viernes, 6 de mayo de 2011

Jesucristo, un personaje histórico y no mitológico.


Películas del talante de “Zeitgeist”, supuestamente documentales, han inventado algunas teorías sobre la no existencia histórica de Jesucristo. Debido a la ignorancia religiosa en la que la se encuentra inmersa la época moderna, estas ideas des-informantes, son tomadas como “reales”. Lo mismo ha pasado con novelas del talante de “El Código Da Vinci”. El Blog “Apologeticum” hace una breve y sólida respuesta basada en documentos históricos ya conocidos sobre la existencia de Jesucristo, como personaje que ha intervenido en la historia.

Jesucristo, un personaje histórico y no mitológico.

Introducción.

Este sencillo estudio pretende demostrar con bases sólidas y tangibles, la realidad de Jesucristo como personaje histórico. Y así poder contar con un elemento breve y práctico para refutar las falsedades que se dicen sobre la persona de Jesús y de la Iglesia. Podemos mencionar el documental “Zeitgeist”, que pretende -al igual que muchos gurúes y pseudo-iluminados- sin ninguna referencia seria, demostrar que la persona de Jesucristo -y consigo todo el cristianismo- provienen sencillamente de mitologías antiguas, lo cual es bastante peligroso para personas que están acostumbradas a ignorar hechos históricos y a creer la primera cosa que les dicen.
En la primera parte veremos las fuentes no cristianas que nos hablan de la existencia de Cristo, no simplemente como el fundador de una nueva creencia religiosa, sino también como personaje histórico, que es lo que nos interesa en este estudio. Las fuentes no cristianas, que nos evidencian la historicidad de Jesucristo están formadas por escritores e historiadores paganos y judíos, de los siglos I-II.
Después, revisaremos -de forma muy breve- las fuentes históricas pseudo-cristianas, que nos hablan de un Jesús que realmente existió. Estas, están conformadas por los escritos fundamentales de algunas sectas -hoy en día ya extintas- formadas por personas que no estaban de acuerdo con la doctrina oficial de la Iglesia primitiva, y que, por lo cual se separaron de esta y decidieron fundar su propio grupo religioso. Los gnósticos -por ejemplo- son un grupo ocultista muy antiguo -autor de muchos de los escritos apócrifos- que desde el principio ha perturbado a la Iglesia, por lo que muchos padres y teólogos de la Iglesia primitiva decidieron escribir refutaciones oficiales contra este grupo. También la Biblia nos evidencia como san Pablo y san Juan, no estaban -para nada- de acuerdo con la doctrina predicada por estos grupos. Pues para ellos -como para todos los cristianos de verdad- la unidad de la iglesia en Cristo, es uno de los pilares fundamentales de la fe.
Más adelante, veremos las fuentes históricas más importantes que nos presentan a Jesucristo como un personaje que realmente existió: Los Evangelios. De estos, veremos la relevancia histórica, es decir, de cómo desde el principio fueron mencionados como escritos importantes. Por tanto demostraremos que no se trata de ningún invento de la Iglesia o de los Papas. Así también veremos la veracidad de los Evangelios canónicos y por qué podemos fiarnos de su testimonio, pues corresponden realmente a lo que escribieron los Apóstoles: Mateo y Juan; y sus contemporáneos: Marcos y Lucas.

Fuentes no cristianas.

En este segmento, no pretendo demostrar que los personajes citados a continuación conocían la doctrina cristiana, sino sencillamente destacar, el hecho de que estos antiguos historiadores y escritores, hayan dedicado parte de sus escritos para hablar de Cristo, y en concreto del cristianismo, como un hecho histórico y tangible; en ningún caso como una nueva creencia religiosa basada en un personaje mitológico o misterioso.

Fuentes paganas:

Mar Bar-Sarapion (73 d.c.)

En un manuscrito siriaco del siglo VII, que se encuentra actualmente en el Museo Británico de Londres, se recoge una carta de un tal Mar Bar-Serapion. La escribe desde la cárcel a su hijo, exhortándole a buscar la sabiduría. No hay acuerdo sobre la antigüedad de la carta, pero la mayoría de los estudiosos la fechan en la primera mitad del siglo II o incluso en el último cuarto del siglo I. Otros estudiosos afirman que fue escrita en el siglo III. En la carta hay una referencia a un «rey sabio», que ha sido interpretada por varios autores como una alusión a Jesús de Nazaret [1]:

“¿Qué ventaja obtuvieron los atenienses cuando mataron a Sócrates? Carestía y destrucción les cayeron encima como un juicio por su crimen. ¿Qué ventaja obtuvieron los hombres de Samo cuando quemaron vivo a Pitágoras? En un instante su tierra fue cubierta por la arena. ¿Qué ventaja obtuvieron los judíos cuando condenaron a muerte a su rey sabio? Después de aquel hecho su reino fue abolido. Justamente Dios vengó aquellos tres hombres sabios: los atenienses murieron de hambre; los habitantes de Samo fueron arrollados por el mar; los judíos, destruidos y expulsados de su país, viven en la dispersión total. Pero Sócrates no murió definitivamente: continuó viviendo en la enseñanza de Platón. Pitágoras no murió: continuó viviendo en la estatua de Hera. Ni tampoco el rey sabio murió verdaderamente: continuó viviendo en la enseñanza que había dado” (citado desde Penna, Romano:Ambiente histórico-cultural de los orígenes del cristianismo: textos y comentarios, pág. 319, Bilbao, 1994).

Plinio el Joven (61-113)

Escritor latino. Sobrino e hijo adoptivo del erudito Plinio el Viejo, estudió retórica y leyes en Roma con Quintiliano. A los dieciocho años inició su carrera de abogado, en la que ascendió rápidamente. Tras ejercer como pretor, en el año 100 obtuvo el consulado bajo Trajano, de quien recibió múltiples honores y a quien, en agradecimiento, escribió el Panegyricus, su única obra de oratoria conservada. Posteriormente desempeñó varios cargos oficiales y publicó sus Epístolas, agrupadas en nueve libros. Aunque la posteridad ha valorado sobre todo su valor documental, estas cartas personales contienen numerosos elementos retóricos y poéticos. Cada una trata de un tema concreto, y en conjunto constituyen un lúcido retablo de las costumbres públicas y privadas de la sociedad romana de la época. [2]

“Por otra parte, estos afirmaban que toda su culpa o su error había consistido en la costumbre de reunirse determinado día antes de salir el sol, y cantar entre ellos sucesivamente un himno a Cristo, como si fuese un dios, y en obligarse bajo juramento, no a perpetuar cualquier delito, sino a no cometer robo o adulterio, a no faltar a lo prometido, a no negarse a dar lo recibido en depósito. Concluidos esos ritos, tenían la costumbre de separarse y reunirse de nuevo para tomar el alimento, por lo demás ordinario e inocente.”

Plinio el Joven, Epistolarum ad Traianum Imperatorem cum eiusdem Responsis liber X, 96.

Cayo Suetonio (70-140)

Historiador romano. Trabó amistad con Plinio el Joven, quien lo recomendó al emperador Trajano, gracias a lo cual pudo entrar a trabajar en la burocracia imperial. Bajo el mandato de Adriano se encargó de la dirección de los archivos imperiales, pero fue apartado de su puesto por «tomarse demasiadas familiaridades con la emperatriz». Gracias a la extraordinaria calidad de las fuentes que llegó a manejar durante su ejercicio en la corte, pudo dedicarse a escribir la que sería su obra más importante, Vida de los doce Césares, en la que biografió a los emperadores habidos desde Augusto a Domiciano. Esta obra ha brindado a la historiografía una gran cantidad de datos sobre la vida privada y el gobierno de los emperadores romanos, aunque se centra más en cuestiones superficiales, y en algunos casos escandalosas, que en un estudio profundo de los hechos históricos. [3]

“...Hizo expulsar de Roma a los judíos, que, excitados por un tal Cresto [Cristo], provocaban turbulencias.”

Cayo Suetonio, Vida de los doce Césares, Claudio, XXV.

