sábado, 10 de noviembre de 2012

Nombran a Masón como miembro ordinario de la Academia Pontficia de Ciencias.




Un católico medianamente instruido en las verdades de fe y en la doctrina social de la Iglesia, sabe que la masonería es una secta condenada por el Magisterio de la Iglesia durante muchos pontificados. En el Concilio pastoral ecuménico Vaticano II, esa condena se omitió, igualmente que la condena al comunismo. Los frutos de esta omisión, grave por cierto, entre otras cosas producen la confusión y la pérdida de la gravedad que conlleva entrar en la secta masónica, secta que siempre ha conspirado en toda la historia contra la Iglesia de Cristo.
En aras de una falsa concepción del ecumenismo, del estar al día con el mundo, el llamado “aggiornamiento”, es que ahora la masonería no es vista como lo que realmente es, una secta anticatólica.

De acuerdo con las noticias recientes reportadas por el Gran Oriente de Brasil (GOB), el Papa Benedicto XVI escogió al miembro más reciente para la Academia Pontifical de Ciencias. El nuevo favorito es el profesor Vanderlei Bagnato, de la Universidad de Sao Paulo, Brasil. Bagnato, es un conocido miembro de la masonería y declaró que se sentía honrado de ser escogido.

Aquí podemos ver el enlace de la noticia oficial del Gran Oriente de Brasil aquí.

VIS [El Papa Benedicto XVI] - Ha nombrado Miembros Ordinarios de la Academia Pontificia de las Ciencias: Vanderlei Salvador Bagnato, profesor de Física en la Universidad de Sao Paulo (Brasil) y Joachim von Braun profesor de Innovación y Tecnología y Director del “Centro de Investigación para el Desarrollo” de la Universidad de Bonn (República Federal de Alemania). Vatican Information Service.

Como habíamos dicho, primero, en el Concilio Vaticano II, se abole la excomunión de los masones.
Segundo, los masones elogiaron a algunos papas y prelados por sus nuevas ideas en varias ocasiones.
En tercer lugar, los obispos comenzaron, con el espíritu ecuménico que los caracteriza, a visitar las logias y a recibir honores de parte de la secta masónica.
Cuarto, los masones empezaron a ir a las iglesias, a asistir a misas y tomar parte en las procesiones, y ahora, quinto, el Papa escoge a un masón para un organismo del Vaticano.




El siguiente paso, al parecer, sería la visita oficial del papa a una logia.

Este falso ecumenismo, como lo venimos diciendo en nuestras publicaciones anteriores sobre el tema, produce lo que es el indiferentismo religioso, el relativismo moral y, en definitiva y como consecuencia, el ateísmo práctico.

Recomendamos nuestra sección doctrinal sobre la masonería de nuestro sitio dónde, entre otras cosas, se encuentran todos los documentos, y las razones por las cuales, los Papas han condenado sucesivamente a dicha secta.

viernes, 9 de noviembre de 2012

La dignidad de la mujer.




¿En qué consiste, pues, esa dignidad que la mujer ha recibido de Dios?

Preguntad a la naturaleza humana, tal como el Señor la ha formado, elevado, redimido con la san­gre de Cristo. En su dignidad personal de hijos de Dios, el hombre y la mujer son absolutamente igua­les, como también lo son con respecto al fin último de la vida humana, que es la eterna unión con Dios en la felicidad del cielo. Gloria imperecedera de la Iglesia es haber restituido a su luz y a su debido honor esta verdad y haber libertado a la mujer de una degradante servidumbre contraria a la naturale­za. Pero el hombre y la mujer no pueden mantener y perfeccionar esta su igual dignidad, sino respetando y realizando las cualidades peculiares que la naturaleza ha dado al uno y a la otra, cualidades físicas y espirituales indestructibles, cuyo orden no es posible trastornar sin que la misma naturaleza de nuevo venga siempre a restablecerlo. Estos caracteres peculiares, que distin­guen a los dos sexos, se revelan con tal claridad a los ojos de todos que sólo una obstinada ceguera o un doctrinarismo no menos funesto que utópico podrían desconocer o casi ignorar su valor en los orde­namientos sociales. Más aún. Los dos sexos, por sus mismas cualidades peculiares, están ordenados el uno al otro de tal suerte que esa mutua coordinación ejerce su influjo en todas las múltiples manifestaciones de la vida humana social. Por su especial importancia nos limitaremos Nos, en este momento, a recordaros dos de ellas; el estado matrimonial y el del celibato voluntario según el con­sejo evangélico.

