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jueves, 28 de agosto de 2014

Fulton J. Sheen: La Virgen de la Esperanza.


Nuestro mundo moderno se caracteriza por designios profundos.
Advertimos en nosotros miedo y ansiedades.
Los hombres de otros tiempos temían a Dios, pero era un temor distinto al que hoy sentimos; antes se preocupaban de no ofender a Dios porque le amaban. Luego vinieron las guerras mundiales, que infundieron en los hombres un terror irrechazable de unos a otros.
Hoy todos nos sentimos humillados y amedrentados, ante el elemento más pequeño del universo: ¡el átomo!
El mal de un individuo quedó convertido en el mal de toda la humanidad a partir del día en que se arrojó la primera bomba atómica. Desde entonces, la muerte es la pesadilla de la sociedad y de la civilización, y, de esta forma, la Religión se ha convertido, aun por razones políticas, en la base de la vida humana.
En la antigüedad, los babilonios, griegos y romanos se batieron en nombre de sus propias divinidades. Más tarde, el Islamismo oprimió al mundo cristiano, dejando reducidos los 750 Obispos que había en África en el siglo VII a los cinco del siglo XI. Pero el Islamismo no combatió a Dios, sino que solamente luchó contra los que creían en el Dios que se había revelado en Jesús. La diferencia de las teorías consistía en la elección de los medios para llegar a Dios, considerado por unos y por otros como el fin de la vida.
Ahora todo ha cambiado.
Ya no hay guerras de religión. Existe la lucha desencadenada contra toda fuerza, contra toda idea religiosa.
El comunismo no niega a Dios con la misma apatía que lo hace un estudiante de Bachillerato; el comunismo quiere destruir la idea de Dios; no sólo niega su existencia, sino que pervierte el concepto. A Dios quiere sustituirlo con el hombre dictador y dueño del mundo.
Hoy nos vemos forzados a escoger entre Dios y sus enemigos, y entre Democracia y Fe en Dios, y el ateísmo y la dictadura.
La preservación de la civilización y de la cultura está íntimamente ligada a la defensa de la religión. Si los enemigos de Dios fuesen a prevalecer, habría que rehacerlo todo.
Pero en el mundo moderno hay una tercera característica: la tendencia a perderse en la naturaleza.
El hombre debe mantener dos contactos estrechos para ser feliz: Uno vertical, con Dios; el otro, horizontal, con su prójimo.
En la actualidad, el hombre ha interrumpido las relaciones con Dios por medio de la indiferencia y de la apatía religiosa y ha hecho pedazos las relaciones sociales, con la guerra. Y como quiera, que sin felicidad no se puede vivir, ha tratado de compensar los contactos perdidos con una tercera dimensión de profundidad con la que espera anularse en la naturaleza. El que antes se ufanaba de estar hecho a imagen y semejanza de Dios, comenzó a jactarse de ser el creador de sí mismo y de haber hecho finalmente a Dios a su imagen y semejanza.
Con este falso humanismo empezó la bajada de lo humano a lo animal.
El hombre admitió que descendía de las bestias, apresurándose a confirmarlo en enseguida con una guerra bestial.
Más recientemente aún, el hombre se ha identificado por completo con la naturaleza afirmando que no es sino una compleja composición química.
Hace mucho se ha denominado “el hombre atómico”. De esta forma, la Teología se ha reducido a Psicología, la Psicología a Biología y ésta a Física. Ahora podemos comprender mejor lo dicho por Cournot, que en el siglo XX Dios dejaría a los hombres en poder de las leyes mecánicas, de las que Él mismo era autor.
Permitid que me explique:
La bomba atómica actúa sobre la humanidad lo mismo que el excesivo alcohol en un individuo. Si un hombre abusa del alcohol y bebe demasiado, éste se rebela y habla de este modo al alcoholizado: “Dios me crió para curar y proporcionar alegría, usado racional y moderadamente, pero tú has abusado de mí. Por eso me vuelvo contra ti. Desde ahora, tendrás jaquecas, aturdimientos, dolor de estómago; perderás el uso de la razón y te harás mi esclavo, aunque yo no he sido criado para esto.”
Lo mismo ocurre con el átomo, que dice al hombre: “Dios me creó y puso en el universo la energía atómica, y por ello alumbra el sol al mundo. La gran fuerza que el Todopoderoso encerró en mi corazón fue creada para servir a fines pacíficos, para iluminar vuestras poblaciones, para impulsar vuestros motores, para aligerar el trabajo humano. En cambio, vosotros habéis robado el fuego del cielo, como Prometeo, y lo habéis empleado la primera vez para destruir ciudades enteras. Originariamente no se empleó electricidad para matar a ningún hombre, pero, en cambio, la energía atómica la habéis empleado para matar a millares de ellos. Por este motivo me volveré contra vosotros, haré que temáis lo que deberíais apreciar, y millones de pechos de entre vosotros temblarán horrorizados ante los enemigos que vendrán a devolveros lo que habéis hecho con ellos: transformaré la humanidad en un Frankestein que se defenderá metiéndose en los refugios antiaéreos contra los monstruos que habéis creado.” No es que Dios abandone al mundo, sino que el mundo ha abandonado a Dios al unir su suerte con la de la naturaleza, separada de la naturaleza de Dios.
La bomba atómica significa que el hombre se ha hecho esclavo de la naturaleza y de la física que había creado Dios para que le sirviera.
Este estado de cosas hace surgir una pregunta: “¿Hay aún alguna esperanza?” Ciertamente que sí, y ¡una muy grande esperanza!
La esperanza última es Dios, pero la gente está tan alejada de Él, que no logra salvar de un salto el abismo que le separa de Él.
Debemos partir de cómo sea el mundo, y el mundo está absorbido por la naturaleza, cuyo símbolo es actualmente la bomba atómica. El pensamiento de la Divinidad aparece muy alejado.
¿Y no habrá en toda la naturaleza creada algo puro e incontaminado con lo que podamos reemprender el camino de regreso?
Aquí lo tenemos: es lo que Wodsworth llamaba “la única gloria de la naturaleza corrompida”. Esta gloria y esperanza es la Mujer.
No es una diosa, no es de naturaleza divina, ni tiene, por tanto, derecho de que se le adore, aunque sí de que se le venere, y salió de la materia física y cósmica, pero tan sumamente santa y buena, que cuando Dios bajó a la tierra la eligió por Madre Suya y Señora del mundo. Es en extremo interesante hacer resaltar que la Teología de los rusos, antes de que el corazón de su pueblo se helase con las teorías de los enemigos de Dios, enseñaban que Jesucristo vino al mundo para iluminarle, cuando los hombres habían rechazado al Padre Celestial. Añadía que cuando el mundo hubiese rechazado a Jesucristo, como hace ahora, de las tinieblas de la noche del pecado surgiría Su Madre, para dar luz a la oscuridad y guiar al mundo hacia la paz.
La hermosa aparición de la Virgen Bendita de Fátima, en Portugal, de abril a octubre de 1917, fue una comprobación de la tesis rusa: cuando menos hubiere reconocido el mundo al Salvador, Él nos mandaría a Su Santísima Madre para salvarnos. Y fue precisamente en el mismo mes en que estalló la Revolución bolchevique cuando hizo la Virgen su principal revelación. En otra transmisión trataremos de lo que se dijo entonces. De lo que quiero hablar hoy es de la Danza del Sol, que se verificó el 13 de octubre de 1917. Los amantes de la Madre de Nuestro Señor no necesitan pruebas ulteriores. Y como los que desgraciadamente no conocen ni al Uno ni a la Otra preferirán los testimonios de quienes rechaza, ya sea a Dios o a Su Madre, presentaré la descripción hecha del fenómeno por el articulista ateo del entonces diario anárquico portugués “O Século.”
Dicho periodista fue uno de los 70,000 espectadores que observaron el prodigio. Y lo describe así: “Un espectáculo único e increíble… Puede verse la inmensa muchedumbre vuelta al sol, que aparece libre de nubes en pleno mediodía. El astro rey semeja un disco de plata y se le puede mirar sin molestia alguna… La gente, con la cabeza descubierta y presa de terror, abre los ojos, intentando escudriñar el azul del cielo. El sol se ha estremecido y hecho unos movimientos bruscos, sin precedentes y fuera de todas las leyes cósmicas: Según expresión gráfica de los campesinos, “El sol bailaba.” Daba vueltas en torno suyo, como una rodancha o rueda de juegos artificiales, y llegó casi a quemar la tierra con sus rayos… Queda para los competentes opinar sobre la danza macabra del sol, que hoy ha hecho Fátima que los pechos de los fieles prorrumpiesen en ¡Hosanas! Y a impresionado a los librepensadores y a los que menos se preocupan por los problemas religiosos.”
Otro diario ateo y anticlerical, “A Orden,” escribió: “El sol aparece circundado en unos momentos por llamas de color carmesí, y en otros, auroleado de amarillo y matices rojizos. Pareció girar sobre sí mismo en rápido movimiento de rotación, desprendiéndose aparentemente del cielo para acercarse a la tierra, irradiando un intenso calor.”
¿Por qué se serviría Dios Todopoderoso de la única fuente de luz y de calor indispensable a la naturaleza para revelarnos el mensaje de la Virgen e 1917, en la terminación de la primera guerra mundial, si no iban a arrepentirse los hombres? Solamente podemos hacer conjeturas. ¿Quería, acaso, significar que la bomba atómica oscurecería al mundo como un sol vacilante?
No lo creo.
Tengo por más seguro que fuese una señal de esperanza y que significase que la Virgen nos ayudaría a huir de la perversión de la naturaleza realizada por el hombre.
La Sagrada Escritura nos tiene anunciado: “Después aparecerá un gran prodigio en el cielo, una mujer que tendrá al sol por manto” (Apocalipsis, 12, 1).
Durante siglos y siglos ha dicho la Iglesia en sus cantos a María, “Electa ut Sol,” bella como el sol, que da la vuelta al mundo esparciendo su luz por doquier, salvo donde los hombres se guardasen de ella, calentando lo que estuviere frío, abriendo los capullos para convertirlos en flores y dando fuerza a lo que estuviere debilitado. ¡Fátima no es una advertencia, sino una esperanza!
Mientras el hombre toma el átomo y lo desintegra para anonadar al mundo, María mueve el sol como un juguetillo colgado de su muñeca para convencer al mundo de que Dios le ha conferido un enorme poder sobre la naturaleza, pero no para la muerte, sino para la luz, la vida y la esperanza.
El problema del mundo moderno no es la existencia de la gracia, sino la existencia de la naturaleza y su necesidad de la gracia.
María es el eslabón de conjunción y nos asegura que no se nos destruirá porque la misma central de la energía atómica, el sol, es un juguete en sus manos.
De la misma manera que Cristo hace de mediador entre Dios y el hombre, la Virgen hace de mediadora entre el mundo y Cristo.
Así como un hijo desnaturalizado que se hubiese rebelado contra su padre y se hubiese marchado de la casa paterna se dirigiría a la madre, al querer volver, para que intercediese con el padre, de igual modo debemos recurrir nosotros a María, la única criatura pura y sin mancha que puede interceder entre nosotros, hijos rebeldes, y su Divino Hijo.
No es necesaria una tercera guerra mundial, y aun lo será menos si ponemos a la Mujer contra el átomo.
La ciencia ha hecho cuanto estaba de su parte para nuestra comodidad en la tierra, y ahora, por el contrario produce una cosa que podría dejarnos a todos sin hogar. Temerosos de esto, volvámonos a la Mujer, que también se vio sin techo protector porque “no había sitio en las posadas”.
Rusia es cierto que quisiera conquistar el mundo para Satanás. Pero nosotros seguimos esperando. Entre las criaturas hay una mujer que puede acercarse al mal sin que ésta la muerda. En los albores de la historia de la humanidad, cuando el diablo tentó al hombre para que le sustituyese su amor a Dios por el egoísmo, Dios prometió que el talón de una Mujer aplastaría la cabeza de la serpiente. Que en vez de una cobra roja que mate sean la hoz y el martillo, tiene poca importancia para la Mujer a través de la cual conquiste Dios la hora del mal. Empezad por rezar como no lo habéis hecho hasta el presente. Rezad el Rosario por la mañana, mientras os dirigís al trabajo, en vuestra casa cuando tengáis un rato libre y durante vuestro trabajo en el campo o en el almacén.
¡Si rezamos, no habrá más guerra! Eso es absolutamente cierto.
El pueblo ruso no ha de conquistarse mediante una guerra. ¡Demasiado ha sufrido en estos treinta y tres últimos años!
Se debe acabar con el comunismo, y esto puede lograrse mediante una revolución interior.
Rusia no tiene contra sí una bomba atómica tan sólo, sino dos. La segunda bomba es el sufrimiento de su pueblo, que gime bajo el yugo de la esclavitud. ¡Cuando explote, lo hará con una fuerza infinitamente superior a la del átomo!
Pero también tenemos nosotros necesidad de una revolución como Rusia.
Nuestra revolución debe venir desde el interior de nuestros corazones, es decir, que hemos de reconstruir nuestras vidas, del mismo modo que la revolución rusa debe comenzar por el interior, sacudiéndose el yugo de Satanás.
La revolución rusa marchará al paso de la nuestra. Pero, sobre todo, hemos de tener esperanza. Si para el mundo no hubiese esperanza de salvación, ¿hubiese enviado Jesús a Su Madre con la energía atómica del sol a sus órdenes?
¡Oh María! Hemos desterrado a tu Divino Hijo de nuestras vidas, de nuestras asociaciones, de nuestra educación y de nuestras familias. ¡Ven con la luz del sol como símbolo de Su Poder! Rompe nuestras guerras, nuestra oscura inquietud. Enfría la boca de los cañones encendidos por la guerra. Aparta nuestras mentes del átomo y nuestras almas del abuso de la naturaleza.
Haznos renacer en tu Divino Hijo a nosotros tus ya antiguos hijos de la tierra.
¡Por el amor de Jesús!


