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lunes, 11 de abril de 2011

Domingo 10 de Abril, 5º Domingo de Cuaresma, Domingo de Pasión.


El Señor dijo a los judíos: «¿Quién de vosotros puede probar que soy pecador? Si digo la verdad, ¿por qué no me creéis? El que es de Dios, escucha las palabras de Dios; vosotros no las escucháis, porque no sois de Dios.» Los judíos le respondieron: «¿No decimos, con razón, que eres samaritano y que llenes un demonio?» Respondió Jesús: «Yo no tengo un demonio; sino que honro a mi Padre, y vosotros me deshonráis a mí. Pero yo no busco mi gloria; ya hay quien la busca y juzga. En verdad, en verdad os digo: si alguno guarda mi Palabra, no verá la muerte jamás.» Le dijeron los judíos: «Ahora estamos seguros de que tienes un demonio. Abraham murió, y también los profetas; y tú dices: “Si alguno guarda mi Palabra, no probará la muerte jamás». ¿Eres tú acaso más grande que nuestro padre Abraham, que murió? También losprofetas murieron. ¿Por quién te tienes a ti mismo?» Jesús respondió: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada; es mi Padre quien me glorifica, de quien vosotros decís: “El es nuestro Dios”, y sin embargo no le conocéis, yo sí que le conozca, y si dijera que no le conozco, sería un mentiroso como vosotros. Pero yo le conozco, y guardo su Palabra. Vuestro padre Abraham se regocijó pensando en ver mi Día; lo vio y se alegró.» Entonces los judíos le dijeron: «¿Aún no tienes cincuenta años y has visto a Abraham?» Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: antes de que Abraham existiera, Yo Soy.» Entonces tomaron piedras para tirárselas; pero Jesús se ocultó y salió del Templo. (Jn. 8, 46-59)