El estado matrimonial.

El fruto de una verdadera vida común conyugal comprende no sólo los hijos, cuando Dios los con­cede a los esposos, y los beneficios materiales y espirituales que la vida de familia ofrece al género humano. Toda la civilización en cada uno de sus aspectos, los pueblos y la sociedad de los pue­blos, la Iglesia misma, en una palabra, todos los verdaderos bienes de la humanidad sienten sus felices efectos, allí donde esta vida conyugal florece en el orden, allí donde la juventud se habi­túa a contemplarla, a honrarla, a amarla como un santo ideal.

Nefastas consecuencias del egoísmo.

Allí, empero donde los dos sexos, olvidando la íntima armonía querida y establecida por Dios, se entregan a un perverso individualismo; donde no son mutuamente sino objeto de egoísmo y de pasión; donde no cooperan en mutuo acuerdo al servicio de la humanidad, según los designios de Dios y de la naturaleza; donde la juventud, despreocupada de sus responsabilidades, ligera y frívola en su espíritu y en su conducta, se convierte moral y físicamente en inepta para la santa vida del matrimonio; allí el bien común de la sociedad humana, tanto en el orden espiritual como en el temporal, se encuen­tra gravemente comprometido, y aun la misma Iglesia de Dios tiembla, no por su propia existencia -¡ella tiene las promesas divinas!- sino por el mayor fruto de su misión entre los hombres.

El celibato voluntario según el consejo evangélico.

Pero ved cómo desde hace casi veinte siglos, en todas las generaciones, millares y millares de hom­bres y de mujeres, entre los mejores, renuncian libremente, para seguir el consejo de Cristo, a una propia familia, a los santos deberes y sacros derechos de la vida matrimonial. El bien común de los pueblos y de la Iglesia, ¿queda tal vez por ello expuesto a peligro? Muy al contrario; esos espíritus generosos reconocen la asociación de los dos sexos en el matrimonio como un alto bien. Pero, si se apartan de la vida ordinaria, del sendero trillado, ellos, lejos de desertar de él, conságranse al servicio de la humanidad, mediante el completo desasimiento de sí mismos y de sus propios intere­ses, con una actividad incomparablemente más amplia, total, universal. Contemplad a esos hombres y a esas mujeres: vedles dedicados a la oración y a la penitencia; consagrados a la instrucción y a la educación de la juventud y de los ignorantes; inclinados junto a la cabecera de los enfermos y de los agonizantes; con el corazón abierto a todas las miserias y a todas las debilidades, para rehabili­tarlas, para confortarlas, para reanimarlas, para santificarlas.

La joven cristiana queda sin casarse a su pesar.

Cuando se piensa en las jóvenes y en las mujeres que voluntariamente renuncian al matrimonio, para consagrarse a una vida más alta de contemplación, de sacrificio y de caridad inmediatamente salta a los labios una luminosa palabra: ¡la vocación! Es la única palabra que se ajusta a sentimiento tan elevado. Esta vocación, esta llamada de amor, se hace sentir en las formas más diversas, como son infinitamente diversas, las modulaciones de la voz divina: invitaciones irresistibles, inspira­ciones que apremian afectuosamente, dulces impulsos. Pero también la joven cristiana, que a pesar suyo ha quedado sin casarse, pero que firmemente cree en la Providencia del Padre celestial, en las vicisitudes de la vida reconoce la voz del Maestro: El Maestro está aquí y te llama (I Jn., 11, 28). Ella responde; ella renuncia al dulce sueño de su adolescencia y de su juventud: ¡tener un compañero fiel en la vida, formarse una familia! y, ante la imposibilidad del matrimonio, vislumbra su vocación; entonces, con el corazón quebrantado pero sumiso, también ella se entrega, toda por completo, a las obras de bien más nobles y más variadas.

