domingo, 14 de abril de 2013

Así habla un sucesor de Pedro.


 

Entrevista entre San Pío X y Teodoro Herzl (el padre del sionismo)

Narración de Teodoro Herzl:

Ayer fui recibido por el Papa Pío X. Me recibió de pie y tendió la mano que no besé. Se sentó en un sillón, especie de trono para “los asuntos menores” y me invitó a sentarme cerca de él. El Papa es un sacerdote lugareño, más bien rudo, para quien el Cristianismo permanece como una cosa viviente, aún en el Vaticano. Le expuse mi demanda en pocas palabras. Pero, tal vez enojado porque no le había besado la mano, me contestó de modo demasiado brusco:

— No podemos favorecer vuestro movimiento. No podemos impedir a los judíos ir a Jerusalén, pero no podemos jamás favorecerlo. La tierra de Jerusalén si no ha sido sagrada, ha sido santificada por la vida de Jesucristo. Como jefe de la Iglesia no puedo daros otra contestación. Los judíos no han reconocido a Nuestro Señor. Nosotros no podemos reconocer al pueblo judío.

De modo que el antiguo conflicto entre Roma y Jerusalem, personificado por mi interlocutor y por mí, revivía en nosotros. Al principio traté de mostrarme conciliador. Le expuse mi pequeño discurso sobre la extraterritorialidad. Esto no pareció impresionarlo. “Gerusalemme”, dijo, no debía a ningún precio, caer en manos de los judíos.

— Y sobre el estatuto actual, ¿qué pensáis vos, Santidad?

— Lo sé; es lamentable ver a los turcos en posesión de nuestros lugares Santos. Pero debemos resignarnos. En cuanto a favorecer el deseo de los judíos a establecerse allí, nos es imposible.

Le repliqué que nosotros fundábamos nuestro movimiento en el sufrimiento de los judíos, y queríamos dejar al margen todas las incidencias religiosas.

— Bien, pero Nos, en cuanto Jefe de la Iglesia Católica, no podemos adoptar la misma actitud. Se produciría una de las dos cosas siguientes: o bien los judíos conservarán su antigua Fe y continuarán esperando al Mesías, que nosotros los cristianos creemos que ya ha venido sobre la tierra, y en este caso ellos niegan la divinidad de Cristo y no los podemos ayudar, o bien irán a Palestina sin profesar ninguna religión, en cuyo caso nada tenemos que hacer con ellos. La fe judía ha sido el fundamento de la nuestra, pero ha sido superada por las enseñanzas de Cristo y no podemos admitir que hoy día tenga alguna validez. Los judíos que debían haber sido los primeros en reconocer a Jesucristo, no lo han hecho hasta hoy.

Yo tenía a flor de labio la observación: “Esto ocurre en todas las familias; nadie cree en sus parientes próximos”; pero de hecho contesté: “El terror y la persecución no eran ciertamente los mejores medios para convertir a los judíos”.

Su réplica tuvo, en su simplicidad, un elemento de grandeza:

— Nuestro Señor vino al mundo sin poder. Era povero. Vino in pace. No persiguió a nadie. Fue abbandonato aún por sus apóstoles. No fue hasta más tarde que alcanzó su verdadera estatura. La Iglesia empleó tres siglos en evolucionar. Los judíos tuvieron, por consiguiente, todo el tiempo necesario para aceptar la divinidad de Cristo sin presión y sin violencias. Pero eligieron no hacerlo y no lo han hecho hasta hoy.

— Pero los judíos pasan pruebas terribles. No sé si Vuestra Santidad conoce todo el horror de su tragedia. Tenemos necesidad de una tierra para esos errantes.

— ¿Debe ser Gerusalemme?

— Nosotros no pedimos Jerusalem sino Palestina, la tierra secular.

— Nos no podemos declararnos a favor de ese proyecto.

Teodoro Herzl

Nota: He aquí el testimonio luego de su visita a San Pío X, en Roma, el 26 de enero de 1904. Aparecido originalmente en “La Terre Retrovée”, 1º de Julio de 1956. Fuente: El blog de Cabildo.

miércoles, 10 de abril de 2013

Otro hombre de paja.


Nuevamente el padre Iraburu ataca a los católicos tradicionales que él llama equívocamente “lefebvrianos” (¿quizás aquellos seguidores que publican en su InfoCatólica deberíamos llamarlos “irabureanos”?). Publicamos algunas distinciones en respuesta que hace el blog InfoCaótica al respecto.
También, aprovechamos para agradecer, la propaganda que nos ha hecho Iraburu.


Otro hombre de paja

El p. Iraburu arremete en una segunda entrega contra algunos medios tradicionales, después de la respuesta de Antonio Caponnetto. El artículo contiene muchos elementos para analizar y contrastar.
Dice Iraburu: “Si un hereje es elegido Papa, la elección es inválida, absolutamente nula: no es un Papa hereje, sino sencillamente no es el Papa”. Y más adelante, completa su pensamiento: “Si alguien niega o pone en duda la ortodoxia de un Cardenal que ha sido elegido Papa, niega o pone en duda la validez de su elección y entronización en la Sede Romana.”

