonado no quieras estar sin temor; ni añadas pecados a pecados: De
propitiato peccato noli esse sine metu, neque adjicias peccatum super peccatum.
(Eccl. V, 5). No digas, pues, pecador, así como Dios me perdonó los otros
pecados, así también me perdonará éste si lo cometo. No lo digas; porque si tu
añades un pecado nuevo al pecado que ya se te perdonó, debes temer que éste se
una al primero, y que de este modo se complete el número y seas abandonado por
Dios. Oye como lo explica más claramente la Escritura en otro lugar:Dominus
patienter expectat, ut eas cum judicii dies advenerit, in plenitudine
peccatorum puniat: «El Señor sufre ahora con paciencia para
castigar a las naciones el día del juicio, colmada que sea la medida de sus
pecados». (II, Mach. VI, 4) Dios, pues, espera con paciencia
hasta el número prefijado; cuando empero se ha llenado el número, ya no espera
más y castiga. Los pecadores amontonan pecados sobre pecados sin contar el
número de ellos: sin embargo, ya los cuenta Dios para castigarlos cuando se ha
llenado el número.
4. De estos ejemplos
hay muchos en la divina Escritura. Hablando el Señor de los Hebreos dice: «Me
han tentado ya por diez veces» Ya veis como cuenta los pecados. «No
verán la tierra». Veis pues, como castiga cuando se ha llenado el
número: Tentaverunt me per decem vices, non videbunt terram. (Num.
XIV, 22 y 23). Hablando de los Amorreos, dice en otro lugar: que difería su
castigo, porque no habían llenado todavía la medida del número de sus maldades.Necdum
enim completae sunt iniquitates Amorrheorum. (Gen. XV, 16). En
otro lugar tenemos el ejemplo de Saúl, que habiendo
desobedecido a Dios dos veces, fue abandonado por Él: de manera, que suplicando
a Samuel que intercediese con el Señor, para que le obtuviese
el perdón de su pecado: Porta quaeso peccatum meum, et revertere mecum,
ut adorem Deum (I. Reg XV, 25): Samuel,
que sabía que estaba abandonado por el Señor, le respondió: Non
revertar tecum, quia abjecisti sermonem Domini, et projecit te Dominus: «No
hará tal, porque tu has desechado las palabras del señor, y el Señor te ha
desechado a ti» (I. Reg. XV, 26). También está el ejmplo de
Baltasar, que profanó los vasos del templo comiendo con sus mujeres, y vió
aquella mano prodigiosa que escribió en la pared: Mane, Thecel, Phares.
Vino Daniel, y habiéndole suplicado que explicara el contenido de
estas palabras, dijo al rey, explicando la palabra Thecel: «Has
sido pesado en la balanza, y has sido hallado falso»: Appensus es in
statera, et inventus es minus habens (Dan. V, 7). Dándole con
esta explicación a entender, que el peso de sus pecados había inclinado la
balanza de la justicia divina; y con efecto, Baltasar, rey de los Caldeos, fue
muerto aquella misma noche. ¿A cuántos desgraciados sucede lo mismo? Ellos
siguen ofendiendo a Dios; más, cuando sus pecados llegan al número determinado,
los asalta la muerte, y los merge en el Infierno: «Pasan en delicia los días de
su vida, y en un momento bajan al sepulcro»: Ducunt in bonis dies suos,
et in puncto ad inferna descendunt. (Job. XXI, 13). Temed,
hermanos míos, no os mande Dios al Infierno, si cometéis un pecado mortal más.
5. Si Dios castigara
inmediatamente que el hombre le ofende, no se vería tan despreciado como se ve.
Y porque no lo hace así, movido de su misericordia nos espera, y retarda el
castigo, se llenan los pecadores de orgullo y siguen ofendiéndole. Los hijos de
los hombres, dice el Eclesiastés, viendo que no se pronuncia luego la sentencia
de los malos, cometen la maldad sin temor alguno. Debemos empero persuadirnos,
que Dios espera y sufre; más no espera y sufre siempre. Siguiendo Sansón
tratando con Dálila, esperaba librarse de las asechanzas de los Filisteos, como
lo había hecho otras veces; pero esta vez fue preso por ellos y le quitaron la
vida.No digas, -advierte el Señor- «yo pequé»; ¿y
que mal me ha venido por eso? Porque el Altísimo, aunque paciente y
sufrido da el pago merecido. Ne dixeris, peccavi, et quid accidit mihi triste>? Altissimus enim
est patiens redditor. (Eccl. V,
4). Dios tiene paciencia hasta cierto término, pasado el cual, castiga los
mayores pecados y los últimos; y cuanto mayor haya sido
la paciencia de Dios, tanto mayor será su castigo.
6. Por eso dice el Crisóstomo,
que más debemos temer a Dios cuando tolera, que cuando castiga inmediatamente.
Y ¿porque? Porque como dice San Gregorio, aquellos con quienes Dios
usa de más misericordia, son castigados con mucho mayor rigor si abusan de
ella. Quos diutius expectat (Deus) durius damnat. Y añade el
Santo: que estos tales frecuentemente son castigados por Dios con una muerte
repentina, y no tienen tiempo de arrepentirse: Sæpe quidiu tolerati
sunt, subila morte rapiuntur ut nec flere ante mortem, liecat. Y
cuanto mayor es la luz que el Señor comunica a algunos para que se enmienden,
tanto mayor es su obcecación y pertinacia en el pecado. San Pedro,
en su Epístola segunda, escribió: Mejor les fuera a los pecadores no haber
conocido el camino de la justicia, que no después de conocido volver atrás:Melius
enim erat illi non cognoscere viam justiciae quam post agnitionem retrorsum
converti.(II. Cetr. II, 21) ¡Ay de aquellos pecadores, que
tornan al vómito después de haber visto la luz! porque, dice San Pablo,
es moralmente imposible, que sean renovados por la penitencia:Impossible est
enim eos, qui semel illuminati sunt, gustaveunt etiam donum cæleste… et
prolapsi sunt, rursus renovarri ad pænitentiam (Hebr. VI,
4 y 6).
7. Oye, pues, oh pecador,
lo que te dice Dios: Fili, peccasti? non adjicias iterum; sed et de
pristinis deprecare ut tibi dimittantur. Hijo, ¿has pecado? pues no vuelvas
a pecar. Antes bien haz oración por las culpas pasadas, a fin de que te sean
perdonadas. (Eccl. XXI, 1). De otra suerte puede muy bien suceder, que
si cometes otro pecado mortal, se cierre para ti la para ti la puerta de las
divinas misericordias, y quedes perdido para siempre. Así, hermanos míos,
cuando el enemigo os tiente, incitándoos a cometer otro pecado, decid en
vuestro interior: Y si Dios no me perdonase más, ¿cuál sería mi suerte por toda
la eternidad? Pero si el demonio os dice: No temáis, Dios es misericordioso;
respondedle al instante: ¿Y que seguridad tengo yo de que Dios usará de
misericordia conmigo y me perdonará, si vuelvo a pecar? Oid la amenaza que hace
el Señor a los que desprecian sus divinos consejos: Quia vocavi et
renuistis… ego quoque in interitu vestro ridedo et subsannabo vos: «Ya
que estuve yo llamando, y vosotros no me respondisteis… Yo también miraré con
risa vuestra perdición, y me mofaré de vosotros». (Prov. 1, XXIV y
XXVI). Observad estas dos palabras: «Yo también»; esto es, que asi como
vosotros os habéis burlado de Dios, confesando vuestros pecados, prometiendo la
enmienda, y volviendo a pecar de nuevo, así Dios se burlará de vosotros a la
hora de la muerte.El Señor no sufre que nadie se burle de Él: Deus
non irridetur (Gal. VI, 7). Y el Sabio dice: que como el perro
que vuelve a lo que ha vomitado, así obra el imprudente que recae en su
necedad: Sicut canis, qui rivertitur ad vomitam suum, sic imprudens qui
iterat stultitam suam(Prov. XXVI, 11). Dionisio
Cartusiano explica muy bien este texto, diciendo: que así como
es abominable y repugnante es el perro que come lo inmundo que acaba
de vomitar, del mismo modo es abominable a los ojos de Dios, el pecador que
reincide en las mismas culpas que detestara al tiempo de confesarlas: Sicut
id, quot per vomitum est rejectum, resumere est valde abominabile ac turpe, sic
peccata deleta reiterari.
8. Pero, ¡cosa admirable!
Si compráis una casa tomáis todas las precauciones necesarias para asegurar su
posesión, y no perder el dinero que os costó: si tomáis una medicina, procuráis
aseguraros de que ella no os haga daño: si pasáis un rio, procuráis no caer
dentro de él: y por una satisfacción momentánea, por un desahogo de venganza,
por un placer bestial, que termina al punto que empieza, arriesgáis la
salvación eterna, diciendo “después lo confesaré”. Y cuando lo confesaréis, os
pregunto yo? Mañana, me responderéis. ¿Y quién os asegura que llegaréis a
mañana, y que no os quitará la vida mientras estáis pecando, como ha sucedido a
tantos? ¿Os creéis seguros un día -dice San Agustín-, cuando no lo estáis de
vivir una hora? ¿Cómo dices, pues, mañana me confesaré? Oye lo que dice San
Gregorio: «El que prometió perdón al penitente, no prometió el día de
mañana al pecador». (Homil. 12, in Evang.) Dios ha prometido el
perdón al que se arrepiente; pero no ha prometido esperar hasta mañana al que
le ofende. Quizá el Señor os concederá tiempo de penitencia, y quizá os lo
negará. Pero si os lo niega, ¿cuál será la suerte de vuestra alma? Entre tanto
os ponéis os ponéis en peligro de perderla por un vil gusto, y de condenaros
para siempre.
9. ¿Te expondrías tú,
hermano mío, a perder por un gusto del momento, dinero, casa, poder y libertad?
