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viernes, 14 de junio de 2013

Liberalismo según Leonardo Castellani.


28. El liberalismo, con sus falsos dogmas de sus falsas liber­tades, es un protestantismo larvado y un catolicismo adulterado. Eso ha debilitado política y socialmente a las naciones católicas de Europa: la ficción del catolicismo. En Austria, España, Italia y Francia, como entre nosotros, la masa se llamaba católica, pero, en realidad, la mitad eran católicos de corazón y la otra mitad cató­licos de nombre y protestantes y masones de veras. Tenían unidad aparente y una profunda división ideológica de fondo.

29. Dios, que no ama las confusiones, permitió que naciera del maridaje del liberalismo con la plutocracia, un bichito colorado más bravo que el ají, que se llama comunismo, el cual, después de volverse contra sus padres, pues no hay nada más desmadrado que él, proyectó la destrucción de todo el orden existente, por todos los medios posibles, incluso el engaño, la violencia, la traición y la ma­sacre. Maldijo de Dios y se le vio la punta de diablo.

30. El pueblo de esas naciones no estaba unido ni concorde, llamándose católico; muchísimos eran anticatólicos, hipócritas o inconscientes, hacían como Mitre y Sarmiento, que se llamaban ca­tólicos (y quizá lo creían), pero el día antes de tomar el poder de presidentes, echaban un discurso en la Logia Francmasónica, por lo cual quedaban excomulgados, según los cánones de la Iglesia. Y lo más triste era que el clero de aquel tiempo, por interés o por co­bardía, se callaba la boca.

31. ¿Qué hay que hacer? Hoy esa duplicidad ya no es posi­ble, porque la presión enorme del acontecer mundial (es decir, Dios que anda limpiando el barbecho) lleva al mundo a las afirmaciones categóricas: “sí, sí; no, no”, como mandó Cristo.

32. No se trata de imponer la fe por la fuerza al que no la tiene; sino al que no la tiene que no la toque; y el que la tiene, que la practique.

33. El liberalismo en su comienzo tenía algo de bueno, pues no hay error tan grande que no tenga algo de verdad, ni herejía que no se base en un dogma cristiano (en la corrupción de un dogma cristiano). Las tres divisas del liberalismo: libertad, igualdad, fra­ternidad, no eran más que las tres palabras cristianas: orden, je­rarquía y caridad, que habían colgado la sotana, como nuestros fa­mosos curas liberales.

34. Lo que había de bueno en el liberalismo de antaño (1820-1860), era una especie de ímpetu juvenil, contra un montón de cosas que tenían que morir; a saber: a) el absolutismo de los reyes, in­ventado por los reformadores protestantes; b) el despotismo de­masiado cerrado de los gremios y corporaciones medievales; c) una decadencia de la religión, que originó en Inglaterra el deísmo[1] y en Francia el filosofismo[2].

35. La juventud europea de principios del siglo pasado se conmovió con la palabra libertad, porque se sentía apretada, estrecha y cansada; y al decir “queremos libertad”, de hecho, querían signi­ficar: “queremos salir de esto”. Lo que no sabían del todo, era qué se ocultaba detrás de esa dorada y sonrosada libertad del liberalismo; había primero un error, después una ficción y después una herejía: el error de la libertad de comercio, la ficción de la soberanía del pueblo y la herejía de la religión de la libertad —opuesta, aunque derivada de la religión de Cristo.

36. Un hombre de nuestra raza, Larra, es el primer tipo li­beral que —como Alberdi— se burla de la Libertad con mayúscula. “Aquí está la bandera idolatrada” —y que confiesa que en España el liberalismo es anticlericalismo y el anticlericalismo es irreligión. Eso de que en el fondo el liberalismo es una herejía, es muy im­portante.

37. Mucho antes que los señores liberales del siglo XIX, cabezas enteramente humosas, hubieran inventado sus fórmulas ambiguas de libertad de opinar y libertad de esto y lo de más allá, existía en nuestra raza una fórmula recortada, breve y limpia de libertad es­pañola y cristiana, que decía simplemente: ¡Ley pareja!