Hay aquí dos aporías que queremos señalar:

1. La herejía. Alguna vez publicamos en nuestra bitácora una entrada sobre la torquemaditis que llama herejía a cualquier heterodoxia sin tomar en cuenta requisitos imprescindibles. 
Parece que algunos se imaginan a Dios como un juez obsesivo y sádico, que disfruta cada vez que un heterodoxo cae en la herejía, y conciben al Derecho Canónico como una máquina que expulsa herejes de la Iglesia. Olvidan que la salvación de las almas es la ley suprema y que la pena canónica tiene un fin medicinal antes que retributivo.
Recordemos que el hereje no rechaza totalmente la fe cristiana; sino que, permaneciendo cristiano, niega alguna verdad de fe divina y católica; en particular el hereje conserva, al menos, la fe en la divinidad y humanidad de Jesús. La noción de herejía viene expuesta en el canon 751 (CIC, 1983) al decir que se trata de la negación o duda pertinaz de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica por parte de un bautizado. En el c. 750 se indica cuáles sean las verdades de fe divina y católica.
Nos encontramos ante un requisito esencial para que pueda hablarse de herejía: la verdad negada o puesta en duda debe ser de fe divina y católica. Porque que “se aparta uno de la unidad de la Iglesia, ab Ecclesiae unitate deficere, por la herejía, y no por un error de menor gravedad” (Cfr.  Thils, G. La infalibilidad pontificia, Sal Terrae: Santander, 1972. Ps. 310-313). Es que así como existe una jerarquía de las verdades de fe expresadas en ciertas notas, también se dan diferentes censuras para designar el carácter heterodoxo de una proposición. La heterodoxia puede expresarse de muchas formas que no configuran herejía, a saber: próxima a la herejía (se opone a una sentencia próxima a la fe), con resabios de herejía o sospechosa de herejía, errónea (contraria a una verdad no revelada, pero conexa con la revelación y definitoriamente propuesta por el magisterio eclesiástico [error in fide eclesiástica]) o bien contraria a una doctrina reconocida generalmente como cierta por los teólogos [error theologicus], falsa (contraria a un hecho dogmático), temeraria (sin fundamento en la doctrina universal), ofensiva a los piadosos oídos (lastima el sentimiento religioso), malsonante (con expresiones equívocas), capciosa (insidiosa por su pretendida ambigüedad), escandalosa (que es ocasión de escándalo).
Por tanto, ¿qué decir de una heterodoxia que no afecta a una verdad de fe divina y católica? Que no es herejía, aunque sea un error menos grave.
Ahora bien, supuesto que una opinión heterodoxa negase una doctrina definida, no bastaría con ello para que estemos ante una herejía. Porque la negación puede deberse a un simple olvido, a ignorancia o inadvertencia, y entonces estamos frente a una herejía material, que no es culpable. Sólo una vez que ha mediado amonestación de parte la autoridad, si el hereje material persiste en su error, se convierte en hereje formal. La contumacia es elemento constitutivo de la herejía como pecado y como delito.
Además, para que la proposición herética sea delito, la acción externa debe ser gravemente imputable. La gravedad de la imputabilidad se refiere ante todo al aspecto moral y también al legal penal. Donde falte la gravedad moral, falta también un presupuesto esencial para la constitución del delito. Donde no haya pecado grave no puede existir delito; si bien no siempre que se haya cometido pecado grave habrá necesariamente delito.
¿Qué pensar, por tanto, de quien dice una herejía sin contumacia? Que no es hereje formal.
Visto que no todo error es herejía, sino sólo el que cumple con muy estrictos requisitos objetivos y subjetivos, debemos señalar ahora un elemento de hecho que complica más el asunto. En efecto, quien tenga un poco de experiencia judicial conoce la enorme dificultad que hay para probar ciertos delitos. Algo análogo hay que decir del delito de herejía en sede canónica.
Los críticos del cardenal Jorge Bergoglio le han hecho acusaciones diversas. Pero no conocemos a ninguno que lo haya acusado de herejía formal y que haya ofrecido pruebas suficientes. Va de suyo, además, que todo acusado de delito tiene derecho a la defensa.