La maternidad, oficio natural de la mujer.

Tanto en uno como en otro estado, el oficio de la mujer aparece netamente trazado por los rasgos, por las aptitudes, por las facultades privativas de su sexo. Ella colabora con el hombre, pero en el modo que le es propio, según su natural tendencia. Ahora bien; el oficio de la mujer, su manera, su inclinación innata, es la maternidad. Toda mujer está destinada a ser madre: madre en el sentido físico de la palabra, o bien en un sentido más espiritual y elevado, pero no menos real. A ese fin ha ordenado el Creador todo el ser propio de la mujer, su organismo, pero también su espíritu, y, sobre todo, su exquisita sensibilidad. De modo que la mujer, verdaderamente tal, no puede ver ni com­prender a fondo todos los problemas de la vida humana, sino tan sólo bajo el aspecto de la familia. Por ello el sentimiento refinado de su dignidad la conmueve siempre que el orden social o político amenaza con dañar a su misión maternal, al bien de la familia. Tales son hoy, desgraciadamente, las condiciones sociales y políticas: y aun pudieran tornarse más inseguras para la santidad del hogar doméstico, y, por ende, para la dignidad de la mujer. Vuestra hora ha sonado, mujeres y jóvenes cató­licas; la vida social tiene necesidad de vosotras: a cada una de vosotras puede decirse: ¡Se trata de lo tuyo! (Horat. Epist. L. I, Ep. XVIII, 84.)

El campo de la actividad de la mujer.

La actividad femenina se desarrolla en gran parte en los trabajos y en las ocupaciones de la vida doméstica, que contribuyen, más y mejor de lo que generalmente podría pensarse, a los ver­daderos intereses de la comunidad social. Pero estos intereses requieren, además, una falange de mujeres que dispongan de mayor tiempo para poder dedicarse a aquéllos más directa e íntegramente.
Esta parte directa, esta colaboración efectiva en la actividad social y política, en nada altera el carácter propio de la actividad normal de la mujer. Asociada a la obra del hombre en el campo de las instituciones civiles, ella se aplicará principalmente a aquellas materias que exigen tacto, delica­deza, instinto maternal, antes que rigidez administrativa. ¿Quién mejor que ella puede comprender lo que requieren la dignidad de la mujer, la integridad y el honor de la joven, la protección y la edu­cación del niño? Y en todas estas materias, ¡cuántos problemas reclaman la atención y la actividad de gobernantes y legisladores! Sólo la mujer sabrá, por ejemplo, templar con la bondad, sin daño para la eficacia, la represión del libertinaje; sólo ella podrá encontrar los caminos para salvar de la humilla­ción y educar en la honradez y en las virtudes religiosas y civiles a la niñez moralmente abandonada; sólo ella podrá hacer fructífera la obra del patronato y de la rehabilitación de los libertados de la cár­cel o de las jóvenes caídas; sólo ella hará salir de su corazón el eco del grito de las madres, a las que un Estado totalitario, cualquiera que sea su nombre, querría arrebatar la educación de sus hijos.

La preparación y formación de la mujer para la vida social y política.