38. Todavía se la oye resonar en la criollidad con la fuerza de un taco y la ley de una onza de oro. Esa es la fórmula católica, que con fina filosofía no dice: ¡ley igual!, porque sabe que no hay ley igual en este mundo de cosas desiguales, sino ley proporcionada, puesto que un varón y una mujer, por ejemplo, no son ni deben ser iguales, pero por eso mismo, son ambos hijos de Dios y her­manos de Cristo, y si se eligen bien, forman pareja.

39. Las otras fórmulas de la libertad salidas de la cabeza des­cangallada de un suizo francés, que no era ni suizo ni francés ni católico ni protestante, ni varón del todo (según sospechan), J. J. Rousseau[3], hay que fumigarlas como a polilla y arrinconarlas cuanto antes.

R. P. Leonardo Castellani, “Sentencias y aforismo poíticos”, Edición del grupo Patria Grande
Buenos Aires, 1981.



[1] Deísmo: corriente opuesta al teísmo. Se inicia en el siglo XVII y alcanza gran predicamento en el XVIII. Acepta a Dios como creador de la armonía y maravilla del universo; pero lo excluye de la vida espi­ritual e histórica del hombre, sumergida en el mal y en el pecado. Niega la Providencia y la gracia.
[2] Filosofismo: niega especialmente la Revelación; y acepta sólo la religión natural.
[3] Ver la nota al pié de página Nº 8.

martes, 2 de abril de 2013

El liberalismo es pecado.

“Lo que alabamos más en vuestra empresa religiosa es que estáis llenos de aversión contra los principios católico-liberales, que tratáis de borrar de las inteligencias tanto cuanto está a vuestro alcance. Aquellos que están imbuidos de esos principios parecen consagrarse a la defensa de la Iglesia, pero no trabajan menos en pervertir su espíritu y su doctrina, y cada uno de ellos, según la manera de ser particular propende a ponerse al servicio o de César o de los que inventan derechos en favor de la falsa libertad.

Este insidioso error es más peligroso que una abierta enemistad, porque se cubre con el velo engañoso del celo y de la caridad, y es seguramente esforzándoos en combatirlo y poniendo un cuidado asiduo en alejar de él a los ingenuos como extirparéis la raíz fatal de las discordias y como trabajaréis eficazmente en producir y mantener la unión estrecha de las almas”. 
S. S. Pío IX, A la Federación de los Círculos católicos de Bélgica.

jueves, 17 de enero de 2013

Los Papas revelan la conjura de la secta.


El arzobispo Marcel Lefebvre, en su obra “Le destronaron” nos va describiendo cómo la masonería ha sido denunciada por los Papas y cómo se ha infiltrado durante los años, poco a poco, dentro de la jerarquía eclesiástica, llevandose a cabo los planes de infiltración ideológica, hoy tristemente comprobados. Ya hemos visto, en el capítulo precedente, los planes de la secta de los Carbonarios y su conjura.



LOS PAPAS REVELAN LA CONJURA DE LA SECTA

La trama de la secta liberal contra la Iglesia consistía en lanzarse al asalto de Ella utilizando su jerarquía, pervirtiéndola hasta en su más alto grado, como os lo he mostrado en el capítulo precedente. Pero los Papas, con la clarividencia de su cargo y las luces que Dios les ha dado, vieron y denunciaron claramente este programa.
León XIII (1878-1903) vio por adelantado esta subversio capitis, esta subversión del Jefe y la describió con todo detalle, en toda su crudeza, al escribir el pequeño exorcismo contra Satanás y los espíritus malignos. He aquí el pasaje en cuestión, que figura en la versión original pero fue suprimido en las versiones posteriores por no sé qué sucesor de León XIII que quizá juzgó el texto imposible, impensable, impronunciable... Y sin embargo, a cien años de distancia de su composición, este texto nos parece, por el contrario, lleno de una verdad candente:

“He aquí que astutos enemigos han llenado de amargura a la Iglesia, Esposa del Cordero Inmaculado, le han dado a beber ajenjo, han puesto sus manos impías sobre todo lo que hay en Ella de deseable. Donde fueron establecidas la Sede del bienaventurado Pedro y la Cátedra de la Verdad, como una luz para las naciones, ellos han erigido el trono de la dominación de su impiedad; a fin de que, una vez golpeado el pastor, puedan dispersar el rebaño.”