“...Los cristianos, clase de hombres llenos de supersticiones nuevas y peligrosas, fueron entregados al suplicio,,,”

Cayo Suetonio, Vida de los doce Césares, Nerón, XVI.


Cornelio Tácito (55-118)

Historiador romano. Los pocos datos que se conocen de su vida indican que desarrolló una brillante carrera política, que le llevó al Senado así como a ejercer el cargo de cónsul. También es conocida su boda con una hija de Cneo Julio Agrícola, general romano que luchó en Britania, de quien Tácito escribió una biografía: Agrícola. Otra obra importante que hay que resaltar es De origine et situ germanorum, más conocida como Germania, en la cual traza una viva representación de la vida y cultura de los germanos. Con todo, sus obras más famosas son los Anales, una historia de los emperadores de la dinastía Julio-Claudia a partir de Tiberio, y las Historias, sobre la dinastía Flavia. Ambas obras representan un grandioso esfuerzo por recrear un período convulso de la historia de Roma, y en ellas ofrece un retrato implacable de los grandes personajes de la época, poniendo de relieve sus flaquezas. El tono del autor refleja también una cierta nostalgia por los tiempos de la República y de la grandeza romanas. [4]

“Y así Nerón, para divertir esta voz y descargarse, dio por culpados de él, y comenzó a castigar con exquisitos géneros de tormentos, a unos hombres aborrecidos del vulgo por sus excesos, llamados comúnmente cristianos. El autor de este nombre fue Cristo, el cual, imperando Tiberio, había sido justiciado por orden de Poncio Pilato, procurador, de la Judea y aunque por entonces se reprimió algún tanto aquella perniciosa superstición tornaba otra vez a reverdecer, no solamente en Judea, origen de este mal, pero también en Roma, donde llegan y se celebran todas las cosas atroces y vergonzosas que hay en las demás partes. Fueron, pues, castigados al principio los que profesaban públicamente esta religión, y después, por indicios de aquéllos, una multitud infinita, no tanto por el delito del incendio que se les imputaba, como por haberles convencido de general aborrecimiento a la humana generación. Añadióse a la justicia que se hizo de éstos, la burla y escarnio con que se les daba la muerte. A unos vestían de pellejos de fieras, para que de esta manera los despedazasen los perros; a otros ponían en cruces; a otros echaban sobre grandes rimeros de leña, a los que, en faltando el día, pegaban fuego, para que ardiendo con ellos sirviesen de alumbrar en las tinieblas de la noche.”

Cornelio Tácito, Anales, Libro XV, XLIV.

Fuentes judías:

Flavio Josefo (37-100)

Historiador judío-fariseo. Sus obras ofrecen la mayor información sobre la vida de los judíos del primer siglo cristiano y de la historia de Israel bajo el dominio romano. Aunque no era cristiano, Flavio Josefo es una importante fuente histórica sobre la época en que nació el cristianismo. Hace una importante referencia histórica sobre Jesucristo. Participó en los levantamientos contra Roma en Galilea en el año 66. Predijo a Vespasiano que sería emperador de Roma. Tras cumplirse la profecía se le dieron privilegios: Se le llamó en latín: Flavio Josefo, tomó ciudadanía romana, una pensión, esposa, un terreno en Judea y una casa en Roma que había sido residencia del propio Vespasiano. [5]

“Por aquel tiempo existió un hombre sabio, llamado Jesús, si es lícito llamarlo hombre, porque realizó grandes milagros y fué maestro de aquellos hombres que aceptan con placer la verdad. Atrajo a muchos judíos y muchos gentiles. Era el Cristo. Delatado por los principales de los judíos, Pilatos lo condenó a la crucifixión. Aquellos que antes lo habían amado no dejaron de hacerlo, porque se les apareció al tercer día resucitado; los profetas habían anunciado éste y mil otros hechos maravillosos acerca de él. Desde entonces hasta la actualidad existe la agrupación de los cristianos.”

Flavio Josefo, Antiquitates Judaeorum, 18, III, 3.

Nota: Este texto, que algunos han querido atribuirlo a la interpolación de un amanuense cristiano, es considerado como auténtico por John P. Meier, «uno de los más relevantes investigadores bíblicos de nuestra generación», Profesor de Nuevo Testamento en Washington. [JOHN P. MEIER: Un judío marginal, III. Ed. Verbo Divino. Estella (Navarra). 1998.] [6]
El historiador judío Flavio Josefo relata también, en su libro “Antigüedades Judías”, el martirio de Santiago, llamado el hermano del Señor.

“...Siendo Anán (Ananías) de este carácter, aprovechándose de la oportunidad, pues Festo había fallecido y Albino todavía estaba en camino, reunió el sanedrín. Llamó a juicio al hermano de Jesús que se llamó Cristo; su nombre era Jacobo, y con él hizo comparecer a varios otros. Los acusó de ser infractores a la ley y los condenó a ser apedreados.”

Flavio Josefo, Antiquitates Judaeorum, 20, IX, 1.

Talmud (Siglos II - III).

El Talmud es una obra que recoge las discusiones rabínicas sobre leyes judías, tradiciones, costumbres, leyendas e historias. El Talmud se caracteriza por preservar la multiplicidad de opiniones a través de un estilo de escritura asociativo, mayormente en forma de preguntas, producto de un proceso de escritura grupal, a veces contradictorio. [7]
El Talmud, junto a la Torá escrita o Pentateuco, representan los pilares de la religión y de la tradición judía revelados por El eterno a Moisés en el Monte Sinaí. [8]
“Por lo que toca a Misnah y los otros escritos rabínicos tempranos los escasísimos pasajes que pueden referirse a Jesús no está claro que lo hagan. Ahora bien, en el caso de que aludan realmente a Jesús es patente que no aportan ninguna noticia original sobre él, ni que pueda remontarse siquiera al s. 1. Son sólo noticias tardías (siglos IV-V), no independientes de los escritos canónicos o apócrifos cristianos y con frecuencia fruto de un interés polémico por parte del judaísmo contra los cristianos. Así lo piensan estudiosos como J. Maier, (Jesús von Nazaret in der talmudischen Überlieferung, Darmstadt 1978) o J. Z. Lauterbach quien sostiene que "ni una sola noticia de las que han llegado hasta nosotros en la literatura talmúdico-midrásica se puede considerar auténtica en el sentido de que tenga su origen en el tiempo de Jesús o siquiera en la primera mitad del s. 1 de la era cristiana” (cf. “Jesus in the Talmud” en Rabbinic Essays, Cincinnati, 1951, 473-570, p. 477).
El erudito judío J. Klausner aunque admite en algunos pocos pasajes rabínicos referencias genuinas a Jesús de Nazaret, sin embargo las considera de muy escaso valor histórico “dado que tienen más carácter de vituperio y polémica contra el fundador de una facción odiada que de información objetiva y de valor histórico (Jesús of Nazareth. His Life, Times and Teaching, Nueva York 1925, p. 18-19). Klausner considera genuina la referencia de Sanedrín 43a donde se menciona a “Yeshú, que fue colgado en la víspera de la Pascua”, información correcta y coincidente con el evangelio de Juan, que se mezcla con una confusa noticia acerca de un heraldo buscando testigos para la defensa durante cuarenta días antes de la muerte de Jesús por lapidación sin que se lograra encontrar ninguno, lo que parece un rasgo legendario que busca legitimar la condena. En este mismo pasaje se interpretan los milagros de Jesús como actos de brujería”. [9]

Fuentes pseudo-cristianas: Apócrifos.

Los textos apócrifos son libros que, por diversos motivos, no fueron reconocidos como inspirados por Dios, y por tanto no entraron en el canon de las Sagradas Escrituras. Si bien contienen serios errores doctrinales, pues muchos de ellos fueron escritos por gnósticos (herejía muy antigua, ampliamente refutada por los primeros cristianos); nos presentan a Jesucristo como personaje histórico. Su lectura es recomendable, siempre cuando se conozca bien la fe verdadera, que nos la revelan los textos canónicos. Hoy en día, los apócrifos, se pueden encontrar en cualquier librería o biblioteca católica para ser consultados.

