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miércoles, 13 de enero de 2016

Carta de lectores enviada a La Nación: Problemas de la teoría de la evolución.


Carta de lectores enviada a La Nación el 10-01-2016 (no fue publicada).

En respuesta al artículo “En la trinchera de la ciencia, un cruzado contra la religión. Richard Dawkins” (ver aquí), de Martín De Ambrosio, publicado el 10-Ene-2016, en el Suplemento Ideas del diario La Nación.

Problemas de la teoría de la evolución

Sr. Director:

A propósito del artículo “En la trinchera de la ciencia, un cruzado contra la religión. Richard Dawkins”, publicado este domingo en su Suplemento Ideas, quisiera hacer algunas puntualizaciones a fin de contribuir al debate sobre la teoría de la evolución. El desarrollo gradual –postulado por el neo-darwinismo, del cual Dawkins es apóstol principal– tiene sus dificultades. Por ejemplo, tomemos la “excelente pregunta” del científico evolucionista Stephen Jay Gould, mencionado en el artículo de marras: ¿De qué sirve el 5% del ojo?

Pensemos la evolución del ojo humano: hasta formarse por completo, este órgano pasaría por sucesivas etapas evolutivas. Antes del 100%, sería el 70, el 30, el 5 y en algún momento habría sido solamente el 1% de su estructura final. Ahora bien, el ojo humano necesita para su pleno funcionamiento que todas las partes del mismo estén perfectamente formadas. Esto significa que en la casi totalidad del proceso evolutivo que, paulatina e infinitesimalmente, iría transformando un ojo menos complejo en otro más complejo, este semi-ojo no funcionaría. Sería inservible en más momentos (muchos más) que en lo que sería útil. El problema es que la teoría sostiene que la evolución mira a la utilidad de los órganos.

La Paleontología tampoco respalda la teoría de la evolución, dado que esta disciplina documenta de manera positiva: 1) La ausencia de formas intermedias (los eslabones perdidos); y 2) El hallazgo de especies fósiles muy complejas que aparecen repentinamente en el registro, especies imposibles de conectar con formas anteriores mucho más simples. El problema consiste en que, según la teoría, los eslabones perdidos deberían ser una cantidad inconcebible, dado que la evolución ocurre muy lentamente. Pero los eslabones, que debieran ser innumerables, no aparecen; la teoría de la evolución predice además que las especies no pueden dejar de cambiar. Pero la Paleontología registra en todas partes y en todo lugar formas fósiles que no cambian a lo largo de cientos de miles y millones de años.

Juan Carlos Monedero (h)

DNI 31.915.771

martes, 28 de julio de 2015

Evolucionismo para no evolucionados. P. Dr. Carlos Baliña.

Presentamos aquí un texto muy sencillo que el P. Dr. Carlos Baliña nos envió con el objeto de hacer entendible la teoría evolucionista para todos los neófitos. También, del mismo autor, tenemos una conferencia en mp3 para los que puedan escucharla. Se puede descargar de aquí. Tomado de nuestra sección sobre evolución y evolucionismo.





EL EVOLUCIONISMO

P. Dr. Carlos Baliña
Licenciado en Física (Univ. de Bs.As.); Dr. en filosofía (Univ de Barcelona)

El propósito del presente trabajo es realizar un examen crítico de la teoría de la evolución desde las ciencias particulares y la filosofía. Como veremos el juicio va a ser negativo con respecto al evolucionismo tal cual nos lo presentan los medios masivos de comunicación e inclusive la comunidad científica internacional. Comenzaremos por exponer en forma breve la doctrina evolucionista.
Sabemos que el origen esta teoría se remonta al siglo XIX cuando en el año 1859 un naturalista inglés, Charles Darwin, luego de un viaje alrededor del mundo en la corbeta Beagle escribió un libro que causó realmente una conmoción extraordinaria en el campo de las ideas: E1 origen de las especies. Darwin pretendía en ese libro dar una explicación racional y natural al origen de todos los seres vivientes sobre la faz de la tierra, tanto los vegetales como los animales. Darwin postulaba un mecanismo por el cual habrían aparecido todas las especies vivientes: lo llamó selección natural. Él llegó a esta idea de selección natural partiendo de la observación del modo en que procedían los criadores de ganado en su Inglaterra natal. Observó como los criadores de ganado bovino, equino, etc., por medio de cruzas convenientemente elegidas habían logrado una gran variabilidad dentro de las especies. Si uno piensa por ejemplo en los perros, por medio de cruzas convenientemente elegidas uno puede obtener desde un chihuahua hasta un gran danés, y toda la variedad de razas distintas que conocemos. En consecuencia Darwin postuló que la naturaleza obra como un gran “criador”, no “creador”: a la manera de los “gentlemen farmers” ingleses, la naturaleza también había perfeccionado características de los individuos hasta lograr la diversidad de especies diferentes que conocemos actualmente.
En consecuencia Darwin ideó un concepto nuevo, que trajo muchísima cola desde todo punto de vista: el de supervivencia del más apto. La naturaleza favorecería el desarrollo de los caracteres propios de los individuos más aptos. Todos tenemos alguna idea de este concepto pues ha sido divulgada de todas las formas posibles por los medios de comunicación. En la lucha por la supervivencia, por ejemplo, la gacela más rápida va a sobrevivir frente al acecho del león; a su vez, esa gacela más rápida transmitiría su rapidez a sus descendientes. Y lo mismo con cualquier tipo de ser vivo: el más apto en la lucha por la supervivencia transmitiría esa aptitud (fitness) a su descendencia. Con el correr de millones y millones de años, o sea un tiempo suficientemente prolongado, pequeñas divergencias irían amplificándose hasta producir todos los seres vivos que conocemos en la actualidad. La selección natural sería entonces el mecanismo por medio del cual aparecerían los seres vivos.
Pero Darwin no tenía suficiente base biológica para hacer estas afirmaciones. Sin embargo, paralelamente a sus investigaciones tiene lugar un descubrimiento revolucionario: el de las leyes de la herencia, realizado por un monje agustino checo, el Padre Gregorio Mendel, quien entre 1856 y 1864 descubre las leyes de la herencia, o sea la forma en que se transmiten los caracteres específicos de los progenitores a su descendencia. Sabemos que el descubrimiento del Padre Mendel cayó en el olvido durante décadas, pero fue redescubierto y afortunadamente se le dio, mucho tiempo después, el crédito por el mismo. Él realizó sus investigaciones cruzando guisantes, o sea porotos.
Por fin, ya en pleno siglo XX, entre 1930 y 1940 surge la teoría definitiva de la evolución, llamada neodarwinista o sintética. Neodarwinista pues es un perfeccionamiento de la teoría original de Darwin, adjuntándole los descubrimientos de la genética moderna. Sintética por tratarse del resultado de la síntesis de dos ideas fundamentales: la selección natural y la genética moderna.
¿Cuáles son los dos pilares básicos de esta teoría neodarwinista o sintética de la evolución? Uno, la selección natural, que le debe a Darwin, y el otro es, diríamos, el motor de la evolución, lo que da su razón de ser a todo el proceso: las llamadas mutaciones aleatorias. Se descubrió, a raíz de las investigaciones de la genética que dentro del ser vivo, en lo más íntimo de él, se producen pequeños cambios o mutaciones; mutar es cambiar. Y esos cambios son aleatorios, o sea al azar. Cambios al azar que se van dando dentro del ser vivo, y que la selección natural, a modo de criba, iría filtrando, seleccionando.
No estaría de más hacer un pequeño dibujo para dar una idea más acabada acerca del modo en que se transmite la información genética. Los seres vivos están compuestos por células; éstas a su vez tienen una membrana, un citoplasma y un núcleo. Dentro del núcleo hay unos corpúsculos llamados cromosomas. Estos cromosomas están formados por una substancia llamada ácido desoxirribonucleico, o ADN. Este ADN es una gigantesca macromolécula gigantesca (en términos moleculares) de varios millones de peso atómico, de forma espiralada; una doble hélice, cuyos tramos se denominan genes. Estos genes contendrían toda la información necesaria para, a partir de una única célula original o huevo, generar al individuo completo.