2. Validez de la elección del Papa Francisco. Si no cualquier heterodoxia configura herejía, si la herejía debe ser formal y su prueba es cosa harto difícil; si, por consiguiente, es falso que quien niega o pone en duda la ortodoxia de un cardenal lo considera hereje; para cuestionar la validez de la elección y entronización de un Papa también hace falta probar supuestos muy importantes.
Puede ser elegido Papa todo aquel que no sea incapaz. Es capaz, cualquier varón, bautizado, católico y con el uso de razón necesario para aceptar la elección y ejercer jurisdicción. Por el contrario, son incapaces las mujeres, los herejes y cismáticos, y los carentes del uso de la razón.
Además, como la Iglesia posee una larga experiencia histórica en cónclaves conflictivos, el Derecho ha limitado los motivos por los cuales se puede cuestionar un cónclave. Lo explica bien un canonista actual: “Para evitar incertidumbres y otros graves inconvenientes, los requisitos de validez del voto [en un Cónclave] están reducidos al mínimo: basta que el procedimiento sea secreto y dado con consentimiento naturalmente suficiente; por lo tanto, no lo hacen nulo el error, el miedo o la simonía” (Cfr. Hervada, J. Elementos de derecho constitucional canónico, 2ª ed., Eunsa: Pamplona, p. 268).
¿Cómo puede decir Iraburu que la eventual elección de un heterodoxo “…viene a ser como la nulidad de un matrimonio en el que… hay en el contrato sacramental un ´error in persona´ de tal magnitud, que por sí mismo hace nulo e inválido ese matrimonio”? No hay nulidad de un cónclave por error asimilable al que vicia el consentimiento matrimonial. De manera que una de dos: o se trata de un hereje formal, incapaz de ser Papa mientras se mantenga en su pertinacia, lo que supone que ha sido declarado tal antes de la elección; o se trata de una elección válida, que no puede cuestionarse por error sobre las cualidades personales del Pontífice electo. 
En conclusión, si alguien niega o pone en duda la ortodoxia de un Cardenal que ha sido elegido Papa, de ello no se sigue que niegue o ponga en duda la validez de su elección. Para llegar a esta conclusión hacen falta varios pasos lógicos que Iraburu se ha saltado olímpicamente. Se ha creado un “hombre de paja”, el “fantasmón sedevacantista”, tal vez con la finalidad de asustar a la gran parroquia de la ortodoxia infantil. Lamentablemente, los problemas complejos no tiene soluciones simplistas, que suelen no ser más que la negación de los problemas.

Visto en InfoCaótica, 05-04-2013.

Iraburu y el Prima Sedes.



Existe aquel error de no distinguir entre la impecabilidad y la infalibilidad del Sumo Pontífice, transformándolo a éste en una especie de “títere de Dios”, impecable, inerrante, en el cual, suelen caer no pocos católicos, llevados por algunos sacerdotes que tampoco hacen las distinciones necesarias.
Publicamos un artículo que hace mención a ciertas distinciones que el p. Iraburu no hace en su respuesta al Dr. Antonio Caponnetto.


Iraburu y el Prima Sedes

El p. Iraburu ha dicho en el n. 7 de su réplica a Antonio Caponnetto algunas cosas que merecen una breve reflexión. Para comenzar, señalemos que no se ha cumplido el vaticinio de Iraburu de que el Papa Francisco “mantendrá también en cuestiones menores una continuidad espiritual con las mejores tradiciones de la Iglesia”, y un claro ejemplo en contrario lo tenemos con lo sucedido en la Misa del Jueves Santo. La explicación del liturgista Adolfo Ivorra es clara y contundente, lo que nos exime de más comentarios.
Además, alude Iraburu al axioma Prima Sedes a nemine iudicatur que tiene una larga historia y un sentido diferente al que le atribuye el infocatólico. La prohibición de juzgar tiene base dogmática: el Papa no puede ser juzgado por nadie, porque no existe ningún juez en esta tierra que tenga potestad para hacerlo. Por lo que contra un acto definitivo del Papa no cabe apelación a ninguna instancia superior.
Hay una clara traducción canónica del principio: el Romano Pontífice –Prima Sedes- no puede ser juzgado por ningún tribunal de la Iglesia (c. 1404), ya que todo poder judicial eclesiástico tiene como cabeza su potestad judicial. Por ello en caso de transgresión de esta norma, las actas y decisiones serían inexistentes, pro infectis habentur (c. 1406, 1). La falta de competencia de tales jueces es absoluta respecto del Papa.
Además, la Iglesia condena la apelación a un concilio universal, porque eso equivaldría a situar al concilio por encima del Papa. Razón por la cual el CIC (c. 1372) establece un delito que consiste en el recurso contra un acto del Romano Pontífice sea al Concilio Ecuménico o al Colegio de los Obispos. Y la doctrina es pacífica en admitir que el Papa goza de un privilegio de derecho divino que lo hace inmune al juicio de los gobernantes temporales.
Pero es evidente que no se puede hacer de esta inmunidad judicial una suerte de absoluto moral que impida cualquier juicio respecto de los actos de un papa. En primer lugar, porque la gracia supone la naturaleza y el acto de juzgar es connatural a la inteligencia humana. En segundo lugar, porque no hay modo de obedecer virtuosamente a un Papa sin un previo juicio sobre la moralidad del acto imperado, so pena de pecar contra la virtud de la obediencia y falsificarla mediante el servilismo. Un ejemplo: Alejandro VI, mediante una carta -publicada por el historiador Picotti- ordenó a su concubina retornar al lecho bajo amenaza de excomunión. ¿Debemos decir que tal mandato no debió ser juzgado por la mujer en virtud del principio Prima Sedes? ¡Absurdo! La mujer debió analizar la orden, juzgarla como inmoral –la fornicación y el sacrilegio son pecados graves-, considerar absolutamente nula la excomunión amenazada y resistir el mandato pontificio. Por último, cada vez que en Infocatólica se elogian o critican gestos del Papa Francisco se realiza un juicio previo a la opinión positiva o negativa.
La República de Venecia tuvo dificultades con la Santa Sede. Se reunieron los teólogos de dicha República y emitieron varias proposiciones. De éstas, la proposición n. 10 decía: La obediencia al Papa no es absoluta. Esta no se extiende a los actos donde sería pecado obedecerle. Estas proposiciones fueron sometidas al examen de san Roberto Bellarmino. He aquí la respuesta del Santo: “No hay nada que decir contra la proposición diez, pues está contenida expresamente en la Sagrada Escritura”. 