Fuentes cristianas: Evangelios.

Los Evangelios -para nosotros cristianos- representan las fuentes históricas más fidedignas que nos relatan la existencia de Jesucristo. Podemos destacar, especialmente a san Lucas, que se preocupa de anunciar a Cristo como un personaje histórico, pues a su nacimiento aporta datos que no encontramos en los demás evangelistas:

“En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria”.

Lucas 2,1-2.

También podemos decir que, si bien, san Lucas no fue testigo ocular de la existencia de Cristo, se preocupó de informarse cuidadosamente en todo lo referente a su persona por testigos oculares:

“Muchos han tratado de relatar ordenadamente los acontecimientos que se cumplieron entre nosotros, tal como nos fueron transmitidos por aquellos que han sido desde el comienzo testigos oculares y servidores de la Palabra. Por eso, después de informarme cuidadosamente de todo desde los orígenes, yo también he decidido escribir para ti, excelentísimo Teófilo, un relato ordenado, a fin de que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido”.

Lucas 1, 1-4.

En san Mateo encontramos datos históricos referentes a su nacimiento, precisamente para indicarnos a un Jesús que realmente existió en nuestra historia:

“Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén”

Mateo 2, 1.

San Marcos, que si bien no nos relata el nacimiento de Cristo, también nos da algunos datos históricos (Mc 6,14-22), en los cuales se presenta a Jesús, como una persona que realmente vivió en un determinado periodo histórico.
San Juan, por su parte, se preocupa de predicar a Cristo resucitado, y por ende glorioso. Por ello que, todo su Evangelio cuenta con una estructura y con un fraseo tan sublime, que al leer su evangelio, es como si una voz directamente del cielo nos hablara, como dice san Juan Crisóstomo, algo evidentemente muy difícil para un humilde pescador. Es por ello que san Juan para referirse al Cristo histórico, habla del Verbo de Dios que “se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). Y enfatiza en el hecho de que él es testigo ocular (Jn 21, 24), por tanto su predicación es verdadera. También en una de sus cartas, san Juan enfatiza el hecho de que el Señor -siendo Dios- se hizo hombre, pues fue oído por él, estuvo ante sus ojos, fue contemplado, e incluso palpado por él (1 Jn 1, 1).
Con esto podemos concluir que la historicidad de Jesucristo en los Evangelios es indiscutible.

Autenticidad de los Evangelios.

El Evangelio de San Mateo data entre el 37 y el 42. El de San Marcos, entre el 40 y el 45. El de San Lucas entre el 47 y el 56. Y finalmente, el Evangelio de San Juan, se escribió en torno al 95. [10]
Un documento es auténtico o genuino si fue escrito por la persona a quien se le atribuye. Sabemos que los autores de los evangelios son Mateo, Marcos, Lucas y Juan porque existen cerca de 4000 códices griegos y traducciones latinas, coptas y siríacas de los siglos IV al IX que atestiguan esto. Además están los testimonios de algunos escritores y Padres de la Iglesia que pudieron informarse de los autores de los Evangelios. [11]
A continuación veremos algunos de los testimonios más antiguos, que nos hablan de los Evangelios canónicos, como libros realmente escritos por sus autores, y usados desde el comienzo por la Iglesia del Señor.

San Ireneo de Lyon (130 – 202 d.c.)

San Ireneo, educado en Esmirna; fue discípulo de la San Policarpo, obispo de aquella ciudad, quién a su vez fue discípulo del Apóstol San Juan. En el año 177 era presbítero en Lyon (Francia), y poco después ocupó la sede episcopal de dicha ciudad. [12] Por esto, podemos considerar de suma importancia el testimonio de San Ireneo sobre la historicidad de los Evangelios canónicos.

“Mateo, (que predicó) a los Hebreos en su propia lengua, también puso por escrito el Evangelio, cuando Pedro y Pablo evangelizaban y fundaban la Iglesia. Una vez que éstos murieron, Marcos, discípulo e intérprete de Pedro, también nos transmitió por escrito la predicación de Pedro. Igualmente Lucas, seguidor de Pablo, consignó en un libro «el Evangelio que éste predicaba» (1 Tes 2,9; Gál 2,2; 2 Tim 2,8). Por fin Juan, el discípulo del Señor «que se había recostado sobre su pecho» (Jn 21,20; 13,23), redactó el Evangelio cuando residía en Efeso”.

San Ireneo, Contra las herejías, libro III, 1, 1.

Papías de Hierápolis (69 – 150 d.c.)

Papías era obispo de Hierápolis, en el Asia Menor. De él dice Ireneo que había oído predicar a San Juan y que era amigo de Policarpo, obispo de Esmirna (Contra las herejías 5, 33, 4). Eusebio, por su parte (Historia Eclesiástica. 3, 39, 3), nos informa que fue un varón de mediocre inteligencia, como lo demuestran sus libros. Las obras a que alude Eusebio no pueden ser otras que el tratado escrito por Papías en cinco libros hacia el año 130, y que se intitula “Explicación de las sentencias del Señor” (Λογίων κυριακών εξήγησες). [13]

“...En sus escritos, Papías expone otras explicaciones de las palabras del Señor procedentes de Aristión (ya mencionado) y otras tradiciones de Juan el anciano. Todos éstos se los recomendamos a cuantos deseen instruirse. Ahora debemos añadir a sus palabras ya citadas una tradición referente a Marcos, el que escribió el evangelio. Se expresa así:

«y el anciano decía lo siguiente: Marcos, que fue intérprete de Pedro, escribió con exactitud todo lo que recordaba, pero no en orden de lo que el Señor dijo e hizo. Porque él no oyó ni siguió personalmente al Señor, sino, como dije, después a Pedro. Éste llevaba a cabo sus enseñanzas de acuerdo con las necesidades, pero no como quien va ordenando las palabras del Señor, más de modo que Marcos no se equivocó en absoluto cuando escribía ciertas cosas como las tenía en su memoria. Porque todo su empeño lo puso en no olvidar nada de lo que escuchó y en no escribir nada falso».

Esto relata Papías referente a Marcos. Sobre Mateo dice así: «Mateo compuso su discurso en hebreo y cada cual lo fue traduciendo como pudo».

El mismo autor hace uso de testimonios de la I Epístola de Juan y también de la de Pedro. Refiere otro relato sobre una mujer expuesta ante el Señor con muchos pecados, el cual se halla en el Evangelio de los Hebreos. Es necesario tener esto en cuenta, además de lo que ya hemos expuesto.”

Fragmentos de Papías [Eusbio de Cesarea, Historia Eclesiástica, Libro III, XXIX]

Tertuliano (160 – 220 d.c.)

“Tertuliano nació en Cartago antes del año 160, y se dedicó desde muy joven a la retórica y al derecho. Pasó a Roma, donde parece que ganó reputación como jurista, aunque esto no acabó de satisfacer su temperamento idealista y apasionado. Hacia el año 195 se convirtió al cristianismo, y desplegó una incansable actividad literaria en defensa y explicación de su nueva fe. Sin embargo, ni aun en ella encontraba fácilmente satisfacción aquel africano ardiente a quien toda perfección parecía poca: pronto se dejó atraer por las tendencias más espiritualistas y rigoristas dentro del cristianismo, y finalmente, hacia el año 207, se adhirió abiertamente a la secta herética de Montano, que pretendía ser un cristianismo más purificado por medio de una nueva encarnación del Espíritu de Dios en sus miembros”. [14]

“Todavía tenemos más documentación, en este caso procedente de principios del siglo III; es el testimonio de Tertuliano. En su obra contra Marción, escrita hacia los años 207-208, Tertuliano distingue entre evangelios escritos por “apóstoles” (apostoli, es decir Mateo y Juan) y evangelios escritos por “contemporáneos de los apóstoles” (apostolici, es decir, Marcos y Lucas). A propóstito del tercer evangelio, escribe estas palabras: “Sin embargo, Lucas no era apóstol, sino únicamente contemporáneo de los apóstoles (apostolici); no era maestro, sino discípulo y, consiguientemente, inferior al maestro; y por lo menos, tan posterior (a los otros) como su propio maestro, es decir, el apóstol Pablo (fue posterior a los demás)” (Adversus Marcionem, 4.2, 2)...” [15]
           
Eusebio de Cesarea (263* – 339 d.c.)