Mons. Fulton J. Sheen., visto en Ecce Christianvs, 28-Ago-2014.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Del número de los pecados.


Non tentabis Dominum Deum
No tentarás al Señor tu Dios.
(Matth. VI, 7)

En el Evangelio de hoy leemos, que habiendo ido Jesucristo al desierto, permitió que el demonio le llevase sobre el pináculo o cimborio del Templo, y allí le dijo: «Si eres el Hijo de Dios, échate de aquí abajo» Si filius Dei es, mitte te deorsum; añadiéndole, que los ángeles le tomarían en las palmas de sus manos para que no se hiciese daño. Pero el Señor le respondió: Está escrito en la santa Escritura: «No tentarás al Señor tu Dios». Non tentabis Dominum Deum tuum. El pecador que se abandona al pecado sin querer resistir a las tentaciones, o al menos, sin querer encomendarse a Dios para que le de el auxilio necesario para resistirlas, esperando que el Señor le librará algún día de aquel precipicio, tienta a Dios para que haga milagros, o para que use con él de una misericordia extraordinaria fuera del orden de las cosas. Dios quiere que todos los hombres se salven, cómo dice el Apóstol: Omnes homines vult salvos fieri, (I. Tim. II, 4); pero quiere también, que nos valgamos de las medidas necesarias para salir de la esclavitud del enemigo, y que obedezcamos a Dios cuando nos llama a penitencia. Los pecadores oyen a Dios cuando los llama; pero se olvidan de Él bien presto, y perseveran en sus pecados, aunque Dios no lo olvida. Porque cuenta lo mismo las gracias que nos dispensa, que los pecados que nosotros cometemos; y cuando llega el tiempo prefijado por Él, priva de sus gracias y nos castiga. Esto es lo que quiero demostrar hoy en el presente discurso, a saber: que llegando los pecados a cierto número, Dios castiga y no perdona ya. Prestadme atención.

1. Dicen muchos santos Padres, San Basilio, San Jerónimo, San Ambrosio, San Juan Crisóstomo,San Agustín y otros que así como Dios tiene determinado el número de de los días de la vida, los grados de sanidad o de talento que quiere dar a cada hombre, según dice la Escritura: Omnia in mesura et numero, et pondere disposuisti (Sap. XI, 21), así también tiene determinado el número de pecados que quiere perdonar a cada uno, cumplido el cual, ya no perdona. San Agustínañade: «Conviene que meditemos que, Dios tolera a cada uno hasta que, llenada la medida, no le queda lugar de perdón». Illud sentire nos convenit tamdiu unumquemque a Dei patientia sustineri, quo consumato, nullam illi veniam reservari. (De vita Christi cap. 3). Lo mismo escribe Eusebio de Cesárea: Deus expetat usque ad certum numerum, et postea deserit: «Dios espera hasta que llenemos cierto número, y después nos abandona. (Lib. VIII, cap. 2) . Y lo mismo afirman los Padres arriba mencionados.

2. Missit me Domine, ut mederer contritis corde. Dios está pronto a sanar a los que tienen voluntad de enmendar su vida; no puede, empero, compadecerse de los que viven obstinados en el pecado. Perdona los pecados, más no puede perdonar el propósito de pecar. Nosotros no podemos reconvenir a Dios, porque perdona cien pecados a uno, y quita la vida y condena al Infierno a otro al tercero o cuarto pecado que comete. Acerca de esto es necesario adorar los juicios divinos, y exclamar con el Apóstol: «¡Oh profundidad de los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios; cuan incomprensibles son tus juicios!» (Rom. XI, 33). El que es perdonado, -dice San Agustín-, lo es por la sola misericordia de Dios; y el que es castigado, lo es por la justicia. ¡A cuántos ha enviado Dios al Infierno por el primer pecado que cometieron! San Gregorio escribe, que un niño de cinco años, que tenía ya uso de razón, fue llevado a los Infiernos por los demonios, por haber dicho una blasfemia. A Benita de Florencia, gran sierva de Dios, reveló la Virgen María, que un muchacho de doce años se condenó por el primer pecado que cometió. Pero diréis vosotros: Yo soy joven, y hay muchachos que tienen más pecados que yo. ¿Y que se infiere de eso? ¿Está Dios obligado  a esperarte si pecas, porque eres joven? En el Evangelio de San Mateo leemos, que la primera vez que nuestro divino Salvador halló una higuera que no daba fruto, la maldijo diciendo: Numquam ex te nascatur fructus, y se secó. Es preciso temer, pues, de cometer un pecado mortal, y mucho más cuando es el primero que se comete.

3. Dios dice: Del pecado perdonado no quieras estar sin temor; ni añadas pecados a pecados: De propitiato peccato noli esse sine metu, neque adjicias peccatum super peccatum. (Eccl. V, 5). No digas, pues, pecador, así como Dios me perdonó los otros pecados, así también me perdonará éste si lo cometo. No lo digas; porque si tu añades un pecado nuevo al pecado que ya se te perdonó, debes temer que éste se una al primero, y que de este modo se complete el número y seas abandonado por Dios.  Oye como lo explica más claramente la Escritura en otro lugar:Dominus patienter expectat, ut eas cum judicii dies advenerit, in plenitudine peccatorum puniat: «El Señor sufre ahora con paciencia para castigar a las naciones el día del juicio, colmada que sea la medida de sus pecados». (II, Mach. VI, 4) Dios, pues, espera con paciencia hasta el número prefijado; cuando empero se ha llenado el número, ya no espera más y castiga. Los pecadores amontonan pecados sobre pecados sin contar el número de ellos: sin embargo, ya los cuenta Dios para castigarlos cuando se ha llenado el número.

