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miércoles, 9 de marzo de 2016

El tiempo del Anticristo.


Palabras proféticas del Cardenal John H. Newman dichas en 1873 y tomadas de Cuatro sermones sobre el Anticristo, Ediciones del Pórtico, Buenos Aires, 1999, traducción por el p. Carlos A. Baliña, págs. 33-35.

Por el momento, estaría fuera de lugar decir algo más que esto. Sin embargo insistiré en una particular circunstancia contenía el las palabras de San Pablo, que en parte ya he comentado.
Está escrito que “vendrá una apostasía y que el hombre de pecado será revelado”. En otras palabras, el Hombre de Pecado nace de una apostasía, o por lo menos accede al poder  por medio de una apostasía, o es precedido por un apostasía, o no existiría si no fuese por una apostasía. Eso dice el texto inspirado; ahora bien, observemos, tal como dable apreciar en la historia, de qué modo el curso de la Providencia permite interpretar predicción.
En primer lugar, tenemos una interpretación en el episodio de Antíoco previo a los sucesos contemplados en la profecía. Los israelitas o por lo menos un gran número de ellos, abandonaron su  sagrada religión, y recién entonces le fue permitido el enemigo en escena.
Luego tenemos el caso de la emperador apóstata Juliano, quién intentó subyugar a la Iglesia por medio de astucias, y reintroducir el paganismo; es de notar que fue precedido e incluso criado por la herejía, por aquella primera gran herejía que perturbó la paz y la pureza de la Iglesia
Aproximadamente cuarenta años antes de que él se convertirse en emperador, surgió la pestilente herejía arriana, la cual negaba que Cristo fuese Dios. Hizo su camino entre las cabezas de la Iglesia como un cáncer, de tal modo que por medio que la traición de algunos y los errores de otros, llegó al punto de dominar sobre la Cristiandad. Los pocos hombres santos y creyentes, testigos de la Verdad, gritaron con pavor y terror, frente a la apostasía, que el Anticristo se acercaba. Lo llamaron “el precursor del Anticristo”[37]. Y ciertamente sus Sombra llegó. Juliano fue educado en el seno del arrianismo por algunos de sus principales sostenedores. Su tutor fue aquel Eusebio del cual sus partidarios tomaron su nombre; a su debido tiempo cayó en el paganismo, convirtiéndose en un perseguidor de la Iglesia y fue removido antes que completase el breve período durará el reinado del verdadero Anticristo.
En tercer lugar, se levantó otra herejía de consecuencias mucho más perdurables y de mayor envergadura; era de un carácter doble, de dos cabezas, podría decirse: el Nestorianismo y el Eutiquismo, en apariencia opuestas una a la otra, más unidas en torno a un fin común: negar  de un modo u otro la realidad de la graciosa encarnación de Cristo, teniendo así a destruir la fe de los cristianos, no menos ciertamente, e incluso de modo más insidioso que la herejía de Arrio. Se extendió a través de Oriente y Egipto, corrompiendo y envenenando aquellas Iglesias que en un tiempo ¡Ay!, habían sido las más florecientes, las primeras moradas y los baluartes de la verdad revelada. A partir de esta herejía, o por lo menos por medio de ella, surgió el impostor Mahoma, y compuso su credo. He aquí, por lo tanto, otra particular Sombra del Anticristo.
En lo que respecta al cuarto y último ejemplo, que he podido tomar de la generación que ha precedido inmediatamente la nuestra, me limitaré a observar que de modo similar los ejemplos citados, la Sombra del Anticristo ha surgido de una apostasía, de un abandono de la fe en favor de doctrinas infieles, de la apostasía sin dudas más inicua y más blasfema que el mundo ha conocido[38].
Todos estos ejemplos nos plantean los siguientes interrogantes: ¿surgirá enemigo de Cristo y de Su Iglesia a partir de un especial apartamiento de Dios? ¿No hay acaso motivos para temer que dicha apostasía se esté preparando gradualmente, reuniendo, madurando en nuestros mismos días? ¿Acaso no existe en este mismo momento un especial empeño en casi todo el mundo en prescindir de la religión, más o menos evidente en este o en aquel lugar, pero más visible y formidablemente en aquellas regiones más civilizadas y poderosas? ¿No existe acaso un consenso reciente de que una nación no tiene nada que ver con la religión, de qué se trata de algo concerniente sólo a la conciencia individual? Lo que es lo mismo que decir que podemos dejar que la Verdad desaparezca de la faz de la tierra sin que hagamos nada por evitarlo. ¿No existe un movimiento vigoroso y unificado en todos los países destinado a privar a la Iglesia de Cristo de su poder y posición? ¿No existe un empeño febril y permanente por deshacerse de la necesidad de la Religión en los asuntos públicos?, por ejemplo el intento de desembarazarse de los juramentos con la excusa de que son demasiado sagrados para los asuntos de la vida corriente, en vez de asegurarse de que fuesen proferidos de modo más reverente y conveniente. ¿No existe el intento de educar sin religión, o sea, poniendo a todas las formas de religión al mismo nivel? ¿No existe la tentativa de reforzar la templanza, y todas las virtudes que brotan de ella, sin religión, por medio de sociedades basadas en meros principios de utilidad; de hacer de la conveniencia y no de la verdad, el fin y la norma de las decisiones del Estado y de la constitución de las leyes; de hacer de los números, y no la Verdad, el criterio para sostener o no esté o aquél artículo de fe, como si hubiera la Escritura fundamentación para sostener que los muchos tienen la razón y los pocos no; de privar a la Biblia  de su sentido principal, de modo de hacernos pensar que está posee cien significados, todos igualmente verdaderos, o en otras palabras, que no posee significado alguno, que es letra muerta, y que puede ser dejada de lado; de reemplazar la religión en su conjunto, en cuanto es externa y objetiva, y expresada en leyes y palabras escritas, por algo meramente subjetivo, de confinarla a nuestros sentimientos internos, y de este modo, dada su inestabilidad y variabilidad, de destruir en definitiva la religión?

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[37] Πρόδρоμоς ’Αντιχρίστσν. “Ahora es la Apostasía puesto que los hombres se han apartado de la recta fe. Ésta es pues la Apostasía y debe esperarse la venida del enemigo”, San Cirilo de Jerusalén, Catech., 15,9.
[38] Todo este párrafo no aparece en el texto inglés sino en la versión francesa: L’Antichrist, Editions Ad Solem, Geneve. 1955. Newman hace aquí alusión a la Revolucion Francesa y al ascenso de Napoleón al poder [nota del tradictor]

martes, 22 de diciembre de 2015

Lectura para meditar la Venida del Divino Redentor.


Ama totalmente a Aquel que por tu amor se entregó todo entero, cuya hermosura admiran el sol y la luna, cuyas recompensas y su precio y grandeza no tienen límite; hablo de aquel Hijo del Altísimo a quien la Virgen dio a luz, y después de cuyo parto permaneció Virgen. Adhiérete a su Madre dulcísima, que engendró tal Hijo, a quien los cielos no podían contener, y Ella, sin embargo, lo acogió en el pequeño claustro de su sagrado útero y lo llevó en su seno de doncella.
¿Quién no aborrecerá las insidias del enemigo del género humano, el cual, mediante el fausto de glorias momentáneas y falaces, trata de reducir a la nada lo que es mayor que el cielo? En efecto, resulta evidente que, por la gracia de Dios, la más digna de las criaturas, el alma del hombre fiel, es mayor que el cielo, ya que los cielos y las demás criaturas no pueden contener al Creador, y sola el alma fiel es su morada y su sede, y esto solamente por la caridad, de la que carecen los impíos, como dice la Verdad: “El que me ama, será amado por mi Padre, y yo lo amaré, y vendremos a Él, y moraremos en él” (Jn 14,21.23).
Por consiguiente, así como la gloriosa Virgen de las vírgenes lo llevó materialmente, así también tú, siguiendo sus huellas, ante todo las de la humildad y pobreza, siempre puedes, sin duda alguna, llevarlo espiritualmente en tu cuerpo casto y virginal, conteniendo a Aquel que os contiene a ti y a todas las cosas, poseyendo aquello que, incluso en comparación con las demás posesiones de este mundo, que son pasajeras, poseerás más fuertemente. En esto se engañan algunos reyes y reinas del mundo, pues aunque su soberbia se eleve hasta el cielo y su cabeza toque las nubes, al fin se reducen, por así decir, a basura.

Extracto tomado de la III Carta de la Seráfica Madre Santa Clara de Asís a Santa Inés de Praga.

jueves, 16 de julio de 2015

El Escapulario, símbolo de las virtudes cristianas.