No. Pues ¿cómo te expones a perder el alma, el Paraíso y a Dios, por un
instantáneo placer? Dime; crees que es verdad de fe, que hay Gloria, Infierno y
Eternidad? ¿Crees que te condenarás para siempre, si te sorprende la muerte
estando en pecado mortal? ¿Y no es una temeridad, no es una locura propia de un
necio, querer condenarse a una eternidad de penas, diciendo: “Espero
enmendarme después”. San Agustín dice: Nemo sub
spe salutis vult ægrotare; «ninguno quiere enfermar con la
esperanza que después recobrará la salud». No hay necio que trague un
veneno, y diga: después tomaré el contraveneno y me curaré. ¿Cómo, pues,
quieres tú condenarte al Infierno, con la esperanza que te librarás después de
él. ¡Oh necedad, que ha llevado y lleva tantas almas al Infierno! Según
la amenaza de Dios que dice: Tú te has tenido por seguro en tu malicia… caerá
sobre ti la desgracia, y no sabrás de donde nace (Isa. XLVII, 10 y 11). Has
pecado, confiando temerariamente en la divina misericordia, tu verás presto el
castigo, sin acertar de donde viene. ¿Qué dices ahora pecador? ¿Qué terminas hacer?
Si este discurso no te mueve a hacer una firme resolución a Dios, tu eres ya
condenado para siempre sin remedio. Tu frialdad acerca de tu salvación y tu
apego al pecado, me hacen creer que Dios ha comenzado a abandonarte, según
aquellas palabras de la Escritura: Quia tepidus es, incipiam te evomere (Apoc.
III, 16) «Por cuanto eres tibio, estoy para vomitarte»; como si dijera:
comenzaré a desahuciarte y abandonarte a tí mismo: no te daré los auxilios
espirituales que necesitas para salir de este triste estado en que te hallas,
porque has ya llenado la medida de los pecados que yo me había propuesto a
perdonarte.
San Alfonso María de Ligorio, visto
en Ecce
Christianvs, 08-Mar-2014.
martes, 10 de diciembre de 2013
Advertencia a los institutos y congregaciones religiosas.
El gran peligro de los
Institutos nacientes está en no tener fe en la gracia primera. Vienen
algunos que dicen: Si se modificara esto, si se añadiera aquello..., más
valdría si se obrara de este otro modo... Puede ser que los tales tengan
talento, experiencia e influencia, pero yo os digo que, voluntariamente
o no, son traidores de la primera gracia, de la gracia de la fundación, de las ideas del Fundador, y que perderán al Instituto que
los escuche.
Nunca faltan quienes se creen
llamados a reformar al Fundador y a hacer mejor que él, pero
sólo al que ha escogido para fundar bendice Dios, y nunca a sus contrarios. Harto
conocido es el ejemplo de Fr. Elías y de San Francisco. Fray
Elías quería cambiar, atenuar, glosar; mas por orden de Dios le
contestaba el santo: “Sin glosa, sin glosa, sin glosa.” Fray Elías acabó
separándose; fuese a Alemania, donde acabó sus días en la mayor de las miserias,
sosteniendo al antipapa en el partido del emperador cismático.
No, Dios no bendecirá nunca a
quien sale de la primera gracia, la cual puede desenvolverse,
sacando a luz con el tiempo cuanto dentro contiene, según lo exijan las
circunstancias, pero jamás cambiar o introducir cosas que le sean
contrarias. Dios no hará prosperar más que la gracia primera: nunca
dará otra distinta.
Por lo que si alguno se hubiese
alejado, tiene que volver a ella pura y sencillamente: Prima
opera fac, haced
lo que antes, volved a la pureza de la gracia primera, que
si no os voy a dispersar: Sin autem venio tibí et movebo candelabrum tuum de loco
suo[1]. Así que no
introduzcáis nunca en vuestra regla elementos nuevos o extraños, antes
decid lo que aquel santo fundador: “O siguen siendo como son, o
desaparecen del todo.” Este peligro es realmente grande; andad con cuidado.
Finalmente, observad la regla y
guardadla religiosamente por respeto hacia Dios, ya que de Él procede. ¿Creéis
acaso que el hombre es capaz de componer una regla? No, no hay santidad ni virtudes
que para esto basten, sino que es menester vocación especial de Dios. Dios
la inspira y el fundador la transmite con lágrimas y sufrimientos. No
hay hombre que pueda poner luz y santidad en trazos de su mano. Si la
regla lleva consigo la gracia y santifica, su autor no puede ser otro que Dios, único
que puede dar gracia y virtud para santificarse.
La regla es para vosotros lo que
el evangelio para la Iglesia, esto es, el libro de la vida, el
libro de la palabra de Dios, lleno de su verdad, de su luz, de su gracia y de
su vida. ¿Y tan osados habíais de ser que tocarais una sola sílaba de este
evangelio, o dejarais caer una sola palabra? No, sino
que todas sus palabras han de ser sagradas para vosotros.
Escuchad las amenazas que san
Juan escribió al fin de su Apocalipsis; bien podéis aplicarlas al libro
de las santas reglas: “Yo protesto a todos los que oyen las palabras de la profecía de este libro: Que si alguno añadiere a
ellas cualquiera cosa, Dios
descargará sobre él las plagas escritas en este libro. Y si
alguno quitare cualquiera cosa de las palabras del libro de esta profecía, Dios
le quitará a él del libro de la vida, y de la ciudad santa, y no
le dará parte en lo escrito en este libro”[2].
San Pedro Julián
Eymard, “Escritos
Eucarísticos”, pags. 916, 917. Ediciones
“Eucaristía” Madrid, 1963.
[1] II, 5.
[2] Apoc. 18, 19.
jueves, 29 de agosto de 2013
“Decálogo” de la profesión de abogacía.
San Alfonso María de Ligorio, por especial disposición de la Iglesia,
es “patrono de los abogados”.
Sus grandes cualidades y capacidades le habían permitido comenzar sus
estudios universitarios a la edad de doce años, y a los dieciséis había
concluido todos los exámenes.
Un decreto real prohibía conceder el título a menores de 20 años, pero
fue dispensado por gracia real, y admitido ante el Consejo Universitario para
presentar su Memoria.
Se le otorgó el título de Doctor en Derecho y Abogado del foro de
Nápoles, comenzando una carrera brillantísima en la que jamás perdió un juicio,
defendiendo causas de gran relieve.
Comprendía sin embargo que lo principal era salvar el alma, y que su
profesión era un gran obstáculo: “Esta carrera no me conviene, y tarde o
temprano la abandonaré” decía.
Redacta entonces lo que se ha dado en llamar su “decálogo” o
“dodecálogo”, que demuestra lo delicado de su conciencia y el concepto que
tiene de los tribunales donde se aplica la justicia.
Máximas sobrias, tajantes, que conforman concretamente la deontología
del abogado[1]:
1. “No
aceptar nunca causas injustas, dado que son peligrosas para la conciencia y la
dignidad propias”.
2. “No
defender causa alguna con medios ilícitos”.
3. “No
cargar sobre el cliente expensas inútiles; de lo contrario, deberás
reembolsarle”.
4. Defiende
la causa de tu cliente con el mismo calor que si lo fuera tuya propia”.
5. “Estudia
concienzudamente las piezas de los autos con el fin de sacarles los argumentos
útiles a la defensa de la causa”.
6. “El
retraso o la negligencia pueden comprometer los intereses del cliente; de ahí,
que debe éste ser indemnizado de los perjuicios resultantes, si no se quiere
contravenir la justicia”.
7. “Ha de
implorar el abogado la ayuda divina para defender las causas porque Dios es el
primer amparo de la Justicia”.
8. “No es
digno de elogio el abogado que se empeña en la defensa de causas superiores a
su talento, a sus fuerzas y al tiempo de que dispone, a fin de aparejarse para
defenderlas concienzudamente”.
9. “Ha de
tener siempre muy presentes el abogado la justicia y la honradez y guardarlas
como la pupila de los ojos”.
10. “El
abogado que por su propio descuido pierde la causa, queda en deuda con su
cliente y debe resarcirle todos los daños que le ha ocasionado”.
11. “En su
informe debe el abogado ser veraz, sincero, respetuoso y razonador”.
12. “Por
último, las partes de un abogado han de ser la competencia, el estudio, la
verdad, la fidelidad y la justicia”.
[1] Citadas por el P. Raimundo Telleria (CSSR), en su libro “San
Alfonso María de Ligorio – Fundador, Obispo y Doctor”, ed. El Perpetuo Socorro,
Madrid, año 1950, t. I, p. 57, quien afirma que están tomadas por el P.
Rispoli, del mismo proceso de canonización del Santo. También la obra del P. José
Montes (CSSR) “San Alfonso María de Ligorio” (ed. Difusión, Bs. Aires, año
1950, p. 15), trae estos mandamientos pero de una manera más
simple: 1) “No aceptar jamás una mala causa, porque son la ruina de la
conciencia y del honor”, 2) “No emplear jamás medios ilícitos en la defensa de
un pleito”, 3) “No obligar al cliente a gastos inútiles. De otro modo hay que
restituir”, 4) “Poner en la defensa de una causa tanto empeño e interés como si
fuera propia”, 5) “Estudiar a fondo todos los detalles del proceso”, 6) “No
dañar al cliente con retrasos o negligencias”, 7) “Implorar el socorro de Dios,
sumo protector de la Justicia”, 8) “No encargarme de pleitos que juzgue
superiores a mí fuerza y talentos o que exijan más tiempo del que puedo
concederles”., 9) “Respetar la justicia y la equidad como a la niña de mis
ojos”.
Visto
en el Blog El Cruzamante.
lunes, 1 de abril de 2013
La fe, más importante que los templos.
Que Dios os consuele. He sabido que no sólo os
entristece mi exilio, sino sobre todo el hecho de que los otros, es decir los
arrianos, se han apoderado de los templos por la violencia y entre tanto
vosotros habéis sido expulsados de esos lugares. Ellos entonces poseen los
templos. Vosotros en cambio la tradición de la Fe apostólica. Ellos,
consolidados en esos lugares, están en realidad al margen de la verdadera Fe,
en cambio vosotros, que estáis excluidos de los templos, permanecéis dentro de
esa Fe. Confrontemos pues qué cosa sea más importante, el templo o la Fe, y
resultará evidente desde luego, que es más importante la verdadera Fe. Por
tanto, ¿quién ha perdido más, o quién posee más, el que retiene un lugar, o el
que retiene la Fe? El lugar ciertamente es bueno, supuesto que allí se predique
la Fe de los Apóstoles, es santo, si allí habita el Santo. Vosotros
sois los dichosos que por la Fe permanecéis dentro de la Iglesia,
descansáis en los fundamentos de la Fe, y gozáis de la totalidad de la Fe, que
permanece inconfusa. Por tradición apostólica ha llegado hasta vosotros, y muy
frecuentemente un odio nefasto ha querido desplazarla, pero no ha podido; al
contrario, esos mismos contenidos de la Fe que ellos han querido desplazar, los
han destruido a ellos. Es esto en efecto lo que significa afirmar: “Tú eres el
Hijo de Dios vivo”. Por tanto, nadie prevalecerá jamás contra vuestra Fe, mis
queridos hermanos, y si en algún momento Dios os devolviere los templos, será
menester el mismo convencimiento: que la Fe es más importante que los templos.