 

Pues bien, en la división celular, este ADN se autoduplica: la doble cadena se separa y cada mitad produce una réplica exacta de sí misma. Luego se produce la división del núcleo y por fin de la célula. Ahora bien, al producirse dicha autorreplicación del ADN pueden producirse errores de copia, por diversas causas: substancias químicas, radiaciones, e inclusive el azar mismo. Ese error de copia, obviamente pasa a la nueva célula, que a su vez se dividirá y transmitirá dicho error, y así sucesivamente. Si dicho error de copia afecta a una célula germinal, la variación se transmitirá a la descendencia. En consecuencia, este mecanismo podría ir produciendo la variación de las especies a lo largo del tiempo, y la selección natural obraría a la manera de filtro o criba de todo el proceso, haciendo que aquellas mutaciones que no sirven para nada desaparezcan: por ejemplo, una mutación que hiciese al animal más lento, provocaría la desaparición de dicha estirpe. A su vez, una mutación que permitiese al animal desarrollar una habilidad que lo hiciese más apto en 1a lucha por la supervivencia, atravesaría la criba de la selección natural y se perpetuaría en su descendencia que estaría más capacitada para sobrevivir.
Esta es, palabras más, palabras menos, la teoría de la evolución tal cual se la enuncia comúnmente en los ámbitos científicos y educacionales. La teoría no es más que lo que hemos explicado. Veamos ahora dos implicancias directas de la teoría.
En primer lugar, implica la idea de cambios lentos y graduales, regidos sólo por el azar, o sea la casualidad. Darwin hace así suya la antigua frase “natura non facit saltus“, o sea, la naturaleza no da saltos. Y aquí queremos realizar una precisión terminológica muy importante para que se entienda bien de qué estamos hablando, pues en este tema de la evolución hay una tremenda confusión semántica, un malentendido de base que complica todas las cosas. Cuando decimos que vamos a criticar la teoría de la evolución, es muy posible que en la mente del lector surja la siguiente cuestión: ¿cómo se va a criticar la evolución si ésta es un hecho? ¿Acaso no se comprueba empíricamente que los seres vivos han ido apareciendo en grados de complejidad creciente con el correr del tiempo? ¿Cómo vamos a negar esto? Pues bien, eso no es la evolución. Si vamos al caso, en la Sagrada Escritura, en el libro del Génesis, se nos habla acerca del modo en que Dios va creando todos los seres vivientes en grados de complejidad creciente con el correr del tiempo; y si uno interpreta la palabra hebrea yom que aparece en el relato bíblico, no como día sino como período indeterminado de tiempo, o si interpreta con San Agustín que los días son días de ángeles. Desde ese punto de vista, el Génesis sería evolucionista.
Pero no estamos hablando de eso. Cuando se habla de evolución, en realidad se está hablando de una interpretación causal de los hechos. No se está hablando de los hechos, o sea que los seres vivos han aparecido en forma crecientemente compleja con el correr del tiempo; algo por otra parte perfectamente lógico, pues antes de que haya plantas debe haber minerales, y antes de que aparezcan los animales debe haber plantas que les sirvan de alimento: la naturaleza va como apoyándose en los reinos inferiores antes de que aparezcan los superiores, se “apoya” en una base firme para ir construyendo la escala natural, los seres superiores “piden” la existencia de los seres inferiores. Pero eso no es el “hecho” de la evolución sino que ésta consiste en una interpretación causal de dichos hechos, o sea la pretensión de explicar cómo se produjeron. Y lo que el evolucionismo pretende en realidad es lo siguiente: explicar la aparición de todos los seres vivos en grados de complejidad creciente con el correr del tiempo por la sola acción de las fuerzas físico-químicas, puramente materiales, “guiadas” por el azar. O sea, el materialismo más puro y más crudo que se pueda pensar. Y esto es precisamente lo que vamos a tratar de impugnar, mostrando que es algo absolutamente falso.
Repitiendo lo dicho, el hecho de la aparición sucesiva de todos los seres en grados de complejidad creciente no es el “hecho” de la evolución, sino que ésta consiste en una interpretación causal de dichos hechos. Y cuál es la causa de la aparición de todos los seres vivos: la sola acción aleatoria de las fuerzas materiales.
Otra aclaración que debemos hacer. En general se presenta el evolucionismo diciendo que el hombre desciende del mono. Vamos a hablar muy al pasar del tema del hombre por una razón muy simple: la crítica que voy a realizar se referirá al evolucionismo en bloque. Si demuestro que el evolucionismo tal cual se nos lo presenta es falso, o sea que no es posible explicar la aparición de ningún ser vivo por la sola acción de las fuerzas físico-químicas al azar, el caso del hombre es simplemente un caso particular ya refutado, con el agravante de que en su caso estaría implicado algo de otro orden, como la aparición de la espiritualidad.
Y aún debemos hacer otra salvedad. El evolucionismo es una teoría científica única, en el siguiente sentido. Supuestamente, el paradigma científico, a partir de Galileo, se basa en la constatación de hechos, en su repetición en condiciones de observabilidad óptimas, en la medición de propiedades de los mismos de tal modo de poder expresar leyes referidas al comportamiento de lo que se está estudiando. Pero es básico en el paradigma científico moderno, el hecho de poder repetir en el laboratorio aquel suceso que se está estudiando. Pues bien, en la teoría evolucionista esto es imposible, pues se trata de que estudiar un fenómeno que ya ha ocurrido. Nunca nadie vio evolucionar una especie. El fenómeno, si ocurrió, fue hace millones de años; no se lo puede constatar, medir aquí y ahora. O sea que, esto establece una enorme diferencia con respecto a cualquier otra teoría científica. Por ejemplo, podemos constatar la teoría de la gravitación arrojando objetos y midiendo el tiempo que tardan en caer, por ejemplo. Es esencial a la ciencia moderna la así llamada repetitividad. En la teoría de la evolución esto es imposible; lo más que se puede hacer es, a posteriori, analizar los rastros que los seres vivos dejaron en las capas geológicas, realizar estudios genéticos con las especies actuales, pero no constatar el hecho mismo del surgimiento de las especies. El modo en que se produjo la aparición gradual de los seres vivos, no lo tenemos delante de los ojos. Es decir que la teoría de la evolución darwiniana consiste básicamente en inferencias totalmente indirectas, sobre hechos imposibles de constatar directamente.
Alguien podría objetar que algo similar ocurre con el modelo del Big Bang. Sí y no. Es cierto que este modelo se asemeja a la teoría de la evolución en que también versa sobre un origen, en este caso el del universo mismo. Y por consiguiente reposa en una cantidad de pruebas indirectas dado que ningún ser humano estuvo presente en el momento inicial. Y en consecuencia es altamente especulativo, sin que puedan aseverarse a ciencia cierta más que ciertas pautas muy generales, aunque fundamentales. Pero una diferencia importante es que varios de los procesos físicos fundamentales del modelo del big Bang pueden verificarse aquí y ahora, tanto a nivel de la mecánica cuántica como a nivel de la astronomía extragaláctica a gran escala, dado el efecto tipo “túnel del tiempo” que la velocidad finita de la luz opera en las observaciones a grandes distancias. Y sobre todo, que conciernen a la materia inanimada, lo que marca una diferencia, esta sí esencial, con una teoría que versa nada menos que con el origen de la vida y las especies de seres vivientes.
Alguien podría todavía objetar que las mutaciones las podemos experimentar en los laboratorios. Sí, pero resta demostrar que las mutaciones producen los cambios evolutivos… y eso es lo que hay que demostrar, no postular, bajo pena de caer en una falacia de “petitio principii”. Más abajo estudiaremos en detalle esta supuesta relación entre las mutaciones y los cambios específicos. De todos modos debe concederse que ambos modelos son altamente especulativos, mucho más de lo que se comunica al gran público.
Vamos a proceder a realizar una crítica multidisciplinaria de la teoría de la evolución, tal como la hemos expuesto.