Claro es que el oficio de la mujer, así comprendido, no se improvisa. El instinto materno es en ella un instinto humano, no determinado por la naturaleza hasta en los últimos detalles de sus aplica­ciones. Está dirigido por una voluntad libre, y ésta se halla guiada a su vez por el entendimiento. De aquí su valor moral y su dignidad, pero también su imperfección, que tiene necesidad de ser com­pensada y rescatada con la educación.
La educación femenina de la joven, y no pocas veces también la de la mujer adulta, es, por lo tanto, una condición necesaria de su preparación y de su formación para una vida digna de ella. Evidentemente el ideal sería que esta educación pudiera comenzar ya en la infancia, en la intimidad de un hogar cristiano, bajo el influjo de la madre. Por desgracia no siempre sucede así, ni siempre es posible. Sin embargo, puede al menos suplirse en parte esta deficiencia, procurando a la joven, que por necesidad tiene que trabajar fuera de su casa, una de aquellas ocupaciones que en cierto modo son el aprendizaje y el entrenamiento para la vida a que se halla destinada. A ello se encaminan también aquellas escuelas de economía doméstica, que aspiran a hacer de la niña y de la joven de hoy la mujer y la madre del mañana.
La familia será verdaderamente la célula vital de los hombres, que procuran honestamente su feli­cidad terrenal y eterna. Todo esto lo comprende perfectamente la mujer verdaderamente tal.

Pío XII, extractos de “Questa grande”, del 21 octubre de 1945. Alocución a las Delegadas de las Asociaciones Femeninas Católicas de Italia.

Reducción a Lutero.



Existe una etiqueta bastante común de parte de quiénes desconocen el porqué de la pocisión -llamada con cierta impresición- “tradicionalista”, que pretende resumir en un término dicha postura “tradicionalista” frente a la crisis que hoy sacude a la Iglesia. Esa etiqueta es la de “luterano” o “protestante” a aquellos católicos que denuncian ciertos errores doctrinales que se han expandido dentro de la jerarquía eclesiástica. Un buen comentario al respecto es el que hace el Blog InfoCaótica. Veamos qué dice.


Reducción a Lutero

Pareciera que en la vecina Infocatólica cuanto más se repite una tesis menos necesaria es su justificación racional. Es lo que se desprende de  los “sesudos” comentarios del director de dicho portal y la corte de obsecuentes que lo acompaña. 
A raíz de una noticia, los apologetas neoconservadores reinciden en el tópico de acusar a los tradicionalistas de “libre examen” o “juicio privado”. Es un argumento falaz. En esencia, se trata de una amalgama de ideas, que tiende a confundir distintos adversarios en uno solo, para combatirlos más fácilmente. Es una variación “católica” de la reductio ad Hitlerum que combina varios sofismas para asimilar al oponente a un sujeto despreciado, en este caso Lutero en vez de Hitler. En infocatolica, la falacia viene aderezada con la habitual incapacidad para debatir, censura selectiva de comentarios, anatemas ridículos y una mentalidad antiteológica que el protestantismo ha impreso a fuego en la forma mentis de su director.  
Lutero no sostuvo formalmente la “libre interpretación” o “juicio privado” de la Revelación pero su concepción de la Escritura y de la fe condujo a ella como natural resultado. Para el reformador la Escritura no requiere mediación alguna para su inteligibilidad en lo necesario para la salvación, por parte del hombre bien dispuesto, por lo que todo creyente puede interpretar la Biblia sin ninguna clase de ayuda exterior, pues a quien tiene fe el Espíritu Santo le descubre con seguridad infalible el sentido de esta. Consecuencias: se excluye todo tipo de mediación y se suprime la necesidad de contar con la Tradición, el Magisterio y la Iglesia docente. A partir, de Lutero, pero en fórmula  no acuñada por él, el lema sola Scriptura, se vuelve el principio fundamental del protestantismo. Este principio, entendido absolutamente, es decir como suficiencia, claridad e infalibilidad de la lectura privada de la Escritura juntamente con idea de la sola fide, conducen al denominado “libre examen”.