Nadie ignora, ciertamente, de cuánta eficacia sea para avivar la fe católica y reformar las costumbres, el amor a la Santísima Virgen, Madre de Dios, ejercitado principalmente mediante aquellas manifestaciones de devoción, que contribuyen en modo particular a iluminar las mentes con celestial doctrina y a excitar las voluntades a la práctica de la vida cristiana. Entre éstas debe colocarse, ante todo, la devoción del Escapulario de los carmelitas, que, por su misma sencillez al alcance de todos y por los abundantes frutos de santificación que aporta, se halla extensamente divulgada entre los fieles cristianos.

No se trata de un asunto de poca importancia, sino de la consecución de la vida eterna en virtud de la promesa hecha, según la tradición por la Santísima Virgen; se trata, en otras palabras, del más importante entra todos los negocios y del modo de llevarlo a cabo con seguridad. Es, ciertamente, el santo Escapulario una como librea mariana, prenda y señal de protección de la Madre de Dios; más no piensen los que visten esta librea que podrán conseguir la salvación eterna abandonándose a la pereza y desidia espiritual, ya que el Apóstol nos advierte: Trabajad por vuestra salvación con respeto y sinceridad.

Reconozcan en este memorial de la Virgen un espejo de humildad y castidad; vean en la forma sencilla de su hechedura un compendio de modestia y candor; vean, sobre todo, en esta librea que visten día y noche, significada con simbolismo elocuente, la oración con la cual invocan el auxilio divino; reconozcan, por fin, en ella su consagración al Corazón santísimo de la Virgen inmaculada.

De la carta de S.S. Pío XII, del 11 de febrero de 1950, con ocasión del centenario del Escapulario del Carmen. 

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Conmemoración de los fieles difuntos.


En santo ermitaño se cruzó en el camino con un monje de Cluny y le rogó dijese a San Odilón, abad de ese monasterio, que los demonios se quejaban por el número de almas que sus oraciones y la de sus religiosos libraban del Purgatorio.
En cuanto lo supo, el santo abad ordenó a toda su Orden que consagrara el segundo día de noviembre —el día siguiente a Todos los Santos— para rogar por la liberación de las Benditas Almas del Purgatorio. Esto fue en el año 998. Esta costumbre, adoptada en seguida por otros monjes y por la diócesis de Lieja en 1008, se extendió gradualmente por todo Occidente.

I. Las Almas del Purgatorio sufren la llamada Pena del Daño al estar privadas de la visión beatífica. ¡Qué cruel es la separación de no poder estar con Dios ni verlo! La naturaleza y la gracia los impulsan impetuosamente hacia Dios, pero no pueden llegar hasta Él. Lo que les causa más pena es ver que su dicha es aplazada porque, en la Tierra, tantas veces le dieron la espalda al Señor, prefiriendo atender a las creaturas y no al Creador. ¡Oh cristiano! ¡Ten piedad de estas almas y, con tus oraciones y mortificaciones, trabaja por retirarlas de tan triste morada!

II. Las Almas del Purgatorio también padecen la Pena de los Sentidos: Son atormentadas por el mismo fuego que castiga a los condenados al Infierno; la diferencia está en que los condenados sufrirán por toda la eternidad, pero las Almas del Purgatorio sólo por un tiempo. Puedes abreviar este tiempo con tus oraciones, ayunos y limosnas. ¿Negarás esta caridad a tus padres, a tus hermanos cristianos que te la piden? Oye su queja: ¡Tened piedad de mí, tened piedad de mí, por lo menos vosotros que fuisteis mis familiares y amigos!

III. Estas santas almas, sin embargo, tienen consuelos en medio de sus suplicios, porque están resignadas a la voluntad de Dios que en ellas se cumple para purificarlas, y porque ven, por un lado, el infierno que evitaron, y por el otro, el cielo que las espera.
Cristianos, aprendamos de ellas cómo hay que sufrir, y veamos de pasar lo más que podamos nuestro purgatorio en esta vida; suframos con la misma fortaleza y la misma esperanza que las Almas del Purgatorio. “Señor, purifícame en esta vida, a fin de que después de esta vida escape de las llamas del purgatorio” (San Agustín).

Las misas gregorianas.

Cuenta el gran Papa y Doctor de la Iglesia San Gregorio Magno (+604) que, antes de ser Papa, siendo todavía abad de un monasterio, había allí un monje llamado Justo que ejercía con su permiso la medicina. Una vez Justo aceptó una moneda de tres escudos de oro sin permiso de su Abad, faltando gravemente así al voto de pobreza. Tanto se arrepentiría luego de este pecado y tanto le dolería, que se enfermó y al poco tiempo murió, pero en paz con Dios. Sin embargo, San Gregorio, para inculcar en sus religiosos un gran horror a esta impiedad, lo hizo sepultar fuera de las tapias del cementerio, en un basural, donde también echó la moneda de oro, haciendo repetir a los religiosos las palabras de San Pedro a Simón Mago: “Que tu dinero perezca contigo”. A los pocos días, pensando que quizás su castigo había sido demasiado severo, encargó al ecónomo encargar
30 misas seguidas por el alma del difunto.
El mismo día que terminaron de celebrarse las 30 misas, se apareció Justo a otro monje, Copioso, diciéndole que subía al cielo, libre de las penas del Purgatorio, gracias a esas 30 misas.
Estas misas, se llaman ahora, en honor de San Gregorio Magno, Misas Gregorianas.

Las treinta misas gregorianas por los difuntos.

No es un dogma de fe, ni un precepto de la Iglesia que se tengan que rezar 30 Misas Gregorianas para que un difunto vaya al Cielo, sino una costumbre piadosa fundada en un Dogma de Fe de la Santa Iglesia que afirma la existencia del Purgatorio y la necesidad que tienen las almas de que recemos por ellas ofreciendo la Santa Misa, sacrificios y oraciones por su eterno descanso.
Por otra parte, muchas veces olvidamos que rezar por nuestros familiares difuntos es una obligación grave de caridad. Cuando, después de muertos, estemos ante el Juez Eterno, se nos examinará en las obras de amor y misericordia y el Señor nos hará entrar en el Paraíso si lo hemos socorrido a Él, presente en el pobre, el hambriento, el sediento, el desnudo, el enfermo, el forastero. Y se es pobre no sólo materialmente, sino sobre todo espiritualmente. Y las Almas del Purgatorio son pobres espirituales a quienes damos de comer, beber, vestimos, visitamos y sanamos de su enfermedad cuando las socorremos con nuestra oración y sacrificios, en primer lugar con la oración y con el Santo Sacrificio de la Misa. Luego no rezar por el descanso eterno de nuestros difuntos es una vil omisión contra la caridad que tendremos que purificar en el Purgatorio, sólo sabe Dios por cuánto tiempo y con qué acerbos dolores.
La tradición tan hermosa de las Misas Gregorianas se está perdiendo en la Iglesia Oficial de hoy y ya ni los mismos sacerdotes y religiosos la conocen ni hablan de ella a los fieles, como tampoco creen ni hablan del Dogma Purgatorio y de las almas que allí están prisioneras. A la apostasía de la fe de este siglo —que tanto se ha incrustado en los hombres de Iglesia— hay que unir la tremenda falta de formación religiosa doctrinal y espiritual en el clero secular y regular y la consecuente ignorancia en cuestiones de fe en los fieles, receptores pasivos de esta carencia de sus pastores. Ello ha producido la pérdida del sentido religioso de la vida cristiana a favor de un secularismo vacío y horizontalista.
Así, hoy la tendencia errónea de los curas y religiosos es preocuparse del cuerpo y no del alma de los fieles; de la vida en el mundo y no de la salvación eterna del alma; de edificar una sociedad terrena y no la Ciudad del Cielo; de anunciar las realidades sociales, económicas y políticas y no proclamar el Reino de los Cielos como lo hizo Nuestro Señor y quiere que ellos lo hagan. El celo por la salvación de las almas ha sido reemplazado por el celo del estómago. El cumplimiento de los Mandamientos de Dios, por la búsqueda de los Derechos del hombre. La Iglesia Santa por el mundo laicista. El Cielo por la tierra…
El no implorar por las almas del Purgatorio es también una consecuencia de la pérdida de fe en el Dogma del Purgatorio, proclamado solemnemente por la Iglesia. En el nº 1334 del Enchiridion Symbolórum de H. Denzinger y P. Hünermann (Ed Herder 1999), encontramos la siguiente afirmación solemne del Concilio de Florencia (XVII Ecuménico) del año 1445 cuando habla de los difuntos: Asimismo, si los verdaderos penitentes salieren de este mundo antes de haber satisfecho con frutos dignos de penitencia por lo cometido y omitido, sus almas son purgadas con penas purificatorias después de la muerte, y para ser aliviadas de esas penas, les aprovechan los sufragios de los fieles vivos, tales como el Sacrificio de la Misa, oraciones y limosnas, y otros oficios de piedad, que los fieles acostumbran a practicar para los otros fieles, según las instituciones de la Iglesia.
Por su parte el Concilio de Trento el 3 y 4 de diciembre de 1563 realizó la siguiente declaración dogmática (nº 1820 de la edición antedicha): La Iglesia Católica, instruida por el Espíritu Santo, habiendo enseñado en los santos concilios y recentísimamente en este Sínodo Ecuménico, conforme a las Sagradas Escrituras y a la antigua tradición de los Padres, que existe un Purgatorio y que las almas retenidas allí son ayudadas por los sufragios de los fieles, en especial por el Sacrificio propiciatorio del Altar, por este Santo Concilio manda a los obispos que la sana doctrina sobre el Purgatorio transmitida por los Santos Padres y sagrados Concilios, sea creída por los fieles cristianos, mantenida, enseñada y predicada en todas partes.
Que la visión de San Gregorio nos estimule a hacer ofrecer con frecuencia la Santa Misa por los Fieles Difuntos, y se renueve en la Iglesia —al menos en lo que a nosotros dependa— la fe en este Misterio. Que nos estimule a todos a rogar por las almas del Purgatorio, sobre todo por las almas de los sacerdotes, religiosos y miembros de la jerarquía —aún los más altos en ésta— que son quienes están terriblemente padeciendo allí (ojalá que, al menos, hayan alcanzado a llegar al Purgatorio…) por tantos pecados de infidelidad a su vocación por preferir obedecer al mundo antes que a Cristo, a los novadores antes que a la fe revelada en las Escrituras y transmitida por el Magisterio Tradicional de la Santa Iglesia, así como por el ejemplo, reglas y enseñanzas de los Santos Fundadores de sus Órdenes y Congregaciones.