Y precisamente una Fe tan viva suple para
vosotros, por ahora, la devolución de los templos. No es que yo hable sin
respaldo de la Escritura, por el contrario, os digo con énfasis que os conviene
confrontar sus testimonios. Recordad precisamente que el templo era Jerusalén,
y que el templo no estaba en el desierto cuando los enemigos lo invadieron. Los
invasores venidos de Babilonia habían irrumpido como juicio de Dios, que
probaba o que corregía y que, precisamente por medio de estos enemigos ávidos
de sangre imponía castigo a los que lo ignoraban. Los extranjeros, pues, se
posesionaron del lugar, pero éstos, en el lugar, negaban a Dios. Justamente
porque no sólo no tenían respuestas adecuadas, ni las proferían, sino que
estaban excluidos de la verdad.
Por tanto ahora también, ¿de qué les sirve tener
los templos? Sí, efectivamente, los tienen, pero eso a los ojos de quienes se
mantienen fieles a Dios indica que son culpables, porque han hecho cueva de
ladrones y casas de negocios, o sitios de disputas vanas lo que antes era un
lugar santo, de modo que ahora les pertenece a quienes antes no les era lícito
entrar. Muy queridos, por haberlo oído de quienes han llegado hasta aquí, sé
todo esto y muchas otras cosas peores; pero, repito, cuanto mayor es el
empeño de éstos por dominar la Iglesia, tanto más están fuera de ella. Creen
estar dentro de la verdad, aunque en realidad están excluidos de ella,
prisioneros de otra cosa, mientras la Iglesia, desolada, sufre la devastación
de estos supuestos benefactores.
San Atanasio el Grande, Padre y Doctor mayor de la Iglesia, Carta del
año 356, Patrología Griega,
tomo 26, col. 118/90. Visto en Syllabus.
jueves, 28 de marzo de 2013
La agonía en el huerto.
El Divino Redentor, cuando llegó
al término de su vida terrenal, después de habernos dejado toda su Persona en
el pan y en el vino del Sacramento del Amor y de haber nutrido a sus Apóstoles
con su Carne Inmaculada, se dirigió al Huerto de los Olivos, lugar que los
discípulos y Judas conocían. A lo largo del trayecto que separa el Cenáculo del
Huerto, Jesús enseña a sus discípulos; los prepara para la próxima separación,
su inminente Pasión y para sufrir por su amor las calumnias, las persecuciones
y la misma muerte; para que cada uno imite a Él, Modelo Divino.
“Yo estaré con vosotros Y vosotros no os turbéis, oh
discípulos, porque la promesa divina se cumplirá; la prueba la tendréis en la
presente hora solemne.
Él está allí para empezar a
vivir su dolorosa Pasión, pero más que pensar en sí mismo, se desvela por
vosotros.
¡Oh, que inmensidad de amor
encierra aquel corazón!... Su rostro denota tristeza y amor al mismo tiempo;
sus palabras emanan de lo más profundo de su Corazón. Él habla con profusión de
afectos, infunde valor, consuela y promete confortando, explica los más
profundos misterios de su Pasión.
Siempre, ¡oh Jesús!, me ha
conmovido el corazón este pasaje tuyo del Cenáculo al Huerto, por la expansión
de un amor que se profundiza y se funde con sus amantes, para desahogar un amor
que va a inmolarse por los demás, para rescatarlos de la esclavitud. Tú les has
enseñado que no existe mayor prueba de amor que dar la propia vida por los
amigos, y Tú estás ahora por sellar esta prueba de amor con la inmolación de tu
vida.
¿Quién no permanece conmovido
ante tan generosa oblación?
Al llegar al Huerto el Divino
Maestro se despidió de los discípulos, quedándose sólo con tres, Pedro,
Santiago y Juan, para que fueran testigos de sus penas. Precisamente los tres
que lo vieron transfigurado sobre el Tabor entre Moisés y Elias y que lo
reconocieron como Dios ¿tendrían ahora la fuerza de considerarlo Hombre-Dios
entre penas y tristezas mortales? Al entrar en el Huerto les dijo: “quedaos
aquí, velad y orad, para que no caigáis en tentación estad alerta, parece
que les diga, porque el enemigo no duerme; prevenios contra él con el arma de
la oración, a fin de no ser envueltos e inducidos en el pecado. Es la hora de
las tinieblas. Al terminar esta exhortación, Él se aparta de ellos como a un
tiro de piedra y se postra en la tierra.
Él está extremadamente triste;
su alma es prisionera de una indescriptible amargura. La noche es alta y
límpida, la luna resplandece en el cielo, dejando el Huerto en la penumbra,
parece que proyecta sobre la tierra siniestros resplandores, precursores de
cosas graves y de funestos acontecimientos que hacen estremecer y helar la
sangre en las venas. Parece que la noche estuviera tenida de sangre; un viento,
como presagio de cercana tempestad, agita los olivos. Unido a aquel rumor de
hojas, penetra en los huesos como un anuncio de muerte, desciende hasta el
alma y la invade de mortal tristeza.
¡Qué noche más horrenda! ¡Nunca
jamás la tierra verá una igual!...
¡Qué contraste, oh Jesús! ¡Cuán
bella fue la noche de tu nacimiento, cuando los ángeles tripudiantes anunciaron
la paz, cantando gloria! Ahora, en cambio, me parece verlos melancólicos mientras
te rodean a una cierta distancia, como respetando la suprema angustia de tu
espíritu.
Este es el lugar donde Jesús
viene a rezar. Él priva su humanidad sacrosanta de la fuerza que le confería la
Divinidad, sometiéndola a una tristeza indefinible, a una debilidad extrema, a
la melancolía y al abandono y a una angustia mortal. Su espíritu nada en ellas
como en un mar ilimitado, el cual a cada instante parece sumergirlo. Ante su
espíritu se representa todo el martirio de su inminente Pasión que, como un
torrente desbordante, se vuelca en su corazón y lo martiriza, lo oprime y lo
desgarra. Él ve, en primer lugar, a Judas, el discípulo tan amado por Él, que
lo vende por pocas monedas, que está por llegar al Huerto para traicionarlo y
entregarlo a sus enemigos. ¡Él!... El amigo, el discípulo que poco antes había
saciado con su Carne... postrado ante él le había lavado los pies y estrechado
contra su corazón y se los había besado con fraternal ternura, como si a fuerza
de amor quisiese impulsarlo a renunciar al impío y sacrilego propósito o por
lo menos que, una vez cometido el horrible delito, recuperándose y recordando
las muchas pruebas de amor, se hubiera arrepentido y salvado. Mas no, él se
pierde y Jesús llora por su voluntaria perdida. Se ve legado, arrastrado por
sus enemigos a través de las calles de Jerusalén, por las mismas calles en
donde pocos días antes había pasado triunfalmente aclamado como
Mesías... Se ve ante los Pontífices, golpeado, declarado por ellos reo de
muerte. Él, el autor de la vida, se ve conducido de un tribunal a otro, en
presencia de los jueces que le condenan. Ve su pueblo, tan amado y beneficiado
por Él, que lo insulta, lo maltrata y con gritos infernales, silbidos y
chillidos pide la muerte y la muerte de la Cruz. Escucha las injustas acusaciones,
se ve condenado a los flagelos más despiadados. Se ve coronado de espinas,
ridiculizado, saludado como un rey de burla, abofeteado...
Por último, se ve condenado a la
ignominiosa muerte y subir al Calvario; extenuado bajo el peso de la Cruz, caer
desangrado varias veces en tierra... Se ve, al llegar al Calvario, desnudo,
extendido sobre la Cruz; crucificado despiadadamente, alzado sobre ella, en
presencia de todos; suspendido, con tres clavos que le desgarran y le dislocan
las venas, los huesos y la carne... ¡Oh, Dios! cuán larga es la agonía de tres
horas que deberá aniquilarte entre los insultos de todo un pueblo enloquecido y
malvado.
Ve su garganta y sus vísceras
quemadas por la ardiente sed y ve agregarse a este desgarrador martirio el
tener que beber vinagre e hiel.
Ve el abandono del Padre y la
desolación de la Madre a los pies de la Cruz.
Al final, la muerte ignominiosa,
entre dos ladrones, uno que lo reconoce y lo confiesa como Dios y se salva, el
otro que lo insulta, blasfema y muere desesperado.
Ve a Longino que se acerca y,
como sumo insulto y desprecio, le abre el costado y... como todos los mortales
sufre la humillación del Sepulcro.
Todo, todo está delante de Él
para atormentarlo y Jesús permanece aterrorizado; y este terror se adueña de su
Corazón Divino y lo atenaza desgarrándolo. Él tiembla como atacado por una
fiebre altísima, el temor se apodera todavía de Él y su Espíritu languidece en
mortal tristeza. Él, el Cordero inocente, solo, abandonado en las manos de los
lobos, sin defensa alguna... Él, el Hijo de Dios... El Cordero que se ofreció
espontáneamente al sacrificio por la gloria del mismo Padre que lo abandona al
furor de las fuerzas infernales, por la Redención de la especie humana; de sus
mismos discípulos, que vilmente lo abandonan y huyen de Él, como del ser más
peligroso. Él, el Verbo eterno de Dios, reducido a burla de sus enemigos...
Pero Él ¿se retira?... No, desde
el principio todo lo abraza generosamente, sin reserva alguna. ¿Cómo y de donde
proviene este terror, este miedo mortal? ¡Ah! Él ha expuesto su humanidad como
blanco para recibir sobre sí mismo todos los golpes de la divina justicia, lesa
por el pecado. Él siente al vivo en el desnudo espíritu todo aquello que debe
sufrir, cada una de las culpas que debe pagar con una pena especial y se abate
porque ha dejado su humanidad como presa de debilidades, terrores y
padecimientos.
Parece estar en las últimas...