Decía Chesterton que para entrar en la Iglesia hay que quitarse el sombrero pero no la cabeza. Ser católico nunca puede significar una amputación de la inteligencia en su capacidad de juzgar, ni la anulación de la conciencia moral y su reemplazo por una “obediencia extrema”. 

Visto en InfoCaótica.

martes, 9 de abril de 2013

La resistencia al siglo.



“Ante el bien, se encuentre donde se encuentre, nuestra actitud sólo puede ser la que aconseja el Apóstol: probadas todas las cosas, tomad lo que es bueno. Frente al mal debemos igualmente obedecer el consejo del Apóstol: “no queráis conformaros con este siglo” (Rom. 12,2).

Sin embargo, conviene aplicar con inteligencia los dos consejos. Es excelente analizar todas las cosas y quedarse con lo bueno. Pero debemos tener presente que lo bueno es lo que está conforme, no sólo con la letra, sino también con el espíritu. Bueno no es aquello que favorece a un tiempo a la virtud y al vicio, sino lo que favorece siempre y únicamente a la virtud. Así, cuando una costumbre no es reprobable en sí misma pero crea una atmósfera favorable al mal, la prudencia manda rechazarla. Cuando una ley favorece a la única Iglesia verdadera pero al mismo tiempo favorece también a la herejía o a la incredulidad, merece ser combatida.

La resistencia al siglo tiene que hacerse también con prudencia, esto es, no debe quedar más acá o más allá de su fin. Ejemplo de resistencia poco inteligente al siglo, de apego a las formas mudables y sin mayor importancia intrínseca, lo tenemos en la vuelta al “altar en forma de mesa”. Es una resistencia que va más allá de su fin, que es la defensa de la Fe. Por otro lado, la resistencia al siglo no debe quedar más acá de su objetivo. No puede constituir en la mera enseñanza sin aplicación concreta a las circunstancias del día. Ni en promesas platónicas. Es necesario enseñar, es necesario conocer los hechos del día en toda su realidad viva y palpitante, es necesario organizar la acción para intervenir a fondo en el curso de los acontecimientos.

Por fin, es necesario recordar que la fisonomía de una época no puede ser descompuesta en aspectos buenos y malos enteramente autónomos los unos de los otros. Toda época tiene una mentalidad propia que resulta a un tiempo de los aspectos buenos y malos. Si aquellos son preponderantes y éstos se refieren apenas a asuntos secundarios, la época debe llamarse buena. Si, por el contrario, tienen preponderancia los aspectos malos y el bien existe apenas en uno o en otro pormenor, la época debe llamarse mala. En los problemas de las relaciones entre el católico y su tiempo, no basta que tome posición ante aspectos fragmentarios del mundo en que vive. Debe considerar la fisonomía del tiempo en su profunda unidad moral y tomar posición ante ella. (…)

Así concluyamos.

1. El católico de nuestra época debe distinguir cuidadosamente entre el bien y el mal, apoyando y favoreciendo todo cuanto es bueno, oponiéndose sin temor a todo cuanto es malo, valiéndose del progreso de la técnica para hacer apostolado.
2. Debe tomar posiciones contra los principios equivocados que ejercen influencia preponderante en todos los campos de la vida moderna, y de esto debe hacer su principal apostolado.

Mons. Antonio de Castro Mayer, Obispo de Campos (Brasil) -  “Compendio de verdades oportunas que se oponen a los errores modernos”.

lunes, 8 de abril de 2013

Sobre la obediencia.