Paleontología:

En primer lugar, analizaremos la teoría desde el punto de vista de la paleontología, es decir la ciencia que estudia los fósiles, o sea los restos que los seres vivos han dejado en las diferentes capas geológicas de la superficie de la tierra para luego datarlos, es decir ubicarlos cronológicamente. Es evidente, que la paleontología tiene mucho que decir y aportar a la teoría de la evolución, puesto que se trataría de algo así como la radiografía del proceso de la evolución. Darwin mismo, en su época, reconocía que la ciencia paleontológica no apoyaba su teoría. Pero él esperaba un apoyo futuro: como esta ciencia estaba en sus orígenes, con el tiempo debía progresar y aportar las pruebas definitivas a la teoría darwiniana. En consecuencia, Darwin ideó un concepto que luego se hizo famoso, el de eslabón perdido.
Vamos a apoyar la exposición con un dibujo. En una de las páginas de su obra La evolución de las especies, Darwin presenta un dibujo muy parecido a éste.

 

Esto sería algo así como el árbol genealógico de todos los seres vivientes; en el eje vertical tenemos la flecha del tiempo, creciente hacia abajo. El gráfico representa entonces cómo a partir de un antecesor común habrían ido apareciendo, en forma ramificada, las diversas especies por selección natural, hasta dar lugar a todos los seres vivos. Darwin pretendía que la paleontología apoyase esta plasmación por medios gráficos de su teoría.
Nos preguntamos ahora qué es lo que encuentra la paleontología aquí y ahora, teniendo en cuenta su notable avance desde el tiempo de Darwin hasta nuestros días. El gráfico que resulta es el siguiente:


En vez de un árbol, ramas independientes unas de otras. La línea punteada indica un hecho de la mayor importancia sucedido hace quinientos treinta millones de años, al comienzo de la llamada era cámbrica. De quinientos treinta millones de años para atrás en el tiempo sólo se encuentra en los registros paleontológicos seres unicelulares, algas, esponjas, o sea seres muy primitivos; mientras que del cámbrico para acá aparecen de repente todos los grandes tipos o phyla de seres vivientes: artrópodos, celenterados, espóngidos, cordados, etc. O sea que, en una exigua ventana de cinco millones de años de diferencia para atrás o para adelante en el tiempo[1], aparecen todos los tipos de seres vivientes que conocemos en la actualidad, diferenciados y desarrolladossin conexiones de unos con otros por medio de supuestos eslabones perdidos. Y lo mismo ocurre en la era secundaria, en la era terciaria, o sea apariciones explosivas de los seres vivos. No aparecen los así llamados anillos de conjunción o eslabones perdidos entre especie y especie. El gradualismo que la teoría de la evolución pide no se encuentra en los registros fósiles.
Esto es tan así que un biólogo, Stephen Gould, salió por así decir, al rescate de la teoría, postulando el llamado “equilibrio puntuado”. Él dice que hay momentos de detención o de desaceleración de la evolución y momentos de gran impulso o de gran aceleración en los cuales de repente aparece la gran diversidad. Obviamente que esto es un intento de explicar el segundo gráfico, o sea lo que se encuentra en la realidad. Ahora bien, si acabamos de decir que por su misma naturaleza la evolución es lenta, gradual y por acumulación de pequeños cambios a lo largo de eras y eras, ¿cómo se condice esto con el equilibrio puntuado? La respuesta es obvia: no hay compatibilización posible. Inclusive, algunos han hablado de evolución en explosión, lo que es una contradicción en los términos: sería algo así como hablar de un círculo cuadrado, o un móvil inmóvil, pues la evolución, repetimos, implica de por sí cambios lentos y graduales. El fuerte de la teoría, aquello que sobre todo cautiva la inteligencia, es la confianza en que la acumulación a lo largo de inmensos períodos de tiempo de pequeños cambios producirá finalmente las grandes diferencias que notamos entre las especies de seres vivientes. Pues bien, en la realidad se observa el fenómeno opuesto: la carencia universal de transiciones graduales entre los fósiles.
Pongamos un ejemplo concreto; es un lugar común en los libros de biología el presentar la transición gradual de los ancestros del caballo: eohippusmesohippusarchaeohippus hipparion, etc., hasta llegar alequus, o sea el caballo actual. En realidad, éste es un árbol genealógico que se hizo a fines del siglo XIX, armado por así decir para confirmar la hipótesis evolucionista; las versiones modernas de dicho árbol no tienen nada que ver con esa continuidad lógica de dicho árbol: en vez de poder ubicar los fósiles a la manera de un árbol, lo que se encuentra es algo así, es decir la expresión de la imposibilidad de conectar unas especies con otras.

 

Hay otra objeción más sutil. Si la hipótesis darwiniana fuese verdadera, el orden secuencial de aparición de los seres vivos sería el siguiente: primero los individuos, luego las especies, los géneros, los órdenes, las clases, y por fin los tipos, o sea la clasificación en orden ascendente. A partir de un individuo y sus variaciones sucesivas, al final del proceso aparecerían los phyla, los grandes troncos, las grandes diferencias organizativas. Nuevamente, lo que se encuentra es exactamente lo contrario: los phylaaparecen desde el comienzo y las especies al final; hay variaciones bruscas, explosivas de seres completamente distintos, imposible de conectar causalmente. Inclusive, no aparecen nuevos tipos después de la era cámbrica. Este hecho que recibe el nombre técnico de sucesión de los taxa en sentido involutivo, es una objeción realmente fuerte y contundente.

Genética:

Echemos un vistazo a la genética. Supuestamente esta disciplina sería la rama de la biología que permitiría comprobar in situ esta cuestión de las mutaciones aleatorias. De inmediato se presentan fuertes objeciones. Por ejemplo: ¿cuál es el animal más utilizado por los genetistas en sus experimentos? La mosca drosophyla o mosca de la fruta, verdadero caballito de batalla de la genética contemporánea, por su facilidad para mutar y el tiempo relativamente breve de sus generaciones- unos 15 días. Así se han logrado mutantes de todo tipo de esta especie: moscas con alas, sin alas, sin patas, con ojos, sin ojos, etc. Pues bien, resulta que se conservan en bloques de ámbar moscas de la fruta de hace decenas de millones de años, con la particularidad de ser idénticas a las moscas que conocemos hoy en día. La pregunta que surge inmediatamente es: ¿cómo puede ser que un animal que muta con tanta facilidad pueda permanecer idéntico a sí mismo durante millones de años? Esto es lo que se conoce como pancronismo, o fósiles vivientes. Es famoso el caso del celacanto. Éste era un pez primitivo del cual se conservaban sólo restos fósiles de hace unos ciento cincuenta millones de años. Cuál habrá sido la sorpresa de los naturalistas cuando en 1938 se pescó un celacanto vivo frente a las costas de Madagascar, idéntico a los restos fósiles que se conservaban. ¿Cómo puede ser esto posible si las mutaciones aleatorias se acumulan en forma necesaria a lo largo del tiempo? No hay explicación desde la teoría evolucionista, porque debemos remarcar que las mutaciones se producen necesariamente, son como un dato esencial de la realidad de los seres vivientes.
Veamos ahora otra objeción. Es necesario señalar el siguiente sugestivo hecho: nunca nadie vio mutar una especie. Por ejemplo, la mosca de la fruta ha sido alterada de todas las maneras posibles y sin embargo nunca dejó de ser una mosca de la fruta, nunca cambió la especie. Por supuesto que hay variabilidad dentro de las especies, las cuales no deben ser concebidas como una línea a la manera de los gráficos que hemos hecho, sino más bien como una banda: así, la especie perro incluye variaciones individuales que van desde un chihuahua hasta un gran danés. Existe lo que podríamos llamar microevolución, o sea el despliegue a lo largo del tiempo de la riqueza contenida potencialmente en la especie. Pero las especies entre sí no se mezclan ni se dan saltos de una a otra. Existen los híbridos, o sea la cruza de individuos de especies morfológicamente cercanas. Si se cruza un caballo con un burro se obtiene la mula; mas ¿cuál es la cría de la mula? La mula no tiene cría pues es sabido desde la antigüedad que los híbridos son estériles. Inclusive al cruzar individuos dentro de la misma especie, llega un momento en que se tocan los límites de la variabilidad: si cruzo perros, podré obtener uno tan pequeño como un chihuahua, pero no más allá; no puedo obtener un perro del tamaño de una ardilla, así como no puedo obtenerlo del tamaño de un elefante. Rápidamente luego de un cierto número de cruzas se llega a los límites específicos, infranqueables.
Además, desde hace unos quince años a esta parte, ha ido ganando posiciones en la genética la así llamada teoría neutralista, que afirma que las mutaciones no son selectivas, o sea que no producen cambios apreciables en las especies, sino que son o neutras o directamente perjudiciales y letales para el individuo y la especie.
Pasemos ahora a analizar una cuestión que mencionamos anteriormente, al exponer los fundamentos de la teoría evolucionista, y de la cual depende toda la doctrina. Dijimos que los genes contendrían toda la información necesaria para, a partir de una única célula embrionaria original o huevo, generar al individuo completo; pues bien, eso no es verdad. Lo que se sabe positivamente es que a cada gen le corresponde una proteína: cada gen contiene la información necesaria para que la maquinaria celular sintetice las proteínas constitutivas de las células a partir de moléculas orgánicas más simples. Y nada más. Dónde se encuentra el plan, la información para que las proteínas constituyan células, las células formen tejidos, los tejidos formen órganos, los órganos formen aparatos y sistemas, todo interconectado tanto desde el punto de vista estático como dinámico, todo esto remarcamos, es un misterio, y la biología actual carece de respuesta. Lo que sí se sabe es que dicha información no se encuentra en las pocas decenas de miles de genes que constituyen el ADN de los seres vivos. Para que se tenga una idea, en el año 2001 se logró descifrar el genoma humano completo y se comprobó que el hombre tiene en su ADN 30.000 genes. ¿Cuántos genes de diferencia tiente el hombre con el ratón? Sólo 300, o sea el 1% del total. Es decir que a escala genética, el hombre sólo se diferencia en un 1% del ratón. Esto quiere decir que lo significativo en un ser vivo no se encuentra formalmente en el aspecto genético. En una comparación simplificada, el ADN sólo me da la información para producir los ladrillos del edificio; otra cosa muy diferente es saber dónde se encuentran los planos de la construcción.
Y la cuestión es todavía más compleja: se sabe actualmente que lo fundamental para que las proteínas cumplan su función específica no es tanto su composición química cuanto su forma tridimensional, y esta forma no viene dada por la información a nivel del ADN, la cual sólo codifica la secuencia de aminoácidos de la que se compone la proteína, sino que se debe a la torsión que sobre ella ejerce la misma maquinaria celular: o sea que es la célula misma la que conforma a la proteína. Y esta información no está en el ADN.
Además, un tema fundamental de estudio en estos momentos en biología molecular es el de la expresión de los genes, o sea el modo en que se van activando los mismos para producir proteínas. Como es de suponer, según la lógica de lo que vamos diciendo, es la misma célula la que va realizando esto, por mecanismos muy poco conocidos en la actualidad. De más está decir –o no–que la regla es no comunicar al gran público el desconocimiento imperante en todas estas cuestiones fundamentales: como dice el premio Nobel de física Richard Loughlin, las investigaciones en genética están más enderezadas a obtener resultados técnicos y aplicaciones comerciales que a conocer el profundidad la naturaleza de la vida.

Objeciones de índole filosófica.