Architriclinus

viernes, 12 de septiembre de 2014

El dulce Nombre de María.


12 de septiembre: fiesta en honor al dulce Nombre de María.

El augusto nombre de María, dado a la Madre de Dios, no fue cosa terrenal, ni inventado por la mente humana o elegido por decisión humana, como sucede con todos los demás nombres que se imponen. Este nombre fue elegido por el cielo y se le impuso por divina disposición, como lo atestiguan san Jerónimo, san Epifanio, san Antonino y otros. “Del Tesoro de la divinidad –dice Ricardo de San Lorenzo– salió el nombre de María”. De él salió tu excelso nombre; porque las tres divinas personas, prosigue diciendo, te dieron ese nombre, superior a cualquier nombre, fuera del nombre de tu Hijo, y lo enriquecieron con tan grande poder y majestad, que al ser pronunciado tu nombre, quieren que, por reverenciarlo, todos doblen la rodilla, en el cielo, en la tierra y en el infierno. Pero entre otras prerrogativas que el Señor concedió al nombre de María, veamos cuán dulce lo ha hecho para los siervos de esta santísima Señora, tanto durante la vida como en la hora de la muerte. 

San Alfonso María de Ligorio, tomado de “Las glorias de María”.

miércoles, 18 de junio de 2014

Breve idea de la teología trinitaria.


El amor nocional de Dios

Por amor nocional en Dios se entiende el acto de amor con que el Padre y el Hijo se aman mutuamente, dando origen, por vía de procedencia o de espiración activa, a la tercera persona divina, que es el Espíritu Santo. Este amor conviene por igual al Padre y al Hijo, pero no al Espíritu Santo, que es el término de ese amor. Este amor nocional recibe también el nombre de amor originante, porque es el amor que da origen al Espíritu Santo en el seno de la divinidad.

a) Las procesiones divinas

En sentido filosófico, se entiende por origen o procesión la procedencia real que una cosa tiene respecto de otra. Tratándose de Dios, la palabra procesión puede tomarse en dos sentidos completamente diferentes, según que quieran expresarse las procesiones que tienen lugar dentro del mismo Dios (procesiones ad intra) o las que se verifican hacia fuera, dando origen a las criaturas (procesiones ad extra). Las primeras son inmanentes, o sea, permanecen en el seno mismo de Dios; las segundas son transeúntes, porque pasan o terminan en otros seres distintos de Dios. Así, por ejemplo, de nuestro espíritu proceden muchos pensamientos y afectos que permanecen en él sin manifestarse al exterior, por lo que se llaman inmanentes. En cambio, cuando escribimos una carta, el efecto, la escritura, queda fuera del que escribe: es transeúnte.
Los orígenes o procesiones inmanentes en Dios (ad intra) solo pueden significar el origen o procedencia que una persona divina tiene de otra. Porque todo lo que existe en Dios, o es la divina esencia—la cual no puede proceder realmente de otro, puesto que es el Ser absoluto, por sí mismo subsistente—, o son las personas.
Procesiones divinas transeúntes (ad extra) son los orígenes que todas las cosas tienen de Dios por la creación, conservación y gobernación de todo cuanto existe.
Aquí nos interesan únicamente las procesiones divinas inmanentes (ad intra), que, según la doctrina católica, son únicamente dos: una por vía intelectual, que es la generación del Hijo por el Padre, y otra por vía de voluntad o de amor, que es la procesión del Espíritu Santo en virtud de la espiración activa, común al Padre y al Hijo.  De donde se sigue que solamente el Hijo y el Espíritu Santo proceden o son originados en el seno de la divinidad; no el Padre, que no ha sido originado por nadie ni es término, por consiguiente, de ninguna procesión divina.
La razón para explicar por qué las procesiones divinas ad intra no son más que dos, es la siguiente: tantas han de ser las procesiones ad intra cuantas sean las acciones divinas inma- nentes; pero en Dios no hay más que dos acciones inmanentes, a saber: entender y amar; luego únicamente dos han de ser las procesiones divinas ad intra, a saber: una por vía intelectual (la generación del Hijo) y otra por vía afectiva o de la voluntad (la procesión del Espíritu Santo).
Cabe preguntar ahora dos cosas. Primera: ¿por qué el origen divino del Espíritu Santo se llama procesión?  Y segunda: ¿por qué el Hijo procede solamente del Padre, y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo?
A la primera pregunta Santo Tomas responde estableciendo una analogía con la producción del verbo mental y el acto de amor en las criaturas intelectuales.  En la producción del verbo mental, el entendimiento puede decirse que engendra verdaderamente su propia idea, puesto que esa idea procede de el como principio vital conjunto según la razón de semejanza en la misma naturaleza específica (ser intelectual), que son las condiciones que se requieren para que pueda hablarse de verdadera generación.  Por no reunir estas condiciones no puede lla- marse generación a la producción de un ser de naturaleza distinta al que lo produce (v.gr., el escultor no engendra la estatua, sino que la produce), mientras que sí lo es la producción de un ser de la propia naturaleza (el hijo) por un principio vital conjunto (el padre).  En cambio, por el acto de amor de los seres intelectuales no se engendra al amado, no se produce nada en el seno de la propia voluntad, sino que, por el contrario, la voluntad sale de si con su impulso amoroso en busca del amado; y, por lo mismo, lo que en Dios procede por modo de amor no procede como engendrado ni como hijo, sino más bien como espíritu, con cuya expresión se designa cierta moción o impulso vital, a la manera como alguien es movido o impulsado por el amor a ejecutar alguna cosa.
A la segunda cuestión, ¿por qué el Hijo procede solamente del Padre, y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo?, que son dogmas de nuestra fe católica, contesta Santo Tomás invocando de nuevo la diferencia entre la acción del entendimiento y de la voluntad, a semejanza de las cuales se verifican las procesiones del Hijo y del Espíritu Santo. Porque la acción intelectiva (generación de la idea o verbo mental) procede exclusivamente del entendimiento, sin que intervenga para nada la voluntad; mientras que a la acción de la voluntad concurre también el entendimiento, ya que no es posible amar una cosa desconocida, sino única- mente lo conocido y apreciado por la mente como bien.  Esto mismo ocurre con la procesión del Espíritu Santo; por eso hay que decir que procede, a la vez, del Padre y del Hijo, que forman un solo principio de espiración activa.