I

La definición de “obediencia” de Santo Tomás es “oblación razonable firmada por voto de sujetar la pro­pia voluntad a otro por sujetarla a Dios y en orden a la perfección”.
Esta definición contiene claramente los límites de la obediencia porque no hay que creer, A. H., que la obediencia es ilimitada. Todo lo ilimitado es imperfec­to. La obediencia religiosa es ciega, pero no es idiota. Es ciega y es iluminada a la vez, como la fe, que es su raíz y fuente. Sus dos límites son la recta razón la Ley Moral.
Ambos límites están también fijados por San Ignacio al afirmar a una mano que físicamente es imposible asentir a algo absurdo, y a otra, que no hay que obede­cer cosa en que se viese pecado, no ya mortal solamen­te, sino de cualquier clase. No se puede ejecutar vir­tuosamente ninguna cosa donde exista la más mínima porquería, relajamiento, vileza o claudicación moral.
Esto significa simplemente que ningún hombre pue­de abdicar su propia conciencia moral, como nota el Angélico en De Ver. 17, 5, Ad 4m. “Unusquisque enim tenetur actus suos examinare ad scientiam quam a Deo habet, sive sit naturalis, sive acquisita, sive infusa: omnis enim homo debet secundum rationem aguere”[1]. ¡No podemos salvarnos al tenor de la conciencia de otro! ¡No podemos eximirnos de discriminar exactamente con nuestra razón el bien y el mal moral, uno para tomarlo y otro para lanzarlo! ¡No puede ser nuestro guía inte­rior la razón ajena: los actos morales son inmanentes y su “forma” es la racionalidad! Si bastara para salvarse hacer literal y automáticamente lo que otro nos dice ¿cuál sería entonces la función de la fe, de la oración, de la meditación, de la dirección espiritual, del examen y del estudio?
Nuestro Padre Ignacio recogió de los antiguos Pa­dres dos expresiones metafóricas que si se tomaran literalmente engendrarían una monstruosidad. Como bastón de hombre viejo hay que obedecer y a manera de cadáver hay que obedecer: sí señor, pero no antes que la conciencia moral haya asimilado el mandato, colocándolo en la línea de su conocimiento de Dios y haciéndolo escalón de fe y de caridad divina. Es evidente que esto no se puede hacer con una cosa torpe, absurda o ridícula. El “ir a tomar la leona y traerla al superior suyo” podrá haber sucedido en la prehistoria del Cristianismo, aunque por cierto a mí no me consta; pero ningún teólogo sensato lo tendrá por lícito en casos normales.
El obediente verdadero obedece al Superior menor a la luz de la voluntad conocida y amada del Superior mediano; y al Superior mediano a la luz conocida, entendida amada del Superior Sumo; y la de éste a la luz de las Reglas; y éstas a la luz del Evangelio; y éste a la luz interior que el Espíritu Santo imprime en los corazones y con la cual el Verbo ilumina a todo hombre venido a este mundo; de manera a formar una escala luminosa por la cual cualquier voluntad contingente o ínfima haga actos muy excelentes, superiores a su propia habitualidad tomada separadamente, por su unión con otras voluntades mejores, y en definitiva con la de Dios. Y la voluntad de Dios, no es de derogar el orden natural sino de coronarlo y sobreelevarlo.
Con esto queda dicho que la obediencia no se inven­tó para que en la vida religiosa se hagan cosas raras, feas o disparatadas; para que el orden natural se vuel­va del revés y los necios presuman guiar a los entendi­dos y “llevarlos al hoyo”, como previno N. Señor en la Parábola de los Ciegos. No se inventó la obediencia para substituir en el gobierno de los hombres la inteli­gencia por el antojo de los ambiciosos o agitados; ni para pretender que el que no sabe un oficio se entrometa a corregir al que lo sabe; ni para destruir en los hom­bres la conciencia profesional ni la honradez intelectual; ni para permitir que ocupen los comandos los medio­cres engreídos, esos “superiores briosos y sin letras” a los cuales la cordura de Mariana atribuía la causa de los desórdenes sociales en la Provincia Española bajo Acquaviva. Si para tales cosas dijera Cristo: “Qui vos audit, me audit”[2] y para eso reglamentara la Iglesia la vida religiosa; pensarlo es blasfemia, porque entonces más valiera que Cristo no hubiera venido.
Los que llevados de cualquier pasión, o por ignoran­cia o por malicia, sabiéndolo o no sabiéndolo, quieren hacer un “cadáver” h literal de sus súbditos; o bien se sujetan al Superior con el servilismo inerte de estólidos “bastones”; pecan, abusan del don de Dios, desacredi­tan a Cristo. Como toda virtud marcha en medio de dos vicios, así la obediencia camina entre la insumisión por un lado y por otro la sujeción servil, el espíritu de esclavo, la obsecuencia muerta, la dependencia al hom­bre como hombre, la ignavia[3], la pereza de pensar y la cobardía de ser persona, cosas todas que son abominables a Dios y al varón Cristo y que impiden al hombre ser dueño de sí, tomar el timón y ser el capitán de su propia alma.
Lo cual es el principio de toda vida que no sea infrahumana y mucho más de una vida sobrenatural.