¿Cómo es posible esto? me diréis. Os aseguro que no lo sé, pero esto ocurre; cada vez más, día tras día. Esto nos causa una viva angustia, nos sugiere una pregunta hiriente: ¿Quiénes son, pues, esos Papas que toleran la autodemolición, que contribuyen a ella? San Pablo ya decía a su tiempo: “Ya está realizándose el misterio de iniquidad” (II Tes. 2, 7).

¿Qué diría hoy día?

Luego, por su parte, San Pío X (1903-1914) confesará la angustia que lo embargaba ante los progresos realizados por la secta en el interior mismo de la Iglesia. En su encíclica inaugural E Supremi Apostolatus, del 4 de octubre de 1903, expresa su temor de que el tiempo de apostasía en que entraba la Iglesia, fuera el tiempo del Anticristo, o sea del Anti-Cristo, falsificación de Cristo, usurpador de Cristo. He aquí el texto:

“(...) Nos atemorizaba, más que nada, el Estado por demás aflictivo en que se encuentra la humanidad al presente. Porque ¿quién no ve que la sociedad humana está hoy atacada de una enfermedad mucho más grave y más profunda que la que afectaba a las generaciones pasadas, la cual agravándose cada día y royéndola hasta los huesos, la va arrastrando a la perdición? Cuál sea esta enfermedad ya lo sabéis vosotros, Venerables Hermanos, es el desertar y apostatar de Dios, y nada hay, sin duda, que esté más cerca de la perdición, según estas palabras del Profeta: ‘Porque, he aquí que perecerán los que se alejan de Tí’ (Sal. 72, 26).”[1]

Y el Santo Pontífice prosigue un poco más lejos:

“(...) Porque verdaderamente contra su Creador ‘rugieron las naciones y los pueblos meditaron insensateces’ (Sal. 2, 1); de tal modo que ya es voz común de los enemigos de Dios: ‘Apártate de nosotros’ (Job 21, 14). De aquí que ya casi se haya extinguido por completo en la mayoría de los hombres el respeto al Eterno Dios sin tener para nada en cuenta su voluntad suprema en las manifestaciones de su vida pública y privada. Más aún, con todo su esfuerzo e ingenio procuran que sea abolida por completo hasta la memoria y noción de Dios.
“Quien considere todas estas cosas, puede, con razón, temer que esta perversidad de los espíritus sea como un anticipo y comienzo de los males que estaban reservados para el fin de los tiempos, o que ya se encuentra en este mundo el ‘hijo de perdición’ (II Tes. 2, 3) del que nos habla el Apóstol.
“Tan grande es la audacia y tan desmedida la rabia con que se ataca en todas partes a la religión, se combaten los dogmas de la fe y se hacen enconados esfuerzos por impedir y aún por aniquilar todo medio de comunicación del hombre con Dios. Y a su vez, lo que, según el mismo Apóstol constituye la nota característica del ‘Anticristo’; el mismo hombre con inaudito atrevimiento ha usurpado el lugar de Dios, elevándose a si mismo ‘sobre todo lo que lleva el nombre de Dios’;  hasta tal punto que, aún cuando no le es posible borrar enteramente de su alma toda noticia de Dios, haciendo, sin embargo, caso omiso de su majestad, ha hecho de este mundo como un templo dedicado a sí mismo para ser en él adorado por los demás. ‘Siéntese en el templo de Dios mostrándose como si fuera Dios’ (II Tes. 2, 4).”[2]