b) Las relaciones Divinas

Las procesiones intratrinitarias nos llevan de la mano a las relaciones entre las personas divinas.  Porque, en todo origen, la cosa que procede de otra dice a ella una relación real, y viceversa.  Por ejemplo, entre la fuente y el arroyo, entre el padre y el hijo, hay mutuas relaciones reales.  Sin las relaciones divinas no podría explicarse la distinción de personas ni su absoluta igualdad.
Es doctrina católica que en Dios se dan relaciones reales internas, y son estas cuatro: paternidad, filiación, espiración activa y espiración pasiva. La paternidad corresponde al Padre; la filiación, al Hijo; la espiración activa, al Padre y al Hijo, y la espiración pasiva, al Espíritu Santo.  Por eso, aunque las relaciones sean cuatro, solo tres se oponen entre sí, dando origen a otras tantas personas divinas: la paternidad, filiación y espiración pasiva. La espiración activa, común al Padre y al Hijo, no se opone a la paternidad ni a la filiación, sino solo a la pro- cesión del Espíritu Santo; y como lo que constituye a las personas divinas en cuanto tales es la oposición relativa que dicen unas con respecto a otras, por eso no hay más que tres personas divinas a pesar de que las relaciones reales sean cuatro, ya que la espiración activa no se opone a la paternidad ni a la filiación, sino solo a la procesión del Espíritu Santo; por cuya razón el Espíritu Santo se opone relativamente al Padre y al Hijo, no en cuanto tales, sino en cuanto constituyen un solo principio espirador, o sea, por razón de la relación de espiración activa, común a los dos.
De donde se sigue que el término persona significa “in divinis” la misma relación en cuanto cosa subsistente en la naturaleza divina.

Antonio Royo Marín, O.P., tomado de

viernes, 25 de abril de 2014

La ceguera que produce el mal.


Si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo”, Peter Brueghel, el viejo. 1568.

El mal siempre tiene por consecuencia enceguecer. Un acto culpable coloca delante de la razón un velo que le oculta el bien. Sucede que el alma, enseguecida primero voluntariamente, termina por ya no tener conocimiento del bien. La luz de la verdad, que reprende al hombre por sus faltas, más disminuye cuanto menos se la escucha: y cuando es rechazada de los actos, huye del espíritu.La ceguera va acompañada del orgullo. El orgullo se origina inevitablemente en la ignorancia de la verdad. Y entre los hombres carnales el orgullo va lejos. “¿Quién es el Todopoderoso para que nosotros le sirvamos?” Dicen en el libro de Job. Volcada el alma miserablemente a lo exterior, ya no puede entrar más en sí misma ni concebir al Dios invisible.


Padre Emmanuel, “El cristiano del día y el cristiano del Evangelio”, Ed. ICTION, 1980.

Lo maravilloso de los santos.


La Huida a Egipto, por Vittore Carpaccio, 1500.

“Lo maravilloso de los santos es su visión continua de fe en todas las cosas. Sin ella, todo vendría a devaluar su santidad. Esa fe amorosa, que les permite unirse a Dios en todas las cosas, hace que su santidad no esté nunca necesitada de lo extraordinario. Si a veces esto viene a ser útil, es en favor de los otros, que pueden necesitar estos signos y señales. Pero el alma de fe, contenta en su oscuridad, deja para el prójimo todo lo sensible y extraordinario, y toma para sí lo más común, la voluntad de Dios, centrándose en la voluntad divina, en la que se esconde sin deseos de manifestarse.
La fe genuina no necesita en absoluto de pruebas, y aquellos que la necesitan no andan muy sobrados de fe. Los que viven de la fe reciben las pruebas no como pruebas que ayuden a creer, sino como ordenaciones de la voluntad de Dios. Y en este sentido no hay contradicción alguna entre el estado de pura fe y esas cosas extraordinarias que se hallan en muchos santos, a los que Dios alza para la salvación de las almas, como luces para iluminar a los más vacilantes. Así eran los profetas, los Apóstoles y todos santos que Dios ha elegido para ponerlos en el candelero [Mat. 5,15]; siempre los ha habido y siempre los habrá. Pero en la Iglesia hay también una infinidad de santos que viven ocultos, pues están destinados a brillar en el cielo, y en esta vida no irradian luces especiales, sino que viven y mueren en una gran oscuridad.”

Jean-Pierre de Caussade, tomado de “El abandono en la divina Providencia”.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Consideración sobre la oración (II).


Consideremos, además, la necesidad de la oración. Dice San Juan Crisóstomo (Tomo 1, 77), que así como el cuerpo sin alma está muerto, así el alma sin oración se halla tam­bién sin vida, y que tanto necesitan las plan­tas el agua para no secarse, como nosotros la oración para no perdernos. Dios quiere que nos salvemos todos y que nadie se pierda (1 Ti., 2, 4). «Espera con paciencia por amor de vosotros, no queriendo que perezca ninguno, sino que todos se conviertan a penitencia» (2 P., 3, 9). Pero también quiere que le pida­mos las gracias necesarias para nuestra sal­vación; puesto que, en primer lugar, no po­demos observar los divinos preceptos y sal­varnos sin el auxilio actual del Señor, y, por otra parte, Dios no quiere, en general, darnos esas gracias si no se las pedimos. Por esta razón dice el Santo Concilio de Trento (Ses., 6, c. 2) que Dios no impone preceptos impo­sibles, porque, o nos da la gracia próxima y actual necesaria para observarlos, o bien nos da la gracia de pedirle esa gracia actual. Y enseña San Agustín[1] que, excepto las pri­meras gracias que Dios nos da, como son la vocación a la fe, o a la penitencia, todas las demás, y especialmente la perseverancia, Dios las concede únicamente a los que se las piden.
Infieren de aquí los teólogos, con San Ba­silio, San Agustín, San Juan Crisóstomo, San Clemente de Alejandría y otros muchos, que para los adultos es necesaria la oración, con necesidad de medio. De suerte que sin orar, a nadie le es posible salvarse. Y esto, dice el doctísimo Lessio[2], debe tenerse como de fe.
Los testimonios de la Sagrada Escritura son concluyentes y numerosos: «Es menester orar siempre. Orad, para que no caigáis en la tentación. Pedid y recibiréis. Orad sin intermisión»[3]. Las citadas palabras «es menes­ter, orad, pedid», según general sentencia de los doctores con el angélico Santo Tomás (3 p., q. 29, a. 5), imponen precepto que obliga bajo culpa grave, especialmente en dos ca­sos: 1.°, cuando el hombre se halla en peca­do; 2.°, cuando está en peligro de pecar. A lo cual añaden comúnmente los teólogos que quien deja de orar por espacio de un mes o más tiempo, no está exento de culpa mortal. (Puede verse a Lessio en el lugar citado.) Y toda esta doctrina se funda en que, como he­mos visto, la oración es un medio sin el cual no es posible obtener los auxilios necesarios para la salvación.
Pedid y recibiréis. Quien pide alcanza. De suerte —decía Santa Teresa— que quien no pide no alcanzará. Y el Apóstol Santiago ex­clama (4, 2): No alcanzáis porque no pedís. Singularmente es necesaria la oración para obtener la virtud de la continencia. «Y como llegué a entender que de otra manera no po­día alcanzarla, si Dios no me la daba... acu­dí al Señor y le rogué» (Sb., 8, 21). Resuma­mos lo expuesto considerando que quien ora se salva, y quien no ora, ciertamente, se condena. Todos cuantos se han salvado lo consiguieron por medio de la oración. Todos los que se han condenado se condenaron por no haber orado. Y el considerar que tan fácilmente hubieran podido salvarse orando, y que ya no es tiempo de remediar el mal, aumentará su desesperación en el infierno

Afectos y súplicas

¿Cómo he podido, Señor, vivir hasta ahora tan olvidado de Vos? Preparadas teníais to­das las gracias que yo debiera haber busca­do; sólo esperabais que os las pidiese; pero no pensé más que en complacer a ni sen­sualidad, sin que me importase verme pri­vado de vuestro amor y gracia. Olvidad, Se­ñor, mi ingratitud, y tened misericordia de mí; perdonad las ofensas que os hice, y concededme el don de la perseverancia, auxilián­dome siempre, ¡oh Dios de mi alma!, para que no vuelva a ofenderos. No permitáis que' de Vos me olvide, como os olvidé antes. Dad­me luz y fuerza para encomendarme a Vos, especialmente cuando el enemigo me mueva a pecar. Otorgadme, Dios mío, esta gracia por los méritos de Jesucristo y por el amor que le tenéis. Basta, Señor; basta de culpas. Amaros quiero en el resto de mi vida. Dad­me vuestro santo amor, y él haga que os pida vuestro auxilio siempre que me halle en pe­ligro de perderos pecando... María Santí­sima, mi esperanza y amparo, de Vos espe­ro la gracia de encomendarme a Vos y a vuestro divino Hijo en todas mis tentacio­nes. Socorredme, Reina mía, por amor de Cristo Jesús.