II

La verdadera obediencia pertenece a la virtud de la religión, la primera de las morales; y por tanto sólo puede producirse en el clima teologal de la caridad. Sin caridad es informe. Una virtud informe es a veces más peligrosa que un vicio, “por ser grande el peligro de la vía espiritual cuando sin freno de discreción se corre por ella”. Ésas son las “virtudes locas”, que a semejanza de las “verdades locas” de Chesterton, son dinamita.
El P. Genicot pone el caso de un súbdito que notase en el Superior señales inequívocas y habituales de hos­tilidad o enemistad; y preguntándose si en este caso estaría obligado a obedecerle, responde que no, incluso en los mandatos donde no se vea formidolosidad[4]; pues un enemigo nos desea de suyo la destrucción aun sin saberlo. Cesa la obligación de la obediencia, por incumplimiento por parte de uno de los “contratantes”.
Aristóteles enseña (Eth. Nic. IX, 6) que una sociedad cesa de serlo si se deseca en ella la “concordia”, que es la amistad social; entre religiosos llamada “caridad”. En ese caso hipotético, el mecanismo de la obediencia se convertiría en un esqueleto sin carne, en una máqui­na monstruosa que parece humana pero puede ser ocu­pada de hecho por el demonio: máquina que no puedo considerar sin horror. En efecto, en tal caso, aquel inmenso poder que presta a un mortal la atadura omnímoda y total con que otro se le ha sujetado como si fuese al mismo Dios, moviéndose desordenadamente y sin el control del amor divino y el lubricante del afecto humano, puede producir estragos, puede tortu­rar de una manera increíble; y yo no dudo que puede, permitiéndolo Dios, llegar al homicidio indirecto poco menos. La historia parece confirmarlo. Omnis, qui odit fratrem, homicida est.[5]
En efecto, se produce el caso de la madre desnatura­lizada, que es, dice Aristóteles, la bestia más cruel que existe:
¿Puede darse este caso? ¿Es posible esta desapari­ción de la caridad y la consiguiente aberración del po­der en lo religioso? Hélas, todo es posible al hombre corruptible y el mortal puede abusar de todo, incluso de la Eucaristía, como vemos en la Primera a los Corintios, XI. Esto, hablando en tesis. Hablando en concreto, me parece difícil que acaezca en nuestra Com­pañía, que parece conservar de San Ignacio una heren­cia persistente de nobleza y dignidad independiente de la eventual baja cuna o plebeyismo de tales o cuales superiores, y una de las contingencias más temibles de la ambición y el nimio apego al mando.
Sin embargo nuestros enemigos nos han descrito muchas veces con esa figura de máquinas inhumanas, autómatas inertes, conciencias mutiladas. No solamen­te poetastros delirantes como Eugenio Sué, sino hom­bres de talento, aunque adversos a nosotros, como Michelet, Quinet, Eduardo Estauniée, Boyd Barret, Aldous Huxley, se han aplicado minuciosamente a ha­cer grandes retratos odiosos de la Compañía como máquina destructora de la personalidad humana y fabricadora de horrendos “robots” con sotana. ¿Qué veían en ella para poder hacerlos? Veían las reglas sin el interior espíritu de amor y caridad. Veían lo que sería la Compañía si se violase en ella la Regla Primera. Veían lo que puede ser la Compañía de Jesús sin go­bierno o con mal gobierno; y lo que tiene el deber gravísimo de evitar la Congregación Provincial y la Congregación General.
A las cuales asisto por medio de esta carta. Porque a mí, la voz pasiva me la podrá quitar el Provincial, pero la voz activa me la dio Dios. El que tiene boca, a Roma va, —dice el proverbio.

