sábado, 8 de octubre de 2011

¿Teísmo de los ateos?


Hay una fascinante cita del famoso compositor alemán, Johannes Brahms (1833-1899), que muestra como un hombre puede no tener ninguna fe religiosa, y, sin embargo, reconocer aún que existe un orden objetivo. Tal reconocimiento es un ancla en la realidad y le dio a Brahms acceso a mucha belleza que se refleja en su música. La crisis de innumerables almas modernas es que están convencidas de que no existe absolutamente nada objetivo ¡Están encarceladas en su propia subjetividad que las lleva a una cárcel vacía, y a una música suicida!
En 1878 Brahms compuso para un violinista excepcional, su amigo Joseph Joachim (1831-1907), una de sus obras más encantadoras y amadas, el Concierto en D [1] para violín. Cuando escuchó a Joachim tocarlo, dijo, “Humm – sí…se podría ejecutar de esa manera”. En otras palabras, mientras Brahms estaba componiendo el Concierto, lo había estado escuchando mentalmente siendo ejecutado de tal y tal manera, pero reconoció que la interpretación algo diferente que otro pudiera hacer de su composición, era también legítima.
Ahora bien, indudablemente hay maneras de ejecutar el Concierto que Brahms no hubiera aceptado, pero siempre que un intérprete usare su composición aproximándose de una manera diferente al objetivo que Brahms se había fijado componiéndolo, entonces él, Brahms, no se veía en la necesidad de insistir en su propia manera de ejecutarlo. El fin objetivo importaba más que la interpretación subjetiva, de tal manera que si al componer la obra, Brahms hubiera ofrecido a toda clase de intérpretes un acceso a ese fin, entonces –dentro de ciertos límites- todos ellos hubieran sido aceptados por Brahms para ejecutar el Concierto de la manera que ellos quisieran. Lo objetivo por encima de lo subjetivo.
En última instancia esto significa: Dios por encima del hombre; sin embargo Brahms no era creyente. El compositor Católico Checo, Antonin Dvorak (1841-1904), amigo y admirador de Brahms, dijo una vez de él, “¡Qué gran hombre! ¡Tan gran alma! ¡Y cree en nada! ¡Cree en nada!” Brahms no era Cristiano -- deliberadamente dejó de mencionar a Jesucristo en su Requiem Alemán. Ni admitió pertenecer a cualquier categoría de creyentes – dijo que en su Requiem los textos de la Biblia que había usado, lo fueron por su expresión del sentimiento más que por cualquier profesión de religión. Lo subjetivo por encima de lo objetivo. Y a este descreimiento de parte de Brahms corresponde, uno puede opinar, la carencia de cierta espontaneidad y alegría en buena parte de su música.
¡Pero cuanta belleza casi otoñal contiene su música, y que orden cuidadosamente elaborado! Este arte musical con su reproducción de las bellezas de la Naturaleza, por ejemplo en el Concierto para violín, recuerda Nuestro Señor diciendo como hay almas que de palabra lo niegan pero que lo honran en sus actos (Mt.XXI, 28-29). Hoy día, cuando la mayoría de las almas lo niegan de palabra, cuantos habrá que de una u otra manera honran, por ejemplo en la música o en la Naturaleza, al menos el orden que Nuestro Señor implantó a través de todo su universo. Una tal fidelidad no es de ninguna manera aún la Fe Católica, necesaria para salvarse, pero es por lo menos esta mecha humeante que no tiene que ser apagada (Mt.XII,20).
Dios quiera que todos los Católicos dotados de la plenitud de la Fe tengan discernimiento a favor de tales almas alrededor de ellos, y tengamos compasión por las muchedumbres apartadas de Dios por sus enemigos, en la música así como en todas las esferas (Mc.VIII, 2).

Kyrie Eleison.

Mons. Richard Williamson, “Comentarios Eleison” Nº 221, 8 de octubre del 2011.


[1] La nota Re en el cifrado americano.

En el mes del Santo Rosario. Un texto de Sardá y Salvany.


Debido al provecho espiritual en este mes dedicado al santo Rosario, presento a los lectores unos textos del Padre Felix Sardá y Salvany, sacerdote que consagró su vida a defender la fe católica contra sus enemigos internos: los católicos liberales. De hecho, este defensor de la fe escribió un famoso libro llamado  El liberalismo es pecado, que fue alabado por Roma hace  más de un siglo.


El santo Rosario.