San Alfonso María de Ligorio, “Preparación para la muerte”, Ed. Apostolado de la Prensa, S. A., Madrid, 1944.




[1] De dono persev., o. 16.
[2] De Just., lib. 2, C. 39, n. 9.
[3] Lc, 18, 1;  32, 40; Jn. 16, 24; 1 Ts., 8, 17.

Perseverancia en la persecución.


Esteban martirizado con piedras, mientras persevera heroicamente hasta el final con la oración, ganando así la corona de la salvación.

Veamos ahora cómo se ha de vencer al mundo. Gran enemigo es el demonio, mas el mundo es peor. Si el demonio no se sirviese de él, de los hombres malos, que forman lo que llamamos mundo, no lograría los triun­fos que obtiene. No tanto amonesta el Redentor que nos guardemos del demonio como de los hombres (Mt., 10, 17). Estos son a me­nudo peores que aquéllos, porque a los demo­nios se los ahuyenta con la oración e invo­cando los nombres de Jesús y de María; pero los malos amigos, si mueven a alguno a pe­car y les responde con buenas y cristianas palabras, no huyen ni se reprimen, sino que le excitan y tientan más, y se burlan de él llamándole necio, cobarde o menguado; y cuando otra cosa no pueden, le tratan de hi­pócrita, que finge santidad. Y no pocas al­mas tímidas o débiles, por no oír tales burlas e improperios, siguen a aquellos ministros de Lucifer y pecan miserablemente. Persuá­dete, pues, hermano mío, de que si quieres vivir piadosamente, los impíos, los malvados te menospreciarán y se burlarán de ,ti. El que vive mal no puede tolerar a los que vi­ven bien, porque la vida de éstos les sirve de continuo reproche y porque quisiera que todos le imitasen para acallar el remordi­miento que le ocasiona la cristiana vida de los demás. El que sirve a Dios, dice el Apóstol (2 Ti. 3, 12), tiene que ser perseguido del mundo. Todos los santos sufrieron rudas per­secuciones. ¿Quién más santo que Jesucristo? Pues el mundo le persiguió hasta darle afren­tosa muerte de cruz.
No ha de sorprendernos esto porque las má­ximas del mundo son del todo contrarias a las de Jesucristo. A lo que aquél estima llama Cristo locura (1 Co., 3, 19). Y al contrario, el mundo tiene por demencia lo que alaba y aprecia nuestro Redentor, como son las cru­ces, dolores y desprecios (1 Co., 1, 13). Pero consolémonos, que si los malos nos maldicen y vituperan, Dios nos bendice y ensalza (Sal. 108, 28). ¿No basta ser alabados de Dios, de María Santísima, de los ángeles y santos y de todos los buenos? Dejemos, pues, que los pe­cadores digan lo que quisieren y prosigamos sirviendo a Dios, que tan fiel y amoroso es para los que le aman. Cuanto mayores fue­ren los obstáculos y contradicciones que ha­llemos practicando el bien, tanto más grandes serán la complacencia del Señor y nuestros méritos. Imaginemos que en el mundo sólo Dios y nosotros existimos, y cuando los mal­vados nos censuren encomendémoslos al Se­ñor, y dándole gracias por la luz que a nos­otros nos alumbra y a ellos les niega, prosi­gamos en paz nuestro camino. Nunca nos cau­se rubor el ser y parecer cristianos, porque si nos avergonzamos de ello, Jesucristo se aver­gonzará de nosotros, según nos anunció (Lc, 9, 26).
Si queremos salvarnos, menester es que es­temos firmemente resueltos a padecer fuerza y a violentarnos siempre. «Estrecho es el ca­mino que conduce a la vida» (Mt., 7, 14).
El reino de los cielos se alcanza a viva fuerza, y los que se la hacen a sí mismos son los que le arrebatan (Mt., 11, 12). Quien no se hace violencia no se salvará. Y esto es irre­mediable, porque si queremos practicar el bien, tenemos que luchar contra nuestra re­belde naturaleza. Singularmente, debemos violentarnos al principio para extirpar los malos hábitos y adquirir los buenos, puesto que después la buena costumbre convierte en cosa fácil y dulce la observancia de la bue­na ley.
Dijo el Señor a Santa Brígida que, a quien practicando las virtudes con valor y pacien­cia sufre la primera punzada de las espi­nas, después esas mismas espinas se le true­can en rosas. Atiende, pues, cristiano, y oye a Jesús que te dice como al paralítico (Jn., 5, 14): «Mira que ya estás sano; no quieras pecar más, porque no te suceda cosa peor». Entiende, añade San Bernardo, que si por tu desgracia vuelves a recaer, tu ruina será peor que todas las de tus primeras caídas. ¡Ay de aquellos, dice el Señor (Is., 30, 1) que emprenden el camino de Dios, y luego le de­jan. Serán castigados como rebeldes a la luz (Jn., 3, 19); y la pena de esos infelices, que fueron favorecidos e iluminados con las luces de Dios, e infieles después, será quedar del todos ciegos y así acabar su vida hundidos en la culpa. «Mas si el justo se desviare de su justicia..., ¿por ventura vivirá? No se hará memoria de ninguna de las obras justas...; por su pecado morirá» (Ez., 18, 24).

Afectos y súplicas

¡Ah, Dios mío! ¡Cuántas veces he mereci­do castigo semejante, ya que tantas dejé el pecado por las luces y mercedes que me dis­teis, y luego miserablemente recaí en la cul­pa! Infinitas gracias os doy por vuestra cle­mencia en no haberme abandonado a mi ce­guedad, privándome de vuestras luces como yo merecía. Obligadísimo os quedo, y harto ingrato sería si volviese a separarme de Vos. No será así, Redentor mío: antes bien, espe­ro que en el resto de mi vida, y en toda la eternidad, he de alabar y cantar vuestras misericordias (Sal. 88, 2), amándoos siempre sin perder vuestra divina gracia. Mi pasada ingratitud, que maldigo y aborrezco sobre to­do mal, me servirá de acicate para llorar las ofensas que os hice y para inflamarme en amor a Vos, que me habéis acogido o pesar de mis pecados, y me habéis otorgado tan altas mercedes. Os amo, Dios mío, digno de infinito amor. Desde hoy seréis mi único amor, mi único bien. ¡Oh Eterno Padre! Por los merecimientos de Jesucristo os pido la per­severancia final en vuestro amor y gracia, y sé que me la concederéis si continúo pidién­doosla. Mas, ¿quién me asegura de que así lo haré? Por eso, Dios mío, os ruego que me deis la gracia de que siempre os pida ese precioso don... ¡Oh María!, mi abogada, esperanza y refugio, alcanzadme con vuestra intercesión constancia para pedir a Dios la perseverancia final. Os lo ruego por vuestro amor a Cristo Jesús.


San Alfonso María de Ligorio, “Preparación para la muerte”, Ed. Apostolado de la Prensa, S. A., Madrid, 1944.

Consideración sobre la oración (I).


Pétite et dábitur vobis..., omnis enim qui petit, áccipit.
Pedid y se os dará..., porque to­do aquel que pide recibe
Lc,  11, 9-10.