Teólogo e historiador, escritor prolífico. Gran parte de nuestro conocimiento de la historia de la cristiandad de los primeros siglos proviene de su libro sobre la Historia de la Iglesia. También escribió sobre el Evangelio y sobre la vida de Constantino y otros. [16]

“Por su parte, Mateo, que en primer lugar predicó a los hebreos cuando ya estaba por dedicarse también a otros, expuso por escrito su Evangelio en su lengua materna, sustituyendo de este modo por escrito la falta de su presencia en medio de aquellos de los que se alejaba.

Y, a su vez, Marcos y Lucas ya habían procedido a la entrega de sus respectivos Evangelios cuando se dice que Juan seguía haciendo uso de la predicación oral, y que finalmente se dedicó a escribirlo por causa de la siguiente razón: Habiendo sido ya divulgados los tres Evangelios escritos con anterioridad, llegando también a sus manos, dicen que los aceptó e incluso dio testimonio de su veracidad, pero que el relato carecía de los hechos que llevó a cabo Cristo en el principio y también en el comienzo de su predicación.”

Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica, Libro III, XXIV, 6-7.

Canon de Muratori (170 d.c.)

El Canon de Muratori recoge en el siglo II los libros inspirados, según la Tradición oficial de la Iglesia. El nombre de Muratori se debe a su descubridor el historiador y arqueólogo italiano Ludovico Antonio Muratori. Se trata de un códice escrito en letras unciales. [17]

“... en éstos, sin embargo, él estaba presente, y así los anotó.

El tercer libro del evangelio: según Lucas.

Después de la ascensión de Cristo, Lucas el médico, el cual Pablo había llevado consigo como experto jurídico, escribió en su propio nombre concordando con la opinión de [Pablo]. Sin embargo, él mismo nunca vio al Señor en la carne y, por lo tanto, según pudo seguir..., empezó a contarlo desde el nacimiento de Juan.

El cuarto evangelio es de Juan, uno de los discípulos.

Cuando sus co-discípulos y obispos le animaron, dijo Juan, “Ayunad junto conmigo durante tres días a partir de hoy, y, lo que nos fuera revelado, contémoslo el uno al otro”. Esta misma noche le fue revelado a Andrés, uno de los apóstoles, que Juan debería escribir todo en nombre propio, y que ellos deberían revisárselo. Por lo tanto, aunque se enseñan comienzos distintos para los varios libros del evangelio, no hace diferencia para la fe de los creyentes, ya que en cada uno de ellos todo ha sido declarado por un solo Espíritu, referente a su natividad, pasión, y resurrección, su asociación con sus discípulos, su doble advenimiento - su primero en humildad, cuando fue despreciado, el cual ya pasó; su segundo en poder real, su vuelta. No es de extrañar, por lo tanto, que Juan presentara de forma tan constante los detalles por separado en sus cartas también, diciendo de sí mismo: “Lo que hemos visto con nuestros ojos y oído con nuestros oídos y hemos tocado con nuestras manos, éstas cosas hemos escrito”
. Porque de esta manera pretende ser no sólo un espectador sino uno que escuchó, y también uno que escribía de forma ordenada los hechos maravillosos acerca de nuestro Señor.”

Fragmentos del Canon de Muratori.

Una reflexión sobre la autenticidad de los Evangelios canónicos, del libro: “Para salvarte” del jesuita español P. Jorge Loring SJ:

“A nadie se le ocurre dudar de la autenticidad de las obras de los clásicos latinos César, Cicerón, Horacio y Virgilio. A pesar de que -aunque todos ellos vivieron tan sólo 50 años antes de Jesucristo - no conservamos, ni con mucho, las pruebas que conservamos de los Evangelios. El autor clásico contemporáneo de Jesucristo de quien conservamos mejores documentos es Virgilio. Pues bien, de Virgilio, sólo tenemos tres códices unciales. En cambio de los Evangelios tenemos doscientos diez. ¡Superioridad aplastante! [18].
De Platón los manuscritos que conservamos son 1500 años posteriores a él [19].
De Aristóteles que vivió 300 años antes de Cristo , cuyo «Tratado de Lógica» sigue siendo hoy día la base de todo razonamiento filosófico, el manuscrito más antiguo que conservamos es 1400 años posterior a él.
En cambio, de los Evangelios conservamos manuscritos muy próximos a ellos. El Evangelio de San Juan se escribió el año 95 [20]; pues bien, en 1935 se descubrió el papiro Rylands (P.52) sobre este Evangelio, que se conserva en Manchester. Fue adquirido en 1920 por B.P.Granfell para el librero John Rylands . Según los especialistas se escribió hacia el año 130 [21]. Tan sólo 35 años después. Esto es maravilloso! El papiro Bodmer II, que se conserva en la Biblioteca de Cologny, en Ginebra, y que contiene casi en su totalidad el Evangelio de San Juan, es 100 años posterior a él [22]. En 1956 fue publicado por V. Martín [23]. De los tres siglos posteriores a Jesucristo se conservan treinta papiros [24]. Esto es un caso único en toda la historiografía grecorromana.
En 1972 el Padre José O’Callaghan , jesuita español papirólogo, Profesor de la Universidad Gregoriana de Roma, y Decano de la Facultad Bíblica del Pontificio Instituto Bíblico de Roma, y de la Facultad Teológica de Barcelona, descifró unos fragmentos de papiros encontrados en la cueva 7 del Qumrán (Mar Muerto). Se le identifica así 7Q5. Se trata del texto de San Marcos, 6: 52s. En once cuevas aparecieron seiscientos rollos de pergaminos. En estos manuscritos, que se descubrieron en 1947, han aparecido textos del Éxodo, Isaías, Jeremías, etc. De casi todos los libros del Antiguo Testamento. El texto descifrado por el P. O’Callaghan es un fragmento del Evangelio de San Marcos enviado a Jerusalén por la cristiandad de Roma y que los esenios escondieron en esa cueva en ánforas, una de las cuales tiene el nombre de ROMA en hebreo [25].
Probablemente esto ocurrió cuando la invasión de Palestina por los romanos, antes de la ruina de Jerusalén del año 70. En concreto cuando se aproximaban las tropas de Vespasiano el año 68.
Este descubrimiento ha sido considerado como el más importante de este siglo sobre el Nuevo Testamento.
En 1991 se ha publicado una edición facsímil con 1.787 fotografías de estos manuscritos.
Esta interpretación del P. O’Callaghan ha sido recientemente confirmada por el eminente Profesor alemán de la Universidad de Oxford, Carsten Peter Thiede, en la prestigiosa revista internacional BIBLICA [26]. Thiede , dice textualmente: Conforme a las reglas del trabajo paleográfico y de la crítica textual, resulta cierto que 7Q5 es Marcos, 6: 52s . El 7Q5 es el papiro de O’Callaghan. Thiede ha publicado un estudio apoyando al P. O’Callaghan titulado «El manuscrito más antiguo de los evangelios» Son cada vez más los que aceptan esta identificación, ha dicho el P. Ignacio de La Potterie, S.I., como se ha visto en el Simposio Internacional celebrado del 18 al 20 de octubre de 1991 en Eichstät [27], donde apoyaron esta opinión los expertos en papirología Hunger, de la Universidad de Viena, y Riesenfeld, de la Universidad de Upsala (Suecia).
El texto 7Q5 ha sido estudiado en ordenador por IBICUS de Liverpool, y se ha demostrado que esa combinación de letras, en la Biblia, sólo se encuentra en Marcos 6: 52s, que es el 7Q5 [28].
El paleógrafo inglés Roberts, de la Universidad de Oxford, primera autoridad mundial en paleografía griega, antes de que se descifraran estos papiros, estudiando la grafía, afirmó que eran anteriores al año 50 después de Cristo, es decir, unos 20 años después de la muerte de Jesús, y 10 años después que Marcos escribiera su Evangelio. Sin duda es anterior al año 68 en que fueron selladas las cuevas del Qumrán, con los papiros dentro, antes de huir de las tropas de Vespasiano, que invadieron aquel territorio el año 68. Se trata, por lo tanto, del manuscrito más cercano a Jesús de todos los conocidos [29].
El descifrador de estos documentos ha manifestado que ya no puede afirmarse que el Evangelio sea una elaboración de la antigua comunidad cristiana, y que tuvo un período más o menos prolongado de difusión oral antes de ser escrito, sino que tenemos ya la comprobación de los hechos a través de fuentes inmediatas.
Este descubrimiento ha dado al traste con las teorías de Bultmann. La proximidad de este manuscrito al original echa por tierra la hipótesis de Bultmann, según a cual los Evangelios son una creación de la comunidad primitiva que transfiguró el Jesús de la historia en el Jesús de la fe.
Este descubrimiento confirma científicamente lo que la Iglesia ha enseñado durante diecinueve siglos: la historicidad de los Evangelios.

