martes, 21 de diciembre de 2010

La Masonería y los próceres de la Historia Oficial.


El nuevo Blog sobre historia “La Revolución de Mayo”, nos envía, como primicia, algunas citas de lo que serán sus artículos referentes a la Masonería. Reproducimos algunas de las citas de alto interés para comprender la doctrina perniciosa de la secta.
Para más información, recomendamos nuestra todo el material de nuestra sección “Masonería: qué dice la Iglesia”.

La Masonería y los próceres de la Historia Oficial.

“La República (es decir, la Democracia) está dentro de la masonería. Sobre toda la superficie de la tierra la masonería ha tendido una mano fraternal a todos los pueblos. Esta señal es conocida por todos los pueblos. La República hará lo que hace la masonería”.

Isaac Cremiéux, Gran Maestre de la masonería francesa, París, 1848 [Véase Nicolás Serra y Causa, “La Masonería al derecho y al revés”, p.137, Madrid, 1907]

“El fin de la masonería es el mismo de la Comuna (denominación utilizada en el siglo XIX para referirse al Comunismo. Precisamente la subversión marxista acaecida en París en 1871 había tomado ese nombre), a saber: la regeneración social”.

[Palabras pronunciadas por el H tres puntos Le Francais, miembro del gobierno comunista en respuesta a la salutación de la secta en los días de la insurrección, cuyo representante el H tres puntos Tirifocque manifestara: “La Comuna es la más grande revolución que el mundo ha contemplado. Ella es el nuevo templo de Salomón que los masones tienen el deber de defender”. Cfr. Journal Officel, París, 1871]

“Jura que no tienes otra patria que la historia universal. Para ti la nación, la religión y la familia han desaparecido en la inmensidad de la obra masónica. La masonería es un Estado dentro del Estado, con medios y funcionamiento independientes y desconocidos para él. Está por encima de él con unidad, cosmopolitismo y universalidad, y mientras existan ejércitos permanentes, que son  instrumentos de opresión, principio de parasitismo y obstáculo para la fraternidad, estará contra él”.

[Del programa masónico entregado al Gran Maestre, grado 33, H tres puntos José Garibaldi, reproducido por el H tres puntos Pablo Rosen en su obra “El enemigo social”, p.254].

El tiempo de Navidad. Celebración y prolongación de la Encarnación.

Natividad de Fra Angélico.

El ciclo litúrgico llamado Tiempo de Navidad, abarca desde el 25 de diciembre, fiesta del Nacimiento del Salvador, hasta el 2 de febrero, fiesta de la Purificación, comprendiendo, por lo tanto cuarenta días. Su objeto es celebrar con transportes de gozo el Nacimiento del Señor, en Belén; su infancia y vida oculta, en Nazareth; y las primeras y solemnes manifestaciones del mismo a los hombres.
Por su objeto y extensión puede dividirse esta temporada, y, en la Liturgia, de hecho se divide, en dos períodos:

a) Período de Navidad, propiamente dicho, que abarca los quince días comprendidos entre esta fiesta y la de Epifanía; y

b) Período de Epifanía, que va hasta el Domingo de Septuagésima.

El 1er. Período es una fiesta no interrumpida en torno a la cuna de Belén, donde la Iglesia contempla y celebra embelesada los encantos y grandezas del Divino Infante, y también las alegrías y excelencias de la Virgen Madre.
El 2° Período ensancha más el horizonte litúrgico y pone de relieve las manifestaciones del Hijo de Dios principalmente en el misterio de la Adoración de los Santos Reyes, en el de su Bautismo, y en su primer milagro, en las bodas de Caná.
Toda esta temporada es de alegría, pero no de una alegría desbordante y triunfal, como la de Pascua de Resurrección, sino reposada y sonriente, cual la que inundó a José y a María en la intimidad de la cuna de Belén.

Artículo. 1°: Período de Navidad
(Celebración de la Encarnación)

1. La fiesta de Navidad.

La fiesta de Navidad, hoy una de las más solemnes del año, no fue instituida en la Iglesia antes del siglo IV. Es originarla de la Iglesia latina, y, más propiamente, de la Sede Apostólica, la cual, no se sabe bien cómo, empezó a celebrar el 25 de diciembre el aniversario del Nacimiento del Salvador.
No existe una tradición autorizada acerca de la fecha histórica del Nacimiento de Jesucristo, ni es posible por falta de documentos, llegar a fijarla de un modo indiscutible. Nos es, pues, desconocido el año, sobre el que se han zurcido las más variadas conjeturas; y todavía más el día, el que los escritores sagrados y profanos, a partir de Clemente de Alejandría (215), han hecho oscilar entre el 17 de diciembre y el 29 de mayo. En vista de estas oscuridades a principios del siglo II empezó a celebrarse en el Oriente en los primeros días de enero, y con preferencia el 6, la fiesta de la Epifanía o de las diversas manifestaciones del Señor o sea: su Nacimiento, su Bautismo, y su Adoración por los Reyes; fiesta que poco a poco fue introduciéndose en el Occidente. Esta fecha y esta fiesta global de los primeros misterios de la Vida de Jesucristo, habíanse impuesto, para el siglo IV, en casi toda la Iglesia universal, cuando Roma, quizá para contraponer una fiesta sagrada a la profana y supersticiosa en honor del Sol invicto, el dios Mitra, que el Calendario civil Filocaliano indicaba el 25 de diciembre, desglosó de la Epifanía la memoria del Nacimiento del verdadero Sol de justicia Jesucristo, y la trasladó definitivamente a esta fecha. Ordinariamente fué ésta una fiesta exclusiva de la Iglesia latina, pero, hacia el año 375, S. Juan Crisóstomo la implantó en Antioquía, de donde pasó a Constantinopla; luego, a mediados del siglo V, a Jerusalén, y, por el año 430, a Alejandría, de donde en seguida se extendió a todo el Oriente.