Y San Pío X concluye recordando que Dios triunfa al fin de sus enemigos, pero que esta certeza de la fe “no nos dispensa de apresurar la obra divina en lo que depende de nosotros”, o sea, apresurar el triunfo de Cristo Rey.
Y aún en su encíclica Pascendi del 8 de septiembre de 1907, sobre los errores modernistas, San Pío X denuncia con clarividencia la infiltración de la Iglesia ya comenzada por la secta modernista, que como he dicho[3] se unió con la secta liberal para demoler la Iglesia Católica. He aquí los pasajes más destacados de este documento:

“(...) Lo que sobre todo exige de Nos que rompamos sin dilaciones el silencio, es la circunstancia de que al presente no es menester ya ir a buscar a los fabricantes de errores entre los enemigos declarados: se ocultan, y esto es precisamente objeto de grandísima ansiedad y angustia, en el seno mismo y dentro del corazón de la Iglesia. Enemigos, a la verdad, tanto más perjudiciales, cuanto lo son menos declarados. Hablamos, Venerables Hermanos, de un gran número de católicos seglares y, lo que es aún más deplorable, hasta sacerdotes, los cuales, so pretexto de amor a la Iglesia, faltos en absoluto de conocimientos serios en Filosofía y Teología, e impregnados, por el contrario, hasta la médula de los huesos de venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios del Catolicismo, se jactan, a despecho de todo sentimiento de modestia, como restauradores de la Iglesia, y en apretada falange asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo, sin respetar la propia persona del divino Reparador, que rebajan, con sacrílega temeridad, a la categoría de puro y simple hombre.
“Tales hombres podrán extrañar verse colocados por Nos entre los enemigos de la Iglesia; pero no habrá fundamento para tal extrañeza en ninguno de aquellos que, prescindiendo de intenciones, reservadas al juicio de Dios, conozcan sus doctrinas y su manera de hablar y obrar. Son seguramente enemigos de la Iglesia, y no se apartará de lo verdadero quien dijera que ésta no los ha tenido peores. Porque, en efecto, como ya se notó, ellos traman la ruina de la Iglesia, no desde fuera, sino desde dentro: en nuestros días el peligro está casi en las entrañas mismas de la Iglesia y en sus mismas venas; y el daño producido por tales enemigos es tanto más inevitable cuanto más a fondo conocen a la Iglesia. Añádase que han aplicado la segur, no a las ramas ni tampoco a débiles renuevos, sino a la raíz misma; esto es, a la fe y a sus fibras más profundas. Mas una vez herida esa raíz de vida inmortal, pasan a hacer circular el virus por todo el árbol y en tales proporciones, que no hay parte alguna de la fe católica donde no pongan su mano, ninguna que no se esfuercen por corromper.”[4]

San Pío X descubre a continuación la táctica de los modernistas:

“(...) Y mientras persiguen por mil caminos su nefasto designio, su táctica es la más insidiosa y pérfida. Amalgamando en sus personas al racionalista y al católico lo hacen con habilidad tan refinada, que llevan fácilmente la decepción a los pocos adversarios, por otra parte, bribones consumados. No hay clase de consecuencias que les hagan retroceder, o más bien, que no sostengan con obstinación y audacia. Junten con esto, y es lo más a propósito para engañar, una vida llena de actividad, asiduidad y ardor singulares hacia todo género de estudios, aspirando a granjearse la estimación pública por sus costumbres, con frecuencia intachables (...) Pero no ignoráis, Venerables Hermanos, la esterilidad de Nuestros esfuerzos; esos hombres han inclinado un momento la cabeza para erguirla enseguida con mayor orgullo...”[5]
“Y como una táctica, a la verdad, insidiosísima, de los modernistas (así se los llama vulgarmente, y con mucha razón), consiste en no exponer jamás sus doctrinas de un modo metódico y en su conjunto, sino dándolas en cierto modo por fragmentos y esparcidas acá y allá, lo cual contribuye a que se les juzgue fluctuantes e indecisos en sus ideas, cuando en realidad éstas son perfectamente fijas y consistentes; ante todo, importa presentar en este lugar esas mismas doctrinas desde un punto de vista único, y hacer ver el enlace lógico que las une entre sí...”[6]

Permanecer en la Iglesia para hacerla evolucionar, tal es la consigna de los modernistas:

“(...) Van adelante en el camino comenzado, y aún reprendidos y condenados van adelante, encubriendo su increíble audacia con la máscara de una aparente humildad. Doblan fingidamente sus cervices, pero con la obra e intención prosiguen más atrevidamente lo que emprendieron. Pues así proceden a sabiendas, tanto porque creen que la autoridad debe ser empujada y no echada por tierra, como porque les es necesario morar en el recinto de la Iglesia, a fin de cambiar insensiblemente la conciencia colectiva: en lo cual sin advertirlo, confiesan que la conciencia colectiva no les favorece, por consiguiente, no les asiste derecho alguno de presentarse como sus intérpretes.”[7]

Pascendi detuvo por un tiempo la audacia de los modernistas, pero pronto recrudeció nuevamente la ocupación metódica y progresiva de la Iglesia y de la jerarquía por la secta modernista y liberal. Bien pronto, la “intelligentia” teológica liberal estaría en primera fila en las revistas especializadas, en los congresos, en las grandes editoriales, en los centros de pastoral litúrgica, pervirtiendo de pies a cabeza a la jerarquía católica, despreciando las últimas condenas del Papa Pío XII en la Humani Generis. La Iglesia y el Papado bien pronto estarían maduros para formar “Estados Generales”, para un golpe de mano liberal como el de 1789 en Francia, con ocasión de un concilio ecuménico, predicho y esperado largamente por la secta, como veremos en el siguiente capítulo.

Mons. Marcel Lefebvre, tomado de “Le destronaron”.



[1] En E. P., págs. 689-690, N° 1.
[2] En E. P., págs. 690-691, N° 2-3.
[3] Con las banderas del “progreso” y la “evolución” los liberales han comenzado el asalto de la Iglesia. Cf. Cap. XVIII.
[4] Encíclica Pascendi, en E. P., págs. 781-782, N° 1-2.
[5] Ibid, en E. P., pág. 782, N° 2.
[6] Ibid, en E. P., pág. 782, N° 3.
[7] Ibid, en E. P., pág. 796, N° 6.

La conjura de la Alta Venta de los Carbonarios.


Mons. Marcel Lefebvre ha denunciado en varias ocasiones la infiltración de las ideas de la masonería dentro de la Iglesia. Reproducimos un capítulo en donde habla de la importancia de conocer los planes que tiene la secta para con la Iglesia.
El llamado “liberalismo católico” fue penetrando, como humo satánico, dentro de la Iglesia pero esto ha sido con una gran ayuda de parte de la secta masónica. Veamos en qué han consistido los planes masónicos para infiltrar sus ideas en la jerarquía eclesiástica.



LA CONJURA DE LA ALTA VENTA DE LOS CARBONARIOS


Henos aquí, en nuestro breve bosquejo histórico del liberalismo católico, en las vísperas del Concilio Vaticano II. Pero antes de analizar la victoria lograda por el liberalismo en el Concilio, querría volver atrás en el tiempo para mostrar que la penetración del liberalismo en toda la jerarquía y hasta en el mismo Papado, que era impensable hace dos siglos, fue sin embargo, pensada, anunciada y organizada desde principios de siglo pasado por la francmasonería. Bastará con reproducir los documentos que prueban la existencia de esa intriga contra la Iglesia, de ese “atentado supremo” contra el Papado.
Los papeles secretos de la Alta Venta de los Carbonarios que cayeron en manos del Papa Gregorio XVI, abarcan el período de 1820 a 1846. Fueron publicados a pedido del Papa Pío IX, por Crétineau-Joly en su obra L’Eglise Romaine et la Revolution [La Iglesia Romana y la Revolución][1]. Y por el Breve de aprobación del 25 de febrero de 1861 dirigido al autor, Pío IX confirmó la autenticidad de sus documentos, pero no permitió que se divulgaran los verdaderos nombres de los miembros de la Alta Venta implicados en esta correspondencia. Estas cartas son absolutamente pavorosas, y si los Papas pidieron que se publicaran, fue para que los fieles sepan de la conjura contra la Iglesia urdida por las sociedades secretas, conozcan su plan y estén prevenidos contra su eventual realización. Por el momento no digo más, pero con temblor se leen estas líneas. No invento nada, no hago sino leer, pero no es un misterio que hoy día ellas se cumplen. ¡No oculto que aún sus proyectos más audaces son aventajados por la realidad actual! Leamos, pues. Sólo subrayaré lo que más nos debe impresionar.