El tradicionalismo no sostiene ninguna de estas proposiciones de origen luterano sino que se opone abiertamente a ellas. El objeto material de la controversia tradicionalista -lo que se impugna- no es toda la Revelación, ni tampoco la Tradición. Por lo que resulta absurdo hablar de “libre interpretación” o “juicio privado” de la Tradición para forzar una analogía. El problema del tradicionalismo, bien delimitado, se centra algunos puntos enseñados por el Vaticano II y luego reiterados por los pontífices posteriores. Si algunos “apologetas” intentaran ser un poco más precisos, deberían hablar de “libre interpretación” o “juicio privado” de algunos puntos del Vaticano II. Pero ni eso... 
¿Se puede identificar al Vaticano II con la Tradición? Es cierto que cada Concilio es testigo de la Tradición y que el Magisterio tiene la función de dar un testimonio autorizado. Pero la pregunta que debe formularse es la siguiente: ¿las novedades conciliares impugnadas por el tradicionalismo pertenecen a la Tradición y constituyen un desarrollo homogéneo que hace explícito lo que antes estaba implícito? Si las novedades fuesen actos magisteriales infalibles habría que dar una respuesta afirmativa con plena certeza; quien se negara a aceptarlas, dejaría de ser católico y la comparación con el luteranismo tendría suficientes semejanzas como para no incurrir en una falacia. Pero hay numerosos argumentos para sostener que no estamos ante actos infalibles. Y también para sugerir que algunas de las novedades siquiera son Magisterio en sentido propio, pues carecen de la intención objetiva de enseñar algo que sea vinculante para la Iglesia discente.

Tampoco es correcto el intento de igualar al tradicionalismo con el fenómeno del “disenso progresista”. Quien no acepta la enseñanza de laHumanae vitae sobre la inmoralidad de la contracepción, y prefiere seguir la opinión de Bernard Häring, reemplaza la adhesión al magisterio de la Iglesia por la opinión de un teólogo al que da igual o mayor peso. En cambio, el tradicionalista que no acepta un derecho de inmunidad para las religiones falsas (cfr. Dignitatis humanae), y adhiere firmemente al magisterio secular sobre la tolerancia (cfr. Ci riesce), no reemplaza el asentimiento a una novedad conciliar con la opinión de un teólogo a la que erige en magisterio paralelo, sino que “fija” su adhesión en el magisterio pre-conciliar, porque le parece el extremo más seguro.
Por último, y en la hipótesis de que la posición tradicionalista estuviera equivocada, habría preguntarse sobre la naturaleza de ese error. En el caso del luteranismo, es claro que se trata de un cúmulo de herejías. En el supuesto del tradicionalismo, en cambio, estaríamos ante un conjunto de errores en doctrina católica y de opiniones temerarias, pero no de herejías. 
En conclusión: para el “fijismo” tradicionalista, el criterio para juzgar las novedades del Vaticano II no es la subjetividad inmediata de cada cristiano, sino el magisterio precedente de la Iglesia, claro y reiterado.

Para profundizar en los temas tratados en esta entrada sugerimos los Apuntes sobre el magisterio  ya publicados en nuestra bitácora.

Visto en el Blog InfoCaótica.

martes, 6 de noviembre de 2012

Santa Catalina de Alejandría y el diálogo.