2. La liturgia de Navidad.

La característica litúrgica de la fiesta de Navidad es el uso de las tres Misas, y la celebración nocturna de los Maitines y Laudes, antes y después, respectivamente, de la primera Misa. La 1a Misa se celebra hoy justo a media noche, mientras que primitivamente celebrábase en Roma ad galli cantum, “al canto del gallo”; la 2a al despuntar la aurora; y la 3a en pleno día. Con la Iglesia se propone honrar sobre todo el Nacimiento, en Belén, del Hijo de Dios; con la 2a, su aparición a los pastores, y con la 3a su manifestación a todo el mundo.
El Oficio de Maitines y Laudes era celebrado en Roma con extraordinaria solemnidad y bajo la presidencia del Papa. Con pompa inusitada celebrábanlo también las iglesias catedrales y monasteriales de todo el mundo, bajo la presidencia de sus prelados. Hoy mismo es el Oficio nocturno que se celebra con mayor esplendor, y el único al que suelen asistir algunos fieles. Comienzan los Maitines a eso de las diez de la noche para terminar a las doce en que principia la llamada “Misa del gallo”. En las iglesias benedictinas, las Lecciones del I Nocturno, en que Isaías profetiza y relata con un candor inimitable el nacimiento temporal del Divino Parvulillo, se cantan con una melodía gregoriana encantadora; y con otra especial cántase también el Evangelio de las Genealogías de Jesucristo, con que termina ese Oficio.
Después de los Maitines y de la Misa, durante la Edad Media celebrábase en muchas iglesias el Oficio de los Pastores, que era una especie de representación escénica de anuncio a los zagales de Belén del Nacimiento del Niño Jesús. A él seguían entonces los Laudes, como ahora siguen a la Misa, cuya primera antífona “¿A quién habéis visto, oh pastores?...” parecía hecha como para enlazar el drama pastoril con el oficio litúrgico.
El uso de las tres Misas debió empezar en Roma durante el siglo V, pues en el siguiente alude a él expresamente el Papa San Gregorio Magno, en la homilía que hoy leemos en los Maitines de Navidad. Desde entonces, todos los sacerdotes pueden celebrar ese día tres misas; pero los fieles satisfacen el precepto asistiendo a una cualquiera de ellas. Al principio, en Roma, sólo había una Misa el día de Navidad, que correspondía a la tercera nuestra, pero al reconstruir el Papa Sixto II la basílica liberiana bajo la advocación de Santa María la Mayor, y pasar así (y más cuando luego se instaló allí un Pesebre), a ser como una representación romana de Belén, empezó a celebrar en ella una Misa nocturna a imitación, probablemente, de la que tenía lugar en el verdadero Belén de Palestina. La “Misa de la aurora”, que se remonta al siglo V, fue en su origen una Misa introducida en Roma por la colonia bizantina en honor de Santa Anastasia, mártir de Sirmio, muy popular en Constantinopla .
El canto típico de la Misa de media noche es el del Gloria in excelsis, entonado un día, precisamente, en ese mismo momento, por los Ángeles del cielo. La Iglesia saluda su reaparición en la liturgia, después de haberse privado de él durante el Adviento, con alborozados repiques de campana.
La piedad de nuestros padres, tan entusiasta a veces y tan espontánea, no pudo contenerse esta “Noche Buena” en los justos límites de la liturgia, de suyo ya harto expresiva, e introdujo en el templo, de contrabando, músicas bailadoras, zambombas, castañuelas y panderetas no desaparecidas todavía por completo.

3. Interesante epílogo.

Los oficios de Navidad, en los siglos medievales, se comenzaban, continuábanse y se terminaban universalmente en un ambiente de espiritual regocijo, el cual del templo trascendía al hogar y a la vida social, donde de ordinario se resolvía en derroches de dulces y chucherías, que hacían las delicias de chicos y grandes, lo mismo que las hacen hoy los turrones y mazapanes. En Roma, donde el Papa pontificaba las tres misas con brillo deslumbrador, éstas terminaban con un interesante epílogo litúrgico doméstico, que los Ordines o ceremoniales de la época describían aproximadamente de esta forma:

“Terminada la última Misa de Santa María la Mayor (y hasta el siglo XI en San Pedro), el Papa recibía el regnum (o tiara de una sola corona, que era la de entonces ) de manos del archidiácono, y, escoltado por los cardenales, obispos, diáconos, subdiáconos, notarios etc. montados todos a caballo, emprendía la marcha triunfal hacia su palacio de Letrán para comer. Al llegar a las puertas de la pequeña basílica del Papa Zacarías, apeábanse los cardenales y todos los del séquito para rendir homenaje al Pontífice, a este tenor,
“El cardenal arcipreste de San Lorenzo pedíale por todos la bendición, y entonaba: ¡Al Ssmo. y egregio tres veces felicísimo Papa N. N.; salud y vida!
“Y respondían todos tres veces consecutivas: ¡Que Dios lo conserve!
“Y el cardenal replicaba: ¡Salvador del mundo! Santa María, etc.
“Y ellos respondían cada vez: ¡Ayúdale!
“Agradecíales el Papa el saludo, y gratificaba a cada uno de los cardenales con tres monedas de plata.
“A continuación tomaban la palabra los jueces, el principal de los cuales exclamaba: ¡Feliz día éste!
“Y todos respondían: ¡Por muchos años!
“Replicaba el jefe: ¡Que lo pases bien!
“Y todos en coro vociferaban: ¡Que todos lo pasemos bien!
“Después de lo cual el Pontífice se apeaba del caballo, y, ya en el interior de su palacio, siguiendo una antigua tradición de los Césares, hacía un buen donativo en dinero a todos los de la comitiva, quienes se deshacían en demostraciones de gratitud. En seguida empezaba la comida, en la que todos tomaban parte sentados por orden en la mesa con sus vestiduras sagradas, como si se continuara la ceremonia litúrgica. Luego el Papa se recogía en sus habitaciones particulares, donde rezaba las segundas Vísperas de Navidad con solo sus familiares”.

4. Los nacimientos.


Aunque no sean litúrgicos los nacimientos o “belenes”, pero instalándose como se instalan en las iglesias, y habiéndose connaturalizado ya tanto con la liturgia de Navidad, hácese necesario apuntar aquí algunas noticias relativas a ellos, siquiera a título de ilustración.
La devoción al pesebre y a la cueva de Belén, muy amortiguada durante la larga época de las persecuciones, revivió y entendióse por todo el mundo cristiano con ocasión de su hallazgo por la emperatriz Santa Elena. Desde entonces, puede decirse, empezaron hacia los Santos Lugares las peregrinaciones piadosas que todavía continúan hoy con entusiasmo. La cueva del Nacimiento fue para muchos objeto de predilección, y algunos, como San Jerónimo y sus dirigidas Santa Paula y Santa Eustaquia y otras hasta eligieron sus alrededores para su morada y su sepultura. El emperador Constantino erigió sobre ella una basílica y, a imitación suya, muchas ciudades de Occidente edificaron iglesias dedicadas al misterio del Nacimiento del Salvador, en cuyas criptas a veces se abría una especie de cueva como imitando la auténtica de Belén. La más célebre de éstas es la “Capilla del Pesebre” en la Basílica de Santa María la Mayor ad præsepe donde se cree que su autor, el Papa Sixto II, colocó una copia del pesebre, que más adelante fue enriquecida con fragmentos del verdadero, traídos de Jerusalén. Por el mismo tiempo, o sea, entre los siglos IV y VII, comenzaron los pintores y escultores a representar, en formas a veces muy ingenuas, la escena de la cueva del Nacimiento, ora aislada, ora en el conjunto de la Adoración de los Reyes. En una imagen grabada el año 343, sobre un sarcófago, conservado en el museo de Letrán, el Niño reposa en el duro suelo entre un buey, un asno y dos pastorcillos. La presencia del buey y del asno es un elemento inventado por los evangelios apócrifos, que aplicaron a Nuestro Señor el siguiente texto de Isaías: “Conoció el buey a su poseedor, y el asno el pesebre de su amo” (c. I, 3); y éste otro de Habacuc, traducido así por los Setenta: “Lo reconocerás en medio de dos animales” (e. III, 2); lo que dio motivo a que algunos Padres de la Iglesia lo entendieron de dos animales que, según la vulgar opinión, habría junto al pesebre del Señor. El pueblo sencillo, que gusta de los cuadros realistas y pintorescos, imitó en los belenes locales estas representaciones; sobre todo desde que San Francisco de Asís y su Orden los propagaron como un recurso de apostolado, rodeándolos de poesía y de ternura insuperables. Hoy no hay ya pueblo, ni iglesia, ni casa ni familia que no instale su Nacimiento y que no desahogue ante él su tierna devoción para con el Divino Niño, mediante ese género tan típico de música y de poesía que llamamos villancicos.