¡El Rosario! ¿Hay cosa más vulgar? ¿Qué se puede decir sobre  él que no se le haya ocurrido ya a todo el mundo? Y sin embargo, puede que sean pocos los que hayan parado a examinar detenidamente el qué  y el cómo y el por qué de esa devoción que rezan todos los días, y de esa cadenilla con  granos engarzados de diez en diez que traen en el bolsillo. ¿Acaso no es frecuente que lo que más familiarmente usamos y tratamos es lo que menos a fondo hemos cuidado de estudiar?
Mil veces se ha hecho observar que el Santo Rosario es una fórmula de oración en que  están como entretejidos el rezo y la meditación: el rezo por medio de los Padrenuestros, Avemarías y Glorias, que se repiten por decenas: la meditación por medio del paso o misterio que se propone en cada decena a la consideración del cristiano.
Esto solo recomienda ya de buenas a primeras esta devoción, porque, ¿qué cosa hay más excelente que la meditación, principalmente de la vida de Cristo y de su Madre Santísima?, ¿y qué rezo hay más precioso que el de las oraciones dichas, en cuyas breves frases, todas de excelso origen, se encierra el meollo y sustancia de cuanto puedan decir los libros más elocuentes?
Más hay aún otra consideración, y es la siguiente:
¿Qué rezaría la gran masa del pueblo fiel si no tuviese tan a mano esa tan familiar devoción del Santo Rosario? Una devoción para la clase general del pueblo debe ser sencilla, breve, llana de entender y fácil de practicar, adaptada a grandes y a pequeños, que ni a aquéllos parezca vulgar, ni a estos incomprensible. Estoy discurriendo qué fórmulas de oraciones se podrían inventar que a una satisficiesen tantas necesidades, y no me ocurre que se pueda inventar otra que la que está ya inventada. El Santo Rosario.
Porque vamos al caso. Decirle a la generalidad de los fieles: “medita y contempla”, es cosa muy vaga y que pocos querrán practicar. Largos ratos de silenciosa oración mental son poco a propósito para la mayoría de las gentes, que suelen vivir atareadas y distraídas entre los mil ruidos y desazones del mundo. Y, no obstante, es cierto que no puede haber perfecto cristiano sin su poca o mucha meditación. El Santo Rosario allana esta dificultad, dando como desmenuzada  y hecha partijas de fácil masticación la materia de las más elevadas contemplaciones. A sorbos, como quien dice, le va dando al espíritu este celestial alimento. Envuelta en la fácil comida de la oración vocal le da sin advertirlo la otra más sutil de la oración mental y consideración, para que la traguen así, casi sin pensarlo, hasta los más desganados. Querer persuadirles a ciertas personas que dediquen veinte minutos a la contemplación de una verdad cualquiera, será pretender lo imposible. Dársela en cinco o quince tomas con el intermedio y afectuoso acompañamiento de unas breves oraciones vocales, es cosa ya más hacedera y con la cual se puede llegar a conseguir igual resultado. En efecto. El que ha rezado bien una parte del Santo Rosario, es decir con la debida reflexión sobre cada misterio, puede decir con toda seguridad que ha hecho un buen rato de oración mental y de piadosa contemplación.
Pues, por lo que toca a la misma oración vocal, ¿hay medio por ventura de hacerla más fácil más sabrosa? ¿Qué le diréis al pueblo? ¿Lee? No, porque, o no sabe leer, o aunque sepa se podrá decir a muchos aquello que al tesorero de la reina de Etiopía decía un apóstol: “¿Entiendes lo que lees?” Que es lo que exactamente nos ocurre muchas veces cuando vemos a ciertas pobres gentes en la iglesia deletreando penosamente su lujoso devocionario, máxime cuando está escrito en lengua para ellas forastera. Pues bien. He aquí un devocionario que todo el mundo puede usar aunque no haya ido a la escuela ; que los más pobres pueden comprar, porque no cuesta un real; que los más cortos pueden entender, porque consta de palabras tan llanas como las que cualquier madre hace entender a su hijo chiquito ; devocionario que no cansa la vista del anciano; ni necesita luz del día o artificial para ser leído; que pueden cómodamente practicar el enfermo en su cama, el viajante en su vagón, el soldado en su hora de retén o de centinela, el labrador en su campo, el obrero en su taller, o la muchacha haciendo su cocina o su costura. Discurrid lo que queráis, dadle vueltas a vuestro más agudo ingenio; no hallaréis práctica más práctica que ésta ni que más se avenga a todas las clases, a todos los tiempos y a todas las situaciones de la vida.
Pero el ser llana y sencilla para los más, ¿no la hará despreciable para los entendimientos y corazones privilegiados? No, porque en medio de su sencillez, que comprenden hasta los más pequeños, tiene abismos insondables de sabiduría que no acabarán nunca de agotar las más elevadas inteligencias. Una sola, palabra de una sola de las peticiones de un solo Padrenuestro puede ser suficiente materia de meditación por largas horas al más grande de los filósofos; cada misterio de la vida del Salvador y de su Madre tiene tantos y tan variados aspectos, y da lugar a tantas y tan sutiles consideraciones, que no acabará con ellos el genio más encumbrado, si no que las irá encontrando cada día más nuevas y sorprendentes, cuando más las analice y desmenuce. Ahonde, pues, aquí el más vigoroso talento, y siga sin cesar abandonando, que como firme y humildemente trabaje, hallará, en cada pozo de estos, venas sin fin de agua viva, y no les tocará jamás el fondo a tales océanos de verdad.
¿Y podemos asimismo sostener que sea el Rosario devoción sabrosísima? ¡A cuántos no parece sino muy fastidiosa por sus monótonas repeticiones!
Pues claro está que se lo ha de parecer a quien no se entretenga en saborear de ella más que la corteza, sin llagar a hincarle el diente por medio de una viva atención. La fruta más azucarada parecerá sosa a quien de este modo la aplique a su necio paladar. Romped la cáscara; saboread la sustancia interior; exprimidle el jugo; ya que encontraréis allí lo que es bueno. Hablemos ya sin figuras. ¿Qué no os deleita el rezo del Rosario? Cierto es, ¡como que no lo rezan sino maquinalmente vuestros labios y no lo acompaña el corazón! Pasan por ellos sus amorosas frases sin hacer más que ligeramente rozar su superficie , y en confuso y precipitado tropel salen como desbordados, misterios, padrenuestros, avemarías y gloria patri: vuestra boca más que pronunciarlos los sacude y arroja de sí como el enfermo la ingrata medicina , a la que sólo procura despachar con la mayor brevedad posible. Decid, ¿es así como paladeáis los manjares en que deseáis recrear vuestra glotonería? ¿Es así como le buscáis a vuestras golosinas el apetecido dulzor? No, sino que lentamente las mascáis, las entretenéis, las disolvéis en vuestra saliva, y así les encontráis todo su deleite. Seguid análogo procedimiento espiritual para las cosas del espíritu, y me lo diréis después. Así goza cada vez más el alma la belleza de un cuadro mirándolo y remirándolo; así el hechizo de un poema leyéndolo  y releyéndolo; así la imagina de un trozo de música escuchándolo y volviéndolo a escuchar.
¡La repetición! Poco muestra conocer al hombre quien le haga cargos al santo Rosario porque consista todo él en fórmulas repetidas. El lenguaje de todo apasionado sentimiento no sabe expresarse sino por medio de la repetición: los que de veras se quieren, jamás se contentaron con decírselo una sola vez. La repetición es el único recurso que le queda al alma humana, para acomodar a aquélla cierta infinidad suya y de que participan sus sentimientos, la pobreza relativa de sus recursos para desahogarlos. La doblada y redoblada y cien doblada expresión de una misma protesta de afecto es lo único que nos consuela en cierta manera de la cortedad de nuestras frases para expresarlo como deseáramos y no podemos.
¿Se hallaría acaso dificultad en la contemplación de los misterios? Pero, ¿qué? ¿No es cierto que son los más conocidos y tratados de todo el mundo cristiano, explicados en todos los tonos, representados en todas las formas del arte, familiares al pueblo como la más casera de sus escenas domésticas? ¿A quién le ha de costar esfuerzo alguno, chico o grande, colocarse con la imaginación por un momento, por ejemplo, en medio del hermoso grupo del portal de Belén, o en el lastimero del huerto de Getsemaní o del Calvario , en el olorosísimo de la Resurrección o Ascensión a los cielos? ¿A quién ha de ser difícil figurarse en su presencia las personas que lo componen, como las ha visto mil veces en cuadros, altares o estampas, y penetrarse de sus sentimientos y recoger sus lecciones y rezar luego como antes ellas, la respectiva decena?
Rezad el Rosario, amigos míos, y rezadlo siempre y cada día. Volved a la santa costumbre de rezarlo en familia, los que por descuido o por pereza o por vergüenza, ¡que haya, mal pecado, vergüenza hasta en eso! , la hayáis dejado perder en vuestro hogar. Pero rezadlo bien. Para rezarlo como se debe os daré una breve receta de dos solas palabras: atención o intención.
Atención, significa que se atienda en él a lo que se hace y a lo que se dice; que no se interrumpa con inútiles paradas; que no se mezcle con palabras impertinentes; que se diga con los labios y con el corazón, acompañado la modestia de los ojos y el recogimiento de toda la persona. Que se mire esta devoción como un rato de audiencia que nos concede Dios, o de grata conversación que ofrecemos a la sagrada Familia.
Intención. No hagáis obra alguna de estas sin ponerle antes una intención fija que le sirva de blanco. No hacerlo así es disparar al aire. La fija intención es la que más favorece la atención. Antes de empezar a rezar preguntaos un momento: ¿Para qué voy a rezar?, ¿A quién dirijo mi rezo?, ¿Qué pretendo alcanzar con él? Y procurad responder a eso, no solamente con intenciones vagas y generales de hacer bien, dar gloria a Dios, etc., sino con la de lograr algo más determinado y concreto, un favor para vos o la familia, la conversión de un pecador tal o cual, el consuelo o buena muerte de un enfermo, el sufragio por un alma, el éxito de un negocio o  empresa, etc. O bien, el remedio de alguna de las graves necesidades de la Iglesia, como la exaltación del Papa, la confusión de las sectas, la propagación de la fe, el buen espíritu del clero, la reforma de las leyes, etc. ¡Cuidado si hubo cosas que pedir en todos tiempos y si las hay en este siglo muy en particular! Y poneos delante cada día una de estas intenciones, y tomadla por blanco antes de disparar vuestra arma, y repetidla interiormente a cada Gloria Patri, a fin de que no se os desvíe la puntería. Y acordaos con fe de aquel llamad  y se os abrirá del Evangelio, y creed y confiad que con cada Padrenuestro  y avemaría le dais una recia aldabada al Corazón del mismo Dios, que ha prometido no hacerse el sordo a quien así le fuere a llamar con santa importunidad.
Rezad, vuelvo a insistir, rezad el Santo Rosario, y rezadlo siempre y rezadlo bien. Rezadlo, si andáis afligidos, para consolarlos; si tentados, para resistir; si desalentados, para cobrar bríos; si con fortuna próspera, para equilibraros en la debida moderación y templanza. Colgad junto a vuestro lecho esta insignia de piedad, para que se vea que allí se ha echado a reposar un cristiano bajo los pliegues de su bandera: izadla en el lugar más visible del doméstico hogar, allí donde en hermoso grupo se reúne cada noche la familia, a fin de que sea como una señal para todo el mundo de que en aquella casa reina y es servido Cristo Dios. ¡Qué os acompañe siempre en vida y los oigáis murmurar por vuestros amigos a vuestro oído en la hora de la muerte, y os sea recomendación y eficacísimo empeño en el divino tribunal!
¡Qué lo sea para mí, pobre pecador, si con estas breves reflexiones he logrado que haya en adelante uno más que rece devotamente el santo Rosario!

El Rosario en familia.