III

De la misma definición puesta arriba, se deduce la tercera de las propiedades de la obediencia, a saber: que ella ata al Superior lo mismo que al súbdito de tal modo que a causa de ella un mandón indiscreto, un inepto para dirigir, un superior sin luz puede cometer como una especie de profanación o sacrilegio. En efec­to, los votos hacen al religioso, según Santo Tomás, “res sacra”[6] a manera de los antiguos sacrificios. Dios mató a los profanos que comieron los panes de la proposición, que eran panes no consagrados, sino mera-mente ofrecidos a Dios por el pueblo.
Mi buen amigo el P. Prato O.M.R.C. desenvolvió discretamente esta doctrina de Santo Tomás en el retiro que dio a los PP reunidos para el Capítulo Provincial: probó que un religioso era más sacro que un cáliz, una patena o una custodia, con los cuales consta que se puede pecar aun gravemente por irreverencia o profa­nación. Es una custodia viviente: para él se han hecho todas las custodias de la tierra. Para el hombre se hizo el sábado.
Si a algo creado se puede comparar, sería a las mismísimas especies sacramentales, depositarias de Cristo. Porque por la gracia no solamente en él vivi­mos nos movemos y somos, sino que veramente “vivit vero in me Christus”[7]; y por la profesión religiosa, somos simpliciter cosa e impersonación suya. Por eso es sacrilegio matar a un clérigo o poner en él violentas manos. Por eso también es profanación tratarlo .como animal o planta.
Ahora bien, el cordón umbilical (si licet) de esta transvitalización no es otro que el voto de obediencia; el cual por consiguiente agarrar con torpeza, manejar con descuido o izar con violencia es cosa gravísima. Usar del mandato bajo santa obediencia de cualquier manera, para cosas absurdas, irrazonables, fútiles, inútiles, inconsideradas o simplemente menores en volu­men o ridículas en importancia, es pecado grave según todos los teólogos. Es pecado de irreverencia y desecración.
En la Primera a los Corintios San Pablo explica las frecuentes enfermedades y muertes prematuras de los fieles por las irreverencias y abusos vigentes hacia la Sagrada Eucaristía. De donde arguyen los teólogos que Dios castiga esta especie de pecados con flagelos cor­porales. “Ideo inter vos multi inflami et imbecilles et dormiunt multi”.[8]
Habiendo pues una analogía perfecta entre el Sacramento y el sacro hombre que es el religioso, bien se puede temer en pura fe que un bajón en la pureza, la verdad y la caridad en el modo de mandar, la falta de justicia distributiva en el gobierno, y la flojera e impo­tencia en reparar las injusticias y las iniquidades, no atraigan el peso del brazo airado de Dios sobre las comunidades religiosas.
He de decirlo aunque sea grave: el terrible destino del Padre Abel Montes, el lento naufragio de esa fina y delicada personalidad —de la salud en la neurosis, de la neurosis a la demencia, de la demencia en la muerte trágica y desolada— pudo muy bien tener como causa las fallas de la caridad en la Provincia y el uso inconsiderable del mandato ciego.
No me consta. Pero tengo suficientes datos para creer, delante de Dios Nuestro Señor, que no es impo­sible. Y eso ya es bastantemente grave.
Si no me consta, ¿por qué lo digo? Porque debo decirlo. Para que no se me pudra dentro.
Sea ello como quiera, Deus scit, el caso es, AA. HH. míos, que estas consideraciones son verdaderas y no pertenecen al mundo de la estratósfera ni al planeta Marte; y me ha parecido expediente in Dómino hacerlas para mí primero y luego para quien quiera recibirlas.
Si nadie quisiera recibirlas: si la afición al ocultismo y el “tapujismo” vigentes en la Provincia echara tierra encima de esta luz que por el más indigno de sus hijos se hace patente, si los Rectores prudentes se creen con derecho e impedirme la “communicatio crebra” con mis carísimos Hermanos y Padres, después que se me ha excluido de la Congregación Provincial y se me ha difamado por nuestras casas, ¿creen que voy a morir por eso? Ni siquiera me van a parar, juro al cielo. Será peor para todos.
Invenciblemente non sine númine[9] me siento obliga-do a decir mi verdad, por la vía que me queda abierta, en el momento en que nuestra amada Provincia, como la Compañía toda y la Iglesia por entero se preparan, como dijo su Santidad Pío XII, AL FUTURO PRÓXIMO ENCUEN­TRO DE CRISTO CON EL MUNDO.

En unión de oraciones sinceramente

Professus Mínimus

R.P. Leonardo Castellani, tomado de su libro “Cristo y los fariseos”.

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[1] Cada uno está obligado a examinar sus actos según la ciencia que ha recibido de Dios, ya sea natural, ya adquirida, ya infusa: pues todo hombre debe actuar según la razón.
[2] Quien a vosotros escucha, a mí me escucha (Lucas 10, 16).
[3] Apatía, flojedad.
[4] Temor.
[5] Todo el que aborrece a su hermano es un asesino (1 Juan 3,15).
[6] Una cosa sagrada.
[7] Es Cristo quien vive en mí (Gálatas 2,20).
[8] Por eso hay entre vosotros muchos enfermos y muchos débiles, y mueren no pocos (1 Corintios 11,30).
[9] No sin inspiración divina.

¿Vuelve el “Por todos” en vez del “Por muchos”?



Según informan algunas fuentes, el Papa Francisco ha vuelto atrás utilizando la traducción imprecisa de las palabras de la Consagración en la Misa, cambiando el “por mucho” a “por todos”.

En cosa tan importante y delicada, como es la traducción a la lengua vernácula de las palabras de la Consagración, Benedicto XVI había zanjado la cuestión, luego de discusiones teológicas entre católicos tradicionales y ambientes progresistas, corrigiendo el asunto en la carta del 14 de abril de 2012 al Arzobispo de Friburgo Monseñor Robert Zollistsch (se puede ver aquí):

“la Santa Sede ha decidido que, en la nueva traducción del Misal, la expresión «pro multis» deba ser traducida tal y como es, y no al mismo tiempo ya interpretada. En lugar de la versión interpretada «por todos», ha de ponerse la simple traducción «por muchos».”

Esperemos que este tema tan grave, sea nuevamente corregido por las autoridades ya que, detrás de dicha imprecisión en las traducciones a la lengua vernácula, se desprende una falsa concepción teológica sobre la salvación y la Redención.

[SMM – 07-04-2013]

“Versato per voi e per tutti

El Papa Francisco consagra el cáliz durante la Misa de toma de posesión como obispo de Roma en la Basílica de San Juan de Letrán, Abr-07-2013. A su lado derecho el card. Agostino Vallini, Vicario para la Diócesis de Roma

Como ha sido tan notoria la diligencia de la Conferencia Episcopal Italiana en actualizar el Nuevo Misal Romano con la traducción adecuada a la lengua vernácula del Pro Multis, hoy, casi siete años después de que se ordenara la corrección, el Santo Padre Francisco se ha visto obligado a pronunciar “por todos” en la fórmula consecratoria del cáliz durante la celebración de la Santa Misa de posesión como Obispo de Roma (ver detalle del librito de la celebración en la imágen inferior).