Él esta postrado con el rostro sobre la tierra delante de la Majestad de su
Padre. Aquel divino rostro, que tiene extasiados, en eterna admiración de su
belleza, a los Ángeles y a los Santos del cielo, esta sobre la tierra
completamente desfigurado. ¡Dios mío! ¡Jesús mío! ¿No eres Tú el Dios del cielo
y de la tierra, idéntico en todo a tu Padre, el que se humilla hasta el punto
de perder el aspecto exterior del hombre?...
Ah... sí, lo comprendo, es para
enseñar a un soberbio como yo que, para tratar con el Cielo, debo abismarme en
el centro de la tierra. Es para reparar y pagar mi altivez, que Tú te humillas
así ante tu Padre; es para inclinar su piadosa mirada sobre la humanidad, que
Él había retirado a causa de su rebelión. Y, por tu humillación, Él perdona a
la criatura arrogante. Es para reconciliar la tierra con el Cielo, que Tú te
humillas sobre ella, como para darle el beso de la paz. Oh, Jesús, que seas
siempre y por todos alabado y que todos te agradezcan por las muchas
humillaciones con las cuales nos has donado a Dios y a Él nos has unido en un
abrazo de santo amor.
Padre Pío de
Pietralcina, tomado del libro “Meditaciones del Padre
Pío”.
lunes, 4 de marzo de 2013
El método que exige la discusión.
“Si la inteligencia humana, con
su conducta enfermiza, no opusiera su orgullo a la evidencia de la verdad, sino
que fuera capaz de someter su dolencia a la sana doctrina, como a un tratamiento
médico, hasta recuperarse del todo mediante el auxilio de Dios, alcanzado por
una fe piadosa, no harían falta largos discursos para sacar de su error a
cualquier opinión equivocada: bastaría que quien está en la verdad la exponga
con palabras suficientemente claras.
Pero ahora estamos ante el
empeoramiento más negro de la enfermedad insensata de los espíritus. Se
empeñan en defender sus estúpidas ocurrencias como si fueran la razón y la
verdad personificadas, y esto incluso después de razonar todos los argumentos
que un hombre puede dar a otro hombre. No sé si es por una superlativa ceguera,
que no deja vislumbrar ni lo más claro, o por la más obstinada testarudez, que
les impide admitir lo que tienen delante. Lo cierto es que en la mayoría de los
casos se hace imprescindible alargar la exposición de temas ya claros de por
sí, como si hubiera que exponerlos no a quienes tienen ojos para verlos, sino
como para que los puedan tocar con las manos quienes andan a tientas, medio
ciegos.
Pero, ¿cuándo terminaríamos de
discutir, hasta cuándo estaríamos hablando, si nos creyéramos en la obligación
de dar nueva respuesta a quienes siempre nos responden? Los que no pueden
llegar a comprender lo que se discute o están en una postura mental tan
endurecida en la contradicción, que, aunque llegaran a comprender, no harían
caso, continuarían respondiendo, como está escrito: Discursean profiriendo
insolencias (Ps. 93:4) y son unos estúpidos infatigables. Realmente, si nos
propusiéramos refutar sus contradicciones tantas veces cuantas ellos con seso
testarudo se proponen no pensar lo que dicen, sólo atentos a contradecir de
algún modo nuestros argumentos, te darás cuenta de lo interminable, penoso y
sin fruto que esto sería.
Así que ni a ti, mi querido
Marcelino, ni a los otros a cuyo provecho va dirigido este mi trabajo, de una
manera espontánea por amor a Cristo, os quisiera como jueces de mis obras si
vais a ser de los que buscan siempre una respuesta cuando oyen alguna objeción
a lo que están leyendo. Serías semejantes a aquellas mujerzuelas de que hace
mención el Apóstol: que están siempre aprendiendo, pero son
incapaces de llegar a conocer la verdad (II Tim. 3:7)”.
sábado, 2 de marzo de 2013
San Leonardo de Porto-Maurizio: “El pequeño número de los que se salvan”.
San Leonardo de Porto-Maurizio en una de sus prédicas.
San Leonardo
de Puerto Mauricio fue un fraile franciscano muy santo que vivió en el
monasterio de San Buenaventura en Roma. Fue uno de los más grandes misioneros
en la historia de la Iglesia. Él solía predicar a miles de personas en las
plazas de cada ciudad y pueblo donde las iglesias no podían albergar a sus
oyentes. Tan brillante y santa era su elocuencia que una vez cuando realizo una
misión de dos semanas en Roma, el Papa y el Colegio de los Cardenales fueron a
oírle. La Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen, la adoración del
Santísimo Sacramento y la veneración del Sagrado Corazón de Jesús eran sus
cruzadas. No fue en pequeña medida responsable de la definición de la Inmaculada
Concepción hecha poco más de cien años después de su muerte. También nos dio
las alabanzas divinas, que se dicen al final de la bendición. Pero el trabajo
más famoso de San Leonardo fue su devoción a las Estaciones de la Cruz. Tuvo
una muerte santa a sus setenta y cinco años, después de veinticuatro años de
predicación sin interrupciones.
Uno de los
sermones más famosos de San Leonardo de Puerto Mauricio fue “el pequeño número
de los que se salvan”. Fue el único que se basó en la conversión de grandes
pecadores. Este sermón, al igual que sus otros escritos, se sometió a
examinación canónica durante el proceso de canonización. En él se examinan los
diferentes estados de vida de los cristianos, y concluye con el pequeño número
de los que se salvan, en relación con la totalidad de los hombres. El
lector que medite sobre este notable texto. Aproveche la solidez de su argumentación,
que le ha valido la aprobación de la Iglesia. Aquí está el vibrante y
conmovedor sermón de este gran misionero.
Introducción:
Gracias a
Dios, el número de los discípulos del Redentor no es tan pequeño como para que
la maldad de los escribas y fariseos sea capaz de triunfar sobre ellos. Aunque
se esforzaron por calumniar su inocencia y engañar a la gente con sus sofismas traicioneros
para desacreditar a la doctrina y el carácter de Nuestro Señor, buscando
puntos, incluso en el sol, muchos todavía lo reconocieron como el verdadero
Mesías, y, sin miedo ni de castigos o de amenazas, abiertamente se unieron a su
causa. ¿Todos los que siguieron a Cristo, lo siguieron hasta la gloria? ¡Ah,
aquí es donde yo venero el misterio profundo y adoro en silencio los abismos de
los decretos divinos, en lugar de decidir sobre este punto tan grande! El tema
que estaré tratando hoy es muy grave, ha causado que incluso los pilares de la
Iglesia tiemblen, ha llenado a los más grandes santos de terror y poblado los
desiertos de anacoretas. El objetivo de esta instrucción es decidir si el
número de cristianos que se salvan es mayor o menor al número de cristianos que
son condenados, y espero que esto pueda producir en ustedes un temor saludable
acerca de los juicios de Dios.
Hermanos, por
el amor que tengo por ustedes, me gustaría ser capaz de asegurarles a cada uno
de ustedes, con la perspectiva de la felicidad eterna diciendo: Es seguro que
iras al paraíso, el mayor número de cristianos se salva, por lo que también tú
te salvarás. Pero, ¿cómo puedo darles esta dulce garantía si se rebelan contra
los decretos de Dios como si fueran sus peores enemigos? Veo en Dios un deseo
sincero de salvarlos, pero encuentro en ustedes una inclinación decidida a ser
condenados. Entonces, ¿qué voy a hacer hoy si hablo con claridad? Yo seré
desagradable para ustedes. Pero si yo no hablo, voy a ser desagradable para Dios.
Por lo tanto,
voy a dividir este tema en dos puntos. En el primero, para llenarlos de terror,
voy a dejar que los teólogos y los Padres de la Iglesia decidan sobre esta
cuestión y declaren que el mayor número de los cristianos adultos son
condenados, y, en adoración silenciosa de este terrible misterio, voy a
mantener mis sentimientos para mí mismo. En el segundo punto, trataré de
defender la bondad de Dios contra los impíos, al demostrarles que los que son
condenados están condenados por su propia malicia, porque querían ser
condenados. Entonces, aquí hay dos verdades muy importantes. Si la
primera verdad les asusta, no se pongan en contra mía, como si yo quisiera
hacer el camino hacia el cielo más estrecho para ustedes,porque quiero ser neutral
en este asunto, sino pónganse contra los teólogos y los Padres de la Iglesia,
quienes grabarán esta verdad en sus corazones por la fuerza de la razón. Si
ustedes están desilusionados por la segunda verdad, den gracias a Dios por
esta, porque Él sólo quiere una cosa: que le den sus corazones totalmente a Él.
Por último, si me obligan a decir claramente lo que pienso, lo voy a hacer para
su consuelo.
La enseñanza de los Padres de
la Iglesia:
No es vana
curiosidad, pero una precaución saludable proclamar desde lo alto del púlpito
ciertas verdades que sirven maravillosamente para contener las indolencias de
los libertinos, que siempre están hablando de la misericordia de Dios y de lo
fácil que es convertir, que viven sumidos en toda clase de pecados y se quedan profundamente
dormidos en el camino al infierno. Para su desilusión y para despertarlos de su
letargo, hoy vamos a examinar esta gran pregunta: ¿Es el número de cristianos
que se salva mayor que el número de cristianos que se condena?
Almas
piadosas, pueden irse; este sermón no es para ustedes. Su único objetivo es
contener el orgullo de los libertinos que echan el santo temor de Dios fuera de
su corazón y unen sus fuerzas con las del diablo que, según el sentimiento de
Eusebio, condenan a las almas, asegurándolas. Para resolver esta duda, vamos a
poner a los Padres de la Iglesia, tanto griegos como latinos, por un lado; por
el otro, los teólogos más sabios e historiadores eruditos, y dejemos la Biblia
en el centro para que todos la vean. Ahora, no escuchen lo que yo voy a decir -
que ya he dicho que yo no quiero hablar por mí mismo o decidir sobre la materia
-, sino escuchen lo que estas grandes mentes quieren decirles, ellos que son
faros en la Iglesia de Dios para dar luz a los demás para que no se pierdan el
camino al cielo. De esta manera, guiados por la triple luz de la fe, la
autoridad y la razón, vamos a ser capaces de resolver este grave asunto con
certeza.