5. La infraoctava de Navidad.

Durante la octava de Navidad, el Misal señala: para el 26 de diciembre, la fiesta del Protomártir San Esteban; para el 27, la de San Juan Evangelista; para el 28, la de los Santos Inocentes, para el 29, Santo Tomás de Cantorbery; después, una Misa para la infraoctava de Navidad; y para el 31, San Silvestre; cerrándose la octava con la fiesta de la Circuncisión.
Ninguna de estas fiestas, salvo la de Santo Tomás, ocupa este lugar en el Calendario por razones históricas.
La Iglesia las ha colocado aquí en homenaje al recién nacido, a saber: a San Esteban, por haber sido el primero que derramó su sangre por confesarlo; a San Juan Evangelista, por ser su discípulo amado; a los Niños Inocentes, por haber muerto a manos de Herodes en lugar suyo; y a San Silvestre, sin duda por creerse que fue él quien instituyó la fiesta de Navidad.
En la Edad Media, toda la octava de Navidad era de extraordinario regocijo. Cada día se organizaban fiestas litúrgico populares, con representaciones escénicas, las cuales, además de divertir y entretener santamente al clero y a los fieles, los ilustraban en los misterios de la religión y hacíanlos vivir al unísono con la Iglesia.

6. La fiesta de la Circuncisión.


Primitivamente, el 1ro de enero conmemorábase en la liturgia la octava de Navidad, con alusiones especiales a la Maternidad de la Sma. Virgen; pero no era día de fiesta religiosa. Éralo, en cambio, de diversiones paganas, en desagravio de las cuales prescribió la Iglesia a los cristianos, primero preces públicas de penitencia, y luego, para mayor eficacia, contrapuso la fiesta de la Circuncisión a la del dios Jano. Es la que con carácter de obligatoria hoy celebramos, para santificar con ella la entrada del nuevo año civil.
Probablemente la fiesta de la Circuncisión es de origen galicano, e institución del siglo VI. En el VII y siguientes hizo su entrada en Italia, en España y entre los celtas; pero Roma no la admitió hasta más tarde; quizá en el siglo IX. Y al admitirla, si bien se atuvo al objeto propio de la fiesta, que era honrar la Circuncisión del Niño Jesús, se guardó muy mucho de no privar a la Santísima Virgen del recuerdo honorífico que de su Maternidad se venía haciendo en la liturgia de ese día. Al efecto, aunó en un mismo Oficio y festividad, los tres misterios a saber: el de la Circuncisión, el de la Maternidad de María y el de la octava de Navidad. Los textos litúrgicos de la fiesta tan pronto se refieren a uno como a otro.
Anteriormente a la fiesta de la Circuncisión, y luego conjuntamente con ella, se celebró en muchas iglesias la fiesta llamada ad probibéndum ab idólis (para apartar de los ídolos), con textos y preces muy a propósito para infundir horror contra las supersticiones y prácticas paganas que en las salidas y entradas del año estaban en uso. En reglones donde la fiesta de Jano, a quien se le atribuía el oficio de abrir el nuevo año, hacia mayores estragos, los obispos se vieron precisados a ordenar, además, ayunos, letanías y oraciones de penitencia en expiación de las saturnales paganas; un poco por el estilo de las XL Horas con que hoy se expían los excesos de Carnaval. Poco a poco y merced a esta poderosa campaña litúrgica y a las valientes protestas de los obispos y sacerdotes desapareció la fiesta oficial del dios Jano, y con ella su contraria ad prohibéndum ab idólis; pero Jano, además de inmortalizar su nombre dándosele al mes de enero (en latin januarius); perpetuó también su mal espíritu, del que participan no poco las diversiones que hoy mismo se organizan para despedir y saludar el año.

R.P. Dom Andrés Azcárate, O.S.B. Abad del Monasterio de San Benito (Buenos Aires, Argentina). Tomado de su obra “La Flor de la Liturgia”.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Capitalismo desplegado.

 
El egoísmo no puede construir una sociedad. Ahora bien el dinero representa esencialmente el reclamo de su dueño sobre los servicios del resto de la sociedad. Si entonces el capitalismo debe de ser definido, en algo más que meramente términos económicos, como una manera de organizar una sociedad en donde cada ciudadano tiene que tener la libertad de ganar tanto capital (o dinero como mejor se le conoce) como pueda y quiera, entonces el capitalismo está plagado de contradicciones. Está intentando construir una sociedad, lo que requiere una falta de egoísmo, con fomentar el egoísmo en todos sus miembros.
Por lo tanto el capitalismo únicamente puede sobrevivir mientras los miembros de la sociedad capitalista aún mantengan los valores pre-capitalistas como lo son el sentido común, la moderación en la búsqueda de hacer dinero y el respeto por el bien común. Pero el capitalismo como se define en el párrafo anterior no hace nada para promover dichos valores pre-capitalistas. Por el contrario, trabaja en contra de ellos, así como el egoísmo trabaja en contra del altruismo. Por lo tanto el capitalismo es un parásito que vive de un cuerpo social, cuyos valores necesarios para su sobrevivencia trabaja para socavar.
Esta contradicción interna de una sociedad construida a partir de la búsqueda por el dinero está llegando a su conclusión devastadora con el estado actual de las finanzas y de la economía mundiales. Especialmente desde el final de la Segunda Guerra Mundial, las naciones del mundo se han empeñado más y más por buscar el dinero para obtener el confort material que ahora se prefiere por encima del confort espiritual que anteriormente daba sentido a sus vidas. Admirando y buscando dinero, se han alegrado de permitirles a los hombres de dinero apoderarse de sus sociedades. Admirados y buscados, los hombres de dinero han tomado para sí siempre más y más dinero y poder. Pues, ¿Qué frenos intrínsecos tienen el dinero o el poder para limitar sus adquisiciones adicionales? Ninguno. Los banqueros se convierten en auténticos gánsteres.
De ahí que, por ejemplo, el invento hace 10 o 15 años de los “derivados”, instrumentos financieros que se traducen en una fortuna en honorarios para los “banksters” (banqueros-gánsteres) quienes los suministran, pero actúan sobre el delicado mecanismo de las finanzas mundiales como armas de destrucción masiva, porque fácilmente fabrican un mundo irreal de deudas colosales y impagables. En este mundo desestabilizado y fraudulento de deuda impagable, un orden aparente se mantiene por los gobiernos, uno detrás del otro, al fabricar de la nada cantidades inmensas de “dinero” para “pagar” la deuda, pero este proceso puede terminar únicamente en una inflación que deja sin uso alguno la moneda en cuestión. Así que ahora toda la moneda mundial, de papel o digital -y por años no se ha contado con otro- está condenada.
Pero el dinero es para la sociedad lo que el aceite lubricante es para un motor. Sin aceite, un motor se atasca y “muere”. Sin dinero en la sociedad, el intercambio se torna mucho más difícil y la actividad comercial puede volverse lenta hasta paralizarse por completo. Si por cualquier de estas razones los camiones de comida no pudiesen funcionar, y tuviéramos una escasez de comida especialmente en las grandes ciudades, ¿qué podría hacer un político para desviar los disturbios por los precios altos de los alimentos y para evitar que los campesinos vengan sobre de él con horquillas? ¡Comenzar una guerra!

La Tercera Guerra Mundial puede no estar muy lejos. ¡Señor, ten piedad!

Kyrie eleison.

Mons. Richard Williamson, “Comentarios Eleison”, Nº 179, 18 de Diciembre del 2010.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Cita: Leonardo Castellani sobre la Natividad de Cristo.