4. De estos ejemplos hay muchos en la divina Escritura. Hablando el Señor de los Hebreos dice: «Me han tentado ya por diez veces» Ya veis como cuenta los pecados. «No verán la tierra». Veis pues, como castiga cuando se ha llenado el número: Tentaverunt me per decem vices, non videbunt terram. (Num. XIV, 22 y 23). Hablando de los Amorreos, dice en otro lugar: que difería su castigo, porque no habían llenado todavía la medida del número de sus maldades.Necdum enim completae sunt iniquitates Amorrheorum. (Gen. XV, 16). En  otro lugar tenemos el ejemplo de Saúl, que habiendo desobedecido a Dios dos veces, fue abandonado por Él: de manera, que suplicando a Samuel que intercediese con el Señor, para que le obtuviese el perdón de su pecado: Porta quaeso peccatum meum, et revertere mecum, ut adorem Deum (I. Reg XV, 25): Samuel, que sabía que estaba abandonado por el Señor, le respondió: Non revertar tecum, quia abjecisti sermonem Domini, et projecit te Dominus: «No hará tal, porque tu has desechado las palabras del señor, y el Señor te ha desechado a ti» (I. Reg. XV, 26). También está el ejmplo de Baltasar, que profanó los vasos del templo comiendo con sus mujeres, y vió aquella mano prodigiosa que escribió en la pared: Mane, Thecel, Phares. Vino Daniel, y habiéndole suplicado que explicara el contenido de estas palabras, dijo al rey, explicando la palabra Thecel: «Has sido pesado en la balanza, y has sido hallado falso»: Appensus es in statera, et inventus es minus habens (Dan. V, 7). Dándole con esta explicación a entender, que el peso de sus pecados había inclinado la balanza de la justicia divina; y con efecto, Baltasar, rey de los Caldeos, fue muerto aquella misma noche. ¿A cuántos desgraciados sucede lo mismo? Ellos siguen ofendiendo a Dios; más, cuando sus pecados llegan al número determinado, los asalta la muerte, y los merge en el Infierno: «Pasan en delicia los días de su vida, y en un momento bajan al sepulcro»: Ducunt in bonis dies suos, et in puncto ad inferna descendunt. (Job. XXI, 13). Temed, hermanos míos, no os mande Dios al Infierno, si cometéis un pecado mortal más.

5. Si Dios castigara inmediatamente que el hombre le ofende, no se vería tan despreciado como se ve. Y porque no lo hace así, movido de su misericordia nos espera, y retarda el castigo, se llenan los pecadores de orgullo y siguen ofendiéndole. Los hijos de los hombres, dice el Eclesiastés, viendo que no se pronuncia luego la sentencia de los malos, cometen la maldad sin temor alguno. Debemos empero persuadirnos, que Dios espera y sufre; más no espera y sufre siempre. Siguiendo Sansón tratando con Dálila, esperaba librarse de las asechanzas de los Filisteos, como lo había hecho otras veces; pero esta vez fue preso por ellos y le quitaron la vida.No digas, -advierte el Señor- «yo pequé»; ¿y que mal me ha venido por eso? Porque el Altísimo, aunque paciente y sufrido da el pago merecido. Ne dixeris, peccavi, et quid accidit mihi triste>? Altissimus enim est patiens redditor. (Eccl. V, 4). Dios tiene paciencia hasta cierto término, pasado el cual, castiga los mayores pecados y los últimos; y cuanto mayor haya sido la paciencia de Dios, tanto mayor será su castigo.

6. Por eso dice el Crisóstomo, que más debemos temer a Dios cuando tolera, que cuando castiga inmediatamente. Y ¿porque? Porque como dice San Gregorio, aquellos con quienes Dios usa de más misericordia, son castigados con mucho mayor rigor si abusan de ella. Quos diutius expectat (Deus) durius damnat. Y añade el Santo: que estos tales frecuentemente son castigados por Dios con una muerte repentina, y no tienen tiempo de arrepentirse: Sæpe quidiu tolerati sunt, subila morte rapiuntur ut nec flere ante mortem, liecat. Y cuanto mayor es la luz que el Señor comunica a algunos para que se enmienden, tanto mayor es su obcecación y pertinacia en el pecado. San Pedro, en su Epístola segunda, escribió: Mejor les fuera a los pecadores no haber conocido el camino de la justicia, que no después de conocido volver atrás:Melius enim erat illi non cognoscere viam justiciae quam post agnitionem retrorsum converti.(II. Cetr. II, 21) ¡Ay de aquellos pecadores, que tornan al vómito después de haber visto la luz! porque, dice San Pablo, es moralmente imposible, que sean renovados por la penitencia:Impossible est enim eos, qui semel illuminati sunt, gustaveunt etiam donum cæleste… et prolapsi sunt, rursus renovarri ad pænitentiam (Hebr. VI, 4 y 6).

7. Oye, pues, oh pecador, lo que te dice Dios: Fili, peccasti? non adjicias iterum; sed et de pristinis deprecare ut tibi dimittantur. Hijo, ¿has pecado? pues no vuelvas a pecar. Antes bien haz oración por las culpas pasadas, a fin de que te sean perdonadas. (Eccl. XXI, 1). De otra suerte puede muy bien suceder, que si cometes otro pecado mortal, se cierre para ti la para ti la puerta de las divinas misericordias, y quedes perdido para siempre. Así, hermanos míos, cuando el enemigo os tiente, incitándoos a cometer otro pecado, decid en vuestro interior: Y si Dios no me perdonase más, ¿cuál sería mi suerte por toda la eternidad? Pero si el demonio os dice: No temáis, Dios es misericordioso; respondedle al instante: ¿Y que seguridad tengo yo de que Dios usará de misericordia conmigo y me perdonará, si vuelvo a pecar? Oid la amenaza que hace el Señor a los que desprecian sus divinos consejos: Quia vocavi et renuistis… ego quoque in interitu vestro ridedo et subsannabo vos: «Ya que estuve yo llamando, y vosotros no me respondisteis… Yo también miraré con risa vuestra perdición, y me mofaré de vosotros». (Prov. 1, XXIV y XXVI). Observad estas dos palabras: «Yo también»; esto es, que asi como vosotros os habéis burlado de Dios, confesando vuestros pecados, prometiendo la enmienda, y volviendo a pecar de nuevo, así Dios se burlará de vosotros a la hora de la muerte.El Señor no sufre que nadie se burle de Él: Deus non irridetur (Gal. VI, 7). Y el Sabio dice: que como el perro que vuelve a lo que ha vomitado, así obra el imprudente que recae en su necedad: Sicut canis, qui rivertitur ad vomitam suum, sic imprudens qui iterat stultitam suam(Prov. XXVI, 11). Dionisio Cartusiano explica muy bien este texto, diciendo: que así como es abominable y repugnante es el perro que come lo inmundo que acaba de vomitar, del mismo modo es abominable a los ojos de Dios, el pecador que reincide en las mismas culpas que detestara al tiempo de confesarlas: Sicut id, quot per vomitum est rejectum, resumere est valde abominabile ac turpe, sic peccata deleta reiterari.

8. Pero, ¡cosa admirable! Si compráis una casa tomáis todas las precauciones necesarias para asegurar su posesión, y no perder el dinero que os costó: si tomáis una medicina, procuráis aseguraros de que ella no os haga daño: si pasáis un rio, procuráis no caer dentro de él: y por una satisfacción momentánea, por un desahogo de venganza, por un placer bestial, que termina al punto que empieza, arriesgáis la salvación eterna, diciendo “después lo confesaré”. Y cuando lo confesaréis, os pregunto yo? Mañana, me responderéis. ¿Y quién os asegura que llegaréis a mañana, y que no os quitará la vida mientras estáis pecando, como ha sucedido a tantos? ¿Os creéis seguros un día -dice San Agustín-, cuando no lo estáis de vivir una hora? ¿Cómo dices, pues, mañana me confesaré? Oye lo que dice San Gregorio: «El que prometió perdón al penitente, no prometió el día de mañana al pecador». (Homil. 12, in Evang.) Dios ha prometido el perdón al que se arrepiente; pero no ha prometido esperar hasta mañana al que le ofende. Quizá el Señor os concederá tiempo de penitencia, y quizá os lo negará. Pero si os lo niega, ¿cuál será la suerte de vuestra alma? Entre tanto os ponéis os ponéis en peligro de perderla por un vil gusto, y de condenaros para siempre.

9. ¿Te expondrías tú, hermano mío, a perder por un gusto del momento, dinero, casa, poder y libertad? No. Pues ¿cómo te expones a perder el alma, el Paraíso y a Dios, por un instantáneo placer? Dime; crees que es verdad de fe, que hay Gloria, Infierno y Eternidad? ¿Crees que te condenarás para siempre, si te sorprende la muerte estando en pecado mortal? ¿Y no es una temeridad, no es una locura propia de un necio, querer condenarse a una eternidad de penas, diciendo: “Espero enmendarme después”. San Agustín dice: Nemo sub spe salutis vult ægrotare; «ninguno quiere enfermar con la esperanza que después recobrará la salud». No hay necio que trague un veneno, y diga: después tomaré el contraveneno y me curaré. ¿Cómo, pues, quieres tú condenarte al Infierno, con la esperanza que te librarás después de él. ¡Oh necedad, que ha llevado y lleva tantas almas al Infierno! Según la amenaza de Dios que dice: Tú te has tenido por seguro en tu malicia… caerá sobre ti la desgracia, y no sabrás de donde nace (Isa. XLVII, 10 y 11). Has pecado, confiando temerariamente en la divina misericordia, tu verás presto el castigo, sin acertar de donde viene. ¿Qué dices ahora pecador? ¿Qué terminas hacer? Si este discurso no te mueve a hacer una firme resolución a Dios, tu eres ya condenado para siempre sin remedio. Tu frialdad acerca de tu salvación y tu apego al pecado, me hacen creer que Dios ha comenzado a abandonarte, según aquellas palabras de la Escritura: Quia tepidus es, incipiam te evomere (Apoc. III, 16) «Por cuanto eres tibio, estoy para vomitarte»; como si dijera: comenzaré a desahuciarte y abandonarte a tí mismo: no te daré los auxilios espirituales que necesitas para salir de este triste estado en que te hallas, porque has ya llenado la medida de los pecados que yo me había propuesto a perdonarte.