Líder protestante invita a Francisco a participar de las celebraciones del 5° centenario de un pecado.

¿Cómo así que Nikolaus Schneider, Presidente de la Iglesia Evangélica en Alemania, invita al Papa a conmemorar el 5° centenario de un pecado, i.e., de la proclamación de las 95 herejías de Lutero y su respectiva separación de la Iglesia? Curiosamente, el Card. Kurt Koch, Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, quien asistió a la audiencia de Schneider con el Papa, recordó a principio de este año que respecto de ese 5° centenario, no se podía “celebrar un pecado” (ver entrada relacionada aquí).

Fíjense como Rome Reports, Abr-08-2013, habla de la audiencia con el Papa —lo cual no tienen nada de raro—; habla de la tal ‘invitación’ —lo cual no tienen nada de raro—; lo que sí tiene de raro es que no contextualicen a los despitados aclarando que lo de Lutero fue un pecado.


8 de abril, 2013. (Romereports.com) El papa Francisco se reunió con el presidente de la Iglesia Evangélica de Alemania, Nikolaus Schneider. Es la primera audiencia oficial a un líder protestante, que vino acompañado de su esposa.

Fue un breve encuentro de media hora, en el que hablaron sobre ecumenismo. Coinciden en que los mártires son lazos comunes entre los cristianos; conversaron sobre el 500 aniversario de la Reforma que tendrá lugar en 2017. 

El presidente de la Iglesia Evangélica alemana le regaló una Biblia en alemán, y el Papa Francisco, una medalla de su pontificado.

El Papa le dio las gracias en alemán con mucho entusiasmo.

El cardenal alemán Kurt Koch, el prefecto del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad Cristiana, y el arzobispo alemán Gerhard Muller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe asistieron al encuentro.

La Iglesia Evangélica en Alemania es una federación de 22 Iglesias protestantes que representan un tercio de su población.

En algunas de esta imágenes de la audiencia provistas por L'Osservatore Romano se aprecia la presencia del Card. Kurt Koch










[Fuente: SMM – 08-04-2013]

domingo, 7 de abril de 2013

La “férula” del Cardenal Andre Vingt-Trois.



El cardenal Andre Vingt-Trois, primado de Francia, también usa una férula (en vez de báculo, como debería ser) en consonancia con la los nuevos aires del nuevo pontificado de Francisco. La “nueva-evangelización” requiere de nuevos elementos artísticos que reflejen el nuevo espíritu.


El Papa Francisco retorna al uso de la férula de Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI.



En ocasión de la posesión de la Cátedra romana como Obispo de Roma, el Papa Francisco, en la Basílica de San Juan de Letrán, ha retomado al uso de la férula que usó Paulo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI durante la parte inicial de su Pontificado. Entre otras cosas que significan el ministerio episcopal, Francisco pronuncia la homilía sin adosarse la mitra.












Los predesesores que la utilizaron:

 Pablo VI

 Juan Pablo II

Benedicto XVI al comienzo del pontificado

La férula que cambió el Papa Benedicto XVI.

sábado, 6 de abril de 2013

Nicolás Gómez Dávila y el Concilio Vaticano II.



“Colocar al ‘prójimo’ en lugar de Dios ha sido el propósito del protestantismo liberal del siglo pasado y del progresismo católico post conciliar”. 
“La Iglesia post conciliar pretende atraer hacia el redil, traduciendo en el lenguaje insípido de la cancillería vaticana los lugares comunes del periodismo contemporáneo”. 
“El segundo concilio Vaticano parece menos una asamblea episcopal que un conciliábulo de manufactureros asustados porque perdieron la clientela”.
 
“En el segundo Concilio Vaticano no han surgido lenguas de Fuego sino un ardiente Riachuelo”.
 
“El cristiano progresista se halla tan listo a pactar con el adversario, que el adversario no halla con quien pactar”. 
“El cristiano moderno se siente obligado profesionalmente a mostrarse jovial y jocoso, a exhibir los dientes en benévola sonrisa, a profesar cordialidad babosa, para probarle al incrédulo que el cristianismo no es religión ‘sombría’, doctrina ‘pesimista’, moral ‘ascética’. El cristianismo progresista nos sacude la mano con ancha risa electoral”. 
“El católico progresista sólo tiene el afán de buscar qué más entrega”. 
“Hablar de manera que el auditorio entienda no consiste en predicarle lo que quiere oír. El cristianismo liberal de ayer, el cristianismo progresista de hoy, para convertir al mundo, en lugar de adoptar un lenguaje que el mundo entienda, adaptan el cristianismo al mundo”. 
“El clero progresista no decepciona nunca al aficionado a lo ridículo”.
“El católico progresista recolecta su teología en el basurero de la teología protestante”. 
“El clérigo progresista, en tiempos revolucionarios, puede acabar muerto pero nunca mártir”. 
“Si se trata meramente de organizar un paraíso terrenal, los curas sobran. El diablo basta”.

Nicolás Gómez Dávila, visto en Syllabus.