Ninguna ocasión como la presente para hacerte, oh lector. Algunas observaciones sobre una costumbre cristiana y española que quisiera yo nunca dejases perder en el seno de tu hogar doméstico: hablo del Rosario en la familia.
La familia está sufriendo no menos que la sociedad el embate de la irreligión y de lo que se llaman ideas nuevas, que en realidad son ideas muy viejas, pues son del paganismo. Y por efecto de esta fatal influencia muchas familias cristianas abandonan las prácticas religiosas a pretexto de que son antiguas, alegando que se ha de vivir con el siglo, y que hay que dejarse de preocupaciones. Déjate de cuentos y de tonterías, amigo mío; Dios siempre será de moda y a Dios no le harán saltar de su trono todas nuestras locuras. Dios es de todos los siglos, o mejor, todos los siglos son de Dios. Y el servir a Dios, y el temerle, nunca será una preocupación, por más que haya cuatro decenas de infelices, no sé si más necios que malvados, que así aparenten creerlo.
¿No es, pues, gran lástima que hombres que se llaman católicos den al olvido o hayan desterrado de sus prácticas cotidianas esta santa práctica del Rosario en familia?, ¿No causa tristeza que hombres de orden, de autoridad y de respeto, severos en todo, formales, conservadores, consideren como cosa del otro siglo, y propia únicamente de mujeres, esta devoción? ¿Cómo si el hombre más barbudo y empingorotado no tuviera el alma tan hija de Dios como la mujer! ¡Como si para ambos no hubiese la misma muerte, el mismo juicio y el mismo infierno!
Querido lector, quien quiera que seas, ¿No es verdad que no vamos bien, sino mal, muy mal? El nombre de Dios apenas se permite que reine en las costumbres públicas; ¿Permitirás que la impiedad lo arroje también del seno de tu familia? En muchas no se oye jamás este nombre adorable: en cambio se oyen palabras que los labios honrados no pueden pronunciar; chistes que los oídos castos no pueden oír; conversaciones de las cuales huye como espantada la virtud, porque destrozan sin piedad la fama del prójimo y la modestia cristiana. Y ¿Por qué esto? Porque a la Religión divina se la va arrinconado, como lámpara solitaria en el templo: se le ha arrojado de las leyes en tantos pueblos, no se la tolera en las plazas de tantas vecindades, y tal vez tú empiezas a arrojarla también, como huésped incómodo, de la familia. No obstante, en medio de los hombres es donde debe vivir, y no solamente en la oscuridad del santuario; en medio de vosotros, hombres de mundo; en vuestras casas, en vuestras fábricas, en vuestros festines, en vuestras diversiones, en todas partes a donde lleváis vuestra alma, allá habéis de llevar a Dios como Juez, y a la Religión como compañera. Y en todas partes ha de dirigir vuestras acciones, refrenar vuestros deseos, amansar vuestras iras, enjugar vuestras lágrimas.
Ahora bien; si esta Religión divina ha de reinar entre vosotros en vuestra familia, de ningún modo mejor que con el santo Rosario que comprende, como visteis, los tres actos principales de la Religión, la meditación, la súplica y la alabanza. Y el jefe de la familia debe presidir el Rosario como el negocio más importante del día; y los criados y los hijos deben aprender de él a venerarlo como la porción más respetable de la herencia paterna. Y el Rosario, cuyo dulce y acompasado murmurio subirá desde vuestro hogar hasta el trono de María, volverá a caer desde él sobre vuestra casa convertido en rocío bienhechor de bendiciones y consuelos.
¿No es verdad que necesitáis de Dios, lectores míos? ¿No es verdad que necesitáis de Dios para el éxito de vuestros negocios, para la cosecha de vuestros campos, para el porvenir de nuestros hijos, para la salud de vuestros cuerpos y para la tranquilidad de nuestras almas? Oídme, pues, y concluyo. De las veinticuatro horas del día entre vuestros negocios, entre vuestros placeras y entre vuestro descanso, ¿Tan duro se os hace conceder un cuarto de hora a vuestro Dios? ¿Es que tal vez se os pide demasiado? No sé si os contentaríais con que os diese tan poco el último de vuestros servidores. Creo que sois algo más exigentes.
¿No es verdad, querido lector? A ver, pues, cómo restableces en tu familia, con gran consuelo de tu mujer, la cristiana costumbre del Rosario, que habías tal vez olvidado. 

Lepanto: victoria del Santo Rosario.

Con el santísimo Rosario está relacionada una fecha gloriosísima de nuestra  historia patria, la última de nuestras antiguas grandezas.
La Religión es el mejor y más precioso archivo de los pueblos. Ella es quien escrupulosamente sabe guardar el rico tesoro de  sus recuerdos: lo que el pueblo quiere perpetuar en la memoria de las generaciones venideras confíalo a la Religión, y está seguro de que no perecerá. Una diferencia hay entre los recuerdos que guarda tan sólo la historia y los que conserva la Religión. La historia los guarda como preciosos cadáveres perfectamente embalsamados, pero cadáveres al fin. La Religión los conserva en toda su vida, esplendor y poesía. Como es ella eternamente viviente, injertos en su tronco inmortal préstales su jugo, su verdor y su eterna lozanía;  adquieren algo de su inmutabilidad y de su inmarcesible juventud. Otra diferencia notable queda aún por consignar. La historia es libro cerrado para la mayoría; sus páginas por lo común no las recorre el pueblo: la severa historia nunca ha sido amiga más que de sabios: jamás fue popular. La Religión, al revés, es libro a todos abierto y a todas horas. Los hechos que a ella se han encomendado tiene gusto particular en contárselos al niño y a la mujer, y al labrador y al artesano. Lo puramente histórico es meramente científico. Lo histórico-religioso, sin dejar de ser científico, es juntamente popular y tradicional.
La palabra Lepanto es la mejor confirmación de mis asertos. Preguntad a nuestro pueblo  por las batallas de Pavía o de Villa viciosa, y con ser hechos de su patria no sabrá qué responderos, más que si le hablaseis de la China o del Perú pronunciad, empero, ante una viejecita católica de cualquier nación de Europa dicha palabra, y alzando los ojos al cielo os dirá al momento: “! Ah, sí, Lepanto, la victoria del Rosario de María!” La explicación es clarísima: las dos primeras batallas pertenecen al cerrado archivo de la historia; la última pertenece, como tantas otras al siempre abierto archivo de la Religión.
¡Lepanto!  ¡Y cuán bien hicieron, cuán acertados anduvieron los pueblos en unir a la Religión el recuerdo de esta gran batalla y de esta gran victoria! La batalla de Lepanto y su victoria, ganada por los pontificios, españoles  y venecianos, aseguraron la supremacía de la cruz en el Occidente, y dejó desde entonces herida de muerte en el Oriente la hoy agonizante dominación musulmana. Lepanto recuerda la iniciativa de un gran Papa, Pío V, secundada por un gran rey, Felipe II, con la intervención de un gran diplomático y santo el jesuita, antes virrey de Cataluña, Francisco de Borja, y llevada a feliz cima por el valor de un gran militar, el joven español Juan de Austria. Lepanto recuerda el pueblo cristiano entregado al rezo del Rosario durante la empeñada acción, y el Santo Pontífice adivinando la victoria, desde su oratorio, y anunciándola a sus Cardenales tiempo mismo que se alcanzaba. Lepanto recuerda al buen Cervantes, al príncipe e las tres españolas, enfermo de calenturas, y lidiando no obstante como bravo hasta perder de un tiro de arcabuz la derecha mano, y surgir como premio de su heroísmo cinco años de cautiverio en Ángel, y los restantes de su vida entre la pobreza y  humillaciones. Por eso se le llama, con gran gloria suya, “el manco de Lepanto”. Lepanto recuerda ciento y treinta galeras turcas apresadas, cinco mil turcos prisioneros, veinte mil cristianos liberados del cautiverio. Es la última página de las Cruzadas, es el último aliento de la Europa coaligada en nombre de la fe; y el honor de esta jornada les cabe principalmente a la Religión, que fue la inspiradora, y a nuestra patria, que fue como siempre el brazo de la Religión. 
La iglesia alzó a la victoria de Lepanto un monumento popular e imperecedero: la fiesta del Rosario. En todos los púlpitos católicos se habla hoy de esta fiesta, y se renueva en la memoria de los fieles el recuerdo de la gran diosa hazaña que  conmemora. Sirva también esta página para esculpirlo más y más hondo en el corazón del pueblo español, heredero de los héroes de Lepanto. Que ahora más que nunca importa volver los ojos a nuestro glorioso pasado, siquiera para ruborizarnos cuando miserable sea nuestro presente.


Felix Sardá y Salvany, Pbro, Ano Sacro, Barcelona, 1954 tomo II.

jueves, 6 de octubre de 2011

El Padre Pío y la Misa.


En 1974 se publicó una obra en italiano, titulada «Cosí parlò Padre Pio»: «Así habló el Padre Pio» (San Giovanni Rotondo, Foggia, Italia), con el imprimatur de Mons. Fanton, obispo auxiliar de Vincencia.
En este presente trabajo sacamos algunos pasajes en los que el Padre Pío hablaba de la Santa Misa.