“Cristo quiso nacer en la mayor pobreza, quiso hacernos ese obsequio a los pobres. La piedad cristiana se enternece sobre ese rasgo y hace muy bien; pero ese rasgo no es lo esencial de este misterio: no es “el misterio”. El misterio inconmensurable es que Dios “haya nacido”. Aunque hubiese nacido en el Palatino, en local de mármoles y cuna de seda, con la guardia pretoriana rindiendo honores, y Augusto postrado ante El, el misterio era el mismo. El Dios invisible e incorpóreo, que no cabe en el universo, tomó cuerpo y alma de hombre, y apareció entre los hombres, lleno de gracia y de verdad: ése es el misterio de la Encarnación, la suma de todos los misterios de la fe”.

Leonardo Castellani, tomado de “El Evangelio de Jesucristo”.

¿De qué tenemos que alegrarnos en Navidad?

Muchos cristianos ya no tienen ni idea de lo que en realidad festejan el 24 de diciembre a la noche. El Acontecimiento más extraordinario de la Historia ha sido frecuentemente reducido a una excusa para la reunión familiar, comunicarse buenos deseos o hacerse mutuos regalos. Eso sin hablar del “merchandising” y el insufrible “cocacolero” Papá Noel.


Hace ya unos años se estrenó una “remake” de una película famosa de la década de los años ’40 que se llamaba “Milagro en la calle 34”. Tanto la primera como la versión más moderna de 1994 tuvieron mucho éxito. Además, sin demasiados ribetes cursis, apelaban a legítimos recursos sentimentales y alguna que otra lágrima se nos pudo haber escapado al verlas. Sin embargo… lo que a uno le llama la atención es la falsificación del espíritu navideño que uno puede comprobar en muchas de estas comedias familiares. ¿Cuál debería ser ese espíritu? Si hablamos del espíritu de algo, casi siempre nos queremos referir a lo esencial, al nudo de algo, lo más profundo. Algunos transforman esta fiesta en una especie de “jornada solidaria” por los que menos tienen. Y esto no estaría mal siempre y cuando tengamos claro el sentido profundo y último de esta fiesta cristiana.

¿Qué significa “Navidad”?

            Uno de los signos más patentes de la deformación que está sufriendo la Navidad en nuestras sociedades secularizadas son las tarjetas que uno recibe. ¡Estoy harto de recibir palomitas de Picasso o las tarjetitas de UNICEF que, con sus dibujos estilo “naíf”, muestran niñitos jugando en un parque! De Cristo y el cristianismo…nada.  Por su parte, con Papá Noel (cuya versión actual es un invento de la Coca-Cola en 1931) no nos va mucho mejor: “Santa Claus permite participar del ‘espíritu de la Navidad’ sin ponernos ante disyuntivas ético–religiosas ni, menos aún, hacernos entrar en contradicción con lo que somos o hacemos durante el resto del año.” (Rodríguez, 1997:118).


Y encima parece que en Navidad tenemos que estar alegres. ¿Alegres por qué, de qué? Y las respuestas podrían ser varias, pero ¿cuál tendría que ser el motivo real? ¿Porque se termina el año?, ¿porque es la hora del balance?, ¿porque nos vemos las caras con toda la familia, incluso después de haber cumplido con alguna ceremonia religiosa?, ¿por los regalos?, ¿por qué nos suscitamos mutuamente buenos sentimientos?  Sabemos que el espíritu navideño no puede consistir ni en los regalos, ni en los adornos, ni en el árbol, ni siquiera en armar un pesebre. También sostenemos que la mayoría de la gente sabe que esos no deben ser los motivos de nuestra alegría, pero sabemos que la mayoría no sabe cuál es el motivo real. Alguien más avispado podrá llegar a decir: “Festejamos el nacimiento del Niño Dios y la llegada de la salvación al mundo”. El problema es que tengo toda la sensación de que muy pocos saben de qué nos viene a salvar. De hecho en la Universidad del Salvador hay alumnos que me preguntan: “¿Salvador de qué?”. En realidad muchos ni siquiera saben bien qué significa la palabra “Navidad”. Muy pocos sabrían contestar que “Navidad” significa en español “nacimiento de la vida” y que su declinación latina “nativitate” podría traducirse como “nacimiento de la vida para ti”. ¿De qué vida se habla aquí? De una nueva vida, de una promesa de salvación eterna, porque nuestra vida ahora sí, con Cristo, puede radicarse en el bien. Porque Jesús (que significa precisamente “Dios salva”) viene a salvarnos de una terrible situación de pecado, fruto de una misteriosa falta en el origen de los tiempos. Se trata de liberarnos de lo que los pensadores más lúcidos han caracterizado como la “condición humana”: una naturaleza herida y dañada en sus estructuras más íntimas, debilitada en su resistencia al mal. Es una impotencia objetiva, una incapacidad estructural, una esclavitud de la que el hombre no puede librarse por sí mismo, y, en consecuencia, no puede por sí mismo mantenerse en el bien sin caer tarde o temprano. A menos, claro, que… Dios venga a salvarnos. A menos que Dios nos capacite para el bien. Es lo que los teólogos han llamado con el nombre de gracia. Una fuerza sobrenatural que no es de este mundo y que nos capacita para el bien y para permanecer en él.

La verdadera alegría.

            Así que éste es el verdadero motivo de nuestra alegría. Porque aquellos que nacimos enemigos de Dios, podemos volver a la amistad con él, porque los que estamos enfermos, podemos ser sanados, porque los que nacimos esclavos podemos ser liberados, porque los sometidos a la muerte, podemos resucitar con él. Por esto tenemos que estar alegres en Navidad. Porque Dios no nos ha abandonado a la muerte y a nuestras miserias. Porque Dios se ha metido en la historia humana de la manera más inaudita. Porque no es un cínico y frío observador. No somos parte de un experimento cósmico, pequeñas hormiguitas controladas por una prescindente e inhumana divinidad. Al contrario, el cristianismo es la más brutal confirmación del amor de Dios por su creatura humana. Esto debe ser el motivo de nuestra alegría más auténtica y profunda.

Cómo Hollywood falsifica las cosas.


            ¿Y la nueva versión de “Milagro en la calle 34” qué tiene que ver con todo esto? Todo y nada. Todo porque pretende hablar del “espíritu navideño” y nada porque no tiene nada que ver con lo que acabamos de reflexionar. Empezando por la absoluta falta de mención a Cristo y lo cristiano (solo unas vagas y confusas referencias a “la Iglesia”) y terminando con el diálogo más importante entre Papá Noel y uno de los protagonistas principales, la señora Walker, que culmina en esta frase totalmente contraria al verdadero espíritu navideño. Hablando de sí mismo “Santa Claus” le dice: “Soy un símbolo de la capacidad humana para suprimir el egoísmo y las tendencias hostiles que controlan la mayor parte de nuestras vidas”. Nada más equivocado. No hay tal capacidad humana. No hay tal capacidad para salvarnos de nosotros mismos. Si el Evangelio quiere decir “Buena Noticia”, “Buena Nueva”, es porque previamente hay una Mala Noticia. Y esta es la de que el hombre no puede salvarse de su condición humana y de su miseria por sí mismo. Todos los totalitarismos y naturalismos lo han intentado y han fracasado miserablemente. La reacción del hombre autosuficiente de hoy frente al auténtico espíritu cristiano de la Navidad se parece a la de un joven atlético de 20 años al que se le dijera: “¡Te regalamos un transplante de corazón! Pero tenés que hacértelo ahora”. Su mirada, mezcla de asombro y terror, nos hablaría de su total rechazo. El hombre moderno se cree capaz de sanarse o sencillamente se considera sano. “Ningún Niño Dios tiene que venir a curarme de nada. En todo caso para eso tengo al psicoanálisis o a la new age”. Por eso, quizás, por haber olvidado o ignorado el verdadero sentido de esta fiesta, muchos se sorprenden a sí mismos hallándose tristes en Navidad. Y no entienden lo que les pasa.


