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miércoles, 21 de noviembre de 2012

El Vaticano impone a Liechtenstein el abandono de la religión católica.



Otro triste episodio, fruto de la falsa concepción moderna (y modernista) de la libertad religiosa. Este concepto de libertad religiosa niega que el Estado deba ser confesional y católico, pues proclama el derecho natural de profesar cualquier creencia, en nombre de la dignidad de la persona humana, derecho inviolable que el Estado debe respetar. El Papa León XIII, en la Carta Encíclica Libertas, afrma que: “Siendo pues, necesario, al Estado profesar una religión, ha de profesar la única verdadera, la cual sin dificultad se conoce, singularmente en los pueblos católicos, puesto que en ella aparecen como sellados los caracteres de la verdad” (n° 27). Luego el Estado neutro, ateo, o pluralista está en contra de esta verdad porque al poner al pie de igualdad las falsas religiones con la verdadera, la que temrina siendo destruida y relativizada, es la verdadera religión.
Este error emana del documento conciliar Dignitatis Humanae, el cual, contradice el Magisterio y la Tradición Católica.


El Vaticano impone a Liechtenstein el abandono de la religión católica.

Vaduz / Bruselas / Madrid, 15 noviembre 2012, festividad de San Alberto Magno, obispo, confesor y doctor. Si al empezar el pasado mes de julio FARO recogía la buena noticia de la derrota en referéndum en Liechtenstein de la propuesta de abolir el derecho a veto de su Príncipe Soberano (cuyo sucesor, S.A.S. Alois von und zu Liechtenstein, había anunciado que vetaría la legalización del aborto y otras leyes contra natura aunque fuesen aprobadas en referéndum) hoy tenemos que volver a dicho Principado por causa de una muy mala noticia.

Anuncia InfoCatho.be que «El principado de Liechtenstein y la Santa Sede han concluido las negociaciones con vistas a un nuevo concordato sobre las relaciones Iglesia-Estado. El gobierno de Liechtenstein ha comunicado que la firma del acuerdo debería tener lugar a principios de diciembre.

El parlamento del Principado debate este acuerdo durante una sesión extraordinaria convocada el 15 de noviembre de 2012. El punto principal de este nuevo tratado es que ya no se define a la religión católica como la Iglesia nacional [sic]. Esta modificación constitucional abre el camino a la igualdad de las religiones. También significa que la Iglesia católica abandona los privilegios ligados a su condición de religión del Estado.

La nueva reglamentación debe regular principalmente la cuestión de la enseñanza de la religión en las escuelas así como la de la financiación de las comunidades reconocidas. El gobierno del principado propone la introducción de un impuesto eclesiástico para las religiones reconocidas».

El pequeño Principado de Liechtenstein gozaba prácticamente de unidad religiosa de hecho hasta hace no muchos años, cuando la inmigración introdujo algunos elementos extraños, aún muy minoritarios. Mayor es la presencia de la irreligión, como ha ocurrido en todas las sociedades católicas a raíz del C. Vaticano II. El mismo que introdujo, especialmente en su declaración Dignitatits humanae, la falsa doctrina de la libertad de cultos («libertad religiosa»), en virtud de la cual el Vaticano tomó la iniciativa de obligar a los estados católicos a imponerla, y a renunciar después hasta a la mera confesionalidad católica o al requisito de que el jefe de Estado profesara la Religión verdadera (casos de España, Colombia, el cantón suizo de Valais, las repúblicas italiana y argentina, etcétera).

Después de esta nueva muestra de descatolización gratuita y de cambios legislativos en favor de las sectas exigidos otra vez por el propio Vaticano, queda por ver si aquellos que siguen sosteniendo la obediencia ciega a la actual jerarquía sacan las conclusiones adecuadas. Especialmente aquellos que por otro lado dicen seguir sosteniendo la Realeza Social de Cristo Nuestro Señor.