Padre, ¿ama el Señor el Sacrificio?
Sí, porque con él regenera el mundo.

¿Cuánta gloria le da la Misa a Dios?
Una gloria infinita.

¿Qué debemos hacer durante la Santa Misa?
Compadecernos y amar.

Padre, ¿cómo debemos asistir a la Santa Misa?
Como asistieron la Santísima Virgen y las piadosas mujeres. Como asistió San Juan al Sacrificio Eucarístico y al Sacrificio cruento de la Cruz.

Padre, ¿qué beneficios recibimos al asistir a la Santa Misa?
No se pueden contar. Los veréis en el Paraíso. Cuando asistas a la Santa Misa, renueva tu fe y medita en la Víctima que se inmola por ti a la Divina Justicia, para aplacarla y hacerla propicia. No te alejes del altar sin derramar lágrimas de dolor y de amor a Jesús, crucificado por tu salvación. La Virgen Dolorosa te acompañará y será tu dulce inspiración.

Padre, ¿qué es su Misa?
Una unión sagrada con la Pasión de Jesús. Mi responsabilidad es única en el mundo -decía llorando.

¿Qué tengo que descubrir en su Santa Misa?
Todo el Calvario.

Padre, dígame todo lo que sufre Vd. durante la Santa Misa.
Sufro todo lo que Jesús sufrió en su Pasión, aunque sin proporción, sólo en cuanto lo puede hacer una creatura humana. Y esto, a pesar de cada uno de mis faltas y por su sola bondad.

Padre, durante el Sacrificio Divino, ¿carga Vd. nuestros pecados?
No puedo dejar de hacerlo, puesto que es una parte del Santo Sacrificio.

¿El Señor le considera a Vd. como un pecador?
No lo sé, pero me temo que así es.

Yo lo he visto temblar a Vd. cuando sube las gradas del Altar. ¿Por qué? ¿Por lo que tiene que sufrir?
No por lo que tengo que sufrir, sino por lo que tengo que ofrecer.

¿En qué momento de la Misa sufre Vd. más?
En la Consagración y en la Comunión.

Padre, esta mañana en la Misa, al leer la historia de Esaú, que vendió su primogenitura, sus ojos se llenaron de lágrimas.
¡Te parece poco, despreciar los dones de Dios!

¿Por qué, al leer el Evangelio, lloró cuando leyó esas palabras: «Quien come mi carne y bebe mi sangre»...?
Llora conmigo de ternura.
Padre, ¿por qué llora Vd. casi siempre cuando lee el Evangelio en la Misa?
Nos parece que no tiene importancia el que un Dios le hable a sus creaturas y que ellas lo contradigan y que continuamente lo ofendan con su ingratitud e incredulidad.

Su Misa, Padre, ¿es un sacrificio cruento?
¡Hereje!

Perdón, Padre, quise decir que en la Misa el Sacrificio de Jesús no es cruento, pero que la participación de Vd. a toda la Pasión si lo es. ¿Me equivoco?
Pues no, en eso no te equivocas. Creo que seguramente tienes razón.

¿Quien le limpia la sangre durante la Santa Misa?
Nadie.

Padre, ¿por qué llora en el Ofertorio?
¿Quieres saber el secreto? Pues bien: porque es el momento en que el alma se separa de las cosas profanas.

Durante su Misa, Padre, la gente hace un poco de ruido.
Si estuvieses en el Calvario, ¿no escucharías gritos, blasfemias, ruidos y amenazas? Había un alboroto enorme.

¿No le distraen los ruidos?
Para nada.

Padre, ¿por qué sufre tanto en la Consagración?
No seas malo... (no quiero que me preguntes eso...).

Padre, ¡dígamelo! ¿Por qué sufre tanto en la Consagración?
Porque en ese momento se produce realmente una nueva y admirable destrucción y creación.

Padre, ¿por qué llora en el Altar y qué significan las palabras que dice Vd. en la Elevación? Se lo pregunto por curiosidad, pero también porque quiero repetirlas con Vd.
Los secretos de Rey supremo no pueden revelarse sin profanarlos. Me preguntas por qué lloro, pero yo no quisiera derramar esas pobres lagrimitas sino torrentes de ellas. ¿No meditas en este grandioso misterio?

Padre, ¿sufre Vd. durante la Misa la amargura de la hiel?
Sí, muy a menudo...

Padre, ¿cómo puede estarse de pie en el Altar?
Como estaba Jesús en la Cruz.

En el Altar, ¿está Vd. clavado en la Cruz como Jesús en el Calvario?
¿Y aún me lo preguntas?

¿Como se halla Vd.?
Como Jesús en el Calvario.

Padre, los verdugos acostaron la Cruz de Jesús para hundirle los clavos?
Evidentemente.

¿A Vd. también se los clavan?
¡Y de qué manera!

¿También acuestan la Cruz para Vd.?
Sí, pero no hay que tener miedo.

Padre, durante la Misa, ¿dice Vd. las siete palabras que Jesús dijo en la Cruz?
Sí, indignamente, pero también yo las digo.

Y ¿a quién le dice: «Mujer, he aquí a tu hijo»?
Se lo digo a Ella: He aquí a los hijos de Tu Hijo.

¿Sufre Vd. la sed y el abandono de Jesús?
Sí.

¿En qué momento?
Después de la Consagración.

¿Hasta qué momento?
Suele ser hasta la Comunión.

Vd. ha dicho que le avergüenza decir: «Busqué quien me consolase y no lo hallé». ¿Por qué?
Porque nuestro sufrimiento, de verdaderos culpables, no es nada en comparación del de Jesús.

¿Ante quién siente vergüenza?
Ante Dios y mi conciencia.

Los Angeles del Señor ¿lo reconfortan en el Altar en el que se inmola Vd.?
Pues... no lo siento.

Si el consuelo no llega hasta su alma durante el Santo Sacrificio y Vd. sufre, como Jesús, el abandono total, nuestra presencia no sirve de nada.
La utilidad es para vosotros. ¿Acaso fue inútil la presencia de la Virgen Dolorosa, de San Juan y de las piadosas mujeres a los pies de Jesús agonizante?

¿Qué es la sagrada Comunión?
Es toda una misericordia interior y exterior, todo un abrazo. Pídele a Jesús que se deje sentir sensiblemente.

Cuando viene Jesús, ¿visita solamente el alma?
El ser entero.

¿Qué hace Jesús en la Comunión?
Se deleita en su creatura.

Cuando se une a Jesús en la Santa Comunión, ¿que quiere que le pidamos al Señor por Vd.?
Que sea otro Jesús, todo Jesús y siempre Jesús.

¿Sufre Vd. también en la Comunión?
Es el punto culminante.

Después de la Comunión, ¿continúan sus sufrimientos?
Sí, pero son sufrimientos de amor.

¿A quién se dirigió la última mirada de Jesús agonizante?
A su Madre.

Y Vd., ¿a quién mira?
A mis hermanos de exilio.

¿Muere Vd. en la Santa Misa?
Místicamente, en la Sagrada Comunión.

¿Es por exceso de amor o de dolor?
Por ambas cosas, pero más por amor.

Si Vd. muere en la Comunión ¿ya no está en el Altar? ¿Por qué?
Jesús muerto, seguía estando en el Calvario.

Padre, Vd. a dicho que la víctima muere en la Comunión. ¿Lo ponen a Vd. en los brazos de Nuestra Señora?
En los de San Francisco.

Padre, ¿Jesús desclava los brazos de la Cruz para descansar en Vd.?
¡Soy yo quien descansa en El!

¿Cuánto ama a Jesús?
Mi deseo es infinito, pero la verdad es que, por desgracia, tengo que decir que nada, y me da mucha pena.

Padre, ¿por qué llora Vd. al pronunciar la última frase del Evangelio de San Juan: «Y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad»?
¿Te parece poco? Si los Apóstoles, con sus ojos de carne, han visto esa gloria, ¿cómo será la que veremos en el Hijo de Dios, en Jesús, cuando se manifieste en el Cielo?

¿Qué unión tendremos entonces con Jesús?
La Eucaristía nos da una idea.

¿Asiste la Santísima Virgen a su Misa?
¿Crees que la Mamá no se interesa por su hijo?

¿Y los ángeles?
En multitudes.

¿Qué hacen?
Adoran y aman.

Padre, ¿quién está más cerca de su Altar?
Todo el Paraíso.