No sólo en éstos, sino en otros muchos lu­gares del Antiguo y Nuevo Testamento pro­mete Dios oír a los que se encomiendan a Él: «Clama a Mí, y te oiré (Jer., 33, 3). —Invóca­me..., y te libraré (Sal. 49, 15). —Si algo pidie­reis en mi nombre, Yo lo haré (Jn., 14, 14). —Pediréis lo que quisiereis, y se os otorgará» (Jn., 15, 7). Y otros varios textos semejan­tes. La oración es una, dice Teodoreto; y, sin embargo, puede alcanzarnos todas las cosas; pues, como afirma San Bernardo[1], el Señor nos da, o lo que pedimos en la oración, u otra gracia para nosotros más conveniente. Por esa razón, el Profeta (Sal. 85, 5) nos mueve a que oremos, asegurándonos que el Señor es todo misericordia para cuantos le invocan y acuden a Él. Y todavía con más eficacia nos exhorta el Apóstol Santiago[2], diciéndonos que cuando rogamos a Dios nos concede más de lo que pedimos, sin repro­charnos las ofensas que le hemos hecho. No parece sino que, al oír nuestra oración, ol­vida nuestras culpas.
San Juan Clímaco dice que la oración hace, en cierto modo, violencia a Dios, y le tuerza a que nos conceda lo que le pidamos. Fuer­za —escribe Tertuliano— que es muy grata al Señor y que la desea de nosotros, pues, como dice San Agustín, mayores deseos tiene Dios de darnos bienes que nosotros de recibirlos, porque Dios, por su naturaleza, es la Bon­dad infinita, según observa San León, y se complace siempre en comunicarnos sus bienes. Dice Santa María Magdalena de Pazzis que Dios queda, en cierto modo, obligado con el alma que le ruega, porque ella misma ofre­ce así ocasión de que el Señor satisfaga su deseo de dispensarnos gracias y favores. Y David decía (Sal. 55, 10) que esta bondad del Señor, al oírnos y complacernos cuando le dirigimos nuestras súplicas, le demostraba que El era el verdadero Dios. Sin razón se que­jan algunos de que no hallan propicio a Dios —advierte San Bernardo—; pero con mayor motivo se lamenta el Señor de que muchos le ofenden dejando de acudir a Él para pedirle gracias. Por eso nuestro Redentor dijo a sus discípulos (Jn., 16, 24): —Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre. Pedid y recibiréis para que vuestro gozo sea comple­to; o sea: «No os quejéis de Mí si no sois ple­namente felices; quejaos de vosotros mismos, que no me habéis pedido las gracias que os tengo preparadas. Pedid, pues, y quedaréis contentos.»
Los antiguos monjes afirmaban que no hay ejercicio más provechoso para alcanzar la salvación que la oración continua, diciendo: auxiliadme, Señor. Deus in adjutórtum meum intende. Y el venerable P. Séñeri refiere de sí mismo que solía en sus meditaciones con­ceder largo espacio a los piadosos afectos; pero que después, persuadido de la gran efi­cacia de la oración, procuraba emplear en las súplicas la mayor parte del tiempo... Haga­mos siempre lo mismo, porque nuestro Señor nos ama en extremo, desea mucho nuestra salvación y se muestra solícito en oír lo que le pedimos. Los príncipes del mundo a pocos dan audiencia, dice San Juan Crisóstomo[3]; pero Dios la concede a todo el que la pide.

Afectos y súplicas

Os adoro, Eterno Dios, y os doy gracias por todos los beneficios que me habéis concedi­do, creándome, redimiéndome por medio de mi Señor Jesucristo, haciéndome hijo de su santa Iglesia, esperándome cuando me halla­ba en pecado y perdonándome tantas veces... ¡Ah, Dios mío!, no os hubiera ofendido si en las tentaciones hubiese acudido a Vos... Gracias también os doy porque me habéis en­señado que toda mi felicidad se funda en la oración, en pediros los dones que necesito. Yo os pido, pues, en nombre de Jesucristo, que me deis gran dolor de mis culpas, la per­severancia en vuestra gracia, buena y piado­sa muerte y la gloria eterna, y, sobre todo, el sumo don de vuestro amor y la perfecta con­formidad con vuestra voluntad santísima. Harto sé que no lo merezco, pero lo ofrecis­teis a quien lo pidiere en nombre de Cristo, y yo, por los merecimientos de Jesucristo, lo pido y espero... ¡Oh María!, vuestras súpli­cas alcanzan cuanto piden. Orad por mí.


San Alfonso María de Ligorio, “Preparación para la muerte”, Ed. Apostolado de la Prensa, S. A., Madrid, 1944.



[1] Serm. 5, in Per. Cirner.
[2] Epist.  1, 5.
[3] Lib. 2 de orat. ad Deum.

Tiempo de Cuaresma: miércoles de cenizas. Convertíos.


De la Carta de San Clemente I, Papa, a los Corintios.

Fijemos con atención nuestra mirada en la sangre de Cristo, y reconozcamos cuán preciosa ha sido a los ojos de Dios, su Padre, pues derramada por nuestra salvación, alcanzó la gracia de la penitencia para todo el mundo. 

Recorramos todos los tiempos, y aprenderemos cómo el Señor, de generación en generación, concedió un tiempo de penitencia a los que deseaban convertirse a él. Noé predicó la penitencia, y los que lo escucharon se salvaron. Jonás anunció a los ninivitas la destrucción de su ciudad, y ellos, arrepentidos de sus pecados, pidieron perdón a Dios y, a fuerza de súplicas, alcanzaron la indulgencia, a pesar de no ser del pueblo elegido.

De la penitencia hablaron, inspirados por el Espíritu Santo, los que fueron ministros de la gracia de Dios. Y el mismo Señor de todas las cosas habló también, con juramento, de la penitencia diciendo: “Por mi vida -oráculo del Señor-, juro que no quiero la muerte del malvado, sino que cambie de conducta; y añade aquella hermosa sentencia: Cesad de obrar mal, casa de Israel. Di a los hijos de mi pueblo: Aunque vuestros pecados lleguen hasta el cielo, aunque sean como púrpura y rojos como escarlata, si os convertís a mí de todo corazón y decís: “Padre”, os escucharé como a mi pueblo santo.”

Queriendo, pues, el Señor que todos los que Él ama tengan parte en la penitencia, lo confirmó así con su omnipotente voluntad.

Obedezcamos, por tanto, a su magnífico y glorioso designio, e, implorando con súplicas su misericordia y benignidad, recurramos a su benevolencia y convirtámonos, dejadas a un lado las vanas obras, las contiendas y la envidia, que conduce a la muerte.

Seamos, pues, humildes, hermanos, y, deponiendo toda jactancia, ostentación e insensatez, y los arrebatos de la ira, cumplamos lo que está escrito, pues lo dice el Espíritu Santo: No se gloríe el sabio de su sabiduría, no se gloríe el fuerte de su fortaleza, no se gloríe el rico de su riqueza; el que se gloríe, que gloríe en el Señor, para buscarle a El y practicar el derecho y la justicia; especialmente si tenemos presentes las palabras del Señor Jesús, aquellas que pronunció para enseñarnos la benignidad y la longanimidad.

Dijo, en efecto: Sed misericordiosos, y alcanzaréis misericordia; perdonad, y se os perdonará; como vosotros hagáis, así se os hará a vosotros; dad, y se os dará; no juzguéis, y no os juzgarán; como usareis la benignidad, así la usarán con vosotros; la medida que uséis la usarán con vosotros.

Que estos mandamientos y estos preceptos nos comuniquen firmeza para poder caminar, con toda humildad, en la obediencia a sus santos consejos. Pues dice la Escritura santa: En ése pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras.

Como quiera, pues, que hemos participado de tantos, tan grandes y tan ilustres hechos, emprendamos otra vez la carrera hacia la meta de paz que nos fue anunciada desde el principio y fijemos nuestra mirada en el Padre y Creador del universo, acogiéndonos a los magníficos y sobreabundantes dones y beneficios de su paz.

martes, 10 de diciembre de 2013

Advertencia a los institutos y congregaciones religiosas.


El gran peligro de los Institutos nacientes está en no tener fe en la gracia primera. Vienen algunos que dicen: Si se modificara esto, si se añadiera aquello..., más valdría si se obrara de este otro modo... Puede ser que los tales tengan talento, experiencia e influencia, pero yo os digo que, voluntariamente o no, son traidores de la primera gracia, de la gracia de la fundación, de las ideas del Fundador, y que perderán al Instituto que los escuche.
Nunca faltan quienes se creen llamados a reformar al Fundador y a hacer mejor que él, pero sólo al que ha escogido para fundar bendice Dios, y nunca a sus contrarios. Harto conocido es el ejemplo de Fr. Elías y de San Francisco. Fray Elías quería cambiar, atenuar, glosar; mas por orden de Dios le contestaba el santo: “Sin glosa, sin glosa, sin glosa.” Fray Elías acabó separándose; fuese a Alemania, donde acabó sus días en la mayor de las miserias, sosteniendo al antipapa en el partido del emperador cismático.
No, Dios no bendecirá nunca a quien sale de la primera gracia, la cual puede desenvolverse, sacando a luz con el tiempo cuanto dentro contiene, según lo exijan las circunstancias, pero jamás cambiar o introducir cosas que le sean contrarias. Dios no hará prosperar más que la gracia primera: nunca dará otra distinta.
Por lo que si alguno se hubiese alejado, tiene que volver a ella pura y sencillamente: Prima opera fac, haced lo que antes, volved a la pureza de la gracia primera, que si no os voy a dispersar: Sin autem venio tibí et movebo candelabrum tuum de loco suo[1]. Así que no introduzcáis nunca en vuestra regla elementos nuevos o extraños, antes decid lo que aquel santo fundador: “O siguen siendo como son, o desaparecen del todo.” Este peligro es realmente grande; andad con cuidado.
Finalmente, observad la regla y guardadla religiosamente por respeto hacia Dios, ya que de Él procede. ¿Creéis acaso que el hombre es capaz de componer una regla? No, no hay santidad ni virtudes que para esto basten, sino que es menester vocación especial de Dios. Dios la inspira y el fundador la transmite con lágrimas y sufrimientos. No hay hombre que pueda poner luz y santidad en trazos de su mano. Si la regla lleva consigo la gracia y santifica, su autor no puede ser otro que Dios, único que puede dar gracia y virtud para santificarse.
La regla es para vosotros lo que el evangelio para la Iglesia, esto es, el libro de la vida, el libro de la palabra de Dios, lleno de su verdad, de su luz, de su gracia y de su vida. ¿Y tan osados habíais de ser que tocarais una sola sílaba de este evangelio, o dejarais caer una sola palabra? No, sino que todas sus palabras han de ser sagradas para vosotros.
Escuchad las amenazas que san Juan escribió al fin de su Apocalipsis; bien podéis aplicarlas al libro de las santas reglas: “Yo protesto a todos los que oyen las palabras de la profecía de este libro: Que si alguno añadiere a ellas cualquiera cosa, Dios descargará sobre él las plagas escritas en este libro. Y si alguno quitare cualquiera cosa de las palabras del libro de esta profecía, Dios le quitará a él del libro de la vida, y de la ciudad santa, y no le dará parte en lo escrito en este libro”[2].