San Alfonso María de Ligorio, visto en Ecce Christianvs, 08-Mar-2014.

lunes, 2 de diciembre de 2013

jueves, 22 de agosto de 2013

22 de Agosto: Fiesta del Corazón Inmaculado de María.


“Entonces nosotros debemos mantenernos firmes en nuestras posiciones. Por nuestra fe debemos aceptar todas las afrentas: que nos desprecien, que nos excomulguen, que nos golpeen, que nos persigan. Quizá mañana los poderes civiles nos perseguirán. No se excluye. ¿Por qué? Porque aquellos que destruyen la Iglesia hoy, hacen la obra de la masonería. Es la masonería quien manda en todas partes.
Entonces si la masonería se da cuenta que somos una fuerza que puede poner en peligro sus proyectos, en ese momento los gobiernos nos perseguirán. Entonces iremos a las catacumbas, iremos no importa donde, pero continuaremos creyendo. No abandonaremos nuestra fe. No seremos los primeros. Pero por lo menos sabremos darle a Nuestro Señor el honor, el honor de ser sus fieles, de no abandonarlo, de no traicionarlo.
Esto es lo que debemos hacer. No pedimos más que ser firmes. Y pedirle a la Santísima Virgen en este día el no tener otro amor en nuestro corazón que Nuestro Señor Jesucristo. Él es Dios. Él es Salvador. Él es el Sacerdote eterno. Él es el Rey de todo y lo es en el Cielo. No hay otro Rey que Nuestro Señor Jesucristo en el Cielo. Él es quien hace la felicidad de todos los elegidos, de todos los Ángeles, de su Santa Madre, de San José. ¡Pues bien! Nosotros queremos participar también en este honor, en esta gloria, en este amor de Nuestro Señor Jesucristo. Nosotros no conocemos más que a Él, y no queremos conocer más que a Él”.


Monseñor Marcel Lefebvre, Ecône, el 22 agosto 1976, Fiesta del Corazón Inmaculado de María. Visto en Exurge Domine.

sábado, 2 de marzo de 2013

San Leonardo de Porto-Maurizio: “El pequeño número de los que se salvan”.


San Leonardo de Porto-Maurizio en una de sus prédicas.

San Leonardo de Puerto Mauricio fue un fraile franciscano muy santo que vivió en el monasterio de San Buenaventura en Roma. Fue uno de los más grandes misioneros en la historia de la Iglesia. Él solía predicar a miles de personas en las plazas de cada ciudad y pueblo donde las iglesias no podían albergar a sus oyentes. Tan brillante y santa era su elocuencia que una vez cuando realizo una misión de dos semanas en Roma, el Papa y el Colegio de los Cardenales fueron a oírle. La Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen, la adoración del Santísimo Sacramento y la veneración del Sagrado Corazón de Jesús eran sus cruzadas. No fue en pequeña medida responsable de la definición de la Inmaculada Concepción hecha poco más de cien años después de su muerte. También nos dio las alabanzas divinas, que se dicen al final de la bendición. Pero el trabajo más famoso de San Leonardo fue su devoción a las Estaciones de la Cruz. Tuvo una muerte santa a sus setenta y cinco años, después de veinticuatro años de predicación sin interrupciones.
Uno de los sermones más famosos de San Leonardo de Puerto Mauricio fue “el pequeño número de los que se salvan”. Fue el único que se basó en la conversión de grandes pecadores. Este sermón, al igual que sus otros escritos, se sometió a examinación canónica durante el proceso de canonización. En él se examinan los diferentes estados de vida de los cristianos, y concluye con el pequeño número de los que se salvan, en relación con la totalidad de los hombres. El lector que medite sobre este notable texto. Aproveche la solidez de su argumentación, que le ha valido la aprobación de la Iglesia. Aquí está el vibrante y conmovedor sermón de este gran misionero. 

Introducción:

Gracias a Dios, el número de los discípulos del Redentor no es tan pequeño como para que la maldad de los escribas y fariseos sea capaz de triunfar sobre ellos. Aunque se esforzaron por calumniar su inocencia y engañar a la gente con sus sofismas traicioneros para desacreditar a la doctrina y el carácter de Nuestro Señor, buscando puntos, incluso en el sol, muchos todavía lo reconocieron como el verdadero Mesías, y, sin miedo ni de castigos o de amenazas, abiertamente se unieron a su causa. ¿Todos los que siguieron a Cristo, lo siguieron hasta la gloria? ¡Ah, aquí es donde yo venero el misterio profundo y adoro en silencio los abismos de los decretos divinos, en lugar de decidir sobre este punto tan grande! El tema que estaré tratando hoy es muy grave, ha causado que incluso los pilares de la Iglesia tiemblen, ha llenado a los más grandes santos de terror y poblado los desiertos de anacoretas. El objetivo de esta instrucción es decidir si el número de cristianos que se salvan es mayor o menor al número de cristianos que son condenados, y espero que esto pueda producir en ustedes un temor saludable acerca de los juicios de Dios.
Hermanos, por el amor que tengo por ustedes, me gustaría ser capaz de asegurarles a cada uno de ustedes, con la perspectiva de la felicidad eterna diciendo: Es seguro que iras al paraíso, el mayor número de cristianos se salva, por lo que también tú te salvarás. Pero, ¿cómo puedo darles esta dulce garantía si se rebelan contra los decretos de Dios como si fueran sus peores enemigos? Veo en Dios un deseo sincero de salvarlos, pero encuentro en ustedes una inclinación decidida a ser condenados. Entonces, ¿qué voy a hacer hoy si hablo con claridad? Yo seré desagradable para ustedes. Pero si yo no hablo, voy a ser desagradable para Dios.
Por lo tanto, voy a dividir este tema en dos puntos. En el primero, para llenarlos de terror, voy a dejar que los teólogos y los Padres de la Iglesia decidan sobre esta cuestión y declaren que el mayor número de los cristianos adultos son condenados, y, en adoración silenciosa de este terrible misterio, voy a mantener mis sentimientos para mí mismo. En el segundo punto, trataré de defender la bondad de Dios contra los impíos, al demostrarles que los que son condenados están condenados por su propia malicia,  porque querían ser condenados.  Entonces, aquí hay dos verdades muy importantes. Si la primera verdad les asusta, no se pongan en contra mía, como si yo quisiera hacer el camino hacia el cielo más estrecho para ustedes,porque quiero ser neutral en este asunto, sino pónganse contra los teólogos y los Padres de la Iglesia, quienes grabarán esta verdad en sus corazones por la fuerza de la razón. Si ustedes están desilusionados por la segunda verdad, den gracias a Dios por esta, porque Él sólo quiere una cosa: que le den sus corazones totalmente a Él. Por último, si me obligan a decir claramente lo que pienso, lo voy a hacer para su consuelo.

La enseñanza de los Padres de la Iglesia:

No es vana curiosidad, pero una precaución saludable proclamar desde lo alto del púlpito ciertas verdades que sirven maravillosamente para contener las indolencias de los libertinos, que siempre están hablando de la misericordia de Dios y de lo fácil que es convertir, que viven sumidos en toda clase de pecados y se quedan profundamente dormidos en el camino al infierno. Para su desilusión y para despertarlos de su letargo, hoy vamos a examinar esta gran pregunta: ¿Es el número de cristianos que se salva mayor que el número de cristianos que se condena?
Almas piadosas, pueden irse; este sermón no es para ustedes. Su único objetivo es contener el orgullo de los libertinos que echan el santo temor de Dios fuera de su corazón y unen sus fuerzas con las del diablo que, según el sentimiento de Eusebio, condenan a las almas, asegurándolas. Para resolver esta duda, vamos a poner a los Padres de la Iglesia, tanto griegos como latinos, por un lado; por el otro, los teólogos más sabios e historiadores eruditos, y dejemos la Biblia en el centro para que todos la vean. Ahora, no escuchen lo que yo voy a decir - que ya he dicho que yo no quiero hablar por mí mismo o decidir sobre la materia -, sino escuchen lo que estas grandes mentes quieren decirles, ellos que son faros en la Iglesia de Dios para dar luz a los demás para que no se pierdan el camino al cielo. De esta manera, guiados por la triple luz de la fe, la autoridad y la razón, vamos a ser capaces de resolver este grave asunto con certeza.
Nótese que no se trata aquí de la raza humana en su conjunto, ni de todos los católicos sin distinción, pero sólo de los católicos adultos, que tienen libertad de elección y por tanto son capaces de cooperar en el gran asunto de su salvación. Primero vamos a consultar a los teólogos reconocidos para examinar las cosas con más cuidado y no exagerar en su enseñanza: vamos a escuchar a dos cardenales sabios, Cayetano y Belarmino. Ellos enseñan que el mayor número de adultos cristianos son condenados, y si yo tuviera el tiempo para señalar las razones en las que se basan, estarían convencidos de esto ustedes mismos. Pero me limitaré aquí a citar a Suárez. Después de consultar a todos los teólogos y de hacer un estudio diligente del asunto, él escribió, “El sentimiento más común que se tiene es que, entre los cristianos, hay más almas condenadas que almas predestinadas”.
Añadan la autoridad de los padres griegos y latinos a la de los teólogos, y ustedes encontrarán que casi todos dicen lo mismo. Este es el sentimiento de San Teodoro, San Basilio, san Efrén y san Juan Crisóstomo. Es más, según Baronio era una opinión común entre los padres griegos que esta verdad fue expresamente revelada a San Simeón Estilita y que este, después de esta revelación, para asegurar su salvación decidió vivir en lo alto de un pilar durante cuarenta años, expuesto a la intemperie, un modelo de penitencia y de santidad para todos. Ahora vamos a consultar a los Padres latinos. Ustedes escucharán a San Gregorio diciendo claramente: “Muchos alcanzan la fe, pero pocos hasta el reino celestial”. San Anselmo declara: “Hay pocos que se salvan”. San Agustín afirma aún más claramente: “Por lo tanto, pocos se salvan en comparación con aquellos que son condenados”. El más terrible, sin embargo, es San Jerónimo. Al final de su vida, en presencia de sus discípulos, dijo estas terribles palabras: “Fuera de cien mil personas cuyas vidas han sido siempre malas, se encuentra apenas una que es digna de indulgencia”.