 
Entre las muchas visiones y revelaciones que tuvo la Venerable Ana Catalina Emmerick son particularmente interesantes las que se refieren a Santa Catalina de Alejandría[1].
Al parecer, tocóle vivir a esta santa en un tiempo y lugar donde predominaba un ambiente de tolerancia y de diálogo. “Por entonces —dice la vidente— se hallaba en Alejandría el patriarca Teonás, quien con su grandísima mansedumbre había conseguido que los paganos no persiguiesen a los cristianos. Estos vivían muy oprimidos y tenían que proceder con la mayor cautela y guardarse de hablar contra los ídolos. De aquí surgió una tolerancia muy peligrosa respecto de los paganos y tibieza en los cristianos, por lo cual dispuso Dios que Catalina, con su luz interior e inflamado celo, reanimase a muchos”.
Todo esto no es imaginación de la Emmerick. Teonás existió real­mente y el Martirologio Romano lo menciona como santo, el 23 de agosto: “En Alejandría, san Teonás, Obispo y Confesor”. Más explícita aún, La Leyenda de Oro se refiere a él en los siguientes términos: “Fue colocado en la silla patriarcal de Alejandría el año 282, y la gobernó por espacio de diez y nueve años. Por su sabiduría y santidad fue el más bello ornamento de su iglesia, floreciente entonces en un gran número de personajes distinguidos. Escribió una célebre instrucción en forma epistolar, en la cual trazaba las reglas de la conducta que debían guardar los cristianos que vivían en la corte de los emperadores, y la dirigió a Luciano, primer chambelán de Diocleciano. El santo obispo murió en Alejandría el 23 de agosto del año 300”[2].
He aquí, en el siglo IV, un santo varón, puesto que tal lo considera la Iglesia, embarcado en el diálogo y en la apertura al mundo pagano. Al punto que, según la Emmerick, “se mostraban los paganos tan afi­cionados a él que muchos cristianos débiles sacaban de aquí la conse­cuencia de que no sería cosa tan mala el paganismo”.
Pero, pese a las buenas intenciones de su santo ministro, parece que el Señor tuvo distintos designios. “Por esta razón —continúa la vidente— suscitó Dios a aquella esforzada, animosa e inspirada don­cella para que con sus palabras, con su ejemplo y con su glorioso martirio convirtiera a muchos que de otro modo no se habrían salvado”.
¿Qué hizo Santa Catalina? Según la tradición, llevada por fuerza al templo pagano, reprochó de palabra al Emperador su idolatría y su conducta para con los cristianos y le expuso con sólidos argumentos la necesidad de creer en Jesucristo para lograr la salvación eterna. Según Ana Catalina Emmerick, su actitud fue más drástica. “Catalina —di­ce— fue obligada por sus parientes a ir al templo de los ídolos; pero no sólo no fue posible reducirla a ofrecerles sacrificios, sino que cuando la solemnidad era mayor, Catalina, arrebatada de santo entusiasmo, se acercó a los sacerdotes y derribó el altar de los perfumes y echó por tierra los vasos, clamando contra las abominaciones de la idolatría. Levantóse entonces un gran tumulto; apoderáronse de ella, la tuvieron por loca furiosa y la condujeron al peristilo del templo para interro­garla. Ella seguía clamando con mayor violencia. Fue conducida a la cárcel, y en el camino llamó a todos los confesores de Cristo invitándo­los a unirse a ella para derramar su sangre por Aquel que nos ha redimido con la suya. Fue encarcelada, azotada con escorpiones y arrojada a las bestias feroces. Yo pensaba que no era lícito buscar tan de intento el martirio; pero se dan excepciones y hay instrumentos elegidos por Dios”.
El resto ya lo conocen quienes todavía leen las vidas de los santos. El suplicio de las ruedas con cuchillas, milagrosamente destruidas por un rayo, y la decapitación final[3].