El Evangelio de hoy es un fragmento de un largo diálogo dramático que ocupa casi un capítulo entero de San Juan, antes de la Pasión.
Es paralelo del otro diálogo que expliqué hace dos Domingos, cuando los judíos acusan a Cristo de estar endemoniado, después de curar Él al endemoniado mudo, en el cual hace Cristo un sermoncito sobre el Demonio [1]; aquí hace un sermoncito sobre el Pecado contra el Espíritu. En aquel sermón afirma Cristo que “el Reino de Dios ha llegado” con Él; en éste afirma su Divinidad dos veces; y a la segunda intentan matarlo por blasfemo. “En verdad os digo que Abraham, que decís es vuestro padre, deseó ver mi día, y lo vio y se regocijó —y vosotros queréis matarme, simplemente porque digo la verdad”. “¿No tienes todavía 50 años y has visto a Abraham?” “En verdad os digo, antes que Abraham existiera, YO SOY”. Yo soy Eterno. Concuerda con lo que dijo poco antes: “¿Quién eres Tú?” “El Principio, que habla ahora con vosotros” [2], el Principio de todo, el Eterno.
¿Cuál es el Pecado contra el Espíritu Santo, que no tiene perdón ni en el cielo ni en la tierra? Éste es el enigma más grande que hay en toda la Escritura —dice Juan de Maldonado. No es tanto como eso. Lo dice porque San Agustín enumeró cuatro pecados contra el Espíritu Santo, y en otro lugar los cambió, y en otro lugar enumeró siete. Pero Jesucristo no dijo que había cuatro pecados contra el Espíritu sino que había uno y que estaba allí presente, el fariseísmo.
Los cuatro pecados que asigna San Agustín son: primero, rechazar la verdad conocida; segundo, envidia de la gracia de otros; tercero, presunción de salvarse sin merecimientos; cuarto, lo contrario: desesperación de salvarse. Éstos cuatro son fariseísmo, consecuencias de esa soberbia religiosa que llamamos fariseísmo; y los cuatro los cometían los fariseos.
Rechazar la verdad conocida, y allí estaban viendo a Cristo hacer milagros y para rechazar sus milagros inventando el absurdo sacrilego de que estaba endemoniado.
Envidia de la gracia ajena, pues tenían envidia de la obra salvadora de Cristo y querían sustituirse a Él metiéndose a salvadores, endiosándose.
Presunción de salvarse sin merecimientos, pues no sólo creían se iban a salvar, sino ya salvados, santos, confirmados en gracia con esa su religiosidad externa y falsificada, que no era merecimiento sino desmerecimiento.
Desesperación de salvarse, en la cual cayó Judas, y sin duda cayeron muchos déstos, porque la desesperación es el otro extremo del engreimiento y los dos son soberbia y son como un subibaja.
Dios perdona todo pecado si el pecador se arrepiente, “aunque tus pecados sean más rojos que la sangre”. [3] ¿Por qué dice Cristo entonces que este pecado no se perdona? Porque el pecador no se arrepiente: este pecado cierra la puerta al arrepentimiento. La soberbia es el peor de los pecados; de suyo endurece el corazón; y si la soberbia toma por pábulo la religión, entonces destruye aquello que la podría sanar. Si a un enfermo la medicina misma que había de sanarlo lo enferma más, se lo puede dar por muerto —dijo Hipócrates. Por eso dijo Cristo: "Estos justos de aquí valiera más que fueran pecadores; porque es mejor el pecador que peca que el pecador que no peca”. (No lo dijo con estas palabras; estas palabras son de Lutero, pero son verdad). O como me dijo el resero Don Ciríaco Díaz, ése que sale en “Don Segundo Sombra”, al cual atendí yo antes de morir: “Será pecao, pero a veces —¡hay que pecar, si se ofrece!— siempre con buena intención”. Es decir, un hombre que tiene conciencia de pecado, puede arrepentirse; un fariseo que no tiene conciencia de pecado sino de santidad, no puede arrepentirse y es peor [4].
Eso es el fariseísmo. ¿Y el fanatismo? El fanatismo tiene atinencia al fariseísmo pero no es lo mismo. Todo fariseo es fanático pero no todo fanático es fariseo. ¿Qué es el fanatismo? El fanatismo consiste en poner arriba de todo los valores religiosos —lo cual está bien— y después suprimir o despreciar todos los otros valores, lo cual está mal. Los valores religiosos son ciertamente los más altos de todos, son la cúspide de la pirámide de los valores, pero la pirámide no es pura cúspide; la cúspide tiene que estar sustentada por la falda. Si Ud. se sube a la cúspide y después retira la falda, se cae Ud. y la cúspide; y ésta deja de ser cúspide. El fanático es muy religioso o cree serlo; pero da en despreciar todo el resto, la ciencia, el arte, la nobleza e incluso las virtudes naturales, el talento, el genio, el espíritu de empresa. Su religión se desboca, como si dijéramos. Hay religiosos que son buenos religiosos (o lo creen) y desprecian a medio mundo; desprecian, por ejemplo, a las otras Órdenes religiosas o a los casados, desprecian el Matrimonio. Son fanáticos.
Los abusos que ha habido en la Iglesia, y que le incriminan sus enemigos, son obra de fanáticos. Hace poco recibí una carta furiosa e insultante desde Vigo de un sacerdote español, José Carmina, que me insulta porque dice que yo odio a España y ataco la Inquisición. Yo amo a España y defiendo la Inquisición, pero no sus abusos. Sus abusos fueron obra de fanáticos y no fueron aprobados por los Santos. Este sacerdote es un fanático de su Patria. Se puede ser fanático de la Patria, chauvinista, como dicen los franceses.
Aquí en Buenos Aires hubo pocos abusos de la Inquisición; esto dependía de la Inquisición de Lima. Herejes no había, mandaban a Lima a los judíos portugueses que se colaban aquí por la frontera del Brasil. Les estaba prohibido venir aquí a los judíos, lo mismo que a los abogados. El Cabildo de Buenos Aires dijo al Virrey Ceballos: "Si con dos abogados que hay en Buenos Aires hay tantos líos, ¿qué sería si entran más?" Pero en Lima hubo algunos abusos, y uno dellos bárbaro, de la Inquisición; que ha historiado con no muy buena intención el chileno Toribio Medina.
La Iglesia resistía a los abusos, pero donde hay hombres hay abusos. El Papa Gregorio XIII hizo fiestas en Roma por la "noche de San Bartolomé" de París [5]: le contaron que había una conjura protestante contra el Rey de Francia y que el Rey se había salvado. Cuando supo que los católicos se habían levantado a matar protestantes, habían asesinado al jefe dellos, Almirante Coligny, y el mismo Rey desde un balcón del Louvre disparaba su arcabuz sobre los hugonotes que huían por la calle —entonces el Papa lo reprobó. HABÍA una conjura contra el Rey; pero esta consigna que originó la matanza: “Antes que los protestantes nos maten a nosotros, matémoslos a ellos”, no es católica, o es católica fanática. Lo que debió decir el Rey, si fuera buen católico, o mejor dicho la Reina María de Medicis, que causó la matanza, era: “Antes que los protestantes nos maten a nosotros, tomemos medidas de Gobierno para que no puedan matar a nadie”. Fue fanatismo [6].
Dirán Uds. que me he salido del Evangelio. No. Todo esto está en el Evangelio de hoy, “fariseísmo, fanatismo”. Es un caso de conciencia que se plantea al sacerdote hoy día, y también a los fieles.