Las palabras de la Sagrada Escritura:

Pero ¿por qué buscar las opiniones de los Padres y teólogos, cuando la Sagrada Escritura resuelve la cuestión con tanta claridad? Busquen en el Antiguo y Nuevo Testamento, y ustedes encontrarán una multitud de figuras, símbolos y palabras que señalan claramente esta verdad: muy pocos se salvan. En el tiempo de Noé, la raza humana entera quedó sumergida por el Diluvio, y sólo ocho personas fueron salvadas en el Arca. San Pedro dice: “Esta arca, es la figura de la Iglesia”, mientras que San Agustín, añade, “y las ocho personas que se salvaron significa que se salvan muy pocos cristianos, porque son muy pocos los que sinceramente renuncian al mundo, y los que renuncian al mundo sólo con palabras no pertenecen al misterio que representa esta arca”. La Biblia también nos dice que sólo dos hebreos de cada dos millones entraron en la Tierra Prometida después de salir de Egipto, y que sólo cuatro escaparon al fuego de Sodoma y de las otras ciudades que se incendiaron y perecieron con esta. Todo esto significa que el número de los condenados que serán arrojados al fuego como la paja es mucho mayor que la de los salvados, que el Padre celestial un día reunirá en sus graneros, como trigo precioso.
No acabaría si yo tuviera que señalar todas las figuras, por las que la Sagrada Escritura confirma esta verdad, vamos a contentarnos con escuchar el oráculo viviente de la Sabiduría encarnada. ¿Qué respondió nuestro Señor a aquel hombre curioso en el Evangelio que le preguntó: “Señor, ¿son pocos los que se salvan?” ¿Guardó silencio? ¿Respondió con dificultad? ¿Oculto su pensamiento por temor a asustar a la gente? No. Interrogado por uno solo, se dirige a todos los presentes. Y les dice: “¿Ustedes me preguntan si sólo unos pocos se salvan? He aquí mi respuesta: Esforzaos por entrar por la puerta angosta, porque muchos, os digo, tratarán de entrar y no podrán”. ¿Quién habla aquí? Es el Hijo de Dios, la Verdad Eterna, que en otra ocasión, dice aún más claro: “Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos”. Él no dice que llama a todos y que, de todos los hombres, pocos son los elegidos, pero que muchos son los llamados, lo que significa, como San Gregorio explica que, de todos los hombres, muchos son los llamados a la verdadera religión, pero pocos de ellos se salvan. Hermanos, estas son las palabras de Nuestro Señor Jesucristo. ¿Son claras? Son verdaderas. Díganme ahora si es posible que ustedes tengan fe en su corazón y no tiemblen.

La salvación en los diferentes Estados de Vida:

Pero, ¡Ah!, veo que al hablar de esta manera a todos en general, me salgo de mi punto. Así que vamos a aplicar esta verdad a varios estados, y ustedes comprenderán que deben tirar la razón, la experiencia y el sentido común de los fieles, o sino, confesar que el mayor número de católicos es condenado. ¿Hay algún estado en el mundo más favorable a la inocencia en la que la salvación parece más fácil y del cual la gente tiene una idea más elevada que la de los sacerdotes, los lugartenientes de Dios? A primera vista, quién no creería que la mayoría de ellos no sólo son buenos pero aún perfectos, sin embargo, estoy horrorizado cuando escucho a San Jerónimo declarar que aunque el mundo está lleno de sacerdotes, apenas uno de cada cien está viviendo en una manera conforme con su estado, cuando oigo a un siervo de Dios diciendo que ha aprendido por revelación que el número de sacerdotes que caen en el infierno cada día es tan grande que le parece imposible que quede alguno en la tierra, cuando oigo a San Juan Crisóstomo exclamando con lágrimas en los ojos, “no creo que se salvan muchos sacerdotes, yo creo lo contrario, que el número de los que son condenados es mayor”.
Mira aún más alto, y mira a los prelados de la Santa Iglesia, los pastores que tienen a cargo las almas. ¿Es el número de los que se salvan entre ellos mayor que el número de los que son condenados? Escuchen a Cantimpré; él les dirá un evento a ustedes, y ustedes podrán sacar las conclusiones. Hubo un sínodo que se celebró en París, y un gran número de obispos y pastores que tenían a cargo las almas estuvieron presentes: el rey y los príncipes también fueron a añadir lustre a esta asamblea con su presencia. Un famoso predicador fue invitado a predicar. Mientras estaba preparando su sermón, un horrible demonio se le apareció y le dijo: “Pon tus libros a un lado. Si quieres dar un sermón que será útil para los príncipes y prelados, alégrate con decirles esto de nuestra parte: Nosotros los príncipes de las tinieblas les agradecemos, príncipes, prelados y pastores de almas, que, debido a su negligencia, la mayor parte de los fieles son condenados, además, estamos guardando una recompensa para ustedes por este favor, cuando ustedes estén con nosotros en el infierno”.
¡Ay de vosotros que mandan a otros! Si tantos son condenados por vuestra culpa, ¿qué va a pasar con ustedes? Si pocos de los que son primeros en la Iglesia de Dios se salvan, que va a pasar con ustedes? Tomemos todos los estados, ambos sexos, todas las condiciones: maridos, esposas, viudas, mujeres jóvenes, hombres jóvenes, soldados, comerciantes, artesanos, pobres y ricos, nobles y plebeyos. ¿Qué podemos decir acerca de todas estas personas que están viviendo tan mal? El siguiente relato de San Vicente Ferrer les mostrará lo que ustedes pueden pensar de ello. Relata que un archidiácono en Lyon renunció a su cargo y se retiró a un lugar desierto para hacer penitencia, y que murió al mismo día y hora que San Bernardo. Después de su muerte, se apareció a su obispo y le dijo: “Sabe, Monseñor, en el mismo momento que morí, treinta y tres mil personas también murieron. De esta cifra, Bernardo y yo fuimos al cielo sin demora, tres se fueron al purgatorio, y todos los demás cayeron en el infierno”. Nuestras crónicas relatan un suceso aún más terrible. Uno de nuestros hermanos, bien conocido por su doctrina y santidad, estaba predicando en Alemania. Representó a la fealdad del pecado de impureza tan fuertemente que una mujer cayó muerta de tristeza en frente de todos. Entonces, volviendo a la vida, dijo, “Cuando me presente ante el Tribunal de Dios, sesenta mil personas llegaron al mismo tiempo de todas partes del mundo, de este número, tres fueron salvadas al ir al purgatorio, y el resto fueron condenadas”.
¡Oh abismo de los juicios de Dios! ¡Fuera de treinta mil, sólo cinco se salvaron! ¡Y fuera de sesenta mil, sólo tres se fueron al cielo! Ustedes pecadores que me están escuchando, ¿en qué categoría van a ser numerados?... ¿Qué dicen?... ¿Qué piensan?...
Veo a casi todos ustedes bajar la cabeza, llenos de asombro y horror. Pero vamos a poner nuestro estupor a un lado, y en lugar de halagarnos a nosotros mismos, vamos a tratar de sacar algún provecho de nuestro miedo. ¿No es cierto que hay dos caminos que conducen al cielo: la inocencia y el arrepentimiento? Ahora, si les muestro que muy pocos toman uno de estos dos caminos, como personas racionales llegaran a la conclusión de que muy pocos se salvan. Y para hablar de las pruebas: en qué edad, empleo o condición van a encontrar que el número de los malos no es cien veces mayor que el de los buenos, sobre los cuales se podría decir, “Los buenos son tan raros y los malvados son tan grande en número”. Se podría decir de nuestro tiempo lo que Salviano, dijo del suyo: es más fácil encontrar una innumerable multitud de pecadores, inmersos en toda clase de iniquidades que a unos pocos hombres inocentes. ¿Cuantos servidores son totalmente honestos y fieles en sus funciones? ¿Cuantos comerciantes son justos y equitativos en su comercio?, ¿cuantos artesanos exactos y veraces, cuantos vendedores desinteresados y sinceros? ¿Cuántos hombres de la ley no abandonan la equidad? ¿Cuántos soldados no pisan al inocente?, ¿cuántos maestros no retienen injustamente el salario de quienes les sirven, o no tratan de dominar a sus inferiores? En todas partes, los buenos son raros y los malos en gran número. ¿Quién no sabe que hoy en día hay tanto libertinaje entre los hombres maduros, libertad entre las jóvenes, vanidad en las mujeres, libertinaje en la nobleza, corrupción en la clase media, disolución en el pueblo, descaro entre los pobres?, que uno podría decir lo que David dijo de su época: “Todos por igual se han ido por mal camino... no hay ni siquiera uno que haga el bien, ni siquiera uno”.
Vayan a la calle y la plaza, al palacio y la casa, a la ciudad y al campo, al tribunal y al tribunal de la ley, e incluso al templo de Dios. ¿Dónde se encuentra la virtud? “¡Ay!” grita Salviano, “salvo por un número muy pequeño que huye del mal, ¿qué es la asamblea de los cristianos si no un sumidero de vicio?” Todo lo que podemos encontrar en todas partes es el egoísmo, la ambición, la gula y el lujo. ¿No está la mayor proporción de hombres contaminados por el vicio de la impureza, y no esta San Juan correcto al decir: “El mundo entero - si se puede decir así- se encuentra asentado en la maldad”. Yo no soy el que digo esto, la razón nos obliga a creer que de aquellos que viven tan mal, muy pocos se salvan.
Pero ustedes dirán: ¿Puede la penitencia reparar la pérdida de la inocencia? Eso es cierto, lo admito. Pero también sé que la penitencia es muy difícil en la práctica; hemos perdido la costumbre de manera tan completa, y es tan maltratada por los pecadores, que esto sólo debería ser suficiente para convencerlos de que muy pocos son salvados por este camino. ¡Oh, cuan empinada, estrecha y espinosa, horrible de ver y difícil de escalar que es! Dondequiera que miremos, vemos rastros de sangre y cosas que atraen tristes recuerdos. Muchos se debilitan a la vista de ella. Muchos pierden desde el principio. Muchos caen de cansancio en el medio, y muchos pierden miserablemente al final. ¡Y cuán pocos son los que perseveran en ella hasta la muerte! San Ambrosio dice que es más fácil encontrar hombres que han mantenido su inocencia que encontrar hombres que han hecho penitencia apropiada.
Si se considera el sacramento de la penitencia, ¡hay tantas confesiones distorsionadas, tantas excusas estudiadas, tantos arrepentimientos engañosos, tantas falsas promesas, tantas resoluciones inútiles, tantas absoluciones inválidas! ¿Se considera como válida la confesión de alguien que se acusa de pecados de impureza y todavía se aferra a la ocasión de ellos? ¿O alguien que se acusa de injusticias evidentes, sin la intención de hacer cualquier reparación que sea por ellas? O alguien que cae de nuevo en las mismas iniquidades después de ir a la confesión? ¡Oh, los horribles abusos de tan gran sacramento! Uno confiesa para evitar la excomunión, otro para hacer una reputación como penitente. Uno se libera de sus pecados para calmar sus remordimientos, otro los oculta por vergüenza. Uno los acusa imperfectamente por malicia, otro lo hace por costumbre. Uno no tiene el verdadero fin del sacramento en la mente, a otro le falta la pena necesaria, y a otro más firme propósito. Pobres confesores, ¿qué esfuerzos hacen para atraer al mayor número de penitentes a estas resoluciones y actos, sin que la confesión sea un sacrilegio, la absolución una condena y la penitencia una ilusión?
¿Dónde están ahora, los que creen que el número de los salvados entre los cristianos es mayor que la de los condenados y quienes, para autorizar su opinión, razonan de esta manera: la mayor parte de los adultos católicos mueren en sus camas, armados con los sacramentos de la Iglesia, entonces, la mayoría de los católicos adultos se salvan? ¡Ah, qué buen razonamiento! Ustedes deben decir exactamente lo contrario. La mayoría de los adultos católicos se confiesan mal en la muerte, por lo tanto la mayoría de ellos están condenados. Digo “en todo es más seguro”, porque, para una persona moribunda que no se ha confesado bien cuando se encontraba en buen estado de salud, será aún más difícil hacerlo cuando este en cama con el corazón pesado, una cabeza inestable, una mente confusa; cuando se opone en muchos aspectos aún por los seres vivos, y, sobre todo por los demonios que buscan todos los medios para echarlo al infierno. Ahora, si se añade a todos estos falsos penitentes todos los otros pecadores que mueren de forma inesperada en el pecado, debido a la ignorancia de los médicos o por culpa de sus familiares, que mueren por envenenamiento o al ser enterrados en los terremotos, o en un accidente cerebrovascular, o en una caída, o en el campo de batalla, en una pelea, en una trampa, alcanzado por un rayo, quemados o ahogados, ¿No sois obligados a concluir que la mayoría de adultos cristianos están condenados? Ese es el razonamiento de San Juan Crisóstomo. Este santo, dice que la mayoría de los cristianos están caminando en el camino al infierno a lo largo de su vida. ¿Por qué, entonces, están tan sorprendidos de que la mayor parte va al infierno? Para llegar a una puerta, ustedes deben tomar el camino que conduce allí. ¿Qué tienen que responder a esta poderosa razón?
La respuesta, ustedes me dirán, es que la misericordia de Dios es grande. Sí, para los que le temen, dice el profeta, pero grande es su justicia para los que no le temen, y condena a todos los pecadores obstinados.
Así que me dirán: Bueno, entonces, ¿para quién es el paraíso, si no es para los cristianos? Es para los cristianos, por supuesto, pero para aquellos que no deshonran a su carácter y que viven como cristianos. Además, si al número de adultos cristianos que mueren en gracia de Dios, se añade el de innumerables niños que mueren después del bautismo y antes de llegar a la edad de la razón, no se sorprenderán de que San Juan Apóstol, hablando de los que se salvan, diga, “vi una gran multitud que nadie podía contar”.
Y esto es lo que engaña a los que pretenden que el número de los salvados entre los católicos es mayor que el de los condenados ... Si a ese número, se añade el de los adultos que han mantenido el manto de la inocencia, o que después de haberse manchado, se han lavado en las lágrimas de la penitencia, es cierto que se salva un mayor número, y que explica las palabras de San Juan, “Yo vi una gran multitud”, y estas otras palabras de nuestro Señor, “muchos vendrán de oriente y de occidente, y harán fiesta con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos”, y las otras figuras que suelen citarse a favor de esa opinión. Pero si estamos hablando de los cristianos adultos, la experiencia, la razón, la autoridad, la propiedad y la Escritura están de acuerdo en aprobar que el mayor número sea condenado. No creas que por esto, el paraíso está vacío, por el contrario, es un reino muy poblado. Y si los condenados son “tan numerosos como la arena en el mar”, los salvados son “tan numerosos como las estrellas del cielo”, es decir, tanto el uno como el otro son innumerables, aunque en proporciones muy diferentes.
Un día San Juan Crisóstomo, predicando en la catedral de Constantinopla, y teniendo en cuenta estas proporciones, no podía dejar de temblar de horror y preguntar: “Fuera de este gran número de personas, ¿cuántos creen que van a ser salvos?” Y sin esperar una respuesta, añadió, “entre tantos miles de personas, no encontraríamos un centenar que se salvasen, e incluso dudo de los cien”. ¡Qué cosa tan horrible! El gran santo cree que de tantas personas, apenas cien se salvarían, y aun peor, no estaba seguro de esa cifra. ¿Qué les pasará a ustedes que me están escuchando? ¡Dios mío, no puedo pensar en esto sin estremecerme! Hermanos, el problema de la salvación es una cosa muy difícil, pues de acuerdo a las máximas de los teólogos, cuando un fin exige grandes esfuerzos, sólo unos pocos logran alcanzarlo.
Por eso, Santo Tomás, el Doctor Angelical, después de pesar todas las razones a favor y en contra, en su inmensa erudición, finalmente llegó a la conclusión de que el mayor número de católicos adultos son condenados. Él dice, “Debido a que la belleza eterna sobrepasa al estado natural, sobre todo porque ha sido privado de la gracia original, es un pequeño número el que se salva”.
Entonces, quítense las vendas de los ojos que los ciega con el amor propio, que les impide creer una verdad tan obvia dándoles ideas muy falsas sobre la justicia de Dios, “Padre Justo, el mundo no te ha conocido”, dijo Nuestro Señor Jesucristo. Él no dice “Padre Todopoderoso, bondadoso y misericordioso”. Dice “Padre Justo”, por lo que podemos entender que, de todos los atributos de Dios, ninguno es más conocido que su justicia, porque los hombres se niegan a creer lo que tienen miedo a sufrir. Por lo tanto, quítense las vendas que cubren sus ojos y digan entre lágrimas: ¡Ay! ¡El mayor número de católicos, el mayor número de personas que viven aquí, incluso los que están en esta Asamblea, se condenará! ¿Qué tema podría ser más merecedor de sus lágrimas?
El rey Jerjes, de pie sobre una colina, mirando a su ejército de cien mil soldados en la batalla, y considerando que de todos ellos no habría un solo hombre vivo en cien años, no pudo contener las lágrimas. ¿No tenemos más razón para llorar con el pensamiento de que, de tantos católicos, el mayor número será condenado? Acaso este pensamiento no hará a nuestros ojos derramar ríos de lágrimas, o al menos producir en nuestro corazón el sentimiento de compasión que sintió un hermano agustino, Ven. Marcello de Santo Domingo? Un día, mientras estaba meditando sobre el dolor eterno, el Señor le mostró cuántas almas se van al infierno en ese momento y le hizo ver un camino muy amplio en el que veintidós mil reprobados fueron corriendo hacia el abismo, que chocaban entre sí. El siervo de Dios se quedó estupefacto ante la vista y exclamó: “¡Oh, qué número! ¡Qué número! Y aún hay más en camino. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Qué locura!” Déjenme repetir con Jeremías: “¿Quién va a dar agua a mi cabeza, y una fuente de lágrimas a mis ojos? Y voy a llorar día y noche por los muertos de la hija de mi pueblo”.
¡Pobres almas! ¿Cómo se puede correr tan de prisa hacia el infierno? Por amor a la piedad paren y escúchenme un momento. O entienden lo que significa ser salvados y ser condenados por toda la eternidad, o no. Si ustedes entienden y, a pesar de eso, no deciden cambiar su vida hoy en día, hacer una buena confesión y pisotear al mundo, en una palabra, hacen todo esfuerzo para ser contados entre el número pequeño de los que se salvan, Yo digo que no tienen la fe. Ustedes son más excusables si no lo entienden, porque si no hay que decir que están dementes. Para ser salvados por toda la eternidad, para ser condenados por toda la eternidad, y no hacer sus máximos esfuerzos para evitar una, y asegurarse de la otra, es algo inconcebible.