Referencias:

[1] Web: http://enciclopedia.us.es/index.php/Mara_Bar-Serapion.
[2] Web: http://www.biografiasyvidas.com/biografia/p/plinio_eljoven.htm.
[3] Web: http://www.biografiasyvidas.com/biografia/s/suetonio.htm.
[4] Web: http://www.biografiasyvidas.com/biografia/t/tacito.htm.
[5] Web: http://www.corazones.org/santos/flavio_josefo.htm.
[6] P. Jorge Loring SJ – Para Salvarte.
[7] Wikipedia.
[8] Web: www.eltalmud.com.
[9] G. THEISSEN - A. MERZ, El Jesús histórico, Salamanca 1999, esp. págs. 83-110 y J. P. MEIER, Un judío marginal, 1, Estella. Navarra 1998, esp. págs. 79-129.
[10] P. Jorge Loring – Para Salvarte.
[11] Web: http://www.es.catholic.net/temacontrovertido/609/1754/articulo.php?id=1749.
[12] Web: http://www.corazones.org/santos/ireneo.htm.
[13] Web: http://www.conoze.com/doc.php?doc=2993.
[14] Web: http://www.mercaba.org/tesoro/TERTULIANO/01.htm.
[15] P. Joseph Fitzmyer SJ – El Evangelio según Lucas, pág 78.
[16] Web: http://www.corazones.org/santos/eusebio_cesarea.htm.
[17] P. Jorge Loring SJ – Para Salvarte.
[18] Juan Leal, S.I.: El valor histórico de los Evangelios, I, 5. Ed. Escelicer. Cádiz.
[19] Vittorio MessoriI: Hipótesis sobre Jesús, VI, 11. Ed. Mensajero. Bilbao, 1978.
[20] Leon-Dufour, S.I.: Los Evangelios y la historia de Jesús, IV, 1. Ed. Estela. Barcelona.
[21] Francisco Vizmanos, S.I.: Teología fundamental para seglares, nº432. Ed. BAC. Madrid.
[22] Vicente Zaforas: Un testigo más. Revista Proyección nº12. Granada.
[23] Francisco Lambasi: El Jesús histórico, V, 1. Ed. Sal Terrae. Santander, 1985
[24] S. Bartina, S.I.: Catálogo de los Papiros Neotestamentarios. Revista CULTURA BÍBLICA, 17(1960)214-22.
[25] José O’ Callaghan, S.I.: Los papiros griegos de la cueva siete del Qumrán. Ed. BAC.Mad.
[26] Revista Bíblica, vol. 65 (1984)538-559.
[27] Revista 30 Días: 61(1992)76 y Civiltá Cattolica: II (1992) 464-473.
[28] ABC de Madrid, 1-VI-95, pg. 64.
[29] Juan Manuel Igartua, S.I.: Los Evangelios ante la Historia, I, 5. Ed. Acervo. Barcelona.

Apologeticum Blog, Tomado de http://mater-et-magistra.blogspot.com/

jueves, 5 de mayo de 2011

San Atanasio, Obispo y Doctor.