“El Papa, cualquiera que sea, jamás vendrá a las sociedades secretas: a ellas corresponde dar el primer paso hacia la Iglesia para vencer a ambos.
“El trabajo que vamos a emprender no es obra de un día, ni de un mes, ni de un año; puede durar varios años, quizás un siglo; pero en nuestras filas el soldado muere y el combate continúa.
“No queremos ganar a los Papas para nuestra causa, hacerlos neófitos de nuestros principios, propagadores de nuestras ideas. Sería un sueño ridículo. Cualquiera sea el giro de los acontecimientos, el hecho de que cardenales o prelados, por ejemplo, hayan entrado a sabiendas o por sorpresa en una parte de nuestros secretos, no es en absoluto un motivo para desear su elevación a la Cátedra de Pedro. Esta elevación nos perdería. Sólo la ambición los habría conducido a la apostasía y la necesidad del poder los forzaría a inmolarnos. Lo que debemos pedir, lo que debemos buscar y esperar como los judíos esperan el Mesías, es un Papa según nuestras necesidades…
“Así marcharemos con más seguridad al asalto de la Iglesia que con los libelos de nuestros hermanos de Francia y el mismo oro de Inglaterra. ¿Queréis saber la razón? Es que con ello, para destrozar la roca sobre la que Dios construyó su Iglesia, ya no necesitamos el vinagre anibalino, ni la pólvora del cañón; ya no necesitamos ni siquiera nuestros brazos. Tenemos el dedo meñique del sucesor de Pedro comprometido en la conjura, y ese dedo vale en esta cruzada más que todos los Urbano II y todos los San Bernardos de la Cristiandad.
“No dudamos que llegaremos a ese término supremo de nuestros esfuerzos, pero ¿cuándo y cómo? La incógnita no se revela aún. Sin embargo, como nada debe apartarnos del plan trazado, sino por el contrario, todo debe tender a él como si ya desde mañana el éxito viniera a coronar la obra apenas esbozada, queremos en esta instrucción que para los simples iniciados permanecerá secreta, dar a los encargados de la Venta Suprema, consejos que deberán inculcar a la universalidad de los hermanos, en forma de enseñanza, o de memorandum...
“Ahora bien, para aseguramos un Papa de las debidas proporciones, se trata primero de labrar a ese Papa una generación digna del reino que soñamos. Dejad de lado la vejez y la edad madura; dirigíos a la juventud y, si es posible, aún a la infancia (...) os ganaréis sin mucho esfuerzo una reputación de buen católico y de patriota sin doblez.
“Esta reputación hará llegar nuestras doctrinas tanto en el corazón del joven clero, como dentro de los conventos. Dentro de algunos años forzosamente este clero joven habrá invadido todas las funciones. Será él quien gobierne, administre, juzgue, forme el consejo del soberano, y será el llamado a elegir el Pontífice que tendrá que reinar, y este pontífice, como la mayor parte de sus contemporáneos, estará necesariamente más o menos imbuido de los principios  italianos y humanitarios que comenzaremos a poner en circulación. Es un granito de mostaza que confiamos a la tierra; pero el sol de las justicias lo hará crecer hasta el más alto poder, y un día veréis qué mies abundante producirá este granito.
“En la ruta que trazamos a nuestros hermanos, hay grandes obstáculos que deberemos vencer, muchos tipos de dificultades que superar. Triunfaremos gracias a  la experiencia y la perspicacia; pero la meta es tan espléndida que es preciso izar todas las velas al viento para alcanzarla. Si queréis revolucionar a Italia, buscad el Papa que acabamos de pintar. Si queréis establecer el reino de los elegidos sobre el trono de la prostituta de Babilonia, que el clero marche bajo vuestro estandarte, creyendo ir siempre tras la bandera de las llaves apostólicas. Si queréis hacer desaparecer el último vestigio de los tiranos y los opresores, echad vuestras redes como Simón Bariona; echadlas dentro de las sacristías, de los seminarios y de los conventos más que en el fondo del mar; y si no os apuráis, os prometemos una pesca más milagrosa que la suya. El pescador de peces se convirtió en pescador de hombres; vosotros os rodearéis de amigos junto a la Cátedra Apostólica. Vosotros habréis predicado una revolución por la tiara y la capa, marchando con la cruz y el estandarte,  una revolución que no tendrá necesidad más que de una chispa para incendiar las cuatro esquinas del mundo.”[2]