Nótese que no
se trata aquí de la raza humana en su conjunto, ni de todos los católicos sin
distinción, pero sólo de los católicos adultos, que tienen libertad de elección
y por tanto son capaces de cooperar en el gran asunto de su salvación. Primero
vamos a consultar a los teólogos reconocidos para examinar las cosas con más
cuidado y no exagerar en su enseñanza: vamos a escuchar a dos cardenales
sabios, Cayetano y Belarmino. Ellos enseñan que el mayor número de adultos
cristianos son condenados, y si yo tuviera el tiempo para señalar las razones
en las que se basan, estarían convencidos de esto ustedes mismos. Pero me
limitaré aquí a citar a Suárez. Después de consultar a todos los teólogos y de
hacer un estudio diligente del asunto, él escribió, “El sentimiento más común
que se tiene es que, entre los cristianos, hay más almas condenadas que almas predestinadas”.
Añadan la
autoridad de los padres griegos y latinos a la de los teólogos, y ustedes
encontrarán que casi todos dicen lo mismo. Este es el sentimiento de San
Teodoro, San Basilio, san Efrén y san Juan Crisóstomo. Es más, según Baronio
era una opinión común entre los padres griegos que esta verdad fue expresamente
revelada a San Simeón Estilita y que este, después de esta revelación, para
asegurar su salvación decidió vivir en lo alto de un pilar durante cuarenta
años, expuesto a la intemperie, un modelo de penitencia y de santidad para
todos. Ahora vamos a consultar a los Padres latinos. Ustedes escucharán a San
Gregorio diciendo claramente: “Muchos alcanzan la fe, pero pocos hasta el reino
celestial”. San Anselmo declara: “Hay pocos que se salvan”. San Agustín afirma
aún más claramente: “Por lo tanto, pocos se salvan en comparación con aquellos
que son condenados”. El más terrible, sin embargo, es San Jerónimo. Al final de
su vida, en presencia de sus discípulos, dijo estas terribles palabras: “Fuera
de cien mil personas cuyas vidas han sido siempre malas, se encuentra
apenas una que es digna de indulgencia”.
Las palabras de la Sagrada
Escritura:
Pero ¿por qué
buscar las opiniones de los Padres y teólogos, cuando la Sagrada Escritura
resuelve la cuestión con tanta claridad? Busquen en el Antiguo y Nuevo
Testamento, y ustedes encontrarán una multitud de figuras, símbolos y palabras
que señalan claramente esta verdad: muy pocos se salvan. En el tiempo de Noé,
la raza humana entera quedó sumergida por el Diluvio, y sólo ocho personas
fueron salvadas en el Arca. San Pedro dice: “Esta arca, es la figura de la
Iglesia”, mientras que San Agustín, añade, “y las ocho personas que se salvaron
significa que se salvan muy pocos cristianos, porque son muy pocos los
que sinceramente renuncian al mundo, y los que renuncian al mundo sólo con
palabras no pertenecen al misterio que representa esta arca”. La Biblia también
nos dice que sólo dos hebreos de cada dos millones entraron en la Tierra Prometida
después de salir de Egipto, y que sólo cuatro escaparon al fuego de Sodoma y de
las otras ciudades que se incendiaron y perecieron con esta. Todo esto
significa que el número de los condenados que serán arrojados al fuego como la
paja es mucho mayor que la de los salvados, que el Padre celestial un día
reunirá en sus graneros, como trigo precioso.
No acabaría si
yo tuviera que señalar todas las figuras, por las que la Sagrada Escritura
confirma esta verdad, vamos a contentarnos con escuchar el oráculo viviente de la
Sabiduría encarnada. ¿Qué respondió nuestro Señor a aquel hombre curioso en el
Evangelio que le preguntó: “Señor, ¿son pocos los que se salvan?” ¿Guardó
silencio? ¿Respondió con dificultad? ¿Oculto su pensamiento por temor a asustar
a la gente? No. Interrogado por uno solo, se dirige a todos los presentes. Y
les dice: “¿Ustedes me preguntan si sólo unos pocos se salvan? He aquí mi
respuesta: Esforzaos por entrar por la puerta angosta, porque muchos, os digo,
tratarán de entrar y no podrán”. ¿Quién habla aquí? Es el Hijo de Dios, la
Verdad Eterna, que en otra ocasión, dice aún más claro: “Muchos son los
llamados, pero pocos los escogidos”. Él no dice que llama a todos y que, de
todos los hombres, pocos son los elegidos, pero que muchos son los llamados, lo
que significa, como San Gregorio explica que, de todos los hombres, muchos son
los llamados a la verdadera religión, pero pocos de ellos se salvan. Hermanos,
estas son las palabras de Nuestro Señor Jesucristo. ¿Son claras? Son
verdaderas. Díganme ahora si es posible que ustedes tengan fe en su corazón y
no tiemblen.
La salvación en los diferentes
Estados de Vida:
Pero, ¡Ah!,
veo que al hablar de esta manera a todos en general, me salgo de mi punto. Así
que vamos a aplicar esta verdad a varios estados, y ustedes comprenderán que
deben tirar la razón, la experiencia y el sentido común de los fieles, o sino,
confesar que el mayor número de católicos es condenado. ¿Hay algún estado en el
mundo más favorable a la inocencia en la que la salvación parece más fácil y
del cual la gente tiene una idea más elevada que la de los sacerdotes, los
lugartenientes de Dios? A primera vista, quién no creería que la mayoría de
ellos no sólo son buenos pero aún perfectos, sin embargo, estoy horrorizado
cuando escucho a San Jerónimo declarar que aunque el mundo está lleno de
sacerdotes, apenas uno de cada cien está viviendo en una manera conforme con su
estado, cuando oigo a un siervo de Dios diciendo que ha aprendido por
revelación que el número de sacerdotes que caen en el infierno cada día es tan
grande que le parece imposible que quede alguno en la tierra, cuando oigo a San
Juan Crisóstomo exclamando con lágrimas en los ojos, “no creo que se salvan
muchos sacerdotes, yo creo lo contrario, que el número de los que son condenados
es mayor”.
Mira aún más
alto, y mira a los prelados de la Santa Iglesia, los pastores que tienen a
cargo las almas. ¿Es el número de los que se salvan entre ellos mayor que el
número de los que son condenados? Escuchen a Cantimpré; él les dirá un evento a
ustedes, y ustedes podrán sacar las conclusiones. Hubo un sínodo que se celebró
en París, y un gran número de obispos y pastores que tenían a cargo las almas
estuvieron presentes: el rey y los príncipes también fueron a añadir lustre a
esta asamblea con su presencia. Un famoso predicador fue invitado a predicar.
Mientras estaba preparando su sermón, un horrible demonio se le apareció y le
dijo: “Pon tus libros a un lado. Si quieres dar un sermón que será útil para
los príncipes y prelados, alégrate con decirles esto de nuestra parte: Nosotros
los príncipes de las tinieblas les agradecemos, príncipes, prelados y pastores
de almas, que, debido a su negligencia, la mayor parte de los fieles son
condenados, además, estamos guardando una recompensa para ustedes por este
favor, cuando ustedes estén con nosotros en el infierno”.
¡Ay de
vosotros que mandan a otros! Si tantos son condenados por vuestra culpa, ¿qué
va a pasar con ustedes? Si pocos de los que son primeros en la Iglesia de Dios
se salvan, que va a pasar con ustedes? Tomemos todos los estados, ambos sexos,
todas las condiciones: maridos, esposas, viudas, mujeres jóvenes, hombres jóvenes,
soldados, comerciantes, artesanos, pobres y ricos, nobles y plebeyos. ¿Qué
podemos decir acerca de todas estas personas que están viviendo tan mal? El
siguiente relato de San Vicente Ferrer les mostrará lo que ustedes pueden
pensar de ello. Relata que un archidiácono en Lyon renunció a su cargo y se
retiró a un lugar desierto para hacer penitencia, y que murió al mismo día y
hora que San Bernardo. Después de su muerte, se apareció a su obispo y le dijo:
“Sabe, Monseñor, en el mismo momento que morí, treinta y tres mil personas
también murieron. De esta cifra, Bernardo y yo fuimos al cielo sin demora, tres
se fueron al purgatorio, y todos los demás cayeron en el infierno”. Nuestras crónicas relatan un suceso
aún más terrible. Uno de nuestros hermanos, bien conocido por su doctrina y
santidad, estaba predicando en Alemania. Representó a la fealdad del pecado de
impureza tan fuertemente que una mujer cayó muerta de tristeza en frente de
todos. Entonces, volviendo a la vida, dijo, “Cuando me presente ante el
Tribunal de Dios, sesenta mil personas llegaron al mismo
tiempo de todas partes del mundo, de este número, tres fueron salvadas al ir al
purgatorio, y el resto fueron condenadas”.
¡Oh abismo de
los juicios de Dios! ¡Fuera de treinta mil, sólo cinco se salvaron! ¡Y fuera de
sesenta mil, sólo tres se fueron al cielo! Ustedes pecadores que me están
escuchando, ¿en qué categoría van a ser numerados?... ¿Qué dicen?... ¿Qué
piensan?...
Veo a casi
todos ustedes bajar la cabeza, llenos de asombro y horror. Pero vamos a poner
nuestro estupor a un lado, y en lugar de halagarnos a nosotros mismos, vamos a
tratar de sacar algún provecho de nuestro miedo. ¿No es cierto que hay dos
caminos que conducen al cielo: la inocencia y el arrepentimiento? Ahora, si les
muestro que muy pocos toman uno de estos dos caminos, como personas racionales
llegaran a la conclusión de que muy pocos se salvan. Y para hablar de las
pruebas: en qué edad, empleo o condición van a encontrar que el número de los
malos no es cien veces mayor que el de los buenos, sobre los cuales se podría
decir, “Los buenos son tan raros y los malvados son tan grande en número”. Se
podría decir de nuestro tiempo lo que Salviano, dijo del suyo: es más fácil
encontrar una innumerable multitud de pecadores, inmersos en toda clase de
iniquidades que a unos pocos hombres inocentes. ¿Cuantos servidores son
totalmente honestos y fieles en sus funciones? ¿Cuantos comerciantes son justos
y equitativos en su comercio?, ¿cuantos artesanos exactos y veraces, cuantos
vendedores desinteresados y sinceros? ¿Cuántos hombres de la ley no abandonan
la equidad? ¿Cuántos soldados no pisan al inocente?, ¿cuántos maestros no
retienen injustamente el salario de quienes les sirven, o no tratan de dominar
a sus inferiores? En todas partes, los buenos son raros y los malos en gran número.