Los santos vienen a perpetuar y a reproducir, hasta cierto punto, la santidad de Cristo, que se actualiza en un espacio y tiempo determinados. Algunos de ellos, los patriarcas fundadores de los grandes institutos religiosos, abren un camino, una modalidad ascética o fórmula accidental nueva para que los diversos temperamentos humanos tengan dónde localizar libremente su vocación al servicio divino. Aunque la santidad tenga siempre una proyección histórica y un gran peso social, hay también santos a los que Dios asigna una misión histórica ante una gran necesidad social o ante una crisis singularmente difícil. Tal es, sin duda, el caso de Atanasio de Alejandría; prototipo de la fortaleza cristiana, su vida sintetiza la lucha heroica mantenida por la ortodoxia frente a la vigorosa reacción doctrinal del paganismo antiguo asumida por la herejía de Arrio; fortaleza inflexible y dinámica ante el error, suscitada por el Señor para librar a su Iglesia de un trance peligroso. Durante los sesenta años que median desde la paz de Constantino hasta que Teodosio establece el cristianismo católico como religión del Imperio, el atleta alejandrino es el más visible protagonista de la historia de la Iglesia.
El Edicto de Milán vino a reconocer que el cristianismo era la base ética y moral de un mundo nuevo que nacía en las entrañas mismas del Imperio romano, llenando el vacío moral de esta gran Institución, tan rica de cultura humana y de esplendor material, pero no liquidaba las doctrinas ni las costumbres paganas, que continuaban adheridas tanto al sentido de las multitudes como a la convicción de los filósofos y a las necesidades de la administración pública. Constantino, a pesar de su fe cristiana, mantiene el título de pontífice supremo y continúa siendo, como todos los emperadores, jefe de los colegios sacerdotales, a fin de salvar las apariencias y la realidad sociológica del sentimiento popular; los administradores de las provincias fiscalizan y dirigen el culto a los ídolos y a los dioses; el clima popular en la ciudad y en las aldeas es pagano y el sentimiento religioso polarizará durante dos tercios de siglo en las formas tradicionales de la idolatría: la adivinación, las artes mágicas y las más extrañas supersticiones.
El pensamiento tradicional de los filósofos romanos ante los valores sorprendentes del cristianismo, que seducía a las almas rectas, intentará una síntesis de todas las especulaciones religiosas, incluyendo el propio Evangelio, y reclamará un cristianismo menos acerado y más fácil; por otra parte, ante el prestigio social y el esplendoroso porvenir de la Iglesia, acuden a ella, con su peso muerto, multitud de personas que reciben el bautismo, ya por cálculo o con esperanzas de medro personal, ya arrastrados por la moda, que ha impuesto la nueva y maravillosa doctrina en los ambientes más sensibles y modernos.
Es lógico que este clima histórico reclamara la fórmula de un cristianismo rebajado que contemporizara con los principios y con las costumbres paganas del Imperio. Arrio fue el genial intérprete de este momento: vio el fondo de la cuestión y trató de reducir a Cristo, el Verbo del Padre, a la categoría del demiurgo o semidiós, criatura elevada y perfecta, pero simple criatura. Primero, el propio heresiarca, y después de su trágica muerte, sus secuaces, lucharon en perfecto concubinato, utilizando los más poderosos recursos: la filosofía griega con el prestigio de su claridad, de su belleza y de su amor a la vida: la inexperiencia o la astucia de los monarcas bizantinos, que pretendían, a base de protección, asumir la dirección de la Iglesia; el grave problema político de las relaciones entre Roma y Bizancio, entre Oriente y Occidente, En esta coyuntura frente a Arrio, sus componendas doctrinales y sus obispos cortesanos se irguió Atanasio con su sincero realismo evangélico y su innumerable cortejo de monjes y anacoretas del desierto.
Al estallar el conflicto arriano, Atanasio era un joven diácono de veintitrés años, endeble, pequeño de talla y pálido rostro. Arrio tenía la madurez de sus sesenta años, de exterior imponente, de prócer estatura, gran dialéctico, maestro, acreditado en explicar las Santas Escrituras. Nacido en Libia y adscrito al clero en Alejandría, había pretendido ocupar aquella gloriosa sede episcopal y llevaba la amargura de esta insatisfacción; era, según ocurre en tantas ocasiones, austero y soberbio, sabio, obstinado y dominador. Había sido nombrado párroco de una demarcación de la ciudad, la de Borcal.
Pretendía el sabio párroco y maestro de Escritura que el Verbo encarnado no era absolutamente igual al Padre, sino la primera y más maravillosa de las criaturas que salieron de la mente y del poder de Dios. Entre el Ser Supremo, sin principio, sólo eterno, sólo bueno, solitario en su eternidad, y la naturaleza creada, finita y manchada, está el Verbo encarnado, Hijo de Dios, pero, aunque creador del mundo, Hijo de Dios por adopción, pues difiere en absoluto de la sustancia del Padre. Establecidos tales principios, el misterio de la Encarnación y el de la Redención quedaban eliminados y alterada esencialmente toda la teología de la Trinidad y de Cristo, se abría otra vez el insondable abismo pagano entre el hombre débil y manchado y la divinidad inaccesible; suprimida la majestad divina de la Víctima del Calvario, los espíritus paganizantes y livianos ya no sentían la responsabilidad del pecado y el rigor de la justicia divina, pues, según la nueva doctrina, Cristo nos redimía sólo con la influencia de su doctrina y de sus ejemplos.
A la familia y la infancia de Atanasio, la antigüedad, avara de noticias ciertas, la ha envuelto en bellas leyendas que, como ocurre casi siempre, son fieles intérpretes de la historia: sus padres fueron, sin duda, cristianos. Se cuenta que, siendo todavía niño, un día en que jugando remedaba las ceremonias del culto cristiano, instruyó y predicó al público infantil que jugaba con él y llevó tan adelante la imitación de los mayores y el realismo de su futura vocación que bautizó a varios niños paganos, siendo reconocida luego la validez de tal bautismo. El patriarca San Alejandro descubrió en el adolescente condiciones extraordinarias, le hizo clérigo, dirigió su formación intelectual y le ordenó de lector en su propia catedral, y más tarde le hizo su diácono y, en consecuencia, su secretario, según las costumbres de entonces: en calidad de tal ya fue el alma, en 320, del concilio provincial de Alejandría, en que los obispos de Egipto y Libia condenaron por primera vez a Arrio. Atanasio conoció bien el ambiente intelectual de Alejandría, frecuentó a los sabios maestros filósofos y teólogos de la famosa escuela donde acababa de apagarse la voz del gran Orígenes. El Señor, cuando asigna a sus santos una gran misión histórica, les prepara con el temperamento personal, con las condiciones oportunas y les sumerge en el ambiente apropiado para su mejor formación. La juventud de Atanasio primero, y luego toda su vida heroica de luchador contra el neopaganismo teológico y práctico de Arrio, se movió entre dos polos: el desierto egipcio, foco de santidad heroica y de ascetismo tradicional, y la escuela alejandrina, primer centro intelectual organizado por la Iglesia, centro de doctrina ortodoxa, pero cuna asimismo de varios desvaríos heréticos.
Es seguro que la amistad de Atanasio con el gran San Antonio nació de sus largas estancias en el desierto, donde el patriarca de los anacoretas le descubrió, sin duda, el gran riesgo de las tentaciones del mundo pagano y el peligro de admitir componendas prácticas con las costumbres y las ideas paganas. Los desiertos de Egipto eran entonces el escenario de un fenómeno singular: las almas generosas formadas en el clima del martirio, al hacerse cómoda y fácil la práctica del cristianismo, se iban al desierto para sufrir el martirio de su renuncia y de sus mortificaciones, para vivir en la contemplación de Dios, unos ideales místicos basados, no en los ensueños idealistas de los filósofos, sino en la dura ascética de los consejos evangélicos: allí se fraguó el alma abrasada de Atanasio y allí se encendió el celo del buen pastor que da su vida para librar a su rebaño del asalto del lobo.
A los veinticinco años publica su Discurso contra los gentiles: en él se encuentra ya toda la lucidez, la agudeza y la profundidad de una mente superdotada, pero allí aparece también la combatividad ardiente de un hombre destinado por Dios a una lucha sin descanso. En este libro, el Santo desenmascara el paganismo en sus manifestaciones más groseras, en su esfuerzo para humanizar a los dioses para así poder divinizar las propias pasiones y los desórdenes de la aristocracia pagana, que tenía su base social en la esclavitud. Demuestra que la adoración de Júpiter, Mercurio, Neptuno o Venus es la adoración de las fuerzas viejas, brutales, coactivas, de la naturaleza o el esfuerzo para aureolar de gloria el orgullo y la voluptuosidad humanas. Pero donde dirige sus tiros el atleta es contra el neoplatonismo de las escuelas alejandrinas. La filosofía neoplatónica reconoce a un Dios supremo. Pero ¿qué representa un demiurgo o mediador entre Dios y el mundo? ¿Qué son estos platónicos poderes colocados por los filósofos entre la naturaleza y la divinidad sino formas de la idolatría, menos groseras que las de los griegos, pero tan corruptoras y no menos irracionales?