El encuadre adecuado a todas estas cuestiones e interrogantes se encuentra planteando la cuestión desde el punto de vista filosófico: no es la causa material la que dará cuenta esencialmente del fenómeno vital sino la causa formal, el principio vivificante del ser vivo, o sea, el alma, la así llamada forma substancial. El todo es más que la mera suma de las partes: un ser viviente en toda su complejidad no admite ser explicado en forma puramente analítica a partir de componentes microscópicos a escala molecular, que no pueden dar cuenta del todo y de la complejísima interacción entre las numerosísimas partes del viviente. Y aquí podemos hacer una crítica a la biología moderna que se ha ocupado demasiado del aspecto puramente microscópico y analítico de los seres vivientes, perdiendo de vista el conjunto, la totalidad, cayendo en un peligroso reduccionismo materialista. La vida es más una cuestión de forma, de conjunto, de completitud, que de pequeñas partes, que en definitiva tienen razón de ser y cooperan con un designio superior a todas ellas.
Si todo esto es así mal se podrá cambiar las especies por medio de cambios genéticos: si la genética del desarrollo de un ser vivo, con el cual es posible experimentar aquí y ahora es desconocida, cómo se va a conocer el mecanismo de la aparición de las especies, fenómeno que como dijimos ocurrió en el pasado, y con el cual no se puede experimentar.
Pasamos ahora a otras objeciones de índole filosófica, que podríamos llamar objeciones de sentido común, asequibles a cualquier persona.
Lo primero que debemos advertir es que en el razonamiento original de Darwin hay un paralogismo que casi nunca es percibido: el naturalista inglés dice que así como proceden los criadores al seleccionar individuos para producir y mejorar las diversas razas de animales domésticos, del mismo modo procede la naturaleza. En buena lógica deberíamos concluir entonces que así como la selección producida por el hombre es racional, o sea se produce de acuerdo con un designio y diseño previo del criador, del mismo modo, racional, debe proceder la naturaleza. O sea que no puedo fundar en esta comparación una aparición aleatoria de los seres vivientes.
Pasemos a otra objeción: nos preguntamos ¿qué es un ala cuando todavía no es un ala? O en otros términos: según la teoría evolucionista las aves habrían aparecido por modificación de los reptiles, que a lo largo de grandes períodos de tiempo habrían sufrido cambios graduales en su conformación, transformándose sus miembros anteriores o patas en alas. Ahora bien, ¿para qué le sirven los miembros anteriores a dichos eslabones hipotéticos cuando ya no son patas que les permitan correr, y todavía no son alas que les permitirían volar? Y pensemos que estos eslabones intermedios serían los más numerosos de la cadena. ¿Cómo sobrevivirían? ¿Para que sirve un órgano o miembro cuando está en plena transformación y todavía no cumple acabadamente su función propia? Evidentemente esos seres intermedios no tendrían todavía ventajas competitivas en la lucha por la supervivencia y perecerían sin poder transmitir a la descendencia su supuesta ventaja evolutiva. Las transiciones hipotéticas no son viables, sólo lo son los órganos y sistemas concluidos y perfectos en su función propia.
Miremos más de cerca el ejemplo que hemos puesto. Dijimos que las aves habrían aparecido por transformación gradual de los reptiles. Esto dicho así parece muy simple pero no lo es en absoluto. Y si no pensemos en la cantidad de cambios coordinados que se deben realizar para transformar un reptil en un ave. Hay que ahuecar los huesos para que el cuerpo sea más liviano, hay que fortalecer el esternón donde se insertarán los poderosos músculos pectorales que posibilitarán el vuelo, hay que cambiar el aparato circulatorio del animal para elevar su temperatura por el despliegue de energía que requiere el vuelo, hay que hacer surgir plumas a partir de escamas. Y todos estos cambios coordinados en un mismo sentido, en el lapso de pocos millones de años y, remarcamos, siguiendo una finalidad oculta que es la posibilidad de que dicho animal vuele. En otras palabras, el evolucionismo pide la aceptación ciega de una acumulación de milagros, en número casi indefinido. Y aquí podríamos empezar a acumular ejemplo tras ejemplo de órganos y comportamientos de los animales que son absolutamente inexplicables en términos de acumulación de pequeños cambios al azar.
Veamos, por ejemplo, el caso del escarabajo bombardero. Este pequeño escarabajo, verdadero pionero de la utilización de armamento químico, tiene un modo muy particular de defenderse de sus depredadores. Cuando uno de estos se acerca, el bombardero se defiende rociándole en forma explosiva un chorro de líquido a más de 100°. Veamos en detalle el mecanismo del “lanzallamas” del escarabajo bombardero. En 1961, el químico alemán Schildknecht encontró que el escarabajo bombardero tiene dos glándulas que producen una mezcla liquida, dos cámaras de almacenamiento conectadas, dos cámaras de combustión y dos tubos externos que pueden ser dirigidos como armas flexibles en la cola del insecto. Al analizar el líquido almacenado se encontró que contenía diez por ciento de hidroquinona y veintitrés por ciento de peróxido de hidrógeno, o sea agua oxigenada. Ahora bien, ésta es una mezcla reactiva explosiva: estas dos substancias al mezclarse producen una inflamación explosiva. Pero el escarabajo bombardero agrega un inhibidor que impide la explosión. Y entonces, cuando se le aproxima un enemigo, inyecta esta solución en los tubos gemelos de combustión y le agrega ‑sólo en el momento preciso‑ un antiinhibidor, lo que produce la explosión en la cara de su enemigo. Pensemos ahora cómo se pudo haber construido este complejo sistema. Tiene que aparecer por mutaciones aleatorias una glándula que produzca agua oxigenada, otro que produzca la hidroquinona, otra que produzca el inhibidor, y otra que produzca el antiinhibidor. ¿Alcanza esto? No, también debe formarse la cámara de combustión, para que la mezcla se produzca. Y todo esto debe producirse en forma simultánea pues si por ejemplo, produjese el peróxido de hidrógeno y la hidroquinona y los mezclase en la cámara sin el inhibidor, el escarabajo reventaría. Y si tuviese el inhibidor pero no apareciese el antiinhibidor, no habría explosión posible. O sea que el mecanismo tiene sentido como un todo, sin que pueda faltar ninguna parte, y todas deben estar presentes desde el comienzo. Pues bien, el evolucionismo nos dice que todo este complejísimo mecanismo se produjo por puro azar.
Pongamos otro ejemplo. ¿Cómo produce la luciérnaga la luz fría con que engalana nuestros jardines en las noches de verano? Posee en su abdomen una glándula que produce una sustancia llamada luciferina y otra que produce una sustancia llamada luciferasa. Cuando estas dos sustancias se mezclan producen luz fría. Pero esto no basta pues hace falta concentrar y enfocar la luz producida. Entonces la luciérnaga posee miles de células espejadas en su abdomen que forman un espejo cóncavo como los de los faros de los autos. Imaginemos cómo se pudo haber producido esto por mutaciones aleatorias: una serie de mutaciones para producir la luciferina, otras para producir la luciferasa, otros miles para producir el abdomen espejado.
Podríamos poner miles y miles de ejemplos, tomados de los reinos animal y vegetal, de órganos y sistemas de extrema complejidad, en los cuales aparece claramente una finalidad y un designiopreestablecido. Pero para finalizar con algo realmente inexplicable, echemos un vistazo a la danza de las abejas. Se trata de un fenómeno conocido desde la antigüedad desde Aristóteles, pero develado recientemente por el etólogo Karl von Frisch, quien recibió por sus investigaciones el premio Nobel. Veamos en qué consiste. Cuando la abeja obrera vuelve al panal luego de haber ido a buscar alimento realiza delante del resto de las abejas de la colmena una extraña danza: con las evoluciones de su cuerpo representa una especie de ocho aplanado. Lo que von Frisch descubrió es que con dichos movimientos la obrera indica al resto del panal la distancia a la que están las flores, el ángulo que forman el sol, la colmena y las flores, y por el polen que transporta, el tipo de flores que encontró, nada más y nada menos. Desafiamos a cualquiera a intentar explicar por acumulación de pequeños cambios al azar semejante comportamiento. No debemos olvidar que este lenguaje, porque de eso se trata, es totalmente innato: viene con la abeja al nacer, no es resultado de una transmisión de conocimientos. Si una primera abeja adquirió por azar semejante habilidad, ¿cómo la entendieron las demás?: no perdamos de vista que se trata de un comportamiento colectivo, social. Y otra pregunta más: ¿qué relación tiene lo material, genético con algo tan inmaterial como un comportamiento? Todas preguntas sin respuesta para la visión evolucionista.
Sin pretender multiplicar al infinito los ejemplos, la pregunta fundamental que nos hacemos es la siguiente: ¿es posible que la extraordinaria complejidad de los seres vivos, sus mecanismo vitales, órganos de extrema precisión y comportamientos sea sólo atribuible al azar? En definitiva, la teoría evolucionista nos pide aceptar una acumulación extraordinaria de milagros, pues el azar es, en definitiva, su único intento de explicación: el orden a partir del caos, o sea algo metafísicamente absurdo y contradictorio.

Problemas epistemológicos

Añadamos algo de suma importancia desde el punto de vista epistemológico: es bastante notable que a más de ciento cincuenta años de haber sido enunciada, la teoría evolucionista, a pesar de las apariencias, no ha obtenido aceptación universal, como por ejemplo la mecánica newtoniana, o la teoría electromagnética de Maxwell, o la mecánica cuántica o la teoría de la relatividad. Y esto, a pesar de la enorme presión de la comunidad científica por imponerla a toda costa, presión que lleva a ejercer una verdadera censura sobre toda crítica o propuesta de un paradigma alternativo, como está ocurriendo en estos momentos con la teoría del Diseño Inteligente, brutalmente censurado por publicaciones e instituciones científicas. Lo cual confirma una vez más la aseveración del famoso epistemólogo Thomas Kuhn acerca de la enorme reticencia de los detentadores de un paradigma científico a aceptar críticas al mismo y mucho menos a tolerar la aparición de un nuevo paradigma.
Añadamos como nota de color mas no por ello menos significativa, la noticia aparecida en el diario ABC de Madrid el 23 de junio de 2006. Allí se consigna que “más de 60 Academias de Ciencias se unen para defender la teoría de la evolución”, denunciando que se “encubren” las evidencias sobre el origen de la vida. Sin entrar en el enorme tema de la absoluta ignorancia por parte de la ciencia en su estado actual acerca de la cuestión del origen primigenio de la vida, lo cual ameritaría un trabajo de similar extensión a éste o mayor, inclusive, simplemente hacemos notar que este petitorio es una confesión de la debilidad de las supuestas evidencias de la teoría evolucionista: un petitorio es un acto político, no científico. ¿Desde cuándo las teorías se confirman por mayoría de firmas? Si los científicos evolucionistas afirman la veracidad de su teoría, que lo prueben científicamente en el laboratorio o en la naturaleza, no pidiendo firmas…

P. Dr. Carlos Baliña


[1] Para tener una idea de lo exiguo de esta ventana, tengamos en cuenta que comparado con los tres mil millones de años de la historia de la vida en la tierra, el período de la explosión representa lo que un minuto en las 24 horas de un día.

miércoles, 7 de enero de 2015

Evolución y evolucionismo: El escarabajo bombardero o la refutación de la teoría de la evolución.