¿Quién no sabe que hoy en día hay tanto libertinaje entre los hombres maduros,
libertad entre las jóvenes, vanidad en las mujeres, libertinaje en la nobleza,
corrupción en la clase media, disolución en el pueblo, descaro entre los
pobres?, que uno podría decir lo que David dijo de su época: “Todos por igual
se han ido por mal camino... no hay ni siquiera uno que haga el bien, ni
siquiera uno”.
Vayan a la
calle y la plaza, al palacio y la casa, a la ciudad y al campo, al tribunal y
al tribunal de la ley, e incluso al templo de Dios. ¿Dónde se encuentra la
virtud? “¡Ay!” grita Salviano, “salvo por un número muy pequeño que huye del
mal, ¿qué es la asamblea de los cristianos si no un sumidero de vicio?” Todo lo
que podemos encontrar en todas partes es el egoísmo, la ambición, la gula y el
lujo. ¿No está la mayor proporción de hombres contaminados por el vicio de la
impureza, y no esta San Juan correcto al decir: “El mundo entero - si se puede
decir así- se encuentra asentado en la maldad”. Yo no soy el que digo esto, la
razón nos obliga a creer que de aquellos que viven tan mal, muy pocos se
salvan.
Pero ustedes
dirán: ¿Puede la penitencia reparar la pérdida de la inocencia? Eso es cierto,
lo admito. Pero también sé que la penitencia es muy difícil en la práctica;
hemos perdido la costumbre de manera tan completa, y es tan maltratada por los
pecadores, que esto sólo debería ser suficiente para convencerlos de que muy
pocos son salvados por este camino. ¡Oh, cuan empinada, estrecha y espinosa,
horrible de ver y difícil de escalar que es! Dondequiera que miremos, vemos
rastros de sangre y cosas que atraen tristes recuerdos. Muchos se debilitan a
la vista de ella. Muchos pierden desde el principio. Muchos caen de cansancio
en el medio, y muchos pierden miserablemente al final. ¡Y cuán pocos son los
que perseveran en ella hasta la muerte! San Ambrosio dice que es más fácil
encontrar hombres que han mantenido su inocencia que encontrar hombres que han
hecho penitencia apropiada.
Si se
considera el sacramento de la penitencia, ¡hay tantas confesiones
distorsionadas, tantas excusas estudiadas, tantos arrepentimientos engañosos,
tantas falsas promesas, tantas resoluciones inútiles, tantas absoluciones
inválidas! ¿Se considera como válida la confesión de alguien que se acusa de
pecados de impureza y todavía se aferra a la ocasión de ellos? ¿O alguien que
se acusa de injusticias evidentes, sin la intención de hacer cualquier
reparación que sea por ellas? O alguien que cae de nuevo en las mismas
iniquidades después de ir a la confesión? ¡Oh, los horribles abusos de tan gran
sacramento! Uno confiesa para evitar la excomunión, otro para hacer una
reputación como penitente. Uno se libera de sus pecados para calmar sus
remordimientos, otro los oculta por vergüenza. Uno los acusa imperfectamente
por malicia, otro lo hace por costumbre. Uno no tiene el verdadero fin del
sacramento en la mente, a otro le falta la pena necesaria, y a otro más firme
propósito. Pobres confesores, ¿qué esfuerzos hacen para atraer al mayor número
de penitentes a estas resoluciones y actos, sin que la confesión sea un
sacrilegio, la absolución una condena y la penitencia una ilusión?
¿Dónde están
ahora, los que creen que el número de los salvados entre los cristianos es
mayor que la de los condenados y quienes, para autorizar su opinión, razonan de
esta manera: la mayor parte de los adultos católicos mueren en sus camas,
armados con los sacramentos de la Iglesia, entonces, la mayoría de los católicos
adultos se salvan? ¡Ah, qué buen razonamiento! Ustedes deben decir exactamente
lo contrario. La mayoría de los adultos católicos se confiesan mal en la
muerte, por lo tanto la mayoría de ellos están condenados. Digo “en todo es más
seguro”, porque, para una persona moribunda que no se ha confesado bien cuando
se encontraba en buen estado de salud, será aún más difícil hacerlo cuando este
en cama con el corazón pesado, una cabeza inestable, una mente confusa; cuando
se opone en muchos aspectos aún por los seres vivos, y, sobre todo por los
demonios que buscan todos los medios para echarlo al infierno. Ahora, si se
añade a todos estos falsos penitentes todos los otros pecadores que mueren de
forma inesperada en el pecado, debido a la ignorancia de los médicos o por
culpa de sus familiares, que mueren por envenenamiento o al ser enterrados en
los terremotos, o en un accidente cerebrovascular, o en una caída, o en el
campo de batalla, en una pelea, en una trampa, alcanzado por un rayo, quemados
o ahogados, ¿No sois obligados a concluir que la mayoría de adultos cristianos
están condenados? Ese es el razonamiento de San Juan Crisóstomo. Este santo,
dice que la mayoría de los cristianos están caminando en el camino al infierno
a lo largo de su vida. ¿Por qué, entonces, están tan sorprendidos de que la
mayor parte va al infierno? Para llegar a una puerta, ustedes deben tomar el
camino que conduce allí. ¿Qué tienen que responder a esta poderosa razón?
La respuesta,
ustedes me dirán, es que la misericordia de Dios es grande. Sí, para los que le
temen, dice el profeta, pero grande es su justicia para los que no le temen, y
condena a todos los pecadores obstinados.
Así que me
dirán: Bueno, entonces, ¿para quién es el paraíso, si no es para los
cristianos? Es para los cristianos, por supuesto, pero para aquellos que no
deshonran a su carácter y que viven como cristianos. Además, si al número de
adultos cristianos que mueren en gracia de Dios, se añade el de innumerables
niños que mueren después del bautismo y antes de llegar a la edad de la razón,
no se sorprenderán de que San Juan Apóstol, hablando de los que se salvan,
diga, “vi una gran multitud que nadie podía contar”.
Y esto es lo
que engaña a los que pretenden que el número de los salvados entre los
católicos es mayor que el de los condenados ... Si a ese número, se añade el de
los adultos que han mantenido el manto de la inocencia, o que después de
haberse manchado, se han lavado en las lágrimas de la penitencia, es cierto que
se salva un mayor número, y que explica las palabras de San Juan, “Yo vi una
gran multitud”, y estas otras palabras de nuestro Señor, “muchos vendrán de
oriente y de occidente, y harán fiesta con Abraham, Isaac y Jacob en el reino
de los cielos”, y las otras figuras que suelen citarse a favor de esa opinión.
Pero si estamos hablando de los cristianos adultos, la experiencia, la razón,
la autoridad, la propiedad y la Escritura están de acuerdo en aprobar que el
mayor número sea condenado. No creas que por esto, el paraíso está vacío, por
el contrario, es un reino muy poblado. Y si los condenados son “tan numerosos
como la arena en el mar”, los salvados son “tan numerosos como las estrellas
del cielo”, es decir, tanto el uno como el otro son innumerables, aunque en proporciones
muy diferentes.
Un día San
Juan Crisóstomo, predicando en la catedral de Constantinopla, y teniendo en
cuenta estas proporciones, no podía dejar de temblar de horror y preguntar: “Fuera
de este gran número de personas, ¿cuántos creen que van a ser salvos?” Y sin
esperar una respuesta, añadió, “entre tantos miles de personas, no encontraríamos
un centenar que se salvasen, e incluso dudo de los cien”. ¡Qué cosa tan
horrible! El gran santo cree que de tantas personas, apenas cien se salvarían,
y aun peor, no estaba seguro de esa cifra. ¿Qué les pasará a ustedes que me están
escuchando? ¡Dios mío, no puedo pensar en esto sin estremecerme! Hermanos, el
problema de la salvación es una cosa muy difícil, pues de acuerdo a las máximas
de los teólogos, cuando un fin exige grandes esfuerzos, sólo unos pocos logran
alcanzarlo.
Por eso, Santo
Tomás, el Doctor Angelical, después de pesar todas las razones a favor y en
contra, en su inmensa erudición, finalmente llegó a la conclusión de que el
mayor número de católicos adultos son condenados. Él dice, “Debido a que la
belleza eterna sobrepasa al estado natural, sobre todo porque ha sido privado
de la gracia original, es un pequeño número el que se salva”.
Entonces,
quítense las vendas de los ojos que los ciega con el amor propio, que les
impide creer una verdad tan obvia dándoles ideas muy falsas sobre la justicia
de Dios, “Padre Justo, el mundo no te ha conocido”, dijo Nuestro Señor
Jesucristo. Él no dice “Padre Todopoderoso, bondadoso y misericordioso”. Dice “Padre
Justo”, por lo que podemos entender que, de todos los atributos de Dios,
ninguno es más conocido que su justicia, porque los hombres se niegan a creer
lo que tienen miedo a sufrir. Por lo tanto, quítense las vendas que cubren sus
ojos y digan entre lágrimas: ¡Ay! ¡El mayor número de católicos, el mayor
número de personas que viven aquí, incluso los que están en esta Asamblea, se
condenará! ¿Qué tema podría ser más merecedor de sus lágrimas?
El rey Jerjes,
de pie sobre una colina, mirando a su ejército de cien mil soldados en la
batalla, y considerando que de todos ellos no habría un solo hombre vivo en
cien años, no pudo contener las lágrimas. ¿No tenemos más razón para llorar con
el pensamiento de que, de tantos católicos, el mayor número será condenado?
Acaso este pensamiento no hará a nuestros ojos derramar ríos de lágrimas, o al
menos producir en nuestro corazón el sentimiento de compasión que sintió un
hermano agustino, Ven. Marcello de Santo Domingo? Un día, mientras estaba
meditando sobre el dolor eterno, el Señor le mostró cuántas almas se van al
infierno en ese momento y le hizo ver un camino muy amplio en el que veintidós
mil reprobados fueron corriendo hacia el abismo, que chocaban entre sí. El
siervo de Dios se quedó estupefacto ante la vista y exclamó: “¡Oh, qué número!
¡Qué número! Y aún hay más en camino. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Qué locura!” Déjenme
repetir con Jeremías: “¿Quién va a dar agua a mi cabeza, y una fuente de
lágrimas a mis ojos? Y voy a llorar día y noche por los muertos de la hija de
mi pueblo”.