¿Le gustaría decir más de una Misa cada día?
Si yo pudiese, no querría bajar nunca del Altar.

Me ha dicho que Vd. trae consigo su propio Altar...
Sí, porque se realizan estas palabras del Apóstol: «Llevo en mi cuerpo las señales del Señor Jesús» (Gal. 6, 17), «estoy crucificado con Cristo» (Gal. 2, 19) y «castigo mi cuerpo y lo esclavizo» (I Cor. 9, 27).
¡En ese caso, no me equivoco cuando digo que estoy viendo a Jesús Crucificado!(No contesta).

Padre, ¿se acuerda Vd. de mí durante la Santa Misa?
Durante toda la Misa, desde el principio al fin, me acuerdo de tí.

La Misa del Padre Pío en sus primeros años duraba más de dos horas. Siempre fue un éxtasis de amor y de dolor. Su rostro se veía enteramente concentrado en Dios y lleno de lágrimas. Un día, al confesarme, le pregunté sobre este gran misterio:

Padre, quiero hacerle una pregunta.
Dime, hijo.

Padre, quisiera preguntarle qué es la Misa.
¿Por qué me preguntas eso?

Para oírla mejor, Padre.
Hijo, te puedo decir lo que es mi Misa.

Pues eso es lo que quiero saber, Padre.
Hijo mío, estamos siempre en la cruz y la Misa es una continua agonía.


Tomado de la revista “Tradición Católica”, de noviembre de 1998.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Entrevista al P. Niklaus Pfluger.


El 29 de septiembre de 2011, el R.P. Niklaus Pfluger, pimer Asistente general de la Fraternidad San Pío X, contestó a algunas preguntas relativas a la reunión del 14 de septiembre en Roma y a los documentos entregados al Superior general de la Fraternidad.

Sabemos que un Preámbulo doctrinal de gran interés ha sido entregado. Aunque Ud. esté obligado a la reserva sobre el contenido de dicho documento, ¿podría Ud. indicarnos cómo ve ese texto?

El texto propuesto admite correcciones de nuestra parte. Y esto es necesario, aunque más no sea para eliminar clara y definitivamente la más mínima sombra de ambigüedades o de malentendidos. Ahora debemos enviar a Roma una respuesta que refleje nuestra posición y presente inequívocamente los intereses de la Tradición. En razón nuestra misión de fidelidad a la Tradición católica no debemos hacer ningún compromiso. Los fieles, y con mayor razón los sacerdotes, saben muy bien que en el pasado las propuestas hechas por Roma a las diferentes comunidades conservadoras eran inaceptables. Si Roma hace ahora una propuesta a la Fraternidad, debe serlo clara e inequívocamente para el bien de la Iglesia, y para acelerar el retorno a la Tradición. Nosotros pensamos y sentimos con la Iglesia católica. Ella tiene una misión universal, y el ardiente deseo de nuestro de nuestro fundador fue siempre que la Tradición volviera a florecer nuevamente en todo el mundo. Un reconocimiento canónico de la Fraternidad podría favorecer eso precisamente.

Algunas críticas dicen que con este preámbulo Roma querría tender una trampa a la Fraternidad. Una Fraternidad jurídicamente integrada podría, ciertamente, aportar a la iglesia moderna el “carisma de la Tradición”, pero debería aceptar también los otros caminos y el pensamiento conciliar en el sentido de un pluralismo.

Esta crítica es totalmente justificada y hay que tomarla en serio. Pues, ¿cómo podríamos eliminar la impresión de que se estaría estableciendo un silencio en cierta medida cómplice, conduciendo, de hecho, a esa multiplicidad paralela que relativiza la verdad, cuando esa es justamente la base del modernismo?
Asís III y más aún esta desafortunada beatificación de Juan Pablo II, y muchos otros ejemplos, muestran claramente que la autoridad de la Iglesia no está todavía dispuesta a abandonar los falsos principios de Vaticano II y sus consecuencias. De modo que cualquier propuesta que se haga a la Tradición debe garantizarnos, al mismo tiempo, la libertad de continuar nuestra obra y nuestra crítica a la “Roma modernista”.  Para ser honesto, esto parece muy muy difícil. Una vez más, cualquier compromiso falso o peligroso debe ser descartado.
No tiene sentido comparar la situación actual con la de las conversaciones de 1988. En esa época, Roma quería impedir una autonomía de la Fraternidad San Pío X; el obispo que, quien sabe si sí o si no se nos quería acordar, debía, en todo caso, depender de Roma. Eso pareció a Mons. Lefebvre simplemente demasiado peligroso. Si Mons. Lefebvre hubiera cedido, Roma habría, en efecto, podido esperar que una Fraternidad sin obispos “propios” se alinease al Concilio. Hoy la situación es muy distinta: cuatro obispos y 550 sacerdotes en el mundo entero. Y las estructuras de la Iglesia oficial se resquebrajan cada día más, y más rápido. Roma ya no está posicionada ante la Fraternidad como hace 20 años.

¿Ve Ud. alguna posibilidad de una respuesta positiva? ¿La Fraternidad San Pío X firmará el Preámbulo?

La diplomacia juega aquí un papel importante. Roma quiere no perder crédito ante el público. Ya se ha acusado demasiado al Papa por haber levantado las “excomuniones” a nuestros obispos sin previas condiciones. Si se hubiera seguido a la mayoría de los obispos alemanes, la Fraternidad habría tenido que firmar antes un reconocimiento pleno y total del concilio. Por otra parte, lo exigen todavía. El Papa Benedicto XVI no hizo eso. De igual manera aconteció con la liberación de la misa tridentina, que era el otro pre-requisito que la Fraternidad había presentado.  De este modo Roma accedió en dos oportunidades a los deseos de la Fraternidad. Se comprende que ahora se pide un texto que pueda ser presentado al público. La pregunta es si podemos firmar ese texto. En una semana los Superiores de la Fraternidad San Pío X se reunirán en Roma para discutir este tema. El Cardenal Levada y la S. C. para la Doctrina de la Fe son conscientes que no pueden exigir un texto que la Fraternidad, por su parte, no pueda justificar ante sus miembros y sus fieles.

¿Quién saca mayor ventaja de las conversaciones: Roma o la Fraternidad San Pío X?

Este es un punto muy importante, de modo que lo repetiré: para nosotros no se trata de obtener una ventaja. Queremos que el tesoro que nos ha confiado Monseñor Lefebvre vuelva a ser accesible para toda la Iglesia. En este sentido un reconocimiento canónico sería un beneficio para la Iglesia. Porque así un obispo conservador podría, por ejemplo, pedir a un sacerdote de la Fraternidad que enseñe en su seminario diocesano. Es más, una regulación de nuestra situación podría permitir que ciertos católicos, que antes se dejaban disuadir por etiquetas infamantes, se acercaran a nosotros. Pero no se trata de eso. La Fraternidad creció constantemente a lo largo de 41 años, a pesar del argumento contundente de la “excomunión”. Lo que a nosotros nos importa es la Iglesia católica. Junto con Mons. Lefebvre, queremos también poder decir las palabras de San Pablo: “tradidi quod et accepi” – entregamos lo que hemos recibido.

Traducción DICI. Entrevista completa aquí.
Fuente: DICI.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Décimo aniversario.