R.P. Leonardo Castellani, tomado de “Domingueras Prédicas II”, Mendoza, República Argentina, 1998.

Notas:
[1] Lucas 11, 14-22.
[2] Juan 8, 25. Este texto es diversamente traducido. Castellani sigue a San Agustín.
[3] Isaías 1, 18.
[4] “El fariseísmo es un compendio de todos los vicios espirituales, avaricia, ambición, vanagloria, orgullo, obcecación, dureza de corazón, crueldad, que ha llegado a vaciar por dentro diabólicamente las tres virtudes teologales, constituyendo así el ʻpecado contra el Espíritu Santoʼ: ʻVosotros sois hijos del Diablo y el Diablo es vuestro padreʼ”. (Castellani, “Cristo y los Fariseos”. Inédito. La cita está abreviada).
[5] 23-24 de agosto de 1572.
[6] “El fanatismo es la incapacidad de concebir seriamente la alternativa de una proposición. No tiene nada que ver con la creencia en la proposición misma. Un hombre puede estar suficientemente seguro de algo como para dejarse quemar por ello, o para dar guerra a todo el mundo, y sin embargo no estar ni un milímetro más cerca de ser fanático. Es fanático solamente cuando no puede comprender que su dogma es un dogma, aunque sea verdad. No es fanatismo -por ejemplo- tratar al Corán como sobrenatural. Pero es fanatismo tratar al Corán como natural, como evidente para cualquiera y común a todos”.
”La verdadera liberalidad, en resumen, consiste en ser capaz de imaginarse al enemigo. El hombre libre no es aquél que piensa que todas las opiniones son igualmente verdaderas o falsas: eso no es libertad, sino debilidad mental. El hombre libre es aquél que ve los errores con la misma claridad con que ve la verdad”.
“El fanatismo es la incapacidad de una mente para imaginarse otra mente. El fanático está entre los más pobres de los hijos de los hombres. Tiene un solo universo. Todos, por cierto, deben ver un cosmos como el verdadero; pero él no puede ver ningún otro cosmos, ni siquiera como una hipótesis” (G. K. Chesterton, “El Fanático”, en El Reverso de la Locura. La cita está abreviada).

domingo, 3 de abril de 2011

Domingo cuarto de Cuaresma: La primera multiplicación de los panes (1963).


Después de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: «¿Donde vamos a comprar panes para que coman éstos? » Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: « Doscientos denarios de pan nobastanpara que cada uno tomeunpoco». Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro:« Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos? » Dijo Jesús: « Haced que se recueste la gente. » Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos 5.000. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda». Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente la señal que había realizada, decía: «Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo». Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a lomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo”. (Jn. 6, 1-15).