Instado por su diácono, el obispo Alejandro, después de exhortar a Arrio para disuadirle, reúne un concilio en Alejandría que excomulga al hereje y condena sus doctrinas. Herido en su orgullo, Arrio despliega una actividad enorme viajando y escribiendo: gana para su causa a muchos obispos de Palestina y Asia, entre ellos a Eusebio de Nicomedia, cuya influencia pesaba mucho en la corte imperial, y distribuye copiosa abundancia de folletos, cartas, memoriales y versos. Es entonces cuando el papa Silvestre y el emperador Constantino envían a Alejandría al prestigioso obispo de Córdoba, Osio, para recoger una información adecuada; Osio se da cuenta de la gravedad del movimiento herético y él mismo, según parece, insinuó a Constantino la idea de reunir un concilio. Fue el de Nicea, el primero de los concilios ecuménicos y uno de los más importantes de la historia, en cuyas sesiones preparatorias el diácono Atanasio dio la medida de su sagacidad, de su elocuencia y sus dotes de polemista y de dialéctico; sus intervenciones tuvieron un peso considerable en las decisiones del concilio, que condenó a Arrio, quien tuvo que emprender el camino del destierro mientras sus cómplices y partidarios, que firmaron las conclusiones y el símbolo del Concilio, ante las perspectivas de excomunión, esperaban la oportunidad para mixtificar o anular la doctrina de Nicea.
Poco después del concilio murió Alejandro, el santo obispo de Alejandría. Antes de morir había rogado a los obispos de su provincia eclesiástica que le dieran por sucesor a Atanasio; en efecto, fue designado el enérgico y piadoso diácono, que intentó huir impulsado por su humildad, para no ser obispo, pero el pueblo cristiano de Alejandría le forzó aclamando su elección: "Ese es un hombre seguro, he aquí un asceta, un verdadero obispo". Así Atanasio fue exaltado a la dignidad de patriarca de aquella gloriosa sede y primado de todo Egipto. Después de haber escrito su primera y emocionante carta pastoral con motivo de la Pascua de 328, quiso girar una visita a la porción más escogida de su rebaño: los anacoretas penitentes y los monjes contemplativos del desierto de Egipto y Libia; cuando regresó, hondamente edificado y consolado por la santidad de aquellos solitarios, ya había estallado la tempestad en la capital de su patriarcado: el sector arriano había planteado la invalidez de su elección episcopal con el pretexto de haber sido realizada por la presión popular; por su parte, Eusebio de Nicomedia, el obispo palaciego, había arrancado de Constantino una carta imperativa ordenando a Atanasio que levantara la excomunión y recibiera a todos los arrianos que se le presentaran, amenazándole con el destierro.
Atanasio escribe, defendiéndose, un largo memorial que es atendido por el emperador, pero he aquí que el partido de los herejes melecianos, movilizado por Eusebio, comienza una campaña de calumnias inverosímiles, pero siempre dramáticas y extrañas: que había obligado en beneficio propio a sus fieles a pagar un impuesto sobre el lino, que el delegado y amigo de Atanasio, Macario, al reprender a un sacerdote sacrílego, había derribado un altar, roto un cáliz y quemado los libros sagrados. Atanasio decide hacer un viaje a Constantinopla, donde habla con el emperador, que se convence de su inocencia; pero de vuelta a Alejandría ya le han preparado otra serie de extrañas y graves calumnias: que ha mandado asesinar al obispo de Hiprale Arsenio, de cuya presunta muerte exhiben una mano cortada; pero he aquí que el obispo Arsenio, que había sido recluido en un monasterio, es descubierto por Atanasio y presentado a sus propios acusadores; insisten los difamadores escribiendo al emperador que Atanasio ha prohibido a los fieles la entrega de trigo que, debía de ser enviada a Constantinopla y, por fin, dan dinero a una mujerzuela para que diga que el santo obispo la ha violentado. Inmediatamente, y antes que se pudiera aclarar tal alud de calumnias, se reúne un concilio en Tiro, ciudad costera de Palestina, donde llevan la voz cantante los arrianos y semiarrianos. La asamblea depone a Atanasio y el emperador, impresionado, le destierra a Tréveris, en la Francia de entonces —año 336—, de donde volverá cuatro años más tarde cuando muere Constantino, pues su hijo y sucesor en Occidente, Constantino el joven, levanta el destierro a Atanasio. Pero los mismos enemigos de Atanasio, que se habían reunido en Tiro, se reúnen en Antioquía, revalidan la deposición del Santo y consagran a un tal Gregorio como obispo de Alejandría. Este seudopatriarca entra en la ciudad a mano armada rodeado con gran lujo de soldados, y Atanasio tiene que desterrarse por segunda vez; entonces, se dirige a Roma. El papa Julio I recibe con gran afecto al defensor de la fe de Nicea, que llega a la Ciudad Eterna en 342, fatigado, a los cuarenta y siete años de su edad, y cuando llevaba catorce al frente de la iglesia alejandrina. Reúne el Papa en Roma un concilio que aprueba tanto la doctrina como la vida de la lumbrera de Oriente: No pudo, sin embargo, Atanasio restituirse a su sede hasta que se convocó cinco años después otro concilio en Sárdica —342—, Allí se ordenó la restitución del patriarca a su ciudad; el emperador Constante aprobó los acuerdos de Sárdica mientras la facción arriana, en el paroxismo de su furor, reunida tumultuosamente en Filípolis, excomulgaba a los obispos de Sárdica y al propio papa Julio I por haber comunicado con San Atanasio. Este, sin embargo, durante una corta temporada, pudo estar al frente de su diócesis una vez expulsado el usurpador Gregorio. Pero he aquí que, a la muerte de Constante, los arrianos, que habían afianzado sus posiciones y aumentado en número, pudieron apoyarse en la influencia de la corte de Bizancio, pues el nuevo emperador Constancio no recataba su adhesión a la secta. Otros conciliábulos, los de Arlés, Aquileya y Milán, donde se condenan y, en consecuencia, son desterrados, los grandes defensores de la doctrina de Nicea; Osio, Eusebio de Vercelli, Lucífero de Callas, Dionisio de Milán y el propio papa Liberio. Es éste el momento del apogeo del arrianismo: el mundo, según observará San Jerónimo, parece gemir bajo su yugo. Atanasio tiene que huir, pues el emperador impone al hereje Jorge de Capadocia como obispo de Alejandría; el refugio para Atanasio esta vez será el desierto y la compañía de los religiosos que tanto le admiran y le veneran: en este lapso de tiempo escribe el Santo varias de sus obras más notables.
Al morir Constancio, sube al trono imperial Juliano el Apóstata, hombre de temperamento atormentado y complejo, que se asigna en vano la misión de restablecer el paganismo en la vida social y religiosa del Imperio. Para demostrar su indiferencia ante la lucha entre católicos y arrianos, llama de su destierro a todos los condenados por su antecesor. Vuelve a su sede Atanasio en febrero del 362 sin dificultad, pues el usurpador Jorge de Capadocia había muerto en un motín popular, y el pueblo recibe triunfalmente a su pastor legítimo. De todo el Egipto llegaron gentes a la capital: las calles por donde pasaba el ilustre perseguido, montado en un asno como el Señor en Jerusalén, eran rociadas con perfumes y toda la ciudad fue engalanada e iluminada por la noche.
De febrero a octubre, la actividad y el celo de Atanasio fueron asombrosos: sospechaba el Santo que todavía a sus sesenta y siete años le esperaba otro destierro: el más corto, pero el más terrible, porque lo que se intentaba era en esta ocasión quitarle la vida. A los dos meses de estar en su sede ya había reunido un concilio en Alejandría: la torpe política de Juliano, que favorecía a los arrianos más exaltados y paganizantes, abrió los ojos a los semiarrianos, los cuales, aprovechando las decisiones del concilio, que facilitaba su retorno a la verdad, fueron admitidos a la comunión católica en gran número. La simpatía despertada por la virtud y la sabiduría de Atanasio suscitaba entre los gentiles copiosas conversiones, cuya noticia irritó profundamente a Juliano: "Proscribe al miserable Atanasio —escribió al prefecto de Egipto—, que, reinando yo, se ha atrevido a bautizar a mujeres griegas de rango distinguido". El edicto del quinto y último destierro se fijó en las calles de Alejandría el 23 de octubre del mismo año 362. Atanasio se dio cuenta que se cernía sobre la Iglesia una persecución sangrienta y que él podía ser la primera víctima. Decidió huir para el bien de su pueblo, escapó aquella misma noche remontando en una barca las aguas del Nilo vestido de pescador, antes de que fueran a prenderle; los esbirros le siguieron por el río y, al notar el Santo que le iban a dar alcance, dio un viraje a la barca; los perseguidores le preguntan si había visto a Atanasio, y él y sus acompañantes contestan: "Por ahí mismo ha pasado". Escondido en las afueras de la ciudad, decidió dirigirse otra vez al desierto, Los monjes a millares, con sus abades al frente, salieron a recibirle tremolando ramas de árboles y cantando himnos de gozo.
La muerte de Juliano devolvió a Alejandría su venerado obispo, pero el emperador Valente, influido por Eudoxio, patriarca intruso de Constantinopla, con el pretexto de velar por la paz pública, dio un decreto de destierro para todos los obispos depuestos por Constancio y restablecidos por Juliano. Atanasio estaba incluido en el número. Tuvo que esconderse todavía el campeón de la fe ortodoxa, pero el pueblo, soliviantado ante la injusticia, reclamó la presencia de su obispo: las fuerzas imperiales de seguridad tuvieron que retirarse ante el temor de una temible sedición popular. Atanasio, en este año de 365, el septuagésimo de su edad, tenía ya demasiada grandeza para ser perseguido o protegido por el Imperio. Gobernó tranquilo su iglesia durante ocho años más, los necesarios para vislumbrar la derrota casi definitiva de la herejía. Murió el 2 de mayo del 373. El martirologio romano, con su sobria elegancia, anuncia la muerte del confesor y doctor de la Iglesia, celebérrimo en santidad y doctrina, en cuya persecución se había conjurado todo el orbe. El, sin embargo, defendió la fe católica desde el tiempo de Constantino hasta Valente contra emperadores, presidentes y un sinnúmero de obispos arrianos; acosado de los malos, insidiosamente anduvo prófugo por todo el orbe hasta no restarle en la tierra lugar seguro donde esconderse. Finalmente, vuelto a su iglesia después de tantos trabajos y tantas coronas de paciencia, muere en su lecho, a los cuarenta y seis años de sacerdocio, imperando Valentiniano (Valente) —no es de extrañar que la historia le haya reservado el título de "Grande”.