El décimo aniversario del 9/11 vino y se fue el 11 de Septiembre, hace tres semanas. Aparentemente en los medios norteamericanos hubo tal torrente de sensiblería en esta ocasión que las lluvias torrenciales recientes en la costa Este parecieron, en comparación, un pequeño aguacero. Sin embargo, antes que el sólo hecho de hablar de este tema se vuelva “antisemítico”, preguntémonos con un comentarista norteamericano de innegable inteligencia e integridad, exactamente lo que fue la realidad de este evento.
El comentarista es el Dr. Paul Craig Roberts, quien anunció hace varios meses su retiro como escritor. Él había desistido por la carencia de lectores interesados en la verdad. Afortunadamente su retiro no duró mucho tiempo. Él dice la verdad y hay demasiado pocos como él por ahí. “En América el Respeto por la Verdad está Muerto” es el título de su artículo del 12 de Septiembre publicado en infowars.com. Como él lo sugiere, la pérdida del sentido de la verdad es el drama real, tanto del 9/11 como de los diez años subsiguientes, no solamente en los Estados Unidos, sino de hecho en el mundo entero.
El Dr. Roberts tiene una formación científica y como tal dice que fue totalmente convencido por las pruebas científicas presentadas en la reunión del 8 al 11 de Septiembre que tuvo lugar en la Universidad Ryerson, Toronto, Canadá, sobre los eventos del 9/11. Durante estos cuatro días de conferencias, distinguidos científicos, estudiosos, arquitectos e ingenieros, presentaron el fruto de sus investigaciones sobre los eventos del 9/11 (sus conclusiones tal vez todavía se pueden encontrar en http://www.ustream.tr/channel/thetorontohearings). El Dr. Roberts escribe que las investigaciones de ellos “han probado que el edificio WTC7 fue una clásica demolición controlada y que dispositivos incendiarios y explosivos derrumbaron las Torres Gemelas. No queda ninguna duda al respecto. Cualquiera que declare lo contrario no tiene bases científicas que lo respalden. Los que creen en la versión oficial creen en un milagro que desafía las leyes de la física”.
El Dr. Roberts cita algunas de las muchas pruebas científicas presentadas en Canadá, por ejemplo el descubrimiento reciente de nano-termita (mezcla de aluminio pulverizado y un óxido metálico de un explosivo) en el polvo producido por el derrumbe de las Torres. Escribe pero que “la intención criminal así revelada es tan contundente que la mayoría de los lectores la encontrarán como un desafío a su fortaleza emocional y mental”. La propaganda del gobierno y los “presstitutos” medios tienen tal agarre sobre nuestras mentes que la mayoría de la gente seriamente piensa que solamente “los locos de la teoría de la conspiración” pueden poner en duda la versión del gobierno. Los hechos, la ciencia y la evidencia ya no cuentan mas para nada (¡Alguien que conozco sufrió por esto!). El Dr. Roberts cita a un Profesor de Derecho de Chicago y Harvard proponiendo incluso que ¡basarse en los hechos para dudar de la propaganda gubernamental es algo que tiene que ser silenciado!
G. K. Chesterton dijo una vez una frase famosa, que cuando la gente deja de creer en Dios, ya no creen en nada, sino creerán en cualquier cosa. Lo más grave de todo es que entre los muchos millones de perdedores de la verdad del 9/11, están los Católicos que no pueden o no quieren aceptar la evidencia de que el 9/11 fue un trabajo hecho en casa, que no pueden o no quieren ver las dimensiones verdaderamente religiosas del triunfo mundial que tal mentira como la del 9/11 representa para lavarnos la cabeza. Que tales Católicos tengan cuidado. Puede parecer una insensata exageración decir que ellos corren peligro de perder la Fe, pero, ¿no tenemos el ejemplo aterrador de lo que acaba de ocurrirnos con el Concilio Vaticano II? ¿Acaso no fue en la década de 1960 cuando un muy grande número de Católicos miraron con tanta simpatía al mundo moderno que pensaron que su Iglesia tendría que adaptarse a él? ¿No fue el Vaticano II el resultado? ¿Qué hizo éste con la Fe de ellos?

Kyrie eleison.

Mons. Richard Williamson, “Comentarios Eleison” Nº 220, 1 de Octubre de 2011.

Por cierto, el autor mencionado por Mons. Williamson, no es el único prestigioso que cuestiona la versión oficial de los hechos. Aquí ahy otros testimonios de personaes importantes vinculados con la política:


La mentira del 11-S expuesta por el Parlamento Europeo.




Parlamento japonés expone la mentira del 11 de septiembre.

martes, 27 de septiembre de 2011

Conferencia en mp3: “El Limbo”.


Descargar en mp3:
R.P. José María Mestre Roc

¿Dónde van las almas de los que mueren sin la posibilidad del bautismo y sin el uso de razón? ¿Cuál es el destino de los niños que mueren por el aborto? La tradición de la Iglesia enseña que existe un lugar llamado Limbo, que allí van las almas que mueren sin haber recibido el santo Bautismo y que, en consecuencia, carecen de la visión beatífica. Por eso, el católico de hoy, es quién debe estar más que nunca en la lucha contra el nefasto crimen del aborto, ya que de cometerse, no sólo se mata una creatura inocente sin posibilidades de defenderse, sino que también, y mucho más grave todavía, se le cierran totalmente las puertas al Cielo, las puertas hacia la visión de Dios mismo.
Si bien no es un dogma de fe definido (aunque muy cerca de serlo), inspirado en la Tradición y siguiendo el espíritu de los Santos Padres, el Magisterio y los catecismos de la Iglesia católica, han enseñado la existencia del Limbo en varias ocasiones.
La Comisión Teológica Internacional emitió un documento titulado “Destino de los niños que mueren sin bautizar es el Cielo”, que señala afirma -entre otras cosas- que el Limbo de los niños es una “hipótesis posible” inspirada en una “visión excesivamente restrictiva de la salvación”. Si bien el documento emitido por la Comisión Teológica Internacional, dice no negar el dogma del Pecado Original, la negación de la existencia del Limbo (aunque mitigada) traería consecuencias nefastas para el Dogma del Pecado Original.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Películas sobre la crisis.


Dos películas interesantes ya han aparecido sobre el advenimiento en Estados Unidos de la crisis financiera y económica, que desde el 2008 ha estado amenazando con arruinar subrepticiamente todo el modo de vida de Occidente. Ambas películas están bien hechas. Ambas son persuasivas. Sin embargo una dice que los banqueros son héroes mientras que la otra dice que son villanos. Si la sociedad occidental debe tener algún futuro, la contradicción amerita reflexión.
La película documental Inside Job consiste en una serie de entrevistas con banqueros, políticos, economistas, hombres de negocio, periodistas, intelectuales, consejeros financieros, etc. Emerge de esto un panorama aterrador de codicia y confabulación para el fraude en la cima de la sociedad americana en todos esos campos. La libre empresa fue la justificación para abolir el control sobre actividades financieras durante las décadas de 1980 y 1990, que otorgó a los hombres de dinero constantemente más poder hasta que lograron poner bajo su control a todos los políticos o periodistas o académicos influyentes. De tal modo que todavía está en marcha el despiadado proceso de saqueo de las clases media y trabajadora. La ira de las víctimas va creciendo hacia una explosión, pero, al menos por el momento, los hombres de dinero no pueden dejar de saciarse del bebedero que ellos mismos tan bien han planeado para su propio provecho. “La codicia es buena. Hace que el mundo funcione”, dicen los banksters (banqueros-gangsters).
En la segunda película Too Big to Fail, se reproducen los eventos dramáticos del otoño 2008 nucleados en el colapso de Lehmann Brothers, uno de los principales bancos de inversión en Nueva York. Hank Paulson, entonces Secretario del Tesoro de Estados Unidos, aparece haciendo una clásica decisión de libre empresa, rechazando el salvataje gubernamental dejando así caer en bancarrota a Lehman Brothers. Pero el resultado es una sacudida tan fuerte para la comunidad financiera global, amenazando derrumbar el comercio y las finanzas mundiales, a punto tal que Paulson y sus camaradas del gobierno con la ayuda de todos los banqueros principales de Nueva York, tienen que persuadir al Congreso de Estados Unidos para que apruebe un salvataje por parte de los contribuyentes a favor de los grandes bancos a los cuales no se les puede permitir caer. Y, justo a tiempo, él lo logra. El sistema está salvado. El gobierno y los banqueros son los héroes del día. Una vez más se comprueba que el capitalismo es la maravilla que siempre sabíamos que era - ¡Gracias a la intervención socialista!
Entonces, los banqueros, ¿son héroes o villanos? Respuesta, héroes a corto plazo, lo cual es mucho decir, ciertamente villanos a largo plazo porque se necesita muy poco sentido común para comprender que debido a que toda sociedad necesita del altruismo, ninguna sociedad puede construirse sobre la codicia, es decir el egoísmo. En toda sociedad siempre habrá los que tienen y los que no tienen (ver Jn.XII, 8). Los dirigentes de la sociedad que tienen el dinero y el poder absolutamente deben  cuidar a las masas que no tienen ni el uno ni el otro, de otra manera habrá revolución y caos. Naturalmente, los globalistas están contando con el caos de mañana para que les dé el poder mundial al día siguiente, pero, aunque ellos pueden proponer, es Dios quien dispone.
Mientras tanto, los Católicos y cualquiera a quien le importe el futuro, tendrían que ver estas dos películas y entonces proponerse a sí mismos algunas preguntas incómodas acerca del capitalismo y la libre empresa. ¿Por cuál prodigio el capitalismo podía ser salvado esta vez solamente por el socialismo? ¿Es el gobierno entonces realmente tan malo? ¿Es el capitalismo realmente tan bueno? ¿Cómo una sociedad puede depender de hombres codiciosos para sobrevivir? ¿Como pudo la sociedad haber caído en tal dependencia? Y, ¿hay alguna señal en este momento de que alguien se esté haciendo tales preguntas? O, ¿es que el culto de todos al becerro de oro  -llamemos a las cosas por su nombre- prosigue desenfrenado?
A menos que Jesucristo absuelva a los hombres de sus pecados por medio de sus sacerdotes, ningún sistema de sociedad posterior a la Encarnación puede en última instancia funcionar. El capitalismo solamente se mantuvo como parásito del Catolicismo de siglos precedentes. El Catolicismo, ¿está agotado? ¡El capitalismo está muriendo!                                                                          

Kyrie eleison.