El Evangelio de la Dominica IV de Cuaresma trae la primera multiplicación de los panes y peces; pues repitió este milagro otra vez sin ninguna duda —más tarde, en otro lugar y con otras circunstancias [1]. Es un relato histórico de testigo presencial, que recuerda hasta cuántas canoas había en la ribera ese día, y el número del inmenso auditorio de Cristo, cuyos pormenores conocen ya Uds. y no tienen necesidad de explicación, sino dos puntos: uno, la simbólica del milagro, que es la Eucaristía; y otro, el carácter de los milagros de Jesucristo, que es la modestia.
Cristo hizo de la multiplicación de los panes un símbolo de la Eucaristía, como explicó Él mismo al día siguiente en la Sinagoga de Cafarnaum, donde llegó huyendo, y lo siguió la multitud [2]. La multitud dijo al ver la multipanificación: “Realmente éste es el Gran Profeta que está escrito había de venir” —y esta conclusión era lo que interesaba a Cristo al hacer el milagro; pero a las turbas venidas de todas partes les interesaba más el milagro; y querían hacerlo Rey, ansiando otros mayores milagros. Se los dijo Cristo: “Venís persiguiéndome por el pan de la tierra: buscad el pan del cielo”. “Sabemos que Moisés dio a nuestros padres el Pan del Cielo”. “Yo soy el Pan del Cielo; vuestros Padres comieron el pan del cielo de Moisés y murieron”.
Cristo hacía sus milagros solamente para sostener sus promesas acerca la otra vida, la vida eterna. Platón y Aristóteles habían enseñado ya que la salvación del hombre está en el más allá; aunque puede haber un comienzo de felicidad en esta vida, que ellos ponían en la “contemplación”: no me pidan explique ese término difícil [3]. Pero los judíos querían el Reino en esta vida.
Cristo entonces hace un largo recitado acerca del Pan del Cielo, que es Él; primero acera de Él conocido por la fe, luego acerca de Él recibido en el Sacramento; las dos juntas, pero al comienzo poniendo el acento más bien en la fe; al final poniendo el acento en el Sacramento que promete. Esta promesa unida a las palabras de la Última Cena no dejan ninguna duda acerca de la natura de la Eucaristía, por increíble que ella sea; pues es un milagro mucho mayor que la Multipanificación. Se escandalizaron los judíos al oír que para vivir eternamente habían de comer su cuerpo; murmuraron, protestaron y muchos lo abandonaron. Y entonces Jesucristo les advirtió claramente que no comerían su carne carnalmente sino espiritualmente, en lo que llaman “estado sacramental”.
Es un milagro mayor que el otro. Yo doy aquí una laminita de pan sin sal consagrado a una persona, y después a otra persona que está al lado; y reciben el Cuerpo de Cristo. ¿Están allí dos Cuerpos de Cristo? No. ¿Se hace el Cuerpo de Cristo grande como toda esta Iglesia? Tampoco [4]. —No se puede concebir —No ciertamente: nuestra imaginación no lo puede concebir: está aprisionada por la categoría de la extensión, del espacio, de las dimensiones y no puede salirse de allí: pero los espíritus no tienen extensión y el Cuerpo de Cristo ya resucitado tiene cualidades de espíritu [5], como las tendrán todos los cuerpos resucitados [6]. Eso no es debido al cuerpo humano: lo hará Dios por milagro: lo hizo ya.
Los estudiantes de la Edad Media inventaron un problema chusco (muchos problemas chuscos inventaron) para ayudarse en su estudio de la Filosofía:
“¿Pueden mil ángeles caber en la punta de un alfiler?”
Y respondían: “Sí, pueden, porque los ángeles no tienen extensión”. Pero estaba mal la respuesta. Es un falso problema, un problema mal planteado, porque la palabra “caber” no tiene nada que hacer con un ángel en ninguna forma, porque el ángel no tiene extensión [7]. Los científicos modernos dicen que no existe la extensión, que el átomo no tiene extensión, que TODO ES ENERGÍA, no hay masa: es falso también, pero muestra que es posible concebir (en nuestro intelecto, no en nuestra imaginación) esas dos cosas separadas, la sustancia y la extensión. La extensión es una propiedad de la materia, y hay sustancias que no tienen materia, sustancias espirituales. Extensión y sustancia no se implican mutuamente como pensó Descartes: y así en la Hostia está la sustancia del Cuerpo de Cristo sin su extensión [8]; y está la extensión del pan sin la sustancia del pan, cosa que podemos concebir, aunque nunca imaginar.
A pesar de ser la Multipanificación el más grande de los milagros de Cristo (o el más ruidoso, porque el más grande fue su Resurrección), es un milagro modesto, como todos sus milagros. Les dio de comer un día a todos esos hombres, mujeres y niños, pero eso no resolvió ninguno de sus problemas: al día siguiente tendrían hambre de nuevo. Verdad es que Cristo también dio la salud, curó ciegos y resucitó muertos. Pero ¿cuántos? Curó un ciego entre 100 ciegos, dio la vida a un muerto entre 100.000 muertos. O sea, los milagros de Cristo no eran para esta vida, sino para la otra. Cristo no vino a cambiar el destino de los hombres: vino a COMPARTIR el destino de los hombres. En la Conquista del Perú por Pizarro, cuenta Don Pedro Calderón que los españoles convencían de la religión a los quichuas diciéndoles: “¿El Sol murió por vosotros?” “No”. “¿Y el Sol os pide que muráis por Él?” “Sí”. “No hay derecho”. (Los Incas hacían al dios Sol sacrificios humanos: había sacerdotisas vírgenes en el Templo del Sol, de las cuales tomaban una de vez en cuando y le cortaban el pescuezo para agradar al Sol; diciéndoles que era una suma felicidad porque con eso quedaban hechas esposas del Sol; lo cual no impedía que las collas se dispararan siempre que podían). Los españoles, pues, decían: “Nuestro Dios nos pide que muramos por Él, pero Él murió primero por nosotros”. Y parece que eso convencía a los indios.
Jesucristo vino a participar de los males de los hombres, remitiendo el remedio total dellos a la otra vida; y para eso eran sus milagros, para probar había otra vida. Los judíos le decían: "¿Por qué no haces un milagro como Josué, vamos a ver, que hizo pararse al Sol? ¿O como Moisés, que dio de comer a nuestros padres 40 años en el desierto? ¿O como Elias, que hizo bajar fuego del Cielo?" Si hubiese hecho eso, le hubieran pedido después hiciese aparecer toneladas de monedas de oro en la calle. Jesucristo se entristecía o se irritaba; hasta que al fin les dijo: “Esta cría mala y adulterina pide milagros; y no se le dará más milagro que el milagro de Jonás Profeta: pues así como Jonás estuvo tres días sepultado en el vientre de un cetáceo, así el Hijo del Hombre será dado a muerte y sepultado, y saldrá de la sepultura al tercer día” [9]. Un milagro para la otra vida y para la fe; no para esta vida.
El gran milagro es que Dios haya querido participar de nuestros dolores y hacernos participantes de su misma vida, que Él haya muerto y nosotros hayamos resucitado con Él. Corre una blasfemia hoy día, inventada por el francés Stendhal, el cual viendo los muchos dolores desta vida, dijo: “Es una suerte que Dios no exista; porque si existiera, habría que fusilarlo”. La respuesta es muy sencilla: “Bien: bajó a la tierra y lo fusilaron. ¿Qué más quieren Uds.?” Éstos querrían que Dios suprimiese de golpe y porrazo todos los dolores, curase todos los enfermos y resucitase a todos los muertos... Paciencia, ya lo hará con el tiempo. Hará eso con todos los que han comido el Pan del Cielo; pero no ciertamente con los que han proferido gansadas como ésa, que no las dijeron ni los mismo indios quichuas.