San Pedro Julián Eymard, Escritos Eucarísticos”, pags. 916, 917.  Ediciones “Eucaristía” Madrid, 1963.

[1] II, 5.
[2] Apoc. 18, 19.

jueves, 15 de agosto de 2013

La asunción de María a los cielos. 15 de Agosto.

Es una de las fiestas marianas más antiguas y, desde luego, la Más celebrada por el pueblo cristiano en todo el mundo. Es la fiesta del triunfo definitivo de María, con su gloriosa Asunción en cuerpo y alma al cielo para ser coronada por Reina y Señora de todo lo creado. Parece que tuvo su origen en Oriente hacia el siglo v, con el título de la Dormición de María, que más tarde (siglo VIII) se cambió por el de la Asunción. En Occidente aparece esta fiesta en el siglo VII y se propagó rápidamente por todo el mundo. El Misal mozárabe español contiene una misa de la Asunción de María del siglo IX, pero ya se celebraba la fiesta al menos desde el siglo VII, como atestiguan San Isidoro y San Ildefonso. San Pío V en 1568 mejoró mucho las lecciones del Oficio litúrgico. Y Pío XII proclamó dogma de fe la Asunción de María el día 1 de noviembre de 1950. Hoy es fiesta de precepto para toda la Iglesia universal y se celebra con el máximo rito de «Solemnidad».

LA ASUNCIÓN DE MARÍA A LOS CIELOS



La Virgen María fue asumida o “asumpta” a los cielos; o sea, resucitó como su Hijo y fue lle­vada a la gloria en cuerpo y alma. No decimos Ascensión, sino Asunción, porque fue llevada por su Hijo, como píamente creemos. Se cree que vivió 72 años.
El Papa Pío XII definió en el año 1950 des­pués de consultar a los Obispos de todo el mun­do, que la Asunción de María a los cielos es una verdad de fe. ¿Dónde está en los Evangelios, esa verdad de fe? No está en los Evangelios, está en la Tradición. Los Evangelios terminan en la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo; y fueron compuestos y puestos por escrito mucho antes de la muerte de Nuestra Señora. Pero los Apóstoles sabían y enseñaban muchas más cosas de las que están en los Evangelios, como dicen ellos mismos: "Muchas otras cosas hay que hizo Jesús, que si se escribieran todas, creo que no cabrían en el mundo los libros" -dice san Juan al final del suyo.
La Iglesia Católica sostiene que la Revelación de Dios a los hombres está contenida en dos depósitos: la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición o Trasmisión. Tradición no es cualquier cosa que esté escrita en los Santos Padres, ni siquiera en los Padres Apostólicos, que fueron los escritores que conocieron a los Apóstoles; sino solamente “quod semper, quod ubique, quod ab ómnibus”, como dijo san Vicente de Lerins: es decir, lo que se ha creído “siempre, por todos y en todas partes”. Y esto ocurre con el dogma de la Asunción de María a los cielos.
Hay en los escritos de los Padres muchas cosas que son conjeturas, opiniones teológicas o pías creencias; que son respetables, pero no son verdades de la fe: como la que puse arriba que la Santísima Virgen vivió 72 años. Probablemente es verdad pero no es una verdad de la fe; un “dogma”, como se dice.
Un alemán amigo mío protestante me dijo una vez: “Ustedes creen cosas de hombres. No hay que creer más que lo que está en la Sagrada Escritura”. La respuesta sencilla es: “¿Y dónde está en la Sagrada Escritura eso que Ud. ha dicho ahora?”. Efectivamente, la Escritura no dice eso, dice lo contrario, como hemos visto. Dice expresamente que después de su Resurrección Cristo instruyó a sus discípulos en muchas cosas acerca del Reino de Dios “que no están en este libro”, ni cabrían en muchos libros. Así por ejemplo, el Sacramento del Matrimonio, y el de la Extremaunción (que está en la Carta de Santiago Apóstol), la jerarquía eclesiástica dividida en Sacerdotes y Obispos, las prerrogativas de la Santísima Virgen, como su Asunción. Desde el principio de la Iglesia los fieles llamaron a la muerte de María la “dormición” o el “tránsito”; no “la muerte”; la primera literatura cristiana contiene relatos de su resurrección y glorificación; y las distintas Iglesias celebraban esa fiesta, que celebramos nosotros el 15 de agosto.
María no tenía pecado original, de modo que el castigo de la muerte no le era debido; murió para seguir en todo a su Hijo en la obra de la Redención del hombre; así como cumplió la ley de la Purificación después del Parto, que no la obligaba a ella; y Cristo se sometió a la Circuncisión y al bautismo de penitencia de su primo el Bautista. Y así María debía seguirlo también en la Resurrección.

“¿Quién es ésta que sube del desierto,
Enchida de delicias
Apoyada en su Amado?
¿Quién es ésta que sube del desierto
como una columnita de zahumo
De perfume de incienso y mirra
Y toda clase de aromas?...
Ven del Líbano, esposa mía
Ven del Líbano y serás coronada...”

Estos y otros versículos del Cantar de los Cantares aplica la Iglesia a María en su gloriosa Asunción.
Cristo y su Santísima Madre resucitaron para nosotros; y entraron en la gloria como representantes de todo el cuerpo de la Iglesia, como primicias de la resurrección de la carne, de nuestra resurrección futura. Esto nos alegra. Es difícil alegrarse de la alegría de otros cuando ella no nos toca para nada: dicen que la compasión es propia de hombres; pero la congratulación (o sea, alegrarse con la alegría ajena) es propia de ángeles. Pero en este caso la alegría y gloria de la Reina de los Angeles nos toca de cerca. Los bienes de nuestra Madre son nuestros.
Un cuerpo de varón y un cuerpo de mujer están ya en el cielo, transformados por Dios en algo semejante a los Angeles. En esta vida el cuerpo nos pesa muchas veces, sujeto como está a la concupiscencia, a las enfermedades y a la muerte. El amor, que parecería inventado por Dios para la felicidad del hombre (y así fue al principio) resulta que ahora es causa de muchísimas penas, molestias, contrastes; y aún crímenes, desastres y tragedias, como vemos cada día; porque la naturaleza del hombre está desordenada por la pasión y el desenfreno. Pero no es el destino final de nuestros cuerpos estorbar al alma, decaer a la vejez y las dolencias, y pudrirse para siempre en el sepulcro. Su destino final es ser renovado, enderezado y perfeccionado por el Creador en forma extraordinaria y espléndida como lo fueron ya el cuerpo de Cristo Nuestro Señor y el cuerpo de María Santísima. Así sea.
  
R.P. Leonardo Castellani, tomado de “El Rosal de Nuestra Señora”. Visto en Syllabus.

martes, 16 de julio de 2013

16 de julio: Nuestra Señora del Carmen.


Consagración a Ntra. Sra.  del Carmen

“Oh, María, Reina y Madre del Carmelo, vengo hoy a consagrarme a Ti, pues toda mi vida es como un pequeño tributo por tantas gracias y bendiciones como he recibido de Dios a través de tus manos.