Mons. Richard Williamson, “Comentarios Eleison” Nº 219, 24 de septiembre del 2011.

sábado, 24 de septiembre de 2011

De la Iglesia perseguida.



No soy de ver televisión pero, en ciertas ocasiones, me toca hacerlo. Hace unos días, en un programa periodístico argentino, se debatía tristemente el tema del aborto. Había un panel de tres mujeres, las cuales, sostenían tres posturas diferentes: una era la tibia, perteneciente a un partido político, que intentaba ser lo más “políticamente correcta” y que defendía la postura abortista en casos excepcionales, como en el caso de una violación a una deficiente mental. La otra panelista, era aquella radicalmente abortista que va por toda la legalización del aborto en cualquier circunstancia; y la tercera, era quién decía que cualquier tipo de aborto, se practicase como se practicase, estaba mal ¿A qué voy con todo esto, si el artículo que pretendo presentar trata de la persecución a la Iglesia? Bien, en un momento, uno de los periodistas encargados de preguntar a las diferentes posturas, atacó a la tercera panelista, la que defendía la vida desde la concepción, situando sus preguntas en torno a su postura como católica, vociferando que porqué ella se atrevía a atacar el aborto si la Iglesia tapaba abusos sexuales y muchos otros crimenes supuestamente peores. La católica supo responder que el debate era sobre el aborto y no sobre aquellas otras cosas, también condenables, que el periodista insidiosamente sacaba como tema para defender su postura.  Un crimen debe ser justificado con otro crimen… ése parecía el argumento esencialmente justificativo para intentar una defensa a la postura abortista, “si Uds. son malos, ¿porqué no podemos serlo nosotros?” Y ese es el nivel al que realmente se quiere desembocar con la ideología de turno y de moda: a la condena de lo verdaderamente molesto para el espíritu mundano, a la Iglesia católica.
Por otro lado, nos encontramos con la persecución ya no sólo en el plano moral y de orden natural, sino que también en el plano de aquello que pueda tener olor a “tradición católica”, resulte sistemáticamente perseguido por el progresista. Cualquier declaración Papal que recuerde algo de la doctrina tradicional de la Iglesia, o cualquier grupo católico que conserve la fe en su integridad, es defenestrado sistemáticamente y etiquetado con algún mote que no sea abiertamente anticatólico pero que en el fondo ataque aquello tan odiado; como por ejemplo el de “retrógrados”, “medievales”, “conservadores”, o el tan usado “ultra” delante del adjetivo para darle un tono de fanatismo y gravedad al asunto. Y ni hablar de los otros medios más abiertamente de izquierda, que se remiten al comodín de “fachista” o “nazi”.
La triste realidad es que muchos católicos se encuentran en la vereda de la persecución a quiénes deberían ser sus hermanos, entrando (algunos por ignorancia, otros por intentar congeniar con las ideas modernas y descristianizadas) en la misma persecución mediática hacia la Iglesia católica y a su Tradición bimilenaria, excomulgando, echando, expulsando o simplemente increpándolos de “fascistas”, pensando que con esa forma de actuar, hacen un bien a la Iglesia. De eso habla Leonardo Castellani en su siguiente sermón.


Domingo de la infra-octava de la Ascensión
Jn 15, 26-27; 16, 1-4.

