Escribía Leon Bloy que, cada vez que
quería enterarse de las últimas noticias, leía el Apocalipsis. Y es que,
en efecto, en el Apocalipsis bajo su aparente lenguaje críptico, encontramos
una explicación honda de las vicisitudes de la Historia humana. Ocurre así, por
ejemplo, en la narración de las 'siete trompetas'. Un ángel toca la trompeta y
sobre la humanidad se abaten plagas horrendas y arrasadoras; pero los hombres,
en lugar de escarmentar, perseveran en el error: «Y los hombres que no fueron
muertos con estas plagas, ni aun así se arrepintieron de las obras salidas de
sus manos, ni dejaron de adorar a los demonios, y a los ídolos de oro, de plata, de bronce, de piedra y de madera, los cuales
no pueden ver, ni oír, ni andar; y no se arrepintieron de sus homicidios, ni de
sus hechicerías, ni de su fornicación, ni de sus hurtos». Con lo que, a la
plaga sufrida, sobreviene otra plaga todavía mayor. Esta pertinacia en el error
es una de las notas más constantes de la Historia humana: inexplicable si no
consideráramos la intervención del misterio de iniquidad.
Lo estamos viendo en el
desenvolvimiento de lo que los medioletrados llaman 'crisis económica',
auténtica plaga bíblica que, como ocurre siempre, tiene su origen en una obra
salida de manos humanas: el 'dinero fantasma' al que aludíamos en un artículo
anterior, la conversión del dinero en un 'ídolo' que ha dejado de ser un signo
que representa el valor de las cosas para multiplicarse por arte de
birlibirloque, desligado de la riqueza real. Bastaría sumar el producto interior
bruto de todas las naciones de la tierra, por un lado, y el valor ¡mucho mayor!
que se atribuye al dinero fantasma que fluye por los mercados financieros, por
otro, para que concluyéramos que, en efecto, esa multiplicación es una
'hechicería' y un 'hurto'; y para que comprendiéramos que, cada vez que se
trata de hacer efectivo ese 'dinero fantasma' cada vez que un Estado paga el
plazo de su deuda a los 'inversores' financieros, cada vez que se realiza una
operación bursátil que hace millonarios a tales 'inversores', lo que en
realidad se está haciendo es detraer dinero de la esquilmada economía real.
Pues, no siendo el dinero un espíritu, sino un signo que representa el valor de
las cosas, solo puede hacerse 'real' encarnándose en las cosas que existen; o
como ocurre en los birlibirloques financieros vampirizándolas, arrebatándoles
la vitalidad, hasta dejarlas exprimidas y exhaustas. Por eso nos suben los
impuestos, nos bajan los sueldos o reducen las llamadas 'prestaciones' sociales
(que no son sino 'contraprestaciones', puesto que previamente las hemos
pagado): porque el 'dinero fantasma', para no ser un mero cómputo que se pasea
errabundo por los terminales informáticos de los mercados financieros, necesita
'corporeizarse', aniquilando a la víctima que le presta su sustento.
Para exorcizar esta plaga, bastaría
con que renunciáramos a la obra salida de nuestras manos; esto es, que
dejásemos de 'adorar' ese daimon que es el dinero fantasma. Bastaría, en fin,
con que renegáramos de la 'hechicería' (la multiplicación fantasmática del
dinero) y del 'hurto' (la depredación de la economía real, perpetrada a través
de las exacciones arriba mencionadas), instaurando una economía en la que el
dinero volviera a ser un signo de la riqueza real de las naciones, recuperando
aquella noción de economía como 'administración razonable de los bienes que se
necesitan para la propia vida' que preconizase Aristóteles, frente a esa noción
funesta de crematística o 'arte de enriquecerse sin límites' que el mismo
Aristóteles consideraba perversión de la economía, consistente en hacer creer
que el dinero puede ordeñarse como si fuese una vaca. Pero el dinero no se
puede ordeñar, solo se puede consumir; y cada vez que la 'hechicería' de los
mercados financieros finge que lo está ordeñando, lo que en realidad hace es
consumirlo, consumiéndonos. Todo lo que hasta la fecha se ha intentado para
paliar la crisis no hace sino agravarla: los 'salvamentos' a la banca, los
'ajustes fiscales', la 'flexibilización' del mercado laboral, los 'recortes' en
las prestaciones, etcétera, no son sino expresiones eufemísticas de la
consunción de la economía real, con la que se pretende
inútilmente alimentar el agujero negro generado por el dinero fantasma.
Agujero que nunca será saciado, porque cada vez que recibe una nueva
transfusión de sangre multiplica su frenesí vampírico; y todo intento estéril
de saciarlo solo provocará que a la plaga que estamos padeciendo se suceda otra
plaga aún mayor, como nos enseña la narración de las siete trompetas.
Juan Manuel de Prada, tomado de XL
Semanal.