Pablo Marini, revista “Tigris”, Diciembre de 2005.

viernes, 17 de diciembre de 2010

El aborto en cifras.


Es imposible saber a ciencia cierta qué cantidad de abortos se realizan en el país. Cada vez hay más abortos tempranos (producidos en los primeros días de la gestación) que son imperceptibles, incluso, para la mujer que aborta. Sobre la cantidad de abortos que se realizan existen pues estimaciones, realizadas en base a los egresos hospitalarios por complicaciones de aborto.
Esas estimaciones distan, en certeza, de las estadísticas que existen sobre mortalidad materna. Al referirse a ellas los abortistas mencionan que “la clandestinidad del aborto genera subregistros”, pero éstos no exceden, según sus propios cálculos, al 9,5% (Informe sobre Mortalidad Materna del Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES). Lo que nos permite afirmar que ese subregistro no varía demasiado las conclusiones a las que podemos arribar utilizando las cifras oficiales.

Cantidad de abortos.

Las últimas “estimaciones” oficiales sobre la cantidad de abortos que se realizan en el país fueron publicadas en octubre de 2007 por el Ministerio de Salud de la Nación, en ese momento a cargo de Ginés González García. Están consignadas en la Guía Técnica para la Atención Integral de los Abortos No Punibles, meras instrucciones, sin peso legal alguno, con las que Graciela Ocaña, actual ministra del área, se ha manifestado en desacuerdo (Página 12, 7/07/2008). De todos modos y por carecer de fuentes posteriores utilizaremos el número de abortos estimados en esa Guía, que son: 460.000.

Número de muertes por aborto.

Las últimas cifras disponibles son las del año 2006 y fueron publicadas en diciembre de 2007 por el Ministerio de Salud de la Nación, tras asumir Graciela Ocaña. Según esas “Estadísticas Vitales”, en el 2006 se produjeron:

  • Muertes maternas: 333 (son las muertes acaecidas durante el embarazo, parto o puerperio –hasta 42 días después del parto-).
  • Muertes maternas por aborto: 93 (la publicación no discrimina entre abortos “seguros”, “inseguros”, espontáneos o inducidos).

Analizando las cifras.

Sin dejar de reconocer el valor de cada vida humana –única e irrepetible- y la gravedad de su pérdida, no podemos dejar de destacar que el número de muertes relacionadas con el aborto provocado es abrumadoramente superado por el de muchas otras causales de muerte, incluso, por el número de víctimas fatales de la inseguridad.
Consignemos, a modo de ejemplo, que las mismas estadísticas oficiales señalan que en el 2006 hubo 93 muertes por aborto, 462 suicidios de menores de 19 años y 8.986 defunciones de menores de un año (en su mayoría por causas evitables).

El 40% de los argentinos es asesinado antes de nacer.

Como anticipamos, según las estimaciones de la Guía Técnica elaborada por el Ministerio de Salud durante la gestión del ex ministro de salud Ginés González García, se producen alrededor de 460.000 abortos inducidos al año. Si comparamos esa cifra con la cantidad de nacimientos (aproximadamente 700.000) observamos que el 40% de los argentinos es asesinado antes de nacer. Dicho de otro modo: cada cinco argentinos por nacer se mata a dos.

Cada 5000 niños por nacer asesinados muere una madre.

Si comparamos esa misma cifra (460.000 abortos inducidos al año) con las 93 muertes por aborto; surge que de cada 5000 mujeres que se practican un aborto, una muere. O lo que es lo mismo: cada 5000 niños por nacer asesinados muere una madre.

Conclusión.

No hay políticas públicas, ni campañas en los medios de comunicación, ni proyectos legislativos –salvo honrosa excepción- que intenten reducir esas 5000 muertes. Frente a un problema que involucra 5001 muertes, se intenta remediar la una, ignorando las 5000 restantes. Para los que bregan por la legalización de aborto de esas 5001 vidas, 5000 carecen de valor.   

Lic. Mónica del Río, Cristo Hoy, 9.10.08.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Cita: Francisco Luis Bernárdez y la Democracia.


“Esta de hoy es la tiránica civilización del número, de la masa ciega e informe, del rebaño indistinto –que no reconoce al Buen Pastor–, de la materia múltiple, anónima y mortal. La democracia es su espejo. La industria absorbe todo su quehacer. La Máquina, con mayúscula, es su ídolo, su Becerro de Oro, su expresión íntima y completa. En un mundo así, ¿qué lugar queda para el espíritu? Quizá tampoco haya sitio para el arte. Y menos aún para la poesía.”

Francisco Luis Bernárdez, “La Nación”, 16/10/1977.
Tomado de Almena Blog.

Cita: Leonardo Castellani y la democracia.



“En suma, lo que entiende Suárez decir es que la autoridad civil no puede ejercerse sino para el pueblo y con algún modo de consentimiento suyo; mientras el Roseao pretende que debe ejercerse por el pueblo, y por medio de representantes o mandantes elegidos explícitamente tiro a tiro, que por un lado tienen atribuciones ilimitadas y deiformes en forma realmente monstruosa, y por otra, pueden ser depuestos al capricho de la multitud, ornada de una especie de Voluntad Divina, es decir, Infalible, Sapientísima y Creadora del Bien y del Mal. Error siniestro y herético, causa de todas las revueltas modernas, y del terrible envenenamiento político cuyas convulsiones todo el mundo sufre en este momento.
De este error han salido las consecuencias que usted sabe en la Argentina nuestra. ¿Quiénes gobiernan la Argentina? ¿Los más virtuosos, los más justos, los más sabios, los más videntes? ¿Quién se atrevería a sostenerlo? NO. Gobiernan teóricamente “los que el pueblo quiere”. ¿Y el pueblo quiere siempre a los más justos, los más virtuosos, los más sabios, los más videntes? NO. La masa teóricamente los querría siempre provisto que: 1° la masa misma estuviese siempre en estado de gracia y sabiduría, y 2° que fuera capaz  de discernirlos, lo cual es absurdo por hipótesis, porque en ese paradisíaco caso, la masa ya no necesitaría gobierno alguno.
De hecho, usted sabe a quiénes quiere en la realidad de las cosas la masa, o mejor dicho, la parte de ella que vota. La masa se ve obligada a querer a los que se le autoimponen como “más sabios, más justos, más virtuosos, más videntes” en una lucha taimada y feroz, donde la virtud, la justicia y la sabiduría brillan por su flamante ausencia, donde todos los vicios hijos de la ambición, la avaricia y la pereza, y todos los pecados desde el homicidio hasta la mentira y el insulto hacen la más flagrante, colorida e impúdica exhibición de sí mismos, en una desnudez que cada día se hace más cínica y más caradura. Prostitución espantosa de aquel sublime ideal del Reino de Dios que al comienzo llamamos “democracia”, ante la cual el filósofo no tiene más remedio que cubrirse la cara con la toga y salir del circo hacia la soledad; y el cristiano ponerse a orar y temer algún gran castigo del cielo, “quod advertat Deus”, una intervención de Azrael el Destructor.”