Presentamos, a nuestros lectores, un artículo de uno de nuestros contribuyentes, sobre un tema que hoy se enseña actualmente en la gran mayoría de las escuelas con total soltura: la teoría evolucionista de Darwin. Aquí, una de las tantas refutaciones que existen sobre dicha teoría.

Artículo en PDF:


Por Juan Carlos Mondero (h)

Para profundizar más en el tema sobre las falacias de la teoría evolucionista, visitar nuestra sección dedicada al tema aquí.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Francisco: “La evolución de la naturaleza no se contrapone a la noción de creación”.


Según medios, el Papa Francisco en un discurso dirigido a la Pontifica Academia de Ciencias, 27-Oct-2014, afirmaba que el evolucionismo no se contradice con la Creación. Bueno, no son los medios los que han distorsionado las palabras del pontífice. Aquí el discurso, tomado de la página oficial de la Santa Sede.



SESIÓN PLENARIA DE LA ACADEMIA PONTIFICIA DE LAS CIENCIAS

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
CON MOTIVO DE LA INAUGURACIÓN DE UN BUSTO
EN HONOR DEL PAPA BENEDICTO XVI

Casina Pío IV 
Lunes 27 de octubre de 2014

Señores cardenales, 
queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, 
ilustres señoras y señores:

Mientras caía el velo del busto, que los académicos quisieron colocar en la sede de la Pontificia Academia de ciencias como signo de reconocimiento y gratitud, una emoción gozosa se hizo presente en mi alma. Este busto de Benedicto XVI recuerda a los ojos de todos la persona y el rostro del querido Papa Ratzinger. Recuerda también su espíritu: sus enseñanzas, sus ejemplos, sus obras, su devoción a la Iglesia, su actual vida «monástica». Este espíritu, lejos de disgregarse con el paso del tiempo, se presentará de generación en generación cada vez más grande y poderoso. Benedicto XVI: un gran Papa. Grande por la fuerza y penetración de su inteligencia, grande por su relevante aportación a la teología, grande por su amor a la Iglesia y a los seres humanos, grande por su virtud y su religiosidad. Como vosotros bien lo sabéis, su amor a la verdad no se limita a la teología y a la filosofía, sino que se abre a las ciencias. Su amor a la ciencia se extiende en la solicitud por los científicos, sin distinción de raza, nacionalidad, civilización, religión; solicitud por la Academia, desde que san Juan Pablo II lo nombró miembro. Él supo honrar a la Academia con su presencia y con su palabra, y ha nombrado a muchos de sus miembros, comprendido el actual presidente Werner Arber. Benedicto XVI, consciente de la importancia de la ciencia en la cultura moderna, invitó, por primera vez, a un presidente de esta Academia a participar en el Sínodo sobre la nueva evangelización. Cierto, de él no se podrá jamás decir que el estudio y la ciencia hayan vuelto árida su persona y su amor a Dios y al prójimo, sino al contrario, que la ciencia, la sabiduría y la oración han dilatado su corazón y su espíritu. Demos gracias a Dios por el don que hizo a la Iglesia y al mundo con la existencia y el pontificado del Papa Benedicto. Agradezco a todos aquellos que, generosamente, han hecho posible esta obra y este acto, de modo particular al autor del busto, el escultor Fernando Delia, a la familia Tua, y a todos los académicos. Deseo dar las gracias a todos vosotros que estáis aquí presentes para honrar a este gran Papa.
En la conclusión de vuestra sesión plenaria, queridos académicos, estoy feliz de poder expresar mi profunda estima y mi caluroso aliento para llevar adelante el progreso científico y la mejora de las condiciones de vida de la gente, especialmente de los más pobres.
Estáis afrontando el tema altamente complejo de la evolución del concepto de naturaleza. No entraré en absoluto, lo entendéis bien, en la complejidad científica de esta importante y decisiva cuestión. Quiero sólo destacar que Dios y Cristo caminan con nosotros y están presentes también en la naturaleza, como lo afirmó el apóstol Pablo en el discurso en el areópago: «Pues en Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17, 28). Cuando leemos en el Génesis el relato de la creación corremos el riesgo de imaginar que Dios haya sido un mago, con una varita mágica capaz de hacer todas las cosas. Pero no es así. Él creó los seres humanos y los dejó desarrollarse según las leyes internas que Él dio a cada uno, para que se desarrollase, para que llegase a la propia plenitud. Él dio autonomía a los seres del universo al mismo tiempo que les aseguró su presencia continua, dando el ser a cada realidad. Y así la creación siguió su ritmo durante siglos y siglos, milenios y milenios hasta que se convirtió en lo que conocemos hoy, precisamente porque Dios no es un demiurgo o un mago, sino el Creador que da el ser a todas las cosas. El inicio del mundo no es obra del caos que debe a otro su origen, sino que se deriva directamente de un Principio supremo que crea por amor. El Big-Bang, que hoy se sitúa en el origen del mundo, no contradice la intervención de un creador divino, sino que la requiere. La evolución de la naturaleza no se contrapone a la noción de creación, porque la evolución presupone la creación de los seres que evolucionan.
Respecto al hombre, hay un cambio y una novedad. Cuando, el sexto día del relato del Génesis, llega la creación del hombre, Dios da al ser humano otra autonomía, una autonomía distinta a la autonomía de la naturaleza, que es la libertad. Y dice al hombre que ponga nombre a todas las cosas y que siga adelante a lo largo de la historia. Lo hace responsable de la creación, para que domine la creación, para que la desarrolle y así hasta el fin de los tiempos. Así, pues, al científico, y sobre todo al científico cristiano, le corresponde la actitud de interrogarse acerca del futuro de la humanidad y de la tierra, y, como ser libre y responsable, cooperar a prepararlo, preservarlo, y a eliminar los riesgos del medio ambiente tanto naturales como humanos. Pero, al mismo tiempo, el científico debe estar movido por la confianza de que la naturaleza oculte, en sus mecanismos evolutivos, las potencialidades que corresponde a la inteligencia y a la libertad descubrir y poner en práctica para llegar al desarrollo que está en el designio del Creador. Entonces, por muy limitada que sea, la acción del hombre participa en el poder de Dios y es capaz de construir un mundo adecuado a su doble vida corpórea y espiritual; construir un mundo humano para todos los seres humanos y no para un grupo o una clase de privilegiados. Esta esperanza y confianza en Dios, autor de la naturaleza, y en la capacidad del espíritu humano son capaces de dar al investigador una energía nueva y una serenidad profunda. Pero es también verdad que la acción del hombre, cuando su libertad se convierte en autonomía —que no es libertad, sino autonomía— destruye la creación y el hombre ocupa el sitio del Creador. Y este es el grave pecado contra Dios Creador.
Os aliento a seguir vuestros trabajos y a realizar las felices iniciativas teóricas y prácticas en favor de los seres humanos que en todo ello os honran. Entrego ahora con alegría el distintivo, que monseñor Sánchez Sorondo dará a los nuevos miembros. Gracias.