He aquí aún un extracto de una carta de “Nubius” a “Volpe”, del 3 de abril de 1824:

“Se ha puesto sobre nuestros hombros una pesada carga, querido Volpe. Debemos hacer la educación inmoral de la Iglesia y llegar por medios pequeños, bien graduados aunque bastante mal definidos, al triunfo de la idea revolucionaria gracias a un Papa. En este proyecto, que siempre me ha parecido sobrehumano, marchamos aún tanteando...”[3]

¡“Plan sobrehumano” dice Nubius, y quiere decir plan diabólico! Ya que es planear la subversión de la Iglesia por su misma cabeza, lo que Mons. Delassus[4] llama el atentado supremo porque no se puede imaginar nada tan subversivo para la Iglesia como un Papa seducido por las ideas liberales, un Papa que utilice las llaves de San Pedro al servicio de la contra-Iglesia. Ahora bien ¿no es acaso lo que vivimos actualmente desde el Vaticano II y desde el nuevo Derecho Canónico? ¡Con este falso ecumenismo y esta falsa libertad religiosa promulgados en el Vaticano II y aplicados por los Papas con fría perseverancia, a pesar de todas las ruinas que han provocado desde hace más de veinte años!
Sin que se haya comprometido la infalibilidad del Magisterio de la Iglesia, incluso quizás sin que jamás haya sido sostenida una herejía propiamente dicha, asistimos a la autodemolición sistemática de la Iglesia. Autodemolición es una palabra de Pablo VI, que implícitamente denunciaba al verdadero culpable, pues ¿quién puede “autodemoler” la Iglesia sino aquél cuya misión es mantenerla en la roca firme?... ¡Y qué ácido tan eficaz para disolver la roca como el espíritu liberal que penetra al mismo sucesor de Pedro!
¡Este plan es de inspiración diabólica y de realización diabólica! No sólo lo han revelado los enemigos de la Iglesia, sino también los Papas lo han develado y predicho. Es lo que veremos en el próximo capítulo.

Mons. Marcel Lefebvre, tomado de “Le destronaron”.


[1] 2 volúmenes, 1859; reimpreso por el C. R. F., 1976. Mons. Delassus reprodujo de nuevo esos documentos en su obra La Conjuration Antichrétienne [La ConjuraciónAnticristiana], D.D.B., París, 1910, T. III, págs. 1035-1092.
[2] Instrucción permanente de 1820, op. cit., T. II, págs. 85-90.
[3] Op. cit. pág. 129.
[4] Le Problème de l’Heure Présente [El Problema de la Hora Presente], D.D.B., París, 1904, T. I, pág. 195.

martes, 15 de enero de 2013

El liberalismo disminuye la fuerza de los católicos.



“No podemos menos que aprobar el haber emprendido la defensa y explicación de las decisiones de Nuestro Syllabus, sobre todo de aquellas que condenan al liberalismo que se dice católico; que cuenta con un gran número de adherentes aún entre hombres rectos que parecen casi no apartarse de la verdad, y es más peligroso para los demás, engaña más fácilmente a aquellos que no están prevenidos, destruyendo el espíritu católico insensiblemente y de manera escondida, disminuye la fuerza de los católicos y aumenta la de sus enemigos.”

Pío IX, Breve a los redactores de un diario católico de Rodez, diciembre de 1876.