¡Pobres almas!
¿Cómo se puede correr tan de prisa hacia el infierno? Por amor a la piedad
paren y escúchenme un momento. O entienden lo que significa ser salvados y ser
condenados por toda la eternidad, o no. Si ustedes entienden y, a pesar de eso,
no deciden cambiar su vida hoy en día, hacer una buena confesión y pisotear al
mundo, en una palabra, hacen todo esfuerzo para ser contados entre el número
pequeño de los que se salvan, Yo digo que no tienen la fe. Ustedes son más
excusables si no lo entienden, porque si no hay que decir que están
dementes. Para ser salvados por toda la eternidad, para ser condenados
por toda la eternidad, y no hacer sus máximos esfuerzos para evitar una, y
asegurarse de la otra, es algo inconcebible.
La Bondad de Dios:
Tal vez
ustedes todavía no creen en la terrible verdad que acabo de enseñar. Pero son
la mayoría de los teólogos altamente considerados, los Padres más ilustres que
han hablado a través de mí. Entonces, ¿cómo se pueden resistir a razones con el
apoyo de tantos ejemplos y las palabras de la Escritura? Si ustedes aún no se
deciden, a pesar de esto, y si sus mentes se inclinan a la opinión contraria,
¿esta consideración no basta para hacerlos temblar? Ah, ¡esto muestra que no
les importa mucho su salvación! En esta importante cuestión, un hombre sensato
es golpeado con más fuerza por la menor duda de que corre el riesgo, por la
evidencia de la ruina total en asuntos en que el alma está implicada. Uno de
nuestros hermanos, Giles de Asís, tenía la costumbre de decir que si un solo
hombre iba a ser condenado, el haría todo lo posible para asegurarse de que no
fuera ese hombre.
Entonces, ¿qué
debemos hacer, nosotros los que sabemos que la mayor parte va a ser condenada,
y no sólo de todos los católicos? ¿Qué debemos hacer? Tomar la resolución de
pertenecer al pequeño número de los que se salvan. Alguno dirá: Si Cristo
quería maldecirme, ¿por qué me ha creado? ¡Silencio, lengua precipitada! Dios
no creó a nadie para condenarlo, pero el que está condenado, está condenado
porque él quiere estarlo. Por lo tanto, voy a tratar de defender la bondad de
mi Dios y de absolverla de toda culpa: que será el tema del segundo punto.
Antes de
continuar, vamos a reunir a un lado todos los libros y todas las herejías de
Lutero y Calvino, y en el otro lado los libros y las herejías de los pelagianos
y semipelagianos, y vamos a quemarlos. Algunos destruyen la gracia, otros la
libertad, y todos están llenos de errores, así que los echamos en el fuego.
Todos los condenados tienen a su frente el oráculo del profeta Oseas, “Tu
condena proviene de ti”, de modo que puedan entender que todo el que está
condenado, está condenado por su propia malicia y porque quiere ser condenado.
Primero vamos a echar estas dos
verdades innegables como base: “Dios
quiere que todos los hombres se salven", "Todos se encuentran en
necesidad de la gracia de Dios”. Ahora, si me muestran que Dios
quiere salvar a todos los hombres, y que para ello le da a todos ellos su
gracia y todos los demás medios necesarios para obtener este fin sublime,
estarán obligados a aceptar que quien está condenado debe imputarlo a su propia
malicia, y que si el mayor número de cristianos son condenados, es porque
quiere serlo. “Tu maldición viene de ti, tu ayuda es sólo en mí”.
Dios quiere que todos los
hombres se salven:
En un centenar
de lugares en las Sagradas Escrituras, Dios nos dice que es realmente su deseo
el de salvar a todos los hombres. “¿Es acaso mi voluntad que el pecador muera,
y no que se convierta de sus caminos? ... Vivo yo, dice Jehová el Señor. Yo no
deseo la muerte del pecador. Si se convierte vivirá”. Cuando alguien quiere
algo mucho, dice que se está muriendo con el deseo, es una hipérbole. Pero Dios
ha querido y aún quiere nuestra salvación, tanto, que murió de deseo, y sufrió
la muerte para darnos vida. Esta voluntad de salvar a los hombres tanto, no es
una voluntad superficial y aparente en Dios, es una voluntad real, efectiva, y
beneficiosa, porque Él nos da todos los medios más adecuados a nosotros para
ser salvos. No nos los da a nosotros para que no la consigamos, nos los da con
una voluntad sincera, con la intención de que podamos obtener su efecto. Y si
no lo obtenemos, se muestra afligido y ofendido por ello. Manda aún a los
condenados a seguirla, a fin de ser salvados; Les exhorta a esta, les obliga a
esta, y si no la hacen, pecan. Por tanto, puedan hacerla y así ser salvados.
Es más, porque
Dios ve que ni siquiera podemos hacer uso de su gracia, sin su ayuda, Él nos da
otras ayudas, y si a veces son ineficaces, es nuestra culpa, porque con estas
mismas ayudas, se puede abusar de ellas y ser condenados con ellas, más otro
con ellas puede hacer el bien y ser salvo; incluso podríamos salvarnos con las
ayudas de menor potencia. Sí, puede suceder que abusen de una mayor gracia y
sean condenados, mientras que otro coopera con una gracia menor y se salva.
San Agustín
exclama: “Por tanto, si alguien se aparta de la justicia, este es llevado por
su libre voluntad, encabezada por su concupiscencia, y engañado por su propia
convicción”. Pero para aquellos que no entienden teología, esto es lo que les
tengo que decir: Dios es tan bueno que cuando ve a un pecador corriendo a su
ruina, corre detrás de él, le llama, le suplica y lo acompaña hasta las puertas
del infierno, ¿qué no hará para convertirlo? Le envía buenas inspiraciones y
pensamientos santos, y en caso de que no saque provecho de ellos, Él se enoja y
se indigna, Él lo persigue. ¿Le golpeará? No. Él golpea el aire y lo perdona.
Pero el pecador no se convierte todavía. Dios le envía una enfermedad mortal.
Sin duda, es todo para él. No, hermanos, Dios lo cura, el pecador se obstina en
el mal, y Dios en su misericordia, busca otro camino, Él le da un año más, y
cuando este año pasa, es más, le concede otro.
Pero si el
pecador todavía quiere arrojarse al infierno a pesar de todo esto, ¿qué hace
Dios? ¿Le abandona? No. Él lo toma de la mano, y mientras que él tiene un pie
en el infierno y el otro fuera, Él le predica y le implora que no abuse de sus
gracias. Ahora les pregunto, si ese hombre es condenado, ¿no es cierto que es
condenado en contra de la voluntad de Dios y porque quiere ser condenado? Ahora
ven y pregúntame: Si Dios hubiera querido condenarme, ¿por qué me ha creado?
Pecador
ingrato, aprende hoy de que si eres condenado, no es Dios quien tiene la culpa,
sino eres tú y tu propia voluntad. Para que te convenzas tú mismo, baja hasta
las profundidades del abismo, y os traeré una de esas miserables almas
condenadas ardiendo en el infierno, para que estas te expliquen esta verdad.
Aquí está una ahora: “Dime, ¿quién eres?” “Soy un pobre idólatra, nacido en una
tierra desconocida, nunca oí hablar del cielo o del infierno, ni de lo que
estoy sufriendo ahora”. ¡Pobre miserable! Vete, no eres al que estoy buscando”.
Otro está viniendo; ahí está. “¿Quién eres?” “Soy un cismático de los extremos
de Tartaria, siempre he vivido en un estado incivilizado, casi sin saber que
hay un Dios”. “Usted no es al que quiero, regresa al infierno”. Aquí está otro.
“¿Y tú quién eres?” “Soy un pobre hereje del Norte. Nací bajo el Polo y nunca
vi ni la luz del sol ni la luz de la fe”. “No eres al que yo estoy buscando,
regresa al infierno”. Hermanos, mi corazón se rompe al ver a estos desgraciados
que ni siquiera sabían de la verdadera fe entre los condenados. Aun así,
sabemos que la sentencia de condena fue pronunciada contra ellos y se les dijo,
“tu condena proviene de ti”. Fueron condenados porque querían serlo. ¡Recibieron
tantas ayudas de Dios para ser salvados! No sabemos lo que eran, pero ellos
saben bien, y ahora gritan “¡Oh Señor!, tú eres justo... y tus juicios son
equitativos”.
Hermanos,
ustedes deben saber que la creencia más antigua es la Ley de Dios,
y que todos llevamos escrita en nuestros corazones, que se pueden
aprender sin maestro, y que basta con tener la luz de la razón
para conocer todos los preceptos de esta ley. Por eso, incluso los
bárbaros se escondieron al momento de cometer el pecado, porque sabían que
estaban haciendo mal, y que son condenados por no haber observado la ley
natural escrita en sus corazones, porque si la hubieran observado, Dios habría
hecho un milagro en lugar de dejarlos que sean condenados, Él les hubiera enviado
a alguien para que les enseñe y les hubiera dado otras ayudas, de las que se
hicieron indignos por no vivir en conformidad con las inspiraciones de su
propia conciencia, que nunca dejó de advertirles del bien que deben hacer y el
mal que deben evitar. Así que es su conciencia, que los acusó en el Tribunal de
Dios, y les dice constantemente en el infierno, “Tu condena proviene de ti”.
Ellos no saben qué responder y se ven obligados a confesar que son merecedores
de su destino. Ahora bien, si estos infieles no tienen excusa, ¿Habrá alguna
para un católico que tenía tantos sacramentos, tantos sermones, tanta ayudas a
su disposición? ¿Cómo se atreve a decir?: “Si Dios iba a condenarme, ¿por qué
me ha creado”? ¿Cómo se atrevería a hablar de esta manera, cuando Dios le da
tantas ayudas para ser salvo? Así que vamos a terminar frustrándole.