Y porque Tú miras con ojos de particular benevolencia a los que visten tu Escapulario, te ruego que sostengas con tu fortaleza mi fragilidad, ilumines con tu sabiduría las tinieblas de mi mente y aumentes en mí la fe, la esperanza y la caridad, para que cada día pueda rendirte el tributo de humilde homenaje.

El Santo Escapulario atraiga sobre mí tus miradas misericordiosas, sea para mí prenda de particular protección en la lucha de cada día, de modo que pueda seros fiel a tu Hijo y a Ti.

Que él me tenga apartado de todo pecado y constantemente me recuerde el deber de pensar en Ti y revestirme de tus virtudes.

De hoy en adelante me esforzaré por vivir en suave unión con tu espíritu, ofrecerlo todo a Jesús por tu medio y convertir mi vida en imagen de tu humildad, caridad, paciencia, mansedumbre y espíritu de oración.

Oh Madre Amabilísima, sostenme con tu amor indefectible, a fin de que a mí, pecador indigno, me sea concedido un día cambiar tu Escapulario por el Eterno vestido nupcial y habitar contigo y con los Santos del Carmelo en el Reino de tu Hijo. Así sea.”

S. S. Pío XII


El Escapulario: hablan los Papas y los santos

El Beato Papa Gregorio X fue enterrado con su escapulario solo 25 años después de la Visión del Escapulario. 600 años más tarde cuando abrieron su tumba, su escapulario estaba intacto.

El Papa Pío XII habló frecuentemente del Escapulario. En 1951, aniversario 700 de la aparición de Nuestra Señora a San Simón Stock, el Papa ante una numerosa audiencia en Roma exhortó a que se usara el Escapulario como "Signo de Consagración al Inmaculado Corazón de María" (tal como pidió la Virgen en Fátima).  El Escapulario también representa el dulce yugo de Jesús que María nos ayuda a sobrellevar. Y finalmente, el Papa continuó, el Escapulario nos marca como hijos escogidos de María y se convierte para nosotros (como lo llaman los alemanes) en un 'Vestido de Gracia".

El mismo día que S. Simón Stock recibió de María el escapulario y la promesa, él fue llamado a asistir a un moribundo que estaba desesperado. Cuando llegó puso el escapulario sobre el hombre, pidiéndole a la Virgen que mantuviera la promesa que le acababa de hacer. Inmediatamente el hombre se arrepintió, se confesó y murió en gracia de Dios"

San Alfonso Ligorio y San Juan Bosco tenían una especial devoción a la Virgen del Carmen y usaban el escapulario. Cuando murió San Alfonso Ligorio le enterraron con sus vestiduras sacerdotales y con su escapulario. Muchos años después cuando abrieron su tumba encontraron que su cuerpo y todas las vestimentas estaban hechas polvo, sin embargo su escapulario estaba intacto. El escapulario de San Alfonso está en exhibición en su Monasterio en Roma.

San Alfonso Ligorio nos dice: "Herejes modernos se burlan del uso del Escapulario. Lo desacreditan como una insignificancia vana y absurda."

San Pedro Claver, se hizo esclavo de los esclavos por amor. Cada mes llegaba a Cartagena, Colombia un barco con esclavos. San Pedro se esforzaba por la salvación de cada uno. Organizaba catequistas, los preparaba para el bautismo y los investía con el escapulario. Algunos clérigos acusaron al santo de celo indiscreto. Sin embargo él continuó su obra hasta tener más de 300.000 conversos.

San Claudio de Colombiere (director espiritual de St. Margarita María)

«Yo quería saber si María en realidad se había interesado en mí, y en el escapulario Ella me ha dado la seguridad más palpable. Sólo necesito abrir mis ojos, Ella ha otorgado su protección a este escapulario: 'Quien muera vestido en él no sufrirá el fuego eterno`.»

Dijo también: “Debido a que todas las formas de amar a la Santísima Virgen y las diversas maneras de expresar ese amor no pueden ser igualmente agradables a ella y por consiguiente no nos ayudan en el mismo grado para alcanzar el cielo, lo digo sin vacilar ni un momento, ¡El Escapulario Carmelita es su predilecto!” y agrega “Ninguna devoción ha sido confirmada con mayor número de milagros auténticos que el Escapulario Carmelita”. 

Otros Testimonios:

“Un sacerdote de Chicago fue llamado para ir a asistir a un moribundo que había estado lejos de su fe y de los sacramentos por muchos años. El moribundo no quiso recibirlo, ni hablar con él. Pero el sacerdote insistió y le enseñó el escapulario que llevaba. Le preguntó si le permitiría ponérselo. El hombre aceptó con tal que el sacerdote lo dejara en paz. Una hora más tarde el moribundo mandó a llamar al sacerdote pues deseaba confesarse y morir en gracia y amistad con Dios”.

El demonio odia el escapulario.  Un día al Venerable Francisco Yepes se le cayó el escapulario. Mientras se lo ponía, el demonio aulló: “¡Quítate el hábito que nos arrebata tantas almas!”.

Un misionero Carmelita de Tierra Santa fue llamado a suministrar la unción de los enfermos en el año 1944. Notó que mientras caminaba, sus pies se hundían cada vez más en el fango hasta que, tratando de encontrar tierra firme, se deslizó en un pozo de fango en el que se hundía hacia la muerte. Pensó en la Virgen y besó su hábito el cual era escapulario. Miró entonces hacía la Montaña del Carmelo gritando: “¡Santa Madre del Carmelo! ¡Ayúdame! ¡Sálvame!”. Un momento más tarde se encontró en terreno sólido. Atestiguó más tarde: “Sé que fui salvado por la Santísima Virgen por medio de su Escapulario Carmelita. Mis zapatos desaparecieron en el lodo y yo estaba cubierto de él, pero caminé las dos millas que faltaban, alabando a María”.

Salvados del Mar

En el verano de 1845 el barco inglés, “Rey del Océano” se hallaba en medio de un feroz huracán. las olas lo azotaban sin piedad y el fin parecía cercano. Un ministro protestante llamado Fisher en compañía de su esposa e hijos y otros pasajeros fueron a la cubierta para suplicar misericordia y perdón. Entre la tripulación se encontraba el irlandés John McAuliffe. Al mirar la gravedad de la situación, el joven abrió su camisa, se quitó el Escapulario y, haciendo con él la Señal de la Cruz sobre las furiosas olas, lo lanzó al océano. En ese preciso momento el viento se calmó. Solamente una ola más llegó a la cubierta, trayendo con ella el Escapulario que quedó depositado a los pies del muchacho.

Durante lo acontecido el ministro había estado observando cuidadosamente las acciones de McAuliffe y fue testigo del milagro. Al interrogar al joven se informaron acerca de la Santísima Virgen y su Escapulario. El Sr. Fisher y su familia resolvieron ingresar en la Iglesia Católica lo más pronto posible y así disfrutar la gran protección del Escapulario de Nuestra Señora.

Un Hogar Salvado del Fuego

En mayo de 1957, un sacerdote Carmelita en Alemania publicó una historia extraordinaria de cómo el Escapulario había librado un hogar del fuego. Una hilera completa de casas se había incendiado en Westboden, Alemania. Los piadosos residentes de una casa de dos familias, al ver el fuego, inmediatamente colgaron un Escapulario a la puerta de la entrada principal. Centellas volaron sobre ella y alrededor de ella, pero la casa permaneció intacta. En 5 horas, 22 hogares habían sido reducidos a cenizas. La única construcción que permaneció intacta, en medio de la destrucción, fue aquella que tenía el Escapulario adherido a su puerta. Los cientos de personas que vinieron a ver el lugar que Nuestra Señora había salvado son testigos oculares del poder del Escapulario y de la intercesión de la Santísima Virgen María.

El Escapulario aviva el fervor

En Octubre de 1952, un oficial de la Fuerza Aérea en Texas escribió lo siguiente: “Seis meses después de comenzar a usar el Escapulario, experimenté un notable cambio en mi vida. Casi inmediatamente comencé a asistir a Misa todos los días. Durante la cuaresma viví fervorosamente como nunca lo había hecho. Fui iniciado en la práctica de la meditación y me encontré realizando débiles intentos en al camino de la perfección. He estado tratando de vivir con Dios y doy el crédito al Escapulario de María”.

Recordemos que el escapulario es un signo poderoso del amor y protección maternal de María y de su llamada a una vida de santidad y sin pecado.

Usar el escapulario es una respuesta de amor a la Madre que vino a darnos un regalo de su misericordia. Debemos usarlo como recordatorio que le pertenecemos a ella, que deseamos imitarla y vivir en gracia bajo su manto protector.


Visto en Syllabus.