“La separación del poder político respecto del orden moral y religioso no puede ser aceptada por un espíritu cristiano, ni aun creyente de otra fe, más que como apostasía o como pecado. El régimen estatal o de convivencia neutra nació a la realidad con la escisión religiosa del siglo XVI, pero no se erigió en teoría hasta el racionalismo y el estatismo, que son plantas de suelo arreligioso y agnóstico [...] antes de llegar a tal situación y de admitirla, el cristiano ha de luchar hasta el final por conservar comunitariamente esa unidad religiosa, considerada siempre como el bien más precioso que ha recibido de sus antepasados y el patrimonio que debe transmitir a sus hijos”. (Rafael GambraLa unidad religiosa y el derrotismo católico).

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martes, 26 de abril de 2011

Libertad Religiosa. Por Juan Manuel de Prada.

Juan Manuel de Prada, periodista español, resume muy bien en éste breve pero consistente artículo, el problema de la llamada “libertad religiosa” desde el punto de vista del sentido común.


Para condenar los actos de hostilidad contra la fe católica suele aducirse ingenuamente que constituyen «atentados contra la libertad religiosa»; cuando en realidad son la consecuencia natural de la «libertad religiosa», tal como se configura en las declaraciones de derechos humanos. La propia Iglesia adoptó el lenguaje propio de tales declaraciones cuando consagró que la libertad religiosa es «inherente a la dignidad de la persona»; expresión barullera que nace de la confusión entre libre albedrío y libertad de acción. La «dignidad inherente a la persona» radica en su libre albedrío; pero en modo alguno en su libertad de acción, salvo que tal libertad la conduzca a adherirse a la verdad y al bien. La «libertad religiosa» es libertad de acción que puede conducir a la persona a adherirse a cualquier secta destructiva o idolillo grotesco; esto es, empujarla a la indignidad más sórdida e infrahumana. Como afirmaba León XIII en su encíclica Inmortale Dei: «La libertad, como facultad que perfecciona al hombre, debe aplicarse exclusivamente a la verdad y al bien. Ahora bien: la esencia de la verdad y del bien no puede cambiar a capricho del hombre, sino que es siempre la misma y no es menos inmutable que la misma naturaleza de las cosas. Si la inteligencia se adhiere a opiniones falsas, si la voluntad elige el mal y se abraza a él, ni la inteligencia ni la voluntad alcanzan su perfección; por el contrario, abdican de su dignidad natural y quedan corrompidas. Por consiguiente, no es lícito publicar y exponer a la vista de los hombres lo que es contrario a la virtud y a la verdad, y es mucho menos lícito favorecer y amparar esas publicaciones y exposiciones con la tutela de las leyes».
La «libertad religiosa» consagra exactamente lo contrario: esto es, concede la tutela de las leyes a todo tipo de creencias, sean buenas, malas o mediopensionistas, de tal modo que todas valgan lo mismo; o sea, nada. Y allá donde todas las religiones toleradas valen nada, es natural que el orden temporal quiera erigirse a sí mismo en religión única, usurpando los atributos divinos y exigiendo adoración. Esto es lo que se oculta bajo la afirmación de «libertad religiosa» contenida en las declaraciones de derechos humanos: puesto que todas las religiones valen un ardite, la única religión valiosa es la que se postula en tales declaraciones; y toda religión que ose contrariar su designio se convertirá ipso facto en una religión contraria a la «dignidad humana». Esto es lo que está sucediendo hoy con la religión católica.
Las declaraciones de derechos humanos nacieron emboscadas detrás de una vaga ética cristiana que las hacía aparentemente compatibles con la doctrina de la Iglesia. Pero aquella «compatibilidad» era una añagaza; desde que tales declaraciones fueran formuladas hasta hoy, los derechos humanos han sido mil veces redefinidos y reinterpretados, como inevitablemente ocurre cuando se afirma que la verdad y el bien pueden cambiar a capricho. Frente a esta visión de los derechos humanos como inatacable religión de conveniencia en constante metamorfosis se alza la vieja religión católica, o sus escombros; y la «libertad religiosa» se revuelve contra ella, por considerarla —¡con razón!— un obstáculo en su hegemonía. Los actos de denigración y hostilidad contra la fe católica no harán sino crecer en el futuro, en volandas de la «libertad religiosa», como ocurre siempre que la inteligencia se adhiere a opiniones falsas, como ocurre siempre que la voluntad elige el mal y se abraza a él.

Juan Manuel de Prada, 17 de Abril del 2011, Informe21.com.