Pensarán algunos que Santa Catalina sufrió el martirio por ser incapaz del diálogo. Error profundo. Catalina era una joven inteli­gente y culta. Antes de su martirio quisieron hacerla abjurar de su fe y la enfrentaron con cincuenta doctores de Egipto. Ella expuso la Verdad con tanta fuerza y elocuencia que convenció a muchos de ellos, a tal punto que se convirtieron al cristianismo y murieron mártires. Aquí no hubo concesiones, búsqueda de coincidencias y ocultamiento de disidencias, ni transbordo ideológico inadvertido. La Verdad se impuso íntegramente. Sólo así vale la pena el diálogo. De lo contrario suele asemejarse a los de Pedro en el patio del tribunal de Caifás, cuando no al de Judas con los sacerdotes del Templo.
Santa Catalina es venerada por los griegos como “la gran mártir”. Hoy el martirio cristiano no está de moda. Sigue existiendo en la Igle­sia del Silencio, pero se lo oculta lo más posible. En cambio, están de moda otros “mártires”. Los mártires armados de ametralladora. Los mártires asesinos. Los mártires que no entregaron su vida, sino que fueron muertos porque no pudieron matar antes. No son mártires de Cristo. Son mártires de la religión “humanitaria”, que es la religión del Anticristo. Son mártires del “cambio de estructuras”. Son mártires de la “liberación”. ¡Linda liberación hacen cuando logran el poder! Ya lo vimos en Francia en 1789, en Rusia en 1918, en España en 1931. Pero los hombres tienen mala memoria. O mucha inconsciencia.
Santa Catalina fue una de las santas más grandes de la Cristian­dad. Fue una de las tres mujeres incluidas entre los Catorce Santos Auxiliadores, tan venerados en la Edad Media y hoy tan olvidados. Se la considera la “sabia consejera”, patrona de estudiantes, teólogos, filósofos, abogados, oradores e intelectuales católicos en general. Ha sido en todas las épocas tema predilecto de los artistas, que se han complacido en pintarla en el episodio de su vida referente a sus des­posorios con el Niño Jesús, o también con su rueda, con una pequeña cruz, con un libro, con una espada, o en su disputa con los doctores.
Santa Gertrudis, en sus “Revelaciones”, refiere que Dios se la mostró “en un trono tan encumbrado, que si no hubiera en el cielo Reina mayor, la gloria de esta sola parecería bastar a hacerle sobrado vistoso”[4].
Y Dios no sólo honró su alma, sino también su cuerpo, haciéndolo trasladar por los ángeles al monte Sinaí. Este hecho, aparentemente el más “legendario” de la vida de la santa, está avalado por la Iglesia, que lo menciona en la oración de su misa y en el Martirologio Romano. Lo confirman las revelaciones privadas de Ana Catalina Emmerick y Teresa Neumann. Y es tradición viva en el monasterio de Santa Cata­lina, al pie del monte, donde se conserva parte de sus restos.
Desgraciadamente los tiempos actuales no son muy propicios para la devoción a Santa Catalina, a pesar que la devoción a Santa Cata­lina sería muy propicia para los tiempos actuales. Cuando vemos que se duda de todo, de la Santísima Trinidad, de Cristo, de la Eucaristía, de la Santísima Virgen, de la Moral, de la Oración, de la Escritura, ¿cómo sorprendernos de que se dude hasta de la existencia de Santa Catalina? Con mayor razón cuando se trata de una santa evidentemente preconciliar y, por lo tanto, molesta.
Fue triste para los amantes de la tradición, y en especial para los devotos de Santa Catalina, que esta santa fuera suprimida del calen­dario litúrgico desde el 1º de enero de 1970. Precisamente en estos momentos en que los filósofos y teólogos católicos tanto necesitan de su protección para no caer en el error y mantener incólumes los fueros de la Verdad.

Alberto Ezcurra Medrano


[1] Ana Catalina Emmerick, Visiones y Revelaciones completas, t. IV, págs. 368-73.  Editorial Guadalupe, Buenos Aires,  1954.
[2] La Leyenda de Oro, t. III, pág. 382. Ed. González y Cía., Barcelona, 1897.
[3] “Catalina fue martirizada en el año 299, a la edad de dieciséis años”, dice Ana Catalina Emmerick. Esto concuerda con el relato de su muerte en tiem­pos tranquilos. Los hagiógrafos, en cambio, la hacen morir en tiempos de per­secución, entre el 305 y el 313, o sea en los de Diocleciano, Maximino o Majencio, pero estas contradicciones restan valor a sus datos.
[4] Revelaciones de Santa Gertrudis la Magna, pág. 559. Editorial Benedictina, Buenos Aires, 1947.