Sin embargo, la doctrina católica y exégesis tradicional del Génesis, plantean serias objeciones a la idea de que la teoría darwinista (la “evolución”) puede convivir sin contradicción con la doctrina de la Creación. Inclusive, desde el punto de vista de las ciencias, el evolucionismo es una teoría que se cae a pedazos, lo cual, demostramos con la publicación de trabajos serios de investigación pertenecientes a científicos y estudiosos de la teoría darwinista y sus deficiencias.

Otros artículos relacionados aquí, aquí y aquí.

lunes, 7 de abril de 2014

La teoría de la evolución y la creación del hombre.


La teoría de la evolución
y la creación del hombre

Análisis del conocido fragmento 29
de la encíclica Humani Generis de Pío XII


Por Juan Carlos Monedero (h)
Bachiller en Filosofía (UNSTA)
07.04.2014

Quienes hayan pasado algún tiempo por las carreras de Filosofía y Teología en las universidades o profesorados católicos podrán fácilmente advertir lo siguiente: no son pocos los que sostienen una posible compatibilidad entre la doctrina de la Iglesia y alguna forma –quizá atenuada– de evolución. Tal opinión circula en las cátedras pero también en ciertas conferencias, textos y artículos en torno al tema de la creación del hombre. Escucharemos hablar de evolucionismo católico, cristiano, teísta, moderado, etc. Si “rascamos” un poco más, veremos que todos aquellos que la defienden se remontan –invariablemente– a un documento del Papa Pío XII: la encíclica Humani Generis, 1950. ¿Qué hay de ésto?
Lo que escuchamos sobre el tema probablemente nos confunda. Sobre todo, porque por lo general todo contacto que tenemos con posturas evolucionistas está signado por la crítica de la fe católica, el desprecio del relato del Génesis y la pretendida ridiculización de la verdades elementales de nuestra religión. En fin, una conciliación entre estas dos posiciones resulta, a primera vista, imposible. De ahí que nos veamos obligados a hacer varias preguntas, en este orden: desde la más osada a la más sutil.

– ¿La Iglesia acepta la doctrina de la evolución?
– ¿La Iglesia cree en la evolución del cuerpo del hombre?
– ¿La Iglesia no condena la afirmación de que el cuerpo del hombre –no su alma– evoluciona?
– ¿La Iglesia acepta la posibilidad de una evolución del cuerpo del hombre, guiada por Dios?

Análisis

Abramos la precitada Humani Generis, año 1950, párrafo 29 y disipemos las dudas:

el Magisterio de la Iglesia no prohíbe el que —según el estado actual de las ciencias y la teología— en las investigaciones y disputas, entre los hombres más competentes de entrambos campos, sea objeto de estudio la doctrina del evolucionismo, en cuanto busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente —pero la fe católica manda defender que las almas son creadas inmediatamente por Dios—.

            Es importante señalar varias cosas. En primer lugar, es evidente que esta “no prohibición” de estudiar la doctrina del evolucionismo guarda relación con la situación de las ciencias y la teología en ese momento; es decir, un conocimiento tanto científico-experimental como teológico. Es decir, tal permisión está relacionada con algo mutable: el carácter perfectivo del conocimiento humano, en tanto capaz de penetrar una misma realidad de manera cada vez más intensa. Entre guiones (—según el estado actual de las ciencias y la teología—) aparece un modificador de modalidad: manifiesta el grado de adhesión del hablante con lo que dice, siendo evidente que no se trata de una adhesión incondicional. Por lo tanto, el progreso de estas disciplinas podría modificar esta permisión. No se puede descuidar el factor tiempo ya que han pasado 64 años.
El Papa, pues, deja “abierta la puerta” al estudio. Pío XII permite la actividad intelectual sobre un tema; no está afirmando algo sobre ese tema. Simplemente, deja manos libres a la investigación, condicionada por ciertos requisitos; pero tal permisión –y aquí está la clave– está vinculada al grado de conocimiento propio de la época en que se publicó esta encíclica. Por lo tanto, ¡la permisión no guarda relación respecto de una eventual compatibilidad entre evolucionismo y fe!
Si leemos con atención, advertiremos que el Papa –en el fragmento que venimos comentando– no está afirmando conceptualmente nada. Se trata de una decisión prudencial, no de un juicio teorético.
            Sigamos leyendo:

Mas todo ello ha de hacerse de manera que las razones de una y otra opinión —es decir la defensora y la contraria al evolucionismo— sean examinadas y juzgadas seria, moderada y templadamente; y con tal que todos se muestren dispuestos a someterse al juicio de la Iglesia, a quien Cristo confirió el encargo de interpretar auténticamente las Sagradas Escrituras y defender los dogmas de la fe.

Todos –así lo esperamos– somos fieles al juicio de la Iglesia; al juicio de su palabra magisterial. Palabra magisterial que –muy importante– constituye expresión oficial, que no es lo mismo que palabra pública: todo lo magisterial es público pero no todo lo público es magisterial.
El texto continúa y leemos:

Pero algunos traspasan esta libertad de discusión, obrando como si el origen del cuerpo humano de una materia viva preexistente fuese ya absolutamente cierto y demostrado por los datos e indicios hasta el presente hallados y por los raciocinios en ellos fundados; y ello, como si nada hubiese en las fuentes de la revelación que exija la máxima moderación y cautela en esta materia.

Aquí termina el punto 29. Véase la cautela y la precisión con que Pío XII escribía estas líneas. Puede inferirse de este fragmento que –ya en 1950– muchos hablaban de la teoría de la evolución como si el tema estuviese “ya cocinado”, perfectamente demostrado, pretendiendo situar a la Iglesia en una postura en la que si no “se acomodaba” a los arrolladores descubrimientos científicos, quedaría condenada al anacronismo e ignorancia. Sin embargo, tal cosa no había sucedido ni en 1950 ni tampoco ahora: el origen del cuerpo humano a partir de un ser vivo anterior no está demostrado. Habiendo transcurrido 64 años de esta encíclica, podemos decir con plena seguridad intelectual que ni el evolucionismo ni la evolución del cuerpo humano se han confirmado. Más aún: ambas posiciones enfrentan una catarata de nuevas críticas y argumentos, a la par que las objeciones ya existentes se ven reforzadas[1].

Posible obstáculo

No obstante, alguien podría decir:

– Bueno, pero en concreto, ¿por qué Pío XII no dijo claramente que tampoco el cuerpo del hombre podía surgir por evolución? ¿Por qué la Iglesia no condenó sin más el evolucionismo?