Leonardo Castellani, tomado de “Domingueras Prédicas”.

Notas:[1] Mateo 15, 32-38. Ver Homilía del Domingo Sexto después de Pentecostés.
[2] Juan 6, 22-59.
[3] Sobre la contemplación, ver Domingueras Prédicas, Homilías del Domingo Primero después de Epifanía y Domingo de Pasión, y Psicología Humana, 2} Edición, 1997, Excursus XIII (págs. 273-276) y Excursus XVI (págs. 334-336).
[4] Cuando el sacerdote consagra el pan y el vino, se produce una conversión de substancia a substancia: del pan, en el cuerpo de Cristo; del vino, en su sangre. Así, el Señor está en la Eucaristía al modo de la substancia, que es una realidad total e incapaz de división. Esto explica que el fraccionamiento de la hostia consagrada no produzca la división de Cristo; ni la consagración de nuevas hostias, su multiplicación.
[5] La Eucaristía contiene al mismo Cristo que ahora está glorificado en el cielo, pero el Señor se encuentra en el Sacramento del altar bajo un modo diferente: con una presencia sacramental que no podemos concebir porque es milagrosa. Bajo las especies del pan y del vino, Cristo está presente en estado sacramental, no ocupa lugar (no está circunscrito).
[6] La Eucaristía contiene a Cristo crucificado y glorificado. El influjo transformante de Dios da al cuerpo glorificado la incorrupción, gloria y fortaleza (I Corintios 15, 43).
[7] Una creatura espiritual está accidentalmente localizada cuando actúa sobre un cuerpo localizado.
[8] El cuerpo humano es inseparable de sus dimensiones, pero como la transubstanciación es una conversión de substancia a substancia, las dimensiones del cuerpo de Cristo están aquí al modo de la sustancia y por tanto no se produce la extensión de las partes con respecto al lugar. El lugar es ocupado por las dimensiones del pan y del vino; el cuerpo del Señor está localizado en el cielo.
[9] Mateo 12, 38-4.