Leonardo Castellani S.J., “Canciones de Militis”, Ed. Dictio. Bs. As., 1973, págs. 285/286.
Tomado de Almena Blog.

martes, 14 de diciembre de 2010

Lo que faltaba: el antirrosismo abortero.

Los “malos” de la película: los católicos pro-vida.
Agradecemos la fotografía a M.G.Pérez
           
El aborto de la intelligentzia nativa.

Cuando transitando del siglo XIX al XX, el novelista ruso Piotr Boborykin popularizó el término intelligentzia para referirse a cierto tipo de intelectual inconformista, no imaginó nunca que en nuestros pagos el término sólo podría aplicarse a los inconformistas con la sensatez y la veracidad. A esas legiones del pensamiento único, bien rentadas y mejor promovidas, caracterizadas por el innoble arte de hacer pasar por cultura lo que es macaneo, y por ciencia lo que no resulta sino tarada nadería.
Lo mismo se diga del malaventurado Theodoro Geiger, estratificando a los miembros de la intelligentizia como pensantes proyectados sobre el poder. De no haber muerto en 1952, habría constatado que, en la Argentina del presente, la intelligentzia come y engrosa del poder, por cierto; se nutre de la corrección política oficial, oronda, estulta e impune siempre. Pero lo de pensantes es una categoría que excede con holgura a quienes la representan. Apenas si podríamos catalogarlos como vulgares vendedores de patrañas, y esto para no faltar al destratado decoro idiomático.
A sendas reflexiones nos llevó la lectura dominical  del suelto “Abortos anteriores y posteriores”, obra de Rodolfo Braceli, y publicado por La Nación Revista, nº 2162, del 12-12-2010, en las páginas 78 a 82. Porque pocas veces se aúnan tan armónicamente en un solo y desaliñado exabrupto, el infundio y la ignorancia, la desvergüenza del zote y la insidia del impío.

Trillados sofismas.

Preñado de lugares comunes, de incongruencias y de baratijas emocionales, Braceli ataca a quienes se oponen al aborto porque –según su sesera- gritan “la vida es sagrada […] pero nada dicen de la sagrada Vida [mayusculado en el original] de la madre que entrega el cuerpo y el corazón del alma en ese desgarramiento”.
De no haberse usado en vano la aludida mayúscula, tendríamos entonces dos clases de vida. Una menor y profana, la del bebé, a cuyo exterminio llama “interrupción del embarazo”, y otra mayor y sacra, la de la madre que aborta. Es curiosa esta explícita demarcación de desigualdades en quien principia por declarar su apoyo al “matrimonio igualitario”. Dos sodomitas pueden tener la “igualdad” conyugal ideológica que la naturaleza les niega, pero la madre que decide abortar y su víctima no tienen el mismo rango ontológico que la naturaleza les concede. El “desgarramiento del cuerpo” de la criatura indefensa destrozada, no merece mención. El de la madre sí. Ha llegado la hora maniquea y trágica de sufrir por los victimarios y descalificar a los custodios de las víctimas.
Tampoco se entiende bien a qué alude el escriba con lo de “la madre que entrega el cuerpo y el corazón del alma en ese desgarramiento”, pidiendo hacia ella la conmiseración que –siempre según su parcializada testa- no tendrían los grupos pro vida. A juzgar por una frase anterior : “la decisión siempre desgarradora de interrumpir un embarazo”, el desgarramiento aquí aludido y convertido en objeto de piedad, es el acto de cometer el filicidio. Algo así como si dijéramos que los abogados defensores de los asesinados por un descuartizador serial “enarbolan” el “argumento absoluto” de que “la vida es sagrada”. Pero callan ante el desgarramiento sufrido por el descuartizador, que pone todo su corazón y su alma en tan fatigoso empeño, y que a veces incluso puede salir lastimado, sea porque la víctima tiene el tupé de resistirse, o por un mal cálculo de los filosos cuchillos.
Pero está desactualizado Braceli. Si hubiera leído la tenebrosa nota publicada en Perfil el pasado 5 de diciembre, justo una semana antes de la aparición de la suya, titulada “Famosas cuentan sus historias sobre el aborto”, habría advertido que aquello de “entregar el cuerpo y el corazón del alma en ese desgarramiento" es una antigualla propia de los tiempos en los que existía el remordimiento o el temor de Dios.
Superados ahora tales tabúes  –y superadas al parecer las mismas penalizaciones que rigen para quienes cometen un delito y lo confiesan ostensiblemente- las nuevas estrellas del aborto no manifiestan ningún “desgarramiento” al proclamar su homicidio. Antes bien, cuentan su experiencia con la misma frescura del que narra que ha tenido que concurrir al dietista para que le ayude a quitarse algunos lípidos sobrantes. “Ninguna se arrepiente, y se exponen en pos de apoyar el derecho a decidir”, es la conclusión de las dos periodistas que hilvanaron las declaraciones de las brutales y salvajes hembras.
El otro argumento braceliano –y eje de su regüeldo- es que quienes se oponen al aborto “nada dicen de los otros abortos, los posteriores. Los convalidan mediante la complicidad del silencio y la indiferencia”. Y como el lector perplejo puede preguntarse a qué ha dado en llamar aborto posterior este cernícalo de la neoparla progresista, la respuesta llega con una detallada aunque no exhaustiva lista. La misma incluye desde “la desnutrición cerebral” y “la bala fácil” hasta el “misil que despedaza una escuela”, pasando por “el analfabetismo”, la “frivolidad”, “la guerra preventiva” o “la indiferencia ferozmente egoista”, sin olvidarse, claro, del “aborto posterior” que se comete “cuando se tortura y se mata y se desaparece y encima se deja al muerto sin la identidad de la sepultura”. Ya se sabe que el Proceso tuvo la culpa del Diluvio y la tendrá del Apocalipsis.