Una conciencia profunda de la Iglesia –su esencia en tanto Madre y Maestra– es el camino para entender este punto. Sólo así puede interpretarse correctamente el fragmento 29 de la Humani Generis. Veamos en qué consiste la autoridad de la Iglesia y la naturaleza de sus enseñanzas.
Es evidente que la potestad de la Iglesia para pronunciarse sobre temas lindantes con la ciencia es distinta a la que tiene en cuestiones estrictamente teológicas y/o morales. Las realidades visibles son abordadas por métodos tales como la experimentación y la observación, mientras que el alma humana –por ser espiritual– se encuentra más allá de estas herramientas y sólo indirectamente puede registrarse su influencia y actividad.
El investigador Rafael A. Martínez –cuyo trabajo puede verse en Internet[2]– habla de “prudencia” por parte de las autoridades de la Iglesia en relación al evolucionismo. Esta prudencia encuentra justificación en una profunda conciencia de la extensión y límites de su autoridad doctrinaria. En efecto, el poder de la Iglesia tiene por objeto confirmar verdades de fe y de moral. Este poder no es ni debe entenderse como una ventaja competitiva sobre otros campos del conocimiento –como si pudiese seguir descubriendo nuevas verdades, confirmándolas con sucesivas definiciones– sino como una capacidad de definir algo que ya se cree, algo que ya se está creyendo. Eso que ya es creído, en determinado momento la Iglesia lo declara como perteneciente a la fe (sea mediante una declaración infalible o no).
Estrictamente hablando, la Iglesia no “agrega” nada. Señala una verdad ya conocida como parte de la fe, cuya adhesión comienza a poseer carácter vinculante a partir del momento en que es expresamente definida[3].
A juicio de Martínez, la Iglesia habría querido evitar un nuevo “caso Galileo”[4]. Por esta razón, no ha condenado formal y explícitamente el evolucionismo[5]. En materia científica, la Iglesia no tiene ni la responsabilidad ni la facultad de enseñar y mucho menos de definir. Cristo no le dio autoridad para consagrar ni rechazar paradigmas o conclusiones científicas sino para transmitir las verdades que salvan. Por lo tanto, sólo ha enseñado que el alma humana es creada inmediatamente por Dios, no siendo producto de evolución alguna.
Pero podría agregarse otra observación más, estrechamente vinculada a lo que hemos dicho recién. Ya en 1950, muchísima gente –experta o no– entendía por “evolucionismo” una serie de afirmaciones de orden científico entremezcladas con una toma de posición ideológica (el “cristal con que se miran” aquéllas) de neto corte cientificista y ateo. Por supuesto que ciencia e ideología son cosas diferentes pero –es innegable– en la mente de muchas personas esta distinción no siempre es nítida.
Es de justicia decir que no era nítida, principalmente, porque los evolucionistas pusieron y ponen todo el empeño posible para que no lo sea: han presentado sistemáticamente hechos verdaderos y observables, fundidos con interpretaciones naturalistas. Sin embargo, nos guste o no, el dato puro y duro está ahí: por “evolución” y “evolucionismo” muchas personas entendían una serie de afirmaciones científicas ligadas a una concepción atea y cientificista.
Teniendo presente: a) la naturaleza de la autoridad doctrinaria de la Iglesia; y b) el estado de confusión entre el plano científico y el ideológico, generado por la propaganda evolucionista, se comprende que el Papa Pío XII no condenase el evolucionismo. Evitó pronunciarse en torno a planos que se hallaban –y se hallan hoy día– entremezclados. En la Humani Generis el Papa enseña “blanco sobre negro”, corta por lo sano y dice una verdad sobre algo que escapa al método científico experimental: el alma humana.

El fragmento 29 de la Humani Generis presenta pues, dos elementos. Se observa, por un lado, un juicio intelectual-teorético. Por otro, una decisión prudencial ligada a ciertos requisitos.

1)     El juicio intelectual-teorético es: la fe católica manda defender que las almas son creadas inmediatamente por Dios. Pío XII no estaba diciendo que la “evolución” del cuerpo humano había tenido lugar. Entre otras cosas, porque en este fragmento no estaba diciendo nada en relación a la doctrina del evolucionismo sino que solamente estaba afirmando algo en relación al alma humana.
2)     La decisión prudencial fue permitir el estudio de una doctrina. Esta no prohibición es una decisión de la voluntad y no un juicio conceptual-teórico, aunque –por supuesto– tal permisión se explique por razones. Pero en cuanto tal, Pío XII no se pronuncia sobre la compatibilidad o no. No hay en el párrafo una afirmación relativa a la realidad sino una permisión prudencial según ciertos requisitos:

a)     que tal permisión esté condicionada al estado “actual” de las disciplinas (ciencia y teología), es decir, a la situación del año 1950. Es decir, que esta misma “no prohibición” estaba lejos de ser absoluta. Se encuentra ligada a una primera condición;
b)     que quede salvado que el alma humana es creada inmediatamente por Dios;
c)     que se examinen ambas posturas (“la favorable y la contraria al evolucionismo”) de manera “seria, moderada y templada”;
d)     que todos se sometan –en cuanto a la interpretación de la fe se refiere– al juicio de la Iglesia;
e)     que no se traspase esta libertad señalada en los puntos a), b), c) y d) como si la evolución del cuerpo “ya estuviese demostrada”.

Conclusión

Por lo tanto, la negativa de Pío XII a expedirse en este punto no puede leerse como 1) una aceptación de la doctrina de la evolución; 2) una aprobación de la evolución del cuerpo humano. 3) Es cierto, en cambio, que Pío XII no condena la afirmación de que “el cuerpo del hombre –no su alma– evoluciona”. ¡No la condena como no condena tantas otras afirmaciones! Una afirmación no condenada puede ser perfectamente contradictoria con las verdades de la fe. Por lo tanto, el concepto de no condenado no equivale a aceptable o aceptado; 4) finalmente, no puede leerse esta encíclica como una aceptación de la posibilidad de cierta evolución del cuerpo. No, al menos, desde el fragmento 29 de la Humani Generis. Pretenderlo comporta un sequitur absolutamente inadmisible.
Es evidente que si la misma Iglesia no define, no nos arrogaremos semejante facultad. Sin embargo, ausencia de definición no significa ausencia de verdad. Por este resquicio hemos entrado, siempre dispuestos a corregir lo que sea necesario. Se trata de un tema muy importante puesto que, como enseña Santo Tomás,

los errores acerca de las creaturas nos apartan de la verdad de la fe, puesto que se oponen al conocimiento de Dios[6].

            Esperamos que estas líneas contribuyan a una apreciación más justa y equilibrada de la polémica en torno a una eventual compatibilidad entre la fe católica y la teoría de la “evolución”.



[1] Citamos algunas obras:
* Juicio a Darwin, Phillip E. Johnson. La obra puede verse en:
http://www.apologeticacatolica.org/Descargas/Proceso%20a%20Darwin%20-%20Phillip%20E.%20Johnson.pdf. Cabe aclarar que Johnson no descarta un proceso evolutivo guiado por Dios (pág. 13) pero como el libro es excelente, lo citamos igual. Él mismo aclara que “El tema que quiero investigar es si el darwinismo está basado en una valoración limpia de los datos científicos”. Podemos disculparle la pág. 13.
* En torno al origen de la vida, Raúl Leguizamón, http://statveritas.com.ar/Varios/En_torno_al_origen_de_la_vida%28Raul_O_Leguizamon%29.pdf
* La pseudociencia del evolucionismo, conferencia dictada por el Padre Carlos Baliña,
http://www.youtube.com/watch?v=AYmYM4iGct4 (en seis partes)
* El engaño del evolucionismo
http://www.arabespanol.org/coran/milagros.htm (sitio islámico. Lo relativo a nuestro tema se halla recién en el cap. IV).
[2] www.unav.es/cryf/sth07rmartinez.pdf No estamos de acuerdo con Martínez pero utilizamos los datos que él trae a colación, interpretándolos diversamente.
[3] Definida tal verdad como “vinculante”, su negación comporta herejía formal y, por consiguiente, expulsión del Cuerpo Místico de Cristo: la Iglesia.
[4] Valga la aclaración de que la Iglesia acusó a Galileo en alguna de sus instancias de autoridad pero no en la máxima. Cfr. El caso Galileo, por el Dr. Raúl Leguizamón en http://elblogdecabildo.blogspot.com.ar/2008/07/cientficas.html
[5] Como sí hizo, por ejemplo, con el Comunismo y el Liberalismo.
[6] Suma Contra Gentiles, libro II, cap. III.