EL evangelio de este Domingo (Jn XV, 26) da otra vez un salto atrás, al fin del capítulo XVI; pero está todavía dentro del lar­go Sermón Despedida de Cristo. Es un evangelio actual, porque trata de la “persecución”, y la Iglesia ha estado siempre perseguida de una manera u otra, conforme a la predicción de Cristo: “Si a mí me persi­guieron, a vosotros os perseguirán; no es el discípulo mayor que el maes­tro”. Y quizás está hoy más perseguida que nunca en todo el mundo, aunque no lo parezca.
En estos cinco versículos, Cristo encomienda a los Apóstoles la mi­sión de Testigos, y les promete el Espíritu Santo, que será el primer Tes­tigo, el testigo interior que nos hace sentir la verdad de lo que Él dijo; y después les predice las dos formas más terríficas de persecución “para que no os escandalicéis”, para que no tropecéis cuando ellas acaezcan.
Las dos formas más terríficas de la persecución son la de adentro y la de afuera; primero la de adentro: “seréis excomulgados”, como si dijéra­mos... (“exsynagogis facient vos-apossynagogéesete”) seréis echados de la si­nagoga o reunión de los creyentes, que equivale a nuestra “excomunión”. Y después la de afuera, “os matarán”, y en los últimos tiempos, “os ma­tarán y creerán con eso hacer un servicio a Dios”; es decir, os matarán como a criminales, como a perros rabiosos. Los mártires de los últimos tiempos, dice San Agustín, ni siquiera parecerán ser mártires. Actualmen­te en Rusia, cuando matan a un cristiano, no lo matan por cristiano, si­no por haber hecho no sé cuántas traiciones y felonías contra la patria; y se las hacen confesar primero por medio del pentotalt, o lo que sea. Lo mismo pasó en Inglaterra en tiempo de Isabel la (Sucia) Virgen, como la llaman ahora algunos historiadores: mataban a los que decían misa o es­cuchaban misa, como a Campion, Norfolk o Southwell, pero no “por decir misa” sino porque “ayudaban a los españoles contra Inglaterra”: por “traidores a la Reina”.
Lo que Cristo predijo se cumplió; todos los Apóstoles murieron már­tires -y primero los echaron de la sinagoga después de azotarlos- excep­to San Juan Evangelista, que murió en su cama a los 100 años de edad, pero fue mártir: porque lo echaron a una caldera hirviendo de hacer tor­tas fritas en tiempo de Domiciano César, de donde salió milagrosamente ileso, porque Dios quería que escribiera el Apokalypsis y el Cuarto Evan­gelio; éste que estamos comentando. Y después el Emperador lo condenó a las minas en la isla de Patmos; y las minas de los romanos eran un su­plicio peor que la muerte; como lo ha mostrado Ramsay en su erudito libro, The Letters to the Seven Churches. Allí compuso el Apokalypsis; y se salvó de la-muerte prematura, la idiotez o la demencia por pura casuali­dad; porque habiendo sido trucidado por el ejército bajo el mando de Nerva el feroz Domiciano, el Senado decretó la nulidad de todos los decretos que había dado “el tirano depuesto”; y Juan fue soltado de las minas por pura y simple burocracia; o Providencia.
El primero de los Apóstoles martirizados fue el primo carnal de Jesu­cristo, Santiago el Menor, de quien se dice que fue nieto de Santa Ana, el Apóstol calladito que no habla en todo el Evangelio, pero que habla en el primer Concilio de Jerusalén con una autoridad casi tan grande co­mo la de Pedro; y que calma y mete en razón al tempestuoso Pablo, “que vio a Cristo en el viento”, como dice Rubén romántico. Fue arzo­bispo de Jerusalén y tuvo que vérselas con los judíos. Duró poco: lo echa­ron no solamente de la Sinagoga sino también del Templo, haciéndolo rodar por la alta escalinata; y cuando estaba todo roto al pie, le hicieron saltar los sesos con el palo de un batanero: con un batán o garrote. Y así los demás fueron dando su Testimonio en diversas formas amenas: San Pedro crucificado cabeza abajo sobre la propia colina vaticana; por lo cual dicen que en el Vaticano siempre ha de haber gentes patas arriba.
“Todo esto os he dicho ahora, para que, cuando llegue la hora, os acor­déis que yo lo predije. Todo esto os harán, porque no conocieron al Pa­dre ni a Mí. Ahora hay que decirlo, porque ahora me voy. ¿Qué? ¿Aho­ra os ponéis tristes? ¿Y ninguno me pregunta adónde voy?”, concluyó el Señor; y así concluimos también nosotros. ¡Mucho ojo y mucho ánimo!
Así que es deber del cristiano tener ojo a la persecución. Ese fenómeno histórico de la persecución es una cosa digna de que un filósofo ponga sus ojos en ello y lo considere. ¿Por qué tengo yo que estar aquí en con­diciones desventajosas, extranjero en mi patria, a malas penas ganándome la vida con gran esfuerzo en medio de los parásitos opulentos, como un “ciudadano de segunda zona”?
-¡Porque eres cristiano!
-¿Es un crimen ser cristiano?
-Para el mundo ser cristiano es una agresión y una molestia. De al­guna manera u otra, el verdadero cristiano es resistido por el mundo. “Todo aquel que quiera vivir píamente en Cristo Jesús será perseguido” (II Tim III, 12).
¿Y la Iglesia Católica por ventura no ha perseguido a su vez cuando se sintió poderosa? No, rotundamente. Jamás. ¡Qué tanto! Basta.
Estamos hartos de leer en libros herejes que corren ahora a docenas entre nosotros, por culpa de los editores logreros -y de otros también, digamos la verdad, que no son editores-, estamos hasta aquí, hasta el gaznate... de la Noche de San Bartolomé, las Dragonadas, la Matanza de los Albigenses, María Tudor, Galileo; y la Inquisición Española... Son cosas fieras, desde luego; pero ni han sido persecución, ni causadas por la Iglesia en cuanto Iglesia; aunque se hayan ensuciado en ellas algunos “hombres de Iglesia”. ¿Qué han sido, pues? Han sido abusos políticos, hechos por hombres políticos, y obstaculizados y aun reprobados por los hombres religiosos; y los hombres religiosos eminentemente cons­tituyen la Iglesia, nuestra Iglesia, que nosotros conocemos por dentro y no por fuera solamente. Todas esas grandes resbaladas son simplemente casos de mundanismo dentro de la Iglesia; contra los cuales la Iglesia reac­cionó de inmediato, de una manera u otra. “Reaccionó tarde”, dicen. Reac­cionó tarde una vez de cada diez veces.
La tan traída y llevada Inquisición Española no fue al fin y al cabo -véa­se los equilibrados libros de William Th. Walsh, discípulo de Belloc, y el libro de Hoffman Nickerson- sino una defensa contra una invasión extranjera, un caso de defensa propia y de instinto de conservación co­lectivo. ¿Invasión de quién? Pues del protestantismo alemán del pavote de Lutero, que no tenía nada que hacer en España. Cuélguenle todos los abusos y errores que quieran, jamás impedirán que en el fondo haya te­nido razón. Tuvo una clara y simple -elemental- razón de ser política: pero la política siempre es un poco sucia; o mucho. Y de todos los abu­sos que he leído de ella -escritos comúnmente por autores apasionados e irresponsables, Llorente, Medina- del único que estoy seguro es del pro­ceso del arzobispo de Toledo, Bartolomé Carranza, que leí en Menéndez Pelayo; proceso que se prolongó abusivamente ¡veinte años! al fin de los cuales el testarudo aragonés fue absuelto y puesto en libertad... poco an­tes de morir. Contra el juicio de Menéndez Pelayo, nadie me quita a mí que eso fue una barbaridad de Felipe II y una debilidad del Vaticano; pe ro al lado de las barbaridades protestantes que en ese mismo tiempo ha­cían Isabel en Inglaterra, Calvino en Ginebra y Gustavo Adolfo en Germania, la barbaridad del pobre “Demonio del Mediodía” desaparece como una astilla en un horno ardiente. No digo que se pueda aprobar; digo que hay que mirarla en su propia perspectiva. Para mí, mirada des­de el ángulo religioso, es una abominación; pero mirada desde el ángulo político, parece que es comprensible, si aprobable no. Conozcamos las cosas desde todos los ángulos, si es posible: eso es filosofía.
Filosóficamente se puede justificar la Inquisición Española; y eso tanto más fácilmente cuanto más arriba se tome; pues de hecho fue una insti­tución que decayó rápidamente. Pero yo debo ser nieto de garibaldino, porque debo confesar que sentimentalmente me crispo todo solamente de pensar en la fuerza aplicada a la defensa de la religión. Toda el alma se me levanta ante el proceso de Carranza, la retractación de Galileo, la ominosa condena de Giordano Bruno o la imbécil retractación y silencio impuesto al cardenal Petrucci, que fue un napolitano genial en psicología y moral, precursor iluminado de Charcot, Babinsky y Paul Janet en el conocimiento de las neurosis. Lo hicieron retractarse de lo que él veía claramente y retirarse a Nápoles, porque tenían miedo que llegara a Pa­pa: por política[1]. Y yo sé que todos estos errores chillones fueron obra de hombres políticos, y no de religiosos. El hombre religioso que había allí, en el tribunal de Petrucci, fue el teólogo vizcaíno Padre Pérez que disintió en casi todas las censuras.
¿Qué me importa a mí, que soy hombre religioso -o al menos deseo serlo- de las barbaridades que hayan hecho los hombres políticos, aunque sean católicos, si es que fue católico el cardenal Cybo? Ni Cristo ni yo tenemos la culpa. Yo no soy responsable de lo que hayan perpetrado Ale­jandro VI, Felipe II o María Tudor; que ciertamente no hicieron, por otra parte, todo lo que les achacan sus enemigos. Si María Tudor fuese realmente la “María Sangrienta” (“Bloody Mary”) que pintan Hume y Green, peor para ella, ella habrá dado rigurosa cuenta a Cristo, simple­mente desobedeció a Cristo: no me vengan aquí con cuentos de yonis. ¿El Papa Julio II tuvo un hijo natural? Peor para él. ¿El Papa Juan XII fue el Papa más malo y ruin de toda la Historia? Pues al lado del Rey más ruin de toda la Historia, que no fue católico y persiguió a los cató­licos, Juan XII es un angelito...
Estas cosas hay que mirarlas intelectualmente, y no sólo sentimental­mente; y eso es filosofía y sentido común. Ya sabemos de lo que son capaces los hombres, lleven jubón o lleven sotana; y los curas en jubón, hombres son. Son capaces de corromperlo todo, incluso la religión. La religión es una cosa seria; y el que peca en religión, peca seriamente.
La Iglesia es santa, no porque no haya en ella posibilidades y aún fo­cos de corrupción -como hay en un organismo sano focos de enferme­dad- sino porque conserva un sistema nervioso que la hace estremecerse delante de la corrupción. Y ese sistema nervioso son los hombres reli­giosos que en la Iglesia existen como en su centro, como contrapeso de los otros: los Mártyres, los Testigos de Cristo. Once Apóstoles mártires contrapesan a Judas Traidor. Petrucci contrapesa a Cybo.
Yo no soy responsable de lo que hayan hecho Juan XII o Alejandro VI; porque si hubiese vivido cuando ellos, con la gracia de Dios me hu­biese opuesto a lo que hacían con todos los medios a mi alcance; como me opongo ahora, dando testimonio con mis pobres medios, a lo que hacen de malo los malos clérigos, malédicos y calumniadores; los cuales no me tienen mucha simpatía, a juzgar por las cartas anónimas -o no anónimas- que recibo de vez en cuando; y que son un horror. Porque, efectivamente, un cura que no tiene fe es horroroso: no es el único ho­rror que hay en el mundo; pero es uno de los peores. “A mí me persi­guen, pero no puedo ser mártir -dijo San Basilio de Cesarea, llamado el Grande- porque los que me persiguen llevan mi mismo nombre”. Pero a Santa Inés y a Santa Bárbara, que eran tiernas niñas, las persiguieron hasta la muerte sus propios padres. La persecución que Cristo predijo a los suyos viene de cualquier parte: a veces de donde menos se piensa.
La fe en el Crucificado no invita a perseguir a nadie; invita a soportar la persecución. La fe en el Crucificado existe en este mundo mezclada a la cizaña del mundo; y así existirá hasta el Fin del Mundo.

Leonardo Castellani, “El Evangelio de Jesucristo”, Editorial Vórtice, Buenos Aires, 1997, págs. 184-188.


[1] Opinión personal del autor después de haber leído el proceso de Pier Mateo Petrucci ocurrido en 1688. Creo que las 54 proposiciones retractadas pueden entenderse ortodoxamente, pese a la ambigüedad de algunas, como opinó uno de los calificadores.