La Bondad de Dios:

Tal vez ustedes todavía no creen en la terrible verdad que acabo de enseñar. Pero son la mayoría de los teólogos altamente considerados, los Padres más ilustres que han hablado a través de mí. Entonces, ¿cómo se pueden resistir a razones con el apoyo de tantos ejemplos y las palabras de la Escritura? Si ustedes aún no se deciden, a pesar de esto, y si sus mentes se inclinan a la opinión contraria, ¿esta consideración no basta para hacerlos temblar? Ah, ¡esto muestra que no les importa mucho su salvación! En esta importante cuestión, un hombre sensato es golpeado con más fuerza por la menor duda de que corre el riesgo, por la evidencia de la ruina total en asuntos en que el alma está implicada. Uno de nuestros hermanos, Giles de Asís, tenía la costumbre de decir que si un solo hombre iba a ser condenado, el haría todo lo posible para asegurarse de que no fuera ese hombre.
Entonces, ¿qué debemos hacer, nosotros los que sabemos que la mayor parte va a ser condenada, y no sólo de todos los católicos? ¿Qué debemos hacer? Tomar la resolución de pertenecer al pequeño número de los que se salvan. Alguno dirá: Si Cristo quería maldecirme, ¿por qué me ha creado? ¡Silencio, lengua precipitada! Dios no creó a nadie para condenarlo, pero el que está condenado, está condenado porque él quiere estarlo. Por lo tanto, voy a tratar de defender la bondad de mi Dios y de absolverla de toda culpa: que será el tema del segundo punto.
Antes de continuar, vamos a reunir a un lado todos los libros y todas las herejías de Lutero y Calvino, y en el otro lado los libros y las herejías de los pelagianos y semipelagianos, y vamos a quemarlos. Algunos destruyen la gracia, otros la libertad, y todos están llenos de errores, así que los echamos en el fuego. Todos los condenados tienen a su frente el oráculo del profeta Oseas, “Tu condena proviene de ti”, de modo que puedan entender que todo el que está condenado, está condenado por su propia malicia y porque quiere ser condenado.

Primero vamos a echar estas dos verdades innegables como base: “Dios quiere que todos los hombres se salven", "Todos se encuentran en necesidad de la gracia de Dios”. Ahora, si me muestran que Dios quiere salvar a todos los hombres, y que para ello le da a todos ellos su gracia y todos los demás medios necesarios para obtener este fin sublime, estarán obligados a aceptar que quien está condenado debe imputarlo a su propia malicia, y que si el mayor número de cristianos son condenados, es porque quiere serlo. “Tu maldición viene de ti, tu ayuda es sólo en mí”.
  
Dios quiere que todos los hombres se salven:

En un centenar de lugares en las Sagradas Escrituras, Dios nos dice que es realmente su deseo el de salvar a todos los hombres. “¿Es acaso mi voluntad que el pecador muera, y no que se convierta de sus caminos? ... Vivo yo, dice Jehová el Señor. Yo no deseo la muerte del pecador. Si se convierte vivirá”. Cuando alguien quiere algo mucho, dice que se está muriendo con el deseo, es una hipérbole. Pero Dios ha querido y aún quiere nuestra salvación, tanto, que murió de deseo, y sufrió la muerte para darnos vida. Esta voluntad de salvar a los hombres tanto, no es una voluntad superficial y aparente en Dios, es una voluntad real, efectiva, y beneficiosa, porque Él nos da todos los medios más adecuados a nosotros para ser salvos. No nos los da a nosotros para que no la consigamos, nos los da con una voluntad sincera, con la intención de que podamos obtener su efecto. Y si no lo obtenemos, se muestra afligido y ofendido por ello. Manda aún a los condenados a seguirla, a fin de ser salvados; Les exhorta a esta, les obliga a esta, y si no la hacen, pecan. Por tanto, puedan hacerla y así ser salvados.
Es más, porque Dios ve que ni siquiera podemos hacer uso de su gracia, sin su ayuda, Él nos da otras ayudas, y si a veces son ineficaces, es nuestra culpa, porque con estas mismas ayudas, se puede abusar de ellas y ser condenados con ellas, más otro con ellas puede hacer el bien y ser salvo; incluso podríamos salvarnos con las ayudas de menor potencia. Sí, puede suceder que abusen de una mayor gracia y sean condenados, mientras que otro coopera con una gracia menor y se salva.
San Agustín exclama: “Por tanto, si alguien se aparta de la justicia, este es llevado por su libre voluntad, encabezada por su concupiscencia, y engañado por su propia convicción”. Pero para aquellos que no entienden teología, esto es lo que les tengo que decir: Dios es tan bueno que cuando ve a un pecador corriendo a su ruina, corre detrás de él, le llama, le suplica y lo acompaña hasta las puertas del infierno, ¿qué no hará para convertirlo? Le envía buenas inspiraciones y pensamientos santos, y en caso de que no saque provecho de ellos, Él se enoja y se indigna, Él lo persigue. ¿Le golpeará? No. Él golpea el aire y lo perdona. Pero el pecador no se convierte todavía. Dios le envía una enfermedad mortal. Sin duda, es todo para él. No, hermanos, Dios lo cura, el pecador se obstina en el mal, y Dios en su misericordia, busca otro camino, Él le da un año más, y cuando este año pasa, es más, le concede otro.
Pero si el pecador todavía quiere arrojarse al infierno a pesar de todo esto, ¿qué hace Dios? ¿Le abandona? No. Él lo toma de la mano, y mientras que él tiene un pie en el infierno y el otro fuera, Él le predica y le implora que no abuse de sus gracias. Ahora les pregunto, si ese hombre es condenado, ¿no es cierto que es condenado en contra de la voluntad de Dios y porque quiere ser condenado? Ahora ven y pregúntame: Si Dios hubiera querido condenarme, ¿por qué me ha creado?
Pecador ingrato, aprende hoy de que si eres condenado, no es Dios quien tiene la culpa, sino eres tú y tu propia voluntad. Para que te convenzas tú mismo, baja hasta las profundidades del abismo, y os traeré una de esas miserables almas condenadas ardiendo en el infierno, para que estas te expliquen esta verdad. Aquí está una ahora: “Dime, ¿quién eres?” “Soy un pobre idólatra, nacido en una tierra desconocida, nunca oí hablar del cielo o del infierno, ni de lo que estoy sufriendo ahora”. ¡Pobre miserable! Vete, no eres al que estoy buscando”. Otro está viniendo; ahí está. “¿Quién eres?” “Soy un cismático de los extremos de Tartaria, siempre he vivido en un estado incivilizado, casi sin saber que hay un Dios”. “Usted no es al que quiero, regresa al infierno”. Aquí está otro. “¿Y tú quién eres?” “Soy un pobre hereje del Norte. Nací bajo el Polo y nunca vi ni la luz del sol ni la luz de la fe”. “No eres al que yo estoy buscando, regresa al infierno”. Hermanos, mi corazón se rompe al ver a estos desgraciados que ni siquiera sabían de la verdadera fe entre los condenados. Aun así, sabemos que la sentencia de condena fue pronunciada contra ellos y se les dijo, “tu condena proviene de ti”. Fueron condenados porque querían serlo. ¡Recibieron tantas ayudas de Dios para ser salvados! No sabemos lo que eran, pero ellos saben bien, y ahora gritan “¡Oh Señor!, tú eres justo... y tus juicios son equitativos”.
Hermanos, ustedes deben saber que la creencia más antigua es la Ley de Dios, y que todos llevamos escrita en nuestros corazones, que se pueden aprender sin maestro, y que basta con tener la luz de la razón para conocer todos los preceptos de esta ley. Por eso, incluso los bárbaros se escondieron al momento de cometer el pecado, porque sabían que estaban haciendo mal, y que son condenados por no haber observado la ley natural escrita en sus corazones, porque si la hubieran observado, Dios habría hecho un milagro en lugar de dejarlos que sean condenados, Él les hubiera enviado a alguien para que les enseñe y les hubiera dado otras ayudas, de las que se hicieron indignos por no vivir en conformidad con las inspiraciones de su propia conciencia, que nunca dejó de advertirles del bien que deben hacer y el mal que deben evitar. Así que es su conciencia, que los acusó en el Tribunal de Dios, y les dice constantemente en el infierno, “Tu condena proviene de ti”. Ellos no saben qué responder y se ven obligados a confesar que son merecedores de su destino. Ahora bien, si estos infieles no tienen excusa, ¿Habrá alguna para un católico que tenía tantos sacramentos, tantos sermones, tanta ayudas a su disposición? ¿Cómo se atreve a decir?: “Si Dios iba a condenarme, ¿por qué me ha creado”? ¿Cómo se atrevería a hablar de esta manera, cuando Dios le da tantas ayudas para ser salvo? Así que vamos a terminar frustrándole.
Ustedes, que están sufriendo en el abismo, ¡contéstenme! ¿Hay católicos entre ustedes? “¡Por cierto que hay!” ¿Cuántos? ¡Que uno de ellos venga aquí! “Eso es imposible, están demasiado abajo, y para poder hacer que ellos vengan aquí tendríamos que poner todo el infierno de cabeza, sería más fácil detener a uno de ellos que este cayendo adentro”. Así pues, me dirijo a ustedes que viven en el hábito de pecado mortal, en el odio, en el fango del vicio de la impureza, y que se acercan al infierno cada día. Para, y da la vuelta, es Jesús el que te llama y que, con sus heridas, así como con tantas voces elocuentes, te grita a ti, “Hijo mío, si eres condenado, sólo te puedes culpar a ti mismo: “Tu condenación proviene de ti”. Alzad vuestros ojos y ved todas las gracias con las que te he enriquecido para asegurar tu salvación eterna. Te podría haber hecho nacer en un bosque en Babaria, que es lo que hice con muchos otros, pero yo te hice nacer en la Iglesia Católica, te puse un padre tan bueno, una madre excelente, con las más puras instrucciones y enseñanzas. Si eres condenado a pesar de esto, ¿quién tiene la culpa? Tu propia culpa es, Hijo mío, tu propia culpa: Tu condenación proviene de ti”.
“Yo te podía haber echado en el infierno después del primer pecado mortal que cometiste, sin esperar al segundo: lo hice a tantos otros, pero fui paciente contigo, te esperé durante muchos largos años. Todavía estoy esperando de ti hoy en la penitencia. Si eres condenado, a pesar de todo eso, ¿de quién es la culpa? Tu culpa es, Hijo mío, tu propia culpa: Tu condena proviene de ti. Tú sabes cuántos han muerto ante tus propios ojos y son condenados, esta era una advertencia para ti. Tú sabes cuantos otros he puesto por el buen camino para darte un ejemplo. ¿Recuerdas lo que ese excelente confesor te dijo? yo soy el que hice que lo dijera. ¿No te ordeno cambiar tu vida, para hacer una buena confesión? yo soy el que le inspiró. ¿Recuerdas aquel sermón que tocó tu corazón? yo soy el que te llevó allí. Y lo que pasó entre tú y yo en el secreto de tu corazón,... que nunca puedes olvidar”.
“Esas inspiraciones interiores, ese conocimiento claro, ese constante remordimiento de conciencia, ¿te atreves a negarlos? Todas estas fueron tantas ayudas de mi gracia, porque quería salvarte. Me negué a dárselas a muchos otros, y te las di a ti porque te amaba tiernamente. Hijo mío, hijo mío, si yo les hubiera hablado con tanta ternura como me dirijo a ti hoy, ¿cuántas otras almas hubieran vuelto al camino correcto? Y tú... Me das la espalda. Escucha lo que te voy a decir, y estas son mis últimas palabras: Tú me has costado mi sangre, si deseas ser condenado a pesar de la sangre que derrame por ti, no me culpes, sólo a ti mismo puedes acusar, y por toda la eternidad, no olvides que si eres condenado, a pesar de mí, eres condenado porque quieres ser condenado: Tu condena proviene de ti”.
Oh, mi buen Jesús, las piedras mismas se partirían al oír palabras tan dulces, expresiones tan tiernas. ¿Hay alguien aquí que quiere ser condenado, con tantas gracias y ayudas? Si hay una, dejen que me escuche, y que se resista si puede.
Baronio relata que después de la apostasía infame de Juliano el Apóstata, este concibió un odio tan grande contra el Santo Bautismo que día y noche, buscó una manera en la que podría borrar el suyo. Para tal fin preparo un baño de sangre de cabra y se colocó en él, queriendo que esta sangre impura de una víctima consagrada a Venus pueda borrar el carácter sagrado del bautismo de su alma. Tal comportamiento te parecerá abominable, pero si el plan de Juliano hubiera sido capaz de tener éxito, lo cierto es que estaría sufriendo mucho menos en el infierno.
Pecadores, el consejo que les quiero dar, sin duda, parecerá extraño, pero si ustedes lo entienden bien, es, por el contrario, inspirado por la tierna compasión hacia ustedes. Les suplico de rodillas, con la sangre de Cristo y el Corazón de María, que cambien sus vidas, vuelvan al camino que conduce al cielo, y hagan todo lo posible por pertenecer al pequeño número de los que son salvados. Si, en lugar de ello, desean continuar caminando en la carretera que conduce al infierno, al menos, encuentren una manera de borrar su bautismo. ¡Ay de ti si tomas el Santo Nombre de Jesucristo y el carácter sagrado de los cristianos grabado en tu alma al infierno! Tu castigo será aún mayor. Así que lo que yo aconsejo que hagas: si no deseas convertirte, ve hoy mismo y pregúntale a tu pastor para borrar tu nombre del registro bautismal, de modo que no quede ningún recuerdo de que hallas sido alguna vez un cristiano; implora a tu ángel de la guarda para que te borre de su libro de gracias las inspiraciones y las ayudas que te ha dado por orden de Dios, porque ¡ay de ustedes si las recuerda! Dígale a Nuestro Señor que tome de regreso su fe, su bautismo, sus sacramentos.
¿Estás horrorizado al pensar así? Pues bien, échate a los pies de Jesucristo, y dile, con lágrimas en los ojos y el corazón contrito: “Señor, confieso que hasta ahora no he vivido como cristiano. No soy digno de ser contado entre tus elegidos. Reconozco que merezco ser condenado, pero tu misericordia es grande y lleno de confianza en tu gracia, te digo que quiero salvar mi alma, aunque tenga que sacrificar mi fortuna, mi honor, y hasta mi vida, con tal que sea salvado. Si he sido infiel hasta ahora, me arrepiento, deploro, detesto mi infidelidad, te pido humildemente que me perdones por ello. Perdóname, buen Jesús, y también fortaléceme, para que pueda ser salvado. Te pido no la riqueza, ni el honor ni la prosperidad, te pido una sola cosa, que salves mi alma”.
Y tú, ¡oh Jesús! ¿Qué dices? ¡Oh buen Pastor, mira a la oveja descarriada que vuelve a ti; abraza a este pecador arrepentido, bendice sus suspiros y lágrimas, o más bien bendice a estas personas que están tan dispuestas y que no quieren nada más que su salvación. Hermanos, a los pies de Nuestro Señor, vamos a protestar porque queremos salvar nuestra alma, cueste lo que cueste. Pongámonos todos a decirle con los ojos llenos de lágrimas, “Buen Jesús, yo quiero salvar mi alma”, ¡Oh, benditas lágrimas, benditos suspiros!