Ustedes,
que están sufriendo en el abismo, ¡contéstenme! ¿Hay católicos entre ustedes? “¡Por
cierto que hay!” ¿Cuántos? ¡Que uno de ellos venga aquí! “Eso es imposible,
están demasiado abajo, y para poder hacer que ellos vengan aquí tendríamos que
poner todo el infierno de cabeza, sería más fácil detener a uno de ellos que
este cayendo adentro”. Así pues, me dirijo a ustedes que viven en el hábito de
pecado mortal, en el odio, en el fango del vicio de la impureza, y que se
acercan al infierno cada día. Para, y da la vuelta, es Jesús el que te llama y
que, con sus heridas, así como con tantas voces elocuentes, te grita a ti, “Hijo
mío, si eres condenado, sólo te puedes culpar a ti mismo: “Tu condenación
proviene de ti”. Alzad
vuestros ojos y ved todas las gracias con las que te he enriquecido para
asegurar tu salvación eterna. Te podría haber hecho nacer en un bosque en
Babaria, que es lo que hice con muchos otros, pero yo te hice nacer en la
Iglesia Católica, te puse un padre tan bueno, una madre excelente, con las más
puras instrucciones y enseñanzas. Si eres condenado a pesar de esto, ¿quién
tiene la culpa? Tu propia culpa es, Hijo mío, tu propia culpa: Tu condenación
proviene de ti”.
“Yo te podía
haber echado en el infierno después del primer pecado mortal que cometiste, sin
esperar al segundo: lo hice a tantos otros, pero fui paciente contigo, te
esperé durante muchos largos años. Todavía estoy esperando de ti hoy en la
penitencia. Si eres condenado, a pesar de todo eso, ¿de quién es la culpa? Tu
culpa es, Hijo mío, tu propia culpa: Tu condena proviene de ti. Tú sabes
cuántos han muerto ante tus propios ojos y son condenados, esta era una
advertencia para ti. Tú sabes cuantos otros he puesto por el buen camino para
darte un ejemplo. ¿Recuerdas lo que ese excelente confesor te dijo? yo soy el
que hice que lo dijera. ¿No te ordeno cambiar tu vida, para hacer una buena
confesión? yo soy el que le inspiró. ¿Recuerdas aquel sermón que tocó tu
corazón? yo soy el que te llevó allí. Y lo que pasó entre tú y yo en el secreto
de tu corazón,... que nunca puedes olvidar”.
“Esas
inspiraciones interiores, ese conocimiento claro, ese constante remordimiento
de conciencia, ¿te atreves a negarlos? Todas estas fueron tantas ayudas de mi
gracia, porque quería salvarte. Me negué a dárselas a muchos otros, y te las di
a ti porque te amaba tiernamente. Hijo mío, hijo mío, si yo les hubiera hablado
con tanta ternura como me dirijo a ti hoy, ¿cuántas otras almas hubieran vuelto
al camino correcto? Y tú... Me das la espalda. Escucha lo que te voy a decir, y
estas son mis últimas palabras: Tú me has costado mi sangre, si deseas ser
condenado a pesar de la sangre que derrame por ti, no me culpes, sólo a ti mismo
puedes acusar, y por toda la eternidad, no olvides que si eres condenado, a
pesar de mí, eres condenado porque quieres ser condenado: Tu condena proviene
de ti”.
Oh, mi buen
Jesús, las piedras mismas se partirían al oír palabras tan dulces, expresiones
tan tiernas. ¿Hay alguien aquí que quiere ser condenado, con tantas gracias y
ayudas? Si hay una, dejen que me escuche, y que se resista si puede.
Baronio relata
que después de la apostasía infame de Juliano el Apóstata, este concibió un
odio tan grande contra el Santo Bautismo que día y noche, buscó una manera en
la que podría borrar el suyo. Para tal fin preparo un baño de sangre de cabra y
se colocó en él, queriendo que esta sangre impura de una víctima consagrada a
Venus pueda borrar el carácter sagrado del bautismo de su alma. Tal
comportamiento te parecerá abominable, pero si el plan de Juliano hubiera sido
capaz de tener éxito, lo cierto es que estaría sufriendo mucho menos en el
infierno.
Pecadores, el
consejo que les quiero dar, sin duda, parecerá extraño, pero si ustedes lo
entienden bien, es, por el contrario, inspirado por la tierna compasión hacia
ustedes. Les suplico de rodillas, con la sangre de Cristo y el Corazón de
María, que cambien sus vidas, vuelvan al camino que conduce al cielo, y hagan
todo lo posible por pertenecer al pequeño número de los que son salvados. Si,
en lugar de ello, desean continuar caminando en la carretera que conduce al
infierno, al menos, encuentren una manera de borrar su bautismo. ¡Ay de ti si
tomas el Santo Nombre de Jesucristo y el carácter sagrado de los cristianos
grabado en tu alma al infierno! Tu castigo será aún mayor. Así que lo que yo
aconsejo que hagas: si no deseas convertirte, ve hoy mismo y pregúntale a tu
pastor para borrar tu nombre del registro bautismal, de modo que no quede
ningún recuerdo de que hallas sido alguna vez un cristiano; implora a tu ángel
de la guarda para que te borre de su libro de gracias las inspiraciones y las
ayudas que te ha dado por orden de Dios, porque ¡ay de ustedes si las recuerda!
Dígale a Nuestro Señor que tome de regreso su fe, su bautismo, sus sacramentos.
¿Estás
horrorizado al pensar así? Pues bien, échate a los pies de Jesucristo, y dile,
con lágrimas en los ojos y el corazón contrito: “Señor, confieso que
hasta ahora no he vivido como cristiano. No soy digno de ser contado entre tus
elegidos. Reconozco que merezco ser condenado, pero tu misericordia es grande y
lleno de confianza en tu gracia, te digo que quiero salvar mi alma, aunque
tenga que sacrificar mi fortuna, mi honor, y hasta mi vida, con tal que sea
salvado. Si he sido infiel hasta ahora, me arrepiento, deploro, detesto mi
infidelidad, te pido humildemente que me perdones por ello. Perdóname, buen
Jesús, y también fortaléceme, para que pueda ser salvado. Te pido no la
riqueza, ni el honor ni la prosperidad, te pido una sola cosa, que salves mi
alma”.
Y tú, ¡oh
Jesús! ¿Qué dices? ¡Oh buen Pastor, mira a la oveja descarriada que vuelve a
ti; abraza a este pecador arrepentido, bendice sus suspiros y lágrimas, o más bien
bendice a estas personas que están tan dispuestas y que no quieren nada más que
su salvación. Hermanos, a los pies de Nuestro Señor, vamos a protestar porque
queremos salvar nuestra alma, cueste lo que cueste. Pongámonos todos a decirle
con los ojos llenos de lágrimas, “Buen Jesús, yo quiero salvar mi alma”, ¡Oh,
benditas lágrimas, benditos suspiros!
Conclusión:
Hermanos,
quiero despedirlos a todos ustedes consolados hoy. Así que si preguntan mi
sentimiento sobre el número de los que se salvan, aquí está: si hay muchos o
pocos los que se salvan, digo que todo aquel que quiere ser salvo, será salvo,
y que nadie puede ser condenado si no quiere serlo. Y si bien es cierto que
pocos se salvan, es porque hay pocos que viven bien. Por lo demás, comparen estas
dos opiniones: la primera afirma que son condenados el mayor número de
católicos, la segunda, por el contrario, pretende que se salvan el mayor número
de católicos. Imagina a un ángel enviado por Dios para confirmar la primera
opinión, viene a decir que no sólo son la mayoría de los católicos condenados,
pero que de esta reunión de todo estos aquí presentes, uno solo será salvo. Si
obedeces los mandamientos de Dios, si detestas la corrupción de este mundo, si
abrazas la cruz de Jesucristo en un espíritu de penitencia, serás ese uno que
se salvará.
Ahora
imagínate al mismo ángel que regrese a ti confirmando la segunda opinión. Él te
dice que no sólo son la mayor parte de los católicos salvados, pero que de
todos en esta reunión, uno solo va a ser condenado y todos los demás salvados.
Si después de esto, continúas con tus usuras, tus venganzas, tus acciones
criminales, tus impurezas, entonces serás ese uno que será condenado.
¿Cuál es el
uso de saber si muchos o pocos se salvan? San Pedro nos dice: “Esfuérzate por
las buenas obras para hacer tu elección segura”. Cuando la hermana de Santo
Tomás de Aquino le preguntó qué debía hacer para ir al cielo, este dijo: “serás
salva si deseas serlo”. Yo les digo lo mismo a ustedes, y aquí está la prueba
de mi declaración. Nadie es condenado si no comete pecado mortal, que es de la
fe. Y nadie comete un pecado mortal, a menos que quiera: que es una proposición
teológica innegable. Por lo tanto, nadie va al infierno a menos que quiera, y
la consecuencia es obvia. ¿Acaso eso no es suficiente para consolarlos a
ustedes? Lloren por los pecados del pasado, hagan una buena confesión, no
pequen más en el futuro, y todos serán salvos. ¿Por qué te atormentes así?
Porque es cierto que hay que cometer pecado mortal para ir al infierno, y que
para cometer pecado mortal debes querer hacerlo, y como consecuencia, nadie va
al infierno a menos que quiera. Esto no es sólo una opinión, es una verdad
innegable y muy reconfortante, Dios os haga entender, y que Dios los bendiga.
Amén.
En las
primeras normas sobre el discernimiento de espíritus, San Ignacio pone de
manifiesto que es típico del espíritu del mal tranquilizar a los pecadores. Por
lo tanto, debemos predicar constantemente y dar lugar a la confianza y a la
esperanza en el perdón infinito del Señor y de su misericordia, para que la
conversión sea fácil y su gracia, omnipotente. Pero también debemos recordar
que “Dios no puede ser burlado”, y que alguien que vive habitualmente en el
estado de pecado mortal está en el camino a la condenación eterna.
Hay milagros
de último minuto, pero a menos que sostengamos que los milagros son la
generalidad de las cosas, estamos obligados a aceptar que para la mayoría de
las personas que viven en el estado de pecado mortal, condenación final es la posibilidad
más probable.
La doctrina de
San Leonardo de Puerto Mauricio ha salvado y salvará innumerables almas hasta
el fin del tiempo. Esto es lo que dice la Iglesia en la oración del Oficio
Divino, Lección Sexta, hablando de la elocuencia celestial San Leonardo: Al
oírle, hasta los corazones de hierro y bronce fueron fuertemente inclinados a
la penitencia, con motivo de la sorprendente eficacia de la predicación y celo
ardiente del predicador. Y en la oración litúrgica pedimos al Señor, “danos el
poder para doblar el corazón de los pecadores endurecidos por las obras de la
predicación.”
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