Rodolfo Braceli

Si el primer argumento de Braceli constituye el típico sofisma ad misericordiam (consistente en mover el sentimiento de lástima hacia quienes merecerían una sanción, para disimular sus culpas, en un giro extra-lógico como lo llama Alexander Bain); el segundo es la típica falacia de cambio de asunto, ya reprobada por Aristóteles bajo el nombre de exo tou prágmatos, esto es, argumento no atinente o extraño a la cuestión en debate.
Lo haremos sencillo para que Braceli lo capte. Planteándose como se plantea la bondad o la maldad de la legalización del aborto, ¿qué tienen que ver la desnutrición cerebral, el analfabetismo, la insolidaridad, el gatillo fácil, el belicismo yanky o la desaparición de personas? Segundo. Supuesto tengan que ver, y que la semántica sea tan laxa y tan traslaticia que, a partir de ahora, serán considerados “abortos posteriores” todos estos casos que enumera, ¿por qué –y en pertinente asociación analógica- la nómina no incluye a los asesinados por los delincuentes que el garantismo protege y libera; a las miles de víctimas fatales de la guerrilla marxista, o a los policías barridos por la guerra social cruelmente en marcha, patrocinada por el actual gobierno? ¿Por qué su lista maniquea y facciosa –que contiene muertes espirituales e intelectuales y no sólo corpóreas- se cierra sin mencionar la letalidad de la descristianización compulsiva de las costumbres, de la cultura y de las leyes? ¿Por  qué si “hay aborto posterior cuando se convalidan tantas barbaridades”, dejar afuera de las mismas los múltiples atropellos a la lógica y a la verdad cometidos a mansalva por estos genuinos bárbaros de la intelligentzia?
No hemos dicho todo. El primer sofisma de Braceli parte de la arbitraria base de que quienes se oponen al aborto se desentienden de la madre que aborta. Nada más falso, como surge de las múltiples recomendaciones doctrinales y de las no menos acciones concretas de asociaciones cristianas Pro Vida, empeñadas en predicar la ilegitimidad del aborto con el lema de que en él siempre muere por lo menos una persona. Una razonable familiariedad con estas aludidas asociaciones podría haberle evitado el escarnio de propagar estupideces.
El segundo sofisma intenta sostenerse en un burda petición de principios, según la cual, los que se oponen al aborto “nada dicen de los otros abortos, los posteriores; los convalidan mediante la complicidad del silencio y de la indiferencia”.
Braceli no quiere decirnos a quiénes se refiere, pero no cuesta mucho colegirlo. Los malos de esta comedia coescrita con Manes son los católicos. Los impolutos, una vez más, la nueva y deificada clase de los progresistas. Pues bien; repasen él y sus lectores la nómina de los “abortos posteriores” que trae a colación, y encuéntrese un solo documento de la Iglesia a favor de la desnutrición, del gatillo fácil, del analfabetismo, de las guerras preventivas, de las sepulturas sin identidad o del mal que se le ocurra mencionar. Hagan el ejercicio inverso y se llevarán la sorpresa de encontrarse con que los mismos que repudian el aborto abominan de muchos más casos de “abortos posteriores” que los que antojadizamente menciona el notero. Y hágase incluso un tercer ejercicio, y se encontrará a la Iglesia como el blanco más emponzoñadamente apuntado y dañado por los artífices mundialistas de “abortos posteriores”.
Aclárese al fin que si Braceli quiere amontonar en su bolsa a católicos y procesistas, no cuente conmigo y con los muchos que delimitamos los campos otrora y ahora. Y esto, no sólo porque repudiáramos el “aborto posterior” de desaparecer a quien fuere, si no porque lo que deseábamos fervorosa y explícitamente es que que los guerrilleros fueran ajusticiados en público y de un modo ejemplar por un gobierno soberano, y no “chupados” clandestinamente siguiendo las órdenes de un generalato liberal.

Pacifismo ramplón.

Párrafo aparte merece una burrada descomunal de Braceli. Es aquella según la cual, uno de los peores “abortos posteriores” sería el cometido por quienes “le roban atribuciones al Dios que dicen venerar, implementando la pena de muerte”. Y sin cansarse de hacer papelones agrega: “¿cómo compatibilizan los antiabortistas su amor a la vida con la aceptación de la pena capital? ¿Están ciegos o se tapan los ojos?”.
Si Braceli, en vez de estudiar a Nicolino Locche, a Mercedes Sosa, al fútbol –según declara orondo en su propia web- se hubiera consagrado a leer –digamos menos: a ojear- a los representantes de la Patrología o de la Escolástica, y aún menos, al Catecismo de primeras nociones o a un simplísimo manual de moral cristiana, se hubiera evitado esta ignorancia cósmica.
Porque la respuesta a su objeción es sencillísima. El Dios que veneramos es el que nos enseña la legitimidad y la justicia de la pena de muerte, 55 veces contadas en el Antiguo Testamento, y no menos de 6 en el Nuevo Testamento. El Dios que veneramos es el que nos manda a distinguir en el Libro del Exodo entre la muerte de un inocente y la de un culpable, y a través de todo el corpus escriturístico y del Magisterio, entre la justicia de que la autoridad siegue la vida de quien delinque, dadas ciertas condiciones, requisitos y circunstancias, y la siempre injustificable decisión de matar a un inocente.
El debate sobre la pena de muerte puede tener y tiene más de un punto discutible. Pero ninguna incompatibilidad hay en quienes piden esta sanción extrema y claman a la vez categóricamente contra el aborto. Pues en el primer caso se trata de una facultad que puede tener la autoridad legítima para resguardar el bien común de quienes delinquen probadamente. Facultad, repetimos, que sólo se concede dadas ciertas condiciones, requisitos y circunstancias extremas. Y en el segundo caso, se trata de maldecir la legalización del conjetural derecho de asesinar a un ser indefenso y carente de toda culpabilidad. “¿Están ciegos o se tapan los ojos” que no quieren ver las diferencias?

El antirrosismo en acción.

Una postrera ridiculez le faltaba a la saga braceliana, y como está escribiendo en los feudos mitristas, qué mejor que inspirarse en los tópicos gastados y enlodados de la historia oficial. Si cómo decía un cómico ahora demodé, “total la gente qué sabe”.
Llegan entonces unos larguísimos y cursis parrafetes dedicados a repudiar el fusilamiento de Camila y Ladislao, ocurrido “el 18 de agosto de 1848, en un sitio de la Argentina que todavía se llama Santos Lugares”.
El imperdonable crimen –“muerte contra natura” lo llama, quien no debería creer en algo tan retrógrado como la contra-naturaleza- lo estremece más de la cuenta, no sólo porque Rosas le puso fin a un amor prohibido (“el amor de los amores” lo califica, sin inocencia lingüística), sino “porque ella, al momento de ser apresada y sentenciada, estaba bien preñada, poniéndose gruesa como diosmanda”. Devenido súbitamente en ginecólogo de nuestra historiografía, el escriba, que a esta altura del relato “todavía se llama” Rodolfo Braceli, nos regala una asombrosa precisión: lo de Camila fue un “aborto en gestación, a los tres o cuatro meses de vida”. Todo esto “fue comunicado para amortiguar la sentencia. Pero la sentencia igualmente se cumplió. Y a morir los tres”.
El estrambote del libelo es francamente antológico; quiere decir que no debería faltar en ninguna antología de la canallada.  No conforme con haber inventado lo del embarazo de Camila, hace hablar al presunto hijo fusilado, y resulta que se trata de un bebé zurdo, librepensador  y kirchnerista. Así, la tierna criaturita de ficción matada por Rosas,  empieza por celebrar el pecado de sus padres, continúa cuestionando el celibato, la Ley de Dios y la santa madreiglesia (con minúsculas); se alegra de que “la cruz que le han puesto entre sus manos” a su mamá “se le cae y no intenta levantarla, y las manos ya libres de cruz las pone sobre su vientre”; para terminar lamentándose de todo lo que quedará trunco en su vida, como por ejemplo, enterarse de “cómo iba a ser el grito aterrado de un desaparecido”. No hay dudas; Camila y Ladislao habían engendrado a Marcos Aguinis o a Federico Andahazi, o a Hebe de Bonafini, o tal vez en próximas lucubraciones Braceli nos informe que eran  rubicundos trillizos.

La mentira del embarazo de Camila O’Gorman.