Conclusión: 

Hermanos, quiero despedirlos a todos ustedes consolados hoy. Así que si preguntan mi sentimiento sobre el número de los que se salvan, aquí está: si hay muchos o pocos los que se salvan, digo que todo aquel que quiere ser salvo, será salvo, y que nadie puede ser condenado si no quiere serlo. Y si bien es cierto que pocos se salvan, es porque hay pocos que viven bien. Por lo demás, comparen estas dos opiniones: la primera afirma que son condenados el mayor número de católicos, la segunda, por el contrario, pretende que se salvan el mayor número de católicos. Imagina a un ángel enviado por Dios para confirmar la primera opinión, viene a decir que no sólo son la mayoría de los católicos condenados, pero que de esta reunión de todo estos aquí presentes, uno solo será salvo. Si obedeces los mandamientos de Dios, si detestas la corrupción de este mundo, si abrazas la cruz de Jesucristo en un espíritu de penitencia, serás ese uno que se salvará.
Ahora imagínate al mismo ángel que regrese a ti confirmando la segunda opinión. Él te dice que no sólo son la mayor parte de los católicos salvados, pero que de todos en esta reunión, uno solo va a ser condenado y todos los demás salvados. Si después de esto, continúas con tus usuras, tus venganzas, tus acciones criminales, tus impurezas, entonces serás ese uno que será condenado.
¿Cuál es el uso de saber si muchos o pocos se salvan? San Pedro nos dice: “Esfuérzate por las buenas obras para hacer tu elección segura”. Cuando la hermana de Santo Tomás de Aquino le preguntó qué debía hacer para ir al cielo, este dijo: “serás salva si deseas serlo”. Yo les digo lo mismo a ustedes, y aquí está la prueba de mi declaración. Nadie es condenado si no comete pecado mortal, que es de la fe. Y nadie comete un pecado mortal, a menos que quiera: que es una proposición teológica innegable. Por lo tanto, nadie va al infierno a menos que quiera, y la consecuencia es obvia. ¿Acaso eso no es suficiente para consolarlos a ustedes? Lloren por los pecados del pasado, hagan una buena confesión, no pequen más en el futuro, y todos serán salvos. ¿Por qué te atormentes así? Porque es cierto que hay que cometer pecado mortal para ir al infierno, y que para cometer pecado mortal debes querer hacerlo, y como consecuencia, nadie va al infierno a menos que quiera. Esto no es sólo una opinión, es una verdad innegable y muy reconfortante, Dios os haga entender, y que Dios los bendiga. Amén.
En las primeras normas sobre el discernimiento de espíritus, San Ignacio pone de manifiesto que es típico del espíritu del mal tranquilizar a los pecadores. Por lo tanto, debemos predicar constantemente y dar lugar a la confianza y a la esperanza en el perdón infinito del Señor y de su misericordia, para que la conversión sea fácil y su gracia, omnipotente. Pero también debemos recordar que “Dios no puede ser burlado”, y que alguien que vive habitualmente en el estado de pecado mortal está en el camino a la condenación eterna.
Hay milagros de último minuto, pero a menos que sostengamos que los milagros son la generalidad de las cosas, estamos obligados a aceptar que para la mayoría de las personas que viven en el estado de pecado mortal, condenación final es la posibilidad más probable.
La doctrina de San Leonardo de Puerto Mauricio ha salvado y salvará innumerables almas hasta el fin del tiempo. Esto es lo que dice la Iglesia en la oración del Oficio Divino, Lección Sexta, hablando de la elocuencia celestial San Leonardo: Al oírle, hasta los corazones de hierro y bronce fueron fuertemente inclinados a la penitencia, con motivo de la sorprendente eficacia de la predicación y celo ardiente del predicador. Y en la oración litúrgica pedimos al Señor, “danos el poder para doblar el corazón de los pecadores endurecidos por las obras de la predicación.”

Este sermón de San Leonardo de Porto-Maurizio se predicó durante el reinado del Papa Benedicto XIV, que tanto amó al gran misionero.