Ramón Cunill, visto en El Cruzamante Blog.

domingo, 1 de mayo de 2011

La oración de la Fiesta de San José Obrero.


1. El trabajo del Hombre:

Oh Dios creador de todas las cosas, que estableciste la ley del trabajo al género humano...

En el Paraíso, antes del pecado:

El trabajo en el Paraíso era para ocupar su espíritu, ejercitando sus facultades, dando fruto a sus talentos, mostrando su gratitud a Dios:
Libro del Génesis 2, 7 ss: “Entonces Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y residió el hombre un ser viviente. Luego plantó Dios un jardín en Edén, al oriente, donde colocó al hombre que había formado. Tomó, pues, Dios al hombre y le dejó en al jar­dín de Edén, para que lo labrase y cuidase. Y Dios impuso al hombre este mandamiento: «De cual­quier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, por­que el día que comieres de él, morirás sin remedio.» Dijo luego Dios: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada.» Y Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera. El hombre puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo, mas para el hombre no encontró una ayuda adecua­da. Entonces Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne. De la costilla que Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó: «Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada.» Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne”.
Este trabajo no implicaba pena alguna, antes gran satisfacción:
“Dice en Gén 2,15: Tomó el Señor Dios al hombre y lo puso en el Paraíso del gozo para que lo trabajara y lo custodiara. Esto no sería penoso como lo es después de aquel pecado, sino que sería agradable para ejercitar una capacidad natural. La custodia no sería contra invasores violentos, sino contra la tentación al pecado, que le robaría el Paraíso”. (Santo Tomás, Suma, Iª pars, cuestión 102, artículo 3: El hombre, ¿fue o no fue puesto en el Paraíso para que lo trabajara y custodiara?)

En el destierro, después del pecado:

Después del pecado original el trabajo se transforma en pena, en castigo. La naturaleza que heredamos de Adán trae consigo este castigo del trabajo penoso. 1) Pena satisfactoria: para pagar por el pecado; así el trabajo tiene un carácter humillante y mortificante (espinas). 2) Pena preservativa: para impedir los pecados; porque leemos en el Libro del Eclesiástico: “la ociosidad enseña mucha malicia”... Fue la causa del grave pecado del rey David. El ocioso repite con el demonio aquel grito diabólico: "¡no serviré!"
Libro del Génesis 3, 16 ss: “A la mujer le dijo: «multiplicaré las fatigas de tus preñeces: con dolor parirás los hijos. Buscarás con ardor a tu marido, y él te dominará. Al hombre le dijo: «Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldita sea la tierra por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abro­jos te producirá, y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás.»... Y le echó Dios del jardín de Edén, para que labrase el suelo de donde había sido tomado. Y habiendo expulsado al hombre, puso delante del jardín de Edén querubines, y la llama de espada vibrante, para guardar el camino del árbol de la vida”.

La muerte y todos los males consecuentes son castigo del pecado original:

“Dice el Apóstol en Romanos 5, 12: Por un hombre entró el pecado en el mundo; y por el pecado, la muerte. El pecado del primer padre es la causa de la muerte y de todos los males de la naturaleza humana, en cuanto que por el pecado del primer padre nos fue arrebatada la justicia original, por la que se mantenían bajo el control de la razón, sin desorden alguno, no sólo las facultades inferiores del alma, sino también el cuerpo entero se mantenía bajo el control del alma sin ningún fallo. Por esto, sustraída esta justicia original por el pecado del primer padre, así como fue vulnerada la naturaleza humana en cuanto al alma por el desorden de sus potencias, así también se hizo corruptible por el desorden el cuerpo mismo". (Santo Tomás, Summa, Iª, IIæ, cuestión 85, artículo 5: ¿Son efecto del pecado la muerte y demás males corporales?).

El trabajo después de la Redención:

Nuestro Señor viene a reparar el pecado y renovar todas las cosas: Ofertorio de la Misa: “Oh Dios, que admirablemente creaste la dignidad de la naturaleza humana, y aun más admirablemente la reformaste...” (Oración que rezan los sacerdotes cuando bendicen la gota de agua).
Ahora, el trabajo, sin dejar de ser castigo, aceptado con resignación es meritorio unido a los sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo, quien quiso trabajar también con sus propias manos, dignificando así el trabajo:
“Fue conveniente que el cuerpo asumido por el Hijo de Dios estuviese sometido a las debilidades y defectos humanos; y especialmente por tres motivos. Primero, porque el Hijo de Dios, asumiendo la carne, vino al mundo para satisfacer por los pecados del género humano. Y uno satisface por los pecados de otro cuando echa sobre sí mismo la pena debida a los pecados de ese otro. Ahora bien, los defectos corporales a que nos referimos, a saber: la muerte, el hambre y la sed y otros por el estilo, son pena del pecado, introducido por Adán en el mundo, según Romanos 5, 12: Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte. Por eso fue conveniente, en relación con el fin de la encarnación, que asumiese en nuestra carne las penalidades de esta naturaleza, en lugar nuestro, según Isaías 53, 4: Verdaderamente se apropió nuestras enfermedades (...Segundo...) Tercero, para ejemplo de paciencia, que él nos da soportando con fortaleza los sufrimientos y los defectos humanos. Por eso se dice en Hebreos 12, 3: Soportó la contradicción de los pecadores contra él, para que no decaigáis, desfalleciendo en vuestros ánimos. (Santo Tomás, Summa IIIª Pars, cuestión 14, artículo 1: ¿Debió el Hijo de Dios asumir la naturaleza humana con los defectos corporales?)

2. El Patrocinio de San José:
...concédenospropicio, que a ejemplo de San José, y bajo su patrocinio...

El ejemplo de obediencia de San José:

Si el mundo fue castigado por la desobediencia de Adán, la obediencia es, pues, lo contrario al pecado. Si el demonio y Adán no quisieron servir a Dios, San José al contrario va a reparar con un ejemplo heroico de obediencia:
La vida de San José se puede definir por la obediencia: “por obediencia desposa a María, por obe­diencia no la abandona, por obediencia va a Belén, por obediencia huye a Egipto, por obediencia vuelve de allá, por obediencia sube al templo, por obediencia educa y cuida a Dios hecho niño”.

La institución de la fiesta de San José Obrero:

Al instituir la Fiesta, el Io de mayo de 1955, exhortaba S.S. Pío XII:
“La Iglesia, Madre Providentísima de todos, preocupada en gran medida de proteger y encaminar a los obreros, e instituir y favorecer sus asociaciones, les ha querido asignar el Patrocinio de San José. En efecto, San José, siendo el padre adoptivo de Cristo, que se digno de ser llamado artesano e hijo del carpintero, debido a las obligaciones de que estaba encargado respecto a Jesús, abundan­temente bebió de su Espíritu como sobrellevar y ennoblecer el trabajo. De un modo semejante deben comportarse las asociaciones obreras, para que Cristo esté siempre presente en ellas, en sus miem­bros y en sus familias, y finalmente en toda reunión de obreros; ciertamente el principal fin de estas asociaciones es que guarden y promuevan la vida, cristiana en sus miembros, y propaguen el Reino de Dios, especialmente entre sus compañeros de trabajo... Para que tengan en lo más alto los ánimos donde moverse a buscar la dignidad del trabajo humano, y los principios que la producen, se insti­tuye la Fiesta de San José Obrero, que sea de todas las asociaciones de obreros ejemplo y protección. Pues, de este ejemplo, los que se dedican a los tra­bajos artesanales deben aprender de qué forma y con qué espíritu cumplir sus funciones, para que al mismo tiempo que, siguiendo el primer mandato divino, sometan la tierra y procuren la prosperidad económica, consigan alcanzar los premios de la vida eterna”.
...hagamos las obras que mandas, y consiga­mos los premios que prometes.

R. P. Carlos Emmanuel Herrera, boletín “Fides” Nº 957, 1 de mayo de 2011.