Lo del embarazo de Camila fue una fábula, urdida por los unitarios para agravar la calumnia de la “inmisericordia del déspota”, una vez que el ajusticiamiento se consumó. Primero habían adoptado otra estrategia consistente en  pedir la pena máxima para los concubinos, a efectos de que quedara en evidencia “la horrible corrupción de las costumbres bajo la tiranía espantosa del Calígula del Plata”. Así escribía, por ejemplo, El Mercurio del 3 de marzo de 1848, periódico enemigo de Rosas. También es posible que la versión del embarazo haya sido blandida por Manuelita para intentar trocar el castigo capital en otro más leve. Y es muy posible asimismo, que la versión del embarazo, o haya sido una treta de Camila para convencerlo a su amante de huir y vivir juntos, o haya existido de veras y se perdiera accidentalmente en las peripecias de la fuga y la captura. Pero una cosa parece probable: al tiempo de la muerte el tal embarazo no existía.
La afirmación no surge solamente de la documentación aportada por Antonino Reyes (cfr. Manuel Bilbao, Vindicación y Memoria de Don Antonino Reyes, Buenos Aires, Freeland, 1974), sino de la simple cronología de los hechos. Veámoslo.
Cuenta Adolfo Saldías, amparado en su indiscutible archivo de primera mano, que “un día de diciembre de 1847, Camila le balbuceó a su amante que se sentía madre. Y a impulsos de la fruición tiernísima que a ambos les inspiró el vínculo que los ligaba ya en la tierra, resolvieron atolondradamente irse de Buenos Aires” (cfr. Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina, Buenos Aires, Orientación Cultural, 1958, vol. VIII, p. 147).
El 12 de diciembre de 1847 se produce la fuga aparejada a la decisión de vivir juntos, decisivamente motivada por la certidumbre de la maternidad.  Es decir que la señorita O’ Gorman llevaba como mínimo –mínimo- un mes y medio de gestación para poder sospechar su estado y decirle al cura que “se sentía madre”. No tenemos el ecógrafo retrospectivo de Braceli, pero los métodos habituales para que en pleno siglo XIX una mujer se diera cuenta de que estaba encinta, no permitían otra cosa más que medir el atraso del ciclo menstrual y empezar a advertir los primeros síntomas. Todo esto demandaba por lo menos un bimestre. Vale decir que de ser cierta la especie y no lo negamos,  Camila tuvo que haber quedado embarazada a mediados de octubre de 1847.
El fusilamiento tuvo lugar, como se sabe, el 18 de agosto de 1848 –próximamente el Día del Derecho Sacerdotal a la Fornicación, y feriado largo- , es decir, habiendo transcurrido prácticamente 10 meses desde la fecha presumible de la preñez. O el niño  ya debería haber nacido. O la gestación no podía estar de 9 meses como dijeron a gritos ciertos unitarios. O la gravidez duraba mucho  más en tiempos de Don Juan Manuel, porque los párvulos se negaban al alumbramiento dado el clima de represión imperante. No sólo duraba más sino que se notaba menos, o nada. Porque no se explica por qué, de ser cierto lo del “avanzado estado” denunciado por la pasquinería unitaria, decidieron someter a la joven a revisación médica para verificar si era cierta o no su inminente maternidad.
Camila más, Ladislao menos, el propósito de Braceli es el de todos los de su laya. Injuriar a los héroes y a los santos, y alimentar el fogón maloliente de la revolución gramsciana. Pero no es para todos la bota de potro, y el único resultado que ha obtenido el escriba ha sido el de dejar en evidencia su propia  insustentabilidad intelectual.
En su página Autorretrato, queriendo ser ingenioso ha escrito: “Soy agnóstico los días pares y ateo los días impares”.
Ahora sabemos algo más: los domingos, desde La Nación Revista, es cipayo y mentiroso.


Antonio Caponnetto, Revista Cabildo Blog.

La Verdad libera.

Graham Sutherland: “El descendimiento”.

El argumento de los últimos tres números de “Comentarios Eleison” (175 - 177), ha sido no másque motivado por el pintor Francés Paul Gauguin (1848-1903), ya que él no es de ninguna manera el peor de los artistas modernos. Dicho argumento no ha sido que Dios existe, por lo que el arte moderno es mera tontería. Más bien el argumento se centra en que el arte moderno es tontería, por lo tanto Dios existe. Existe una importante diferencia aquí entre descender de la causa al efecto y ascender del efecto a la causa.
Si parto de la existencia de Dios como un hecho y razono desde ahí hasta, por ejemplo, la maldad del arte moderno, la música moderna, las producciones modernas de ópera, etc., primeramente Dios y su existencia no son en sí probadas, y en segundo lugar su religión puede parecer caer sobre nosotros como un cepo a nuestra libertad. Ahora soy yo, y sea lo que yo sea, yo quiero ser libre de escoger el arte que me gusta. Pero aquí viene el Policía de Tránsito supuestamente del Cielo ¿para poner un cepo a esa libertad? ¡No, gracias!
Si por el contrario comienzo de mi propia experiencia del arte moderno, estoy arrancando de lo que directamente sé. Y si mi experiencia de esto es, honestamente, no satisfactoria -no es necesariamente el caso, pero en caso de que así sea- entonces puedo comenzar a cuestionarme porque me siento tan intranquilo frente a aquellos artistas modernos sumamente elogiados. Escucho nuevamente los elogios. Aún no estoy convencido. ¿Por qué no? Porque el arte moderno es feo. Y ¿qué tiene de malo su fealdad? Que carece de belleza. Y si continúo ascendiendo a través de la belleza de, por ejemplo, paisajes o mujeres como se retratan en las piezas de arte, a su belleza en la Naturaleza, a una armonía de partes que se entrelazan a través de toda la creación, mis pensamientos, surgiendo de mi experiencia personal, han hecho una ascensión importante hacia el Creador.
En este último caso El ya no lleva semejanza al policía de tránsito con cepo para las llantas de nuestro automóvil. Por el contrario, lejos de limitar nuestra libertad, parece dejarnos a los seres humanos el libre albedrío para que proclamemos la fealdad por todos lados y para que creemos un mundo sumido en el caos. Tal vez tiene la esperanza de que la fealdad se torne lo suficientemente horrible como para hacernos volver nuestros pensamientos hacia la Verdad y la Bondad. En este punto su religión no parece más un cepo externo a nuestra libertad interna, sino una ayuda de todo lo bueno que tengo en mi para liberarlo de todo lo malo, porque a menos de que yo sea orgulloso tengo que admitir que no todo en mi interior está bien ordenado y en armonía. 
En aquel momento la gracia sobrenatural ya no se concibe como una clase de policía que aplasta mi naturaleza por detrás para controlar por fuerza cualquier cosa que yo haga. Por el contrario me parece ser una muy buena amiga que, si lo deseo, permitirá que lo mejor de mí se libere de lo peor, o por lo menos que luche por ello. 
Una fuerza motriz detrás del Vaticano II y de la religión Conciliar ¿no fue, y no es aún, el ampliamente compartido sentido de que la Tradición Católica juega el papel de una clase de policía insoportable, como si todos los impulsos naturales fuesen malos? Si, los impulsos de mi naturaleza caída son malos, pero existe necesariamente bondad en nuestra naturaleza abajo del mal, y a esto bueno debe permitírsele respirar, porque desde nuestro interior se sincroniza perfectamente con la verdadera religión de Dios que viene desde fuera de nosotros. Si no, fabrico una falsa religión a partir de mis malos impulsos - como el Vaticano II.

Kirie Eleison.


Mons. Richard Williamson, “Comentarios Eleison”, Nº 177, 11 de Diciembre del 2010.